Año 1999

 Navidad del Milenio  (18/12/1999)

 Petición por las nuevas autoridades nacionales - Catedral Metropolitana  ( Te Deum 11/12/1999) (desgrabación)

 Misa 25ª Peregrinación a Luján - (Luján 03/10/1999)

 Carta a los sacerdotes de la Arquidiócesis  (01/10/1999)

 Misa con los consagrados  (08/09/1999)

Disertación de Mons. Jorge Mario Bergoglio en la sede de la Asociación Cristiana de empresarios, sobre el tema de Educación  (01/09/1999)

 Homilia pronunciada en San Cayetano (07/08/1999)

 Encuentro de políticos y lesgiladores de América Latina (03/08/1999)

 Corpus Christi  (05/06/1999)

 Dejar la nostalgia y el pesimismo y dar lugar a nuestra sed de encuentro. (Te Deum  25/5/1999)

 Misa Crismal - 1º de Abril de 1999

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Misa Crismal   1º de abril de 1999

El evangelio según San Lucas resuena de manera especial en nuestros corazones en este último año de preparación para el Jubileo dedicado a Dios Padre: Jesús da testimonio de que ha sido ungido por el Padre para "anunciar un año de gracia".

La unción, especialmente la unción con el aceite perfumado, es símbolo de gozo y de alegría. Se unge para distintas cosas: para curar, para consagrar, para enviar... pero la característica de todas estas acciones es la del gozo, envolvente como el perfume, penetrante como el aceite, que se expande por la totalidad del cuerpo y no deja resquicio sin ungir.

Hoy, en la misa crismal, la misa de la unción, todos: obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados, todo el pueblo fiel le pedimos al Padre que renueve en nuestros corazones la unción del Espíritu, que todos hemos recibido en el bautismo, la misma unción con que ungió a su Hijo amado –el predilecto- y que Él nos comunicó abundantemente con sus santas manos.

Le rogamos al Padre que nos unja para ser plenamente hijos suyos. Que sus manos de Padre misericordioso se posen sobre nosotros y curen nuestras llagas de hijos pródigos. Que el amor que mana mansa y pacientemente de su corazón de Padre se derrame sobre la totalidad de su Pueblo –la Iglesia- hermanándonos, sin dejar ningún resquicio a rencores y divisiones. Que el gozo que brinda esa verdad llagada y gloriosa –que el Padre nos ama!- nos llene de coraje para anunciar esta buena noticia a un mundo sediento de Evangelio, sediento de Jesucristo.

Ungir es un gesto que se hace con todo el ser, con las manos, con el corazón, con la palabra. Es un gesto de donación total, un gesto que quiere ser fecundo y vital. Un gesto de Padre.

Por eso los que hemos sido ungidos, de manera especial los que hemos sido ungidos como sacerdotes, suplicamos al Padre que, por favor, nos enseñe a ungir a nuestros hermanos con corazón de padres. Padre es quien se brinda enteramente a su familia, en todo y para siempre:

cuando abraza, abraza a todos, justos y pecadores.

cuando reparte no se guarda nada: "hijo, todo lo mío es tuyo". Por eso cuando perdona no mezquina sino que festeja a lo grande.

cuando espera no se cansa, espera siempre, espera cada día, espera todo lo que haga falta y a todos sus hijos.

Queridos sacerdotes: mi deseo y oración en esta Eucaristía es que, al renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, nuestro Padre del Cielo nos renueve la gracia de tener estos gestos de unción, estos gestos sacerdotales y paternales.

Queremos tratarnos entre nosotros como ungidos en todo momento: en el trabajo, trabajando unidos codo a codo en el servicio de nuestro pueblo fiel; en la oración, respirando el mismo perfume de la sana doctrina del Evangelio que nos hace uno con Jesús y con el Padre; en la entrega, dándonos por entero a los demás; y también en las dificultades y conflictos que suelen suscitarse entre nosotros sacerdotes:... especialmente allí, en esos conflictos, queremos tener aquella unción que le hacía decir a David, en medio de sus luchas con Saúl: "líbreme el Señor de levantar la mano contra el ungido del Señor" (1 Re 26 11) para que, así, abundemos en respeto y concordia fraterna.

Queremos ungir a nuestro pueblo en la fe bautismal, esa fe que lo hace pueblo de reyes, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios. Esa fe de nuestros padres es la que marca la verdadera dignidad de nuestro pueblo, la que lo hace vivir alegre en medio de las tribulaciones actuales.

Queremos ungir a nuestro pueblo en la esperanza. Esperanza puesta sólo en Jesús, para sentir que son Sus manos las que lo libran y sanan, que son Sus labios los que le dicen la única verdad que consuela, que es Su corazón el que goza de habitar en medio de su pueblo y sentirlo carne de su carne.

Queremos ungir a nuestro pueblo en la caridad, para que no se canse de ser solidario como siempre lo ha sido; para que cada padre renueve su vigor y se fortalezca en la ardua tarea de llevar adelante a su familia; para que todas las mamás sigan poniendo ese bálsamo de dulzura y de calor de hogar en el corazón de sus esposos y de sus hijitos; para que los jóvenes sientan la alegría de gastar su vida al servicio de los demás, especialmente de los niños y de los pobres; para que los abuelos se animen a mirar con esperanza el futuro y profeticen como aquellos ancianos del Evangelio –Simeón y Ana- y transmitan el mensaje de que la vida vale la pena porque el Señor cumple sus promesas: para que los enfermos, los presos, los que están solos o sin hogar, los más pobres, sientan cercano a Jesús, que vino especialmente para ellos, para sanar, para dar la libertad, para anunciarles la buena noticia.

Al ungir la carne "ultrajada y glorificada" de su Hijo amado, Dios nuestro Padre ha ungido todos nuestros sufrimientos y todas nuestras alegrías. Por eso, nuestras manos ungidas con el crisma, deben ser manos cercanas a nuestro pueblo fiel, manos que hagan sentir la unción del Padre en su carne, especialmente allí donde esa carne -¡que es la nuestra!- "tiene hambre y sed, está enferma y herida, está purgando su falta en la prisión, no tiene con qué vestirse, sabe del amargo corroer de la soledad nacida del menosprecio".

Para sanar esa carne envió el Padre a su Hijo. ¡En sus llagas hemos sido curados!. Para sanar esa carne hoy se nos pide paternidad de ungidos, paternidad sacerdotal. Que Nuestra Señora, que dio carne al Verbo de Dios, nos acompañe y nos cuide en este camino.

JORGE MARIO BERGOGLIO, s.j.
1° de Abril de 1999
Misa Crismal

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Dejar la nostalgia y el pesimismo y dar lugar a nuestra sed de encuentro. (Te Deum  25/5/1999)

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.

El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!". "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".

Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?" Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!". Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Del Evangelio de san Lucas (Cap.24, vers.13-35)

I

Una nueva celebración del incipiente comienzo de la conciencia patriótica, aquel Mayo de los argentinos, nos congrega para dar gracias por los dones de Dios Padre, dones por los que nuestros padres supieron - dura y trabajosamente - vivir, luchar y morir. Dar gracias lejos de la nostalgia estéril o del recuerdo formal desaprensivo, y dejar que este mismo Dios Padre nos sacuda en este fin del milenio y nos invite a buscar un nuevo horizonte. Dar gracias porque todavía resuena en esta Catedral ( también ‘solar de mayo’ ) aquella invitación del Santo Padre en su visita a nuestra Patria : "¡Argentina, Levántate!", a la que todo habitante de este suelo está invitado, más allá de su origen, y con la sola condición de tener buena voluntad para buscar el bien de este pueblo. Aquel ¡Argentina, Levántate!", invitación que hoy queremos volver a escuchar, constituía un diagnóstico y una esperanza. Levantarse es signo de resurrección, es llamado a revitalizar la urdimbre de nuestra sociedad. La Iglesia en la Argentina sabe que éste es un pedido de nueva evangelización de su propia vida interna pero - que a la vez - se extiende a toda la sociedad.

En el pasaje del Evangelio que acabamos de oír hay una pedagogía del Señor que nos puede dar luz para que seamos fieles a nuestra misión de padres, gobernantes, pastores... para que seamos fieles a nuestro ‘ser pueblo’. Una pedagogía de la cercanía y del acompañamiento. El relato se refiere a los dos discípulos de Emaús y nos muestra su caminar que, más que andar, era huida. Efectivamente escapan de la alegría de la Resurrección, mascullan sus amarguras y desilusiones, y no pueden ver la nueva Vida que el Señor ha venido a ofrecerles. Acudiendo a la frase papal mencionada podríamos decir que no se habían levantado de su adormecimiento interior y - por tanto - estaban incapacitados de ver ese Don de vida que marchaba a su lado y que esperaba ser hallado.

Los argentinos marchamos por nuestra historia acompañados por el don creado de las riquezas de nuestras tierras y por el Espíritu de Cristo reflejado en la mística y el esfuerzo de tantos que vivieron y trabajaron en este Hogar, en el testimonio silente de los que dan de su talento, su ética, su creatividad, su vida. ¡ Este pueblo comprende hondamente lo que significa el amor a su tierra y la memoria de sus convicciones más profundas ! En su religiosidad más íntima, en la siempre espontánea solidaridad, en sus luchas e iniciativas sociales, en su creatividad y capacidad de goce festivo y artístico, se refleja el Don de Vida del Resucitado. Porque somos un pueblo capaz de sentir nuestra identidad más allá de las circunstancias y adversidades, somos un pueblo capaz de reconocernos en nuestros diversos rostros. Tanto talento no siempre se ha visto acompañado por proyectos con continuidad en el tiempo, ni logró convocar siempre la conciencia colectiva. Y, por ello, como los discípulos huidizos, podemos encontrarnos acaparados por cierta amargura en nuestra marcha, fatigados por problemas que no dejan vislumbrar la urgencia de un futuro que nunca parece llegar.

