Año 2007

Homilía en la Misa de Apertura de la 94a Asamblea Plenaria (05/11/2007)

Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas (Agosto 2007)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano (07/08/2007)

Carta del Sr. Arzobispo a los Sacerdotes, Consagrados y Consagradas de la Arquidiócesis

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (09/06/2007)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo, durante la Misa con los Miembros de la Renovación Carismática (02/06/2007)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo, durante la Celebración Eucarística en Aparecida (16/05/2007)

Ponencia del Sr. Arzobispo en la V Conferencia del C.E.L.A.M Aparecida 2007 (mayo 2007)

Homilía del Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., al comenzar la Asamblea del Episcopado (23/04/2007)

 Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación (18/04/2007)

 Vigilia Pascual - (07/04/2007)

 Misa Crismal (05/04/2007)

  Mensaje de Cuaresma del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. (21/02/2007) -  Miércoles de Ceniza

 "Parroquia y Familia"  Intervención del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina (Roma - 18/01/2007)

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ÍNDICE

Parroquia y familia.

Centralidad de la familia.

Centralidad de la parroquia.

Frutos de contemplar esta centralidad.

Espacios abiertos a la Palabra.

Espacios abiertos al amor

El desafío actual de la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio.

Centrarnos en la persona en su dimensión comunitaria.

Centrarnos en nuestros núcleos culturales.

Circularidad de nuestra cultura.

El centro como condición de estabilidad y de fecundidad.

Centrarnos en Jesucristo.

 

Parroquia y familia

 Como nos dice Puebla, la parroquia y la familia son “centros evangelizadores de comunión y participación”[1].

“Veamos cómo el don maravilloso de la vida nueva se realiza de modo excelente en cada Iglesia particular y también, de manera creciente en la familia, en pequeñas comunidades y en las parroquias. Desde estos centros de evangelización, el Pueblo de Dios en la Historia, por el dinamismo del Espíritu y la participación de los cristianos, va creciendo en gracia y santidad. En su seno surgen carismas y servicios”[2]

En la familia y en la parroquia la persona está en el centro de la vida, de la cultura y de la fe, y lo está, precisamente, en su dimensión comunitaria. Contra los “centros del poder”[3] ideológicos, financieros y políticos, nosotros ponemos la esperanza en estos centros del amor, evangelizadores, cálidos y solidarios, participativos. 

En esta centralidad nos queremos detener. La de ambas instituciones es la centralidad de un espacio siempre abierto a la gracia, un espacio natural y cultural, que en nuestra tierra latinoamericana ha tenido y tiene una particular interrelación. El espacio familiar de la casa y el espacio eclesial de la parroquia han estado estrechamente unidos desde los comienzos de la Evangelización, y aún antes[4], y son un espacio común abierto a la gracia, opuestos a las tendencias centrífugas, aislantes y de relaciones fracturadas, propias de la cultura adveniente[5]. Por eso hablar de esta “centralidad” de la parroquia y de la familia no es hablar de manera formal, con criterios meramente descriptivos y abstractos que ponen a un mismo nivel centros y más centros de comunión y participación. La centralidad de la parroquia y de la familia es vital para la evangelización de nuestra cultura –eminentemente “circular”- y para la inculturación del evangelio, que cuando está bien centrado, en lo suyo específico, es capaz de iluminar y fecundar hasta los confines más periféricos del mundo y de la cultura.

Centralidad de la familia

            La familia es el centro natural de la vida humana, que no es “individual” sino personal-social. Es falsa toda oposición entre persona y sociedad. No existen la una sin la otra. Puede haber oposición entre intereses individuales y sociales o entre intereses “globales” y personales. Pero no entre dos dimensiones que son constitutivas del ser humano: lo personal y lo “familiar-comunitario-social”. Por eso la Iglesia medita sobre la familia –base de la vida personal y social- , la promueve en sus valores más hondos y la defiende cuando es atacada o minusvalorada. Por eso la Iglesia trata de mostrar a la mentalidad moderna que la familia fundada en el matrimonio tiene dos valores esenciales para toda sociedad y para toda cultura: la estabilidad y la fecundidad[6]. Muchos en las sociedades modernas tienden a considerar y a defender los derechos del individuo, lo cual es muy bueno. Pero no por eso se debe olvidar la importancia que tienen para toda sociedad –cristiana o no- los roles básicos que se dan sólo en la familia fundada en el matrimonio. Roles de paternidad, maternidad, filiación y hermandad que están en la base de cualquier sociedad y sin los cuales toda sociedad va perdiendo consistencia y se va volviendo anárquica. 

Puebla nos habla de la familia como el centro en que “encuentran su pleno desarrollo” esas “cuatro relaciones fundamentales de la persona: paternidad, filiación, hermandad, nupcialidad”. Y, citando a Gaudium et Spes, dice que “Estas mismas relaciones componen la vida de la Iglesia: experiencia de Dios como Padre, experiencia de Cristo como hermano, experiencia de hijos en, con y por el Hijo, experiencia de Cristo como Esposo de la Iglesia”. Así “la vida en familia reproduce estas cuatro experiencias fundamentales y las participa en pequeño; son cuatro rostros del amor humano (GS 49)[7]

La razón teológica profunda de este “ser familiar” radica en que “la familia es imagen de un Dios que «en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia»[8], como expresaba Juan Pablo II en una de sus homilías en Puebla. Y por eso la ley de la familia, “la ley del amor conyugal, es comunión y participación[9], no dominación[10]. La revelación del Dios Trino y Uno que nos anuncia Jesucristo, encuentra en las familias de cada pueblo su mejor interlocutor.¿Por qué? Porque la familia es el ámbito estable y fecundo de gratuidad y amor donde la Palabra puede ser acogida y rumiada poco a poco y crecer como una semilla que se vuelve árbol grande. ¿Por qué? Porque los roles que interactúan en la familia y que son esenciales para la vida personal y social, son también esenciales en Dios mismo: la vida familiar permite recibir la revelación del amor familiar de Dios de manera inteligible: es la fe que se nos mezcla con la leche materna[11].  Por algo el camino que eligió el mismo Señor para revelarse y salvarnos fue poner su morada en medio de la historia de los hombres en ese centro de comunión y participación, en esa primera Iglesia, que fue la Sagrada Familia de Nazareth. 

Poder vivir la integralidad de estas relaciones básicas centra el corazón de la persona y le permite expandirse hacia el exterior de manera sana y creativa. No es posible formar pueblo, sentirse prójimo de todos, tener en cuenta a los más alejados y excluidos, abrirse a la trascendencia, si en el corazón de uno están fracturadas estas relaciones básicas. Desde esta centralidad amorosa de la familia puede el hombre crecer y amar abriéndose a todas las periferias[12], no solo a las sociales sino también a las de su propia existencia, allí donde comienza la adoración del Dios siempre más grande.

Centralidad de la parroquia

            Cuando Puebla destaca “el gran sentido de familia” que tienen nuestros pueblos[13], o cuando Santo Domingo nos dice que “La parroquia, comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión, participación y misión”, y que “La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio”, ella es "la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad"[14], no están hablando de una familia y una parroquia abstractas, sino de la familia y la parroquia latinoamericanas en las que está sembrada la fe en Jesucristo y desde estos centros sigue iluminando y dando vida. 

La centralidad de la parroquia, como lugar privilegiado de comunión y participación[15], tiene, en América Latina, una característica histórica especialísima. La vida social misma de nuestro continente se fue gestando “parroquialmente”. Con la parroquia que centra la ciudad recién fundada o conquistada y con la parroquia que crea la ciudad misma allí donde no había centro alguno. Cuando San Roque González de Santa Cruz se adentra en la selva misionera para ir congregando a las tribus dispersas de indios cuenta lo siguiente: “lo que fue de mucha admiración es que los Indios levantaron una cruz delante de la iglesia (pequeñísima choza de barro que hicieron los misioneros con sus manos); y habiéndoles dicho la razón por que los cristianos la adoramos, nosotros y ellos la adoramos todos de rodillas; y aunque es la última que hay en estas partes, espero en nuestro Señor que ha de ser principio de que se levanten otras muchas”[16]

La gestación política y económica de América Latina fue dramática y tuvo sus luces y sombras, como dice Puebla[17]. Hubo poblamiento y mestizaje pacíficos y conquista y dominación con diversos grados de violencia. Sin embargo, en ese gesto “parroquial” que describe San Roque, en que los indios mismos plantan la Cruz frente a la capilla y todos, indios y misioneros, se arrodillan para adorarla juntos, está sembrada y acogida la semilla de la fe en torno a la cual se centra la vida espiritual de América latina y de los pueblos del Caribe. El centro espacial y temporal en torno al cual se comienzan a gestar los pueblos y ciudades es la Cruz, no el monolito del dominador; es la capilla, antes o al mismo tiempo que el cabildo y, por supuesto, mucho antes que los bancos. Así, la historia del pueblo de Dios en nuestras tierras se ha ido tejiendo y gestando en torno a la parroquia, ese centro espiritual que ponía a todos sus hijos como iguales ante el Padre Dios. El nombre de cada uno de nuestros pueblos y ciudades, aunque luego vaya cambiando y perdiendo partes, se esconde en las capillas e iglesias dedicadas al Señor, a nuestra Señora y a los santos patronos tutelares de cada lugar. 

La estrecha relación inicial entre las familias y la parroquia sigue estando presente en los pueblos pequeños del interior de nuestros países, y también en el imaginario del pueblo fiel de Dios que muchas veces, en las grandes ciudades que han crecido sin planificación, el único centro visible suele ser la capilla parroquial. Nuestros grandes santuarios, son, innegablemente, centros espacio-temporales donde nuestro pueblo fiel se aúna y se recentra una vez al año en cada peregrinación y cada familia en sus tiempos fuertes particulares.  

