Año 2001

Homilia pronunciada por S.E.R. Mons. Jorge Mario Bergoglio el día 24 de diciembre de 2001 en la Catedral Metropolitana

El diálogo que la Patria necesita (130ª Reunión de la Comisión permanente de la Conferencia Episcopal Argentina - 13 de diciembre de 2001)

Jornadas Arquidiocesanas de Pastoral Social

Carta del Arzobispo a los Catequistas "Dejarse encontrar para ayudar al encuentro"  (Agosto 2001)

Homilia pronunciada en San Cayetano  (07/08/2001)

Corpus Christi  (16/06/2001)

Homilia pronunciada por S.E.R. Mons. Jorge Mario Bergoglio en el Te Deum  del 25/5/2001

 Vigilia Pascual - 15/04/2001

  Misa Crismal - 12 de abril de 2001

 Misa Vicaría de la Educación (28/03/2001)

 Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas (28/03/2001)

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Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas

"El que me ama será fiel a mi palabra y a mi Padre le amará, iremos a él habitaremos en él"

Jn 14,23 

 

Quisiera pedirles que por un instante me acompañen en un pequeño ejercicio de la imaginación. No será difícil: vamos a apelar a experiencias y sentimientos que todos, alguna vez, hemos tenido.

Imaginemos que somos una persona que nació y vivió en uno de los pueblitos del norte de nuestro país. Pero no de esos pueblos visitados por el turismo, donde pasan micros y se ve la televisión. Alguien de esos caseríos que no aparecen en ningún mapa, por los cuales no pasa ninguna ruta, a donde rara vez llega un vehículo... Un lugar que no podemos llamar "olvidado" porque en realidad nunca estuvo en la conciencia o la memoria de nadie, salvo de sus poquitos habitantes. Sin duda quedan lugares así en nuestro país, más de los que creemos.

Somos una persona de ese lugar. Y un día, no importa ahora cómo o porqué, llegamos a la gran ciudad. A Buenos Aires. Sin direcciones de nadie, sin un objetivo determinado. Hagamos un esfuerzo de la imaginación, pero implicando el corazón. Más allá de los detalles que podría registrar un dibujo animado (las dificultades para cruzar una avenida, el asombro ante los grandes edificios y carteles luminosos de la 9 de julio, el miedo al subte), pongamos en foco, ante todo, la soledad inmensa en medio de la multitud, la incomunicación, el no saber ni siquiera qué preguntar, dónde buscar ayuda o qué ayuda buscar. El aislamiento. Imaginemos, sintamos físicamente el dolor de los pies luego de horas de caminar por la gran ciudad. No sabemos dónde descansar. Cae la noche. En un banco de una plaza céntrica, nos asustaron unos muchachos con sus burlas, y supimos que al menor descuido se quedarían con nuestro bolso, lo único que trajimos. El aislamiento se convierte en angustia, la inseguridad, en franco miedo. Hace frío, hace un rato lloviznó y tenemos los pies húmedos. Y delante nuestro, la larga noche.

Una sola pregunta querría brotar de esa garganta amordazada por el nudo de la soledad y el temor: ¿no habrá algún corazón hospitalario que me abra una puerta, me ofrezca algo caliente y me permita descansar, me sostenga y me dé ánimos para decidir mi rumbo?

Un corazón abierto. Una acogida cordial, decía el documento Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. Porque, sin duda, ustedes habrán comprendido rápidamente a dónde iba la ejercitación propuesta: a centrar nuestra atención en la necesidad de convertirnos, nosotros cristianos, nosotros educadores, nosotros miembros de comunidades educativas, en ese corazón que recibe, que abre puertas, que resguarda un jardín de humanidad y afecto en medio de la gran ciudad con sus máquinas, sus luces y su extendida orfandad.

Podríamos haber comenzado esta reflexión de otro modo: citando autores, documentos, teorías acerca de la situación del hombre contemporáneo, de su extrañamiento, de su despersonalización. Pero preferí invitarlos a verlo desde el sentimiento, desde el corazón. Porque este ministerio de la acogida cordial, de la sanación de la persona humana por el amor hospitalario, es ante todo respuesta a una experiencia, no a una idea. La experiencia humana, ética, de percibir el dolor y la necesidad del hermano. Y en ella, la experiencia teologal de reconocer al Señor que está de paso (Mateo 25, 35c), al peregrino que está al descampado cuando cae la tarde y el día se acaba (Lucas 24, 29). Y de saber que, al abrirle el corazón, estaremos permitiendo que ponga su Morada entre nosotros (Jn 1, 14). Para descubrir, llenos de alegría, que en ese momento los papeles se invierten y esa Morada, su Corazón de hermano, padre y madre, se abre y nos recibe a nosotros, que finalmente llegamos así al hogar.

Quiero entonces, hermanos, invitarlos a que reflexionemos juntos acerca de la escuela como lugar de acogida cordial, como casa y mano abierta para los hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas de esta ciudad. Y que lo hagamos, desde la experiencia que hemos revivido, con toda la seriedad y profundidad que estas breves páginas nos permitan.

Pero antes de entrar de lleno en el tema, quiero adelantarme y pedirles que tengan en cuenta, ya desde ahora, que atender a la dimensión de hospitalidad, ternura y afecto de la escuela no significa, de ningún modo, dejar de lado su otra dimensión: la de un lugar que tiene un objetivo, una función específica, que debe ser llevada a cabo con seriedad, eficacia, me atrevería a decir con profesionalismo. ¿Acaso se oponen esos dos aspectos? Pueden oponerse, sin duda. De hecho, nuestra sociedad tiende a oponer la gratuidad y la eficiencia, la libertad y el deber, el corazón y la razón... Pueden oponerse, pero no tienen por qué hacerlo. Es nuestro desafío encontrar el camino de solución en un plano superior: la perspectiva sapiencial que nos permita crear un espacio a la vez de acogida y de crecimiento. Espero que estas reflexiones los animen a buscarlo.

 Creciendo entre las cenizas: la orfandad en la cultura contemporánea

Como dimos a entender más arriba, la vocación de nuestras escuelas de ser un ámbito de acogida y reconocimiento de la persona en su dimensión más plena, deriva del núcleo mismo del mensaje evangélico. Porque la escuela, como comunidad eclesial, está llamada a encarnar el amor de Cristo, que dignifica al hombre desde el centro de su ser.

Pero además, esta misión encuentra otra importante motivación en la situación concreta de las mujeres y los hombres en nuestra sociedad. Permítanme introducir ahora algunas ideas que, en una primera mirada, pueden parecer sumamente duras y hasta pesimistas, pero que, por el contrario, constituyen el reconocimiento básico de aquello que clama a gritos por una palabra de esperanza.

Hace un rato, al hablar de la ciudad, usé la palabra orfandad. Quisiera ahora retomarla y hacerla el centro de este tramo de nuestra reflexión. Ensayemos la siguiente línea de pensamiento: debemos desarrollar y potenciar nuestra capacidad de acogida cordial porque muchos de los que llegan a nuestras escuelas lo hacen en una profunda situación de orfandad. Y no me refiero a determinados conflictos familiares, sino a una experiencia que atañe por igual a niños, jóvenes y adultos, madres, padres e hijos. Para tantos huérfanos y huérfanas –nuestros contemporáneos, ¿nosotros mismos quizás?- la comunidad que es la escuela debería tornarse familia. Espacio de amor gratuito y promoción. De afirmación y crecimiento.

Hagamos un esfuerzo para precisar un poco más esta idea. ¿En qué sentido decimos que vivimos en una situación de orfandad?

Hace poco, conversando con algunos jóvenes, escuché estas estremecedoras afirmaciones: "Nosotros somos hijos del fracaso. Los sueños de un mundo nuevo de nuestros padres, las esperanzas de los años ’60, se quemaron en la hoguera de la violencia, la enemistad y el sálvese quien pueda. La cultura de los negocios terminó de deshacer lo que quedaba de aquellas brasas. Crecimos en un mundo de cenizas. ¿Cómo quieren que tengamos ideales o proyectos, que creamos en un futuro, en un compromiso? Ni creemos ni dejamos de creer: simplemente, somos ajenos a todo eso. Nacimos en el desierto, entre las cenizas, y en el desierto no se siembra nada ni crece nada". Por supuesto que no todos los jóvenes se identificarán con esto. Al menos, me parece que ese testimonio doloroso sirve de introducción a los tres puntos que, a mi juicio, caracterizan la actual situación de orfandad del hombre y la mujer de nuestra ciudad: la experiencia de discontinuidad, el desarraigo y la caída de las certezas básicas.

 La experiencia de discontinuidad

La orfandad contemporánea tiene una primera dimensión que tiene que ver con la vivencia del tiempo, o mejor dicho, de la historia y de las historias. Algo está quebrado, fragmentado. Algo que tendría que estar unido, justamente el puente que une, está roto o ausente. ¿Cómo es esto? En primer lugar, se trata de un déficit de memoria y tradición. La memoria como potencia integradora de la historia; la tradición concebida como la riqueza del camino andado por nuestros mayores: ambas no se clausuran en sí mismas (en ese caso carecerían de sentido) sino que abren nuevos espacios de esperanza para seguir caminando. Las dolorosas experiencias vividas en nuestro país, sumadas a un cierto exitismo economicista que tuvo su auge hace algunos años, dieron como resultado una ruptura generacional que no se debe ya a los ciclos normales de crecimiento y afirmación de los jóvenes, sino más bien a una incapacidad de la generación adulta de transmitir los principios o ideales que la animaron. Quizás debida a la terrible crisis sufrida por aquella generación, a las experiencias de muerte que trajo consigo (y no me refiero sólo a los conflictos políticos que ya conocemos, sino también a la muerte-sida, como clausura o al menos serio límite del horizonte de la revolución sexual, y hasta a la muerte del amor, en tantísimas parejas que no lograron llevar adelante sus proyectos de familia). ¿Cuántos padres, digamos la verdad, han podido siquiera intentar un diálogo enriquecedor con sus hijos, que revisara y "pasara en limpio" sus diversas experiencias, para que la generación siguiente aprendiera de aciertos y errores y continuara algún camino, con todas las rectificaciones del caso? ¡De cuántas cosas no se habla, de cuántas cosas no se ha hablado, de cuántas cosas no se puede hablar! Cuántas veces se ha preferido "que empiecen de nuevo, de cero", tanto en las familias como en la sociedad argentina en su conjunto, en vez de acometer la dura tarea de contribuir a reencontrarse con las preguntas e inquietudes que motivaron a toda una generación, desde un diálogo aunque difícil superador de enconos y aislamientos.

Y esa discontinuidad de la experiencia generacional no viene sola: prohija toda una gama de discontinuidades. La discontinuidad –más bien abismo– entre sociedad y clase dirigente (pienso en la clase política, pero no sólo), discontinuidad que tiene por ambos lados una dosis de desinterés y voluntaria ceguera, y la discontinuidad –o disociación– entre instituciones y expectativas personales (aplicable tanto a la escuela y la universidad como al matrimonio y las organizaciones eclesiales, entre otras).

 Las formas del desarraigo

Discontinuidad: pérdida o ausencia de los vínculos, en el tiempo y en el entretejido sociopolítico que constituye a un pueblo. Primer rostro de la orfandad. Pero hay más. Junto a la discontinuidad, ha crecido también el desarraigo. Lo podemos ubicar en tres áreas: .

Primero, un desarraigo de tipo espacial, en sentido amplio. Ya no es tan fácil construir la propia identidad sobre la base del "lugar". La ciudad invade al "barrio" y lo hace estallar desde adentro. Es más: la ciudad global, que se identifica en las grandes cadenas, en los hábitos alimenticios, en la omnipresencia de los medios de comunicación, en la lógica, la jerga y el cruel folclore empresarial, suplanta a la ciudad "local". De la cual, y sin exagerar demasiado, van quedando apenas un risible resto "for export" y la trágica realidad –¡también globalizada!– de la gente que pernocta en la calle, los niños explotados y ahogados en pegamento y la violencia del delito y la marginalidad. Tanto la identidad personal como la colectiva se resienten de esta disolución de los espacios; el concepto de "pueblo" tiene cada vez menos contenido en la actual dinámica de fragmentación y segmentación de los grupos humanos. La ciudad va perdiendo su capacidad de identificar a los grupos humanos, poblándose, como señalaba hace ya unos años un antropólogo francés, de "no-lugares", espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas instrumentales (funcionalidad, marketing) y privados de símbolos y referencias que aporten a la constitución de identidades comunitarias.

Y así, el desarraigo "espacial" va de la mano con las otras dos formas de desarraigo: el existencial y el espiritual. El primero se vincula a la ausencia de proyectos, quizás a la experiencia de "crecer entre las cenizas", como decía aquel joven que cité más arriba. Al no haber continuidad ni lugares con historia y sentido, (quiebre del tiempo y del espacio como posibilidad de constitución de la identidad y de conformación de un proyecto personal), se debilitan el sentimiento de pertenencia a una historia y el vínculo con un futuro posible, un futuro que me interpele y dinamice el presente. Esto afecta radicalmente a la identidad, porque fundamentalmente "identificarse es pertenecer". No es ajena a esto la inseguridad económica: ¿cómo arraigarse en el suelo existencial de un proyecto personal si está vedada una mínima previsión de estabilidad laboral?

