Año 2002

Tercer Congreso de Comunicadores "Comunicador: ¿quién es tu prójimo?"  (10/10/2002)

Carta a los Catequistas (Agosto 2002)

Homilia del Sr. Arzobispo en el Santuario de San Cayetano (07/08/2002)

Consagración de la Ciudad de Buenos Aires a la Smma. Virgen María de Luján  (01/6/2002)

Homilia del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi   01/6/2002

Homilia pronunciada por el Sr. Arzobispo en el Te Deum  del 25/5/2002

 Homilia del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación 2002

 Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas (Marzo 2002)

 Vigilia Pascual - 30/03/2002

  Misa Crismal - 28/03/2002

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Misa Crismal

La imagen de Jesús ungido y consagrado para ungir a su pueblo, comenzando por los más necesitados, nos llena de esperanza y marca el camino también en este momento de crisis profunda en nuestra vida como Nación. El Padre unge a su Hijo con una unción que lo hace un hombre "para" los demás. Lo unge para enviarlo a anunciar la buena noticia, lo unge para sanar, lo unge para liberar… Así como no hay nada en el Hijo que no provenga del Padre, tampoco hay nada en Él que no sea "para" nosotros. Jesús es ungido para ungir. Y nosotros, sacerdotes suyos, también somos ungidos para ungir.

En esta escena hay algo especial que llama la atención: Jesús lee a Isaías, se sienta y proclama con unción y sencilla majestad: "esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy". Aunque el Señor ya había estado enseñando en las sinagogas (Lc. 4:15) y su fama se había extendido por toda la región, es evidente que recién está en los comienzos de su misión. Entonces, ¿cómo es posible hablar de cumplimiento? Esta manera de hablar les chocó a sus paisanos y lo desafiaron: lo que hemos oído que hiciste en Cafarnaúm, hacelo también aquí en tu tierra ( cfr. Lc. 4:23). Es como decirle: tenés que ir probando con nuevos milagros que sos el ungido. Este pedido de más señales será una constante en los que se niegan a creer en Jesús.

A nosotros también nos llama la atención que el Señor hable de cumplimiento cuando apenas ha comenzado su misión; e incluso a veces ¿no resuena en nuestro interior esa frase desesperanzadora: por qué no hacés aquí y ahora esos milagros que hemos oído que hiciste entonces? Esta frase nos separa del estilo del Ungido: en Jesús se cumplen las promesas cada día…y cuando no lo constatamos o no alcanzamos a verlo, la frase evangélica más bien debería ser: "¡Creo, Señor, pero aumenta mi fe!"

Lo mismo que sucede con la Eucaristía que se renueva cada día con la pobreza del pan, sucede también con la salud y la liberación que nos da el Señor. Podemos decir que todos los gestos del Ungido, sus palabras de anuncio, sus actos de sanación, la visión que nos comunica y la libertad que nos regala, tienen como característica la pobreza. Son gestos y acciones pobres: alcanzan para el día de hoy, y – aunque su unción fue "de una vez para siempre" – necesitan renovación constante, actualización constante, arraigo constante en la pobreza de cada momento de nuestra historia.

Así actúa Jesús. Para Él curar un enfermo, además de curarlo de su enfermedad particular, es ungirlo para que se convierta, con su dolor ungido, en testigo del amor de Dios y se asocie a la Pasión salvadora del Señor. Para Jesús dar vista a los ciegos no es sólo para que puedan ver por sí mismos sus propios intereses sin ayuda de los demás. Dar la vista es ungir los ojos para que brote la fe y para que se fortalezca la práctica de la caridad gracias a esa alegría que da "ver lo que no se ve", ver con esperanza. Para Jesús liberar a los oprimidos no tiene como fin que, libres de todo peso, corran solos por la vida y hagan carrera. Liberar de toda esclavitud es ungir para que el peso ungido se convierta en el peso salvador de la cruz y para que, libres de toda opresión, carguemos con ánimo nuestra cruz y sigamos al Señor ayudando a otro a cargar con las suyas.

Lo que quiero decir es que la unción recae sobre lo más íntimo de la persona y no tanto sobre "las cosas" en las que redunda por desbordamiento. La profundidad y eficacia de la unción del Señor no se mide por la cantidad de milagros que pueda realizar, ni por lo lejos que llegue en su misionar, ni tampoco por lo arduo de su padecer… La profundidad, que llega hasta la médula de sus huesos, y la eficacia que hace que todo Él sea salvación para el que se le acerca, radica en la unión íntima y en la identificación total con el Padre que lo envió. Es precisamente la unción con que Jesús vive su unión con el Padre lo que hace que todo gesto suyo sea de cumplimiento. La unción es la que transforma su tiempo en Kairós, en tiempo de gracia permanente.

La misión se cumple "hoy" porque el Señor no sólo da pan, sino que Él mismo se hace pan. Esa liberación que Él hace a los oprimidos se cumple "hoy" porque el Señor no sólo perdona "limpiando manchas" en vestidos ajenos, sino que Él mismo "se hace pecado", se ensucia, se queda con las llagas… y así se pone en manos del Padre que lo acepta. Esa buena noticia se cumple "hoy" porque el Señor no sólo hace anuncios de que va a tomar medidas, sino que Él mismo es la medida que nos hace ver con la luz que tiene cada palabra suya.

También nosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, somos ungidos para ungir. Ungidos, es decir unidos hasta la médula de nuestros huesos con Jesús y con el Padre. Al igual que el Bautismo la unción sacerdotal actúa de adentro hacia fuera. Al revés de lo que parece, el sacerdocio no es una gracia que viene del exterior y que nunca termina de entrar en lo profundo de nuestro corazón pecador. Somos sacerdotes en lo más íntimo, sagrado y misterioso de nuestro corazón, allí mismo donde somos hijos por el Bautismo y morada de la Trinidad. Nuestro esfuerzo moral consiste en ungir, con esa unción profundísima, nuestros gestos cotidianos y más externos, de manera que toda nuestra vida se convierta, por nuestra colaboración, en lo que ya somos por gracia.

Ungidos para ungir, es decir para incorporar a esta unión con el Padre y el Hijo en un mismo Espíritu a toda persona. Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en Pan mientras ungimos el pan cotidiano al consagrarlo en cada Eucaristía y al compartirlo solidariamente con nuestros hermanos. Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en hombres llenos de ternura, mientras ungimos con bálsamo el dolor de los enfermos. Que la unción sacerdotal nos libere de nuestros pecados mientras ungimos con el Espíritu del perdón los pecados de nuestros hermanos y les ayudamos a llevar su cruz. Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en luz del mundo mientras predicamos con unción el Evangelio como nos mandó el Señor enseñando a guardar todo lo que Él nos dijo. Que la unción sacerdotal unja nuestro tiempo y el uso que hacemos de él para que se convierta en "tiempo de gracia" para nuestros hermanos, mientras seguimos –al ritmo eclesial del Breviaro- el curso ordinario de la vida que el Señor nos da.

En el clima de falta de credibilidad en que vivimos, en el que toda persona pública tiene que dar examen cada día, que no nos pase a nosotros lo mismo que a los compatriotas del Señor. Que no busquemos ni pretendamos otra credibilidad que la que proviene de la Unción de Cristo. Como dice Juan: "En ustedes permanece la unción que recibieron de Jesucristo y no necesitan que nadie venga a enseñarles. El les ha dado la unción y ella les enseña todo; ella es verdadera y no mentirosa" (1 Jn. 2:27). Sólo lo que se vive y se hace con unción es digno de fe. Que María, que fue la primera en experimentar en plenitud la presencia del Ungido en su interior, nos contagie la alegría de su visión llena de esperanza, y con su ternura eclesial nos abra el ámbito en el que –a través de nuestras manos- pase la unción de Dios a su pueblo fiel.

Buenos Aires, 28 de marzo de 2002.

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Vigilia Pascual

El Evangelio nos narra el camino de estas mujeres hacia el sepulcro. Ellas sabían que Jesús estaba muerto y caminaban en la certeza de este hecho.

Se produce lo inesperado; la piedra removida, el ángel que les dice: no teman, ha resucitado. El hecho se transforma en acontecimiento; un acontecimiento que les cambia el sentido de la vida. Nos cambia a todos el sentido de la historia. Vayan a Galilea y allí lo verán, les dice. Ellas regresan y en el camino encuentran a Jesús y Él también les da la misma consigna: no teman, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea y ahí me verán.

Parece que todo ha cambiado de dirección. En vez de ir al sepulcro, han de volver sobre sus pasos, volver a la Galilea del primer encuentro con Jesús, la Galilea de la primera admiración, del estupor que les hizo exclamar: "hemos hallado al Mesías". Había pasado tiempo desde aquel momento. El tiempo desgasta. La memoria de aquel primer encuentro se había como perdido. Caminando por la historia siempre corremos el riesgo de perder la memoria y Él les señala el camino: vuelvan a la memoria del primer encuentro; vuelvan a la memoria del primer amor.

El acontecimiento de la Resurrección de Jesucristo nos invita a todos nosotros a volver sobre nuestros pasos; hacia el primer llamado, el primer encuentro, para contemplarlo, ahora ya con la esperanza que da la certeza de la victoria, la certeza de haber ganado. Volver a aquel primer encuentro, revivir lo que fue aquello, pero con la convicción de que ese camino recorrido no fue en vano. Fue un camino de cruz, pero de victoria.

Y esta noche no puedo dejar de pensar en nuestro pueblo que hoy, triste, se encuentra frente a una piedra sellada, que habla de muerte, de corrupción, de derrota. En esta noche también se nos recuerda que no todo está terminado; que hay esperanza, que la muerte, la corrupción y la derrota, no prometen nada. Y esta noche se nos habla de esperanza, de promesa, y se nos invita, ¿a qué? : a volver sobre nuestros pasos, a reencontrarnos con el camino que nos fraguó como Nación.

Hoy se pide que cada uno de nosotros, a la luz del acontecimiento de Jesucristo miremos nuestra historia, nos reencontremos con ella. Hoy se nos pide que pidamos perdón. Se nos pide reparar, se nos pide trabajar en esperanza para que la resurrección de Cristo sea realidad en cada una de nuestras vidas, en nuestra Patria toda. ¡Volver sobre nuestros pasos!

Y cuando hablo de camino, de camino andado, no puedo dejar de mencionar a aquellos que más anduvieron en el camino de la vida: a mis queridos ancianos, sabiduría de nuestro pueblo. A ellos les digo: No teman. Sabemos que están sufriendo mucho. Sabemos que el egoísmo, la ambición, el robo y la corrupción les han quitado sus derechos y los han puesto al limite de sus fuerzas. Pero también sabemos que ustedes pueden ayudarnos a volver sobre nuestros pasos como Nación, para recuperar lo que ustedes sembraron. A ustedes les decimos de manera especial: Cristo ha resucitado. Allí está nuestra esperanza. Tómennos de la mano y ayúdennos a volver a la Galilea del primer amor.

En esta noche, en que un hecho se transforma en acontecimiento, veamos la fuerza que tiene la resurrección de Jesucristo, que es capaz de cambiar las cosas desde dentro, cambiarnos el corazón. Cambiarnos la Patria. Ahí está nuestra esperanza. No la pongamos en promesas que, a la larga, muchas de ellas son ídolos. ¡Cuantas cosas hemos escuchado que nos prometieron..! ¡Cuantas cosas..! No nos dejemos engañar. No está aquí el Señor, en esas promesas.

Ha resucitado. Vuelvan sobre sus pasos, vayan a la Galilea del primer amor. Como pueblo volvamos sobre nuestros pasos tomados de la mano de nuestros ancianos, que son nuestra sabiduría y allí lo encontraremos de nuevo y podremos renacer como Nación. Y esto se lo pido de una manera especial a Aquella que nunca perdió la fe, que nunca olvidó el primer amor, que no necesitó volver sobre sus pasos, porque su camino siempre estaba vivo en su corazón. Que María nos proteja en este camino de volver a lo que nos dio fundamento. Que así sea.

Buenos Aires, 30 de marzo de 2002.

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Mensaje del Arzobispo de Buenos Aires
a las comunidades educativas

Hay momentos en la vida (pocos, pero esenciales) en que es preciso tomar decisiones críticas, totales y fundantes. Críticas, porque se ubican en el preciso límite entre la apuesta y la claudicación, la esperanza y el desastre, la vida y la muerte. Totales, porque no se refieren a algún aspecto particular, a un "asunto" o "desafío" optativo, a un sector determinado de la realidad, sino que definen una vida en su totalidad y por un largo tiempo. Es más: hacen a la más profunda identidad de cada uno. No sólo suceden en el tiempo, sino que le dan forma a nuestra temporalidad y a nuestra existencia. En ese sentido es que uso el tercer adjetivo, fundantes. Fundan un modo de vivir, una forma de ser, de verse a uno mismo y de presentarse en el mundo y ante los semejantes, una determinada posición ante los futuros posibles.

Hoy quiero compartir con ustedes la percepción de que estamos justamente en uno de esos momentos decisivos. Pero no individualmente, sino como Nación. Es una convicción compartida por muchos, incluso por el Santo Padre, como nos lo dio a entender en nuestra última visita episcopal a Roma. La Argentina llegó al momento de una decisión crítica, global y fundante, que compete a cada uno de sus habitantes; la decisión de seguir siendo un país, aprender de la experiencia dolorosa de estos años e iniciar un camino nuevo, o hundirse en la miseria, el caos, la pérdida de valores y la descomposición como sociedad. 

