Año 2006

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena (24/12/2006)

92ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina (06/11/2006)

Homilía del Cardenal Bergoglio al Inaugurar El I Congreso de Evangelización de la Cultura (03/11/2006)

32º Peregrinación Juvenil a Luján (1/10/2006) "Madre, necesitamos vivir como hermanos "

Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas (Agosto 2006)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano (07/08/2006)

Desgrabación de la Homilía del Cardenal Mons. Jorge M. Bergoglio en ocasión del 30 Aniversario del fallecimiento de Mons. Enrique Angelelli - Catedral de La Rioja (04/08/2006) 

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (17/06/2006)

 Homilía del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo (25/05/2006)

 Homilía del Cardenal Bergoglio al inaugurar la 91ª Asamblea Plenaria del Episcopado - (08/05/2006)

 Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación (27/04/2006)

 Vigilia Pascual - (15/04/2006)

 Misa Crismal (13/04/2006)

 Disertación del Sr. Arzobispo en ADEPA (06/04/2006)

 Presentación del libro "Iglesia y democracia en Argentina" (06/03/2006)

 Palabras del Sr. Arzobispo en el Curso de Rectores (09/02/2006)

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Palabras del Sr. Arzobispo en el Curso de Rectores

 Algunas líneas sobre la educación.

 De cara al hecho educativo encontramos algunas certezas que hoy nos hace bien retomar y algunas dificultades que nos hace bien conocer mejor para superarlas adecuadamente. Por otro lado también el arte de educar participa de las certezas y dificultades de la cultura que le toca vivir. Simplemente me limitaré a mencionar las certezas y dificultades y a sugerir caminos de madurez por los que se ha de abordar el problema.

 Encuentro educativo y aceptación mutua

 La primera certeza: para que se dé un hecho educativo necesitamos personas, por lo menos dos. La educación es un hecho espirtual-personal. Es decir, hablamos de encuentro educativo. Prefiero  definir al educador como persona de encuentro, y esto en sus dos dimensiones: el que “extrae algo de dentro…”, y el ser persona de autoridad, en el sentido etimológico de la palabra: “el que nutre y hace crecer”. (Autoritas, de augere)

 Aunque en tiempos posteriores, la autoridad se identificó con el poder, en sus inicios no fue así. Por eso, en nuestra definición de educación, el educador, el que conduce (e - duca – re, de duc, de duce) y persona de autoridad, viene a ser aquel que conduce hacia las verdaderas nutrientes; conduce por el camino de la interioridad hacia lo fontal que nutre, inspira, hace crecer, consolida, misiona. Dos dimensiones del encuentro o, más bien, dos encuentros: el encuentro con la interioridad de sí mismo y el encuentro con el educador-autoridad que me conduce por el sendero hacia ese encuentro interior. A esto llamo encuentro educativo.

 Hablamos de encuentro educativo y aunque el encuentro tenga notas de compañerismo, uno es el que elige educar y otro el ser educado. Hay uno que conoce el camino y lo ha recorrido algunas veces y otro que, confiado en esa ciencia y en esa sabiduría, se deja conducir. Pero esto no puede reducirse a una ecuación de actividad-pasividad. También el educador recibe del educando y esa recepción lo perfecciona y lo purifica. De ahí que el encuentro educativo requiere la aceptación mutua:  no existe otra forma de lograr la cooperación que conjuga los esfuerzos de unos y otros en busca de las altas finalidades educativas que esta aceptación mutua.

 Superar las divisiones

 Tal encuentro permite superar la frecuente situación de “dos bandos en pugna”, no siempre notoria pero existente. Tengamos en cuenta que todo encuentro humano y vitalmente comprometido resulta, al mismo tiempo, conflictivo por la exigencia de abnegación y de renuncia de los propios egoísmos.

 Este encuentro está amenazado hoy día, sencillamente porque los agentes (padres, alumnos, docentes, directivos, gremios, Estado Nacional) no desarrollan un objetivo común y único; entonces, como ya es habitual en nuestra entristecida Patria, la dispersión y el encierro pertinaz en cada uno de los fines de los agentes mencionados son impedimento serio para esa unidad basal en la que se anida el hecho educativo y en la que cobra todo su esplendor y eficacia.

 La educación hoy en día sufre una constante erosión. Se neutraliza cualquier búsqueda de unidad y encuentro por intereses, en la mayoría de los casos, ajenos a la misma educación. Se ha tornado muy problemático lograr la unidad de varios y la complementación de opuestos. Las soluciones más comunes son: o la absorción de una de las realidades en oposición por parte de la otra; o la síntesis de ambas  en un “pactismo” de tipo hegeliano. En cambio, la más difícil y la única constructiva es la superación del conflicto en un plano superior donde se mantengan virtuales las realidades en conflicto, y en este sentido podemos decir que la fuerza y vitalidad de un proceso de aprendizaje cualquiera, se sostiene en acuerdos no pactistas en el marco de una actitud básica de confianza mutua.  Acuerdos que se ejercen entre la institución, los docentes, los padres, los alumnos, el Estado Nacional y los gremios; de este modo se disponen a formar el ciudadano que necesitamos para nuestra patria futura. Acuerdos que entrañan un encuentro previo con oposiciones dialogantes y reconciliadas, con miras al bien común.

 Protagonistas o espectadores

 La erosión a la que me referí antes y que se provocaba con el juego de intereses ajenos a la educación también tiene otro efecto: nos ha transformado en espectadores y hemos dejado de ser protagonistas de nuestra historia personal y de nuestra vida. Se opina mucho y se protagoniza poco. Se mira y se juzga todo asunto “como desde afuera”.  Al decir “como desde afuera”, señalo una posición en extremo subjetiva. Esta forma de juicio, al no poder despegarse de la propia subjetividad, es arbitraria; suele ser muy estricta con los demás y demasiado condescendiente consigo mismo. De allí sólo hay un paso para un proceder injusto o, a veces, anárquico. De esta actitud no estamos libres ninguno de los agentes mencionados más arriba.

 En dirección contraria al camino del encuentro en sus dos sentidos, nos aislamos y entonces somos espectadores y no protagonistas de nuestra propia historia personal. Vivimos mirándonos y juzgándonos de acuerdo a un paradigma que tiene que ver, más con una imagen que pretendemos o deseamos que con lo que somos realmente. Prendados de condicionamientos psicológicos o enredados en ellos, no se alcanzan a vislumbrar horizontes más amplios que de alguna manera “obliguen” a  salir de “sí mismo” y llegar al “otro” en un encuentro que es el cimiento para la configuración personal y se vuelve cada vez más necesario en la configuración como país. El “éxodo de sí mismo” es condición indispensable para lograr el encuentro.

 El prójimo nos espera

 Superar las divisiones y ser protagonistas: dos actitudes para el encuentro. Y ¿cómo se da? “Salir de sí e ir al prójimo” es una necesidad vital que sólo es posible en el ámbito de un lazo fraternal y afectivo: de lo contrario se realiza de una manera compulsiva, en un desmadre de la personalidad que no resulta beneficioso ni para el propio sujeto protagonista directo de la educación, ni para aquellos que con él están.  Por ejemplo: los desmadres se van floculando de forma artificial ya sea por adicciones puntuales, ya extremando las razones de justicia hasta convertirlas en injusticia o bien el conocido recurso sistemático a la queja o a reclamos judiciales. Es decir se crea un clima cuyo polo de atracción es la dispersión de fuerzas movilizadas por intereses puntuales. Y entonces se da el contrasentido de recurrir a medios artificiales para alcanzar el encuentro en paz. La verdadera paz interior duradera, la plenitud que se desea y anhela no tiene otro secreto que el desvivirse para que otros vivan: el amor. El amor fraternal. Encuentro en ambiente de amor fraternal. ¿Cómo describiría este amor fraternal en contraposición a los medios artificiales?

 No se trata del eros de los griegos, el amor que más que ninguna noción comunica el romance y, aunque se tiende a pensar sólo en lo carnal, eros no se refiere siempre a lo sensual, sino que incluye el anhelo de la unidad con el ser amado y la posesión en exclusividad.

 Y tampoco del agapao, amor totalmente abnegado que tiene la capacidad de dar y mantenerse dando sin esperar que se le devuelva algo, muy propio por otro lado del amor desinteresado de Dios y de la caridad cristiana.

 Hablo aquí de phileo, conocido por nosotros por el adjetivo “filial” o “fraternal”, amor que tiene afecto por el ser amado pero siempre espera una respuesta. Es un amor de relación, participación, comunicación, amistad. El amor filial-fraternal hace amigos que disfrutan de la cercanía y del compañerismo. Comparten los intereses y pueden o no compartir el tiempo. Obviamente se necesitan dos personas para la plenitud del amor filial-fraternal, puesto que es necesaria una respuesta de parte del otro para que continúe habiéndolo. Se trata de ser los mejores amigos el uno del otro. Éste es el desafío que posibilita el ámbito de encuentro como necesario a la educación.

 No es solo cuestión de técnicas

 En el marco docente, la posibilidad de no darse el encuentro y ser espectador, no protagonista, es fácil de percibir cuando se da una excesiva confianza en la técnica o en la aplicación de la técnica.

 Un docente no es un técnico: tiene algo y mucho de padre y madre. Si hablamos sólo de técnico, no estamos hablando de un encuentro educativo o de cultura del encuentro. No hablamos de dos o más personas unidas entre sí por lazos indelebles, sino de personas relacionadas o que se conocen por las circunstancias fortuitas, por medios supletorios y mecánicos como son las técnicas.

 La consecuencia más marcada de esta percepción en el campo educativo es que se trabaja sobre la persona exitosa que debería llegar a ser, más que con la que se tiene delante. Así encontramos enormes cabezas que saben mucho, pero corazones raquíticos que sienten poco. (O sienten para algunos). No se consigue fraguar un encuentro de personas en el cual, ambas dos personas tienen algo para dar y algo para recibir.

 Es claro que se da un encuentro, pero a la larga resulta periférico, externo. No quedan involucradas las personas sino externamente: mediadas por técnicas y por resultados, no por vínculos afectivos y perennes.

 La columna vertebral en las manos de los padres

 Desde el ámbito de los padres, (o quienes ocupen su lugar) también reconocemos que han perdido protagonismo en la educación de sus hijos y han pasado a ser espectadores. En gran medida por no hacerse cargo de los chicos, ya sea por duda, desconocimiento u otros tantos motivos. Aquí también se puede hablar de un desfasaje de la autoridad hacia el “dialoguismo superficial” que, en el fondo, evita el encuentro.

 La formación interior, la del corazón, la más interna de los chicos y de los jóvenes ha cambiado de mano. No está en las manos de los padres, sino en manos de profesionales. Hay un problema de aprendizaje y se recurre al psicólogo. Y aun, luego de conocidas las causas, muchas veces se pone remedio, recurriendo a nuevos profesionales que no son docentes. No niego ni descarto la ayuda profesional. Simplemente menciono este “cambio de mano” en la conducción armónica interior.

 Suele decirse que antiguamente el padre hacía una transferencia de autoridad cuando llevaba su hijo a la escuela. Lo dejaba en manos del maestro y le decía además que no le mezquine un bife si hacía falta. ¿Se imaginan hoy en día algo así? Ya en su casa, se reforzaba aquella acción de transferencia de autoridad y se estaba al tanto de todo cuanto ocurría en la escuela, sin tener la posibilidad en muchos casos de manejar los contenidos que el maestro utilizaba en el aula. 

 Los padres o quienes ocupan ese lugar hoy, con más posibilidades de manejar los contenidos áulicos, han permitido que se aleje de sus manos la columna vertebral de la formación. No está en las manos de ellos sino de otros, que se tornan ajenos a la familia y en definitiva a la realidad personal. Al no haber encuentro con la autoridad paternal no se da la transparencia de la autoridad, y el corazón de los chicos se torna (despolitizo la palabra) etimológicamente anárquico.

 Restablecer lazos

 Tal vez, por estas razones que fui enumerando pienso que, al desvirtuarse el camino pedagógico por la aplicación indiscreta de modelos importados o de solas técnicas,  hemos roto lazos con ese encuentro educativo, patrimonio de la escuela argentina (y orgullo durante décadas). Y, al romperse el lazo principal,  aquél que vinculaba interiormente al docente con el alumno, se ha perdido la ligazón afectiva con el país, con la Patria, con los hermanos. Los invito a retomarlos. Para ese encuentro educativo los docentes necesitamos, más que de  técnicas, de afectos: confiar en sus afectos. Querer lo que hacen y querer a sus alumnos.

 Desde ese afecto fraternal o paternal-maternal que configura una mirada sapiencial formarán en sus alumnos un corazón que ama a su Patria y a su tierra, sin conocerla con sus ojos todavía. Que admira a sus héroes porque iluminan un camino que no es fácil, pero que no es imposible de recorrer. Conoce y ama sus costumbres y su folklore. Es agradecido con lo que es y con lo que tiene, y no tiene miedo de seguir caminando en un progreso contínuo hacia horizontes más grandes que lo desafían.

 Buenos Aires, 9 de febrero de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

  

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Presentación del libro "Iglesia  y democracia en Argentina"

 1        Al cumplirse 25 años de “Iglesia y Comunidad Nacional” el Episcopado publica el libro “Iglesia y Democracia en Argentina” que ofrece una recopilación de los documentos elaborados por los Obispos durante las últimas décadas.“Iglesia y Comunidad Nacional” en 1981 significó un hito para la Iglesia en Argentina: comienza entonces a gestarse el retorno a la democracia y  con este luminoso documento los Obispos acompañan esos esfuerzos de políticos, sindicalistas, organizaciones populares y muchos otros actores sociales. “Iglesia Y Comunidad Nacional” fue una palabra profética pronunciada desde el Evangelio, que acompañó la marcha de la Iglesia y de todos los hombres de buena voluntad en esa inmensa y compleja tarea que fue el restablecimiento de la democracia en nuestra patria.

 2        La Iglesia habla sobre las diversas realidades humanas por propio derecho, ella es “experta en humanidad” y “nada verdaderamente humano le es ajeno”. Desde la certeza de la fe en Jesucristo y su Evangelio la Iglesia tiene una visión del hombre y del mundo y la proclama con alegría. Los documentos que presentamos muestran cómo en la Argentina los Obispos han procurado ser fieles a su misión de anunciar la novedad de Jesucristo y cumplir con lo que Benedicto XVI señala que es la misión de la Iglesia: alumbrar la realidad desde la luz de la fe:

 “La naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo… pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera (a la razón) de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio.” (Deus caritas est, 28)

 3        La palabra de la Iglesia sobre las cuestiones referidas a la dignidad humana o a las realidades sociales no son un diagnóstico hecho desde las ciencias humanas. No se centra en las encuestas ni en los datos socioeconómicos u otros instrumentos seguramente muy útiles para sociólogos, economistas o políticos, sino que es una palabra profética sobre la realidad pronunciada desde el Evangelio, una palabra que no pretende aportar soluciones técnicas sino despertar las conciencias en orden a la consecución del bien común.

“La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia.” (Deus caritas est, 28)

De ahí que es muy importante utilizar una adecuada hermenéutica en la comprensión de los documentos eclesiásticos. Hay que interpretarlos en su totalidad englobante. No es lícito desgajar párrafos o frases aislándolas del contexto porque –de este modo- se altera su significado y se hace decir al documento lo que no dice o, peor aún, lo contrario de lo que dice. La instrumentalización de un documento episcopal por medio de este reduccionismo fragmentario desnaturaliza el mensaje constructivo y profético de la Iglesia. Por ello, y vuelvo a insistir, es necesario acercarse a los mensajes episcopales con una hermenéutica totalizante y adecuada.

 4        Los documentos que se presentan en este libro testimonian el esfuerzo pastoral       del episcopado argentino. Están agrupados en cuatro grandes temas:

     a) La Iglesia y la construcción de la democracia y la justicia social

En esta sección encontramos los documentos y declaraciones elaborados en distintos momentos de nuestra historia reciente. En ellos se ofrece un marco de reflexión sobre el país y se presentan los grandes temas de los que se ocupa la doctrina social de la Iglesia aplicándolos a nuestra realidad nacional. Los conceptos de persona, sociedad, orden económico y social, y muchos otros son expuestos para aportar una palabra pastoral a las distintas crisis y conflictos vividos durante este período.

En estos documentos aparecen  claramente reflejadas las preocupaciones de los obispos, que acompañan el caminar del pueblo de nuestra patria con una tarea pastoral permanente y esforzada, escuchando a los fieles y procurando ser siempre punto de encuentro y de reconciliación. De esta manera la Iglesia cumple con  “el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.”(Deus caritas est, 28)  

      b) La defensa de la vida y la familia en democracia

La construcción de la democracia y de una convivencia plenamente humana es para la Iglesia inseparable de la defensa de la vida y de la familia. Sobre estas cuestiones los Obispos plantearon elementos fundamentales para poder establecer un diálogo claro y abierto con el resto de la sociedad que permita iluminar desde el Evangelio los temas de la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, de la familia, de la educación para el amor y muchas otras cuestiones que son claves en la vida de una sociedad.

En este tema el centro de la atención estuvo puesto en la defensa de la vida, en la línea de lo propuesto por el Santo Padre Juan Pablo II con el concepto “Cultura de la Vida”. Los títulos de los documentos señalan esa constante intención de reafirmar el valor central de la dignidad de la persona

    c) La Iglesia y la defensa de los derechos humanos

Procurando que esta colección de documentos sea útil para la comprensión del aporte de la Iglesia a la realidad de nuestra Nación, fue necesario apartarse del estricto orden cronológico y presentar en el punto tercero (La Iglesia y la defensa de los derechos humanos), documentos anteriores a “Iglesia y Comunidad Nacional”, fechados entre 1967 y 1982.

Como lo indica el prólogo de esa sección “nunca antes se vio tan comprometida la        integridad de las personas y sus derechos individuales, como así también la existencia de las instituciones fundantes de la Nación.”  Tanto los acontecimientos durante los gobiernos de facto como la correcta comprensión de muchos acontecimientos ocurridos durante los gobiernos democráticos y algunas dificultades que persisten aún después de más de veinte años de democracia, exigían la inclusión de estos documentos episcopales gestados en aquellas horas dolorosas de nuestra historia

    d) Los conflictos internacionales.

Finalmente se presentan los documentos que reflejan la actuación del Episcopado ante dos conflictos internacionales: el litigio limítrofe con nuestros hermanos de Chile y la trágica y tan dolorosa guerra de Malvinas. Recordar las oportunas intervenciones de los Obispos nos permite volver a valorar su compromiso frente a toda la sociedad. También en este caso impulsados por el Evangelio los Obispos hicieron escuchar su voz, no dudaron en pronunciarse y utilizaron todos los medios a su alcance para procurar la paz.

 5  Este libro quiere ser una contribución que permita recordar y hacer presente el pensamiento del Episcopado argentino sobre aspectos de la doctrina social de la Iglesia. Además, reunir todo este material en un solo volumen  permite tener una mirada amplia que incluye documentos elaborados en contextos sociales y tiempos políticos diferentes. Esto ofrece la posibilidad de descubrir una misma preocupación y una misma actitud ante gobiernos de distintas orientaciones políticas. El Episcopado argentino ha ejercido siempre y con la misma claridad su derecho a expresar su enseñanza religiosa y también su doctrina social.

 Este libro es una mirada hacia un pasado reciente que quiere ser un aporte al futuro. Es propio del cristiano asumir esta dimensión deuteronómica de la existencia:   memoria del pasado para abrir nuevos espacios a Dios. Asumimos el camino andado y seguimos caminando hacia delante. Y, en este sentido, aspiramos a que se conozca más y mejor el aporte que la Iglesia tiene para ofrecer a la hora de construir una convivencia pacífica en la que se respete la dignidad de cada ciudadano. Deseamos pues, servir a nuestra patria ofreciendo, además del esfuerzo siempre  insuficiente de consolar y auxiliar a los que sufren, aquellas reflexiones que brotan de nuestra fe y que consideramos útiles para todos los hombres de buena voluntad.

 Buenos Aires, 6 de marzo de 2006.

                                                                           Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

                                                             Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

 

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l Encuentro Arquidiocesano de Catequesis

 La  vida cristiana es siempre un caminar  en la presencia de Dios, pero no está exenta de luchas y pruebas, como la que nos narra la primera lectura, en la que aparece un viejo conocido por todos nosotros: Abraham. Figura del creyente fiel, modelo del peregrino incansable, del hombre que tiene un santo temor de Dios al punto de no negarle su propio hijo, en el que será bendecido con una gran descendencia…

Hoy Abraham nos interpela como Iglesia en Buenos Aires en estado de Asamblea, sobre el modo cómo estamos caminando en la presencia de Dios… Porque hay modos y modos de caminar en la presencia de Dios. Uno verdadero, el de Abraham, irreprochable, en libertad, sin miedo, porque confiaba en Señor. Él era su fuerza y su seguridad como hemos cantado en el salmo. El otro, el que a veces hacemos nosotros, en que nos decimos peregrinos pero en el fondo ya hemos elegido el camino, el ritmo, los tiempos…; ni somos discípulos, porque nos seguimos a nosotros mismos; ni somos hermanos, porque hacemos “la nuestra”. Eso sí, ya quizás hemos aprendido el arte de hacerle creer a los demás, y hasta a veces a nosotros mismos, que es la voluntad de Dios. 

Por eso, siempre es bueno el desierto cuaresmal, que nos permite año tras año “peregrinar interiormente hacia la fuente de misericordia” (Bendicto XVI) para purificar el corazón,  echar luz sobre las tentaciones de nuestro caminar como Iglesia, y en el caso de ustedes las tentaciones en el caminar como catequistas. Y esto es lo que los ha congregado en esta cita de todos los años que es el EAC. Para que en un clima de de comunión y fiesta,  mirar al Dios fiel,  para que la memoria se haga identidad, y la misión, fraternidad…

Así es nuestra de vida de cristianos… mirar a Dios  y en Él, reflejarnos nosotros... Un Dios fiel, pero desinstalador, exigente, que nos pide la obediencia de la fe…  Un cristiano que se reconoce peregrino, que experimenta en su vida el paso celoso del  Dios de la Alianza  pero que  sabe, al mismo tiempo, caminar en la presencia amorosa del Padre, abandonarse en Él con una infinita confianza como lo supo hacer Teresita o el hermano Carlos de Foucauld… En la vida de todo cristiano de todo discípulo, de todo catequista, no puede faltar la experiencia del desierto, de la purificación interior, de la noche oscura, de la obediencia de la fe,  como la que vivió nuestro padre Abraham.  Pero ahí, también está la raíz del discipulado, del abandono, de la experiencia de pueblo, que nos permite reconocernos como hermanos. 