Y todavía esto tiene una cara más. Tanto el desdibujarse de las referencias espaciales como la ruptura de la continuidad entre el pasado, el presente y el futuro van vaciando también la vida del habitante de la ciudad de determinadas referencias simbólicas, de aquellas "ventanas", verdaderos horizontes de sentido, hacia lo trascendente que se abrían aquí y allá, en la ciudad y en la acción humana. Esta apertura a lo trascendente se daba, en las culturas tradicionales, mediada por una representación de la realidad más bien estática y jerárquica, y esto se expresaba en multitud de imágenes y símbolos presentes en la ciudad (desde el trazado mismo hasta los lugares impregnados de historia o aún de sacralidad). En cambio, en el talante moderno esa trascendencia tenía que ver con un "hacia adelante", constituyendo el nervio de la historia como proceso de emancipación y mediándose en la acción humana –acción transformadora, en el sentido moderno–, lo cual encontraba su expresión simbólica en el arte, en el fortalecimiento de algunas dimensiones festivas, en las organizaciones libres y espontáneas y en la imagen del "pueblo en la calle". Pero ahora, cada vez más acotados o vaciados de sentido los espacios que hasta hace poco funcionaban como disparadores, como símbolos de la trascendencia, el desarraigo alcanza también una dimensión espiritual.

Dos objeciones podrían plantearse a esta última afirmación. La primera tiene que ver con el rol de los medios de comunicación que pueblan el mundo de imágenes, "comunican", generan hitos –y mitos– que reemplazan a los viejos hitos geográficos o a las referencias utópicas. ¿No puede ser que la cultura mediática de la imagen sea el nuevo sistema de símbolos, la nueva "ventana" a lo Otro, así como en otro tiempo lo fueron las catedrales y los monumentos? Sin embargo aquí hay una diferencia fundamental: mientras que una imagen de la Virgen en un club de barrio remite, sí, a la basílica donde está la imagen original, y para algunos, a la totalidad del sistema conceptual, moral y disciplinar del catolicismo; más allá de todo ello esa imagen apunta a un polo trascendente, a algo que tiene que ver con el "cielo", con el "milagro". En síntesis: es un símbolo religioso. Re-liga, vincula la tierra y el cielo, lo transitorio con lo absoluto. El hombre y Dios. Como símbolo que re-liga, no se agota en sí mismo, pero tiene su propia consistencia. La "cultura de la imagen", por el contrario, y en particular la imagen de los medios de comunicación, la publicidad y, ahora, la imagen en la pantalla de Internet, no es símbolo de "otra cosa", no "remite-a", no tiene referente exterior al mismo círculo mediático. No podemos profundizar aquí estas ideas, pero es un hecho que el sistema multimedial es cada vez más autorreferencial, se va convirtiendo, más que en un "medio", en un "escenario", y ese "escenario" cobra, por momentos, mayor importancia que el drama que en él se pueda representar. Una serie de signos que apuntan todos ellos a sí mismos y casi a nada más, sin una verdadera, objetiva y justa referencia a la realidad extra-mediática o, más aún, pretendiendo construir la realidad a través de su discurso. ¿Qué arraigo pueden generar, qué tipo de vínculos, qué apertura a "lo Otro" que me fundamenta en el ser? ¿Haremos que aporten al proyecto de humanización otra cosa que una interminable "navegación", un "zapping" sin fin, un "surfear" por la brillante superficie de las pantallas?

La segunda objeción pone sobre el tapete el hecho de que, contra todos los pronósticos secularizantes, la religión no desapareció de las ciudades, es más, desarrolló nuevas expresiones y referencias, hasta el punto que una y otra vez el marketing intenta "subirse" a este fenómeno para generar ganancias. Esto es verdad, sin duda, pero también es cierto que todas esas manifestaciones de religiosidad se viven en buena parte desde el desarraigo y la orfandad y buscan, en la fe, la oración y el gesto religioso, remediar de algún modo aquellas situaciones. Ahora bien: en una sociedad que va perdiendo su dimensión comunitaria, su cohesión como pueblo, tales expresiones religiosas masivas necesitan cada vez más su correlato comunitario, para no quedarse en meros gestos individuales. Sin dejar de reconocer la dimensión de Pueblo de Dios presente y operante en la expresividad religiosa popular, necesitamos realimentar esa fe auténtica y aportar elementos que le permitan desplegar todo su potencial humanizante. Es decir, reconocer en ella un clamor por una verdadera liberación (DP 452) que haga posible a nuestro pueblo superar su situación de orfandad, desde las reservas mismas que lleva dentro de sí las que se arraigan en la gracia de su bautismo, en la memoria de su pertenencia a la Santa Madre Iglesia.

Así, entonces, discontinuidad (generacional y política) y desarraigo (espacial, existencial, espiritual) caracterizan aquella situación que habíamos llamado, más genéricamente, de orfandad. Ya podríamos ir preguntándonos: ¿qué puede hacer la escuela, rebajada de "templo del saber" a "gasto social", para remediar esta situación? ¿Qué podemos hacer los maestros, ayer símbolos vivientes de un proyecto de sociedad libre y en busca de un futuro, hoy reducidos en la consideración social e imposibilitados de vivir dignamente de su trabajo? ¿Qué puede hacer la comunidad educativa toda, ella misma cruzada por tantas situaciones de discontinuidad y desarraigo? Pero antes, queremos todavía precisar brevemente algo más.

 La caída de las certezas

Un tercer aspecto de la orfandad contemporánea, íntimamente relacionado con los que ya hemos visto, es la caída de las certezas. Por lo general, las civilizaciones crecen a la sombra de algunas creencias básicas acerca del mundo, del hombre, de la convivencia, de los por qué y para qué fundantes del acontecer humano, etc. Esas creencias, muchas veces dependientes de las religiones, pero no solamente, constituyen una suerte de certezas sobre las cuales se apoya toda la construcción de una figura histórica, en la cual adquiere sentido la existencia de las comunidades y las personas.

Pues bien: muchas de las certezas que han animado a nuestra sociedad "moderna" se han diluido, caído o desgastado. Un discurso "patriótico" al estilo de los que –todavía– movilizaban a mi generación, tiende a ser visto con burla o escepticismo. El lenguaje revolucionario de hace treinta años puede ser, como mucho, motivo de curiosidad y sorpresa. La misma idea de solidaridad encuentra difícilmente su camino para hacerse oír en medio de la ideología de la "salida individual". Y esta pérdida de certezas, otrora inconmovibles, alcanza también a los fundamentos de la persona, la familia y la fe. Los principios que han guiado a las generaciones que nos precedieron parecen caducos: ¿cómo seguir sosteniendo que "el ahorro es la base de la fortuna", por ejemplo, cuando no hay trabajo y las únicas fortunas que hoy pueden crecer provienen de la corrupción, la especulación y los negocios turbios? ¿Cómo seguir considerando intocable la vida humana, cuando tanta gente sencilla, cuyo único bien es su vida, pide la pena de muerte para protegerse de la violencia urbana, aunque todos sabemos que las causas de esa violencia no están en la especial perversidad de algunos?

Pero esta caída de las certezas, no es tampoco, un hecho coyuntural de una sociedad periférica. De ningún modo: además de un talante ampliamente difundido en Occidente, constituye casi una "nueva certeza" que encuentra su lugar en los discursos más prestigiosos del pensamiento contemporáneo. No estará de más una breve referencia a ello, ya que constituye el sustrato de todo un estado espiritual de este principio de siglo.

 La razón idolatrada, vilipendiada y reconsiderada

Desde distintas posiciones ideológicas, se ha dado un debate hace algunos años en torno a la oposición entre modernidad y postmodernidad. Entre las muchas –muchísimas– dimensiones y perspectivas que incluyó (y aún incluye, de algún modo vulgarizado) esa discusión, queremos poner de relieve una: la idea de que el "fin de la modernidad" supone la caída de las principales certezas, idea que remite, en último análisis, a un profundo descrédito de la razón. Así describe Juan Pablo II esta postura:

"...no hay duda de que las corrientes de pensamiento relacionadas con la postmodernidad merecen una adecuada atención. En efecto, según algunas de ellas, el tiempo de las certezas ha pasado ya irremediablemente; el hombre debería ya aprender a vivir en una carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y lo fugaz. Muchos autores, en su crítica demoledora de toda certeza e ignorando las distinciones necesarias, contestan incluso la certeza de la fe.

Este nihilismo encuentra una cierta confirmación en la terrible experiencia del mal que ha marcado a nuestra época. Ante esta experiencia dramática, el optimismo racionalista que veía en la historia el avance victorioso de la razón, una fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto que una de las mayores amenazas de este fin de siglo es la tentación de la desesperación" (Fides et Ratio 91).

Un hondo desencanto se extiende por doquier respecto de las grandes promesas de la razón: libertad, igualdad, fraternidad... ¿Qué ha quedado de todo ello? Comenzando el siglo XXI, ya no hay una racionalidad, un sentido, sino múltiples sentidos fragmentarios, parciales. La misma búsqueda de la verdad –y la misma idea de "verdad"– se ensombrecen: en todo caso, habrá "verdades" sin pretensiones de validez universal, perspectivas, discursos intercambiables. Un pensamiento que se mueve en lo relativo y lo ambiguo, lo fragmentario y lo múltiple, constituye el talante que tiñe no sólo la filosofía y los saberes académicos, sino la misma cultura "de la calle", como habrán constatado todos aquellos que tienen trato con los más jóvenes. El relativismo será pues el resultado de la así llamada "política del consenso" cuyo proceder siempre entraña un nivelar-hacia-abajo. Es la época del "pensamiento débil".

 Al rescate de la racionalidad

De ahí que, desanclada de las certezas de la razón (y, como bien señalaba Juan Pablo II, también de las de la fe como un "saber" de salvación), la cultura actual se recuesta en el sentimiento, en la impresión y en la imagen. También esto hace a la orfandad, también eso nos exige hacer de nuestras escuelas un lugar de acogida, un espacio donde las personas puedan encontrarse a sí mismas y con los otros para recrear su estar en el mundo. Pero también, y aquí daremos un paso más en nuestra reflexión, esta situación nos obliga a encarar de algún modo el rescate de una racionalidad válida, de un pensamiento vigoroso que permita superar el irracionalismo contemporáneo. Podrán preguntar: ¿y eso por qué? Ya que estamos revalorizando y de hecho recuperando y ahondando los aspectos afectivos, la ternura, los vínculos humanos, que tan dejados de lado han estado en ámbitos de nuestra sociedad, ¿por qué tenemos que volver a inclinar la balanza hacia el otro lado?

Es que no se trata de caer en nuevos desequilibrios, sino justamente de encontrar el punto justo que haga de esta acogida cordial un gesto auténticamente humano y liberador. Tres ideas nos ayudarán a comprender esto:

Primero, las cosas no son ni tan blancas ni tan negras. Denunciar los "abusos de la razón" (totalitarismos de toda clase, proyectos históricos y políticos que trajeron más sufrimiento que felicidad, desvalorización de los aspectos afectivos, personales y cotidianos de la vida, reducción de todo al cálculo, al número y al concepto...), no significa tirar por la borda todos los beneficios que el desarrollo "racional" ha traído. La escuela misma, sin ir más lejos, es hija de esta idea. Aunque no podamos compartir aquello de "al darle el saber, le diste el alma" que cantaba el viejo himno escolar, sí debemos reconocer que el "saber" es un importantísimo recurso para el desarrollo del "alma", es decir, de la persona humana. Me refiero a un " saber " que no quede reducido a la mera información o a un cierto enciclopedismo cibernético. Un saber con capacidad de relacionar, de avanzar en el planteo de preguntas y elaboración de respuestas. Recurso que no tenemos derecho a mezquinar: todo lo contrario, debemos perfeccionar cada vez más nuestra capacidad (incluso "técnica") para efectuar esa transmisión.

Segundo: si bien el discurso "postmoderno" que reivindica los aspectos emocionales, relativos y hasta irracionales de la vida parece liberarnos de la tiranía de lo uniforme, lo burocrático o lo disciplinario, por otro lado se convierte en la justificación de otras tiranías: y por citar una no pequeña, la de la economía, con sus factores de poder y su tecnocracia. Porque si lo que "manda" hoy es el sentimiento, la imagen y lo inmediato, eso es verdad sólo para los "consumidores" de bienes, servicios... y publicidad mediática. La capacidad de elección, la libertad, la no necesidad de adscribirse a una normatividad uniforme, lo diverso y plural, todo ello tan caro a la mentalidad postmoderna, hoy por hoy se traducen lisa y llanamente en diversidad de consumos. Es verdad que el Estado y la escuela, por nombrar instituciones que generaban fuertes adscripciones normativas, ya no rigen la vida de los individuos. La misma Iglesia ve crecer en su seno una valoración cada vez mayor de la libertad y "electividad" personal. Pero también es cierto que esta libertad, liberada de aquellos marcos institucionales que le conferían armonía, ha sido apresada por el mercado. En síntesis: si no recuperamos la noción de verdad, sin una racionalidad compartida, dialogal, una búsqueda de los mejores medios para alcanzar los fines más deseables (para todos y cada uno), queda sólo la ley del más fuerte, la ley de la selva.. Entonces: cuanto más nos preocupemos por desarrollar un pensamiento crítico, por afinar nuestro sentido ético, por mejorar nuestras capacidades, nuestra creatividad y nuestros recursos, tanto más podremos evitar ser esclavos de la publicidad, de la planificada (por otros) exacerbación de lo inmediato, de la manipulación de la información, del desaliento que recluye a cada uno en su interés individual.

