Año 2004

 Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena (24/12/2004)

Carta del Sr. Arzobispo en desagravio por la muestra del Centro Cultural Recoleta (01/12/2004)

Homilía del Sr. Arzobispo en la misa de exequias del Cardenal Juan Carlos Aramburu, Arzobispo Emérito de Buenos Aires (22/11/2004)

Homilía del Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. en la 30º Peregrinación Juvenil a Luján (2/10/2004)

Cátedra Juan Pablo II. Congreso sobre la Veritatis Splendor - Disertación de Clausura del Sr. Arzobispo (25/9/2004)

Intervención del Sr. Arzobispo durante el Servicio de Selijot, en preparación para el Rosh Hashaná, en la Sinagoga de la calle Vidal 2049 de Buenos Aires (11/09/2004)

Homilía del Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. en el Congreso Eucarístico Nacional (2/9/2004)

Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de Buenos Aires (Agosto 2004)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de San Cayetano (07/08/2004)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (12/06/2004)

 Homilia del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo 2004

 Homilia del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación (21/04/2004)

 Mensaje del Arzobispo a las Comunidades Educativas "Con Audacia. Entre todos, un País Educativo" (21/04/2004)

 Vigilia Pascual - (10/04/2004)

 Misa Crismal (08/04/2004)

 Homilia del Sr.   Arzobispo pronunciada en la Celebración del "Día del Niño por Nacer"(25/03/2004)

 Mensaje del Arzobispo a los sacerdotes, religiosos/as y fieles laicos de la Arquidiócesis - Miercoles de Ceniza (25/02/2004)

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Miercoles de Ceniza

Buenos Aires, 25 de febrero de 2004.
Miércoles de Ceniza.
 
A LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS
Y FIELES LAICOS de la ARQUIDIÓCESIS

Queridos hermanos:

Durante el año 2003 les pedí dedicar la Misión Arquidiocesana a cuidar la fragilidad de nuestro pueblo, haciéndonos cargo de ella desde la misma fragilidad de Jesús, el Dios Encarnado, quien siendo fuerte se hizo débil, siendo rico se hizo pobre, siendo grande se hizo pequeño (cfr. Misal Romano). En este sentido en algunas comunidades se han realizado acciones concretas: más oración, gestos de cercanía, tareas solidarias... En otras es poco lo que se ha hecho todavía. Pero ciertamente podemos decir que en la Arquidiócesis se está instalando esta honda preocupación pastoral.
 
Querer cuidar la fragilidad de nuestro pueblo es un anhelo de magnanimidad que sólo podrá anidar en corazones generosos y solidarios, sencillos y atentos.
Perseverar en este propósito será el fruto de la gracia del Espíritu Santo que nos impulsa a estar cerca de toda carencia y dolor y nos sostiene en la constancia.
 
Vivimos situaciones graves que desaniman y con frecuencia nos llevan al desaliento. Acerca de ellas hemos reflexionado en cada comunidad procurando que nos toquen el corazón. A quienes no hayan realizado el itinerario elaborado por el Consejo Pastoral Arquidiocesano les pido por favor que lo realicen durante este año para que todos nos pongamos a tono con esta apertura del alma para hacernos cargo de la fragilidad de nuestro pueblo. Nos hará bien volver a recorrer desde dentro estas fragilidades: p. ej. aquellas que tocan a la vida de la fe (¡cuántos chicos no saben rezar!, ¡cuántos jóvenes sin horizontes...!), a la vida familiar (la falta de diálogo, los ancianos abandonados...), a la vida social (el desempleo, el hambre, la injusticia...).
 
Frente al dolor y la decepción los cristianos somos llamados a la esperanza. No como búsqueda de ilusión fantasiosa, sino con la confianza del discípulo y apóstol de que "la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rm. 5, 5). Esta esperanza es el ancla que ya está clavada en los Cielos y a la cual nos aferramos para seguir caminando. El mismo Jesús viene a nuestro encuentro para repetirnos con serenidad y firmeza: "No tengan miedo" (Mc. 6, 50.) "yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt. 28, 20) "Vayan y anuncien" (Mt. 28, 19). Ir a anunciar, estar cerca de quien sufre fragilidad, siendo uno mismo frágil, es posible solamente confiando en esa promesa del Señor Resucitado "yo estaré siempre con ustedes". (Mt. 28, 20). Y porque no somos super-héroes, ni luchadores valientes que presumen ciegamente de sus propias fuerzas, actuamos con la audacia propia de los discípulos de Jesús, miembros de su familia. Audacia de hermanos del Señor.
 
Este año les pido trabajar con esa audacia, con intenso fervor apostólico. Al hacernos cargo de la fragilidad, nuestra y de nuestro pueblo, queremos caminar con audacia, esa actitud que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, coraje, hablar con libertad, fervor apostólico... todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que San Pablo significa "la libertad y el coraje de una existencia, que es abierta en sí misma, porque se encuentra disponible para Dios y para el prójimo". Pablo VI mencionaba entre los obstáculos a la evangelización precisamente la carencia de parresía: "la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza" (Ev. Nunt., 80). Juan Pablo II nos habla de ardor, celo apostólico, valentía, empuje misionero. (Redemptoris Missio, 30, 67, 91). Y recordamos a los discípulos de Emaús en su encuentro con el Señor Resucitado: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino?" (Lc. 24, 32). Convicción en la obra del Espíritu y ardor que brota del encuentro con Cristo vivo. Convicción y ardor que son necesarios en nosotros, los discípulos, tanto para hacernos cargo de las fragilidades como para anunciar a Cristo Resucitado.
 
Con frecuencia sentimos la fatiga y el cansancio. Nos tienta el espíritu de acedia, de pereza. También miramos todo lo que hay por hacer, y lo poco que somos. Como los apóstoles le decimos al Señor: "¿qué es esto para tanta gente?" (Jn. 6, 9), ¿qué somos nosotros para cuidar tanta fragilidad? Y allí justamente radica nuestra fortaleza: en la confianza humilde de quien ama y se sabe amado y cuidado por el Padre, en la confianza humilde de quien se sabe elegido gratuitamente y enviado. La experiencia de San Pablo fue llevar un tesoro en vasija de barro (2 Cor. 4, 7), y nos la transmite a todos nosotros. . Es la mirada sobre sí mismo y los demás. No tiene miedo a mirar la vasija de barro porque precisamente el tesoro que lleva dentro está fundamentado en Jesucristo, y de Él le viene el coraje, la audacia, el fervor apostólico.
 
¡Cuántas veces nos sentimos tironeados a quedarnos en la comodidad de la orilla! Pero el Señor nos llama para navegar mar adentro y arrojar las redes en aguas más profundas (Lc. 5, 4). Nos llama a que lo anunciemos con audacia y fervor apostólico, a gastar nuestra vida en Su Servicio. Aferrados a Él nos animamos a seguirlo de cerca, cada uno de nosotros poniendo nuestros carismas al servicio de la comunidad en la Iglesia arquidiocesana. Lo haremos utilizando diversos instrumentos pastorales armonizados por nuestro Plan Pastoral que termina una nueva etapa al finalizar este año, con las acciones propuestas para el trienio 2002-2004. En el Consejo Episcopal hemos visto la conveniencia de realizar una Asamblea Diocesana en el 2005, que nos permita crecer en sentido de pertenencia eclesial y participar en la reelaboración de nuestro Plan Pastoral, teniendo en cuenta las orientaciones de "Navega Mar Adentro". He pedido al Consejo Pastoral Arquidiocesano que elabore un camino de preparación para esa Asamblea.
 
Quisiera concluir exhortándolos una vez más al fervor apostólico con las palabras de Pablo VI: "Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo -como
Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia- con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual... pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo" (Ev. Nunt. 80).
 
Pido al Señor que todos nos sintamos apremiados por su amor (2 Cor. 5, 14) y podamos decir con San Pablo ¡"Ay de mí si no evangelizo"! (1 Cor. 9, 16). La Madre del Señor, que experimentó la peculiar fatiga del corazón (Redempt. Mater., 17), nos acompañe y sostenga en nuestras fatigas cotidianas y nos obtenga la gracia de la audacia evangelizadora y el fervor apostólico.
 
Les pido, por favor, que recen por mí. Con fraternal afecto,
  

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 
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Día del Niño por Nacer

El Sí de María abre la puerta a un largo camino: el del Hijo de Dios entre nosotros. Hoy comienza este andar del Señor quien "pasó haciendo el bien", curó nuestras heridas con sus llagas, proclamó nuestro triunfo con su Resurrección. Jesús camina en medio de su pueblo ya desde el seno de su Madre; quiere seguir todos nuestros pasos incluso el camino del niño por nacer. Se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado. Este acontecimiento cambia radicalmente la existencia humana. El Señor asume nuestra vida y la eleva al orden sobrenatural. La presencia del Verbo de Dios venido en carne transforma, sin negarlo, todo lo humano, lo eleva, lo coloca en la dimensión del Reino de Dios. Así, Jesús por nacer ilumina también la vida de la persona en el vientre de su madre. Desde nuestra fe –por el misterio de la Encarnación del Verbo- lo humano, lo que está en el orden de la ley natural, adquiere la nueva dimensión sobrenatural que, sin negar la naturaleza, la perfecciona, la lleva a su plenitud.

 Con este acontecimiento se abre una nueva perspectiva para considerar el origen y el desarrollo de nuestra vida y, en el caso que nos ocupa, Cristo en el seno de María es clave hermenéutica para comprender e interpretar el camino, la vida. Y los derechos del niño por nacer, para entender más nítidamente lo que ya, al respecto, nos dice la ley natural.

 Jesús se hace niño. Jesús comienza como todo niño y se integra en la vida de familia. La ternura de la madre hacia ese hijo que viene, la esperanza del padre (adoptivo en este caso) que ha apostado al futuro de la promesa, el paciente crecer cada día un poco más hasta el momento de ver la luz, todo esto que se da en la gestación de los niños, con Jesús adquiere una nueva significación que ilumina la comprensión del misterio del hombre y marca nuestra existencia con valores que florecen en actitudes: ternura, esperanza, paciencia. Sin estas tres actitudes (ternura, esperanza, paciencia) no se puede respetar la vida y el crecimiento del niño por nacer. La ternura nos compromete, la esperanza nos lanza hacia el futuro, la paciencia acompaña nuestra espera en el cansino pasar de los días. Y las tres actitudes constituyen una suerte de engarce para esa vida que va creciendo día a día.

 Cuando estas actitudes no están, entonces el niño pasa a ser un "objeto", alejado de su padre y de su madre, y muchas veces "algo" que molesta, alguien intruso en la vida de los adultos, quienes pretenden vivir tranquilos, replegados sobre sí mismos en un egoísmo paralizante. Desde el seno de su Madre Jesús acepta correr todos los riesgos del egoísmo. Ya nacido, pero niño aún, fue sometido a la persecución de Herodes quien "mataba a los niños en su carne porque a él lo mataba el miedo en su corazón". Hoy también a los niños, y a los niños por nacer, los amenaza el egoísmo de quienes sufren la sombra de la desesperanza en su corazón, la desesperanza que siembra miedo y lleva a matar. Hoy también nuestra cultura individualista se niega a ser fecunda, se refugia en un permisivismo que nivela hacia abajo, aunque el precio de esa no-fecundidad sea sangre inocente. Hoy también estamos influenciados por un teísmo biodegradador de lo humano; ese teísmo spray que pretende suplir a la gran Verdad: "el Verbo es venido en carne". Hoy también la propuesta cultural a replegarse sobre sí mismo en una dimensión egoísticamente individualista se construye a costa de los derechos de las personas, de los niños. Estos son rasgos del Herodes moderno.

 La Encarnación del Verbo, Jesús niño por nacer en el Vientre de María, nos convoca una vez más a la valentía. No queremos degradarnos en la cultura facilista que nos anula y que siempre –porque mata de a poco- termina siendo cultura de la muerte. Queremos reivindicar la presencia de Cristo ya en el seno de su Madre, presencia que resitúa la realidad del niño por nacer. Aquí se fundamenta nuestro Sí a la vida, un Sí motivado por la Vida que quiso compartir el que es nuestro Camino. En Cristo la centralidad del hombre como obra maestra de la creación llega a su plenitud. Participando de esa plenitud comprendemos más profundamente el misterio del hombre desde el instante de su concepción y el orden deontológico natural que regula esta vida.

 En este día de la Encarnación del Verbo quiero pedirle a nuestra Madre, la Virgen María, que nos ponga junto a Jesús. Que haga crecer en nuestros corazones actitudes de ternura, de esperanza, y de paciencia para custodiar toda vida humana, especialmente la más frágil, la más marginada, la que menos puede defenderse. Así sea.

 Buenos Aires, 25 de marzo de 2004.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Misa Crismal
 
 
 Queridos hermanos en el sacerdocio:
 
 
La preocupación pastoral del año pasado de "cuidar la fragilidad de nuestro pueblo" nos lleva a rezar y a preguntarle al Señor con sencillez de servidores: ¿a dónde llevamos la fragilidad que salimos a buscar y que estamos cuidando? ¿Cuál es la gracia que te debemos pedir para cuidar bien a los más vulnerables, a tus preferidos?
Traigamos hoy al corazón la mirada del Señor en tantas ocasiones en las que, conmovido, se detenía a contemplar la fragilidad de su pueblo. La compasión entrañable de Jesús no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario: era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza, con audacia, para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar, como dice el pasaje del evangelio que acabamos de leer.
 
Allí contemplamos al Señor asumiendo con parresía la misión de evangelizar. Fijémonos en los verbos que el Señor toma de Isaías: son "anunciar" (euangelizein) y "predicar" (keruzein), dos acciones que realiza impulsado por el Espíritu que lo unge para la misión. Notemos, por ejemplo, lo que dice de los "oprimidos"; no se trata de un simple liberar cautivos! El evangelio dice que el Señor viene "para enviarlos (aposteilai) en misión liberados de su esclavitud". De entre los mismos que antes eran cautivos el Señor elige a sus enviados. Nuestro Señor Jesucristo irrumpe en nuestra historia –marcada por la vulnerabilidad- con un dinamismo imparable, lleno de fuerza y de coraje. Ése es el kerygma, el núcleo de nuestra predicación: la proclamación rotunda de esa irrupción de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado, en nuestra historia.
 
En el diagnóstico que hace Jesús de la situación del mundo no hay nada de quejumbroso, nada de paralizante…, por el contrario: es una invitación a la acción fervorosa. Y la mayor audacia consiste precisamente en que se trata de una acción inclusiva, en la que asocia a Sí a los más pobres, a los oprimidos, a los ciegos…, a los pequeñitos del Padre. Asociarlos haciéndolos partícipes de la buena noticia, partícipes de su nueva visión de las cosas, partícipes de la misión de incluir a otros, una vez liberados. Podríamos decir, en nuestro lenguaje actual, que la mirada de Jesús no es para nada una visión "asistencialista" de la fragilidad. El Señor no viene a sanar a los ciegos para que puedan ver el espectáculo mediático de este mundo, sino para que vean las maravillas que Dios hace en medio de su pueblo. El Señor no viene a liberar a los oprimidos –por sus culpas y por las de las estructuras injustas- para que se sientan bien, sino para enviarlos en misión. El Señor no anuncia un año de gracia para que cada uno, sanado del mal, se tome un año sabático, sino para que, con Él en medio de nosotros, vivamos nuestra vida participando actívamente en todo lo que hace a nuestra dignidad de hijos del Dios vivo.
 
El Señor, cuando mira nuestra fragilidad, nos invita a cuidarla no con temor sino con audacia. "¡No teman! Yo he vencido al mundo". "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Por ello, la conciencia de la propia fragilidad, humildemente confesada por Pedro, no suscita por parte del Señor una invitación al repliegue sino que lo mueve a enviarlo en misión, a exhortarlo a que navegue mar adentro, a que se anime a ser pescador de hombres. La magnitud de la vulnerabilidad del pueblo fiel, que llena de compasión al Señor, no lo lleva a un cálculo prudente de nuestras posibilidades limitadas, tal como le sugieren los apóstoles, sino que los urge a la confianza sin límites, a la generosidad y al derroche evangélico, como sucedió en la multiplicación de los panes. El envío del Señor resucitado, que corona el Evangelio, está en consonancia con el pasaje de hoy, que es inaugural: "vayan y enseñen a todas las gentes, bautizándolas… y enseñándoles a guardar todas cuantas cosas les mandé" (Mt 28, 19).
 
La audacia y el coraje apostólicos son constitutivos de la misión. La parresía es sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del kerygma y del anuncio evangélico. Es esa actitud de "libertad interior" para decir abiertamente lo que hay que decir; ese sano orgullo que nos lleva a "gloriarnos" del Evangelio que anunciamos; esa confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que da a los testigos de Cristo la seguridad de que "nada los puede separar del amor de Dios" (Rm 8, 38 ss.). Si los pastores tenemos esta actitud, entonces está bien cuidada y conducida la fragilidad de nuestro pueblo. Ésa es, entonces, la gracia que queremos pedirle al Señor para cuidar bien la fragilidad de nuestro pueblo: la gracia de la audacia apostólica, audacia fuerte y fervorosa en el Espíritu.
 
A Nuestra Señora se la pedimos humilde y confiadamente. A ella que ha sido llamada "la primera evangelizadora". A ella, la mujer eucarística que nos entrega a Cristo, ella es la que nos exhorta para que "hagamos todo lo que Jesús nos dice". Ella es la primera que experimenta en su interior la alegría de salir a evangelizar y la que participa primero de la audacia inaudita del Hijo y contempla y anuncia cómo Dios "muestra el poder de su brazo, desbarata a los soberbios en los proyectos de su corazón, derroca a los potentados y enaltece a los humildes, llena de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos". De esta audacia de María estamos invitados a participar como sacerdotes de la Iglesia santa. A este ámbito de alegría evangélica –que es nuestra fortaleza- es a donde debemos conducir la fragilidad de nuestro pueblo que salimos a buscar. Ésa es la buena noticia: que pobres, frágiles y vulnerables, pequeños como somos, hemos sido mirados, como ella, con bondad en nuestra pequeñez y somos parte de un pueblo sobre el que se extiende, de generación en generación, la misericordia del Dios de nuestros padres.
 
 
Buenos Aires, 8 de abril de 2004.
 

Jorge Mario Bergoglio s.j.

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  Vigilia Pascual
 
 
 El camino del pueblo de Dios se detiene esta noche frente a un sepulcro, un sepulcro vacío. El cuerpo de Jesús, el Hijo de la promesa, ya no estaba allí; sólamente se veían las sábanas que lo envolvieron. La marcha de todo un pueblo se detiene hoy como otrora lo había hecho ante la roca en el desierto (Ex. 17:6) o a orillas del mar la noche de la Pascua, cuando los israelitas "se llenaron de pánico e invocaron a gritos al Señor" (Ex. 14:10) y furiosos increpaban a Moisés: "¿no había tumbas en Egipto para que nos trajeras a morir en el desierto?" (Ex. 14:11). Esta noche no es el pánico sino el desconcierto (Lc. 24:4) y el temor (v. 5)de estas mujeres ante lo incomprensible: el Hijo de la promesa no estaba allí. Cuando vuelven y cuentan todo a los Apóstoles (v.10) "a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron" (v.11). Desconcierto, temor y apariencia de delirio: sentimientos que son un sepulcro y allí se detiene la marcha durante siglos de todo un pueblo. El desconcierto desorienta, el temor paraliza, la apariencia de delirio sugiere fantasías.
 
