Año 2005

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires, en ocasión de la Misa por el primer aniversario de la tragedia de Cromagnon (30/12/2005)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena (24/12/2005)

31º Peregrinación Juvenil a Luján (1/10/2005) "Carta por la Niñez"

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano (07/08/2005)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (28/05/2005)

 Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación (06/04/2005)

 Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa en memoria de S.S. Juan Pablo II - (04/04/2005)

 Vigilia Pascual - (26/03/2005)

 Misa Crismal (24/03/2005)

 Palabras del Sr. Arzobispo al comienzo del Encuentro Arquidiocesano de Catequesis - EAC (12/03/2005)

 Homilía del Sr. Arzobispo pronunciada en la Catedral Metropolitana por los difuntos de la Discoteca al cumplirse el primer mes de los acontecimientos. (30/01/2005)

 La Homilía Dominical en América Latina   (Roma 19/01/2005) - Intervención del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Comisión para  América Latina

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La Homilía Dominical en América Latina (*)

Transcurridos más de treinta años desde el Concilio, es necesario verificar, mientras reflexionamos sobre la Eucaristía dominical, de qué manera se proclama la Palabra de Dios, así como el crecimiento efectivo del conocimiento y del amor por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios.1 Ambos aspectos, el de la celebración y el de la experiencia vivida están en íntima relación (Dies Domini 40).

Estas palabras de su Santidad son las que inspiran estas sencillas reflexiones acerca de la homilía dominical en América Latina. El Papa une estrechamente una pregunta, ¿cómo proclamamos la Palabra, cómo estamos predicando?, con un trabajo de reflexión: verificar el crecimiento real y efectivo del conocimiento y del amor por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios. Ese amor que, junto con el conocimiento se traduce en "experiencia vivida", y complementa el aspecto "celebrativo" de la Eucaristía.

Nos hace bien unir estas cosas. Si queremos saber cómo estamos predicando debemos ir siempre a ver cómo está el conocimiento y el amor de nuestro pueblo creyente por la Palabra. Fue precisamente con la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (Mc 1, 45). se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (Mc 6, 2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (Mc 1, 27). Fue con la Palabra que los apóstoles, a los que "Instituyó para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (Cfr. Mc 16, 15-20).

La homilía como siembra y cosecha

Pero ¿qué significa "verificar"? Es claro que este conocimiento y este amor no se verifican con la mirada estadística de quien sólo cuenta cuántos asisten a la misa dominical o compran la Biblia… La verificación más bien debe provenir de una mirada de Buen Sembrador.

Una mirada de Sembrador que sea mirada confiada, de largo aliento. El Sembrador no curiosea cada día el sembrado, él sabe que sea que duerma o vele, la semilla crece por sí misma.

Una mirada de Sembrador que sea mirada esperanzada. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Él se juega por la fecundidad de la semilla contra la tentación de apurar los tiempos.

Una mirada del Sembrador que sea mirada amorosa, de esas que saben cómo es la fecundidad gratuita de la caridad: si bien la semilla parece desperdiciarse en muchos terrenos, donde da fruto lo da superabundantemente.

De esta mirada brotará una homilía que es, a la vez, siembra y cosecha. Tanto cuando prepara su prédica como cuando dialoga con su pueblo, el Espíritu pone en los labios del predicador palabras que cosechan y palabras que se siembran. Sintiendo y sopesando en su corazón cómo está el conocimiento y el amor del Pueblo por la Palabra, el predicador ora cosecha un valor que está maduro y muestra caminos para ponerlo en práctica, ora siembra un deseo, una esperanza de más, allí donde encuentra tierra buena, apta para que crezca la semilla.

La dulce y confortadora alegría de predicar

Como pastores, a cada uno de los que nos toca predicar en nuestras misas, nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, verificando en primer lugar si en nosotros mismos crece el conocimiento y el amor por la Palabra que predicamos.2  Como dice Pablo: Predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones (1 Tes 2, 4).

Si está vivo este amor por escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, al igual que nuestro amor por recibir como un fiel más la Eucaristía que nos toca consagrar, éste se transmitirá de una manera u otra al pueblo fiel de Dios.3 Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi nos hablaba de "la dulce y confortadora alegría de evangelizar":

A través de los ministros del Evangelio, Dios quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto. Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (Evangelii Nuntiandi 80). Esta reflexión apunta a aquella regla de toda buena homilía que dice que "es de la abundancia del corazón que habla la boca". Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor.4  

"Hagan todo lo que Él les diga"

Para esto puede ayudar la imagen de nuestra Señora, que es la que mejor transmite al pueblo fiel la alegría de esa Palabra que primero la llenó de gozo a ella. Por eso el Papa pone a nuestra Señora al final de su Carta Apostólica como modelo hacia donde mira el pueblo fiel, miembro del cual es el que predica:

Hacia la Virgen María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea dominical, aprendiendo de ella a conservarla y meditarla en el propio corazón (cf. Lc 2,19) (Dies Domini 86).

Podemos nosotros poner esta imagen también al comienzo de nuestra reflexión y decirnos que una buena homilía dominical debe tener el sabor de ese vino nuevo que renueva el corazón del predicador al mismo tiempo que el de los oyentes. Y en esto de vino nuevo, María es experta desde Caná. La gracia de decir al pueblo de Dios con María (con el tono materno de María) "hagan todo lo que El les diga" es la gracia que debemos pedir en toda homilía. Este tono materno de nuestra Señora es el de la "Creyente en la Palabra" y el de la "Servidora de la Palabra".

El sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de aquel que lo ha enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado" (Pastores dabo vobis 26).

 

La homilía como diálogo de Dios con su Pueblo

"No se ha de olvidar que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza" (Dies Domini 40-41).

Que la homilía no es tanto un momento de meditación y catequesis sino "el diálogo vivo entre Dios y su Pueblo" es una valoración de la prédica que proviene de su estar integrada en la Eucaristía. Supone la catequesis y está en continuidad con ella,5  pero la supera al ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y a nosotros que predicamos nos toca hacerle sentir este gusto del Señor a nuestra gente.6   

La homilía es pues un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo.7  Por eso el que predica debe tantear y sopesar el corazón de su comunidad para dialogar con ese corazón buscando dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que comenzó siendo amoroso, fue "robado", "sofocado" o no pudo dar fruto.

En Puebla hay un párrafo hermoso en el que se nos ilumina quién es ese pueblo con el que el Señor se complace en dialogar. El pueblo de América Latina es un pueblo cuya alma "ha sido sellada por la fe de la Iglesia" (Puebla 445). Por eso es "infalible in credendo" en el sentido de GS, 12. Es un pueblo sabio, con "una sabiduría que es para el pueblo principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses" (Puebla 448, cfr. Juan Pablo II, Discurso Inaugural III 6).

Los obispos rescatan esta frase del Papa en el discurso inaugural y pienso que es clave para tomar conciencia del misterio de amor que reina entre Dios y su pueblo fiel, para saber con quién estamos hablando. Ese "instinto de la fe" que hace a nuestro pueblo infalible in credendo, debe ser el criterio cordial por el que se oriente nuestra predicación.

La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. (P 450)

¿Qué implica predicar a quien se evangeliza continuamente a sí mismo y es infalible in credendo? Dejando de lado toda discusión vana acerca de cuánto hay que "ilustrar" todavía al pueblo de Dios, pienso que la imagen de la Madre con su hijo es la que mejor aclara lo que significa tener que enseñar al que ya sabe. La Iglesia es Madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, con esa confianza de que el hijo ya sabe que todo lo que se le enseñe será para bien, porque se sabe amado. Los padres saben guiarse por este sentido innato que tienen los hijos y que les da la medida de cuándo maltrataron un límite o dijeron algo inadecuado. Es el espíritu de amor que reina en una familia el que guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos donde se enseña y aprende, se valora y corrige. Así también en la homilía: este saberse en Espíritu de familia es lo que guía al que habla y al que escucha. El Espíritu que inspiró los evangelios, inspira también cómo hay que predicarlos y cómo hay que escucharlos en cada Eucaristía.

Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su Pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador 8 , la calidez de nuestro tono de voz, la mansedumbre del estilo de nuestras frases, la alegría de nuestros gestos... Hasta lo aburrido que en ocasiones podemos resultar para algunos, si está presente este espíritu materno-eclesial, resulta fecundo a la larga, así como los "aburridos consejos de madre" dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.

Cuando uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para transmitir la revelación íntegra a todos, para cautivar con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia a gente común, creo que el secreto se esconde en este apelar Jesús al ámbito eclesial que establece el Espíritu entre los que adoran al Padre. La convicción de Jesús se expresa en ese: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le ha parecido bien darles el Reino" ( Lc 12, 32). En este Espíritu Jesús predica. Por eso bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños:

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 21-22).

Más allá de los recursos, que en el Evangelio son infinitos en cantidad y calidad, el predicador tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman –los del Señor y los de su pueblo-, corazones que por el tiempo que dura la homilía hacen silencio y lo dejan hablar a él. Tanto el Señor como su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien haga de mediador y exprese los sentimientos de ambos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La Palabra es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un mediador que la represente como tal... Un mediador que, como Pablo, esté convencido de que "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús" (2 Cor 4, 5).

Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. El diálogo se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Un bien que no consiste en cosas sino en las personas mismas que se dan mutuamente en el diálogo. Por eso la predica puramente moralística o exegética reduce esta comunicación entre corazones que ha de darse en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental, porque "la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo" (Rom 10, 17).

"Las maravillas de la salvación y las exigencias de la alianza" en la homilía

"Diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza…"(Dies Domini 41).

El diálogo es proclamación de las maravillas de la salvación, en las que resplandece la gloria del Señor y del hombre vivo. El diálogo entre Dios y su pueblo ajusta más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Por eso es central que en la homilía, la verdad vaya de la mano de la belleza y del bien. No se trata para nada de verdades abstractas y frías y mucho menos si van de a puñados y en silogismos. La homilía requiere que, al proclamar cada verdad del Evangelio, sepamos descubrir y comunicar también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para atraer la atención (las parábolas son un hermosísimo ejemplo) y, diría yo, la oportunidad –el kairós- que su amor descubría o creaba para estimular a la práctica del bien.

La memoria del pueblo fiel, como la de María,9  debe quedar rebosante de las maravillas de Dios y su corazón esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó. Y esto es así porque toda Palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.

 

El depósito de la fe del pueblo fiel en la homilía

Esta síntesis de verdad, belleza y bien no es algo que haya que inventar: es propio de la Palabra encarnada, y allí donde esta Palabra ha sido acogida por un pueblo, incorporada en su cultura, esa síntesis es lo que llamamos "religiosidad popular".

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responden con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia (Puebla 449).

En esta frase de Puebla encontramos la belleza como "admiración ante los grandes interrogantes de la existencia", admiración digo porque la respuesta suele estar encarnada en los ritos, el arte y las fiestas populares; la verdad la encontramos como "sabiduría cristiana" y el bien como "acervo de valores". El amor de Dios crea pueblo, siempre crea cultura porque es vinculante de manera estable y fiel y eso engendra modos de ver, de sentir y de crear comunes entre los hombres.

La prédica cristiana, por tanto, encuentra en este corazón cultural de nuestro pueblo una fuente de agua viva para lo que tiene que decir y para el cómo lo tiene que decir. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna –y más si nos vemos obligados a usar otras- así también en la fe nos gusta que se nos hable en claves de "cultura materna". Por supuesto que para desde allí crecer, abrirnos y mejorar. Pero cuando se nos habla en lengua materna el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite "parresía", como el de la madre a sus hijos Macabeos, y también una síntesis ya lograda, una sapiencia en la que uno se siente en casa. Como dice Puebla:

La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como Hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura (Puebla 448).

Las tensiones que menciona Puebla –lo divino y lo humano, espíritu y cuerpo, comunión e institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto- son universales. La síntesis vital, el conllevar estas tensiones creativamente, eso que es indefinible en palabras, porque las requeriría todas, ese núcleo simbólico y viviente –que para nuestro pueblo se traduce en "nombres propios" como Guadalupe y Luján, en fe peregrinante, en gestos de bendición y de solidaridad, en ofrenda y en canto y en danza… - ese corazón en el cual y gracias al cual nuestro pueblo ama y cree, es el lugar teológico donde tiene que situarse vitalmente el predicador. Es decir, el desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, podríamos parafrasear, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón.

No es fácil hablar de corazón al pueblo de Dios. No basta con ser bien intencionado. La gente aprecia y valora cuando un predicador se esfuerza por ser sincero, cuando baja la palabra a imágenes reales… Pero hablar de corazón implica tenerlo no solo ardiente, sino iluminado por la integridad de la revelación, por la Palabra y por el camino que esa palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia (la Tradición).

Al revalorizar los elementos positivos de la piedad popular, Puebla, en un texto riquísimo e inspirado (454) nos brinda un esbozo de síntesis en algo que es más que una mera enumeración. En cada "elemento" recogido del corazón de muchos pastores se nota ya una síntesis. Son "elementos" universales concretos, en los que la totalidad de la fe brilla encarnada en una figura propia de la religiosidad de nuestro pueblo latinoamericano. Al irlas leyendo acentuaré en algunas una breve sugerencia que podría inspirar nuestras homilías para que se alimenten de esta síntesis y la alimenten en el corazón de los que escuchan.

Dice Puebla:

Como elementos positivos de la piedad popular se pueden señalar:

la presencia trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías,

Al Dios trino y uno nuestro pueblo lo vive como un Dios bautismal y bautizador. Un Dios en el que uno fue sumergido de niño y en el cual vivimos, nos movemos y existimos. El misterio de la Trinidad es más ambiente vital que circunda la fe de nuestro pueblo que blanco específico de discursos racionales. Más que nuestras palabras, lo que deben ser trinitarios en nuestras homilías son nuestros gestos, nuestras imágenes, el espacio de tiempo que le dedicamos a cada persona divina.

el sentido de la providencia de Dios Padre;

Aquí diríamos que iluminar y alimentar esta imagen del Padre como Providente implica predicar en esperanza. Nuestro Pueblo descansa y goza cuando le hablamos del Dios siempre más grande, del Dios que cuidó a nuestros padres, a nuestras abuelas y abuelos, del Dios que pastorea el porvenir de nuestros hijitos…

Nuestras homilías, si quieren ser fieles y fecundas, deberán sembrar y cosechar siempre esperanza.

Cristo, celebrado en su misterio de Encarnación (Navidad: el Niño), en su Crucifixión, en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado Corazón;

Jesús está en el corazón de nuestro pueblo como el Niño del pesebre, como el muerto en una Cruz, como el pancito de la primera comunión de los chicos y como el Dios que tiene un buen Corazón. A veces, notando (con mentalidad cuantitativa) que "falta" una imagen del resucitado, se piensa que una segunda evangelización tiene que venir a "agregar" otra imagen, en el mejor de los casos, cuando no a reemplazar todas las anteriores por una más pura y completa. Más allá de toda pretensión apologética, vale más partir de la convicción de que la fe, si dio fruto, es porque se sembró íntegra, e ir a buscar en las imágenes que ya están en el corazón, qué nos dicen ellas mismas acerca de cómo integra todo lo nuevo, de cómo purificar y completar. Las cruces revestidas de gloria siguen hablando al corazón de nuestro pueblo más que los "pare de sufrir" de las sectas.

Amor a María: Ella y "sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y caracterizan su piedad popular" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán, 2. AAS LXXI, p. 228), venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de nuestros distintos países y del continente entero;

En el centro del pasaje Puebla pone el amor a María. María y sus misterios "pertenecen a la identidad propia de estos pueblos", dice el Papa. En ella traslada nuestro pueblo, de manera real, con un realismo latinoamericano que más que mágico es un realismo "lleno de gracia", todo lo que un discurso más racional echa de menos en cuanto a presencia de conceptos de resurrección y de Espíritu Santo. Todo lo "positivo, lo festivo, lo que es vida, belleza, alegría, fiesta… nuestro pueblo lo encarna en María.10   En las homilías para nuestro pueblo, María no debe ser sólo conclusión, sino, más explícitamente, una referencia de centro.

Centro porque es para nuestro pueblo "modelo de cómo hay que creer":

"María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos «inescrutables caminos» y de los «insondables designios» de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino" (Redemptoris Mater 14).

Centro porque es para nuestro Pueblo "señal de esperanza segura":

"María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella «enemistad», de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. En este lugar, ella, que pertenece a los «humildes y pobres del Señor», lleva en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella «gloria de la gracia» que el Padre «nos agració en el Amado», y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina: «Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo..., eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef 1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella «enemistad» con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia, María sigue siendo una señal de esperanza segura" (Redemptoris Mater 11).

Centro porque es para nuestro pueblo lugar de misericordia:

"María es la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a través de ella, de esta nueva «autodonación» de Dios. Por esto proclama: «Ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo». En su arrebatamiento, María confiesa que se ha encontrado en el centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en ella se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo, «en favor de Abraham y su descendencia por siempre»; que en ella, como madre de Cristo, converge toda la economía salvífica, en la que, «de generación en generación», se manifiesta aquel que, como Dios de la Alianza, se acuerda «de la misericordia»." (Redemptoris Mater 36).

De todos los demás elementos,11  que podemos meditar como valiosas síntesis –cada uno de ellos- a tener en cuenta a la hora de predicar, destacamos finalmente sólo uno más:

La capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); esa Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos).

Esta fe que nuestro pueblo fiel expresa de manera situada e íntegra –íntegra no sólo en sus contenidos sino existencialmente- debe hallar eco en la homilía dominical. El desafío consiste en reinterpretar la misma fe que vive nuestro pueblo en su mismo lenguaje y modo de expresarse de manera tal que crezca y se purifique desde adentro.

Como dice más adelante Puebla, proféticamente: "Si la Iglesia no reinterpreta la religión del pueblo latinoamericano, se producirá un vacío que lo ocuparán las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío y la indiferencia o el pansexualismo pagano. Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el problema: lo que no asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja" (Puebla 468).

El desafío, pues, que se nos sigue planteando es el de una nueva evangelización, la cual, como dice Puebla, "ha de apelar a la memoria cristiana de nuestros pueblos". El depósito de la fe inculcado por las madres en el corazón de sus hijos a lo largo de los siglos es fuente viva de nuestra identidad. Identidad que no cambia sino para mejorar hasta que se forme Cristo en nosotros. Esta identidad que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María- el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.

Roma, 19 de enero de 2005

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

(*) Intervención del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Comisión para América Latina

[1] En la Const. Sacrosanctum Concilium, 24, se habla de «suavis et vivus Sacrae Scripturae affectus».

[2] …Por la absoluta necesidad de que la nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores» (Pastores dabo vobis 2).

[3] “En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: 'Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí' (Ga 2, 20)» (Pastores dabo vobis 25).

[4] “Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Co 2, 16), de modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn 8, 31-32) (Pastores dabo vobis 26).

[5] “Respetando lo específico y el ritmo propio de este cuadro, la homilía vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural” (Catechesi Tradendae 48).

[6] El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un medio y, sobre todo, un modo de desarrollar su acción en el mundo contemporáneo. En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber proclamado que "la Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres (...), se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero", añade que la misma Iglesia debe ser capaz de "abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único pueblo de Dios", así como también de "mantener un diálogo con la sociedad humana" (Reconciliatio et Paenitentia 25).

[7] Diálogo que es de misericordia, como decía Juan Pablo II en su primera encíclica: “la misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con El (DM 4).

