Año 2003

Mensaje del Sr. Arzobispo en la Misa de Noche Buena (25/12/2003)

Mensaje del Sr. Arzobispo a los Catequistas (21/08/2003)

Homilia del Sr. Arzobispo en el Santuario de San Cayetano (07/08/2003)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (21/06/2003)

 "Duc in altum", El Pensamiento social de Juan Pablo II    (07/06/2003)

 Homilia del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25/5/2003

 Vigilia Pascual - 19/04/2003

Misa Crismal - 17/04/2003

 Homilia del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación 2003

 Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas (9 Abril 2003)

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EDUCAR ES ELEGIR LA VIDA

Mensaje del Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., Arzobispo de Buenos Aires,
a las Comunidades Educativas, al inicio del año escolar, dado en la Misa celebrada en la Catedral Metropolitana el 9 de abril de 2003

Introducción

Hace exactamente un año, iniciaba mi mensaje a las comunidades educativas hablando de un momento crítico y decisivo en la vida de nuestro pueblo. Muchas cosas han pasado desde entonces: sufrimiento, desconcierto, indignación, pero también mucho poner el hombro por parte de tantos hombres y mujeres que se brindaron al prójimo sin justificarse en la indiferencia o en el afán de "salvarse" de otros. Como balance, nos encontramos con la convicción de que no tenemos que esperar ningún "salvador", ninguna propuesta "mágica" que vaya a sacarnos adelante o a hacernos cumplir con nuestro "verdadero destino". No hay "verdadero destino", no hay magia. Lo que hay es un pueblo con su historia repleta de interrogantes y dudas, con sus instituciones apenas sosteniéndose, con sus valores puestos entre signos de pregunta, con las herramientas mínimas como para sostener un corto plazo. Cosas demasiado "pesadas" como para confiárselas a un carismático o a un técnico. Cosas que sólo mediante una acción colectiva de creación histórica pueden dar lugar a un rumbo más venturoso. Y no creo equivocarme si intuyo que la tarea de ustedes como educadores, va a tener que "hacer punta" en este desafío. Crear colectivamente una realidad mejor, con los límites y posibilidades de la historia, es un acto de esperanza. No de certezas, ni de meras apuestas: ni destino ni azar. Exige creencias y virtudes. Poner en juego todos los recursos, más un "plus" imponderable que le da su dramatismo.

La reflexión de este año también versa sobre la esperanza, pero muy en particular sobre un componente esencial de su dimensión activa: la creatividad. Porque si estamos en un momento de creación histórica y colectiva, nuestra tarea como educadores ya no puede limitarse a "seguir haciendo lo de siempre", ni siquiera a "resistir" ante una realidad sumamente adversa: se trata de crear, de comenzar a poner los ladrillos para un nuevo edificio en medio de la historia; es decir, ubicados en un presente que tiene un pasado y -eso deseamos- también un futuro.


Utopía y creación histórica

Para nosotros, hablar de "creación" tiene una inmediata connotación creyente. La fe en Dios Creador nos dice que la historia de los hombres no es un vacío sin orillas: tiene un inicio y tiene también una dirección. El Dios que creó "el cielo y la tierra" es el mismo que hizo una Promesa a su pueblo, y su poder absoluto es la garantía de la eficacia de su Amor. La fe en la creación, de este modo es soporte de la esperanza. La historia humana, nuestra historia, la historia de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de nuestras comunidades, la historia concreta que construimos día a día en nuestras escuelas, nunca está "terminada", nunca agota sus posibilidades, sino que siempre puede abrirse a lo nuevo, a lo que hasta ahora no se había tenido en cuenta. A lo que parecía imposible. Porque esa historia forma parte de una creación que tiene sus raíces en el Poder y el Amor de Dios.

Una vez más, conviene aclarar que no se trata de una especie de compulsa entre pesimismo y optimismo. Estamos hablando de la esperanza, y la esperanza no se siente cómoda con ninguna de esas dos opciones. Vamos a centrarnos en la creatividad como característica de una esperanza activa. ¿En qué sentido podemos ser creativos, creadores, nosotros los seres humanos? No lo será en el sentido de "crear de la nada" como Dios, obviamente. Nuestra capacidad de crear es bastante más humilde y acotada puesto que es un don de Dios que, ante todo, debemos recibir. Nosotros, a la hora de ejercer nuestra creatividad, debemos aprender a movernos dentro de la tensión entre la novedad y la continuidad. Es decir debemos dar lugar a lo nuevo a partir de lo ya conocido. Para la creatividad humana, no hay ni "creación de la nada" ni "idéntica repetición de lo mismo". Actuar creativamente implica hacerse seriamente cargo de lo que hay, en toda su densidad, y encontrar el camino por el cual a partir de allí se manifieste algo nuevo.

En este punto, podemos volver a convocar, como lo hicimos ya el año pasado, a uno de los más importantes maestros de la fe: san Agustín. En su obra La Ciudad de Dios, este Padre de la Iglesia reflexionaba sobre el sentido de la historia desde la perspectiva de la salvación escatológica realizada en Cristo. La inminente caída del Imperio Romano anunciaba una profunda novedad histórica: el fin de una época y el incierto comienzo de otra. Y Agustín se proponía comprender los designios de Dios para iluminar a la Iglesia confiada a su ministerio.Ya hemos expuesto los elementos centrales de esta obra en el mensaje del año pasado. En última instancia, nos remitíamos a la historia humana como lugar del discernimiento entre las ofertas de la gracia, orientadas hacia la plena realización del hombre, la sociedad y la historia en la redención escatológica, y las tentaciones del pecado, pretendiendo construir un destino oponiéndose a la dinámica divina de salvación.

Pero hay otras dimensiones de este pensamiento agustiniano que pueden orientarnos en la búsqueda de una creatividad histórica. Para aprovechar su enseñanza, es preciso preguntarnos antes sobre el sentido de la utopía. En primer lugar, las utopías son frutos de la imaginación, la proyección hacia el futuro de una constelación de deseos y aspiraciones. La utopía toma su fuerza de dos elementos: por un lado, la disconformidad, la insatisfacción o el malestar que genera la realidad actual; por el otro, la inquebrantable convicción de que otro mundo es posible. De ahí su fuerza movilizadora. Lejos de ser un mero consuelo fantaseado, una alienación imaginaria, la utopía es una forma que la esperanza toma en una concreta situación histórica.

La creencia de que el mundo es perfectible y de que la persona humana tiene recursos para alcanzar una vida más plena alimenta toda construcción utópica. Pero dicha creencia va de la mano con una búsqueda concreta de mediaciones para que ese ideal sea realizable. Porque si bien el término "utopía" literalmente remite a algo que está "en ningún lugar", algo que no existe de un modo localizable, no por eso apunta a una completa alienación respecto de la realidad histórica. Por el contrario, se plantea como un desarrollo posible, aunque por el momento imaginado. Anotemos este punto: algo que no existe aún, algo nuevo, pero hacia lo cual hay que dirigirse a partir de lo que hay. De ese modo, todas las utopías incluyen una descripción de una sociedad ideal, pero también un análisis de los mecanismos o estrategias que la podrían hacer posible. Diríamos que es una proyección hacia el futuro que tiende a volver al presente buscando sus caminos de posibilidad, en este orden: primero, el ideal, delineado vívidamente, luego, ciertas mediaciones que hipotéticamente lo harían viable.

Pero además, en su "ida y vuelta" a partir del presente, se apoya fundamentalmente en la negación de los aspectos no deseados de la realidad actual. Brota del rechazo (no visceral sino inteligente) de una situación considerada como mala, injusta, deshumanizadora, alienante, etc. En ese sentido, hay que señalar que la utopía propone lo nuevo... pero sin liberarse nunca de lo actual. Perfila la expectativa de la novedad desde la percepción actual de lo que sería deseable si pudiéramos liberarnos de los factores que nos oprimen, de las tendencias que nos impiden acceder a algo superior. Por dos lados distintos, entonces, vemos la indisoluble ligazón entre lo futuro deseado y lo presente soportado. La utopía no es pura fantasía: también es crítica de la realidad y búsqueda de nuevos caminos.

En ese rechazo de lo actual en pos de otro mundo posible, articulado como un salto al futuro que debe después hallar sus caminos para hacerse viable, tiene dos serios límites: primero, cierta cualidad "loca", propia de su carácter fantástico o imaginario que, al poner el acento en esa dimensión y no en los aspectos pragmáticos de su construcción, puede convertirla en un mero sueño, un deseo imposible. Algo de eso resuena en cierto uso actual, "realista", del término. El segundo límite: en su rechazo de lo actual y deseo de instaurar algo nuevo, puede recaer en un autoritarismo más feroz e intransigente que aquello que se quería superar. ¿Cuántos ideales utópicos no han dado lugar, en la historia de la humanidad, a todo tipo de injusticias, intolerancias, persecuciones, atropellos y dictaduras de diversos signos?

Pues bien: justamente son estos dos límites del pensamiento utópico los que han provocado su descrédito en la actualidad; ya sea por un pretendido realismo que se ata a "lo posible", entendiendo eso posible como el solo juego de las fuerzas dominantes descartando la capacidad humana de crear realidad a partir de una aspiración ética; ya sea por el hartazgo ante las promesas de ciertos mundos nuevos que, en el último siglo, sólo han traído más sufrimiento a los pueblos.

Y aquí podemos volver a leer La Ciudad de Dios. La utopía, tal como la conocemos, es una construcción típicamente moderna (si bien hunde sus raíces en los movimientos milenaristas que atravesaron la segunda mitad de la Edad Media). Pero san Agustín, al plantear su esquema de las "dos ciudades" (la ciudad de Dios, regida por el amor, y la ciudad terrena, por el egoísmo) inextricablemente yuxtapuestas en la historia secular, nos ofrece algunas claves para ubicar la relación entre novedad y continuidad, que es justamente el punto crítico del pensamiento utópico y la clave de toda creatividad histórica. En efecto: la Ciudad de Dios es, en primer lugar, una crítica a la concepción que sacralizaba el poder político y el statu quo. Todo imperio de la antigüedad se apoyaba en este tipo de creencia. La religión formaba parte esencial de toda la construcción simbólica e imaginaria que sostenía la sociedad desde un poder sacralizado. Y esto no era sólo cuestión de los "paganos": una vez que el cristianismo fue adoptado como religión del Imperio Romano, se fue conformando una "teología oficial" que sostenía esa realidad política como si fuera ya el Reino de Dios consumado en la tierra.

Justamente a ese tipo de lectura teológica de una realidad histórica se oponía Agustín con su obra. Al mostrar las semillas de corrupción en la Roma imperial, estaba rompiendo toda identificación entre Reino de Cristo y reino de este mundo. Y al presentar la Ciudad de Dios como una realidad presente en la historia, pero de un modo entremezclado con la Ciudad terrena y sólo "separable" en el Juicio final, daba lugar a la posibilidad de otra historia posible, vivida y construida desde otros valores y otros ideales. Si en la "teología oficial" la historia era el lugar exclusivo y excluyente del Poder autorreferenciado, en la Ciudad de Dios se constituye en espacio para una Libertad que acoge el don de la salvación y el proyecto divino de una humanidad y un mundo trasfigurados. Proyecto que será consumado en la escatología, es cierto, pero que ya en la historia puede ir gestando nuevas realidades, derribando falsos determinismos, abriendo una y otra vez el horizonte de la esperanza y de la creatividad a partir de un "plus" de sentido, de una promesa que siempre está invitando a seguir adelante.

También podemos asumir el momento "utópico" de su crítica a los modelos sacralizados, y vincularlo al realismo con que el obispo de Hipona consideraba su pertenencia activa a la Iglesia. Porque otro aspecto de nuestro santo es su comprometida y concreta lucha por la construcción de una Iglesia fuerte, unida, centrada en la experiencia de fe de la cual él mismo era un testigo privilegiado, pero también realizándose de un modo histórico y terreno en una comunidad concreta. Su firme posición ante los donatistas (una corriente que pretendía una Iglesia de los "puros", sin lugar para los pecadores) ponía de manifiesto la convicción realista de que la espera de un cielo nuevo y una nueva tierra no debe dejarnos de brazos cruzados ante los desafíos del presente, en pos de una "pureza" o "no contaminación con lo terreno", sino que -por el contrario- debe darnos una orientación y una energía propia para "amasar" el barro de lo cotidiano, el ambiguo barro de que está hecha la historia humana, para plasmar un mundo más digno de las hijas e hijos de Dios. No el cielo en la tierra: sólo un mundo más humano, en espera de la acción escatológica de Dios.

La creatividad histórica, entonces, desde una perspectiva cristiana, se rige por la parábola del trigo y la cizaña. Es necesario proyectar utopías, y al mismo tiempo es necesario hacerse cargo de lo que hay. No existe el "borrón y cuenta nueva". Ser creativos no es tirar por la borda todo lo que constituye la realidad actual, por más limitada, corrupta y desgastada que ésta se presente. No hay futuro sin presente y sin pasado: la creatividad implica también memoria y discernimiento, ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a tratar de aportar algo a nuestra Patria desde el lugar de la educación, no podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el realista, porque ambos son parte integrante de la creatividad histórica. Debemos animarnos a lo nuevo, pero sin tirar a la basura lo que otros (e incluso nosotros mismos) han construido con esfuerzo.


Un creativo en la historia argentina

Tratemos de ver esto de un modo un poco más concreto. ¿Por qué no hacer el intento, ya que estamos en tema, de dejarnos enseñar por la historia? Pensando en los tiempos fundacionales de nuestra patria, me salió al encuentro un personaje al cual, por lo general, no se le reconoce la relevancia que ha tenido en la Argentina naciente. Me refiero a Manuel Belgrano.

¿Qué se puede decir de él, además de su participación en la Primera Junta y la creación de la bandera? No fue un hombre "exitoso", al menos en los términos en que nos hemos acostumbrado a usar esa palabra en estos tiempos de pragmatismo y necedad. Sus campañas militares carecieron del brillo y profundidad que le ganaron a José de San Martín el título de "Libertador". Carecía de la pluma de escritor y propagandista de un Sarmiento. Como político, siempre estuvo relegado a una segunda línea. Tampoco su vida privada fue demasiado llamativa: su salud dejaba bastante que desear, no pudo casarse con la mujer que amaba y murió a los cincuenta años, en la pobreza. Sin embargo, Sarmiento dijo de él que había sido "uno de los poquísimos que no tiene que pedir perdón a la posteridad y a la severa crítica de la historia. Su muerte oscura es todavía un garante de que fue ciudadano íntegro, patriota intachable". De muy pocos "exitosos" de nuestra historia nacional podría decirse lo mismo... Es que, además de sus incontrastables virtudes personales y su profunda fe cristiana, Belgrano fue un hombre que, en el momento justo, supo encontrar el dinamismo, empuje y equilibrio que definen la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda conjunción de continuidad realista y novedad magnánima. Su influencia en los albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone; y por ello puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de incertidumbre pero también de desafío, "cómo se hace" para poner cimientos duraderos en una tarea de creación histórica.