Las mujeres "no se atreven a levantar la vista del suelo" (v.5). Desconcierto y temor que clausuran toda mirada al cielo; desconcierto y temor sin horizonte, que tuerce la esperanza. Reaccionan sorprendidas frente al reproche: "¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo"? (v.5) pero se sorprenden más aún con la palabra profética "Recuerden" (v.6).. y "las mujeres recordaron" (v.8) y en su corazón se reflejó entonces lo que sucedía fuera: los primeros albores del día hacen estallar las tinieblas de la duda, del temor y el desconcierto... y corren y anuncian lo que escucharon: "No está aquí, ha resucitado" (v.6)
 
El recuerdo las resitúa en la realidad. Recuperan la memoria y la conciencia de ser pueblo elegido, recuerdan las promesas, se reafirman en la alianza y se sienten nuevamente elegidas. Entonces nace en el corazón ese ímpetu fuerte, que es del Espíritu Santo, para ir a evangelizar, a anunciar la gran noticia. Toda la historia de la salvación vuelve a ponerse en marcha. Vuelve a repetirse el milagro de aquella noche en el Mar Rojo. "...y el Señor dijo a Moisés: ¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha" (Ex. 14:15). Y el pueblo siguió su camino con el correr de las mujeres que habían recordado las promesas del Señor.
 
A todos nos ha sucedido alguna vez como personas y como pueblo, encontrarnos detenidos en el camino, sin saber qué pasos dar. En esos momentos parece que las fronteras de la vida se cierran, dudamos de las promesas y un positivismo craso se levanta como clave interpretativa de la situación. Entonces señorea en nuestra conciencia el desconcierto y el temor; la realidad se nos impone clausurada, sin esperanza y tenemos ganas de volver sobre nuestros pasos hacia la misma esclavitud de la que habíamos salido y hasta llegamos a reprochar al Señor que nos puso en camino de libertad: "Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto: ¡Déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto" (Ex. 14:12) En estas situaciones, como a orillas del Mar Rojo o frente al sepulcro la respuesta llega: "No teman" (Ex. 14:13), "Recuerden" (Lc. 24:6).
 
Recuerden la promesa pero, sobre todo, recuerden la propia historia. Recuerden las maravillas que el Señor nos ha hecho a lo largo de la vida. "Presta atención y ten cuidado para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que se aparten de tu corazón un solo instante" (Deut. 4:9); cuando estés satisfecho "no olvides al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud" (Deut. 6;12); "acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante estos cuarenta años... la ropa que llevabas puesta no se gastó, ni tampoco se hincharon tus pies..." (Deut. 8:2,4). "no olvides al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud" (Deut. 6:12); "recuerden los primeros tiempos" (Hebr. 10:32); "acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos" (2 Tim. 2: 8). Así nos exhorta la Palabra de Dios para que continuamente releamos nuestra historia de salvación a fin de poder seguir hacia adelante. La memoria del camino andado por la gracia de Dios es fortaleza y fundamento de esperanza para continuar caminando. No dejemos que la memoria de nuestra salvación se atrofie por el desconcierto y el temor que nos pueda sobrevenir ante cualquier sepulcro que pretenda adueñarse de nuestra esperanza. Dejemos siempre lugar a la Palabra del Señor, como las mujeres en el sepulcro: "Recuerden". En los momentos de mayor oscuridad y parálisis urge recuperar esta dimensión deuteronómica de la existencia.
 
En esta noche santa quiero pedirle a la Santísima Virgen nos conceda la gracia de la memoria de todas las maravillas que el Señor hizo en nuestras vidas, y que esa memoria nos sacuda, nos impulse a seguir caminando en nuestra vida cristiana, en el anuncio de que no hay que buscar entre los muertos al que está vivo, en el anuncio de que Jesús, el Hijo de la promesa, es el Cordero Pascual y ha resucitado. Que Ella nos enseñe a decirnos pausadamente, con la certeza de quien se sabe conducido a lo largo de toda la vida, lo que ella misma seguramente se repetía esa madrugada mientras esperaba a su Hijo: "Yo sé que mi Redentor vive" (Job. 19:25).
 
Buenos Aires, 10 de abril de 2004.

Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Mensaje del Arzobispo de Buenos Aires

a las Comunidades Educativas

 

 

"Con Audacia. Entre todos, un País Educativo"

 Queridos educadores:

 No es ninguna novedad decir que vivimos tiempos difíciles. Ustedes lo saben, lo palpan día a día en el aula. Muchas veces habrán sentido que sus fuerzas son pocas para enfrentar las angustias que las familias cargan sobre sus espaldas y las expectativas que sobre ustedes se concentran. El mensaje de este año quiere ubicarse en ese lugar y quiere invitarlos a descubrir una vez más la grandeza de la vocación que han recibido. Si miramos a Jesús, Sabiduría de Dios encarnada, podremos darnos cuenta de que las dificultades se tornan desafíos, los desafíos apelan a la esperanza y generan la alegría de saberse artífices de algo nuevo. Todo ello, sin duda, nos impulsa a seguir dando lo mejor de nosotros mismos.

Estas cosas son las que hoy quiero compartir con ustedes. Los cristianos tenemos un aporte específico que hacer en nuestra Patria y ustedes, educadoras y educadores, deben ser protagonistas de un cambio que no puede tardar. A ello los invito y para ello pongo en ustedes mi confianza y les ofrezco mi servicio de Pastor.

En este último año se hizo popular la afirmación de que los argentinos hemos "recuperado la esperanza". Habría que ver si se trata de aquella auténtica esperanza que nos abre a un futuro cualitativamente distinto (aunque no tenga una denominación explícitamente religiosa), o si estamos dispuestos simplemente a volver a ilusionarnos una vez más, con todos los riesgos que eso implica. De cualquier manera, vamos a tomar ese "cambio de humor" como punto de partida para hacer algunas reflexiones. Ciñéndonos a lo que aquí nos interesa, que es la cuestión de los valores que sostienen y justifican nuestra tarea como educadores, les propongo ubicarnos en un escenario que puede dar lugar a planteos interesantes: el escenario de la reconstrucción de la comunidad.

El panorama de los últimos años en nuestro país nos ha llevado a reconocer un problema "de fondo", una crisis de creencias y valores y, como todo reconocimiento, nos pone de frente al desafío de buscarle solución. Allí es donde la idea de "reconstrucción" resulta bastante más que una metáfora. No se trata de "volver atrás", como si nada hubiera pasado o como si nada se hubiese aprendido. Tampoco de "quitar" algo pernicioso, una especie de tumor en nuestra conciencia colectiva, suponiendo que "antes" el organismo poseía "plena salud". Si hablamos de "reconstrucción" es porque somos conscientes de la imposibilidad de saltearnos y sobrepasar lo histórico. "Reconstruir" significa, en este caso, volver a poner en primer plano los fines, los deseos y los ideales y encontrar nuevas formas más eficaces de orientar nuestras acciones hacia esos fines, deseos e ideales, articulando esfuerzos y generando realidades (exteriores e interiores, instituciones y hábitos) que permitan sostener coherente y compartidamente la marcha.

A nadie se le escapa que la educación es uno de los pilares principales para esta reconstrucción del sentido de comunidad, aunque ella no pueda disociarse de otras dimensiones igualmente fundamentales como son la económica y la política. Si es certero el diagnóstico que ubica la crisis no sólo en los yerros de una macroeconomía carente de visión (o con una visión distorsionada de su lugar y función en una comunidad nacional) sino también en un nivel político, cultural y -más hondamente todavía- moral, la tarea será larga y consistirá más en una "siembra" que en una serie de rápidas modificaciones. Por ello, no creo exagerar si afirmo que cualquier proyecto que no ponga la educación en un lugar prioritario será sólo "más de lo mismo".

Ahora bien, como educadores cristianos ante el desafío de hacer nuestro aporte a la reconstrucción de la comunidad nacional, necesitamos operar una serie de discernimientos relativos a aquello que, al menos a nuestro juicio, debe ser priorizado. La fecundidad de nuestros esfuerzos no depende solamente de las condiciones subjetivas, del grado de entrega, generosidad y compromiso que podamos alcanzar. También depende del acierto "objetivo" de nuestras decisiones y acciones.

Comprender, interpretar y discernir son momentos imprescindibles de todo actuar responsable y consistente, de todo camino en esperanza. Los cristianos tenemos un punto de partida, una referencia que se nos brinda como luz y guía. No caminamos a ciegas, no tanteamos en nuestra búsqueda de sentido orientándonos solamente por un método de "prueba y error". El discernimiento cristiano es justamente cristiano porque toma como eje a Jesucristo, Sabiduría de Dios (1 Co 1, 24.30). Si se trata de "entender", de "dar sentido", de "saber" hacia dónde ir, los cristianos tenemos una fuente inagotable que es la Sabiduría divina hecha carne, hecha hombre, hecha historia. Allí hemos de volver, una y otra vez, en busca de iluminación, inspiración y fuerza.

I- Nuestro cimiento: Cristo, sabiduría de Dios

a) Los tres lados de la sabiduría

¿Qué significa hablar de "sabiduría"? En primer lugar, está claro que se trata de algo del orden del conocimiento. Es un primer sentido de "saber": conocer, entender. Ser sabios, vivir con sabiduría, implica muchas cosas pero nunca puede dejarse de lado el aspecto "intelectual". Como educadores, el servicio a la sabiduría de nuestro pueblo es -en gran medida- un servicio al crecimiento en el orden cognitivo. Si hoy tenemos en cuenta los aspectos vivenciales, afectivos, vinculares, actitudinales... todo eso no puede darse en desmedro de una fuerte apuesta a lo intelectual. En eso debemos reconocer su parte de verdad a la matriz, quizás ilustrada o enciclopedista, de la educación argentina "fundacional". Una persona que conoce más, que ha cultivado su capacidad de informarse, evaluar y reflexionar, de incorporar nuevas ideas y ponerlas en relación con las anteriores para producir nuevos sentidos, tiene en sus manos una herramienta invalorable no sólo para abrirse camino en lo que hace al trabajo y el "éxito" en la vida social; también posee elementos valiosísimos para desarrollarse como persona, para crecer en el sentido de "ser" mejor.

No en vano la Iglesia ha visto desde siempre la importancia, en la educación, de la actividad intelectual además de la educación estrictamente religiosa. El saber no sólo "no ocupa lugar", como decían nuestras abuelas, sino que "abre espacio", "multiplica lugar" para el desarrollo humano.

Aquí, todavía en el inicio de nuestra meditación, tenemos ya un punto concreto para revisar y conversar en nuestras comunidades educativas. Con mucha razón ponemos el acento en la vida comunitaria, en amplificar nuestra capacidad de acogida y contención, en crear lazos humanos y ambientes de alegría y amor que permitan a nuestros niños y jóvenes crecer y dar fruto. Y hacemos bien: muchas veces esos aportes básicos les son negados por una sociedad cada vez más dura, exitista, competitiva, individualista. Pero todo ello no puede hacerse a costa de la tarea indispensable de alimentar y formar la inteligencia. Hoy está de moda la palabra "excelencia", a veces con un sentido ambiguo sobre el cual más tarde volveremos, pero rescatemos de esa moda el imperativo de trabajar en serio en el plano de la transmisión y creación de conocimientos de todo tipo. Parafraseando ese término de moda: busquemos una educación "de inteligencia".

Pero la sabiduría no se agota en el conocimiento. "Saber" significa también "gustar". Se "saben" conocimientos... y también se "saben" sabores. ¿Qué le aporta esta dimensión a lo que venimos diciendo? El aspecto "afectivo" y "estético": sabemos y amamos lo que sabemos. Educar será, entonces, mucho más que ofrecer conocimientos: será ayudar a que nuestros chicos y jóvenes puedan valorarlos y contemplarlos, puedan hacerlos carne. Supone un trabajo no sólo sobre la inteligencia sino también sobre la voluntad. Apostamos a la libertad personal como última síntesis del modo humano de estar en el mundo, pero no una libertad indeterminada (¡inexistente!) sino abonada por experiencias de seguridad, de gozo, de amor dado y recibido.

No estoy hablando de que "a los chicos les guste" ir a aprender en la escuela. La búsqueda de sabiduría como "sabor" no se reduce a una cuestión de "motivación", aunque la incluya. Se trata de que puedan "sentir" el gozo de la palabra, del dar y recibir, de escuchar y compartir, de comprender el mundo que los rodea y los lazos que a él los unen, de maravillarse con el misterio de la creación y de su punto culminante: el hombre. Volveremos sobre estas cuestiones. Por ahora, dejemos apuntado que nuestra tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y la sociedad como hogar. Educación "para el habitar": imprescindible camino para ser humanos y para reconocernos hijos de Dios.

Todavía quiero llamar la atención sobre un tercer "lado", una tercera dimensión de la sabiduría. Sabio es el que no sólo sabe sobre las cosas, las contempla y las ama, sino que logra integrarse a ellas a través de la elección de un rumbo y de las múltiples opciones concretas y hasta cotidianas que la fidelidad le exige. Un lado, entonces, "práctico", en el cual se resuelven los dos anteriores. Esta dimensión coincide con el sentido antiguo de "Sabiduría" presente en la Biblia: capacidad para orientarse en la vida, de modo que un obrar prudente y hábil fructifique en plenitud existencial y felicidad. "Saber" lo que "vale la pena" y lo que no: un saber ético que, lejos de constreñir e inhibir las posibilidades humanas, las despliega y desarrolla máximamente. Un saber moral opuesto tanto a "inmoral" como a "desmoralizado". También saber "cómo hacerlo": un saber "práctico" no sólo en relación con los fines, sino con los medios disponibles para no quedarnos en las buenas intenciones. Esta tercera dimensión de sabiduría es la que pedía el rey Salomón como gracia para poder gobernar a su pueblo (Cfr. Sab. 9, 1-11)

Queremos una escuela de sabiduría... como una especie de laboratorio existencial, ético y social, donde los chicos y jóvenes puedan experimentar qué cosas les permiten desarrollarse en plenitud y construyan las habilidades necesarias para llevar adelante sus proyectos de vida. Un lugar donde maestros "sabios", es decir, personas cuya cotidianeidad y proyección encarnan un modelo de vida "deseable", ofrezcan elementos y recursos que puedan ahorrarle, a los que empiezan el camino, algo del sufrimiento de hacerlo "desde cero" experimentando en la propia carne elecciones erróneas o destructivas.

Promover una sabiduría que implique conocimiento, valoración y práctica, es un ideal digno de presidir cualquier empeño educativo. Quien pueda aportar algo así a su comunidad habrá contribuido a la felicidad colectiva de un modo incalculable. Y, como decíamos, los cristianos poseemos en Jesucristo un principio y una plenitud de sabiduría que no tenemos derecho a retener dentro de nuestros espacios confesionales. No de otra cosa se trata la evangelización a que nos urge el Señor: compartir una sabiduría que desde el principio fue destinada a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Renovemos con audacia el ardor del anuncio, de la propuesta que sabemos colma las búsquedas hondas, silenciadas por tanta vorágine, hagámoslo cada día e intentando llegar a todos.

b) Edificar sobre roca

Esta es nuestra convicción, como cristianos. Pero todavía tenemos que hacer un largo discernimiento para comprender la novedad radical de que somos depositarios. Al fin y al cabo, los fracasos históricos y hasta los horrores y aberraciones más increíbles que hemos vivido como pueblo han tenido a veces como protagonistas a hermanos nuestros que confesaban nuestra misma fe y compartían nuestras celebraciones. Proclamar el nombre de Jesucristo no nos exime ni del error ni de la maldad. Ya lo dijo el mismo Jesús: no basta con decir "¡Señor, Señor!" si no se hace la voluntad del Padre (Mt 7, 21-23). No se trata sólo de "mala intención", o de "lobos con piel de oveja". Es muy fácil decir que "al fin y al cabo, en realidad, en el fondo de su corazón, nunca fueron de los nuestros": así preservamos nuestras seguridades meramente nominales, expulsando afuera aquellos elementos que nos harían preguntarnos acerca de la profundidad y solidez de nuestras creencias y prácticas.

Sigamos prestando atención a las palabras del Señor que acabamos de recordar. En los versículos que siguen, Jesús prosigue su enseñanza con la parábola del hombre que edifica su casa sobre roca. "Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca" (Mt 7, 25). Las imágenes de "lluvias", "torrentes" y "vientos" pueden dar a esa construcción una cierta impresión de pasividad: simplemente "aguanta". "Aguanta" manteniendo su fe, sus convicciones, en medio de las adversidades del mundo. Pero la inmediata relación de la parábola con las declaraciones anteriores de Jesús ("no son los que dicen Señor, Señor...") nos ubican en un lugar completamente distinto; refieren a más. Se trata de "hacer la voluntad del Padre que está en el cielo" (Mt 7, 21), o de hacer lo que Jesús, el maestro, nos dice (Lc 6, 46). Se trata de "resistir a los embates del mundo", y más aún, "poner manos a la obra" en una tarea que está estrechamente vinculada al Reino que en Jesús se hace presente.

¿Qué significa, pues, "construir sobre roca" para poder poner en práctica la voluntad del Señor? Creo que la idea de "sabiduría" nos permite empezar a abrirnos camino en nuestra búsqueda. Si la tarea, la tarea concreta que tenemos entre manos, la tarea educativa en el contexto de reconstrucción de la comunidad, requiere de un sólido compromiso subjetivo y también de un serio y lúcido discernimiento objetivo, entonces tendrá que estar presidida por una Sabiduría intelectual, afectiva, práctica que ponga plenamente en juego el modelo de Jesús en esos tres planos. Confesar a Cristo como el Señor, ser sus apóstoles en la difusión del Evangelio y en la puesta en marcha de su Reino, implica necesariamente construir sobre la roca de la Sabiduría encarnada el edificio de nuestra identidad cristiana y docente y de nuestra acción educativa.

En este punto, al cual sin duda todos habremos llegado al responder a nuestra vocación, pueden cruzarse algunos malentendidos que dan lugar a verdaderas tentaciones.

La primera es la de quedarnos en una concepción meramente "piadosa" de la Sabiduría encarnada en Jesús de Nazaret. Hacer de ella sólo una experiencia "interior", "subjetiva", dejando de lado el costado "objetivo", la mirada real sobre el mundo, el movimiento del corazón a la luz de esa comprensión, la concreta determinación que incluye la creación de mediaciones eficaces para aproximarnos al ideal. Es la tentación permanente de las tendencias "pseudomísticas" de la existencia cristiana.

Esta perspectiva, sin dejar de constituir uno de los aspectos del Misterio cristiano (y de toda mística religiosa), termina reduciéndose a una especie de elitismo del espíritu, a una experiencia extática de "elegidos" que rompe con la historia real y concreta. Las "elites" ilustradas, por dinamismo interno, nos despojan del sentido de pertenencia a un pueblo, en este caso el pueblo de Dios que ahora es la Iglesia. Las "elites" ilustradas clausuran todo horizonte que nos provoca a seguir andando y revierten nuestra acción hacia adentro, en un inmanentismo sin esperanza. En la base de este elitismo del espíritu, despotenciador de toda sabiduría, está la negación de la verdad fundamental de nuestra fe: el Verbo es venido en carne (1Jn. 4, 2)

Tenemos en el Nuevo Testamento un ejemplo concreto de esta acentuación reductiva: la primera comunidad cristiana de Corinto, que motivara una enérgica carta de san Pablo. Estos cristianos de origen griego habían desarrollado una concepción de la fe de tipo "carismática" pero disociando las experiencias "en el Espíritu" (don de lenguas, éxtasis...) de su correlativo compromiso moral y social. San Pablo tendrá que llamarles la atención acerca de esa suerte de "cristianismo espiritual" que perdía conexión con la vida cotidiana en el plano concreto. Se trata de una concepción más apta para desarrollar lo que hoy llamaríamos una religiosidad new age que una auténtica fe en Jesús de Nazaret y su Buena Noticia. En tiempos de orfandad y falta de sentido, como los que hoy vivimos, esta unilateralidad de lo "místico" constituye una experiencia sin duda consoladora y benéfica. Pero lo cierto es que, al cabo de un tiempo, el misterio de la condición pecadora del ser humano desmiente las pretensiones de "elevación por encima de lo mundano" que esta deficiente espiritualidad implica, y le obliga a revelar su faceta oculta de mentira y autoengaño.

