ARZOBISPO DE BUENOS AIRES
 
MONS. ULADISLAO CASTELLANO (1895-1900)

Nació en Yacanto, departamento de San Javier (Córdoba) el 23 de noviembre de 1834 (la guía dice 35). Sus padres fueron Francisco Javier Castellano Bringas, nacido en el mismo pueblo que su hijo y María del Rosario Castro Almonacid riojana, sobrina del sacerdote y patriota, congresal de Tucumán, Dr. Pedro I. Castro Barros.

Creció en el seno de una familia muy cristiana y a la edad de 9 años, en marzo de 1843 fue enviado a la capital de su provincia para estudiar dando pruebas de capacidad y contracción al estudio.  Al reabrir sus puertas el seminario de Córdoba, Nuestra Señora de Loreto, su rector el Padre José Saturnino de Allende solicitó al padre del joven le permitiera ingresar en esa casa de formación.  Uladislao gustoso de la propuesta, ingresó  el 7 de marzo de 1853 y se convirtió en el primer alumno de la casa. 

En 1856 se graduó en Teología, Derecho Civil y Canónico en la Universidad de Córdoba, ejerciendo a su vez, el cargo de prefecto  de estudios en el seminario.  Más tarde fue a Buenos Aires en donde ejerció como profesor en el Colegio eclesiástico y recibió las órdenes menores de manos de Mons. Escalada.  Por razones de salud  volvió a Córdoba, pero al poco tiempo retornó nuevamente a  la capital, donde Mons. Escalada lo  ordenó sacerdote el 18 de noviembre de 1858.

De nuevo en Córdoba, desempeñó numerosas tareas, tanto  pastorales como académicas.  En la Universidad,  ganó por oposición la cátedra de teología y desde 1860 hasta 1864 se ocupó de sus clases.  Años más tarde, desde 1869 a 1875 ocupó el vicerrectorado de la alta casa  de estudios y en varias oportunidades fue propuesto para rector.
El obispo Ramírez  de Arellano, lo nombró  rector del seminario el 2 de mayo de 1862, cargo que desempeñó por más de veinte años hasta 1884.  Su dedicación en el mismo fue muy importante, ya que afianzó la formación del futuro clero de la provincia.  Le dio al seminario  estabilidad y nivel intelectual, sin descontar la disciplina interna acorde a los tiempos.  Junto con  Emiliano Cabanillas, redactó además sus constituciones.

De corazón  puesto al servicio de los futuros sacerdotes, se dedicó con gran lucidez a enseñar, dictando sobre todo lengua latina  y varias materias teológicas.  En lo que se refiere a la prosa, poseían sus escritos un notable poder de síntesis, que le sirvió también para el apostolado, difundiendo con claridad el pensar evangélico y la doctrina cristiana.

Hacia fines de 1873,  al quedar vacante el obispado de Córdoba a causa de la muerte de su obispo Ramírez de Arellano, fue presentado por el gobierno para integrar la terna  de los candidatos para ocupar la sede.   Finalmente, al ser nombrado Mons. Manuel E. Álvarez en 1876, conociendo las aptitudes y méritos de Castellano, lo nombró  Provisor y Vicario General al asumir la sede. 

A pedido del nuevo obispo, hizo oposición además a la canonjía teologal de la Catedral de Córdoba, resultando designado el 11 de mayo de 1877.   Ese mismo año, el prelado convocó  un Sínodo Diocesano y Castellano, de alguna manera, fue su mentor y entusiasta organizador.

El 24 de agosto de 1878, luego de un breve episcopado,  moría Mons. Álvarez, y el Cabildo Eclesiástico eligió a Castellano, Vicario Capitular y Gobernador del obispado en sede vacante.  

Durante su oficio, tuvo que enfrentar, las más recias campañas liberales que fueron contrarrestadas por sus  valientes cartas pastorales, donde pudo defender las libertades de la Iglesia y que a su vez le sirvieron de  enseñanzas claras para los católicos de la época.