Un creativo revolucionario

Belgrano vivió en una época de utopías. Hijo de italiano y criolla se había dedicado a estudiar Leyes en algunas de las mejores universidades de la metrópoli: Salamanca, Madrid y Valladolid. En la convulsionada Europa de fin de siglo, el joven Belgrano no sólo había aprendido la disciplina que había ido a estudiar, sino que se había interesado por el torbellino de ideas nacientes que estaban configurando una nueva época. En particular, la economía política. Firmemente convencido de las más avanzadas ideas de progreso de su tiempo, no dudó en formar en su interior un proyecto: poner todo esto al servicio de una gran causa en su patria natal. Así, en 1794 fue nombrado primer Secretario Perpetuo del Real Consulado de Industria y Comercio del Virreinato del Río de la Plata, algo similar a lo que hoy sería una cartera de Hacienda. No era algo común que la España fuertemente centralista de los Borbones ubicara en puesto tan importante a un hijo de criolla y extranjero. Pero en Buenos Aires escaseaban hombres con una formación semejante. El flamante Secretario no tardó en confrontarse con la realidad americana, al intentar cumplir su tarea de promover la producción y el comercio con un espíritu realmente transformador. Pronto se dio cuenta de que los brillantes ideales de derechos del hombre y el progreso chocaban con las mentalidades conservadoras de la administración colonial y los sectores acomodados de Buenos Aires, comerciantes que se beneficiaban del monopolio español y el contrabando:

"...conocí que nada se haría en favor de las provincias por unos hombres que por sus intereses particulares posponían el del común. Sin embargo, ya que por las obligaciones de mi empleo podía hablar y escribir sobre tan útiles materias, me propuse, al menos, echar las semillas que algún día fuesen capaces de dar frutos, ya porque algunos estimulados del mismo espíritu se dedicasen a su cultivo, ya porque el orden mismo de las cosas las hiciese germinar", diría en su breve Autobiografía.

¿Cuáles eran estas semillas? "Fundar escuelas es sembrar en las almas", dirá nuestro prócer. El espíritu revolucionario de Belgrano descubrió rápidamente que lo nuevo, lo que podría llegar a ser capaz de modificar una realidad estática y esclerotizada, vendría por el lado de la educación. De este modo, promovió por todos los medios la creación de escuelas básicas y especializadas. Las Memorias anuales del Consulado, el periódico Telégrafo Mercantil y, más tarde, el Correo de Comercio, serían algunos de los medios a través de los cuales buscará "sembrar" esas "semillas". Su prédica insistirá en la necesidad de la enseñanza técnica, diseñando proyectos de escuelas de agricultura, comercio, arquitectura, matemáticas, dibujo. De todas ellas, sólo pudieron concretarse las de Náutica y de Dibujo. Mucho antes que otros Belgrano comprendió que la educación y aun la capacitación en las disciplinas y técnicas modernas eran una importante clave para el desarrollo de su patria. Si sus proyectos no pudieron desarrollarse, fue porque -como él mismo escribiría años después- "todos, o escollaban en el gobierno de Buenos Aires o en la Corte, o entre los mismos comerciantes, individuos que componían este cuerpo, para quienes no había más razón, ni más justicia, ni más utilidad ni más necesidad que su interés mercantil; cualquiera cosa que chocara con él, encontraba un veto, sin que hubiese recurso para atajarlo". Pero no por eso abandonó su empeño: por uno u otro lado se las arreglaba para seguir difundiendo y poniendo en práctica sus ideas. Porque además de idealista, el creador de la bandera era sumamente perseverante, y no se dejaba vencer fácilmente, a pesar de su carácter moderado y conciliador.

Además de lo que hacía al desarrollo económico, Belgrano consideraba que "un pueblo culto nunca puede ser esclavizado". La dignidad de la persona humana ocupaba en su mentalidad, al mismo tiempo cristiana e ilustrada, el lugar central. De allí que bregara también por la fundación de escuelas en la ciudad y en el campo, donde se brindara a todos los niños las primeras letras, junto a conocimientos básicos de matemáticas, el catecismo, y algunos oficios útiles para ganarse la vida.

"Esos miserables ranchos donde se ven multitud de criaturas, que llegan a la edad de la pubertad, sin haberse ejercitado en otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto", escribía en 1796. "Uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas, a donde puedan los infelices mandar a sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción, allí se les podrían dictar buenas máximas, e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad, decae el comercio y toma su lugar la miseria".

No otro era el espíritu de su insistencia (en el Reglamento de la Escuela de Geometría, Arquitectura, Perspectiva y Dibujo, escrito por su propia mano) en los derechos igualitarios para españoles, criollo e indios y en la provisión de cuatro vacantes para huérfanos, "los más desposeídos de nuestra tierra". En la misma línea, Belgrano da una fundamental importancia a la educación de las chicas, en una época en que todavía estaba muy lejos el reconocimiento práctico de condiciones y derechos igualitarios para varones y mujeres. Vemos así a un verdadero creador en acción, alguien que, lejos de considerarse satisfecho por la posición alcanzada y hacerla jugar a su favor, consagró lo mejor de sus energías a tratar de plasmar una sociedad nueva, distinta, mejor para todos. Abierto a las ideas más avanzadas de su tiempo y -al mismo tiempo- atento a la necesidad de que nadie quedara afuera de ese nuevo mundo que iba tomando forma. Pero algo más: no se trataba de un idealista que se desentendía de las dificultades prácticas de sus proyectos. Para todos ellos buscaba prever el modo de financiamiento, los recursos materiales y humanos que lo harían posible. En este punto no dudó en aportar él mismo elementos que serían necesarios para sostener un esfuerzo educativo serio. Poco después de la Revolución de 1810 donó 165 volúmenes para la biblioteca pública de Buenos Aires (hoy Biblioteca Nacional). Asimismo, es sabido que destinó el premio de 40.000 pesos que le otorgaron por su victoria en la batalla de Salta a construir cuatro escuelas en Tarija, Salta, Tucumán y Santiago del Estero. Él mismo redacta el Reglamento para esas escuelas, en el cual mostraba el modo en que esos recursos deberían ser usados para sostener a los maestros, proveer de útiles y libros a los niños de padres pobres, etc. Un detalle llamativo: sostenía que el maestro debía ser considerado como "Padre de la Patria" y debería tener asiento en el Cabildo local. Otro detalle, ya no tan llamativo: esas escuelas no llegaron a construirse nunca.


"Lo que ves no es todo lo que hay"

Antes de que parezca que el Arzobispo intenta convertirse indebidamente en profesor de historia, quisiera rescatar de lo visto algunas enseñanzas acerca de la creatividad. Más allá de las profundas diferencias de época, hay mucho de permanente, de vigente, en la actitud de Belgrano de tratar de mirar siempre más allá, de no quedarse con lo conocido, con lo bueno o malo del presente. Esa actitud "utópica", en el sentido más valioso de la palabra, es sin duda uno de los componentes esenciales de la creatividad. Parafraseando (e invirtiendo) una expresión popular, podríamos decir que la creatividad que brota de la esperanza afirma que "lo que ves... no es todo lo que hay".

De esta manera el desafío de ser creativos nos exige sospechar de todo discurso, pensamiento, afirmación o propuesta que se presente como "el único camino posible". Siempre hay más. Siempre hay otra posibilidad. Quizá más ardua, quizá más comprometida, quizá más resistida por aquellos que están muy instalados y para los cuales las cosas marchan muy bien... Los argentinos ya hemos padecido ese tipo de discurso durante la última década, con todo el peso y el brillo de la academia y la ciencia, con la suprema sabiduría de los técnicos y los títulos. Promesas vanas de los "gurúes" de turno, y ya hemos visto dónde desembocaron. Hoy todo el mundo parece saber "qué habría que haber hecho en vez de lo que se hizo". Y todo el mundo parece olvidar que "aquello que se hizo" era presentado por los "popes" del saber económico y los "formadores de opinión" de la comunicación como "el único camino posible". Ser creativos, en cambio, es afirmar que siempre hay algún horizonte abierto. Y no se trata solamente de un optimismo idiota que intentamos copiar de un prócer de hace dos siglos. La afirmación de que "lo que ves no es todo lo que hay" se deriva directamente de la fe en Cristo Resucitado, novedad definitiva, que declara provisoria e incompleta toda otra realización, novedad que mide la distancia entre lo actual y la manifestación del cielo nuevo y la nueva tierra. Distancia que sólo salva la esperanza y su brazo activo: la creatividad que desmiente toda falsa consumación y abre nuevos horizontes y alternativas.

¿Qué decir, asimismo, de las "lápidas" que podemos poner sobre una persona –un alumno, un compañero– cuando la encasillamos, etiquetamos y empaquetamos debajo de un rótulo, una definición, un "concepto"? ¿Cuántas veces podemos cerrar los caminos de renovación y crecimiento de una persona o de una institución educativa, cuando declaramos resignadamente que "las cosas son así", "funcionan así", o que "con fulano no hay nada que hacer"? De todas las instituciones posibles, justamente las escuelas animadas por la fe cristiana son aquellas que menos deberían resignarse y quedarse con lo "ya conocido". Nuestras escuelas están llamadas a ser signos reales, vivientes, de que "lo que ves no es todo lo que hay", que otro mundo, otro país, otra sociedad, otra escuela, otra familia es posible. Llamadas a ser instituciones donde se ensayen formas nuevas de relación, nuevos caminos de fraternidad, un nuevo respeto a lo inédito de cada ser humano, una mayor apertura y sinceridad, un ambiente laboral signado por la colaboración, la justicia y la valoración de cada uno, donde queden afuera relaciones de manipulación, competencia, manejos "por detrás", autoritarismos y favoritismos interesados. Todo discurso cerrado, definitivo, encubre siempre muchos engaños; esconde lo que no debe ser visto. Trata de amordazar la verdad que siempre está abierta a lo auténticamente definitivo, lo cual no es nada de este mundo. Pensamos en una escuela abierta a lo nuevo, capaz de sorprenderse y ella misma aprender de todo y de todos. Una escuela arraigada en la verdad, que es siempre sorpresa. Escuela que es semilla, en el sentido en que lo decía Belgrano y, sobre todo, en el sentido de la palabra evangélica, de un mundo nuevo, transfigurado.

Les hago una propuesta: en una sociedad donde la mentira, el encubrimiento y la hipocresía han hecho perder la confianza básica que permite el vínculo social, ¿qué novedad más revolucionaria que la verdad? Hablar con verdad, decir la verdad, exponer nuestros criterios, nuestros valores, nuestros pareceres. Si ya mismo nos prohibimos seguir con cualquier clase de mentira o disimulo seremos también, como efecto sobreabundante, más responsables y hasta más caritativos. La mentira todo lo diluye, la verdad pone de manifiesto lo que hay en los corazones. Primera propuesta: digamos siempre la verdad en y desde nuestras escuelas. Les aseguro que el cambio será notorio: algo nuevo se hará presente en medio de nuestra comunidad.


"Todo el hombre, todos los hombres"

Hay un criterio, verdaderamente evangélico, que es infalible para desenmascarar "pensamientos únicos" que cierran la posibilidad de la esperanza, e incluso falsas utopías que la desnaturalizan. Es el criterio de universalidad. "Todo el hombre y todos los hombres" era el principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo. La opción preferencial por los pobres del Episcopado latinoamericano no buscaba otra cosa: incluir a todas las personas, en la totalidad de sus dimensiones, en el proyecto de una sociedad mejor. Será por eso que nos suena tan "familiar" la insistencia de Manuel Belgrano acerca de una educación para todos, que contemplara particularmente a los más necesitados para garantizar una plena universalidad. En realidad, ¿puede ser deseable una sociedad que descarte a una cantidad grande o pequeña de sus miembros? Aun desde una posición egoísta, ¿cómo podré estar seguro de que no seré yo el próximo excluido?

Quizás algo de eso haya aprendido nuestra sociedad en el último año. "Siempre hubo pobres entre nosotros", pero en las últimas décadas fueron cayendo una a una las instituciones que intentaban garantizar para todos al menos la oportunidad de vivir una vida digna. El desempleo que aumentaba y aumentaba fue el signo más notorio. Durante mucho tiempo fue desapareciendo y devaluándose el trabajo, la seguridad social, fueron desarticulándose las economías provinciales... Hoy nos horrorizamos al ver que los chicos se mueren de desnutrición. Pero hace unos años, quienes estábamos incluidos en el mundo del consumo, ni soñábamos (ni queríamos soñar) con que, al mismo tiempo que algunos se convertían en ciudadanos del primer mundo, otros descendían a una especie de inframundo sin trabajo, sin sentido, sin esperanza, sin futuro, decretado "inviable" o sólo objeto de asistencia (siempre insuficiente) por un sistema injusto y sin corazón. Hasta que llegaron el "corralito" y el colapso, y ahí muchos argentinos descubrieron que la máquina infernal también venía por ellos, por los que "se venían salvando".

Si se acepta que "algunos sí y otros no", queda la puerta abierta para todas las aberraciones que vengan después. Y esto es, también, un punto central de la creatividad que buscamos. La capacidad de mirar siempre qué pasa con el lado que no se tuvo en cuenta en los cálculos. "Volver a mirar", a ver si no quedó nadie afuera, nadie olvidado. Por muchos motivos. Primero, porque en la lógica cristiana, todo hombre debe tener su lugar y cada uno es imprescindible. Segundo, porque una sociedad excluyente es, en realidad, una sociedad potencialmente enemiga de todos. Y tercero, porque aquel que fue olvidado no se va a resignar tan fácilmente. Si no pudo entrar por la puerta, tratará de hacerlo por la ventana. Resultado: la bella sociedad excluyente y amnésica tendrá que volverse más y más represiva, para evitar que los Lázaros que dejó afuera puedan meterse a "manotear algo" de la mesa de Epulón.