¿De qué modo afectará a nuestra tarea en el aula una acentuación semejante de la sabiduría cristiana? Entre otras formas, a través de una concepción mágica de la fe y a veces de los sacramentos. No tengo intención en este punto, de analizar la vida sacramental de nuestras comunidades educativas. Menciono algunas situaciones que se dan, entre las varias posibles: rutina y ausencia.

A veces absolutizamos los signos del encuentro con Dios hasta el punto de descuidar lo que esos signos deberían significar, no hacemos otra cosa que invalidarlos, hacerles perder consistencia, mecanizarlos. En la misma línea, hemos confiado a veces demasiado en la exaltación de lo emocional en la convivencia catequística, en el retiro de jóvenes, en el buen momento vivido en el día de la familia... Momentos de gratuidad, sí, de fiesta y alegría, pero por momentos tan inconsistentes... La alabanza y gozo en el Señor no son "instrumentos" o "medios" para nada sino que expresan el resplandor de una vida verdaderamente evangélica, el descanso en el camino efectivamente transitado, el anticipo de la felicidad esperada.

Finalmente, otra forma de parecernos a los corintios de san Pablo: el culto a la espontaneidad... traducida en improvisación. La justa crítica de lo burocrático, de la formalidad porque sí, del apego al procedimiento y al reglamento, la prioridad del "espíritu" sobre la "letra", también nos puede llevar a la mediocridad y la inoperancia, cuando no al mero culto de la personalidad y, en definitiva, a la deserción de la misión que se nos ha encomendado, haciéndola naufragar en una lamentable parodia de comunidad viva y creativa que, como la mentira, tiene patas cortas.

En el otro extremo, la Sabiduría cristiana se convierte en un hecho predominantemente "objetivo", una "bandera" que, sobre el icono del Cristo histórico que no permaneció en el sepulcro sino que fue exaltado como Señor, perfila un nuevo orden social y cultural observable, una serie de certezas identificadas con alguna realización histórica concreta. La "objetividad" de la Resurrección de Cristo, según esta concepción reductiva, daría lugar a la "objetividad" de su triunfo en la historia, al modo de una identificación entre el Reino de Dios y el de este mundo, que una y otra vez se reedita en la historia de la Iglesia y que, ya en lo albores del cristianismo, mereció una importante página crítica del Evangelio de Juan en el diálogo entre Jesús y Pilato (Jn 18, 33-37). En efecto, ¿por qué renunciaría Jesús a convocar a sus ángeles para defender su Reino? Porque ese Reino "no era de este mundo", no se trataba de otra alternativa política, social o cultural fatalmente atada a la caducidad de todo lo que nace, crece y muere en el tiempo.

Y si el cristianismo "místico" daba lugar a una especie de elitismo o de "celebración del narcisismo", su opuesto, el extremo "histórico" le abre las puertas a un "autoritarismo del espíritu" que, al igual que el anterior, termina indefectiblemente tocando la "carne" de los seres humanos. Porque la condición histórica como conflicto de subjetividades, como campo ambiguo donde las cosas nunca son absolutamente blancas o negras (cf. la parábola del trigo y la cizaña) siempre hace caer por tierra los órdenes "perfectos" y "definitivos" y los obliga a mostrar la capacidad de maldad que les es propia. Finalmente, asoma la voluntad de dominio que el ser humano lleva adentro, en este caso camuflada por la contemplación del triunfo de Cristo sobre la muerte.

También esto puede afectar (y distorsionar seriamente) nuestro servicio en la tarea educativa. Es claro (aunque no falte quien pueda sostener lo contrario todavía hoy) que un modelo de identidades históricas rígidas, carente de lugar para el disenso e incluso para opciones y orientaciones diversas y plurales, no puede ya tener lugar, al menos en nuestras sociedades occidentales. El lugar de la subjetividad en la cultura moderna, reconociendo desvíos y devaríos, es ya una conquista de la humanidad, en este desarrollo del concepto de persona humana como sujeto de una libertad inviolable no ha sido ajena la inspiración evangélica. En el mismo plano religioso, la dignidad humana exige un tipo de propuesta y adhesión a las creencias que está muy lejos de la imposición de una letra inmanente indiscutible que encadene o amengüe la búsqueda personal de Dios, poniendo en juego la rica dotación que recibió el ser humano para semejante aventura.

De ningún modo deben aspirar nuestras escuelas a formar un hegemónico ejército de cristianos que conocerán todas las respuestas, sino que deben ser el lugar donde todas las preguntas son acogidas, donde, a la luz del Evangelio, se alienta justamente la búsqueda personal y no se la obtura con murallas verbales, murallas que son bastante débiles y que caen sin remedio poco tiempo después. El desafío es mayor: pide hondura, pide atención a la vida, pide sanar y liberar de ídolos... y cabe aquí la precisión: tanto la concepción "mística" como la "histórico-política" configuran un triunfalismo, verdadera caricatura del real triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte.

c) Dimensiones de la sabiduría cristiana

Pero entonces, ¿cómo podemos avanzar en una comprensión positiva de la Sabiduría cristiana? Sabemos que no es posible aquí más que una primera mirada, necesariamente breve y limitada. Nadie puede pretender agotar la infinita riqueza de la Palabra hecha carne en una simple colección de palabras humanas. Se trata, más bien, de invitarlos a buscar, a orar, a profundizar en la Escritura y en las muchas expresiones del magisterio y de la tradición viva de la Iglesia, tratando de descubrir los acentos y relieves propios de una fe que se hace vida para el mundo de hoy. Quiero exhortarlos a una mirada más atenta y vigilante de los signos de los tiempos, a un nuevo fortalecimiento de la oración y reflexión comunitaria, a recrear aquel diálogo de salvación que, en diversos momentos de la historia, dio frutos de santidad y abrió instancias impensadas de evangelización y renovación. Esto nos reclama hacernos tiempo para lo común, para abrirnos con seriedad y entusiasmo a construir junto a los otros, poniendo el corazón.

En este sentido, permítanme compartir, como Pastor, algunas ideas que puede ser valioso tener en cuenta. Simplemente, algunos aspectos en que la persona y la palabra de Jesús le dan forma al ideal de sabiduría esbozado más arriba.

En primer lugar, la sabiduría cristiana como verdad. Jesús mismo se define de esa manera (Jn 14,6). Tenemos que avanzar hacia una idea de verdad cada vez más incluyente, menos restrictiva; Al menos, si estamos pensando en la verdad de Dios y no en alguna verdad humana por más sólida que nos parezca. La verdad de Dios es inagotable, es un océano del cual apenas vemos la orilla. Es algo que estamos empezando a descubrir en estos tiempos: no esclavizarnos a una defensa casi paranoica de "nuestra verdad" (si yo la "tengo", él no la "tiene"; si él "puede tenerla", entonces es que yo "no la tengo"). La verdad es un don que nos queda grande, y justamente por eso nos agranda, nos amplifica, nos eleva. Y nos hace servidores de tal don. Lo cual no entraña relativismos, sino que la verdad nos obliga a un continuo camino de profundización en su comprensión.

El Evangelio de Jesús nos ofrece verdad: acerca de Dios, de un Dios que es Padre, de un Dios que viene al encuentro de los suyos, de un Dios libre y liberador que elige, llama y envía. Releamos las parábolas y comparaciones del Reino: hablan de Dios. Dios sale a los caminos porque preparó una fiesta y quiere que todos la disfruten; Dios está escondido en lo pequeño y lo que crece, aunque no sepamos verlo. Dios es infinitamente generoso, espera hasta el último momento y va en busca de los que se extraviaron. Paga en demasía a los obreros de la última hora y no mezquina tampoco su amor a los de la primera y al hermano del hijo pródigo: por el contrario, los tiene siempre junto a él y los invita a trascenderse a sí mismos y parecerse a él.

Dios... ¡qué podemos decir, que no quede superado por la infinitud de lo que Él es! Cuando volvemos a beber en el pozo del Evangelio, al instante nos damos cuenta de lo patéticas que han sido, a lo largo de la historia, las "representaciones" de Dios que los hombres hemos manufacturado, muchas veces a nuestra imagen. Pero todavía hay más: estamos hablando de un Dios que no se quedó instalado en su "divinidad". Todo lo que podemos decir de él ha tenido y tiene un "modo humano" de existir: el de Jesús de Nazaret. Ese Padre infinitamente misericordioso y salvador no es una figura inalcanzable: realizó su obra en las acciones y palabras del Maestro.

De modo que la Sabiduría cristiana es también verdad sobre el hombre. Sobre el Dios-Hombre, y sobre el hombre llamado a vivir la condición divina. Este es un mensaje siempre nuevo y siempre actual: aun en tiempos de globalización tecnológica, donde todo lo humano parece reducirse a bits y parecería que se ha decidido dejar a muchos afuera del "reino" que se organiza, hay una palabra de sabiduría que nos insiste una y otra vez, al oído y a los cuatro vientos, desde los púlpitos y los areópagos y también desde los gólgotas y los muchos infiernos de este mundo, acerca de la fidelidad inconmovible de un Dios que quiso ser hombre para que los hombres seamos como Dios. Y esto justamente por el camino inverso al sugerido por la Serpiente en el Edén.

Me pregunto si los que hoy tenemos la misión de enseñar logramos ponderar toda la belleza y explosividad de esta verdad sobre Dios y sobre el hombre que hemos recibido. Hace ya más de un siglo (este año se cumplen 110 años de su muerte), un cristiano encarnó su vocación de docente, periodista y político desde estas convicciones, asumiendo plenamente su condición de creyente y de hombre de su tiempo, sin dualismos ni reticencias. Me refiero a José Manuel Estrada y creo que es importante rescatar su figura no sólo desde las luchas concretas en que vehiculizó su fidelidad a la Iglesia y su amor a la Patria, sino desde el hecho mismo de que entendió la verdad cristiana como un potencial inmenso de elevación de la humanidad y no se conformó con menos: para él, no se trataba de "aguantar" el viento y las lluvias, sino de potenciar sus capacidades al servicio de la construcción de una sociedad nueva.

Plenamente en su tiempo, compartió el interrogante acerca del sentido de la vida humana y apuntó certeramente al punto donde ese sentido se vuelve interrogante e invitación a la búsqueda par todo hombre de buena voluntad:

"Las ciencias de observación, ya pertenezcan al orden material como la química, ya pertenezcan al orden moral como la filosofía, clasifican hechos, definen fenómenos, formulan acaso sus leyes inmediatas y secundarias; pero son impotentes para descubrir el enlace superior que las vincula, dentro de sus condiciones metafísicas de producción, a una armonía universal, sumisa a una ley excelsa. (...) Si la ignorancia del hombre consistiera tan sólo en la impotencia para apreciar los fenómenos y sus condiciones, el naturalismo bastaría para disiparla gradualmente. Pero ni de la mente del cristiano, ni de la mente del ateo lógico, ni del espíritu de quien se eleva un ápice sobre el nivel en que, por exceso de la primitiva gradación, la animalidad pura y la barbarie se confunden casi indisolublemente, desaparecerá jamás, aun agotadas todas las curiosidades del mundo visible y escondido al por qué circunstancial de todos los hechos experimentales, esta otra curiosidad: ¿qué soy yo?, ni esta otra: ¿de dónde vengo?, ni, por fin, este angustioso problema centro de las dulzuras de la fe y de las congojas punzantes de la incredulidad o de la duda: ¿a dónde voy?..."

Pero la sabiduría cristiana, y Estrada testimonia también esto, no se queda en discurso. La dimensión de Verdad va de la mano con la de Vida y Camino. Los "tres lados" de la sabiduría alcanzan su resolución evangélica en Jesús y también en aquellos que siguieron sus pasos. La Verdad sobre Dios y sobre el hombre es principio de otra forma de valorar el mundo, el prójimo, la propia vida, la misión personal; es principio de otro Amor. Y, necesariamente, es principio de orientaciones éticas y opciones históricas que dan forma a una encarnación concreta de la Sabiduría en el tiempo que nos toca vivir.

Los invito a que sigamos adelante, reflexionando acerca de algunos modos en que la sabiduría cristiana podría modelar nuestra vocación docente, traduciendo en valoraciones de fondo y en prácticas concretas la Verdad revelada.

II- Maestros con el Maestro

Primero, recordemos el punto de partida de nuestra meditación: los cristianos comprometidos en la tarea educativa tenemos hoy una importante responsabilidad y, al mismo tiempo, una oportunidad de poner en juego nuestro aporte. Por eso, es necesario "acertar" en los objetivos a priorizar, sobre la base de una sabiduría madurada en la experiencia del encuentro con el Señor. Para eso no está de más volver a hacerse la pregunta fundamental: ¿para qué educamos? ¿Por qué la Iglesia, las comunidades cristianas, invierten tiempo, bienes y energías en una tarea que no es directamente "religiosa"? ¿Por qué tenemos escuelas, y no peluquerías, veterinarias o agencias de turismo? ¿Acaso por negocio? Habrá quienes así lo piensen, pero la realidad de muchas de nuestras escuelas desmiente esa afirmación. ¿Será por ejercer una influencia en la sociedad, influencia de la cual luego esperamos algún provecho? Es posible que algunas escuelas ofrezcan ese "producto" a sus "clientes": contactos, ambiente, "excelencia". Pero tampoco es ése el sentido por el cual el imperativo ético y evangélico nos lleva a prestar este servicio. El único motivo por el cual tenemos algo que hacer en el campo de la educación es la esperanza en una humanidad nueva, en otro mundo posible. Es la esperanza que brota de la sabiduría cristiana, que en el Resucitado nos revela la estatura divina a la cual estamos llamados.

Con el lenguaje y la teología de su tiempo, Estrada planteaba claramente esta finalidad de la tarea educativa desde la perspectiva cristiana:

¿Veis afanados a los hombres de este siglo por un anhelo inagotable de perfección? También nosotros amamos el progreso y la perfección, mas una perfección adecuada al hombre en la totalidad de su destino y de su índole moral. Es excelente la ciencia, y la aplaudo y la amo, porque es ley del hombre dominar la naturaleza; pero también es ley nuestra aspirar a fines suprasensibles e inmortales; y la purificación del alma y su unión con Dios, requiere la adopción de medios sobrenaturales como estos fines. La condición y sumo objeto de todo progreso es la restauración de lo sobrenatural en los hombres por la virtud de Cristo. Napoleón lo adivinaba: educar es crear.

Si nuestras escuelas no son el espacio donde se está creando otra humanidad, donde arraiga otra sabiduría, donde se gesta otra sociedad, donde tienen lugar la esperanza y la trascendencia, estamos demorando un aporte único en esta etapa histórica. Si en ellas no se privilegian la palabra y el amor por sobre los mecanismos del dominio y la rivalidad, no podemos hablar de escuela cristiana. Si en ellas la "excelencia" no se entiende como excelencia de la caridad, que supera a todas las demás "virtudes" (y habilidades), lejos está la Resurrección de nuestras casas.

Todo esto no es mera poesía. De hecho muchos de los "valores" vigentes en nuestra sociedad pierden de vista esta Verdad inclusiva y trascendente que constituye la cifra del hombre y la comunidad. La escuela puede ser simplemente la transmisora de esos "valores" o la cuna de otros nuevos; pero eso supone una comunidad que cree y espera, una comunidad que ama, una comunidad que realmente está reunida en el nombre del Resucitado. Antes que las planificaciones y currículas, antes que la modalidad específica que los códigos y reglamentos puedan tomar, es preciso saber qué es lo que queremos generar. Sé también que para esto debe implicarse el conjunto de la comunidad docente, comulgar con fuerza en un mismo sentir, apasionándose por el proyecto de Jesús y tirando todos para el mismo lado.

Muchas instituciones promueven la formación de lobos, más que de hermanos; educan para la competencia y el éxito a costa de los otros, con apenas unas débiles normas de "ética", sostenidas por paupérrimos comités que pretenden paliar la destructividad corrosiva de ciertas prácticas que "necesariamente" habrá que realizar. En muchas aulas se premia al fuerte y rápido y se desprecia al débil y lento. En muchas se alienta a ser el "número uno" en resultados, y no en compasión.. Pues bien, nuestro aporte específicamente cristiano es una educación que testimonie y realice otra forma de ser humanos. Pero eso no será posible si nos limitamos simplemente a "aguantar" las "lluvias", "torrentes" y "vientos", si nos quedamos en la mera crítica y nos regodeamos en estar "afuera" de aquellos criterios que denunciamos. Otra humanidad posible... exige una acción positiva; si no, siempre va a ser "otra" meramente invocada, mientras "ésta" sigue vigente y cada vez más instalada.

Considero que una postura más activa exige indefectiblemente que logremos superar algunas antinomias que, más que clarificarnos, nos paralizan. Algunos antagonismos rígidos terminan extremando tanto los claroscuros que "regalan" potencialidades a aquellas orientaciones que consideramos más negativas. Un compromiso real, decidido y responsable nos invita a dar un paso más en nuestro discernimiento y superar algunos clichés muy arraigados en nuestras comunidades. Para ello, entonces, les propongo tres desafíos encadenados entre sí: tender a que nuestra tarea dé frutos sin descuidar los resultados; privilegiar el criterio de gratuidad sin perder eficiencia; y crear un espacio donde la excelencia no implique una pérdida de solidaridad.

a) "Frutos" y "resultados"

Nuestra tarea tiene una finalidad: provocar algo en los alumnos que nos han sido confiados; provocar un cambio, un crecimiento en sabiduría. Deseamos que, luego de pasar por nuestras aulas, los chicos o jóvenes hayan vivido una transformación, tengan más conocimientos, nuevos sentimientos, y al mismo tiempo ideales realizables. Para el docente que quiere ser maestro de sabiduría no basta "cumplir con sus obligaciones" con prolijidad y atención. La mirada va más allá de la necesaria competencia y probidad profesional, más bien se centra en lo que suscita en los educandos que son quienes constituyen la razón de ser de su vocación.

Esa "transformación" que deseamos y esperamos, para la cual ponemos en juego toda nuestra capacidad, tiene múltiples aspectos que deben ir unidos para que implique algo mejor. De un modo quizás esquemático, pero útil para entendernos, podemos ubicarlos en dos dimensiones que se llaman mutuamente: "producir resultados" y "dar frutos".

¿Qué implican ambos objetivos? "Dar frutos" es una metáfora que tomamos de la agricultura, es el modo en que lo nuevo se hace presente en el mundo de los seres vivientes. También podríamos usar la imagen del "engendrar": dar vida a un nuevo ser. Como sea, vegetal o animal, la idea apunta a un proceso interior en los sujetos. El fruto se forma a partir de la misma identidad del viviente, se alimenta de aquellas fuerzas que ya han pasado a formar parte de su ser, se enriquece con las múltiples identificaciones internas y es algo único, sorprendente, original. La naturaleza no da dos frutos exactamente iguales. Del mismo modo, un sujeto que "da frutos" es alguien que ha madurado su creatividad en un proceso de libertad, gestando algo nuevo a partir de la verdad recibida, aceptada y asimilada.

¿Cómo se vincula esto con nuestro trabajo concreto? Un maestro que sapiencialmente apunta a que su tarea "dé frutos" nunca se limitará a esperar algo predeterminado conformándose con que el sujeto se adecue a un molde considerado deseable. No descartará lo diferente y lo que pone en cuestión alguna de sus prácticas habituales. No se engañará con el cumplimiento sobreadaptado y sin cuestionamiento por parte de sus alumnos. Sabe que una pregunta del alumno vale más que mil respuestas, y alentará las búsquedas sin dejar de estar atento a los riesgos que estas implican. Ante el cuestionamiento y la rebeldía no pretenderá doblegar e imponer, sino que promoverá la responsabilidad a través de una crítica inteligente, desde una disposición abierta y flexible que no duda en aprender enseñando y enseñar aprendiendo. Y cuando se encuentre con el fracaso o el error, lejos de negarlo o remarcarlo victoriosa o amargamente, retomará pacientemente el proceso en el punto en que se vio obstaculizado o desviado, promoviendo el paciente aprendizaje y aprendiendo él mismo.