[8] “El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión que lo vincula al pueblo de Dios; él no está sólo «al frente de» la Iglesia, sino ante todo «en» la Iglesia. Es hermano entre hermanos. La conciencia de esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con todos, como escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio» (Pastores dabo vobis 74).

[9] Precisamente en este camino, peregrinación eclesial a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente como la que es «feliz porque ha creído», como la que avanzaba «en la peregrinación de la fe», participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade el Concilio que «María... habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe»). Entre todos los creyentes es como un «espejo», donde se reflejan del modo más profundo y claro «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11) (Redemptoris Mater 25).

[10] El Papa tiene un hermoso pasaje hablando de los íconos marianos de los pueblos de la antigua Rusia: “En estos iconos la Virgen resplandece como la imagen de la divina belleza, morada de la Sabiduría eterna, figura de la orante, prototipo de la contemplación, icono de la gloria: aquella que, desde su vida terrena, poseyendo la ciencia espiritual inaccesible a los razonamientos humanos, con la fe ha alcanzado el conocimiento más sublime. Recuerdo también el icono de la Virgen del Cenáculo, en oración con los apóstoles a la espera del Espíritu. ¿No podría ser ésta como un signo de esperanza para todos aquellos que, en el diálogo fraterno, quieren profundizar su obediencia de la fe?” (Redemptoris Mater 33).

[11] los santos, como protectores; los difuntos; la conciencia de dignidad personal y de fraternidad solidaria; la conciencia de pecado y de necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana; el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y de los sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración; la aceptación de los demás (Puebla 454).

 
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Homilía del Sr. Arzobispo pronunciada en la Catedral Metropolitana por los difuntos de la Discoteca al cumplirse el primer mes de los acontecimientos.

"Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde que se refugiará en el nombre del Señor" (Sof. 3:12) Así suena la promesa de Dios a su pueblo en momentos de mucha dificultad y prueba. Lo acabamos de escuchar. No le promete ni riqueza, ni poder; pero sí el cuidado y la seguridad más grande que se puedan encontrar: "se refugiará en el nombre del Señor". Le promete su intimidad, su calidez de Padre, su acogida llena de ternura y comprensión.

Y hoy nosotros venimos a pedir esto. Nuestro dolor, desde hace un mes, es muy grande; un dolor que no se puede expresar con palabras; un dolor que abofeteó a nuestra ciudad, que golpeo a hogares enteros. Venimos a encontrar refugio en el nombre del Señor. Pedimos su caricia amorosa de Padre.

No somos importantes "ni poderosos ni nobles" como escuchamos decir recién a San Pablo, pero queremos ser el pueblo del Señor; queremos que nuestra fuerza sea su mirada bondadosa y, en nuestro dolor, venimos a buscar al Señor, según nos lo pide el profeta en la primera lectura: "Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra" (Sof. 2:3). Le contamos al Señor lo que nos ha sucedido. Le decimos que no somos poderosos ni ricos, ni importantes; pero que sufrimos mucho. Le pedimos que nos consuele y no nos abandone porque queremos ser ese "pueblo pobre y humilde que se refugia en el nombre del Señor" (Sof. 3:12). Le pedimos que nos mire mucho porque queremos seguir caminando y queremos seguir luchando.

Nos apoyamos en su promesa: "Felices los afligidos, porque serán consolados" (Mt. 5:5). Le pedimos su consuelo, que no es una especie de resignación pasiva sino la caricia del Padre que nos levanta y nos vuelve a poner en camino con la mirada en Su Rostro que es misericordioso y que hace justicia. Sí, escuchamos recién su palabra: "Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados" (Mt. 5:6) Por eso también le pedimos justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y con los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable.

Y así, afligidos y unidos, pobres y humildes, hoy oramos juntos. Que nuestra oración atraiga la mirada de nuestro Padre Dios. Que nuestra oración sea escuchada para el descanso eterno de tantas vidas jóvenes arrancadas por la irresponsabilidad. Que nuestra oración traiga consuelo a las familias que sufren. Que nuestra oración siga fortaleciendo a tantos hombres y mujeres que se desvivieron en esta calamidad: enfermeras, enfermeros, médicos, voluntarios, bomberos.... Que nuestra oración sacuda y despierte a ésta nuestra ciudad dolida para que no ponga su esperanza en los poderosos sino en el Señor y entienda que con los niños y los jóvenes no se experimenta. Que el Señor nos lleve de su mano y la Virgen Santa nos cuide.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Buenos Aires, 30 de enero de 2005.

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Palabras del Sr. Arzobispo al comienzo del Encuentro Arquidiocesano de Catequesis (EAC)

 

                                                     “ Después subió a la montaña y llamo a su lado

                                                        a los que quiso. Ellos fueron hacia él. 

                                                       Y Jesús instituyó los doce para  que estuvieran

                                                       con él,y para enviarlos a predicar...”

                                                                                                          (Mc 3, 13-14)                    

 

 

1.      El texto de Marcos nos permite situarnos en la perspectiva del llamado.

Detrás de cada catequista, de cada uno de ustedes, hay un llamado, una elección, una vocación. Esta es una verdad fundante de nuestra identidad: hemos sido llamados por Dios, elegidos por Él. Creemos y confesamos la iniciativa de amor que  hay en el origen de lo que somos. Nos reconocemos como don, como gracia...

 Y hemos sido llamados para estar con El. Por eso nos decimos cristianos, nos reconocemos en estrecha relación con Cristo... Con el apóstol Pablo podemos decir: “... y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí...” (Ga 2, 20). Ese vivir con Cristo es realmente una vida nueva: la vida del cristiano, y determina todo lo que se es y se hace. De ahí que todo catequista debe procurar permanecer en el Señor (Jn 15, 4)  y cuidar, con la oración, su corazón transformado con la gracia, porque es lo que tiene para ofrecer y en donde está su verdadero “tesoro” (Cf. Lc 12,34 ).

 2.     Alguno quizás está pensando en su interior: “pero esto que nos está diciendo podría ser aplicado a todo cristiano”.  Sí,  es así. Y es lo que justamente quisiera compartir con ustedes esta mañana. Todo catequista es ante todo un cristiano..

Puede resultar casi obvio... Si embargo, uno de los problemas más serios que tiene la Iglesia  y que hipoteca muchas veces su tarea evangelizadora radica en que los agentes pastorales, los que solemos estar más con las “cosas de Dios”, los que estamos más insertos en el mundo eclesiástico, frecuentemente nos olvidamos de ser buenos cristianos. Comienza entonces la tentación de  absolutizar las  espiritualidades en genitivo: la espiritualidad del laico, del catequista, del sacerdote..., con el grave peligro de perder su originalidad  y simpleza evangélica. Y una vez perdido el horizonte  común cristiano, corremos la tentación de lo snob, de lo afectado, de aquello que entretiene y engorda pero no alimenta ni  ayuda a crecer. Las partes se convierten en particularidades y, al privilegiar las particularidades fácilmente nos olvidamos del todo, de que formamos un mismo pueblo. Entonces comienzan los movimientos centrífugos que nada tienen de misionero sino todo lo contrario: nos dispersan, nos distraen y paradójicamente nos enredan en nuestras internas y “quintismos” pastorales. No olvidemos: el todo es superior a la parte.

Me parece importante insistir en esto porque  una tentación sutil del Maligno es hacernos olvidar nuestra pertenencia común que tiene como fuente el Bautismo. Y cuando perdemos la identidad de hijos, hermanos y miembros del Pueblo de Dios, nos entretenemos en cultivar una “pseudo-espiritualidad” artificial, elitista... Dejamos de transitar por los frescos pastos verdes para quedar acorralados en los sofismas paralizantes de un “cristianismo de probeta”. Ya no somos cristianos sino “élites ilustradas” con ideas cristianas.

 Teniendo ya bien presente esto, podemos señalar rasgos específicos.

3.   El catequista es el hombre de la Palabra. De la Palabra con mayúscula. “Fue precisamente con la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (Mc 1, 45). se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (Mc 6, 2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (Mc 1, 27). Fue con la Palabra que los apóstoles, a los que "Instituyó para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (Cfr. Mc 16, 15-20)”[1]

Esta relación de la catequesis con la Palabra no se mueve tanto en el orden del “hacer”, sino más bien del “ser”. No puede haber realmente una verdadera catequesis sin una centralidad y referencia real a la Palabra de Dios que anime , sostenga y fecunde todo su hacer. El catequista se compromete delante de la comunidad a meditar y rumiar la Palabra de Dios para que sus palabras sean eco de ella. Por ello,  la acoge con la alegría que da el Espíritu (1 Tes 1,6), la interioriza y la hace carne y gesto como María (Lc 2,19). Encuentra en la Palabra la sabiduría de lo alto que le permitirá hacer el necesario y agudo discernimiento, tanto personal como comunitario.

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón...” (Heb. 4,12)

El catequista es un servidor de la Palabra, se deja educar por ella, y en ella tiene la serena confianza de una fecundidad que excede sus fuerzas: “... Ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé” (Is 55, 10-11). El catequista puede hacer propio lo que Juan Pablo II escribe sobre el sacerdote: “... debe ser el primer <creyente> de la Palabra con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son <suyas>, sino de aquél que lo ha enviado. El no es el dueño de esta palabra; es su servidor...” (Pastores dabo vobis 26)

 Para que sea posible esa escucha de la Palabra, el catequista debe ser hombre y mujer que guste del silencio. ¡Sí!, el catequista, porque es el hombre de la Palabra, deberá ser también el hombre del silencio... Silencio contemplativo, que le permitirá  liberarse de la inflación de palabras que reducen y empobrecen su ministerio a un palabrerío hueco, como tantos que nos ofrece la sociedad actual. Silencio dialogal, que hará posible la escucha respetuosa del otro y así embellecer a la Iglesia con la diaconía de la palabra que se ofrece como respuesta. Silencio rebosante de projimidad, que complementará la palabra con gestos decidores que facilitan el encuentro y hacen posible la “teofanía del nosotros”. Por eso, me animo a invitarlos, a ustedes, hombres y mujeres de la Palabra: ¡amen al silencio, busquen el silencio, hagan fecundo en su ministerio el silencio!

 4.     Pero si algo peculiar debe caracterizar al catequista es su mirada.  El catequista, nos dice el Directorio Catequístico General, es un hombre experto en el arte de comunicar. “La cima y el centro de la formación de catequistas es la aptitud y habilidad de comunicar el mensaje evangélico.” (235). El catequista está llamado a ser un pedagogo de la comunicación. Quiere y busca que el mensaje se haga vida. Y esto también sin despreciar todos los aportes de las ciencias actuales sobre la comunicación. En Jesús  tenemos siempre el modelo, el camino, la vida. Como el Maestro Bueno, cada catequista deberá hacer presente la “mirada amorosa” que es inicio y condición de todo encuentro verdaderamente humano. Los evangelios no han escatimado versículos para  documentar la profunda huella que dejó, en los primeros discípulos, la mirada de Jesús. ¡No se cansen de mirar con los ojos de Dios!

En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez, impudorosamente enferma de curiosidad malsana por el otro, la Iglesia necesita de la mirada cercana del catequista para contemplar, conmoverse y detenerse cuantas veces sea necesario para darle a nuestro caminar el ritmo sanante de projimidad [2]. En este mundo precisamente el catequista deberá hacer presente la fragancia de la mirada del corazón de Jesús. Y tendrá que iniciar a sus hermanos en este “arte del acompañamiento”, para que chicos y grandes aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3, 5). Mirada respetuosa, mirada sanadora, mirada llena de compasión también ante el espectáculo sombrío de la omnipotencia manipuladora de los medios, del paso prepotente e irrespetuoso de quienes como gurúes del pensamiento único, aun desde los despachos oficiales, nos quieren  hacer claudicar en la defensa de la dignidad de la persona, contagiándonos una incapacidad de amar.

Por eso, les pido a ustedes catequistas: ¡cuiden su mirada!. No claudiquen en esa mirada dignificadora. No cierren nunca los ojos ante el rostro de un niño que no conoce a Jesús. No desvíen su mirada, no se hagan los distraídos. Dios los pone, los envía para que amen, miren, acaricien, enseñen... Y los rostros que Dios les confía no se encuentran solamente en los salones de la parroquia, en el templo... Vayan más allá: estén abiertos a los nuevos cruces de caminos en los que la fidelidad adquiere el nombre de creatividad. Ustedes seguramente recordarán que el Directorio Catequístico General en la Introducción nos propone la parábola el sembrador [3]. Teniendo presente este horizonte bíblico no pierdan la identidad de su mirada de catequistas. Porque hay modos y modos de mirar... Están quienes miran  con ojos de estadísticas... y muchas veces solo ven números, sólo saben contar... Están quienes miran con ojos de resultados... y muchas veces sólo ven fracasos... Están quienes miran con ojos de impaciencia... y sólo ven esperas inútiles...

Pidámosle a quien nos ha metido en esta siembra, que nos haga partícipe de su mirada, la del sembrador bueno y “derrochón” de ternura. Para que sea,

q       una mirada confiada y de largo aliento, que no ceda a la tentación estéril de querer curiosear cada día el sembrado porque sabe bien que, sea que duerma o vele,   la semilla crece por sí misma.

q       una mirada esperanzadora y amorosa que, cuando ve despuntar la cizaña en medio de trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas, porque sabe y tiene memoria de la fecundidad gratuita de la caridad[4].

5.     Pero si algo es propio del catequista es  reconocerse como el hombre y la mujer que   “anuncia”. Si bien es cierto que todo cristiano debe participar de la misión profética de la Iglesia, el catequista lo hace de una manera especial.

¿Qué significa anunciar? Es más que decir algo, que contar algo. Es más que enseñar algo. Anunciar es afirmar, gritar, comunicar, es trasmitir con toda la vida. Es acercarle al otro su propio acto de fe -que por ser totalizador- se hace gesto, palabra, visita, comunión... Y anunciamos no un mensaje frío o un simple cuerpo doctrinal. Anunciamos ante todo una Persona, un acontecimiento: Cristo nos ama y ha dado su vida por nosotros (Cf  Ef 2, 1-9. El catequista como todo cristiano. anuncia y testifica una certeza: que Cristo ha resucitado y está vivo en medio de nosotros (Cf  Hch 10, 34-44).  El catequista ofrece su tiempo, su corazón, sus dones y su creatividad para que esta certeza se haga vida en el otro, para que el proyecto de Dios se haga historia en el otro. Es propio también del catequista que ese anuncio que tiene como centro a una persona, Cristo, se haga también anuncio de su mensaje, de sus enseñanzas, de su doctrina. La catequesis es enseñanza. Hay que decirlo sin complejo. No se  olviden que ustedes como catequistas completan la acción misionera de la Iglesia. Sin una presentación sistemática de la Fe nuestro seguimiento del Señor será incompleto, se nos hará difícil dar razón de lo que creemos, seremos cómplices de que muchos no lleguen a la madurez  de la fe.

Y si bien el algún momento de la historia de la Iglesia se separó demasiado Kerygma y Catequesis, hoy deben estar unidos aunque no identificados. La catequesis deberá en estos tiempos de increencia e indiferencia generalizada tener una fuerte impronta kerygmática. Pero no deberá ser  solamente Kerygma,  si no a la larga dejará  de ser Catequesis. Deberá gritar y anunciar:  ¡Jesús es el Señor!, pero deberá también llevar gradual y pedagógicamente al catecúmeno a  conocer y amar a Dios,  a entrar en su intimidad, a iniciarlo en los sacramentos y la vida del discípulo...

No dejen de anunciar que Jesús es el Señor... ayuden justamente a que sea realmente “Señor” de sus catequizandos... Para eso ayúdenlos a rezar  en profundidad, a adentrarse en sus misterios, a gustar de su presencia... No vacíen de contenido la catequesis, pero tampoco la dejen reducida a simples ideas, las cuales, cuando salen de su engarce  humano, de su enraizamiento en la persona, en el Pueblo de Dios y en la historia de la Iglesia, conllevan enfermedad. Las ideas, así entendidas, terminan siendo  palabras que no dicen nada, y que pueden transformarnos en nominalistas modernos, en “élites ilustradas”.

6.     En este contexto cobra mucha importancia el testimonio. La catequesis, como educación en la fe, como trasmisión de una doctrina, exige siempre un  sustento  testimonial. Esto es común a todo cristiano, sin embargo en el catequista adquiere una dimensión especial. Porque se reconoce llamado y convocado por la Iglesia para dar testimonio. El testigo es aquel que habiendo visto algo, lo quiere contar, narrar, comunicar... En el catequista el encuentro personal con el Señor da no sólo credibilidad a sus palabras, sino que da credibilidad a su ministerio, a lo que es y a lo que hace.

Si el catequista no ha contemplado el Rostro del Verbo hecho carne,  no merece ser llamado catequista. Es más,  puede llegar a recibir el nombre de impostor, porque está engañando a sus catequizandos.

7.     Algo más: ustedes son catequistas de este tiempo, de esta ciudad imponente que es Buenos Aires, en esta Iglesia diocesana que está caminando en asamblea... Y por ser catequistas de este tiempo signado por las crisis y los cambios no se avergüencen de proponer certezas... No todo está en cambio, no todo es inestable, no todo es fruto de la cultura o del consenso. Hay algo que se nos ha dado como don, que supera nuestras capacidades, que supera todo lo que podamos imaginar o pensar. El catequista debe vivir como ministerio propio aquello que dice el evangelista San Juan:: “...Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él...” (I Jn 4, 16). Estamos ciertamente ante un tiempo difícil, de muchos cambios, que incluso nos llevan a hablar de cambio de época[5]. El catequista, ante este nuevo y desafiante horizonte cultural, se sentirá en más de una ocasión cuestionado, perplejo, pero nunca abatido. Desde la memoria del actuar de Dios en nuestras vidas, podemos decir con el apóstol:  “.Yo sé  en quién he puesto mi confianza”(2 Tim. 1,12). En estos momentos de encrucijada histórica y de gran crisis, la Iglesia necesita de la fortaleza y perseverancia del catequista que, con su fe humilde pero segura , ayude a las nuevas generaciones a decir con el salmista: “... Con mi Dios, puedo escalar cualquier muralla...” (Sal 17, 31) “...Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tu estás conmigo...” (Sal 22, 4)

Quehacer de catequistas, que en el caso de Ustedes,  se realiza aquí, en Buenos Aires, en esta gran ciudad que con su complejidad la hace de alguna manera sumamente singular.  ¡Son catequistas porteños! y, en este sentido, por lo que conlleva una gran ciudad, los deberá diferenciar del catequista de cualquier otro sitio.

8.     Toda gran ciudad tiene muchas riquezas, muchas posibilidades, pero también son muchos los peligros. Uno de ellos es el de la exclusión. A veces me pregunto si como Iglesia diocesana no somos cómplices de una cultura de la exclusión en la que ya no hay lugar para el anciano, el niño molesta, no hay tiempo para detenerse al borde del camino. La tentación es grande, sobre todo porque se apoya en los nuevos dogmas modernos como la eficiencia y el pragmatismo. Por ello, hace falta mucha audacia para ir contra la corriente, para no renunciar a la utopía posible de que sea precisamente la inclusión, la que marque el estilo  y ritmo de nuestro paso[6].