Y tercero, llegando a aquello que define nuestra identidad como educadores cristianos, la fe, el saber, la captación de lo real, no tiene sólo un componente afectivo, sino una importante dimensión de sabiduría que es preciso rescatar, y que comienza con la capacidad de admiración. A este punto nos dedicaremos a continuación. La dimensión sapiencial es englobante del saber, del sentir y del hacer. Conlleva armónicamente la capacidad de entender, la tensión de poseer el bien, la contemplatividad de lo bello, todo armonizado por la unidad del ser que entiende, ama, admira. La dimensión sapiencial es memoriosa, integradora y creadora de esperanza. Es la que abre la existencia del discípulo y unge al maestro. La sabiduría sólo se entiende a la luz de la Palabra de Dios.

 La Palabra: reveladora y creadora

El primado "postmoderno" de la experiencia trajo consigo una religiosidad de corazón, una búsqueda más personal de Dios y una nueva valoración de la oración y la contemplación, pero también una especie de "religión a la carta", una subjetivización unilateral de la religión que la posiciona no tanto en una dimensión de adoración, compromiso y entrega sino como un elemento más de "bienestar", similar en gran medida, a las diversas ofertas new age, mágicas o pseudopsicológicas.

Ese verdadero reduccionismo (tanto como lo es su contrario, la afirmación unilateral de la religión como "contenido" y "discurso") deja de lado la infinita riqueza de la Palabra de Dios. En toda la Biblia (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento), la Palabra de Dios se presenta con dos aspectos, ambos igualmente importantes: como "revelación", "discurso", "logos", y como "acción", "presencia", "poder", "dynamis". La Palabra de Dios dice y hace. Si la consideramos solamente como presencia salvífica (porque cuando Dios actúa, salva, y salva creando comunión, vinculándose a sus creaturas, haciéndonos hijos), dejamos de lado su aspecto de revelación. Si, por el contrario, la consideramos solamente bajo su aspecto de verdad, de "contenido", perdemos su dimensión de comunión, de presencia amorosa, su dinámica salvífica. La Palabra de Dios nos vincula con Él con lazos tanto de conocimiento como de amor. Dice y hace.

En su aspecto de "revelación", la Palabra en el Antiguo Testamento se presenta como Ley, como regla de vida a través de la cual Dios ofrece un camino hacia la felicidad. "Tu Palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino", dice el Salmo 119 (v. 105), todo él un impresionante himno a la Palabra de Dios manifestada como Ley. Pero además de este "saber práctico", la Palabra ofrece un "saber" acerca de Dios y del hombre en el mundo. Dios revela su Nombre y su voluntad salvífica, y con ella muestra al hombre la grandeza de su filiación y su destino.

Pero la Palabra de Dios es también la fuerza de Dios, que obra lo que anuncia: "...ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé" (Is 55, 10-11). Es Palabra creadora, desde el comienzo de los tiempos: "dijo Dios..." y "fue hecho" (Gn 1). Es Palabra que libera y salva a los esclavos hebreos y los conduce por el desierto, Palabra que los convoca y constituye como Pueblo, Palabra que se promete como Nueva Creación al fin de los tiempos.

Y así también nos presenta el Nuevo Testamento a Jesucristo: como un profeta que enseña y ofrece una Nueva Ley, como un maestro de sabiduría que nos hace gustar de la belleza y bondad del amor de Dios, y como la fuerza de Dios que opera la salvación, cura a los enfermos, expulsa a los demonios e inaugura, con su Muerte y Resurrección, la Nueva Creación en el banquete pascual del Reino.

¿Adónde llegamos con todo esto? Como testigos de la Palabra, nuestra presencia en la sociedad debe responder a esta riqueza que no se deja encerrar en una sola dimensión. La dimensión creadora, dinámica, salvífica, de la Palabra, será actuada en el mundo en la acción de crear comunidad, de vincular, de reconocer, recibir y potenciar al prójimo. Dimensión que tiene un importante componente afectivo, no en un sentido superficial, sino en el más hondo y exigente sentido del mandamiento del amor. El evangelio de Mateo (25, 31ss) nos presenta el "test" que el Señor hará a los suyos en el fin de los tiempos:si alimentaron al hambriento, si dieron de beber al sediento, si recibieron al que está de camino... En los discípulos que realizaron esto, se produce el milagro de la presencia dinámica de Dios, se efectua la comunión: Cristo mismo se identifica con aquel a quien se brindó el amor, invirtiendo simbólicamente los papeles, ya qye es Él quien ofrece, brinda, transforma y crea una nueva realidad con su amor.

Pero también dado que la Palabra es también revelación, ley, enseñanza, nuestra misión apuntará a buscar seriamente la verdad e invitar e incorporar a otros en esta búsqueda. Toda una dimensión que, justamente por incluir a toda la persona, no dejará de lado la importancia de la inteligencia humana, de su formación y promoción. Esta dimensión es igualmente definitoria, como nos enseña el evangelio de Juan (12, 44-50).

Esta misma dinámica se da en la celebración litúrgica, encuentro sacramental con el Señor: Palabra y Eucaristía, Enseñanza y Comunión, Contemplación y Adoración. En este delicado equilibrio se encuentra, justamente, la riqueza de una comprensión integral, no reductiva, del misterio cristiano. Una comprensión sapiencial.

El concepto de sabiduría, justamente, es aquel que reúne armónicamente diversos aspectos: conocimiento, amor, contemplación de lo bello, al mismo tiempo que una "comunión en la verdad" y una "verdad que crea comunión", "una belleza que atrae y enamora". Inteligencia, corazón, ojos del alma, no disociados sino integrados en lo más pleno de la persona humana.

De allí que sea imposible disociar los diversos aspectos en nuestra actividad pastoral o educativa. La autenticidad de la Palabra que transmitimos tendrá que ver con la integridad con que asumamos sus dimensiones. Y esto se traduce justamente en un cuidado tanto de los aspectos del "obrar", vinculados con la "acogida cordial", la práctica concreta de la caridad, aquí y ahora, la creación de vínculos humanos (que incluye, por supuesto, toda acción asistencial o promocional que ayuda a la persona a ponerse de pie y ocupar su lugar en la comunidad humana y cristiana), como de aquellas dimensiones más vinculadas con el "decir": la cuidadosa preparación, remota y próxima, de la actividad educativa, la planificación en orden a un más eficaz aprovechamiento de los recursos, la seriedad con que acometemos nuestra propia formación, etc. Ambas dimensiones son constitutivas de nuestra misión como educadores cristianos, y si es cierto que estamos llamados a poner un poco de humanidad y de ternura en una sociedad individualista y excluyente, también es verdad que, ante el descrédito de la palabra, tenemos la obligación de ayudar a nuestros hermanos a desarrollar la capacidad de entender y de decir. No sólo crear arraigo: también recrear las más importantes certezas, en forma de sabiduría de la vida, del mundo y de Dios. Sabiduría que es fecunda, engendra hijos, disipa orfandades. Sabiduría que es fuente de belleza que impulsa el alma hacia la admiración, la contemplatividad.

 Invitaciones

Vamos llegando al final de esta ya larga reflexión. La orfandad contemporánea, en términos de discontinuidad, desarraigo y caída de las certezas principales que dan forma a la vida, nos desafía a hacer de nuestras escuelas una "casa", un "hogar" donde las mujeres y los hombres, los niños y las niñas, puedan desarrollar su capacidad de vincular sus experiencias y de arraigarse en su suelo y en su historia personal y colectiva, y a su vez encuentren las herramientas y recursos que les permitan desarrollar su inteligencia, su voluntad y todas su capacidades, a fin de poder alcanzar la estatura humana que están llamados a vivir.

Muchas son las tareas que nos exige este doble desafío. En este tramo inicial del año educativo, quisiera llamar su atención sobre tres aspectos que se derivan de las reflexiones que he desarrollado.

En primer lugar, el desarrollo de vínculos humanos de afecto y ternura como remedio al desarraigo. La escuela puede ser un "lugar" (geográfico, en medio del barrio, pero también existencial, humano, interpersonal) en el cual se anuden raíces que permitan el desarrollo de las personas. Puede ser cobijo y hogar, suelo firme, ventana y horizonte a lo trascendente. Pero sabemos que la escuela no son las paredes, los pizarrones y los libros de registro: son las personas, principalmente los maestros. Son los maestros y educadores quienes tendrán que desarrollar su capacidad de afecto y entrega para crear estos espacios humanos. ¿Cómo desarrollar formas de contención afectiva en tiempos de desconfianza? ¿Cómo recrear las relaciones humanas, cuando todos esperan del otro lo peor? Hemos de encontrar, todos nosotros y cada uno, los caminos, gestos y acciones que nos permitan incluir a todos y ayudar al más débil, generar un clima de serena alegría y confianza y cuidar tanto la marcha del conjunto como el detalle de cada persona a nuestro cargo.

Segundo, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace como forma de achicar el abismo de la discontinuidad. Sabemos que en todo acto de comunicación hay un mensaje explícito, algo que se enuncia, pero que ese mensaje puede ser bloqueado, matizado, desfigurado y hasta desmentido por la actitud con que se transmite. Hay todo un aspecto de la comunicación, "no explícita" y "no verbal", que tiene que ver con los gestos, la relación que se instaura y el despliegue de las diversas dimensiones humanas en general. Todo lo que hacemos comunica. En la medida en que evitemos los dobles mensajes, en la medida en que creamos y tratemos de vivir con todo nuestro ser lo que estamos transmitiendo, en esa medida habremos contribuido a devolver la credibilidad en la comunicación humana.

Por supuesto que este ideal comunicacional será una y otra vez obstaculizado por el misterio del pecado y la labilidad humana. ¿Quién puede presumir de tener la absoluta coherencia, el absoluto control de sus miserias, sus dualidades, sus autoengaños, sus egoísmos reprimidos, sus intereses inconfesables? Sabemos que no todo se logra con buenas intenciones o con propósitos "moralizantes" y tampoco con rigideces normativas. Pero del mismo modo somos conscientes de que no todo es disculpable y aceptable sin más, ya que tenemos una responsabilidad delante de otras personas y frente a quien puso la vida en nuestras manos. ¿Y entonces? La clave para ganar en coherencia sin fingir una perfección imposible, será caminar en humildad dispuestos al discernimiento, personal y comunitario, evitando el juicio condenatorio del otro; abiertos tanto a la corrección fraterna, como al perdón y a la reconciliación. Reconocer juntos que somos peregrinos, mujeres y hombres débiles y pecadores pero con memoria y en búsqueda de un amor más pleno, que nos sane y nos levante. Esa puede ser una forma de trocar la discontinuidad por la disposición al acercamiento, a hacernos próximos en medio de las diferencias.

Tercero, el esfuerzo por generar algunas certezas básicas en el mar de lo relativo y lo fragmentario. Quizá esto sea extremadamente difícil. Sabemos que la verdad por la fuerza es contraria a la fuerza de la verdad. Sabemos también que no podemos adoptar los métodos compulsivos de la publicidad, que desplaza necesidades reales a satisfacciones ilusorias. ¿Y entonces? Hay un "camino estrecho" que transita por la búsqueda de la sabiduría; siempre convencidos de su capacidad de conmover y enamorar. Consiste en aprender a descubrir las preguntas del otro, a contemplarlas, a intuirlas (porque difícilmente los niños y jóvenes podrán expresarnos sus necesidades e interrogantes con claridad). Aunque el cansancio y la rutina a veces nos convierten en una especie de "parlante" que emite sonidos que a nadie le interesan, sabemos bien que sólo "llegan" y "quedan" las enseñanzas que respondan a una pregunta, a una admiración. Compartir las preguntas (¡aunque no tengamos las respuestas!) es ya ponernos todos, educadores y educandos, en un camino de búsqueda, de contemplatividad, de esperanza.

Para todo esto, habrá que poner en movimiento dos dimensiones integrándolas siempre: amplificar la capacidad de nuestro corazón en cuanto servidores de los hermanos, y desarrollar siempre más nuestra capacidad como profesionales de la educación. Una tarea "cordial" y una tarea "intelectual" bien conjugadas. Poniéndonos en sintonía con la Palabra de Dios, que habla, hoy como siempre, tanto a nuestra inteligencia como a nuestro corazón. Porque como reflexiona un teólogo español "se transfiere a los individuos a una vida personal cuando se les ofrece ciencia y conciencia, saberes y responsabilidades, fines y medios, confianza y exigencia". Y esto es sabiduría. Que el Señor nos la conceda a todos. Pidámosla humildemente con la oración del Rey Salomón.