Por su parte, la metáfora de la "producción de resultados" pertenece al ámbito de la industria, de la eficacia seriada y calculable. Un resultado se puede prever, planificar y medir. Implica un control sobre los pasos que se van dando. Un set de acciones perfectamente determinadas que tendrán un efecto previsible.

Una sociedad que tiende a convertir el hombre en una marioneta de la producción y el consumo siempre opta por los resultados. Necesita control, no puede dar lugar a la novedad sin comprometer seriamente sus fines y sin aumentar el grado de conflicto ya existente. Prefiere que el otro sea completamente previsible a fin de adquirir el máximo de provecho con el mínimo de gasto.

Pero la sabiduría no sólo implica la maduración en el orden de los contenidos y valores, sino también de las habilidades. Toda transformación verdadera en orden a ese otro mundo posible a que aspiramos implica también un saber hacer, una competencia instrumental que es preciso incorporar comprendiendo su lógica. Nuestros alumnos tienen derecho, ante todo, a su propia autonomía y unicidad; pero también a desarrollar habilidades socialmente reconocidas, probadas, en orden a poder plasmar en el mundo real sus deseos y aportes. El maestro que arraiga en la sabiduría cristiana no desprecia la necesaria eficacia que debe alcanzar, con todo el esfuerzo que eso conlleva para él y para los alumnos. Sabe que para pasar de las "buenas intenciones" a las realizaciones hay que transitar el arduo sendero de la técnica, la disciplina, la economía de esfuerzos, la incorporación de experiencias de otros, y es capaz de perseverar con sus alumnos en ese camino a pesar de que tanto él como ellos preferirían a veces tomar un atajo o quedarse en algún remanso.

El problema radica en que muchas veces los cristianos hemos disociado los "frutos" de los "resultados". De ese modo, descuidamos nuestra formación, aflojamos el nivel cuando sería mejor para los alumnos que encontráramos la forma de motivar y sostener el esfuerzo; nos conformamos con lograr un buen clima y con establecer buenos vínculos, en vez de construir sobre ese entramado una dinámica de creatividad y productividad. O, por el contrario, nos refugiamos en conductas estereotipadas, creencias correctamente formuladas, expresiones acordes a la norma... todo ello desde una libertad más "domada" que fortalecida, ¡pensando que con ello hemos "educado"!

Nada peor que una institución educativa cristiana que se conciba desde la uniformidad y el cálculo, al modo de aquella "máquina de hacer chorizos" tan crudamente caricaturizada por la película The Wall hace ya varios años. ¡Nuestro objetivo no es sólo formar "individuos útiles a la sociedad", sino educar personas que puedan transformarla! Esto no se logrará sacrificando la maduración de habilidades, la profundización de los conocimientos, la diversificación de los gustos, porque, finalmente, el descuido de esos "resultados" no dará lugar a "hombres y mujeres nuevos", sino a fláccidos títeres de la sociedad de consumo.

Se trata de resolver ambas polaridades integrándolas entre sí: "educar para el fruto" brindando todas las herramientas posibles para que ese fruto se concrete en cada momento de un modo eficaz, "produciendo resultados". Desde la objetividad de la verdad propongamos ideales y modelos abiertos, inspiradores, sin imprimir el formato que nosotros hemos encontrado para vehiculizar esa dinámica, desarrollando a su vez las mediaciones necesarias para que los chicos puedan motorizar sus elecciones. Prefiramos educandos libres y responsables, capaces de interrogarse, decidirse, acertar o equivocarse y seguir en camino, y no meras réplicas de nuestros propios aciertos..., o de nuestros errores. Y justamente para ello, seamos capaces de hacerles ganar la confianza y seguridad que brota de la experiencia de la propia creatividad, de la propia capacidad, de la propia habilidad para llevar a la práctica hasta el final y exitosamente sus propias orientaciones.

Esto supone creer seriamente en todas las instancias del diálogo, en la fuerza de la palabra. Una palabra no idealizada: una palabra que pueda alentar y urgir, abrir puertas y establecer límites, invitar y perdonar. Todo lo cual supone también algunas virtudes sumamente difíciles: humildad para saber relativizar las propias posturas, paciencia para saber esperar los tiempos del otro y magnanimidad para perseverar y no decaer en el esfuerzo por dar lo mejor.

 b) Gratuidad con eficiencia

 Con mucha razón, los cristianos procuramos privilegiar en nuestras escuelas el criterio de gratuidad. En primer lugar, por su valor intrínseco: es el signo por excelencia del amor de Dios y del amor entre los seres humanos según el modelo incondicional de Cristo. Y en segundo lugar, porque conocemos y padecemos las consecuencias de la extensión de los criterios economicistas a toda actividad humana.

Si por eficiencia entendemos obtener los máximos resultados con un mínimo de gasto de energía y recursos, es obvio que una educación para el fruto, para el valor y para la libertad tenderá a replantear todas esas relaciones. Sin duda, la energía invertida en nuestros niños y jóvenes será inmensa y los resultados no siempre serán los deseados. Es más, en última instancia, el fruto dependerá de cada sujeto, lo cual no nos exime de evaluar nuestra tarea.

Un criterio de eficiencia librado a sí mismo nos llevaría a invertir más allí donde más garantía tenemos de éxito. Exactamente lo que hace el vigente modelo exitista y privatista. ¿Para qué gastar en aquellos que nunca saldrán de su postración?, se pregunta el inversor que busca rendimiento ante todo. ¿Qué sentido tiene invertir más y más para que los más "lentos" o "conflictivos" puedan encontrar su camino?, ¿para que los "menos dotados" (y ahora se quiere contabilizar también la genética para determinar "quiénes no") "dilapiden" los bienes de la comunidad, ya que de todas maneras nunca van a alcanzar el nivel requerido?

Pero esta lógica de mal humanismo pedagógico se trastoca cuando consideramos el núcleo de nuestra fe: el Hijo de Dios se hizo hombre y murió en la cruz por la salvación de los hombres. ¿Cuál es la proporción entre la "inversión" hecha por Dios y el objeto de ese "gasto"? Podríamos decir sin ser irreverentes: no hay nadie más "ineficiente" que Dios. Sacrificar a su Hijo por la humanidad, y humanidad pecadora y desagradecida hasta el día de hoy... No cabe dudas: la lógica de la Historia de la Salvación es una lógica de lo gratuito. No se mide por "debe" y "haber", ni siquiera por los "méritos" que hacemos valer.

Porque leemos en el Evangelio que el grano de mostaza, tan pequeña semilla, se convierte en un enorme arbusto y captamos la desproporción entre la acción y su efecto, entonces sabemos que no somos dueños del don y procuramos ser administradores cuidadosos y eficientes. Debemos ser eficientes en nuestra misión porque se trata de la obra del Señor, y no primordialmente de la nuestra. La Palabra sembrada fructifica según su propia virtualidad y de acuerdo a la tierra donde cae. No por eso el sembrador va a hacer su trabajo con torpeza y descuido. El correlato de la gratuidad divina es la adoración y agradecimiento del hombre; adoración y agradecimiento que implican un sumo respeto por la sabiduría compartida, por el don precioso de la Palabra y de las palabras.

No nos confundamos: la eficiencia como valor en sí, como criterio último, no se sostiene de ningún modo. Cuando hoy, en el ámbito de la empresa, se pone el acento en la eficiencia, está claro que se trata de un medio para maximizar la ganancia. Pues bien: nosotros debemos ser eficientes para que la "ganancia" pueda darse gratuitamente. Eficiencia al servicio de una tarea educativa que sea verdaderamente gratuita. No me refiero aquí a aranceles y aportes (¡si pudiéramos encontrar la fórmula para que los pobres más pobres pudieran ejercer sus derechos ciudadanos de elegir nuestros colegios porque también son gratuitos!), sino más bien a una actitud de fondo que la presida. Ni el sentido ni la eficacia de nuestra tarea están dadas principalmente por los recursos utilizados y su cálculo; pero precisamente por eso debemos poner lo mejor de nuestra parte. También Jesús tuvo en cuenta esa dimensión: no en vano enseñó la parábola de los talentos…

Esto nos compromete seriamente, como docentes cristianos, a dar gratuitamente y cuidadosamente lo que gratuitamente y cuidadosamente hemos recibido, del mismo modo también tiene que formar parte del contenido de aquello que transmitimos. El maestro que quiera hacer de la sabiduría cristiana su principio de vida y el sentido y contenido de su vocación, pondrá su atención en el clima del aula y de la institución toda, en las actitudes que asuma y promueva, en el estilo de los intercambios cotidianos, buscando plasmar en todo ello una atmósfera de gratuidad, cuidado y generosidad. Nunca una atmósfera de interacciones calculadas, medidas e interesadas, aunque a veces sienta la tentación de mezquinar su entrega. Ni tampoco una atmósfera de descuido y desprecio por los bienes, el tiempo, la sensibilidad y el esfuerzo de cada uno de los interlocutores en su tarea: alumnos, colegas, colaboradores, familias. Aunque la cultura profundamente insolidaria en que vivimos lo impulse cotidianamente a encogerse de hombros diciendo "qué me importa", se sentirá profundamente responsable de no dilapidar lo que pertenece a todos: su saber, su escuela con todos los que en ella participan, la vocación docente.

Y con esto llegamos a nuestra tercero y último desafío.

c) Excelencia de la solidaridad

El criterio que rompe con la lógica del individualismo competitivo es, finalmente, el de la solidaridad. Aquí es donde el aporte de los educadores cristianos puede tornarse más crítico y relevante, porque, más allá de los discursos, la "ética" de la competencia (que no es más que una instrumentación de la razón para justificar la fuerza) tiene plena vigencia en nuestra sociedad.

Educar para la solidaridad supone no sólo enseñar a ser "buenos" y "generosos", hacer colectas, participar en obras de bien público, apoyar fundaciones y ong’s. Es preciso crear una nueva mentalidad, que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos y cada uno por sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Una mentalidad nacida de aquella vieja enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia acerca de la función social de la propiedad o del destino universal de los bienes como derecho primario, anterior a la propiedad privada, hasta el punto que ésta se subordina a aquél. Esta mentalidad debe hacerse carne y pensamiento en nuestras instituciones, debe dejar de ser letra muerta para plasmarse en realidades que vayan configurando otra cultura y otra sociedad. Es urgente luchar por el rescate de las personas concretas, hijos e hijas de Dios, por sobre toda pretensión de uso indiscriminado de los bienes de la tierra.

La solidaridad, entonces, más que una actitud "afectiva" o individual, es una forma de entender y vivir la actividad y la sociedad humana. Debe reflejarse en ideas, prácticas, sentimientos, estructuras e instituciones; implica un planteo global acerca de las diversas dimensiones de la existencia; lleva a un compromiso por plasmarla en las relaciones reales entre los grupos y las personas; exige no sólo la actividad "privada" o "pública" que busca paliar las consecuencias de los desequilibrios sociales sino también la búsqueda de caminos que impidan que esos desequilibrios se produzcan, caminos que no serán sencillos ni mucho menos festejados por quienes han optado por un modelo de acumulación egoísta y de él se han beneficiado.

Esta solidaridad esencial pasa a ser una especie de "marca de fábrica", de "certificado de autenticidad" del estilo cristiano, de aquella forma de vida y aquella forma de llevar adelante la tarea educativa. No necesitamos de ninguna ideología crítica al cristianismo para plantear nuestra novedad. O somos capaces de formar hombres y mujeres con esta nueva mentalidad, o habremos fracasado en nuestra misión. Esto implicará también revisar los criterios que han guiado nuestras acciones hasta el día de hoy. Cabe cuestionarnos:

¿dónde está entre nosotros, esa solidaridad hecha cultura? No podemos negar que existen múltiples signos de generosidad en nuestro pueblo; pero, ¿por qué no se plasman en una sociedad más justa y fraterna? ¿Dónde está, entonces, la marca del Resucitado en el país que hemos construido?

Quizá se trate, una vez más, de una disociación entre los fines y los medios. Pero esta afirmación merece un desarrollo un poco más detallado. Ya mencioné que hoy se habla mucho de "excelencia" a veces desde una concepción insolidaria y elitista. Los que "pueden" reclaman "excelencia" porque "para ello pagan". Éste, lamentablemente, es un discurso demasiado oído como para ignorarlo. El problema está que nunca se pregunta seriamente qué pasa con los que "no pueden", y mucho menos, cuáles son las causas que hacen que unos "sí puedan" y otros "no puedan". Como tantas otras cosas debidas a una larga cadena de acciones y decisiones humanas, esa situación se considera un "dato", algo tan natural como la lluvia o el viento.

Ahora bien, ¿qué pasaría si diéramos vuelta el planteo, y nos propusiéramos alcanzar una excelencia de la solidaridad? El diccionario de la Real Academia define "excelencia" como "superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo". Yendo más allá, sabemos que en la antigua Grecia la excelencia era un concepto muy cercano a la virtud: la perfección en algún orden socialmente valorado. No sólo el "aprecio", sino aquello que lo merece: la superior capacidad que se pone de manifiesto en la calidad de la acción. De este modo, hablar de "excelencia de la solidaridad" implicaría, en un primer nivel, postular la solidaridad como un bien deseable, enaltecer el valor de esa disposición y esa práctica. Conlleva ante todo hacer bien lo que nos compete y partir del espíritu de la misión propia de todo maestro, que empieza -como el mismo Jesús lo señaló al lavar los pies a sus discípulos- por una profunda conversión personal, afectiva y efectiva, que se traduzca en testimonio: "Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes" (Jn 13, 14-15).

En segundo lugar, perfeccionar esa solidaridad. Hay momentos en que se nos pide dar más, avanzar por sobre lo que veníamos trabajando y brindando por imperio o reclamo de la misma realidad acuciante. Podríamos hablar de una solidaridad "superficial" y una solidaridad "fecunda". La primera la conocemos: meras declaraciones, ostentación de generosidad, ayudas puntuales que a veces hipócritamente esconden la verdadera raíz de los problemas... O, sin ir tan lejos, mero sentimentalismo, falta de visión, superficialidad e ingenuidad. Por el contrario, la excelencia de la solidaridad implicaría todo un modo de pensar y de vivir, como decíamos más arriba; y más: una preocupación efectiva por hacer de nuestras prácticas solidarias acciones que realmente produzcan un cambio.

Aquí visualizamos una posible razón de lo que parece una "impotencia de la solidaridad". No basta con ser "buenos" y "generosos": hace falta ser inteligentes, capaces, eficaces. Los cristianos hemos puesto tanto el acento en la rectitud y sinceridad de nuestro amor, en la conversión del corazón, que por momentos hemos prestado menos atención al acierto objetivo en nuestra caridad fraterna. Como si lo único importante fuera la intención... y se descuidan las mediaciones adecuadas. Esto no basta; no basta para nuestros hermanos más necesitados, víctimas de la injusticia y la exclusión, a quienes "el interior de nuestro corazón" no los ayuda en su necesidad. Ni tampoco basta para nosotros mismos: una solidaridad inútil sólo sirve para paliar un poco los sentimientos de culpa. Se necesitan fines elevados... y medios adecuados.

Así vemos, finalmente, que no hay por qué oponer solidaridad y excelencia, si las entendemos de este modo. Un maestro sapiencialmente arraigado en el modelo de Jesús de Nazaret será capaz de discernir en su propio corazón los motivos de su compromiso y su entrega, y encontrará en su vocación, en sus capacidades personales y en una activa preocupación por la formación y la reflexión personal y comunitaria, el modo de generar un cambio en sus educandos, en pos de una sociedad incluyente y fraterna. Y lo hará con iniciativas concretas que vayan desde el tipo de trato que mantiene y promueve con cada uno de sus alumnos hasta su participación en la comunidad educativa en un sentido más integral; desde su espíritu de compañerismo y solidaridad en el trabajo hasta la firmeza de sus opciones éticas y espirituales, procurando siempre descubrir, a partir de una mirada que conjugue inteligencia y amor lo mejor de cada uno de sus chicos para promover en ellos la "excelencia" de la virtud, la vocación personal a través de la cual estarán llamados a vivir y sembrar el Reino.

De esta manera llegamos al final de nuestra reflexión. Pensando en aquello que hoy podemos y debemos aportar a nuestra Patria pusimos en el centro de nuestra consideración la dimensión de Sabiduría que el Evangelio de Jesús revela. ¡Un ideal digno de presidir el mejor de los empeños educativos!

La Sabiduría cristiana, Verdad, Vida y Camino, nos iluminó a la hora de discernir algunos orientaciones éticas y opciones históricas para nuestra tarea docente.

No quedarnos en palabras sino construir sobre roca, significará tomarnos en serio el sentido de nuestra misión: si en nuestras escuelas no se gesta otra forma de ser humanos, otra cultura y otra sociedad, estamos perdiendo el tiempo. Para avanzar en esa tarea, les propuse el desafío de superar algunas antinomias que no nos permiten crecer:

Primero, proponernos provocar en nuestros chicos y jóvenes una transformación que dé frutos de libertad, autodeterminación y creatividad y -al mismo tiempo- se visualice en resultados en términos de habilidades y conocimientos realmente operativos. Nuestro objetivo no es formar islas de paz en medio de una sociedad desintegrada sino educar personas con capacidad de transformar esa sociedad. Entonces, "frutos" y "resultados".

Para eso, optar sin vacilación por la lógica del Evangelio: lógica de la gratuidad, del don incondicional, pero procurando administrar nuestros recursos con la mayor responsabilidad y seriedad. Sólo así podremos distinguir lo gratuito de lo indiferente y descuidado. Gratuidad con eficiencia.

Y finalmente, superando la destructiva ética de la competencia "todos contra todos", llevar adelante una práctica de la solidaridad que apunte a las raíces del egoísmo de un modo eficaz, no quedándonos en meras declamaciones y quejas, sino poniendo nuestras mejores capacidades al servicio de este ideal. Fines elevados y medios adecuados: excelencia de la solidaridad.

Maestros con el Maestro: testigos de una nueva sabiduría, nueva y eterna, porque el Reino que Dios ha puesto en marcha en nuestra historia nos llama a esperar siempre más que todas las búsquedas e intentos que podamos soñar. En esa novedad universal podemos ser semillas de una humanidad mejor, signo de lo que vendrá.

Nuestra vocación no es nada menos que eso. ¿Olvidamos nuestra fragilidad? Por el contrario, ella nos mueve a dejarnos llevar, con confianza de pequeños, por la fuerza de quien nos sostiene y alienta, de quien hace nuevas todas las cosas: el Espíritu Santo. Espíritu que hace presente a Jesús Vivo en cada Eucaristía celebrada, como signo del inagotable amor del Padre; reuniéndonos y enviándonos con audacia a forjar entre todos un país educativo.

Buenos Aires, en la Pascua del Año del Señor 2004

 

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

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Catedral Metropolitana. Misa por la Educación

Desgrabación de la Homilía del Arzobispo de Buenos Aires, Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

El evangelio que acabamos de escuchar dice una frase que nos puede ayudar hoy a adentrarnos en el mensaje de este día: "en esto consiste el juicio, la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas…"

El juicio de una persona frente a la vida, el juicio de una persona frente a sí mismo, el juicio de una persona frente a Dios, se da en esta opción fundamental: o yo no le tengo miedo a la luz y me muestro como soy, si me planto asumiendo todas las consecuencias o me escabullo en las tinieblas para tapar en el clarioscuro de las ambigüedades o de esas miles y una defensas inconcientes, subconscientes o concientes que tenemos para tapar, allí, la verdad.