Anímense a pensar la pastoral y la catequesis desde la periferia, desde aquellos que están más alejados, de los que habitualmente no concurren a la Parroquia. Ellos también están invitados a la Boda del Cordero. Hace unos años les decía en un EAC: ¡salgan de las cuevas!. Hoy se los repito: ¡salgan de la sacristía, de la secretaría parroquial, del los salones vip!, ¡salgan!. Hagan presente la pastoral del atrio, de  las puertas, de las casas, de la calle. No esperen, ¡salgan!. Y sobre todo hagan presente una catequesis que no excluya, que sepa de ritmos distintos, abierta a los nuevos desafíos de este mundo complejo. No se transformen en funcionarios rígidos, fundamentalistas de la planificación que excluye .

Dios los ha llamado a ser sus catequistas. En esta Iglesia de Buenos Aires   que está transitando tiempos del Espíritu, sean parte y protagonistas de la asamblea diocesana, no para manijear, ni imponer, sino para hacer juntos la apasionante experiencia del discernir con otros, de dejar que sea Dios quien escriba la historia. 

9.    Cada año ustedes como catequistas se reúnen en el EAC. Y el EAC es sinónimo de comunión. Dejan por un día el trabajo de la parroquia para experimentar la riqueza de la comunión, sinfonía hermosa de lo distinto y común. Es un día de compartir, de  enriquecerse con el otro,  de hacer la experiencia de vivir en el patio del La Salle “la carpa de encuentro” de quienes semana a semana, a grandes y a chicos, anuncian a Jesús. Vivan esa comunión también con los otros agentes pastorales, con los demás miembros del pueblo fiel. Aporte y compromiso ante este tiempo de gracia que será para todos la Asamblea Diocesana. Sean diáconos, es decir, servidores casi obsesivos de la comunión. Súmense a este soplo del Espíritu que nos invita a superar nuestro individualismo porteño que canoniza el “no te metás”. Desterremos por un rato la mentalidad nostálgica y tanguera del “no va a andar”, para vencer a los profetas de desgracia que ya el camino los encuentra viejos y cansados...

En el mundo actual, ya hay demasiado dolor y rostros entristecidos como para que quienes creemos en la Buena Noticia del Evangelio escondamos el gozo pascual. Por eso, anuncien con alegría que Jesús es el Señor... Esa alegría profunda, que tiene su causa justamente en el Señor.

Con los catequistas de todo el país pidan a Dios esta gracia para este año del ENAC. Por eso marcharán juntos con los catequistas del Gran Buenos Aires el  24 de abril, para cuidar y preservar la capacidad de fiesta, la alegría del peregrinar con otro, el gozo de saberse hermanados en esta hermosa vocación de catequistas. Lo harán ligeros de equipajes, con un corazón lleno de fervor... Y lo harán en Luján, junto a la Madre Fiel, para que ella les ayude a encontrarse con su Hijo, y en Él, con todo el pueblo de Dios que peregrina en esta tierra Argentina...

Renovarán su vocación, confirmarán su misión. Pedirán la gracia de ser instrumentos de comunión, para que haciendo de la Iglesia una Casa de todos, puedan hacer presente la ternura de Dios en las penosas situaciones de la vida, aun en los tiempos de conflictos que se que se vislumbran en un futuro no muy lejano.

Que María de Luján les concedan lo que piden con los catequistas de todo el país: “Hacer de  su ministerio un lugar de escucha, anuncio y alegría”.[7]

Buenos Aires, 12 de marzo de 2005.

                                                             

                                                                    Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


[1] Reunión Plenaria de la Comisión para America Latina, Roma, 19 de enero de 2005.

[2] Carta a los catequistas, Agosto 2004.

[3] Cf. DCG 14-33

[4] Reunión Plenaria de la Comisión para America Latina, Roma, 19 de enero de 2005

[5] Cf. Conferencia Episcopal Argentina, Navega Mar Adentro (NMA) Nº 24

[6] Carta a los Ctequistas, agosto 2005.

[7] Oración oficial del ENAC

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

Queridos hermanos:

«Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Me impresiona el “hoy” de Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia.

Le venimos pidiendo al Señor la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia, fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con historia, con cultura, con tiempo.

La Iglesia vive en el Hoy de Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua, que nos reúne como un solo cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral, es de las expresiones más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última cena, fuente de perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos su Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones heridos… Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro pueblo fiel. Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto.

Fuera de ese hoy –fuera del tiempo del Reino, tiempo de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de misericordia- los otros tiempos, el tiempo de la política, el tiempo de la economía, el tiempo de la tecnología, tienden a convertirse en tiempos que  nos devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos, paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos plazos no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o la falta de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el tiempo de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja madurar el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a veces ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan siempre los mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer aburrido y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los tesoros de la sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe, riquísimo en esperanza.

El hoy de Jesús es un tiempo con memoria, memoria de familia,  memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la que está vivo el recuerdo de todos los santos.

La liturgia es la expresión de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza, de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo, cotidianamente.

En el hoy de Jesús no queda lugar para el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la angustia. No hay lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor “el amor vence al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor está con nosotros ‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha prometido y nosotros sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la angustia porque el hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que necesitamos” y en sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay lugar para la inquietud porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace falta en el momento oportuno.

La audacia del Señor no se limita a gestos puntuales o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se deja moldear, diríamos, por cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y la pastorea hasta hacerla entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el espacio del encuentro y le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la fragilidad de nuestro pueblo, debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de gracia del Señor. En nuestra oración, en primer lugar, tiene que fortalecerse el corazón al sentir que está viviendo el cumplimiento de las promesas. Entonces sí, podemos salir con audacia, confiados en la providencia, abiertos realmente a los otros, sin las anteojeras de nuestros propios intereses sino deseosos de los intereses del Señor.

Pero también una forma de entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros mismos y entrar en el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive este hoy de Jesús mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al fervor espiritual y a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos moldear el corazón en medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo de cargar con ellas. Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en los reclamos sencillos e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe capaz de concentrar toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto sencillo de recibir una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición nuestro pueblo fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos largos que tiene nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo de vida peregrinante, de aliento largo,  marcado por las grandes fiestas…,  saber leer, digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor del amor de Dios a lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes de la vida. Es que en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio del Angel “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo:  les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10). Ese hoy de Jesús que nace en medio de su pueblo es el hoy del Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Cfr. Hb 5, 1-6).

Entremos, pues, en el hoy salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel. Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del evangelio de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y oprimidos. A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos.

Le pedimos a San José, ya que este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa, que nos haga entrar activa y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo que ayudó a criar. San José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de Jesús que ya había entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de María, la del Niño- que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda esta gracia.

Buenos Aires, 24 de marzo de 2005.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Vigilia Pascual

“Inmediatamente el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron... El Centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios”. (Mt. 27: 51-54). Así, con un terremoto y una espectacular conmoción de tierra y cielo se termina la vida de Jesús. Él, “clamando una y otra vez con voz potente, entregó su espíritu” (Mt. 27:50). Luego el entierro provisorio porque apremiaba el tiempo, después el silencio del sábado... ese silencio que penetra cuerpo y alma, que se mete por las hendiduras dolorosas del corazón.

Ahora “pasado el sábado” otro terremoto encuentra a María Magdalena y a la otra María camino del Sepulcro; “de pronto se produjo un gran temblor de tierra: El Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos” (Mt. 28: 1-4).

Dos terremotos, dos conmociones de la tierra, del cielo y del corazón. Mucho miedo e incertidumbre. El primer terremoto tenía algo de grito de muerte, el alarido del infierno triunfante en un espasmo victorioso de utilería. Quedaba la tímida confesión de fe de los soldados, el dolor de quienes amaban a Jesús y una tibia esperanza... una suerte de rescoldo escondido allá en el fondo del alma. Rescoldo que alimenta la paciencia y el gesto amoroso de volver al sepulcro “pasado el sábado” para ungir el cuerpo del Señor. Y aquí, el segundo terremoto. Movimiento aterrador pero gesto de triunfo. Las mujeres se asustan y el Ángel dice una palabra clave del Evangelio: No teman, no tengan miedo.

“No temas” le había dicho el Ángel a María en la Anuncio de la Encarnación del Verbo. “No teman”, no tengan miedo les repitió tantas veces Jesús a los discípulos. Es palabra que abre espacio en el alma. Es palabra que da seguridad y engendra esperanza. Y enseguida la repite Jesús al encontrarse con ellas cerca del Sepulcro: “No teman” soy yo.

Con un “no tengan miedo” Jesús destruye la tramoya del primer terremoto. Aquél era un grito nacido del triunfalismo de la soberbia. El “no teman” de Jesús, en cambio, es el anuncio manso del verdadero triunfo, ése que se transmitirá de voz en voz, de fe en fe, a través de los siglos. Y, durante ese día, el “no tengan miedo” será el saludo del Señor Resucitado cada vez que se encontraba con sus discípulos. Así, con ese suave y enérgico saludo, les va devolviendo la fe en la promesa hecha, los va consolando. En el “no teman” de Jesús se cumple lo profetizado por Isaías: “Sí, el Señor consuela a Sion, consuela todas sus ruinas: Hace su desierto semejante a un Edén, y su estepa, a un jardín del Señor. Allí habrá gozo y alegría, acción de gracias y resonar de canciones”  (51:3). El Señor Resucitado consuela y fortalece.

Hoy, en esta noche de triunfo verdadero manso y sereno, el Señor nos vuelve a decir a nosotros, a todo el pueblo fiel: “No tengan miedo”, yo estoy aquí. Estuve muerto y ahora vivo. Lo viene repitiendo desde hace veinte siglos en cada momento de terremoto triunfalista cuando, en su Iglesia, se repite su Pasión, se “completa” lo que falta a la Pasión. Lo dice en el silencio de cada corazón dolorido, angustiado, desorientado; lo dice en las coyunturas históricas de confusión cuando el poder del mal se adueña de los pueblos y construye estructuras de pecado. Lo dice en las arenas de todos los Coliseos de la Historia. Lo dice en cada llaga humana... Lo dice en cada muerte personal e histórica. No tengas miedo, soy Yo. Estoy aquí. Nos acerca su triunfo definitivo cada vez que la muerte pretende cantar victoria.

En esta noche Santa quisiera que todos hiciéramos silencio en nuestro corazón y, en medio de los terremotos personales, culturales, sociales; en medio de esos terremotos fabricados por la tramoya de la autosuficiencia y la petulancia, del orgullo y la soberbia; en medio de los terremotos del pecado de cada uno de nosotros; en medio de todo eso nos animemos a escuchar la voz del Señor Jesús, el que estaba muerto y ahora está vivo, que nos dice: “No tengas miedo. Soy yo”. Y, acompañados por  nuestra Madre, la de la ternura y la fortaleza, nos dejemos consolar, fortalecer y acariciar el alma por esa voz de Triunfador que, sonriendo y con mansedumbre, nos repite incansablemente: No tengas miedo, soy Yo.

Buenos Aires, 26 de mayo de 2005.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo en la

Misa en memoria de S.S. Juan Pablo II

4 de abril de 2005

 

La Virgen María se entronca en esa larga fila de la historia, de hombres y mujeres que le dijeron a Dios que sí y que en su vida llevaron adelante esa actitud obediencial. Una fila de hombres y mujeres que comenzó el día que nuestro padre Abrám salió de su casa sin saber a donde iba. Obedeció y creyó. Y hoy, solemnidad de la Encarnación del Verbo, el Hijo de Dios también comienza este camino histórico. Sale, cabe el Padre, para hacer su voluntad.

 “Tú no has querido sacrificios ni oblación en cambio me has dado un cuerpo. Entonces dije aquí estoy. Yo vengo para hacer, Dios, tu voluntad". Y María, a su vez dice: que se haga en mi según tu voluntad. Actitud obediencial de un caminante, de una caminante, de quien empieza a andar el camino; y en el caso del Señor, actitud obediencial profetizada en Isaías: "mirad, la Virgen está embarazada y dará a luz un hijo y lo llamará con el nombre de Emmanuel que quiere decir, Dios con nosotros".

 Dios se mete en esta caravana humana, se mete en este camino y sigue avanzado con nosotros y Dios se va metiendo en las hendijas de nuestra existencia, es uno más de los nuestros. El Verbo es ungido, y antes de ser ungido con el aceite de la elección es ungido con nuestra carne “para hacer tu voluntad” y así comienza el camino de Cristo. “Para hacer tu voluntad” y al final en las horas más críticas de su vida a punto de ser tomado preso siente esa profunda agonía en la soledad del monte y en la soledad de su corazón: " Padre que no se haga lo que yo quiero sino tu voluntad". Coherencia obediencial de una vocación. Coherencia de aquel que se siente llamado y obedece ese llamado y camina según ese llamado, y es uno que camina con nosotros. La cercanía, la projimidad de Dios caminando con nosotros.

 Yo he sido enviado, he sido ungido con el óleo de la alegría, dice el Señor. Para liberar cautivos, para dar vista a los ciegos, para curar leprosos, para hacer andar a los débiles de rodillas. Ungido para caminar junto a toda limitación humana, a todo gozo humano, a toda miseria humana; ungido con la autoridad de servicio de aquel que vino a caminar, a ser Emmanuel, Dios con nosotros para servir. La actitud obediencial de Cristo: "Me diste un cuerpo y yo dije aquí estoy para hacer tu voluntad" es el meollo de la coherencia, y no digo solo de coherencia cristiana sino de coherencia humana. Y hoy en esta solemnidad de la Anunciación del Señor celebramos esta coherencia.

 Dios quiso ser coherente y nos marca el camino de la coherencia. María es coherente y nos marca el camino de la coherencia, hace lo que cree, proclama lo que cree, realiza lo que cree. Y no sólo coherencia trascendental sino dentro de sí misma. Cristo piensa coherentemente porque piensa lo que siente y lo que hace. Siente coherentemente porque siente lo que piensa y lo que hace. Obra coherentemente porque hace lo que siente y lo que piensa. Coherencia obediencial, coherencia transparente, coherencia que no tiene nada que ocultar, coherencia que es pura bondad y que vence al mal con ese bien coherente de haberse ofrecido “para hacer tu voluntad”, le dice al Padre.

 Y en esta fiesta de la Anunciación del Señor recordamos a otro gran coherente. Decía esta escritora argentina, cuyo texto leímos al comenzar la misa: Con este coherente “termina el siglo XX ". Juan Pablo simplemente fue coherente, nunca engañó, nunca mintió, nunca chicaneó. Juan Pablo se comunicó con su pueblo, con la coherencia de un hombre de Dios, con la coherencia de aquél que todas las mañanas pasaba largas horas en adoración, y porque adoraba se dejaba armonizar por la fuerza de Dios. La coherencia no se compra, la coherencia no se estudia en ninguna carrera. La coherencia se va labrando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta. Sin mentiras, sin engaños, sin doblez. Jesús dijo de Natanael una vez cuando venía caminando: "Aquí tienen a un israelita derecho, sin doblez". Creo que lo podemos decir de Juan Pablo, el coherente. Pero era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios. Dejó que creciera en su alma esa actitud obediencial que tuvo nuestro padre Abraham y desde allí todos los que lo siguieron.

 Recordamos a un hombre coherente que una vez nos dijo que este siglo no necesita de maestros, necesita de testigos, y el coherente es un testigo. Un hombre que pone su carne en el asador y avala con su carne y con su vida entera, con su transparencia, aquello que predica.

 En el día de la proclamación de esta coherencia obediencial en la encarnación del Verbo miramos a este coherente. Este coherente que por pura coherencia se embarró las manos, nos salvó de una masacre fraticida; este coherente que gozaba tomando a los chicos en brazos porque creía en la ternura. Este coherente que más de una vez hizo traer a los hombres de la calle, acá decimos linyeras, de la Plaza Risorgimento para hablarles y darles una nueva condición de vida. Este coherente que cuando se sintió bien de salud pidió permiso para ir a la cárcel a hablar con el hombre que había intentado matarlo.

 Es un testigo. Termino repitiendo sus palabras: "Lo que necesita este siglo no son maestros son testigos". Y en la encarnación del Verbo, Cristo es el testigo fiel. Hoy vemos en Juan Pablo una imitación de este testigo fiel. Y agradecemos que haya terminado su vida así, coherentemente, que haya terminado su vida siendo simplemente eso: UN TESTIGO FIEL.

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Catedral Metropolitana. Misa por la Educación

Queridos Educadores:

Una vez más, la fiesta central de todos los cristianos constituye la ocasión para ponernos a reflexionar acerca de la tarea que nos convoca. Tratamos de tomarle el pulso a los tiempos que vivimos, y de comprender de qué modo podemos recrear nuestra experiencia espiritual de modo que responda certeramente a los interrogantes, angustias y esperanzas de nuestra época.

Este esfuerzo es realmente imprescindible. En primer lugar, para comenzar por lo más evidente, porque estamos inmersos en una situación en la cual vemos cada vez con mayor claridad las consecuencias de los errores cometidos y las exigencias que la realidad de nuestro pueblo nos demanda. Tenemos la sensación de que la Providencia nos ha dado una nueva oportunidad de constituirnos en una comunidad verdaderamente justa y solidaria, donde todas las personas sean respetadas en su dignidad y promovidas en su libertad, en orden a cumplir con su destino como hijas e hijos de Dios.

Esa oportunidad es también un desafío. Tenemos en nuestras manos una inmensa responsabilidad, derivada justamente de la exigencia de no dilapidar la chance que se nos brinda. Es obvio señalar que a ustedes, queridos educadores, les toca una porción muy importante de esa tarea. Una tarea repleta de dificultades, cuyo desarrollo seguramente demandará generar prácticas de diálogo y hasta, por qué no, transitar arduas discusiones que tengan por objeto aportar al bien común desde una perspectiva abierta y verdaderamente democrática, superando la tendencia –tan nuestra– a las mutuas exclusiones y a la desacreditación (o condena) del que piensa o actúa diferente.

Me atrevo todavía a insistir: los argentinos llevamos una larga historia de intolerancias mutuas. Hasta la enseñanza escolar que hemos recibido se articulaba en torno al derramamiento de sangre entre compatriotas, en cualquiera de las versiones –por turno “oficiales”– de la historia del siglo XIX. Con ese trasfondo, en el relato escolar que consideraba a la Organización Nacional como la superación de aquellas antinomias, entramos como pueblo en el siglo XX, pero para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos, bombardeándonos, fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos mutuamente. Los que somos capaces de recordar sabemos que el uso de estos verbos que acabo de escoger no es precisamente metafórico.

¿Estaremos ahora en condiciones de aprender? ¿Podremos madurar como comunidad, para que por fin deje de tener dolorosa actualidad la no deseada profecía del Martín Fierro acerca de los hermanos que son devorados por los de afuera o, peor aún, que se devoran entre ellos mismos?

Otras miradas nos han mostrado, gracias a Dios, que entre nosotros fructifican también todo tipo de voluntades e iniciativas que promueven la vida y la solidaridad, que claman por la justicia, que intentan buscar la verdad. Será en esas energías personales y sociales que tendremos que ahondar para responder al llamado de Dios de construir, de una vez por todas y con su gracia, una Patria de hermanos.