Incluso, en su providencia, Ustedes mismos han experimentado hoy en pequeña escala, el desinstalarse… y dejaron los amplios patios  del La Salle, para vivir la novedad que les traía el cambio de sede. Y quizá me equivoque, pero pienso que no habrá faltado algún enfermo de nostalgia, con síntomas de aburguesamiento, que no gozó del presente, añorando comodidades pasadas.

Algo así, pero mucho más grave nos puede pasar en nuestra vida espiritual y eclesial. Si hay algo que paraliza la vida es renunciar a seguir  caminando para aferrase a lo ya adquirido, a lo seguro, a lo de siempre. Por ello, el Señor te desinstala. Y lo hace sin anestesia… Como hoy a Abraham. Le pide que le entregue a su hijo, sus sueños, sus proyectos…Lo está podando sin explicación,   lo está iniciando en la escuela del desprendimiento, para que sea auténticamente libre, plenamente disponible a los proyectos de Dios, para hacerlo, así,  colaborador de la historia grande, la historia de salvación para él y sobre todo,  para el pueblo a él confiado. 

Las únicas palabras de Abraham a Dios que aparecen en el texto que hoy hemos escuchado son “Aquí estoy”. Dos veces y solamente esto es lo que dice Abraham: aquí estoy.  Y en esas dos palabras, “aquí estoy”, está todo! Como el profeta, como el creyente, como el peregrino…. “el aquí estoy”, “el hágase en mi según tu palabra, el  amen…  son las únicas respuestas posibles. Sino están éstas, todo lo demás, es ruido, distrae, confunde… Si  no podemos pronunciar con nuestra vida el “aquí estoy”, mejor calla, no hables, no sea que te sumes a tanto palabrerío hueco que anda dando vuelta por nuestra gran ciudad. ¡Cómo nos cuesta decir “Aquí estoy”! Muchas veces lo condicionamos…

§  Aquí estoy si coincide con lo que yo pienso…

§  Aquí estoy si me gusta la propuesta, los tiempos…

§  Aquí estoy si no me significa morir a mis planes, proyectos, quintitas…

 

Por eso,  en este segundo domingo de cuaresma, tiempo de conversión interior, los invito a encarnar en sus vidas todo el camino interior que presupone el estado de Asamblea: la de ponernos en “movimiento espiritual”  que nos permita ir incorporando criterios pastorales y gestos adecuados comunes para hacer presente  un estilo común de ser Iglesia hoy en Buenos Aires

Pero todo esto no será posible si estamos instalados… abroquelados en nuestro pequeño mundo. Cuando perdemos la capacidad de abrirnos a la novedad del  Espíritu no podemos responder a los signos de los tiempos… Y no podemos ser auténticos discípulos y menos hermanos de todos… Nos transformamos en “aggiornados fariseos” que van cerrando su capacidad escucha y acogida, para hacer de nuestra Iglesia comunidades estériles, tristes y viejas… Llena de miedos paralizantes que nos llevan muchas veces a traicionar el mensaje y decir y hacer cualquier cosa, menos anunciar la Buena noticia. Y,  cuando no estamos abierto a la novedad del Espíritu, que siempre tiene la frescura de la comunión,  corremos el peligro de ir conviviendo en nuestro corazón con un cierto prurito de desagrado ante cualquier  postura que no entienda o controle de mis hermanos. 

Prestemos también atención al Evangelio de hoy. Dice el texto de Marcos: “Pedro  estaba tan asustado que no sabía lo que decía” : al Pedro miedoso, cerrado al Espíritu, le nace la tentación de quedarse instalado en el monte, renunciando al llamado de ser levadura del llano. Es una tentación sutil del espíritu del mal. No lo tienta con algo grosero, más bien con algo aparentemente piadoso, pero que lo desvía de su misión, de aquello para lo cual fue elegido por Dios. La mirada se achica, la tentación del instalarse también se hace presente en la vida del apóstol… El estar  bien, seguro, cómodo, hasta espiritualmente contenido, puedo ser tentación del camino de nuestra vida y ministerio de catequistas. Quedémosnos aquí en nuestras carpas, en nuestros montes, en nuestras orillas, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades tan lindas y prolijas… pueden ser muchas veces, no signo de piedad y pertenencia eclesial,  sino cobardía, comodidad, falta de horizonte, rutina… que suele tener como principal causa que no hemos escuchado bien al Hijo amado de Dios,  no lo hemos contemplado, no lo hemos entendido… 

El Buen Dios en su providencia nos permite concluir este encuentro de catequistas con este Evangelio de la Transfiguración, que nos invita a poner nuestra mirada en el Señor, sólo en Él, para poder también nosotros decir Aquí Estoy.  Y lo hacemos también como Iglesia en Buenos Aires en estado de Asamblea, que  pide la gracia de “reforzar los vínculos de caridad fraterna, para así, poder recrear la  conciencia de pertenecer al único Pueblo de Dios.” Y para eso es necesario pedir, unos por otros,  la gracia de una sincera conversión…

Conversión personal y eclesial, para podernos renovar en el espíritu de comunión y participación, que nos permitan, superando los miedos paralizantes,  caminar en la libertad de Espíritu… Conversión personal y eclesial, para afrontar purificaciones, correcciones… que nos permitan crecer en fidelidad y encontrar caminos nuevos de evangelización… Conversión personal y eclesial, para encarnar en gestos de cercanía la pedagogía de la santidad, que se hace escucha, dialogo discernimiento… Conversión personal y eclesial, para no dejarse llevar por los profetas del “no va a andar”, para no dejarse enfermarse por el corazón desilusionado que, a la par que se van endureciendo, va perdiendo el latido de la fiesta y de la vida,  para sólo abrazar las critica y los miedos…. 

Que en medio de esta peregrinación cuaresmal, podamos redescubrir al Cristo transfigurado, para que Él, solo ÉL… con su presencia de cercanía y ternura, cure, sane supere todo temor y miedo, porque Él es el Dios –con nosotros.-el Emanuel, “Y si Dios, está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?”

Buenos Aires, 11 de marzo de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Disertación del Sr. Arzobispo en ADEPA

             Les agradezco la gentil invitación para compartir este momento con Ustedes, personas que trabajan en la comunicación y  que, desde un primer momento, están respondiendo a una vocación que se ha ido arraigando en el corazón de cada uno. Ser comunicador no es meramente una función. Va más allá. Se enraiza en ese ámbito de la interioridad donde se gesta el proyecto de vida y se despliega a lo largo del camino de la existencia. Todo hombre y mujer es comunicador pero Ustedes lo son, además, por especial dedicación. Por ello escogí hablar hoy sobre  la comunicación tanto en su dimensión humana como también más precisamente en lo que toca a la profesión de Ustedes. 

1. La comunicación humana 

El fenómeno de la comunicación humana, que en nuestro tiempo ha adquirido una relevancia excepcional, se apoya sobre sorprendentes adelantos tecnológicos pero no es reducible a sólo algo técnico; se trata de  un acontecimiento profundamente humano. Los comunicadores cuentan hoy con poderosos medios que les permiten llegar tanto  muy lejos en el espacio como también muy profundo en el corazón de los hombres y las mujeres de nuestros pueblos. 

Como Ustedes saben bien, no podemos cosificar el gesto comunicador y asemejar al que comunica con el que tira papelitos o reparte volantes en la calle. Comunicar es mucho más que distribuir noticias. Comunicar es la acción de poner algo en común; la comunicación humana entraña establecer vínculos entre las personas. La comunicación social comienza en personas concretas y se dirige a otras personas también concretas y, al establecer relaciones entre ellas, va formando el tejido social sobre el que se construye  la vida de la comunidad. 

No es suficiente decir que la comunicación es humana cuando se establece entre seres humanos. Fácilmente podemos observar que hay un tipo de comunicación que hace al hombre más plenamente hombre y otras formas que van limitando su capacidad de actuar, sentir y pensar con libertad, con alegría, con creatividad. La comunicación es más humana cuanto más ayuda a los hombres a ser más plenamente humanos. 

Y, porque a la Iglesia nada humano le es ajeno, ella observa la comunicación como un fenómeno de extraordinaria importancia; desde el principio de la aparición de los grandes medios ha querido hacer oír su voz sobre estos temas y también ha querido escuchar atentamente la voz de quienes por su experiencia, conocimientos y  oficio conocen el mundo de la comunicación. Con humildad la Iglesia quiere ofrecer sus conocimientos y su experiencia a los comunicadores y con sinceridad quiere escucharlos. Creemos que tenemos mucha riqueza para aportarnos mutuamente.  

Todos los que estamos aquí sabemos que en este ámbito de la comunicación social se van gestando transformaciones culturales donde las sociedades construyen gran parte de  su futuro. De ahí que toda la atención que pongamos en la calidad de la comunicación es poca. No se trata sólo de eficacia, de rating o cantidad de ejemplares vendidos. Es mucho más lo que está en juego. En este mundo que llamamos “de la comunicación” se siembra para un futuro  venturoso de comunión o un futuro trágico de desencuentros y rupturas. 

2. La verdad 

La calidad de la comunicación a la que tanta atención tenemos que prestar está directamente relacionada con un tema insoslayable para todo comunicador: el tema de la verdad. Se trata de  una cuestión que merece consideraciones desde diversos puntos de vista: la filosofía, la teología, la filosofía de las ciencias, las ciencias humanas y muchas otras se ocupan de ella. Según los enfoques nos aventuraremos por reflexiones más o menos complejas, pero esa complejidad del tema no nos dispensa de la actitud que se espera siempre de un comunicador: la búsqueda de la verdad. El amor por la verdad.  

Los periodistas se presentan siempre ante la sociedad como “buscadores de la verdad”. Quien ama y busca la verdad no permite que se la convierta en mercancía y no deja que se la tergiverse o se la oculte. Además, quien realmente se interesa por la verdad está siempre atento a las reacciones de quienes reciben la información, procura el diálogo, el punto de vista diferente. El que busca la verdad es humilde; sabe que es difícil hallarla y sabe también que es más difícil encontrarla cuando uno la busca en soledad. La verdad se encuentra con otros. La verdad se anuncia con otros. Así como falsificar la verdad nos aísla, nos separa, nos enfrenta; buscarla nos une, nos acerca, nos aproxima; y encontrarla nos llena de alegría y nos hermana. 

La comunicación, planteada como un espacio comunitario de búsqueda de la verdad, genera bienestar en la comunidad y evita las agresiones. Se mueve entre los conflictos y las situaciones más difíciles sin agregar dramatismo e incomprensiones, con una actitud de respeto por las personas y las instituciones. 

3.  El bien 

Por ser una actividad humana la comunicación tiene otra dimensión: la persona que realmente quiere entrar en comunicación con otra puede hacerlo impulsado por distintas motivaciones. Aquí entramos en el universo de las actitudes. Las hay integradoras, constructivas... y también las hay de signo contrario. Cuando lo que se busca es la verdad entonces también necesariamente se buscará el bien. La verdad y el bien se potencian entre sí. Cuando realmente se busca la verdad se lo hace para el bien. No se busca la verdad para dividir, enfrentar, agredir, descalificar, desintegrar. Sin duda la publicación de algunas verdades puede generar reacciones y conflictos no menores, pero el buen comunicador no actúa para generar ese conflicto o esa reacción, sino para ser fiel a su vocación y a su conciencia. Impulsado por la verdad y el bien encontrará con idoneidad profesional las palabras y los gestos que permitan decir lo que hay que decir de la manera más cuidadosa y eficaz. El comunicador de la verdad parcial, que opta por la parte a costilla del todo, no construye. No es necesario apartarse de la verdad para destacar lo bueno que hay en las personas. Hasta en las situaciones más conflictivas y dolorosas hay un bien para rescatar. La verdad es bondadosa y nos impulsa hacia el bien. El periodista que busca la verdad busca también lo que es bueno. Es tal la unión que existe entre verdad y bien que podemos afirmar que una verdad no bondadosa es, en el fondo, una bondad no verdadera. 

4.  La belleza 

También es bueno recordar en nuestros días que la verdad y el bien van siempre acompañados de la belleza. Pocas cosas hay más conmovedoramente humanas que la necesidad de belleza que tienen todos los corazones. La comunicación es más humana cuanto más bella. Es cierto que según las culturas se diversifica lo que se considera bello en las distintas comunidades humanas. Pero siguiendo las formas de cada cultura es universal la necesidad y el placer de la belleza. Algo grave e inhumano ocurre si en una comunidad se pierde el gusto por lo que es bello. Una señal de alarma aparece en el horizonte cuando la vulgaridad, la vanidad, lo chabacano, no son vistos como tales sino que pretenden reemplazar a la belleza. Se da entonces ese proceso de banalización de lo humano que termina siendo esencialmente degradante. 

El comunicador es sensible a la belleza, la intuye y no confunde lo que es bello con lo que está de moda, o sólo es algo “bonito” o simplemente “prolijo”. Porque es humana, a veces la belleza es trágica, sorprendente, conmovedora; en algunas oportunidades nos empuja a pensar en lo que no queremos o nos muestra el error en el que estamos. Los artistas saben bien que la belleza no sólo es consoladora sino que puede también ser inquietante. Los grandes genios han sabido presentar con belleza las realidades más trágicas y dolorosas de la condición humana. 

El gran desafío del comunicador que día a día sale a buscar la verdad para luego contarla a otros, es recordar para sí y concretar en su trabajo la realidad de que la verdad, el bien y la belleza son inseparables

5.  Los medios ¿nos acercan o nos alejan? 

Resulta casi un lugar común decir que los medios de comunicación han achicado el mundo, nos han acercado unos a otros. De ahí que sea tan fascinante y poderosa la acción y la influencia de los medios en la sociedad y en la cultura.  

Ustedes lo saben muy bien. Esta proximidad puede ayudar a crecer o a desorientar. Los medios pueden recrear las cosas, informándonos sobre la realidad para ayudarnos en el discernimiento de nuestras opciones y decisiones, o pueden crear por el contrario simulaciones virtuales, ilusiones, fantasías y ficciones que también nos mueven a opciones de vida. 

Me gusta categorizar este poder que tienen los Medios con el concepto de projimidad. Su fuerza radica en la capacidad de acercarse y de influir en la vida de las personas con un mismo lenguaje globalizado y simultáneo. La categoría de projimidad entraña una tensión bipolar: acercarse - alejarse y -a su vez en su interioridad- también está tensionada por el modo: acercarse bien y acercarse mal. Hay que considerarla en todas sus posibilidades combinadas. 

La palabra “prójimo” evoca en el cristiano el recuerdo de la parábola del buen samaritano que todos conocemos. Hoy los medios nos hacen “prójimos” de verdaderas multitudes que están al costado del camino como el hombre de la parábola, apaleados y robados, ante los cuales pasan los periodistas. Los muestran, les dan mensajes, los hacen hablar. Entra en juego aquí la projimidad, el modo de aproximarse. El modo de hacerlo determinará el respeto por la dignidad humana y la capacidad constructiva o destructiva de los medios. 

Si aplicamos aquí lo que decíamos sobre el bien, la verdad y la belleza podemos fácilmente descubrir que así como a nivel ético aproximarse bien es aproximarse para ayudar y no para lastimar, a nivel de la verdad aproximarse bien implica transmitir información veraz, y a nivel estético aproximarse bien es comunicar la integridad de una realidad, de manera armónica y con claridad. Aproximarse mal, en cambio, es aproximarse con una estética desintegradora, o con el sofisma, o desde una inteligencia sin talento o con un eticismo sin bondad, lo cual escamotea aspectos del problema, o los manipula creando esa desarmonía que oscurece la realidad, la afea y la denigra. 

Cuando las imágenes y las informaciones tienen como único objetivo inducir al consumo o manipular a la gente para aprovecharse de ella, estamos destruyendo la projimidad, alejándonos unos de otros. Esta  sensación se tiene muchas veces ante el bombardeo de imágenes seductoras y de noticias desesperanzadoras que nos dejan conmocionados e impotentes para hacer algo positivo. Nos ponen en el lugar de espectadores, no de prójimos. El dolor y la injusticia presentados con una estética desintegradora instala en la sociedad la desesperanza de poder descubrir la verdad y de poder hacer el bien en común. 

Cuando la noticia sólo nos hace exclamar “¡que barbaridad!” e inmediatamente dar vuelta la página o cambiar de canal, entonces hemos destruido la projimidad, hemos ensanchado aún más el espacio que nos separa. 

Todos los que estamos aquí lo sabemos: hay incluso una manera digna de mostrar el dolor que rescata los valores y las reservas espirituales de un pueblo, que ayuda a superar el mal a fuerza de bien  y  anima a trabajar hermanados en la voluntad de superación, en la solidaridad, en esa projimidad que nos engrandece abiertos a la verdad y al bien. Se puede mostrar la pobreza y el sufrimiento con belleza y verdad, pues la belleza del amor es alegre sin frivolidad. Pensemos en la belleza de la Madre Teresa de Calcuta cuya luminosidad no proviene de ningún maquillaje ni de ningún efecto especial sino de ese resplandor que tiene la caridad cuando se desgasta cuidando a los más necesitados, ungiéndolos con ese aceite perfumado de su ternura. Cuando pensamos en ella nuestro corazón se llena de una belleza que no proviene de los rasgos físicos o de la estatura de esta mujer sino del resplandor hermoso de la caridad con los pobres y desheredados que la acompaña. 

O vayamos a Auschwitz. San Maximiliano María Kolbe, prisionero 16.670,  propuesto por Juan Pablo II, por el uso que hizo de los medios de comunicación, como patrono de los periodistas, supo aproximarse a sus compañeros del campo de concentración. Y allí donde estaban los carceleros y verdugos despojando y golpeando, él se hizo prójimo ofreciendo su vida en lugar de un condenado a muerte. Su vida nos señala la dimensión martirial que, necesariamente, tiene toda projimidad. 

No es necesario limitarnos a estas personas excepcionales.  Hay una hermosura distinta en el trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y el pan compartido con generosidad aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa desarreglada y casi anciana que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo de la juventud, que tanto exaltan los medios, hay una hermosura extraordinaria en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, esos viejitos que caminan tomados de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria; en el trabajo generoso por la felicidad de la familia... comprometidos en el arduo trabajo anónimo y desinteresado de restaurar la amistad social... Hay belleza en la creación, en la infinita ternura y misericordia de Dios, en la ofrenda de la vida en el servicio por amor. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza es poner los cimientos de una cultura de la solidaridad y de la amistad social. Es acercarnos. Es hacernos prójimos. 

Refundar hoy los vínculos sociales y la amistad social implica, para el comunicador, rescatar del rescoldo de la reserva cultural y espiritual de nuestro pueblo, rescatar y comunicar la memoria y la belleza de nuestros héroes, de nuestros próceres y de nuestros santos. Esta reserva es el espacio de la cultura, de las artes, espacio fecundo donde la comunidad contempla y narra su historia de familia, donde se reafirma el sentido de pertenencia a partir de los valores encarnados y acuñados en la memoria colectiva. Estos espacios comunitarios de ocio fecundo, cuasi sagrado, son ocupados hoy muchas veces con entretenimientos que no siempre engendran verdadera alegría y gozo. La comunicación meramente puntual, carente de historia, no tiene sentido del tiempo y, consiguientemente, no es creadora de esperanza. 

Ustedes son comunicadores. A Ustedes se les plantea este desafío de la projimidad: hacerse prójimo para que –a través de esa comunicación de cercanía-  se implante la verdad, la bondad, la belleza, que trascienden la coyuntura y la espectacularidad y que, mansamente, siembran humanidad en los corazones. 

 Buenos Aires, 6 de abril de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Misa Crismal

La homilía de Jesús fue cortita. “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Sabemos que la cosa siguió. Que fue una homilía muy participada, con exclamaciones de admiración de la gente y frases irónicas, como la del hijo del carpintero… Y también que Jesús provocó a sus paisanos con esas afirmaciones tan tajantes acerca de la mala aceptación de los profetas en su tierra y de los milagros que Dios no podía hacer en su pueblo por su falta de fe. Sabemos que los ánimos se caldearon hasta el punto que querían despeñar a Jesús. Pero que en el clímax de la exasperación el Señor pasó en medio de ellos y se fue a predicar a Cafarnaún. 

La inauguración del año de gracia resultó bien desconcertante. Eso sí, la imagen que queda es la de la majestad litúrgica con que se mueve el Señor dominando la escena. Él se levanta a leer la lectura, él concluye el episodio: “pasando por en medio de ellos, seguía su camino”. Aunque la liturgia terminó fuera de la Sinagoga, el final parece una de nuestras salidas de misa por en medio de la gente. 

Sucedió como si en pocos instantes se hubiera adelantado y concentrado lo que ocurriría luego a lo largo de la vida pública del Señor: la evangelización de los pobres, los milagros, la aprobación de la gente y después la indignación y el llevarlo a la Cruz y el Señorío de Jesús Resucitado. El Señor hace su anuncio y  provoca que se desaten las cosas, sólo que no deja que lo despeñen ahí mismo. Es la inauguración profética del año de gracia. Con sus palabras y gestos y con lo que permitió que hicieran y dijeran los demás, el Señor comienza dramáticamente la misión para la que fue ungido.  

El Señor hizo pasar a sus paisanos de la maravilla al rechazo. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Primero todos dan testimonio a su favor y se maravillan de las palabras de gracia que salen de sus labios… Pero minutos después lo quieren despeñar. ¿Había necesidad de provocar a su gente?  ¿No viene el Ungido a traer una buena noticia a los pobres, a anunciar un año de gracia…? ¿Por qué los desconcierta? Nuestra Señora, que seguramente estaba presente, habrá recordado las palabras del viejo Simeón: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción - ¡y a ti misma una espada te abrirá el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lc 1, 34-35).  