  1. Una esperanza renovada y audaz
  2. El objeto de esta meditación no es recargar las tintas en la sensación de amenaza sino, por el contrario, invitarlos a la esperanza. Quisiera profundizar las reflexiones que compartía con ustedes hace un par de años pero ya desde la concreta y decisiva experiencia de estos meses. La esperanza es la virtud de lo arduo pero posible, aquella que invita, sí, a no bajar nunca los brazos, pero no de un modo meramente voluntarista, sino encontrando la mejor forma de mantenerlos en actividad, de hacer con ellos algo real y concreto. Virtud que por momentos nos impulsa a avanzar, gritar y sacudirnos las tendencias a la inacción, la resignación y la caída. Pero que, en otras ocasiones, nos invita a callar y sufrir, alimentando nuestro interior con los deseos, ideales y recursos que nos permitirán –cuando llegue el momento propicio, el kairós– dar a luz realidades más humanas, más justas, más fraternas. Porque la esperanza no se apoya solamente en los recursos de los seres humanos, sino que busca sintonizar con la acción de Dios, que recoge nuestros intentos integrándolos en su plan de salvación.

    Nuestra reflexión sobre la esperanza en el año 2002 tiene una diferencia fundamental con la que ya compartimos en el 2000: se ubica en el pico mismo de la crisis, en su punto de mayor inflexión. Pero, al mismo tiempo, creo no equivocarme al discernir que ese pico constituye justamente el momento propicio, el tiempo en que la historia adquiere una especial densidad y las acciones de las mujeres y los hombres cobran mayor significado. Si los gestos de solidaridad y amor desinteresado siempre fueron una especie de profecía, un signo poderoso de la posibilidad de otra historia, hoy su carga de propuesta es infinitamente mayor. Marcan una huella transitable en medio del pantano, una dirección justa en el instante de extravío. Contrariamente, la mentira y el robo (ingredientes principales de la corrupción) siempre son males que destruyen la comunidad. La sola práctica de la corrupción puede desbarrancar definitivamente esta frágil construcción que, como pueblo, queremos intentar.

    Si prestamos nuestro asentimiento a la palabra del Evangelio, sabemos que aun lo que parece fracaso puede ser camino de salvación. Esto es lo que puntualmente hace la diferencia entre un drama y una tragedia. Mientras que en la segunda el destino ineluctable arrastra la empresa humana al desastre sin contemplaciones y todo intento de enfrentarlo no hace más que empeorar el final irremisible; en el drama, en cambio, la vida y la muerte, el bien y el mal, el triunfo y la derrota se mantienen como alternativas posibles: nada más lejos de un optimismo estúpido, pero también del pesimismo trágico, porque en esa encrucijada quizás angustiante, podemos también intentar reconocer los signos ocultos de la presencia de Dios, aunque más no sea, como chance, como invitación al cambio y a la acción... y también como promesa. Estas palabras pueden tomar un cariz dramático, pero nunca trágico. Pero atención: no se trata de gestos teatrales, sino de la convicción de que estamos en el momento de gracia, en el foco de nuestra responsabilidad como miembros de una comunidad, es decir, lisa y llanamente, como seres humanos.

  3. La ciudad de Dios en la historia secular
  4. Ahora bien, ¿qué nos puede decir la fe cristiana acerca de este momento crucial, además de ubicarnos en el estrecho desfiladero de la libertad, sin destinos predeterminados en lo que hace al éxito o fracaso de nuestras empresas humanas? Permítanme una especie de viaje en el tiempo para situarme casi mil seiscientos años atrás, junto a la ventana a través de la cual un hombre veía terminarse un mundo, sin ninguna certeza de que después viniera algo mejor. Me refiero a san Agustín, que fue obispo de Hipona en el norte de África en los años finales del Imperio Romano.

    Todo lo que Agustín había conocido (y no sólo él, sino su padre, su abuelo y muchísimas generaciones más antes que él) se derrumbaba. Los pueblos llamados "bárbaros" presionaban sobre los límites del Imperio, y la misma Roma había sido saqueada. Como hombre formado en la cultura grecorromana, no podía menos que sentirse perplejo y angustiado ante la inminente caída de la civilización conocida. Como cristiano, se encontraría en el difícil lugar de seguir apostando a la esperanza en el Reino de Dios (que durante demasiado tiempo, ya entonces, había sido identificado con el Imperio cristianizado) sin cerrar los ojos a lo ya inevitable, históricamente hablando. Y como obispo, se sentía con el deber de ayudar a sus fieles (y a la cristiandad toda) a procesar esta catástrofe sin perder la fe, antes bien, saliendo de la prueba con una mejor comprensión del misterio salvífico y una confianza en el Señor fortalecida.

    En aquella época, Agustín, un hombre que había conocido la incredulidad y el materialismo, encontró la clave para dar forma a su esperanza en una profunda teología de la historia, desarrollada en su libro La Ciudad de Dios. Allí, superando ampliamente la "teología oficial" del Imperio, el santo nos presenta un principio hermenéutico determinante de su pensamiento: el esquema de los "dos amores" y las "dos ciudades". En síntesis, éste es su argumento: existen dos "amores": el amor de sí, predominantemente individualista, que instrumenta a los demás para los propios fines, considera lo común sólo en cuanto referido a su propia utilidad y se rebela contra Dios; y el amor santo, que es eminentemente social, se ordena al bien común y sigue los mandatos del Señor. En torno a estos "amores" o finalidades se organizan las "dos ciudades": la ciudad "terrena" y la ciudad "de Dios". En una, viven los "impíos". En la otra, los "santos".

    Pero lo interesante del pensamiento agustiniano está en que estas "ciudades" no son verificables históricamente, en el sentido de identificarse plenamente con una u otra realidad secular. La ciudad de Dios, claramente, no es la Iglesia visible: muchos de la ciudad celestial están en la Roma pagana, y muchos de la terrena, en la Iglesia cristiana. Las "ciudades" son entidades escatológicas: recién en el Juicio Final podrán visualizarse con sus perfiles definidos, como la cizaña y el trigo después de la cosecha. Mientras tanto, aquí en la historia, están inextricablemente entremezcladas. Lo "secular" es la existencia histórica de las dos ciudades. Si escatológicamente ellas son mutuamente excluyentes, en cambio, en el saeculum, el tiempo mundano, no pueden ser adecuadamente distinguidas y separadas. La línea divisoria pasa... por la libertad de los seres humanos, personal y colectiva.

    ¿Por qué traigo a colación estos antiguos pensamientos de un obispo del siglo V? Porque nos enseñan una manera de ver la realidad. La historia humana es el ambiguo campo donde se juegan múltiples proyectos, ninguno de ellos humanamente inmaculado. Pero a través de todos ellos, podemos considerar que se mueven el "amor inmundo" y el "amor santo" de los que hablaba san Agustín. Fuera de todo maniqueísmo o dualismo, es legítimo tratar de discernir viendo por una parte los acontecimientos históricos como "signos de los tiempos", las semillas del Reino y, por otra parte, las realizaciones que –desvinculadas de la finalidad escatológica– sólo abonan la frustración del más alto destino del hombre. Es decir, percibir la realidad a través de una valoración teológica y espiritual, desde el punto de vista de las ofertas de gracia y las tentaciones al pecado que se presentan al libre albedrío.

    Teniendo en cuenta este criterio evangélico me atrevo a compartir con ustedes estas reflexiones acerca de la realidad actual de nuestro país y, sobre todo, de los valores que están en juego en ella. Valores o "amores": aquello que atrae y moviliza nuestros deseos y nuestras energías, orientándonos a la gracia o al pecado, haciéndonos miembros de una u otra "ciudad", conformando el entramado profundo de nuestra realidad histórica secular; y –por lo tanto– el camino concreto de salvación que Dios nos pone ante nuestros pies. Intentaré entresacar, de los acontecimientos recientes, algunas direcciones fundamentales que parece necesario ubicar, a fin de colaborar con una búsqueda comunitaria de discernimiento y conversión, como nos lo propuso Juan Pablo II.

  5. Después de los cacerolazos, ¿qué?
  6. Puede ser un lugar común, pero todos somos conscientes de que aquella noche del cacerolazo (me refiero a la primera) algo cambió en nuestra ciudad. No en la dirigencia, o al menos no primeramente, sino en el pueblo. En el interior de las familias, en la conciencia de cada uno de los ciudadanos que decidió abandonar el negativismo o la queja privada, mera rumia de amargura, para reconocer al vecino, al compatriota, solidarizados aunque más no fuera en el hastío y la bronca. En unos instantes, la calle dejó de ser el lugar de paso, el ámbito de lo ajeno, para convertirse en el espacio común, desde el cual salir a buscar otras cosas comunes que parecían habernos sido arrebatadas. Contra toda la mitología tecnológica, lo público volvió a ser la plaza, y no sólo la platea. Los mismos medios de comunicación, siempre omnipresentes y, por momentos, casi creadores de la "realidad", se vieron desbordados y tuvieron que focalizarse en uno o dos puntos neurálgicos, mientras la gente invadía todo con cantos y cacerolas, a pie, en bicicletas, en autos.

    Luego vinieron los acontecimientos que todos conocemos y también los desbordes, y las diversas interpretaciones y lecturas de los cacerolazos. No es mi intención entrar en ellas. Solamente quiero hacer pie en aquel momento de participación colectiva, en cuanto signo de intento de recuperación de lo "común", como punto de partida para la lectura de nuestra realidad profunda.

    Y les propongo un camino "indirecto" que pasa por la misma historia de nuestro ser nacional que, espero, pueda ayudar: recorrer los versos del Martín Fierro, en busca de algunas claves que nos permitan descubrir algo de lo nuestro para retomar nuestra historia con un sentimiento de continuidad y dignidad. Soy consciente de los riesgos de la lectura que estoy instándolos a compartir. A veces imaginamos a los valores y las tradiciones, hasta a la misma cultura, como una especie de joya antigua e inalterable, algo que permanece en un espacio y un tiempo aparte, no contaminándose con las idas y venidas de la historia concreta. Permítanme opinar que una mentalidad así sólo lleva al museo y, a la larga, al sectarismo. Los cristianos hemos sufrido demasiado las estériles polémicas entre tradicionalismo y progresismo como para dejarnos caer nuevamente en actitudes de este tipo.

    Lo que aquí me parece más fecundo es reconocer en el Martín Fierro una narración, una especie de "puesta en escena" del drama de la constitución de un sentimiento colectivo e inclusivo. Narración que, incluso más allá de su género, de su autor y de su tiempo, puede ser inspiradora para nosotros, ciento treinta años después. Claro: habrá muchos que no se sentirán identificados con un gaucho matrero, prófugo de la justicia (y, de hecho, importantes personalidades de nuestra historia cultural cuestionaban la entronización de un tal personaje a la categoría de héroe épico nacional). No faltará, por otro lado, quien tenga que reconocer (en secreto) que prefiere al Juez o al Viejo Vizcacha, al menos en lo que hace a su forma de entender lo que vale y lo que no vale la pena en la vida... Y otros más, no cabe duda, se habrán sentido como el Moreno cuyo hermano había sido apuñalado por Fierro.

    Para todos hay lugar. Y no es cuestión de instalar un nuevo maniqueísmo. En una obra de esta envergadura, no hay buenos-buenos y malos-malos.Y aunque a José Hernández no le faltó intención política y hasta pedagógica en su construcción de la Ida y la Vuelta, lo cierto es que el poema trascendió sus circunstancias para decir algo que hace a la esencia de nuestra convivencia. Desde esa trascendencia, desde las "resonancias" que puede generar en nosotros, y no desde una inútil dialéctica sobre modelos anacrónicos, hay que asomarse al poema.

  7. Martín Fierro, poema "nacional"
  1. La pregunta por la "identidad nacional" en un mundo globalizado
  2. Es curioso. Solamente viendo el título del libro, antes incluso de abrirlo, ya encuentro sugerentes motivos de reflexión acerca de los núcleos de nuestra identidad como Nación. El gaucho Martín Fierro (así se llamó el primer libro publicado, después conocido como la "Ida"). ¿Qué tiene que ver el gaucho con nosotros? Si viviéramos en el campo, trabajando con los animales, o al menos en pueblos rurales, con un mayor contacto con la tierra sería más fácil comprender... En nuestras grandes ciudades –claramente en Buenos Aires– mucha gente recordará el caballo de la calesita o los corrales de Mataderos como lo más cercano a la experiencia ecuestre que haya pasado por su vida. Y ¿hace falta hacer notar que más del 86 % de los argentinos viven en grandes ciudades? Para la mayoría de nuestros jóvenes y niños, el mundo del Martín Fierro es mucho más ajeno que los escenarios místico-futuristas de los comics japoneses.

    Esto está muy relacionado, por supuesto, con el fenómeno de la globalización. Desde Bangkok hasta Sâo Paulo, desde Buenos Aires hasta Los Angeles o Sydney, muchísimos jóvenes escuchan a los mismos músicos, los niños ven los mismos dibujos animados, las familias se visten, comen y se divierten en las mismas cadenas. La producción y el comercio circulan a través de las cada vez más permeables fronteras nacionales. Conceptos, religiones y formas de vida se nos hacen más próximas a través de los medios de comunicación y el turismo.

    Sin embargo esta globalización es una realidad ambigua. Muchos factores parecen llevarnos a suprimir las barreras culturales que impedían el reconocimiento de la común dignidad de los seres humanos, aceptando la diversidad de condiciones, razas, sexo o cultura. Jamás la humanidad tuvo como ahora la posibilidad de constituir una comunidad mundial plurifacética y solidaria. Pero, por otro lado, la indiferencia reinante ante los desequilibrios sociales crecientes, la imposición unilateral de valores y costumbres por parte de algunas culturas, la crisis ecológica y la exclusión de millones de seres humanos de los beneficios del desarrollo cuestionan seriamente esta mundialización. La constitución de una familia humana solidaria y fraterna en este contexto sigue siendo una utopía.