Pero además, el esfuerzo de leer los signos de los tiempos para comprender lo que Dios nos pide en cada situación histórica es requerido también por la misma estructura de la fe cristiana. Me atrevo a decir que sin ese permanente ejercicio, nuestra vocación cristiana –de docentes cristianos, de pastores, de testigos de la Resurrección en las múltiples dimensiones de la vida humana– se resiente hasta perder su verdadero valor transformador. No es posible prestar oídos a la Palabra de salvación fuera del lugar donde ella nos sale al encuentro, es decir, en la concreta historia humana en la cual el Señor se encarnó y en la cual fundó a su Iglesia para que predicara el Evangelio “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20),

UNA COMUNIDAD MADURA PRIORIZA LA VIDA

 Desde nuestras comunidades eclesiales, somos conscientes de que los argentinos estamos transitando tiempos de cambio y que hoy más que nunca se hace necesaria la oración y la reflexión, en orden a un serio discernimiento espiritual y pastoral.

Particularmente, quisiera llamar la atención de todos aquellos que tienen hoy a su cargo la tarea de acompañar a los niños y jóvenes en su proceso de maduración. Creo que es imprescindible tratar de acercarnos a la realidad que los chicos viven en nuestra sociedad, e interrogarnos qué papel cumplimos nosotros en ella.

Si queremos partir de la realidad, no podemos dejar de poner en el centro de la escena dos hechos dolorosos que han sacudido a la sociedad en su conjunto, pero particularmente a los jóvenes y a quienes están cerca de ellos. Me refiero a la tragedia de Carmen de Patagones y al terrible 30 de diciembre en el barrio porteño de Once. Dos hechos muy distintos entre sí, pero que tienen un mensaje común para nuestra comunidad: ¿qué les está pasando a nuestros chicos? ¿Qué pasa, mejor dicho, con nosotros, que no podemos hacernos cargo de la situación de abandono y soledad en que nuestros chicos se encuentran? ¿Cómo es que hemos llegado al punto de darnos cuenta de los problemas de los adolescentes cuando uno de éstos sufre una crisis que lo lleva a matar a sus compañeros con un arma de fuego sustraída a su padre? ¿Cómo es que reparamos en la desidia de todos aquellos que tienen por tarea cuidar a nuestros chicos recién cuando casi doscientas personas, en su inmensa mayoría niños, adolescentes y jóvenes, son sacrificados en nombre del negocio, el descuido y la irresponsabilidad? No nos toca a nosotros, obviamente, determinar responsabilidades, aunque sabemos que es imprescindible que esas responsabilidades se pongan de manifiesto y cada uno tenga que hacerse cargo de lo suyo. No es bueno diluir acciones y omisiones humanas que han tenido tan terribles consecuencias en una especie de culpa colectiva. Como orábamos en la misa al mes de la tragedia, “le pedimos (a Dios) justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable”.

Aun así, y mientras confiamos en que más allá de los oportunismos políticos prime la responsabilidad y la seriedad en aquello que desde hace mucho habría que haber procurado (el bien común en su más básica expresión, la vida misma de los ciudadanos), necesitamos abrir los ojos y volver a revisar nuestras propias ideas, sentimientos, actuaciones y omisiones en el campo del cuidado, la promoción y la educación de los chicos y los adolescentes. Porque otro riesgo que se puede correr es acotar el problema a una cuestión de control en los centros de esparcimiento, del mismo modo en que, hace unos meses, la discusión sobre las situaciones de violencia que se reflejan en la escuela podría haberse deslizado a una mera indicación de psicodiagnósticos y “marcación cuerpo a cuerpo” para los chicos desde una mirada de tipo médica, psicopatologizante. Y no estoy minimizando la importancia de garantizar las condiciones de seguridad de los locales, o el aporte imprescindible de los profesionales de la salud. Simplemente, los estoy invitando a que seamos bien conscientes de que las cosas nunca están aisladas unas de otras, y todos nosotros (padres, educadores, pastores...) tenemos en nuestras manos la responsabilidad y también la posibilidad de hacer de este mundo algo mucho más habitable para nuestros chicos.

En este punto, quisiera reiterarles algunas ideas que compartí con muchos de ustedes en el Foro para Docentes, en octubre último.

Todos somos conscientes de las dificultades cada vez mayores que aparecen cuando queremos acompañar a nuestros chicos desde nuestras instituciones educativas. Como les decía en el Foro, la presión del mercado, con su propuesta de consumo y competencia despiadada, la carencia de recursos económicos, sociales, psicológicos y morales, la gravedad cada vez mayor de los riesgos que hay que evitar... todo ello hace que a las familias se les haga cuesta arriba cumplir con su función, y que la escuela se vaya quedando cada vez más sola en la tarea de contener, sostener y promover el desarrollo humano de sus alumnos.

Esta soledad termina viviéndose, inevitablemente, como sobreexigencia. Sé que ustedes, queridos docentes, están teniendo que cargar sobre sus espaldas no sólo con aquello para lo cual se prepararon, sino con una multitud de demandas explícitas o tácitas que los agotan. A eso se suman los medios de comunicación, que no se termina de saber si ayudan o confunden más las cosas, al tratar cuestiones delicadísimas con la misma ligereza con que ventilan las intimidades de los personajes del espectáculo, en el mismo bloque del noticiero, en la misma página del periódico, entremezclado con publicidades de los objetos más inverosímiles. Y todo ello, mientras nos vamos pareciendo cada vez más a una sociedad de control en la cual todo el mundo desconfía de todo el mundo, y al mismo tiempo que, a la nueva atención justamente prestada a muchas formas de negligencia y abuso, se adosan tanto la mala costumbre de ventilar denuncias sin chequear suficientemente las fuentes como la inescrupulosidad de personajes que sólo ven en las instituciones una oportunidad para lucrar a cualquier costo.

¿Y entonces? ¿Qué tienen que hacer ustedes, así como están de sobrecargados y cansados? ¿Tendrá razón el que diga “mi tarea es enseñar tal o cual disciplina, yo no voy a poner el cuerpo para que me peguen, que los otros se hagan cargo de lo suyo”? Y, sí, ojalá cada uno hiciera lo que le corresponde. Pero, como les decía hace unos meses, la maestra no podrá limitarse a ser la “segunda madre” que era en otras épocas, si no hubo antes una “primera”. Estoy seguro de que a todos nos agrada recordar cómo de chicos podíamos jugar en la vereda, suficientemente alimentados y queridos, en familias donde el bienestar, el cariño y el cuidado eran lo cotidiano. También sé que más de una vez intentamos discutir cuándo las cosas dejaron de ser así, quién empezó todo, quién degradó la educación, quién desmontó la relación entre educación y trabajo, quién debilitó a la familia, quién socavó la autoridad, quién pulverizó al Estado, quién llevó a la anomia institucional, quién corrompió los ideales, quién desinfló las utopías... Podemos analizar todo eso hasta el cansancio, debatir, opinar... Pero lo que no se puede discutir es que ustedes se enfrentan diariamente a chicos y chicas de carne y hueso, con posibilidades, deseos, miedos y carencias reales. Chicos que están ahí, en cuerpo y alma, como son y como vienen, ante un adulto, reclamando, esperando, criticando, rogando a su manera, infinitamente solos, necesitados, aterrorizados, confiando persistentemente en ustedes aunque a veces lo hagan con cara de indiferencia, desprecio o rabia; atentos a ver si alguien les ofrece algo distinto... o les cierra otra puerta más en la cara.

Inmensa responsabilidad, que requiere de nosotros no sólo una decisión ética, no sólo un compromiso consciente y esforzado, sino también, y más básicamente, un adecuado grado de madurez personal.

Madurez que a veces parece ser un bien escaso en nuestra sociedad argentina, siempre queriendo empezar desde cero, como si los que nos precedieron no hubiesen existido, siempre encontrando la vuelta para resaltar lo que nos divide aunque lo que nos une esté a la vista, siempre oponiéndonos por las dudas, tirando la piedra y escondiendo la mano, silbando bajito y mirando para otro lado cuando las papas queman, declamando patriotismo y pasión por la justicia mientras pasamos el sobre por debajo de la mesa o conseguimos un amigo que nos ayude a “colarnos” en la fila...

Parece que una meditación sobre la madurez nos va a venir bien a todos. No sólo porque vayamos a madurar meditando, sino para que podamos vernos con los ojos más abiertos (¿quizás como nos ven nuestros adolescentes?) y, en consecuencia, empecemos a modificar aunque sea las conductas y actitudes que están más a nuestro alcance.

LA MADUREZ ES MÁS QUE CRECIMIENTO

 No es sencillo definir en qué consiste la madurez. Sobre todo, porque más que un concepto, “madurez” parece ser una metáfora. ¿Tomada de la fruticultura? No lo sé. Si así fuera, tendríamos que señalar inmediatamente que hay una diferencia fundamental entre las manzanas y duraznos y los seres humanos. Mientras que el pleno desarrollo (porque de eso se trata) de las frutas es un proceso que depende directamente de determinadas programaciones genéticas del vegetal y de las condiciones ambientales adecuadas (el clima, la acción de los insectos, pájaros y viento para la polinización de las flores, la humedad, los nutrientes de la tierra...), en el caso de la “madurez” humana no se trata sólo de genética y alimentación. Salvo que consideremos al hombre como un ser viviente en nada diferente de los otros (amebas, cactus...).

A veces, cuando uno lee algunas divulgaciones “científicas”, se queda con la impresión de que los genes determinaran casi en un mismo nivel que uno tenga el pelo lacio o enrulado, que el primer diente se le caiga a los cinco años, que le vaya mal en la escuela, que sea pobre, que sea sociable, que un día mate a su suegra y que finalmente se muera de un infarto a los cuarenta y tantos años.

Pero si la madurez fuera solamente el desarrollo de algo precontenido en el código genético, realmente no habría mucho que hacer. El diccionario de la Real Academia nos da un segundo significado de “madurez”: “buen juicio o prudencia, sensatez”. Y aquí nos ubicamos en un universo muy distinto al de la biología. Porque la prudencia, el buen juicio y la sensatez no dependen de factores de crecimiento meramente cuantitativo, sino de toda una cadena de elementos que se sintetizan en el interior de la persona. Para ser más exactos, en el centro de su libertad.

Entonces, la madurez, desde este punto de vista (que se presenta como mucho más interesante y rico para nuestra reflexión), podría entenderse como la capacidad de usar de nuestra libertad de un modo “sensato”, “prudente”. Fíjense que con esto, nos corremos no sólo de la reducción biológica, sino de la misma perspectiva psicológica, para acceder a una consideración ética. Atención: no se trata de elegir entre uno y otro enfoque. Sin un determinado programa genético no podemos ser humanos, y sin el desarrollo de las facultades que son objeto de la psicología no podrá hablarse de una madurez en el sentido ético. Pero justamente porque lo humano implica esa multiplicidad de dimensiones quiero subrayar la diferencia: no me compete, como pastor, “dar clase” de psicología, pero sí proponerles una serie de consideraciones que hacen a la orientación de nuestro obrar libre.

Si hablamos de sensatez y de prudencia, la palabra, el diálogo, incluso la enseñanza, tendrán mucho que ver con la madurez. Porque para llegar a obrar de esa manera “sensata”, uno debió haber acumulado muchas experiencias, realizado muchas elecciones, ensayado muchas respuestas a los desafíos de la vida. Es obvio que no hay “sensatez” sin tiempo. En un primer momento, entonces, todavía muy cercano a la perspectiva psicológica y hasta biológica, la madurez implica tiempo.

Pero retomemos a la persona madura como alguien que hace uso de su libertad de un modo determinado. ¿Cuál es, nos preguntamos en seguida, ese modo? Porque aquí se abre otro problema: ¿hay una especie de “tribunal de madurez”? ¿Quién determina cuándo algo es “sensato y prudente”? ¿”Los otros” (sean quienes fueren)? ¿O cada uno, desde su experiencia y orientación? Si en una primera instancia tenemos que relacionar madurez con tiempo, a continuación deberemos ubicarnos en el conflicto entre el individuo y los demás. La libertad en el tiempo, la libertad en la sociedad.

Este es, entonces, el trayecto que les propongo. Un trayecto que, como veremos, nos permitirá comprender la madurez humana en una perspectiva abierta. Porque al final nos encontraremos con una última dimensión de la madurez: la invitación divina a trascender el horizonte de lo intersubjetivo y social para abrirnos a lo religioso, es decir, de la madurez ética a la santidad.

Pero no nos adelantemos: la reflexión todavía está “verde”.

 

LA MADUREZ EXIGE UNA EXPERIENCIA EN EL TIEMPO

 Para que algo deje de estar “verde” y llegue a estar “maduro” en serio, es esencial no apurarse. ¡Cuántas veces nos habremos decepcionado con frutas de muy buena apariencia y poco sabor! Y decimos: “es de frigorífico”... Es decir, no se le dio el tiempo necesario para que llegue a su punto justo.

Salvando las distancias, la maduración humana, en su dimensión ética, también requiere de tiempo. Psicólogos de diversas escuelas coinciden, más allá de sus diferencias, en que la conciencia moral se va desarrollando a través de un proceso que implica etapas y movimientos diversos, transcurriendo necesariamente en el tiempo.

Es así: para llegar a un punto de madurez, es decir, para que seamos capaces de decisiones verdaderamente libres y responsables, es preciso que nos hayamos dado (y nos hayan dado) tiempo.

En el tiempo se dan algunas operaciones imprescindibles para formar la libertad. Por ejemplo, la capacidad de esperar. Sabemos que “lo quiero ya” es el lema de los niños pequeños y de aquellos que consideramos que no han madurado convenientemente. Probablemente sea una de las cosas más importantes que tengamos que aprender. Aunque más no sea, porque el paso de la satisfacción inmediata a la espera, la simbolización y la mediación de la acción razonada es uno de los factores que nos definen como humanos. Entre nosotros, el estímulo no despierta necesariamente una respuesta inmediata y automática. Es justamente en el espacio entre el estímulo y la respuesta que hemos construido toda la cultura.

Eso implica un largo camino de aprendizaje, sobre la base de capacidades que van madurando desde lo biológico y lo psíquico. A veces solemos imaginar la figura del “viejo sabio” como alguien que ha llegado a una cierta “impasibildad”. Más allá de algunos acentos propios de la cosmovisión oriental presentes en esas imágenes, es verdad que esa toma de distancia respecto de las cosas y de las presiones es uno de los aspectos que se resaltan en todos esos personajes que pueden vincularse a la “sensatez” y la “prudencia”. Al menos, en lo que hace a la capacidad de no guiarse por los primeros impulsos. El hombre prudente, maduro, “piensa” antes de actuar. “Se toma su tiempo”.

¿Será obvio anotar que todo ello implica una serie de operaciones que se hacen muy difíciles en la actual “cultura digital”? El tiempo de la reflexión no es de ningún modo el tiempo de la percepción y respuesta inmediata de los juegos de computadora, de las comunicaciones “on line”, de las operaciones de todo tipo en las cuales lo importante es “estar conectados” y “actuar rápido”. No se trata de prohibir a los chicos que jueguen con las máquinas electrónicas, sino de encontrar la forma de generar en ellos la capacidad de diferenciar las diversas lógicas y no aplicar unívocamente la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida.

También se tratará de estar atentos a nuestras propias tendencias “estímulo-respuesta inmediata”. Por poner un ejemplo: el auge –de origen mediático– de la “opinión”: todo el mundo opina de todo, sepa o no sepa, tenga o no los elementos de juicio. ¿Cómo darnos lugar a “pensar”, a dialogar, a intercambiar criterios para construir posiciones sólidas y responsables, cuando cotidianamente mamamos un estilo de pensamiento que se arma sobre lo provisorio, lo lábil y la despreocupación por la coherencia? Es obvio que no podemos dejar de formar parte de la “sociedad de información” en la cual vivimos, pero lo que sí podemos es “tomarnos tiempo” para analizar, desplegar posibilidades, visualizar consecuencias, intercambiar puntos de vista, escuchar otras voces... e ir armando, de esa manera, el entramado discursivo sobre el cual será posible producir decisiones “prudentes”.

Tomarse tiempo para esperar es también tomarse tiempo para construir. Las cosas realmente importantes requieren tiempo: aprender un oficio o profesión, conocer una persona y entablar una relación duradera de amor o de amistad, saber cómo distinguir lo importante de lo prescindible...

Ustedes saben muy bien que hay cosas que no se pueden apurar en el aula. Cada chico tiene su tiempo, cada grupo tiene su ritmo... El año pasado les hablaba de la diferencia entre “dar frutos” y “producir resultados”. Bien, una de las diferencias es justamente la calidad del tiempo que implican ambas finalidades. En la producción de resultados, uno puede prever y hasta racionalizar-eficientizar el tiempo; en la espera del fruto, no. Es justamente espera: no está en nuestras manos el tiempo, el ritmo. Implica humildad, paciencia, atención y escucha.

El Evangelio nos ofrece la imagen bellísima de la Sagrada Familia “tomándose su tiempo”, dejando que Jesús fuera madurando, “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 23, 52). El mismo Dios hizo del tiempo el eje principal de su Plan de salvación. La espera de su Pueblo se concentra y simboliza en esa espera de María y José ante ese niño que “se toma su tiempo” para madurar su identidad y su misión, y más tarde, ya hombre, hace de la espera de “su hora” una dimensión esencial de su vida pública.

Ahora bien, ¿hay alguna diferencia, en este punto, entre las frutas que maduran en determinado tiempo y las personas que requieren tiempo para madurar su libertad? ¿Qué es lo que el tiempo hace con nosotros, para tener un papel tan importante?

El tiempo es imprescindible, pero no solamente en tanto magnitud “cronológica”, cuantitativa. “Tiempo es experiencia”, sí, pero sólo si uno se dio la oportunidad de “hacer experiencia de la experiencia”. Es decir: no se trata sólo de que “pasen cosas”, sino de apropiarnos del sentido y el mensaje de las cosas que pasan. El tiempo tiene sentido dentro de una actividad del espíritu, en la cual juegan la memoria, la fantasía, la intuición, la capacidad de juzgar... Pocos lo han ahondado de un modo tan profundo y tan bello como san Agustín:

“¿Qué es, entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. (...) El pasado y el futuro, ¿cómo son, puesto que el pasado ya no es, y el futuro no es aún? Hay tres tiempos: presente de lo pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. Existen, en efecto, en el alma, en cierta manera, estos tres modos de tiempos y no los veo en otra parte: el presente del pasado, es la memoria; el presente del presente, es la visión; el presente del futuro, es la espera.” (Confesiones, Libro XI. El resaltado es mío).

La maduración en el tiempo es, en el ser humano, mucho más que el transcurrir objetivo de un programa biológico. Es “distensión del alma”, decía san Agustín, es decir, la experiencia del tiempo se da en el alma misma, en sus movimientos y en su actividad. En efecto, “madurar” en el tiempo es poner en juego la “memoria”, la “visión” y la “espera”. Para el desmemoriado, para el que no guarda registro de lo que ha sucedido y de sus propios sucesos internos, el tiempo es un mero fluir sin sentido. Sin memoria, vivimos un mero presente sin densidad, un presente que siempre está empezando, vacío. Ser “inmaduro” es, en este punto, justamente estar siempre “recién aterrizado”, no tener el respaldo de las experiencias recordadas y ponderadas ante la necesidad de dar respuestas a los desafíos de la realidad.

A veces nos decimos que somos un pueblo inmaduro. Pero eso no se deberá a que tenemos una historia aún breve, sino a que no hemos sabido rumiar esa historia. Poco es lo que hemos aprendido, y tendemos a tropezar una y otra vez en la misma piedra. Como no aprendemos, como no nos recortamos sobre el fondo de experiencias anteriores que mucho tendrían para enseñarnos, sólo nos queda un presente hueco, el presente del “todo ya”, el presente del consumismo, la dilapidación, el afán de enriquecimiento fácil, la irresponsabilidad (total, ¿quién se va a acordar?) o, en un intento de protegernos, el presente inmediato de la desconfianza mutua y el escepticismo.

