Año 2000

 Homilia de Mons. Jorge Mario Bergoglio s.j. con ocasión de la peregrinación juvenil a Luján  (01/10/2000)

Celebración Jubilar de los Educadores (13/09/2000)

 Homilia pronunciada en San Cayetano (07/08/2000)

Corpus Christi  (24/06/2000)

Homilia pronunciada por S.E.R. Mons. Jorge Mario Bergoglio en el Te Deum  del 25/5/2000

 Vigilia Pascual - 22/04/2000

  Misa Crismal - 20 de abril de 2000

  Misa Vicaría de la Educación (29/03/2000)

 Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas (29/03/2000)

 Encuentro Arquidiocesano de Catequesis 2000

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Encuentro Arquidiocesano de Catequesis 2000

Desgrabación de la homilía de Mons. Jorge Bergoglio s.j.

EAC 2000  -   11 de marzo de 2000

 "Conviértanse y crean en la Buena Noticia", eso nos dijo el sacerdote, el miércoles pasado, cuando nos impuso la ceniza.

Empezamos esta Cuaresma con este mandato. Quebrantar nuestro corazón, abrirlo y que crea en el Evangelio de verdad, no en el Evangelio dibujado, no en el Evangelio light, no en el Evangelio destilado, sino en el Evangelio de verdad. Y esto, hoy a ustedes de una manera especial, se les pide como catequistas: Conviértanse y crean en el Evangelio.

Pero además se les da en la Iglesia una misión: hagan que otros crean en el Evangelio. Viéndolos a ustedes, viendo qué hacen, cómo se conducen, qué dicen, cómo sienten, cómo aman: que crean en el Evangelio.

El Evangelio dice que el Espíritu llevó a Jesús al desierto, y ahí convivía entre las fieras como si no pasara nada. Esto nos hace recordar lo que sucedió al principio: el primer hombre y la primera mujer vivían entre las fieras, y no pasaba nada. En aquel paraíso todo era paz, todo era alegría. Y fueron tentados, y Jesús fue tentado.

Jesús quiere reeditar, al comienzo de su vida, después de su bautismo, algo parecido a lo que fue el principio, y este gesto de Jesús de convivir en paz con toda la naturaleza, en soledad fecunda del corazón y en tentación, nos está indicando qué vino a hacer él. Vino a restaurar, vino a recrear. Nosotros, en una oración de la misa, durante el año, decimos una cosa muy linda: "Dios, que tan admirablemente creaste todas las cosas, y más admirablemente las recreaste".

Jesús vino con esta maravilla de su vocación de obediencia a recrear, a rearmonizar las cosas, a dar armonía aún en medio de la tentación. ¿Está claro esto?. Y la Cuaresma es este camino. Todos tenemos, en Cuaresma, que hacer sitio en nuestro corazón, para que Jesús, con la fuerza de su Espíritu, el mismo que lo llevó al desierto, rearmonice nuestro corazón. Pero que lo rearmonice, no como algunos pretenden, con oraciones raras e intimismos baratos. Sino, que lo rearmonice con la misión, con el trabajo apostólico, con la oración de cada día, el trabajo, la fuerza, el testimonio. Hacer lugar a Jesús porque los tiempos se acortan, nos dice el Evangelio. Ya estamos en los últimos tiempos, desde hace 2000 años, los tiempos que instauró Jesús, los tiempos de este proceso de rearmonizar.

Los tiempos nos urgen. No tenemos derecho a quedarnos acariciándonos el alma. A quedarnos encerrados en nuestra cosita... chiquitita. No tenemos derecho a estar tranquilos y a querernos a nosotros mismos. ¡Cómo me quiero!. No, no tenemos derecho. Tenemos que salir a contar que, desde hace dos mil años, hubo un hombre que quiso reeditar el paraíso terrenal, y vino para eso. Para rearmonizar las cosas. Y se lo tenemos que decir a "Doña Rosa", a la que vimos en el balcón. Se lo tenemos que decir a los chicos, se lo tenemos que decir a aquellos que pierden toda ilusión y a aquellos para los que todo es "pálida", todo es música de tango, todo es cambalache. Se lo tenemos que decir a la señora gorda finoli, que cree que estirándose la piel va a ganar la vida eterna. Se lo tenemos que decir a todos aquellos jóvenes que, como el que vimos en el balcón, nos denuncian que ahora todos nos quieren meter en el mismo molde. No dijo la letra del tango pero la podría haber dicho: "dale que va, que todo es igual".

Tenemos que salir a hablarle a esta gente de la ciudad a quien vimos en los balcones. Tenemos que salir de nuestra cáscara y decirles que Jesús vive, y que Jesús vive para él, para ella, y decírselo con alegría... aunque uno a veces parezca un poco loco. El mensaje del Evangelio es locura, dice San Pablo. El tiempo de la vida no nos va a alcanzar para entregarnos y anunciar esto que Jesús está restaurando la vida. Tenemos que ir a sembrar esperanza, tenemos que salir a la calle. Tenemos que salir a buscar.

Cuántos viejitos como esa doña Rosa están con la vida aburrida, que no les alcanza, a veces, el dinero ni para comprar remedios. A cuántos nenes les están metiendo en la cabeza ideas que nosotros recogemos como gran novedad, cuando hace diez años las tiraron a la basura en Europa y en los Estados Unidos, y nosotros se las damos como gran progreso educativo.

Cuántos jóvenes pasan sus vidas aturdiéndose desde las drogas y el ruido, porque no tienen un sentido, porque nadie les contó que había algo grande. Cuántos nostálgicos, también hay en nuestra ciudad, que necesitan un mostrador de estaño para ir saboreando grapa tras grapa y así ir olvidando.

Cuánta gente buena pero vanidosa que vive de la apariencia, y corre el peligro de caer en la soberbia y en el orgullo.

¿Y nosotros nos vamos a quedar en casa?. ¿Nos vamos a quedar en la parroquia, encerrados?. ¿Nos vamos a quedar en el chimenterío parroquial, o del colegio, en las internas eclesiales?. ¡Cuando toda esta gente nos está esperando! ¡la gente de nuestra ciudad!. Una ciudad que tiene reservas religiosas, que tiene reservas culturales, una ciudad preciosa, hermosa, pero que está muy tentada por Satanás. No podemos quedarnos nosotros solos, no podemos quedarnos en la parroquia y en el colegio. ¡Catequista, a la calle!. A catequizar, a buscar, a golpear puertas. A golpear corazones.

Lo primero que hizo Ella (la Virgen María), cuando recibió la Buena Noticia en su seno fue salir corriendo a prestar un servicio. Salgamos corriendo a prestar el servicio de que creemos en la Buena Noticia, y se la queremos dar a los demás. Que esta sea nuestra conversión: la Buena Noticia de Cristo ayer, hoy y siempre.

Que así sea.

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Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas

"...esperó contra toda esperanza"

(Rm 4,18)

 

Peregrinos o errantes

Este cambio de siglo y de milenio nos pone ante la cuestión del tiempo. También ante la cuestión del rumbo. La mirada se volvió hacia el camino recorrido y se planteó a la vez el interrogante por el modo y dirección del que se extiende por delante. El hoy se sostiene en el ayer y anticipa el mañana. La imagen del futuro es capaz de movilizar las energías del presente. Sin embargo para muchos se ha angostado el horizonte, la visión del futuro, y ha surgido la angustia.

¿Por qué los invito a reflexionar sobre la esperanza? ¿No habrá otras cuestiones más actuales, más inmediatas, más relevantes para la tarea educativa que nos toca encarar? ¿No estamos en un momento crucial para nuestra ciudad, nuestro país y nuestra Iglesia, un momento de proyectos y definiciones en el kairós del inicio del nuevo siglo, que exige ponerse a pensar cuestiones concretas y urgentísimas? O aún evitando la tentación del inmediatismo, ¿no deberíamos centrar nuestra mirada en las problemáticas esenciales que hacen a una definición sustantiva, no meramente formal, del hombre que queremos formar a través de nuestra tarea educativa? Muchos pensadores consideran al tiempo que vivimos como un auténtico momento de cambio epocal. En algún sentido, también es el clima que subyace a la celebración cristiana del Jubileo. ¿No será en este momento –semejante indagación-, una huída espiritualista, un discurso vacío, una versión religiosa de la dinámica del avestruz?

Estas prevenciones tienen su parte de razón. Con mayor frecuencia de la que quisiéramos, los cristianos hemos transformado las virtudes teologales en un pretexto para quedarnos cómodamente instalados en una pobre caricatura de trascendencia, desentendiéndonos de la dura tarea de construir el mundo donde vivimos y donde se juega nuestra salvación. Es que la fe, la esperanza y la caridad constituyen, por definición, actitudes fundamentales que operan un salto, un éxtasis del hombre hacia Dios. Nos trascienden, en verdad. Nos hacen trascender y trascendernos. Y en su referencia a Dios, presentan una pureza, un resplandor de verdad tal que puede encandilarnos. Ese deslumbramiento de lo contemplado, puede hacernos olvidar que esas mismas virtudes se apoyan en todo un basamento de realidades humanas, porque es humano el sujeto que así encuentra su camino hacia lo divino. Encandilados, podemos quedar distraídos sin plan ni orientación hasta golpearnos la cabeza, teniendo que reconocer nuestra realidad de tierra que anda, como decía el poeta.

Y allí, en ese volver a ponernos en camino sin despegar los pies de la tierra para no perder el rumbo hacia el cielo, es donde la esperanza revela su verdadero sentido. Porque si bien su objeto es Dios, lo es en relación con el itinerario del hombre hacia Él. Y, por tanto, esta virtud recorre con nosotros todo el camino, desde la cuna hacia la tumba y la gloria, desde el pozo del sinsentido y del pecado, pasando por el encuentro gozoso en la oración que todo lo hace brillar, hasta el abrazo definitivo en la ternura del que nos funda.

Queremos reflexionar entonces, sobre la esperanza. Pero no sobre una esperanza "light", desvitalizada, separada del drama de la existencia humana. Interrogaremos a la esperanza a partir de los problemas más hondos que nos aquejan y que constituyen nuestra lucha cotidiana, en nuestra tarea educativa, en nuestra convivencia y en nuestra misma interioridad. Le pediremos que nos ayude a reconocer lúcidamente los desafíos que se nos plantean a la hora de afrontar la responsabilidad por la educación de las jóvenes generaciones, a vivir con mayor intensidad todas las dimensiones de nuestra existencia. Deseamos solicitarle que aporte sentido y sustancia a nuestros compromisos y emprendimientos, aun a aquellos que llevamos con mayor dificultad, casi como una cruz.