    Un verdadero crecimiento en la conciencia de la humanidad no puede fundarse en otra cosa que en la práctica del diálogo y el amor. Diálogo y amor suponen en el reconocimiento del otro como otro, la aceptación de la diversidad. Sólo así puede fundarse el valor de la comunidad: no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no "absorbiendo" al otro, sino reconociendo como valioso lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos. Lo contrario es mero narcisismo, mero imperialismo, mera necedad.

    Esto también debe leerse en la dirección inversa: ¿cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte? La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano con la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual. Entonces, ni profetas del aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos al integrarse al diálogo global aportan los valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o "síntesis de laboratorio" que los diluya en "lo común", "lo global". Y –al aportar esos valores– reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias. Tampoco cabe aquí un desaguisado eclecticismo porque, en este caso, los valores de un pueblo se desarraigan de la fértil tierra que les dio y les mantiene el ser para entreverarse en una suerte de mercado de curiosidades donde "todo es igual, dale que va... que allá en el horno nos vamo a encontrar".

  3. La Nación como continuidad de una historia común
  4. Volviendo al Martín Fierro: sólo podemos abrir con provecho nuestro "poema nacional" si caemos en la cuenta de que lo que allí se narra tiene que ver directamente con nosotros aquí y ahora y no porque seamos gauchos o usemos poncho, sino porque el drama que nos narra Hernández se ubica en la historia real cuyo devenir nos trajo hasta aquí. Los hombres y mujeres reflejados en el tiempo del relato vivieron en esta tierra, y sus decisiones, producciones e ideales amasaron la realidad de la cual hoy somos parte, la que hoy nos afecta directamente. Justamente esa "productividad", esos "efectos", esa capacidad de ser ubicado en la dinámica real de la historia, es lo que hace del Martín Fierro un "poema nacional". No la guitarra, el malón y la payada.

    Y aquí se hace necesaria una apelación a la conciencia. Los argentinos tenemos una peligrosa tendencia a pensar que todo empieza hoy, a olvidarnos de que nada nace de un zapallo ni cae del cielo como un meteorito. Esto ya es un problema: si no aprendemos a reconocer y asumir los errores y aciertos del pasado que dieron origen a los bienes y males del presente, estaremos condenados a la eterna repetición de lo mismo, que –en realidad– no es nada eterna pues la soga se puede estirar sólo hasta cierto límite... Pero hay más: si cortamos la relación con el pasado, lo mismo haremos con el futuro. Ya podemos empezar a mirar a nuestro alrededor... y a nuestro interior. ¿No hubo una negación del futuro, una absoluta falta de responsabilidad por las generaciones siguientes, en la ligereza con que se trataron las instituciones, los bienes y hasta las personas de nuestro país? Lo cierto es esto: Somos personas históricas. Vivimos en el tiempo y el espacio. Cada generación necesita de las anteriores y se debe a las que la siguen. Y eso, en gran medida, es ser una Nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros hombres y mujeres que ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común, de una casa, para los que vendrán después. Ciudadanos "globales", la lectura del Martín Fierro nos puede ayudar a "aterrizar" y acotar esa "globalidad", reconociendo los avatares de la gente que construyó nuestra nacionalidad, haciendo propios o criticando sus ideales y preguntándonos por las razones de su éxito o fracaso, para seguir adelante en nuestro andar como pueblo.

  5. Ser un pueblo supone, ante todo, una actitud ética, que brota de la libertad

Ante la crisis vuelve a ser necesario respondernos a la pregunta de fondo: ¿en qué se fundamenta lo que llamamos "vínculo social"? Eso que decimos que está en serio riesgo de perderse, ¿qué es, en definitiva? ¿Qué es lo que me "vincula", me "liga", a otras personas en un lugar determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino?

Permítanme adelantar una respuesta: se trata de una cuestión ética. El fundamento de la relación entre la moral y lo social se halla justamente en ese espacio (tan esquivo, por otra parte) en que el hombre es hombre en la sociedad, animal político, como dirían Aristóteles y toda la tradición republicana clásica. Es esta naturaleza social del hombre la que fundamenta la posibilidad de un contrato entre los individuos libres, como propone la tradición democrática liberal (tradiciones tantas veces opuestas, como lo demuestran multitud de enfrentamientos en nuestra historia). Entonces, plantear la crisis como un problema moral supondrá la necesidad de volver a referirse a los valores humanos, universales, que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que van madurando con el crecimiento personal y comunitario. Cuando los obispos repetimos una y otra vez que la crisis es fundamentalmente moral, no se trata de esgrimir un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social y lo económico a una cuestión individual de la conciencia. Esto sería "moralina". No estamos "llevando agua para el propio molino" (dado que la conciencia y lo moral es uno de los campos donde la Iglesia tiene competencia más propiamente), sino intentando apuntar a las valoraciones colectivas que se han expresado en actitudes, acciones y procesos de tipo histórico-político y social. Las acciones libres de los seres humanos, además de su peso en lo que hace a la responsabilidad individual, tienen consecuencias de largo alcance: generan estructuras que permanecen en el tiempo, difunden un clima en el cual determinados valores pueden ocupar en lugar central en la vida pública o quedar marginados de la cultura vigente. Y esto también cae dentro del ámbito moral. Por eso debemos reencontrar el modo particular que nos hemos dado, en nuestra historia, para convivir, formar una comunidad.

Desde este punto de vista, retomemos el poema. Como todo relato popular, Martín Fierro comienza con una descripción del "paraíso original". Pinta una realidad idílica, en la cual el gaucho vive con el ritmo calmo de la naturaleza, rodeado de sus afectos, trabajando con alegría y habilidad, divirtiéndose con sus compañeros, integrado en un modo de vida sencillo y humano. ¿A qué apunta esto? En primer lugar, no movió al autor una especie de nostalgia por el "Edén gauchesco perdido". El recurso literario de pintar una situación ideal al comienzo no es más que una presentación inicial del mismo ideal. El valor a plasmar no está atrás, en el "origen", sino adelante, en el proyecto. En el origen está la dignidad de hijo de Dios, la vocación, el llamado a plasmar un proyecto. Se trata de "poner el final al principio" (idea, por otro lado, profundamente bíblica y cristiana). La dirección que otorguemos a nuestra convivencia tendrá que ver con el tipo de sociedad que queramos formar: es el telostipo. Ahí está la clave del talante de un pueblo. Ello no significa ignorar los elementos biológicos, psicológicos y psicosociales que influyen en el campo de nuestras decisiones. No podemos evitar cargar (en el sentido negativo de límites, condicionamientos, lastres, pero también en el positivo de llevar con nosotros, incorporar, sumar, integrar) con la herencia recibida, las conductas, preferencias y valores que se han ido constituyendo a lo largo del tiempo. Pero una perspectiva cristiana (y éste es uno de los aportes del cristianismo a la humanidad en su conjunto) sabe valorar tanto "lo dado", lo que ya está en el hombre y no puede ser de otra forma, como lo que brota de su libertad, de su apertura a lo nuevo, en definitiva, de su espíritu como dimensión trascendente, de acuerdo siempre con la virtualidad de "lo dado".

Ahora bien: los condicionamientos de la sociedad y la forma que estos adquirieron, así como los hallazgos y creaciones del espíritu en orden a la ampliación del horizonte de lo humano siempre más allá, junto a la ley natural ínsita en nuestra conciencia se ponen en juego y se realizan concretamente en el tiempo y el espacio: en una comunidad concreta, compartiendo una tierra, proponiéndose objetivos comunes, construyendo un modo propio de ser humanos, de cultivar los múltiples vínculos, juntos, a lo largo de tantas experiencias compartidas, preferencias, decisiones y acontecimientos. Así se amasa una ética común y la apertura hacia un destino de plenitud que define al hombre como ser espiritual. Esa ética común, esa "dimensión moral", es la que permite a la multitud desarrollarse junta, sin convertirse en enemigos unos de otros. Pensemos en una peregrinación: salir del mismo lugar y dirigirse al mismo destino permite a la columna mantenerse como tal, más allá del distinto ritmo o paso de cada grupo o individuo.

Sinteticemos, entonces, esta idea. ¿Qué es lo que hace que muchas personas formen un pueblo? En primer lugar, hay una ley natural y luego una herencia. En segundo lugar, hay un factor psicológico: el hombre se hace hombre en la comunicación, la relación, el amor con sus semejantes. En la palabra y el amor. Y en tercer lugar, estos factores biológicos y psicológicos se actualizan, se ponen realmente en juego, en las actitudes libres. En la voluntad de vincularnos con los demás de determinada manera, de construir nuestra vida con nuestros semejantes en un abanico de preferencias y prácticas compartidas (san Agustín definía al pueblo como "un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados"). Lo "natural" crece en "cultural", "ético"; el instinto gregario adquiere forma humana en la libre elección de ser un "nosotros". Elección que, como toda acción humana, tiende luego a hacerse hábito (en el mejor sentido del término), a generar sentimiento arraigado y a producir instituciones históricas, hasta el punto que cada uno de nosotros viene a este mundo en el seno de una comunidad ya constituida (la familia, la "patria") sin que eso niegue la libertad responsable de cada persona. Y todo esto esto tiene su sólido fundamento en los valores que Dios imprimió a nuestra naturaleza humana, en el hálito divino que nos anima desde dentro y que nos hace hijos de Dios. Esa ley natural que nos fue regalada e impresa para que "se consolide a través de las edades, se desarrolle con el correr de los años y crezca con el peso del tiempo" (cfr. Vicente de Lerins, 1er. Conmonitorio, cap. 23). Esta ley natural, que –a lo largo de la historia y de la vida– ha de consolidarse, desarrollarse y crecer es la que nos salva del así llamado relativismo de los valores consensuados . Los valores no pueden consensuarse: simplemente son. En el juego acomodaticio de "consensuar valores" se corre siempre el riesgo, que es resultado anunciado, de "nivelar hacia abajo", entonces ya no se construye desde lo sólido sino que se entra en la violencia de la degradación. Alguien dijo que nuestra civilización, además de ser una civilización del descarte es una civilización "biodegradable".

Volviendo a nuestro poema: el Martín Fierro no es la Biblia, por supuesto. Pero es un texto en el cual, por diversos motivos, los argentinos hemos podido reconocernos, un soporte para contarnos algo de nuestra historia y soñar con nuestro futuro:

Yo he conocido esta tierra / en que el paisano vivía
y su ranchito tenía / y sus hijos y mujer,
Era una delicia ver / cómo pasaba sus días.

Esta es, entonces, la "situación inicial", en la cual se desencadena el drama. El "Martín Fierro" es, ante todo, un poema incluyente. Todo se verá luego trastocado por una especie de vuelta del destino, encarnado, entre otros, en el Juez, el Alcalde, el Coronel. Sospechamos que este conflicto no es meramente literario. ¿Qué hay detrás del texto?

  1. Martín Fierro, poema "incluyente"
  1. Un país moderno, pero para todos

Antes que un "poema épico" abstracto, Martín Fierro es una obra de denuncia, con una clara intención: oponerse a la política oficial y proponer la inclusión del gaucho dentro del país que se estaba construyendo:

Es el pobre en su orfandá / de la fortuna el desecho
Porque naides toma a pecho / el defender a su raza
Debe el gaucho tener casa, / Escuela, Iglesia y derechos.

Y Martín Fierro cobró vida más allá de la intención del autor, convirtiéndose en el prototipo del perseguido por un sistema injusto y excluyente. En los versos del poema se hizo carne cierta sabiduría popular recibida del ambiente, y así en Fierro habla no sólo la conveniencia de promover una mano de obra barata sino la dignidad misma del hombre en su tierra, haciéndose cargo de su destino a través el trabajo, el amor, la fiesta y la fraternidad.

A partir de aquí, podemos empezar a avanzar en nuestra reflexión. Nos interesa saber dónde apoyar la esperanza, desde dónde reconstruir los vínculos sociales que se han visto tan castigados en estos tiempos. El cacerolazo fue como un chispazo autodefensivo, espontáneo y popular (aunque forzar su reiteración en el tiempo le hace perder las notas de su contenido original). Sabemos que no alcanzó con golpear las cacerolas: hoy lo que más urge es tener con qué llenar las mismas. Debemos recuperar organizada y creativamente el protagonismo al que nunca debimos renunciar, y por ende, tampoco podemos ahora volver a meter la cabeza en el hoyo, dejando que los dirigentes hagan y deshagan. Y no podemos por dos motivos: porque ya vimos lo que pasa cuando el poder político y económico se desliga de la gente, y porque la reconstrucción no es tarea de algunos sino de todos, así como la Argentina no es sólo la clase dirigente sino todos y cada uno de los que viven en esta porción del planeta.

¿Entonces, qué? Me parece significativo el contexto histórico del Martín Fierro: una sociedad en formación, un proyecto que excluye a un importante sector de la población, condenándolo a la orfandad y a la desaparición, y una propuesta de inclusión. ¿No estamos hoy en una situación parecida? ¿No hemos sufrido las consecuencias de un modelo de país armado en torno a determinados intereses económicos, excluyente de las mayorías, generador de pobreza y marginación, tolerante con todo tipo de corrupción mientras no se tocaran los intereses del poder más concentrado? ¿No hemos formado parte de ese sistema perverso, aceptando en parte sus principios –mientras no tocaran nuestro bolsillo–, cerrando los ojos ante los que iban quedando fuera y cayendo ante la aplanadora de la injusticia, hasta que esta última prácticamente nos expulsó a todos?

Hoy debemos articular, sí, un programa económico y social, pero fundamentalmente un proyecto político en su sentido más amplio. ¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín Fierro orienta nuestra mirada hacia nuestra vocación como pueblo, como Nación. Nos invita, a darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan lugar: el comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del norte, el artesano del Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que ninguno de ellos quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro de la tierra.