Cuando nos metemos en la luz aparecemos tal cual somos y a veces duele eso, duele mucho. Pero es un dolor fecundo, es un dolor que da vida, es un dolor que hace crecer. Las tinieblas empiezan con el signo contrario son una buena anestesia, no duelen pero te llevan a la desorientación al autoengaño, en última instancia no tienen salida.

Enfocar la educación desde esta antinomia: luz y tinieblas es liberador porque nos pone en el camino de la verdad, la verdad tolera a la luz, la tiniebla esconde, la mentira la esconde, la fayuteada, la esconde la doble vida, la esconde todo aquello que no puede ponerse de pie frente a la luz.

Yo quisiera pedirles a todos Uds. que trabajan en la educación, que miremos un poquito si nuestro camino de conducción educativa no le tiene miedo a la luz y si encontramos que le tiene miedo, pues coraje y adelante pero no nos dejemos aprisionar por ese miedo que nos lleva a las tinieblas.

¿Y cuál es el camino para entrar en el cono de la luz, en el cono de la verdad? Las palabras no sirven, no hay receta. Uno puede decir hacé esto, esto, esto y esto. La preceptiva siempre es incompleta porque priva a las personas de ir descubriendo paso a paso… descubriendo y teniendo la admiración, el estupor del descubrimiento en el camino de la verdad. La preceptiva puede ayudar un poquito como ayudan los andadores a los chicos pero el camino hacia la verdad y el crecimiento va por la luz… por la libertad. El camino más que palabras entonces, más que ideas son gestos y los gestos son muy sencillos, lo acabamos de escuchar en la carta a los Colosenses: "practiquen la benevolencia" es decir no se muerdan las orejas unos a otros…benevolencia. Revístanse de profunda compasión. Compasión no es tener lástima, es padecer con. Corazones abiertos para padecer con los problemas de los demás. Mirar alrededor nuestro e incorporar en nuestra vida y caminar diario, los problemas de los demás.

Y vuelvo a insistir: practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura y la paciencia. Y, como si esto no bastara, de paciencia dice: "sopórtense los unos a los otros y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga algo contra otro". Soportarnos y perdonarnos, ser humildes y pacientes, ser comprensivos son gestos, gestos de projimidad, gestos de caridad, gestos de amor.

¿Son el amor? No, no son el amor. El amor está mucho más allá, pero estos son gestos que nacen del amor, entonces, el camino hacia la verdad no me lo van a dar tanto los argumentos y las ideas como actitudes de vida de este tipo porque estas actitudes de vida, de alguna manera, nos descascaran de esas durezas almidonadas, de esas poses inhumanas, que en última instancia nos apartan de una actitud de projimidad, de acercarnos al que más nos necesita.

El camino de la verdad es el de la luz, sólo nace de un corazón que quiere amar. Es que yo no sé amar padre. Ninguno sabe amar, aprendemos todos los días. Anímense, ¿cómo? Y con estos gestos chiquititos: benevolencia, profunda compasión, humildad, dulzura, paciencia y soportarnos mutuamente y aguantarnos todos los días.

En la tarea educativa esta frase pesa mucho, soportarse, aguantarse para caminar juntos y crecer esto es lo que les pido para el programa de este año.

Metanse en el cono de luz porque ahí esta la verdad, pero para esto, para poder meterse en el cono de la luz tengan estas actitudes, nos van a llevar de la mano: actitudes de projimidad. Que el Señor les conceda a todos esta Gracia.

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo 2004

 Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

"El Espiritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor".

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".

Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es éste el hijo de José?". Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: `Médico, cúrate a ti mismo´. Realiza también aquí , en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún". Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. (Lc. 4: 16-32)

 

1. En estos días finales del tiempo pascual, en vísperas de la venida del Espíritu Santo, nos reunimos para retornar a las fuentes del Mayo de los argentinos. Volvemos al núcleo histórico de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias formales sino buscando la huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino andado para abrir espacios al futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria de la plenitud se hace posible vislumbrar los nuevos caminos. Del paso fundante de Dios y de su contundente gracia salvadora en nuestra historia es posible recomenzar, inspirarse, fortalecerse, proyectarse. La víspera de Pentecostés, tiempo del Espíritu, reúne a los vapuleados creyentes de hoy, no menos que a los sacudidos y frágiles apóstoles de entonces, para recomenzar. La fragilidad de la barca no debe causar temores ni prevenciones, la inmensidad del mar de la vida y de la historia es suavizada por el viento, ese soplo de Dios que desde el primer día nos impulsa y conduce. Alguna verdadera, misteriosa e inclaudicable confianza nos llevó a los argentinos a congregarnos, tantas veces a lo largo de nuestra historia, en este solar de mayo, como en aquel año de 1810, buscando el viento que nos conduzca por buen camino.

2. También aquellos fieles que oían a Jesús en su Nazaret natal estaban esperanzados. Había respeto y admiración por la autoridad que emanaba de su persona y sus palabras parecían mover aires renovados en el alma del pueblo. La propuesta de aquel joven Rabbi era algo largamente esperado: una "Buena Noticia para los pobres", una manera nueva de "ver" la vida y la tan ansiada libertad. Esa buena nueva de Jesús es inclusiva. A los mismos que libera y sana les encomienda liberar y sanar a otros. Hablando con su pueblo, Jesús mismo siente la confirmación de que las palabras proféticas se cumplen en el mismo momento en que las pronuncia. Iluminado y ungido, habla movido por el Espíritu. El relato evangélico nos lo muestra a las claras: allí estaba el Espíritu, un tiempo nuevo de Dios, un viento que es seguro. Y la gente sentía lo mismo: hubo aplausos y gestos de admiración.

Sin embargo, el final del relato nos deja perplejos. Alguien deslizó sibilinamente "Pero, ¿no es éste el hijo de José" el carpintero? y entonces cambió el humor de los presentes: lo sacaron a empujones y lo llevaron a un barranco con la intención de despeñarlo o de apedrearlo. Pero "Jesús pasó por entre medio de ellos y siguió su camino", se fue a Cafarnaún, pueblo de Galilea, a predicar de nuevo al aire libre, entre la gente sencilla del pueblo fiel. Lo que al principio parecía el acontecimiento de una gran barca lanzada a los mares de la conquista de la libertad, se convierte en un ir a buscar la humilde barca de Simón, el pescador del lago de Genesaret: el Señor se escabulle y se pierde como uno más entre la multitud. Ni siquiera se comporta como un rebelde dispuesto a poner el pecho a las pedradas.

3. Jesús, fiel al estilo profético que acompañaba su paso entre los hombres, realiza gestos simbólicos, ¿qué significa este dejar Nazaret su "patria"? Me parece ver aquí una fuerte protesta contra los que se sienten tan incluidos que excluyen a los demás. Tan clarividentes se creen que se han vuelto ciegos, tan autosuficientes son en la administración de la ley que se han vuelto inicuos.

Por eso Jesús se aparta y elige el pequeño sendero, irse por entremedio de su pueblo, "la oscura senda" (de la que hablara Fray Luis De León), que es precisamente el camino de los pobres; el de los pobres de cualquier pobreza que signifique despojo al alma y, a la vez, confianza y entrega a los demás y a Dios. En efecto, el que sufre el despojo de sus bienes, de su salud, de pérdidas irreparables, de las seguridades del ego y -en esa pobreza- se deja conducir por la experiencia de lo sabio, de lo luminoso, del amor gratuito, solidario y desinteresado de los otros, conoce algo o mucho de la Buena Nueva.

Los argentinos hemos sufrido todas estas pobrezas, algunos las viven y testimonian desde años y décadas. Pues bien, hoy como en aquel tiempo, Jesús sigue escabullido entre los más pequeños y pobres de nuestro pueblo.

Pero, ¿por qué deja a aquellos exaltados solos con sus piedras y sus deseos de desbarrancar todo lo que no concuerde con sus ideas? ¿Qué les impide a estos transitar esta senda de la escucha de la Buena Nueva? Tal vez el tácito enfrentamiento, en sus vidas, entre sabiduría e ilustración. Lo sabio es añejamiento de vida donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el sentido de pertenencia. Lo ilustrado, en cambio, puede correr el riesgo de dejarse empapar de ideologías –no de ideas- de prejuicios, de facciosidad. La impaciencia de la elites ilustradas no entiende el laborioso y cotidiano caminar de un pueblo, ni comprende el mensaje del sabio. Y en aquel entonces había también elites ilustradas que aislaban su conciencia de la marcha de su pueblo, que negociaban su pertenencia y su fe, también existían las izquierdas ateas y las derechas descreídas abroqueladas en sus seguridades marginales ajenas a todo sentir popular. Algo de aquella cerrazón emocional, de esas expectativas no colmadas las sintió Jesús como verdaderas cegueras del alma. Tal actitud parece evocar los reclamos histriónicos, inmediatistas; esas reacciones y posturas extremas o superficiales en las que solemos caer.

4. No pocas veces, el mundo mira asombrado un país como el nuestro, lleno de posibilidades, que se pierde en posturas y crisis emergentes y no profundiza en sus hendiduras sociales, culturales y espirituales, que no trata de comprender las causas, que se desentiende del futuro. Frente a esta realidad debemos quizá pedir luz acerca de la segunda promesa profética: ha venido a dar vista a los ciegos, y plantearnos el hecho de nuestra ceguera.

Admitámoslo. Necesitamos que el Señor nos ilumine porque tantas veces parecemos cegados y vivimos de encandilamientos efímeros que nublan y opacan. Es como capricho del que no quiere saber nada con el resplandor que brota del silencioso pensar y hacer balance de nuestros aciertos y yerros. No buscamos la luz mansa que brota de la verdad, no apostamos a la espera laboriosa, que cuida el aceite y mantiene la lámpara encendida.

El fruto vano de la ceguera es la falsa ilusión. Todos ilusionamos una fuerza profética y mesiánica que nos libere, pero cuando el trayecto de la verdadera libertad comienza por la aceptación de nuestras pequeñeces y de nuestras dolorosas verdades, nos tapamos los ojos y llenamos nuestras manos con piedras intolerantes. Somos prontos para la intolerancia. Nos hallamos estancados en nuestros discursos y contradiscursos, dispuestos a acusar a los otros, antes que a revisar lo propio. El miedo ciego es reivindicador y lleva a menudo a despreciar lo distinto, a no ver lo complementario; a ridiculizar y censurar al que piensa diferente, lo cual es una nueva forma de presionar y lograr poder. No reconocer las virtudes y grandezas de los otros, por ejemplo, reduciéndolos a lo vulgar, es una estrategia común de la mediocridad cultural de nuestros tiempos. ¡Que no sobresalgan! ¡Que no nos desafíen…a ver si todavía tenemos que salir de nuestro adormecimiento, de nuestra cómoda paz de los cementerios! ¡Pensar que es el hijo de José!, decían..., anticipo en palabras de lo que sucedería en los hechos; y Jesús ya recibía el primer piedrazo de nuestra vulgaridad.

La difamación y el chisme, la trasgresión con mucha propaganda, el negar los límites, bastardear o eliminar las instituciones, son parte de una larga lista de estratagemas con las que la mediocridad se encubre y protege, dispuesta a desbarrancar ciegamente todo lo que la amenace. Es la época del "pensamiento débil". Y si una palabra sabia asoma, es decir si alguien que encarna el desafío de la sublimidad aun a costa de no poder cumplir muchos de nuestros anhelos, entonces nuestra mediocridad no se para hasta despeñarlo. Despeñados mueren próceres, prohombres, artistas, científicos, o simplemente cualquiera que piense más allá del inconsciente discurso dominante. No los descubrimos sino tarde. Despreciamos al "hijo del carpintero"… Pero no hay empacho en poner en el candelero la luz fatua de cualquier perversión, refregada día y noche por la imagen y la abundante información; un embeleso de voiyeurismo donde todo está permitido, donde el goce marketinero de lo morboso parece atrapar los sentidos y los sumerge en la nada. Prohibido pensar y crear. Prohibido el arrojo, el heroísmo y la santidad. Para estos ciegos tampoco son bien vistos lo sugerente y lo sutil, la armonía propia de lo bello, porque implican el trabajo modesto y humilde del talento.

5. La vitalidad y creatividad de un pueblo, y de todo ser humano, sólo se da y se puede contemplar luego de un largo camino acompañado de limitaciones, de intentos y fracasos, de crisis y reconstrucción… Y el pecado mayor de todos los cultores de la ceguera es el vacío de identidad que producen, esa terrible insatisfacción que nos proyectan y no permiten que nos sintamos a gusto en nuestra propia patria. Se despoja lo identitativo profundo y se propone una identidad "artificial", "de cartón", maquillada, de utilería. Es la contraposición entre lo identitativo de un pueblo y esa otra identidad importada, construída a uso y conveniencia de sectores privados. Jesús, dejando a los ciegos, elige el sendero humilde que lo lleva al pueblo fiel, el que se admira con sencillez ante esa doctrina que devuelve la vista a los ciegos que desean ver.

6. ¿Qué vemos cuando se nos permite abrir los ojos? Vemos a Dios escabullido en medio de su pueblo, caminando con su pueblo.

Vemos a un Jesús con los pies en la tierra, cultivando corazones como buen Sembrador (y cultivar es la raíz de cultura), elaborando la verdadera comida del espíritu, ésa que cimienta la comunión entre los habitantes de la Nación. Se trata de esa comida espiritual, ese pan que, partido, permite ver; el que se saborea acompañando a los que sufren cotidianamente, sin pretender sacar provecho o rédito; el que abraza a todos aun a los que no lo reconocen.

El que, con su misericordia, se hace cargo de miserias y maldades, sin adulaciones ni justificativos demagógicos, sin conceder a modas y costumbres.

Es sabiduría: el pan que nos abre los ojos y nos previene de la ceguera de la mediocridad, proponiéndonos una vida que tiende hacia lo mejor y no la ética del minimalismo o el eticismo exquisito de laboratorio, a la vez es la Sabiduría que comprende profundamente y perdona todo.

Es el pan que nos hace sentir el respaldo que da la sapiencial constancia de recorrer y de tocar el dolor humano concreto, sin mediaciones ideológicas ni interpretaciones evasivas o hechas para la opinión pública.

Y porque se da como Pan, es la Sabiduría que con su testimonio y su palabra sabe que el alma de un pueblo crece cuando hay trabajo del espíritu en lo más profundo, sensible y creativo. Ése es su incansable desafío educativo, lejos de la pura información enciclopedista o tecnocrática, más lejos aún de la subordinación a esquemas de poder. Porque su verdadero poder es el del amor infinito y confiado de Dios, que no se ata a razas ni a formas culturales ni a sistemas, sino que les da su sentido y significado último: ayudar a ser y disfrutar de la alegría de ser, que exige renuncia y se resiste a quedar encerrado en los propios horizontes mezquinos.

7. La ceguera del alma nos impide ser libres. En el episodio evangélico de hoy, muchos de los que anhelaban la libertad, al levantar sus piedras intolerantes, demostraban la misma crueldad que el imperio invasor. Querían librarse del enemigo de afuera sin aceptar al enemigo interior. Y sabemos que copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ser su heredero. Por eso, cuando Jesús propone, siguiendo a Isaías, la liberación de la cautividad y la opresión, podemos preguntarnos: ¿ de qué cautividad y de cuál opresión? Y responder: primero la de nosotros mismos: la de nuestra desorientación e inmadurez, para poder reclamar la libertad de opresiones externas. Si las cadenas fueran de hierro, si la presencia de ejércitos externos fuera evidente, lo sería también la necesidad de libertad. Pero cuando la cautividad proviene de nuestras sangrantes heridas y luchas internas, de la ambición compulsiva, de las componendas de poder que absorben las instituciones, entonces ya estamos cautivos de nosotros mismos. Una cautividad que se expresa –entre otras cosas- en la dinámica de la exclusión. No sólo la exclusión que se hace a través de las estructuras injustas, sino también las que potenciamos nosotros, esa otra forma de exclusión por medio de actitudes: indiferencia, intolerancia, individualismo exacerbado, sectarismo. Excluimos de la identidad y quedamos cautivos de la máscara; excluímos de la identidad y resquebrajamos la pertenencia...porque "identificarse" supone "pertenecer". Sólo desde la pertenencia a un pueblo podemos entender el hondo mensaje de su historia, los rasgos de su identidad. Toda otra maniobra de afuera es nada más que un eslabón de la cadena, en todo caso hay un cambio de amos, pero el status es el mismo.

8. La propuesta es liberarnos de nuestra mediocridad, esa mediocridad que es el mejor narcótico para esclavizar a los pueblos. No hacen falta ejércitos opresores. Parafraseando a nuestro poema nacional podemos decir que un pueblo dividido y desorientado ya está dominado.

Una confusa cultura mediática mediocrizada nos mantiene en la perplejidad del caos y de la anomia, de la permanente confrontación interna y de "internas", distraídos por la noticia espectacular para no ver nuestra incapacidad frente a los problemas cotidianos. Es el mundo de los falsos modelos y de los libretos. La opresión más sutil es entonces la opresión de la mentira y del ocultamiento,…eso sí; a base de mucha información, información opaca y, por tal, equívoca.

Curiosamente tenemos más información que nunca y, sin embargo, no sabemos qué pasa. Cercenada, deformada, reinterpretada, la sobreabundante información global empacha el alma con datos e imágenes, pero no hay profundidad en el saber. Confunde el realismo con el morbo manipulador, invasivo, para el que nadie está preparado pero que, en la paralizante perplejidad, obtiene réditos de propaganda. Deja imágenes descarnadas, sin esperanza.

9. Pero gracias a Dios, nuestro pueblo también conoce el camino humilde del machacar diario, el mismo de tantos años de vida oculta. El de apostar al bien y sostener sin estar seguros del resultado. Conoce el silencio dolorido y pacífico pero –a la vez- rebelde, de muchos años de desencuentros, promesas falsas, violencias e injusticias expoliadoras. Sin embargo, encara diariamente sus tareas, con mucho desgaste social y un tendal de marginaciones. Año a año renueva su confiada espera marchando peregrino a tantos lugares donde Dios y su Madre lo esperan para el diálogo reconfortante, fortalecedor.

Este pueblo no cree en las estratagemas mentirosas y mediocres. Tiene esperanzas pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, el consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes. Para su conciencia colectiva- ésa que brota del alma profunda de nuestro pueblo- estas cosas son sólo "piedrazos". Nuestro pueblo sabe, tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podemos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia histórica que se ha ido moldeando en hitos significativos. Nuestro pueblo sabe que la única salida es el camino silencioso, pero constante y firme. El de proyectos claros, previsibles, que exijan continuidad y compromiso de todos los actores de la sociedad y con todos los argentinos. Nuestro pueblo quiere vivir y realizar la convocatoria del Cristo que camina entre nosotros, animando nuestros corazones, uno a uno, reavivando las reservas de nuestra memoria cultural. Nuestro pueblo sabe y quiere porque ama la Creación del Padre y lo comunitario, como lo hicieron y lo hacen nuestros aborígenes; porque se arroja y compromete con sus ideales, como nos lo legaron los españoles que poblaron nuestro suelo; porque es humilde, piadoso y festivo como nuestros criollos; porque es laborioso e incansable como nuestros mayores inmigrantes.

10. Vimos al Señor proclamando su mensaje en medio de su pueblo. Observamos cómo las elites ilustradas no toleran el paciente camino cotidiano de los humildes y sencillos y, llevados de su histeria exquisita, procuran desbarrancar y apedrear. Señalamos los valores de un pueblo con Dios metido en su humilde sendero. Recorrimos nuestro camino histórico como pueblo y observamos nuestras contradicciones. Notamos la necesidad de ser curados de nuestra ceguera y librados de la cautividad y la opresión. La apelación sapiencial que hoy podemos hacer, inspirándonos en el Evangelio es a todas luces muy clara: toda transformación profunda que se encamine hacia la serenidad de espíritu, hacia la convivencia y hacia una mayor dignidad y armonía en nuestra Patria, solamente puede lograrse desde nuestras raíces; apelando a la conciencia que busca y se duele, que goza y se compromete con los otros, que acepta el orden pacificador de la ley justa y la memoria de los logros colectivos que van formando nuestro ser común. Apelando a la conciencia que no se pierde en la ceguera de las contradicciones secundarias, sino que se concentra en los grandes desafíos, y que además compromete sus recursos prioritarios para hacer de esto su proyecto educativo, para todas las generaciones y sin límites.