Así como la familia es el espacio cultural-natural abierto a la fe, la parroquia -de manera particular en América latina y el Caribe- es un espacio cultural-histórico abierto a la fe. Creo que la pastoral de los santuarios –con su acogida y apertura a todos, con la gratuidad y facilitación de los sacramentos, con el clima de fiesta y de hermandad que reina en ellos- tienen mucho que enseñar a cada parroquia, que no debe entrar en competencia con otros tipos de movimientos y de comunidades sino buscar ser el espacio común para todos. Esto implica despojo y actitud de servicio y de siembra, más allá de todo deseo de control.

Frutos de contemplar esta centralidad

            ¿Por qué nos hace bien contemplar la familia y la parroquia en su centralidad? Porque, como decíamos, la centralidad de la familia y de la parroquia –especialmente en nuestras tierras-  es una centralidad concreta, histórica, situada, una centralidad común que le ha abierto espacio a la gracia y ha gestado una cultura evangelizada y una manera de vivir el evangelio inculturada. Estas instituciones aseguran a nuestros pueblos un lugar de promoción y servicio que otras instituciones no pueden cuidar[18].  La centralidad hace a la cultura y nuestra fe es una fe que se incultura. Y para inculturarse bien y profundamente, la fe entra en comunión con esos centros en los que la cultura se gesta, se alimenta, se inculca en los corazones y se vuelve instituciones. Por ello, para ser lo que son, verdaderos “centros” de comunión y participación, la familia y la parroquia deben cuidar y cultivar las gracias constitutivas que reciben constantemente de la propia naturaleza y del Espíritu. Quisiera destacar dos gracias –entre tantísimas como da el Señor- que encuentran un lugar insustituible en la familia y la parroquia. Una hace a la verdad y la otra al amor.

Espacios abiertos a la Palabra

La familia y la parroquia son el lugar donde la palabra es verdadera, donde la verdad no sólo es develamiento sino también fidelidad.

La familia es, naturalmente, el lugar de la palabra. La familia se constituye con las palabras fundamentales del amor, el sí quiero, que establece alianza entre los esposos para siempre. En la familia el bebé se abre al sentido de las palabras gracias al cariño y a la sonrisa materna y paterna y se anima a hablar. En la familia la palabra vale por la persona que la dice y todos tienen voz, los pequeños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. En la familia la palabra es digna de confianza porque tiene memoria de gestos de cariño y se proyecta en nuevos y cotidianos gestos de cariño. Podemos sintetizar nuestras reflexiones diciendo que la familia es el lugar de la palabra porque esta centrada en el amor. Las palabras dichas y escuchadas en la familia no pasan sino que giran siempre alrededor del corazón, iluminándolo, orientándolo, animándolo. El consejo paterno, la oración aprendida leyendo los labios maternos, la confidencia fraterna, los cuentos de los abuelos… son palabras que constituyen el pequeño universo centrado en cada corazón. 

La parroquia es también lugar de la Palabra. Lo es desde que la Palabra, que se hizo carne en la familia de Nazareth, quiso también abrirse a la comunidad grande leyendo la palabra en la sinagoga de Nazareth. La parroquia es y debe ser el ámbito en el que la riqueza insondable de la Palabra que habita en la Iglesia se vuelve comprensible en la vida cotidiana de cada pueblo, de cada comunidad. La parroquia es de los pocos lugares en que los papás pueden ir con sus hijos a escuchar una misma palabra. En la escuela, los padres dejan a sus hijos. En la Eucaristía dominical, pueden ir juntos y ser iluminados por una misma Palabra. Los demás ámbitos de la palabra –los “medios”- son eso: medios. En la familia y en la comunidad parroquial la Palabra es Vida –gesto, coherencia, amor expresado, verdad vivida, fidelidad segura[19].

Espacios abiertos al amor

La otra gracia hace al amor y tiene que ver con la aceptación del otro, gratuita, perdonadora, creativa. Tiene que ver con la inclusión de todos[20]. La familia y la parroquia son el lugar del cobijo, de la comunión en el amor profundo, más que en determinadas costumbres que cambian constantemente. 

Muchas veces los padres se angustian cuando sienten que los hijos no comulgan con sus valores. Lo cual puede ser cierto a un determinado nivel: la sociedad actual brinda a las personas muchísimas cosas que antes brindaba la familia (y la escuela) y que ahora se adquieren por otros medios. Pero la centralidad de la familia, el cobijo de la puerta que se abre a la intimidad, la alegría sencilla de la mesa familiar, el lugar donde uno se cura de sus enfermedades y descansa, donde puede mostrarse y ser aceptado como es, esos valores siguen vigentes y son vitales para todo corazón humano. Las cuatro relaciones de las que hablábamos constituyen la familia, son “el valor fundante” de todos los demás valores. Y se pueden cultivar tanto traduciéndolos en ritos y costumbres aceptados por toda la sociedad (como sucedía en ambientes culturales anteriores) como en contraposición con la ausencia de ellos en ese “afuera” que puede ser tan fascinante en muchos aspectos pero que carece de la calidez de estas relaciones básicas. 

De la misma manera, la parroquia, sigue siendo centro de la vida profunda de nuestro pueblo, aunque las estadísticas muestren que decrece la participación en ciertos ritos o costumbres. La gente sigue valorando si la parroquia cultiva esas relaciones básicas de la familia: si le bautizamos los chicos, si bendecimos los matrimonios, si visitamos los enfermos y acompañamos a las familias cuando entierran a sus muertos, si acogemos a los pobres como hermanos, si tenemos la puerta abierta como el Padre misericordioso para todos los hijos, pródigos y cumplidores. La parroquia iguala porque lleva el centro de la vida eclesial a todas las periferias: las de la pobreza y la marginalidad, las de la lejanía de los grandes centros de vida política, económica y social, y las periferias existenciales, las del nacimiento y la muerte, las del pecado y la gracia.  

El desafío actual de la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio

            El desafío que se nos presenta actualmente para la Nueva evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio, lo expresaría así: es el desafío de recentrarnos en Cristo y en nuestra cultura –en nuestras culturas- para llegar a todas las periferias. No se trata de  “prescindir de la primera evangelización”, ni de “predicar un evangelio diferente”, ni de que la anterior haya sido poco fecunda… sino de responder a los nuevos desafíos de la cultura actual[21].

Centrarnos en la persona en su dimensión comunitaria

            Hace un año, en una charla en Alemania, el Cardenal Errázuriz decía que el centro de la Conferencia General no era, “en primer lugar, un gran programa: la nueva Evangelización, la cultura cristiana o la promoción humana”. Sino que:

“Esta Conferencia General se centra en aquella persona bautizada que va a gestar la cultura cristiana, que va a ser evangelizadora y que va a promover a sus hermanos, sobre todo a los más marginales.  Es una nueva perspectiva en la línea de la educación de la fe. Se trata de ser y formar discípulos y misioneros de Jesucristo[22].  

Quisiera situar esta persona, a este “Discípulo y misionero de Jesucristo”, que deseamos que salga a evangelizar “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, dentro del marco que nos sugería Juan Pablo II al inicio de Santo Domingo:

Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar[23]

Es inspirador el remedio que discierne el Papa contra la acción disolvente de las sectas: poner en el centro de todo a la persona en su dimensión comunitaria y de apertura a lo trascendente. Por eso es que vemos el remedio que propone Juan Pablo II no sólo como apropiado contra las sectas sino también para hacer frente a un aspecto de la globalización que tiende a disolver valores e instituciones intermedias para tratar a las personas como individuos aislados, más fáciles de manipular, tanto para el consumo como para la política clientelista. Contra este peligro, la parroquia y la familia son ámbitos comunitarios privilegiados de la relación entre persona, cultura y fe.

Centrarnos en nuestros núcleos culturales

Frente a la “crisis cultural de proporciones insospechadas” en la que vivimos, frente al quiebre de la relación entre valores evangélicos y cultura[24], Juan Pablo II nos ilumina apuntando a una evangelización que vaya a los núcleos culturales:

En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. Redemptoris missio, 52)[25]

Seguidamente Juan Pablo II explicita esto de llegar a los núcleos culturales mostrando que la evangelización de la cultura no tiene nada de adaptación meramente externa, sino que va a lo profundo, allí donde se gestan los procesos culturales de los pueblos, a su mentalidad honda y arraigada[26]. Y esta mentalidad necesita un espacio más amplio y más duradero que el que puede proporcionarle cada conciencia individual. De ahí la importancia de la familia y la parroquia: ámbitos donde los “valores históricos y presentes de nuestra cultura y de nuestra fe pueden afianzarse, renovarse, ampliarse y unificarse.

Circularidad de nuestra cultura

Es que el centro es un constitutivo hondo de nuestra cultura latinoamericana, marcadamente “circular”. Ayuda tener esto en cuenta para poder pensar bien muchas cosas que no se entienden desde una concepción racionalista lineal, que considera el progreso como abandono del centro, como surgimiento de cosas nuevas que nada tienen que ver con las antiguas. Esta mentalidad se hace patente en el fastidio con que algunos sienten que “no avanzamos”, que “el pasado vuelve, con sus fantasmas y malas costumbres antiguas” (como si las nuevas fueran a ser mejores por el solo hecho de ser nuevas). La cultura y la fe latinoamericanas se han gestado y están profundamente centradas en torno a centros concretos de “comunión y participación”: centros espaciales, como los santuarios, centros temporales, como son las grandes fiestas en los que la comunión y la participación alcanzan su mayor esplendor. Nuestro pueblo avanza y peregrina en el tiempo y la geografía en torno a estos centros grandes, mientras que “habita” los centros más pequeños como son la familia y la parroquia. De allí que cuidarlas, promoverlas, reflexionar sobre su sentido y valorar las gracias de estos centros, equivalga a cuidar, promover y valorar nuestra cultura y nuestra fe mismas en cuanto tales. 