II

La fatiga y la desilusión no permiten ver el peligro principal. El actual proceso de globalización parece desnudar agresivamente nuestras antinomias : un avance del poder económico y el lenguaje que lo asiste, que - en un interés y uso desmedido - ha acaparado grandes ámbitos de la vida nacional; mientras - como contrapartida - la mayoría de nuestros hombres y mujeres ve el peligro de perder en la práctica su autoestima, su sentido más profundo, su humanidad y sus posibilidades de acceder a una vida más digna. Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Ecclesia in America’ se refiere al aspecto negativo de esta globalización diciendo : "...si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva consecuencias negativas : ...la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de la diferencia entre ricos y pobres y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada..." (nº 20). Junto a estos problemas planteados ya en el plano internacional nos encontramos también con una cierta incapacidad de encarar problemas reales. Entonces, a la fatiga y la desilusión parecería que sólo se pueden contraponer tibias propuestas reivindicativas o eticismos que únicamente enuncian principios y acentúan la primacía de lo formal sobre lo real. O, peor aún, una creciente desconfianza y pérdida de interés por todo compromiso con lo propio común que termina en el ‘sólo querer vivir el momento’ en la perentoriedad del consumismo. No nos podemos permitir ser ingenuos : la sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte mientras diversos intereses juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos. El vacío y la anomia pueden despuntar como oscuras consecuencias de un abandono de nosotros mismos y atentan contra nuestra continuidad. ¿Quedaremos los argentinos, como los discípulos de Emaús, presos del amargo asombro, de la murmuración quejumbrosa? ¿O seremos capaces de dejarnos sacudir por el llamado del Resucitado a los discípulos desolados, y reaccionar, hacer memoria de la palabra profética, memoria de aquellos momentos salvíficos, constructivos de nuestra historia?

III

Como en la Pasión de Cristo nuestra historia está llena de encrucijadas, de tensiones y conflictos. Sin embargo, este pueblo de fe supo cargar al hombro su destino cada vez que en la solidaridad y el trabajo forjó una amistad política de convivencia racial y social que marca nuestro estilo de vida. Los argentinos supimos ‘ser parte’, sentirnos ‘parte de’, supimos acercarnos y acompañarnos. Desde su capacidad de creatividad individual y colectiva y desde su ímpetu de espontánea organización popular, nuestro pueblo ha conocido momentos fundantes de cambios civiles, políticos y sociales; logros culturales y científicos que nos sacaron del aislamiento y demostraron nuestros valores. Momentos que, en definitiva, nos dieron un sentido de identidad más allá de nuestra compleja composición étnica e histórica. Momentos en los que privó una conciencia de trabajo fraterno, a veces poco elaborado, pero siempre sentido y vivido hasta el heroísmo. Por eso el llamado es a dejar el estéril historicismo manipulado por intereses o ideologismos o por meros criticismos destructivos. La historia apuesta a la verdad superior, a rememorar lo que nos une y construye, a los logros más que a los fracasos. Y mirando al dolor y al fracaso, que nuestra memoria sea para apostar a la paz y al derecho... y si miramos a los odios y violencias fratricidas, que nuestra memoria nos oriente a que predomine el interés común. Los últimos años, tardía y cruelmente, nos han sacudido y la silenciosa voz de tantos muertos clama desde el cielo pidiendo no repetir los errores. Sólo eso dará sentido a sus trágicos destinos. Como a los discípulos caminantes y temerosos hoy se nos pide caer en la cuenta de que tanta cruz cargada no puede ser en vano.

El llamado a la memoria histórica también nos pide profundizar nuestros logros más profundos, aquellos que no aparecen en la mirada rápida y superficial. No otro fue el esfuerzo de estos últimos tiempos por afirmar el sistema democrático superando las divisiones políticas, que parecían un hiato social casi insalvable : hoy se busca respetar las reglas y se acepta el diálogo como vía de convivencia cívica. Dejar la nostalgia y el pesimismo y, como los discípulos de Emaús, dar lugar a nuestra sed de encuentro : "Quédate con nosotros porque ya es tarde y el día se acaba". El Evangelio nos marca el rumbo : sentarnos a la mesa y dejarnos convocar por el gesto profundo de Cristo. El pan bendecido se debe compartir. El mismo que es fruto del sacrificio y del trabajo, que es imagen de la vida eterna, pero que debe realizarse ya.

IV

En efecto, hermanos, no es una mera invitación a compartir, no es sólo reconciliar opuestos y adversidades : sentarse a partir el pan del Resucitado es animarse a vivir de otra manera. Nos desafía ese pan hecho con lo mejor que podemos aportar, con la levadura que ya fue puesta en tantos momentos de dolor, de trabajo y de logros. El llamado evangélico de hoy nos pide refundar el vínculo social y político entre los argentinos. La sociedad política solamente perdura si se plantea como una vocación a satisfacer las necesidades humanas en común. Es el lugar del ciudadano. Ser ciudadano es sentirse citado, convocado a un bien, a una finalidad con sentido... y acudir a la cita. Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, donde solamente unos pocos se benefician y el tejido social se destruye, donde las brechas se agrandan siendo que el sacrificio es de todos, entonces terminaremos siendo una sociedad camino al enfrentamiento.

Desde lo profundo de nuestra conciencia de pueblo solidario, este llamado a compartir el pan tiene su honda efervescencia. En la retaguardia de la superficialidad y del coyunturalismo inmediatista (flores que no dan fruto) existe un pueblo con memoria colectiva que no renuncia a caminar con la nobleza que lo caracteriza : los esfuerzos y emprendimientos comunitarios, el crecimiento de las iniciativas vecinales, el auge de tantos movimientos de ayuda mutua, están marcando la presencia de un signo de Dios en un torbellino de participación sin particularismos pocas veces visto en nuestro país. En la retaguardia hay un pueblo solidario, un pueblo dispuesto a levantarse una y otra vez. Un pueblo que no sólo acude a la necesidad de supervivencia, no sólo ignora las burocracias ineficientes, sino que quiere refundar el vínculo social; un pueblo que está llevando, casi sin saberlo, la virtud de ser socios en la búsqueda del bien común. Un pueblo que quiere conjurar la pobreza del vacío y la desesperanza. Un pueblo con memoria, memoria que no puede reducirse a un mero registro. Aquí está la grandeza de nuestro pueblo. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia que se ha ido moldeando en hitos significativos. Nuestro pueblo tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podemos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Hoy, en medio de los conflictos, este pueblo nos enseña que no hay que hacerle caso a aquellos que pretenden destilar la realidad en ideas, que no nos sirven los intelectuales sin talento, ni los eticistas sin bondad, sino que hay que apelar a lo hondo de nuestra dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras reservas culturales. Es una verdadera revolución, no contra un sistema, sino interior; una revolución de memoria y ternura : memoria de las grandes gestas fundantes, heroicas... y memoria de los gestos sencillos que hemos mamado en familia. Ser fieles a nuestra misión es cuidar este ‘rescoldo’ del corazón, cuidarlo de las cenizas tramposas del olvido o de la presunción de creer que nuestra Patria y nuestra familia no tienen historia o la han comenzado con nosotros. Rescoldo de memoria que condensa, como la brasa al fuego, los valores que nos hacen grandes : el modo de celebrar y defender la vida, de aceptar la muerte, de cuidar la fragilidad de nuestros hermanos más pobres, de abrir las manos solidariamente ante el dolor y la pobreza, de hacer fiesta y de rezar; la ilusión de trabajar juntos y - de nuestras comunes pobrezas - amasar solidaridad.

Para que esta fuerza que todos llevamos dentro y que es vínculo y vida se manifieste, es necesario que todos, y especialmente quienes tenemos una alta cuota de poder político, económico o cualquier tipo de influencia, renunciemos a aquellos intereses o abusos de los mismos que pretendan ir más allá del común bien que nos reúne ; es necesario que asumamos, con talante austero y con grandeza, la misión que se nos impone.

Nuestro pueblo, que sabe organizarse espontánea y naturalmente en la comunidad nacional protagonista de este nuevo vínculo social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos los ámbitos de la vida social que le incumben. Los dirigentes debemos acompañar esta vitalidad del nuevo vínculo. Potenciarlo y protegerlo puede llegar a ser nuestra principal misión. No resignemos nuestras ideas, utopías, propiedades ni derechos, sino renunciemos solamente a la pretensión de que sean únicos o absolutos. Todos estamos convidados a este encuentro, a realizar y compartir este fermento nuevo que - a la vez - es memoria revivificante de nuestra mejor historia de sacrificio solidario, de lucha libertaria y de integración social.

V

Aquel Mayo histórico, lleno de vaivenes e intereses en juego, supo congregar a todo el pueblo virreinal a una decisión común, iniciadora de otra historia. Quizás necesitemos sentir que la Patria de todos es un nuevo Cabildo, una gran mesa de comunión donde, no ya la nostalgia desolada, sino el reconocimiento esperanzador, nos impulse a proclamar como los discípulos de Emaús : "¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" Que arda nuestro corazón en deseos de vivir y crecer en este hogar propio sea la petición que acompañe esta acción de gracias al Padre y el compromiso de cumplir con su Palabra; convenciéndonos una vez más que el todo es superior a la parte, el tiempo superior al espacio, la realidad es superior a la idea y la unidad es superior al conflicto.

Jorge Mario Bergoglio, s.j.
25 de mayo de 1999

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Corpus Christi  (05/06/1999)

¡Pueblo de Dios, no te olvides de tu Padre! Esta palabra, que es mandato y ruego, resuena hoy aquí de una manera especial. Recuerda Israel... recuerda quién eres y de dónde fuiste sacado. Moisés le habla así a su pueblo. Lo acabamos de escuchar: "Acuérdate del Señor, tu Dios, que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres". El maná, ese poquito de "pan" que quedó guardado en el Arca de la Alianza junto a las tablas de la Ley, condensaba para el pueblo de Dios la memoria de la bondad de Dios: un Dios Padre, un Dios compañero de camino, un Dios que cuida a su pueblo, que lo hace caminar en su presencia y lo alienta con sus promesas... Y las promesas se cumplieron en Jesús. En Jesús todas las promesas del Padre se volvieron realidad, una realidad tan viva, cercana y tangible como el pan.

Hoy, en la fiesta del Corpus, volvemos a sentir ese antiguo ruego: ¡Acuérdate!, esta vez en labios de Jesús: ¡Recuerda que mi carne es el alimento de vida eterna que te da mi Padre! Yo vivo por el Padre, y el que me come vivirá por mí.

Acordarse del Padre no es un recuerdo más. Uno no se acuerda de su padre sin celebrar y agradecer; e inmediatamente, el recuerdo nos hace buscar algún gesto concreto que le haga llegar nuestro cariño: una visita, un llamado, un abrazo, una carta. Con nuestro Padre del cielo ese gesto de cariño, que hace que nuestra memoria sea memoria viva, es comulgar. Jesús lo enseñó así en la última cena: hagan esto en memoria mía; el que me recibe a mí recibe al Padre que me envió. Y, desde aquella noche, la Eucaristía es el memorial de nuestra fe.