Porque, por otro lado, ¿qué otra cosa que la esperanza es la sustancia misma del empeño de todo educador? ¿Qué sentido tendría consagrar las propias fuerzas a algo cuyos resultados no se ven inmediatamente, si todos esos esfuerzos no estuvieran enhebrados por el hilo invisible pero solidísimo de la esperanza? Ofrecer unos conocimientos, proponer unos valores, despertar unas posibilidades y compartir la propia fe, son tareas que sólo pueden tener un motivo: la confianza en que esas semillas se desarrollarán y producirán fruto a su tiempo y a su manera. Educar es apostar y aportar al presente y al futuro. Y el futuro es regido por la esperanza.

Una reflexión sobre la esperanza con tales pretensiones nos lleva, sin duda, a transitar rutas difíciles. Entraña encrucijadas en las cuales es necesario echar mano a la sabiduría acumulada que representan las ciencias humanas y la teología. Y puede adquirir una dureza nada consoladora al obligarnos a enfrentar los límites de la realidad concreta, del mundo y la nuestra propia. Por eso, lo que aquí se ofrece es, más que nada, una invitación a mirar esa realidad de un modo cristiano, es decir, de un modo esperanzado. Si en las comunidades educativas despierta un deseo de revisar el estilo de nuestra marcha o de profundizar nuestra forma de mirar el paisaje que transitamos, habrá cumplido parte de su objetivo.

La crisis como desafío a la esperanza

No cabe duda de que, desde algún tiempo, estamos viviendo un tiempo de profundos cambios. Se suele decir, un tiempo de crisis. Este es casi un lugar común. Crisis de la educación, crisis económica, crisis ecológica, crisis moral. Por momentos, las noticias de último momento resaltan alguna iniciativa exitosa o exhiben novedosos diagnósticos de la situación, pero pronto la atención vuelve a esa especie de malestar general que adquiere distintos rostros o pretextos. Algunos apuntan a un nivel más filosófico y hablan de la "crisis del hombre" o la "crisis de la civilización".

¿En qué consiste dicha crisis? Tratemos de describirla, paso a paso. En primer lugar, se trata de una crisis global, complexiva. No estamos hablando de asuntos que competen a ámbitos definidos y parciales de la realidad. Si así fuera, bastarían las recetas simplistas que circulan habitualmente entre nosotros: "aquí el problema es la educación", "la culpa de todo la tiene la impunidad del delito", "si se acaba la corrupción, se arregla todo". Es evidente que la educación, la seguridad y la ética pública son demandas urgentes y legítimas de la sociedad. Pero no se trata sólo de eso. Si la educación no termina de articularse con la realidad social y económica del país, si la corrupción parece un cáncer que todo lo invade, es porque la raíz de la crisis es más amplia, más profunda. La economía no es ajena a la política, ni ésta a la ética social. La escuela es parte de un todo mucho mayor, y la droga y la violencia tienen que ver con complicados procesos económicos, sociales y culturales. Todos los aspectos de la realidad, y la relación entre ellos son los que conforman la crisis.

Decir que la crisis es global, entonces, es dirigir la mirada hacia las grandes vigencias culturales, las creencias más arraigadas, los criterios a través de los cuales la gente opina que algo es bueno o malo, deseable o descartable. Lo que está en crisis es toda una forma de entender la realidad y de entendernos a nosotros mismos.

En segundo lugar, la crisis es histórica. No es la "crisis del hombre" como un ser abstracto o universal: es una particular inflexión del devenir de la civilización occidental, que arrastra consigo al planeta entero. Es verdad que en toda época hay cosas que funcionan mal, cambios que realizar, decisiones que tomar. Pero aquí hablamos de algo más. Nunca como en esta época, en los últimos cuatrocientos años, se han visto tan radicalmente sacudidas las certezas fundamentales que hacen a la vida de los seres humanos. Con gran potencia destructiva se muestran las tendencias negativas. Pensemos solamente en el deterioro del medio ambiente, en los desequilibrios sociales, en la terrible capacidad de las armas. Tampoco han sido nunca tan poderosos los medios de información, comunicación y transporte, con lo que esto tiene de negativo (la por momentos compulsiva uniformación cultural, de la mano de la expansión del consumismo), pero sobre todo de positivo: la posibilidad de contar con medios poderosos para el debate, el encuentro y el diálogo, junto a la búsqueda de soluciones.

Lo que cambia, entonces, no es sólo la economía, las comunicaciones o la relación de fuerzas entre los factores mundiales de poder, sino el modo en que la humanidad lleva adelante su existencia en el mundo. Y esto afecta tanto a la política como a la vida cotidiana, a los hábitos de alimentación como a la religión, a las expectativas colectivas como a la familia y el sexo, a la relación entre las diversas generaciones como a la experiencia del espacio y el tiempo.

Para ayudar a visualizar las verdaderas dimensiones del desafío ante el cual nos encontramos, haremos un rápido repaso a algunas cuestiones que habitualmente se presentan como marcando el paso del cambio de siglo, señalando de paso su incidencia en nuestra tarea educativa y sin olvidar las caracterizaciones aportadas en los anteriores mensajes a los colegios:

  1. Los avances tecnológicos (informática, robótica, nuevos materiales...) han modificado profundamente las formas de producción. Hoy no se considera tan importante la mano de obra como la inversión en tecnología, comunicaciones y desarrollo del conocimiento (de las nuevas técnicas, de las nuevas formas de trabajo, de la relación entre producción y consumo). Esto trae obviamente, importantes cambios sociales y culturales. Y entraña un importante desafío para los educadores.
  2. La economía se ha mundializado. El capital no reconoce fronteras: se produce por segmentos, en distintos lugares del mundo, y se vende en un mercado también mundializado. Todo esto tiene también serias consecuencias en el mercado laboral y en el imaginario social.
  3. Los desequilibrios internacionales y sociales tienden a profundizarse: los ricos son cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres; y esto de un modo cada vez más acelerado. Continentes enteros son excluidos del mercado, y grandes sectores de la población (incluso de los países desarrollados) quedan fuera del circuito de bienes materiales y simbólicos de la sociedad.
  4. En todo el mundo crece el desempleo, no ya como problema coyuntural sino más bien estructural. La economía actual no contempla la posibilidad de que todos tengan un trabajo digno. Sectores enteros de trabajadores, en la misma dinámica, se proletarizan. Entre otros, los de la educación.
  5. Se agrava el problema ecológico. El medio ambiente se deteriora rápidamente, se agotan los recursos energéticos tradicionales, el actual modelo de desarrollo se revela incompatible con la preservación del ecosistema.
  6. Caen los totalitarismos y se da en todo el mundo una ola de democratización que no parece ser coyuntural. Junto con ello, asistimos a un fuerte proceso de desmilitarización, con el fin de la Guerra Fría y el desarme nuclear y con la caída de los regímenes militares en distintos lugares del mundo. Pero al mismo tiempo, resurgen los nacionalismos y la xenofobia, dando lugar a graves hechos de violencia social y racial e incluso a cruentas guerras civiles e interétnicas. Y sabemos por experiencia que los problemas escolares debidos a cuestiones de discriminación étnica, nacional o social no son sólo patrimonio de otras latitudes.
  7. Los grandes partidos políticos pierden vigencia y representatividad o perciben un debilitamiento de las mismas. Se da en las sociedades una fuerte crisis de participación (la gente se desinteresa de la política) y de representación (aparecen muchos que no se sienten representados por las estructuras tradicionales). Surgen, en consecuencia, nuevos actores y formas de participación social, ligadas a reivindicaciones más parciales: medio ambiente, problemas vecinales, cuestiones étnicas o culturales, derechos humanos, derechos de las minorías...
  8. Los avances tecnológicos producen una verdadera revolución informática y multimediática. Esto trae importantísimas consecuencias no sólo económicas y comerciales, sino también culturales. Ya no hace falta moverse del hogar para estar en contacto con todo el mundo, en "tiempo real". La "realidad virtual" abre nuevas puertas para la creatividad y la educación, y también cuestiona las formas tradicionales de comunicación con serias implicancias antropológicas. A los educadores se les plantea la encrucijada de tratar de estar al día con los pobres recursos con que muchas veces cuentan o aceptar resignadamente que los avances no son para todos. Muchos niños podrán aprovechar las ventajas de Internet, pero muchos otros seguirán sin tener acceso al conocimiento (e incluso al reconocimiento como ciudadanos iguales, más allá de la formalidad del DNI y el voto).
  9. Continúa y se profundiza el proceso de transformación del papel social, familiar y laboral de la mujer. Su nuevo modo de inserción trae consigo grandes cambios en la estructura de la sociedad y de la vida familiar.
  10. La ciencia y la técnica abren las puertas de la revolución bio-tecnológica y la manipulación genética: En poco tiempo más se podrá modificar la reproducción humana, casi a pedido de los individuos o de las necesidades de las sociedades, profundizando la actual práctica de modelar el cuerpo y la personalidad por medios técnicos.
  11. Lejos de desaparecer, la religión adquiere nuevas fuerzas en el mundo actual. Aunque además, vuelven a cobrar vigencia prácticas mágicas que parecían superadas; se popularizan concepciones de tipo místico antes circunscriptas a culturas tradicionales. Al mismo tiempo, se radicalizan algunas posturas fundamentalistas, tanto en el Islam como en el cristianismo y el judaísmo.

Cada uno de estos puntos podría ser objeto de un extenso tratamiento, y seguramente aparecerían más desafíos para los cuales no tenemos respuestas definidas y ni siquiera una somera opinión formada. No hace falta insistir en las consecuencias que estas profundas mutaciones tienen en los individuos, las comunidades y las organizaciones. ¿Cómo nos paramos, como comunidad cristiana, como comunidad educativa, ante conflictos tan enormes y espinosos como los que acabamos de puntear? Nuestra reflexión sobre la esperanza nos llevará ahora a tratar de abrirnos paso por entre medio de caminos equívocos: un discernimiento de las diversas actitudes que pueden darse entre nosotros ante estos desafíos.

Abriéndonos camino hacia la esperanza

En primer lugar, hay quienes desarrollan una actitud ingenuamente optimista ante los cambios. Suponen que la humanidad siempre avanza hacia adelante (todo lo nuevo es siempre mejor), y se apoyan en diversos "datos" para certificar su optimismo: las posibilidades que ofrece la revolución informática, las predicciones de los "gurúes" del primer mundo, las nuevas formas de organización empresarial, el fin de los conflictos ideológicos...