El centro como condición de estabilidad y de fecundidad

Sabemos que la cultura y las diferentes culturas se van gestando desde el modo de centrarse que tienen los pueblos –para de allí expandirse- en torno a sus valores – los más cotidianos, los estéticos y los ético-políticos y los valores trascendentes. Cada cultura se centra primero en el espacio allí donde su geografía posibilita mejor el trabajo que puede desarrollar para la vida que desea. Cada cultura se centra luego en el tiempo, ritmando la vida con sus expansiones y concentraciones de acuerdo a las estaciones, al clima, al trabajo, la fiesta y el descanso, de acuerdo a las creencias de cada pueblo. Este centrarse es espiritual, pero no en sentido restrictivo, sino precisamente, en el sentido en que el espíritu centra todo lo humano, alma y cuerpo, persona y sociedad, cosas y valores, momentos e historia… todo.

Cada pueblo va transformando los lugares y tiempos que encuentra y los va configurando de acuerdo a su espíritu, a lo que desea, a lo que recuerda y a lo que proyecta. Y este centrarse lo va haciendo, no individualmente, sino en familia, en comunidad de familias –parroquia-, en pueblos… El centrarse es condición necesaria para que una cultura se geste y viva, pues hace a su estabilidad y a su fecundidad.

Centrarnos en Jesucristo

Juan Pablo II corona su mensaje con una hermosísima exhortación a volver la mirada a nuestro centro. Le dice a América Latina y a los pueblos del Caribe, como si le hablara a nuestra Señora:

"Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". ¡Sé fiel a tu bautismo, reaviva en este Centenario la inmensa gracia recibida, vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Abrete a Cristo, acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva, dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor, y "lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, "te proclamarán bienaventurada todas las generaciones" (Lc 1,48)[27]

Vemos así que el desafío de anunciar a Jesucristo a nuestros pueblos –no a individuos aislados-,  para que en El tengan vida –una vida plena, en todas las dimensiones de sus culturas-, conlleva una tarea de re-centramiento. Re-centrarnos en un Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y que viene a nosotros, siempre nuevo, desde ese centro.  Esta contemplación que siempre se recentra en un Cristo vivo que habita en medio de su pueblo fiel, nos libra de las tentaciones lineales y abstractas que piensan que el evangelio hay que reciclarlo: unos, en un taller de restauraciones, otros, en diferentes laboratorios de utopías[28]. Recentrarnos es tener el coraje de recordar, llegando hasta las periferias más antiguas del  pasado de todas nuestras culturas, para reconocer allí –con memoria agradecida- la presencia del Espíritu. Recentrarnos es tener el coraje de arrojarnos a las periferias del futuro confiados en la esperanza de que el Señor viene a nosotros, lleno de gloria y poder. 

Roma, 18 de enero de 2007. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires  

 


[1] Cfr. Puebla Parte Tercera: La evangelización en América Latina, cap I. Centros de comunión y participación, 567 ss.

[2] Puebla 565.

[3] Cfr. Medellín 10, Puebla 501, 550.

[4] Juan Pablo II en su Mensaje a los indígenas, 12.10.92, 1, destacaba la valoración de la familia como algo ya muy presente en la vida de nuestros pueblos indígenas (cfr. Santo Domingo 17).

[5] “El influjo del ambiente secularizado ha producido, a veces, tendencias centrífugas respecto de la comunidad y pérdida del auténtico sentido eclesial” (Puebla 627).

[6] Cfr. Carlo María Martini, Famiglia e politica, Discorso per la vigilia di s. Ambrogio, 6-12-2000.

[7] Puebla 583.

[8] Juan Pablo II, Homilía en Puebla 2: AAS 71 pág. 184.

[9] “En la Eucaristía la familia encuentra su plenitud de comunión y participación. Se prepara por el deseo y la búsqueda del Reino, purificando el alma de todo lo que aparta de Dios. En actitud oferente, ejerce el sacerdocio común y participa de la Eucaristía para prolongarla en la vida por el diálogo en que comparte la palabra, las inquietudes, los planes, profundizando así, la comunión familiar. Vivir la Eucaristía es reconocer y compartir los dones que por Cristo recibimos del Espíritu Santo. Es aceptar la acogida que nos brindan los demás y dejarlos entrar en nosotros mismos. Vuelve a surgir el espíritu de la Alianza: es dejar que Dios entre en nuestra vida y se sirva de ella según su voluntad. Aparece, entonces, en el centro de la vida familiar la imagen fuerte y suave de Cristo, muerto y resucitado” (Puebla 588).

[10] Puebla 582.

[11] “En el plan de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su identidad sino también su misión: custodiar, revelar y comunicar el amor y la vida, a través de cuatro cometidos fundamentales (cf. FC 17): a) La misión de la familia es vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas que se caracteriza por la unidad y la indisolubilidad. La familia es el lugar privilegiado para la realización personal junto con los seres amados. b) Ser "como el santuario de la vida" (CA 39), servidora de la vida, ya que el derecho a la vida es la base de todos los derechos humanos. Este servicio no se reduce a la sola procreación, sino que es ayuda eficaz para transmitir y educar en valores auténticamente humanos y cristianos. c) Ser "célula primera y vital de la sociedad" (FC 42). Por su naturaleza y vocación la familia debe ser promotora del desarrollo, protagonista de una auténtica política familiar. d) Ser "Iglesia doméstica" que acoge, vive, celebra y anuncia la Palabra de Dios, es santuario donde se edifica la santidad y desde donde la Iglesia y el mundo pueden ser santificados (cf. FC 55).

[12] “Podemos visitar en toda América Latina "casas donde no falta el pan y el bienestar pero falta quizás concordia y alegría; casas donde las familias viven más bien modestamente y en la inseguridad del mañana, ayudándose mutuamente a llevar una existencia difícil pero digna; pobres habitaciones en las periferias de vuestras ciudades, donde hay mucho sufrimiento escondido aunque en medio de ellas existe la sencilla alegría de los pobres; humildes chozas de campesinos, de indígenas, de emigrantes, etc." (Juan Pablo II, Homilía Puebla, 4. AAS LXXI p. 186). Concluiremos subrayando que los mismos hechos que acusan la desintegración de la familia, "terminan por poner de manifiesto, de diversos modos, la auténtica índole de esa institución" (GS 47), "que no fue abolida ni por la pena del pecado original ni por el castigo del diluvio" (Liturgia del Matrimonio), pero que sigue padeciendo por la dureza del corazón humano (Cfr. Mt. 19,8)” (Puebla 581).

[13] “En el gran sentido de familia que tienen nuestros pueblos, los Padres de la Conferencia de Medellín vieron un rasgo primordial de la cultura latinoamericana”. Cfr. Juan Pablo II, Homilía en Puebla 2: AAS 71 p. 184 (Puebla 570).

[14] Santo Domingo 58.

[15] “Además de la familia cristiana, primer centro de evangelización, el hombre vive su vocación fraterna en el seno de la Iglesia Particular, en comunidades que hacen presente y operante el designio salvífico del Señor, vivido en comunión y participación. Así, dentro de la Iglesia Particular, hay que considerar las parroquias, las Comunidades Eclesiales de Base y otros grupos eclesiales (Puebla 617).

[16] Cartas annuas del P. Roque González 1615 (s.d), Edic. en Documentos para la historia Argentina, vol. 20, Buenos Aires, 1929, pág. 25.

[17] “La generación de pueblos y culturas es siempre dramática; envuelta en luces y sombras. La evangelización, como tarea humana, está sometida a las vicisitudes históricas, pero siempre busca transfigurarlas con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de todos y cada uno de los hombres. Acicateada por las contradicciones y desgarramientos de aquellos tiempos fundadores y en medio de un gigantesco proceso de dominaciones y cultura, aún no concluido, la Evangelización constituyente de América Latina es uno de los capítulos relevantes de la historia de la Iglesia. Frente a las dificultades tan enormes como inéditas, respondió con una capacidad creadora cuyo aliento sostiene viva la religiosidad popular de la mayoría del pueblo” (Puebla 6).

[18] “Se debe insistir en una opción más decidida por la pastoral de conjunto, especialmente con la colaboración de las comunidades religiosas, promoviendo grupos, comunidades y movimientos; animándolas en un esfuerzo constante de comunión, haciendo de la Parroquia el centro de promoción y de servicios que las comunidades menores no pueden asegurar” (Puebla 650). 

[19]Esta Evangelización tendrá fuerza renovadora en la fidelidad a la Palabra de Dios, su lugar de acogida en la comunidad eclesial, su aliento creador en el Espíritu Santo, que crea en la unidad y en la diversidad, alimenta la riqueza carismática y ministerial y se proyecta al mundo mediante el compromiso misionero” (Santo Domingo 27).

[20]La vida de comunión de los discípulos de Jesucristo es un don que muestra su unidad a través de la diversidad y pluralidad de las naciones, lenguas, razas y costumbres: recordando que es imagen del Dios Uno y Trino. Cuando en la Iglesia se vive el amor, las diferencias nunca dividen, sino que enriquecen la unidad, centrada en torno al Papa, sucesor de san Pedro y Pastor de la Iglesia universal. Se expresa en la Iglesia particular, en torno al Obispo, y tiene su vivencia habitual en la parroquia y sus comunidades; sin olvidar la familia, “Iglesia doméstica”, lugar en que vivimos y aprendemos, por vez primera, la gratuidad del amor y la alegría de la comunión” (Documento Previo a la V Conferencia del Episcopado de Latinoamérica y el Caribe nº 71).