La Eucaristía es don del Padre. Jesús quiere que lo entendamos así: "Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo". Este pan ya no es más alimento provisorio como el maná; el Cuerpo de Cristo es el alimento definitivo, eficaz para dar vida y vida eterna. En la Eucaristía tenemos el testimonio de cómo es el amor del Padre: un amor cercano, incondicional; un amor que está disponible en todo momento, "comestible", puro don; apto para toda persona humilde y hambrienta que necesita renovar sus fuerzas.

En la fiesta del Corpus celebramos este don tan grande y, siguiendo la enseñanza de Jesús, toda nuestra acción de gracias va hacia el Padre suyo y Padre nuestro. Jesús quiere que le agradezcamos al Padre este alimento: para El la gloria y la alabanza. Para El el agradecimiento. Con esto no le quitamos nada a Jesús porque El no es otra cosa sino Hijo, no se siente sino como puro don del Padre. Y nos incluye a nosotros en su acción de gracias y en su ofrecimiento: " El Padre me ha enviado y Yo vivo por el Padre, y el que me come, del mismo modo vivirá por mí".

Jesús, el hijo de María, en la Eucaristía es el recuerdo vivo del Padre.

¡Acuérdate de tu Padre, Pueblo fiel de Dios!

Recuerda a tu Padre para recobrar cada día tu dignidad, esa dignidad que hoy muchas veces no es valorada y por eso te hacen andar desterrado en medio de tu propia tierra. Recuerda a tu Padre para vivir agradecido; el que alimenta a los gorriones también te alimenta a ti con la carne de su Hijo amado. Recuerda a tu Padre para sentirte cuidado: con la certeza de que nadie podrá arrebatarte de sus manos como Jesús lo ha prometido. Recuerda a tu Padre para sentirte hermano de tus hermanos, solidario, compañero, buen amigo. Recuerda a tu Padre y florecerán los mejores valores de tu corazón: El te ha enseñado a trabajar por tus hijos y a saber festejar en familia. El te hace juzgar con justicia y preocuparte por los más débiles; te hace asumir responsablemente tus compromisos. Recuerda a tu Padre que te ha dado a Jesús y te lo da cada día en la Eucaristía. Pueblo de Dios, pueblo de Buenos Aires, el recuerdo de tu Padre te ha hecho un pueblo humilde y esperanzado. Pueblo de Dios, pueblo de Buenos Aires, junto a María nuestra Madre de Luján, la que guardaba todas las cosas en su corazón, la Madre de la memoria, recuerda a tu Padre todos los días de tu vida.

5 de junio de 1999.

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Encuentro de políticos y lesgiladores de América Latina (03/08/1999)

Jesucristo Vivo está aquí, en medio de nosotros al celebrar la Eucaristía. Es el mismo Señor de la Vida que multiplicó los panes (Mt.14:17-21), que obligó a sus discípulos a subir a la barca (id.22), que subió a la montaña para orar a solas (id.23). El mismo Señor que –a la madrugada- fue hacia los discípulos caminando sobre el mar (id.25), como escuchamos recién en el Evangelio. Ante Su Señorío inclinamos nuestro corazón creyente y lo adoramos. Nos unimos a El en esta acción de gracias al comenzar los trabajos de este Encuentro centrado en el tema: "Familia y Vida a los 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos". El es el Señor de toda Vida; El es el Testigo fiel (Apoc.1:5) que permanece en su fidelidad porque no puede renegar de sí mismo (2Tim.2:13). Vino para dar vida y darla en abundancia; es el Dios con nosotros, compañero de camino que -en las encrucijadas de la historia, de la pequeña y de la gran historia- se hace presente. Por eso el Espíritu nos mueve a confesarlo como lo hicieron los discípulos en la barca al calmarse la tormenta: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios" (Mt. 14:33).

Las pequeñas y grandes tormentas! El tema de nuestro Encuentro señala una de las más grandes de la historia. El Santo Padre nos advierte que "parece perfilarse un modelo de sociedad en el que dominan los poderosos, marginando e incluso eliminando a los débiles. Pienso ahora en los niños no nacidos, víctimas indefensas del aborto; en los ancianos y enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y en tantos otros seres humanos marginados por el consumismo y el materialismo …" (Eccl.in Am., 63). "Semejante modelo de sociedad se caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, contrasta con el mensaje evangélico. Ante esta desoladora realidad, la Comunidad eclesial trata de comprometerse cada vez más en defender la cultura de la vida" (ibid.). La defensa de esta cultura de la vida ha de darse en todas las áreas pero no podemos dejar de advertir que sus bases más sólidas arraigan en la familia, fundamento de la vida humana. Y hoy "son muchas las insidias que amenazan la solidez de la institución familiar … siendo -a la vez- desafíos para los cristianos" (Eccl. in Am., 46).

Estamos como Pedro aquella noche en el lago: por una parte la presencia del Señor nos anima a asumir y enfrentar el oleaje de estos desafíos; por otra parte, el ambiente de autosuficiencia y petulancia, soberbia pura, que va creando esta cultura de la muerte nos amenaza, y tenemos miedo de hundirnos en medio de la tormenta. El Señor está allí: lo creemos con la certeza que nos da la fuerza del Espíritu Santo. Y, desafiando a este Señor, está el grito apagado de tantos niños por nacer: ese genocidio cotidiano, silencioso y protegido; también está allí el reclamo del moribundo abandonado que pide una caricia de ternura que no sabe dar esta cultura de muerte; y también está allí esa multitud de familias hechas jirones por las propuestas del consumismo y del materialismo. En medio de esta antinomia y en la presencia de Jesucristo glorioso, hoy, unidos como Pueblo fiel de Dios, clamamos como Pedro cuando comenzó a hundirse "Señor, sálvame" (Mt.14:30), y alargamos nuestra mano para aferrarnos al Unico que puede dar verdadero sentido a nuestro andar en medio del oleaje.

Le pedimos a nuestra Madre, la Madre de toda vida y de toda ternura que nos enseñe este camino para construir la cultura de la vida, así como se lo enseñó a los primeros discípulos cuando comenzaron las persecuciones. Y a nuestro Padre Dios, humildemente, le rogamos que mire a esta sociedad tan preñada de muerte y, haciendo nuestra la frase de Moisés, le decimos: "Te ruego, Señor, que la cures" (Num. 12:13).

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Homilia pronunciada en San Cayetano (07/08/1999)

Queridos hermanos:

Quiero saludarlos a todos con mucha alegría en el Señor y rezar, junto con cada uno de ustedes, en este Santuario que nos reúne y nos cobija. Aquí, con San Cayetano, sentimos que nuestro Padre Dios nos da un lugar en su corazón. ¡Tenemos un lugar en el corazón del Padre! ¡Qué hermosa es la gracia de nuestra fe! Tenemos un lugar seguro y tierno. Tierno como la pequeña espiga que tiene en su mano el Santo. Esa espiga con sus granos en fila nos recuerda que "ponerse en fila y caminar" a tomar gracia del Santo es un gesto de esperanza. Un lugar seguro y fuerte como este Santuario donde el Espíritu nos junta a todos, sin excluir a nadie, y nos hace sentir Pueblo de Dios, con una sola alma y un solo corazón.

¡En el corazón de nuestro Padre Dios tenemos un lugar para nosotros, como personas y como pueblo! ¡Cuánta gente no encuentra su lugar en nuestra Ciudad! O porque están excluidos –no tienen casa donde vivir, no tienen lugar estable donde trabajar-, o porque están desorientados: han abandonado su puesto de lucha en la vida, de lucha por el bien de todos, para acomodarse en lugares de privilegio que sólo brindan alegrías pasajeras.

Uno se da cuenta cuando no tiene lugar, cuando no es aceptado ni bienvenido… Por ejemplo, esto lo siente la persona que busca trabajo y a la que le dicen –después de tomarle todos los datos-: "ya lo vamos a llamar".

Con Dios nuestro Padre la experiencia es totalmente distinta: aquí todos nos sentimos llamados, siempre, una y otra vez hemos sido y somos invitados. El Padre es como ese Patrón de la parábola que sale de madrugada, a media mañana y a la tarde, a buscar obreros para trabajar en su viña. El Padre es el que, cuando nos hemos perdido, desorientados como la ovejita, envía a Jesús a buscarnos para ponernos de nuevo en nuestro lugar, para sentirnos ubicados en la vida, para curarnos de las heridas y ponernos de nuevo en nuestro sitio.

Nuestro sitio es la casa del Padre. De un Padre que no sólo nos espera sino que nos sale a buscar con Jesús. Un Padre que sabe de nuestras heridas, sabe lo que es tener un hijo perdido y solo en ese desierto en el que se ha convertido nuestra ciudad para muchos; un desierto donde a veces cuesta encontrar rostros amigos y manos solidarias.

Para entrar aquí también tenemos que hacer cola, porque somos muchos, pero nuestra espera en la cola está llena de esperanza. El que está delante nuestro no es un competidor sino un hermano. Igual que el que está detrás. Y cuando vemos a alguno que está más pobre, menos abrigado, más necesitado, recordamos que para nuestro Padre esa persona es la más importante, la que más ha buscado, la que recibe la mejor caricia. Y así como el buen Pastor carga a la ovejita perdida sobre sus hombros, también nosotros queremos poner el hombro y hacer sentir a Dios que su pueblo está con Él. Que Él no está solo con Jesús en esta tarea de sanar heridas, de llevar de nuevo a casa a los que andan dispersos. Poner el hombro es un gesto de nuestro Padre Dios, y tenemos que imitarlo. Como cuando llevamos a nuestros santos en andas y todos quieren poner el hombro, aunque sea por un rato. Cuando uno pone el hombro -ese hombro que está cerquita del corazón, tan cerca que se siente el peso directamente- uno encuentra su lugar en la vida. Cuando le ponemos el hombro a las necesidades de nuestros hermanos, entonces experimentamos, con asombro y agradecimiento, que Otro nos lleva en hombros a nosotros. Que desde chicos nos ha llevado, que una y otra vez nos ha vuelto a cargar, con alegría, con amor, como un padre lleva a su hijito. En el fondo, si queremos definir quiénes son nuestros santos, podemos decir con toda claridad: son los que pusieron el hombro. Ese es San Cayetano, así lo siente nuestro pueblo: así lo sentimos todos. Ese es Jesús, el que nos cargó a todos en hombros y nos lleva hacia el corazón del Padre Dios.