La Palabra, como la historia, nos deja un código donde espejarnos. Pero, además, hay también espejismos. Hoy como siempre los argentinos debemos optar. No hacerlo es ya una opción, pero trágica. O elegimos el espejismo de la adhesión a la mediocridad que nos enceguece y esclaviza o nos miramos en el espejo de nuestra historia, asumiendo también todas sus oscuridades y antivalores, y adherimos de corazón a la grandeza de aquellos que lo dejaron todo por la Patria, sin ver los resultados, de aquellos que transitaron y transitan el camino humilde de nuestro pueblo, siguiendo las huellas de ese Jesús que pasa en medio de los soberbios, los deja desconcertados en sus propias contradicciones y busca el camino que exalta a los humildes, camino que lleva a la cruz, en la que está crucificado nuestro pueblo, pero que es camino de esperanza cierta de resurrección; esperanza de la que todavía ningún poder o ideología lo ha podido despojar.

 

Buenos Aires, 25 de mayo de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Solemnidad de Corpus Christi

En este pasaje del evangelio resuena con especial insistencia una palabra, cargada de matices para nosotros: "la multitud": comienza diciendo que el Señor "habló a la multitud acerca del Reino de Dios".

Después de haberse escabullido de los que querían apedrearlo, el Señor se ha ido a hablarle al pueblo sencillo. Muchas veces el Evangelio nos muestra a Jesús en medio de la gente: lo seguía una "gran muchedumbre del pueblo" y el Señor les hablaba largamente, los curaba, los acogía, iba eligiendo de entre ellos a sus apóstoles, a quienes enviaba a su vez, para estar en medio de esa multitud.

Quisiera detenerme hoy a contemplar con Ustedes esa relación tan especial de Jesús con la multitud. La gente lo sigue y lo escucha porque siente que habla de manera distinta, con la autoridad que da el ser auténtico y coherente, el no tener dobles mensajes ni dobles intenciones. Hay alegría y regocijo cuando escuchan al Maestro. La gente bendice a Dios cuando Jesús habla porque su discurso los incluye a todos, los personaliza y los hace pueblo de Dios. ¿Se han fijado que sólo los escribas y los fariseos, a quienes Jesús tilda de hipócritas, preguntan siempre "¿a quién le dices esto?" "¿Lo dices por nosotros?" "Mira que al decir esto también nos ofendes a nosotros!". La gente no hace esa pregunta; es más, quiere, desea, que la Palabra sea para ellos. Sabe que es una palabra que hace bien, que al que dice "esto es para mí", esa palabra lo sana, lo mejora, lo limpia... Es curioso, mientras algunos desprecian que el Señor hable en parábolas, la gente se bebe sus parábolas y las transmite de boca en boca; recibe todo: el contenido y el estilo de Jesús. Estaba sedienta de esa Palabra nueva, sedienta de Evangelio, sedienta de la Palabra de Dios.

Siguiendo al Señor aquella tarde, la multitud se interna con él en campo abierto, sin fijarse ni en la hora ni en la distancia. Surge la preocupación de los discípulos: "despide a la multitud", a lo que Jesús retruca inmediatamente con su : "denles Ustedes de comer".

En ese momento, en el momento de comer, la multitud deja de ser anónima y se convierte para el cálculo de los discípulos en "alrededor de cinco veces mil hombres". Jesús les dice: "hagan que se sienten en grupos de hasta cincuenta personas". En realidad el Señor utiliza una expresión como si dijéramos "en mesas" de cincuenta personas. ("Klisias" es el "lecho donde un grupo se recuesta para comer"). Mesas de cincuenta invitados, en medio de los cuales se pone la comida, de la que todos se van sirviendo.

Esta mesa es ya una imagen del Reino. Jesús la usa de nuevo en la parábola de los servidores vigilantes que esperan a que su Señor vuelva de las Bodas. A los que encuentra velando, Jesús dice que "él mismo se ceñirá y los hará reclinarse a la mesa y, pasando de uno a otro, los servirá".

Comienza a obrar aquí la fuerza inclusiva de la Eucaristía, que convierte a la multitud en grupos de comunidades, cuya medida la da el que se pueda compartir el pan.

Y hay todavía una tercera mención de la multitud. Cuando está así organizada, en esa medida humana tan familiar, que transforma a un grupo en comunidad de compañeros, entonces sí el Señor toma los cinco pancitos y los dos peces, alzando los ojos al cielo los bendice, los parte y los va dando a los discípulos para que los sirvan a la multitud.

Esa multitud es ya una multitud transformada, personalizada, familiarizada. Esa Comunidad es el ámbito en que acontece la bendición y el milagro. En esa comunidad todo alcanza para todos, y sobra: "comieron hasta saciarse y juntando lo que había sobrado de los fragmentos, se llenaron doce canastos".

Una vez más Jesús en medio de nosotros-multitud nos insta: organícense en comunidades a la medida del pan. Organícense así como hacen en sus centros de jubilados, en los comedores de las escuelas, en los hogares de tránsito, en las fiestas de barrio, en las cooperativas de trabajo, en las Cáritas, en las parroquias.

Que la medida la vaya dando "el que se pueda compartir el pan".

Organícense de modo que ni haga falta contar a los niños o a los ancianos, porque están incluidos ya allí donde comen los que sostienen el hogar.

Tristemente las estadísticas actuales hablan separadamente de los niños y los ancianos, porque también hablan de "individuos desocupados". Los números del Señor son distintos: él apunta a la comunidad y a la solidaridad, él ve "mesas de cincuenta", grupos de familiares y amigos, como los que se juntan en las fiestas, en las celebraciones religiosas... de allí parte el Señor para organizar su Comunidad, su Iglesia. De allí debemos partir para organizar la parroquia, el barrio y la patria.

Sólo Jesús nos ve así. Sólo su pan vivo tiene la fuerza para cohesionar de tal manera a la multitud. Sólo la fuerza de su muerte en Cruz para hacerse pan es capaz de convertir a las multitudes en Comunidades. Y le pedimos:

Señor ¡danos siempre de ese Pan!

Queremos ser comunidad que comparte el pan que bendecís y repartís.

Queremos ser comunidad que se organiza a tu estilo, para permitirte que nos sirvas y nos transformes.

No queremos comer solos nuestro pan: ni el de la fe, ni el del trabajo.

No queremos "despedir" a las multitudes que, cuando se convocan, te buscan y te desean, aun sin saberlo muchas veces.

No queremos aceptar resignados las estadísticas que ya dan por descartados a tantos hermanos nuestros.

Queremos seguirte y recibirte y compartirte cada uno "en su mesa de cincuenta".

Queremos ser comunidades que viven de esta fuerza que da la Eucaristía, para anunciar con nuestra vida más que con palabras, esa verdad del Evangelio que es trascendente porque habla de un más allá del individualismo, de un Reino que ya está en medio de nosotros cuando nos juntamos a compartir el pan en tu nombre, Señor.

A nuestra Madre, a María, que se da cuenta cuando falta el vino, ese vino que es la alegría y la esperanza que convoca "mesas de cincuenta", ese vino que es de fiesta y que da sentido a todo el resto del trabajo y del esfuerzo, le pedimos que con su corazón de madre nos haga sentir y vivir en la comunidad del Pan Vivo y del Vino Nuevo que su Hijo nos regaló y que hoy adoramos y celebramos con fervor.

Buenos Aires, 12 de junio de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Solemnidad de San Cayetano

 La Palabra de Dios hoy nos habla de camino. El camino de la desilusión y el camino de la esperanza. Elías, perseguido por el Rey Ajab y la reina Jezabel, emprende el camino de la huida y desea la muerte: ¡“Basta ya Señor. Toma mi vida! No soy mejor que mis padres”. Los discípulos de Emaús, entristecidos por la muerte de Jesús, dejan la comunidad que se mantiene unida en la desolación esperando al Señor y se vuelven a su casa: “Nosotros esperábamos...”, le dicen al Desconocido que los acompaña por el camino, “pero ya han pasado tres días desde que murió Jesús...”, como diciendo: “aquí no pasa más nada. Nos vamos”.

 Sin embargo, el Señor se hace presente en estos caminos de la desilusión y conforta a los desanimados. El ángel le dice a Elías: “Levántate y come. Porque te queda un camino largo todavía” Jesús se acerca a los discípulos de Emaús y como compañero de ruta los va consolando. Los “retos” de Jesús están llenos de un cariño y una comprensión que los hace reaccionar: “¿acaso no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras por el camino?”.

 Pero la clave del fortalecimiento de estas personas desilusionadas está en el pan. El Señor los alimenta con el pan de los caminantes. Ese pan que es viático, pan para el camino, pan que renueva las fuerzas y las esperanzas. Pan que los reinserta, fortalecidos, a su misión y a la comunidad. Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, donde el Señor se le presentó como una brisa suave. Los discípulos de Emaús, cuando hospedaron al compañero de camino sin saber que era Jesús, lo reconocieron cuando él les partió el pan y, habiéndolo comido, se “levantaron al momento, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos”.

 También a nosotros que venimos  a San Cayetano el Señor quiere darnos, de las manos del Santo, este Pan que fortalece para el trabajo y para la comunidad. Venimos, como siempre,  con esperanza, pero a veces esa esperanza quiere desertar del camino entre los hombres, desea el descanso definitivo, ése que sólo se da en Dios. “Toma mi vida, Señor. No soy mejor que mis padres”. Esta frase resuena familiar en nuestro corazón. A veces sentimos que sólo nos queda nuestro Dios y que en esta tierra ya no podemos hacer nada. Es tanta la injusticia, la miseria, la violencia... Y sin embargo el Señor nos regala un pan que nos pone de nuevo en camino con fuerzas renovadas y nos envía de nuevo al trabajo, a la familia, a la patria: te queda mucho por recorrer. ¡Hay tanto por hacer!. Y con el Señor como alimento no le tememos a nada. No hay desaliento ni obstáculo que este pan no transforme en vida y en ganas de luchar y caminar.

 Elías comió solo de este pan. En la soledad del profeta. Los jóvenes discípulos de Emaús lo comieron de a dos, como amigos que, juntos, emprenden el camino de regreso hacia la esperanza. Nosotros lo comemos entre todos, como Iglesia, como Pueblo de Dios. Y la fuerza de este pan se incrementa con nuestra unión y compañerismo.

 Hay un pan que es de fiesta, un pan que es fruto y premio del trabajo, alegría de la mesa compartida. Pero el pan es también pan que se come de camino al trabajo y que da fuerza para la ardua tarea. Ése es el pan que venimos a buscar hoy: el pan que fortalece. El pan que da energías. El pan que hace sentir ganas de trabajar y de luchar. El pan que se comparte de camino con los compañeros. Ese pancito que uno come en medio del trabajo y ayuda a tirar hasta el fin de la jornada. Éste es el pan que queremos dejar en herencia a nuestros jóvenes, porque ellos son nuestra esperanza; el pan del trabajo que hace recuperar la dignidad y tirar para adelante!

 Este pan nos da una linda imagen de la Eucaristía: la del viático, que quiere decir: pan del camino. Es como el pancito que se lleva en el bolso como prenda del cariño de la familia, es el calor del hogar que llega hasta nuestro lugar de trabajo, si lo tenemos, o a los lugares que recorremos para buscarlo. Es un pan que nos impulsa a luchar por la familia, como si dijera “vamos!”. Este ¡vamos! me trae al corazón el título del último librito del Papa: “Levántese! Vamos!”. Y quiero decírselo en particular a los más jóvenes: “Vamos confiados en Cristo. Él será quien nos acompañe en el camino hasta la meta que sólo Él conoce”. Porque Él es el pan; Él se hizo Eucaristía para caminar con nosotros.

 ¡Levántese y coman! Coman de este pan que nos llena de fuerzas para trabajar por nuestra familia. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que restaura nuestra dignidad y nos devuelve las ganas de seguir luchando y de cumplir con nuestra misión. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que se comparte con el compañero de camino y que nos hace sentir hermanos, pueblo de la patria, pueblo de Dios.

 A la Virgen, nuestra Madre, que se da cuenta cuando nos falta este pan, a ella que en las manos de nuestras mujeres, pone siempre un pancito para el viaje en la mochila de los chicos y en el bolso del esposo, le pedimos que nos enseñe a rebuscar en nuestro corazón con esperanza cierta, seguros de que siempre encontraremos este pan para el camino, este pan que es Jesús.

 Que San Cayetano, patrono del pan para el trabajo, nos conceda, especialmente a los que son cabeza de familia –hombres y mujeres- que, mientras buscamos trabajo para llevar el pan al hogar, a nosotros nos dé ese otro pancito –sencillo y suficiente- para levantarnos cada día y caminar llenos de energía y esperanza por el camino del Señor. Así les podemos dejar a nuestros jóvenes esa herencia tan preciosa que nos dejaron a nosotros nuestros padres: la del pan que siempre les dio fuerzas para trabajar.

 Buenos Aires, 7 de agosto de 2004.

                                                                                      Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de Buenos Aires

"Levántate, come,

todavía te queda mucho por caminar..."

(I Re 19.7)

Queridos catequistas:

Como Iglesia Diocesana transitamos un camino que tendrá un momento fuerte del Espíritu: las próximas Asambleas del Pueblo de Dios. Deseo que este tiempo de preparación implique ponerse en marcha en un camino de discernimiento comunitario por medio de la oración.

Como Iglesia en la Argentina peregrinamos hacia Corrientes donde, en pocos días más, nos congregaremos como Pueblo fiel en torno a la Eucaristía, para pedirle al Señor que la celebración cotidiana nos ayude a hacer realidad el sueño tantas veces postergado de una Nación verdaderamente reconciliada y solidaria. Lo hacemos con la triste constatación de que hay gente que no tiene qué comer en la tierra bendita del pan.

Finalmente los catequistas de Buenos Aires inician, con los catequistas de todo el país, un itinerario pastoral que culminará con la celebración del Encuentro Nacional de Catequistas (ENAC 2005) en el Santuario de Luján el año que viene. Éste será un tiempo propicio para reflexionar sobre la identidad y persona del catequista, haciendo también memoria agradecida de los rostros del pasado que, como testigos fieles, supieron hacer fecundo su ministerio.

Identidad, memoria, pertenencia de un pueblo que se sabe peregrino, en camino.

En esta realidad dinámica de la Iglesia quiero, en las cercanía de la festividad de San Pío X, hacerles llegar mi saludo y afecto agradecido por el día del catequista. Deseo compartir con ustedes algunas reflexiones que en este último tiempo han sido objeto de mi oración, en consonancia con lo que les escribía el miércoles de ceniza, cuando los invitaba a cuidar la fragilidad del hermano desde la audacia propia de los discípulos de Jesús que confían en su presencia de Resucitado.

Nuestra Iglesia en Buenos Aires, está necesitada de esa AUDACIA y FERVOR, que es obra del Espíritu Santo, y que nos lleva a anunciar, a gritar a Jesucristo con toda nuestra vida. Es necesario mucha audacia y valentía para seguir caminando hoy en medio de tanta perplejidad.

Sabemos que existe la tentación de quedarnos atrapados por el miedo paralizador que a veces se maquilla de repliegue y cálculo realista y, en otros casos, de rutinaria repetición. Pero siempre esconde la vocación cobarde y conformista de una cultura minimista acostumbrada sólo a la seguridad del andar orillando.

¡Audacia apostólica implicará búsqueda, creatividad, navegar mar adentro!

En esta espiritualidad del camino también es grande la tentación de traicionar el llamado a marchar como pueblo, renunciando al mandato de la peregrinación para correr alocadamente la maratón del éxito. De esta manera hipotecamos nuestro estilo, sumándonos a la cultura de la exclusión, en la que ya no hay lugar para el anciano, el niño molesta, no hay tiempo para detenerse al borde del camino. La tentación es grande, sobre todo porque se apoya en los nuevos dogmas modernos como la eficiencia y el pragmatismo. Por ello, hace falta mucha audacia para ir contra la corriente, para no renunciar a la utopía posible de que sea precisamente la inclusión la que marque el estilo y ritmo de nuestro paso.

Caminar como pueblo siempre es más lento. Además nadie ignora que el camino es largo y difícil. Como en aquella experiencia fundante del pueblo de Dios por el desierto, no faltará el cansancio y el desconcierto.

A todos nos ha sucedido alguna vez encontrarnos detenidos y desorientados en el camino, sin saber qué pasos dar. La realidad muchas veces se nos impone clausurada, sin esperanza. Dudamos, como el pueblo de Israel, de las promesas y presencia del Señor de la historia y nos dejamos envolver por la mentalidad positivista que pretende constituirse en clave interpretativa de la realidad. Renunciamos a nuestra vocación de hacer historia, para sumarnos al coro nostálgico de quejas y reproches: "Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto. ¡Déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto! (Ex 14,12). El fervor apostólico nos ayudará a tener memoria, a no renunciar a la libertad, a caminar como pueblo de la Alianza: "No olvides al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud" (Deut. 6,12). Como catequistas de tiempos difíciles ¡deben pedir a Dios la audacia y el fervor que les permita ayudar a recordar! "Presta atención y ten cuidado para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos..." (Deut 4,9). En la memoria trasmitida y celebrada encontraremos como pueblo la fuerza necesaria para no caer en miedo que paraliza y angustia.

Este caminar de pueblo de Dios reconoce tiempos y ritmos, tentaciones y pruebas, acontecimientos de gracia en los que se hace necesario renovar la alianza.

También hoy, en nuestro caminar como Iglesia en Buenos Aires, vivimos un momento muy especial que nos animamos a vislumbrar como tiempo de gracia. Queremos abrirnos al Espíritu para dejar que Él nos ponga en movimiento espiritual, para que las próximas Asambleas Diocesanas sean un verdadero "Tiempo de Dios" en el que, en la presencia del Señor, podamos ahondar en nuestra identidad y toma de conciencia de nuestra misión. Poder hacer una experiencia fraterna de discernimiento comunitario y fraternal en el que la oración y el diálogo nos permitan superar desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera.

Como todo caminar nos obliga a ponernos en marcha, en movimiento, nos desinstala, y nos pone en situación de luchas espirituales. Debemos prestar especial atención a lo que pasa en el corazón; estar atento al movimiento de los diversos espíritus (el bueno, el malo, el propio). Y esto, para poder discernir y encontrar la Voluntad de Dios.

No habrá que extrañarse que en este camino que comenzamos a transitar aparezca la tentación sutil de la seducción "alternativista", que se expresa en nunca aceptar un camino común, para presentar siempre como absoluto otras posibilidades. No se trata del sano y enriquecedor pluralismo o matices a la hora del discernimiento comunitario; sino de la incapacidad de hacer un camino con otros, porque en el fondo del corazón se prefiere andar solitario por senderos elitistas que, en muchos casos, conducen a replegarse egoístamente sobre sí mismo. El catequista en cambio, el verdadero catequista, tiene la sabiduría que se fragua en la cercanía con la gente y con la riqueza de tantos rostros e historias compartidas que lo alejan de cualquier versión aggiornada de "ilustración".

No ha de extrañar que en el camino también se haga presente el mal espíritu, el que se niega a toda novedad. El que se aferra a lo adquirido y prefiere las seguridades de Egipto a las promesas del Señor. Ese mal espíritu nos lleva a regodearnos en las dificultades, a apostar desde el inicio al fracaso, a despedir "con realismo" a las multitudes porque no sabemos, no podemos y, en el fondo, no queremos incluirlas. De este mal espíritu nadie está exento.