Pues bien, una imprescindible misión de todo educador cristiano es apostar a la inclusión, trabajar por la inclusión. ¿No ha sido una práctica antiquísima de la Iglesia llevar la educación a los más olvidados? ¿No han sido creadas con ese objetivo muchas congregaciones y obras educativas? ¿Hemos sido siempre consecuentes con esta vocación de servicio e inclusión? ¿Qué vientos nos hicieron perder este norte evangélico? Porque la Iglesia también sueña con brindar educación gratuita a todos los que deseen recibir su servicio, especialmente los más pobres. Pero, ¿dónde nos deja eso a nosotros? Es obvio que las cosas no caen del cielo como el maná, y que en estos tiempos no se nos hace fácil sostener nuestras instituciones. Por supuesto que el Estado tiene también su responsabilidad y su función, y debe garantizar de diversas maneras la educación gratuita y de calidad para todos, respetando el derecho a elegir que también tienen los pobres. Pero ahora me refiero más bien a una cuestión de mentalidad. La mentalidad con que llevamos adelante nuestros colegios, la mentalidad que transmitimos, la mentalidad con que tomamos determinaciones y opciones. Nuestras escuelas deben regirse por un criterio bien definido: el de la fraternidad solidaria. Y ese debe ser su sello distintivo en todas y cada una de sus dimensiones y actividades; y también, permítanme decirlo, el de cada uno de los maestros cristianos. De ningún modo su trabajo es una mera "mercancía". Ningún trabajo lo es, pero el de Ustedes por un título especial. Es un servicio a las personas, a los pequeños, personas que se ponen en sus manos para que ustedes los ayuden a llegar a ser lo que pueden ser. "Padres de la Patria", los llamaba Belgrano, y reclamaba para Ustedes un asiento en el Cabildo. ¡Ojalá todas nuestras instituciones educativas pudieran recompensar como corresponde a sus maestros! No sólo económicamente: también en respeto, participación, reconocimiento. En lo económico, la realidad nos impone límites que no podemos negar. Pero todos: maestros, directivos, pastores, padres y madres, alumnos podemos ser signos de un mundo distinto donde cada uno sea reconocido, aceptado, incluido, dignificado, y no sólo por su utilidad, sino por su valor intrínseco de ser humano, de hija o hijo de Dios. Llamados a ser creativos en este crítico momento de nuestra patria, tendremos que preguntarnos qué hacemos como Iglesia, como escuela, como maestros, para aportar a una mentalidad y una práctica verdaderamente incluyente y universal, y a una educación que brinde posibilidades no a algunos, sino a todos los que estén a nuestro alcance, a través de los diversos medios que tengamos.

Una segunda propuesta: atrevámonos a jugarnos por entero por el valor cristiano de la fraternidad solidaria. No permitamos que la mentalidad individualista y competitiva tan arraigada en nuestra cultura ciudadana termine colonizando también nuestras escuelas. Animémonos a enseñar y hasta a exigir el desprendimiento, la generosidad, la primacía del bien común. La igualdad y el respeto a todos: extranjeros (de países limítrofes), pobres, indigentes. Combatamos desde nuestras escuelas toda forma de discriminación y de prejuicio. Aprendamos y enseñemos a dar incluso desde los recursos escasos de nuestras instituciones y familias. Y que esto se manifieste en cada decisión, en cada palabra, en cada proyecto. De ese modo, vamos a estar poniendo un signo muy claro (y hasta polémico y conflictivo, si es necesario) de la sociedad distinta que queremos crear.


"De buenas intenciones está sembrado el camino del infierno"

Un tercer criterio para orientar nuestra creatividad. Una vez más, reconociéndolo en la acción del creador de la bandera nacional, el cual procuraba siempre asegurar los recursos y medios para la realización de sus proyectos. No basta con las intenciones, ni tampoco con las palabras. Es preciso poner manos a la obra, y de un modo eficaz. Es muy bonito hablar de solidaridad, de una sociedad distinta, teorizar sobre la escuela y la importancia de una educación actualizada, personalizada, con los pies en la tierra. Hay toneladas de palabras sobre la sociedad de la información, sobre el conocimiento como principal capital del mundo actual, etcétera, etcétera. Pero "de buenas intenciones está sembrado el camino del infierno". Una verdadera creatividad no descuida, como ya vimos, los fines, los valores, el sentido. Pero tampoco deja de lado los aspectos concretos de implementación de los proyectos. La "técnica" sin "ética" es vacía y deshumanizante, un ciego guiando a otros ciegos, pero una postulación de los fines sin una adecuada consideración de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. La utopía, decíamos, así como tiene esa capacidad de movilizar situándose "adelante" y "afuera" de la realidad limitada y criticable, también, y por eso mismo, tiene un aspecto de "locura", de "alienación", en la medida que no desarrolle mediaciones para hacer de sus atractivas visiones, objetivos posibles.

Por ello, para enfrentar creativamente el momento actual, debemos desarrollar más y más nuestras capacidades, afinar nuestras herramientas, profundizar nuestros conocimientos. Reconstruir nuestro alicaído sistema educativo, desde el reducido o prominente lugar que nos haya tocado ocupar, implica capacitación, responsabilidad, profesionalismo. Nada se hace sin los recursos necesarios, y no sólo los económicos, sino también los talentos humanos. La creatividad no es cosa de mediocres. Pero tampoco de "iluminados" o "genios": aunque siempre hacen falta los soñadores y los profetas, su palabra cae en el vacío sin constructores que conozcan su oficio.

La escuela que se juegue por responder a estos desafíos deberá entrar en una dinámica de diálogo y participación para resolver los nuevos problemas de modos nuevos, sabiendo que nadie tiene la suma del saber o de la inspiración, y que el aporte responsable y competente de cada uno es imprescindible. La exclusión socioeconómica, la crisis de sentido y valores y la labilización del vínculo social son una realidad que toca a todos, pero de un modo especial afecta a nuestros chicos y adolescentes. Se hace necesario buscar formas eficaces de acompañarlos y fortalecerlos ante los riesgos que los acechan. Y no sólo el SIDA o las drogas; también el individualismo, el consumismo frustrante, la falta de oportunidades, la tentación de la violencia y de la desesperanza, la pérdida de vínculos y horizontes, la limitación en la capacidad de amar. ¿Estamos preparados? ¿Contamos con equipos profesionales adecuados? ¿Salimos a buscar experiencias, saberes, propuestas, o tendemos a quedarnos con lo que ya sabemos, haya o no funcionado? ¿Estamos dispuestos a armar redes, con apertura generosa a lo diocesano? Si a una verdadera mística cristiana de la apertura a lo adveniente y de la solidaridad universal y concreta le sumamos una prudencial y generosa administración de nuestros talentos humanos e institucionales, no contentándonos con lo que ya tenemos sino buscando perfeccionar más y más nuestras habilidades y capacidades, estaremos en condiciones de responder al momento actual con una auténtica actitud creativa.

Y aquí va la tercera propuesta: no dudemos en buscar lo mejor en nuestras escuelas. Salgamos de cierta chatura, de cierto estilo de "lo atamos con alambre" que ha sido durante mucho tiempo un hábito en nuestras comunidades. Preocupémonos para que nuestros maestros, nuestros directivos, nuestros capellanes, nuestros administrativos, sean realmente buenos y serios en lo suyo. El espíritu es importante, pero también lo es la competencia profesional. No para caer en el mito de la "excelencia" en el sentido competitivo e insolidario en que a veces se presenta, sino para ofrecer a nuestra comunidad y a nuestra patria lo mejor de nosotros, poniendo en juego a fondo nuestros talentos.


Creatividad y tradición: "construir desde el lado sano"

La creatividad, que se nutre de la utopía, arraiga en la solidaridad y procura los medios más eficaces, puede sufrir todavía de una patología que la pervierte hasta convertirla en el peor de los males: el creer que todo empieza con nosotros, defecto que, como ya señalamos, degenera rápidamente en autoritarismo.

Volvamos a 1810. Pocos meses después de la Revolución de Mayo, Belgrano es enviado en misión militar al Paraguay. Un año más tarde, sería puesto a cargo del Ejército del Norte con la misión de combatir los importantes focos realistas en el Alto Perú. Con triunfos y reveses, ocupará ese puesto hasta 1814, en el que lo reemplaza luego San Martín. Obviamente, no vamos a hacer aquí la crónica de las campañas militares del abogado puesto a comandar ejércitos, pero sí me gustaría llamarles la atención sobre un detalle que nos muestra la actitud del prócer y puede darnos pie para desarrollar nuestra última reflexión acerca de la creatividad. Ustedes sabrán que Belgrano era un jefe verdaderamente reconocido y querido por sus subordinados, pero que también, en la tropa, circulaban sobre su persona algunos comentarios jocosos y socarrones: que era un mojigato, que era débil de carácter... Es verdad que, para aquellos soldados, un hijo de comerciantes acomodados, formado en los mejores centros de Buenos Aires y de España, dedicado siempre a los libros y las tareas intelectuales, tendría sin duda un aspecto más bien distante. Pero también es cierto que gran parte de esas críticas tenían que ver con su actitud moderada y, sobre todo, con sus estrictas prohibiciones en lo que se refería al trato con las mujeres, el consumo de alcohol, las peleas, los juegos de naipes y otros aspectos que hicieran a la disciplina de la tropa. Es que Belgrano consideraba que las campañas militares realizadas en nombre de la Revolución tenían que estar a la altura de los ideales que la animaban, ideales de dignidad del hombre, libertad y fraternidad, todo ello, además, fundamentado en las virtudes cristianas. Por eso, exigía de su tropa un verdadero testimonio de integridad y de respeto a las comunidades por donde pasaban.

Especialmente severo era con todo aquello que pudiera escandalizar las creencias religiosas de los pueblos del interior. En un bando a la tropa al entrar en el Alto Perú ordenaba

"...se respetarán los usos, costumbres y aún preocupaciones de los pueblos; el que se burlare de ellos con acciones, palabras y aún con gestos será pasado por las armas".

Además de sus propias convicciones religiosas, para él estaba en juego el significado de la Revolución y, en última instancia, de la nación que quería construir. En efecto, en una de sus cartas a San Martín, ya a cargo este último del Ejército del Norte, Belgrano escribía que "...la guerra (en el Alto Perú) no sólo la deberá hacer Ud. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas, pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído a las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos a la religión".(...) no debe dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan". No era ajeno a estas prevenciones el hecho de que jefes militares y civiles anteriores habían escandalizado seriamente a los habitantes de aquellos lugares con sus actitudes y su prédica anticatólica, típica de la mentalidad ilustrada de la Revolución Francesa. Por el contrario, Belgrano sabía que nada puede construirse sobre la destrucción indiscriminada de lo anterior, sino que debe partirse del reconocimiento de la identidad y valor del otro.

Y aquí es donde completamos nuestra perspectiva acerca de la creatividad como ubicada en la tensión entre novedad y continuidad. Si ser creativos tiene que ver con ser capaces de abrirse a lo nuevo, eso no significa descuidar el elemento de continuidad con lo anterior. Sólo Dios crea de la nada, decíamos más arriba. Y así como no hay forma de curar a un enfermo si no nos apoyamos en lo que tiene de sano, del mismo modo no podemos crear algo nuevo en la historia si no es a partir de los materiales que la misma historia nos brinda. Belgrano reconoció que la América unida y fuerte con la cual soñaba sólo podía construirse sobre el respeto y la afirmación de las identidades de los pueblos. Si la creatividad no es capaz de asumir los aspectos vivos de lo real y presente, deviene rápidamente en imposición autoritaria, brutal reemplazo de una "verdad" por otra. ¿No será ésta una de las claves de nuestra dificultad para llevar adelante una dinámica más positiva? Si siempre, para construir, tendemos a voltear y pisotear lo que otros han hecho antes, ¿cómo podremos fundar algo sólido? ¿Cómo podremos evitar sembrar nuevos odios que más tarde echen por tierra lo que nosotros hayamos podido hacer?

Por eso, si como educadores queremos sembrar verdaderamente las semillas de una sociedad más justa, más libre y más fraterna, debemos aprender a reconocer los logros históricos de nuestros fundadores, de nuestros artistas, pensadores, políticos, educadores, pastores... Quizás ahora nos estemos dando cuenta de que en la época "de las vacas gordas" nos habíamos dejado deslumbrar por algunos "espejitos de colores", modas intelectuales y de las otras, y habíamos olvidado algunas certezas muy dolorosamente aprendidas por generaciones anteriores: el valor de la justicia social, la hospitalidad, la solidaridad entre las generaciones, el trabajo como dignificación de la persona, la familia como base de la sociedad...

Nuestras escuelas deberían ser un espacio donde nuestros chicos y jóvenes pudieran tomar contacto con la vitalidad de nuestra historia. No sólo disfrazándose de vendedora de mazamorra en al acto del 25 de mayo, sino también aprendiendo a reflexionar sobre los aciertos y errores que configuraron nuestra realidad actual. Pero eso supone que, antes, todos nosotros, como educadores, hayamos podido realizar –juntos-, ese proceso. Más allá de las diversas opciones y formas de pensar, es preciso aprender a elaborar acuerdos básicos, compartidos –que no nivelen hacia abajo-, sobre los cuales poder seguir construyendo. Es la única forma de afirmar una identidad colectiva en la que todos puedan reconocerse.

Crear a partir de lo existente supone, también, ser capaces de reconocer las diferencias, los saberes previos, las expectativas e incluso los límites de nuestros chicos y sus familias. Sabemos que la educación no es, de ninguna manera, un proceso unidireccional. Pero, ¿actuamos en consecuencia? ¿Realmente estamos dispuestos a dejarnos enseñar, nosotros, maestros? ¿Somos capaces de hacernos cargo de una relación de la que todos podemos salir cambiados? ¿Creemos en nuestros alumnos, en las familias de nuestro barrio, en nuestra gente? La capacidad de "construir desde el lado sano" es, entonces, el cuarto y último criterio para una acción creativa que hoy quiero compartir con ustedes.

Y les hago la última propuesta: animémonos a proponer modelos de vida a nuestros alumnos. La cultura posmoderna, que todo lo diluye, ha declarado pasada de moda toda propuesta ética concreta. Presentar ejemplos valiosos de servicio, de lucha por la justicia, de compromiso por la comunidad, de santidad y heroísmo, tiende a ser visto como una especie de "túnel del tiempo" inútil o pernicioso. Y sobre un territorio devastado ¿qué queda sino el instinto de supervivencia? Parafraseando una canción que sin duda ustedes conocerán y habrán cantado, "¿quién dijo que todo está perdido: muchos han ofrecido su corazón?" propongamos testimonios con la convicción de que esas ofrendas no han sido en vano. Y, ante la uniforme aplanadora del "todo es igual, nada es mejor", habremos puesto inocultables signos de que algo nuevo es posible.