Ya lo dijo nuestro Señor, "el que quiera venir conmigo, que cargue con su Cruz y me siga". Y debajo de la Cruz sólo hay lugar para el que quiere poner el hombro. Poner el hombro es una gracia de nuestro pueblo argentino. Una gracia que nos dejaron nuestros mayores y que tenemos que enseñarle a nuestros hijos. Una gracia que nos permite diferenciar clarito quién es padre y quién no, quién es amigo y quién es traidor, quién quiere ayudar y quién es un vividor.

En los hombros de Jesús, en los hombros de nuestros santos, de San Cayetano, nos sentimos dentro del Corazón del Padre Dios. Y hoy le pedimos a la Virgen la gracia de ser fuertes, de poner el hombro a las necesidades de nuestros hermanos para seguir siendo un Pueblo que sigue a Cristo y carga con su Cruz -sin perder la esperanza- sufriendo y rezando, suplicando a Dios y dando gracias, un pueblo alegre en medio de las dificultades de la vida. Cuando así lo hacemos somos un pueblo custodiado por la paz de Cristo que lo supera todo, un pueblo que sabe con certeza y siente que bajo la Cruz de Cristo tiene el mejor lugar en el corazón de su Padre Dios.

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Disertación de Mons. Jorge Mario Bergoglio en la sede de la Asociación Cristiana de empresarios, sobre el tema de Educación (01/09/1999)

EDUCAR EN LA CULTURA DEL ENCUENTRO

En Harvard, en el frontispicio de uno de sus edificios, se lee: "¿Qué es el hombre para que así lo cuides?" . Magnífica cuestión, para ser abordada por quien quiere adentrarse en el ámbito de la educación. Como nosotros hoy.

Lo que allí se expresa, con toda su carga de admiración -son palabras tomadas del Salmo 8- no pone el énfasis en que sea Dios -interlocutor del salmista- el interesado en su creatura. "...Para que así lo cuides". El acento está puesto en el "así" de la interrogación. Es la calidad del cuidado que Dios dispensa al hombre, la que sorprende al salmista. Esa suma de atenciones, la Escritura las reúne en un vocablo: amor.

Y después de la sorpresa, luego del impacto que producen las acciones del Creador para con su obra predilecta, viene la otra cuestión. Queda planteada la pregunta ontológica, la pregunta por el ser de aquel beneficiario de tantas delicadezas.

¿Qué es el hombre? ¿Qué somos los hombres?

La frase bíblica tomada en su contexto permite entrever una doble vía de acceso, no antagónicas, al misterio del hombre: la vía teológica; o el camino del remontarnos desde las obras, al núcleo desde donde brotan las mismas: la vía de la filosofía, la cultura, las ciencias.

La primera senda, nos conduce sin dejar de admirarnos como el autor sagrado, a esa pedagogía divina para con la humanidad, donde nos dirige su Palabra, que adquiere tal densidad de cercanía y de presencia en medio de la historia, que se hace uno de nosotros: Jesucristo. Cristo revela plenamente el hombre al mismo hombre y le muestra su dignidad.

La pregunta cabe, porque el hombre necesita saber lo que es -de alguna manera- para ir aprendiendo a ser lo que es. Está dado como esencia, como naturaleza, pero debe ser acabado, debe ir realizándose. Y es a este proceso de humanización, al que llamamos educación.

El hombre, junto a los demás hombres, pone en ejercicio sus potencialidades y a la vez que se autorrealiza, va generando cultura. En la cultura, el sujeto es una comunidad, un pueblo, que se da un estilo de vida. La educación implica un proceso de transmisión de la cultura.

El hombre y los pueblos se dicen con sus obras, pero debemos agregar que también somos aquello que aspiramos a ser. Por lo cual, podemos ser definidos, tanto por nuestras aspiraciones cuanto por nuestras realizaciones.

Al fin del milenio se habla de crisis cultural; de crisis de valores. Y todo esto toca el núcleo de lo humano, en cuanto persona, en cuanto sociedad.

Nos preocupa lo que pasa. No debemos olvidar que el mal irrumpe y se instala sólo cuando no está lo que debiera estar. Conviene pues, un discernimiento.

 DISCERNIMIENTO CULTURAL

En esta cultura globalizada, llegan a nuestras orillas restos de lo que alguien tituló "cultura del naufragio", elementos de la modernidad que se despide y de su posteridad que va ganando terreno.

Intentemos reconocer y caracterizar, algunos de sus rasgos:.

* Mesianismo profano. Aparece bajo diversas formas sintomáticas de los enfoques sociales o políticos. A veces se trata de un desplazamiento del ethos de los actos de la persona hacia las estructuras, de tal modo que no será el ethos el que da forma a las estructuras sino las estructuras quienes producen el ethos. De ahí que el camino de salvación socio - político prefiera ir por el "análisis de las estructuras" y de las actuaciones político económicas que de ellas resultan. Detrás de esto subyace la convicción que el ethos es un elemento frágil mientras que las estructuras tienen valor sólido y seguro. Este hecho se mueve en la tensión acto - estructura. El ethos no sostiene la correcta tensión entre el acto y estructura ( se considera lo activo como lo que viene de la interioridad de la persona). En consecuencia el ethos se desplaza hacia las estructuras pues son naturalmente más estables y de más peso. Al perderse el sentido personal del fin ( el bien de las personas, Dios) queda la fuerza de la "cantidad" que posee la estructura.

* El relativismo, fruto de la incertidumbre contagiada de mediocridad: es la tendencia actual a desacreditar los valores o por lo menos propone un moralismo inmanente que pospone lo trascendente reemplazándolo con falsas promesas o fines coyunturales. La desconexión de las raíces cristianas convierte a los valores en mónadas, lugares comunes o simplemente nombres.

El relativismo es la posibilidad de fantasear sobre la realidad, pensarla como si pudiera ser dominada por una orden instrumentalizada en un juego. Lleva a valorar y juzgar solamente por una impresión subjetiva: no cuenta con normas prácticas, concretas, objetivas.

Hay una reducción de la ética y de la política a la física. No existen el bien y el mal en sí, sino solamente un cálculo de ventajas y desventajas. El desplazamiento de la razón moral trae como consecuencia que el derecho no puede referirse a una imagen fundamental de justicia, sino que se convierte en el espejo de las ideas dominantes.

Este repliegue subjetivista de los valores, nos induce a un "avance mediante el consensuar coyuntural". Entramos aquí también en una degradación: ir "nivelando hacia abajo" por medio del consenso negociador. Se avanza pactando. Por ende, la lógica de la fuerza triunfa.

Por otra parte, instaura el reino de la opinión. No hay certezas ni convicciones. Todo vale; de allí al nada vale, sólo pocos pasos.

* El hombre de hoy experimenta el desarraigo y el desamparo. Fue llevado hasta allí por su afán desmedido de autonomía heredado de la modernidad. Ha perdido el apoyo en algo que lo trascienda.

* Un nuevo nihilismo que "universaliza" todo anulando y desmereciendo particularidades, o afirmándolas con tal violencia que logran su destrucción. Luchas fratricidas. Internacionalización total de capitales y de medios de comunicación, despreocupación por los compromisos socio-políticos concretos, por una real participación en la cultura y los valores.

Queremos ilusionarnos con una individualidad autónoma, no discriminada... y terminamos siendo un número en las estadísticas del marketing, un estímulo para la publicidad.

* La unilateralidad del concepto moderno de la razón: sólo la razón cuantitativa (las geometrías como ciencias perfectas), la razón del cálculo y de la experimentación tiene derecho a llamarse "razón".

* La mentalidad tecnicista juntamente con la búsqueda del mesianismo profano son dos rasgos expresivos del hombre de hoy, a quien bien podemos calificar de "hombre gnóstico": poseedor del saber pero falto de unidad, y - por otro lado – necesitado de lo esotérico, en este caso secularizado, es decir, profano. En este sentido se podría decir que la tentación de la educación es ser gnóstica y esotérica, al no poder manejar el poder de la técnica desde la unidad interior que brota de los fines reales y de los medios usados a escala humana. Y esta crisis no puede ser superada por ningún tipo de "retorno" (de los que la modernidad agonizante ensayo a porfía), sino que se supera por vía de desbordamiento interno, es decir, en el núcleo mismo de la crisis, asumiéndola en su totalidad, sin quedarse en ella, pero trascendiéndola hacia adentro.

* Falsa hermenéutica que instaura la sospecha. Se usa la falacia que es una mentira que fascina con su estrucutra aparentemente innobjetable. Sus efectos perniciosos se manifiestan lentamente.

O se caricaturiza la verdad o lo noble, agigantando jocosa o cruelmente una perspectiva y dejando en la sombra muchas otras. Es una forma de rebajar lo bueno. Siempre resulta fácil reírse una y mil veces, en público o en privado, de algún valor: la honestidad, la no violencia, el pudor, pero eso no lleva sino a perder el sabor por ese valor y a favorecer la instalación de su antivalor y el envilecimiento de la vida.

O se emplea el slogan, que con riqueza de lenguaje verbal o visual, utilizando los conceptos más valiosos y ricos, absolutizan un aspecto y desfiguran el todo.

* Ya no aporta la posmodernidad, una aversión a lo religioso, y menos lo fuerza al ámbito de la privacidad. Se da un deísmo diluido que tiende a reducir la fe y la religión a la esfera "espiritualista" y a lo subjetivo (de donde resulta una fe sin piedad). Por otros rincones surgen posturas fundamentalistas, con la que desnudan su impotencia y superficialidad.

Esa miserable trascendencia, que no alcanza ni a hacerse cargo de los límites de la inmanencia, sencillamente se da porque no se anima a tocar ningún límite humano ni a meter la mano en ninguna llaga.

* Muy unido a este paradigma del deísmo existe un proceso de vaciamiento de las palabras (palabras sin peso propio, palabras que no se hacen carne). Se las vacía de sus contenidos; entonces Cristo no entra como Persona, sino como idea. Hay una inflación de palabras. Es una cultura nominalista. La palabra ha perdido su peso, es hueca. Le falta respaldo, le falta la "chispa" que la hace viva y que precisamente consiste en el silencio.