La bondad con la que Jesús está ungido es un “hoy” tan fuerte, tiene un poder de realización tan intenso que produce contradicción, no permite que las cosas vayan por el camino formal de los buenos modales; hace salir lo que cada uno tiene en el corazón. A algunos, como a nuestra Señora, la presencia de Jesús les abre el alma como con una espada y los unge con su Espíritu derramando en ellos todo su amor. A otros, como a los fariseos, no les permite ocultar su egoísmo ni posponer su bronca, y los vuelve obstinados en su encerramiento. El hoy del Ungido interpela, destapa las ollas, desinstala de posturas tomadas. El Señor anuncia una buena noticia que libera y hace ver. Allí es donde unos se dejan ungir y misionar para ayudar a los demás y otros cierran los ojos y vuelven a su esclavitud, en la que se sienten más cómodos y seguros.

Así vemos que la misión de amor para la cual es ungido el Señor por el Espíritu no la puede cumplir sin desinstalar primero el egoísmo. El Señor viene a anunciar la buena noticia que esperaba la fe, esa buena noticia que nos desinstala haciendo que se desenmascare nuestro escepticismo (ese que siempre piensa “¿pero no es este el hijo de José”?), y que podamos entregarle nuestra fe total; el Señor viene a prestar el servicio de misericordia que nos desinstala de nuestro pecado, y nos pone ante la opción de ser como las viudas y los leprosos de Israel que no se dejaron curar o, por el contrario,  como Nahamán el sirio y la viuda de Sarepta que recibieron la sanación; el Señor viene a inaugurar su Reino; con su humildad y mansedumbre nos desinstala de todo sueño cómodo de poder y vanidad eclesiásticos y nos invita a volvernos disponibles, a estar al servicio de los demás.

La palabra y los gestos del Señor liberan y abren los ojos de todos. Nadie queda indiferente. La palabra del Señor siempre hace optar. Y uno, o se convierte y pide ayuda y más luz o se cierra y se adhiere con más fuerza a sus cadenas y tinieblas.  

La misión que el Señor realiza no es una tarea externa – yo anuncio y después ustedes vean –; es una misión que a él le implica el don total de sí y a los que lo reciben les implica recibirlo integramente. De allí la unción. La unción es un don total. Sólo puede ungir el que tiene la unción y sólo puede ser ungido el que se anonada y se despoja de sí para poder recibir este don total.  Jesús, el Hijo amado, es el Ungido porque lo recibe todo del Padre. El Señor no tiene nada por sí mismo ni hace nada por sí mismo: en él todo es unción recibida y cumplimento de la misión. Así como lo recibe todo, lo da todo mediante el servicio y la entrega de su vida en la Cruz. Para poder recibir un don tan total necesitamos que el Señor nos enseñe a despojarnos de nosotros mismos. a abajarnos, a anonadarnos.

La fe, por ejemplo, es ungir al otro con nuestra confianza y adhesión total, y para ello uno debe despojarse de sus reservas mentales y prejuicios. El pueblo fiel recurría al Señor con esta fe, le brindaba toda su confianza, y por eso el Señor podía ungirlos con su sanación. La caridad también es una unción, es ungir al otro con nuestras obras de misericordia pero practicadas desde el don de nosotros mismos, que supone despojo y entrega: la caridad unge al otro con el don total de sí, no con dar cosas. Y el Señor nos desinstala para poder ungirnos. 

El espíritu unge al Señor hoy para realizar su misión hoy, en ese hoy permanente del Reino. La unción es tan total que siempre es hoy, cuando se recibe todo se transforma en hoy. La fe es hoy, la esperanza es hoy, la caridad es hoy, aquí y ahora. No hay lugar para poner nada entre paréntesis. Por eso la necesidad del Señor de desinstalarnos de todo aquello que impide que seamos ungidos hoy para ungir a los demás. La unción sella un hoy que se vuelve permanente, que se hace Iglesia, Asamblea. La unción sella una misión que necesita toda la persona, todos los días, para ir a todas partes a ungir a todos los hombres, con todo el corazón. Por eso la unción es verdaderamente católica, en sentido cuantitativo y cualitativo. 

Esta homilía cortita del Señor fue un acto de amor. No una bravuconada. Desinstalar al otro para que se abra a la unción sólo la palabra de amor lo logra. Si algunos sacaron a relucir su odio es porque ya lo tenían dentro. La palabra amorosa de Jesús lo puso de manifiesto y en vez de consolidarse en esa actitud bien podrían haberse arrepentido. Que Dios nos desinstale siempre es un acto de amor. Jesús le está diciendo a su pueblo que, en ese momento, está realizando un milagro más grande que los que realizó en Cafarnaún: está inaugurando el año santo, el año del Ungido que viene a ungir con su Espíritu, el tiempo de gracia. Es tan fuerte la invitación que supera a sus paisanos. No saben qué hacer con él. Ni siquiera lo pueden apedrear. Jesús instaura el Reino mostrándose soberano. Así, desinstalado de todo –incluso de la buena opinión de sus paisanos- comienza a predicar y a hacer real el Reino. 

Esta primera homilía de Jesús, con la que Lucas lo hace inaugurar su misión en el ámbito del Templo, fue y sigue siendo dramáticamente desinstaladora. Jesús nos desinstala de toda otra actitud que no sea la de tener los ojos fijos en él. “Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él”, en Jesús, el Testigo Fiel. La carta a los Hebreos expresa esto de manera ejemplar: “también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó  la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 1-2). 

Le pedimos, pues, estas gracias al Señor:

Que desinstalados del pecado corramos la prueba que se nos propone con los ojos fijos en Jesús. Así como él se desinstaló del gozo que se le proponía para venir a buscarnos a nosotros, sus hijos pródigos, sus ovejitas perdidas.

Que el hoy de Jesús nos desinstale de todos los pasados en los que, a veces por dureza y a veces por comodidad, nos queremos refugiar y de todos los futuros que a veces por ambición y a veces por miedo, pretendemos controlar, y nos sitúe en el hoy del Amor de Dios. Ese amor que, como dice el Papa “es ‘éxtasis’, no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí. Porque ‘El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará’” (Lc 17, 33) (DCE 6). 

Buenos Aires, 13 de abril de 2006.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Vigilia Pascual      

            El camino de estas mujeres en la mañana del domingo condensa el camino que, ininterrumpidamente, realizó el pueblo de Dios desde el momento en que Abram comenzó su itinerario “sin saber a donde iba” (Hebr. 11:8 ;  Gen. 12:1). ¡Cuantas veces, durante estos siglos, la promesa se diluía en la cotidianeidad de la vida, en las dificultades, en las guerras, en exilios, deportaciones y esclavitud...! Sin embargo el pueblo siguió llevando en sí, tantas veces sin saberlo, el germen de esa victoria prometida. Durante esta noche hemos recorrido someramente aquel camino para reavivar nuestra memoria y, ahora con las mujeres, andamos este trecho de soledad y dolor, de servicio piadoso al Muerto. Ya escuchamos que ellas querían ungir el cuerpo de Jesús y que eran conscientes de la gran dificultad que podría frustrar su intento: la piedra. “Era una piedra muy grande” dice el Evangelio (Mc. 16:4). Y entre lo que querían hacer y la dificultad de la piedra se repite el sino de Abram: van, pero sin saber bien dónde, sin saber  si podrán lograr su cometido. 

Luego, lo imprevisto. La preocupación de la piedra se desvanece al ver que había sido corrida. La dificultad se vuelve puerta de entrada, la duda aflora en horizonte prometedor... la sorpresa engendra esperanza. La vetustez de la promesa explota en esa juventud que anuncia lo nuevo: “Ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el Crucificado. Ha resucitado. No está aquí”. (Mc. 16:6). Lo que era muro e impedimento se transforma en nuevo acceso a otra certeza y a otra esperanza que las pone nuevamente en camino: “Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que Ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se lo había dicho” (Mc. 16:7). 

Y así comienza un nuevo camino, en continuidad con el anterior pero nuevo. “Vayan”, como a Abraham... y también con una promesa “allí lo verán”. Escuchamos recién que estas señoras distaban bastante de estar tranquilas: “salieron corriendo... porque estaban temblando y fuera de sí y... tenían miedo” (Mc. 16:8). Sienten en sí el estupor que produce todo encuentro con el Señor quien, de esta manera, se va acercando a ellas para manifestárseles plenamente. 

            Dije recién que nosotros, esta noche, hemos hecho memoria del camino grande de nuestro padre Abraham y también del camino chico de María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé. Y me pregunto: ¿qué tal mi camino? ¿Va en dirección de la promesa del encuentro con Jesús resucitado? ¿Se detiene y vuelve atrás ante la dificultad de la piedra?, de las tantas piedras de la vida. ¿O, como los de Emaús, dispara hacia el lado contrario para no tener dificultades con el corazón atrapado? ¿O, como los otros discípulos, prefiero la parálisis, el enclaustramiento, la defensa ante cualquier anuncio, ante horizontes de esperanza? Mi camino ¿apuesta a la esperanza? ¿busca el encuentro? ¿Sabe del estupor que conmueve todo el ser cuando se deja conmover por el Señor que pasa y le abre el corazón? ¿ Por qué camino anda hoy mi corazón? 

Tres caminos esta noche: el del pueblo elegido que comenzó con nuestro padre Abraham, dentro de él el de las mujeres que también, como Abraham, van en busca de lo  que no saben, y el tuyo: tu camino y mi camino. Los dos primeros sabemos cómo acabaron, en plenitud. Pero el tuyo y el mío ¿por dónde senderea? ¿Camina? ¿está quieto? ¿Se detiene y vuelve atrás ante la piedra? ¿O se dejó tocar por la noticia y sale corriendo de todo lo que es sepulcro y muerte, sale corriendo temblando y fuera de sí, con miedo porque sintió el escalofrío del anuncio y el estupor de la presencia? Ojalá tu corazón y el mío estén en esta última forma. Es la mejor manera de desearnos felices Pascuas. 

Buenos Aires, 15 de abril de 2006. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía de la Misa por la Educación

 La primera lectura nos da una fotografía, un retrato de lo que era aquella comunidad de cristianos, todos los que habían creído, nos dice, vivían unidos, compartían todo cuanto tenían, incluso vendían sus bienes  y propiedades, repartían el dinero entre los pobres. Todos los días se reunían en el templo con entusiasmo -sigue la descripción- partían el pan en sus casas y compartían sus comidas con alegría y con sencillez de corazón. Alababan a Dios y se ganaban la simpatía de todo el pueblo y en medio de este ambiente de esta familia de creyentes en medio de ellos -sigue el texto bíblico- el Señor agregaba más discípulos cada día a la comunidad. Es decir en esa familia, en el seno de esa familia, crecían los nuevos creyentes.

 Los que creyeron, desde el principio nacieron y crecieron en un pueblo, en una familia. Dios no eligió hombres o mujeres para que crecieran solos en la fe, los hizo crecer en un pueblo. Desde nuestro padre Abraham hasta hoy, siempre en un pueblo, en una familia, porque no hay crecimiento si no es en el seno de un pueblo, si no es en el seno de una familia; y la palabra de Dios hoy nos recuerda esto. Hoy en este marco, vamos a orar por nuestra educación, por los que se están educando y por los que educan cada día.

 Educar es crecer y sólo se crece en el seno de un pueblo y de una familia, sólo se crece donde hay entusiasmo, donde hay alegría, donde hay sencillez de corazón. Sólo se crece donde no hay egoísmo donde hay éxodo de sí mismo para encontrar a otro; donde se piensa en los más pobres y en los que más necesitan y se los va incluyendo en el pueblo, en la familia. Sólo se crece donde hay Amor. Este es el mensaje que hoy la Vicaría de Educación quizo darnos a todos nosotros, este mensaje que está escrito  allí “Educar, es un gesto de amor”.

 Nuestros chicos todos los días vienen con una visión nueva que no esperamos, todos los días nos patean un penal desde un ángulo distinto, lo sabemos; y no porque sean traviesos, son chicos y jóvenes, son creativos, inventan, tienen nuevas inquietudes, nos plantean cosas distintas. No podemos atajar y recibir sus reclamos de la misma manera siempre, tenemos que progresar creativamente y eso sólo es posible en un vínculo de amor, en un vínculo donde todos los que entramos en la educación, docentes, personal no docente, padres, el Estado, los credos y las Iglesias, todos tenemos que tirar para un mismo lado, todos tenemos que recibir esos reclamos de los chicos y contenerlos en esta familia, con entusiasmo, compartiendo las cosas con los demás, con sencillez de corazón, ganándonos las simpatía, es decir la empatía con nuestros chicos para que puedan crecer en paz, conteniéndolos en el amor.

 Digamos la palabra, quizás no adecuada pero gráfica, “pacto educativo”, pacto entre padres y docentes, entre personal no docente y docente, con el Estado y los credos. Cuando este pacto se rompe y cada cual o alguno de los cuales empieza a tirar para su lado, entonces la víctima es el chico, es el joven, que sigue pateando penales sin que nadie se haga cargo de ellos, sigue haciendo goles al vacío, sin que haya un padre o una madre o un hermano que los contenga. En cambio, este es el “pacto educativo” que en miras al Bicentenario todos queremos crear y recrear. El pacto educativo del amor, el de un pueblo, de una familia que se hace cargo de esa vida que engendra, que no excluye a nadie y que sabe que incluir a veces es conflictivo, pero ¡ay de aquella sociedad, ay de aquella familia que optó por educar o avanzar sin conflictos! Un pueblo que no quiere conflictos, una familia que no quiere líos, no educa. En la asepsia no hay vida, se mata todo. Pero Padre, me podrá decir alguien, hay cosas en las que si uno se mete se ensucia las manos; y es verdad, es como el alfarero que para modelar su vaso de arcilla se ensucia las manos. No tengan miedo de ensuciarse las manos, no tengan miedo, siempre y cuando ese ensuciarse las manos sea para atajar, para contener para hacer crecer el corazón y el alma de un chico que nos es confiada cada día. Avancemos hacia el Bicentenario con la conciencia de que educar es “un acto de amor”, educar en un pueblo, educar en una familia, conteniendo y haciendo crecer a nuestros chicos. Ése es el camino; que Dios nos ilumine como iluminaba a su pueblo con esa columna de fuego y luz mientras atravesaba el desierto. Que en el desierto de los tantos egoísmos podamos hacer este “pacto de amor”. Que así sea. 

Cardenal Jorge Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

 

Mensaje del Arzobispo de Buenos Aires

a las Comunidades Educativas

 

Queridos educadores: 

¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca” (Ap 3,15ss). Esa tibieza, en ocasiones se disfraza de mediocridad, de mezquina indiferencia o de aquel “no te metás” o del “yo no fui" que tanto daño ha causado entre nosotros. 

Y en lo que hace al encuentro y convivencia entre los hombres no caben medias tintas. Somos pueblo. Somos con otros y somos por otros; y por esto mismo somos para otros. Porque somos para otros, con otros y por otros, somos pueblo y nada menos que pueblo. 

Somos hombres y mujeres con capacidad de infinito, con conciencia crítica, con hambre de justicia y fraternidad. Con deseos de saber para no ser manipulados, con gusto por la fiesta, la amistad y la belleza. Somos un pueblo que camina, que canta y alaba. Somos un pueblo herido y un pueblo de brazos abiertos, que marcha con esperanza, con aguante en la mala y a veces un poco rápido para gastar a cuenta en la buena. Somos un pueblo con vocación de grandeza.

 

 I. Un Dios comprometido a fondo con lo humano

 Una vez más, a poco de comenzar el ciclo lectivo  volvemos a encontrarnos, para compartir  aquello que nos anima en nuestra tarea y, más  aún, constituye el núcleo de nuestra identidad  cristiana y el horizonte último de nuestra  existencia: la fe en Cristo Resucitado. Ese  Jesús, que confesamos como Cristo, ha sido  Alguien que dio y que pidió definiciones. Que  tomó partido: eligió al más débil, no negoció la  verdad, no se acomodó... Vivió en paz, defendió  la paz, pero no se echó atrás cuando lo  patotearon aquellos, a quienes su Presencia la  sentían como un estorbo para que el pueblo experimentara un mensaje nuevo, descubriera la fuerza escondida en sus entrañas por Aquel  que los amó desde el principio y quería  mostrarles que los amaría hasta el final.

 En Él se nos revela la realidad del Dios en quien  creemos: Alguien real que, para salir a nuestro  encuentro de un modo pleno y definitivo, se hizo hombre en nuestra historia concreta de manera indivisa e inconfusa, habló nuestro lenguaje y compartió nuestras preocupaciones. En Jesús de Nazaret, Dios ligó (re-ligó) las difíciles cuestiones de la trascendencia y el sentido último a la cotidianidad de los hombres y mujeres que se preguntan por su pan, por su amor, por su techo y por su descendencia; por su dolor, sus alegrías y sus culpas, por el futuro de sus hijos y por su propio futuro, por la pérdida de los seres queridos y por la responsabilidad de cada uno; por lo que conviene y lo que no conviene, lo que debemos y lo que nos es debido, lo que esperamos y lo que nos espera.

 Así es que no nos es posible ocuparnos de las cosas “del cielo” sin ser inmediatamente reenviados a las “de la tierra”. Cuando el Concilio Vaticano II  afirmaba que “los gozos y las esperanzas, las  tristezas y las angustias de los hombres de  nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Gaudium et Spes1), no hacía otra cosa que prolongar la meditación de san Juan acerca del mandamiento (y el don, como nos lo subraya Benedicto XVI) del amor: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1 Juan 4, 20).

 Tal es el motivo por el cual año a año me dirijo a Ustedes para compartir estas reflexiones acerca de las “cosas de la tierra”, en tanto visibilidad y anticipo de las “cosas del cielo”. Porque la tarea a la cual Ustedes están consagrados construye sin duda la ciudad terrena, al formar a hombres y mujeres, ciudadanas y ciudadanos de la Patria, miembros de la sociedad, científicos, artistas, trabajadores de los múltiples ámbitos de la vida humana. Pero como además Ustedes viven esta misión como la forma concreta de llevar adelante la vocación cristiana de renovar el mundo con la fuerza del Evangelio, al construir la ciudad terrena también están sembrando la semilla de la Jerusalén celestial, como colaboradores de la obra definitiva de Dios.

 Esta misteriosa imbricación de lo terreno y lo celestial es la que fundamenta la presencia de la Iglesia en el campo de la educación, más allá de cualquier impulso humanitario o altruista . Ése es precisamente sentido último de la misión educativa de la Iglesia, el que motiva estos mensajes que todos los años preparo para Ustedes.

 Una vez más los invito a reflexionar acerca de la responsabilidad que como educadores les compete en la construcción de la sociedad terrena. Este año, específicamente, quiero centrarme en el desafío de formar personas como ciudadanos solidarios, con sentido histórico y colectivo de comunidad, responsables, desde la raíz de su identidad y autoconciencia del destino común de su pueblo.

 ¿Por qué elegir este tema? Hay dos motivos. El primero, su insoslayable centralidad dentro de la tarea docente. La función de la escuela incluye un fundamental elemento de socialización: de creación del lazo social que hace que cada persona constituya también una comunidad, un pueblo, una nación. La tarea de la escuela no se agota en la transmisión de conocimientos ni tampoco sólo en la educación de valores, sino que estas dimensiones están íntimamente ligadas a la que ponía de relieve en primer término; porque pueblo no es ni una masa, ni de súbditos, ni de consumidores, ni de clientes, ni de ciudadanos emisores de un voto. El segundo motivo que me impulsa a tomar esta cuestión como tema de reflexión en este año es justamente la necesidad de fortalecer o incluso refundar ese lazo social. En tiempos de globalización, posmodernidad y neoliberalismo, los vínculos que han conformado nuestras naciones tienden a aflojarse y a veces hasta a fracturarse, dando lugar a prácticas y mentalidades individualistas, al “sálvese quien pueda”, a reducir la vida social a un mero toma y daca pragmático y egoísta. Como esto trae serias consecuencias, las cosas se hacen más y más complicadas, violentas y dolorosas a la hora de querer paliar esos efectos. Así se realimenta un círculo vicioso en el cual la degradación del lazo social genera más anomia, indiferencia y aislamiento.

 II. ¿Qué es ser un pueblo?

 Al iniciar la reflexión sobre el lazo social, su crisis y los caminos para su fortalecimiento, nos sale al cruce una palabra que atraviesa la historia de nuestro país de lado a lado: el pueblo.

 “Pueblo” más que una categoría lógica es una categoría mística. El pueblo en la Plaza Mayor, que en 1810 quería “saber de qué se trata” como hemos aprendido en los viejos relatos escolares: un grupo de vecinos activos, puestos a participar en la cosa pública en medio de la crisis de la metrópoli. La multitud que manifestaba masivamente en plazas y avenidas todo a lo largo del siglo XX, bajo la consigna de que “si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”... Grupos militantes de causas políticas y sociales, marchando con la convicción de que “el pueblo unido jamás será vencido”...

 Es decir: mucho más que un concepto. Una palabra tan cargada de sentido, de emoción, tan enhebrada con historias de lucha, esperanza, vida, muerte y hasta traición. Una palabra tan contradictoria y controvertida, que en tiempos de “muerte de las ideologías”, “posmodernidad” y actitud “light” ante la vida ha quedado poco menos que guardada en lo más alto del placard, entre las cosas de la abuela y las fotos que duele ver pero nadie se atreve a tirar.

 No olvidemos que alguna vez resonó entre nosotros con fuerza el grito de “que se vayan todos”. Lo que faltó escuchar, pasadas aquellas noches de fogata, nerviosismo e incertidumbre, fueron voces que se alzaran para decir “¡aquí estoy, yo me comprometo!” Al menos, en la cantidad y con el vigor suficiente.

 Precisamente de eso se trata la cuestión del “pueblo”. Si pudiéramos (y no siempre podemos ni debemos) abstraer la apelación de “pueblo” de los diversos y muchas veces antagónicos contextos en que fue esgrimida y logró movilizar voluntades en nuestra historia nacional, creo que lograríamos recoger un sentido fundamental: sólo se puede nombrar al “pueblo” desde el compromiso, desde la participación. Es un vocablo que trae consigo tanta carga emocional y tanta proyección de esperanzas y utopías, que se desnaturaliza si se lo toma sólo como una cuestión “objetiva”, externa al que lo incluye en su discurso. Más que una palabra es una llamada, una con-vocación a salir del encierro individualista, del interés propio y acotado, de la lagunita personal, para volcarse en el ancho cauce de un río que avanza y avanza reuniendo en sí la vida y la historia del amplio territorio que atraviesa y vivifica.