Consideran que los grandes desequilibrios sociales e internacionales serán exitosamente superados profundizando el rumbo actual. La tecnología resolverá, sin duda, los problemas del hambre y la enfermedad. La crisis ecológica será controlable aplicando nuevas recetas técnicas. La escuela es, así, el lugar donde todos estos avances se ofrecen a las nuevas generaciones, que sin duda sabrán aprovecharlos para bien de todos. Casi estamos escuchando a los ilustrados de siglos pasados.

¿Qué decir ante esta postura? Por un lado, su creencia básica carece de todo fundamento serio: nada nos garantiza que haya un progreso ascendente en la historia humana. Puede haber, sí, mejoras diversas en distintos campos. Pero, de hecho, muchos datos, como la crisis ecológica y la recientemente atenuada (¿para siempre?) posibilidad de un holocausto nuclear, nos llenan de alarma, más que de confianza. Las experiencias terribles de este siglo, además, nos aleccionan acerca de la enorme capacidad de irracionalidad y autodestrucción que posee la especie humana. La civilización ha resultado ser bastante bárbara.

Sorprende la admirable capacidad de esta postura, para cerrar los ojos a los aspectos negativos (que no son pocos, como hemos visto) del progreso científico-tecnológico o a los serios límites que exhiben las diversas formas de organización política y social; a la vez que exhibe una confianza plena en fuerzas impersonales e indeterminadas, como el mercado, adjudicándole capacidad para procurar el bien de todos.

Se combina con la pose autosuficiente, sea de un individuo, un grupo o un estado. No espera más que en sí. Impone las reglas del juego. Incapaz de percibir la propia llaga y pecado, no sabe cómo auxiliar la indigencia ajena. Es un desfigurar la actitud de serena confianza del que conoce sus talentos y límites, estimando adecuadamente sus posibilidades y las del conjunto del que es parte. Porque el hombre, puede con sus obras olvidar su finitud y mortalidad constitutivas.

En el ala opuesta, están quienes adoptan una postura cerradamente crítica, pesimista frente a todo proceso de cambio. Ubicándose "afuera" del mismo, denuncian sus aspectos más destructivos, generalizando sus efectos perversos y condenando en bloque todo el movimiento. Son expertos en descubrir conspiraciones, en deducir consecuencias nefastas para la humanidad, en detectar catástrofes. Por analogía con un movimiento espiritual y teológico del siglo II a. C., esta mentalidad suele denominarse "apocalíptica". Se apoya en una creencia básica tan endeble como la de la postura opuesta: los aspectos negativos de las realidades históricas son proyectados imaginativamente hasta su más terrible posibilidad, y esa imagen es tomada como la expresión adecuada del proceso histórico.

La fobia al cambio hace que quienes tienden a esta actitud no puedan tolerar la incertidumbre y se replieguen ante los peligros, reales o imaginarios, que todo cambio trae consigo. La escuela como "bunker" que protege de los errores "de afuera" es la expresión caricaturizada de esta tendencia. Pero esa imagen refleja de un modo estremecedor lo que experimentan muchísimos jóvenes al egresar de los establecimientos educativos: una insalvable inadecuación entre lo que les enseñaron y el mundo en el cual les toca vivir.

Por supuesto, subyace a esta mentalidad una concepción pesimista de la libertad humana y, en consecuencia, de los procesos históricos, que quedan casi en manos del mal. Y se llega a una parálisis de la inteligencia y la voluntad. Parálisis depresiva y sectaria: no sólo se trata de que no hay nada por hacer, sino que no se puede hacer nada para evitar la catástrofe, salvo abroquelarse en el cada vez más pequeño núcleo de los "puros".

También se sienten desilusionados con Dios, a quien culpan de que las cosas vayan mal. Se muestran impacientes ante la supuesta lentitud del accionar de Dios. Algunos eligen refugiarse tras un muro defensivo, relamiendo su pesar y otros optan por evadirse en gratificaciones ñoñas. Lo mismo ocurre cuando se trata de fracasos personales, que se rodean sin asumirlos ni trascenderlos, pero que van dejando enredados.

Todavía podemos encontrar otra actitud igualmente estéril: la de aquellos que se dan cuenta de la dificultad de la toda acción concreta y entonces "se lavan las manos". Curiosamente, comparten el diagnóstico de los pesimistas en lo que hace a la realidad social e histórica, pero le quitan la carga de resentimiento ético: si no se puede mejorar la situación de la humanidad en su conjunto, hagamos lo que se puede hacer. Ese "lo que se puede hacer", por lo general, tiene que ver con actuar en la línea de los acontecimientos y tendencias dominantes sin analizarlas críticamente o intentar reorientarlas éticamente. Esta actitud suele caracterizarse como pragmática, porque separa la praxis individual o histórica de toda consideración ética y espiritual. Necesariamente, tiene que ignorar los inocultables reclamos de justicia, humanidad o responsabilidad social histórica. Su pesimismo es tan fuerte como el de la postura anteriormente descripta, pero no lleva a la parálisis, sino a la hipocresía o al cinismo. También en nuestra realidad educativa, en ocasiones más atenta a cuestiones "de caja" o a la apariencia de "excelencia" que a intentar aportar algo a la construcción de una sociedad más humana.

Por la senda del discernimiento

Ante estas posturas, la esperanza, que nunca descarta nada de plano, opta por elaborar un cuidadoso discernimiento que rescate el aspecto de verdad que se da en cada una de estas actitudes, pero encuentre el camino hacia una vía más integral y constructiva. Y eso, por sus propios motivos, que más adelante pondremos de manifiesto.

En la realidad actual, hay muchos elementos que, bien orientados, pueden mejorar enormemente la vida de los seres humanos sobre la tierra. No cabe duda de que la tecnología ha puesto en nuestras manos instrumentos poderosísimos que pueden ser puestos al servicio del hombre. No podemos negar el avance que significan el proceso de emancipación de la mujer, las comunicaciones, los aportes de la ciencia en lo que hace a la salud y el bienestar de las personas, la ampliación de horizontes que han traído los medios de comunicación social a millones de seres humanos que anteriormente sólo se movían en el mundo reducido de su comunidad local y su trabajo para subsistir.

Del mismo modo, no podemos ignorar ingenuamente los peligros que el actual proceso encierra: deshumanización, serios conflictos sociales e internacionales, exclusión y muerte de multitudes... El pesimismo de los apocalípticos no es gratuito: en muchos aspectos, y para muchas personas, el futuro revela un rostro amenazante. Es muy cierto también que resulta difícil que brote una actitud de auténtica esperanza en alguien que no haya padecido la desilusión de lo que deseaba.

Y aún así, en algún punto es necesario "hacer de tripas corazón" y seguir viviendo, aunque no quede mucho espacio para los ideales. "Lo mejor es enemigo de lo bueno", y así es como también el pragmatismo adquiere su parte de verdad.

¿Qué concluimos de todo esto? Que la esperanza se presenta, en un primer momento, como la capacidad de sopesar todo y quedarse con lo mejor de cada cosa. De discernir. Pero ese discernimiento no es ciego o improvisado: se realiza sobre la base de una serie de presupuestos y en orden a unas orientaciones, de carácter ético y espiritual. Implica preguntarse qué es lo bueno, qué es lo que deseamos, hacia dónde queremos ir. Incluye un recurso a los valores, que se apoyan en una cosmovisión. En definitiva, la esperanza se anuda fuertemente con la fe. Así la esperanza ve más lejos, abre a nuevos horizontes, invita a otras honduras.

La esperanza sostiene sin ser vista muchas de las esperas humanas, que son a plazo fijo. La esperanza necesita legitimarse con mediaciones eficaces que la acrediten; son encarnaciones que ya introducen y concretan –aunque no agotan- los valores más altos. Aunque también hay esperas vanas, que no son conducentes a una humanización plena, porque desconocen o atrofian su condición de ser pensante (y lo reducen al orden de la sensación o de la materia), niegan su condición personal que se realiza en el amar y ser amado, y cercenan su abertura al Absoluto (desdeñando su capacidad de adoración y su ejercicio orante).

Por eso, podríamos enunciar aquellos criterios que nos permitan discernir mejor, superando el divorcio entre el hacer y el creer. A la vez que impedirá dejarnos seducir por los ídolos siempre redivivos. Démosle prioridad: al amor sobre la razón, pero nunca de espaldas a la verdad; al ser sobre el tener; a la acción humana integral sobre la praxis transformadora que privilegia sólo la eficacia; a la actitud servicial sobre el hacer gratificante; a la vocación última sobre las motivaciones penúltimas.

Las raíces de la esperanza

Si la historia no es, como se creía en los tiempos de plena vigencia de los ideales de la Modernidad, un progresivo y lineal avance hacia un hipotético reino de la libertad, una marcha triunfal de la razón, sino que se nos presenta, a quienes vivimos estos difíciles tiempos de desencanto, posmodernidad y cambio de siglo, como el escenario donde transcurre el ambiguo drama humano, drama sin libreto y sin garantía de éxito, ¿cuál puede ser el fundamento de la esperanza? Y no ya de una esperanza "fuerte", sino incluso de la motivación para sostener un compromiso inmediato, cara a cara, pero con frutos diferidos en el tiempo.

Se trata de una cuestión ya tematizada por filósofos y teólogos: la consistencia del futuro como dimensión antropológica y, en la perspectiva de la fe cristiana, la relación entre escatología e historia, entre la espera del Reino y la construcción de la ciudad temporal. Por supuesto que no entraremos aquí a analizar estas cuestiones, argumentando y exponiendo los fundamentos bíblicos, históricos y teóricos que llevan a sostener determinadas afirmaciones que son, a esta altura, patrimonio de toda la Iglesia. Simplemente, presentaremos de un modo sencillo algunos temas de nuestra fe que justifican y vivifican nuestra esperanza.

Para los cristianos, la creencia que fundamenta su postura ante la realidad se apoya en el testimonio del Nuevo Testamento, que nos habla de Jesucristo, Dios hecho hombre, que con su resurrección inaugura ya entre nosotros el Reino de Dios. Un Reino no puramente espiritual o interior, sino integral y escatológico. Capaz de dar sentido a toda la historia humana y a todo compromiso en esa historia. Y no "desde afuera", desde un mero imperativo ético o religioso, sino "desde adentro", porque ese Reino ya está presente, transformando y orientando la misma historia hacia su cumplimiento pleno en justicia, paz y comunión de los hombres entre sí y con Dios, en un mundo futuro transfigurado.