CULTURA DEL ENCUENTRO

Me permito abrir una propuesta: necesitamos generar una cultura del encuentro.

Ante la cultura del fragmento, como algunos la han querido llamar, o de la no integración, se nos exige aún más en los tiempos difíciles, no favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos.

* Con realismo encarnado. Nunca dejemos de inspirarnos en los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados para estimularnos y comprometernos a investigar, estudiar, trabajar y crear más. El hombre, la mujer, ellos deben ser el centro de nuestros cometidos.

El hombre de carne y hueso, con una pertenencia cultural e histórica concreta, la complejidad de lo humano con sus tensiones y limitaciones, no son respetados ni tenidos en cuenta. Pero es él, quien debe estar en el centro de nuestros desvelos y reflexiones. La realidad humana del límite, de la ley y las normas concretas y objetivas, la siempre necesaria y siempre imperfecta autoridad, el compromiso con la realidad, son dificultades insalvables para esta mentalidad antes descripta.

Escapemos de las realidades virtuales. Y además, del culto a la apariencia.

* No se puede educar desgajados de la memoria. La memoria es potencia unitiva e integradora. Así como el entendimiento librado a sus propias fuerzas desbarranca, la memoria vienen a ser el núcleo vital de una familia o de un pueblo. Una familia sin memoria no merece el nombre de tal. Una familia que no respeta y atiende a sus abuelos, que son su memoria viva, es una familia desintegrada; pero una familia y un pueblo que se recuerdan son una familia y un pueblo de porvenir.

La clave está en no inhibir la fuerza creativa de nuestra propia historia, de nuestra historia memoriosa. El ámbito educativo, en cuanto búsqueda permanente de sabiduría es un espacio indicado para este ejercicio: reencontrarse con los principios que permitieron realizar un deseo, redescubrir la misión allí escondida que pugna por seguir desplegándose.

Vemos tanta memoria enferma, desdibujada, desgarrada en recuerdos incapaces de ir más allá de su primera evidencia, entretenida por flashes y corrientes de moda, sentimientos del momento, opiniones llenas de suficiencia que ocultan el desconcierto. Todos esos fragmentos que quieren oscurecer y negar la historia.

El cambio de status jurídico de nuestra Ciudad, no puede significar "borrón y cuenta nueva". Para el que no tiene pasado, no hay nada realizado. Todo es futuro, hay que hacer todo de cero.

* Desde los refugios culturales a la trascendencia que funda. Se ha de buscar una antropología que deje de lado cualquier camino de "retorno" concebido -más o menos conscientemente- como refugio cultural. El hombre tiende por inercia, a reconstruir lo que fue el ayer. Este rasgo es consecuencia de lo anterior. La modernidad -al perder puntos de apoyo objetivos- recurre a "lo clásico" (pero en el sentido de mundo clásico, mundo antiguo; no en el sentido que le damos nosotros) como una expresión del deber ser cultural. Al encontrarse dividido, divorciado consigo mismo, confunde la nostalgia propia del llamado de la trascendencia con la añoranza de mediaciones inmanentes también desarraigadas. Una cultura sin arraigo y sin unidad no se sostiene.

*Universalismo integrador a través del respeto por las diferencias. Hemos de entrar en esta cultura de la globalización, desde el horizonte de la universalidad. En lugar de ser átomos que sólo adquieren sentido en el todo, debemos integrarnos en una nueva organicidad vital de orden superior que asuma lo nuestro pero sin anularlo. Nos incorporamos en armonía, sin renunciar a lo nuestro, a algo que nos trasciende.

Y esto no puede hacerse por vía del consenso, que nivela hacia abajo, sino por el camino del diálogo, de la confrontación de ideas y del ejercicio de la autoridad.

* El ejercicio del diálogo, es la vía más humana de comunicación. Y hay que instaurar en todos los ámbitos, un espacio de diálogo serio, conducente, no meramente formal o distractivo. Intercambio que destruye prejuicios y construye, en función de la búsqueda común, del compartir, pero que conlleva intentar la interacción de voluntades en pro de un trabajo en común o de un proyecto compartido.

Más aún en épocas donde se dice que somos "hijos de la información y huérfanos de la comunicación". Requiere paciencia, claridad, buena disposición hacia el otro. No excluye la confrontación, de diversos puntos de vista, sin hacer que las ideas se manejen como armas, sino como luz. No resignemos nuestras ideas, utopías, propiedades ni derechos, sino renunciemos solamente a la pretensión de que sean únicos o absolutos.

* El ejercicio de la autoridad. Siempre es necesaria la conducción, pero esto significa participar de la formalidad que da cohesión al cuerpo, lo cual hace que su función no sea tomar partido propio, sino ponerse totalmente al servicio. ¡Qué empobrecedor resulta para la dignidad de la convivencia en sociedad, esa política de hechos consumados, que impiden el legítimo tomar parte, que promueven lo formal por sobre la realidad!

El respeto por las cosmovisiones propias que informan desde dentro los contenidos de las más variadas áreas del saber, desde el nivel inicial hasta la formación de los docentes, es una obligación de quienes gobiernan, porque hace al respeto del legítimo pluralismo y de la libertad de enseñar y aprender.

Para que la fuerza que todos llevamos dentro y que es vínculo y vida se manifieste, es necesario que todos, y especialmente quienes tenemos una alta cuota de poder político, económico o cualquier tipo de influencia, renunciemos a aquellos intereses o abusos de los mismos que pretendan ir más allá del común bien que nos reúne; es necesario que asumamos, con talante austero y con grandeza, la misión que se nos impone en este tiempo.

* El ejercicio de abrir espacios de encuentro. En la retaguardia de la superficialidad y del coyunturalismo inmediatista (flores que no dan fruto) existe un pueblo con memoria colectiva que no renuncia a caminar con la nobleza que lo caracteriza: los esfuerzos y emprendimientos comunitarios, el crecimiento de las iniciativas vecinales, el auge de tantos movimientos de ayuda mutua, están marcando la presencia de un signo de Dios en un torbellino de participación sin particularismos pocas veces visto en el país. Nuestra gente, que sabe organizarse espontánea y naturalmente, protagonista de este nuevo vínculo social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos los ámbitos de la vida social que le incumben. Los dirigentes debemos acompañar esta vitalidad del nuevo vínculo. Potenciando y protegerlo puede llegar a ser nuestra principal misión.

¡Cómo no pensar en la escuela como un espacio privilegiado de intercambio!

* Apertura a la vivencia religiosa comprometida, personal y social. Lo religioso es una fuerza creativa al interior de la vida de la humanidad, de su historia, y dinamizadora de cada existencia que se abre a dicha experiencia.

¿Cómo entender que en algunos ámbitos educativos se convoquen todos los temas y cuestiones, pero haya un único proscripto, un gran marginado: Dios?

En nombre de una reconocida como imposible neutralidad, se silencia y se amputa una dimensión que lejos de ser perniciosa, puede aportar grandemente a la formación de los corazones y a la convivencia en sociedad.

No es suprimiendo las diferencias de lícitas opciones de conciencia, ni el tratamiento abierto de lo que tiene relación con la propia cosmovisión, que lograremos una formación en el respeto por cada persona y en el reconocimiento de la diversidad como camino a la unidad.

Pareciera que el espacio de lo público tiene que ser "light", bien licuado, a resguardo de cualquier convicción, la única toma de postura admitida será en orden a la vaguedad, frivolidad o a favor de los intereses del dueño de la fuerza.

EDUCAR ¿Y DESPUES?...EDUCAR

Ante este panorama, donde no faltan las dificultades familiares endógenas y exógenas, las económicas, la violencia y el desafecto, pareciera obligado preguntarnos: ¿Cómo educar?, pero a la vez no poder menos que plantearnos: ¿Cómo no educar?. ¿Cómo no seguir depositando nuestra confianza en la educación?.

No se comprende la institución educativa, sin el maestro, sin el docente. Pero tampoco se comprende sin poner en el centro al ser humano. Y esto viene a cuento cuando estructuras, currículum, programas, contenidos, evaluación, modos de gestión, pugnan por acaparar el primer plano

La cultura posmoderna presenta un modelo de persona asociado fuertemente a la imagen de los jóvenes. Es lindo quién aparenta juventud, quién realiza tratamientos para hacer desaparecer las huellas del tiempo. El modelo de belleza es un modelo juvenil, informal, casual. Nuestro modelo de adulto es adolescente.

Se vincula a los adolescentes como poseedores de nuevas formas de sentir, pensar y actuar. Pero al mismo tiempo se los ve desprovistos de formas críticas de interpretar el mundo en que viven y de esperanza en el futuro. A estos jóvenes el conocimiento escolarizado se les presenta como anticuado, carente de sentido. Desvalorizan lo que las escuelas presentan como necesario para vivir en esta sociedad.

Los docentes más experimentados, confiados en sus formas exitosas de enseñar, a veces encuentran oscuro y lejano el mundo del adolescente. Es decir, nos encontramos con un adolescente que desvaloriza el saber escolar y un docente que desconoce los interrogantes adolescentes. Esto es un desencuentro.

Son también los jóvenes quienes han sido invitados insistentemente a la búsqueda del placer, de la fuente de satisfacción de los deseos de manera instantánea y sin dolor; inmersos en la cultura de la imagen como su hábitat más natural. El conocimiento que presenta la escuela aparece como un saber poco apetecible y se lo considera no importante. No enfatiza la satisfacción sensorial, ni son herramientas que aseguren el ascenso social o simplemente el acceso a un empleo.

Los jóvenes no encuentran en la escuela lo que buscan. La escuela moderna recibe a un alumno posmoderno, podríamos decir con cierta soltura, pero no es sólo esto.

Hay una imprescindible necesidad de coherencia. No sirven los intercambios de acusaciones. Como sociedad debemos arrojar claridad, para superar el desencuentro, para no malgastar energías construyendo por un lado lo que destruimos por otro.

¿Qué enseñar? La misma variedad y multitud de lo cognoscible es inconmensurable; ¿cómo ordenarse en esta multiplicidad de qué enseñar, de qué aprender?. Partiendo sólo del material a saber, no hay punto de vista auténticamente ordenador. El objeto de conocimiento no indica necesariamente un objetivo y una perspectiva. El punto de vista ordenador debe encontrarse en el hombre y en el encuentro con los hombres, porque la educación debe servir a la formación, es decir a la conformación de la vida. Ese punto de vista, aún con toda la necesaria vinculación con la cosa misma, debe ser a la vez camino, camino de encuentro en el que quién enseña y quién aprende se comprendieran mejor a sí mismos. Se comprendieran mejor a sí mismos en relación a su tiempo, a su historia, a la sociedad, a la cultura y al mundo.