Conclusión

Nuestra reflexión nos ha dejado cuatro enseñanzas acerca de la creatividad histórica que es preciso poner en juego en estos tiempos, cuatro principios de discernimiento:

Mirar siempre más allá: "lo que ves no es todo lo que hay".

Tener siempre en cuenta a "todo el hombre y todos los hombres"

Buscar siempre los medios más adecuados y eficaces: "de buenas intenciones está sembrado el camino del infierno".

"Construir desde el lado sano", rescatando los valores y realizaciones positivas.

Y, como una forma (¡no la única!) de ir poniendo en práctica lo anterior, cuatro propuestas:

-Decir siempre la verdad.

-Jugarnos por la fraternidad solidaria.

-Desarrollar siempre más nuestras capacidades.

-Proponer testimonios y modelos concretos de vida.

Como en el milagro de Jesús, nuestros panes y peces pueden multiplicarse (Mateo 14, 17-20). Como en el ejemplo puesto por el Señor a sus discípulos, nuestra pequeña ofrenda tiene un máximo valor (Lucas 21, 1-4). Como en la parábola, nuestras pequeñas semillas se convierten en árbol y cosecha (Mateo 13, 23. 31-32). Todo ello desde la fuente viva de la Eucaristía, en la cual nuestro pan y nuestro vino se transfiguran para darnos Vida eterna. Se nos pide una tarea inmensa y difícil. En la fe en el Resucitado, podremos enfrentarla con creatividad y esperanza, y ubicándonos siempre en el lugar de los sirvientes de aquella boda, sorprendidos colaboradores del primer signo de Jesús, que sólo siguieron la consigna de una Mujer: "Hagan lo que él les diga" (Juan 2, 5). Creatividad y esperanza hacen crecer la vida. Este año, en el que sintetizando todo esto queremos decir con fuerza: Educar es elegir la Vida, pidámosle a nuestra Madre con las palabras de Juan Pablo II en Evangelium Vitae:

Oh María

aurora del mundo nuevo,

Madre de los vivientes,

a Ti confiamos la causa de la vida:

mira, Madre, el número inmenso

de niños a quienes se impide nacer,

de pobres a quienes se hace difícil vivir,

de hombres y mujeres víctimas

de violencia inhumana,

de ancianos y enfermos muertos

a causa de la indiferencia

o de una presunta piedad.

Haz que quienes creen en tu Hijo

sepan anunciar con firmeza y amor

a los hombres de nuestro tiempo

el Evangelio de la vida.

Alcánzales la gracias de acogerlo

como don siempre nuevo,

la alegría de celebrarlo con gratitud

durante toda su existencia

y la valentía de testimoniarlo

con solícita constancia, para construir,

junto con todos los hombres de buena voluntad,

la civilización de la verdad y del amor,

para alabanza y gloria de Dios Creador

y amante de la vida.

Amén.


Buenos Aires, en la Cuaresma del año del Señor de 2003

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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Homilía del Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.
Catedral Metropolitana. Misa por la Educación. 9/04/2003.

 En este día de la última semana de cuaresma Jesús nos habla en una bipolaridad de libertad y esclavitud. Es la lucha de toda persona: ser libre o ser esclavo… y apunta al corazón de cada uno de nosotros… apunta a nuestra propia existencia, nos interpela: ¿sos libre o sos esclavo? ¿sos libre con la espontaneidad que te da la coherencia de ser persona? o ¿sos esclavo por los condicionamientos que aceptas, por los límites que dejás cristalizar en pecado o simplemente por autonomía?

A la luz de esta bipolaridad "libertad-esclavitud", hoy, iniciamos el año escolar y hoy ante Ustedes chicos y chicas de nuestros colegios, y ante Ustedes educadores a quienes prefiero llamar maestros. Educador es una función, maestro…ser maestro, es una pasión. Ante Ustedes maestros, también quiero plantear esto; ¿libres o esclavos? Y la clave que resuelve la antinomia, en las palabras de Jesús está en la verdad: la verdad los hará libres, si Ustedes permanecen fieles a mis palabras serán verdaderamente mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres.

Lo que liberta al hombre, lo que lo hace realmente libre, persona, lo que lo unge en su total potencialidad es la verdad, entera, a veces dura, a veces aceptada a regañadientes, a veces crucificante, pero la verdad. Así tal cual es. La tentación propia de nuestra debilidad muchas veces nos lleva a gambetear la verdad, a matizarla, a menguarla, cuando no a negociarla o dejarla de lado.

Ser maestros es tomar corazones de chicos y chicas e inculcarles, con pasión de maestros, la pasión por esa verdad que no puede ser negociada, que no puede ser consensuada, nivelando hacia abajo los valores que hacen a nuestra existencia. Y no se nos escapa que esta civilización se ha convertido en un mercado de negociaciones de semiverdades que son mentiras. Llevar a un chico o a una chica por el camino de la semiverdad, por el camino del engaño es prostituir su corazón, es sembrar en vez de libertad, corrupción.

Nuestra vocación de maestros nos lleva a sembrar apasionadamente la verdad que los va a hacer libres, que no los va a hacer claudicar ante la moda, ante el marketing, ante lo más fácil, ante el "hacé la tuya".

La verdad nos hace libres, y esto es lo que proclama Jesús hoy, lo que no es verdad nos hace esclavos. A ustedes chicos y chicas, les pido que no le tengan miedo a la verdad, búsquenla, no tengan miedo a equivocarse buscando la verdad, la van a encontrar. Pero cuídense de aquellos que les venden el engaño, que los seducen con la mentira. Cuídense de los vidrios de colores; hoy también nos ofrecen vidrios de colores diciéndonos que son la verdad más preciosa. A Ustedes maestros y maestras quiero que lo sean apasionadamente. Y a Ustedes chicos y chicas les deseo un año escolar en la verdad y que ella los haga libres. Que así sea.

Buenos Aires, en la Cuaresma del año del Señor de 2003

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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Misa Crismal

 Las lecturas de hoy nos hablan de esperanza. La esperanza de que Dios cuide nuestra fragilidad.
Isaías expresa la esperanza del pueblo en el deseo de que venga el Mesías a cuidar la fragilidad de los pobres, desalentados por tantas malas noticias, heridos en su corazón más que en sus miembros, viviendo como prisioneros de los intereses de los poderosos. Y anuncia que cuando venga el Ungido, transformará al pueblo desolado en un pueblo sacerdotal, consolándolos con la buena noticia los hará anunciadores de buenas noticias para los demás pueblos. Vendando sus corazones heridos y liberándolos de toda esclavitud los hará ministros de la reconciliación y de la libertad. Cambiando su ropa de luto por el óleo de la alegría hará que todos los reconozcan como estirpe bendecida por el Señor.
 
Jesús, en el pasaje de san Lucas, concentra en sí y hace suya esta esperanza. La vuelve acontecimiento presente. Él es la fuente constante de esta gracia sacerdotal, siempre disponible para el que se anima a confiar a sus manos su fragilidad, para el que cree que en el "hoy" de Jesús se cumple la Escritura y todo anhelo humano. Por eso en este día, como sacerdotes, queremos poner en las manos sacerdotales del Señor, como una ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro pueblo, la fragilidad de la humanidad entera -sus desalientos, sus heridas, sus lutos- para que ofrecida por él se convierta en Eucaristía, el alimento que fortalece nuestra esperanza y vuelve activa en la fe nuestra caridad.
Toda ofrenda y todo diálogo entre Dios y los hombres tienen en Jesús Sacerdote ese carácter alegre y sencillo de una linda Eucaristía que conecta, en la ternura del pan, el culto con la vida.
¿Qué significa para nosotros, sacerdotes y pueblo sacerdotal, que Jesús es Sacerdote para siempre, mediador entre Dios y los hombres? Significa ese tono humilde y alegre de quien no quiere la gloria para sí sino que su gloria, es mediar para que el bien de su pueblo sea para gloria del Padre. Significa que nosotros, que participamos de ese sacerdocio, debemos tener nuestro gozo en ser el más humilde y humillado servidor de esa mediación que se realiza en Jesús. Significa que la Iglesia entera debe ser tan humilde y pacífica, tan tierna y unida que, como un solo pueblo sacerdotal, pueda ser lugar de mediación entre Dios y los hombres que aún no conocen esta gracia e intentan las más variadas mediaciones. Por eso los invito, queridos hermanos en el sacerdocio único de Jesús nuestro Señor, a que juntos pidamos esta gracia, para cada uno y para la Iglesia entera: que comprendamos la riqueza de la esperanza a la que hemos sido llamados: ser mediadores con Jesús y en Jesús, entre Dios y los hombres. Mediadores que ofrecen, junto con la de todo el pueblo de Dios, su propia fragilidad.
 
Que nos humillemos de tal manera que resulte fácil para nuestro Dios y para nuestros hermanos comunicarse a través nuestro. Que nuestro Padre del Cielo sienta, como siente de su Hijo predilecto, que a través nuestro puede llegar con su bendición y con su palabra a los más pequeñitos de sus hijos. Que la gente sienta, como siente de Jesús y de la Virgen, que a través nuestro puede ofrecer al Señor sus sacrificios cotidianos, esos que tejen su vida de trabajo y de familia, y expresarle a Dios que lo quiere, que lo necesita y que lo adora y alaba de corazón. Les pido que cuidemos nuestro sacerdocio cuidando esta ofrenda.
 
Sabemos que la unidad se cuida cuidando las mediaciones.Y la Esperanza es mediadora por excelencia cuando está atenta a los pequeños detalles en los que se da ese misterioso intercambio de fragilidad por misericordia. Cuando hay buenos mediadores, de esos que cuidan los detalles, no se rompe la unidad. Jesús cuidaba los detalles.
El "pequeño detalle" de que faltaba una ovejita.
El "pequeño detalle" de que se estaba acabando el vino.
El "pequeño detalle" de la viuda que ofreció sus dos moneditas.
El "pequeño detalle" del que no perdonó una deuda pequeña después de haber sido perdonado en la deuda grande.
El "pequeño detalle" de tener aceite de repuesto en las lámparas por si se demora el novio.
El "pequeño detalle" de ir a fijarse cuántos panes tenían.
El "pequeño detalle" de tener un fueguito preparado y un pez en la parrilla mientras esperaba a los discípulos de madrugada.
El "pequeño detalle" de preguntarle a Pedro, entre tantas cosas importantes que se venían, si de verdad lo quería como amigo.
El "pequeño detalle" de no haberse querido curar las llagas.
Son los modos sacerdotales que tiene Jesús de cuidar la esperanza que congrega en la unidad.
La esperanza de que no falte ninguno. La esperanza de que no se acabe la alegría, sino que sea sobreabundante y nueva. La esperanza de que Dios ve con sumo agrado nuestros gestos de amor más escondidos. La esperanza de que el perdón sea contagioso. La esperanza de que cuidar la propia lucecita hace al brillo de la fiesta grande. La esperanza de que el pan alcance para todos. La esperanza de que Él siempre está en la otra orilla.
 
La esperanza de que, al fin y al cabo, lo que más le importa a Dios es que seamos sus amigos.
La esperanza de que tanto dolor no quede en el olvido sino que a uno por uno Dios le bese sus llagas al llegar al Cielo y sean ellas la marca de una Gloria humilde y agradecida.
 
Le pedimos a la Virgen, madre de los sacerdotes, madre del pueblo sacerdotal, que cuide en nosotros sus hijos la fragilidad de nuestra esperanza, recordándonos lo que nos fue anunciado a través de ella: que no hay nada imposible para Dios.
 
 

Buenos Aires, 17 de Abril de 2003

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

 
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Vigilia Pascual

  María Magdalena, María la Madre de Santiago y Salomé, al amanecer, se ponen en camino. En esta noche también nosotros hemos caminado, siguiendo el andar del Pueblo de Dios por los senderos de la elección, la promesa y la alianza. El camino de estas mujeres se inserta en este largo andar de siglos… y también el nuestro. Porque ser elegidos y ser portadores de la alianza entraña siempre ponernos en marcha. La alianza que Dios hace con su pueblo y con cada uno de nosotros es precisamente para que caminemos hacia una promesa, hacia un encuentro. Este camino es vida.

 
Como contraste allí está la piedra. Inmóvil y sellada por la conspiración de los corruptos; un verdadero obstáculo para el encuentro. Estas mujeres caminaban vacilando entre la ilusión y la traba; iban al sepulcro para cumplir una obra de misericordia, pero la amenaza de la piedra las hacía dudar. Las movía el amor pero las paralizaba la duda. También como ellas nosotros sentimos el impulso de caminar, el deseo de hacer grandes obras. Llevamos dentro del corazón una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios, pero la duda es piedra, los sellos de la corrupción son ataduras, y muchas veces cedemos a la tentación de quedarnos paralizados, sin esperanza.
 
La parálisis nos enferma el alma, nos arrebata la memoria y nos quita la alegría. Nos hace olvidar que hemos sido elegidos, que somos portadores de promesas, que estamos marcados por una alianza divina. La parálisis nos priva de la sorpresa del encuentro, nos impide abrirnos a la "buena noticia". Y hoy necesitamos volver a escuchar esta buena noticia: "No está aquí. Ha resucitado". Necesitamos de ese encuentro que destroza las piedras, rompe los sellos y nos abre un nuevo camino, el de la esperanza.
 
El mundo necesita ese encuentro, este mundo que "se ha convertido en un cementerio". Nuestra Patria lo necesita. Necesita del anuncio que levanta, de la esperanza que impulsa a caminar, de los gestos de misericordia, como el de estas mujeres que iban a ungir. Necesitamos que nuestra fragilidad sea ungida por la esperanza; y que esa esperanza nos mueva a proclamar el anuncio y a ungir solidariamente la fragilidad de nuestros hermanos.
 
Lo peor que nos puede pasar es que optemos por la piedra y la corrupción de los sellos, por el desaliento, por el estarnos quedos sin sentirnos elegidos, sin promesa, sin alianza. Lo peor que nos puede pasar es que nuestro corazón quede cerrado al estupor del anuncio vivificante que nos impele a seguir caminando.
 
Esta es la noche del anuncio: gritémoslo con toda nuestra existencia: ¡Jesucristo, nuestra esperanza, ha resucitado! Proclamemos que es más fuerte que lo pesado de la piedra y la seguridad provisoria que ofrece la corrupción de los sellos. En esta noche María gozaba ya de la presencia de su Hijo. A su cuidado encomendamos nuestro deseo de caminar impulsados por el estupor del encuentro con Jesucristo resucitado.

Buenos Aires, 19 de Abril  de 2003

Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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Homilia del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25/5/2003

"Y entonces, un doctor de la ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna?" Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Él le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".
" Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver" ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?" "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".