En tiempos recientes, existió entre muchos cristianos la sensación de que esa presencia del Reino podía generar, mediando el compromiso histórico, un anticipo real, concreto, de ese mundo nuevo. Una sociedad mejor, más justa y humana, que venía a ser una especie de primer esbozo o preludio de lo que esperamos para el fin de los tiempos. Es más, se creía que la acción de los cristianos podía verdaderamente "adelantar" la venida del Reino, dado que el Señor había dejado en nuestras manos la posibilidad de completar su tarea.

Pero las cosas no salieron como se esperaba. Claramente en nuestro país, pero no solo aquí, los intentos de humanizar la economía, de construir una comunidad más justa y fraterna, de ampliar los espacios de libertad, bienestar y creatividad, fueron agotándose y doblegándose ante la arrolladora dinámica de concentración del capital que caracteriza estas últimas décadas. Al intento de concretar la utopía lo siguió la resignación de aceptar los condicionamientos internos y externos. A la afirmación de lo deseable la suplantó la reducción a lo posible. Las promesas no se cumplían. Es más: revelaban haber sido sólo una ilusión... Pensemos si el actual desinterés de las generaciones más jóvenes por la política, o por otros proyectos colectivos, tenga que ver con esta experiencia de frustración.

Pero, ¿será que el desencanto posmoderno, presente no sólo en la política sino también en la cultura, el arte y la vida cotidiana, arrastra consigo todo atisbo de esperanza fundada en la espera del Reino? ¿O, por el contrario, la idea del Reino que comienza entre nosotros, núcleo de la predicación y acción de Jesús, y experiencia íntima pero no intimista entre los creyentes luego de su resurrección, tiene todavía algo que decirnos en estos tiempos? ¿Existe, más allá de aquellas identificaciones tal vez demasiado lineales, alguna relación entre el mensaje teológico del Reino y la historia concreta en la cual estamos inmersos y de la cual somos responsables los hombres?

Siempre nos ha resultado sumamente inspiradora la parábola de la semilla que crece por sí misma (Mc 4,26-29). Pero cada vez se nos hace más difícil (por experiencia y por honestidad intelectual) entenderla desde la idea de "desarrollo". Jesús no estaría hablando aquí de que la historia vaya "madurando" en el tiempo, por la acción oculta del Reino, hasta llegar a su plenitud. Simplemente, porque la idea de un "crecimiento orgánico" le era extraña al hombre antiguo. Entre la semilla y el fruto no se veía continuidad, sino contraste: un hecho casi milagroso. La parábola de Jesús intentaba mostrar el Reino como una realidad oculta a los ojos humanos, pero que producirá su fruto por la acción de Dios, independientemente de lo que haga el sembrador.

¿Significa esto aceptar una disociación entre el esfuerzo humano y la acción divina? ¿Justifica una postura de escepticismo o pragmatismo? De algún modo, es lo que le pasa a tanta gente en la actualidad. El individualismo y el esteticismo posmodernos, cuando no el pragmatismo y cierto cinismo contemporáneos, son resultado de la caída de las certezas históricas, de la pérdida de sentido de la acción humana como constructora de algo objetiva y concretamente mejor. También en el caso de algunos cristianos, puede expresarse en un mero "vivir el momento" (aunque sea el "momento" de la experiencia espiritual) esperando pasivamente que el Reino "caiga" del cielo.

Pero la esperanza cristiana no tiene nada que ver con eso. En todo caso, debemos reconocer que no hay una continuidad lineal entre historia y consumación del Reino, en el sentido de un avance o ascenso ininterrumpido. Así como la consumación individual (el encuentro con Dios y definitiva transfiguración personal en la resurrección) pasa en la inmensa mayoría de los casos por un terrible momento de "discontinuidad", de fracaso y de destrucción (la muerte), no hay porqué rechazar que eso mismo pueda suceder con la historia en su conjunto. He aquí la verdad de la mentalidad apocalíptica: este mundo pasa, no hay plenitud sin alguna forma, aunque no podamos predeterminar cuál, de destrucción o pérdida. Pero tampoco sin continuidad alguna: ¡seré yo mismo el que resucite! ¡Será la misma humanidad, la misma creación, la misma historia la que será transfigurada en la plenitud de los tiempos! Continuidad y discontinuidad. Una realidad misteriosa de presencia–ausencia, del "ya" cumplimiento de las promesas pero "todavía no" de un modo pleno. Un Reino que efectivamente "está cerca", en todo momento, en todo lugar, incluso en la peor de las situaciones humanas. Y que algún día dejará de estar oculto para manifestarse plena y patentemente.

La esperanza y la historia

¿Qué certezas nos quedan, entonces? ¿Qué elementos nos ofrece la fe para fundamentar la esperanza?

En primer lugar, que esta historia , y no una pretendida "dimensión espiritual", es el lugar de la existencia cristiana. El lugar de la respuesta a Cristo, el lugar de la realización de nuestra vocación. Es aquí donde el Señor resucitado nos sale al encuentro a través de signos que hay que reconocer en la fe y responder en el amor. El Señor viene, está viniendo, de múltiples maneras perceptibles con los ojos de fe: en los signos sacramentales y en la vida de la comunidad cristiana, pero también en toda manifestación humana donde se realiza la comunión, se promueve la libertad, se perfecciona la creación de Dios. Pero también viene en el reverso de la historia: en el pobre, el enfermo, el marginado (cf. Mt 25,31-45; y el Documento de Puebla, 31-39). Está viniendo de todos esos modos, y el significado de la consumación definitiva no puede disociarse de todas estas venidas.

Y es aquí donde adquiere sentido otra dimensión de la esperanza: la vitalidad de la memoria. La Iglesia vive de la memoria del Resucitado. Es más: apoya su camino histórico en la certeza de que el Resucitado es el Crucificado: el Señor que viene es el mismo que pronunció las Bienaventuranzas, que partió el pan con la multitud, que curó a los enfermos, que perdonó a los pecadores, que se sentó a la mesa con los publicanos. Hacer memoria de Jesús de Nazaret en la fe del Cristo Señor nos habilita para "hacer lo que él hizo", en memoria suya. Y aquí se incorpora toda la dimensión de la memoria, porque la historia de Jesús se empalma con la historia de los hombres y los pueblos en sus búsquedas imperfectas de un Banquete fraterno, de un amor perdurable. La esperanza cristiana, de ese modo, despierta y potencia las energías quizás enterradas de nuestro pasado, personal o colectivo, el recuerdo agradecido de los momentos de gozo y felicidad, la pasión quizás olvidada por la verdad y la justicia, los chispazos de plenitud que el amor ha producido en nuestro camino. Y también, porqué no, la memoria de la Cruz, del fracaso, del dolor, esta vez para transfigurarla exorcizando los demonios de la amargura y el resentimiento y abriendo la posibilidad de un sentido más hondo.

Pero además, la tensión hacia esa consumación nos dice que esta historia tiene un sentido y un término. La acción de Dios que comenzó con una Creación en cuya cima está la creatura que podía responderle como imagen y semejanza suya, con la cual él podía entablar una relación de amor, y que alcanzó su punto maduro con la Encarnación del Hijo, tiene que culminar en una plena realización de esa comunión de un modo universal. Todo lo creado debe ingresar en esa comunión definitiva con Dios, iniciada en Cristo resucitado. Es decir: debe haber un término como perfección, como acabamiento positivo de la obra amorosa de Dios. Un término que no es resultado inmediato o directo de la acción humana, sino que es una acción salvadora de Dios, el broche final de la obra de arte que él mismo inició y en la cual quiso asociarnos como colaboradores libres.

Y si esto es así, la fe en la Parusía o consumación escatológica se torna fundamento de la esperanza y cimiento del compromiso cristiano en el mundo. La historia, nuestra historia, no es tiempo perdido. Todo lo que vaya en la línea del Reino, de la verdad, la libertad, la justicia y la fraternidad, será recuperado y plenificado. Y esto cuenta no sólo para el amor con que se hicieron las cosas, como si la obra no importara. Los cristianos hemos hecho, muchas veces, demasiado hincapié en las "buenas intenciones" o en la rectitud de intención. La obra de nuestras manos –y no sólo la de nuestro corazón- vale por sí misma; y en la medida en que se oriente en la línea del Reino, del plan de Dios, será perdurable de un modo que no podríamos imaginar. En cambio, lo que se oponga a ese Reino, además de tener los días contados, será definitivamente descartado. No será parte de la Nueva Creación.

La esperanza cristiana no es, entonces, un "consuelo espiritual", una distracción de las tareas serias que requieren nuestra atención. Es una dinámica que nos hace libres de todo determinismo y de todo obstáculo para construir un mundo de libertad, para liberar a esta historia de las cadenas de egoísmo, inercia e injusticia en las cuales tiende a caer con tanta facilidad.

Invitaciones

Quedan por decir algunas palabras finales. Este trayecto que hemos hecho, desde el desencanto del cambio de siglo hasta la fe en la Venida del Reino y de ahí a la recuperación de la esperanza y el compromiso concreto, abre nuevas posibilidades para la tarea educativa que se nos ha encomendado y que hemos abrazado con amor. Quisiera señalar estas invitaciones concretas que la esperanza nos hace:

La invitación a cultivar los lazos personales y sociales, revalorizando la amistad y la solidaridad. La escuela sigue siendo el lugar donde las personas pueden ser reconocidas como tales, acogidas y promovidas. Si bien no habrá que descuidar una válida dimensión de eficiencia y eficacia en la transmisión de conocimientos que permitan a nuestros jóvenes hacerse un lugar en la sociedad, es fundamental que seamos "maestros de humanidad". Y éste puede ser un aporte importantísimo que la educación católica ofrezca a una sociedad que por momentos parece haber renunciado a los elementos que la constituían como comunidad: la solidaridad, el sentido de justicia, el respeto por el otro, en particular por el más débil y pequeño. La competencia despiadada tiene un destacado lugar en nuestra sociedad. Aportemos nosotros el sentido de justicia y la misericordia.