La educación debe sortear el riesgo de empequeñecerse en la mera distribución del saber. No se trata sólo de la selección de ofertas concretas de contenidos o métodos sino también de interpretación y valoración.

Docente y alumno tienen que llegar a un entendimiento que cimente el común deseo de verdad. No sólo sentirse vinculados a las cosas, sino rectitud en el modo de entender la existencia.

Es necesario una educación en la que permanezca lo fundamental y permanezca el fundamento.

Existe lo verdadero, lo bello, lo bueno. Existe lo absoluto. Se puede, más aún, se debe conocerlo y percibirlo.

Es necesario una educación que favorezca el tramado de la sociedad civil (o sea civilizada o sea ciudadana). Que la educación sea un lugar de encuentro y de los empeños comunes donde aprendamos a ser sociedad, donde la sociedad aprenda a ser sociedad solidaria. Tenemos que aprender nuevas formas de construir la ciudad de los hombres.

NO SOLO PALABRAS: VIDA

Todos ustedes saben de las necesidades crecientes de la educación como alumnos, como exalumnos o como padres. También como dirigentes de empresas seguramente, se han vinculado al mundo de la escuela comprometiéndose para las denominadas pasantías, proyectos de educación en la acción comunitaria. Hoy les pido la preocupación de ustedes por la educación manifestada en la invitación que me hicieron, esto me anima a pedirles en confianza el esfuerzo sostenido de acompañar el desarrollo de un proyecto del Departamento de Escuelas Parroquiales del Arzobispado para atención y sostenimiento de sectores estructuralmente débiles o debilitados, apuntado hacia la integración de los sectores más necesitados, a través de la construcción de centros comunitarios, que atiendan a la diversidad, a la pobreza, a la familia y a la educación.

La Iglesia está presente en educación, aquí en el Río de la Plata, desde hace casi 400 años. Precisamente un colegio de la Compañía de Jesús, fue el primero por estos lares. Y queremos decir siempre presente. La Iglesia suspira por poder ofrecer educación totalmente gratuita, en zonas donde el fracaso escolar y las problemáticas son más agudas en nuestra Ciudad, como Lugano, Soldati, la Boca, Barracas. Ya tenemos obras en esos sectores, pero aspiramos a multiplicar la presencia y el acompañamiento, ofreciendo la contención, la formación y el seguimiento, que esos chicos y sus familias necesitan.

Queridos amigos, la educación, los más chicos de nuestra sociedad, esperan mucho de ustedes y de nosotros. Sé del esfuerzo y del trabajo que vienen realizando. Sé también del entusiasmo y de la capacidad, que pueden desplegar en esta hora crucial, a favor del devenir de la educación en nuestra Ciudad.

Un pueblo que quiere conjurar la pobreza del vacío y la desesperanza. Un pueblo con memoria, memoria que no puede reducirse a un mero registro. Allí está la grandeza de nuestro pueblo. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia que se ha ido moldeando en hitos significativos. Nuestro pueblo tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podemos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Hoy, en medio de los conflictos, este pueblo nos enseña que no hay que hacerle caso a aquellos que pretenden destilar la realidad en ideas, que no nos sirven los intelectuales sin talento, ni los eticistas sin bondad, sino que hay que apelar a lo hondo de nuestra dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras reservas culturales. Es una verdadera revolución, no contra un sistema, sino interior; una revolución de memoria y ternura: memoria de las grandes gestas fundantes, heroicas... Y memoria de los gestos sencillos que hemos mamado en familia. Ser fieles a nuestra misión es cuidar este " rescoldo" del corazón, cuidarlo de las cenizas tramposas del olvido o de la presunción de creer que nuestra Patria, nuestra Ciudad y nuestra familia no tienen historia o la han comenzado con nosotros. Rescoldo de memoria que condensa, como la brasa al fuego, los valores que nos hacen grandes; el modo de celebrar y defender la vida, de aceptar la muerte, de cuidar la fragilidad de nuestros hermanos más pobres, de abrir las manos solidariamente ante el dolor y la pobreza, de hacer fiesta y de rezar; la ilusión de trabajar juntos y -de nuestras comunes pobrezas- amasar solidaridad.

Todos estamos convidados a este construir la cultura del encuentro, a realizar y compartir este fermento nuevo que -a la vez- es memoria revivificante de nuestra mejor historia de sacrificio solidario, de lucha contra esclavitudes varias y de integración social.

Convenciéndonos una vez más que el todo es superior a la parte, el tiempo superior al espacio, la realidad es superior a la idea y la unidad es superior al conflicto.

Por último, solemos interrogarnos con cierta preocupación: ¿qué mundo le dejamos a nuestros hijos?. Quizás sería mejor plantearnos: ¿qué hijos le damos a este mundo?

 

Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Misa con los consagrados (08/09/1999)

Dios con nosotros es el nombre de nuestro Redentor, Dios con nosotros. Quiero subrayar hoy nosotros. Esta manera singular que tenemos esta noche de ser nosotros: las consagradas, los consagrados de la diócesis junto a su obispo.

Nosotros. Una Iglesia tejida por la caridad del Espíritu Santo, y hoy nosotros venimos a encontrarnos con este Dios, que siempre está cerca de nosotros, pero venimos a saludarlo, venimos a adorarlo, venimos a decirle una vez más que sí, con la renovación de nuestros votos y que sí en esta Iglesia diocesana. Que sí insertos en este santo pueblo fiel de Dios que camina en Buenos Aires. Nosotros hoy estamos aquí.

Y la Iglesia a nosotros que hoy vinimos, nos presenta la figura de la Madre, de la que va a dar a luz. La que lo va a traer a El para que esté con nosotros.

"Por eso el Señor los abandonará hasta el momento en que de a luz la que debe ser madre". Y en el Evangelio también se nos habla de la maternidad. De cómo fue concebido Jesús. La Iglesia a nosotros consagradas y consagrados hoy nos plantea el interrogante que es invitación también de la fecundidad de la Iglesia.

"La que debe ser madre" es María, y la que debe ser madre es la Iglesia. María como figura de la Iglesia, la Iglesia como figura de María.

Y la que debe ser madre es, glosando, siguiendo a un santo padre, es también nuestra alma, es decir, nuestro ser más íntimo: María, la Iglesia y el alma.

Se nos habla de fecundidad eclesial, y en esta asamblea mirando a María, a la Iglesia y a nuestra alma, nos interrogamos sobre nuestra fecundidad como consagradas y consagrados. Nuestra fecundidad acá en Buenos Aires donde la obediencia nos mandó a trabajar, si asumimos de frente el desafío de ser madres y padres, no solteras o solteros cualificados. La vida consagrada sólo tiene sentido a la luz de la paternidad y maternidad, es decir a la luz de la fecundidad, según el estilo de la familia consagrada a la que uno pertenece; pero sin fecundidad somos un pensionado de personas con cultura religiosa, más o menos piadosas, trabajadoras quizás, pero no consagradas.

La consagración nos unge en la fecundidad, como la madre del Señor fue fecunda, en su salvación y como la Iglesia es fecunda.

Y la fecundidad implica esa generosidad más honda, de despojarse continuamente para dar vida a otros. La misma vida de despojo es la que da vida; no del despojo pelagiano egoísta, en última instancia que rinde culto a la propia personalidad, sino el despojo de un padre y de una madre que solamente camina despojándose para que otro tenga vida y su propia vida tiene sentido en la medida que puede darla a los demás y hacerla crecer en los demás. A la luz de esta Palabra que hoy la Iglesia nos pone delante mirando a la Virgen, a la luz de lo que es nuestra madre la Iglesia, miramos lo que es nuestra alma de consagrados. Es fecunda. Siempre la vida consagrada va a tener la tentación, del maquillaje, del ensimismarse en el propio proyecto, en el propio plano, en la propia obra, en la cosita. Y es ahí cuando la vida consagrada pierde sentido. Gente buena, muy buena, pero sin hijos. Y al decir sin hijos digo sin esperanza, porque lo que tiene un padre y una madre cuando trae un hijo al mundo, cuando juega lo más íntimo de sí para otra vida, es la esperanza de que esa vida que trae al mundo, esa vida que suscita en el Señor, en el caso nuestro, crecerá, será adulto, me hará sombra me sobrepasará, y me cerrará los ojos.

Una vida consagrada fecunda, es una vida consagrada esperanzada, que cree que por sus entrañas del espíritu, pasa la fuerza del Espíritu, que da vida a otros.

Una vida consagrada fecunda es una vida consagrada que mira más allá de las puertas de su convento, tiene horizontes más amplios y se plantea continuamente qué le dice el Señor a través de las cosas que le van sucediendo cada día, qué vida le está pidiendo el Señor a través de los mil y un acontecimientos diarios, en la intimidad de la oración y en el compartir de la vida comunitaria. Qué me pide Jesús hoy para dar vida. Horizontes amplios, horizontes más allá de nuestras narices. Y esta es la misión que los consagrados y las consagradas tenemos en la Iglesia, reflejar la fecundidad de la madre Iglesia, reflejar la fecundidad de la madre María en nuestra propia fecundidad. Reflejar la esperanza de la Iglesia, reflejar el coraje apostólico de la Iglesia, que no se queda encerrado rindiendo culto a sí mismo, a su cosita, a su obrita, a su propio organigrama.

El peor enemigo de la fecundidad religiosa es el funcionalismo, esa fecundidad de probeta, artificiosa. Si no hay fecundidad previa todo funcionalismo no sirve, adultera. Tenemos que ser inteligentes en los medios que escojamos.Tenemos que buscarlos y planificarlos, pero a la luz de nuestra esperanza, de nuestro arrojo apostólico que entraña esa fecundidad. No creamos que estamos sirviendo a la Iglesia si tenemos lindos planes apostólicos pero de solteros y de solteras.