 Por ello también es tan temido y criticado: por la fuerza convocante que libera para bien o para mal, en pos de causas colectivas, de esas que hacen historia o también de ilusiones que culminan en escándalo y dolor. El pueblo. ¿Cómo no estremecerse de pasión o de indignación, según el caso, ante las resonancias que la palabra trae?

 Queridos educadores, los invito a seguir profundizando un poco en el significado de la palabra “pueblo” como llamado a la presencia, a la participación, a la acción comprometida. Redescubrir el sentido del “pueblo” con el telón de fondo de una consigna que a cada uno nos oriente en la búsqueda: “¡Aquí estoy! ¡Yo me comprometo!”. Y con una convicción: hoy más que nunca, hay que ser pueblo y atreverse a educar. Cuando las estructuras educativas se ven sobrepasadas por fuerzas sin rostro, que ponen en circulación propuestas, mensajes, modelos, consumos, sin hacerse responsables de las consecuencias que producen en los más chicos y en los adolescentes, tenemos que seguir dando el presente. Para poder adentrarnos más en el significado de la palabra “pueblo” reflexionemos en dos direcciones: 1) una geografía y una historia; 2) una decisión y un destino.

 1) Una geografía y una historia

 En primer lugar, un pueblo se vincula a una geografía. Mejor dicho: a una tierra. Se dice a veces que hay pueblos de llanura, pueblos de montaña ... y otras especificaciones ambientales que, sin dejar de tener sentido, quedan ampliamente superadas por la dinámica de las sociedades modernas, predominantemente urbanas y atravesadas por todo tipo de mestizajes, entrecruzamientos y mutaciones. Aun así, la geografía tiene su fuerza de atracción, como paisaje no tanto “turístico” como existencial y también como matriz de referencias simbólicas que, al ser compartidas, generan

significaciones y valores colectivos.

 Quizá podríamos releer esta dimensión en el medio de la gran ciudad pensando en el barrio como lugar de arraigo y cotidianeidad. Si bien el crecimiento de la urbe y el ritmo de vida hacen perder en gran medida la fuerza de gravedad que el barrio tenía antaño, no dejan de tener vigencia muchos de sus elementos, aun en el remolino de la fragmentación. Porque el barrio (o la tierra), como espacio común, implica una variedad de colores, sabores, imágenes, recuerdos y sonidos que hacen al entramado de lo cotidiano; de aquello que, justamente por pequeño y casi invisible, es imprescindible. Los personajes del barrio, los colores del club de fútbol, la plaza con sus transformaciones y con las historias de juego, de amor y de compañerismo que en ella tuvieron lugar, las esquinas y los lugares de encuentro, el recuerdo de los abuelos, los sonidos de la calle, la música y la textura de la luz en esa cuadra, en ese rincón, todo eso hace fuertemente al sentimiento de identidad. Identidad personal y compartida o, mejor dicho, personal en tanto compartida.

 ¿Será que la funcionalización de todos los espacios en la lógica del crecimiento salvaje y mercantilista condenará a muerte a la dimensión de arraigo? ¿Será que en poco tiempo transitaremos sólo por espacios virtuales o virtualizados, a través de pantallas y autopistas? ¿O será más bien que encontraremos nuevas formas de plantar símbolos en nuestro entorno, de significar el espacio, de habitar?

 Ser un pueblo: habitar juntos el espacio. Aquí tenemos, entonces, una primera vía por la cual relanzar nuestra respuesta al llamado: abrir los ojos a lo que nos rodea en el ámbito de lo cotidiano. A quienes nos rodean: recuperar

la vecindad, el cuidado, el saludo. Romper el primer cerco del mortal egoísmo reconociendo que vivimos junto a otros, con otros, dignos de nuestra atención, de nuestra amabilidad, de nuestro afecto. No hay lazo social sin esta primera dimensión cotidiana, casi microscópica: el estar juntos en la vecindad, cruzándonos en distintos momentos del día, preocupándonos por lo que a todos nos afecta, socorriéndonos mutuamente en las pequeñas cosas de todos los días.

 Y un punto especial de reflexión para nosotros: la escuela en el barrio, contribuyendo activamente a vincular, a crear identidad, a valorar los espacios compartidos. La escuela que relaciona a las familias entre sí y con la comunidad mayor del barrio, con las instituciones, con las redes que dan forma a la vida de la ciudad. La escuela, punto de referencia y corazón de barrio para tantas familias. Siempre y cuando se trate de una escuela bien inserta en su realidad y no una isla atenta sólo a sus problemáticas intramuros.

 La dimensión espacial, además, se vincula enseguida con otra, tan fundamental como aquella, si no más: la del tiempo hecho historia. En el barrio uno transcurrió su niñez, o allí los hijos la están viviendo y la recordarán mañana. La patria evoca también aquel fragmento de espacio donde están enterrados los padres. Y lo que nos une en el espacio compartido, más allá de las cuestiones prácticas inmediatas, es el legado de los que vivieron antes que nosotros y la responsabilidad que tenemos para quienes nos siguen. Legado y responsabilidad que se plasman en valores y en símbolos compartidos.

 Un pueblo, entonces, es una realidad histórica, se constituye a lo largo de muchas generaciones. Y por eso mismo tiene la capacidad de perdurar más allá de las crisis. Pero además, el tiempo humano transcurre a través de la transmisión de una generación a otra. La transmisión generacional siempre tiene algo de continuidad y algo de discontinuidad. El hijo es parecido al padre pero distinto. No es lo mismo un hijo que un clon: hay algo que se continúa de una generación a otra, pero también hay algo nuevo, algo que cambió. Un pueblo es necesariamente dinámico. La cultura de un pueblo, esos valores y símbolos comunes que lo identifican, no es la esclerótica repetición de lo mismo, sino la vital creatividad sobre la base de lo recibido. Por ello nunca es uniforme, sino que, al cambiar en múltiples niveles y líneas, incluye en sí la diversidad. Sólo las expresiones que intentan “fijar” o “congelar” la vida de un pueblo terminan siendo excluyentes. La cultura viva tiende a abrir, integrar, multiplicar, compartir, dialogar, dar y recibir en el interior mismo del pueblo y con los otros pueblos con quienes entra en relación.

 La reconstrucción del lazo social, la respuesta al llamado de ser un pueblo, el “meterse” a hacer algo en el campo del bien común, implica tanto una escucha atenta del legado de los que nos precedieron como una gran apertura a los nuevos sentidos que los que vienen detrás generan o proponen. Es decir, un compromiso con la historia. No hay sociedad viable en la contracción del tiempo a un puro presente. Ser pueblo exige una mirada amplia y larga, para abarcar a todos los que se pueda y para constituir la propia identidad en fidelidad creativa a lo que fue y sigue siendo, aunque renovado, y lo que todavía no es pero se preanuncia de múltiples maneras en el presente enraizado en lo que ha sido.

 ¿Cómo no considerar nuestras escuelas como un lugar privilegiado de diálogo entre generaciones? No hablamos sólo de “hacer reuniones de padres” para implicarlos a ellos en nuestra tarea docente o para contribuir a la resolución o contención de las problemáticas de sus hijos, sino también de pensar nuevas formas de promover la conciencia de la historia común, la percepción de su sentido y la apropiación de los valores en ella amasados. De encontrar el modo de interesar a los más chicos o jóvenes en las inquietudes y deseos que los mayores (y los mayores de los mayores) han dejado como obra abierta, y facilite a los que recién empiezan los recursos para la prosecución creativa (y hasta crítica, si es necesario) de aquellos sueños en marcha.

 2) Una decisión y un destino

 Ahora bien: la dimensión histórica del sentido de pueblo no se refiere sólo al modo en que el pasado es comprendido y asumido desde el presente, sino también en la apertura al futuro bajo la modalidad del compromiso con un destino común.

 Se trata de la tantas veces proclamada y más difícilmente vivida aserción de que “nadie se salva solo”. Pensar la posibilidad de realización y trascendencia como una empresa de toda la colectividad, y nunca por afuera de ella, es lo que permite hacer de los “muchos” (y distintos) una comunidad. La diversidad humana vivida como división y las diferencias entendidas como enemistad, son un dato de la experiencia de la historia real.

 No hace falta ninguna revelación divina especial para darnos cuenta de que la humanidad está atravesada por todo tipo de divisiones que se traducen en mutuas desconfianzas, pugnas por la supremacía de unos sobre otros, guerras y exterminios, engaños y mentiras de toda índole. ¡Cuánto más en un país que, como el nuestro, ya desde su nacimiento estuvo signado por la mixtura de razas, culturas y religiones, con la carga de ambigüedad (“luces y sombras”) que tiene la historia humana!

 Pero, por el otro lado, ser un pueblo no significa aniquilarse a sí mismo (la propia subjetividad, los propios deseos, la propia libertad, la propia conciencia) a favor de una pretendida “totalidad” que no sería otra cosa, en realidad, que la imposición de algunos sobre los demás. Lo “común” de la comunidad del pueblo sólo puede ser “de todos” si al mismo tiempo es “de cada uno”. Simbólicamente podemos decir que no hay “lengua única”, sino la capacidad inédita de entendernos cada uno en la propia lengua, como sucedió en Pentecostés. (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11).

 Lo que nos une, lo que nos permite romper la coraza del egoísmo para reconocernos en el presente y reconstruir retrospectivamente nuestra historia pasada es el origen y también la posibilidad de un futuro común. Y esa posibilidad también es la que pone en marcha la creación de las mediaciones necesarias para que ese futuro empiece ya a construirse en el presente: instituciones, criterios de valoración, producciones (p. ej. científicas o artísticas) que concentran el sentido de lo vivido y de lo esperado, funcionando como faro en medio de la ambigüedad de los tiempos del hombre. Todo esto exige una actitud semejante a la del sembrador: planificar para el largo plazo sin dejar de actuar siempre en el momento justo y sobre todo en el hoy. Un modo de pensar, un modo de evaluar las situaciones, un modo de gestionar y de educar, un modo de actuar en el aquí y ahora sin perder de vista el horizonte deseado.

 Para reconstruir el lazo social entonces, es imprescindible empezar a pensar no sólo “a mediano y largo plazo” sino también “a lo grande”. El mejor futuro que podamos soñar debe ser la medida y el cristal que definan la orientación de nuestras acciones y la calidad de nuestro aporte. “Amplio” (para todos y con todos) y “efectivo” (procurando generar los dispositivos y mediaciones necesarias para caminar hacia esos fines). Hablamos de mediaciones políticas (de las cuales, la más importante es el Estado, sean cuales fueren sus relieves concretos), jurídicas, sociales, educativas y culturales, sin descartar las religiosas, cuyo aporte puede ir incluso mucho más allá del mero círculo de los creyentes.

 Sobre estas cuestiones volveré más adelante, con mayor detalle. Por el momento, quisiera dejar indicada una última idea, al modo de conclusión.

 En nuestro intento de encontrar las dimensiones que hacen a la existencia de un pueblo y al fortalecimiento del lazo que lo constituye, recordemos la definición de san Agustín: “pueblo es un conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados”. Y esta “concorde comunidad” se va plasmando, como ya señalamos, en acciones comunes (valores, actitudes fundamentales ante la vida, símbolos) que, generación tras generación, van adquiriendo un perfil especial y propio de esa colectividad.

 Pero hablar de “concorde comunidad” o de “destino común” implica, además de una serie de hábitos, una voluntad decidida de caminar en ese sentido, sin la cual todo lo demás cae sin remedio. Implica una apertura humilde y contemplativa al misterio del otro, que se torna respeto, aceptación plena a partir no de una mera “indiferencia tolerante” sino de la práctica comprometida del amor que afirma y promueve la libertad de cada ser humano y posibilita construir juntos un vínculo perdurable y vivo.

 De esta manera, logramos situar la cuestión de “ser un pueblo” en la raíz que la constituye esencialmente, al menos desde nuestra perspectiva: el amor como realidad más profunda del vínculo social. Lo cual nos habilita para continuar la reflexión por un rumbo que considero insoslayable.

 III. “¿Quién es mi prójimo?”

 Quiero aclarar algo: este mensaje no pretende ser una fundamentación filosófica del vínculo social de los nuevos tiempos. Otros lo pueden hacer y lo hacen, sin duda mucho mejor que yo. Más bien lo que me interesa es invitarlos a preguntarse sobre las raíces fundantes y qué es lo que se nos ha perdido en el cambio de época ¿Por qué los grandes avances de las últimas décadas no nos han hecho más felices como pueblo, no han hecho prosperar la amistad social ni han favorecido la paz? De ese modo, quizá podamos descubrir algunas claves que nos permitan aportar nuestro grano de arena (como docentes, como padres, como ciudadanos) para una construcción alternativa. Usando la bellísima expresión del papa Pablo VI: para la construcción de una civilización del amor.

 Permítanme sugerirles un par de pistas que encuentro en el Evangelio.  

La primera gira en torno a una enseñanza de Jesús que me atrevo a llamar fundamental: la parábola del Buen Samaritano(Lc 10, 25-37). Ya he comentado este texto en otras ocasiones pero me parece que nunca está de más volver a él. Porque la única forma de reconstruir el lazo social para vivir en amistad y en paz es comenzar reconociendo al otro como prójimo, es decir, hacernos prójimos. ¿Qué significa esto? La ética fundamental, que nos dejó elementos invalorables como la idea de “derechos humanos”, propone tomar al hombre siempre como fin, nunca como medio. Es decir: no se puede dar valor, reconocer al otro por lo que puede darme, por lo que puede servirme. Tampoco por su utilidad social ni por su productividad económica. Todo eso sería tomarlo como medio para otra cosa. Considerarlo siempre como fin es reconocer que todo ser humano, por ese sólo hecho es mi semejante, mi prójimo. No mi competidor, mi enemigo, mi potencial agresor. Este reconocimiento debe darse como principio, como posición fundamental ante todo ser humano, y también en la práctica, como actitud y actividad.

 Ahora bien, ¿por qué voy a considerar a esta persona, de la cual no sé nada, que no tiene nada que ver conmigo, como un semejante? ¿Qué tiene de semejante a mí? ¿Qué me aporta hacerme prójimo de él? La parábola del Buen Samaritano agrega a la formulación moderna una dimensión sin la cual, a mi juicio, ésta corre el riesgo de convertirse en un imperativo abstracto, un llamado formal a una responsabilidad autosustentada: la motivación interna.  

¿Por qué el Buen Samaritano “se pone el herido al hombro” y se asegura de que reciba el cuidado, la atención que otros, más duchos en la Ley y las obligaciones, le habían negado? En el contexto del Evangelio, la parábola aparece como una explicación de la enseñanza sobre el amor a Dios y al prójimo como la dos dimensiones fundamentales e inseparables de la Ley. Y si la Ley, lejos de ser una simple obligación externa o el fruto de una “negociación” pragmática, era aquello que constituía al creyente como tal y como miembro de una comunidad, aquel vínculo fundante con Dios y con su pueblo fuera del cual el israelita no podía ni siquiera pensarse a sí mismo, entonces amar al prójimo haciéndose prójimo es lo que nos constituye en seres humanos, en personas. Reconocer al otro como prójimo no me “aporta” nada particular: me constituye esencialmente como persona humana; y entonces, es la base sobre la cual puede constituirse una comunidad humana y no una horda de fieras.  

El Buen Samaritano se pone el prójimo al hombro porque sólo así puede considerarse él mismo un “prójimo”, un alguien, un ser humano, un hijo de Dios. Fíjense cómo Jesús invierte el razonamiento: no se trata de reconocer al otro como semejante, sino de reconocernos a nosotros como capaces de ser semejantes.

 ¿Qué otra cosa es el pecado, en este contexto de las relaciones entre las personas, sino el hecho de rechazar el “ser prójimo”? De este modo, la idea de pecado se corre del contexto legalista de “no hacer ninguna de las cosas prohibidas” para ubicarse en el mismo núcleo de la libertad del hombre puesto cara a cara ante el otro. Una libertad llamada a inscribirse en el sentido divino de las cosas, de la creación, de la historia, pero también trágicamente capaz de apostarse a sí misma en algún otro posible sentido que siempre termina en sufrimiento, destrucción y muerte.

 Primera pista, entonces: creer que todo hombre es mi hermano, hacerme prójimo, es condición de posibilidad de mi propia humanidad. A partir de esto, toda la tarea que me compete (y subrayo: toda la tarea) es buscar, inventar, ensayar y perfeccionar formas concretas de vivir esta verdad. Y la vocación docente es un espacio privilegiado para llevar esto a la práctica. Ustedes tienen que inventar todos los días, cada mañana, nuevas formas de reconocer -de amar- a sus alumnos y de promover el reconocimiento mutuo -el amor entre ellos-. Ser “maestro” es así, ante todo, una forma de “ejercer la humanidad”. Maestro es quien ama y enseña la difícil tarea de amar todos los días, dando el ejemplo sí, pero también ayudando a crear dispositivos, estrategias, prácticas que permitan hacer de esa verdad básica una realidad posible y efectiva. Porque amar es muchísimo más que sentir de vez en cuando una ternura o una emoción. ¡Es todo un desafío a la creatividad! Una vez más, se tratará de invertir el razonamiento habitual. Primero, se trata de hacerse prójimo, de decirnos a nosotros mismos que el otro es siempre digno de nuestro amor. Y después habrá que ver cómo, por qué caminos, con qué energías. Encontrar la forma (distinta cada vez, seguramente) de buscarle la vuelta a los defectos, limitaciones y hasta maldades del otro (de los alumnos, en su caso), para poder desarrollar un amor que sea, en concreto, aceptación, reconocimiento, promoción, servicio y don.

 Quizá puede ser hasta un ejercicio matutino (y también un autoexamen antes de dormir): ¿cómo voy a hacer hoy para amar efectivamente a mis alumnos, a mis familiares, a mis vecinos? ¿Qué “trampas” voy a poner en juego para confundir y vencer a mi egoísmo? ¿Qué apoyos voy a buscarme? ¿Qué terrenos voy a preparar en el otro, en los grupos en que participo, en mi propia conciencia, qué semillas voy a sembrar para poder por fin amar al prójimo, y qué frutos preveo recoger hoy? Hacernos prójimos, entonces: el amor como tarea. Porque así somos los seres humanos: siempre trabajando para poder llegar a ser lo que desde el principio somos...  

IV. “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer?”

 La segunda “pista” será otra enseñanza de Jesús acerca del amor: la parábola del Juicio Final (Mt 25, 31-43). El Buen Samaritano nos mostraba que el amor personal, cara a cara, es absolutamente imprescindible para que los humanos seamos efectivamente humanos, para que la comunidad del pueblo sea eso y no un conglomerado de intereses personales. Pero será preciso también señalar sus límites y la necesidad de dar forma a algunos “brazos largos” del amor. Porque si bien en la inmediatez del “cara a cara” está la mayor fortaleza del amor, con todo no es suficiente. Veamos.

 En el “cara a cara”, lo inmediato puede impedirnos ver lo importante. Puede agotarse en el aquí y ahora. En cambio, un amor realmente eficaz, una solidaridad “de fondo”, como les decía en el mensaje del año pasado, debe elaborar reflexivamente la relación entre situaciones evidentemente dolorosas e injustas y los discursos y prácticas que les dan origen o las reproducen; a fin de sumar al abrazo, la contención y la compañía, algunas soluciones eficaces que pongan freno a los padecimientos, o al menos los limiten.

 Por otro lado, el amor entendido solamente como inmediatez de la respuesta ante el rostro de mi hermano puede ser afectado por otra debilidad, bien propia de pecadores que somos: convertirse enseguida en vehículo de una necesidad de exhibicionismo o de autorredención. ¡Qué impresionante profundidad y finura psicológica revelan las palabras del Señor, cuando recomienda al que hace limosna “que su mano izquierda ignore lo que hace la derecha” (Mt 6,3), o cuando critica al fariseo que ora de pie ante el altar sintiéndose satisfecho de su virtud (Lc 18, 9-14)!  

La parábola del juicio final viene a hacernos descubrir otras dimensiones del amor que están en la base de toda comunidad humana, de toda amistad social. Quisiera llamar la atención sobre un detalle del texto: los que habían sido declarados “benditos” por el Hijo del hombre por haberle dado de comer, de beber, por haberlo alojado, vestido o visitado, no sabían que habían hecho tales cosas. Es decir: la conciencia directa de haber “tocado” a Cristo en el hermano, de haber sido realmente prójimo del Señor herido al costado del camino, no se da más que “a posteriori”, cuando “todo se ha cumplido”. ¡Nunca sabemos del todo cuándo estamos alcanzando realmente a las personas con nuestras acciones! No lo sabemos, desgraciada o felizmente, hasta que esas acciones han producido sus efectos.

 Obviamente, esto no se refiere a lo que directamente podemos hacer como respuesta al “cara a cara”, lo cual es fundamental; sino a otra dimensión que está ligada a esta primera actitud. “¿Cuándo te hemos dado de comer, de beber, etc.?”, se trata de un amor que se hace eficaz “a la larga”, al final de un trayecto. En concreto, me refiero a la dimensión institucional del amor. El amor que pasa por instituciones en el sentido más amplio de la palabra: formas históricas de concretar y hacer perdurables las intenciones y deseos. ¿Cuáles, por ejemplo? Las leyes, las formas instituidas de convivencia, los mecanismos sociales que hacen a la justicia, a la equidad o a la participación... Los “deberes” de una sociedad, que a veces nos irritan, nos parecen inútiles, pero “a la larga” hacen posible una vida en común en la cual todos puedan ejercer sus derechos, y no sólo los que tienen fuerza propia para reclamarlos o imponerse.

 La parábola del Juicio Final nos habla, entonces, del valor de las instituciones en el reconocimiento y la promoción de las personas. Podemos decirlo así: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria...”, nos pedirá cuentas de todas aquellas veces que cumplimos o no con esos “deberes” cuya consecuencia en el plano del amor no podíamos visualizar directamente; ellos son parte del mandamiento del amor. Incluimos también el deber de participar activamente en la “cosa pública”, en vez de sentarnos a mirar o a criticar.  