La invitación a ser audaces y creativos. Las nuevas realidades exigen nuevas respuestas. Pero antes, exigen un espíritu abierto que realice un discernimiento constructivo, que no se aferre a certezas rancias y se anime a vislumbrar otras formas de plasmar los valores, que no dé la espalda a los desafíos del tiempo presente. He aquí una auténtica prueba para nuestra esperanza. Si está puesta en Dios y su Reino, sabrá liberarse de lastres, miedos y reflejos esclerotizados para atreverse a construir lo nuevo desde el diálogo y la colaboración.

La invitación a la alegría, a la gratuidad, a la fiesta. Quizás la peor de las injusticias del tiempo presente es la tiranía del utilitarismo, la dictadura de la adustez, el triunfo de la amargura. Está en la autenticidad de nuestra esperanza el saber descubrir, en la realidad cotidiana, los motivos, grandes o pequeños, para reconocer los dones de Dios, para celebrar la vida, para salir de la cadena del debe y el haber y desplegar el gozo de ser semillas de una nueva creación. Para hacer de nuestras escuelas un lugar de trabajo y estudio, sí, pero también –y, me atrevería a decir, ante todo– un lugar de celebración, encuentro y gratuidad.

Y por fin, la invitación a la adoración y a la gratitud. En el vertiginoso existir de cada día, es posible que nos olvidemos de atender esa sed de comunicación que nos habita en lo más hondo. La escuela puede introducir, guiar y ayudar a sostener

el encuentro con el Viviente, enseñando a disfrutar de su presencia, a rastrear sus huellas, a aceptar su "escondimiento". Imperdible tiene que ser el aficionarse a tratar con El.

Me animo a que tomemos estas palabras de hombres del siglo XVI, para hablarle a Dios en este siglo nuevo, en la continuidad de un mismo amor:

Muéveme, al fin, tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
(Anónimo español)
En el tiempo de Cuaresma, del Año Santo Jubilar.
Mons. Jorge M. Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

 
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Misa Vicaría de la Educación

Desgrabación Homilía de Mons. Jorge Bergoglio s.j. - Catedral Metropolitana 29 / 3 / 00

 
Que linda la expresión de la primera lectura: ¿Existe acaso una nación tan grande que tenga su Dios cerca de ella, como el Señor nuestro Dios está cerca de nosotros, siempre que lo invocamos?

Así reflexionaba el Pueblo de Israel a lo largo de toda su travesía por el desierto, a lo largo de su historia sintió que su Dios estaba cerca. Que nuestro Dios estaba cerca; porque nuestro Dios es cercano, es el Dios de toda cercanía, es más íntimo que nuestra misma intimidad.

Y esa intimidad que Dios tiene con su pueblo, que tiene con cada uno de nosotros, que nos constituye en pueblo, la graba en nuestro corazón. La graba en esos mandatos de los que se habla: "Ahora Israel escucha los preceptos y las leyes que yo te voy a dar". No son leyes externas, son leyes del corazón. Leyes puestas del corazón de Dios al corazón de su pueblo, al corazón de cada mujer y cada hombre de su pueblo.

Leyes puestas con ternura. Y ahí se da la transformación del corazón, cuando El dice les voy a transformar el corazón de piedra en un corazón de carne. Corazón de ternura, el corazón que recibe esos diez mandatos tan conocidos, no como una preceptiva externa, sino como un beso de amor y como la seguridad de que por ese camino uno se hace cada vez más mujer, más hombre, más maduro, más para los demás, más sembrador de paz y esperanza. Estos mandamientos son semilla de paz y de esperanza.

Jesús retoma esto y dice: "el que cumpla y enseñe estos mandamientos, será considerado grande en el reino de los cielos". Es decir el que cumpla y enseñe este camino de amor grabado en el corazón, que se puede resumir, como El mismo lo resume, en dos grandes mandamientos: "amarás a tu Dios y amarás a tu prójimo como a ti mismo".

Con eso queda desplazado el odio, la contienda, la mala competencia, la maldad, la mentira. Son fuente de paz y esperanza y por eso hoy estamos juntos como pueblo educador para proponernos en este año educar en paz y en esperanza. Y educar juntos porque este es trabajo de todos. Es trabajo de pueblo que tiene a su Dios muy cercano de sí mismo, que tiene a su Dios en el corazón. Educar en paz y esperanza.

No queremos una paz de estanque, una paz que no se mueva. En última instancia acuérdense de que el agua estancada es la primera que se corrompe. Esa no es la paz de nuestro Dios cercano.

La paz de nuestro Dios cercano es la paz del manantial que sigue fluyendo, y que sigue creando cosas y dando vida con su misma agua y dando vida con su misma paz. Sigue creando esperanza. Nuestra paz es fundamento, es origen, es manantial, de una esperanza que nos va a trascender incluso a nosotros mismos, pero que ya hoy la tenemos que sembrar.

A los educadores que están aquí, aquéllos que consagran su vida a hacer crecer el corazón de tantas chicas y chicos de nuestra patria, les digo: miren ese manantial, ese manantial que es la paz que Dios puso en nuestro corazón con sus mandamientos. Y háganlo andar, ayúdenlo, encáucenlo para que dé vida a otros. Háganlo crecer.

Y a las alumnas y alumnos que están aquí, a los educandos y educandas, les digo: no desaprovechen la riqueza de ese manantial, sean creativos. Sepan que la vida de ustedes tiene sentido, en la medida en que se hacen cargo de ese beso de amor y de ternura que Dios puso en su corazón y transformó en paz, para que esa paz lleve vida y haga firme a los demás.

Eso es lo que hoy le pido a nuestro Dios, el Dios cercano, el Dios de nuestro corazón. El Dios que grabó sus mandatos en nuestro corazón. El Dios del amor, el Dios que hace surgir la paz como un manantial, para que nosotros la llevemos a los demás; y así como El se hizo prójimo y cercano nuestro, nosotros nos hagamos prójimos y cercanos de los demás, llevando esta vida y este mensaje de paz y de esperanza.

Que así sea.

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Misa Crismal - 20 de abril de 2000
 
"Dios, tu Dios, te ungió con óleo de júbilo" (Hb 1:9)
 
El marco y el centro de esta liturgia crismal es el Júbilo. El Señor viene para anunciarnos un Año de Gracia, un Año Santo, un Año Jubilar. Si bien en sus raíces se refiere a un instrumento musical, "Jubilatio" es la palabra que usa la lengua latina para describir los "gritos de alegría de los campesinos", la alegría de los trabajadores humildes, de los pequeños. "Jubilare" es "alborotar y gritar de alegría como la gente sencilla y los pobres cuando cantan. Lanzar gritos de alabanza a Dios". Es lo que nos describe Isaías en la primera lectura: el Señor prometido que vendrá a vendar los corazones desgarrados y a cambiar el abatimiento de los humildes en "cánticos" de júbilo.
El júbilo es la alegría de los pequeños: de los labradores que "cosechan con gritos de júbilo lo que sembraron con lágrimas"; de los pastores: ese regocijo que le anuncian los ángeles en la noche de Navidad; de nuestra Señora: el júbilo es la alegría de María e Isabel, ese gozo que les llena el alma y las hace rebosar de una alegría contagiosa; de Jesús: San Lucas nos dice que el Señor se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y alabó al Padre porque le había revelado sus cosas a los pequeños (Lc. 10:21). Y si nos fijamos bien, el júbilo de los humildes es un júbilo que se da en torno al trabajo: en la cosecha, al comienzo de la misión y al regresar de ella. Es esa alegría que viene luego de sufrir algo por Cristo, como le sucedió a los Apóstoles que salieron "dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús" (Hech. 5:41). Es el canto que suelta el corazón luego de haber estado contenido en medio de las angustias del trabajo. Es canto que une y que fortalece: "No estén tristes. La alegría del Señor es nuestra fortaleza" (Neh. 8:10).
Hoy nos hará bien preguntarnos, como presbiterio y como pueblo sacerdotal, acerca de lo que da júbilo a nuestro corazón. No es una pregunta marginal, una pregunta de tono menor. Preguntarnos si hay júbilo en nuestro corazón –para agradecerlo y pedirlo- es preguntarnos por lo que nos une en la santidad y lo que hace eficaz nuestra tarea pastoral, es preguntarnos por nuestra humildad y por nuestra fortaleza.
La Misa Crismal es Misa de júbilo para los sacerdotes: del júbilo de la unidad. Es el mismo Señor, que nos tiene a cada uno misionando y nos ha repartido por toda la arquidiócesis y más lejos aún (pienso en Xai-Xai y en los que están ayudando en otras diócesis), el que nos reúne el Jueves Santo, como quien coloca en un copón la Eucaristía y nos hace sentir en sus manos, unidos, para volver a partirnos y repartirnos en medio del pueblo fiel de Dios. Todo júbilo proviene de esta comunión presbiteral que nos regala Jesús nuestro Señor: unión en el Espíritu y unión en la Esposa, que es la Iglesia, una y santa. De esta actitud brotan luego todas las actitudes jubilares de un corazón sacerdotal.
El Papa Juan Pablo nos señala el marco de los grandes júbilos que en este año santo nos irán llenando el corazón: el júbilo de peregrinar pastoreando al pueblo fiel de Dios hacia la casa del Padre; el júbilo de cruzar umbrales y atravesar la Puerta, que es Cristo; el júbilo que da el tener la memoria purificada por haber sabido pedir perdón; el júbilo profundo que es fruto de la caridad heroica y el júbilo dramático que nos embarga la memoria al recordar a nuestros mártires. Y, junto con estos grandes, están -si se puede hablar así- los pequeños júbilos que forman parte de la vida cotidiana de cada corazón sacerdotal.
En las categorías del evangelio podemos afirmar sin temor que un corazón sacerdotal fuerte es el que es capaz de saltar de júbilo al contemplar, por ejemplo, cómo sus catequistas dan clase a los más pequeños o sus jóvenes salen de noche a atender a quienes no tienen hogar. Un corazón sacerdotal es fuerte si conserva la capacidad de saltar de alegría ante el hijo pródigo que vuelve, a quien estuvo esperando pacientemente en el confesionario. Un corazón sacerdotal es fuerte si es capaz de dejar que se le vaya encendiendo la alegría con la palabra del Jesús escondido que se nos hace compañero de camino, como les pasó a los de Emaús. No nos olvidemos: La alegría del Señor es nuestra fortaleza y nos protege contra todo espíritu de queja que es señal de falta de esperanza, y contra toda impaciencia, más propia de funcionarios que de corazones sacerdotales.
Júbilo, pequeñez y fortaleza van muy juntos, y son las gracias que le pedimos al Señor nos quiera regalar a los sacerdotes junto con todo nuestro pueblo fiel en este Jueves Santo del Año Jubilar. Para recibir el júbilo que proviene del Espíritu le pedimos a nuestra Señora que nos enseñe cómo es eso de que la más grande es la más pequeña. Para recibir la gracia de la humildad le pedimos a la Esclava que nos enseñe cómo es eso de cantar el Magnificat en el servicio humilde y en el encuentro fraternal cotidianos. Para recibir la gracia de la fortaleza le pedimos a la Virgen que nos enseñe cómo es eso de no separar nunca, de mantener unidas alegría y pequeñez, y le pedimos por favor que, a los amigos de su Hijo Jesús, no se nos disperse nunca el corazón por la soberbia, sino que nos amemos y nos aceptemos humildemente como hermanos para que "la alegría del Señor sea nuestra fortaleza".
 