 "Ahora, Señor, Dios mío,
has hecho reinar a tu servidor
en lugar de mi padre David, a mí,
que soy apenas un muchacho
y no sé valerme por mí mismo.
Tu servidor está en medio de tu pueblo,
el que tú has elegido,
un pueblo tan numeroso
que no se puede contar ni calcular.
Concede entonces a tu servidor
un corazón comprensivo,
para juzgar a tu pueblo,
para discernir entre el bien y el mal".
(1 Re 3, 7-9)                         
 

 Buenos Aires, en la Cuaresma del año del Señor de 2001

Cardenal Jorge Mario Bergoglio , s.j.
Arzobispo de Buenos Aires      

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Misa Vicaría de la Educación

Una escena de todos los días de la vida de Jesús apretado por la gente, metido en medio de la gente y haciéndose cargo de los problemas de la gente. En este caso de los problemas de un extranjero de las fuerzas de ocupación: se hacía cargo de todos. Bastaba que hubiera una persona que necesitara para que él se hiciera cargo.

Y junto con esta actitud de hacerse cargo del Señor está la otra, tan linda, la del padre a quien le dijeron que había un hombre que curaba. En su desesperación el padre le va a pedir que cure a su chico. La actitud del que cuida, en este caso, cuida a su hijo.

Dos actitudes orientadas a la vida, a que haya vida, y que la vida sea buena, orientadas hacia la madurez de las personas, porque cuando alguien siente que se están haciendo cargo de su problema, descansa, confía, camina con más fuerza, madura. Cuando alguien siente que lo cuidan, que lo cuidan bien, no que lo asfixian al cuidarlo, se siente persona y crece en libertad.

Obviamente que el núcleo, el lugar más humano para hacerse cargo y para cuidar es la familia, y junto a la familia la escuela, ahí es donde los hombres y las mujeres aprendemos a hacernos cargo y a cuidar, porque dejamos que se hicieran cargo de nosotros y nos cuidaran.

Y hoy simplemente a ustedes que trabajan en educación, no quiero decir que son empleados de la educación, trabajan y son alfareros de la educación, les pido que sean artesanos del hacerse cargo de los chicos y de cuidarlos. Crear esa civilización de cuidarnos mutuamente, de no dejar que la indiferencia por el problema del que tengo al lado o de los que tengo a mi cuidado me cope, me paralice o me haga estéril.

Cuidar a otro es un gran poder también, no sólo es obligación, no sólo es acogida, sino que es un poder, y es un poder que no se puede delegar ni al más pintado.

Es un poder que cada persona lleva en su corazón y es responsable de cuidar a otro.

Deseo que crezcamos en esta actitud de cuidarnos mutuamente. Que crezcamos en esta conciencia de que tenemos que hacernos cargo, y aquí yo diría, más allá de los chicos que tenemos a nuestro cuidado, también, como hombres y mujeres de nuestro pueblo, tenemos que hacernos cargo y cuidar los unos de los otros sin alquilar a nadie para este trabajo.

Esta es una responsabilidad social que consolida corazones, que hace crecer a nuestros niños y a nuestros jóvenes y aun a nuestro pueblo, que lo hace solidario. Es cuidar y hacerse cargo, animarse a tener ternura. Hoy le pido a Dios que a todos ustedes, y a mi también, nos conceda la gracia de aprender todos los días a tener ternura, porque así nos haremos cargo mejor los unos de los otros y fomentaremos ese cuidarnos cálidamente como hermanos.

Que Dios nos conceda a todos esta gracia.

Buenos Aires, 28 de marzo de 2001.
Card. Jorge Mario Bergoglio S.J.

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Misa Crismal

En esta Misa del jueves Santo a la que año tras año nos convoca la Iglesia con este pasaje inaugural del Evangelio según San Lucas: "vino a Nazareth donde se había criado, y, según su costumbre, entró en la sinagoga en día sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del Profeta Isaías…", quiero detenerme unos instantes a contemplar, junto con Ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio, la misma escena: esa escena tan bien descripta nos pinta a Jesús en la sinagoga de su pueblo, como si dijéramos Jesús en la Iglesia del barrio, en nuestra parroquia. Nos hará bien meternos en la escena imaginando aquella capillita de Nazaret y también, porqué no, imaginando cada uno a Jesús en su parroquia, en su iglesia.
 
Si miramos lo que hace el Señor, el rito de la lectura sigue siendo actual, como cuando en la Misa uno se levanta y sube al altar, le acercan el libro o el guía le señala la página. El Señor se levanta para hacer la lectura, lee a Isaías, se lo devuelve al ministro y se sienta. Ritos sencillos que nos hablan de tradición familiar, de sábados en la sinagoga de la mano de San José y de la Virgen, gestos decidores de Jesús que nos remiten a vida de parroquia. La imagen de Jesús adulto en la sinagoga es paralela en Lucas a la del Niño perdido y hallado en el Templo, al que suben también "según la costumbre" (Lc. 2:42). Lucas, como sabemos, hace girar la vida del Señor en torno al Templo de Jerusalén, desde la anunciación a Zacarías hasta la imagen final de los que forman la nueva comunidad, después de la Ascención: "estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios" (Lc. 24:53).
 
Esta imagen grande de la relación del Señor con el Templo tiene su correlativo en la vida cotidiana: esas otras imágenes: las de las pequeñas sinagogas de los pueblos: en la sinagoga de Cafarnaún comienza aquel día típico en que cura al endemoniado y luego parte a la casa de Pedro –roca de la Iglesia- y cuando abren la puerta al atardecer se encuentran con esa multitud que se amontona para ser atendida por Jesús… (Lc. 4:40). También entonces las urgencias, como decimos en nuestra jerga, se apoderaban a veces del día. Es en la sinagoga donde Jesús cura al hombre de la mano paralizada, acechado por los fariseos (Lc. 6:6), donde recibe a los amigos del centurión el que le había construido la sinagoga al pueblo (Lc. 7:1 ss.). Saliendo de la sinagoga cura a la hemorroísa y a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga (Lc. 8:49ss.). En la sinagoga endereza a la mujer encorvada para que vuelva a dar gloria a Dios con dignidad (Lc. 13:10s.).
 
Esta es la imagen que hoy quiero poner de relieve: la de Jesús en medio del pueblo fiel de Dios, la de Jesús sacerdote y buen pastor en medio de la Iglesia universal y local. Porque en esta imagen está la fuerza de nuestra identidad sacerdotal. El Señor quiere seguir estando, a través nuestro, sus sacerdotes, en medio de su pueblo fiel (del que formamos parte). Quiere necesitarnos para hacer la Eucaristía, para caminar en Iglesia. Esa Iglesia que es Santuario que convoca a todo el pueblo fiel de Dios y -a la vez- Capilla pequeña en la que se gesta la vida de cada comunidad; esa Iglesia que es lugar santo en medio de las ciudades donde el Padre sigue convocando a los que quieren adorarlo en Espíritu y en verdad.
 
Nos hace bien contemplar a Jesús rodeado de todos los personajes que vemos a diario en nuestros templos: nunca faltan, en medio de la comunidad que se reúne para dar culto a Dios, ni el que no está del todo sano en su carne o en su alma, ni el mendigo de la mano seca, ni la mujer encorvada, ni las hemorroísas silenciosas que saben tocar el manto del Señor; no faltan los que quizá no practican, como el centurión, pero que ayudan con su limosna y su buena voluntad; no falta la gente que acude a escuchar la Palabra y que reza, se admira y alaba a Dios, ni faltan tampoco los que se escandalizan, los que vienen a chimentar, los fariseos que siempre están acechando a los demás con sus reglamentos sin caridad… Tampoco faltan en nuestros Templos los ancianos santos como Simeón y Ana, los chicos del catecismo que se quedan después de hora… Y con mucha frecuencia están entrando a rezar el fariseo y el publicano; y todos los días, aunque sólo Jesús lo ve, alguna viuda echa sus dos últimas moneditas en la alcancía de los pobres.
 
¿Cómo nos interpela este Jesús que "según su costumbre" entra en la sinagoga y lee? ¿Este Jesús que camina con su pueblo en las procesiones y hace cola entre los pecadores para que lo bautice Juan, este Jesús que celebra la Pascua y que está inmerso en medio de las tradiciones de su pueblo, renovándolo todo desde dentro? La gente se da cuenta de que todo se renueva en torno a El. Por ello esta contradicción tan impresionante entre alabanzas exultantes y blasfemias envenenadas de odio ante alguien que sólo dice: esta escritura se cumple hoy. ¿Qué nos dice a nosotros, sacerdotes, a qué nos invita?
Nos invita a ser hombres de Iglesia, lo cual es la traducción más actual –y la más controvertida- del "imitar y seguir a Cristo". Hoy, como entonces, el Señor nos invita a estar en medio de nuestro pueblo fiel, empapados de sus tradiciones y costumbres, sin pretensiones ni elitismos exteriores e ilustrados de ninguna clase, y con un corazón que nos queme por dentro para que el Espíritu renueve la faz de la tierra y encienda el fuego que el mismo Señor trajo.
 
Nos invita a ser sacerdotes que sientan Madre a la Iglesia. Sacerdotes que siguen enamorados de la Iglesia Santa e Inmaculada verdadera Esposa de Cristo, y no pierdan la mirada esperanzada del primer amor. Sacerdotes capaces de ver y sentir a la Iglesia católica como una y la misma, tanto en las grandes celebraciones como en lo escondido del confesionario. Sacerdotes con un corazón abierto como el de la Iglesia para recibir a todos, muy especialmente y con toda la ternura posible a los que nuestra sociedad excluye y olvida, confirmándolos en su dignidad de hijos amados del Padre. Sacerdotes que corrigen primero a la Iglesia en sí mismos, pidiendo perdón de sus pecados y alimentándose de la Eucaristía y de la Palabra, y recién después, fraternalmente como dice el evangelio, se animan a corregir algo en los demás, sin tirar nunca "perlas a los chanchos" que aprovechan nuestro manejo indiscreto de heridas o desaveniencias para lastimar y burlarse de nuestra Madre la Iglesia. Sacerdotes que convocan creativa e incansablemente a los que el Padre atrae y acerca a su Hijo. Sacerdotes que salen a buscar a los que Jesús ama para traerlos al rebaño. Sacerdotes que llevan al mundo el Espíritu que santifica y que hace Iglesia, y no permiten que se instale en sus vidas la mundanidad espiritual.
 
Termino con un hecho que está un poco más adelante en este pasaje. Llama la atención que los que pasan de la alabanza al odio hasta el punto de querer despeñar al Señor, comienzan preguntándose: ¿"no es éste el hijo de José"? La costumbre de conocer a Jesús y a su familia los alejó del Dios hecho carne. Y, en cambio, a Jesús, las costumbres de su pueblo no lo alejan ni del Padre ni de sus hermanos… todo lo contrario.
 
Quiero pedirle hoy a la Virgen y a San José, a ellos que supieron inculcar en Jesús este amor a la Asamblea antigua de Israel y a sus costumbres, que nuestro amor a la Iglesia en todos sus hijos y en todas sus cosas, tenga este aire de familia. A nuestra Señora especialmente le pedimos, nosotros sacerdotes, que veamos su rostro y pensemos en su corazón de madre cuando hablamos de la Iglesia y cuando atendemos al más pequeño de sus hijos; que sintamos que lo que decimos de la Iglesia lo decimos de ella; que lo que el Señor quiere hacer en nosotros, Iglesia, son las mismas maravillas que hizo en ella. Le pedimos la gracia de que nuestro sacerdocio le haga sentir al pueblo fiel de Dios, que la Iglesia, lo ama así de igualito como se siente amado por María.
 

Buenos Aires, 12 de abril de 2001

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Vigilia Pascual

El camino andado durante esta noche, a través de siglos de promesas nacidas del corazón salvador de Dios, culmina en un reproche y un anuncio: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado". Reproche que despierta del error y del engaño, anuncio que reencauza la vida de estas mujeres. Como lo indica el Evangelio se trata de un momento de desconcierto y temor de estas mujeres que, con mucho amor a Jesús, van tempranito a ungir su cuerpo muerto. Desconcierto y temor que ya se había apoderado de ellas cuando "encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús".

En el marco de este desconcierto y temor reciben, de ángeles con vestiduras deslumbrantes, el anuncio de que la historia ha llegado a su plenitud, de que Jesús ha resucitado. Ellos las hacen volver sobre sí mismas, entrar en su corazón: "Recuerden lo que El les decía ...", que era necesario que el Hijo del Hombre fuera entregado, crucificado y que resucitaría al tercer día. "Y las mujeres recordaron sus palabras". La memoria de las palabras de Jesús les ilumina el acontecimiento, su corazón se dilata: alegría, admiración, ganas de correr y anunciarlo, y estos sentimientos son tan fuertes que a los discípulos les parece un delirio.

Esta noche nosotros recibimos el anuncio: ¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor vive! Y también para nosotros tiene validez el reproche: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?" Puede existir, dentro nuestro, una suerte de impulso que nos lleva a clausurar la historia en la tristeza y el fracaso, a cerrar la puerta de la esperanza, a preferir creer que la piedra está fija y nadie la mueve. Es verdad que hay momentos existenciales en los que parece que el amanecer viene sólo para iluminar sepulcros, y nuestra vida queda aprisionada allí, nuestra búsqueda es "entre los muertos", entre las cosas muertas, incapaces de dar vida, esperanza. Aquí nos golpea aquel reproche: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?". Tanto en nuestra vida personal como en la sociedad en que vivimos, algunas veces los fracasos se suman unos a otros y –enfermizamente- nos vamos acostumbrando a vivir entre los sepulcros como aquel poseído de Gerasa. Más aún: podemos llegar a creer que ésa es la ley de la vida quedándonos solamente el destino de añorar lo que pudo haber sido y no fue, y entretenernos alienándonos en desahogos que nos quitan la memoria de la promesa de Dios. Cuando esto nos sucede, entonces estamos enfermos. Cuando sucede esto a nuestra sociedad, entonces es una sociedad enferma.