Hacer memoria, mantener despierta la memoria de los triunfos y los fracasos, de los momentos de felicidad y de los de sufrimiento, es la única forma de no ser como “niños” en el peor sentido de la palabra: inmaduros, sin experiencia, tremendamente vulnerables, víctimas de cualquier señuelo que se nos presente revestido de luces de colores. O como “viejos” en el sentido también más triste: descreídos, blindados de amargura. La “memoria selectiva” tampoco madura pues desgaja los datos, los momentos del corazón, los episodios de la vida desfigurando la totalidad. Se crea una suerte de ser mitológico: mitad realidad vivida, mitad fantasía (llámese ilusión, ideología, deseo). Por otra parte conviene recordar que la manipulación de la memoria nunca es inocente; más bien es deshonesta.

¿Y la espera, presente del futuro en el alma, según san Agustín? ¿Cómo puede haber experiencia y sensatez si no sabemos hacia dónde queremos dirigirnos, hacia dónde mirar para elegir entre las posibilidades que se presenten, en qué dirección sembrar y construir y apostar? La dimensión temporal de la madurez también implica contar con la “distensión” de la espera: convertir el deseo en esperanza. El presente, como momento de decisión, como única actualidad de la libertad que elige, se diluye sin esa capacidad de ver lo que deseamos en los mínimos movimientos y las pequeñitas semillas que hoy tenemos entre las manos. Semillas que descartaríamos, movimientos que dejaríamos perderse si no pudiéramos alimentar la expectativa de que a partir de ellos, y mediando tiempo y nuevas decisiones, puede crecer el bien que deseamos y hemos aprendido a esperar activamente. Y así, nos sigue diciendo san Agustín, el presente es “visión”: de lo que fue, lo que es y, sobre todo, de lo que puede ser. Campo propio de la libertad, campo propio del espíritu. En este aspecto de visión radica la dimensión de la contemplatividad, elemento necesario de la madurez.

Sin esa conjunción de pasado, presente y futuro, conjunción que se da en la actividad del alma humana, no hay proyecto posible. Sólo improvisación. Borrar lo que pasó antes para volver a escribir sin asideros lo que alguien borrará mañana. ¿No será tiempo de aprender a proyectar, esperar y sostener el esfuerzo y la espera? Volvamos al punto de partida de nuestra reflexión: ¿no hay algo de esto en la terrible desprotección que viven nuestros chicos y adolescentes? ¿No están ellos asomándose a la vida sin un “relato” que les permita construir su identidad y perfilar sus opciones? Y no se trata de volver al publicitado y gastado tópico del “fin de los relatos”, que no fue otra cosa que la implantación violenta de un único relato, un “cuento”, sí, “sin tiempo”, basado en la confianza ciega en leyes relativas a la riqueza, al olvido y a la ilusión de que la avalancha de objetos de consumo era realmente la tierra prometida. “Cuento” que nadie había corroborado jamás, una ilusión colectiva que sólo enterrando la memoria y degradando la esperanza pudo ser creído. Así sucede cuando la ideología centra toda la actividad humana y se impone con un dogmatismo que no conoce de memoria ni de realidad ni de visión. Los actuales “progresismos adolescentes” bloquean todo real progreso humano y, en aras de un pretendido progreso pero sin la fuerza de la memoria, la realidad y la visión, configuran totalitarismos de diverso estilo pero tan crueles como los del siglo XX; totalitarismos conducidos por los “democráticos” gurúes del pensamiento único. Confunden el proceso de maduración de las personas y de los pueblos con una fábrica de conserva en lata.

Tenemos hoy la oportunidad de caer en la cuenta de una de las más horribles consecuencias de la desorientación de los adultos: la muerte de chicos. Si no hay pasado, no se aprende, si no hay futuro, no se apuesta ni se prepara. Todos quedamos colgados de la nada, de esa mentirosa atemporalidad de las pantallas. Todo hoy, todo ahora, ¿qué otra cosa importa? Y el que no pudo pegar el manotazo hoy, perdió. Se perdió. No tiene lugar, no tiene tiempo. Deambulará por las calles y nadie lo verá, como los niños que a montones piden una moneda o golpean un teléfono público para exprimirle unos centavos hoy. Niños sin tiempo, niños a quienes no se les ha dado el tiempo que necesitaron. O como los adolescentes que no saben qué esperar y no tienen de dónde aprender, con padres ausentes o vacíos, con una sociedad que los excluye o los expulsa y los pone en el lugar de víctimas o de victimarios (decidiendo el bando, muchas veces, por el color de su piel) en vez de reconocerlos como sujetos plenos de futuro... siempre y cuando la comunidad les aporte lo que necesitan para ello.

Ese mismo inmediatismo que ha producido adolescentes que hoy, sólo hoy, creen que pueden satisfacerse con cualquiera de los productos que se les ofrecen, hoy, porque hay que vender hoy, no importa si mañana el chico vive o no, si crece o no, si aprende o no. Adolescentes que, en la exasperación del presente como único horizonte, son muchas veces víctimas/victimarios de la compulsión a tener hoy un peso para lo que sea y del modo que sea, aunque sea el peor, rifando su vida y la de los otros porque de cualquier manera, ¿qué importa el mañana? Hoy, sólo hoy, llegando a matar para hacerse de un dinero, del mismo modo que otros más grandes han dejado morir (o provocado la muerte) para hacerse de un dinero infinitamente mayor.

Es la ley de la vida... cuando no hay “distensión del alma”. Cuando el pasado no es “memoria” y el futuro no es “espera”, el presente no es “visión” sino ceguera mortal.

Pero permítanme una última precisión: “tomarse tiempo” no es lo mismo que “dejarse estar”. La vigilancia es un aspecto esencial de la espera. Jesús mismo, atento a su “hora”, no ahorró imágenes para sembrar en sus discípulos las parábolas de los servidores esperando a su señor, de las vírgenes que esperaban al novio sabia y prudentemente y las que no. Aquí es donde vemos con claridad la virtualidad propia del tiempo presente: no sólo visión, sino don. El presente es aquello que recibimos no para dejar que se convierta en pasado inútilmente, sino para convertirlo en futuro... actuando.

Para concluir esta sección: la libertad se cumple plenamente, “maduramente”, cuando es libertad responsable. Es allí cuando se torna lugar de encuentro entre las tres dimensiones del tiempo. Una libertad que reconoce lo que hizo y lo que no hizo (del presente al pasado), se apropia de sus decisiones en el instante que corresponde (el presente) y se hace cargo de las consecuencias (del presente al futuro). Esa es una libertad madura.

 

LA MADUREZ IMPLICA LIBERTAD

 

Una segunda dimensión de la madurez se vinculaba con la tensión  entre individuo y comunidad. Tensión  que, ya podemos señalar desde un comienzo, es por lo menos inevitable, en el sentido que decididamente no puede existir el uno sin la otra, y viceversa.

Pero salteémonos las cuestiones básicas implícitas en este tema (por otra parte, suficientemente articuladas en la antropología bíblica y en la visión acerca del hombre, persona única y ser social a un tiempo) para preguntarnos de lleno por la relación entre “ser una persona madura” (es decir, según la segunda acepción del Diccionario, poseer “buen juicio o prudencia, sensatez”) y ser alguien “adaptado a la sociedad”.

En una primera y rápida aproximación, parecería que la madurez tuviera  que ver con esa “adaptación”. Al menos comúnmente se vincula enseguida al “inmaduro” con el “inadaptado”. A veces (incluso en nuestras instituciones), el concepto de “inmadurez” sirve para estigmatizar sin condenar moralmente al que se sale de “lo esperado”, al que actúa de un modo sorprendente o inadecuado para los criterios comunes. “No es una mala persona, sólo es un poco inmaduro”. ¿No es una forma de hablar muy vigente entre nosotros?

Con esto el problema es doble. En primer lugar, no es pertinente hablar de una persona inmadura, sino de conductas inmaduras. Y aún así, no es tan sencillo definir dónde está el criterio que discrimina unas y otras conductas. ¿Quién define qué es lo “maduro”, es decir, a qué hay que “adaptarse”? ¿Será la “autoridad”? ¿La “mayoría”? ¿Lo “instituido”?

El criterio que asimila madurez a adaptación se vuelve particularmente complicado si tomamos como ejemplos algunas situaciones. Hace no tanto tiempo, la autoridad en nuestro país decía que “el silencio es salud”, y lo hacía sentir. Sin embargo, no faltaron quienes elevaron su voz a favor de los derechos humanos y en contra de diversos atropellos a los pobres y a quienes no coincidían con la ideología dominante.  Otro ejemplo: probablemente, “la mayoría” considere más “adaptado al mundo en que vivimos” hacer un pequeño “obsequio” al agente de tránsito o al inspector que pagar una abultada multa en la oficina correspondiente. ¿Será cosa de “inmaduros” negarse a entrar en esa red de corrupción, no por “aceptada” menos perniciosa? Pero claro, aquí aparece la figura de “lo instituido”, en este caso, la ley de tránsito o la reglamentación sobre habilitación de comercios o boliches. Mal que les pese a muchos argentinos, lo “adaptado” (y “maduro”) no estaría así del lado de las prácticas corruptas pero extendidas, sino de lo que la ley exige, aunque poco se cumpla. Y sin embargo, la cosa vuelve a complicarse cuando los sujetos se ven obligados a actuar contra las leyes en nombre de lo que consideran justo. Es la historia del movimiento obrero en todo el mundo: ¿cuánta lucha, cuánto sufrimiento, cuántas muertes, incluso, costó el reconocimiento de la legitimidad de la protección al trabajador y su familia, de la reglamentación del trabajo de los menores, etc., contra la rapacidad del capitalismo de la época, que había generado su propia legalidad? ¿Podrá decirse que aquellos pioneros en las luchas por la dignidad del trabajo humano eran personas “inmaduras”?

Los cristianos deberíamos ser los primeros (¡y no siempre los somos!) en rechazar la identificación apresurada entre “madurez” y “adaptación”. Jesús, nada menos, podría haberse constituido para muchos en su tiempo en el paradigma del inadaptado y, por lo tanto, del inmaduro. Así lo atestiguan los mismos Evangelios, al consignar las reacciones ante sus prácticas (“Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”, Mt 11, 19) y ante sus rupturas con los marcos  institucionales (“Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado»”, Mc 3, 21 y la respuesta de Jesús acerca de su “verdadera familia”, 33-35). Lo mismo está implicado en su polémica con los fariseos y los sumos sacerdotes respecto a la Ley y al Templo. Podríamos leer los Evangelios completos, y particularmente el de Juan, como el intento de responder a esta pregunta dirigida al Señor: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio autoridad para hacerlas?” (Mc 11, 28). En aquella época, en la cual no había una mentalidad científica y ni siguiera humanista en el sentido moderno, no se consideraba “inmaduro” al que desafiaba de algún modo a la autoridad, lo instituido o la mayoría, sino “endemoniado” (Jn 8, 48. 52) o “blasfemo” (Jn 10, 33). Así, la reacción ante la actitud de Jesús culminaría en las acusaciones mortales de blasfemia primero (Mt 26, 65-66) y luego de rebeldía contra el César (Jn19, 12-15).

¿Y qué decir de san Pablo, indeseable para tantas situaciones del establishment  al punto de la cárcel, la lapidación y finalmente la ejecución? ¿Y de tantos y tantas mártires y confesores, enfrentándose a los criterios y valores de su tiempo, atrayendo sobre sí las iras del poder? Bien considerado, los santos siempre han sido como una piedra en el zapato de sus contemporáneos. Y no puede ser de otro modo, habida cuenta la fuente de la autoridad de Jesús, que trasciende a todo “buen juicio” posible en este mundo.

Si la madurez fuera lisa y llanamente adaptación, la finalidad de nuestra tarea educadora sería “adaptar” a los chicos, esas “criaturas anárquicas”, a las buenas normas de la sociedad, sean cuales fueren. ¿A costa de qué? A costa de un amordazamiento y sumisión de la subjetividad. O peor aún a costa de la privación de lo más propio y sagrado de la persona: su libertad. ¡Tremendo desafío, entonces, la educación en y para la libertad, ya que supondrá en todos nosotros, docentes y formadores, pastores y maestros, una abnegada relativización de nuestra forma de ver y sentir para disponernos a la búsqueda humilde y sincera de la verdad.

Por una vía indirecta, entonces, llegamos a ver que la madurez implica, más que la “adaptación” a un modelo imperante, la capacidad de tomar posición desde sí mismo en la situación determinada en que uno se encuentra. Es decir, la posesión de la libertad para elegir y decidir según la propia experiencia y deseo, en consonancia con los valores a los que adhiere.

 

LA MADUREZ SE PLENIFICA EN EL AMOR

 

Ahora bien, ¿significa esto la canonización automática de todo subjetivismo, de toda excentricidad, de toda pretensión del individuo como tal?

De ningún modo. La pregunta que los contemporáneos hacían a Jesús era en sí misma válida. Sus palabras y obras no podían presentarse como pura ruptura: debían tener una referencia de Verdad. El momento “negativo” de la crítica, de la rebeldía, de la subjetividad como rechazo de la sujeción, sólo puede apoyarse en el momento “positivo” de la trascendencia, de la tendencia a una mayor universalidad, a una más plena verdad. No es el poder lo que han rechazado los mártires: era el poder que beneficiaba sólo a algunos. No es la Ley lo que Jesús combatía: era la Ley que se ponía por encima del reconocimiento del prójimo. No es de la mayoría que el testigo de la verdad reniega: es de la mayoría en tanto que priva de visibilidad y palabra a todo lo demás, a las otras presencias y las otras voces.

Dicho de otra manera: la libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay nada. Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el hombre y todos los hombres. Se rige por el amor, como afirmación incondicional de la vida y el valor de todos y cada uno. En ese sentido, podemos dar todavía un paso más en nuestra reflexión: la madurez no sólo implica la capacidad de decidir libremente, de ser sujeto de las propias opciones en medio de las múltiples situaciones y configuraciones históricas en las que nos veamos incluidos, sino que incluye la afirmación plena del amor como vínculo entre los seres humanos. En las distintas formas en que ese vínculo se realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales...

No es otra cosa la idea, que ya hemos presentado, de una “libertad responsable”. ¿Ante quién vamos a ser responsables, sino ante el otro y ante nosotros mismos en tanto miembros de la familia humana? ¡Alto!, dirán. ¿No somos responsables, primero que nada, ante Dios? Sí, por supuesto. Lo cierto es que a Dios lo vemos como a través de un espejo, en enigma... Y la prueba más definitiva de la veracidad y verdad de nuestra responsabilidad ante Él sigue siendo la prueba del amor al prójimo (1 Jn 4, 20) vivido desde la verdad más íntima de nuestra conciencia (1 Jn 3, 21-24) hasta las obras más concretas y eficaces que muestran nuestra fe (Sant. 2, 18). Una personalidad madura, así, es aquella que ha logrado insertar su carácter único e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No basta con la diferencia: hace falta también reconocer la semejanza.

¿Qué implica esto para nuestra vocación y tarea de docentes cristianos?

Implica la exigencia de construir y reconstruir los lazos sociales y comunitarios que el individualismo desenfrenado ha roto. Una sociedad, un pueblo, una comunidad, no es sólo una suma de individuos que no se molestan entre sí. La definición negativa de libertad, que pretende que ésta termina cuando toca el límite del otro, se queda a medio camino. ¿Para qué quiero yo una libertad que me encierra en la celda de mi individualidad, que deja a los demás afuera, que me impide abrir las puertas y compartir con el vecino? ¿Qué tipo de sociedad deseable es aquella donde cada uno disfruta sólo de sus bienes, y para la cual el otro es un potencial enemigo hasta que me demuestre que nada de mí le interesa?

Quisiera que se me entienda bien: no somos los cristianos quienes vamos a caer en una concepción romántica e ingenua de la naturaleza humana. Más allá de las formulaciones históricas, la creencia en el pecado original quiere dar cuenta de que en cada hombre o mujer anida una inmensa capacidad de bien... y también de mal. Nadie está inmune, en cada semejante puede anidar también el peor enemigo, aún para sí mismo.

Pero esa consideración, realista o teológica, como se quiera, es sólo el punto de partida. Porque a partir de allí habrá que pensar en qué consiste la tarea del hombre en la historia, la empresa de las comunidades humanas, la finalidad de la civilización: ¿simplemente sancionar la peligrosidad de unos contra otros limitando las posibilidades de conflicto, o más bien promover las más altas capacidades humanas en orden a un crecimiento de la comunión, el amor y el reconocimiento mutuo que apunte a la construcción de un vínculo positivo y no ya meramente negativo?

Mucho hemos avanzado, y muchísimo queda aún por avanzar, en la tarea de sacar a la luz la múltiples situaciones de violaciones a la dignidad de las personas y, especialmente, de los grupos más castigados y sometidos. Particularmente importante ha sido el avance en la conciencia de los derechos de los niños, de la igualdad de los derechos del varón y la mujer, de los derechos de las minorías. Pero es preciso dar un paso más: no será a través de la entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la persona. El máximo derecho de una persona no es solamente que nadie le impida realizar sus fines, sino efectivamente realizarlos. No basta con evitar la injusticia, si no se promueve la justicia. No basta con proteger a los niños de negligencias, abusos y maltratos, si no se educa a los jóvenes para un amor pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se brinda a las familias los recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su imprescindible misión. Si no se favorece en la sociedad toda una actitud de acogida y amor a la vida de todos y cada uno de sus miembros, a través de los distintos medios con los cuales el Estado debe contribuir.

Una persona madura, una sociedad madura, entonces, será aquella cuya libertad sea plenamente responsable desde el amor. Y eso no crece sólo en las banquinas de las rutas. Implica invertir mucho trabajo, mucha paciencia, mucha sinceridad, mucha humildad, mucha magnanimidad.