(Lc. 10, 25-37)

El tiempo pascual es un llamado a renacer de lo alto. Al mismo tiempo es un desafío a hacer un profundo replanteo, a resignificar toda nuestra vida -como personas y como Nación- desde el gozo de Cristo resucitado para permitir que brote, en la fragilidad misma de nuestra carne, la esperanza de vivir como una verdadera comunidad. Desde este misterio de alegría íntima y compartida, sentimos resurgir un sol de Mayo al que los argentinos, como siempre, deseamos ver como un recuerdo que es destello de resurrección. Es el esperanzado llamado de Jesucristo a que resurja nuestra vocación de ciudadanos constructores de un nuevo vínculo social. Llamado nuevo, que está escrito, sin embargo, desde siempre como ley fundamental de nuestro ser: que la sociedad se encamine a la prosecución del Bien Común y, a partir de esta finalidad, reconstruya una y otra vez su orden político y social.

La parábola del Buen Samaritano es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir esta Patria que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el Buen Samaritano. Toda otra opción termina o bien del lado de los salteadores o bien del lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del herido del camino. Y "la patria no ha de ser para nosotros -como decía un poeta nuestro- sino un dolor que se lleva en el costado". La parábola del Buen Samaritano nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que sienten y obran como verdaderos socios (en el sentido antiguo de conciudadanos). Hombres y mujeres que hacen propia y acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se aproximan -se hacen prójimos- y levantan y rehabilitan al caído, para que el Bien sea Común. Al mismo tiempo la Parábola nos advierte sobre ciertas actitudes que sólo se miran a sí mismas y no se hacen cargo de las exigencias ineludibles de la realidad humana.

Desde el comienzo de la vida de la Iglesia, y especialmente por los Padres capadocios, el buen samaritano fue identificado con el mismo Cristo. Él es el que se hace nuestro prójimo, el que levanta de los márgenes de la vida al ser humano, el que lo pone sobre sus hombros, se hace cargo de su dolor y abandono y lo rehabilita. El relato del buen Samaritano, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético-social. Sino que es la Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta tocar nuestra fragilidad más cotidiana. Esa Palabra nos revela una característica esencial del hombre, tantas veces olvidada: que hemos sido hechos para la plenitud de ser; por tanto no podemos vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede "a un costado de la vida", marginado de su dignidad. Esto nos debe in-dignar. Esto debe hacernos bajar de nuestra serenidad para "alterarnos" por el dolor humano, el de nuestro prójimo, el de nuestro vecino, el de nuestro socio en esta comunidad de argentinos. En esa entrega encontraremos nuestra vocación existencial, nos haremos dignos de este suelo, que nunca tuvo vocación de marginar a nadie.

El relato se nos presenta con la linealidad de una narración sencilla, pero tiene toda la dinámica de esa lucha interna que se da en la elaboración de nuestra identidad, en toda existencia "lanzada al camino" de hacer patria. Me explico: puestos en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy y cada vez más ese herido es mayoría. En la humanidad y en nuestra patria. La inclusión o la exclusión del herido al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho y largo de la Patria, todos somos o hemos sido como estos personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del Buen Samaritano. Es notable cómo las diferencias de los personajes del relato quedan totalmente transformadas al confrontarse con la dolorosa manifestación del caído, del humillado. Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaria, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente están dos tipos de hombre: los que se hacen cargo del dolor y los que pasan de largo, los que se inclinan reconociéndose en el caído, y los que distraen su mirada y aceleran el paso. En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y disfraces se caen: es la hora de la verdad, ¿nos inclinaremos para tocar nuestras heridas? ¿Nos inclinaremos a cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío de la hora presente, al que no hemos de tenerle miedo. En los momentos de crisis la opción se vuelve acuciante: podríamos decir que en este momento, todo el que no es salteador o todo el que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre sus hombros a algún herido.

La historia del buen Samaritano se repite: se torna cada vez más visible que nuestra desidia social y política está logrando hacer de esta tierra un camino desolado, en el que las disputas internas y los saqueos de oportunidades nos van dejando a todos marginados, tirados a un costado del camino. En su parábola, el Señor no plantea vías alternativas, ¿qué hubiera sido de aquel malherido o del que lo ayudó, si la ira o la sed de venganza hubieran ganado espacio en sus corazones? Jesucristo confía en lo mejor del espíritu humano y con la Parábola lo alienta a que se adhiera al amor de Dios, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre.

La Parábola comienza con los salteadores. El punto de partida que elige el Señor es un asalto ya consumado. Pero no hace que nos detengamos a lamentar el hecho, no dirige nuestra mirada hacia los salteadores. Los conocemos. Hemos visto avanzar en nuestra Patria las densas sombras del abandono, de la violencia utilizada para mezquinos intereses de poder y división, también existe la ambición de la función pública buscada como botín. La pregunta ante los salteadores podría ser: ¿Haremos nosotros de nuestra vida nacional un relato que se queda en esta parte de la parábola? ¿Dejaremos tirado al herido para correr cada uno a guarecerse de la violencia o a perseguir a los ladrones? ¿Será siempre el herido la justificación de nuestras divisiones irreconciliables, de nuestras indiferencias crueles, de nuestros enfrentamientos internos? La poética profecía del Martin Fierro debe prevenirnos: nuestros eternos y estériles odios e individualismos abren las puertas a los que nos devoran de afuera
El pueblo de nuestra Nación demuestra, una y otra vez, la clara voluntad de responder a su vocación de ser buenos samaritanos unos con otros: ha confiado nuevamente en nuestro sistema democrático a pesar de sus debilidades y carencias, y vemos cómo se redoblan los esfuerzos solidarios para volver a tejer una sociedad que se fractura. Nuestro pueblo responde con silencio de Cruz a las propuestas disolutorias y soporta hasta el límite la violencia descontrolada de quienes están presos del caos delincuencial.

La Parábola nos hace poner la mirada, redobladamente, en los que pasan de largo.
Esta peligrosa indiferencia de pasar de largo, inocente o no, producto del desprecio o de una triste distracción, hace de los personajes del sacerdote y del levita un no menos triste reflejo de esa distancia cercenadora, que muchos se ven tentados a poner frente a la realidad y a la voluntad de ser Nación. Hay muchas maneras de pasar de largo que se complementan: una ensimismarse, desentenderse de los demás, ser indiferente, otra: un solo mirar hacia afuera. Respecto a esta última manera de pasar de largo, en algunos es acendrado el vivir con la mirada puesta hacia fuera de nuestra realidad, anhelando siempre las características de otras sociedades, no para integrarlas a nuestros elementos culturales, sino para reemplazarlos. Como si un proyecto de país impostado intentara forzar su lugar empujando al otro; en ese sentido podemos leer hoy experiencias históricas de rechazo al esfuerzo de ganar espacios y recursos, de crecer con identidad, prefiriendo el ventajismo del contrabando, la especulación meramente financiera y la expoliación de nuestra naturaleza y -peor aún- de nuestro pueblo.
Aún intelectualmente, persiste la incapacidad de aceptar características y procesos propios, como lo han hecho tantos pueblos, insistiendo en un menosprecio de la propia identidad. Sería ingenuo no ver algo más que ideologías o refinamientos cosmopolitas detrás de estas tendencias; más bien afloran intereses de poder que se benefician de la permanente conflictividad en el seno de nuestro pueblo.

Inclinación similar se ve en quienes, aparentemente por ideas contrarias, se entregan al juego mezquino de las descalificaciones, los enfrentamientos hasta lo violento, o a la ya conocida esterilidad de muchas intelectualidades para las que "nada es salvable si no es como lo pienso yo". Lo que debe ser un normal ejercicio de debate o autocrítica, que sabe dejar a buen recaudo el ideario y las metas comunes, aquí parece ser manipulado hacia el permanente estado de cuestionamiento y confrontación de los principios más fundamentales. ¿Es incapacidad de ceder en beneficio de un proyecto mínimo común o la irrefrenable compulsión de quienes sólo se alían para satisfacer su ambición de poder?
Tácitamente los "salteadores del camino" han conseguido como aliados a los que "pasan por el camino mirando a otro lado". Se cierra el círculo entre los que usan y engañan a nuestra sociedad para esquilmarla, y los que supuestamente mantienen la pureza en su función crítica, pero viven de este sistema y de nuestros recursos para disfrutarlos afuera o mantienen la posibilidad del caos para ganar su propio terreno.
No debemos llamarnos a engaño, la impunidad del delito, del uso de las instituciones de la comunidad para el provecho personal o corporativo y otros males que no logramos desterrar, tienen como contracara la permanente desinformación y descalificación de todo, la constante siembra de sospecha que hace cundir la desconfianza y la perplejidad. El engaño del "todo está mal" es respondido con un "nadie puede arreglarlo". Y, de esta manera, se nutre el desencanto y la desesperanza. Hundir a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: la dictadura invisible de los verdaderos intereses, esos intereses ocultos que se adueñaron de los recursos y de nuestra capacidad de opinar y pensar.
Todos, desde nuestras responsabilidades, debemos ponernos la patria al hombro, porque los tiempos se acortan. La posible disolución la advertimos en otras oportunidades, en esta misma fecha patria. Sin embargo muchos seguían su camino de ambición y superficialidad, sin mirar a los que caían al costado: esto sigue amenazándonos.

Miremos finalmente al herido. Los ciudadanos nos sentimos como él, malheridos y tirados al costado del camino. Nos sentimos también desamparados de nuestras instituciones desarmadas y desprovistas, ayunos de la capacidad y la formación que el amor a la patria exigen.

Todos los días hemos de comenzar una nueva etapa, un nuevo punto de partida. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan: esto sería infantil, sino más bien hemos de ser parte activa en la rehabilitación y el auxilio del país herido. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia religiosa, filial y fraterna para sentirnos beneficiados con el don de la Patria, con el don de nuestro pueblo, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser Nación, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído. Aunque se automarginen los violentos, los que sólo se ambicionan a sí mismos, los difusores de la confusión y la mentira. Y que otros sigan pensando en lo político para sus juegos de poder, nosotros pongámonos al servicio de lo mejor posible para todos. Comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria, con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo por cada llaga del herido. No confiemos en los repetidos discursos y en los supuestos informes acerca de la realidad. Hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está el Resucitado. Donde había una piedra y un sepulcro, estaba la vida esperando. Donde había una tierra desolada nuestros padres aborígenes y luego los demás que poblaron nuestra Patria, hicieron brotar trabajo y heroísmo, organización y protección social.

Las dificultades que aparecen enormes son la oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que favorece el sometimiento. Renunciemos a la mezquindad y el resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras, porque sólo la reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo a nosotros mismos. No se trata de predicar un eticismo reivindicador , sino de encarar las cosas desde una perspectiva ética, que siempre está enraizada en la realidad.
El samaritano del camino se fue sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la satisfacción frente a su Dios y su vida, y por eso, un deber. El pueblo de esta Nación anhela ver este ejemplo en quienes hacen pública su imagen: hace falta grandeza de alma, porque sólo la grandeza de alma despierta vida y convoca.

No tenemos derecho a la indiferencia y al desinterés o a mirar hacia otro lado. No podemos "pasar de largo" como lo hicieron los de la parábola. Tenemos responsabilidad sobre el herido que es la Nación y su pueblo. Se inicia hoy una nueva etapa en nuestra Patria signada muy profundamente por la fragilidad: fragilidad de nuestros hermanos más pobres y excluidos, fragilidad de nuestras instituciones, fragilidad de nuestros vínculos sociales…
¡Cuidemos la fragilidad de nuestro Pueblo herido! Cada uno con su vino, con su aceite y su cabalgadura.
Cuidemos la fragilidad de nuestra Patria. Cada uno pagando de su bolsillo lo que haga falta para que nuestra tierra sea verdadera Posada para todos, sin exclusión de ninguno.
Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, actitud de projimidad del Buen Samaritano.

Que nuestra Madre, María Santísima de Luján, que se ha quedado con nosotros y nos acompaña por el camino de nuestra historia como signo de consuelo y de esperanza, escuche nuestra plegaria de caminantes, nos conforte y nos anime a seguir el ejemplo de Cristo, el que carga sobre sus hombros nuestra fragilidad.

Buenos Aires, 25 de mayo de 2003.


Jorge Mario Bergoglio s.j.
Arzobispo de Buenos Aires

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"Duc in altum", El Pensamiento social de Juan Pablo II

Duc in altum *

"Duc in altum": con amplitud de horizontes *

Comprometerse con la "cuestión social" es entrar de lleno en la "cuestión planetaria" *

Los hitos principales de la doctrina social en el siglo XX *

Una espiritualidad del trabajo *

"Duc in altum": con el coraje de entrar en el tema de fondo *

El trabajo, clave de la cuestión social *

El hombre que trabaja, libre, creativa, participativa y solidariamente *

El trabajo: lugar donde se operan gradualmente todas las transformaciones sociales *

Visión personalista y orgánica de la dimensión social del trabajo *

La relación entre trabajo y capital *

La relación entre trabajo y propiedad privada *

El salario digno *

Crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo *

"Duc in altum": hacia la profundidad teológica de la dignidad del trabajo *

La dignidad sobreeminente del trabajo de Jesucristo *

 

Duc in altum

"Duc in altum!" –"boga mar adentro!", "sin vacilaciones!", "a lo profundo!"-. La exhortación de Jesús a Pedro, que el mismo Juan Pablo II hace suya y nos la transmite con renovado ardor apostólico, nos anima a adentrarnos hoy en su vasto pensamiento social. Juan Pablo II es ciertamente el pontífice que más ha escrito sobre la "cuestión social": tres encíclicas, innumerables discursos y homilías y la alusión constante a lo social en todos sus documentos nos sorprenden, no sólo por la vastedad sino por la amplitud de horizontes, el coraje y la profundidad con que el Papa asume toda la doctrina social de la Iglesia y la repropone de modo renovado y fervoroso. Meternos "mar adentro" en su pensamiento tiene algo de las travesías que hacía el Señor con sus discípulos, aleccionándolos en medio de la rica y misteriosa realidad del lago de Genesareth, símbolo del mundo y de la historia. En el molde acotado de "Laboren Excercens" o de "Sollicitudo rei socialis" late toda la doctrina social de la Iglesia en un molde universal y concreto, iluminado por el evangelio. Y se huele en el aire de mar la promesa de una pesca abundante. Desde el comienzo de su pontificado, el papa obrero nos invita a entrar allí donde la vida social del hombre se juega a fuerza de remos, a fuerza de echar las redes una vez más: en el mundo del trabajo y de la solidaridad.