Hoy, también para nosotros, en esta Pascua de Buenos Aires, se dirige el reproche: "No busquen entre los muertos al que está vivo". ¡Recuerden! El reproche nos despierta la memoria, nos acerca la fuerza de la promesa. Estamos viviendo una situación en que necesitamos de mucha memoria. Recordar, traer a nuestro corazón la gran reserva espiritual de nuestro pueblo, la que le fue anunciada en los momentos de evangelización y que selló en su corazón sencillo la Verdad de que Jesús está vivo. Traer a la memoria la hermandad que El nos ganó con su sangre, la vigencia de los Diez Mandamientos, la valentía de saber que el pecado es mal negocio pues el demonio es mal pagador, que los pactos de impunidad siempre son provisorios, y que nadie se ríe de Dios.

A nosotros se nos recuerda que no es solución la de los sumos sacerdotes y ancianos de aquel entonces que sobornaron a los soldados para que adulteraran la verdad y "les dieron una gran cantidad de dinero" (Mt. 28:12) con la consigna de que dijeran que los discípulos habían robado el cuerpo. A nosotros se nos recuerda que no caminamos solitarios en la historia, que somos familia de Dios y se nos pide que miremos a nuestro alrededor y, con la misma inquietud de espíritu con que las mujeres buscaban a Jesús, lo busquemos en el rostro de tantos hermanos nuestros que viven en el margen de la indigencia, de la soledad, de la desesperanza: sobre el modo cómo los tratemos seremos juzgados.

En esta noche santa pido a los ángeles que nos hagan oír los reproches que despierten nuestra memoria de pueblo fiel. Y, en medio del desconcierto y temor, se nos regale la alegría de la esperanza, ésa que rompe tumbas y se lanza al anuncio, ésa que desgasta la vida engendrando vida para los demás, ésa que no defrauda, ésa que a veces parece delirio pero que todos los días nos hace volver sobre nosotros mismos como a Pedro "lleno de admiración por lo que había sucedido". En esta noche santa le pido a la Virgen Madre que nos saque de la resignación quietista de los cementerios y nos diga al oído, despacito, como sólo las mamás saben hacerlo: Jesús resucitó, está vivo; animáte, adorálo, y hacé por tus hermanos lo que El hizo por vos. Así sea.

Buenos Aires, 15 de abril de 2001.
Card. Jorge Mario Bergoglio S.J.

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Homilía del Sr. Arzobispo, Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.,

con motivo del TE DEUM del 25 de mayo.

"Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos y se postró ante él para pedirle algo. "¿ Qué quieres?, le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda". "No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?. "Podemos", le respondieron. "Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre Ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".

(Mt. 20: 20-28)

1.- Queda claro que no es cosa novedosa ni comienza en nuestra época ese primer impulso ante quien tiene poder: el de obtener algún favor. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo la madre de Juan y de Santiago le pidió a Jesús que tuviera en cuenta a sus hijos. Lo que sí resulta novedoso es la respuesta del Señor: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?". ¿De qué cáliz se trata? El Señor habla del cáliz del servicio y de dar la vida hasta el punto de derramar la sangre por los que se ama. Y más novedoso aún resulta el cambio de actitud que logró el Señor en los apóstoles, pues verdaderamente cambiaron, no su ansia de grandeza sino el camino para encontrarla y pasaron de la veleidad de los pequeños acomodos al deseo grande del verdadero poder: el poder servir por amor. En este día de la Patria, quiero detenerme en la enseñanza del Señor: "el que quiera ser grande que se haga servidor de Ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido sino para servir…"(Mt 20,26-28)

Servicio, palabra venerada y manipulada a la vez; palabra que expresa una de las riquezas más originales del camino andado por la humanidad en Jesucristo, que no vino a ser servido sino a servir, que se abajó para lavarnos los pies… El servicio es la inclinación ante la necesidad del otro, a quien -al inclinarme- descubro, en su necesidad, como mi hermano. Es el rechazo de la indiferencia y del egoísmo utilitario. Es hacer por los otros y para los otros. Servicio, palabra que suscita el anhelo de un nuevo vínculo social dejándonos servir por el Señor, para que luego, a través de nuestras manos, su amor divino descienda y construya una nueva humanidad, un nuevo modo de vida. Servicio, palabra grabada a fuego en lo hondo del corazón de nuestro pueblo. De esa reserva espiritual heredada de nuestros abuelos brotan nuestra dignidad, nuestra capacidad de trabajo duro y solidario, nuestra serenidad aguantadora y esperanzada. Del servicio como valor central, surgen, si uno sabe remover en el rescoldo de nuestro corazón común (porque los pueblos tienen un corazón común) aquellas grandes actitudes que mantienen integrada a nuestra sociedad. Me pregunto si comprendemos hoy, mejor que aquellos incipientes discípulos, que se nos ha dado una maravillosa oportunidad, un don que sólo Dios puede dar: el de darnos y darnos por entero.

2.- El servicio no es un mero compromiso ético, ni un voluntariado del ocio sobrante, ni un postulado utópico… Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser fieles a lo que somos: se trata de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de amar hasta el extremo de los propios límites… o, como nos enseñaba con su ejemplo la Madre Teresa, servir es "amar hasta que duela". Las palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. Se trata de una revolución basada en el nuevo vínculo social del servicio. El poder es servicio. El poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo egoísta de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos que una sociedad auténticamente humana, y por tanto también política, no lo será desde el minimalismo que afirma "convivir para sobrevivir" ni tampoco desde un mero "consenso de intereses diversos" con fines economicistas. Aunque todo esté contemplado y tenga su lugar en la siempre ambigua realidad de los hombres, la sociedad será auténtica sólo desde lo alto…, desde lo mejor de sí, desde la entrega desinteresada de los unos por los otros. Cuando emprendemos el camino del servicio renace en nosotros la confianza, se enciende el deseo de heroísmo, se descubre la propia grandeza.

3.- Teniendo en cuenta esta realidad resulta obvio que dormirse en los contubernios de poder, empeñarse en negar las necesidades, no enfrentar las contradicciones, acentuar los odios internos, no hace sino prolongar una agonía de mediocridades. Y aunque, admitiendo las dificultades que se nos imponen desde fuera más allá de nuestra voluntad, siempre seremos nosotros los últimos responsables de nuestro propio sometimiento y postergación. Mientras algunos pretenden sacar rédito acentuando las divisiones y desviando el foco de atención de los grandes desafíos, una vez más desde las reservas más profundas de nuestro pueblo surge la valoración intuitiva del llamado evangélico que hoy hemos escuchado: ¡beber el cáliz del servicio! Nuestro pueblo lo bebe diariamente en el servicio de millones de personas que silenciosamente ponen el cuerpo al trabajo o a la búsqueda de él y no a la especulación, en el servicio de los que sostienen la convivencia y solidaridad callada y no los absurdos fantasmas de xenofobia propios de minorías ideológicas agitadoras de conflictos, en el servicio de los que -sufriendo la globalización de la pobreza- no han dejado de igualarse en la solidaridad de organizaciones comunitarias y manifestaciones culturales, espontáneas y creativas. Todos estos, mujeres y hombres de nuestro pueblo, que rechazan la desesperanza y se rebelan contra aquellas mediocridades, quieren decirle no a la anomia, no al sinsentido y a la superficialidad fraudesca (cuando no farandulera) que alienta el consumismo. Y no, en fin, a quienes necesitan un pueblo pesimista y agobiado de malas noticias para obtener beneficios de su dolor.

4.- Desde la disposición al servicio, sacudidos por la miseria y desprotección, desgarrados por la violencia y las drogas, bombardeados por la presión del escapismo de todo tipo y forma, queremos renacer de nuestras propias contradicciones. Aceptamos el cáliz doloroso y sacamos nuestras mejores reservas como pueblo con poca prensa y menos propaganda. En cada esfuerzo solidario individual y comunitario de una extensa red de organizaciones sociales, en cada investigador y estudioso que apuesta a la búsqueda de la verdad (aunque otros relativicen o callen), en cada docente y maestro que sobrevive a la adversidad, en cada productor que sigue apostando al trabajo, en cada joven que estudia, trabaja y brinda su compromiso formando una familia nueva. En los más pobres y en todos los que trabajan o fatigosamente buscan trabajo, que no se dejan arrastrar por la marginación destructiva ni por la tentación de la violencia organizada sino que, silenciosamente y con la entrega que sólo concede la fe , siguen amando a su tierra. Ellos han probado un cáliz que, en la entrega y el servicio, se ha hecho bálsamo y esperanza. En ellos se manifiesta la gran reserva cultural y moral de nuestro pueblo. Ellos son los que escuchan la palabra, los que se ahorran los aplausos rituales, los que de verdad se hacen eco y comprenden que no se habla para otros.

5.- En este día patrio quisiera que nos plantearamos la pregunta: ¿estamos dispuestos a beber el "cáliz" de los "cristos silenciosos" de nuestro pueblo? ¿Beber de la copa de los sinsabores y dolores de nuestros límites y miserias como nación pero –a la vez- reconocer allí mismo el vino alegre del con-formarnos al modo de ser del pueblo al que pertenecemos? ¿Animarnos a servir sin simulaciones ni mediocridades para sentirnos dignos y satisfechos de ser lo que somos?

Se nos invita a beber del cáliz del trabajo duro y solidario que, desde el principio, conoció el hombre de nuestra tierra. Trabajo que mestizó, a pesar de muchos desencuentros, a aborígenes y españoles. Trabajo que costó sangre para la independencia, que forjó la admiración del mundo en la dedicación de educadores, investigadores y científicos. Trabajo que despertó la conciencia social de millones de postergados, como avanzada en el continente, y que también probaron y prueban nuestras artes y letras cuando cantan nuestra a veces tímida alegría de ser argentinos. El cáliz del trabajo solidario en el servicio es la respuesta más genuina a la incertidumbre de un país lleno de potencialidades que no se realizan o se postergan una y otra vez, indefinidamente, deteniendo su derrotero de grandeza. Es la respuesta a la incertidumbre de un país dañado por los privilegios, por los que utilizan el poder en su provecho a cuenta de la legitimidad representativa, por quienes exigen sacrificios incalculables, escondidos en sus burbujas de abundancia, mientras evaden su responsabilidad social y lavan las riquezas que el esfuerzo de todos producen; por los que dicen escuchar y no escuchan, por los que aplauden ritualmente sin hacerse eco, por los que creen que se habla para otros. Las reglas de juego de la realidad global de estos tiempos son un cáliz amargo, pero esto debe redoblar la entrega y el esfuerzo ético de una dirigencia que no tiene derecho a exigir más a los de abajo si el sacrificio no baja desde arriba: "…el que quiera ser grande , que se haga servidor de Ustedes". "Servir a" imponiéndose al "Servirse de".

6.- No menos que el trabajo solidario como servicio hoy también es primordial sacar, del rescoldo de la amargura, la brasa cálida de la serenidad esperanzada. En efecto, desde lo profundo de nuestras reservas, en las vivencias de fe comunitaria de nuestra historia y sin dejar de verse afectada por nuestras miserias, deben volver a nuestra memoria tantas formas culturales de religiosidad y arte, de organizaciones comunitarias y de logros individuales o grupales. Porque en el rescate de nuestras reservas, de nuestro buen ser heredado, está la piedra de arranque del futuro.

Así como no podemos prometer amor hacia adelante sin haberlo recibido, no podemos tampoco sentirnos confiados en ser argentinos si no rescatamos los bienes del pasado. Y esto sin resentimientos estériles, sin revisionismos simplistas, sin escrutar pequeñeces perdiendo de vista las grandezas que ayudan a construir los valores referenciales que necesita toda sociedad. No olvidemos que cuando una sociedad se complace en burlarse de su intimidad y permite que se banalice su capacidad creativa, entonces se opaca y la posibilidad de ser libres se desgasta por una superficialidad que ahoga. Y cuando dichas actitudes son propuestas a una comunidad cuyas necesidades básicas están seriamente agredidas, surgen entonces las lógicas reacciones de violencia, adicciones y la marginalidad cultural y social.

Rescatar nuestra memoria significa, por el contrario, contemplar los brotes de un alma que se resiste a su opresión. En nuestro pueblo existen manifestaciones populares artísticas donde anida el sentimiento y la humanización; hay una vuelta a la fe y a la búsqueda espiritual ante el fracaso del materialismo, el cientificismo y las ideologías; las organizaciones espontáneas de la comunidad son formas vigentes de socialización y búsqueda del bien común. Estas propuestas populares, emergentes de nuestra reserva cultural, trascienden los sectarismos, los partidismos y los intereses mezquinos. Ahora también, como en la Argentina de ayer y de siempre, se vislumbran objetivos comunes que solidarizan a aborígenes y españoles, a criollos e inmigrantes, y a todos los credos, en pos del bien común.