Como vimos, su candidatura para el episcopado era conocido tanto en el Senado,  como en la misma Roma, y con la llegada a Córdoba del obispo  Fray Mamerto Esquiú, corrió su nombre para obispo auxiliar.  Se sabe que la Santa Sede había consultado al pastor franciscano sobre la capacidad para el  episcopado de Castellano,  y el santo obispo respondió afirmativamente,  expresando que era “el mejor de los sacerdotes argentinos”. 

También fue breve, como los anteriores, el episcopado de Mons. Esquiú ya que falleció durante una visita pastoral el 10 de enero de 1883.  El 8 de julio del mismo año asumía un  nuevo obispo, también franciscano, Juan Capistrano Tissera que también lo nombró para el mismo cargo de Provisor y Vicario General.    

  Al fallecer Tissera el 20 de septiembre de 1886, el cabildo eclesiástico lo eligió por tercera vez Vicario Capitular, cargo que de desempeñó hasta la consagración de Fray Reginaldo Toro dominico, como obispo de Córdoba el 25 de agosto de 1888, quien de inmediato lo confirmó en su cargo de Provisor y Vicario General.

Cuatro años después, el 24 de septiembre de 1892 fue nombrado por León XIII obispo titular de Ankialo y Auxiliar de Córdoba. 

El 30 de noviembre de ese año, Mons. Toro consagró a dos obispos juntos, a Castellano y a Rosendo de la Lastra y Gordillo, como auxiliar también de la misma sede. A Monseñor Uladislao, se le encomendó el ministerio de  apacentar la grey del sur de la provincia, desde la ciudad de Río Cuarto en donde se dedicó a visitar, durante casi tres años,  en nombre del Obispo de Córdoba, aquella zona que se iba poblando rápidamente, gracias a la gran afluencia migratoria y a la llegada del fererocarril.

Ocurrido el deceso de Mons. Aneiros, en octubre de 1894, recién a principios del siguiente, formó el Senado la terna correspondiente de candidatos.  Figuraba en primer lugar Castellano, seguido del auxiliar porteño Juan A. Boneo y en tercer término, Padilla y Bárcena de Tucumán.
Teniendo en cuenta el orden de la terna, el 12 de setiembre de 1895,  León XIII lo designó tercer arzobispo de Buenos Aires cuando contaba ya con 61 años.

Al tomar posesión el 24 de noviembre de ese mismo año,  la República  se hallaba al borde de una guerra con Chile, a raíz de cuestiones limítrofes. Con este motivo, Castellano en señal de hermandad, invitó  para que le impusiera el palio a Mons. Mariano Casanova, arzobispo de Santiago de Chile.   Su presencia fue un signo de unidad religiosa y eclesial.  El prelado trasandino fue  recibido con todos los honores oficiales con aclamaciones por  el pueblo, tanto más llamativas cuanto más tensas estaban las relaciones entre ambos países.  Su llegada fue un signo de una “aurora preciosísima de paz", como lo recordó  más tarde,  Castellano en un informe al Secretario de Estado de la Santa Sede. 

Fueron en realidad, las palabras conciliadoras  de los  dos  pastores las que lograron en pocos días,  ayudar  en la solución del conflicto diplomático.

Durante su período al frente del arzobispado, la iglesia particular de Buenos Aires se fue consolidando, recuperando  lentamente sus fuerzas, luego de un siglo plagado de dificultades, crisis y persecuciones.  

Entre los logros más destacados merece señalarse la concreción de un proyecto  pensado años antes:  la construcción de un nuevo seminario de mayores dimensiones, dado el sostenido crecimiento de vocaciones que se verificaba en la ciudad.

Adquirió el terreno ubicado en Villa Devoto y gracias a la generosidad de Mercedes Castellanos de Anchorena la obra pudo llevarse a cabo en poco tiempo, ya que los primeros seminaristas pudieron ocupar el nuevo solar a principios de 1899, faltando poco para terminar la obra.  Se trasladaron allí los 120 seminaristas de Buenos Aires y La Plata, quedando en "Regina" el Seminario Menor con 50 alumnos.