"Duc in altum": con amplitud de horizontes

Comprometerse con la "cuestión social" es entrar de lleno en la "cuestión planetaria"

Comienzo con unas palabras de Juan Pablo II en Novo Milenio Ineunte (2001):

Es notorio el esfuerzo que el Magisterio eclesial ha realizado, sobre todo en el siglo XX, para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio y ofrecer de modo cada vez más puntual y orgánico su propia contribución a la solución de la cuestión social, que ha llegado a ser ya una cuestión planetaria (NMI 52).

Para el Papa, "esta vertiente ético-social" debe proponerse "como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano". Juan Pablo tiene el coraje de rechazar como "tentación" una "espiritualidad oculta e individualista". Su propuesta es una espiritualidad de comunión, una espiritualidad que tiene en cuenta la dimensión social del hombre. La otra, individualista y oculta, "poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, con la lógica de la Encarnación y con la tensión escatológica del cristianismo". Es verdad que la esperanza del cielo nos hace conscientes "del carácter relativo de la historia". Pero esto "no nos exime en ningún modo del deber de construirla". Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: «El mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber»

"Duc in altum", en la voz del Papa, es exhortación que nos consuela y fortalece para remar mar adentro del nuevo milenio y, con la luz del evangelio, iluminar la "cuestión social" que ha llegado a ser una cuestión planetaria.

"Duc in altum" es invitación a comprometernos con la tarea de la construcción del mundo e impulso a preocuparnos por el bien común de nuestro semejantes como un deber que brota del evangelio mismo.

Los hitos principales de la doctrina social en el siglo XX

El esfuerzo del magisterio por interpretar la realidad social a la luz del evangelio, del que habla el Papa, lo ha tenido a él mismo como principal protagonista.

En Tertio Millenio Adveniente (1994) Juan Pablo II nos recuerda los hitos principales del pensamiento social de los pontífices y del suyo propio:

Los Papas a lo largo del siglo, siguiendo las huellas de León XIII, han tratado sistemáticamente los temas de la doctrina social católica, considerando las características de un sistema justo en el campo de las relaciones entre trabajo y capital. Basta pensar en la encíclica Quadragesimo anno de Pío XI, en las numerosas intervenciones de Pío XII, en la Mater et Magistra y en la Pacem in terris de Juan XXIII, en la Populorum progressio y en la carta apostólica Octogesima adveniens de Pablo VI. Sobre este tema yo mismo he vuelto repetidamente: he dedicado la encíclica Laborem exercens de modo particular a la importancia del trabajo humano, mientras que con la Centesimus annus he intentado reafirmar la validez de la doctrina de la Rerum novarum después de cien años. Además anteriormente con la encíclica Sollicitudo rei socialis había propuesto de nuevo en forma sistemática toda la doctrina social de la Iglesia desde la perspectiva del enfrentamiento entre los dos bloques Este-Oeste y del peligro de una guerra nuclear. Los dos elementos de la doctrina social de la Iglesia -la tutela de la dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz- se encontraron en este texto y se fusionaron (TMA 22).

Una espiritualidad del trabajo

Teniendo en cuenta los dos elementos de la doctrina social de la Iglesia que señala el Papa –"la tutela de la dignidad y de los derechos de la persona en el ámbito de una justa relación entre trabajo y capital, y la promoción de la paz"- en esta breve exposición nos centraremos en la cuestión del trabajo. Y lo haremos desde la perspectiva de la "espiritualidad del trabajo".

Explico el por qué de esta opción. En Novo Millennio Ineunte, esa espiritualidad nueva, solidaria, de comunión, que menciona el Papa, tiene una concreción llamativa en lo que él califica como "una espiritualidad del trabajo":

Gran impacto tuvo el encuentro de los trabajadores, desarrollado el 1 de mayo dentro de la tradicional fecha de la fiesta del trabajo. A ellos les pedí que vivieran la espiritualidad del trabajo, a imitación de San José y de Jesús mismo. Su jubileo me ofreció, además, la ocasión para lanzar una fuerte llamada a remediar los desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo del trabajo, y a gestionar con decisión los procesos de la globalización económica en función de la solidaridad y del respeto debido a cada persona humana (NMI 10).

Explícitamente, el Papa unía el trabajo exhortando a esa Espiritualidad de Comunión, que quiere ser el paradigma de la Iglesia del nuevo milenio. Las características de esta espiritualidad están bellamente señaladas:

Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado (NMI 43).

Seguidamente, el Papa especifica tres ámbitos en los que nos tenemos que "capacitar" para la comunión a la luz de esta presencia de Dios en el rostro de cada hombre. Las caracterizaríamos así:

Capacitarnos en el sentido de pertenencia a un cuerpo:

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad (NMI 43)..

Capacitarnos en una visión que valora orgánicamente:

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente (NMI 43).

 

Capacitarnos en dar espacio al otro y no en dominar espacios:

En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (NMI 43).

Pensamos que esta espiritualidad de comunión, de múltiples resonancias en cada ámbito concreto de la vida eclesial, tiene un sabor especial si la aplicamos a esa espiritualidad del trabajo que el Papa invitaba a cultivar a los obreros. Notemos, dicho sea de paso, que comunión y trabajo son las dos únicas realidades que en el documento connotan a la espiritualidad.

"Duc in altum": con el coraje de entrar en el tema de fondo

El trabajo, clave de la cuestión social

Veamos porqué.

Preguntémonos ¿cuál es la concepción de Juan Pablo II sobre el trabajo humano?

Todos sabemos que Redemptor Hominis, su primera encíclica (1979), fue programática. El Papa pensaba que había que partir del hombre, de ese hombre cuyo sentido profundo y final sólo se encuentra en Jesucristo, Redentor del hombre. Dos años después, en 1981 Juan Pablo II publicó Laborem Excercens. Otra encíclica programática que Juan Pablo II dedicó "al hombre" en el vasto contexto de esa realidad que es el trabajo":

Deseo dedicar este documento precisamente al trabajo humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el vasto contexto de esa realidad que es el trabajo. En efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor Hominis, publicada al principio de mi servicio en la sede romana de San Pedro, el hombre "es el camino primero y fundamental de la Iglesia", y ello precisamente a causa del insondable misterio de la Redención en Cristo, entonces hay que volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre nuevamente en sus varios aspectos en los que se revela toda la riqueza y a la vez toda la fatiga de la existencia humana sobre la tierra (LE 1).

Destacamos pues, en primer lugar, esta visión del Papa que nos habla de una espiritualidad que "comienza y se mete mar adentro" por el camino del hombre. De un hombre, bueno es subrayarlo, sumergido en el misterio de Jesucristo Redentor, pero no de un hombre sólo en su dimensión vertical, sino de un hombre contextuado en la realidad y en la historia desde el punto de vista del trabajo.

 

¿De dónde esta importancia del trabajo? ¿No se destacan más otros valores como el de la solidaridad y el de la paz que supone la justicia…?

Oigamos lo que piensa el Papa del trabajo en relación a la cuestión social:

Si en el presente documento volvemos de nuevo sobre este problema (el de "la cuestión social") -sin querer por lo demás tocar todos los argumentos que a él se refieren- no es para recoger y repetir lo que ya se encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien para poner de relieve -quizá más de lo que se ha hecho hasta ahora- que el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social, que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, debe buscarse en la dirección de "hacer la vida humana más humana", entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere una importancia fundamental y decisiva (LE 3), (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2427).

Hace apenas dos años, con ocasión del XX aniversario de Laborem Excercens, Juan Pablo II ratificó esta intuición del comienzo de su pontificado:


Mientras exista el hombre, existirá el gesto libre de auténtica participación en la creación que es el trabajo. Es uno de los componentes esenciales para la realización de la vocación del hombre, que se manifiesta y se descubre siempre como el que está llamado por Dios a "dominar la tierra". Ni aunque lo quiera, puede dejar de ser "un sujeto que decide de sí mismo" (LE, 6). A él Dios le ha confiado esta suprema y comprometedora libertad. Desde esta perspectiva, hoy más que ayer, podemos repetir que "el trabajo es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social" (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a la Conferencia Internacional "El Trabajo, Clave de la Cuestión Social" en el XX Aniversario de la Laborem Excercens; 14 de Setiembre de 2001)

Esta repetición la hace el Papa desde la perspectiva de la esencia misma del hombre, esencia de la que brota la misión de "dominar la tierra" y que implica la "libre decisión de ser colaborador de su Creador. Subyace aquí la profecía de Romano Guardini, cuando en su libro sobre El Poder señalaba el motivo fundamental del cambio de paradigma que se venía operando de manera creciente en nuestro mundo moderno. Guardini decía que el rasgo más abarcador y decisivo de nuestra civilización actual era que el poder se estaba convirtiendo, de manera creciente, en algo anónimo. De allí provienen, como de una raíz, todos los peligros y las injusticias que sufrimos actualmente. Y el antídoto que proponía Guardini no era otro sino el hacerse responsable cada uno y de manera solidaria del poder. En este preciso punto se sitúa la visión de Juan Pablo II sobre el trabajo humano como el lugar donde el hombre se decide líbremente por la utilización del poder como servicio y colaboración en la obra creadora de Dios para el bien de sus hermanos.

El hombre que trabaja, libre, creativa, participativa y solidariamente

El trabajo es el lugar donde todos los principios de la doctrina social de la Iglesia y de la sociedad adquieren concreción real. Juan Pablo II siempre ha reafirmado que el primer punto firme de la Doctrina Social, de donde derivan todos los demás, es que: el orden social tiene por centro al hombre... Al hombre que trabaja, nos animamos a agregar; al hombre que trabaja, libre, creativa, participativa y solidariamente.

En este hombre que trabaja se centran y se vinculan los demás principios de manera concreta.

Por el trabajo se hace real el principio de la "destinación universal de los bienes".

Por el trabajo se torna real "la legitimidad de la propiedad privada, como condición indispensable de autonomía personal y familiar".

En la valoración del trabajo –de todos los trabajos- como la fuente de donde surgen todos los bienes que permiten la vida de la sociedad, radica la concepción de los deberes y derechos que debe regular el Estado y se clarifica el propio papel del Estado como promotor y tutor del bien común.

El trabajo: lugar donde se operan gradualmente todas las transformaciones sociales

Esta perspectiva anclada en el hombre que trabaja, echa por tierra todas las concepciones fatalistas y mecanicistas a la hora de juzgar cómo y dónde se operan las grandes transformaciones sociales.

Sería un grave error creer que las transformaciones actuales acaecen de modo determinista. El factor decisivo, dicho de otro modo, "el árbitro" de esta compleja fase de cambio, es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el verdadero protagonista de su trabajo. Puede y debe hacerse cargo de modo creativo y responsable de las actuales transformaciones, para que contribuyan al crecimiento de la persona, de la familia, de la sociedad en la que vive y de la entera familia humana (cf. Laborem exercens, 10).

Visión personalista y orgánica de la dimensión social del trabajo

Diez años después de su primera Encíclica social, en Centesimus Annus (1991), volvía a situar el Papa al hombre que trabaja en el centro de la vida económico-social:

Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea la dignidad del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como «la actividad ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y en concreto a su conservación» (CA 6). .

El Pontífice califica el trabajo como «personal», ya que «la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente propia de quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada». El trabajo pertenece, por tanto, a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión social, por su íntima relación bien sea con la familia, bien sea con el bien común, «porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los Estados». Todo esto ha quedado recogido y desarrollado en mi encíclica Laborem Exercens 15 (CA 6). Este número 15 de Laborem Excercens es clave una visión orgánica de la dignidad del trabajo desde la perspectiva del argumento personalista.

La relación entre trabajo y capital

En la relación necesaria que se da entre trabajo y capital, el trabajo tiene prioridad, puesto que el hombre "desea que los frutos del trabajo estén a su servicio y al de los demás" y también desea ser corresponsable y coartífice del trabajo que realiza. Desea que se lo "tome en consideración en el proceso mismo de la producción, desea sentir que está trabajando "en algo propio" .

Esta conciencia se extingue en él dentro del sistema de una excesiva centralización burocrática, donde el trabajador se siente engranaje de un mecanismo movido desde arriba; se siente por una u otra razón un simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de trabajo dotado de iniciativa propia. Las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda de que el trabajo humano no mira únicamente a la economía, sino que implica además y sobre todo, los valores personales (LE 15).

La relación entre trabajo y propiedad privada

Desde esta perspectiva de los valores personales, Juan Pablo II se sitúa en el núcleo de la discusión entre propiedad privada o socialización de los medios de producción y dice que lo importante, en cualquiera de los dos sistemas que se adopten a nivel macro-estructural, es que el hombre que trabaja, tenga conciencia de estar trabajando "en algo propio".

El mismo sistema económico y el proceso de producción redundan en provecho propio, cuando estos valores personales son plenamente respetados. Según el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, es primordialmente esta razón la que atestigua en favor de la propiedad privada de los mismos medios de producción. Si admitimos que algunos ponen fundados reparos al principio de la propiedad privada -y en nuestro tiempo somos incluso testigos de la introducción del sistema de la propiedad "socializada"- el argumento personalista sin embargo no pierde su fuerza, ni a nivel de principios ni a nivel práctico. Para ser racional y fructuosa, toda socialización de los medios de producción debe tomar en consideración este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la conciencia de trabajar en "algo propio". En caso contrario, en todo el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables; daños no sólo económicos, sino ante todo daños para el hombre (LE 15).

El salario digno

Dentro de esta visión de "trabajar en algo propio", la cuestión del salario digno es clave:

Esta consideración no tiene un significado puramente descriptivo; no es un tratado breve de economía o de política. Se trata de poner en evidencia el aspecto deontológico y moral. El problema-clave de la ética social es el de la justa remuneración por el trabajo realizado. No existe en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajador-empresario que el constituido precisamente por la remuneración del trabajo. Independientemente del hecho de que este trabajo se lleve a efecto dentro del sistema de la propiedad privada de los medios de producción o en un sistema en que esta propiedad haya sufrido una especie de "socialización", la relación entre el empresario (principalmente directo) y el trabajador se resuelve en base al salario: es decir, mediante la justa remuneración del trabajo realizado" (LE 19).

En este punto concentra el Papa toda su visión del hombre que trabaja. El salario digno se convierte en el punto clave para verificar la justicia o injusticia de todo sistema socio-económico, ya que es lo que vuelve real el principio del "uso común de los bienes".