A esto llamamos serenidad porque construye con el bien solidario y la alegría creativa, esperanzadora; porque apunta más allá de los intereses y los logros; es el despunte del amor como vínculo social privilegiado, que se gusta por sí mismo. Serenidad que nos aleja de la violencia institucionalizada y es el antídoto contra la violencia desorganizada o promovida. Y será esa misma serenidad la que nos animará a defender unánimes nuestros derechos, sobre todo los más urgentes: el derecho a la vida, el derecho a recibir educación y atención de salud (que ninguna política puede postergar) y la irrenunciable responsabilidad de fortalecer a los ancianos, ayudar a promover a la familia (sin la cual no hay humanización ni ley) y a los niños, hoy alevosamente postergados y despreciados.

7.- En este día de la patria, el Señor nos convoca a dejar todo servilismo para entrar en el territorio de la servicialidad, ese espacio que se extiende hasta donde llega nuestra preocupación por el bien común y que es la patria verdadera. Fuera del espacio de la servicialidad no hay patria sino una tierra devastada por luchas de intereses sin rostro.

En este día de la Patria, el Señor nos anima a no tener miedo de beber el cáliz del servicio. Si el servicio nos iguala, desalojando falsas superioridades, si el servicio achica distancias egoístas y nos aproxima –nos hace prójimos- no tengamos miedo: el servicio nos dignifica, devolviéndonos esa dignidad que clama por su lugar, por su estatura y sus necesidades.

En este día de la Patria nuestro pueblo nos reclama y nos pide que no nos cansemos de servir, que sólo así ese nuevo vínculo social que anhelamos, será una realidad. Ya hemos probado hasta el hartazgo cómo se desgasta nuestra convivencia por el abuso opresor de algún sector sobre otro, con los internismos que dan la espalda a los grandes problemas, con equívocas lealtades, con los enfrentamientos sectoriales o ideológicos más o menos violentos. Estas dialécticas del enfrentamiento llevan a la disolución nacional, anulan el encuentro y la projimidad. El servicio nos invita a converger, a madurar, a crear –en definitiva- una nueva dinámica social: la de la comunión en las diferencias cuyo fruto es la serenidad en la justicia y la paz. Plural comunión de todos los talentos y todos los esfuerzos sin importar su origen. Comunión de todos los que se animan a mirar a los demás en su dignidad más profunda.

Ésta es la propuesta evangélica que hoy planteamos en la conmemoración de la fecha que es memoria viva de nuestras más hondas reservas morales como pueblo; propuesta que será, si la asumimos, el mejor homenaje a nuestros próceres y a nosotros mismos.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

25 de mayo de 2001

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Corpus Christi

La Buena Noticia de la multiplicación de los panes es uno de esos hechos que ha quedado grabado para siempre en la memoria de la Iglesia. Nunca nos cansaremos de escuchar maravillados lo que aconteció aquella tarde, la narración de ese "gesto inédito" de Jesús. Fue una fiesta; una fiesta humilde, una fiesta de fe. Humilde porque sólo había panes y peces, pero tan sobreabundantes que despertaban el asombro, la fe, el gusto de compartir la misma mesa y sentirse hermanados en ese pan… No podemos imaginarnos a la gente de otro modo que partiendo sorprendidos el pan y compartiéndolo llenos de alegría con sus vecinos.

El recuerdo de la multiplicación de los panes (junto con el de las Bodas de Caná) nos ha quedado en el corazón como el evangelio de la desproporción. Lo que salió de las manos del Señor que bendecían fue un derroche de pan: los cinco panes se convirtieron en cinco mil. La desproporción fue más allá de todo cálculo humano, ese cálculo "realista", casi matemático, que llevaba a los discípulos a decir con escepticismo: a no ser que vayamos a comprar para dar de comer a todo este gentío. Hubo sobreabundancia: todos comieron hasta saciarse. Y hasta derroche: recogieron las sobras, doce canastas. Un derroche en el que no se perdió nada, tan diferente de los derroches escandalosos a los que nos acostumbran algunos ricos y famosos.

El mensaje del Evangelio es claro, diáfano, cálido y contundente: donde está Jesús desaparecen las proporciones humanas. Y, paradójicamente, la desproporción de Dios es más humana (más realista, más simple, más verdadera, más realizable) que nuestros cálculos. La desproporción de Dios es realista y realizable porque mira la calidez del pan que invita a ser repartido y no la frialdad del dinero que busca la soledad de los depósitos.

El milagro de los panes no tiene nada de solución mágica. En medio de él está el mismo Jesús con las manos en la masa. Un Jesús que se reparte y se entrega a sí mismo en cada pan; un Jesús que ensancha su mesa, la que compartía con sus amigos, y le hace sitio a todo el pueblo; un Jesús que es todopoderoso con el pan y los peces. ¡Qué lindo es mirar los signos humildes, las cosas pequeñas con que trabaja Jesús: el agua, el vino, el pan y los pescaditos! Con estas cosas humildes es omnipotente el Señor. Sus manos se hallan a gusto bendiciendo y partiendo el pan. Me animaría a decir que el Señor se desborda sólo en aquellos gestos que puede hacer con sus manos: bendecir, sanar, acariciar, repartir, dar la mano y levantar, lavar los pies, mostrar las llagas, dejarse llagar… El Señor no tiene excesos verbales ni gestos ampulosos. Jesús quiere ser todopoderoso partiendo el pan con sus manos.

El gesto del Señor es un "gesto inédito" porque su mejor milagro lo gasta en algo tan pasajero como un almuerzo de panes y peces. Jesús apuesta a la contundencia de lo elemental y de lo cotidiano. El gesto de Jesús es un "gesto inédito" porque es un gesto de todopoderoso que utiliza la mediación del servicio humilde de sus propias manos junto con las manos de todos. El milagro de los panes fue un milagro realizado eclesialmente por todos los que iban compartiendo su pan.

De este milagro de la desproporción, una linda imagen para llevarnos hoy en el corazón es la de las manos. La fiesta del Corpus es la fiesta de las manos: de las manos del Señor y de nuestras manos. De esas "santas y venerables manos" de Jesús, manos llagadas, que continúan bendiciendo y repartiendo el pan de la Eucaristía. Y de esas manos nuestras, necesitadas y pecadoras, que se extienden humildes y abiertas para recibir con fe el cuerpo de Cristo.

Que el pan divino transforme nuestras manos vacías en manos llenas, con esa medida "apretada, sacudida y desbordante" que promete el Señor al que es generoso con sus talentos. Que el dulce peso de la Eucaristía deje su marca de amor en nuestras manos para que, ungidas por Cristo, se conviertan en manos que acogen y contienen a los más débiles. Que el calor del pan consagrado nos queme en las manos con el deseo eficaz de compartir un don tan grande con los que tienen hambre de pan, de justicia y de Dios. Que la ternura de la comunión con ese Jesús que se pone sin reservas en nuestras manos en un verdadero "gesto inédito", nos abra los ojos del corazón a la esperanza para sentir presente al Dios que está "todos los días con nosotros" y nos acompaña en el camino.

Le pido a María, que profetizó la multiplicación de los panes en el Magníficat cuando anunció al Dios que "despliega la fuerza de su brazo…, colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías", interceda ante su Hijo para que una vez más mire con amor a nuestro pueblo que necesita realizar un "gesto inédito". Que Ella le pida a Jesús, puesto en medio de nosotros, que otra vez nos vaya dando con sus manos el pan de la Eucaristía para entrar en comunión con El y para aprender a compartir como hermanos. Entonces nuestras manos palparán la desproporción de Dios y se animarán a amasar ese "gesto inédito" que nos inspire la generosidad y nos saque de la desesperanza.

Buenos Aires, 16 de junio de 2001.

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Homilía del Sr. Arzobispo en el  Santuario de San Cayetano
 
 
"¡Felices ustedes los que ahora lloran, porque serán consolados!"
 
Queridos hermanos, queridos amigos y fieles de San Cayetano:
El año pasado leímos aquí la parábola del buen Samaritano con la cual Jesús siempre nos abre los ojos a esa verdad tan grande: El está misteriosamente presente en los más pobres, está presente en toda carne sufriente y necesitada. Cuando nos acercamos al que está necesitado y nos hacemos prójimos se nos enternece el corazón, se nos abren los ojos y vemos a Jesús. Cuando pasamos de largo o miramos al necesitado de lejos, el corazón se nos endurece y no vemos a Jesús. ¿Se acuerdan? Y recordaba que la manera de no pasar de largo ante tanta necesidad como la que hay, hoy, en nuestro pueblo es mantener encendida nuestra esperanza; mientras luchamos por la justicia y vivimos solidariamente tenemos que mantener encendida nuestra esperanza.
En este día, con el Evangelio de las Bienaventuranzas, el Señor da un paso más en su enseñanza: El dolor no es solamente algo que reclama ayuda y exige soluciones. El dolor, si se lo vive como nos enseña Cristo, esconde también una bendición y hasta una cierta alegría. Alegría dolorosa, ciertamente, pero verdadera. ¡Qué consolador es escuchar todos juntos, como pueblo reunido por la fe, este Evangelio de las Bienaventuranzas de Jesús! Jesús se acerca a las cosas que nos duelen, que nos dan miedo, que nos preocupan, que nos angustian… y las transforma con su Palabra, con esa Palabra suya tan cercana y compañera, palabra de amigo y palabra de Dios.
Podemos decir que cuando Jesús se acerca a nuestro dolor las cosas se ven distintas: Jesús nos habla de los pobres, de los que tienen hambre, de los que lloran, de los que son injustamente perseguidos… pero hay esperanza en su tono de voz, hasta nos consuela escucharlo. Felices Ustedes los que ahora lloran porque serán consolados, nos dice. Y esa palabra ya es como si nos enjugara las lágrimas.
Y sucede algo más todavía. Cuando Jesús dice: pobres de Ustedes, los ricos, los que ahora están satisfechos, los que ahora se ríen, los que sólo reciben alabanzas…, más que darnos bronca, estas personas de las que habla Jesús terminan dándonos pena. Es como si viéramos su necedad, que lo suyo va a terminar mal.
Las imágenes contrastantes que usa Jesús en las bienaventuranzas me recuerdan a las que vemos en los noticieros: gente pobre en la calle y gente rica festejando fastuosamente, pobres perseguidos por reclamar trabajo y ricos que eluden la justicia y encima los aplauden, gente que llora por la violencia y gente que se divierte de lo lindo como si viviera en el mejor de los mundos, gente que tiene hambre y gente que tira comida… Parece un noticiero. Y sin embargo Jesús valora las cosas distinto que los noticieros. El mira hondo en la realidad de la vida y nos dice: ¡ay! del corazón que no sabe llorar, ¡ay! del corazón que no tiene hambre y sed de justicia, ¡ay! del corazón que no se siente pobre de amor, ¡ay! del corazón que está hinchado de vanidad… es un pobre corazón, un corazón que acabará endurecido, despreciado, solo.
Jesús mira hondo en los corazones de cada uno de nosotros, que venimos cargados de penas y agobiados por los problemas de trabajo y nos va diciendo: Feliz vos que estás aquí, haciendo cola para pedir pan y trabajo. Feliz vos que tenés un corazón humilde y no te sentís ni más ni menos que tu hermano que está a tu lado. Feliz vos que podes estar orgulloso de no tener ningún privilegio, salvo el de ser mi hijo muy querido. Feliz vos que tenés esa bronca que es hambre y sed de justicia y sabés reclamar y protestar, pero sin hacer daño a nadie, y antes que nada venís a pedirle a tu Dios y Señor. Feliz vos que hacés el bien y muchas veces sos malentendido y criticado, pero no bajás los brazos de tu esperanza. Feliz vos que sabés llorar con mansedumbre y esperando sólo en Dios… Feliz no por lo que te falta, ni porque se te vayan a solucionar ya mismo todos tus sufrimientos (siempre hay algún sufrimiento), sino feliz porque el don de Dios es tan grande que sólo si tu corazón está desmedidamente abierto lo podrás recibir. Por eso Jesús llama felices a los que les pasan cosas que les abren el corazón y se lo ensanchan.
De entre todas las bienaventuranzas quiero detenerme un momento en la bienaventuranza de las lágrimas, porque nos hace saborear las bendiciones de Jesús y nos abre el corazón a Dios mientras vamos rezando en la cola y pedimos a nuestro querido San Cayetano por todas nuestras necesidades.
La bendición de los que lloran nos invita a llorar por nuestra Patria, con esa oración tan antigua como es la oración de lamentación, en la que un pueblo sabe arrepentirse de sus pecados y volver sus ojos al único Dios verdadero, al único capaz de salvar, dejando atrás las ilusiones vanas y los dioses falsos. Es como si Jesús nos dijera: felices Ustedes los que lloran por nuestra patria con esas lágrimas que no son sólo de uno sino de todos, con las lágrimas del que reza el Padrenuestro y cuando dice pan, dice "el pan nuestro", y cuando dice perdón dice "perdónanos nuestras deudas".
La bendición a los que lloran nos recuerda también nuestros llantos de familia. Es como si Jesús nos dijera: felices Ustedes los que lloran cuando la familia duerme y nadie los ve, y aprietan fuerte mi cruz entre sus manos hasta quedar fortalecidos. Porque en las lágrimas de una mamá o de un papá que llora por sus hijos se esconde la mejor oración que se puede hacer en esta tierra: esa oración de lágrimas silenciosas y mansas que es como la de nuestra Señora al pie de la Cruz, que sabe estar al lado de su Hijo sin estallidos ni escándalos, acompañando e intercediendo.
Felices ustedes los que lloran al acercarse a San Cayetano, pidiendo el Pan y el Trabajo, y en esa lágrima que apenas asoma confían su pedido y su ruego sin muchas palabras, seguros que han sido escuchados y atendidos. San Cayetano intercede por su pueblo fiel, por todo el pueblo Argentino. Y en estos momentos tan duros, redoblamos nuestra fe y nuestra confianza en Jesús nuestro Señor. El nos ha prometido que El mismo, en persona, se encargará de enjugar nuestras lágrimas. Felices nosotros si ponemos en El toda nuestra esperanza.
La bendición a los que lloran nos recuerda, finalmente, nuestro llanto de niños, es como si Jesús nos dijera: felices Ustedes los que lloran como cuando eran niños y su madre los consolaba. Es verdad eso que dicen que sólo pueden consolarnos de verdad Dios nuestro Señor y nuestra madre. Por eso, ponemos nuestras lágrimas ante los ojos de la Virgen, y mientras "suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas" le decimos: "Ea pues, Señora y abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús… "