Y aquí es imprescindible volver a subrayar la grandeza de la vocación docente, la enorme relevancia social y hasta política, en el sentido más profundo de la palabra, que tiene esa tarea cotidiana, abnegada, tan poco reconocida en algunos ámbitos... Educar es un gesto de amor. La educación es una genuina expresión de amor social. Se da en la misión del maestro una verdadera paradoja: cuanto más atento está al detalle, a lo pequeño, a lo singular de cada chico y a lo contingente de cada día, más se enlaza su acción con lo común, con lo grande, con lo que hace al pueblo y a la Nación. Para un docente, no hace falta buscar la participación en la “cosa pública” muy lejos de lo que hace todos los días (sin dar por ello menos valor a otras formas de actividad o compromiso social o político). Al contrario: el “trabajo” de ir todos los días a la escuela y encarar una vez más, sin aflojar nunca, el desafío de enseñar, educar y socializar a niños y jóvenes, es una empresa cuya relevancia social nunca será suficientemente resaltada. ¡“Educar al soberano”! no es sólo un lema grandilocuente del pasado.  

V. Conclusión: cinco propuestas para ayudar a recrear el vínculo social

 Como ya va siendo una tradición en estos mensajes, les propongo algunas ideas de orden más “práctico” que de algún modo resuman y esbocen una resolución operativa de las reflexiones desarrolladas y espero que sirvan para abrir el diálogo en las comunidades y den lugar a nuevas iniciativas.

 1)      La fe cristiana como fuerza de libertad  

La primera propuesta apunta a reconocer una vez más la inmensa capacidad de renovación de la cultura que posee el Evangelio. Nuestro compromiso ciudadano y nuestra tarea docente no pueden prescindir de la fe explícita como principio activo de sentido y acción. Es verdad que en una sociedad que recién está aprendiendo a convivir pluralmente se generan muchas veces conflictos y desconfianzas varias. Ante estas dificultades, no pocas veces los católicos nos sentiremos tentados de callar y ocultarnos, intentando cortar la cadena de mutuas incomprensiones y condenas, a la cual tantas veces, por qué no reconocerlo, habremos contribuido con nuestros errores, pecados y omisiones. Mi propuesta es ésta: animémonos a recuperar el potencial liberador de la fe cristiana, capaz de animar y profundizar la convivencia democrática inyectándole fraternidad real y vivida. Como Iglesia en Argentina, a los bautizados no nos faltan pecados de los cuales avergonzarnos y arrepentirnos, pero tampoco nos faltan ejemplos y testimonios de entrega, de compromiso por la paz y la justicia, de auténtica radicalidad evangélica al servicio de los pobres y en pos de una sociedad libre e inclusiva y por una vida más digna para nuestra gente. Recuperemos la memoria de tantos cristianos que han dado su tiempo, su capacidad y hasta su vida a lo largo de nuestra historia nacional. Ellos son testimonio viviente de que una fe asumida, vivida a fondo y confesada públicamente no sólo no es incompatible con las aspiraciones de la sociedad actual, sino que puede en verdad aportarle la fuerza humanizante que por momentos parece diluirse en la cultura posmoderna. ¡Que en cada uno de nuestros colegios se venere y transmita la memoria de tantas y tantos hermanos nuestros que han dado lo mejor que tenían para construir una Patria de justicia, libertad y fraternidad, y que se busque activamente en cada una de nuestras instituciones generar nuevas formas de testimonio de una fe viva y vivificante!

 2)      “Todas las voces, todas”  

La reconstrucción de un lazo social verdaderamente inclusivo y democrático nos exige una práctica renovada de escucha, apertura y diálogo, e incluso de convivencia con otras tendencias sin por ello dejar de priorizar el amor universal y concreto que debe ser siempre el distintivo de nuestras comunidades. En concreto, les propongo como docentes cristianos que abran su mente y su corazón a la diversidad que cada vez más es una característica de las sociedades de este nuevo siglo. Mientras vemos que todo tipo de intolerancias fundamentalistas se adueñan de las relaciones entre personas, grupos y pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor más allá de toda diferencia, el valor de la prioridad de la condición de hijo de Dios de todo ser humano sobre cualesquiera fueren sus ideas, sentimientos, prácticas y aun sus pecados. Mientras en la sociedad actual proliferan los guetos, las lógicas cerradas y la fragmentación social y cultural, demos nosotros el primer paso para que en nuestras escuelas resuenen todas las voces. No nos resignemos a vivir encerrados en un fragmento de realidad. Reconocer, aceptar y convivir con todas las formas de pensar y de ser no implica renunciar a las propias creencias.

Aceptar lo diverso desde nuestra propia identidad, dando testimonio de que se puede ser “uno mismo” sin “eliminar” al otro. Y luchemos, en el aula y en todos aquellos lugares donde estemos en función de enseñanza, contra toda práctica de exclusión a priori del otro por motivos sociales, económicos, políticos, religiosos, culturales o personales. Que en nuestro corazón, en nuestras palabras, en nuestras instituciones y nuestras aulas no tenga lugar la intolerancia y la exclusión.  

3) Revalorizar nuestras producciones culturales  

El momento de pluralidad, de diversidad, no agota la dinámica del vínculo social : justamente, va de la mano con la fuerza “centrífuga” de unidad de los “muchos y distintos”. Pero como nuestra propia historia nos enseña la esterilidad de toda “unificación compulsiva”, tendremos que apostar a la “vía larga” la vía del testimonio de la propia identidad a través también de la fuerza convocante del arte y las producciones históricas. Esto implica un definido acto de confianza en el valor de nuestras obras de arte, de nuestras producciones literarias, de las múltiples expresiones del pensamiento histórico, político y estético, en su autenticidad y en la energía que aún poseen para despertar el sentido y valor de lo comunitario.

 Hace ya unos años, les propuse una lectura “situada” de nuestro poema nacional, el Martín Fierro. Debemos avanzar en esa línea. La Argentina ha brindado al mundo escritores y artistas de calidad (de esos que incluso hablando de lo “local” tocan la fibra más “universal” del hombre, al modo de los clásicos); y esto en el campo de lo “académico” y también en el del arte y la cultura popular. ¿Por qué no insistir en promover su lectura, su audición, su contemplación, recuperando algo del espacio que hegemonizan tantas producciones huecas impuestas por el mercado? ¡Tantas novelas infinitamente superiores a los best sellers que llenan góndolas de supermercados, tanta música -en todo tipo de géneros, desde lo más tradicionales hasta los que expresan la mirada de las generaciones más jóvenes- que dice algo de lo que somos y lo que queremos ser!

 ¡Tanta belleza plasmada en artes plásticas, en arquitectura, tanta reflexión y polémica con la ironía y la chispa que caracteriza a nuestros grandes periodistas y pensadores sobre las distintas circunstancias de nuestra historia, tanto cine que “cuenta” nuestras historias y nuestra historia!

 No estoy proponiendo reflotar ideologías chauvinistas o una pretendida superioridad de “lo nacional” sobre la cultura de otros pueblos. Revalorizar lo nuestro no significa de ningún modo dejar de lado la inmensa riqueza de la cultura universal. Pero se trata de recrear el sentido de pueblo volviendo a escuchar y a contar las historias de nuestra gente, así como en una familia los niños tienen que escuchar una y otra vez los pequeños detalles de la vida de sus padres y abuelos. La identidad de un pueblo (como también la identidad de cada persona) se constituye en gran me di da narrativamente , situando acontecimientos en una línea de tiempo y en un horizonte de sentido. Se trata de volver a contar, volver a decir quiénes somos. Y para ello, escuchar lo que ya se ha dicho, volver a situarse ante las huellas que la vida del pueblo ha dejado a través de la obra de sus creadores. En este aspecto conviene tener presente que el proceso de globalización puede instalarse en dos formas. Una que progresa hacia la uniformidad, en el que cada persona termina por constituir un punto en la perfecta esfera global. Las particularidades aquí son anuladas. Otra forma la constituye el afán de unidad y colaboración de las personas y pueblos, uniéndose globalmente pero conservando en la unidad la propia particularidad. La figura ya no es una esfera sino de un poliedro: unidad en la diversidad. Esta segunda forma de globalización es la correcta.

 4) Prestar atención a la dimensión institucional del amor

 Para ir finalizando, quiero insistirles en la importancia de las formas instituidas de participar en la vida común. Los argentinos tenemos una tendencia a minusvalorar la ley, las normas de convivencia, las obligaciones y deberes de la vida social. Desde las viejas “reglas de cortesía” hoy casi inexistentes, hasta las obligaciones legales como el pago de impuestos y otras muchas. Todo ello es imprescindible para que nuestra convivencia circule por caminos más firmes, más respetuosos de la persona y más factibles de crear un sentido de comunidad. La cosa “por debajo de la mesa”, la “truchada”, la “avivada”, no ayuda a superar este trance de anomia y fragmentación. Es preciso que apostemos sin dudarlo al fortalecimiento de las muchas instancias de participación y resguardo de lo común que han ido quedando desdibujadas en la historia de prepotencias, violencias, arbitrariedades, egoísmos e indiferencias que hemos vivido.

 5) Celebrar juntos el amor de Dios  

Por último, ese querer estar juntos de los jóvenes, ese gustar la emoción de ser parte de una experiencia que los engloba y les da identidad, puede señalarnos un sendero que nos aproxime a proponerles el valor de la celebración de los misterios sagrados. Es verdad que en la cultura de lo útil y del pragmatismo, la gratuidad y aparente inutilidad del culto no pareciera atractivo; sin embargo, es interesante que toda esa sensibilidad hacia el encuentro amistoso, unida al gusto por la música y otras manifestaciones artísticas que ellos poseen, sean un modo de acercarse al desarrollo de una cultura, abierta a Dios y con capacidad de honda empatía con lo humano, una cultura que sabe adorar y orar y a la vez posibilita un compromiso intenso y fuerte con el mundo de los hombres y mujeres de este tiempo. En este sentido no podemos permitirnos titubear; debemos hacernos cargo de la profunda herencia humana que transmitimos a los chicos y jóvenes cuando los conducimos al sublime acto de la adoración a Dios tanto en soledad como en la acción litúrgica.

 *                  *                     *

 Vemos así con mayor claridad el enorme proceso de conversión que exige la recreación del lazo social. Es preciso volver a creer en nuestras instituciones, volver a confiar en los mecanismos que como pueblo nos hemos dado para caminar hacia una felicidad colectiva. Y esto es tarea de todos: de gobernantes y gobernados, de fuertes y débiles, de los que tienen y pueden y los que poco tienen y menos pueden. De todos: no sólo pasivamente, cumpliendo con lo mínimo y esperando todo de los demás. De todos: animándonos a crear situaciones , posibilidades, estrategias concretas para volver a vincularnos y a ser un pueblo. Hemos vivido una historia tan terrible, que “no estar metido en nada” pasó a ser sinónimo de seriedad y virtud. Quizás haya llegado (¡todavía no es definitivamente tarde!) el momento de dejar atrás esa mentalidad, para recuperar el deseo de ser protagonistas comprometidos con los valores y las causas más nobles. Dejar atrás esa mentalidad de la cual quede del todo descartado un diálogo final como éste: 

“Señor, ¿cuándo fue que no te di de comer, de beber, etc.?” 

“Cuando te sumaste al “no te metás” mientras yo me moría de hambre, de sed, de frío, estaba tirado en la calle, desescolarizado, envenenado con drogas o con rencor, despreciado, enfermo sin recursos, abandonado en una sociedad donde cada uno se preocupaba sólo por sus cosas y por su seguridad”.

 Recordemos lo que nos dice el Salmo, como expresión de lo que deseamos ardientemente para nuestra tierra: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos! ... Allí el Señor da su bendición, la vida para siempre” (Sal 133). Y desde esta oración que pide el amor cristiano animarnos por crear un pueblo en el cual todos podamos gozar de la bienaventuranza de “haber estado ahí” cuando el hambre, la sed, la enfermedad, la soledad, la injusticia clamaban por respuestas auténticas y eficaces.  

Todavía estamos a tiempo. Junto con esta propuesta reflexionemos también en el fracaso al que nos conduciría el camino contrario, un fracaso de disolución y muerte del pueblo de nuestra patria. Pensando en esta fase negativa de una contracultura de destrucción y fragmentación nos puede hacer bien recitar con el poeta norteño:  

Se nos murió la Patria hace ya tiempo,

en la pequeña aldea.

Era una patria casi adolescente.

Era una niña apenas.

 

La velamos muy pocos; un grupito

de chicos de la escuela.

Para la mayoría de la gente

era un día cualquiera.

 

Pusimos sobre el guardapolvo blanco

las renegridas trenzas.

La Virgen de Luján y una redonda

y azul escarapela.

 

Unos hombres muy sabios opinaban:

“fue mejor que muriera”.

“Era sólo una patria” nos decía

la gente de la aldea.

 

Pero estábamos tristes. Esa patria

era la patria nuestra.

Es muy triste ser huérfano de patria.

Luego nos dimos cuenta.

 

Así es, es muy triste ser huérfanos de patria.

Que no tengamos que decir “tarde nos dimos

cuenta”.

  

En la Pascua del Señor de 2006

 

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

 

 

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Homilía del Cardenal Bergoglio al inaugurar la

 91ª Asamblea Plenaria del Episcopado
 

1.  La feliz coincidencia de comenzar esta Asamblea en la Solemnidad de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, dirige nuestro corazón hacia la Palabra de Jesús antes de morir: “Aquí tienes a tu madre” recordándonos, a la vez, la calidez maternal de María para con nosotros: “una humilde imagen de su limpia y pura Concepción se quedó milagrosamente en la Villa de Luján como signo de su maternal protección del pueblo peregrinante en Argentina” (Prefacio de la Misa) y esto para ser “llevados de su mano” (ibid) hacia el Señor. Nuestra Madre se hace cargo de nuestra pequeñez y nos toma de la mano. Nuestra Madre que, “elevada a la gloria de los cielos, acompaña a la Iglesia peregrina con amor materno, y con bondad cuida sus pasos hacia la patria, hasta que llegue el día glorioso del Señor” (Prefacio de la Misa de Santa María, Madre de la Iglesia). Nuestra Madre quien, a lo largo de este camino, no cesa de repetirnos como en Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Ju. 2:5).

 2.   Comenzamos, pues, nuestra Asamblea contemplando a nuestra Madre de Luján; no solamente a  Ella sino a Ella en medio de sus hijos. Nos hará bien, como pastores, meternos en medio de este pueblo al que pertenecemos, del que fuimos escogidos para el servicio y, como pueblo fiel de Dios, acercarnos a la Madre. Ese pueblo que afluye continuamente a Luján y a tantos otros Santuarios marianos del país, nos muestra sus necesidades, su búsqueda de Dios, sus carencias y gozos más hondos,  y nos pide que lo ayudemos a encontrarse y dejarse encontrar con Jesús. Caminemos en medio de él y pidamos la gracia de ser “pastores con olor a oveja”. Nos hará bien repetir, a modo de jaculatoria, lo que imploramos en la Oración Colecta: “Mira, Señor, la fidelidad de tu pueblo” y suplicarle al Padre que –como pueblo- nos haga más fieles, más hijos suyos, más seguidores de Jesús.

 3.  Este pueblo nos mira pidiéndonos que lo sirvamos en la misión a la que hemos sido enviados. Durante las reflexiones de esta semana buscaremos los modos y las palabras para poder realizar hoy lo que Isaías proclamaba en la 1ª Lectura: “Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: Sean fuertes, no teman; ahí está su Dios... él mismo viene a salvarnos” (Is. 35: 3-4). No siempre resulta fácil anunciar estas palabras; hay que buscar, pensar, dialogar, rezar... y todo esto produce en nuestra vida de pastores aquella “peculiar fatiga del corazón” que, al decir de Juan Pablo II, sufría la Virgen en su esfuerzo cotidiano por contemplar los signos de Dios en la vida de su Hijo (Cfr. Redemptoris Mater, 17). Ella, como primera discípula de Jesús, nos abre este camino de la fatiga pastoral, esa fatiga más bien interior de padre y hermano que no quiere se pierda ninguno de los que le han sido confiados. Volvamos con la mente otra vez a Luján y, en medio del pueblo fiel de Dios, mirándola pidámosle la gracia de esta fatiga interior que nos unge en la cruz de cada día, muchas veces en clarioscuros difíciles de comprender o en oscuridades que nos hacen tambalear la esperanza. 

4.  Sin embargo, esta esperanza no puede ser negociada por quienes “hemos sido constituidos herederos y destinados de antemano... a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria” (Ef. 1:11-12),  como escuchamos en la 2ª. lectura. Miramos nuevamente a nuestra Madre, a Ella quien –desde Caná y a lo largo de toda la historia de los pueblos- se acercó a sus hijos en las más variadas situaciones para sembrar esperanza en los corazones. A Ella le pedimos la gracia de ser pastores de esperanza, que no se dejan ahogar por los conflictos ni por las pruebas; de ser pastores como Pablo que, “con luchas por fuera y temores por dentro” (2 Cor. 7:5) no cejaba de anunciar a Jesucristo a costa de su propia vida: anuncio martirial de cada día pero que vale la pena. A Ella le pedimos la gracia de creer firmemente que “la esperanza no defrauda” (Rom. 5:5) y poder transmitir esta fe a nuestro pueblo. Esa esperanza que nos hace mirar hacia delante y repetir con Isaías lo que recientemente escuchamos: “Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales” (Is. 35:5-7). 

5.  Madre presente en medio de su pueblo; Madre fatigada en el discipulado y seguimiento de Jesucristo; Madre de esperanza. Así la contemplamos, silenciosa y provocando sonrisas filiales en el alma de sus hijos. Así queremos contemplarla en estos días de Asamblea con la confiada petición de saber y poder caminar siempre, como Ella, en medio del pueblo fiel de Dios al que pertenecemos y a quien servimos; la petición de fatigarnos el corazón en la búsqueda de los signos de Dios en la historia y la gracia de ser hombres de esperanza. Con estos deseos la volvemos a mirar, nos ponemos junto a Ella y –con Ella- oramos al Padre: “mira, Señor, la fidelidad de tu pueblo”. 

 Pilar, 8 de mayo de 2006. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. 

  

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de mayo

 Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que lloran, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.” (Mt. 5:1-12) 

1. En este día de acción de gracias por la Patria escuchamos el pasaje de las Bienaventuranzas que nos hablan de dicha y de bendición, de horizonte gozoso de ser. Jesús, el “Testigo Veraz” de la alegría de ser porque dio su vida por la bienaventuranza de todos, nos ilumina y nos nutre hoy con su programa. Las Bienaventuranzas el Señor las dijo para todos y, si es verdad que marcan con claridad nuestras zonas de sombra y de pecado, también es verdad que comienzan con una bendición y terminan con una promesa que nos consuela. Dios congregó a su pueblo en torno a la verdad, al bien y a la belleza que proclaman las Bienaventuranzas. Ojalá que al escucharlas no busquemos aplicarlas críticamente a los demás, sino que las recibamos enteras todos, cada uno con corazón simple y abierto, y permitamos que la Palabra nos congregue una vez más, siempre en la esperanza de construir la Nación que nos debemos. En el día de la Patria nos hará bien hacer un breve recorrido por estas Bienaventuranzas; cada uno de nosotros reflexionando pausadamente en ellas y preguntándonos qué significan hoy para mí, no para el que tengo al lado o para el vecino de enfrente. Recorrer las Bienaventuranzas lentamente, en una especie de “cadencia sapiencial”, procurando que su significado me llegue al corazón. 

2. Hoy nos sentimos llamados –todos, sin excepción- a confrontarnos con este testimonio que brota del sentimiento íntimo de Jesús. Estamos llamados a una vocación: construir la dicha, unos por los otros: es lo que nos llevaremos de este mundo. En las Bienaventuranzas el Señor nos indica el camino por donde los seres humanos podemos encontrar la felicidad más auténticamente humana y divina. Nos proporciona el espejo donde mirarnos, el que nos deja saber si vamos por el sendero de serenidad, de paz y de sentido en que podemos disfrutar de nuestra existencia en común. La Bienaventuranza es simple y, por eso mismo, es un trayecto  por demás exigente y un espejo que no miente. Rehúye al eticismo descomprometido y a la moralina barata. 

3. En la conmemoración de las jornadas de Mayo, volvemos a aquellos padres de la Patria quienes, en su gesta, soñaron la bienaventuranza para nuestros pueblos que aspiran a crear ciudadanía. También en aquellos tiempos jugaban las ilusiones… y la pureza de la inspiración de los ideales se entrecruzaba con las ambiciones fáciles, algunas veces oscuras. Después de todo, ello es parte de la historia de  todos los pueblos, y no  venimos a juzgar ni pretender separar el trigo de la cizaña, sino a celebrar el legado del que nacimos, porque a pesar de las miserias y con ellas, tenemos un hogar. Venimos a celebrar pero no debemos dejar de preguntarnos si sigue siendo vocación nuestra el concretar aquellos deseos de bienaventuranza, si el ser ciudadanos se nos ha devaluado hasta llegar  a ser un mero trámite o sigue siendo el llamado hondo a procurar la alegría y la satisfacción de construir juntos un hogar, nuestra Patria.  

4. El Señor comienza hablando de la alegría que sólo experimentamos cuando tenemos alma de pobres. En nuestro pueblo más humilde encontramos mucho de esta bienaventuranza: la de los que conocen la riqueza de la solidaridad, la riqueza del compartir lo poco, pero compartirlo; la riqueza del sacrificio diario de un trabajo, a veces inestable y mal pago, pero hecho por amor a los suyos; la riqueza incluso de las propias miserias pero que, vividas con confianza en la Providencia y en la Misericordia de nuestro Padre Dios,  alimentan en nuestro pueblo esa grandeza humilde de saber pedir y ofrecer perdón, renunciando al odio y la violencia. Sí, la riqueza de todo pobre y pequeño, cuya fragilidad y vulnerabilidad expuesta le hace conocer la ayuda,  la confianza y la amistad sincera que relativiza las distancias. Para ellos, dice Jesús, es “el Reino de los Cielos”; sólo así, imitando esa misericordia de Dios, se obtiene un alma grande capaz de abarcar y comprender, es decir de “obtener”, como dice el Evangelio, misericordia. 

5. Necesitamos de la amistad social que cultivan los pobres y los pequeños, la que sólo satisface cuando se da por completo a los otros.

Dios nos libre de la “malaventuranza” de una permanente insatisfacción, del  encubrimiento del vacío y la miseria interior con sustitutos de poder, de imagen, de dinero. La pobreza evangélica, en cambio,  es creativa, comprende, sostiene y es esperanzada; desecha la “actuación” que sólo procura  impresionar; no necesita propaganda para mostrar lo que hace, ni recurre al juego de fuerzas para imponerse. Su poder y autoridad nace de la convocatoria a una confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia.   