Jorge Mario Bergoglio, S.J.

20 de Abril de 2000

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Vigilia Pascual - Catedral Metropolitana 22/04/2000
 
 Hace un rato, en el atrio del templo, proclamábamos que Jesucristo era ayer, es hoy y será siempre mientras marcábamos en el Cirio Pascual, figura de Cristo Resucitado, la fecha de este año. Este gesto que la Iglesia viene repitiendo desde siglos es el anuncio contundente, a lo largo de la historia, de lo que pasó aquella mañana del domingo en el cementerio de Jerusalén: El que existía antes que Abraham naciese, el que quiso hacerse prójimo de camino con nosotros, el Buen Samaritano que nos recoge apaleados por la vida y por nuestra lábil libertad, el que murió y fue sepultado y su sepulcro sellado; Ése ha resucitado y vive para siempre.
Se trata del anuncio a aquellas mujeres sorprendidas por la piedra corrida y el ángel sentado en el sitio donde había estado el muerto. Un anuncio que, desde ese momento, se fue trasmitiendo cuerpo a cuerpo a través de la historia de los hombres. Un anuncio que proclama con valentía que, desde ahora, en medio de toda muerte, hay un germen de resurrección. El comienzo de esta liturgia, a oscuras, no es otra cosa que símbolo de tinieblas y muerte; en cambio, la luz es Cristo, chispa de esperanza en medio de las situaciones y los corazones, aun los sumidos en la mayor oscuridad.
El Ángel les quita el miedo a las mujeres: "No teman". Se trata de ese miedo instintivo a toda esperanza de felicidad y vida, ese miedo de que no sea verdad lo que estoy viendo o lo que me dicen, el miedo a la alegría que nos es regalada por un derroche de gratuidad. Y, después de la tranquilizadora advertencia del "no teman", el envío: "Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que Ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se los había dicho".
Es le Señor que siempre nos precede, el Señor que nos espera. El Apóstol Juan, cuando quiso explicar en qué consistía el amor, tuvo que recurrir a esa experiencia de sentirse precedido, sentirse esperado: "El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero" (1 Ju. 4:10). Si bien en nuestra vida, de una u otra manera, buscamos a Dios, la verdad más honda es que somos buscados por Él, somos esperados por Él. Como la flor del almendro que mencionan los Profetas porque es la primera en florecer, así el Señor: Él espera primero, Él nos "primerea" en el amor.
Hace siglos que nuestro Dios se nos adelanta en el amor. Hace 2000 años que Jesús "nos precede" y nos espera en Galilea, esa Galilea del primer encuentro, esa Galilea que cada uno de nosotros tiene en alguna parte del corazón. El sentirnos precedidos y esperados acelera el ritmo de nuestro caminar para hacer más pronto el encuentro. El mismo Dios, que "nos amó primero", también es el Buen Samaritano que se hace prójimo y nos dice - como al final de esa parábola- "Anda y procede tú de la misma manera". Así de sencillo, hacer lo que Él hizo: "primereá" a tus hermanos en el amor, no esperes ser amado sino que amá primero. Da el primer paso, pasos que nos harán salir de la somnolencia (ese no haber podido velar con Él) o de cualquier quietismo sofisticado. Paso de reconciliación, paso de amor. Da el primer paso en tu familia, da el primer paso en esta ciudad; hacete prójimo de los que viven al margen de lo necesario para subsitir: cada día son más. Imitemos a nuestro Dios que nos precede y ama primero, haciendo gestos de projimidad hacia nuestros hermanos que sufren soledad, indigencia, pérdida de trabajo, explotación, falta de techo, desprecio por ser migrantes, enfermedad, aislamiento en los geriátricos. Da el primer paso y llevá, con tu propia vida, el anuncio: Él ha resucitado. Entonces pondrás, en medio de tanta muerte, una chispa de resurrección, la que El quiere que tú lleves. Entonces tu profesión de fe será creíble.
En esta noche de Pascua le pido a nuestra Madre que nos ayude a entender cómo es eso de "primerear" en el amor. A Ella, que estuvo en vela sostenida por la esperanza, que nos ayude a no tener miedo para anunciar, con la palabra y las actitudes de projimidad hacia los más indigentes, que Él está vivo en medio de nosotros. Y que, como buena madre, nos conduzca de la mano a la adoración silenciosa de ese Dios que nos precede en el amor. Que así sea.
 
22 de abril de 2000

 

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  Homilia pronunciada por S.E.R. Mons. Jorge Mario Bergoglio
en el Te Deum  del 25/5/2000
 
Enseguida, Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No llores". Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: "Joven yo te lo ordeno, levántate". El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo". El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina. (Evangelio según San Lucas, 7:11-17)
  1. Desde el llamado del Santo Padre a la celebración del Gran Jubileo, este año, para todo cristiano, ha quedado preñado de esperanza. En el 2000 no vivimos un convencional aniversario sino que celebramos la permanencia del mismo Cristo entre nosotros. Hacemos memoria de su gracia transformadora de la humanidad y también hacemos memoria de la resistencia de nuestra naturaleza. La primera, para agradecer y alabar; la segunda, para reconocer y pedir perdón. A todo esto lo llamamos conversión.
  2. Como dice el Evangelio, "un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo" (Lc. 7:16 b). Hay júbilo porque Dios está con nosotros y entre nosotros y, a pesar de la resistencia al amor que es el pecado, El nos ofrece el gozo de sentirnos redimidos, de sentirnos llamados a amar de nuevo, como El nos enseñó. Se nos invita a comenzar un tiempo nuevo: es el recomenzar de Cristo quien, a pesar de "conocer lo que hay en el interior del hombre", sigue confiando en el don de la libertad, en la chispa de amor que el Espíritu infunde en nuestros corazones.
  3. Estoy seguro de que el anhelo de todos los argentinos es poder llegar a este nuevo aniversario de Mayo con la misma esperanza jubilar que hoy alienta a millones en el mundo. Júbilo de Cristo encarnado en la fe y en el dolor de nuestro pueblo, esperanza de revivir aquellos aires heroicos que, más allá de los errores e intereses contradictorios, supieron conjugarse para comenzar la aventura de una nueva Nación. La esperanza ahonda el alma y la pacifica, pues, al abrir –magnánimos- el corazón, confiados en la promesa hecha, en la palabra dada, los hombres se liberan de las suspicacias y pesimismos de su razón inmediata e incluso del peso de ciertas evidencias. El que vive de lo que espera muestra la dignidad de ser imagen y semejanza del Padre. Su alegría se hace gratuita, no depende del éxito ni de los resultados más inmediatos.
  4. Cimentada así la profunda alegría que perdura como paz, el júbilo es el que –en definitiva- construye los vínculos más allá de las diferencias y los condicionamientos. Los argentinos queremos renacer en la promesa de los mayores que comenzaron la patria, y para esto necesitamos imperiosamente de la esperanza que haga brotar la alegría, pues de ella surgirán los vínculos que derribarán miedos e inseguridades, distancias que hoy parecen insalvables. Esperanza para la alegría, alegría para el vínculo.
  5. Para esta misma fecha, hace un año, destaqué la necesidad de refundar el vínculo social entre los argentinos, un vínculo esperanzador: Un vínculo que acerque la dolorosa brecha entre los que tienen más y los que tienen menos. Que acerque a los jóvenes que no encuentran su propio proyecto social. Un vínculo que nos reavive el amor a una niñez con frecuencia despreciada y empobrecida. Que nos alarme frente a cada persona que pierde su trabajo. Que nos haga solidarios e integradores para con los inmigrantes desposeídos y de buena voluntad, que llegan y deben seguir llegando. Un vínculo que nos haga especialmente cuidadosos de los ancianos que han desgastado su vida por nosotros y hoy merecen celebrar y recuperar sus puestos de sabios y maestros transmitiéndonos esperanza.
  6. Refundar con esperanza nuestros vínculos sociales!: esto no es un frío postulado eticista y racionalista. No se trata de una nueva utopía irrealizable ni mucho menos de un pragmatismo desafectado y expoliador. Es la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir con justicia sus bienes, sus intereses, su vida social en paz. Tampoco se trata solamente de una gestión administrativa o técnica, de un plan, sino que es la convicción constante que se expresa en gestos, en el acercamiento personal, en un sello distintivo, donde se exprese esta voluntad de cambiar nuestra manera de vincularnos amasando, en esperanza, una nueva cultura del encuentro, de la projimidad; donde el privilegio no sea ya un poder inexpugnable e irreductible, donde la explotación y el abuso no sean más una manera habitual de sobrevivir. En esta línea de fomentar un acercamiento, una cultura de esperanza que cree nuevos vínculos, los invito a ganar voluntades, a serenar y convencer.
  7. Ya vimos en el Evangelio a nuestro Señor Jesucristo iniciando el vínculo esperanzado de un nuevo pueblo. La imagen de Jesús resucitando al hijo de la viuda es una imagen fuerte -con la fuerza del drama, no de la tragedia- y hay en ella muerte y vida resucitada. No se disfraza el dolor ni se atenúa la esperanza. La clave está en ese Jesús que se conmueve, que se acerca, que toca el dolor y la muerte y los convierte en vida nueva. No dejó que aquel luto del joven muerto aplastara la esperanza: "No llores", le dijo a la madre y tocó el dolor. A veces me pregunto si no marchamos, en ciertas circunstancias de la vida de nuestra sociedad, como en un triste cortejo, y si no insistimos en ponerle una lápida a nuestra búsqueda como si camináramos a un destino inexorable, enhebrado de imposibles; y nos conformamos con pequeñas ilusiones desprovistas de esperanza.
  8. Debemos reconocer, con humildad, que el sistema ha caído en un amplio cono de sombra: la sombra de la desconfianza, y que algunas promesas y enunciados suenan a cortejo fúnebre: todos consuelan a los deudos pero nadie levanta al muerto. ¡Levántate! es el llamado de Cristo en su Jubileo. ¡Levántate Argentina! como nos dijo en su última visita el Santo Padre, como lo soñaron y realizaron nuestros próceres fundadores. Pero hasta no reconocer nuestras dobles intenciones no habrá confianza ni paz. Hasta que no se efectivice nuestra conversión no tendremos alegría y gozo. Porque la ambición desmedida, ya sea de poder, de dinero o de popularidad, sólo expresa un gran vacío interior. Quienes están vacíos no trasmiten paz, gozo y esperanza sino sospecha. No crean vínculos.
  9. ¡Toca, Señor, a nuestra Argentina aún joven, no replegada sobre sí sino abierta a sus vecinos. Muéstranos tu gesto de amor que nos haga perder el miedo! Y, nosotros, animémosnos a tocar: a tocar al marginado del sistema, viendo en él a hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales. En el marco de las Instituciones republicanas demos poder y apoyo a aquellas organizaciones comunitarias que estrechan las manos y hacen participar, que privilegian la intimidad, la fraternidad, la lealtad a los principios y objetivos como una nueva "productividad". Así los jóvenes recuperarán horizontes concretos, descubrirán los futuros posibles dejando de lado enunciados vacíos, que ahondan las propias vaciedades.
Para esto hay que tocar al doliente, al que todos creen muerto. Hay que darle valor: "Joven, te lo mando, levántate". Para esto, como Cristo, hay que atreverse a renunciar al poder que acapara y enceguece, y aceptar ejercer la autoridad que sirve y acompaña. Unos pocos tienen el poder de las finanzas y la técnica; otros ejercen el poder del Estado, pero sólo una comunidad activa, que se vuelve solidaria y trabaja mancomunada puede, en su creativa diversidad, impulsar la barca del bien común, ser la custodia de la ley y la convivencia.
Como Cristo Redentor, que no tomó la gloria del joven revivido para sí, sino que lo devolvió a su ámbito, a su madre, así quienes detentamos alguna autoridad sirvamos a la comunidad. Cedamos el protagonismo a la comunidad, apoyando y sosteniendo a quienes se organizan en pos de sus fines. Así se quebrarán las barreras de la incomunicación que, paradójicamente, existe en este mundo supercomunicado. Así se acerca la cosa pública a sus verdaderos protagonistas, que ya no quieren hipotecar su suerte a sábanas de representantes desconocidos.
7. Creemos que estas iniciativas comunitarias son los signos esperanzadores de una alegría participativa. Aquí se gesta una verdadera revolución interior y -a la vez- transformación social que escapa a las "macromanipulaciones" de los sistemas y estructuras extraños al ser genuino del pueblo. Estas iniciativas brindan una inmejorable salida frente al suicidio social que provoca toda filosofía y técnica que expulsa la mano de obra, que margina la ternura del afecto familiar, que negocia los valores propios de la dignidad del hombre. Sólo hace falta la audaz y esperanzadora iniciativa de ceder terreno, de renunciar al protagonismo fútil; la iniciativa de dejar las luchas intestinas desgastantes, el plus de insacibilidad de poder.
Podemos, sí podemos, no tenemos que dudar, podemos devolver una joven Argentina a nuestros mayores, a nuestros ancianos: esos hombres y mujeres que hoy, con tanta frecuencia, llegan al ocaso de su vida y no pueden tener "júbilo" porque han sido defraudados y se encuentran al borde del escepticismo. Con ellos tenemos una deuda, no sólo de justicia sino también de supervivencia para nuestros jóvenes, pues ellos son rescoldo de memoria. Ojalá nos animemos a devolverles una esperanzada Argentina, como el joven devuelto a su madre, para que ellos animen con su sonrisa de esperanza la vida de los jóvenes hoy entristecidos. Y entonces veremos que el que creíamos muerto se levantará, como leímos en el Evangelio, y comenzará a hablar. Entonces comprenderemos que "la esperanza no defrauda" (Rom. 5:5).
 