[21] “La Nueva Evangelización tiene como punto de partida la certeza de que en Cristo hay una ""inescrutable riqueza" (Ef 3,8), que no agota ninguna cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir siempre los hombres para enriquecernos" (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 6). Hablar de Nueva Evangelización es reconocer que existió una antigua o primera. Sería impropio hablar de Nueva Evangelización de tribus o pueblos que nunca recibieron el Evangelio. En América Latina se puede hablar así, porque aquí se ha cumplido una primera evangelización desde hace 500 años” (Santo Domingo 24).

[22] Conferencia en Alemania del Cardenal Errázuriz, Presidente del Celam, donde hace referencia a la preparación de la V Conferencia Königstein, 2 de diciembre de 2005.

[23] Santo Domingo, Discurso inaugural del Santo Padre nº 6.

[24] Cita aquí a Pablo VI: "La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva" (Evangelii nuntiandi, 20) .

[25] Santo Domingo, Discurso inaugural del Santo Padre, nº 21.

[26] "La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna" (Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15 de mayo 1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva (cf. Redemptoris missio, 46), de tal manera que la penetración del Evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un proceso profundo y global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia" (Ibid, 52), respetando siempre las características y la integridad de la fe” (Santo Domingo, Discurso inaugural del Santo Padre nº 22).

[27] Ibid. Nº 31.

[28] J. M. Bergoglio s.j., Meditaciones para religiosos, Ed. Diego de Torres, Bs. As., 1982, págs. 54-55.

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Mensaje de Cuaresma del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

A los Sacerdotes, Consagrados, Consagradas y Fieles Laicos de la Arquidiócesis

 

  Buenos Aires 21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza

 

  Queridos hermanos: 

 Comenzamos el camino hacia la Pascua. Nuestro peregrinar se hace más intenso contemplando, desde ahora, el Misterio que nos restauró la Vida, el Misterio de nuestra reconciliación con Dios por medio de Cristo Jesús, que padeció, murió y resucitó por nuestros pecados.   

  Nos preparamos andando, y todo andar implica una partida, una salida. Como la de Abraham, como la de los profetas, como la de  cualquiera de aquellos que un día, allá en Galilea, se pusieron en  marcha para seguir a Jesús. La historia del pueblo de Dios y de la Iglesia está  marcada desde su origen por la ruptura, la partida y los desplazamientos: Abrahán,  Moisés, Elías, Jonás, Ruth, San Pablo,  Antonio, el gran padre de los monjes, Domingo y Francisco, Ignacio, Teresa de Jesús y tantos otros. La intuición, respuesta a la gracia de estos grandes,  hizo fecundas sus vidas y alimentó con su espíritu el andar de la Iglesia durante muchos siglos.  

  Esta característica, no simplemente geográfica,  tiene mucho de simbólico: es una invitación descubrir en el trance de la itinerancia el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita salir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel. En esta tensión, sin embargo, nuestro corazón no deja de sentir las consecuencias del miedo.   

  Sin lugar a dudas que los tiempos cambian y las situaciones no se vuelven a repetir, pero los modos de afrontar la vida tienen rasgos muy comunes, y  eso puede convertirse, para nosotros,  en fuente constante de inspiración y  sabiduría para afrontar nuestro momento.  

  Quisiera pedirles que vivamos intensamente como Iglesia orante, reflexiva, penitente y adoradora este tiempo de Cuaresma para que la gracia de la Pascua se derrame abundantemente sobre todos nosotros y todo el pueblo santo de Dios. Necesitamos responder con mayor fidelidad evangelizadora al desafío que esta ciudad de Buenos Aires y su gente nos presenta. Fidelidad que vamos tratando de descubrir desde lo que se llamó desde hace unos años "Estado de Asamblea".   

  En este andar hacia la Pascua pienso ahora en Jonás; es un ícono profético pascual que el mismo Jesús utilizó para anunciar su muerte y su resurrección. Creo que la figura de este profeta escapista, desconforme, quejumbroso pero finalmente fiel puede ayudarnos en nuestro peregrinar cuaresmal-pascual.  

  Con el profeta descubrimos dos elementos que están presentes en el dinamismo de cada desplazamiento: la ruptura y la vinculación. El libro se abre con un mandato de "salida" dirigido por Dios a su profeta: "Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella que su maldad ha llegado  hasta mí".  

  Jonás vivía tranquilo y ordenado, con ideas muy claras sobre el bien y el mal, sobre cómo actúa Dios y qué es lo que quiere en cada  momento; sobre quiénes son fieles a la alianza y quiénes no. Tanto orden lo llevó a encuadrar con demasiada rigidez los lugares donde había que profetizar. Jonás tenía la receta y las condiciones  para ser un buen  profeta y continuar la tradición profética en la línea de "lo que siempre se había hecho".  

  De pronto, Dios desbarató su orden irrumpiendo en su vida como un torrente, quitándole todo tipo de seguridades y comodidades para enviarlo a la gran ciudad a proclamar lo que El mismo le dirá. Era una invitación a  asomarse más allá del  borde de sus límites, ir a la periferia: Nínive, «la gran ciudad», era símbolo de todos los separados, alejados y perdidos. Jonás experimentó que se le confiaba la misión de recordar a toda aquella gente, tan perdida, que los brazos de Dios estaban abiertos y  esperando que volvieran para curarlos con su perdón y alimentarlos con su ternura. Pero esto casi no entraba en todo lo que Jonás podía comprender, y se escapó. Dios lo mandaba a Nínive, y él se marchó  en dirección contraria, a Tarsis, para el lado de España.  

  Las huidas nunca son buenas. El apuro nos hace no estar demasiado atentos y todo puede volverse un obstáculo. Embarcado hacia Tarsis se produce una tempestad y los marineros lo tiran al agua porque confiesa que él tiene la culpa. Estando en el agua un pez se lo traga. Jonás, que siempre había sido tan claro, tan cumplidor y ordenado, no había tenido en cuenta que el Dios de la alianza no se retracta de lo que juró, y es machaconamente insistidor cuando se trata del bien de sus hijos.  Por eso, cuando a nosotros se nos acaba la paciencia, Él comienza a esperar haciendo resonar muy suavemente su palabra entrañable de Padre.  

  Y por segunda vez, con la misma frescura de la primera, le fue dirigida la palabra del Señor a Jonás en estos términos: "Vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga". Jonás, ahora sí,  va a Nínive y allí predica. Cuando Nínive se convierte, Jonás extrañamente,  en lugar de alegrarse, presenta su queja a Dios: "¡Ay, Yahvé!... bien  sabía yo que tú eres un Dios entrañable y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal..." Jonás se resistía dejar atrás todas sus ideas sobre Dios, para poder así revincularse con Él, que lo conduciría  más allá de lo que conocía y creía que podía. Jonás no le temía a Nínive, a quien temía era a Dios y a su amor  desconcertante y desmesurado.   

  Jonás era un testarudo. Había cercado su alma con el alambrado de esas certezas y convicciones que, en vez de dar libertad con Dios y abrir horizontes de mayor servicio a los demás, terminan por aprisionar el espíritu y ensordecer el corazón. Su pertinacia lo hacía prisionero de sí mismo, de sus puntos de vista, de sus valoraciones y sus métodos. Le costaba descubrir la voz de Dios. En ese microclima existencial había aislado su conciencia de la marcha del pueblo de Dios. No sabía de la intervención de Dios en medio de su gente, de la capacidad de conducir a su pueblo con su corazón de Padre. Para él ya estaba todo dicho y las cosas eran así y nada más. ¡Cómo endurece el corazón la conciencia aislada! Desconoce la alegría, el gozo del Espíritu Santo que sostiene la esperanza. La presión interior de su aislamiento habitualmente encuentra un camino de salida: la queja. Quien aísla su conciencia es quejumbroso de alma. Parece que, como los chicos de la parábola (Lc. 7,32), nada le viene bien. Santa Teresa advertía de esto a sus monjas: "Ay de la que dice: hiciéronme sinrazón". Los coleccionistas de injusticias, los insatisfechos constantes, los que no saben de la felicidad de abrir su corazón al Señor que siempre está viniendo (el Erjómenos) suelen ser personas de conciencia aislada.  

  Ojalá podamos identificarnos con Jonás en mucho de lo que hoy vivimos en la Iglesia, y muy especialmente en nuestra Iglesia arquidiocesana en este desconcertante "Estado de Asamblea".  El encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias, con sano interés, nos interpeló a buscar "cómo ser hoy Iglesia en Buenos Aires". Pero también, acudiendo a una memoria repetidora,  esperábamos y buscábamos en el estado de asamblea un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Señor nos pateó el tablero y nos fue  llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre la gente: para no ver lo que queremos ver, sino aquello que es.  Así reconocimos experiencialmente las heridas y las fragilidades de nuestro pueblo que también son las nuestras. Porque, en la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y la sentimos en sus heridas más hondas podemos ponernos, a la luz del Evangelio, a pensar y discernir lo que necesita. Un pensar y discernir  distinto: no el del que, a modo funcionalista, busca soluciones rápidas y prearmadas, sino el de aquel que desde la rumia en un corazón que busca dejarse iluminar y trasformar por la oración, y desde la confrontación con los otros, permite que sea Dios el que hable y no los viejos conocimientos, las recetas mágicas o las mañas bautizadas.  

   Por las heridas y fragilidades Dios nos habló pidiéndonos el bálsamo de la gracia que cura, la fuerza del Evangelio que se hace Buena Noticia que anima y  presencia fraterna que sostiene. El pueblo fiel de Dios nos pidió la ternura del Padre que sólo podemos acercarle en la medida en que renovamos nuestro fervor apostólico  siendo osados testigos del amor de Aquel "que nos amó primero".    