6. Felices son también los corazones que se “afligen”. Los que lloran por el desgarro entre el deseo de esa plenitud y de esa paz que no se alcanzan y postergan, y un mundo que apuesta a la muerte. Felices los que por esto lloran, y llorando  apuestan al amor aunque se encuentren con el dolor de lo imposible o de la impotencia. Esas lágrimas transforman la espera en trabajo en favor de los que necesitan y en siembra para que cosechen las generaciones por venir. Esas lágrimas transforman la espera en solidaridad verdadera y compromiso con el futuro.

Por ello, felices, entonces, los que no juegan con el destino de otros, los  que se animan a afrontar el desafío de construir sin exigir ser protagonistas de los resultados, porque no le tienen miedo al tiempo. Felices los que no se rinden a la indolencia de vivir el instante sin importar para qué o a costa de quienes, sino que siempre cultivan a largo plazo lo noble, lo excelente, lo sabio, porque creen más allá de lo inmediato que viven y logran. 

7. La “malaventura” es precisamente lo contrario: no aceptar el dolor del tiempo, negarse a la transitoriedad, mostrarse incapaz de aceptarse como uno más del pueblo, uno más de esa larga cadena de esfuerzos continuos que implica construir una nación. Tal vez ésta ha sido una causa de tantas  frustraciones y fracasos que nos han llevado a vivir en vilo, en permanente sobresalto. En el hábito de polarizar y excluir, en la recurrencia de crisis o emergencias, los derechos pierden terreno, el sistema se debilita y se lo vacía indirectamente de legitimidad. Los mayores precios son pagados entonces por los más pobres, y crecen las posibilidades de oportunistas y ventajeros. 

8. Justamente este apostar al tiempo y no al momento es lo que Jesús ensalza como paciencia o mansedumbre. “Felices los pacientes porque recibirán la tierra en herencia”.

Es bueno recordar que no es manso el cobarde e indolente sino aquel que no necesita  imponer su idea,  seducir o ilusionar con mentiras, porque confía en la atracción -a la larga irresistible- de la nobleza. Por eso nuestros hermanos hebreos llamaban a la verdad “firmeza” y “fidelidad”: lo que se sostiene y convence porque es contundente, lo que se mantiene a lo largo del tiempo porque es coherente. La intemperancia y la violencia, en cambio, son inmediatistas, coyunturales, porque nacen de la inseguridad de sí mismo. Feliz por eso el manso, el que se mantiene fiel a la verdad y reconoce las contradicciones y las ambigüedades, los dolores y fracasos, no para vivir de ellos, sino para sacar provecho de fortaleza y constancia. 

9. Desdichado el que no se mantiene mansamente en la verdad, el que no sabe en qué cree, el ambiguo, el que cuida a toda costa su espacio e imagen, su pequeño mundito de ambiciones. A éste -tarde o temprano- sus miedos le estallarán en agresión, en omnipotencia e improvisación irresponsable. Desdichado el vengativo y el rencoroso, el que busca enemigos y culpables sólo afuera, para no convivir con su amargura y resentimiento, porque con el tiempo se pervertirá, haciendo de estos sentimientos una pseudo-identidad, cuando no un negocio.

¿Cuántas veces hemos caído los argentinos en la “malaventuranza” de no haber sabido conservar tal mansedumbre? En la “malaventuranza” del internismo, de la constante exclusión del que creemos contrario, de la difamación y la calumnia como espacio de confrontación y choque. Desdichadas actitudes que nos encierran en el círculo vicioso de un enfrentamiento sin fin. ¿Cuántos de estos caprichos y arrebatos de salida fácil, de “negocio ya”, de creer que nuestra astucia lo resuelve todo, nos ha costado atraso y miseria? ¿No reflejan acaso nuestra inseguridad prepotente e inmadura?  

10. Felices, en cambio, si nos dejamos convocar por la fuerza transformadora de la amistad social, ésa que nuestro pueblo ha cultivado con tantos grupos y culturas que poblaron y pueblan nuestro país. Un pueblo que apuesta al tiempo y que conoce la mansedumbre del trabajo, el talento creativo e investigador, la fiesta y la solidaridad espontánea, un pueblo que supo ganar o “heredar la tierra” en la que vive.  

11. Este es el verdadero trabajo por la paz, como dice otra de las Bienaventuranzas, el que incluye y recrea, el que invita a convivir y compartir aun a los que parecen adversarios o son extranjeros. El que piensa del otro: éste no puede ser sino ‘hijo de Dios’; hijo de lo alto en su fe e hijo de esta tierra en su cultura. La paz comienza a afianzarse cuando miramos al otro como hijo de Dios, como hijo de la Patria. Por eso decimos hoy: felices aquellos de nuestros mayores que trabajaron por la paz para nuestros pueblos y se dejaron pacificar por la ley, esa ley que acordamos como sistema de vida y a la que una y otra vez debemos volver a poner en lo más alto de nuestros corazones. 

12. ¡Pobre el que burla la ley gracias a la cual subsistimos como sociedad! Ciego y desdichado es, en el fondo de su conciencia, el que lesiona lo que le da dignidad. Aunque parezca vivo y se jacte de gozos efímeros ¡qué carencia!. La anomia es una “malaventuranza”: esa tentación de “dejar hacer”, de “dejar pasar”, ese descuidar la ley, que llega hasta la pérdida de vidas; esa manera de malvivir sin respetar reglas que nos cuidan, donde sólo sobrevive el pícaro y el coimero, y que nos sumerge en un cono de sombra y desconfianza mutua. Qué dicha en cambio siente uno cuando se hace justicia, cuando sentimos que la ley no fue manipulada, que la justicia no fue sólo para los adeptos, para los que negociaron más  o tuvieron peso para exigir, ¡qué dicha cuando podemos sentir que nuestra patria no es para unos pocos! Los pueblos que a menudo admiramos por su cultura, son los que cultivan sus principios y leyes por siglos, aquellos para los cuales su ethos es sagrado, a pesar de tener flexibilidad frente a los tiempos cambiantes o las presiones de otros pueblos y centros de poder. 

13. Qué desventurados en cambio somos cuando malusamos la libertad que nos da la ley para burlarnos de nuestras creencias y convicciones más profundas, cuando despreciamos o ignoramos a nuestros próceres o al legado de nuestro pasado, cuando incluso renegamos de Dios, desentendiéndonos de que en nuestra Carta Magna lo reconocemos “fuente de toda razón y justicia”.

El maduro acatamiento de la ley, en cambio, es el del sabio, el del humilde, el del sensato, el del prudente que sabe que la realidad se transforma a partir y contando con ella, convocando, planificando, convenciendo, no inventando mundos contrapuestos, ni proponiendo saltos al vacío desde equívocos vanguardismos. 

14. Éste el camino de los justos; el que emprenden los que tienen hambre y sed de justicia y que, al vivirla, “ya son saciados” como nos dice el Evangelio. Feliz el que cultiva el anhelo de esa justicia que tanto procuramos a lo largo de nuestra historia; anhelo que posiblemente nunca se saciará por completo, pero que nos hace sentir plenos al entregarnos en pos de la mayor equidad. Porque la justicia misma estimula y premia al que arriesga y se desgasta por ella y da oportunidad al que trae esfuerzos genuinos y sólidos.

Feliz el que practica la justicia que distribuye según la dignidad de las personas, según las necesidades que esta dignidad implica, privilegiando a los más desprotegidos y no para los más amigos. Feliz el que tiene hambre y sed de esa justicia que ordena y pacifica, porque “pone límites a” los errores y las faltas, no las justifica; porque contesta el abuso y la corrupción, no la oculta ni encubre; porque ayuda a resolver y no se lava las manos, ni hace leña del árbol caído. Felices nosotros si la apelación a la justicia nos hace arder las entrañas cuando vemos la miseria de millones de personas en el mundo.

15. Desdichados en cambio si no nos quema el corazón ver cómo en las calles, en las mismas puertas de las escuelas de nuestros hijos, se comercian drogas para destruir generaciones, convirtiéndolas en presa fácil del narcotráfico o de los manipuladores de poder. Desdichados porque se paga muy caro el drenaje de la cultura hacia lo superficial y el escándalo marketinero, (expresiones de desprecio de la vivencia espiritual que buscan avivar el vacío); se pagan muy caro la mentiras y la seducción demagógica para transformarnos en simples clientes o consumidores.  Abramos los ojos, no es esclavo el que esta encadenado, sino el que no piensa  ni tiene convicciones. No se es ciudadano por el solo hecho de votar, sino por la vocación y el empeño construir una Nación solidaria. 

16. Felices por eso los limpios de corazón que no temen poner en juego sus ideales, porque aman la pureza de sus convicciones vividas y transmitidas con intensidad sin esperar los aplausos, el relativo juicio de las encuestas o la ocasión favorable de mejores posiciones. No cambian su discurso para acceder a los poderosos ni lo vuelven a desvestir para ganarse el aplauso efímero de las masas. Bienaventurados los limpios de corazón que informan, piensan y hacen pensar sobre estas cosas fundamentales y no nos quieren distraer con hechos secundarios o banales. Los que no entregan su palabra o su silencio a los que dominan, ni quedan atrapados en sus dictados. 

17. Bienaventurados los jóvenes limpios de corazón que se juegan por sus deseos nobles y altos, y no se dejan arrastrar por la desilusión de las mentiras y la absurda inmadurez de muchos adultos. Los que se animan al compromiso más puro de un amor que los arraigue en el tiempo, que los haga íntegros por dentro, que los una en un proyecto. Los que no se dejan atomizar por las ocurrencias, las ofertas fáciles o el pasar el momento. Felices si se rebelan por cambiar el mundo y dejan de dormir en la inercia “del no vale la pena”. La bienaventuranza es una apuesta trabajosa, llena de renuncias, de escucha y aprendizaje, de cosecha en el tiempo, pero da una paz incomparable. Felices si seguimos el ejemplo de los que se animan a vivir con coherencia aunque no sean mediáticos. 

18. Posiblemente la pureza de un corazón que ama sus convicciones, provoque rechazo y persecución. De hecho, Jesús sufrió el rechazo de nuestra necedad cada vez que removió nuestra maldad más profunda hipócritamente disfrazada. Y sin embargo allí también nos llama a ser felices. Felices los “perseguidos por causa de la justicia” que para Él y para sus compatriotas era la de Dios y su Reino. Y nos llama a la alegría incluso cuando nuestras convicciones coherentes despierten no sólo rechazo, sino calumnias, insultos y persecución.

Por supuesto que no se trata ni de la actitud del temerario que necesita de la rebeldía o del coqueteo con la muerte para sentirse alguien, ni del que exhibe denuncias, protestas o escisiones para sacar réditos personales. Tampoco bendice Jesús la rigidez cobarde del soberbio que utiliza la verdad para no arriesgarse a la misericordia.

La causa no es de opacas idealizaciones, sino de amor: es persecución por El, por su Persona, por la Vida que transmite y, por tanto, por la lucha en favor de todo ser humano y sus derechos. Es lucha por todo bien y verdad que tienda a la plenitud; por el deseo de ser hermanos en esta tierra, es decir, de aceptarnos diferentes en la igualdad.

Felices si somos perseguidos por querer una patria donde la reconciliación nos deje vivir, trabajar y preparar un futuro digno para los que nos suceden. Felices si nos oponemos al odio y al permanente enfrentamiento, porque no queremos el caos y el desorden que nos deja rehenes de los imperios. Felices si defendemos la verdad en la que creemos, aunque nos calumnien los mercenarios de la propaganda y la desinformación. 

19. El mismo Jesús sufrió toda clase de injurias e inventos maliciosos, vio cómo facciones rivales se unían contra Él; oyó falsos testimonios de los desinformadores; tuvo defensores imprudentes que ensayaron rigideces y se quedaron con la realidad de su cobardía. Conoció la traición de los que señalaban con la izquierda y cobraban denarios con la derecha. 

20. Felices, queridos hermanos, si construimos un país donde el bien público, la iniciativa individual y la organización comunitaria no pugnen ni se aíslen, sino que entiendan que la sociabilidad y la reciprocidad son la única manera de sobrevivir y, Dios mediante, de crecer ante la amenaza de la disolución.

Nadie puede llegar a ser grande si no asume su pequeñez. La invitación de las Bienaventuranzas es un llamado que nos apremia desde la realidad de lo que somos, nos entusiasma, lima los desencuentros. Nos encamina en un sendero de grandeza posible, el del espíritu, y cuando el espíritu está pronto todo lo demás se da por añadidura.

Animémosnos, pues, con el espíritu valiente y pleno de coraje, aun en medio de nuestras pobrezas y limitaciones; y pidámosle a Dios que nos acompañe y fortalezca en la búsqueda de las Bienaventuranzas de todos los argentinos.

 Buenos Aires, 25 de mayo de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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 Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

 

1.      Coronando el tiempo de Pascua celebramos juntos esta fiesta grande del Corpus. El Señor camina junto a nosotros por las calles de Buenos Aires y pone a su Iglesia en la ruta de la Eucaristía cotidiana que hace crecer en nuestros corazones la Esperanza, el anhelo, de la Eucaristía definitiva.

El Evangelio  nos pinta con trazos vívidos las circunstancias simples y sorprendentes con las que el Señor quiso rodear los preparativos de la Ultima Cena. A partir de aquella noche santa toda nuestra vida gira en torno a las palabras del amor incondicional de Jesús: “Tomen, coman, esto es mi cuerpo” ¡El Cuerpo y la Sangre del Señor… sacrificio para nosotros!

Junto a los discípulos y a Jesús el evangelio de hoy nos invita a recorrer dos caminos:  uno que lleva a la Eucaristía y otro que parte de ella. El que lleva a la Eucaristía es  camino de Encuentro. El que parte de ella es camino de Esperanza. 

2.      El camino que lleva a la Eucaristía comenzó aquel día con una pregunta: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”  Los discípulos le preguntan al Señor y él los envía por la ciudad siguiendo al hombre del cántaro que encontrarán como por casualidad. Es un camino que parece incierto y, sin embargo, es seguro. El Señor los envía a seguir a un desconocido entre la multitud de la gran ciudad… pero tiene todo previsto y planeado. El Maestro sabe hasta el último detalle cómo está arreglado ese piso alto de la hospedería en el que va a entregarse como Pan para la vida del mundo.

Ellos partieron, obedientes en la fe. Quizá cruzando alguna mirada de complicidad al iniciar esta especie de juego de búsqueda del tesoro que les hace el Señor. El Evangelio nos dice que “encontraron todo como Jesús había dicho”. El Señor tenía estas cosas de hacer recorrer un camino incierto para el enviado pero ya previsto por él, de manera que al final se juntaran la experiencia obediencial del discípulo con la sabiduría del Maestro. Lo hizo con Pedro, cuando lo mandó a pescar un pez y sacar de su vientre la moneda para pagar el impuesto. Lo hizo con los discípulos al ordenarles tirar la red a la derecha o contar cuántos panes y peces tenían a mano… “Lo hacía para probarlos porque El ya sabía lo que iba a hacer”, nos dice Juan (Jn 6,6).

Como conmemoramos en la noche de Pascua: algo nuevo ha sucedido en el andar de la humanidad desde el día aquel en que Abram comenzó a caminar en la fe “sin saber a donde iba”.  Obedeció y fue justificado. También a nosotros nos pasa lo mismo  cuando caminamos siguiendo sus instrucciones como los discípulos, cuando nos dejamos “conducir espiritualmente” por el Señor, los caminos nos llevan a la Eucaristía, al Pan del Encuentro, de la Verdad y la Vida.   

3.  Luego de darles la Eucaristía el Señor habla de un nuevo camino, un camino que está en continuidad con el anterior pero es de largo aliento porque apunta al Cielo. Es el camino hacia el Banquete celestial que tendrá lugar en la Casa del Padre, ese banquete en el que el mismo Jesús nos sentará a la mesa y nos servirá. Y para señalar que estamos en camino hacia el Reino, el Señor utiliza una imagen: dice que “no beberá más del fruto de la vid hasta que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. Se abre así un tiempo intermedio, el tiempo de la Iglesia que peregrina hacia el Cielo a donde la precedió su Buen Pastor. Camino de esperanza, camino hacia lo que no vemos pero de lo cual tenemos las primicias en la Eucaristía. Comulgando nos sentimos seguros de que el Señor está y nos espera.  

4.  Dos caminos, pues, y en ambos es protagonista el Pan. El camino cotidiano, por entre las cosas de todos los días, en medio de la ciudad, que termina en la Eucaristía fraterna, en la misa. Y el camino largo de toda la vida, de la historia entera, que también terminará en la Comunión con el Señor, en el Banquete del cielo,  en la Casa del Padre. La Eucaristía es el aliento y la recompensa en ambos caminos.

La Eucaristía cotidiana es el Pan de vida que restaura las fuerzas y pacifica el corazón, el Pan del único Sacrificio, el pan del encuentro. Pero a su vez es Pan de la Esperanza, el Pan partido que abre los ojos para ver con estupor al Resucitado que nos estuvo acompañando de incógnito durante todo el día, durante la vida entera. Pan que enciende el fervor del corazón y hace salir corriendo a la misión en la comunidad grande; Pan ancla que tironea el corazón hacia el cielo y despierta en los hijos pródigos el hambre del Dios más grande, el deseo de la casa Paterna. 

5.  La certeza de este Pan de vida la tenemos clara. Por eso amamos la Eucaristía y la adoramos. Por eso le damos la primera comunión a nuestros hijos. Las dificultades están en el camino. En lo cotidiano una dificultad puede ser la del desencuentro: que no encontremos al hombre del cántaro –ese cántaro de agua viva, imagen del Espíritu Santo que nos guía- y nos perdamos por las calles de la ciudad, entre las mil circunstancias cambiantes que trae la vida. Y entonces, que el día no termine en la Eucaristía que el Señor nos tiene preparada, sino que por falta de tiempo, por distracción o problemas, el día se termine porque se terminó, rendidos de cansancio, sin referencia a Dios. Si no hay Encuentro con Jesús la vida se nos vuelve inconsistente, va perdiendo sentido. El Señor tiene dispuesta una Eucaristía –un encuentro-  cada día, para nosotros, para nuestra familia, para la Iglesia entera. Y nuestro corazón tiene que aprender a adherirse a esta Eucaristía cotidiana –sintetizada en la misa dominical-  de modo tal que cada día quede “salvado”, bendecido, convertido en ofrenda agradable, puesto en manos del Padre, como Jesús con su carga de amor y de cruz.

La dificultad del camino largo, el que nos lleva al Reino definitivo, puede ser la desesperanza., cuando “la promesa se diluye en la cotidianeidad de la vida”. Que se nos enfríe el fervor de la esperanza, esa brasa que vuelve cálidos de caridad nuestros gestos cotidianos. Sin ella, también podemos caminar, pero nos vamos volviendo fríos, indiferentes, ensimismados, distantes, excluidores.

Nos dará fuerzas saborear por el camino el Pan de la Esperanza grande, de la Esperanza de un banquete final, de un encuentro con un Padre que nos espera con su abrazo, nos transforma el corazón y la mirada y llena de otro sentido nuestra vida. Cuando Pablo nos dice que tenemos que rezar en todo momento nos está hablando de esta oración: de estar saboreando el Pan de la Esperanza en todo momento. La tentación  puede ser la contraria, de estar masticando las uvas agrias y las amarguras de la vida, en vez del pan de Dios; ese pan que María “rumiaba” en su corazón, mirando a su Hijo y mirando la historia de salvación con el gusto de la esperanza.

6    Ella es el gran aliento que el Señor nos da para el Camino. Caminando con ella nuestro pueblo saborea el Pan de la Esperanza, en torno a ella nuestro pueblo come con gusto el Pan del Encuentro, la Eucaristía, Cristo vivo.

Por eso a María le pedimos hoy estas dos gracias: la de comer cada día con nuestros hermanos el Pan del Encuentro en la Eucaristía, y la de caminar por la vida gustando siempre este Pan de la Esperanza grande, el Pan del Cielo. Que ella que le dio su carne al Verbo Eterno para que él pudiera dárnosla a nosotros como alimento de vida eterna, nos despierte el amor por la Eucaristía, por el Cuerpo de Cristo, Pan de Vida.

        Buenos Aires, 17 de junio de 2006.

                                                                                                  Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

  

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DESGRABACIÓN DE LA HOMILIA DEL CARDENAL MONS. JORGE MARIO BERGOGLIO EN OCASIÓN DEL 30 ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE MONS. ENRIQUE ANGELELLI.

Catedral de La Rioja – 04 – VIII - 2006 

La primera lectura nos muestra lo que es el diálogo del apóstol Pablo con la Iglesia que él había hecho nacer y que amaba tan entrañablemente. En nuestra vida cristiana, una de las cosas más encantadoras es el diálogo del Pastor con su Iglesia, el diálogo del obispo con su Iglesia y en ese diálogo del obispo con su pueblo se vertérbra todo el crecimiento de la Iglesia, todo el caminar de la Iglesia; fuera de ése diálogo se dispersa, o cuando ese diálogo no es suficiente se desorienta. Es un diálogo de amor, un diálogo de conciencia fraternal y paternal a la vez, un diálogo de gracia, un diálogo de reconocimiento al único Señor que convocó a las ovejas y al pastor a la vida cristiana. 

No es un diálogo fácil, Pablo les dice después de ser maltratado e insultado en Filipos -como Ustedes ya saben le dieron una flor de paliza- “Dios nos dio la audacia necesaria para anunciar la buena noticia”. Es un diálogo que necesita audacia, coraje, coraje por parte del obispo y coraje por parte del pueblo para escuchar el anuncio evangélico. Para entrar en el seguimiento de Jesucristo hace falta coraje, ese coraje de Dios y a la vez, siendo maltratados e insultados, hace falta aguante, aguante apostólico, ese sobrellevar sobre los hombros todas las dificultades de la vida cotidiana, todas las dificultades de la predicación del Evangelio, todas las dificultades de aquellos –que el mismo Pablo define- enemigos de la cruz de Cristo que quieren que les adulen los oídos y que les digan lo que les guste, que le digan lo que ellos quieren que el Evangelio diga, no lo que dice el Evangelio. Por eso Pablo les dice “yo no estuve con ustedes con palabras de adulación”. 