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Carta del Arzobispo a los Catequistas

Dejarse encontrar para ayudar al encuentro

Querido hermano y hermana Catequista:
 
Cada segundo sábado de marzo tenemos oportunidad encontrarnos en el EAC (Encuentro Arquidiocesano de Catequesis). Allí juntos retomamos el tiempo anual de la catequesis, centrándonos en una idea fuerza que nos acompañará a lo largo del año. Es un momento intenso de encuentro, de fiesta, de comunión, que valoro mucho y estoy seguro que ustedes también.
Ahora, acercándose la fiesta de San Pío X, patrono de los catequistas, quisiera dirigirme a cada uno de ustedes por medio de esta carta. En medio de las actividades, cuando el cansancio comienza a hacerse sentir, deseo animarlos, como padre y hermano, e invitarlos a hacer un alto para poder reflexionar juntos sobre algún aspecto de la pastoral catequística.
Lo hago consciente de que, como obispo, estoy llamado a ser el primer catequista de la diócesis... Pero sobre todo quisiera, por este medio, vencer algo el anonimato propio de la gran ciudad, que impide muchas veces el encuentro personal, que ciertamente todos buscamos. Además, éste puede ser un medio más par ir trazando líneas comunes a la pastoral catequística arquidiocesana, que permitan una unidad de fondo dentro de la lógica y sana pluralidad propia de una ciudad tan grande y compleja como Buenos Aires.
 
En esta carta, he preferido no detenerme en algún aspecto de la praxis catequística, sino más bien en la persona misma del catequista.
 
Numerosos documentos nos recuerdan que toda la comunidad cristiana es la responsable de la catequesis. Algo lógico, ya que la catequesis es un aspecto de la evangelización. Y la Iglesia toda es la que evangeliza; por lo tanto, a este período de enseñanza y de profundización en el misterio de la persona de Cristo "no deben procurarla solamente los catequistas o sacerdotes, sino toda la comunidad de los fieles..." (CT 16). La catequesis se vería seriamente
comprometida si quedara relegada al accionar aislado y solitario de los catequistas. Por eso nunca serán pocos los esfuerzos que se hagan en esta toma de conciencia. El camino emprendido hace años, en procura de un pastoral orgánica, ha contribuido notablemente a un mayor compromiso de toda la comunidad cristiana en esta responsabilidad de iniciar cristianamente y educar en la madurez de la fe. En el ámbito de esta corresponsabilidad de la comunidad cristiana en la transmisión de la Fe, no puedo dejar de rescatar la realidad de la persona del catequista.
 
La Iglesia reconoce en el catequista una forma de ministerio que, a lo largo de la historia, ha permitido que Jesús sea conocido de generación en generación. No en forma excluyente, sino de una manera privilegiada, la Iglesia reconoce en esta porción del Pueblo de Dios a esa cadena de testigos de la que nos habla el Catecismo de la Iglesia Católica: "el creyente que ha recibido la fe de otro... es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros..." (CATIC 166).
 
Todos, al hacer memoria de nuestro propio proceso personal de crecimiento en la fe, descubrimos rostros de catequistas sencillos que, con su testimonio de vida y su entrega generosa, nos ayudaron a conocer y enamorarnos de Cristo. Recuerdo con cariño y gratitud a la Hermana Dolores, del Colegio de la Misericordia de Flores: fue quien me preparó para la Primera Comunión y la Confirmación. Y hasta hace unos meses todavía vivía otra de mis catequistas: me hacía bien visitarla, o recibirla o llamarla por teléfono. Hoy también son muchos los jóvenes y adultos que silenciosamente, con humildad y desde el llano, siguen siendo instrumentos del Señor para edificar la comunidad y hacer presente el Reino.
Por eso hoy pienso en cada catequista, resaltando un aspecto que me parece que en las actuales circunstancias que vivimos tiene mayor urgencia: el catequista y su relación personal con el Señor.
 
Con toda lucidez nos advierte Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte "El nuestro es un tiempo de continuo movimiento que, a menudo, desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del "hacer por el hacer". Tenemos que resistir a esta tentación, buscando ser antes que hacer. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: "te inquietas y te agitas por muchas cosas y, sin embargo, ...una sola es necesaria" (Lc. 10, 41-42) (Juan Pablo II, NMI 15).
 
En el ser y vocación de todo cristiano está el encuentro personal con el Señor. Buscar a Dios es buscar su Rostro, es adentrarse en su intimidad. Toda vocación, mucho más la del catequista, presupone una pregunta "Maestro, ¿Dónde vives? Ven y verás..." De la calidad de la respuesta, de la profundidad del encuentro surgirá la calidad de nuestra mediación como catequistas. La Iglesia se constituye sobre este "ven y verás". Encuentro personal e intimidad con el Maestro que fundamentan el verdadero discipulado y aseguran a la catequesis su sabor genuino, alejando el acecho siempre actual de racionalismos e idelogizaciones que quitan vitalidad y esterilizan la Buena Noticia.
 
La catequesis necesita de catequistas santos, que contagien con su sola presencia, que ayuden con su testimonio de vida a superar una civilización individualista dominada por una "ética minimalista y una religiosidad superficial". (NMI 31). Hoy más que nunca urge la necesidad de dejarse encontrar por el Amor, que siempre tiene la iniciativa, para ayudar a los hombres a experimentar la Buena Noticia del encuentro.
 
Hoy más que nunca, se puede descubrir detrás de tantas demandas de nuestra gente, una búsqueda del Absoluto que, por momentos, adquiere la forma de grito doloroso de una humanidad ultrajada: "Queremos ver a Jesús" (Jn. 12,21). Son muchos los rostros que, con un silencio más decidor que mil palabras, nos formulan este pedido. Los conocemos bien: están en medio de nosotros, son parte de ese pueblo fiel que Dios nos confía. Rostros de niños, de jóvenes, de adultos... Algunos de ellos, tienen la mirada pura del "discípulo amado", otros, la mirada baja del hijo pródigo. No faltan rostros marcados por el dolor y la desesperanza.
Pero todos esperan, buscan, desean ver a Jesús. Y por eso necesitan de los creyentes, especialmente de los catequistas que "no sólo 'hablen' de Cristo sino, en cierto modo, que se lo hagan 'ver'.... De ahí, que nuestro testimonio sería enormemente deficiente, si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro" (NMI 16).
 
Hoy más que nunca las dificultades presentes obligan, a quienes Dios convoca, a consolar a su Pueblo, a echar raíces en la oración, para poder "acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, la hora de la Cruz" (NMI 27). Sólo desde un encuentro personal con el Señor, podremos desempeñar la diaconía de la ternura, sin quebrarnos o dejarnos agobiar por la presencia del dolor y del sufrimiento.
 
Hoy más que nunca es necesario que todo movimiento hacia el hermano, todo servicio eclesial, tenga el presupuesto y fundamento de la cercanía y de la familiaridad con el Señor. Así como la visita de María a Isabel, rica en actitudes de servicio y de alegría, sólo se entiende y se hace realidad desde la experiencia profunda de encuentro y escucha acontecida en el silencio de Nazareth.
 
Nuestro pueblo está cansado de palabras: no necesita tantos maestros, sino testigos...
Y el testigo se consolida en la interioridad, en el encuentro con Jesucristo. Todo cristiano, pero mucho más el catequista, debe ser permanentemente un discípulo del Maestro en el arte de rezar. "Es preciso aprender a orar, aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: "Señor, enséñanos a orar". (Lc. 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: "Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes" (Jn. 15,4) (NMI 32).
 
De ahí que la invitación de Jesús a navegar mar adentro debemos entenderla también como un llamado a animarnos a abandonarnos en la profundidad de la oración que permita evitar la acción de las espinas que asfixien la semilla. A veces nuestra pesca es infructuosa porque no lo hacemos en su nombre; porque estamos demasiado preocupados por nuestras redes... y nos olvidamos de hacerlo con y por Él.
 
Estos tiempos no son fáciles, no son tiempos para entusiasmos pasajeros, para espiritualidades espasmódicas, sentimentalistas o gnósticas. La Iglesia Católica tiene una rica tradición espiritual, con numerosos y variados maestros que pueden guiar y nutrir una verdadera espiritualidad que hoy haga posible la diaconía de la escucha y la pastoral del encuentro. En la lectura atenta y receptiva del capítulo III de la carta del Papa Novo Millenio Inenunte, encontrarán la fuente inspiradora de mucho de lo que he querido compartir con ustedes. Simplemente para terminar, me animo a pedirles que refuercen tres aspectos fundamentales para la vida espiritual de todo cristiano y mucho más para la de un catequista.
Doy gracias al Señor porque Su Palabra está cada vez más presente en los encuentros de catequistas. Me consta además que son muchos los avances en cuanto la formación bíblica de los catequistas. Pero se correría el riesgo de quedar en un fría exégesis o uso del texto de la Sagrada Escritura si faltase el encuentro personal, la rumia insustituible que cada creyente y cada comunidad deben hacer de la Palabra para que se produzca el "encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia" (NMI 39). El catequista encontrará así la fuente inspiradora de toda su pedagogía, que necesariamente estará signada por el amor que se hace cercanía, ofrenda y comunión.
 

Todos experimentamos el gozo como Iglesia de esta presencia cercana y cotidiana del Señor Resucitado hasta el fin de la historia. Misterio central de nuestra fe, que realiza la comunión y nos fortalece en la misión. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que en la Eucaristía encontramos todo el bien de la Iglesia. En ella tenemos la certeza que Dios es fiel a su promesa y se ha quedado hasta el fin de los tiempos (Mt. 28,20).

En la visita y la adoración al Santísimo experimentamos la cercanía del Buen Pastor, la ternura de su amor, la presencia del amigo fiel. Todos hemos experimentado la ayuda tan grande que brinda la fe, el diálogo íntimo y personal con el Señor Sacramentado. Y el catequista no puede claudicar de esta hermosa vocación de contar lo que ha contemplado (I Jn 1 ss.).

En la celebración de la Fracción del Pan somos interpelados una vez más, a imitar su entrega, y renovar el gesto inédito de multiplicar las acciones de solidaridad. Desde el Banquete Eucarístico la Iglesia experimenta la Comunión y es invitada hacer efectivo el milagro de projimidad por el cual es posible en este mundo globalizado dar un espacio al hermano y hacer que el pobre se sienta en cada comunidad como en su casa (Cf. NMI 50). El catequista está llamado a hacer que la doctrina se haga mensaje y el mensaje vida. Sólo así, la Palabra proclamada podrá ser celebrada y constituirse verdaderamente en sacramento de Comunión.
 
En la Eucaristia dominical se actualiza la Pascua, el Paso del Señor que ha querido entrar en la historia para hacernos partícipes de su vida divina. Nos congrega cada domingo como familia de Dios reunida en torno al altar, que se alimenta del Pan Vivo, y que trae y celebra lo acontecido en el camino, para renovar sus fuerzas y seguir gritando que Él vive entre nosotros. En la Misa de cada Domingo experimentamos nuestra pertenencia cordial a ese Pueblo de Dios al cual fuimos incorporados por el Bautismo y hacemos "memoria" del "primer día de la semana" (Mc. 16,2.9). En el mundo actual, muchas veces enfermo de secularismo y consumismo, parece que se va perdiendo la capacidad de celebrar, de vivir como familia. Por eso, el catequista, está llamado a comprometer su vida para que no se nos robe el Domingo, ayudando a que en el corazón del hombre no se acabe la fiesta y cobre sentido y plenitud su peregrinar de la semana.
 
Santa Teresita, con ese poder de síntesis propio de las almas grandes y simples escribe a una de sus hermanas, resumiendo en qué consiste la vida cristiana: "Amarlo y hacerlo amar..." Ésta es también la razón de ser de todo catequista. Sólo si hay un encuentro personal se puede ser instrumento para que otros lo encuentren.
 