  1. Debe el gaucho tener Escuela...

Durante décadas, la escuela fue un importante medio de integración social y nacional. El hijo del gaucho, el migrante del interior que llegaba a la ciudad, y hasta el extranjero que desembarcaba en esta tierra, encontraron en la educación básica los elementos que les permitieron trascender la particularidad de su origen para buscar un lugar en la construcción común de un proyecto. También hoy desde la pluralidad enriquecedora de propuestas educadoras, debemos volver a apostar: a la educación, todo.

Recién en los últimos años, y de la mano de una idea de país que ya no se preocupaba demasiado por incluir a todos e, incluso, no era capaz de proyectar a futuro, la institución educativa vio decaer su prestigio, debilitarse sus apoyos y recursos y desdibujarse su lugar en el corazón de la sociedad. El conocido latiguillo de la "escuela shopping" no apunta sólo a criticar algunas iniciativas puntuales que pudimos presenciar. Pone en tela de juicio toda una concepción, según la cual la sociedad es Mercado y nada más. De este modo, la escuela tiene el mismo lugar que cualquier otro emprendimiento lucrativo. Y debemos recordar una y otra vez que no ha sido ésta la idea que desarrolló nuestro sistema educativo y que, con errores y aciertos, contribuyó a la formación de una comunidad nacional.

En este punto, los cristianos hemos hecho un aporte innegable desde hace siglos. No es aquí mi intención entrar polémicas y diferencias que suelen consumir muchos esfuerzos. Simplemente, pretendo llamar la atención de todos y, en particular de los educadores católicos, respecto de la importantísima tarea que tenemos entre manos. Depreciada, devaluada y hasta atacada por muchos, la tarea cotidiana de todos aquellos que mantienen en funcionamiento las escuelas, enfrentando dificultades de todo tipo, con bajos sueldos y dando mucho más de lo que reciben, sigue siendo uno de los mejores ejemplos de aquello a lo cual hay que volver a apostar, una vez más: la entrega personal a un proyecto de un país para todos. Proyecto que, desde lo educativo, lo religioso o lo social, se torna político en el sentido más alto de la palabra: construcción de la comunidad.

Este proyecto político de inclusión no es tarea sólo del partido gobernante, ni siquiera de la clase dirigente en su conjunto, sino de cada uno de nosotros. El "tiempo nuevo" se gesta desde la vida concreta y cotidiana de cada uno de los miembros de la Nación, en cada decisión ante el prójimo, ante las propias responsabilidades, en lo pequeño y en lo grande. Cuanto más en el seno de las familias y en nuestra cotidianeidad escolar o laboral.

Mas Dios ha de permitir / que esto llegue a mejorar
Pero se ha de recordar / para hacer bien el trabajo
que el fuego pa calentar / debe ir siempre por abajo.

Pero esto merece una reflexión más completa. 

  1. Martín Fierro, compendio de ética cívica

Seguramente, tampoco a Hernández se le escapaba que los gauchos "verdaderos", los de carne y hueso, no se iban a comportar tampoco como "señoritos ingleses" en la nueva sociedad a fraguar. Provenientes de otra cultura, sin alambrado, acostumbrados a décadas de resistencia y lucha, ajenos en un mundo que se iba construyendo con parámetros muy distintos a los que ellos habían vivido, también ellos deberían realizar un importante esfuerzo para integrarse, una vez que se les abrieran las puertas.

  1. Los recursos de la cultura popular
  2. La segunda parte de nuestro "poema nacional" pretendió ser una especie de "manual de virtudes cívicas" para el gaucho, una "llave" para integrarse en la nueva organización nacional.

    Y en lo que explica mi lengua / todos deben tener fe.
    Ansí, pues, entiéndanme, / con codicias no me mancho.
    No se ha de llover el rancho / en donde este libro esté.

    Martín Fierro está repleto de los elementos que el mismo Hernández había mamado de la cultura popular, elementos que, junto con la defensa de algunos derechos concretos e inmediatos, le valieron la gran adhesión que pronto recibió. Es más: con el tiempo, generaciones y generaciones de argentinos releyeron a Fierro... y lo reescribieron, poniendo sobre sus palabras las muchas experiencias de lucha, las expectativas, las búsquedas, los sufrimientos... Martín Fierro creció para representar al país decidido, fraterno, amante de la justicia, indomable. Por eso todavía hoy tiene algo que decir. Es por eso que aquellos "consejos" para "domesticar" al gaucho trascendieron con mucho el significado con que fueron escritos y siguen hoy siendo un espejo de virtudes cívicas no abstractas, sino profundamente encarnadas en nuestra historia. A esas virtudes y valores vamos a prestarles atención ahora.

  3. Los consejos de Martín Fierro

Los invito a leer una vez más este poema. Háganlo no con un interés sólo literario, sino como una forma de dejarse hablar por la sabiduría de nuestro pueblo, que ha sido plasmada en esta obra singular. Más allá de las palabras, más allá de la historia, verán que lo que queda latiendo en nosotros es una especie de emoción, un deseo de torcerle el brazo a toda injusticia y mentira y seguir construyendo una historia de solidaridad y fraternidad, en una tierra común donde todos podamos crecer como seres humanos. Una comunidad donde la libertad no sea un pretexto para faltar a la justicia, donde la ley no obligue sólo al pobre, donde todos tengan su lugar. Ojalá sientan lo mismo que yo: que no es un libro que habla del pasado, sino más bien del futuro que podemos construir. No voy a prolongar este mensaje –ya muy extenso– con el desarrollo de los muchos valores que Hernández pone en boca de Fierro y otros personajes del poema. Simplemente, los invito a profundizar en ellos, a través de la reflexión y, por qué no, de un diálogo en cada una de nuestras comunidades educativas. Aquí presentaré solamente algunas de las ideas que podemos rescatar entre muchas.

 2.1. Prudencia o "picardía": obrar desde la verdad y el bien... o por conveniencia

Nace el hombre con la astucia / que ha de servirle de guía.
Sin ella sucumbiría, / pero sigún mi experiencia
Se vuelve en unos prudencia / y en los otros picardía.
Hay hombres que de su cencia / tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas, / mas digo sin ser muy ducho,
es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas.

Un punto de partida. "Prudencia" o "picardía" como formas de organizar los propios dones y la experiencia adquirida. Un actuar adecuado, conforme a la verdad y al bien posibles aquí y ahora, o la consabida manipulación de informaciones, situaciones e interacciones desde el propio interés. Mera acumulación de ciencia (utilizable para cualquier fin) o verdadera sabiduría, que incluye el "saber" en su doble sentido, conocer y saborear, y que se guía tanto por la verdad como por el bien. "Todo me es permitido, pero no todo me conviene", diría san Pablo. ¿Por qué? Porque además de mis necesidades, apetencias y preferencias, están las del otro. Y lo que satisface a uno a costa del otro termina destruyendo a uno y otro.

2.2. La jerarquía de los valores y la ética exitista del "ganador"

Ni el miedo ni la codicia / es bueno que a uno lo asalten.
Ansí no se sobresalten / por los bienes que perezcan.
Al rico nunca le ofrezcan / y al pobre jamás le falten

Lejos de invitarnos a un desprecio de los bienes materiales como tales, la sabiduría popular que se expresa en estas palabras considera los bienes perecederos como medio, herramienta para la realización de la persona en un nivel más alto. Por eso prescribe no ofrecerle al rico (comportamiento interesado y servil que sí recomendaría la "picardía" del Viejo Vizcacha) y no mezquinarle al pobre (que sí necesita de nosotros y, como dice el Evangelio, no tiene nada con que pagarnos). La sociedad humana no puede ser una "ley de la selva" en la cual cada uno trate de manotear lo que pueda, cueste lo que costare. Y ya sabemos, demasiado dolorosamente, que no existe ningún mecanismo "automático" que asegure la equidad y la justicia. Sólo una opción ética convertida en prácticas concretas, con medios eficaces, es capaz de evitar que el hombre sea depredador del hombre. Pero esto es lo mismo que postular un orden de valores que es más importante que el lucro personal, y por lo tanto un tipo de bienes que es superior a los materiales. Y no estamos hablando de cuestiones que exijan determinada creencia religiosa para ser comprendidas: nos referimos a principios como la dignidad de la persona humana, la solidaridad, el amor.

"ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, por lo soy.
Si yo que soy Señor y Maestro, les he lavado los pies,
ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."
 
Jn 13,13-15

Una comunidad que deje de arrodillarse ante la riqueza, el éxito y el prestigio y que sea capaz, por el contrario, de lavar los pies de los humildes y necesitados sería más acorde con esta enseñanza que la ética del "ganador" (a cualquier precio) que hemos malaprendido en tiempos recientes.

2.3. El trabajo y la clase de persona que queremos ser

El trabajar es la ley / porque es preciso alquirir.
No se espongan a sufrir / una triste situación.
Sangra mucho el corazón / del que tiene que pedir.

¿Hacen falta comentarios? La historia ha marcado a fuego en nuestro pueblo el sentido de la dignidad del trabajo y el trabajador. ¿Existe algo más humillante que la condena a no poder ganarse el pan? ¿Hay forma peor de decretar la inutilidad e inexistencia de un ser humano? ¿Puede una sociedad que acepta tamaña iniquidad escudándose en abstractas consideraciones técnicas ser camino para la realización del ser humano?

Pero este reconocimiento que todos declamamos no termina de hacerse carne. No sólo por las condiciones objetivas que generan el terrible desempleo actual (condiciones que, nunca hay que callarlo, tienen su origen en una forma de organizar la convivencia que pone la ganancia por encima de la justicia y el derecho), sino también por una mentalidad de "viveza" (¡también criolla!) que ha llegado a formar parte de nuestra cultura. "Salvarse" y "zafar"... por el medio más directo y fácil posible. "La plata trae la plata"... "nadie se hizo rico trabajando"... creencias que han ido abonando una cultura de la corrupción que tiene que ver, sin duda, con esos "atajos" por los cual muchos han tratado de sustraerse a la ley de ganar el pan con el sudor de la frente.

2.4. El urgente servicio a los más débiles

La cigüeña cuando es vieja / pierde la vista, y procuran
cuidarla en su edá madura / todas sus hijas pequeñas.
Apriendan de las cigüeñas / este ejemplo de ternura.

En la ética de los "ganadores", lo que se considera inservible, se tira. Es la civilización del "descarte". En la ética de una verdadera comunidad humana, en ese país que quisiéramos tener y que podemos construir, todo ser humano es valioso, y los mayores lo son a título propio, por muchas razones: por el deber de respeto filial ya presente en el Decálogo bíblico; por el indudable derecho de descansar en el seno de su comunidad que se ha ganado aquél que ha vivido, sufrido y ofrecido lo suyo; por el aporte que sólo él puede dar todavía a su sociedad, ya que, como dice el mismo Martín Fierro, es de la boca del viejo / de ande salen las verdades. No hay que esperar hasta que se reconstituya el sistema de seguridad social actualmente destruído por la depredación: mientras tanto, hay innumerables gestos y acciones de servicio a los mayores que estarían al alcance de nuestra mano con un pizca de creatividad y buena voluntad. Y del mismo modo, no podemos dejar de volver a considerar las posibilidades concretas que tenemos de hacer algo por los niños, los enfermos, y todos aquellos que sufren por diversos motivos. La convicción de que hay cuestiones "estructurales", que tiene que ver con la sociedad en su conjunto y con el mismo Estado, de ningún modo nos exime de nuestro aporte personal, por más pequeño que sea.

2.5. Nunca más el robo, la coima y el "no te metás"

Ave de pico encorvado / le tiene al robo afición.
pero el hombre de razón / no roba jamás un cobre,
pues no es vergüenza ser pobre / y es vergüenza ser ladrón.

Quizás, en nuestro país, esta enseñanza haya sido de las más olvidadas. Pero más allá de ello, además de no permitir ni justificar nunca más el robo y la coima, tendríamos que dar pasos más decididos y positivos. Por ejemplo preguntarnos no sólo qué cosas ajenas no tenemos que tomar, sino más bien qué podemos aportar. ¿Cómo podríamos formular que también son "vergüenza" la indiferencia, el individualismo, el sustraer (robar) el propio aporte a la sociedad para quedarse sólo con una lógica de "hacer la mía"?

"Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿y quién es mi prójimo?". Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió de largo. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montadura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver".¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?. El que tuvo compasión de él, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, procede tú de la misma manera".

Lc 10,29-37

 2.6. Palabras vanas, palabras verdaderas

Procuren, si son cantores, / el cantar con sentimiento.
No tiemplen el estrumento / por solo el gusto de hablar
y acostúmbrense a cantar / en cosas de jundamento.

Comunicación, hipercomunicación, incomunicación. ¿Cuántas palabras "sobran" entre nosotros? ¿Cuánta habladuría, cuánta difamación, cuánta calumnia? ¿Cuánta superficialidad, banalidad, pérdida de tiempo? Un don maravilloso, como es la capacidad de comunicar ideas y sentimientos, que no sabemos valorar ni aprovechar en toda su riqueza. ¿No podríamos proponernos evitar todo "canto" que sólo sea "por el gusto de hablar"? ¿Sería posible que estuviéramos más atentos a lo que decimos de más y a lo que decimos de menos, particularmente quienes tenemos la misión de enseñar, hablar, comunicar?

  1. . Conclusión: Palabra y amistad

Finalmente, citemos aquella estrofa en la cual hemos vista tan reflejado el mandamiento del amor en circunstancias difíciles para nuestro país. Aquella estrofa que se ha convertido en lema, en programa, en consigna, pero que debemos recordar una y otra vez:

Los hermanos sean unidos, / porque esa es la ley primera.
Tengan unión verdadera / en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean / los devoran los de ajuera

Estamos en una instancia crucial de nuestra Patria. Crucial y fundante: por eso mismo, llena de esperanza. La esperanza está tan lejos del facilismo como de la pusilanimidad. Exige lo mejor de nosotros mismos en la tarea de reconstruir lo común, lo que nos hace un pueblo. Estas reflexiones han pretendido solamente despertar un deseo: el de poner manos a la obra, animados e iluminados por nuestra propia historia. El de no dejar caer el sueño de una Patria de hermanos que guió a tantos hombres y mujeres en esta tierra.