Hay que subrayar también que la justicia de un sistema socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema. A este respecto volvemos de nuevo al primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del uso común de los bienes. En todo sistema que no tenga en cuenta las relaciones fundamentales existentes entre el capital y el trabajo, el salario, es decir, la remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común: tanto los bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producción. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombres del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificación-clave. (LE 19)

Crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo

Dado que en torno al trabajo dignamente remunerado se juega la participación real de todo hombre en la destinación universal de los bienes, el Papa exhorta a las instituciones a "crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo":

Ante estos problemas, hay que imaginar y construir nuevas formas de solidaridad, teniendo en cuenta la interdependencia que une entre sí a los hombres del trabajo. Aunque el cambio actual es profundo, deberá ser más intenso aún el esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la dignidad del trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones afectadas. Es grande la responsabilidad de los Gobiernos, pero no menos importante es la de las organizaciones encargadas de tutelar los intereses colectivos de los trabajadores y de los empresarios. Todos están llamados no sólo a promover estos intereses de forma honrada y por el camino del diálogo, sino también a renovar sus mismas funciones, su estructura, su naturaleza y sus modalidades de acción. Como escribí en la encíclica Centesimus annus, estas organizaciones pueden y deben convertirse en "lugares donde se expresa la personalidad de los trabajadores" (CA. 15) (Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II a la Conferencia Internacional "El Trabajo, Clave de la Cuestión Social" en el XX Aniversario de la Laborem Excercens; 14 de Setiembre de 2001)

Esta tarea de crear estructuras que tutelen la dignidad del trabajo comporta una doble exigencia. Para los pensadores e investigadores de distintas disciplinas, el desafío está en "pensar con rigor científico y con sabiduría" el tema del trabajo, de manera que ayuden a comprender el cambio que se está dando en el mundo del trabajo y a señalar ocasiones y riesgos. Y para todos los cristianos, el desafío radica en hacer "una opción preferencial de amor" por los más pobres, por los excluidos del trabajo":

Hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al "rico Epulón" que fingió no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16, 19-31) (SRS 42).

Uniendo, en una mirada, espiritualidad de comunión y espiritualidad de trabajo podemos afirmar que:

Lo común de toda espiritualidad de comunión, desde el punto de vista del sujeto, es esa mirada del corazón. Una mirada cordial es una mirada integradora. Frente a la concepción que reduce el trabajo a un mero empleo, que tiene por fin la producción de bienes que sólo sirven para algunos, la mirada espiritual considera al trabajo como expresión de todas las dimensiones del hombre: desde la más básica, que hace al "realizarse de la persona" hasta la más alta, que lo considera "servicio" de amor.

Desde el punto de vista objetivo, esa mirada cordial, que se dirige simultáneamente "al misterio de la Trinidad y al misterio de cada rostro humano", nos hace valorar el carácter vinculante del trabajo, nos lleva a ver a todo hombre como "alguien que me pertenece" y realza el esfuerzo propio de cada uno como un "don para todos". En torno a estos valores se teje una sociedad humana sin exclusiones de ninguna clase. Al mismo tiempo, el trabajo abre por sí mismo esos "espacios de participación" de que habla el Papa, y los convierte en espacios de una participación real, concreta, digna.

"Duc in altum": hacia la profundidad teológica de la dignidad del trabajo

La dignidad sobreeminente del trabajo de Jesucristo

El trabajo hace a la dignidad del hombre, vinculando su dimensión personal y su dimensión social, pero no solo esto, sino que tiene una dignidad sobreemintente cuya razón última radica en Jesucristo. Así lo expresa el Papa en Christifidelis laici:

Con el trabajo, el hombre provee ordinariamente a la propia vida y a la de sus familiares; se une a sus hermanos los hombres y les hace un servicio; puede practicar la verdadera caridad y cooperar con la propia actividad al perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente, laborando con sus propias manos en Nazaret " (CL 43).

Si valoramos en su justa medida lo que significa que el Señor nos redimió con toda su vida –acciones, palabras y gestos, alegrías y padecimientos…- sus largos años de trabajo silencioso y cotidiano en el pequeño mundo de Nazareth deben pesar en nuestro ánimo con toda su magnitud. Si laten en silencio en el Evangelio es precisamente por eso: porque el valor de una espiritualidad del trabajo es de por sí silenciosa, humilde, contenida. "Dignidad sobreeminente del trabajo", así califica el Papa al trabajo de Jesús, hecho con sus propias manos.

Es que el trabajo hunde la raíz de su dignidad en la Trinidad misma: "Mi Padre trabaja y Yo también trabajo", dice el Señor. Es precisamente una imagen de trabajo la que destaca el Papa para que la guardemos en el corazón de manera de poder enfrentar los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo:

Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo «globalizado», donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar?

En este mundo, dice el Papa, "es donde tiene que brillar la esperanza cristiana". ¿Y cuál es, pues, la imagen universal y concreta, que nos presenta como la más clara y eficaz de la esperanza cristiana? Es la imagen de Jesús, Maestro de comunión y servicio. Es significativo –dice el Papa- que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del «lavatorio de los pies», en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convivial (en el servicio humilde del lavatorio de los pies, trabajo de esclavo) la promesa de una humanidad renovada por su amor (Ecclesia de Eucharistia…).

En la celebración de ese "trabajo" en el que, imitando al Redentor, la Iglesia "hace la Eucaristía", se condensa toda la tensión escatológica del cristianismo: el compromiso de transformar el mundo y toda la existencia para que se vuelva eucarística":

Anunciar la muerte del Señor «hasta que venga» (1 Co 11, 26), comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo «eucarística». Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana (Ecclesia de Eucharistía 20).

Quiero concluir estas reflexiones expresando al Santo Padre los sentimientos de gratitud de todos nosotros por toda esta rica doctrina acerca de la cuestión social tal como nos la propone: con amplitud de horizontes, con el coraje de entrar en el tema de fondo y apuntando hacia la profundidad teológica de la dignidad del trabajo. Santo Padre, muchas gracias.

Buenos Aires, 7 de junio de 2003.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi


"Partió el pan y se lo dio". El relato de la última cena siempre es conmovedor. Y más cuando lo escuchamos en la fiesta solemne del Corpus Christi. Reunidos en esta plaza de Mayo, frente a nuestra catedral, convocados de todas las parroquias, en familia, como pueblo de Dios, las palabras de Jesús, los gestos del Señor, nos tocan profundamente el corazón: "Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio diciendo: tomen, esto es mi cuerpo".
El Señor acaba de confiarse a los suyos, de abrirles su corazón diciendo que uno lo va a entregar. Uno que sopa el pan en su mismo plato. Pero en vez de seguir hablando de la traición, Jesús se concentra en la Alianza que desea hacer con nosotros. Me gustaría que nos detuviéramos un momento en esta imagen de Jesús dando el pan que acaba de bendecir y que va partiendo en pedacitos. Es una imagen de fragilidad. Fragilidad amorosa y compartida.

El Jueves Santo, los sacerdotes pedíamos la gracia de "cuidar la fragilidad de nuestro pueblo", haciendo una ofrenda santa con nuestra propia fragilidad. El 25 de Mayo pedíamos para todos, como Nación, la gracia de "ponernos la patria al hombro" siguiendo los pasos de Jesús Buen Samaritano, que carga sobre sus hombros nuestras fragilidades. Hoy el evangelio nos regala una imagen más honda: la de la fragilidad no como herida, no como debilidad que tiene que cargar el más fuerte, sino de la fragilidad necesaria para que haya vida: de la fragilidad amorosa de la Eucaristía.

"Frágil" es "lo que con facilidad se hace pedazos". Y la imagen evangélica que contemplamos es la del Señor que "se hace pedacitos"… de pan y se entrega. En el pan partido -frágil- se esconde el secreto de la vida. De la vida de cada persona, de cada familia y de la patria entera.

¡Qué curioso! La fragmentación es el peligro que advertimos como el más grande para nuestra vida social y también para nuestra vida interior. En cambio en Jesús, este fragmentarse bajo forma de pan tierno es su gesto más vital, más unificante: para darse entero tiene que partirse! En la Eucaristía, la fragilidad es fortaleza. Fortaleza del amor que se hace débil para poder ser recibido. Fortaleza del amor que se parte para alimentar y dar vida. Fortaleza del amor que se fragmenta para compartirse solidariamente. ¡Jesús partiendo el pan con sus manos! ¡Jesús dándose en la Eucaristía!

En esta fragilidad amorosa del Señor hay una buena noticia, un mensaje de esperanza para nosotros. La entrega generosa y total que deseaba hacer Jesús para salvarnos quedó resguardada en la Eucaristía contra todos los intentos de manipulación por parte de los hombres: de Judas, de los sumos sacerdotes y ancianos, del poder romano y también de todas las tergiversaciones que se intenten hacer a lo largo de la historia.
En la cena, con el lavado de los pies y con la Eucaristía, quedó claro el mensaje de Alianza: Jesús no quiere ser otra cosa que Pan de Vida para los hombres. Para el que no vivió esta Alianza, las escenas de la pasión le podrían hacer pensar que la sangre del Señor quedó desperdiciada, que su cuerpo, colgado en la cruz, quedó arruinado, como un despojo inútil. En cambio para los que comulgan con él, este Jesús traspasado y desangrado, está más entero y vivo que nunca. Ya hay esperanza de resurrección en la última cena.

El gesto de Jesús de partir el pan -frágil y tierno-, se convirtió en la señal para reconocer al resucitado: "Lo reconocieron al partir el pan". También para nosotros éste es el signo para creer en Jesús resucitado.
"Este es el sacramento de nuestra fe", decimos después de la consagración y mostramos la fragilidad del pan, Cuerpo de Cristo, partido y separado de la Sangre del Señor que contiene el cáliz. Éste es el signo para que creamos que el Señor se dio por nosotros.
Y al incorporarlo con fe nos da vida, nos une en intimidad con El y con el Padre, nos unifica interiormente, nos hace un solo cuerpo con los demás en la Iglesia.
Al contemplar la Eucaristía creemos. Ésa es la fuerza que tiene la fragilidad del pan, sacramento de nuestra fe, hasta que el Señor vuelva.

Volvemos ahora la mirada hacia la fragilidad de nuestro pueblo. Con Jesús, nuestra fragilidad adquiere un sentido nuevo. Es verdad que la fragilidad hace sufrir diversas tentaciones: la tentación de vivir a merced de humores cambiantes, la tentación de ilusionarnos con cualquier promesa de soluciones que mejoren un poquito nomás las cosas, la tentación de quedar aislados y fragmentados cada uno en su propia debilidad. Es verdad -no podemos negarlo- que la fragilidad incita a los violentos a despojar a los más débiles.
Pero es verdad también, y más honda, que la fragilidad de nuestro pueblo es un fruto de su mansedumbre, de su deseo de paz, de esa constancia -que a veces parece ingenua- de renovar una y otra vez las esperanzas. Es una fragilidad evangelizada, en la que hay mucho de la mansedumbre y de la confianza de ese Jesús que nos fue anunciado aquí en nuestra Patria desde hace más de 500 años y que ha compartido nuestra historia. Por eso, con Jesús, queremos ser un pueblo que toma el pan con las manos, que lo bendice, lo parte y lo comparte. Al Señor que se hace pedazos para darse entero a cada uno le pedimos que nos reconstituya como personas, como Iglesia y como sociedad.
Contra la fragmentación que proviene del egoísmo, le pedimos la gracia de la fragilidad amorosa que proviene de la entrega.
Contra la fragmentación que nos vuelve miedosos y agresivos, le pedimos la gracia de ser como el pan que se parte para que alcance. Y no sólo para que alcance sino por la alegría de compartirlo y de intercambiarlo.
Contra la fragmentación de estar cada uno aislado y sumido en sus propios intereses, le pedimos la gracia de estar enteros, cada uno en su puesto, luchando por lo de todos, por el bien común.
Contra la fragmentación que brota del escepticismo y de la desconfianza, le pedimos al Señor la gracia de la fe y de la esperanza, que nos lleva a gastarnos y desgastarnos confiando en Él y en nuestros hermanos.

Que nuestra Madre y Señora, la Virgen Santísima, que convivió con la fragilidad de Jesús, que la cuidó en el Niño, y la sostuvo al bajar a su Hijo de la Cruz, nos enseñe el secreto de mirar con fe toda fragilidad humana y de cuidarla con caridad, porque de allí, por la presencia real de Jesús en la Eucaristía, brota la auténtica esperanza.

Buenos Aires, 21 de junio de 2003.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Santuario de San Cayetano

El Evangelio nos presenta un acontecimiento muy pequeño, algo que pasó en dos segundos, y fue tan rápido y se realizó tan secretamente, que nadie se enteró. El único que se dio cuenta fue Jesús. Él lo valoró y así se lo hizo notar a los discípulos. Y de allí se convirtió en un gesto grande, en una enseñanza para todos. En medio de toda la gente que daba limosna, Jesús se fijó en una humilde mujer que había perdido a su esposo y cuidaba sola de su familia. Esta señora puso las dos moneditas que tenía para comer ese día en la alcancía del Templo. Dos moneditas que no hicieron ruido como hacen las monedas grandes de plata, pero su tintineo resonó como una plegaria en el Corazón de Jesús.

Hay gente que no entiende estos gestos gratuitos. Miran a los que venimos a San Cayetano y no entienden y dicen: si no tienen trabajo, por qué pierden tiempo aquí haciendo la cola. Vienen a pedir pan y, en vez de comprárselo con las pocas monedas que tienen, hacen una ofrenda, dan limosna! Hay cosas que si uno no mira el corazón de la gente, como hace Jesús, no las entiende o las interpreta mal. El amor y la fe con que esta buena mujer puso su ofrenda en la alcancía de los pobres, sólo Jesús lo entendió. Ella confió y se jugó entera a poner toda su esperanza en las manos de Dios. Su lógica fue: si yo estoy mal, voy a ayudar a otro que esté peor que yo y con este gesto le voy a rogar al Señor que se acuerde de mí y bendiga a mis hijos. Y el Señor, que está a la pesca de estos pequeños detalles que tienen los que aman mucho, la vió y su gesto quedó grabado en la Palabra viva del Evangelio como el molde para todos esos pequeños gestos que nos llenan de esperanza. De vez en cuando salen noticias de éstas en el diario -el otro día una mamá muy humilde devolvió una suma de dinero que encontró en su changuito-. Son gestos que en los diarios duran un día, pero en el corazón de Jesús los gestos de esas manos que dan con esperanza, de esas manos que devuelven con honradez, quedan grabados para siempre.

El lema de este año es: "No nos desanimemos, de la mano de San Cayetano encontraremos el camino para volver a empezar". Fíjense, nos habla de no desanimarnos, de tener esperanza y concentra todo en la mano de San Cayetano. Si uno quiere saber si alguien tiene esperanza o está desanimado tiene que mirarle las manos.