Al saludarte por el día del catequista, quiero agradecerte de corazón toda tu entrega al servicio del Pueblo fiel. Y pedirle a María Santísima que mantenga viva en tu corazón esa sed de Dios para no cansarte nunca de buscar su rostro.
No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide.
 
Buenos Aires, Agosto de 2001.
 
Cardenal Jorge Mario Bergoglio , s.j.
Arzobispo de Buenos Aires      

 

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JORNADAS ARQUIDIOCESANAS DE PASTORAL SOCIAL

Cardenal Jorge Mario Bergoglio

 

(Grabación de sus palabras improvisadas)

Este es un ámbito de encuentro, de diálogo. Un ámbito sin exclusiones. Un ámbito donde estamos todos los que somos responsables, de una u otra manera, en la ayuda a nuestro pueblo desde la actividad social, desde la actividad política.
 
Hubo cosas que dijeron ustedes que me impresionaron y las quiero retomar a manera de conclusión, muy brevemente.
 
La persona del político. Uno más de la ciudadanía que tiene la responsabilidad de no desvirtuar la Política y, en ese sentido, hoy más que nunca se nos pide el compromiso de rehabilitar la política. Porque a la hora de bajar cabezas se tira contra un político y eso se universaliza a la política, y la política es una de las formas más altas de la caridad, porque apunta al bien común.
 
La vocación política es una vocación -acá tuerzo la palabra, la tuerzo pero para indicar lo noble-, una vocación casi sagrada, porque es ayudar al crecimiento del bien común.
 
Se habló de política de trasversalidad. Urge, es el método. No de atomizaciones ni de cotos de caza cerrados. Yo diría que no hay trasversalidad si no hay diálogo. Si no hay confrontación de ideas buscando el bien común, nos paralizamos. Este es un buen camino para reorientar la política y eso en una línea de creatividad.
 
Remarco que la política no es solamente para gerenciar crisis. Eso puede ser verdad momentaneamente es para salir de una crisis. Pero no reducirse a gerenciar crisis; como si dejéramos :"Bueno, ya tranquilizamos el ambiente, ahora descansemos."
 
Creatividad, fecundidad. Esa frase: "la política no es para gerenciar crisis" grabémosla bien en el corazón. A veces tenemos que apagar un incendio, pero la vocación del político no es ser bombero. La política es para crear, para fecundar.
 
En este estado, uniendo lo político con lo social, quiero marcar un problema que me está preocupando y que puede ser una tentación frente a la crisis social. Que el gerenciamiento lleve al Estado a declinar su responsabilidad en la promoción y la asistencia social.Es antihumano privatizar la promoción social y la asistencia social.En este punto, el Estado tiene que asumir el rol de animador, integrador, responsable, auditor, delegador, pero no puede declinar esa responsabilidad que le es dada por vocación  propia: cuidar el bien común del pueblo.
 
Dije que éste era un ámbito de diálogo y de participación humana. Y es distinto cuando uno se encuentra a través de un escrito, de un artículo, o de una distancia o de una mala confrontación, que cuando se encuentra en un clima distendido, sabiendo que pensamos distinto, tenemos puntos de vista distintos pero participamos distendidamente, humanamente, en búsqueda del bien común.
 
Lo humano como clave en el quehacer político-social, donde la persona humana -todo hombre y toda mujer- es el centro de la preocupación, el fin de la acción y además el sujeto de la acción. Es decir, vamos a crear ese hecho humano si nos integramos, no como profesionales solamente sino como hombre y como mujer. O sea, poner la carne al asador.
 
Y eso, lo humano -ése es el valor-, frente al antivalor. El antivalor hoy día, a mi juicio, es la mercadería humana, o sea, el mercantilismo de personas. El hombre y la mujer se convierten en una mercadería más de los proyectos que nos vienen de otro lado, que se instalan en la sociedad y que de alguna manera van contra nuestra dignidad humana. Ese es el antivalor. La persona humana como mercadería en el sistema político-económico-social.
 
Y respecto a este valor, lo humano, y su antivalor, la mercadería humana, señalo las dos puntas de la vida como preocupación personal:
 
Los niños hoy corren el riesgo, por mala alimentación, por mala educación o insuficiente, de no ser aptos para integrarse plenamente en la sociedad. Se puede llegar a crear una casta de minus-habentes. Un chico que no tiene las proteínas suficientes los dos primeros años de su vida va a entrar en la categoría de la oligofrenia. De eso nos tenemos que hacer cargo.
 
La niñez hoy tan alevosamente postergada y despreciada. Nos rasgamos las vestiduras cuando leímos hace poco en los diarios el barco de los chicos esclavos. Eso no sólo sucede allá, eso sucede cada vez que no hay una política de niñez que salve a la persona humana, el centro de la persona como valor. Marco eso como gran preocupación.
 
Y la otra punta de la vida: los adultos mayores, los ancianos.     Con estas dos puntas de la vida no se puede experimentar, no se debe experimentar. Hay que hacer crecer en los niños la vida para que puedan dar su aporte rico, grande y pleno a la sociedad. Y en los ancianos hacer crecer la sabiduría que han acumulado a lo largo de la vida.
 
Eso es lo que se me ocurre decirles y agradecerles nuevamente la participación.
 
 

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El diálogo que la Patria necesita


1           Ante la gravedad de la situación de nuestro país que nos enfrenta a una crisis, considerada por muchos como terminal, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina se dirige a la opinión pública y, especialmente, a los dirigentes y responsables de las instituciones del país. En el ejercicio de nuestra misión pastoral, y respetando las instancias políticas, queremos reiterar nuestra voluntad de servir a la recuperación de los valores morales y a un sincero diálogo entre los argentinos, en el marco de la plena vigencia de las instituciones democráticas.

 

2           Esta dramática crisis es ante todo moral. Ello exige un cambio de mentalidad y grandeza de espíritu. Para recuperar la dignidad y la esperanza de nuestra gente ya no alcanzan las palabras. El diálogo imprescindible y urgente necesita de renunciamientos sinceros en la mente y el corazón de toda la dirigencia. Pensamos que no habrá un diálogo útil y creíble si cada sector no se pregunta sinceramente a qué está dispuesto a renunciar para el bien de todo el país.

 

3           Para superar esta crisis moral es necesario no mentirle a la gente con promesas que no se habrán de cumplir y obrar con absoluta honestidad, para que el robo y la coima desaparezcan del escenario de la vida política y económica. La clase dirigente debe dar ejemplo de compartir los sacrificios del pueblo renunciando a los privilegios que lo ofenden y empobrecen. Hay que comprender que el ejercicio de la política debe ser un noble, austero y generoso servicio a la comunidad y no un lugar de enriquecimiento personal o sectorial. Y también que el poder económico no puede destruir con voracidad insaciable la salud y el nivel de vida de nuestros hermanos.  Debemos recuperar el valor de la palabra dada y  de una justicia independiente al servicio de la verdad. En el deterioro de los valores señalados tienen una significativa importancia los medios de comunicación social que, con programas desprejuiciados y superficiales, debilitan  el sentido moral de la vida de nuestro pueblo.

 

4           Es tan grande la apetencia de poder que la nación se torna ingobernable. En esta crisis sufren más los que menos tienen: los pobres y desprotegidos, como son los desocupados, los jubilados, los pequeños empresarios, productores y comerciantes, como también los empleados de menores ingresos. Es muy urgente recuperar las fuentes de trabajo y proponer políticas que alienten la producción y la equidad en la distribución de las riquezas, que permitan superar la injusta deuda social que pesa sobre nuestro pueblo y pone en peligro la gobernabilidad y la paz de nuestra patria.

 

5           El diálogo que el país reclama de los diversos sectores de su dirigencia debe tener como horizonte la fundación de un tiempo nuevo y no ser el espacio de un intercambio de beneficios o de réditos políticos. El diálogo que la patria necesita debe ser una búsqueda sincera de la verdad y del bien de todos con una permanente preocupación por los más pobres.

 

6           Debemos afrontar una dolorosa verdad, nuestra patria está empobrecida: provincias pobres, municipios pobres y familias pobres. Endeudados por generaciones y careciendo de un proyecto de país que nos integre y comprometa, hemos perdido credibilidad ante el mundo. La Argentina tiene, sin embargo,   un potencial humano, espiritual y de riquezas naturales que nos debe permitir mantener nuestra esperanza en este momento de crisis, confiando sobre todo en la presencia de Jesucristo, el Señor de la historia, a quien imploramos en nuestra oración por la patria.

 

7           La Navidad está cerca. Celebramos el nacimiento de Jesús en quien Dios se hizo hombre por nosotros y quiso compartir nuestro destino. Como nosotros nació de una Madre, la Virgen María, y  ganó el pan con su esfuerzo. Con su ejemplo y su palabra nos enseñó el Evangelio del trabajo, de la fraternidad y de la salvación, hasta dar la vida por todos. A los cristianos y a los hombres y mujeres de buena voluntad los animamos a encontrar en Él el modelo de verdad, de justicia y de solidaridad que tanto necesita nuestra patria.

 

 

130ª Reunión de la Comisión permanente
de la Conferencia Episcopal Argentina

 

Buenos Aires, 13 de diciembre de 2001

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Desgrabación de la Homilía del Emmo. Sr. Arzobispo pronunciada el día 24 de diciembre de 2001 en la Catedral Metropolitana

"El pueblo que caminaba entre tinieblas vio una gran luz". Profecía de Isaías que promete, en medio de las tinieblas, una gran luz. Una luz que es la esperanza del pueblo de Dios. Una luz que fundamenta su fe, su fidelidad a Dios. Esa luz nace en Belén, es recogida por las manos maternales de María, por el cariño de José, por la rapidez de los pastores. Y ellos se hacen cargo de la esperanza de todo un pueblo. Se hizo cargo María en su soledad y en su sorpresa cuando el ángel le dijo: "Nada es imposible para Dios", y ella creyó y se hizo cargo de la esperanza. Se hizo cargo de la esperanza José, cuando advirtiendo los signos de la maternidad y habiendo decidido dejarla en secreto escucha la voz del ángel y la toma consigo, en medio de una incomprensión en su corazón. Ambos se hicieron cargo esa noche triste cuando todas las puertas estaban cerradas. Creyeron que ese niño era la esperanza y se hicieron cargo en esa condición tan adversa. Se hicieron cargo cuando acudieron al templo y reconocieron en esos dos ancianos la sabiduría de todo el pueblo. José y María se hicieron cargo de la esperanza, frente a la orden: "levántate, toma al niño y a su madre y huye al Egipto… porque Herodes va a buscar al niño para matarlo". José y María se hicieron cargo de la esperanza esos tres días de angustia cuando el Niño se quedó en el Templo; y ella - después de tantos años – vuelve a hacerse cargo de la esperanza en el mediodía oscuro del calvario. Hoy se nos pide que frente a este Niño que es la luz que ilumina las tinieblas, que es la esperanza prometida, nos hagamos cargo como se hicieron cargo ellos dos. Nos hagamos cargo de la esperanza creyendo que para Dios nada es imposible. Nos hagamos cargo en medio de la desolación y la destrucción de las puertas cerradas. Poner nuestro esfuerzo y nuestra actividad para construir. Nos hagamos cargo de nuestros ancianos, que son la esperanza de un pueblo porque son sabiduría. Nos hagamos cargo de nuestros niños, a quienes esta civilización del consenso y del nivelar hacia abajo los tritura, les quita la fe. Hacernos cargo de la esperanza es caminar junto a Jesús en los momentos más oscuros de la cruz, en los momentos en que las cosas no se explican y no sabemos cómo van a seguir. Hoy los argentinos no nos explicamos muchas cosas, ni tampoco sabemos cómo van a seguir. Hoy es bueno que mirando al niño, a María y a José sintamos como una voz: "levántense, tomen al Niño y a su madre, caminen el camino de la esperanza". Hagámonos cargo de la esperanza. Eso es lo que quiero pedir esta noche, así de sencillo. Jesús es la esperanza: hagámonos cargo de esta esperanza. Trabajando, rezando, adorando a Dios, luchando, no bajando los brazos, buscando a quien se le cierran las puertas para abrirle otras, encontrando a nuestros ancianos que hoy sufren tanto y pedirles sabiduría. Cuidando a los niños.

Hoy en medio de esta oscuridad de los argentinos amanece una luz, que no es ni mengano, ni sultano, ni perengano: es Jesucristo. El único que da la esperanza que no defrauda. Hagámonos cargo de Jesucristo, de esta esperanza con todas las consecuencias como se hicieron cargo María y José. Y hoy quisiera rezarle con mi pueblo aquella oración que una noche de Navidad triste hizo uno de los grandes poetas de nuestra patria, pidiéndole al Señor que nos conceda hacernos cargo de nuestra esperanza.

Señor, que nunca me negaste nada,
nada te pido para mí; te pido
sólo por cada hermano dolorido,
por cada pobre de mi tierra amada.
Te pido por su pan y su jornada,
por su pena de pájaro vencido,
por su risa, su canto y su silbido,
hoy que la casa se quedó callada.
 
Te pido, con palabras de rodillas,
una migaja de tus maravillas,
un mendrugo de amor para sus manos,
 
una ilusión, sólo una puerta abierta;
hoy que la mesa se quedó desierta
y lloran, en la noche, mis hermanos.
 
Que así sea.

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