¿Qué dirán de nosotros las generaciones venideras? ¿Estaremos a la altura de los desafíos que se nos presentan? ¿Por qué no?, es la respuesta. Sin grandilocuencias, sin mesianismos, sin certezas imposibles, se trata de volver a bucear valientemente en nuestros ideales, en aquellos que nos guiaron en nuestra historia, y de empezar ahora mismo a poner en marcha otras posibilidades, otros valores, otras conductas.

Casi como una síntesis, me sale al paso el último verso que citaré del Martín Fierro, un verso que Hernández pone en boca del hijo mayor del gaucho, en su amarga reflexión sobre la cárcel:

Pues que de todos los bienes, / en mi inorancia lo infiero,
que le dio al hombre altanero / Su Divina Magestá,
la palabra es el primero, / el segundo es la amistá.

La palabra que nos comunica y vincula, haciéndonos compartir ideas y sentimientos, siempre y cuando hablemos con la verdad. Siempre. Sin excepciones. La amistad, incluso la amistad social, con su "brazo largo" de la justicia, que constituye el mayor tesoro, aquel bien que no se puede sacrificar a ningún otro. Lo que hay que cuidar por sobre todas las cosas.

Palabra y amistad. "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). No hizo rancho aparte; se hizo amigo nuestro. "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre" (Jn 15,13-15). Si empezamos ya mismo a valorar estos dos bienes, otra puede ser la historia de nuestro país.

Concluyamos poniendo estos deseos en las manos del Señor, con la oración por la Patria que nos han ofrecido los obispos argentinos:

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser una nación,
una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios,
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor, cercanos a María,
que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Amén.

En la Pascua del año del Señor de 2002.

 

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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Homilía del Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio.
Catedral Metropolitana. Misa por la Educación. 10/04/2002.

 La presencia de tantos chicos al comienzo del año lectivo me da esperanza. Me causó gracia y me gustó la expresión del guía "terca esperanza". Donde hay un chico que empieza un año lectivo, hay "terca esperanza". Donde hay un hombre o una mujer que comienzan su trabajo en la escuela, como docente, administrativo o directivo, hay "terca esperanza. Donde hay esperanza, hay alegría. No hay mueca.

Ese es el primer sentimiento que tengo hoy. De esperanza. Esperanza en cada uno de los que están aquí, esperanza en ustedes, chicos. Esperanza de que están en el camino de la luz, en el camino del que obra conforme a la verdad. El camino de la verdad. Y la verdad siempre es combativa, pero también es combatida. Es combativa porque es combatida. La verdad no es una cosa, la verdad es la adhesión de mi corazón a aquello que se me ha revelado. Aquello que se me evidencia, aquello que da sentido a mi vida. Ustedes chicos y chicas dan esperanza porque quieren caminar en la luz de la verdad. Los apóstoles, lo leímos en la primera lectura, fueron perseguidos por la verdad, no la negociaron nunca. La mentira es hija de las tinieblas; pero entre verdad y mentira está toda esa gama que ofrece el mercado de semi-verdades, de verdades a medias. El "ni", el lenguaje del "ni". No es el "si-si, no-no" sino el "ni-ni". Donde uno se puede acomodar según como quiera, según como le convenga. Y ese es lenguaje de tinieblas.

Sin embargo las tinieblas no siempre es oscuridad. Hay tinieblas que están disfrazadas de luz, sépanlo chicos. Nos contaron el cuento de cuando a los indios le vendían vidrios de colores diciéndoles que eran piedras preciosas. Mi abuela decía "chafalonería". Hoy también está lleno de vendedores de vidrios de colores, y que les dicen: esto es la verdad, esta es la verdad: es la fácil, la tuya, la que te gusta. Pero el camino de la verdad es arduo, sépanlo. A los apóstoles les costó persecución y cárcel, ...es arduo.

Esto es lo que les quiero decir al comenzar las clases con este sentimiento de "terca esperanza". Donde está la verdad está la luz, pero no la confundan con el "flash". Donde está la verdad hay alegría de adentro, no circo. Es muy fácil armar un circo para reírnos un rato, y después queda la secuela de la mueca. ¡Defiendan la verdad, busquen la verdad, déjense poseer por la verdad que es el camino arduo y aquello que le va a dar sentido a la vida y aquello que los va a plenificar con la alegría y la felicidad! Sabiendo que la verdad no se negocia, no es lo fácil.

Y a ustedes los mayores, los que están trabajando en el camino de la verdad ayudando a crecer en la verdad a los más chicos, también hay que hablarles de arduo. Porque es muy arduo, en el mundo de lo fácil, creer en la verdad.

Cuando una civilización pierde el norte, la brújula se enloquece y empieza a dar vueltas. Marca cualquier dirección, todo vale. Pero en esta brújula loca hay dos signos que son claves. Dos signos de profunda desorientación existencial. En una civilización que relativiza la verdad, siempre –y esto es constante– se experimenta con los chicos y con los ancianos. Y nuestra civilización experimenta con los chicos y con los ancianos.

Abran los ojos, no entren en ese juego. El norte de la verdad, el norte de la luz, no del "flash" que encandila y después quedan las tinieblas. Cuando se experimenta sobre los dos extremos de la vida, se experimenta sobre la esperanza de un pueblo. Porque los niños son esperanza de un pueblo y los ancianos son esperanza de un pueblo. Los niños porque nos van a sustituir a nosotros, son los que van a recibir la antorcha. Y los ancianos porque son la sabiduría de ese pueblo y son los que nos tienen que dar lo que han vivido en su camino de la vida. Y hoy, en este siglo veintiuno, tan suficiente, los hombres experimentan con los chicos y los ancianos.

La brújula está enloquecida. Incluso aquí, en esta Ciudad, no todo, pero está la tentación de experimentar con chicos y con ancianos. Me trae imágenes feas, imágenes de la primera mitad del siglo pasado. ¿A ver? ¿Cuánto dura un viejito con ciento veinte pesos en el bolsillo sin remedios y sin médico? Se experimenta con la sabiduría de la vejez. O con los chicos experimentemos con este valor... no, probemos con este otro... probemos así... probemos allá. Y se les deforma la conciencia, y se los hace entrar sutilmente en ese mundo del relativismo que es tiniebla disfrazada de luz. Y eso no sólo en el campo cultural, también en el campo social. Desde el 16 de julio pasado hay 192 chicos en la calle, en el Bajo Soldati, como resultado de un "desalojo" en un asentamiento. Y esto, bajo la mirada de los responsables del bien común. Se está experimentado con los chicos en el campo social. Se está experimentado con los chicos en el campo cultural. Se está experimentando con los chicos en el campo de lo ético, de lo moral.

Acá no vale la frase de nuestro profeta porteño "dale que va... todo es igual", porque por ese camino "allá en el horno se vamo’ a encontrar". Acá vale una sola cosa: la verdad que da luz, la verdad no se negocia, la verdad es un camino arduo, y con los chicos y con los ancianos no se experimenta.

A ustedes, los que trabajan en esta noble tarea de hacer crecer en la verdad a nuestros chicos, gracias. Gracias. De corazón. Sé que no les es fácil. Sé que el recurso a la agachada está siempre a mano. Pero gracias de corazón. Me siento deudor de lo que ustedes hacen.

Y a ustedes, los chicos, no le tengan miedo al esfuerzo. No vayan por la fácil. Busquen la verdad, porque sólo la verdad los va a hacer libres.

Que el Señor y Nuestra Madre nos concedan esta gracia.

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo

"Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: "Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa". Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría..

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Se ha ido a alojar en casa de un pecador". Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: "Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más". Y Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido".

Del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 19,1-10

Quizás como pocas veces en nuestra historia, esta sociedad malherida aguarda una nueva llegada del Señor. Aguarda la entrada sanadora y reconciliante de Aquél que es Camino, Verdad y Vida. Tenemos razones para esperar. No olvidamos que su paso y su presencia salvífica han sido una constante en nuestra historia. Descubrimos la maravillosa huella de su obra creadora en una naturaleza de riqueza incomparable. La generosidad divina también se ha reflejado en el testimonio de vida de entrega y sacrificio de nuestros padres y próceres, del mismo modo que en millones de rostros humildes y creyentes, hermanos nuestros, protagonistas anónimos del trabajo y las luchas heroicas, encarnación de la silenciosa epopeya del Espíritu que funda pueblos.

Sin embargo, vivimos muy lejos de la gratitud que merecería tanto don recibido. ¿Qué impide ver esta llegada del Señor? ¿Qué torna imposible el "gustar y ver qué bueno es el Señor" (Sal. 34,9) ante tanta prodigalidad en la tierra y en los hombres? ¿Qué traba las posibilidades de aprovechar en nuestra Nación, el encuentro pleno entre el Señor, sus dones, y nosotros? Como en la Jerusalén de entonces, cuando Jesús atravesaba la ciudad y aquel hombre llamado Zaqueo no lograba verlo entre tanta muchedumbre, algo nos impide ver y sentir su presencia. En la escena evangélica se nos da la clave en términos de altura y de abajamiento. De altura, porque Zaqueo se deja ganar el corazón por el deseo de ver a Jesús y, como era pequeño de estatura, se adelanta y trepa a un sicómoro. Ningún talento, ninguna riqueza puede reemplazar una chatura moral o –en todo caso, si el problema no es moral- no hay salida para una mirada baja, sin esperanza, resignada a sus límites, carente de creatividad.

En esta tierra bendita, nuestras culpas parecen haber achatado nuestras miradas. Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se refugian en la acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de una telaraña que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el sufrimiento ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los adictos al poder y a las riquezas, resultan para ellos mismos apenas piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina de planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase "no queda otra salida", pretexto que sirve para narcotizar sus conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del corazón: la incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y su casi inexistente humanidad.

Como a Zaqueo puede hacérsenos consciente nuestra dificultad para vivir con altura espiritual: sentir el peso del tiempo malgastado, de las oportunidades perdidas, y surgirnos dentro un rechazo a esa impotencia de llevar adelante nuestro destino, encerrados en nuestras propias contradicciones. Ciertamente, es habitual que, frente a la impotencia y los límites, nos inclinemos a la fácil respuesta de delegar en otros toda la representatividad e interés por nosotros mismos. Como si el bien común fuera una ciencia ajena, como si la política -a su vez- no fuera una alta y delicada forma de ejercer la justicia y la caridad. Cortedad de miras para ver el paso de Dios entre nosotros, para sentirnos gratificados y dignos de tantos dones, y no tener escrúpulos en hacerlos valer sin renunciar a nuestra histórica vocación de apertura no invasiva a otros pueblos hermanos.

Como nosotros también Zaqueo sufría esa cortedad de miras. Sin embargo sucede el milagro: el personaje evangélico se eleva sobre su mediocridad y encuentra la altura donde subirse. Porque del dolor y de los límites propios es de donde mejor se aprende a crecer y de nuestros mismos males es desde donde nos surge una honda pregunta: ¿Hemos vivido suficiente dolor para decidirnos a romper viejos esquemas, renunciar a actitudes necias tan arraigadas y dar rienda suelta a nuestras verdaderas potencialidades? ¿No estamos ante la oportunidad histórica de revisar antiguos y arraigados males que nunca terminamos de plantear, y trabajar juntos? ¿Hace falta que más sangre corra al río, para que nuestro orgullo herido y fracasado reconozca su derrota?

Zaqueo no optó por la resignación frente a sus dificultades, no cedió su oportunidad a la impotencia, se adelantó, buscó la altura desde donde ver mejor, y se dejó mirar por El Señor. Sí, dejarse mirar por el Señor, dejarse impactar por el dolor propio y el de los demás; dejar que el fracaso y la pobreza nos quiten los prejuicios, los ideologismos, las modas que insensibilizan, y que –de ese modo- podamos sentir el llamado: "Zaqueo baja pronto". Esta es la segunda clave de este pasaje evangélico: Zaqueo responde a un Jesús que lo llama a abajarse. Bajarse de sus autosuficiencias, bajarse del personaje inventado por su riqueza, bajarse de la trampa montada sobre sus pobres complejos. En efecto, ninguna altura espiritual, ningún proyecto de grandes esperanzas, puede hacerse real si no se construye y se sostiene desde abajo: desde el abajamiento de los propios intereses, desde el abajamiento al trabajo paciente y cotidiano que aniquila toda soberbia.

Hoy como nunca, cuando el peligro de la disolución nacional está a nuestras puertas, no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que nos esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas. Tratemos de ubicarnos allí donde mejor podamos enfrentar la mirada de Dios en nuestras conciencias, hermanarnos cara a cara, reconociendo nuestros límites y nuestras posibilidades. No retornemos a la soberbia de la división centenaria entre los intereses centralistas, que viven de la especulación monetaria y financiera, como antes del puerto, y la necesidad imperiosa del estímulo y promoción de un interior condenado ahora a la "curiosidad turística". Que tampoco nos empuje la soberbia del internismo faccioso, el más cruel de los deportes nacionales, en el cual, en vez de enriquecernos con la confrontación de las diferencias, la regla de oro consiste en destruir implacablemente hasta lo mejor de las propuestas y logros de los oponentes. Que no nos corten caminos las calculadoras intransigencias (en nombre de coherencias que no son tales). Que no sigamos revolcándonos en el triste espectáculo de quienes ya no saben cómo mentir y contradecirse para mantener sus privilegios, su rapacidad y sus cuotas de ganancia mal habidas, mientras perdemos nuestras oportunidades históricas, y nos encerramos en un callejón sin salida. Como Zaqueo hay que animarse a sentir el llamado a bajar: bajar al trabajo paciente y constante, sin pretensiones posesivas sino con la urgencia de la solidaridad.