El diálogo tan encantador entre la Iglesia y el Pastor tiene esas dos actitudes tan lindas: coraje para anunciar el Evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades que la misma predicación del Evangelio provoca. Porque evidentemente la predicación del Evangelio mueve las aguas y provoca esas actitudes que se repiten siempre a lo largo de la historia en aquellos que no quieren escuchar la palabra de Cristo, provoca el cuestionamiento del predicador, ya comenzó con Jesús, lo cuestionaban, le decían “vos echas a los demonios por poder de los demonios”; provoca el cuestionamiento del que anuncia la palabra, ya sea pastor, ya sea del pueblo, a través de los consabidos métodos de la desinformación, la difamación y la calumnia; como hicieron con Pablo: decían informaciones no exactas de él, lo difamaban y lo calumniaban y Pablo aguantó eso y las comunidades que lo seguían aguantaron con su pastor en ese diálogo tan amoroso. 

Es un diálogo del Pastor con las ovejas, las ovejas que conocen la voz del pastor, el santo pueblo fiel de Dios no se equivoca. Alguno me dirá: Padre, está haciendo política.  No, no,  estoy citando la Lumen Gentium: el santo pueblo fiel de Dios es infalible e in credendo, y cuando el diálogo entre el pastor, el conjunto del pueblo de Dios, el gran pastor, Cristo, el Papa, los Obispos, cuando el diálogo va por el mismo camino no se puede equivocar porque lo asiste el Espíritu Santo.  Pero para que el pueblo de Dios no se equivoque tiene que existir ese diálogo, esa lealtad y esa universalidad de todo el santo pueblo fiel de Dios que trasciende las fronteras de una parroquia, de una diócesis, de un país; o sea es ese sentir el Evangelio. 

Ese diálogo es universal y las ovejas que conocen la voz del pastor, lo distinguen, saben quién es pastor y quién no, quien es mercenario, quién cuando viene el lobo los va a defender y quién se va a escapar, eso lo saben.  Por eso Jesús les dice “mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen.” “Ustedes no lo creen, las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no me creen porque no son de mis ovejas, ustedes no me creen porque no ven lo que hago, porque ya tienen posición tomada” y aquellos que de alguna manera se ponen en contra del pueblo de Dios que sigue el Evangelio, o contra su Pastor, tienen una posición previa tomada fuera del Evangelio y a la luz de esa posición interpretan el Evangelio. No tienen el corazón abierto al llamado de Jesús, como los fariseos. 

Quise detenerme en esta cosa tan encantadora y tan linda como es el diálogo entre el Pastor y su pueblo y del pueblo y su Pastor porque lo he visto, lo he visto en muchos pastores y lo he visto aquí.

Por primera vez llegué a La Rioja un día histórico, el 13 de junio de 1973, el día de la pedreada de Anillaco. Veníamos cinco Consultores de Provincia con el Provincial para tener acá varios días de retiro y reflexión a fin de elegir el nuevo Provincial. El 14 de junio, después de esa pedreada al obispo, a los sacerdotes, a las religiosas, a los agentes de pastoral, Monseñor Angelelli nos dio el retiro espiritual, a nosotros, al  provincial y a los cinco jesuitas y nos introdujo en el discernimiento del Espíritu para ver cuál era la voluntad de Dios. Fueron días inolvidables, días en que recibimos la sabiduría de un pastor que dialogaba con su pueblo y recibimos también las confidencias de las pedradas que recibía ese pueblo y ese pastor, simplemente por seguir el Evangelio. 

Me encontré con una Iglesia perseguida, entera, pueblo y pastor. Dos meses después, el 14 de agosto de 1973, siendo ya provincial vine con el padre Arrupe, General de la Compañía. El Padre Arrupe había quedado impresionado por la paliza que le habían dado al Padre Pucheta en San José, el año anterior, cerca de Famatina y preguntaba por La Rioja. Como venía a hacer la visita canónica a la Argentina, la visita de inspección que hacen los padres generales a la congregación, quedamos en que venía un día a La Rioja. Vinimos desde Córdoba en avioneta y ahí vi otra cosa: Veníamos el P. Arrupe y yo con el P. Di Nillo, y cuando la avioneta llegó a la cabecera de la pista para dirigirse a la central del aeropuerto el piloto recibe un llamado para que se quede ahí.  

El obispo viene a buscarnos en un auto y dice: hicimos parar la avioneta acá, vayámonos de acá porque afuera, los que hace dos meses hicieron la pedrada de la Costa, están esperando para abuchear. Para abuchear al General de la Compañía de Jesús que venía a visitar a sus jesuitas y obviamente para estar con el obispo, con el pastor y con su pueblo. Esa tarde, en la Casa de la Cultura con el P. General de la Compañía tuvimos una reunión con todos los agentes de pastoral y nos contaron lo que hacían.  Me acuerdo la última pregunta que le hicieron, dígannos padre, (era una señora, una riojana guerrera, una mujer que llevaba adelante las cosas de Dios con verdadero coraje) “¿esto que usted ha escuchado es el Concilio Vaticano o no lo es?”. El Padre Arrupe contestó “esto es lo que quiere la Iglesia desde el Vaticano II”. 

Vimos allí el diálogo de un laicado vivo, fuerte con su pastor. El obispo por delicadeza no quiso estar presente en esa reunión para que su pueblo dijera lo que quisiera. 

Yo he vivido aquí ese dialogo entre obispo y pastor, un diálogo que fue adelante, un diálogo de amor; había que ver cómo había calado hondo ese diálogo en el corazón del obispo, estaba enamorado hasta tal punto de su pueblo que su corazón de poeta frustrado –como le decíamos en broma- llegó a escribir verdaderos requiebros de amor. Cómo vivía él el alma de su pueblo:  

honduras de quebradas y silencio,

arenales sedientos y bravíos,

cardonales vigías en horizontes,

llenos de cerros escondidos....

así es el alma de mi pueblo.

 

 Promesante con la fe de peregrino

Caminante incansable de recuerdos,

Alforja cargada de esperanzas,

Con el ritmo del ton ton de las cajas...

Así es el alma de mi pueblo.

Un enamorado de su pueblo que lo acompañaba en el camino, y lo acompañaba hasta las periferias, las periferias geográficas y las existenciales. Recordemos el cariño con que acariciaba a los ancianos, con que buscaba a los pobres y a los enfermos, con el que clamaba por la justicia, él estaba convencido que el hombre hecho de barro escondía adentro un proyecto de la Trinidad, un proyecto de Dios: “mezcla de tierra y de cielo, proyecto humano divino en cada hombre se hace rostro y su historia se hace pueblo”, Dios rostro de hombre, historia de pueblo. Dios que camina a lo largo de su pueblo en la historia de salvación, “amor que se hace esperanza en cada dolor del pueblo porque el hombre se hace encuentro en cada historia de pueblo”, “ese amor que se hizo carne en dolor de pueblo.” “Aquí la historia es camino y el hombre siempre un proyecto” y porque el hombre era un proyecto acompañaba a cada hombre, a cada mujer, a cada chico, a cada anciano, a cada persona de su pueblo en este proyecto para que madurara, para que diera lo mejor, para que la gloria de Dios se manifestara en ese rostro que el mismo Dios había amasado y soplado con su espíritu. 

Así caminaba con su pueblo hasta las periferias,  se dan cuenta qué diálogo había acá entre la Iglesia y su pastor que también era Iglesia. 

Como era un hombre de periferia que  salía a buscar, que salía al encuentro, porque era un hombre profundamente de encuentro. (lo decía recién, “porque el hombre se hace encuentro en cada historia de pueblo”, hombre de encuentro, hombre de periferias), pudo vislumbrar en ese poema inconcluso de abril del 74, el drama de la patria,  pero lo vislumbraba con esperanza, “la patria está engendrando un hijo con sangre y con dolor, lloran los atardeceres esperando que el hijo nazca sin odios y sin rencor, sin odios y con amor, mi tierra está preñada de vida”, así vivía él la patria, así la quería, preñada de vida. “En esta noche de dolor, esperando que despunte el alba, con un hombre nuevo, Señor.” 

Este es el diálogo  entre el pastor y su pueblo que yo conocí acá en La Rioja, un diálogo que cada vez fue más perseguido, una Iglesia que fue perseguida, una Iglesia que se fue haciendo sangre, que se llamó Wenceslao, Gabriel, Carlos, testigos de la fe que predicaban y que dieron su sangre para la Iglesia, para el pueblo de Dios por la predicación del Evangelio y finalmente se hace sangre en su pastor. Fue testigo de la fe derramando su sangre. 

Pienso que ese día alguno se puso contento, creyó que era su triunfo pero fue la derrota de los adversarios. Uno de los primeros cristianos tenía una frase linda, “sangre de mártires, semilla de cristianos”, sangre de estos hombres que dieron su vida por la predicación del Evangelio es triunfo verdadero y hoy clama por vida, por vida esta Iglesia riojana que hoy es depositaria.  

El recuerdo de Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo Enrique no es una simple memoria encapsulada; es un desafío que hoy nos interpela a que miremos el camino de ellos, hombres que solamente miraron el Evangelio, hombres que recibieron el Evangelio y con libertad. Así nos quiere hoy la patria, hombres y mujeres libres de prejuicios, libres de  componendas, libres de ambiciones, libres de ideologías, hombres y mujeres de Evangelio; sólo el Evangelio y, a lo más podemos añadirle un comentario, el que le añadieron  Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo, el comentario de la propia vida. 

Que el Señor, por intercesión de su Madre santísima, nos conceda hoy la gracia de la libertad de solo el Evangelio con el comentario de nuestra propia vida.  

Que así sea.

 

  

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano

 La lectura del Exodo nos dice algo muy simple y a la vez muy hermoso, muy consolador: Que Dios nos escucha. Que Dios, nuestro Padre, escucha el clamor de su pueblo. Este clamor silencioso de la fila interminable que pasa delante de San Cayetano. Nuestro Padre del Cielo escucha el rumor de nuestros pasos, la oración que vamos musitando en nuestro corazón, a medida que nos acercamos.

Nuestro Padre escucha los sentimientos que nos conmueven, al recordar a nuestros seres queridos, al ver la fe de los otros y sus necesidades, al acordarnos de cosas lindas y cosas tristes que nos han pasado este año… Dios nos escucha.

Él no es como los ídolos, que tienen oídos pero no escuchan. No es como los poderosos, que escuchan lo que les conviene. Él escucha todo. También las quejas y los enojos de sus hijos. Y no sólo escucha sino que ama escuchar.  Ama estar atento, oír bien, oír todo lo que nos pasa.

Por eso nos dice Jesús “el Padre sabe bien lo que necesitamos” y no hace falta hablarle mucho. Basta con el Padrenuestro. Porque Él escucha hasta nuestros pensamientos más íntimos. El Evangelio dice que ni un pajarito cae en tierra sin el Padre. Y bien podría ser que diga: “sin que el Padre escuche que cae”.

 Hoy venimos a pedir dos gracias: la gracia de “sentirnos escuchados” y la gracia de “estar dispuestos a la escucha”. Con Jesús y san Cayetano queremos aprender a escuchar y a ayudar a nuestros hermanos. Éste es el lema que nos llevaremos en el corazón.

 Escuchemos ahora, atentamente, cómo nos habla nuestro Dios en la Sagrada Escritura.

Dice: “Yo soy el Dios de tus padres… y tengo bien vista la opresión de mi pueblo que está en Egipto. He escuchado sus gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, Yo conozco muy bien sus sufrimientos” (Ex 3, 6-7). Nuestro Padre escucha todos nuestros gritos de dolor, pero escucha de manera especial los gritos de dolor provocados por la injusticia : provocados, dice, por los capataces de los Faraones de este mundo. Hay dolores y dolores. Los del salario retenido, los de la falta de trabajo, son de los dolores que claman al cielo. Ya lo dice el Apóstol Santiago: “Miren; el salario que no han pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos” (Sant 5, 4). Los dolores que van con injusticia claman al cielo, porque son dolores que se pueden evitar, simplemente siendo justos, privilegiando al más necesitado, creando trabajo, no robando, no mintiendo, no cobrando de más, no ventajeando...

  En el Evangelio del Juicio final también se nos habla de una escucha. Jesús separa las ovejas de las cabras y dice a las ovejitas: “Vengan benditos de mi Padre, reciban el reino en herencia, porque tuve hambre y Ustedes me dieron de comer…”. Los justos le preguntan “Pero ¿cuándo, Señor, te vimos hambriento…?” Y el Señor les responde: “Cada vez que ayudaron al más pequeño de mis hermanos, me estaban ayudando a mí”.

La parábola del juicio final es la manera que tiene Jesús de decirnos que Dios ha estado atento a toda la historia de la humanidad. Que Él ha escuchado cada vez que algún pobrecito pedía algo. Cada vez que alguien, aunque fuera con voz bajita, como la gente más humilde que pide que casi ni se la oye, cada vez que alguno de sus hijitos ha pedido ayuda, Él ha estado escuchando. Y lo que va a juzgar en nosotros los hombres es si hemos estado atentos junto con Él, si le hemos pedido permiso para escuchar con su oído, para saber bien qué les pasa a nuestros hermanos, para poder ayudarles. O si al revés, nos hemos hecho los sordos, nos hemos puesto los walkman, cosa de no escuchar a nadie. Él escucha  y, cuando encuentra gente que tiene el oído atento como el suyo y que responde bien, a esa gente la bendice y le regala el Reino de los cielos.

 Esto de la escucha es una gracia muy grande, y hoy se la pedimos a San Cayetano para nuestro pueblo, para todos nosotros: que nos sepamos escuchar. Porque para ayudar a alguien, primero hay que escucharlo. Escuchar qué le pasa, qué necesita. Dejarlo hablar y que él mismo nos explique lo que desea. No basta con ver. A veces las apariencias engañan. Saber escuchar es una gracia muy grande. Fíjense que nuestro Padre del Cielo nos recomienda vivamente una sola cosa,  y es que “escuchemos a Jesús, su Hijo”. Ésa es la esperanza del Padre: “escucharán a mi Hijo”. Y Jesús nos dice que cuando escuchamos a nuestros hermanos más pequeños, lo escuchamos a Él.

 ¿Cómo puede ser que haya gente que diga que Dios no habla, que no se entiende bien lo que quiere decir? Claro, es gente que no escucha a los pobres, a los pequeños, a los que necesitan… Gente que sólo escucha las voces machaconas de la propaganda y de las estadísticas y no tiene oídos para escuchar lo que dice la gente sencilla.

Escuchar no es oír, simplemente. Escuchar es atender, querer entender, valorar, respetar, salvar la proposición ajena… Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir.

 La novena de San Cayetano es un ejemplo de escucha. Durante todo el año se trabaja preguntando a la gente qué es lo que más quiere pedir este año, qué es lo que se necesita.  Y se reza y se discierne entre todas las peticiones. Así se va formando el lema de la novena.

Porque el Santo es como si fuera un oído especial de nuestro Padre para una petición especial de su pueblo: la del pan y la del trabajo. Los santos son como los oídos de Dios, uno para cada necesidad de su pueblo. Y también nosotros podemos ser santos en este sentido, ser oído de Dios en nuestra familia, en nuestro barrio, en el lugar donde nos movemos y trabajamos. Ser una persona que escucha lo que necesita la gente, pero no sólo para afligirnos o para ir a contarle a otro, sino para juntar todos estos reclamos y contárselos al Señor. Cuántos ya lo hacen trayendo los papelitos y las peticiones de sus familiares a los pies del santo. Además de la propia petición cada uno viene con la de otro que le encomendó por que no podía venir. Bueno, ésa es la escucha que San Cayetano nos enseña y que nosotros aprendemos: estar dispuestos a escuchar como escucha el santo, como escucha nuestro Padre Dios. Escuchar para así poder ayudar: intercediendo y dando una mano.

Que la Virgen nuestra Madre, que es la predilecta de Dios y de su Pueblo en esto de escuchar y pasar mensajes de buenas noticias, reciba nuestros ruegos y nos dé la gracia de sabernos escuchar.

 Buenos Aires, 7 de agosto de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

                                          

  

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Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas

 

Vigila tus pasos cuando vayas a la casa de Dios.

Acércate dispuesto a escuchar (Ecl. 4,17)

 

 La festividad de San Pío X  y la celebración del día del Catequista son una ocasión propicia para hacerte llegar mi sentimiento de gratitud por tu entrega silenciosa y comprometida en el ministerio de la Catequesis.

Ministerio que tiene a tantos niños, jóvenes y adultos como destinatarios, y es una de las formas en que la Iglesia hace hoy realidad el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación...” (Mc 16,15)

Ministerio de la Palabra que tendrá mucho de anuncio, de enseñanza, de educación en la fe, de discipulado, de iniciación cristiana.

Ministerio de la Iglesia Servidora que desea hacer presente y cercano al Único Maestro, que tiene “palabras de Vida eterna” (Jn 6, 66).

Ministerio que nos necesita orantes (Lc 22,46), gustosos de estar con  Él (Mc 3,14). Para que, desde la experiencia siempre renovadora y liberadora del encuentro con el Mesías,  puedan ser más testigos que maestros.  Porque el anuncio se simplifica y adquiere fuerza de Buena Noticia cuando en el centro de la catequesis y de toda la vida de la Iglesia hay una persona y un acontecimiento: Cristo, su Pascua, su Amor....

 

Sólo así, podrá tener autoridad el ministerio, brindando en estos tiempos de tanta disgregación el servicio invalorable de hacer presente y cercano al Maestro Bueno que enseña con autoridad.  Claro que no con una autoridad como muchas veces la concibe el mundo, más cercana a la elocuencia, al poder o a los títulos ilustrados; sino con aquella autoridad que producía el asombro y la admiración de los hombres sencillos, contemporáneos de Jesús. Autoridad y sabiduría que nada tienen  de esa ilustración que engorda y ensimisma, sino del sentido que etimológicamente nos refiere el vocablo autoridad  “el que nutre y hace crecer (Autoritas, de augere).  Estás llamado, como catequista a acompañar, a conducir  a las aguas tranquilas para que el encuentro se haga fuente, fiesta, abrigo.

 

Para eso se te exigirá  que sepas escuchar y enseñes a escuchar tal como lo hizo Jesús. Y no simplemente como una actitud que facilita el encuentro entre las personas sino, fundamentalmente, como un elemento esencial del mensaje revelado. En efecto, toda la Biblia se ve atravesada por una invitación recurrente: ¡Escucha!

Por ello será parte de tu ministerio catequista no sólo saber escuchar y ayudar a aprender a escuchar, sino principalmente mostrar a Dios que sabe y quiere escuchar.

Fue justamente esta idea, la que todos hicimos oración hace pocos días en ocasión de la festividad de San Cayetano. “La lectura del Éxodo nos dice algo muy simple y a la vez muy hermoso, muy consolador: Que Dios nos escucha. Que Dios, nuestro Padre, escucha el clamor de su pueblo. Este clamor silencioso de la fila interminable que pasa delante de San Cayetano. Nuestro Padre del Cielo escucha el rumor de nuestros pasos, la oración que vamos musitando en nuestro corazón, a medida que nos acercamos.

Nuestro Padre escucha los sentimientos que nos conmueven, al recordar a nuestros seres queridos, al ver la fe de los otros y sus necesidades, al acordarnos de cosas lindas y cosas tristes que nos han pasado este año… Dios nos escucha.

Él no es como los ídolos, que tienen oídos pero no escuchan. No es como los poderosos, que escuchan lo que les conviene. Él escucha todo. También las quejas y los enojos de sus hijos. Y no sólo escucha sino que ama escuchar.  Ama estar atento, oír bien, oír todo lo que nos pasa...”

 

No ha de extrañar que en este camino que transitamos como Iglesia Diocesana en  estos últimos años, en el contexto de la Asamblea, haya aparecido en más de una ocasión el tema de la escucha.

Porque aprender a escuchar  nos permitirá dar el primer paso para que, en nuestras comunidades, se  haga realidad la tan anhelada acogida cordial. Quien escucha sana y recrea los vínculos  personales, tantas veces lastimados, con el simple bálsamo de reconocer al otro como importante y con algo para decirme. La escucha primerea al diálogo y hace posible el milagro de la empatía que vence distancia y resquemores.

 

Esta actitud nos librará de algunos peligros que pueden hipotecar nuestro estilo pastoral. El de  atrincherarnos como Iglesia,  edificando muros que nos impiden  ver el horizonte.  El peligro de ser Iglesia autorreferencial que acecha todas las encrucijadas de la historia y es capaz de histeriquear con la enfermedad de la internas hasta las mejores iniciativas pastorales. El peligro de empobrecer la catequesis concibiéndola como una mera enseñanza, o un  simple  adoctrinamiento con conceptos fríos y distantes en el tiempo. 

La actitud de la escucha  nos ayudará a no  traicionar la frescura y fuerza del anuncio kerygmático trastocándolo en una fraguada y aguachenta moralina, que más que la novedad del “Camino” se transforma en fango que ciega y empantana.

 

Necesitamos ejercitarnos en el escuchar... Para que nuestra acción evangelizadora se enraíce en ese ámbito de la interioridad donde se gesta el verdadero catequista que, más allá de sus actividades, sabe hacer de su ministerio, diakonía del acompañamiento. 

 

Escuchar es más que oír... Esto último está en la línea de la información.  Lo primero, en la línea de la comunicación, en la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no es posible un verdadero encuentro. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la siempre más tranquila condición de espectador.

 

¿Querés como catequista animar verdaderos encuentros de catequesis? ¡Pedí al Señor la gracia de la escucha! Dios te ha llamado a ser catequista, no simple técnico de comunicación. Dios te ha elegido para que hagas presente el calor de la Iglesia Madre, matriz indispensable para que Jesús sea amado y conocido hoy.

 

Escuchar es también capacidad de compartir preguntas y búsquedas, de hacer camino juntos, de alejarnos de todo complejo de omnipotencia, para unirnos en el trabajo común que se hace peregrinación, pertenencia, pueblo.

 

No siempre es fácil escuchar. A veces es más cómodo hacerse el sordo, ponerse los walkman para no escuchar a nadie. Con facilidad suplantamos la escucha por el mail, el mensajito y el chateo, y así  privamos a la escucha de la realidad de rostros, miradas y abrazos. Podemos también preseleccionar la escucha y escuchar a algunos, lógicamente a los que nos conviene. Nunca faltan en nuestros ambientes eclesiales aduladores que pondrán en nuestro oído justamente lo que nosotros queremos escuchar.