Entre otra de sus preocupaciones más urgentes no olvidamos su interés por recibir, acompañar y proteger a las nuevas congragaciones instaladas en el país y particularmente en la ciudad, como el caso de los salesianos de Don Bosco y también las femeninas.

Continuando con la obra misionera impulsada por  Aneiros,  continuó impulsando las visitas pastorales a los diversos pueblos de la provincia llevadas a cabo casi en su totalidad por el auxiliar, y su inmediato sucesor, Mons. Espinosa a lo largo y ancho del arzobispado, hasta 1897.

Dado el aumento de sacerdotes que se fue dando en estos años, Castellano pudo erigir nuevas parroquias en su extensa arquidiócesis.
 
En el territorio actual de la arquidiócesis creó en 1896 tres que se encontraban situadas en los barrios alejados del centro como Nuestra Señora del Carmen, actual Villa Urquiza; San Bernardo en Villa Crespo y Nuestra Señora de la Candelaria en la barriada de Vélez Sárfield, hoy, más conocida como Floresta.

En febrero de 1897, con la aprobación del gobierno,  el papa León XIII, modificaba  de  manera  ostensible el mapa eclesiástico de la República, creando tres nuevos obispados:   La Plata,  Santa Fe  y  Tucumán. 

De esta manera, la arquidiócesis quedó, desde este momento circunscripta al ejido de la Capital Federal  ya que todo el territorio de la provincia de Buenos Aires pasó a formar parte de la nueva diócesis platense.   Su primer obispo fue el auxiliar de Buenos Aires,  Mons. Antonio Espinosa.   Su otro auxiliar,  Mons. Boneo en tanto, fue elegido para ocupar la nueva sede de Santa Fe de la Vera Cruz.

De esta forma, y para cubrir estas vacantes, el canónigo Juan Nepomuceno Terrero,  fue elegido obispo auxiliar (Titular de Delcos),  y consagrado en junio de 1898 por Mons. Castellano. 

Un acontecimiento singular que marcó el porvenir de las iglesias del continente latinoamericano fue, - sin lugar a  dudas-,  el Concilio Plenario Latinoamericano, convocado por el papa León XIII y llevado a cabo durante los meses de mayo a junio de 1899 en la ciudad eterna.  Se trató entonces de un concilio general  del que participó Castellano junto a  los obispos de todos los países  con el fin de estudiar y examinar las reales necesidades de las iglesias, definir prioridades, plantarse fuertemente frente a los que intentaban atacar y silenciar la fe católica.  Frente al auge de las doctrinas liberales y anarquistas, era necesario fomentar  la piedad, la acción apostólica y promover la disciplina y la formación del clero, a fin de que el mismo estuviera a la altura de las circunstancias.  

El arzobispo Castellano, tuvo un lugar destacado  en este gran sínodo continental.

Significó la primera expresión de cohesión continental en el interior de la Iglesia y del episcopado después de la organización de las nuevas repúblicas.  También produjo un cuerpo doctrinal y disciplinar que con coraje y sinceridad vino a fortalecer la conciencia  unitaria de la Iglesia latinoamericana.

Su fallecimiento ocurrió durante sus vacaciones, en su pago natal de Traslasierra en la noche del 6 de febrero de 1900, víctima de una grave conmoción cerebral a los 65 años de edad.   En el templo parroquial de San Javier,  descansan sus restos.  La oración fúnebre la rezó allí mismo, el obispo auxiliar cordobés  Mons. Gregorio Romero.

El Cabildo eclesiástico, se reunió dos veces para elegir al Vicario Capitular y en la del 12 de febrero resultó elegido el canónigo Luis Duprat quien asumió el gobierno de la arquidiócesis desde el 13 de febrero de 1900 hasta el nombramiento del nuevo arzobispo que tomó posesión el 18 de noviembre del mismo año.