Hemos vivido mucho de ficciones, creyendo estar en los primeros mundos, nos atrajo "el becerro de oro" de la estabilidad consumista y viajera de algunos, a costa del empobrecimiento de millones. Cuando oscuras complicidades de dentro y fuera, se convierten en coartadas de actitudes irresponsables que no vacilan en llevar las cosas al límite sin reparar en daños: negocios sospechosos, lavados que eluden obligaciones, compromisos sectoriales y partidarios que impiden una acción soberana, operativos de desinformación que confunden, desestabilizan y presionan hacia el caos; cuando sucede esto de poco nos sirve la tentación ilusoria de exigir chivos expiatorios en aras del supuesto surgimiento de una clase mejor, pura y mágica… Sería subirse a otra ilusión. Debemos reconocer con dolor que, entre los propios y los opuestos hay muchos Zaqueos, con distintos títulos y funciones; Zaqueos que intercambian papeles en un escenario de avaricia casi autoritaria, a veces con disfraces legítimos.

Lo mejor es dejar que el Zaqueo que hay dentro de cada uno de nosotros se deje mirar por el Señor, y acepte la invitación a bajar. Este llamado del Evangelio es memoria y camino de esperanza. Aquel que busca y se deja alcanzar por lo sublime da lugar a una alegría nueva, a una posibilidad de redención. Y Zaqueo se redime, accede alegre a la invitación del único que nos puede reconciliar, Dios mismo. Accede a sentarse a la mesa de todos, a la de la amistad social. Nadie le pidió a aquel publicano que fuera lo que no podía ser, sino que simplemente se bajara del árbol. Se le pide que se avenga a la Ley de ser uno más, de ser hermano y compatriota, que cumpla la ley.

Esto hay que lograr: hacer cumplir la ley, que nuestro sistema funcione, que el banquete al que se nos convoca en el Evangelio sea ese lugar de encuentro y convivencia, de trabajo y celebración que queremos, y no "un café al paso" para los intereses "golondrina" del mundo; esos que llegan, extraen y parten. La ley es la condición infranqueable de la justicia, de la solidaridad y de la política, y ella nos cuida, al bajar del árbol, de no caer en la tentación de la violencia, del caos, del revanchismo. Asumamos el dolor de tanta sangre vertida inútilmente en nuestra historia. Abramos los ojos a tiempo: una sorda guerra se está librando en nuestras calles, la peor de todas, la de los enemigos que conviven y no se ven entre sí, pues sus intereses se entrecruzan manejados por sórdidas organizaciones delincuenciales y sólo Dios sabe qué más, aprovechando el desamparo social, la decadencia de la autoridad, el vacío legal y la impunidad.

No es el momento de tener miedo y vergüenza de nosotros mismos, todos somos un poco Zaqueo, y todos tenemos enormes talentos y valores. Miramos con nostalgia las riquezas naturales, la brillantez de tantos compatriotas dispersos, la silenciosa e increíble resistencia de un pueblo humilde que defiende sus reservas y se niega a ceder su fe y sus convicciones, que lucha contra el desgaste. Ahora o nunca, busquemos la refundación de nuestro vínculo social, como tantas veces lo reclamamos con toda la sociedad y, como este publicano arrepentido y feliz, demos rienda suelta a nuestra grandeza: la grandeza de dar y darnos. La gran exigencia es la renuncia a querer tener toda la razón; a mantener los privilegios; a la vida y la renta fácil,… a seguir siendo necios, enanos en el espíritu. Como en el llamado evangélico, en numerosas oportunidades nos hemos dejado visitar por Dios. Allí lo grande y sublime ha surgido de nosotros. Hay en toda la sociedad un anhelo ya propuesto, insoslayable, de participar y controlar su propia representación, como aquel día que hoy rememoramos en que la comuna se constituyó en Cabildo.

Además del subirse para ver a Jesús y abajarse luego para seguir su invitación hay una tercera clave en el texto evangélico: el dar, el darse reparando el mal cometido. Zaqueo se anima a devolver lo mal habido y a compartir. Como el Zaqueo convertido, este pueblo, siente el deseo de "dar la mitad" y "devolver el cuádruplo". Quiere rescatar del fondo de su alma el trabajo y la solidaridad generosa, la lucha igualitaria y la conquista social, la creatividad y la celebración. Sabemos bien que este pueblo podrá aceptar humillaciones, pero no la mentira de ser juzgado culpable por no reconocer la exclusión de veinte millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada. Si Zaqueo, antes de dejarse mirar por Jesús, ideaba la forma de que sus deudores se hundieran cada vez más, no podía entonces reclamar supuestas obligaciones éticas ni castigos ejemplares. Una vez convertido debe reconocer su estafa usurera, y devolver lo que robó. Contemplemos el final de la historia: Un Zaqueo avenido a la ley, viviendo sin complejos ni disfraces junto a sus hermanos, viviendo sentado junto al Señor, deja fluir confiado y perseverante sus iniciativas, capaz de escuchar y dialogar, y sobre todo de ceder y compartir con alegría de ser.

La historia nos dice que muchos pueblos se levantaron de sus ruinas y abandonaron sus ruindades como Zaqueo. Hay que dar lugar al tiempo y a la constancia organizativa y creadora, apelar menos al reclamo estéril, a las ilusiones y promesas, y dedicarnos a la acción firme y perseverante. Por este camino florece la esperanza, esa esperanza que no defrauda porque es regalo de Dios al corazón de nuestro pueblo. Hoy, más que nunca, nos convoca la esperanza. Ella nos inspira y da fuerzas para levantarnos y dejarnos mirar por Dios, abajarnos en la humildad del servicio, y dar dándonos a nosotros mismos. Por momentos soñamos una convocatoria, la esperamos mágica y encantadoramente. El camino es más sencillo: sólo debemos volver al Evangelio, dejarnos mirar como Zaqueo, escuchar el llamado a la tarea común, no disfrazar nuestros límites sino aceptar la alegría de compartir, antes que la inquietud del acaparar. Y entonces sí que escucharemos, dirigida a nuestra Patria, la palabra del Señor: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa,… porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19: 10)

Buenos Aires, 25 de mayo de 2002.

 

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

 
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Corpus Christi

En la fiesta del Corpus hacemos memoria de todo el tiempo pascual, que se concentra en la fiesta de la Carne y la Sangre del Señor. La carne del Señor es nuestra carne resucitada y llevada a lo más alto del cielo. Un gran creyente decía "el Cielo es la sagrada intimidad del Dios santo". Pues bien, en la fiesta del Corpus festejamos el lugar físico donde esa intimidad sagrada del Dios santo se nos abre y se nos brinda cada día: la Eucaristía.

En estos tiempos tan difíciles de nuestra Patria en los que la bajeza moral parece achatarlo todo, nos hace bien alzar los ojos a la Eucaristía y acordarnos de cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados. Estamos invitados a vivir en comunión con Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él". El Señor nos lo mandó cuando dijo, en la última cena: "hagan esto en memoria mía".

Con las palabras de Moisés que escuchamos en la primera lectura, hacemos memoria: miramos atrás recordando todo lo que el Señor hizo con nosotros. En esta plaza que debiera ser tierra prometida como espacio simbólico de la Nación, y que a veces se convierte en campo de batalla y en lugar desierto, las palabras de Moisés al pueblo resuenan en nuestros oídos con dramático realismo. "Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte y probarte y conocer lo que había en tu corazón".

Moisés interpreta la historia de su pueblo, esos cuarenta años de aparente fracaso, desde la mirada salvífica del Señor. No hay décadas perdidas a los ojos de Dios.

Allí en el desierto, en el preciso momento en que el pueblo no puede encontrar nada, salvo sus límites, el Señor les regala un alimento especial: el maná, figura y adelanto de la Eucaristía. Ese pancito del cielo tiene sus características particulares: sólo dura por el día; hay que compartirlo con los demás, por que si sobra ya no sirve; cada uno junta solamente lo que necesita para su familia. El maná le enseña al Pueblo a vivir "del pan nuestro de cada día".

En el Evangelio, Jesús nos revela que Él es el maná, Él es el "pan bajado del cielo". Él es el Pan que da Vida, una vida para siempre: "Mi carne es verdadera comida". Muchos discípulos lo abandonaron aquel día, porque estas palabras les sonaron muy duras. Querían algo más concreto, una explicación mejor de cómo se puede vivir con lo que Jesús nos dice, con lo que Jesús nos da. En cambio Pedro y los apóstoles se jugaron por el Señor: "A quién iremos. Sólo tú tienes palabras de vida eterna". También nosotros, como Pueblo, estamos en una situación parecida: una situación de desierto, una situación que nos exige decisiones en las que nos va la vida. Frente al Pan vivo, como Pueblo fiel de Dios, dejemos que el Señor nos diga: Pueblo mío, acuérdate con qué pan te alimenta nuestro Padre del Cielo y cómo son los panes falsos con que te ilusionaste y te llevaron a esta situación.

Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan vivo, que te habla de siembra y de cosecha, porque es pan de una vida que tiene que morir para alimentar. Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan para cada día porque tu futuro está en las manos del Padre Bueno y no solamente en la de los hombres. Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan solidario que no sirve para ser acaparado sino para ser compartido y celebrado en familia. Acuérdate que el Pan del Cielo es pan de vida eterna y no pan perecedero. Acuérdate que el Pan del Cielo se parte para que abras los ojos de la fe y no seas incrédulo. Acuérdate que el Pan del Cielo te hace compañero de Jesús y te sienta a la mesa del Padre de la que no está excluido ninguno de tus hermanos. Acuérdate que el Pan del Cielo te hace vivir en intimidad con tu Dios y fraternalmente con tus hermanos. Acuérdate que el Pan del Cielo, para que lo pudieras comer, se partió en la Cruz y se repartió generosamente para salvación de todos. Acuérdate que el Pan del Cielo se multiplica cuando te ocupas de repartirlo. Acuérdate que el Pan del Cielo, te lo bendice, te lo parte con sus manos llagadas por amor y te lo sirve el mismo Señor resucitado. Acuérdate! Acuérdate! No lo olvides nunca!

Esta memoria en torno al pan nos abre al Espíritu, nos fortalece, nos da esperanza. Que esta esperanza inquebrantable de sentarnos un día a la mesa del banquete celestial nos libre de querer sentarnos al banquete de los suficientes y orgullosos, esos que no dejan ni las migas para alimento de los más pobres. Que el vivir en la intimidad sagrada del Dios santo nos libre de las internas políticas fratricidas que desgajan nuestra Patria. Que saciados con el humilde pan de cada día nos curemos de la ambición financiera. Que el trabajo cotidiano por el pan que da vida eterna nos despierte del ensueño vanidoso de la riqueza y la fama. Que el gusto del pan compartido nos sacuda del tono murmurador y quejoso de los medios. Que la Eucaristía celebrada con amor nos defienda de toda mundanidad espiritual.

Le pedimos a la Virgen estas gracias de memoria. Nuestra Señora es el modelo del alma cristiana y eclesial que "conserva todas estas cosas meditándolas en su corazón". A ella le rogamos que nos recuerde siempre dónde está el pan que nos da vida y el vino que alegra nuestro corazón. Que no deje de decirnos con su voz materna: "hagan todo lo que Jesús les diga". Que grabe en nuestro corazón las palabras de su Hijo: "hagan esto en memoria mía".

Buenos Aires 1º de junio de 2002

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Consagración de la Ciudad de Buenos Aires a la Smma. Virgen María de Luján
al finalizar la celebración de la Solemnidad de Corpus Christi.

Querida Madre Nuestra, Virgen de Luján. A tu inmaculado corazón maternal consagro esta ciudad de Buenos Aires. Te consagro a cada uno de sus hijos. Tú nos conoces bien y sabemos que nos quieres mucho. Hoy, después de haber adorado a Tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano mayor y nuestro Dios, te pido que nos mires a todos y a cada uno de nosotros. Te pido por cada familia de esta ciudad. Te pido por nuestros niños y nuestros ancianos; por nuestros enfermos; por los que están solos; por lo que están en la cárcel; por los que tienen hambre y no tienen trabajo. Por los que han perdido la esperanza; por los que no tienen fe. Te pido también por los que nos gobiernan y los que nos enseñan. Madre nuestra te pido que nos cuides a todos con ternura y nos contagies tu fortaleza. Somos hijos tuyos. Nos ponemos bajo tu amparo. No nos dejes solos en este momento de tanto dolor y dificultades. Confiamos en tu Corazón de Madre y te consagramos todo lo que somos y tenemos. Y sobre todo, Madre, muéstranos a Jesús, y enséñanos a hacer lo que El nos diga. Amén.

Buenos Aires, 1º de junio de 2002.

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Santuario de San Cayetano

Queridos hermanos, queridos amigos y fieles de San Cayetano:
 
Quiero saludarlos a todos con estas palabras de San Pablo que son lo mejor que nos podemos desear como cristianos: ¡Ojalá que cada uno, que todos, "tengan unos con otros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús". Todos los sentimientos de Jesús giran en torno a un único sentimiento, el más de fondo: que "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos". "Ustedes son mis amigos", nos dice Jesús. Y no tengo otro deseo que el dar la vida por cada uno de ustedes. Ojalá que ustedes sientan lo mismo: que cada uno lo sienta conmigo y también con sus amigos, con sus hijos,con sus mayores, con su familia. Ojalá que como pueblo recibamos esta gracia: sentir deseos de dar la vida por nuestros hermanos con los que convivimos en nuestra querida Nación Argentina.
 