  Igual que a  Jonás, la realidad hacia la que somos enviados se nos presenta difícil y avasallante. Aparecen nuevas exigencias que nos piden repuestas inéditas. Mientras antes nos podíamos arreglar muy bien solos haciendo las cosas a nuestra manera, la fragmentación que vive nuestra sociedad nos pone frente a la exigencia evangelizadora de una identidad eclesial que brote de una mayor comunión. Este espíritu de comunión fortalecerá nuestra unidad con la armonía del Espíritu Santo y también nos defenderá del vértigo con que somos tentados al ver que se nos tambaleen las seguridades y que incluso el sistema de trabajo pastoral que hemos probado mucho tiempo y sentimos como inamovible puede tener que adquirir una nueva forma.    

  En nuestro andar eclesial hemos hecho y seguimos haciendo enormes esfuerzos por distintos caminos, hemos sostenido y sostenemos diversas formas de pastoreo, hemos afrontado y seguimos afrontando crisis y sacudones, vimos y vemos cómo muchos de los proyectos a los que dedicamos tiempo y esfuerzo se nos revelan incapaces de sostener nuestros anhelos y buenas expectativas evangelizadoras, a medida  que  mucha gente se nos queda por el camino.   

  Sin embargo, una y otra vez volvemos a empezar después de cada tormenta. Pero cuando creemos estar tranquilos en el vientre de la ballena nos sorprende la evidencia de que todo lo realizado no ha sido más que una etapa, y que ahora la ballena nos ha vomitado en la Nínive de un mundo en el que Dios parece estar más ausente que un rato antes y al que nosotros, con las palabras  que decimos, no le interesamos y los valores que tratamos de anunciar le resultan sin importancia y pasados de moda. Esta realidad nos llamó, como Iglesia arquidiocesana, a procurar el modo de acoger a todos nuevamente haciendo de nuestras parroquias y geografías  pastorales santuarios donde se experimente la presencia de Dios que nos ama, nos une y nos salva.   

  Nuestra identidad y valoración se sienten amenazadas; no ejercemos  como antes el liderazgo moral ni tenemos un lugar social de relevancia; se nos presentan problemas para los que aparentemente no tenemos la respuesta. Somos minoría y nos resistimos a ser uno dentro de tantos. Sigue siempre latente la tentación de huir a una "Tarsis" que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia,  instalación, repetición de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas...   

  Desde la queja por los problemas que tenemos: (faltan laicos comprometidos, la gente no entiende -el obispo tampoco-, la gente viene a usarnos -el obispo también-, no se puede todo, nadie se da cuenta de lo que pasa, nadie se preocupa) tal vez nos estamos resistiendo a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las mismas dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la  función de forzarnos a regresar de nuestros evasivos "Tarsis",  para  acercarnos a  Nínive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que es ternura y viene a nosotros para cercarnos  con su gracia y llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.   

  Lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada  persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de Nínive, a  aceptar el riesgo de protagonizar una nueva evangelización, fruto del encuentro con Dios que siempre es novedad y  que nos empuja a  romper, partir y desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras, allí donde está la humanidad más herida y  donde los hombres, por debajo de la apariencia de la superficialidad y conformismo, siguen buscando la repuesta a la pregunta por el  sentido de la vida. En la ayuda para que nuestros hermanos encuentren una respuesta también nosotros encontraremos renovadamente el sentido de toda nuestra acción, el lugar de toda nuestra oración y el valor de toda nuestra entrega.

  Tratemos de caminar este año levantando la mirada para ver bien lejos y después encontrar, bien adentro de nosotros, lo que tenemos que ir dejando para que Jesús como maestro evangelice; para llegar a dónde llegó nuestra mirada desde el Espíritu. Desplacémonos sin miedo a toda periferia, a todo borde, unidos en la Iglesia, Asamblea unida y sostenida por el Dios de la Vida.  Que este andar sea discernidor de lo que se necesita; y cada paso nuevo, provocador del que tendremos que dar, sin previsibilidades ni recetas mágicas sino con apertura generosa al Espíritu que va conduciendo la historia por los camino de Dios.

 

  Les pido, por favor, que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosamente.

   Jorge Mario Bergoglio s.j. 

El tiempo de estado de asamblea

   Para un examen de conciencia personal y comunitario 

  1- ¿Vivimos este tiempo como un momento eclesial de encuentro con el Señor?  ¿Hemos puesto cada día en la Eucaristía nuestra realidad Arquidiocesana? ¿Sentimos el llamado a renovar los vínculos de caridad fraterna? ¿hemos hecho el ejercicio de ponerlo en práctica? ¿Tratamos de superar el individualismo para crecer en la conciencia de pertenencia al único pueblo de Dios?  

  2- ¿Amasamos el estado de asamblea en oración? ¿Le hemos dado lugar en nuestra oración personal o lo asumimos formalmente? ¿Hemos puesto a nuestras comunidades en estado de oración? ¿Se cruzaron en este tiempo las coordenadas del dialogo con Dios en la oración y con los hermanos en la búsqueda del bien eclesial? 

  3- ¿Supimos recoger las inspiraciones que el Espíritu Santo dio a las personas, a los diversos grupos parroquiales, movimientos apostólicos y bautizados que no pertenecen a ninguna institución? ¿Nos entregamos a la acción del Espíritu para que armonice nuestra tarea pastoral? ¿Hemos puesto en práctica los medios y la metodología sugerida u otra para escuchar al Pueblo de Dios inspirado por el Espíritu? 

  4- ¿Qué "espíritu" nos animó durante este tiempo? ¿Cuál fue el movimiento espiritual al que me impulsa el estado de asamblea? ¿Nos movimos con la libertad del Espíritu? ¿Pedimos a Dios la gracia de ser libres en el Espíritu? ¿Esta libertad estuvo enmarcada en una actitud obediencial a Jesucristo y a su esposa la Madre Iglesia y orientada a la santidad? ¿Nos sentimos libres para afrontar purificaciones y correcciones? 

  5- ¿Vivimos nuestras fragilidades como un camino de gracia para crecer en santidad? ¿Supimos discernir para encontrar la Voluntad de Dios? ¿Ha crecido mi sentimiento de protagonismo frente a este momento histórico de nuestra Iglesia? ¿Me dejé llevar y arrastrado a otros al pesimismo frente a este nuevo tiempo? ¿"La queja" me ha defendido de comprometerme en un proyecto común? ¿Experimento que he aportado positivamente, o me he mantenido al margen o incluso he actuado negativamente? 

  6- ¿En este proceso supimos decir la verdad en la caridad? ¿Tuvimos el corazón preparado para descubrir la verdad en la caridad en medio de otras "verdades"?  ¿Nos esforzamos en superar desencuentros? ¿Tratamos de perdonarnos mutuamente? ¿Nos abrimos misericordiosamente a las miserias de nuestros hermanos? ¿Nos hemos hecho eco de criticas y nos dejamos llevar por el espíritu de crítica y murmuración? ¿Hemos desacreditado las opiniones, opciones y trabajos de otros? ¿Fomentamos y trabajamos por la unidad poniendo gestos concretos? ¿Nos esforzamos en el buen pensar acerca de las intenciones de los otros? ¿Procuramos mirar sin prejuicios las acciones ideas o propuestas de los demás?  ¿Hicimos pasar por el propio tamiz todo lo que no provenía de nuestra cosecha? ¿Buscamos escuchar a los demás y expresarnos haciéndonos cargo en Dios de lo que dijimos o de lo que recibimos?  

  7- ¿Tratamos juntos de encontrar caminos y expresiones de nueva evangelización para nuestra ciudad? ¿Sentimos la tentación de aferrarnos a lo conocido ante la realidad que nos desborda? ¿Disimulamos la importancia, la exigencia de este nuevo tiempo con el desinterés o escepticismo en lugar de descubrir los signos que Dios quiere ir mostrando? 

  8- ¿Procuramos que nuestras comunidades sean un recinto de verdad, de libertad y de amor? ¿Nuestra acción evangelizadora da motivos y anima a otros a seguir esperando? ¿Supimos renunciar al propio parecer, a la propia postura ante la indicación del Señor? ¿Buscamos edificar la Iglesia en el discernimiento personal y comunitario? ¿Creció nuestro ardor apostólico? ¿Nos sentimos motivados a acercarnos a los más alejados? ¿Nos conformamos derrotistamente a seguir manteniendo aquello en lo que nos sentimos seguros y cómodos?

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Misa Crismal

1. Nuevamente Jueves Santo, Misa Crismal. Los sacerdotes de la Arquidiócesis nos juntamos y nos ponemos en medio del Pueblo sacerdotal de Dios, del cual hemos sido sacados y al que somos enviados. Apartados para ser consagrados por la unción, enviados para llevar esa unción con fervor apostólico hasta todas las periferias: allí donde la trascendencia del Dios siempre Mayor se toca con nuestros límites, con el límite abierto de cada corazón humano, con el límite doloroso de cualquier pobreza, con el límite necesitado de ternura de toda fragilidad.

Nuestros rostros sacerdotales desean configurarse para nuestro pueblo, como un único rostro, el de Jesús Sacerdote, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Esa vida cristiana, vida que brota de la efusión del Espíritu que el Señor nos regaló en la Cruz, vida espiritual que se encarna en todas las dimensiones de la persona y de cada cultura, y las va transfigurando.