De allí, que la invitación a renovar el fervor sea una invitación a pedirle a Dios una gracia para nuestra Iglesia en Buenos Aires: "La gracia de la audacia apostólica, audacia fuerte y fervorosa del Espíritu".

Sabemos que toda esta renovación espiritual no puede ser el resultado de un movimiento de voluntad o un simple cambio de ánimo. Es gracia, renovación interior, transformación profunda que se fundamenta y apoya en una Presencia que, como aquella tarde del primer día de la historia nueva, se hace camino con nosotros para transformar nuestros miedos en ardor, nuestra tristeza en alegría, nuestra huida en anuncio.

Sólo hace falta reconocerlo como en Emaús. Él sigue partiendo el pan para que nos reconozcan también, al partir nuestro pan. Y si nos falta audacia para asumir el desafío de ser nosotros quienes demos de comer, actualicemos en nuestra vida el mandato de Dios al cansado y agobiado profeta Elías: "Levántate, come, todavía te queda mucho por caminar..." (I Re. 19,7)

Al darte gracias por todo tu camino de catequista, le pido al Señor Eucaristía que renueve tu ardor y fervor apostólico para que no te acostumbres jamás a los rostros de tantos niños que no conocen a Jesús, a los rostros de tantos jóvenes que deambulan por la vida sin sentido, a los rostros de multitudes de excluidos que, con sus familias y ancianos, luchan para ser comunidad, cuyo paso cotidiano por nuestra ciudad nos duele e interpela.

Más que nunca necesitamos tu mirada cercana de catequista para contemplar, conmoverte y detenerte cuantas veces sea necesario para darle a nuestro caminar el ritmo sanante de projimidad. Y podrás así hacer la experiencia de la verdadera compasión, la de Jesús, que lejos de paralizar, moviliza, lo impulsa a salir con más fuerza, con más audacia, a anunciar, a curar, a liberar (Cf Lc. 4, 16-22).

Más que nunca necesitamos de tu corazón delicado de catequista que te permite aportar, desde tu experiencia del acompañamiento, la sabiduría de la vida y de los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, el sentido de pertenencia, para cuidar así –entre todos- a las ovejas que se nos confía, de los lobos ilustrados que intentan disgregar el rebaño.

¡Más que nunca necesitamos de tu persona y ministerio catequístico para que con tus gestos creativos, pongas como David música y alegría al andar cansado de nuestro pueblo! (2 Sa. 6, 14-15).

Te pido, por favor, que reces por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide.

Buenos Aires, agosto de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Homilía del Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

en el Congreso Eucarístico Nacional

"Déjense reconciliar con Dios"

En este clima tan hermoso del Congreso Eucarístico, ya en nuestro segundo día, la parábola del Hijo Pródigo quiere hablarnos directamente al corazón.

Abramos, pues, nuestros corazones de par en par.

Que cada uno abra su corazón, mirando a la Virgen, sintiendo la presencia de Jesús en la Eucaristía que, silenciosamente, acompaña a la humanidad desde hace dos mil años.

Abramos el corazón de nuestra familia, cada uno de la suya, sintiendo latir el corazón de sus padres y hermanos, el de los esposos y el de los jóvenes, el de los niños y los abuelos.

Abramos el corazón como Pueblo fiel de Dios que peregrina en la Argentina bajo el manto de la Virgen, de María de Itatí...

Abramos el corazón y dejémonos reconciliar con nuestro Padre Dios.

Digamos con el hijo pródigo, que en un momento de gracia se dio cuenta de que la causa más honda de su situación de miseria estaba en haber apartado el corazón del de su Padre: ¡Me levantaré e iré a mi Padre!

Cada uno debe decirlo en su propio corazón. Y debe decirlo también en esa dimensión donde el propio corazón se sabe corazón común, responsable del de todos, solidario con el corazón de su pueblo. Desde allí cada uno puede decir: pueblo pródigo ¡levántate y vuelve al Padre! Es tiempo de que dejes de soñar con las bellotas de los cerdos. Nadie te las da. Gracias a Dios. Mejor así. Por que es hora de que vuelvas a anhelar el pan de los hijos.

Estás empobrecido, parte de tu herencia la has malgastado y parte te la han robado. Es verdad. Pero te queda lo más valioso: el rescoldo de tu dignidad siempre intacta y la llamita de tu esperanza, que se enciende de nuevo cada día. Te queda esa reserva espiritual que heredaste.

Mira que tu Padre no deja de ir, cada atardecer, a esperarte en la terraza… a ver si te ve volver.

Emprende el camino de regreso, fijos tus ojos en los de tu Padre, que te amplía el horizonte para que des todo lo que puedes dar.

Al ir tras dioses falsos, fuiste convirtiendo este suelo bendito en una tierra extranjera. Y hoy pareciera que se ha achicado tu horizonte, que se te encogió la esperanza.

Pero no es así. Si levantas la mirada, si recuerdas, si pegas la vuelta y te conviertes de corazón, la misma tierra que pisas se irá transformando nuevamente en Casa del Padre.

Esa casa del Padre en la que se viven los valores de la humilde casa de José y María en Nazareth.

Casa del Padre que es hospedería donde se curan las heridas de los que cayeron en mano de los salteadores.

Casa del Padre donde se celebra el banquete de las bodas del Hijo y están invitados todos, sin exclusión de ninguno, salvo de los que no quieren participar.

Casa del Padre que, como nos asegura Jesús, tiene muchas moradas y en la que Él mismo se pone a servirnos, como hizo en la última cena.

¡Y permítete a ti mismo sentirte pueblo y familia!

Y dejemos también que el Padre nos diga, como al otro hijo que estaba contrariado: ¡Entra en la fiesta con tu hermano! Cada corazón debe escuchar esta invitación, con la que el Padre quiere convencer a su hijo mayor de que perdonar a su hermano es el camino que lleva a la vida.

Todos también llevamos dentro algo de ese hijo mayor. Dejemos que el Padre nos diga:

Es tiempo de que dejes de escuchar la queja amarga propia de un corazón que no valora lo que tiene, de un corazón que se compara mal.

Es hora de que te animes a compartir con tu hermano el pan de los hijos.

Deja de soñar con el cabrito propio, y escucha estas palabras de tu Padre:

¡Hijo, todo lo mío es tuyo!

¡Dejate reconciliar con Dios, contigo mismo y con tu hermano!

Pero de corazón.

La Eucaristía es el pan de reconciliación que va a parar a lo profundo del corazón de cada uno. Y reconcilia y alimenta ese lugar interior donde la persona es ella misma y más que ella misma, porque es morada de Dios, donde cada corazón es el corazón de toda su familia y de su pueblo entero.

Bastan unos pocos corazones así, que se dejen reconciliar a fondo, para que la reconciliación se contagie a todo un pueblo.

Corazones como el de San Roque González de Santa Cruz, que fundó estas tierras y sus ciudades en la cultura del trabajo y en el perdón a los mismos enemigos. Corazón vulnerado al que el Señor revistió de incorruptibilidad!

Pueblo pródigo y rebelde; pueblo que sufriste en manos de salteadores; pueblo con una fuerte reserva espiritual: ¡Déjate reconciliar con Dios!

A nuestra Señora de Itatí le encomendamos esta reconciliación que transfigura el corazón de las personas y de los pueblos. Sus milagros más lindos han sido de presencia que retorna y de transfiguración que atrae con su gloria. Como decía Fray Luis de Gamarra en 1624: "... se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto".

Esas transfiguraciones de nuestra Señora, que brotan de su corazón puro y amante son signo de predilección para con nuestro pueblo. Y son también anuncio: María de Itatí transfigurada nos transfigura. Nos dice la Palabra de Dios: "El que vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación".

Mirándola a ella comprendemos que: "Si el pecado es alejamiento y desencuentro, la reconciliación es acercamiento y reencuentro, superación de la enemistad y retorno a la comunión. Dios nos reconcilia en Cristo. Él es el principio y fin de una reconciliación filial, por la que el hombre arrepentido vuelve confiado a los brazos amorosos del Padre."

Ella te invita, pueblo de la Patria: ¡déjate reconciliar con Dios!

Con ella le rogamos a Jesús y le pedimos, con las palabras de la oración.

Que su Eucaristía ocupe el corazón del pueblo argentino

e inspire sus proyectos y esperanzas.

 

Corrientes 2 de septiembre de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Intervención del Sr. Arzobispo durante el Servicio de Selijot, en preparación para el Rosh Hashaná, en la Sinagoga de la calle Vidal 2049 de Buenos Aires

Hoy venimos a presentarnos delante del Señor. Podemos imaginar la escena como al comienzo del libro de Job (1:6). Allí el Señor interroga y sus preguntas mueven el corazón, descubren las intenciones. Estamos delante de Él y con deseos de escuchar. Dejar que sus preguntas nos muevan por dentro, nos hagan transparentes. No tengamos miedo a la Verdad si la reconocemos o proclamamos delante de Él porque Él "es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente". (Salmo 103 (102):8-9).

Y como en aquel atardecer del comienzo hoy nos pregunta a cada uno por nosotros mismos: Adán "dónde estás" (Gen. 3:9). Interroga sobre nuestra orientación. ¿Sabemos dónde estamos en relación a Él, en relación a lo que Él quiere de nosotros?" ¿O acaso hemos comido del árbol que nos prohibió y procuramos escondernos? (cfr. Gen. 3:11). La pregunta nos hace caer en la cuenta de nuestros límites, nuestras falencias, nuestras desnudeces. Nos quedan solo dos caminos; o camuflarlas o reconocerlas. ¿Dónde estoy? respecto de Dios. ¿Dónde estoy? respecto de mí mismo. Hoy es el "tiempo oportuno" para resituarnos. ¡Tantas veces nos desplazamos del camino!, ¡tantas veces nuestra brújula se enloquece y perdemos el sentido de la orientación! Hoy debemos responder con verdad; mirar dentro de nuestro corazón. No tener miedo, pero decir la verdad. ¿Dónde estoy situado?" Y no tratar de echar la culpa a otro: "La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él" (Gen. 3:12). Resituarme en mí mismo y delante de Dios. Y volver a orientar mi corazón convirtiéndome a Él.

Hoy también nos hace una segunda pregunta: "¿dónde está tu hermano?" (Gen. 4:9). Antes nos interrogaba sobre nuestra situación respecto de nosotros mismos y de Él; ahora en referencia a nuestros prójimos. Él no nos quiso solitarios sino formando un pueblo, una familia. Cuando andamos desorientados respecto de nosotros mismos y de Dios, esta desorientación también afecta nuestra relación con los hermanos; y entonces contestamos: "no lo sé" (Gen. 4:9) o vamos más allá y queremos justificarnos: "acaso soy yo el guardián de mi hermano?" (id.). Mi hermano: tantos hombres y mujeres a los que mi egoísmo me hace olvidar. El Señor nos pregunta por el huérfano y la viuda, por el forastero y el esclavo. Hagamos silencio en nuestro corazón y respondamos por nuestro hermano.

Estas dos preguntas actualizan su mandato: "Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deut. 6: 4-5) y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor" (Lev. 19:18); se nos pide actualizar ese mandato que debe hacerse carne en nuestras vidas y doctrina para nuestros hijos: "Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte" (Deut. 6: 6-7).

Esta es nuestra memoria. No la perdamos. Y, al escuchar hoy las dos preguntas, esforcémonos también por recuperar la memoria. En la vida de todos los días la fascinación de los ídolos nos lleva a debilitar la memoria. Junto a estas dos preguntas hoy también se nos pide recuperar la memoria: "Presta atención y ten cuidado, para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que se aparten de tu corazón un solo instante" (Deut. 4:9). Recuperemos la memoria de nuestra historia personal y de nuestra historia como pueblo: "Yo los hice caminar por el desierto durante cuarenta años, sin que se les gastara la ropa que llevaban puesta ni las sandalias que tenían en los pies" (Deut. 29:4). Cuando perdemos la memoria de nuestro camino andado también evadimos las dos preguntas anteriores. Ya no sabemos qué responder al "Adán, dónde estás" y al "dónde está tu hermano", simplemente porque hemos olvidado de dónde venimos, porque hemos perdido el norte de nuestra pertenencia a un pueblo. Y, cuando se pierde este norte, se ha caído en la idolatría. Cabe hoy también preguntarnos por esto recordando el mandato del Señor: "No vayan detrás de otros dioses, de los dioses de los pueblos que están alrededor de Ustedes" (Deut. 6:14). La idolatría se nos filtra de mil maneras, los ídolos nos son ofrecidos a cada paso, pero el ídolo más peligroso somos nosotros mismos cuando queremos ocupar el lugar de Dios. Ese egoísmo sutil que nos convierte en única referencia de toda la existencia.

Recuperar la memoria con la piedad de un niño y –mientras nos examinamos acerca de las dos preguntas que el Señor nos hace- balbucear nuestra historia con un corazón que quiere convertirse al Señor: "Mi padre era un arameo errante que bajó y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vió nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran fervor, de signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel" (Deut. 26: 5-9). Ésta es la memoria que hoy nos ha de llevar a la conversión.

Y nuestra memoria apunta también a la memoria del Señor: Él nos espera, Él se acuerda de nosotros con la ilusión de que volvamos a los primeros tiempos: "Recuerdo muy bien la fidelidad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar..." (Jerem. 2:2). Recordamos sintiéndonos recordados; queremos amar sintiéndonos primero amados. Él nos espera, Él nos "primerea" como la flor del almendro. Convertirse así, contemplando tanto amor, se transforma en fiesta y, en medio del arrepentimiento y propósito de conversión repitámosnos fraternalmente: "Este es un día consagrado al Señor... no estén tristes ni lloren... No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de Ustedes" (cfr. Nehem. 8: 9-11).

 

Buenos Aires, 11 de Septiembre de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Cátedra Juan Pablo II. Congreso sobre la Veritatis Splendor

Disertación de clausura del Sr. Arzobispo

A más de diez años de la publicación de la Encíclica Veritatis splendor, la Cátedra Juan Pablo II ha iniciado sus actividades con un Congreso que deja en nuestras iglesias locales una riqueza enorme que habrá que seguir desentrañando y difundiendo.

¿Cómo será posible llevar a cabo este trabajo, cómo será posible profundizar y comunicar las vivencias y las reflexiones que hemos compartido en estos días?

Quisiera responder a esta pregunta desde una triple y complementaria perspectiva: una, que considero la fundamental; otra, que es el instrumento absolutamente indispensable; la tercera, que constituye uno de sus frutos más preciado y esperado.

La primera perspectiva es la que nos ofrece la centralidad de la gracia en la vida moral tal como es concebida a la luz de la Revelación.

La segunda es la perspectiva de la evangelización como realidad indispensable, no solo porque existe un "mandato" del Señor, sino sobre todo porque Él nos ha comunicado una vida nueva, y la vida tiende y exige la comunicación.

La tercera es la perspectiva de la relación entre el Evangelio de la gracia y la vida cultural y política de los hombres.

1 ) La centralidad de la gracia en la vida moral cristiana

"Para Dios todo es posible" (Mt 19, 26). La conclusión del diálogo de Jesús con el joven rico es doblemente decepcionante: el joven se aleja entristecido porque poseía muchos bienes y los discípulos, conmovidos y perplejos se preguntan ante Jesús: "¿Quién podrá salvarse? (Mt 19, 25).

"Para Dios todo es posible", responde Jesús con claridad y firmeza, anunciándonos y comunicándonos así el Evangelio de la gracia. No es posible para los hombres vivir la ley santa de Dios en el seguimiento de Cristo sin la gracia, es decir, sin la vida nueva del Espíritu, sin dejarse conducir por el Espíritu (cf. Rm 8, 14).

La vida moral de los hombres de todos los tiempos está llamada a ser "vida según el Espíritu" (Rm 8, 1-12). "Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido." (VS 22), y, "El don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer «fruto» (cf. Ga 5, 22) es la caridad: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5)" (VS 22).

San Agustín se pregunta lúcidamente "¿Es el amor el que nos hace observar los mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer el amor?." Y responde: "Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto, quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos"

Esto nos lleva a una conclusión fundamental que el Papa explicita: "El amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la categoría de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre. Sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y transforma el corazón del hombre por medio de su gracia" (VS 23).

Por proponer la moral cristiana desde la perspectiva del precepto, desde lo mandado, quizás se explique en parte que el hombre contemporáneo, especialmente en nuestros pueblos de tradición cristiana, cayera en una grave tentación: ante la experiencia de la imposibilidad de observar la ley santa de Dios, el hombre quiere ser él mismo quien decide sobre lo que es bueno o malo (cfr. VS 102).

Debemos recordar al hombre frágil de hoy, es más, debemos anunciarle y testimoniarle gozosamente que "las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos" (VS 102), y que, "la observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible." (VS 102).

Presentar y testimoniar la moral cristiana desde la centralidad de la gracia, es presentarla y testimoniarla a la luz de la esperanza. ¿Acaso el hombre de hoy no ha suplido la esperanza por el optimismo? ¿Acaso no sentimos a nuestro alrededor el clamor angustiante de tantos hombres que están desilusionados, desesperanzados?

Solo con la ayuda de la gracia, del don del Espíritu, y la colaboración de nuestra libertad es posible para todos los hombres de hoy que vivan su existencia en este mundo a la luz de la esperanza.

Esperanza de que es posible ser honestos, es posible vivir en la verdad, en la justicia y en el amor. En una palabra: es posible ser santos. Es posible construir una nueva civilización centrada en el amor y en la vida. Es posible confiar en la misericordia del Padre que nos abre las puertas de su casa eterna en la esperanza de una vida que no terminará jamás. Todo es posible por el don de la gracia de Jesús muerto y resucitado.

2 ) La evangelización, testimonio y anuncio de la vida nueva

Solo el que vive del Espíritu en la obediencia amorosa al Padre, testimonia en sus acciones cotidianas la vida nueva de la gracia y siente la necesidad de que esa vida sea comunicada a todos los hombres, siente la necesidad del anuncio gozoso del Evangelio de la gracia. "¡Ay de mí si no evangelizara!", exclama el apóstol después de su encuentro personal con Cristo resucitado que lo llama a la fe y a la conversión.

"La evangelización es el desafío más perentorio y exigente que la Iglesia está llamada a afrontar desde su origen mismo." (VS 106). Hoy, particularmente, vivimos el momento de un "formidable desafío a la nueva evangelización" (VS 106). Este desafío entusiasmante, se nos agudiza por la realidad de la "la descristianización, que grava sobre pueblos enteros y comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana", que no comporta sólo la pérdida de la fe o su falta de relevancia para la vida, "sino también y necesariamente una decadencia u oscurecimiento del sentido moral: y esto ya sea por la disolución de la conciencia de la originalidad de la moral evangélica, ya sea por el eclipse de los mismos principios y valores éticos fundamentales." (VS 106).

Vivimos en nuestros pueblos la irrupción de una forma cultural no cristiana o descristianizada. Las tendencias subjetivistas, utilitaristas y relativistas, no sólo como posiciones pragmáticas, sino como concepciones consolidadas teóricamente dan forma a nuestro mundo y nos cuestionan seriamente.

Además, los grandes movimientos migratorios de nuestro mundo y la realidad de una diversidad religiosa, particularmente proveniente de oriente, plantean a la evangelización el delicado desafío del encuentro entre culturas diferentes y del diálogo interreligioso.

Por eso, "la evangelización -y por tanto la «nueva evangelización»- comporta también el anuncio y la propuesta moral." (VS 108). Jesús no sólo llamó a la fe sino también a la conversión (cfr. Mc 1, 15).

Para que la propuesta moral forme parte de la evangelización como un componente indispensable, es necesario el testimonio vivo de los santos y santas, que es el signo más preclaro de la santidad de la Iglesia que proviene de Jesucristo.