 

Jorge Mario Bergoglio, S.J.

25 de Mayo de 2000

 
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Corpus Christi (24/06/2000)
¿Dónde quieres que te preparemos la Eucaristía?
 
"¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" le preguntaron los discípulos a Jesús. Y el Evangelio nos revela que el Señor ya tenía todo preparado: sabía el recorrido del hombre con el cántaro de agua, sabía del dueño de la casa con una sala grande arreglada con almohadones en el piso de arriba … Y conocía, sobre todo, el amor con que sus amigos iban a recibir su Cuerpo y su Sangre; ese Cuerpo y esa Sangre que El deseaba tan ardientemente entregarnos como nueva Alianza.
 
Reunidos en esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo le volvemos a preguntar a Jesús como lo hicieron aquellos discípulos: Señor, ¿dónde querés que preparemos la Eucaristía? ¿Dónde querés que la recibamos con amor adorándote como Dios vivo? Y El vuelve a decirnos: "Vayan a la ciudad …" Salgan a encontrarse con los que llevan cántaros de agua para dar de beber a los demás. Esos que son como la Samaritana que, dejando el cántaro de agua corrió –hecha un cántaro ella misma, llena del agua del Espíritu- a la ciudad, a anunciar a la gente, a sus hermanos: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?" El Señor prepara la Eucaristía con los que se animan a ser hombres-cántaro, los que se dejan llenar el corazón con el agua viva del Espíritu y se dejan conducir por El.
 
Salgan a encontrarse con los que preparan salas grandes para los demás. Salas como la que preparó aquel Rey de la parábola para el banquete de bodas de su Hijo. Esa sala que "se llenó" de pueblo porque los primeros invitados se habían excusado y no querían participar de la fiesta. El Señor prepara la Eucaristía para su pueblo con los que se animan a abrir su corazón a los demás, con los que tienen un corazón de padre, un corazón como una sala grande en la que todos son invitados a compartir el pan.
 
Si leemos con sencillez podemos descubrir, en estos dos hombres desconocidos del Evangelio, un signo de la presencia misteriosa del Espíritu y del Padre colaborando con Jesús en hacer la Eucaristía. Así sucede en cada Misa, cuando pedimos al Padre que congregue a su pueblo sin cesar con la fuerza del Espíritu, que santifique por el mismo Espíritu nuestras ofrendas y las acepte, convertidas en el Cuerpo y Sangre de su Hijo, como sacrificio vivo y santo.
 
Hoy a nosotros se nos pide que nos hagamos como aquellos hombres: hombres y mujeres-cántaro, que señalan caminos, que crean vínculos, porque tienen el corazón lleno del agua viva del Espíritu y muestran el sentido de la vida con gestos más que con palabras. Se nos pide que nos hagamos hombres y mujeres que preparan la mesa para el Señor y para sus hermanos, hombres y mujeres que crean encuentro con sus gestos de projimidad y de acogida. A todos se nos pide que nuestros pasos marquen senderos de esperanza, pero de modo especial a aquéllos que están pasando momentos de oscuridad. A los que más sufren, a los que caminan sin ver, les digo: Ustedes para quienes ese cántaro quizá se ha convertido en una pesada cruz, también ustedes tienen algo que dar. Recuerden que fue en la Cruz donde el Señor, traspasado, se nos entregó como fuente de agua viva.
 
Y si se nos pide a todos, jóvenes y ancianos, niños y padres, que nos hagamos hombres y mujeres que crean encuentro, se les pide especialmente a aquéllos que más están sufriendo esa enorme inequidad arraigada entre nosotros (como dice nuestro Documento "Jesús, Señor de la Historia"). A los que más sufren, a los que se sienten excluidos del banquete de este mundo les digo: Ustedes levanten la mirada, mantengan el corazón abierto a la solidaridad, esa solidaridad que nadie debe robar del corazón de nuestro pueblo fiel, porque es su reserva, su tesoro, porque es esa sabiduría que nuestro pueblo aprende de niño en la escuela de amor que es la Eucaristía: escuela de amor a Dios y de amor al prójimo.
 
Cuando nos pongamos de rodillas en el momento de la consagración, mientras adoramos a Jesús diciendo "Señor mío y Dios mío", pidámosle a la Virgen, a Ella que sabe de cántaros vacíos, que le diga a Jesús como en Caná: "no tienen vino". Pidámosle que ruegue por nosotros, ahora, para que hagamos lo que Jesús nos diga. Ruega por nosotros, Madre, para que seamos servidores y servidoras fieles, para que llenemos hasta el borde nuestros cántaros; así el Señor convertirá el agua en el vino de su Sangre que nos purifica y alegra nuestro corazón con la esperanza.
 
Mientras adoramos a Jesús, pidámosle a María, a Ella que puso a disposición del Espíritu la sala grande de su corazón para que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros, que ruegue por nosotros, ahora, para que se ensanche nuestro corazón y se vuelva un poquito más parecido al de Ella: que es lugar de encuentro entre hermanos y de projimidad entre nosotros y con Dios nuestro Señor.
 

Jorge Mario Bergoglio, S.J.

24 de Junio de 2000

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"CON SAN CAYETANO, POR UN MILENIO
DE JUSTICIA, SOLIDARIDAD Y ESPERANZA"
 
Queridos hermanos, recién escuchábamos en la lectura, que San Pablo nos exhortaba diciendo: "Tengan entre Ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús". Es un mismo sentimiento el que nos convoca a todos los que venimos a San Cayetano, un sentimiento muy hondo. Un mismo sentimiento que se expresa de muchas maneras: en la esperanza del que está haciendo la cola desde hace varios días, semanas incluso; en la solidaridad del que trae un paquete de yerba o de azúcar para los que están más necesitados que él; en el que quiere ser justo y agradece el pan y pide trabajo tocando con mucha fe la imagen del Santo y recordando los rostros de los seres queridos.... Todos estos sentimientos brotan de uno más profundo, del sentimiento que Jesús nos describe en la parábola del buen Samaritano. Jesús dice que el Samaritano se compadeció, "se le enterneció el corazón" cuando vio al hombre herido junto al camino. Así nos pasa a nosotros haciendo la cola para pedir y agradecer a San Cayetano: se nos enternece el corazón.
 