2.  Hay un aspecto en el pasaje evangélico de hoy –el mismo de cada Jueves santo- que llama la atención. Más que un detalle es algo que falta en el relato, pues la narración de la escena nos hace sentir que la gente de la Sinagoga de Nazareth se quedó como esperando algo más de Jesús…

Porque si verdaderamente Él estaba anunciando que era el Ungido del Padre, que sobre su cabeza reposaba el Espíritu, la expectativa lógica era que aconteciera alguna efusión especial del Espíritu. Se tendría que haber dado algo como lo que sucedió después en Pentecostés. Al menos un pequeño Pentecostés, como el del Bautismo en el Jordán. Pero no. Jesús se sentó y se quedó un rato quieto y en silencio. Se puso a disposición, diríamos;  simplemente agregó: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Ante ellos tenían al Ungido, ahora era cuestión de que comenzaran a usufructuar su gracia. Sabemos lo que pasó a continuación. Como siempre, hubo gente a la que no le bastó este anuncio solemne y claro del Señor. Querían más. Algo distinto. Y, desde ese momento y a lo largo de sus vidas,  seguirían exigiendo siempre otros signos al Señor.

Ya el anciano Simeón le había profetizado a nuestra Señora que estaba con San José, que su Hijo sería una bandera discutida, que su simple presencia haría que se dividieran los corazones. Menciono a Simeón porque Lucas utiliza para con él la misma frase: “Estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2, 25). La reacción de alegría y de profunda fe del anciano Simeón al ver al Ungido que entraba en el Templo en brazos de su madre y de su padre –como uno más del pueblo de Dios-, esa reacción debería haber sido la definitiva de los paisanos de Jesús al verlo entrar en su sinagoga, como un joven Rabbí, sin nada espectacular. Es más, esa reacción de fe y de alegría fue la primera reacción espontánea de la Asamblea ante la Palabra del Señor. Lucas hace notar que “todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (v. 22). Luego, enseguida, la contra-reacción del mal espíritu va más allá, y su desmesura manifiesta que no se trata de un simple rechazo al Maestro que tienen delante sino rechazo al Espíritu que habita en el interior de cada uno de ellos y que un rato antes les había suscitado admiración y fe en su interior. Rechazan al Espíritu Santo dentro de sí mismos y dan lugar al propio o al mal espíritu. Simeón, en cambio, es modelo de los que reconocen la moción interior del Espíritu, de los que saltan  de alegría al estar en presencia del Ungido, sin necesidad de signos ni de efusiones especiales.

El Señorío de Jesús al leer a Isaías debería haberles bastado a sus vecinos. Si uno posee en su interior al Espíritu y lo escucha sabe reconocer el Señorío cuando está ante él. De allí viene la alegría del Señor cada vez que la fe de los más sencillos lo reconozca como el Ungido con solo pasar cerca de ellos. Al ser reconocido en su humilde velamiento, se activaban los dones del Espíritu, del cual estaba lleno Jesús, y salían sus gracias y misericordias para derramarse como un manantial de bondad, sobre aquellos que confiadamente se lo pedían.  

3.  Esta escena que reiteradamente escuchamos cada Jueves Santo es una invitación de la Iglesia a sus sacerdotes a “fijar los ojos en Jesús”. Pero no con la mirada de aquella asamblea reaccionaria, que en el fondo quería “espectáculo”, signos y más signos,  sino con los ojos de la Asamblea de la que nos habla la Carta a los Hebreos: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó  la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios... Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo” (Hb 12, 1-3).

Fijar los ojos en Jesús teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos. La nube de testigos junto a la cual queremos mirar al Señor es el santo pueblo fiel de Dios, que mira con fe a Jesús sacerdote y sabe verlo en nosotros, que participamos de la unción del Señor. La invitación de la Iglesia llega hasta pedirnos mirar nuestro sacerdocio como lo mira el pueblo sencillo y creyente. La invitación es a poner el corazón en este misterio de la unción del Señor de la cual participamos por el sacerdocio: “En cuanto a ustedes, están ungidos por el Santo y todos ustedes lo saben”, nos dice Juan (1 Jn 2, 20). Y, a la vez, poner el corazón aquí, en medio de la Asamblea santa. Aquí, en medio de nuestro pueblo fiel,  nuestra conciencia sacerdotal recupera la memoria de la unción, aquí se “reaviva en nosotros el don de Dios”, que recibimos por la imposición de las manos, aquí sentimos nuestra pertenencia y se vuelven netos los rasgos de nuestra identidad sacerdotal.  

4.  Sabemos que somos ungidos: lo sabemos más todavía si con humildad miramos a Jesús y nos dejamos mirar por los ojos sabios de nuestro pueblo. Esos ojos pedigüeños de nuestro pueblo fiel que no permiten que nuestra conciencia se aísle en ninguna forma sectaria de auto-unción elitista o eticista sin bondad. Esos ojos agradecidos de nuestro pueblo fiel que nos premian con su reconocimiento cada vez que lo servimos con cariño y generosidad y no permiten que pongamos nuestra mirada en ningún escalafón ni en veleidad mundana. Esos ojos sufridos  de nuestro pueblo fiel que nos alientan al trabajo, a una vida de laboriosidad, y alimentan nuestro fervor apostólico rescatándonos de toda pereza burguesa, ese “aceite malo” que unge en la parálisis del narcisismo y la comodidad. Esos ojos pacientes de nuestro pueblo fiel que tantas veces nos suplican lo ayudemos a curar sus divisiones, ésas que destruyen amistades y familias, y –en ese pedido de unidad- nos hacen sentir que también son fruto del “aceite malo” los desgarros entre nosotros, el espíritu quejumbroso, la murmuración y las críticas que desfraternizan. Esos ojos piadosos de nuestro pueblo fiel que miran y adoran a Jesús Sacramentado, que contemplan la imagen de la Virgen como refugiándose en su maternidad protectora, esos ojos piadosos nos están suplicando que nuestro corazón sacerdotal sea orante y adorador. 

Es que cuando nos dejamos ungir por la mirada de nuestro pueblo y nos ponemos a ungirlo con dedicación, revive la primera unción sacerdotal que hemos recibido por la imposición de las manos y participamos de la belleza de ese óleo de alegría con que fue ungido el Hijo predilecto: “Te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros” (Hb 1, 9). Esta alegría nos resguarda de la mundanidad espiritual, nos protege de todo encandilamiento falso y de cualquier  gozo pasajero que nos aleja de los gozos humildes y sobrios de quienes tienen corazón de pobre 

5.  Contemplando el Señorío sin efusiones de Jesús en medio de esta escena que nos regala el evangelio del Jueves Santo y sintiendo sobre nosotros la mirada de nuestro pueblo fiel, recuperamos la memoria de nuestra primera unción, aquel día en que nos impusieron las manos sobre nuestro “primer amor”, y pedimos al Padre  y a María, madre de los sacerdotes, la gracia de participar en plenitud de esa unción que llevó al Señor a pasar silenciosamente, en medio de su pueblo, “haciendo el bien”, como dice Pedro : “Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder…, él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Hc 10, 38). 

Buenos Aires, 5 de abril de 2007. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Vigilia Pascual      

1.  Este relato que acabamos de escuchar se repetía todos los domingos en las primeras comunidades cristianas. Los creyentes se recordaban mutuamente la historia de esa mañana de Pascua. Una mañana movida, con idas y venidas, con sentimientos encontrados. Una mañana estremecedora: se conmovió la tierra (Mt. 28:2) y se conmovieron los corazones con el desconcierto, el temor, la duda, la perplejidad. Las mujeres que fueron al sepulcro tuvieron miedo; los discípulos, zozobra. Dos de ellos, porque no querían más líos, se escaparon a Emaús. En medio de este bochinche interior y exterior, de idas y venidas, aparece Jesús, vivo, resucitado, y todo adquiere un aire de paz, de gozo y de alegría. El Señor “no está aquí, ha resucitado” le habían dicho los ángeles a las mujeres... y finalmente lo vieron.  

2.  ¿Qué pasaba por el corazón de estas mujeres y de los discípulos? Quisiera detenerme en un detalle que acabamos de escuchar: “Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro y, al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido”. No se quedó en medio de los comentarios y las dudas; decidido, fue corriendo a ver lo que pasaba... y se admiró. Su corazón presintió y comenzó a saborear el estupor característico del encuentro con el Señor, ese sentimiento mezcla de admiración, gozo y adoración, con que Dios nos regala cuando se acerca. Pedro se deja llevar por el anuncio y se abre a lo que todavía no entiende. Tenía las muchas otras posibilidades de situarse ante los hechos de esa mañana, pero elige el camino directo, objetivo: ir a ver. No se deja entrampar por el microclima que se armó cuando llegaron las mujeres. Se anunciaba la Vida... y él corre hasta las periferias de la muerte, pero no se queda allí, encerrado en el ambiente sepulcral, sino que admirado, con estupor, regresa. Con su actitud cumplimenta la advertencia de los ángeles a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” No se deja aprisionar por la vaciedad del sepulcro. 

3. “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” En medio de todas las circunstancias y los sentimientos de esa mañana la frase marca un hito en la historia, se proyecta hacia la Iglesia de todos los tiempos y señala una división entre las personas: los que optan por el sepulcro, los que siguen buscando allí, y los que –como Pedro- abren el corazón a la vida en medio de la Vida. Y cuántas veces, en nuestro andar cotidiano, necesitamos que se nos sacuda y se nos diga “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” ¡Cuántas veces necesitamos que esta frase nos rescate del ámbito de la desesperanza y de la muerte! 

4.  Necesitamos que se nos grite esto cada vez que, recluídos en cualquier forma de egoísmo, pretendemos saciarnos con el agua estancada de la autosatisfacción. Necesitamos  que se nos grite esto cuando, seducidos por el poder terrenal que se nos ofrece claudicando de los valores humanos y cristianos, nos embriagamos con el vino de la idolatría de nosotros mismos que sólo puede prometernos un futuro sepulcral. Necesitamos que se nos grite esto en los momentos en que ponemos nuestra esperanza en las vanidades mundanas, en el dinero, en la fama y nos vestimos con el fatuo resplandor del orgullo. Necesitamos que se nos grite esto hoy, en medio de nuestro pueblo y de nuestra cultura para que nos abramos al Único que da vida, al Único que puede provocar en nosotros el estupor esperanzado del encuentro, al Único que no distorsiona realidades, que no vende mentiras sino que regala verdades. ¿Cuántas veces tenemos necesidad de que la ternura maternal de María nos susurre, como preparando el camino, esta frase victoriosa y de profunda estrategia cristiana: Hijo, ¡no busques entre los muertos al que está vivo! 