Vamos a mirar hoy las manos. Las manos de San Cayetano que tienen al Niño Jesús y a la espiga. Y miramos también nuestras manos, una apretando dos moneditas para la limosna y la otra con la que acariciaremos la imagen, poniendo allí la fragilidad de nuestra familia, nuestra propia fragilidad, nuestras peticiones y nuestros agradecimientos, todas nuestras esperanzas, mojadas con lágrimas… ¡Tantas cosas van en estas manos que cuidan la fragilidad, que parten el pan, que toman gracia y que dan de lo que tienen!: en estas manos está el secreto para volver a empezar, para emprender de nuevo el camino sin desanimarnos, llenos de una esperanza que nunca defrauda.

De la mano del Niño Jesús queremos agarrar fuerte la mano de nuestra familia. Sobre todo en estos tiempos en que se ataca tanto a la familia y se la quiere destruir de tantas maneras diversas. Así, bien apretada y cálida, la mano del Niño convierte en fortaleza nuestra fragilidad. De la mano de San Cayetano queremos agarrar la mano de todos los argentinos, en especial las de los que ya no tienen esperanza, para recibir así, en conjunto, el don del pan y el don del trabajo. Dios nuestro Padre da estos dones a los que quieren incluir a todos. Y si Él nos los ofrece a todos, sin exclusión, nadie nos los puede negar. Son un derecho inalienable. El pan y el trabajo que recibimos juntos y que compartimos hacen a nuestra dignidad, como personas y como Nación. Puede costar más o menos lucha recuperarlos para todos. A veces hay que exigirlos, a veces pedirlos, y compartirlos siempre… Pero con la conciencia de que no es limosna, es justicia.

Con la mano con la que tomamos gracia queremos reconocer que todo Don y toda justicia viene primero de las manos de Dios antes que de ningún hombre, antes que de la mano dura o blanda de ningún gobierno, antes que de la "mano invisible" de ningún sistema económico.

Y al dar nuestras dos moneditas con la otra mano, queremos dar testimonio de que somos libres y soberanos porque somos dueños de dar, de que desde nuestra pobreza y fragilidad, primero damos y después pedimos.

¡Danos la mano, Niño Jesús!, como nos la dan nuestros hijos, que confían en nosotros. Queremos recuperar el coraje de mirar para adelante y darlo todo por ellos. Ellos son la esperanza de nuestro pueblo y no los queremos defraudar.

¡Danos la mano, San Cayetano!, esa mano cargada con la espiga, y que la esperanza del pan y del trabajo de cada día levante nuestros brazos caídos. Queremos ser un pueblo que trabaja como trabajaron nuestros mayores y que esta memoria borre toda falsa ilusión de ganar el pan sin el sudor de nuestra frente.

¡Danos la mano, Padre del Cielo!, que al tomar gracia del Santo, sintamos tu Providencia de Padre, vos sabés bien lo que necesitamos, en vos confía nuestra familia, la familia argentina. Queremos ser un pueblo que se sabe cuidado en su fragilidad. ¡Que nadie diga que nos abandonas, Señor. Por el honor de tu nombre!

¡Danos la mano, Virgencita, Madre nuestra!. En tus manos está nuestra esperanza. Vos sos la que nos dice: "hagan todo lo que Jesús les diga". Que en tu lenguaje materno, esta recomendación tierna y exigente nos fortalezca nuestras manos, que se nos vuelvan ágiles e industriosas para trabajar y que se nos llenen de la alegría laboriosa de la caridad. Vos sos la mujer fuerte de nuestra Patria que pone cada día esas dos moneditas que faltan en la alcancía de cada familia, para que a nadie le falte el pan.

¡Danos la mano Señor, a través de tus santos!… Y de la mano de San Cayetano, no nos desanimemos! Que encontraremos el camino para volver a empezar.

Buenos Aires, 7 de agosto de 2003.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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El tesoro de nuestro barro

"Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios."
2° Corintios 4,7

Durante todo este año, estamos intentando, como Iglesia Arquidiocesana, cuidar la "fragilidad de nuestro pueblo" haciéndolo incluso tema y estilo de la misión arquidiocesana.

En esta línea, quisiera que también el tema de la "fragilidad" esté presente en la carta que año tras año les escribo con motivo de la Fiesta de San Pío X, patrono de los catequistas.

En el 2002 los invitaba a reflexionar sobre la misión del catequista como adorador, como aquél que se sabe ante un misterio tan grande y maravilloso que lo desborda hasta convertirse en plegaria y alabanza.Hoy me animo a insistirles en este aspecto. Ante un mundo fragmentado, ante la tentación de nuevas fracturas fraticidas de nuestro país, ante la experiencia dolorosa de nuestra propia fragilidad, se hace necesario y urgente, me animaría a decir, imprescindible, ahondar en la oración y la adoración. Ella nos ayudará a unificar nuestro corazón y nos dará "entrañas de misericordia" para ser hombres de encuentro y comunión, que asumen como vocación propia el hacerse cargo de la herida del hermano. No priven a la Iglesia de su ministerio de oración, que les permite oxigenar el cansancio cotidiano dando testimonio de un Dios tan cercano, tan Otro: Padre, Hermano, y Espíritu; Pan, Compañero de Camino y dador de Vida.

Hace un año les escribía: "...Hoy más que nunca se hace necesario adorar para hacer posible la projimidad que reclaman estos tiempos de crisis. Sólo en la contemplación del misterio de Amor que vence distancias y se hace cercanía, encontraremos la fuerza para no caer en la tentación de seguir de largo, sin detenernos en el camino..."

Justamente el texto del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) fue el que iluminó el Tedeum del 25 de mayo de este año. En el mismo invitaba a "resignificar toda nuestra vida -como personas y como Nación- desde el gozo de Cristo resucitado para permitir que brote, en la fragilidad misma de nuestra carne, la esperanza de vivir como una verdadera comunidad..."

Anunciar el Kerygma, resignificar la vida, formar comunidad, son tareas que la Iglesia les confía de un modo particular a los catequistas. Tarea grande que nos sobrepasa y hasta por momentos nos abruma. De alguna manera nos sentimos reflejados en el joven Gedeón que ante el envío para combatir ante los madianitas se siente desamparado y perplejo ante la aparente superioridad del enemigo invasor (Ju 6,11-24). También nosotros, ante esta nueva invasión pseudocultural que nos presenta los nuevos rostros paganos de los "baales" de antaño, experimentamos la desproporción de las fuerzas y la pequeñez del enviado. Pero es justamente desde la experiencia de la fragilidad propia en donde se evidencia la fuerza de lo alto, la presencia de Aquél que es nuestro garante y nuestra paz.

Por eso, me animo en este año a invitarte a que con la misma mirada contemplativa con la cual descubres la cercanía del Señor de la Historia, reconozcas en tu fragilidad el tesoro escondido, que confunde a los soberbios y derriba a los poderosos. Hoy el Señor nos invita a abrazar nuestra fragilidad como fuente de un gran tesoro evangelizador. Reconocernos barro, vasija y camino, es también darle culto al verdadero Dios.

Porque sólo aquel que se reconoce vulnerable es capaz de una acción solidaria. Pues conmoverse ("moverse-con"), compadecerse ("padecer-con") de quien está caído al borde del camino, son actitudes de quien sabe reconocer en el otro su propia imagen, mezcla de tierra y tesoro, y por eso no la rechaza. Al contrario la ama, se acerca a ella y sin buscarlo, descubre que las heridas que cura en el hermano son ungüento para las propias. La compasión se convierte en comunión, en puente que acerca y estrecha lazos. Ni los salteadores ni quienes siguen de largo ante el caído, tienen conciencia de su tesoro ni de su barro. Por eso los primeros no valoran la vida del otro y se atreven a dejarlo casi muerto. Si no valoran la propia, ¿cómo podrán reconocer como un tesoro la de los demás? Los que siguen de largo a su vez, valoran su vida pero parcialmente, se atreven a mirar sólo una parte, la que ellos creen valiosa: se saben elegidos y amados por Dios (llamativamente en la parábola son dos personajes religiosos en tiempos de Jesús: un levita y un sacerdote) pero no se atreven a reconocerse arcilla, barro frágil. Por eso el caído les da miedo y no saben reconocerlo, ¿cómo podrán reconocer el barro de los demás si no aceptan el propio?

Si algo caracteriza la pedagogía catequística, si en algo debería ser experto todo catequista, es en su capacidad de acogida, de hacerse cargo del otro, de ocuparse de que nadie quede al margen del camino. Por eso, ante la gravedad y lo extenso de la crisis, ante el desafío como Iglesia Arquidiocesana de comprometernos en "cuidar la fragilidad de nuestro pueblo" te invito a que renueves tu vocación de catequista y pongas toda tu creatividad en "saber estar" cerca del que sufre, haciendo realidad una "pedagogía de la presencia", en el que la escucha y la projimidad no sólo sean un estilo sino contenido de la catequesis.

Y en esta hermosa vocación artesanal de ser "crisma y caricia del que sufre" no tengas miedo de cuidar la fragilidad del hermano desde tu propia fragilidad: tu dolor, tu cansancio, tus quiebres; Dios las transforma en riqueza, ungüento, sacramento. Recordá lo que juntos meditábamos el día de Corpus: hay una fragilidad, la Eucarística, que esconde el secreto del compartir. Hay una fragmentación que permite, en el gesto tierno del darse, alimentar, unificar, dar sentido a la vida. Que en esta fiesta de San Pío X, puedas en oración presentarle al Señor tus cansancios y fatigas, como la de las personas que el Señor te ha puesto en tu camino. Y dejes que el Señor abrace tu fragilidad, tu barro, para transformarlo en fuerza evangelizadora y en fuente de fortaleza. Así lo experimentó el Apóstol Pablo:

"Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo."

                                                            2° Corintios 4,8-10

Es en la fragilidad donde somos llamados a ser catequistas.La vocación no sería plena si excluyera nuestro barro, nuestras caídas, nuestros fracasos, nuestras luchas cotidianas: es en ella donde la vida de Jesús se manifiesta y se hace anuncio salvador. Gracias a ella descubrimos los dolores del hermano como propios. Y desde ella, la voz del profeta se hace Buena Nueva para todos:

"Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: «¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!... Él mismo viene a salvarlos!». Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo, los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán."

                                            Isaías 35, 3.5

Que María, nos conceda valorar el tesoro de nuestro barro, para poder cantar con ella el Magníficat de nuestra pequeñez junto con la grandeza de Dios.

No dejes de rezar por mí para que también viva esta experiencia de límite y de gracia. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Con todo cariño.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j
21 de Agosto de 2003

a pequeñez junto con la grandeza de Dios.

No dejes de rezar por mí para que también viva esta experiencia de límite y de gracia. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Con todo cariño.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j
21 de Agosto de 2003

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena

El anuncio profético marca el inicio: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”, un nuevo rumbo para toda la vida, un rumbo de toda la historia que nos mantiene firmes “mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús”. Tinieblas y luz, camino y esperanza, atisbo y manifestación. Es la profecía de la elección, de la promesa y de la alianza. Es el camino desde las tinieblas de aquel atardecer del paraíso terrenal hasta esa noche en que el estallido de “la gloria del Señor envolvió (a los pastores) con su luz”.

También nosotros, peregrinos de la elección, de la promesa y de la alianza nos acercamos al altar de Dios con la pena de tantas tinieblas y la esperanza de encontrarnos con la luz; nos acercamos al altar donde la Gloria se esconde en un pesebre y se manifiesta a los sencillos de corazón que escuchan atónitos el canto celestial “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él” y creen –con esa fe de los que no baratean su conciencia- que “ha nacido un Salvador.... un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. También nosotros, en esta noche, si abrimos el corazón, tenemos la posibilidad de contemplar el milagro de la luz en medio de nuestras tinieblas, el milagro de la fuerza de Dios en la fragilidad, el milagro de la suma grandeza en la pequeñez.

Caminamos “de fe en fe”, en búsqueda de la plenitud y del sentido para nuestra vida. Y este camino es verdadero cuando no queda entrampado en los ruidos alienantes de propuestas pasajeras o mentirosas. Somos parte del pueblo de Dios que, día a día, quiere dar un paso desde la tiniebla hacia la luz. Todos tenemos ganas de encontrarnos con esa luz, con esa Gloria escondida, y tenemos ganas pues el mismo Dios que nos creó sembró ese deseo en nuestro corazón. Pero nuestro corazón a veces se pone duro, caprichoso o, peor aún, se hincha en crecida soberbia. Entonces ese deseo de ver la Gloria de la luz queda ahogado y la vida corre el riesgo de pasar sin sentido, de ir agotándose en tinieblas. Se repite así el hecho de que Dios no encuentra lugar, como sucedió aquella noche en que María “lo acostó en un pesebre, porque no había (otro) lugar para ellos”.

Este es el drama del alma que se torna impaciente en la espera y se entretiene con las falsas promesas de luz que le hace el Demonio a quien Jesús llama “el padre de la mentira”, “el príncipe de las tinieblas”. Entonces se va perdiendo la esperanza en la promesa, la firmeza en la alianza con un Dios que no miente porque “no puede negarse a sí mismo”. Se pierde el hondo sentirse elegido por la ternura del Padre. Se cierran las puertas y hoy, como siempre, en el mundo, en nuestra ciudad, en nuestros corazones se le cierran muchas puertas a Jesús. Es más fácil entretenerse con las luces de un arbolito que abismarse en la contemplación de la Gloria del pesebre. Y este anti-camino, es decir, este sendero de cerrar puertas abarca desde la indiferencia hasta el asesinato de inocentes. No hay mucha distancia entre los que cerraron las puertas a José y María porque eran forasteros pobres y Herodes que “mata a los niños porque el temor le mató el corazón”. No hay término medio: o luz o tinieblas, o soberbia o humildad, o verdad o mentira, o abrimos la puerta a Jesús que viene a salvarnos o nos cerramos en la suficiencia y el orgullo de la autosalvación.

En esta noche santa les pido que miren el pesebre: allí “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”... pero la vio el pueblo, aquél que era sencillo y estaba abierto al Regalo de Dios. No la vieron los autosuficientes, los soberbios, los que se fabrican su propia ley según su medida, los que cierran las puertas. Miremos el  pesebre y pidamos por nosotros, por nuestro pueblo tan sufrido. Miremos el pesebre y digámosle a la Madre: “María, muéstranos a Jesús”.

Buenos Aires, 25 de diciembre de 2003.

 

                                                                                             Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

                                                                                              Arzobispo de Buenos Aires