Hoy contemplamos a "la que debe ser madre" y la felicitamos, es su cumpleaños. Pensé que por ahí a alguna monjita, se le ocurría traer una torta. No se animaron. Cumpleaños de la virgen. La felicitamos, pero la gran gloria de María, es que su virginidad fue fecunda. Nos trajo el sentido de nuestra existencia, nos trajo a Dios con nosotros y hoy nosotros fecundos en nuestra madre la Iglesia venimos a decirle a María que queremos ser de ella, que queremos ser de la Iglesia, es decir padres y madres. Que queremos derrochar esperanza, derrochar fecundidad, derrochar coraje apostólico. A ella le pedimos la gracia de una fecunda inserción en la Iglesia a la que pertenecemos, generosa, fecunda; y la gracia de que muchos hijos cuando nos toque el momento, nos cierren los ojos. Que así sea.

 Buenos Aires, 8 de septiembre de 1999

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Carta a los sacerdotes de la Arquidiócesis

A LOS SACERDOTES DE LA ARQUIDIÓCESIS

 

Buenos Aires, 1º de octubre de 1999

Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús

Queridos Hermanos:

Dentro de algunas semanas comenzará el tiempo de Adviento: este año será el inicio litúrgico hacia el Jubileo. El deseo de dejarnos visitar por el Señor en su venida adquiere una fuerza singular a la luz de este acontecimiento. En Navidad se abrirá la Puerta Santa y, previendo ya este gesto, resuena en mi corazón la tan repetida invitación del Papa: "Abran las puertas al Redentor" (Aperite portas, nº 1), "Abran la puerta a Cristo" (Redemptoris Missio, nn. 3,39). Así nos tiene que encontrar el Nacimiento del Señor, "como hombres que esperan a que su Señor venga … para que al instante le abran" (Lc.13: 36). Esta carta que les escribo a Ustedes nace del deseo de exhortarlos, como pastor y hermano, a que le abran las puertas al Señor: la puerta del corazón, las puertas de la mente, las puertas de nuestras Iglesias … todas las puertas. Abrir las puertas es tarea cristiana, tarea sacerdotal.

Así lo hizo Jesús, lo leemos en el Evangelio. Al comienzo de su misión, se presenta "abriendo el libro del profeta Isaías …" (Lc.4:17); y también así termina el libro del Apocalipsis: como el Cordero degollado, como el León de Judá, "el único digno de abrir el libro y soltar sus sellos" (Apoc.5:2.9). Jesús resucitado es el que "abre las inteligencias" de los discípulos de Emaús "para que comprendan las Escrituras" (Lc.24:45) y les hace recordar: "¿No ardía acaso nuestro corazón cuando nos abría las Escrituras?" (Lc.24:32). En orden a esta apertura a la Palabra se dirigen muchos milagros: "Jesús tocó los ojos de los dos ciegos y se abrieron sus ojos" (Mt.9:30); "Dijo al sordomudo ‘Effeta’, que quiere decir ábrete, y se abrieron sus oídos" (Mc.7:34). Cuando Jesús "abre la boca" es el Reino de los Cielos el que se abre en las Parábolas: "Y abriendo la boca, Jesús les enseñaba" (Mt.5:2); "abriré mi boca en parábolas" (Mt.13:35). Cuando Jesús se humilla y se bautiza, cuando se pone en oración (Lc.3:21) se abre el cielo y resuena la voz amorosa del Padre: "éste es mi Hijo, el predilecto" (Mt.3:16). Y es el mismo Señor quien nos exhorta: "Llamen y se les abrirá" (Lc.11:9), y la Iglesia suplica "para que Dios nos abra una puerta a su Palabra" (Col.4:3), porque "si Él abre, nadie puede cerrar" (Apoc.3:7). La invitación clara y definitiva que concentra de manera enteramente personal todos los gestos de apertura del Señor es aquélla de la carta a Laodicea: "Si alguno me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Apoc.3:20).

Hoy día la apertura es considerada un valor, aunque no siempre se la comprenda bien. "Es un cura abierto" dice la gente, oponiéndolo a "un cura cerrado". Como toda valoración, depende de quién la hace. A veces, en una valoración superficial, apertura puede querer decir "uno que deja pasar cualquier cosa" o "que es canchero", que no es "almidonado", "rígido". Pero detrás de algunas posiciones que son más cuestión de piel, se esconde siempre algo de fondo que la gente percibe. Ser un sacerdote abierto quiere decir "que es capaz de escuchar aunque se mantenga firme en sus convicciones". Una vez un hombre de pueblo me definió a un cura diciendo una frase sencilla: "Es un cura que habla con todos". No hace acepción de personas, quería decir. Le llamaba la atención que pudiera hablar "bien" con cada persona y lo distinguía claramente tanto de los que sólo hablan bien con algunos, como de los que hablan con todos diciéndoles que sí a todo.

Esto es así porque la apertura va junto con la fidelidad. Y es propio de la fidelidad ese único movimiento por el cual, por una parte se abre enteramente la puerta del corazón a la persona amada y, por otra, se le cierra esa misma puerta a todo el que amenace ese amor. De ahí que abrirle la puerta al Señor implica abrírsela a los que El ama: a los pobres, a los pequeños, los descarriados, los pecadores … A toda persona, en definitiva. Y cerrársela a los "ídolos": al halago fácil, a la gloria mundana, a las concupiscencias, al poder, a la riqueza, a la maledicencia y –en la medida en que encarnen estos disvalores- a las personas que quieren entrar en nuestro corazón o en nuestras comunidades para imponerlos.

Además de ser fiel, la actitud de abrir o cerrar la puerta tiene que ser testimonial. Dar testimonio de que, en el último día, habrá una puerta que se abre para algunos: los benditos del Padre, los que dieron de comer y de beber a los más pequeñitos, los que mantuvieron el aceite de su lámpara, los que practicaron la Palabra … y se cierra para otros: los que no le abrieron la puerta de su corazón a los necesitados, a los que se quedaron sin aceite, los que sólo dijeron "Señor, Señor" de palabra y no amaron con obras.

Así, la apertura no es cuestión de palabras sino de gestos. La gente lo traduce hablando del cura que "siempre está" y del que "no está nunca" (anteponiendo caritativamente el "ya sé que Ud. está ocupado Padre porque tiene tantas cosas …"). La apertura evangélica se juega en los lugares de entrada: en la puerta de las iglesias que, en un mundo donde los shoppings no cierran nunca, no pueden permanecer muchas horas cerradas, aunque haya que pagar vigilancia y bajar al confesionario más seguido; en esa puerta que es el teléfono, cansador e inoportuno en nuestro mundo supercomunicado, pero que no puede quedar largas horas a merced de un contestador automático. Pero estas puertas son más bien externas y "mediáticas". Son expresión de esa otra puerta que es nuestra cara, que son nuestros ojos, nuestra sonrisa, el ralentar un poco el paso y animarse a mirar al que sabemos que está esperando … En el confesionario uno sabe que la mitad de la batalla se gana o se pierde en el saludo, en la manera de recibir al penitente, especialmente al que da una miradita y tiene un gesto como diciendo "¿puedo?". Una acogida franca, cordial, cálida termina de abrir un alma a la que el Señor ya le hizo asomarse a la mirilla. En cambio, un recibimiento frío, apurado o burocrático hace que se cierre lo entreabierto. Sabemos que nos confesamos de diversa manera según el cura que nos toque … y la gente también.

Una imagen linda para examinar nuestra apertura es la de nuestra casa. Hay casas que son abiertas porque "están en paz", que son hospitalarias porque tienen calor de hogar. Ni tan ordenadas que uno siente temor hasta de sentarse (no digamos de fumar o comer algo) ni tan desordenadas que dan vergüenza ajena. Lo mismo pasa con el corazón: el corazón que tiene espacio para el Señor tiene también espacio para los demás. Si no hay lugar y tiempo para el Señor entonces el lugar para los demás se reduce a la medida de los propios nervios, del propio entusiasmo o del propio cansancio. Y el Señor es como los pobres: se acerca sin que lo llamemos e insiste un poco, pero no se queda si no lo retenemos. Es fácil sacárselo de encima. Basta apurar un poco el paso, como ante los mendigos o mirar para otro lado como cuando los chicos nos dejan la estampita en el subte.

Sí, la apertura a los demás va pareja con nuestra apertura al Señor. Es Él, el de corazón abierto, el único que puede abrir un espacio de paz en nuestro corazón, esa paz que nos vuelve hospitalarios para con los demás. Ese es el oficio de Jesús resucitado: entrar en el cenáculo cerrado que, en cuanto casa, es imagen del corazón, y abrirlo quitando todo temor y llenando a los discípulos de paz. En Pentecostés el Espíritu sella con esta paz la casa y los corazones de los Apóstoles y los convierte en Casa abierta para todos, en Iglesia. La Iglesia es como la casa abierta del Padre misericordioso. Por ello nuestra actitud debe ser la del Padre y no la de los hijos de la parábola: ni la del menor que aprovecha la apertura para hacer su escapadita, ni la del mayor que se cree que con su cerrazón cuida la herencia mejor que su propio padre.

¡Abran las puertas al Señor! Es el pedido que hoy quiero hacer a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis. ¡Abran sus puertas! Las de su corazón y las de sus Iglesias. ¡No tengan miedo! Ábranlas por la mañana, en su oración, para recibir el Espíritu que los llenará de paz y alegría y salir luego a pastorear al Pueblo fiel de Dios. Ábranlas durante el día para que los hijos pródigos se sientan esperados. Ábranlas al anochecer, para que el Señor no pase de largo y los deje con su soledad sino que entre y coma con Ustedes y les haga compañía.

Y recuerden siempre a Aquélla que es Puerta del Cielo: a la de corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas; a la esclavita del Padre que sabe abrirse enteramente a la alabanza; a la que sale de sí "con prontitud" para visitar y consolar; a la que sabe transformar cualquier covacha en casa del "Dios con nosotros" con unos pobres pañalitos y una montaña de ternura; a la que está siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas; a la que sabe esperar afuera para dar lugar a que el Señor instruya a su pueblo; a la que siempre está al descampado en cualquier lugar donde los hombres levantan una cruz y le crucifican a sus hijos. Nuestra Señora es Madre, y –como madre- sabe abrir los corazones de sus hijos: todo pecado escondido se deja perdonar por Dios a través de sus ojos buenos; todo capricho y encerramiento se disuelve ante una palabra suya; todo temor para la misión se disipa si Ella nos acompaña por el camino.

A Ella le pido que nos bendiga a todos nosotros, sacerdotes de esta Arquidiócesis y, con ternura de madre, nos vaya enseñando cada día a abrir las puertas al Redentor. Con fraternal afecto.

 

Jorge Mario Bergoglio S.J.