Hoy noche de Pascua, necesitamos que se nos anuncie fuertemente esta palabra y que nuestro corazón débil y pecador se abra a la admiración y al estupor del encuentro y podamos escuchar de los labios de Él la reconfortante palabra: “No temas, soy yo”. 

Buenos Aires, 7 de Abril de 2007. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo Cardenal Jorge M. Bergoglio, sj. 

MISA POR LA EDUCACIÓN

Una vez más, y desde hace catorce años que el Cardenal  Quarracino comenzó con esta misa de la Educación, nos reunimos. Pasan rápido los años, no nos damos cuenta, pero  siempre es una novedad la Misa por la Educación, este acto donde nos encontramos todos.

Venimos a rezar por los educadores, a rezar por los chicos, y estar juntos, mirar juntos esta hermosa tarea de educar, que es recíproca: educamos y nos dejamos educar. La educación es un diálogo.

En este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar quisiera señalar dos cosas, muy sencillo, dos cosas que me impactaron: como las dos puntas del relato: dos personas. En medio de esa gran multitud que había seguido a Jesús todo el día y que empezaban a sentir ruido en el estómago. Jesús dice «Esta gente tiene hambre». Les pregunta a los discípulos, «bueno, denles de comer…» . Los discípulos se agarran la cabeza, empieza a correr la voz… «Quiere que les demos de comer… de dónde vamos a sacar, doscientos denarios –una  barbaridad –no va a alcanzar para esto...». Y la voz iba corriendo. Algo debe de haber pasado, porque un chico –con esa frescura que tienen los chicos y esa sana inconciencia que tienen los chicos –se  ve que dijo «Yo acá tengo cinco panes y dos pescados, si sirve…» . Y –yo no sé si con sentido de incredulidad, no creo que tomándole el pelo al Maestro –pero se acerca un discípulo y le dice: «Mirá, acá hay un chico con estos panes y estos dos pescados». Y Jesús dice «Háganlos sentar». Y hace el milagro.

A ese chico, al ver el problema que se había armado, le salió lo más espontáneo que tiene el chico: ¿en qué puedo ayudar?. Porque el chico al ayudar se siente grande, la semilla de esa inquietud la lleva adentro. El chico es esencialmente solidario. Y ese chico pone su solidaridad al servicio. Esto es lo único que tengo, tomá. Y eso posibilita que Jesús haga el milagro. Lo poquito que tenía un chico y la solidaridad de un chico. Todos comen, quedan saciados, sobra un montón; y cuando comienzan a aplaudirlo a Jesús –dice el evangelio –para hacerlo rey, Jesús se esconde, se retiró de nuevo a la montaña él solo. La soledad de un maestro. La soledad del Maestro.

Esos son los dos rasgos de estas dos personas que me han tocado el corazón cuando leí el evangelio: la solidaridad de un chico y la soledad del Maestro. Y entre los dos se va haciendo este milagro que es saciar; que es saciar inquietudes, que es saciar preocupaciones, que es saciar ilusiones.

No olvidemos a los chicos, que tienen alma esencialmente solidaria. Y la soledad de aquellos que de alguna manera tenemos la responsabilidad de educar, se hace todavía más sola pero más fecunda en la medida en que nos dejemos sorprender, todos los días, por las ocurrencias de un chico, por la novedad de un chico. El chico es la novedad de la vida. El chico es el que nos trae lo nuevo, lo distinto, lo que está naciendo y se abre a la esperanza. La pregunta que hoy me planteo a mí y a ustedes, educadores, es ¿tenemos el corazón suficientemente abierto para dejarnos sorprender todos los días por la creatividad de un chico, por las ilusiones de un chico? ¿Me dejo sorprender por las ocurrencias de un chico? ¿Me dejo sorprender por la transparencia de un chico? ¿Me dejo también sorprender por las mil y una travesuras de un chico, esos inefables “Jaimitos” que están en nuestras aulas? ¿Tengo el corazón abierto o ya lo tengo clausurado, lo tengo cerrado en una especie de museo de conocimientos adquiridos, y de métodos adquiridos en que está todo perfecto y que tengo que imponer pero no tengo que recibir nada? Como educador, ¿tengo un corazón receptivo y humilde como para ver la frescura de un chico? Si no lo tengo, me puede pasar algo muy serio: que me vaya poniendo rancio. Y cuando a un padre, a un educador, el corazón se le pone rancio, el chico se queda con los cinco panes y los dos pescados sin saber a quién dárselo, se frustra en su ilusión, se frustra en su solidaridad. Claro, después viene la contrapartida: como no recibe la frescura de la primavera de un chico, quiere reverdecer desde su ser rancio. Y  nuestro pueblo tiene un apelativo muy simpático –no lo voy a decir –y  muy agudo para los viejos que quieren reverdecerse jugando a los adolescentes. No entremos en ese juego. No clausuremos nuestra vida con la ilusión de un reverdecimiento desde nuestros corazones solos. Dejémonos sorprender por los chicos; por las ilusiones de un chico, la solidaridad de un chico, las ocurrencias de un chico, las travesuras de un chico que también nos pide límites, pero si me dejo sorprender también le sabré pedir el límite exacto. Y el dolor de un chico también. Los chicos sufren. Y de paso, al hablar del dolor de nuestros chicos, no quiero dejar de mencionar un gran dolor que enlutó a nuestra juventud, nuestros chicos en Buenos Aires, un dolor sobre el cual no hemos llorado lo suficiente. Los chicos de Cromañón, que todos los días nos están ofreciendo su dolor, los que están vivos, recordando a aquellos que se fueron, de los cuales más de la mitad murieron por salvar a otro, por solidaridad. ¿Yo sé recibir el dolor de los chicos? Esta ciudad, ¿sabrá guardar memoria de él? ¿O lo tapará con ruido para que esas ciento noventa y cuatro campanas que sonarán todos los treinta de diciembre no se oigan?

Y después está el otro personaje, el Maestro, que se va solo a la montaña. Ninguno de nosotros es capaz de recibir la frescura de un chico, la espontaneidad de un chico -«aquí tengo cinco panes y dos pescados» –la solidaridad de un chico, si no es capaz de sobrellevar la propia soledad. No lo olvidemos: uno que está al frente de una comunidad, al frente de un aula, es una mujer, es un hombre fundamentalmente solo. Con esa soledad profunda, receptiva, que lleva en su reflexión, en su oración, en su soñar despierto, reelabora las preguntas que la espontaneidad y la solidaridad de los chicos nos hacen.

Hoy acá en esta Catedral tenemos un montón de chicos que nos dicen a los educadores: ¿Puedo hacer algo, además de los deberes, y aprender, y hacer travesuras? Tengo cinco panes y dos pescados.

Pido al Señor que cada uno de nosotros sepa poner nombre a los panes y a los pescados que cada chico de nuestros barrios, de nuestras familias, de nuestras aulas, nos presenten en su solidaridad. Señor, tengo cinco panes y dos pescados. No les digamos «Vos, mocoso, qué sabés, estudiá y después hablamos». No. «A ver, cómo se llaman, cuáles son. Hablemos sobre tus cinco panes y dos pescados…». Y ahí se inicia ese diálogo hermoso, despojante, del maestro y el discípulo. Que el Señor a todos nos conceda esta gracia. Dejémonos sorprender por los chicos. Que así sea.

Buenos Aires, 18 de abril de 2007. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

"EDUCAR, UN COMPROMISO COMPARTIDO” 

Mensaje del Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, a las Comunidades Educativas
(18 de abril de 2007)
 

Queridos educadores:

La Pascua de Resurrección nos pone en situación de plenitud para reflexionar acerca de nuestra identidad, tarea y misión y nos ofrece la oportunidad para compartir las inquietudes y esperanzas que la tarea educativa despierta en todos nosotros. Educar, es un compromiso compartido.

La educación de los chicos y jóvenes constituye una realidad muy delicada en lo que hace a su constitución como sujetos libres y responsables, a su formación como personas. Hace a la afirmación de su dignidad, don inalienable que brota de nuestra misma realidad originaria como imagen de Dios. Y porque hace al verdadero desarrollo humano, es preocupación y tarea de la Iglesia, llamada a servir al hombre desde el corazón de Dios y en orden a un destino trascendente que ninguna condición histórica puede ni podrá ensombrecer. 

I. CARÁCTER PASCUAL DE LA TAREA EDUCADORA 

En toda la historia de la salvación se manifiesta esa insistencia misericordiosa de Dios en ofrecer su gracia a una humanidad que desde el comienzo experimentó la confusión respecto a la medida y calidad de su destino. Ya el libro del Génesis, al presentarnos de un modo poético las primeras pinceladas de este inmenso cuadro, sitúa el conflicto fundamental de la historia humana en la acogida o rechazo, por parte de Adán y Eva, de la filiación divina y su directas implicancias: vivir la propia humanidad como un don, al cual hay que responder con una tarea sobre sí mismos; y esto en un clima de diálogo y escucha de la Palabra de Dios que señala rumbos y advierte contra posibles o efectivos desvíos.

Semejante alternativa cruza la historia humana desde el vértice pascual que consuma la definitiva obediencia del hombre en la Cruz y su destino en la Resurrección, hasta cada uno de los momentos en que ponemos en juego nuestra libertad personal y colectiva. En toda la historia se va realizando el plan de salvación, la vida humana camina hacia su más plena perspectiva entre la oferta de la gracia y la seducción del pecado.