 

CAMINANDO HACIA LA MADUREZ

 ¿De qué modo podemos convertir estas reflexiones en pistas concretas para que los educadores cristianos pongamos en marcha las impostergables tareas que se nos exigen?

 a) Fortalecer la comunidad eclesial

En primer lugar, creo que es imprescindible reforzar el sentido eclesial entre nosotros mismos. No hay otro lugar donde ponernos a la escucha de lo que Dios nos dice en la realidad actual que el seno de la comunidad creyente. La humilde comunidad eclesial real y concreta, no la deseada o soñada. Con sus falencias y pecados, en medio de un proceso nunca acabado de penitencia y conversión, buscando nuevas y mejores vías de comunicación mutua, de corrección fraterna, de solidaridad, de crecimiento en fidelidad y sabiduría... Es posible que muchos cristianos, ante las dolorosas divisiones y pecados por las que atraviesa el cuerpo eclesial, se desanimen y busquen fuera de la comunidad las vías de realización de su compromiso por el otro. Pero quizá de esa manera se priven de la riqueza que sólo en la comunidad creyente van a encontrar. No todos pensamos igual, y a veces las diferencias parecen inconciliables. No todos actuamos como deberíamos, ni todos llevamos a la práctica plenamente la Palabra que nos atraviesa. Pero eso no debería ser obstáculo para seguir orando, dialogando, trabajando para que esa Palabra se encarne y brille para todos. Quizás la primera apuesta, la primera búsqueda, sea la de hacer realidad una comunidad eclesial mucho más repetuosa del otro, menos prejuiciosa y más madura en la fe, en el amor y en el servicio.

 b) Ensayar nuevas formas de diálogo en la sociedad pluralista

En segundo lugar, crear un sentido de libertad responsable en el amor en la relación entre los distintos grupos que conforman nuestra sociedad. Ésta es una tarea particularmente importante para nosotros, en tanto que los cambios sociales y culturales que se están dando en nuestro país, como ya lo han hecho en otras partes del mundo, nos plantean la necesidad de encontrar nuevas formas de diálogo y convivencia en una sociedad pluralista, mediante las cuales se lleguen a aceptar y respetar las diferencias y a potenciar los espacios y tópicos de encuentro y coincidencia. ¡Cuántos cristianos trabajan codo a codo con hermanos de otras confesiones o grupos religiosos, o de movimientos políticos y sociales, en tareas de promoción humana y servicio a los más necesitados! Quizás allí se esté gestando una nueva forma de relacionarnos, que ayude a reconstruir el lazo social entre los argentinos y a ampliar nuestra conciencia de solidaridad más allá de toda frontera religiosa, ideológica y política.

 c) Revitalizar la dimensión específicamente teologal de nuestra motivación

En tercer lugar, quisiera apuntar brevemente a la más alta dimensión de la madurez, que es la santidad. Si toda esta reflexión no nos mueve a los cristianos a retomar una y otra vez la motivación última de nuestra existencia, se habrá quedado a mitad camino. Para el cristiano, la actuación de la libertad en el tiempo se cumple según el modelo eucarístico: proclamación de la salvación efectuada “hoy” en Cristo y en cada uno por la fe (con palabras y hechos), que “da cumplimiento” al pasado de la historia de salvación y “anticipa” el futuro definitivo. La esperanza en su más pleno sentido teológico, así, se torna clave de la experiencia cristiana del tiempo, centrada en la adhesión a la persona del Resucitado.

Es pertinente tener muy presente en este punto lo que nos señala el Santo Padre en Mane nobiscum Domine: “En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura. Para lograrlo , es necesario que cada fiel  asimile, en la meditación personal y comunitaria , los valores que la Eucaristía expresa, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita. ¿Por qué no ver en esto la consigna especial que podría surgir del Año de la Eucaristía?” (n.25).

Y todo ello, en el seno de la comunidad que comparte la fe arraigada en el amor. Porque la superación de la contradicción entre el individuo y la sociedad no se agota, desde nuestro punto de vista, en una mera búsqueda de consensos, sino que tiene que remontarse hacia la fuente de toda verdad. Profundizar el diálogo para acceder más plenamente a la Verdad, profundizando nuestras verdades en un Diálogo que no iniciamos nosotros sino Dios, y que tiene su propio tiempo y su propia pedagogía. Un diálogo que es un “camino hacia la verdad juntos”

 d) Establecer metas concretas en la educación para la madurez

Para concluir, y ya ubicándonos en la específica tarea del educador, hemos de procurar poner en el centro de todas nuestras actividades la formación integral de la persona, es decir, el aporte a la plena maduración de hombres y mujeres libres y responsables. En este sentido, tendríamos que poder plantearnos metas concretas y evaluables, a fin de no quedarnos en una retórica narcisista. Si me permiten, no quisiera terminar este mensaje sin sugerirles algunas cuestiones derivadas de la reflexión precedente, que podrían vehiculizarse algunas en prácticas, otras en objetivos, otras incluso en contenidos transversales. Son seis propuestas:

 1)       Despertar la memoria para hacer “experiencia de la experiencia”

La ausencia de memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad. Además, es una nota distintiva de la cultura por algunos llamada “posmoderna”, la cultura juvenil del “ya fue”. Toda referencia a la historia es vista como una cuestión meramente académica, en el sentido más estéril de la palabra “historia”. Creo que es imprescindible despertar en nuestros chicos la capacidad de conectarse con las motivaciones, opciones y acciones de los que nos precedieron, descubriendo la innegable relación entre ellas y el presente. Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. Y esto no debe ser sólo el contenido de una materia específica, sino que debe atravesar toda la vida escolar a través de diversas actividades y en distintos espacios. En este sentido es imprescindible el contacto con “los clásicos” de la literatura, encuentros de la dimensión metahistórica de la vida social de los pueblos. 

2)       Ayudar a vivir el presente como don

Si Dios nos sale al encuentro en la historia concreta, el presente es el punto desde el cual acogemos el don y damos nuestra respuesta. Esto implica ir más allá del escepticismo que hoy campea en nuestra cultura, y también más allá de cierta omnipotencia típicamente argentina. Vivir el presente como don es recibirlo con humildad y ponerlo a producir. En el mensaje que les dediqué hace dos años desarrollé este tema de la relación entre continuidad y novedad en creación histórica. Los invito a retomarlo y a encontrar formas de entusiasmar a nuestros jóvenes con el enorme potencial transformador que está en sus manos, no tanto a través de arengas y discursos sino convocándolos a desarrollar experiencias y situaciones concretas que le permitan descubrir ellos mismos sus capacidades. 

3)       Desarrollar la capacidad de juicio crítico para salir de la “dictadura de la opinión”

No nos cansemos de preguntarnos una y otra vez si no estaremos simplemente transmitiendo informaciones en lugar de educar para la libertad, que exige la capacidad de comprender y criticar situaciones y discursos. Si vivimos cada vez más en una “sociedad de información” que nos satura de datos indiscriminadamente, todo en el mismo nivel, la escuela tendría que resguardad su rol de “enseñar a pensar”, y a pensar críticamente. Para ello, los maestros tenemos que ser capaces de mostrar las  razones que subyacen a las distintas opciones de lectura de la realidad, así como de promover la práctica de escuchar todas las voces antes de emitir juicios. Asimismo, tendremos que ayudar a establecer criterios valorativos y, último paso no siempre tenido en cuenta, poner de relieve cómo todo juicio debe dejar lugar para ulteriores interrogantes, evitando el riesgo de absolutizarse y perder vitalidad rápidamente. 

4)       Aceptar e integrar la propia realidad corpórea

Particularmente urgente es una acompañamiento en la aceptación e integración de la corporeidad. Paradójicamente, la cultura actual pone el cuerpo en el centro de su discurso y al mismo tiempo lo somete a todo tipo de constricciones y exigencias. Una antropología más atenta a las nuevas condiciones de la subjetividad no puede dejar de lado un trabajo concreto en este punto, desde todos los ámbitos en que se hace problemático (la salud, la imagen y la identidad, la sexualidad, el deporte, el bienestar y el ocio, el trabajo), y siempre apuntando a una liberación integral para el amor a sí mismo, al prójimo y a Dios. 

5)       Profundizar los valores sociales.

Sabemos que nuestros jóvenes tienen una enorme capacidad de sentir el sufrimiento del prójimo y “poner el cuerpo” en acciones solidarias. Esta sensibilidad social, muchas veces sólo emotiva, debe ser educada hacia una solidaridad “de fondo”, que pueda elaborar reflexivamente la relación entre situaciones evidentemente dolorosas e injustas y los discursos y prácticas que les dan origen o las reproducen. Será a partir de un permanente “ida y vuelta” entre experiencias de auténtico encuentro humano y su iluminación a partir del Evangelio que deberemos reconstruir los valores de solidaridad y el sentido de lo colectivo que el individualismo consumista y competitivo de los últimos tiempos ha minado en nuestro pueblo. Sin duda, esto exigirá una profundización y renovación de la Doctrina Social en nuestro contexto concreto. 

6)       Insistir con la predicación del kerygma.

Todo lo anterior caerá en saco roto si no acompañamos a nuestros jóvenes en un camino de conversión personal a la persona y mensaje de Jesús, como motivación última que articule los otros aspectos. Esto nos exigirá, además de coherencia personal –no hay predicación posible sin testimonio–, una búsqueda abierta y sincera de las formas que la experiencia religiosa puede tomar en este nuevo siglo. La conversión, queridos hermanos, no es algo que se da de una vez para siempre. Es signo de una auténtica vida cristiana la disposición a adorar a Dios “en Espíritu y en verdad”, es decir, dondequiera sople ese Espíritu.

 Argentina despierta…

Llegamos así al final de nuestra meditación.

Nos encontramos en un momento histórico de dolor y de esperanza. Sentimos que no podemos hacernos los distraídos ante la oportunidad que la Providencia nos brinda de aportar nuestros ladrillos a la construcción de un mundo distinto.

Hemos compartido con dolor la constatación del sufrimiento y abandono que padecen muchos de nuestros chicos, expresado de un modo trágico en algunos hechos del año que pasó, y hemos reconocido la necesidad de dar una respuesta a esta situación, de hacernos cargo de algún modo, desde nuestra pobreza pero también desde nuestra esperanza.

Y en ese contexto, hemos reflexionado acerca de las condiciones de madurez personal y colectiva requeridas para este compromiso.

Madurez que implica una capacidad de vivir el tiempo como memoria, como visión y como espera, yendo más allá del inmediatismo para ser capaces de articular lo mejor de nuestra memoria y de nuestros deseos en una acción pensada y eficaz.

Madurez que se despliega en una libertad que no se sujeta a ninguna particularización excluyente, que hace oídos sordos a las verdades a medias y a los horizontes de cartón, que no se adapta sin crítica a lo que esté vigente ni critica sólo por resaltar su individualidad, sino que apunta a la búsqueda de un amor universal y eficaz que fundamente y dé contenido a esa libertad plenamente responsable.

Y que se abre, en última instancia, en una renovada vida de fe eclesial y de cara a la sociedad en su conjunto, bien fundamentada en una experiencia teologal y eucarística.

Desde allí, les propuse seis metas para el trabajo con los chicos: despertar la memoria; ayudar a vivir el presente como don; desarrollar la capacidad de juicio crítico; promover la aceptación e integración de la propia realidad corpórea; profundizar los valores sociales e insistir con la predicación del kerygma.

 

Si la realidad que hoy nos plantea sus desafíos encuentra en nosotros un espíritu generoso y valiente, el momento presente habrá sido también un regalo de crecimiento para nosotros. Será así que la madurez personal y comunitaria de nuestras comunidades educativas habrá trascendido, por la gracia de Dios, hacia una experiencia de encuentro con Él en una vida de santidad, respuesta a un don que nos antecede y envuelve, signo y anticipo en la historia de la plenitud que esperamos.

Me despido de ustedes haciendo mías las palabras del Apóstol: “Por eso, queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no serán vanos” (1Co 15,58). Y, por favor, les pido que recen por mí.

 En la Pascua del año del Señor de 2005. 

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

 Queridos hermanos y hermanas:

 1- En las lecturas de esta Fiesta, hay dos frases que quisiera compartir con ustedes. Una es de San Pablo, y nos habla de unión, de unión entre mucha gente, de la unión de una Iglesia que es asamblea grande. Dice así:

     “Hay un solo pan, y todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 17).

     La otra frase abre y cierra el Evangelio de hoy. Es de Jesús, y nos habla de un pan que camina, que baja del cielo, que da vida a un pueblo caminante y que se le ofrece para que dé vida a todo el mundo. Es un  pan que sale al encuentro de todos, un pan misionero. Dice así:

     “Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.

     Y, al oír estos textos, pienso en nuestra Asamblea Arquidiocesana. Hoy somos gente caminando en Asamblea, cada uno en su estado de vida, con su carisma personal. Padres de familia, sacerdotes, religiosas, catequistas… caminando en Asamblea. Niños, ancianos, jóvenes, papás y mamás… caminando en Asamblea. Pueblo fiel de Dios caminando en Asamblea, en procesión, en torno al Cuerpo de Cristo, Pan de Vida. Como el pueblo de Israel al salir de Egipto, caminando en Asamblea hacia la tierra prometida, que para nosotros es el Cielo del que baja, caminando a nuestro encuentro en cada Eucaristía,  Aquél que es Pan para la vida del mundo.

2- La convocatoria a la Asamblea Diocesana nos interpeló a todos.”¿Qué significa, cómo se prepara, por qué ahora…?”. y surgieron preguntas, propuestas, diagnósticos, planes… Al ver y repasar en oración todas las reacciones me venía a la memoria una manera de proceder de Juan Pablo II. Cuando le presentaban un problema o se planteaba un desafío preguntaba dos cosas: la primera ¿qué pasaje del Evangelio ilumina este desafío?; la otra: ¿a quién podemos convocar y preparar para afrontarlo o resolverlo?.

      La respuesta a la última pregunta es clara: El Señor nos convoca a todos. ¿A quién podemos convocar y preparar para afrontar los desafíos de la Arquidiócesis? A todos, a la Iglesia en Asamblea.

     Y como pasaje del Evangelio que puede iluminar este desafío me venía al corazón el final del Evangelio de san Juan, aquella noche cuando Pedro dijo:

     “ ’Voy a pescar’ y los otros le contestaron ´También nosotros vamos contigo´. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”.

      Sin embargo algo pescaron en medio de su fatiga y esterilidad. Aquel pequeño grupo, aquella primera Iglesia –todavía barquita- que salió a “navegar mar adentro en Asamblea”, lo atrajo al Señor. Pescaron a Jesús, podríamos decir. En realidad era a Él a quien habían salido a buscar. O mejor dicho, habían salido a esperar que los viniera a buscar, como otras veces. Y Pedro, cuando lo ve, se tira al agua con audacia,  con coraje.  

3- Caminar en asamblea, como el pueblo de Israel en el desierto, navegar en asamblea, como los primeros discípulos del Resucitado es un exponernos juntos para que el Señor nos mire, nos busque y se nos manifieste.

     Caminar en Asamblea como hicieron José y María, es hacer juntos la apasionante experiencia del discernir con otros, para dejar que sea Dios quien escriba la historia.

     Caminar en Asamblea como hicieron los caminantes de Emaús es entrar en el "Tiempo de Dios" , de modo que su presencia compañera nos permita ahondar en nuestra identidad y tomar conciencia de nuestra misión.

      Caminar en Asamblea es ponernos en ocasión de dialogar por el camino, como lo hacían  los discípulos mientras seguían a Jesús, dejando que luego, al compartir el pan, él les ayudara superar desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera.

      Caminar en Asamblea es salir al encuentro de la gente, cuidar las fragilidades, confiando en la promesa de Jesús que dará eficacia a la Palabra y a los gestos con los que damos testimonio de su amor. 

4- Cuando una Iglesia particular se reúne y persevera en oración, en compañía de María, el Espíritu se siente nuevamente llamado y viene en nuestra ayuda. Nos ponemos en camino, entonces, para atraer la mirada de nuestro Dios.

     Queremos atraer sobre nosotros la mirada providente de nuestro Padre del Cielo, que a nosotros,  hijos pródigos, nos ve de lejos, apenas nos hemos levantado y puesto en camino de retorno a Él que tiene preparado el Banquete de la Eucaristía, el Banquete del Pan de la Misericordia, capaz de alegrarnos más allá de toda expectativa humana.

     Queremos atraer sobre nosotros  la mirada compañera de Jesús, el Hijo amado, que también se lanza mar adentro y viene a nuestro encuentro sobre nuestras fragilidades y las dificultades de la vida cuando ve que, por amor a él, hemos quedado expuestos, y necesitamos que nos dé una mano porque en la fe nos hemos lanzado al agua y solos no podemos. Para los amigos predilectos que se lanzan al mar, juntos y con audacia apostólica, el Señor tiene preparado en la orilla el desayuno de la Eucaristía, el Banquete del Pan del Camino que se comparte fraternalmente, en silencio adorante, entre misión y misión, capaz de restaurar las fuerzas más allá de toda expectativa.

     Queremos atraer sobre nosotros la mirada del Espíritu que hace arder los corazones, atraído por una Iglesia que lo espera reunida.

     El Espíritu es el que nos convierte en verdadera Asamblea y nos pone en camino para salir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos.

     El Espíritu es el que marca el ritmo de la vida de la Iglesia. Y lo marca eucarísticamente: marca el tiempo en el que la Asamblea se reúne a esperarlo, y a los que se mantienen juntos los consolida con el Pan de la misericordia que pacifica y guarda la unidad.

     Él es el que marca el tiempo en que la Asamblea se pone en camino impulsada por su soplo viviente; y a los que se animan a salir a misionar el Espíritu los acompaña y les va sirviendo a sus tiempos el Pan de la caridad gratuita, que alimenta inusitadamente la vida de la Asamblea, multiplicando los panes y reanimando a los que siguen al Señor. 

5.- Cuando, con coraje apostólico, caminamos en Asamblea, el Señor camina con nosotros. Y entonces es Él quien  escribe la historia. Ponerse en Asamblea es dejar que sea Dios quien escriba la historia, que sea Dios quien protagonice la lucha, que sea Dios quien haga nuevas todas las cosas. Y que haga todo esto con nosotros: con los signos que hacemos con nuestras manos, con las huellas que dejan nuestros pasos… El escribe la historia. Y sabe escribir derecho aún con renglones torcidos.

     A María, la mujer Eucarística, la primera que salió a caminar, con Jesús en sus entrañas, en torno a la cual se reunió la primera Asamblea a la espera de Pentecostés, le pedimos que venga con nosotros a caminar y que nos mantenga unidos en la oración para que, a través nuestro, el Señor pueda llegar a dar vida a todo el mundo, como es su deseo.

 Buenos Aires, 28 de mayo de 2005.

                                                                                              Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano

 La escena de Jesús, el Maestro, lavando los pies a sus discípulos, es una de esas escenas del evangelio que uno no se cansa de mirar y recordar. El lavatorio de los pies ha quedado grabado en la memoria de la Iglesia y cada Jueves santo  repetimos el gesto de Jesús y nos toca de nuevo el corazón: Nuestro Señor Jesucristo nos lavó los pies y nos enseñó que si lo imitamos seremos felices: “Si saborean esta verdad –que el poder es servicio- y la practican, serán felices”.

 San Juan le pone un marco impresionante a este gesto del Señor. Nos dice que Jesús tenía conciencia de que era “su último gesto”, porque “había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”. El Señor quiso expresamente que su último gesto fuera éste de lavarle los pies a sus amigos. Los pies polvorientos y fatigados de camino.

 En segundo lugar Juan nos dice que fue un gesto de amor “hasta el extremo”. Solemos decir que la Cruz fue el extremo del amor. Y es verdad; fue el extremo cruento: amar hasta la muerte. Pero la vida tiene también otro extremo, que no es doloroso sino lindo: el extremo de amar con ternura hasta el detalle. El Señor quiso que compartieran la Eucaristía plenamente purificados, como si ya estuvieran en el cielo, limpiándolos hasta de esas pequeñas manchas que parecen inevitables, las de último momento… Y quiso hacer este servicio personalmente. ¿Vieron que hay veces en que en las fiestas grandes, un detalle amenaza con arruinar la fiesta? Bueno, por ese lado va este servicio de Jesús de lavar los pies y de decirnos que nos lavemos unos a otros: por el lado de perdonar también los detalles, que a veces es más difícil.