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Misa 25ª Peregrinación a Luján - (Luján 3/10/1999)

Escuchamos cómo Jesús miró a su Madre. Desde la cruz, la miró y nos mostró a todos nosotros y le dijo: "este es tu Hijo, estos son tus hijos". Y María, al sentir esa mirada de Jesús, habrá recordado cuando jovencita, treinta y tantos años antes, sintió aquella otra mirada que la hizo cantar de júbilo: la mirada del Padre. Y sintió que el Padre había mirado su pequeñez. La pequeña María, nuestra Madre a quien hoy vinimos a ver, y a quien vinimos acá a encontrar y a encontrarnos con su mirada. Porque su mirada es como la continuación de la mirada del Padre que la miró pequeñita y la hizo Madre de Dios. Como la mirada del Hijo en la cruz que la hizo Madre nuestra y con esa mirada hoy nos mira. Y hoy nosotros, después de un largo camino, vinimos a este lugar de descanso, porque la mirada de la Virgen es un lugar de descanso, y venimos a contarle nuestras cosas.

Nosotros necesitamos de su mirada tierna, su mirada de Madre, esa que nos destapa el alma. Su mirada que está llena de compasión y de cuidado. Y por eso hoy le decimos: Madre, regálanos tu mirada. Porque la mirada de la Virgen es un regalo, no se compra. Es un regalo de Ella. Es un regalo del Padre y un regalo de Jesús en la cruz. Madre, regálanos tu mirada.

Venimos a agradecer que su mirada esté en nuestras historias. En ésa que sabemos cada uno de nosotros, la historia escondida de nuestras vidas. Esa historia con problemas y con alegrías. Y luego de este largo camino, cansados, nos encontramos con su mirada que nos consuela y le decimos: Madre, regálanos tu mirada.

En la mirada de la Virgen, tenemos un regalo permanente. Es el regalo de la misericordia de Dios, que la miró pequeñita, y la hizo su Madre. De la misericordia de Dios, que la miró desde la cruz, y la hizo Madre nuestra. Esa misericordia del Padre bueno, que nos espera en cada recodo del camino. Y para encontrarnos con ese Padre, hoy le decimos a nuestra Madre: Madre, regálanos tu mirada.

Pero no estamos solos, somos muchos, somos un pueblo, y la mirada de la Virgen, nos ayuda a mirarnos entre nosotros de otra manera. Aprendemos a ser más hermanos, porque nos mira la Madre. A tener esa mirada que busca rescatar, acompañar, proteger. Aprendemos a mirarnos en su mirada de Madre.

La mirada de la Virgen nos enseña a mirar a los que naturalmente miramos menos, y que más necesitan: a los más desamparados, los que están solos, los enfermos, los que no tienen con qué vivir, los chicos de la calle, los que no conocen a Jesús, los que no conocen la ternura de la Virgen, los jóvenes que están mal.

No tengamos miedo para salir a mirar a nuestros hermanos con esa mirada de la Virgen, que nos hermana y así iremos tejiendo con nuestros corazones y con nuestra mirada esa cultura del encuentro que tanto necesitamos, que tanto necesita nuestra Patria.

Finalmente, no dejemos que nada se nos interponga a la mirada de la Virgen. Madre, regálanos tu mirada. Que nadie me la oculte. Que mi corazón de hijo la sepa defender de tantos mercachifles que prometen ilusiones; de los que tienen la mirada ávida de vida fácil, de promesas que no pueden cumplirse. Que no nos roben la mirada de la Virgen, que es mirada de ternura y mirada que nos fortalece desde dentro. Mirada que nos hace fuertes de fibra, que nos hace hermanos, que nos hace solidarios. Madre, que no me desoriente de tu mirada; le pedimos… regálamela Madre. Que no dude nunca que me estás mirando con la ternura de siempre, y que esa mirada me ayude a mirar mejor a los demás, a encontrarme con Jesucristo, a trabajar para ser más hermano, más solidario, más encontrado con los demás. Y así juntos podamos venir a esta casa de descanso bajo la ternura de tu mirada. Madre, regálanos tu mirada.

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Petición por las nuevas autoridades nacionales

Catedral Metropolitana 11/12/99 (desgrabación)

 Pídeme lo que quieras, le dice Dios a Salomón. Y Salomón le pide sabiduría para gobernar. Y Dios lo alaba. Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido y le dijo: porque tú has pedido esto y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos sino que has pedido un corazón sabio... Ese gesto de Salomón que mira al cielo, porque se sabe pequeño. Su servidor, le dice a Dios está en medio de tu pueblo, soy un muchacho. Diríamos en porteño: "soy poca cosa". Corazón humilde de un gobernante que mira arriba y pide sabiduría.

Jesús también trastoca los valores y dice: el que quiera ser grande entre ustedes que se haga servidor, el que quiera ser el primero que se haga su esclavo, como el Hijo del hombre que no vino a ser servido sino a servir. La mirada de Salomón era hacia arriba, la mirada que nos enseña Jesús, a quienes tenemos alguna responsabilidad de gobierno, es también hacia los costados. ¡Miren a los costados! Y gobernar, es servir a cada uno de estos hermanos que conforman nuestro pueblo.

La palabra de Dios es muy sencilla, cuando uno se olvida de mirar a lo alto y de pedir sabiduría, cae en ese defecto tan nefasto: la suficiencia. Y de la suficiencia a la vanidad, al orgullo... no tiene sabiduría. Cuando uno se olvida de mirar a los costados, se mira a sí mismo, o mira a su entorno, se olvida de su pueblo o cae en la tentación de ver a su pueblo a través de las múltiples mediaciones, que quizás sirvan como funcionales, pero que no tocan el corazón. Y a quienes se nos da la misión de servir gobernando, se nos pide que nunca dejemos de mirar a lo alto, para no caer en la suficiencia y nunca dejemos de mirar a los costados, para no olvidarnos de nuestro pueblo.

Yo le pido al Señor hoy, por todos los que tenemos una responsabilidad de gobierno, pero de una manera especial por ustedes: por Usted Señor Presidente, por Usted Señor Vicepresidente. Por todos los que van a ayudar a estos dos ciudadanos, que el Señor les conceda la gracia de mirar siempre hacia lo alto para pedir sabiduría y mirar siempre a nuestros costados para percibir, en nuestra carne y en nuestro corazón, el sentir de nuestro pueblo.

Que así sea.

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Navidad del Milenio (18-12-1999)

Qué hermoso escuchar todos juntos, aquí, en silencio, el Evangelio que nos recuerda cómo fue que Dios vino a ser "Dios con nosotros"; cómo fue recibido por María y por José. Exaltamos llenos de júbilo a la Trinidad Santísima que brilla humilde y escondida en esta Sagrada Familia. Mientras el Espíritu Santo obra la Encarnación en el interior de María (que es pura disponibilidad, puro dejar hacer lo que Dios quiere), el Padre –representado en ese "ángel de Dios"- hace todos los arreglos exteriores con San José (que es pura obediencia, es apenas levantarse y estar haciendo lo mandado). Y todos giran en torno al Niño Jesús, el Hijo predilecto del Padre, el Ungido por el Espíritu Santo, el esperado de las Naciones. El que vino a salvar a su pueblo de los pecados. El que viene todos los días a estar con nosotros en cada Eucaristía. Jesús, en quien creemos y al que esperamos hasta que vuelva.

El jubileo es el cumpleaños de Jesús. Las primeras Navidades fueron fiestas sencillas, de familia. José y María habrán festejado solos, en el destierro, los primeros cumpleaños de Jesús. El "Dios con nosotros" parecía que era sólo de ellos dos; pero –si escuchamos el Magnificat- nos damos cuenta de que María amó siempre a Jesús con corazón de pueblo, con corazón de Iglesia. Y así fue que, después de la Resurrección del Señor, de a poquito, la Navidad comenzó a ser una fiesta para todo el pueblo fiel de Dios.

Dos mil Navidades han pasado. Setecientos años antes Isaías había profetizado que nacería un Niño que se llamaría Emmanuel, "Dios con nosotros". Un Dios con nosotros que, desde siempre, anda queriendo ser un Dios con todos.

Dos mil Navidades, y el Niño no se desilusiona de su Pueblo fiel, de nosotros. Se sigue poniendo confiado en nuestras manos, en este gesto de entrega que es la Eucaristía: Yo soy el Dios con Ustedes, como si repitiera en su silencio con gusto a pan.

"Dios con nosotros" es un hermoso nombre de Dios. Es como su apellido. Su nombre propio es Jesús, o Padre o Espíritu… pero su apellido es "Dios con nosotros".

Para hablar de El tenemos que decir "nosotros". Solamente si lo dejamos estar con nosotros, como lo dejaron María y José, se vuelve posible una cultura del encuentro, en la que nadie está excluido, en la que todos nos miramos como hermanos. Porque es precisamente en la cercanía y en el encuentro donde nace Jesús, el amor. Ese amor que arraiga en la memoria de una gracia compartida: "les ha nacido un Salvador y lo verán envuelto en pañales". El amor se alimenta en la esperanza común, la de la Ciudad Santa que nos cobijará a todos, cuya mejor imagen es la del pan compartido.

Por eso hoy, al recibir la Eucaristía, sintamos también al de al lado, sintamos la presencia de todos y digamos: Dios con nosotros. Recordemos a San José y a la Virgen y digamos: Dios con nosotros. Pensemos en la esperanza de Isaías y de los Profetas, de nuestro padre Abraham y de los Patriarcas, y digamos: Dios con nosotros. Gustemos el cariño de los Santos, esa muchedumbre de hombres y mujeres que "vivieron en Su amistad a través de los siglos" y recemos con ellos: Dios con nosotros. Busquemos a los más pobres para decir con ellos: Dios con nosotros. Tomemos de la mano a nuestros niños y digamos: Dios con nosotros. Acariciemos a nuestros ancianos y, con ellos, confesemos: Dios con nosotros.

Unidos por el recuerdo y la esperanza de Belén, la casa del Pan, del Pan de Vida que hace dos mil años nos regaló el Padre, del Pan nuestro de cada día que nos da hoy, y del Pan que el mismo Jesús partirá para nosotros en el banquete del cielo, ahora todos juntos, como hermanos, profesemos nuestra fe en el Dios con nosotros: Creo en Dios Padre………

 

Jorge Mario Bergoglio, s. j.

18 de diciembre de 1999