Pero miremos bien: la ternura del buen Samaritano no fue ningún sentimentalismo pasajero. Todo lo contrario; el sentir compasión hizo que el Samaritano tuviera el coraje y la fortaleza para socorrer al herido. Los flojos fueron los otros, lo que -por endurecer su corazón- pasaron de largo y no hicieron nada por su prójimo.
 
Esa ternura y compasión hizo que el Samaritano sintiera que era injusto dejar a un hermano así tirado. La ternura le hizo sentirse solidario con la suerte de ese pobre viajero que podría haber sido él mismo, le hizo brotar la esperanza de que todavía hubiera vida en ese cuerpo exangüe y le dio valor para ponerse a ayudarlo. Sentimiento de justicia, de solidaridad y de esperanza. Esos son los sentimientos del buen Samaritano. Esos son los sentimientos de Jesús para con todos nosotros quienes, muchas veces, estamos como aquel hombre, asaltados por ladrones, despojados, golpeados y malheridos... y sin embargo vivos y llenos de esperanza, con deseos de curarnos y de que se cure toda nuestra sociedad tan enferma, con ganas de mejorar junto con nuestros compatriotas, con ganas de dejarnos ayudar.
 
Por eso estamos aquí con un corazón necesitado de ayuda como el del herido y -al mismo tiempo- deseosos de ayudar como el del buen Samaritano. Estos son los sentimientos que, por intercesión de San Cayetano, le queremos pedir a nuestro Padre Dios, para que nuestro corazón se vuelva más parecido al de Jesús y como Pueblo fiel tengamos los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo.
 
Justicia, solidaridad y esperanza.... son distintas maneras de no pasar de largo, como lo hicieron los otros dos personajes de la parábola: vieron al que estaba tirado, dieron un rodeo y pasaron de largo. Venir aquí, a San Cayetano es una manera de no pasar de largo. Agradecer el pan de cada día es una manera de no pasar de largo, de ser justos con nuestro Padre del Cielo que nos cuida en medio de las injusticias de los hombres. Pedir solidariamente el trabajo en esta cola en la que no nos sentimos competidores sino hermanos, es una manera de no pasar de largo. Mantener encendida la esperanza mientras se lucha por la justicia y se vive solidariamente es una manera de no pasar de largo.
 
Acercarse. No dar rodeos ni pasar de largo. Acercarse hoy, ahora: ésa es la clave; eso es lo que nos enseña Jesús. Tenemos que acercarnos a todos nuestros hermanos, especialmente al que necesita. Cuando uno se acerca "se le enternece el corazón". Y en un corazón que no tiene miedo a sentir ternura, (esa ternura que es el sentimiento que tiene el papá y la mamá con sus hijitos) el que está necesitado se convierte como en nuestro hijo, en alguien pequeño que necesita cuidado y ayuda. Entonces, el deseo de justicia, la solidaridad, la esperanza se traducen en gestos concretos. Gestos como el de ese buen Samaritano que unge con vino y aceite y venda las heridas, que se hace cargo del herido llevándolo a la posada en su burrito, que gasta su dinero para que lo cuiden y promete volver a visitarlo.
 
En cambio, cuando no nos acercamos, cuando miramos de lejos, las cosas no nos duelen ni nos enternecen. Hay un refrán que dice "ojos que no ven, corazón que no siente". Pero también pasa al revés, sobre todo hoy día en que lo vemos todo, pero por televisión: "Corazón que no se acerca, que no toca el dolor, corazón que no siente... y -por tanto- ojos que miran pero no ven".
 
Por eso aquí, en este momento en que estamos juntos, amuchaditos como los granos en esta interminable espiga de San Cayetano que es la fila, cercanos como San Cayetano al Niño Jesús, nuestros corazones sienten como un solo corazón. Aquí juntos como Pueblo fiel de Dios, tenemos los mismos sentimientos que tuvo Jesús, y se lo agradecemos al Padre porque es El quien nos enternece el corazón; se lo agradecemos a la Virgen, porque ella -como Madre de todos nosotros- nos trata con ternura y nos obtiene del Padre los sentimientos que tuvo Jesús: deseos eficaces de ser más justos, mas solidarios y llenos de esperanza.
 

Jorge Mario Bergoglio, S.J.

7 de Agosto de 2000

 
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PEREGRINACION JUVENIL A LUJAN

Homilía de Mons. Jorge Mario Bergoglio s.j., con ocasión de la peregrinación juvenil a Luján.

 Nuestra visita a la casa de la Virgen este año tiene un significado especial, le hemos pedido que podamos encontrar a su Hijo en cada hermano.

Caminamos muchos kilómetros porque nos cuesta este amor pero lo pedimos, necesitamos de su ayuda de su ayuda para encontrar a Jesús en cada hermano. No queremos pasar indiferentes ante el hermano; no queremos destruirnos entre hermanos. Queremos encontrarnos como hermanos, trabajar para que esta fraternal cultura del encuentro sea realidad. Y, en este camino, entregamos esfuerzos para cambiar en el corazón lo que nos impide ser más hermanos.

Queremos ser generosos y a veces nos duele no poder serlo por eso le pedimos a nuestra Madre: "Ayúdanos a encontrar a Jesús en cada hermano"

Como los otros años vinimos a mirarla y a descansar con Ella. Hay mucho en la vida que nos agobia, pero sabemos que aquí nos espera y que no nos pregunta para qué vinimos y nos recibe. Ella sabe que caminamos porque necesitamos de este encuentro. Sabe también que hacemos un largo camino para mirarnos y encontrarnos, para ser más hermanos.

Ella también hizo un largo camino y nos trajo a Jesús: este Año Santo que estamos viviendo celebramos de un modo especial el nacimiento de Jesús. Ella, con su vida, nos muestra el camino para encontrarlo a Él y es el camino de los hermanos.

Ustedes jóvenes que siempre están dispuestos a darse, a salir a caminar, como hoy hasta Luján.

Ustedes que quieren ser fieles y que viven todo con pasión, ¿no se animan a vivir este camino del amor con Jesús; de este amor entre hermanos?. Este camino de encuentro del que tanto necesitamos los argentinos.

Jesús y su Madre, aquí en Luján los reciben, los quieren acompañar y los invitan a la constancia en este camino. A no claudicar en la fraternidad del encuentro. Vinimos a encontrarnos con este amor sincero y ofrecido de Jesús que siempre nos deja una huella en el corazón, una huella de esperanza para seguir caminando. Necesitamos de esta esperanza.

Nos decimos y le decimos: "Madre, que veamos a Jesús en cada hermano".

Lo necesitamos, nos hace bien.

1º de octubre de 2000.

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CELEBRACION JUBILAR DE LOS EDUCARORES

En el momento de la despedida de Jesús, algunos discípulos todavía dudaban. Dudaban de lo que pasaría con ellos. Dudaban de sí mismos. Dudaban de la consistencia de su corazón.

Pero todos, en ese momento de despedida, todos, seguro todos, se acordaron de la primera vez que Él les habló.

Ese primer encuentro con Jesucristo estaba en el corazón de ellos, y desde ese eco del primer encuentro reciben la misión: vayan y enseñen.

Se podría traducir: vayan y encuéntrense todos los días con cada uno de los que están cerca de ustedes, con cada uno de los que les he encomendado.

El padre Juan decía que cada día, cada mañana, cuando un docente se encuentra con su alumno, comienza una historia.

Hoy a ustedes, al darles en nombre de Jesús la misión de encontrar cada día en la persona de sus alumnos y alumnas, una persona que espera, un corazón que quiere ser amado y aprender a amar, una vida que quiere esperar; hoy al darles esta misión, les pido que no se olviden del primer encuentro. Del primer encuentro con el docente. Es el día de hoy que sigo visitando a mi maestra de primer grado, que tiene 91 años.

En cada encuentro con un chico y una chica se juega una historia.

Ustedes que fueron encontrados por Jesucristo, que recibieron ese derroche de Gracia por parte de Jesucristo, al acercarse a cada uno de sus chicos o chicas no les van a vender nada, porque ustedes no son "maniseros de la enseñanza", ustedes son transmisores de vida, de una vida vivida. Por eso, el docente enseña desde el corazón, el docente no comercia.

Toda la comunidad educativa tiene que poner sobre la "parrilla" de la vida, la "carne" de su recuerdo, la "carne" de su propia vida, con sus éxitos y fracasos, con sus gracias y pecados; pero siempre está ese primer encuentro con Jesucristo. Esa mirada en la que fuimos creados, constituidos. Esa mirada que se hace envío cada mañana para poder mirar con los mismos ojos de Él a cada chico y chica que se me acerca.

La docencia, el educar, el hacer crecer, si bien es trabajo, trasciende las pautas de trabajo puramente remunerativo. Va más allá. Tomar la vida y llevarla de la mano es escuchar las inquietudes de esa vida y no imponerle, sino de la mano proponerle el camino. Y eso solamente se hace desde el corazón.

Si una comunidad educativa, docentes, administrativos, todo el personal del colegio no pone el corazón ahí, desde el vamos fracasarán en el objetivo de transmitir un recuerdo, de transmitir una mirada de esperanza, de transmitir qué es un futuro.

Los chicos y las chicas se van a acordar de ustedes cuando la vida los zarandee. En los momentos de crisis en que todo parece que se nos revuelve, perdemos la orientación, la brújula se pone loca.Si ustedes se acercaron con mirada de padres y de madres, con mirada de hermanos y hermanas, pusieron en ese corazoncito, en ese corazón adolescente o en ese corazón joven, la calidez que nace de un corazón maduro por la memoria, por la lucha, por el defecto, por la Gracia, por el pecado; ese chico o esa chica que hoy tienen al lado de ustedes cuando se vea zarandeado por las crisis, no va a perder el norte. Sufrirá, porque de eso no estamos exentos ninguno de nosotros, pero la brújula no se le va a poner loca y va a saber donde está el norte.

Ustedes son mujeres y hombres de encuentro, fomenten el encuentro consigo mismo en cada uno de sus chicos y chicas.

Ustedes son hombres y mujeres de memoria y de recuerdo, enséñenles a recordar las miradas de ternura que los fueron construyendo. Enséñenles a descubrir la mirada de Jesucristo.

Ustedes son hombres y mujeres de esperanza, porque están apostando a algo que los va a trascender.

Le pido a la Virgen que en esa apuesta salgan ganadores, porque ganamos todos. Que así sea."

 

  13 de septiembre, Año Santo Jubilar 2000