 

Escuchar es atender, querer entender, valorar, respetar, salvar la proposición ajena… Hay que poner los medios para escuchar bien, para que todos puedan hablar, para que se tenga en cuenta lo que cada uno quiere decir.  Hay – en el escuchar –   algo martirial, algo de morir a uno mismo que recrea el gesto sagrado del Éxodo: Quítate la sandalias, anda con cuidado, no atropelles. Calla, es tierra sagrada,   ¡hay alguien que tiene algo para decir!. ¡Saber escuchar es una gracia muy grande! Es don que hay que pedir y ejercitarse en él. 

 

Siempre me ha llamado la atención que cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento principal, Él responde con la plegaria judía más famosa: la “Shemá. La palabra (shemá), que en hebreo quiere decir “escucha”, le ha dado nombre propio a uno de los textos más importantes de la Sagrada Escritura.  

Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,

con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.

Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa

y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte.

Átalas a tu mano como un signo,

y que estén como una marca sobre tu frente.”

Deuteronomio 6,4-8

 

 Para el pueblo de Israel esta oración es tan importante que los judíos piadosos la guardan en pequeños rollos que atan sobre su frente o en el brazo cercano al corazón, y constituye la enseñanza inicial y principal que se transmite de padres a hijos, de generación en generación. Detrás de todo ello está la certeza comunicada de generación en generación: la conciencia de que el único modo de aprender y transmitir la Alianza de Dios es éste, escuchando.

Jesús suma a este primer mandamiento otro que lo sigue en importancia:

 

“...El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

No hay otro mandamiento más grande que estos».”

                                                                       (Mc. 12, 31)

 Escuchar para amar, escuchar para entrar en diálogo y responder; “escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios”, dirá en otras oportunidades para hablar sobre el llamado y la respuesta al amor de Dios. Escuchar y conmoverse será su actitud permanente ante el que sufre. No hay posibilidad de amor a Dios y al prójimo sin esta primera actitud: escucharlos.

 En esta misma línea, San Benito inicia su regla monástica, que tanta influencia ha tenido en la vida de la Iglesia: Escucha, hijo, los preceptos del Maestro,   e inclina el oído de tu corazón.” (Regla Benedictina, Prólogo)1[1]

San Benito nos sintetiza, en este primer consejo, toda la sabiduría monástica. El verbo original que él utiliza en idioma latín es: “obsculta”  que además de “escucha”, significa: “ausculta”, “examina”, “explora”, “observa”, “reconoce”. Esto es escuchar inclinando el oído de nuestro corazón, con una atención que todo lo examina, todo lo observa, y sabe abrirse a todo lo que el Maestro quiere decirle para poder entrar en comunión con Él.

 

Teniendo en cuenta estas cosas, en este tiempo que nos reconocemos como Iglesia en Asamblea, te invito a que asumas, como parte del ministerio que la Iglesia te ha confiado, la pedagogía del diálogo.  Así harás presente, con tus gestos y palabras oportunas, el rostro de la Madre Iglesia, caracterizada por una auténtica actitud dialogal.

Dialogar es estar  atento a la Palabra de Dios, y dejarme  preguntar por Él; dialogar es anunciar su Buena Noticia y también saber “auscultar” los interrogantes, las dudas, los sufrimientos y las esperanzas de nuestros hermanos, a quienes nos toca acompañar y también a quienes reconocemos como nuestros acompañantes y guías en el camino

Será éste un servicio eclesial muy valioso y un modo concreto de salir al encuentro de los hombres y mujeres de Buenos Aires, que más allá de su condición religiosa, como todo ser humano anhelan y buscan espacios de diálogo verdaderos.

¡Escuchar para hacer posible el diálogo verdadero hoy! A todos los niveles... en todos los ámbitos. Diálogo, encuentro, respeto... constantes de Dios, Trinitario y cercano, que te ha hecho participe de su pedagogía de salvación. No te olvides: como catequista, más que hablar deberás escuchar; estás llamado a dialogar.

 

María es experta en todo esto. Como nadie hizo de su vida escucha de Dios y mirada pronta a las necesidades de los demás. Que ella nos enseñe a tener los oídos del corazón atentos para poder ser hoy, en esta Buenos Aires convulsionada y pagana,  discípulos de Jesús y hermanos de todos. 

“El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo,

para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento.

Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo.

El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás.

                                                                                         (Isaías 50,4-5)

 

No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la  Virgen Santa te cuide.

 

Buenos Aires, Agosto de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio, sj.

 

[1] Aquí San Benito, amante de la Palabra de Dios, hace alusión al Salmo 45,11.

 

 

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Desgrabación de la Homilía del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

Luján 1 de octubre 2006

Ahí estaba junto a la cruz de Jesús, mientras él pagaba por nosotros, Ella , su Madre, y Él mirándolo a Juan, a todos nosotros nos la regaló por madre y a nosotros nos dio por hijos. Es nuestra Madre y somos hermanos.  Hermanos de Padre Dios y  hermanos de  María, nuestra Madre. Y hoy aquí, tantos que han venido caminando desde ayer tempranito y seguirán, todavía y llegarán esta noche y algunos mañana a la mañana. Venimos a expresar una necesidad, una necesidad que nos remite a esta escena del Evangelio. Madre, le decimos, necesitamos vivir como hermanos, no es fácil vivir como hermanos, pero se lo decimos de corazón. Madre lo necesitamos como el aire, como el agua, vivir como hermanos, que no nos falte el clima de hermanos, que sepamos vivir en familia es la necesidad que traemos hoy.  

Y fíjense que junto a la Cruz de Jesús, había hombres que sembraban la discordia, que le decían a Jesús “bajate, ,bajate” y le decían a los demás, “Ven que no se baja, no es Dios”. Lo que nos impide vivir como hermanos es la discordia, es la envidia como decía el Señor Arzobispo, la violencia, son cosas que nos impiden vivir como hermanos. Madre, sacá la discordia de nuestro corazón, sacá la envidia, sacá la violencia, porque necesitamos vivir como hermanos, esto es lo que hoy le decimos. 

Si ya en el momento de la cruz había quien sembraba discordia, a lo largo de la historia siempre los hubo. El demonio no se queda tranquilo, es el padre de la mentira, es el padre de la discordia, el padre de la división, el padre de la violencia. Y a ese padre no lo queremos porque ese padre no nos hace hermanos, nos divide. Madre necesitamos vivir como hermanos. Madre necesitamos recuperar memoria, la memoria de cómo se vive como hermanos; que no nos olvidemos de cómo se vive como hermanos, que ella nos dé esa gracia de recuperar la memoria de cómo se vive como hermanos.  

“Y desde aquella hora” dice el Evangelio, “el discípulo Juan se la llevó a su casa”, la cuidó. La tenía cuidándola y ella cuidaba a los discípulos. Quizás uno de los rasgos que más se ven en una familia es cuidarse unos a otros, el rasgo, quizás, que mas nos caracterizará como hermanos es cuidarnos unos a otros. Como aquel samaritano, se acuerdan que encontró a ese hombre asaltado en el camino de Jerusalén a Jericó; lo curó, lo subió arriba del burro, lo llevó al hotel, lo cuidó. Cuidarnos. Madre enséñanos a cuidarnos como nos cuidás vos. Eso es lo que le pedimos a Ella, hoy también. 

Venimos a expresar esta necesidad, no un deseo, una necesidad. Madre, necesitamos vivir como hermanos. Y para eso le pedimos que saque toda la cizaña de discordia, envidia, odio violencia que puede haber en nuestros corazones. Madre, necesitamos vivir como hermanos. Y por eso le pedimos la gracia de recuperar la memoria de cómo se vive como hermanos. Madre, necesitamos vivir como hermanos . Y por eso, te  pedimos Madre la Gracia de saber cuidarnos unos a otros, porque somos de tu misma carne, Madre.

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92ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina

 Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia y vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. (Filip. 2: 1-4).

Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”. (Lc. 14: 12-14).

 * Lecturas del lunes de la 31 Semana durante el año.

 1.  No deja de conmover el tono con que el Apóstol habla a la comunidad cristiana: el nombre de Cristo, el consuelo que brota del amor, la comunión en el Espíritu, ternura y compasión... un tono que conforma el marco de diálogo entre el pastor y su pueblo (Filip.2: 1). Un lenguaje que surge desde las entrañas mismas del pastor en quien la respuesta de su pueblo hará perfecta su alegría. ¡Cuántas veces el Señor ha permitido, por pura gracia suya, que todos nosotros tuviéramos esta experiencia! Experiencia fraguada en el silencio de la oración, en el abandono confiado, en el llamado de Jesucristo (esa certeza de saber de quién nos hemos fiado, cfr. 2Tim. 1: 12), en la escucha paciente de los hermanos que fueron confiados a nuestro cuidado, en la tribulación y la cruz, en la esperanza firme de la definitiva contemplación del rostro maravilloso de Jesús. 

2.   Así es, el diálogo entre el pastor y su pueblo está encuadrado de esta manera y camina hacia el logro de lo que el mismo Pablo expresa: la unidad de la Iglesia, “permaneciendo bien unidos” (Filip. 2: 2), a que todos permanezcan bien unidos. Él en sus cartas es audaz en las expresiones: “Amen con sinceridad... Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos” (Rom. 12: 10)... Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes...” (Rom. 12: 16) y, en varias ocasiones, habla de engendrar, dar a luz, seguir dando a luz (cfr. 1Cor. 4:15; Gal. 4:19), es decir, continuar dando vida y unidad al pueblo de Dios, estrechando la unidad con ese pueblo del que fue sacado, del que forma parte y al que fue enviado. Y tal unidad se entreteje cotidianamente con las directrices que él mismo les señala: tener un mismo amor, un mismo corazón... no hacer nada por espíritu de discordia o de vanidad... que la humildad nos lleve a estimar a los otros como superiores... que cada uno busque no solamente su propio interés sino el de los demás (cfr. Filip. 2: 3-4). Se manifiesta aquí el temple del pastor que, fatigosamente, desea y cincela la unidad custodiada por esos parámetros que configuran un determinado espacio espiritual. 

3.   Por otra parte, en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar hay una consigna del Señor que, de alguna manera, apunta a este espacio pastoral, el único apto para amasar la unidad del pueblo fiel de Dios y entre nosotros: “Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos...” (Lc. 14: 12-14). Se trata de un ámbito espiritual procurado por el desinterés y hasta por el despojo personal. Jesús nos llama la atención sobre el sutil engaño que existe en hacer algo por provecho propio y tener allí nuestra recompensa; nos indica, a la vez, el lugar seguro donde el egoísmo que anida en nuestro corazón no nos juegue una mala pasada: la projimidad y la acogida de aquellos que no tienen cómo retribuirnos. Una vez más aparece implícitamente aquel leit-motiv tan reiterativo de la misión del Ungido (cfr. Lc. 4: 18-19). 

4.  El pastor procura y amasa la unidad de su pueblo desde el despojo de sí mismo en el cotidiano desovillarse del servicio, buscando los intereses de Cristo Jesús y no los propios. La unidad en la Iglesia es una gracia, pura gracia, pero una gracia que hay que saberla recibir, deseándola entrañablemente, haciéndole espacio, haciendo cada vez más cóncavo nuestro corazón despojándolo de todo interés mundano. Por ello San Pablo, en la 1ª lectura, nos explicita los contornos de esos espacios de receptividad a la gracia a los que me referí recién: el mismo amor, el mismo sentir, no a la discordia o a la vanidad, sí a considerar superiores a los demás. Y, para despejar toda duda, el Evangelio nos trae la imagen de aquellos que no pueden retribuir como para resaltar la enjundiosa gratuidad de la fiesta. 

5.   Y,  porque de gratuidad se trata, la verdadera unidad en la Iglesia, la verdadera unidad entre nosotros sólo se logra gratis, por puro don del Señor, siempre que estemos dispuestos a recibirla andando por el camino que Él hizo. La primera lectura constituye precisamente una introducción para finalmente presentárnoslo: siendo de condición divina... tomó condición de servidor... se anonadó... se humilló... (cfr. Filip. 2: 6-11). Y Pablo rubrica “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filip. 2: 5). Ése es el camino a seguir, ése el lugar teológico para recibir la gracia de la unidad. Ésa es la cavidad existencial que nos hace capaces de tal gracia. Ése es el deseo que va abriendo el espacio necesario en nuestro corazón. El anonadamiento se hace servicio y, desde allí, se amasa la unidad de la Iglesia, allí puede obrar el Espíritu. Sólo desde allí podemos ser receptores y hacedores de unidad... es decir, dejar que el Espíritu Santo haga la unidad y conforme la armonía de la Iglesia. Los Santos Padre decían de Él:  “Ipse harmonia est”. 

6    Al comenzar estos días de Asamblea pidamos al Señor que nos contagie esta actitud de servicio anonadado que no busca el propio interés. La misma que también asumió nuestra Madre como primera discípula. Actitud que nos dará la “ternura” paternal y  la “compasión” fraterna para exhortar a nuestro pueblo y exhortarnos a nosotros mismos a hacer perfecta nuestra alegría “permaneciendo bien unidos” (Filip. 2: 2). Que así sea. 

Pilar, 6 de noviembre de 2006.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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DESGRABACIÓN  DE LA HOMILÍA DEL CARDENAL BERGOGLIO AL INAUGURAR

EL I CONGRESO DE EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA

 Flp 1, 1 - 11

Lc 14, 1- 6 

(Lecturas litúrgicas correspondientes al día viernes 3 de noviembre de 2006)

 Jesús se va manifestando en medio de su pueblo fiel. Además del pueblo que lo apretuja y lo sigue siempre está rodeado por este grupito de fariseos, doctores de la ley...que lo observan atentamente, a ver qué hace, a ver en qué lo pueden agarrar. Lo están examinando.

Bueno, ahí tiene un enfermo delante; el Señor sabe lo que piensan estos hombres. Era sábado, entonces les pregunta: ¿lo puedo curar en sábado? Ustedes que saben ..., y dice el Evangelio, “ellos guardaron silencio”.

Frente a la verdad que se manifestaba, incluso que les pregunta, pues se va a manifestar su poder de curación y ellos lo sabían porque ya lo habían visto en otras ocasiones, esa mente hipócrita decide tomar distancia del problema. El razonamiento hipócrita hace sus cálculos, ve que no le conviene y no arriesga. En otra ocasión el Evangelio es más explícito, cuando Jesús les pregunta por Juan El Bautista, si venía de Dios o no venía de Dios. Entonces el razonamiento hipócrita -lo dice el Evangelio explícitamente- piensa si decimos que venía de Dios nos va a decir por qué no lo siguieron, si decimos que no venía de Dios el pueblo se nos viene encima...Entonces no nos metamos en este lío.

Jesús frente al pensamiento hipócrita...Jesús toma la mano del enfermo lo cura y les da una catequesis fraternal: Si a alguno de ustedes se les cae a un pozo un hijo o el buey, acaso ¿no lo sacan, aunque sea sábado? Y ellos, otra vez, se repliegan en sí mismos, ya no con pensamiento hipócrita, sino con pensamiento suficiente: no nos vengas a enseñar, nos basta con lo que sabemos. Lo que vos nos digas no nos interesa.

Dos momentos y una manera de escuchar a Jesús y de pensar lo que dice Jesús, de juzgar a Jesús, que entrañan dos pautas del fariseísmo: la hipocresía y la suficiencia.

En otro texto paralelo de éste, cuando ellos no hablaron al preguntarle si era lícito curar el sábado, se dice que Jesús los miró con indignación (en el Evangelio de Marcos) y dolorido por la dureza de su corazón. El Dios justo siente la indignación de esa dureza y, a la vez, el Dios Redentor, el Dios tierno, sufre por la dureza del corazón.

Detrás de un pensamiento hipócrita hay un corazón enfermo, hay un corazón esclerótico, un corazón duro que no deja que el Espíritu entre, que no deja que las pautas de la Verdad vayan entrando e inspirando su modo de pensar.

Es el tan repetido drama de la conciencia aislada. Yo me aíslo en lo mío, yo no escucho a la Verdad que se me manifiesta, no le abro mi corazón a la Verdad... hay un corazón enfermo. Y cuando hay un corazón enfermo que se resiste a la Verdad, lo que sucede Pablo nos lo dice en el primer capítulo de la Carta a los Romanos: “Dios los abandona a sus pasiones”.

Más tierno es el pasaje de Lucas que nos evoca el dolor de Jesús frente a un corazón enfermo: “Jerusalén, Jerusalén...¡cuántas veces te quise juntar como la gallina a los pollitos y no te dejaste!”. Y lloró. Una de las veces que Jesús lloraba. Frente a este corazón duro siente la indignación el Señor, pero también sufre, llora...

A lo largo de la historia este drama de la conciencia aislada se va repitiendo. Aislada ¿de qué? Aislada de la revelación de Dios. Pero sobre todo aislada de la marcha del pueblo fiel de Dios. Es el drama de las elites ilustradas, de laboratorio. Quizá, tengan buena voluntad, pero se aíslan de ese pueblo al que Dios se quiso revelar, al que quiso acompañar en ese caminar cotidiano de la redención de Dios. En cambio, los otros, los que lo apretujaban a Jesús, los sencillos, los de corazón de niño, ésos no recurren ni a la hipocresía ni a la suficiencia, sino que rebozan de alabanza. Y dan gracias a Dios por ser curados; dan gracias a Dios porque vino un profeta a su tierra; dan gracias a Dios porque éste habla con autoridad y no como los que vinieron antes; dan gracias a Dios porque me curó, me tocó... Corazón de niño, corazón abierto a la revelación de Dios. Ése es el corazón inteligente. El corazón que sustenta la inteligencia grande. La inteligencia abierta. La inteligencia humilde, pero a la vez fuerte y poderosa, nada del pensamiento débil de la hipocresía o de la suficiencia.

Y miramos a Jesús frente a estos simples que lo apretujaban. Frente a la vieja esa que dice “si lo toco me voy a curar” y sale contenta de haber sido curada. A ese Jesús que nos pone un chico delante y nos dice “si no se hacen como éste, no van a entrar en el Reino de los Cielos”. A ese Jesús yo le pido que en estas jornadas de reflexión, a todos los que participamos, nos dé un corazón de niño. Corazón sencillo, un corazón dependiente de su gracia, un corazón abierto, que nos salve del drama de la conciencia aislada, que nos salve de toda hipocresía y de toda suficiencia. Que así sea.

 Buenos Aires, 3 de noviembre de 2006.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena

  

María dio a luz a su Hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la posada

 

 

El texto de Lucas nos presenta con sencillez y sobriedad una  cálida  crónica del acontecimiento que celebramos en cada Navidad. Cautelosamente van apareciendo los diversos personajes de esta historia que recrean nuestros pesebres y que han quedado inmortalizados por el genio de tantos pintores y poetas. La sencillez de la escena nos introduce en la novedad siempre sorprendente de Dios y su manera de manifestarse al mundo.

A pesar de revivirlo cada año necesitamos volver a sorprendernos por un Dios que elige “la periferia” de la ciudad de Belén y la “periferia existencial” de los pobres y marginados del pueblo de ese momento para manifestarse al mundo. Y junto con ellos, nos acercamos al pesebre y,  allí, vemos a María, la mujer creyente y de trabajo que tuvo el coraje de confiar en Dios. Junto a ella está José, el hombre justo y bueno que prefirió creerle a Dios antes que a sus dudas. Así Dios se nos revela en el amor y abnegación de una sencilla pareja creyente, en lugar del aparente esplendor de los que confían en sus propias fuerzas.

Dejemos que nos invada la sorpresa al descubrir que Dios se nos manifiesta a nosotros como a aquel  grupo de pobres pastores que vivían al desamparo de los hombres y no a los escrupulosos guardianes de las leyes y las costumbres.

Las ovejas, el burro, el buey, a esas sencillas criaturas también se manifestó Dios y no al mañoso Herodes que luego buscaba al niño para matarlo.

Sin embargo, la sorpresa más grande es que Dios se manifiesta en un niño pequeño, pobre y frágil. Así es Dios que se manifiesta en Jesús: Dios que escoge lo pequeño para confundir a los fuertes.

Sorpresa que también se hace noticia buena: Dios está al alcance de todos los que se dejan desinstalar por la pedagogía del pesebre y acogerla como camino transformador de vida.

El relato nos cuenta que los pastores contaron “lo que les habían dicho acerca de ese niño”. Tenían algo grande para contar sobre ese niño y lo que a ellos les había ocurrido.

Éste es el llamado que la Navidad nos hace. También nosotros tenemos algo para contar sobre ese niño, nuestra fe tiene algo que decirle a un mundo “que camina en tinieblas y sombras de muerte”.

También nosotros, pueblo de Dios que peregrina en Buenos Aires, durante estos años descubrimos que necesitamos “cuidar nuestras fragilidades” (1) y,  para ello, pedimos que el  Espíritu Santo nos ayude “renovar nuestro fervor apostólico” (2) y  a caminar “en estado Asamblea” (3) creando “un estilo común” (4) que haga de nuestra ciudad “un gran santuario” (5). Este año, particularmente, quisimos encontrarnos como familia y acercarnos a esa porción del pueblo de Dios que llega a nuestras comunidades en momentos especiales para compartir con ellos, en la oración y la petición confiada, las angustias y esperanzas que nos mueven  el corazón.

Ahora, siguiendo la pedagogía del Señor de la historia, queremos que los más alejados, aquellos que como los pastores viven y experimentan la “periferia de la vida”, encuentren en nuestra cercanía una presencia que les hable de Dios que nos ama, de Dios que es ternura y viene a nosotros, a todos, a cada uno, para darnos vida y vida en abundancia, para hacernos felices, para que vivamos en justicia, verdad y paz.  Acercándonos a todos, especialmente a los que más necesitan iremos descubriendo, no sin sorpresa y de un modo vital, cómo ser iglesia en Buenos Aires, testigos de una esperanza que es “alegría para todo el pueblo”.

Que el Señor nos bendiga, nos de la paz y la Virgen madre nos enseñe a cuidar a Jesús que vive en nosotros.

 

 

 Buenos Aires, 24 de diciembre de 2006.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

Notas:

[1] Año 2003

[2] Año 2004

[3] Año 2005

(4) Año 2006

[5] Año 2006

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