 Y la tercera cosa que nos dice Juan es que el Señor era conciente de que en ese momento “tenía todo el poder del mundo en sus manos”, que “el Padre lo había puesto todo en sus manos”. Y ¿qué hizo con ese poder absoluto? Lo concentró en un solo gesto, en un gesto de servicio: el servicio del perdón hasta en los detalles. Y desde entonces el poder se convirtió para siempre en servicio. Si el más poderoso usó todo su poder para servir y perdonar, el que lo usa para otra cosa termina haciendo el ridículo. Con ese gesto sencillo Jesús “derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes” como bien decía la Virgen su Madre santísima y Madre nuestra. Por supuesto que los poderosos no se enteraron sino mucho después, pero con ese gesto del Rey del Universo quedaron vaciados de sentido todos los gestos que se hagan para acumular poder, para aparentar poder, para someter a otros o enriquecerse con el poder.

 La antiimagen, la imagen opuesta,  que refuerza el testimonio del Señor, es la de Pilato  lavándose las manos. Si hubiera sabido que tenía delante al Todopoderoso y que el Todopoderoso había usado su poder para lavarles los pies a sus discípulos, ¡nunca se hubiera lavado las manos! Con ese gesto entró para siempre en la historia del ridículo. Y cada vez que los que tenemos algún poder nos lavamos las manos y le echamos la culpa a otros – a los hijos, a los padres, al vecino, a los anteriores, a la situación mundial, a la realidad, a las estructuras o a lo que fuere- aunque sea del sufrimiento más pequeño de nuestros hermanos, nos ponemos del lado de Pilato: vamos a engrosar la fila patética de los que usaron el poder para su propio provecho y fama.

 El poder es servicio y el servicio, para serlo bien, debe llegar hasta el detalle más pequeño, ése que hace que el otro “se sienta bien atendido”, dignificado. Por eso lo de lavar los pies. Porque el Señor quiere que nos sintamos incluidos en lo suyo, en su vida de comunión con el Padre, y que no haya nada que empañe la grandeza de esa amistad. Él nos quiere a todos juntos.  Con ese gesto, al mismo tiempo nos iguala y nos hermana. Y nos hermana haciéndonos participar de ese poder: el del servicio entre iguales, el del servicio hasta que se note que es igual el que sirve y el que es atendido.

 Esto que suele ser habitual en el ámbito familiar, en que el del cumpleaños invita y hace el asado, o la mamá sirve la comida hasta en el día de la madre, lo tenemos que hacer llegar a la vida del trabajo, a la vida del barrio, a la vida política y social… Y para esto no hay otro camino que el del testimonio. Los discursos no alcanzan, se necesitan testimonios. El que tenga un poquito más de poder se tiene que poner a servir un poquito más. Aquí la interna tendría que ser feroz, así como a veces se da esa interna linda en la familia en la que la madre y las hijas se disputan el delantal para lavar ellas los platos.

 Quizás alguno piense que somos ingenuos al decir estas cosas. Pero nuestro pueblo sabe muy bien lo que es el poder y lo que es el servicio. Nuestro pueblo sabe muy bien que venir a San Cayetano, a los pies del Poderoso San Cayetano, es un gesto religioso y -que por eso mismo- es un gesto político en el más alto sentido de la palabra. Al tocar los pies del santo, al lavárselos con sus lágrimas, al musitar su pedido y suplicar el perdón de Jesús que limpia y dignifica, nuestro pueblo nos está diciendo a todos que el poder que Jesús le dio al santo es servicio, que todo poder es servicio y no hay que usarlo para otra cosa. Lo dice en silencio, con el gesto manso y paciente de esta fila interminable de pies cansados y quizás sucios que, a los ojos de Jesús, son los pies más hermosos del mundo:

hermosos porque son los pies de un pueblo que no se cansa de querer  peregrinar en paz, hermosos porque son los pies de un pueblo que una y otra vez deja que su Señor se los lave y así recupera su dignidad;

hermosos porque se lavan enteros los de todos juntos, porque no sólo queda limpio todo el hombre sino también todos los hombres, como decía Pablo VI;

hermosos porque una vez limpios se ponen en camino para lavar los pies de sus hermanos, con la esperanza que da este gesto humilde y todopoderoso de un poder que incluye a todos en esos valores que forman la comunidad: la justicia, el trabajo, el pan y los detalles que nos igualan y nos dignifican y nos hacen sentir bien;

hermosos hoy, 7 de agosto, porque en la cola peregrinan con Jesús y San Cayetano para recuperar la dignidad y los valores en comunidad.

 Con San Cayetano le pedimos a la Virgen, quien como Madre le enseñó a Jesús esto de lavar pies, que nos lo enseñe a nosotros, que nos lo grabe bien en la memoria, para que cada vez que la vida nos pone ante la opción entre servir incluyendo o aprovecharnos excluyendo, entre lavar los pies a otro o lavarnos las manos ante la situación de los otros, se nos venga a los ojos esta imagen de Jesús y la alegría del servicio se adueñe de nuestro corazón y nos anime a trabajar por el Reino.

 Buenos Aires, 7 de agosto de 2005.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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31º Peregrinación Juvenil a Luján

Carta por la Niñez

A LOS SACERDOTES, CONSAGRADOS, CONSAGRADAS Y FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS

 Queridos hermanos y hermanas:

             La XXXI peregrinación juvenil al Santuario de Luján tiene como lema “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”. Le pedimos a nuestra Madre esta gracia: que nos ayude a cuidar toda vida y toda la vida. Lo hacemos con el grito filial de la oración y la confianza que nos da la Virgen. Ella le dijo a San Juan Diego: ¿”No estoy yo aquí que soy tu madre”? Saber que está cerca con su ternura maternal nos da fortaleza para seguir pidiéndole, con corazón de niños, “Madre ayúdanos a cuidar la vida”. Y, a la luz de esta oración filial, quiero proponer a la reflexión de Ustedes un problema de vida que afecta a nuestra ciudad.

             En los últimos años se han incorporado al paisaje ciudadano nuevas realidades: cortes de calles, piquetes, gente viviendo en las veredas... Una realidad, a mi parecer la más dolorosa, que se ha impuesto en este paisaje, tiene como protagonistas a los niños. La presencia de situaciones injustas y riesgosas de las que son víctimas nuestros niños, niñas y adolescentes nos golpean y conmueven.

             Niños y jóvenes en situación de calle, mendigando, durmiendo en estaciones de  subtes y ferrocarriles, en zaguanes y recovas; en ocasiones “aspirando” solos o grupalmente, son realidades habituales en el cotidiano paisaje ciudadano.

             Niños y adolescentes cartoneando y hurgando en la basura en búsqueda quizá de su única comida diaria, aun en horas entradas de la noche.

             Niños y jóvenes, muchas veces bajo la mirada de mayores que los regentean, ocupados en diversos trabajos formales e informales, vendiendo, haciendo malabarismos, limpiando vidrios, abriendo puertas de automóviles o repartiendo estampitas en los subtes.

             En la Ciudad de Buenos Aires está prohibida la “tracción a sangre”. Si aparece un carrito de cartoneros tirado por un caballo puede ser decomisado... Pero hay cientos de carritos de cartoneros que andan por todas partes (los veo diariamente en el microcentro) y como no se puede un caballo, entonces muchas veces los empujan los chicos. ¿Es que estos chicos no son “tracción a sangre”?   

El pasado 13 de agosto, por los diarios, nos enteramos que una red de pedofilia funcionaba en los barrios de Chacarita, Floresta, Congreso, Recoleta, San Telmo, Montserrat, Núñez, Palermo y Caballito. Chicos y chicas entre 5 y 15 años, manteniendo relaciones con mayores. Hace unos años nos rasgábamos las vestiduras cuando sabíamos que los Sex-Tours organizados en Europa hacia ciertos lugares de Asia incluían sexo con niños... y ahora lo tenemos instalado aquí, incluso en los menús de algunos alojamientos lujosos.

             Es una realidad dolorosa la creciente utilización de niños y adolescentes en el tráfico de drogas. Resulta también aberrante el consumo masivo de alcohol, por parte de niños y jóvenes, con la complicidad de comerciantes inescrupulosos. Incluso a veces se observa como práctica la ingesta de bebidas alcohólicas en niños de corta edad.  

Por otra parte, los datos de la realidad nos señalan que la mayoría de nuestros niños son pobres y que alrededor del 50% de los pobres son niños. Los niveles de indigencia se expresan dramáticamente en la actualidad y en nuestro futuro próximo, con consecuencias ciertas a partir de carencias nutritivas, ambientales, insalubridad, violencia y promiscuidad naturalizadas, que condicionan su crecimiento, problematizan su relación personal y tornan dificultosa su inserción social y comunitaria. Resulta escalofriante que algunas empresas de turismo, como parte de tours que organizan en nuestra ciudad, incorporen a las Villas de Emergencia, donde viven niños en estado de indigencia o pobreza, como lugares de observación y visita para los visitantes extranjeros. 

            La producción cultural, en especial la oferta televisiva, pone a disposición de nuestros niños y jóvenes, como ya lo vienen señalando prestigiosas instituciones y personalidades de nuestra sociedad, programas donde la degradación y frivolidad de la sexualidad, la desvalorización de la familia, la promoción de desvalores maquillados artificialmente como valores y la exaltación de la violencia, junto con una libertad irresponsable y “gánica”,  son constantes, aportando componentes de conductas que devienen paradigmáticos para nuestra juventud, frente a la pasividad de organismos de control y el financiamiento cómplice de empresas e instituciones. 

            Esta realidad nos habla de una degradación moral cada vez más extendida y profunda que nos lleva a preguntarnos cómo recuperar el respeto por la vida y por la dignidad de nuestros niños. A tantos de ellos les estamos robado su niñez y les estamos  hipotecado su futuro y el nuestro: una responsabilidad que, como sociedad, compartimos y que pesa más sobre los de mayor poder, educación y riqueza. 

Y si miramos la realidad religiosa, ¡cuántos niños no saben rezar!, ¡a cuántos no se les ha enseñado a buscar y contemplar el rostro del Padre del Cielo, que los quiere y los prefiere! Grave carencia en el ser mismo de una persona. 

            Todas estas realidades nos sacuden y confrontan con nuestra responsabilidad de cristianos, con nuestra obligación de ciudadanos, con nuestra solidaridad como partícipes de una comunidad que queremos cada día más humana, más digna y más acorde a la dignidad humana y de la sociedad. 

            Frente a esta realidad de nuestros niños y adolescentes aparecen reacciones diversas que se orientan a un acostumbramiento progresivo de creciente pasividad e indiferencia, una suerte de normalidad de la injusticia;  o, por otra parte, una actitud falsamente normativa y de supuesto bien común que reclama represión y creciente control que va, desde la baja de la edad de imputabilidad penal hasta su forzada separación familiar, en ocasiones sometiendo injustamente al sistema judicial situaciones de pobreza familiar o bien promoviendo una discrecional y abusiva institucionalización. 

            Y así podríamos continuar con esta descripción, la cual entraña un grito a tomar conciencia. Debemos tomar conciencia de la situación de emergencia de nuestra niñez y juventud. Debemos afrontar nuestras propias responsabilidades personales y sociales ante la emergencia. Debemos asumir como propios los mandatos constitucionales en la materia. 

            Debemos tomar conciencia de que cada chico marginado, abandonado o en situación de calle, con deficiente acceso a los beneficios de la educación y la salud, es la expresión cabal no sólo de una injusticia sino de un fracaso institucional que incluye tanto a la familia como también a sus vecinos, a las instituciones barriales, a su parroquia y a los distintos estamentos del Estado en sus diversas expresiones. Muchas de estas situaciones reclaman una respuesta inmediata, pero no con la inmediatez de las luces de bengala. La búsqueda e implementación de respuestas no emparchadoras no pueden hacernos olvidar que necesitamos un cambio de corazón y de mentalidad que nos lleve a valorar y dignificar la vida de estos chicos desde el seno de su madre hasta que descansen en el seno del Padre Dios, y a obrar cada día en consecuencia. 

            Debemos adentrarnos en el Corazón de Dios y comenzar a escuchar la voz de los más débiles, estos niños y adolescentes, y recordar las palabras del Señor “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt. 18: 5); y, “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial”  (Mt. 18: 10). Tanto esas voces como la palabra del Señor deberían conmovernos en nuestro compromiso y en nuestra acción: 

Estoy preocupado y dolorido por esta situación. Por ello quise escribirles esta carta. He tratado el tema con algunos especialistas, con la Vicaría Episcopal de Niños, con la Comisión de Niñez y Adolescencia en riesgo, con algunos jueces y legisladores. En base a lo reflexionado con ellos hago un resumen  sintético que añado en ANEXO. Esto nos ayudará sobremanera a reflexionar sobre esta realidad y sé que será útil en el camino de la Asamblea Arquidiocesana. Pero, sobre todo, quisiera que nuestros ojos no se acostumbraran a este nuevo paisaje ciudadano que tiene como protagonistas a los niños. Les pido, por favor, que abramos nuestro corazón a esta realidad dolorosa... los Herodes de hoy tienen muchos rostros diversos, pero la realidad es la misma: se mata a los niños, se mata su sonrisa, se mata la esperanza... son carne de cañón. Miremos con ojos renovados a estos niños de nuestra ciudad  y animémonos a llorar. Miremos a la Virgen y digámosle desde el llanto de nuestro corazón: “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”.

      Con paternal y fraternal cariño 

                                                                                         Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 Buenos Aires, 1º de octubre de 2005, Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de los Niños de la Arquidiócesis.

 

A N E X O

La conflictiva existencia de un sistema estatal de atención y protección de la niñez y adolescencia que podemos  calificar como “sistema en crisis” pone en evidencia una realidad donde las carencias sistemáticas, los quiebres o conflictos institucionales  son habituales, abonando  un imaginario social sobre  el tema y  desnudando nuestra conducta como sociedad.

Esta situación se plantea en un escenario donde, a pesar de la recuperación del crecimiento económico, en nuestra realidad cotidiana se mantiene la distribución injusta de la riqueza, que tan fieramente golpeó a las familias argentinas en el pasado reciente,  continuando su tendencia a concentrarse en los niveles de mayor poder y riqueza, sin que los esfuerzos planteados desde las medidas oficiales logren cambiar este sentido que como sociedad nos humilla y nos mortifica.

 Las políticas de Estado deben tender al crecimiento económico y a una justa distribución de la renta tal que el desarrollo de los países se comparezca con la calidad de vida de sus habitantes.

 “La verdadera y plena protección de los niños significa que éstos puedan disfrutar ampliamente de todos sus derechos, entre ellos los económicos, sociales y culturales, que les asignan diversos instrumentos internacionales. Los Estados Partes en los tratados internacionales de derechos humanos tienen la obligación de adoptar medidas positivas para asegurar la protección de todos los derechos del niño” (Corte Interamericana de Derechos Humanos mediante la Opinión Consultiva OC-17/2002 “Condición Jurídica y Derechos Humanos del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 8 de la parte dispositiva). 

Por ello, la actividad estatal no puede reducirse a lograr una reforma de legislación en materia de niñez, que se adapte a la Convención sobre los Derechos del Niño, sino que debería hacer hincapié en la efectivización de dicha Convención a través de la gestión monitoreo de las políticas públicas destinadas a restablecer los derechos vulnerados (necesidades insatisfechas). No se trata solamente de dictar leyes sino de cumplirlas adecuadamente mediante una gestión efectiva, en un marco de redistribución de la riqueza y de creación de empleo.

 Recordemos finalmente la conclusión principal de la Comisión de Trabajo Nro. 8 “Niñez y Jóvenes en Situación de Riesgo” de la VIII Jornadas de Pastoral Social (25 de junio de 2005): “Las políticas de niñez y familia deben ser políticas de Estado, debiéndose crear, monitorear y transformar los programas sociales a tal fin, que a su vez deben tener en cuenta el fortalecimiento y desarrollo de la vida familiar, articulando y cogestionando recursos públicos con la sociedad civil, y reforzando la capacidad de los integrantes de la familia para enfrentar la adversidad y salir fortalecidos”.

 Se deben realizar esfuerzos tendientes a revalorizar la cultura del trabajo que conlleva las notas típicas de esfuerzo, sacrificio, conducta y disciplina.

 El trabajo es una obligación pero también es un derecho que sirve de ejemplo para los niños: los niños al ver a sus padres laborando visualizan  su posible desarrollo, crecimiento  y maduración.

 Si bien en épocas de crisis económica, donde el desempleo crece, los Estados tienden a subsidiar al empleo o destinar planes para ayudar a la subsistencia de los hombres, estas políticas deben ser herramientas transitorias y no deben constituirse en política de Estado.

 Si los Estados no tienen una fuerte política destinada al crecimiento industrial, no crecerá el empleo, una de las formas de asegurar a los habitantes de una Nación la justicia conmutativa.

 De allí se mide el nivel de educación, la salud, la justicia, la cultura, el deporte, el fortalecimiento de las familias, el crecimiento y desarrollo de los niños, el cuidado de las personas mayores.

 Es necesario proteger el trabajo del hombre. ¿Cómo se lo protege? Instruyendo al hombre, culturalizándolo, entrenándolo, dándole la digna protección legal, dándole descanso, lugar para la recreación, asegurándole condiciones dignas para su vejez,  proporcionándole un sistema de salud  que lo proteja adecuadamente de sus infortunios laborales.

 Los trabajadores no son “instrumentos bípedos, sin libertad, sin moral, que sólo poseen manos que ganan poco y un alma absorta”, como sostuviera el abate Sieyes, quien fuera uno de los inspiradores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

 Con la promoción y el fortalecimiento del trabajo de los adultos lograremos evitar el trabajo de los chicos. Es muy difícil que un chico salga a buscar trabajo si sus padres cuentan con un empleo digno que le proporcione la satisfacción de las necesidades de la familia.

 Por otra parte el niño y el adolescente tenderán a concurrir y permanecer en los centros educativos, cumpliendo con su obligación y su derecho que es esencialmente el de estudiar.

 Es necesario desarrollar  programas orientados a favorecer el acceso, y la permanencia en la escuela, donde deben estar comprometidos  los maestros, las familias y  los propios niños.

La escuela es el principal mecanismo de inclusión. Quienes se van de la escuela pierden toda esperanza ya que la escuela es el lugar donde los chicos pueden elaborar un proyecto de vida y empezar a formar su identidad.  En la actualidad, la deserción escolar no suele dar lugar al ingreso a un trabajo sino que lleva al joven al terreno de la exclusión social: la deserción escolar parece significar el reclutamiento, especialmente de los adolescentes, a un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad en relación a la violencia urbana, al abuso y a la adicción a las drogas o al alcohol. Si bien la escuela puede no lograr evitar estos problemas, la misma parece constituir  la última frontera en que el Estado, las familias y los adultos se hacen cargo de los jóvenes, en el que funcionan, a veces a duras penas, valores y normas vinculados a la humanidad y la ciudadanía y en el que el futuro todavía no ha muerto.

La función esencial de la escuela es formar ciudadanos libres y con capacidad para defender sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Sin embargo, no por mantener al niño o al adolescente en la escuela debemos vaciarla de su contenido. El derecho constitucional que se garantiza es el derecho a la educación, no el derecho a la escolaridad. No es sólo inaugurando escuelas, repartiendo libros o útiles la manera en la cual se logrará cumplir con este derecho. Esto demandará un esfuerzo conjunto de toda la comunidad educativa. Este esfuerzo por un lado debe tener como eje la motivación del joven, no sólo para quedarse en la escuela sino para capacitarse y aprender, y por otro lado debe buscar fortalecer y revalorizar el rol del docente para que éste pueda enfrentarse a las nuevas realidades que se le presentan en el aula. 