El lema de este año dice así: "Con San Cayetano reclamamos el pan que alimenta y el trabajo que dignifica". Reclamar el pan que alimenta es una manera de querer dar vida: reclamamos el pan porque para dar la vida se necesita tener un pan que compartir. Jesús mismo antes de dar su vida en la Cruz quiso juntarse con sus amigos en torno a la mesa, quiso tener un pan en las manos para partirlo y repartirlo, para partirse y repartirse. Reclamar el trabajo que dignifica es una manera de querer dar la vida: reclamamos trabajo porque es la manera digna de gastarse creativamente por los demás. No se puede dar la vida sin compartir el pan y sin trabajar. Pero tampoco es verdadera vida la que no se da cotidianamente. Por eso nuestro pueblo no se sienta a esperarlo todo del reclamo, sino que su reclamo entraña compartir cada día el poquito de pan que tiene e inventar mil maneras solidarias de trabajar por la comunidad. Al mismo tiempo que exigimos justicia venimos aquí a rogar al Señor de la vida y a pedirle a Él el pan y trabajo, por intercesión de San Cayetano.
 
"Tengan los unos con los otros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús.". Nos hace bien recordar cómo en el peor momento de su vida, en la noche de la traición y del abandono, Jesús tuvo el sentimiento más noble. Le estaban quitando todo y Él se convirtió a sí mismo en Pan para su pueblo. Transformó la expoliación en don. "Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy". Este ejemplo silencioso de Jesús, que carga sobre sí la cruz y asume el pecado, incluso el de los que lo matan, contiene una invitación. Y hay gente que acepta esa invitación, hay pueblos enteros que se levantan de sus ruinas y con silenciosa dignidad ponen manos a la obra y transforman una situación de postración y de violencia en un tiempo de don.
 
Pueblos que se dan al trabajo y si no alcanza el salario truecan sus bienes con alegría. Pueblos que se dan a la solidaridad y si no alcanza el pan lo parten cuanto sea necesario. Pueblos que se dan a la oración y ponen su esperanza en el Dios de la vida. Pueblos que son capaces de hacer esta "cola" que es la fila de San Cayetano: una cola que corta pacíficamente algunas calles, no para obstruir el paso de nadie sino para mostrar abierta la única puerta verdadera –la puerta estrecha que abre una brecha a la intimidad del Dios Santo en la que todos somos hermanos-, una "cola" que es puente porque tiende las manos a Jesucristo el Puente verdadero, entre los hombres de buena voluntad y nuestro Padre del Cielo.
 
Esta manifestación de fe nuestro Pueblo fiel la viene haciendo desde siempre. El reclamo del pan y del trabajo que nos permiten dar la vida no es cosa de coyunturas ni sólo de tiempos difíciles. Por eso esta marcha, esta manifestación, esta "fila" con la que desde hace tantos años nuestro pueblo detiene sus caminos cotidianos y reclama, junto con San Cayetano, junto con la Virgen, la atención del Señor y de los hermanos, tiene que contagiar todas las marchas, todas las manifestaciones, todas las filas que se hacen en nuestra patria. Para contagiar esta gracia es que pedimos al Padre tener los mismos sentimientos que tuvo Jesús.
 
Queremos rescatar esos valores profundos que hemos recibido como pueblo y, en estos momentos difíciles, dar testimonio de esperanza, de solidaridad, de reclamo pacífico e insistente, con hambre y sed de justicia. Como les he ido diciendo, año tras año, en esta misma misa: Queremos rescatar esa esperanza que encierra el gesto humilde de "ponerse en fila y caminar", de ponerse en fila como los granitos de la espiga del santo -¿se acuerdan? –para caminar sin pisotear a nadie, sin colarse, sin desilusionarse. Queremos rescatar el valor de inclusión que tiene nuestro querido Santuario cuyas puertas abiertas reciben a todos sin excluir a nadie y que debe ser imagen de nuestras casas y de nuestras instituciones. Queremos rescatar esa fortaleza de nuestro pueblo fiel que sabe "poner el hombro" y cargar con la cruz ayudando a los demás. Queremos rescatar esa solidaridad, ese espíritu de samaritano que tiene nuestro pueblo fiel y que lo lleva a "no pasar de largo" ante el dolor y ante la injusticia, este deseo de acercarse como Jesús a todo el que sufre para dar una mano. Queremos rescatar la gracia de esa "bienaventuranza de Jesús a los que lloran" porque tienen hambre y sed de justicia, y recibir de sus manos el consuelo que necesitamos.
 
Por eso todos juntos vamos a clamar al Señor, junto con San Cayetano, rezando la oración tan linda que se compuso para la novena:
 
 
Necesitamos ver tu rostro
Guardar las palabras de tu boca
Hablarte al oído
Dejarnos mirar por tus ojos
Y al besarte, Cristo, encontrar en ti los rasgos de tu madre,
De tus santos, de tu pueblo sufrido.
Queremos ver tu rostro
Dios amigo
Compañero de camino.
 
 
Buenos Aires, 7 de agosto de 2002.
 

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

 

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Carta a los Catequistas (Agosto 2002)

 
"Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto"

Mateo 4,10

 
"Quizás como pocas veces en nuestra historia, esta sociedad malherida aguarda una nueva llegada del Señor. Aguarda la entrada sanadora y reconciliante de Aquél que es Camino, Verdad y Vida. Tenemos razones para esperar. No olvidamos que su paso y su presencia salvífica han sido una constante en nuestra historia. Descubrimos la maravillosa huella de su obra creadora en una naturaleza de riqueza incomparable. La generosidad divina también se ha reflejado en el testimonio de vida, de entrega y sacrificio de nuestros padres y próceres, del mismo modo que en millones de rostros humildes y creyentes, hermanos nuestros, protagonistas anónimos del trabajo y las luchas heroicas, encarnación de la silenciosa epopeya del Espíritu que funda pueblos.
Sin embargo, vivimos muy lejos de la gratitud que merecería tanto don recibido. ¿Qué impide ver esta llegada del Señor? ¿Qué torna imposible el «gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sal. 34,9) ante tanta prodigalidad en la tierra y en los hombres? ¿Qué traba las posibilidades de aprovechar en nuestra Nación, el encuentro pleno entre el Señor, sus dones, y nosotros? Como en la Jerusalén de entonces, cuando Jesús atravesaba la ciudad y aquel hombre llamado Zaqueo no lograba verlo entre tanta muchedumbre, algo nos impide ver y sentir su presencia."
 
Con estas palabras empezaba la homilía del Te Deum del último 25 de mayo. Y quisiera que sirviera de introducción a esta carta que con afecto agradecido te hago llegar en medio de tu silenciosa pero importante tarea de edificar la Iglesia.
 
Creo no exagerar al afirmar que estamos en un tiempo de "miopía espiritual y chatura moral" que hace que se nos quiera imponer como normal una "cultura de lo bajo", en el que pareciera no haber lugar para la trascendencia y la esperanza.
 
Pero sabes bien por ser catequista, por la sabiduría que te da el trato semanal con la gente, que en el hombre sigue latiendo un deseo y necesidad de Dios. Ante la soberbia e invasiva prepotencia de los nuevos Goliat, que desde algunos medios de comunicación y no menos despachos oficiales, reactualizan prejuicios e ideologismos autistas, se hace necesario hoy más que nunca la serena confianza de David para desde el llano defender la herencia. Por eso, quisiera insistirte en aquello que te escribía un año atrás:" Hoy más que nunca, se puede descubrir detrás de tantas demandas de nuestra gente, una búsqueda del Absoluto que, por momentos, adquiere la forma de grito doloroso de una humanidad ultrajada: "Queremos ver a Jesús" (Jn. 12,21). Son muchos los rostros que, con un silencio más decidor que mil palabras, nos formulan este pedido. Los conocemos bien: están en medio de nosotros, son parte de ese pueblo fiel que Dios nos confía. Rostros de niños, de jóvenes, de adultos... Algunos de ellos, tienen la mirada pura del "discípulo amado", otros, la mirada baja del hijo pródigo. No faltan rostros marcados por el dolor y la desesperanza. Pero todos esperan, buscan, desean ver a Jesús. Y por eso necesitan de los creyentes, especialmente de los catequistas que no sólo 'hablen' de Cristo sino, en cierto modo, que se lo hagan 'ver'.... De ahí, que nuestro testimonio sería enormemente deficiente, si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro" (NMI 16).
 
Por eso, me animo a proponerte que nos detengámonos este año a ahondar el tema de la adoración.
 
Hoy más que nunca se hace necesario "adorar en espíritu y verdad" (Jn 4, 24). Es una tarea indispensable del catequista que quiera echar raíces en Dios, que quiere no desfallecer en medio de tanta conmoción.
Hoy más que nunca se hace necesario adorar para hacer posible la projimidad que reclama estos tiempos de crisis. Sólo en la contemplación del misterio de Amor que vence distancias y se hace cercanía, encontraremos la fuerza para no caer en la tentación de seguir de largo, sin detenernos en el camino.
Hoy más que nunca se hace necesario enseñar a adorar a nuestros catequizandos, para que nuestra Catequesis sea verdaderamente Iniciación y no sólo enseñanza.
Hoy más que nunca se hace necesario adorar para no apabullarnos con palabras que a veces ocultan el Misterio, sino regalarnos el silencio lleno de admiración que calla ante la Palabra que se hace presencia y cercanía.
 
¡Hoy más que nunca se hace necesario adorar!
 
Porque adorar es postrarse, es reconocer desde la humildad la grandeza infinita de Dios. Sólo la verdadera humildad puede reconocer la verdadera grandeza, y reconoce también lo pequeño que pretende presentarse como grande. Quizá una de las mayores perversiones de nuestro tiempo es que se nos propone adorar lo humano dejando de lado lo divino. "Sólo al Señor adorarás" es el gran desafío ante tantas propuestas de nada y vacío. No adorar a los ídolos contemporáneos -con sus cantos de sirena- es el gran desafío de nuestro presente, no adorar lo no adorable es el gran signo de los tiempos de hoy. Ídolos que causan muerte no merecen adoración alguna, sólo el Dios de la vida merece "adoración y gloria" (Cfr. DP 491)
 
Adorar es mirar con confianza a Aquel que aparece como confiable porque es dador de vida, instrumento de paz, generador de encuentro y solidaridad.
 
Adorar es estar de pie ante todo lo no adorable, porque la adoración nos vuelve libres y nos vuelve personas llenas de vida.
 
Adorar no es vaciarse sino llenarse, es reconocer y entrar en comunión con el Amor. Nadie adora a quien no ama, nadie adora a quien no considera como su amor.¡Somos amados! ¡Somos queridos!, "Dios es amor". Esta certeza es la que nos lleva a adorar con todo nuestro corazón a Aquel que "nos amó primero" (I Jn 4,10).
 
Adorar es descubrir su ternura, es hallar consuelo y descanso en su presencia, es poder experimentar lo del salmo 22: "Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo... Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida".
 
Adorar es ser testigos alegres de su victoria, es no dejarnos vencer por la gran tribulación y gustar anticipadamente de la fiesta del encuentro con el Cordero, el único digno de adoración, quien secará todas nuestras lágrimas y en quien celebramos el triunfo de la vida y del amor, sobre la muerte y el desamparo (Cfr. Ap. 21-22).
 
Adorar es acercarnos a la unidad, es descubrirnos hijos de un mismo Padre, miembros de una sola familia, es como lo descubrió San Francisco: cantar las alabanzas unidos a toda la creación y a todos los hombres. Es atar los lazos que hemos roto con nuestra tierra, con nuestros hermanos, es reconocerlo a Él como Señor de todas las cosas, Padre bondadoso del mundo entero.
 
Adorar es decir "Dios", y decir "vida". Encontrarnos cara a cara en nuestra vida cotidiana con el Dios de la vida, es adorarlo con la vida y el testimonio. Es saber que tenemos un Dios fiel que se ha quedado con nosotros y que confía en nosotros.
 
¡Adorar es decir AMEN!
 
Al saludarte por el día del catequista, quiero nuevamente agradecerte toda tu entrega al servicio del Pueblo fiel. Y pedirle a María Santísima que mantenga viva en tu corazón esa sed de Dios para que puedas como la samaritana del Evangelio "adorar en espíritu y verdad" y "hacer que muchos se acerquen a Jesús" (Jn 4, 39).
 
No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide.
 

Buenos Aires, Agosto de 2002.

 Card. Jorge Mario Bergoglio, sj.

Arzobispo de Buenos Aires

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Comunicador ¿Quién es tu prójimo?

Al encarar la reflexión del tema que me fue propuesto no puedo, como cristiano, dejar de referirme inicialmente al Evangelio. No sólo porque la pregunta ¿quién es tu prójimo? está inspirada en la parábola del buen Samaritano, sino – y fundamentalmente – porque el Evangelio del Señor es precisamente comunicar una buena noticia.
 
El evangelio como buena noticia
"Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio". "Enseñen a todos los hombres a cumplir lo que les he mandado": la ley de la caridad. El Evangelio es una buena noticia que tenemos la misión de anunciar a todos y "desde los tejados". Y si ahondamos más, constatamos que los criterios más profundamente humanos del anuncio, también para los nuevos medios de comunicación, son los del Evangelio. Por este motivo abordo el tema desde esta perspectiva. Por otra parte, el desafío que presentan los MCS, con sus tecnologías, su alcance global, su omnipresencia y su influencia en la sociedad y la cultura, son una invitación al diálogo y a la "inculturación del evangelio" en ellos, a la vez que se abre una "evangelización de los medios".
 
El poder de los MCS y de los comunicadores
La profesión de comunicadores y la tecnología de los MCS permiten hoy llegar muy lejos y muy adentro del corazón humano, allí donde se toman las decisiones importantes. Esto se debe a la poderosa potencialidad de la imagen para penetrar, conmover, mover, motivar y afectar nuestra conducta. La imagen nos mueve, motiva nuestras opciones y decisiones. Organiza interiormente la estructura de significado y sentido de la existencia, la imagen va generando las fuerzas operativas que nos mueven. A semejanza de la Palabra creadora de Dios, los comunicadores con la sola palabra pueden recrear o crear una imagen de la realidad. Y la tecnología actual globaliza y hace simultáneo este poder de la palabra.
 