La Iglesia, en su sabia pedagogía moral, ha invitado siempre a sus hijos a encontrar en los santos y santas, ante todo en María y en José, "el modelo, la fuerza y la alegría para vivir una vida según los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas del Evangelio" (VS 107).

En el contexto de la nueva evangelización que comporta también la propuesta moral de Jesús, "se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana" (VS 104).

Pero esta comprensión jamás puede significar un compromiso y una falsificación de la medida del bien y del mal a la que Dios nos llama en su ley santa, para adaptarla a las circunstancias existenciales de las personas y de los grupos humanos. "Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia" (VS 104).

En el contexto de la nueva evangelización encuentra su lugar genuino, la reflexión que la teología debe desarrollar sobre la vida moral, así como la formación y la actuación de los diversos agentes de pastoral, en particular, de los sacerdotes y de los catequistas.

La Iglesia tiene mucha necesidad de teólogos moralistas que profundicen la propuesta moral de Jesús, la hagan comprensible al hombre contemporáneo y así presten su servicio insustituible a la nueva evangelización.

La dedicación de muchos en el cultivo y en la enseñanza de la teología moral constituye un verdadero carisma del Espíritu y un ministerio eclesial. Los teólogos moralistas están llamados a vivir su carisma y ministerio en un "íntimo y vivo nexo con la Iglesia" (VS 109).

Este nexo con la Iglesia implica, por un lado, el servicio al Pueblo de Dios a fin de que sea ayudado, y no impedido, a aplicar cada vez más recta y profundamente la fe a sus vidas. Por otro lado, el teólogo moralista está llamado a desarrollar su misión guardando un vínculo con el carisma y el ministerio del Magisterio del Papa y los Obispos.

El carisma del Magisterio moral, lejos de impedir el desarrollo de la teología moral, da al teólogo las certezas morales indispensables para poder progresar en el conocimiento de la verdad moral y formularla cada vez más adecuadamente. En este sentido, se debe establecer un vínculo de estrecha comunión carismática entre teología moral y magisterio moral, con la conciencia de que el disenso con el magisterio moral "es contrario a la comunión eclesial" (VS 113). Los fieles tienen derecho a recibir la doctrina moral de la Iglesia en toda su integridad.

Además, el teólogo moralista debe servirse necesariamente de los resultados de las ciencias del hombre y de la naturaleza, consciente de que las mismas solo dan una "normalidad empírica y estadística". Por eso, "las ciencias humanas, no obstante todos los conocimientos de gran valor que ofrecen, no pueden asumir la función de indicadores decisivos de las normas morales" (VS 112).

Los demás agentes de pastoral que intervienen activamente en la evangelización, en particular los sacerdotes y los catequistas, tienen que ejercer su ministerio con verdadera conciencia y responsabilidad eclesial, sabiendo que sus destinatarios esperan de ellos "la verdad que los hace libres".

3) El Evangelio de la gracia y la vida cultural, social y política

Un último aspecto que quisiera subrayar respecto de las enseñanzas contenidas en la Veritatis splendor, es la relación que existe entre el Evangelio de la gracia y la vida cultural, social y política de los hombres. Podemos decir que la Encíclica del Papa ha puesto los fundamentos definitivos de una moral cristiana personalista, que no encierra a la persona humana en el individualismo, antes bien la inserta en la dimensión necesariamente comunitaria de su existencia. Toda cuestión moral es simultáneamente personal y social.

Esto aparece claramente en la defensa categórica que hace el Papa de "las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, (que) debe considerarse camino y condición para la existencia misma de la libertad" (VS 96).

Esta defensa de la dignidad personal está dirigida a cada hombre y a todos los hombres, "no sólo a los individuos, sino también a la comunidad, a la sociedad como tal" (VS 96).

Las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal de cada hombre y de todos los hombres constituyen "el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y por tanto de una verdadera democracia, que puede nacer y crecer solamente si se basa en la igualdad de todos sus miembros, unidos en sus derechos y deberes. Ante las normas morales que prohíben el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales." (VS 96).

Por ello sólo una moral que reconozca normas morales válidas siempre y para todos, sin ninguna excepción, puede garantizar el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional como internacional (cfr, VS 97).

Ante las graves formas de injusticia social y económica, de corrupción política, de atropellos étnicos, de exterminio demográfico y de destrucción del medio ambiente que padecen pueblos y naciones enteras, surge la necesidad de una radical renovación personal y social capaz de asegurar la justicia, la solidaridad, la honestidad y la transparencia (cfr. VS 98). "En el centro de la cuestión cultural está el sentido moral, que a su vez se fundamenta y se realiza en el sentido religioso" (VS 98).

Únicamente sobre la "verdad que hace libre" es posible resolver los graves problemas de los pueblos y naciones, particularmente el de las formas más diversas de totalitarismo: «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás... La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, ni el grupo, ni la clase social, ni la nación, ni el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola, oprimiéndola, explotándola o incluso intentando destruirla» (Centesimus annus 44; citado en VS 99).

Por ello afirma el Papa en un lúcido diagnóstico de la realidad, hoy enfrentamos un desafío no menos grave que el de las ideologías totalitarias del siglo XX: "es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, «si no existe una verdad última -que guíe y oriente la acción política-, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto»" (VS 101; cita de Centesimus annus 46).

En esta perspectiva amplia de la vida moral que el Papa plantea, podemos decir que la Encíclica Veritatis splendor es la Carta Magna de la Libertad de las personas, de las familias, de los pueblos y de la humanidad, que, al final del segundo milenio y en la perspectiva del nuevo, pone los fundamentos de un humanismo integral que está llamado a ser el alma de una nueva civilización universal: la civilización del amor y de la vida.

4) Conclusión

Al final de la Encíclica, el Papa se vuelve hacia la misericordia del Padre comunicada en su Hijo Jesucristo por el don del Espíritu, en la figura de María, Madre de Dios y Madre de misericordia.

María es madre de misericordia, porque Jesús, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación y comunicación de su Misericordia, y ella nos anima y nos guía a seguirlo.

María es madre de misericordia porque Jesús, en la Cruz, le confía su Iglesia y toda la humanidad.

María es madre de misericordia como signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral al vivir la propia libertad donándose al Padre y acogiendo el don del Padre.

María es madre de misericordia porque invita a todo ser humano, en la celebración de las bodas de su Hijo a lo largo de la historia, a acoger "la Verdad que nos hace Libres" haciendo siempre lo que Él nos diga (cfr. Jn 2, 5).

Confiemos a María, madre de misericordia, las enseñanzas de esta Carta Magna de la Libertad, la Veritatis splendor, a fin de que el Esplendor de la Verdad ilumine nuestras vidas, la de nuestras comunidades eclesiales y la de toda la humanidad.

Muchas gracias.

Buenos Aires, 25 de septiembre de 2004.

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

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30º Peregrinación Juvenil a Luján

"Madre ayúdanos. Queremos ser un solo pueblo"

Desde hace treinta años, como pueblo creyente, compartimos este rito de venir hasta la casa de nuestra Madre y lo hacemos con la confianza puesta en Ella que nos recibe y nos protege.

Hace 30 años la juventud peregrinaba hasta aquí pidiendo por la Patria. Hoy nos une ese mismo sentimiento: querer ser un solo pueblo. Y aquí estamos juntos recibiendo los mismos cuidados de la Madre.

Celebramos lo que significó haber caminado estos kilómetros, haber pasado en silencio ante la Imagen y mirarla. Contarle lo que fuimos trayendo en el camino. Lo que muchos nos pidieron que le digamos al verla. Cosas que se comparten en su Casa, que es nuestra casa, la casa de nuestra familia, la casa de nuestro pueblo.

A muchos, desde chicos, nos trajeron para recibir el Bautismo o para mostrarnos la Imagen de Ella que se quedó para recibirnos. Y así fuimos conociendo y se nos fue haciendo familiar esta Casa, y tomamos la costumbre de venir a visitar a la Virgen, a estar cerca de Ella, a tener este encuentro que nos descansa.

Así, con estas cosas sencillas y profundas ha ido creciendo nuestro pueblo. Hay muchas historias de vidas que aquí se han reconstruido. Nuestro pueblo hunde sus raíces en un anhelo de fraternidad y deseo de familia. Hoy venimos a decirle a la Madre que queremos ser un solo pueblo; que no queremos pelearnos entre nosotros; que nos defienda de los que quieren dividirnos. Que queremos ser familia y que para eso no necesitamos de ninguna ideología revanchista que pretenda redimirnos. Nos basta su cariño de Madre, a Ella le pedimos, "Madre queremos ser un solo pueblo".

No dejamos de agradecerle que la Imagen de su limpia y Pura Concepción se haya quedado milagrosamente en las orillas del río Luján fundando esta Villa. Por eso nosotros como pueblo peregrino nos seguimos dando cuenta que crecemos porque aquí hay alguien que nos convoca y nos reúne. Mirando ésta, su casa y nuestra casa, le decimos: "Madre queremos ser un solo pueblo".

Sabemos que María después de la cruz cargó el cuerpo de Jesús. Es un momento triste y sagrado que al recordarlo nos da esperanza, porque es el cariño grande de nuestra querida Madre. Aquí está la grandeza de Dios. En los momentos donde todo parece que se va a perder Dios manifiesta el amor en su mayor grandeza, el que nos hace fuertes. Es el amor que hoy nos llevamos en el corazón, es la bendición que nos llena y hace que nosotros también carguemos con tantos hermanos nuestros que, a la vuelta de esta visita, seguramente tendremos que levantar. Con este deseo de ayudarnos unos a otros le decimos: "Madre, queremos ser un solo pueblo".

Que nada nos separe de todo esto que tanto creemos. Que nadie venga a engañarnos ni a dividirnos. Estas son las grandezas de Dios, así Él las ha querido. En el silencio del milagro de las carretas se construyó un milagro sin palabras, un milagro que, a cada uno, la Virgen se lo va diciendo despacito, al corazón de sus hijos, en estas peregrinaciones. Vinimos para un descanso en nuestro camino, un descanso del corazón. Volvamos renovados a casa. Aquí dejamos lo que nos cuesta cargar solos todos los días. Llevemos en nuestros corazones el gozo de haber estado cerca de la que quiso quedarse para protegernos. Y con mucha fe digamos juntos: "Madre ayúdanos, queremos ser un solo Pueblo".

Buenos Aires, 3 de octubre de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la misa de exequias del

Cardenal Juan Carlos Aramburu, Arzobispo Emérito de Buenos Aires

La muerte de nuestro pastor nos recuerda todo el camino andado como Sacerdote: sus ilusiones, sus trabajos, su ancianidad discreta y laboriosa: el Señor lo llamó precisamente cuando estaba por salir a ejercer su ministerio, el ministerio que nunca dejó: el de la confesión. Detrás de esa intensa vida, de sus actividades y preocupaciones, se dio –como en todo pastor- el diálogo con su Señor. Es el diálogo entre Jesús y su discípulo. Un diálogo que comienza con una mirada, una palabra: "Sígueme" y que va creciendo a lo largo de toda la vida. En ese diálogo se plasma la existencia del pastor, una existencia que, en su honda intimidad, la conocen solamente ellos dos; una existencia que caminan juntos. El diálogo entre el pastor y su Señor lleva toda una vida, y siempre se proyecta hacia un más allá: hacia el pueblo de Dios al que ha de servir y hacia la eternidad.

Escuchamos recién, en el Evangelio, cómo ese diálogo tiene algo de milagro, de silencio... y mucho de amor. El pastor sabe que está delante de su Señor y por ello "ninguno se atrevía a preguntarle: ¿’Quién eres’?, porque sabían que era el Señor" (Jn. 21:12), lo habían conocido con esa certeza que sólo tiene el corazón, cuando el amor purifica la mirada: "Es el Señor" (id. 7). Y esto es así porque, más allá del milagro, del silencio y de la certeza, el diálogo entre el pastor y su Señor es un diálogo de amor; un diálogo de amor entre dos pastores: "¿me amas?", "apacienta mis ovejas" y el pastor queda así como perplejo en su amor: por un lado mirando a éste su Señor que le pide la profesión de su amor y, por otro, volcado hacia los hermanos que le son confiados y a los que se le pide servir por amor.

Así se miraron a los ojos Jesús y este pastor que Él eligió, así hablan en ese diálogo que compromete toda una vida. Con los años este diálogo crece, se va añejando, va madurando, hasta identificarse totalmente con el destino de su Señor: "te llevarán a donde no quieras" (id. 18), sí "a donde no quieras", como le sucedió al mismo Señor: "si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya " (Lc. 22:42).

"Sígueme", "¿me amas?", "apacienta", déjate llevar donde yo quiera...Tal es el eje del diálogo entre el pastor y Jesús, así la densidad de su existencia, hasta el momento de la confesión serena, firme, resignadamente alegre y luminosa: "Ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe". (2 Tim. 4:6-7).

¿Es así, hermano Juan Carlos, obispo y discípulo del Señor? tenemos ganas de preguntarle. Y seguramente él, recordando el largo y fecundo camino recorrido en el seguimiento de Jesús, nos mirará con esa cierta picardía que le era característica y, con aquella gran ecuanimidad que poseía nos contestará: Así es: "Yo sé en quién he puesto mi confianza" (2 Tim. 1: 12).

Buenos Aires, 22 de noviembre de 2004.

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Arzobispado de Buenos Aires

Carta del Sr. Arzobispo a los sacerdotes, consagradas, consagrados y fieles de la Arquidiócesis

Buenos Aires, 1º de diciembre de 2004

Queridos hijos y hermanos:

Desde hace algún tiempo se vienen dando en la Ciudad algunas expresiones públicas de burla y ofensas a las personas de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen María; como asímismo diversas manifestaciones contra los valores religiosos y morales que profesamos. Hoy me dirijo a Ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos.

Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere.

Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les pido que, todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de perdón. Por ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad. Que nuestra Madre de Luján nos acompañe con su cariño.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j

Arzobispo de Buenos Aires

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena

Cuando vemos a Jesús en medio de las fatigas y trabajos, en medio de los conflictos con las elites ilustradas de esa época (los fariseos, los saduceos)  vemos cómo muchas veces ellos le pedían una señal: dános una señal. Jesús predicaba y la gente lo seguía como a ninguno, curaba resucitaba... pero ellos pedían una señal. Ésta que veían no les bastaba. Se puede pensar que no les bastaba porque ese elitismo ilustrado clausuraba sus conciencias; ésa es una explicación válida. Pero también había algo más: ni aun al hombre más cerrado a la voz de Dios se le priva del instinto de saber donde está Él y hacia dónde debe buscar. Ellos intuían que resucitar muertos, curar enfermos no era “la señal”, por ello una vez Jesús les dijo: a ustedes se le va a dar la señal de Jonás (o sea la resurrección), pedían la señal trascendente e inconfundible en la que Dios se manifiesta en su plenitud; y en eso no se equivocaban incluso los que estaban más lejos, ni aun Herodes. Los asustaba y acuciaba ese instinto religioso del corazón que empuja a buscar y distinguir dónde está Dios.

 Pedían la señal... por otro lado eso también le pasaba a los Santos. San Juan Bautista, en la cárcel, sufría mucho, veía que Jesús predicaba, pero se sintió confuso; en la soledad de su calabozo empezó a dudar y mandó a preguntar a Jesús: ¿eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro? Pedía la señal buscaba la señal de manifestación de Dios, aquélla que habían proclamado los Profetas y que el pueblo de Israel venía esperando desde hace cientos de años. Pedían la “gran señal”.

 En el relato del nacimiento de Jesús, que acabamos de escuchar, cuando los ángeles les anuncian a los pastores que ha nacido el Redentor les dicen: “...y esto les servirá de señal encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre...” Esta es la señal: el abajamiento total de Dios. La señal es que, esta noche, Dios se enamoró de nuestra pequeñez y se hizo ternura; ternura para toda fragilidad, para todo sufrimiento, para toda angustia, para toda búsqueda, para todo límite; la señal es la ternura de Dios y el mensaje que buscaban todos aquellos que le pedían señales a Jesús, el mensaje que buscaban todos aquellos desorientados, aquéllos que incluso eran enemigos a Jesús y lo buscaban desde el fondo del alma era éste: buscaban la ternura de Dios, Dios hecho ternura, Dios acariciando nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

 Hoy se nos proclama esto: la ternura de Dios. El mundo sigue andando, los hombres seguimos buscando a Dios pero la señal sigue siendo ésta. Contemplando al niño nacido en un pesebre, contemplando a ese Dios hecho niño enamorado de nuestra pequeñez, esta noche cabe la pregunta: ¿qué tal la ternura de Dios con vos? ¿te dejas acariciar por esa ternura de un Dios que te quiere, por un Dios hecho ternura? o ¿sos arisco y no te dejas buscar por ese Dios? –No, yo busco a Dios, podés decir. No es lo más importante que busques a Dios, lo más importante es que te dejes buscar por Él en la caricia en la ternura. Ésta es la primera pregunta que este Niño con su sola presencia hoy nos hace: ¿Nos dejamos querer por esa ternura? Y más allá todavía: ¿vos te animás también a hacerte ternura para toda situación difícil, para todo problema humano, para quien tenés cerca, o preferís la solución burocrática, ejecutiva, fría, eficientista, no evangelizadora? Si es así ¿le tenés miedo a la ternura que Dios ejerció con vos? y ésta sería la segunda pregunta de hoy. ¿Me hago cargo en mis comportamientos de esa ternura que nos tiene que acompañar a lo largo de la vida, en los momentos de alegría, de tristeza, de cruz, de trabajo, de conflicto, de lucha?

 La respuesta del cristiano no puede ser otra que la misma respuesta de Dios a nuestra pequeñez: ternura, mansedumbre. Acuérdense de aquella vez, cuando a Jesús y sus Apóstoles no los quisieron recibir en un pueblo de Samaría, Juan le propuso a Jesús: “¿...hacemos caer fuego del cielo...?, que es lo mismo que decir “nos metemos adentro y les rompemos todo”. Y Jesús les responde “no saben de qué espíritu son ustedes”; los reta, hoy les diría eso no es cristiano. Acuérdense también de aquella noche en que tomaron preso a Jesús y Pedro saca la espada, heraldo, defensor de la Iglesia que nacía, defensor infeliz (pues pocas horas después lo traicionó) y Jesús le dijo: guarda la espada ¿acaso no crees que si yo le pidiera a mi Padre más de doce legiones de ángeles para defenderme no las mandaría? (Cfr. Mt. 26:53), pero mi camino es otro, es la ternura. Y esto aun en los momentos de conflicto, aun los momentos que te abofetean; cuando te abofeteen en una mejilla poné la otra, mantené la ternura. Eso es lo que la noche de Navidad nos trae. Cuando vemos que un Dios se enamora de nuestra pequeñez, que se hace ternura para acariciarnos mejor, a un Dios que es toda mansedumbre, toda cercanía, toda projimidad, no nos queda otra cosa que abrir nuestro corazón y decirle: Señor si tú lo hiciste así ayúdanos, danos la gracia de la ternura en las penosas situaciones de la vida, dame la gracia de la projimidad ante toda necesidad humana, dame la gracia de la mansedumbre ante todo conflicto. Pidámoslo, ésta es una noche para pedir...y me atrevo a darles una tarea para el hogar: esta noche o mañana, que no termine el día de Navidad sin que se tomen un ratito de silencio y se pregunten ¿Qué tal la ternura de Dios para conmigo? ¿qué tal mi ternura para con los demás? ¿qué tal mi ternura en las situaciones límites? ¿qué tal mi mansedumbre en los trabajos y conflictos? y que Jesús les responda, lo hará.

Que la Virgen les conceda esta gracia.

 Buenos Aires, 24 de diciembre de 2004.

 

                                                                                           Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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