 Para entender las causas de la deserción y el fracaso escolar debemos tener en cuenta una variable importante que es la desnutrición infantil. La infancia es el período caracterizado por el crecimiento corporal, que requiere una cantidad determinada de nutrientes para sintetizar nuevos tejidos o culminar etapas importantes como el desarrollo neurológico.

 La deficiente alimentación, desde su concepción en el vientre de la madre hasta los tres años en que se desarrolla el sistema nervioso, produce lesiones físicas o psíquicas que lo afectan de por vida. Es imprescindible realizar un seguimiento de los niños desde el momento en que la mamá embarazada empieza a controlarse en los hospitales para reducir el riesgo de que nazcan criaturas con bajo peso y reducir los índices de mortalidad infantil.

 El problema de la desnutrición infantil en nuestra ciudad no se soluciona entregando cajas con alimentos, eso reduce el fenómeno de la desnutrición a un plano biológico y no tiene en cuenta factores sociales, económicos, antropológicos y culturales. Debemos educar y crear buenos hábitos alimentarios para prevenir problemas de desarrollo en nuestros niños.

 Por otra parte, el mejoramiento de la situación de los niños, en lo que respecta a la pobreza, no puede estar alejado de políticas públicas generales destinadas a toda la sociedad. Justamente, las políticas distribucionistas plasmadas en la década del ´50 en países de Latinoamérica, permitieron reducir la “institucionalización” de niños, cuando aún no existía una legislación que conceptualizara al niño como sujeto de derecho.

 Resulta disvalioso para la sociedad en su conjunto, y fundamentalmente para educadores y educandos, que la escuela resulte ser en los hechos prioritariamente un lugar donde se asiste para alimentarse, desnaturalizandose el concepto esencial de la enseñanza.

 Las escuelas deben ser contenedoras de alumnos en estado de aprendizaje, de formación y de ninguna manera están llamadas a sustituir a las familias en una de las funciones primordiales la cual es dar alimento a sus hijos.

 Los problemas más significativos referidos a la población infanto juvenil, como hemos analizado, son la desnutrición, la deserción escolar y el ingreso temprano al mundo del trabajo. Estos problemas se ven profundizados cuando hablamos de embarazo adolescente.

 Es necesario trabajar con la adolescencia acompañándolos en este proceso, fortaleciendo su autoestima, el sentido de la responsabilidad, el cuidado de la salud y posibilitando el diseño de proyectos alternativos para sus vidas.

 Creemos fundamental reforzar los vínculos familiares para evitar que los niños lleguen a la situación de calle o terminen institucionalizados.

 Si bien existe una demanda social muy fuerte a favor de la institucionalización, los tratamientos con larga privación de libertad no han logrado buenos resultados. Esto queda demostrado ya que ocho de cada diez presos adultos pasaron por Institutos de Menores. Es preocupante además que mientras cuatro de cada diez chicos ingresan por causas penales, el resto ingresa por causas asistenciales, porque su familia no puede hacerse cargo de ellos o porque son victimas de violencia.

 Estos hechos están íntimamente ligados a la falta de actualización de la legislación sobre el tema, donde la persistencia de la ley, conocida como Ley Agote, progresista en su tiempo, ya no refleja los cambios de nuestra sociedad ni las miradas basadas en el niño y el joven como sujeto de derecho. Esta nueva mirada está expresada cabalmente por la Convención de los Derechos del Niño que, aprobada con reservas por nuestro país por ley 23849, forma parte del plexo constitucional a partir de la reforma constitucional de1994.

 La Convención es el  tratado de Derechos Humanos que mayor ratificación ha tenido entre los estados miembros del sistema de Naciones Unidas, incluido el Estado Vaticano y  constituye, no sólo un compromiso de los firmantes desde el punto de vista internacional,  sino que fundamentalmente redefine las obligaciones insalvables de las políticas públicas respecto a la niñez, la adolescencia, la juventud y las familias.

 En su preámbulo destaca, como elementos sostenedores de la necesidad y vigencia de la Convención, entre otras afirmaciones : “…Convencidos de que la familia, como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para crecimiento  y el bienestar de todos sus miembros, y en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la comunidad” y agrega “reconociendo que el niño para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de una familia, en un ambiente de amor, felicidad y comprensión”.

 El mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la infancia no está desvinculado de lo que suceda a cada familia, que representa el sostén psicosocial y cultural en el crecimiento de cualquier niño. Se han advertido últimamente programas destinados solamente a niños, como si se pudiera mejorar la situación de los niños sin sus familias. A propósito recordaremos que: “La familia constituye el ámbito primordial para el desarrollo del niño y el ejercicio de sus derechos. Por ello, el Estado debe apoyar y fortalecer a la familia, a través de las diversas medidas que ésta requiera para el mejor cumplimiento de su función natural en este campo”  (Corte Interamericana de Derechos Humanos mediante la Opinión Consultiva OC-17/2002 “Condición Jurídica y Derechos Humanos del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 4. de la parte dispositiva).

 Asumir la Convención implica establecer una relación del Estado con los ciudadanos y ciudadanas, con los chicos y jóvenes que define una cosmovisión entre el estado y los miembros de la comunidad. No debe limitarse a generar una nueva retórica, ni constituirse solamente en un marco ético. Asumir la Convención implica  superar una tradicional perspectiva de satisfacer determinadas  necesidades para proponer, un enfoque de derechos donde  universalidad, integralidad y exigibilidad constituyen el trípode   que define la relación del Estado con la niñez y adolescencia.

 Para esta finalidad el Estado debe orientar todos los recursos disponibles, a través de planes, programas y acciones desde una perspectiva generada por esta nueva legalidad.

 Frente a esta realidad, los cristianos y los hombres de buena voluntad no podemos permanecer inactivos o desorganizados en acciones individuales o grupales que, aunque valiosas y ejemplares, carecen de la eficacia y el impacto necesario para transformar la realidad.

 No debemos  olvidar la multitud de ejemplos de abnegación, solidaridad, responsabilidad y testimonio que día a día nos brindan  familias, instituciones y jóvenes en el diario esfuerzo de sobrevivir, resistir y en la tarea de construir una sociedad mas justa.

 El camino es arduo pero el mandato indelegable. Es hora de asumir nuestras propias responsabilidades frente a los niños y los jóvenes, como cristianos, como ciudadanos, como hombres y mujeres de buena voluntad. Es hora que las instituciones preocupadas por la niñez y la juventud sean escuchadas y tenidas en cuenta. Es hora que el Estado, como Garante del Bien Común  asuma su responsabilidad  y su obligación, en la defensa de la vida, en la protección de su crecimiento y desarrollo; en la promoción humana y social de personas, familias e instituciones.

 Implementar rápidamente políticas de Estado destinadas al desarrollo de las familias de escasos recursos.

 El presupuesto de la Ciudad debe contemplar prioritariamente la adjudicación de partidas especiales destinadas al fomento del empleo y al crecimiento económico de manera tal que sus habitantes obtengan trabajo y que el mismo resulte digno para los mismos.

 Los dirigentes, tanto los que conducen los destinos del Gobierno de la  Ciudad como los de la oposición, deben confeccionar un plan destinado a abolir todas las prácticas de trabajo infantil y toda otra forma de explotación de la niñez.

 Al mismo tiempo dichos dirigentes deben consensuar e implementar rápidamente políticas aplicadas a la educación pública, de forma tal que los docentes, percibiendo un salario acorde a sus necesidades, puedan dedicarse de pleno a la instrucción, educación y motivación de los menores a efectos que éstos descubran los valores esenciales de la vida. De esa forma la docencia volverá a encontrar los principios esenciales de su existencia.

 Esos mismos dirigentes deben acordar y aplicar rápidamente un plan sistematizado tendiente a proteger sanitariamente a las familias de menores recursos, de manera tal que los niños desde su concepción en el seno materno sean atendidos médicamente y se continué su evolución y crecimiento.

 Una sociedad que se precie de tal, no puede ignorar los valores que llevan a la realización plena del hombre en todo su desarrollo. Y, entre esos valores, cabe destacar la dimensión religiosa. El hombre es imagen de Dios y llamado a la comunión con Él.

 Las políticas implementadas hasta la fecha han producido graves daños a los dos extremos de la vida, precisamente el de las personas más indefensas de esta sociedad: los niños y los ancianos.

 No posterguemos para el futuro el cumplimiento de estas deudas, el día y la hora es hoy o nunca.    

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena

 Nació de noche, fue anunciado de noche a “unos pastores que vigilaban por turno sus rebaños” (Lc. 2: 8), se encolumnó con “el pueblo que caminaba en las tinieblas...” con “los que habitaban en el país de la oscuridad”  (Is. 9: 1). Y fue luz, “una gran luz” (Is. 9: 1) que se vuelca sobre la densa tiniebla, luz que lo envuelve todo: “y la gloria del Señor los envolvió con su luz” (Lc. 2: 9). Así nos presenta la liturgia de hoy el nacimiento del Salvador: como luz que rodea, penetra, toda oscuridad. Es la presencia del Señor en medio de su pueblo, presencia que destruye el peso de la derrota, la tristeza de la esclavitud y planta la alegría. “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”. (Lc. 2: 10-11). “Les ha nacido”: sí nace para todo el pueblo, nace para toda la historia en camino, nace para cada uno de nosotros. No es un aviso en “Notas Sociales”. Se trata de un anuncio que toca el núcleo mismo de la historia y pone en marcha otro modo de andar, otro modo de comprender, otro modo de existir: andar, comprender, y existir junto a “Dios con nosotros”. 

            Pasaron muchos siglos desde que la humanidad comenzó a oscurecerse. Pienso en aquella tarde en que se cometió el primer crimen y el cuchillo de Caín segó la vida de su hermano (Gen. 4: 8). Pasaron muchos siglos de crímenes, guerras, esclavitud, odio. Y aquel Dios que había sembrado su ilusión en la carne del hombre, hecho a su imagen y semejanza, seguía esperando. ¡Las ilusiones de Dios! Motivo tenían para desaparecer. Pero Él no podía: estaba “esclavizado”, por decirlo así, a su fidelidad, no podía negarse a sí mismo el Dios fiel (2 Tim. 2: 13). Y ese Dios seguía esperando. Sus ilusiones, enraizadas en su fidelidad, eran custodiadas por la paciencia. ¡La paciencia de Dios frente a la corrupción de pueblos y hombres! Sólo un pequeño resto “pobre y humilde, que se refugiaba en el nombre del Señor” (Sof. 3: 12) acompañaba su paciencia en medio de las tinieblas, compartía sus ilusiones primeras.

             Y, en este andar histórico, esta noche de eclosión de luz en medio de las tinieblas nos dice que Dios es Padre y no se decepciona nunca. Las tinieblas del pecado y de la corrupción de siglos no le bastan para decepcionarlo. Aquí está el anuncio de esta noche: Dios tiene corazón de Padre y no reniega de sus ilusiones para con sus hijos. Nuestro Dios no se decepciona, no se lo permite. No conoce el desplante y la impaciencia; simplemente espera, espera siempre como el padre de la parábola (Lc. 15:20) porque a cada momento sube a la terraza de la historia para vislumbrar de lejos el regreso de los hijos.

             Esta noche, en medio de la quietud y silencio de ese pequeño resto de justos, los hijos comienzan a regresar y lo hacen en el Hijo que aceptó ser hermano para acompañarlos en el camino. Ese Hijo, del cual el Ángel le había dicho a San José que “salvaría a su pueblo de todos sus pecados” (Mt. 1: 21). Todo es tierno, pequeño, silencioso: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is. 9: 5); “esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2: 12). El reino de la apariencia, el autosuficiente y fugaz, el reino del pecado y la corrupción; las guerras y el odio de siglos y de hoy se estrellan en la mansedumbre de esta noche silenciosa, en la ternura de un niño que concentra en sí todo el amor, toda la paciencia de Dios que no se otorga a sí mismo el derecho de decepcionarse. Y, junto al niño, cobijando las ilusiones de Dios, está la Madre; su Madre y nuestra Madre que, entre caricias y sonrisas, nos sigue diciendo a lo largo de la historia: “Hagan todo lo que Él les diga” (Ju. 2:5).

             Esto es lo que quisiera compartir hoy en la paz de esta noche santa: nuestro Dios es Padre, no se decepciona. Espera hasta el final. Nos ha dado a su Hijo como hermano para que caminase con nosotros, para que fuese luz en medio de la oscuridad y nos acompañara en el aguardar “la feliz esperanza” definitiva (Tit. 2:13). Nuestro Dios, el mismo que sembró sus ilusiones en nosotros, el mismo que no se concede decepcionarse de su obra, es nuestra esperanza. Como los Ángeles a los pastores quisiera decirles hoy: “No tengan miedo”. No le tengan miedo a nadie. Dejen que vengan las lluvias, los terremotos, los vientos, la corrupción, las persecuciones al “resto” de los justos... (cfr. Mt. 7: 24-25). No tengan miedo siempre que nuestra casa esté cimentada sobre la roca de esta convicción: el Padre aguarda, tiene paciencia, nos ama, nos manda a su Hijo para que camine con nosotros; no tengan miedo mientras estemos cimentados sobre la convicción de que nuestro Dios no se decepciona y nos espera. Esta es la luz que brilla esta noche. Con estos sentimientos quiero desearles feliz Navidad.

 Buenos Aires, 25 de diciembre de 2005.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la homilía del Arzobispo de Buenos Aires, en ocasión de la Misa por el primer aniversario de la tragedia de Cromagnon

El Evangelio es elocuente por sí mismo. La familia: papá, mamá, un niño llevados al templo a presentarlo a Dios, y a presentarlo a la Vida, como si los dos estuvieran diciendo “yo traigo a este hijo para presentarlo la vida”. Detrás de ese gesto de presentar un hijo a la vida, las ilusiones, las ilusiones de ese padre y de esa madre. ¡Las ilusiones del corazón de esa madre con su niño en brazos! Las ilusiones de una madre cuando tiene a su hijo en brazos. Lo proyecta, mira hacia adelante. Lo presenta a la vida y sueña con el futuro de su hijo. Sueña con su propio futuro trascendido en el futuro del hijo. Así estaba  María con esas ilusiones y después de ver cumplido ese rito religioso irrumpen las palabras del anciano: “Una espada te traspasará el corazón”. A ti una espada te traspasará el corazón. Las ilusiones de esa madre se desvanecen, cambia su estado de ánimo y el camino de vuelta es distinto que aquél que habían hecho para llegar al templo. Esa madre iba pensando  en qué espada le iba a traspasar el corazón y ya presentía que la presentación de ese niño a la vida estaba signada por la tragedia. Tal era el corazón de María en ese día. 

Así María vivió la ida al templo y el regreso del templo. Y después lo fue viviendo a lo largo de la vida cuando a los pocos días tuvieron que escaparse a Egipto porque lo perseguían, porque marginaron al niño… cuando fueron exilados en  ese país extranjero, cuando tuvieron que volver ocultamente a la Galilea para evitar la persecución del niño, cuando veía que ese niño hecho hombre era perseguido, era calumniado, cuando ella con su intuición de madre presentía la traición y la tragedia. Presentía que se pagaba para que ese hijo fuera traicionado, que se pagaba para que la verdad fuera ocultada como sucedió cuando se les pagó a los guardianes del sepulcro para que dijeran otra cosa. 

Todo eso en el corazón de la madre. Esa madre sufría aquello que después le tocó vivir: el desenlace de la tragedia. El corazón de María estaba al pie de la cruz en el momento de la tragedia, en el momento en que se cumple la segunda parte de esta profecía del anciano del templo. La primera parte “y a ti misma una espada te atravesará el corazón” la estaba viviendo al pie de la cruz y fue entonces que se cumplió la segunda parte “así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

En el momento de la tragedia sale lo que hay en el corazón de las personas y ahí estaban junto a la cruz unos poquititos, fieles a Jesús; otros escondidos por miedo, otros cuidándose las espaldas para no perder posiciones, otros tratando de ver cómo arreglar políticamente la traición de Judas, otros mirando al futuro sin Jesús y aflora así lo que cada uno tenía en el corazón. A ese pobre ladrón que estaba crucificado con él le sale lo mejor que tenía en el corazón y le dice: “Señor, acordate de mí”. Jesús hace brotar lo que hay en el corazón de los hombres y eso una madre lo siente de manera especial.

 Hace un año, nuestra ciudad sufrió la bofetada de una tragedia. Hace un año este camino de esperanza de tantas madres para con sus hijos fue segado. Esos hijos no están más. Esta ciudad hace un año que viene tratando de hacerse cargo pero, como en la cruz, es feo estar junto a la tragedia. Es difícil como hombre o como mujer hacerse cargo de una tragedia. Con amor. Solamente el corazón de Ustedes, mamás, sabe, y puede hablarnos de lo que es una tragedia. Solamente el corazón de Ustedes, papás, puede ayudarnos en este camino de fidelidad a la verdad en una tragedia.

Y en esta ciudad fue segada la vida de 194 hijos jóvenes que eran promesa, que eran futuro, se nos segó la esperanza de estos chicos que no van a ser sustituidos por nadie porque cada uno es único, insustituible. Y por eso yo quisiera decirle a esta ciudad tan preocupada por muchas cosas que mire con corazón de madre —porque la ciudad también es madre— a estos hijos que ya no están, y que llore…

 Queridos hermanos y hermanas: Buenos Aires necesita llorar. Buenos Aires no ha llorado lo suficiente. Buenos Aires trabaja, busca, “rosca”, hace negocios, se preocupa por el turismo, pero no ha llorado lo suficiente esta bofetada. Buenos Aires necesita ser purificada por el llanto de  esta tragedia y de tantas otras.

Hoy, estamos aquí adentrándonos en el corazón de esta madre que fue al templo llena de ilusiones y que volvió con la certeza de que esas ilusiones iban a ser segadas, cortadas. Entrando en este corazón acordémonos de estos hijos de la ciudad, de esta ciudad madre, que los reconozca, que se dé cuenta que éstos, como el caso de Abraham en la primera lectura, son los hijos de la herencia;  y la herencia que nos dan hoy estos hijos que ya no están es una muy dura advertencia: ¡que no se les endurezca el corazón!, nos dice.

Sus fotos aquí, sus nombres, sus vidas simbolizadas en estas velas nos están gritando que no se nos endurezca el corazón. Ésa es la herencia que nos dan. Son los hijos de la herencia que nos dice: “lloren”.

Ciudad distraída, ciudad dispersa, ciudad egoísta: llorá. Te hace falta ser purificada por las lágrimas. Hoy aquí rezando juntos le damos este mensaje a nuestros hermanos de Buenos Aires: lloremos juntos, nos hace falta llanto en Buenos Aires.

 Rezamos en esta Misa, adentrándonos en el corazón de nuestra Madre Virgen que llevó a su hijo al templo con un sentimiento y lo trajo de vuelta con otro sentimiento. Y lloremos. Lloremos aquí. Lloremos afuera y pidámosle al Señor que toque los corazones de cada uno, de nuestros hermanos de esta ciudad y los haga llorar. Que purifique con el llanto a esta ciudad tan casquivana y superficial.

Mientras, recordemos los nombres de los chicos, esos que no están pero nos dejaron la herencia, la dura advertencia de que no nos hacemos cargo de las múltiples tragedias de la ciudad. Mientras pensamos en estos chicos, recojamos su herencia, guardémosla en el corazón y no cejemos a luchar por ellos.

Y recemos por ellos, por la herencia que nos dejaron con su vida y por esta ciudad para que no se haga tanto la distraída

Que así sea. 

Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

Viernes 30 de diciembre de 2005

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