Por eso es tan fascinante y poderosa la acción y la influencia de los MCS en la sociedad y en la cultura. Pueden ayudar a crecer o a desorientar. Pueden recrear las cosas, informándonos sobre la realidad para ayudarnos en el discernimiento de nuestras opciones y decisiones, o pueden crear por el contrario simulaciones virtuales, ilusiones, fantasías y ficciones que también nos mueven a opciones de vida. Esto explica en parte el porqué son tan grandes las inversiones en el desarrollo de la tecnología para los MCS y para la producción de imágenes. Los MCS son hoy instrumentos principales en la creación de la Cultura. Gracias a los Medios, los comunicadores llegan a enormes audiencias. Me gusta categorizar este poder que tienen los Medios con el concepto de projimidad. Su fuerza radica en la capacidad de acercarse y de influir en la vida de las personas con un mismo lenguaje globalizado y simultáneo. La categoría de projimidad entraña una tensión bipolar: acercarse – alejarse y –a su vez en su interioridad- también está tensionada por el modo: acercarse bien y acercarse mal. En el ejercicio de los Medios hay una manera de aproximarse bien y otra de aproximarse mal.
 
La parábola del buen Samaritano
Teniendo en cuenta esto entramos de lleno en nuestro tema con la pregunta: "¿Comunicador ¿quién es tu prójimo?" que nos sitúa en el ámbito de la parábola del buen samaritano. La pregunta que nos hacemos es la que aquel escriba (comunicador) le hizo a Jesús: "¿y quién es mi prójimo?". Como diciendo: el mandamiento de amar es claro para todos, el problema se da en lo concreto: ¿quién es el que tengo que amar? Cómo se da la projimidad en el uso de los MCS? ¿Cada prójimo individualmente, la totalidad de los hombres, los grupos…? ¿Puede darse simultáneamente un mensaje evangélico que no sólo sea altamente personalizado sino también "global" ? ¿Cómo se ama a través de los MCS?
 
La imagen del hombre apaleado al costado del camino
Aunque la imagen del hombre apaleado por los ladrones que quedó tirado al costado del camino, es una imagen que apunta al proceder evangélico –ético y moral- es licito trasponer lo que se dice del bien, al terreno de la verdad y de la belleza. Más aún: bien, verdad y belleza son inseparables cuando nos comunicamos: inseparables por presencia o también por ausencia, y –en este último caso- el bien no será bien, la verdad no será verdad ni la belleza será belleza. Actualmente hay una "mayoría invisible" de excluidos, que están al costado del camino, apaleados y robados, ante los cuales pasan los medios de comunicación. Los muestran, les dan mensajes, los hacen hablar… Entra en juego aquí la projimidad, el modo de aproximarse. El modo de hacerlo determinará el respeto por la dignidad humana.
 
Aproximarse bien, aproximarse mal desde el punto de vista estético.
Así como a nivel ético, aproximarse bien es aproximarse para ayudar y no para lastimar, y a nivel de la verdad, aproximarse bien implica transmitir información veraz, a nivel estético, aproximarse bien es comunicar la integridad de una realidad, de manera armónica y con claridad. Aproximarse mal en cambio es aproximarse con una estética desintegradora, que escamotea algunos aspectos del problema o que los manipula creando desarmonía y que oscurece la realidad, la afea y la denigra.
 
Aproximarse mal: con una estética desintegradora
Cuando las imágenes y las informaciones tienen como único objetivo inducir al consumo o manipular a la gente para aprovecharse de ella, estamos ante un asalto, ante una golpiza. Es la sensación que se tiene muchas veces ante el bombardeo de imágenes seductoras y de imágenes desesperanzadoras. Sentirse bombardeado, invadido, conmocionado, impotente para hacer algo positivo… son sentimientos equivalentes a los que se tiene en un asalto, en un acto de violencia, en un secuestro.
 
Y precisamente detrás de una estética desintegradora que instala la desesperanza de poder descubrir la verdad y de poder hacer el bien en común, es necesario saber discernir y poder desenmascarar la existencia de intereses políticos y económicos de algunos sectores que no apuntan al bien común.
Esta estética desintegradora opera en nosotros de la misma manera que la "ley" y la "liturgia" en el corazón de los que pasaron de largo ante el herido –el levita y el sacerdote-. Ellos no vieron la realidad de un prójimo herido, sino la "pseudorealidad" de un "ajeno", de un "extraño" ante quien conviene pasar de largo. En aquella época lo que los alejó eran sus "ideas" de la ley y del servicio cultual. También hoy se corre el riesgo de que algunos medios instalen una ley y una liturgia que nos hacen pasar de largo ante el prójimo concreto para buscar y servir otros intereses.
 
Aproximarse bien: comunicar la belleza de la caridad en la verdad
Aproximarse bien, implica comunicar la belleza de la caridad en la verdad. Cuando la verdad es dolorosa y el bien difícil de realizar, la belleza está en ese amor que comparte el dolor, con respeto y de manera digna. Contra todo sensacionalismo, hay una manera digna de mostrar el dolor que rescata los valores y las reservas espirituales de un pueblo y ayuda a superar el mal a fuerza de bien, a trabajar hermanados en la voluntad de superación, en la solidaridad, en esa projimidad que nos engrandece abiertos a la verdad y al bien. Por el contrario, "el enfrentamiento y la descalificación como sistema, incluso mediante el uso irresponsable de los medios de comunicación, se oponen a la convivencia plural y madura" como hemos dicho los obispos argentinos.
 
Comunicar lo que se ha contemplado
Los primeros anunciadores de la Buena Noticia de Jesucristo anunciaron en términos de contemplación y testimonio: "Lo que hemos visto y oído, lo que hemos tocado con nuestras manos, eso les comunicamos para que ustedes tengan vida". Frente a la infinidad de imágenes que pueblan el mundo, sólo el ejercicio austero de la contemplación del Rostro de Cristo nos permite espejar con realismo nuestra condición herida por el pecado en los ojos misericordiosos de Jesús, y descubrir en el Rostro del Señor el rostro de nuestros hermanos para hacernos más prójimos. Sólo el ejercicio austero de la contemplación del Rostro de Cristo nos permite descubrir el mismo Rostro del Señor en el otro para hacernos prójimos. Jesús es el Rostro visible del Dios invisible, y los excluidos y marginados de hoy son el rostro visible de Jesús. La contemplación es la que permite unir la paradoja de hacer visibles los rostros invisibles.
 
Aproximarse bien también siempre implica dar testimonio. Contra la neutralidad aparente de los medios, sólo el que comunica jugando su propia ética y dando testimonio de la verdad es confiable para aproximarnos bien a la realidad. El testimonio personal del comunicador está en la base misma de su confiabilidad.
 
Comunicar con sentido de trascendencia
"Los medios de comunicación social pueblan actualmente el mundo de imágenes que no son ventanas al Otro". Aproximarse bien es mostrar siempre esa imagen abierta al Otro, a la trascendencia, a la esperanza, como nos muestran las imágenes de la Virgen y de las catedrales. Aproximarse bien es todo lo contrario de la propuesta frívola de algunos medios que transmiten una caricatura del hombre. Es mostrar y resaltar su dignidad, la grandeza de su vocación, la belleza del amor que comparte el dolor, el sentido del sacrificio y la alegría de los logros.
Los medios pueden ser, lamentablemente, espejo de la sociedad en sus aspectos peores o en los frívolos y narcisistas. Pero también pueden ser ventana abierta por donde fluye sencilla y animadoramente la belleza del amor hermoso de Dios en la maravilla de sus obras, en la aceptación de su Misericordia y en la solidaridad y justicia con el prójimo.
 
Comunicar la belleza del amor que comparte la alegría y el dolor
Las imágenes de la parábola del aceite y el vino con que el buen samaritano comunica su amor al herido son dos imágenes muy decidoras para un comunicador. Lo que hay que comunicar debe ser aceite perfumado para el dolor y vino sabroso para la alegría. La belleza del amor es alegre sin frivolidad. Pensamos en la belleza de una Madre Teresa o de un Don Zatti, cuya luminosidad no proviene de ningún maquillaje ni de ningún efecto especial sino de ese resplandor que tiene la caridad cuando se desgasta cuidando a los más necesitados, ungiéndolos con ese aceite perfumado de su ternura. Sólo el samaritano goza la belleza de la caridad y el compromiso de amar y ser amado gratuitamente. Una experiencia que empieza por el conmovérsele las entrañas, por el enternecérsele el corazón; por hacerse sensible a la belleza y hermosura de Dios en el hombre (La gloria de Dios es el hombre viviente); a la belleza y el gozo de la paz y la comunión del hombre con Dios en el servicio humilde al herido anónimo, desconocido.... en los márgenes de la ciudad, del Mercado, de la sociedad... en la intemperie del camino... Se trata de una belleza distinta. Es la belleza del Amor.
 
En el Jesús roto de la cruz que no tiene apariencia ni presencia a los ojos del mundo y de las cámaras de TV, resplandece la belleza del amor hermoso de Dios que da su vida por nosotros. Es la belleza de la caridad, la belleza de los santos. Cuando pensamos en alguien como la madre Teresa de Calcuta nuestro corazón se llena de una belleza que no proviene de los rasgos físicos o de la estatura de esta mujer, sino del resplandor hermoso de la caridad con los pobres y desheredados que la acompaña.
 
Del mismo modo hay una hermosura distinta en el trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y el pan compartido con generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa desarreglada y casi anciana, que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo en la juventud, hay una hermosura extraordinaria en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, esos viejitos que caminan tomados de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria; en el trabajo generoso por la felicidad de la familia... comprometidos en el arduo trabajo anónimo y desinteresado de restaurar la amistad social... Hay belleza en la creación, en la infinita ternura y misericordia de Dios, en la ofrenda de la vida en el servicio por amor. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza es poner los cimientos de una cultura de la solidaridad y de la amistad social.
 
Comunicar con sentido del tiempo: con memoria y esperanza
El Papa nos habla de la cultura cristiana como aquella de las noticias dignas de recuerdo (Jornada mundial de las comunicaciones 2000). Refundar hoy los vínculos sociales y la amistad social implica, para el comunicador, rescatar del rescoldo de la reserva cultural y espiritual de nuestro pueblo, la belleza de la comunión, de la comunidad nacional, rescatar y comunicar la memoria y la belleza de nuestros héroes, de nuestros próceres y de nuestros santos.
 
Esta reserva cultural es el espacio de la cultura, de las artes, espacio fecundo donde la comunidad contempla y narra su historia de familia, donde se reafirma el sentido de pertenencia a partir de los valores encarnados y acuñados en la memoria colectiva. Estos espacios comunitarios de ocio fecundo, cuasi sagrado, son ocupados hoy muchas veces por los MCS con entretenimientos que no siempre engendran verdadera alegría y gozo. La comunicación meramente puntual, carente de historia, no tiene sentido del tiempo y, consiguientemente, no es creadora de esperanza. En cambio, el comunicador –por propia vocación- es un testigo confiable y cualificado de la belleza del amor hermoso que se hace prójimo, que se hace capaz de asumir y continuar una historia.
 
Conclusión: un doble desafío
Por un lado el comunicador cristiano tiene el desafío de conocer, sentir y gustar la belleza del Amor hermoso de Dios, vivo en Jesucristo muerto y resucitado, en su Presencia y acción misericordiosa entre nosotros, por el ejercicio de la Contemplación... Este encuentro personal con Jesucristo es luz para discernir frente a la imagen vacía de cierta cosmetología tecnológica, la belleza de los valores.
La experiencia de la belleza del amor hermoso de Dios, por el encuentro personal y comunitario con Jesucristo es el motor de la creatividad cristiana para la comunicación de la Buena Noticia.
 
Por otra parte, el desafío de compartir esta belleza del Amor hermoso de Dios con una vocación tan específica, cuando la revolución de las comunicaciones y la información en plena transformación ponen a la Iglesia ante un camino decisivo como es cruzar estos nuevos umbrales culturales, que requieren nuevas energías e imaginación para proclamar el único evangelio de Jesucristo, exige al comunicador cristiano mucha formación y verdadero profesionalismo para el uso competente de la tecnología y el lenguaje de los Medios.
 
El otro buen Samaritano
San Maximiliano María Kolbe, mártir de la caridad, prisionero 16670 de Auschwitz, propuesto por Juan Pablo II, por el uso que hizo de los MCS, como patrono de los periodistas en todas las ramas de las comunicaciones sociales, supo aproximarse a los heridos del campo de concentración. Y allí donde también estaban los carceleros y verdugos despojando y golpeando, él se hizo prójimo como el mismo Jesús, ofreciendo su vida en servicio por amor, en lugar de Francisco Gajowniczek condenado a muerte... Él, como modelo de todos los comunicadores, nos hace ver que la manera más competente de comunicar el Evangelio de Jesucristo es la belleza del testimonio del compromiso con la verdad y la donación de la vida por amor.
 
Señor, que nos hagamos prójimos como el Buen Samaritano del Evangelio, que no es otro que vos mismo transfigurado por la belleza del Amor hermoso de Dios por nosotros; que se nos conmuevan las entrañas y se nos enternezca el corazón frente al hermano; que descubramos la belleza del Amor hermoso con el que somos salvados, para que comuniquemos con gozo la belleza del compromiso de amar al prójimo según el ejemplo de Maximiliano Kolbe.

Buenos Aires, 10 de octubre de 2002.

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.
Arzobispo de Buenos Aires   

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