La educación entraña la tarea de promover libertades responsables, que opten en esa encrucijada con sentido e inteligencia; personas que comprendan sin retaceos que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don infinito sólo comparable a la inefable medida de su destino trascendente.

Esto es lo que está en juego cuando ustedes van todos los días a sus colegios y encaran ahí sus tareas cotidianas. Nada más ni nada menos, aunque a veces el cansancio y las dificultades les instilen dudas y tentaciones, aunque por momentos el esfuerzo parezca insuficiente ante las colosales dificultades de todo orden que se interponen en el camino. Ante esas dudas y tentaciones, ante esas piedras, hay una voz que nos dice, una y otra vez, “no teman”.

“No teman” porque hay una piedra que ha sido quitada de una vez y para siempre: la piedra que cerraba el sepulcro de Cristo confinando la fe y la esperanza de sus discípulos a un mero recuerdo nostálgico de lo que pudo haber sido y no fue. Esa piedra que pretendía desmentir el anuncio del Reino que tan categóricamente había constituido el eje y núcleo de la predicación del Maestro y reducir la novedad del Dios-con-nosotros a otro (fallido) buen intento más. Esa piedra que convertía la prioridad de la vida sobre la muerte, del hombre sobre el sábado, del amor sobre el egoísmo y de la palabra sobre la mera fuerza, en una irrisoria cantinela propia de débiles e ilusos. Esa piedra aniquiladora de esperanza ya ha sido quitada por el mismo Dios. La hizo pedazos de una vez para siempre.

“No teman”, les dijo el ángel a las mujeres que fueron al sepulcro. Y esas dos palabras resonaron en lo hondo de la memoria, despertaron la voz amada que tantas veces las había instado a dejar de lado toda duda y temor; y también reavivó la esperanza que enseguida se tornó fe y alegría desbordante en el encuentro con el Resucitado que les ofrecía el don infinito de recordar todo para esperarlo todo. “No teman: yo estoy con ustedes siempre”, habrá repetido más de una vez el Señor a su pequeño grupo de seguidores, y seguirá repitiéndoselo cuando ese pequeño grupo acepte el desafío de ser luz de los pueblos, primicia de un mundo nuevo. “No teman”, nos dice hoy a quienes nos enfrentamos a una tarea que parece tan difícil, en un contexto que nos retacea certezas y ante una realidad social y cultural que parece condenar todas nuestras iniciativas a una especie de fracaso a priori, pues no es otra cosa el desaliento y la desconfianza.

No teman”. La tarea de ustedes, educadores cristianos, más allá de dónde se realice, participa de la novedad y la fuerza de la Resurrección de Cristo. Carácter pascual que no le quita nada de su autonomía como servicio al hombre y a la comunidad nacional y local, pero le aporta un sentido y una motivación trascendentes y una fuerza que no brota de ninguna consideración pragmática, sino de la fuente divina del llamado y la misión que hemos decidido asumir.

II. UN SERVICIO AL HOMBRE QUE PROMUEVE SU AUTÉNTICA DIGNIDAD 

Ustedes son educadores; ser educador es comprometerse a trabajar en una de las formas más importantes de promoción de la persona humana y su dignidad. Y ser educador cristiano es hacerlo desde una concepción del ser humano que tiene algunas características que la distinguen de otras perspectivas.

Por supuesto que no se trata de dividir y confrontar. Al dedicar parte de su esfuerzo, personas e infraestructura a la educación, la Iglesia participa de una tarea que compete a la sociedad toda y debe ser garantizada por el Estado. Lo hace no para diferenciarse con mezquindad proselitista, para competir con otros grupos o con el mismo Estado por el “alma” y la “mente” de las personas, sino para aportar lo que considera un tesoro del que es depositaria para compartirlo, una luz que recibió para hacerla resplandecer en lo abierto. El único motivo por el cual tenemos algo que hacer en el campo de la educación es la esperanza en una humanidad nueva, según el designio divino; es la esperanza que brota de la sabiduría cristiana, que en Jesús Resucitado nos revela la estatura divina a la cual estamos llamados.

Porque no olvidemos que el Misterio de Cristo “revela plenamente el hombre al mismo hombre”, como decía Juan Pablo II en su primera encíclica. Hay una verdad sobre el hombre que no es propiedad ni patrimonio de la Iglesia, sino de la humanidad entera, pero que la Iglesia tiene como misión contribuir a revelar y promover. Éste es terreno propio de ustedes, educadores cristianos. ¿Cómo no llenarse de orgullo, es más, de emoción y reverencia, ante la delicada y fundamental tarea a la cual han sido llamados?

Para apoyarlos en esta especie de avanzada humanizadora en la cual están comprometidos, comparto con ustedes algunas reflexiones acerca de la concepción cristiana del hombre y su destino. 

III. LA ANTROPOLOGÍA CRISTIANA: UNA ANTROPOLOGÍA DE LA TRASCENDENCIA 

En el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año Benedicto XVI nos propuso volver a considerar el valor de la persona humana y su dignidad. Quisiera tomar una de las afirmaciones que allí se despliegan para sumarla a esta meditación eclesial.

El Papa habla de una dignidad trascendente, expresada en una suerte de “gramática” natural que se desprende del proyecto divino de la creación. Quizás ese carácter trascendente sea la nota más característica de toda concepción religiosa del hombre. La verdadera medida de lo que somos no se calcula solamente en relación con un orden dado por factores naturales, biológicos, ecológicos, hasta sociales; sino en el lazo misterioso que, sin liberarnos de nuestra solidaridad con la creación de la cual formamos parte, nos emparenta con el Creador para no ser simplemente “parte” del mundo sino “culminación” del mismo. La Creación “se trasciende” en el hombre, imagen y semejanza de Dios. Porque el hombre no es sólo Adán; es ante todo Cristo, en quien fueron creadas todas la cosas, primero en el designio divino.

Y fíjense que esto da lugar, en el cristianismo, a una concepción bastante peculiar de lo que es “trascendencia”. ¡Una trascendencia que no está “afuera” del mundo! Situarnos plenamente en nuestra dimensión trascendente no tiene nada que ver con separarnos de las cosas creadas, con “elevarnos” por sobre este mundo. Consiste en reconocer y vivir la verdadera “profundidad” de lo creado. El misterio de la Encarnación es el que marca la línea divisoria entre la trascendencia cristiana y cualquier forma de espiritualismo o trascendentalismo gnóstico.

En ese sentido, lo contrario a una concepción trascendente del hombre no sería sólo una visión “inmanente” del mismo, sino una “intrascendente”. Esto puede parecer un juego de palabras. Porque “intrascendente” significa, en el lenguaje común y corriente, algo sin importancia, fugaz, que “no nos deja nada”, algo de lo cual podríamos prescindir sin perdernos nada. Pero no nos confundamos: ese “juego de palabras” no es él mismo intrascendente. Revela una verdad esencial. Cuando el hombre pierde su fundamento divino, su vida y toda su existencia empieza a desdibujarse, a diluirse, a volverse “intrascendente”. Cae por tierra aquello que lo hace único, imprescindible. Pierde su fundamento todo lo que hace de su dignidad algo inviolable. Y a partir de ahí, un hombre vuelto “intrascendente” pasa a ser una pieza más en cualquier rompecabezas, un peón más en el ajedrez, un insumo más en todo tipo de cadena de producción, un número más. Nada trascendente, sólo uno más de muchos elementos todos ellos intrascendentes, todos ellos in-significantes en sí mismos. Todos ellos intercambiables.

Este modo intrascendente de concebir a las personas lo hemos visto y lo vemos todos los días. Niños que viven, se enferman y mueren en las calles y a nadie le importa. Un “cabecita” más o menos, o peor aún, un “pibe chorro” menos (como pude escuchar horrorizado de labios de un “comunicador” en la televisión), ¿qué importancia tiene? Una chica secuestrada de su casa y esclavizada ignominiosamente en los circuitos de prostitución que impunemente proliferan en nuestro país, ¿por qué habría de quitarnos el sueño? Es sólo una más... Un niño al cual no se le permite nacer, una madre a la cual nadie da una mano para que pueda hacerse cargo de la vida que brota de ella, un padre al que la amargura de no poder brindar a sus hijos lo que a ellos les correspondería lo lleva a la desesperación o a la indiferencia... ¿qué importancia tiene todo esto si no afecta a los números y estadísticas con que nos consolamos y tranquilizamos?

No hay peor antropología que una antropología de la intrascendencia para la cual no hay diferencias: con la misma vara con que se mide cualquier objeto, se puede medir a una persona. Se calculan “gastos”, “daños colaterales”, “costos”... que solamente empiezan a “trascender” en las decisiones cuando los números abultan: demasiados desocupados, demasiados muertos, demasiados pobres, demasiados desescolarizados... Frente a esto ¿qué pasa si caemos en la cuenta de que una antropología de la trascendencia se ríe de esos números mezquinos y sostiene, sin que le tiemble el pulso, que cada uno de esos pequeños tiene una dignidad infinita? Que cada uno de ellos es infinitamente trascendente: lo que se haga o se deje de hacer con cada uno de ellos, se lo hace con el mismo Cristo... ¡con el mismo Dios!

A esta luz, comprendemos de un modo nuevo aquella sentencia del Señor según la cual “no se puede servir a Dios y al Dinero”. No se trata sólo de una cuestión de ascesis personal, de un ítem junto a otros para el examen de conciencia. El dinero es la “medida universal de todas las cosas”, en el mundo moderno. Todo tiene un precio. El valor intrínseco de cada cosa se uniforma en un signo numérico. ¿Recuerdan que hace ya varios años se decía que desde el punto de vista económico era lo mismo producir tanques o caramelos, mientras los números fueran iguales? Del mismo modo, sería lo mismo vender drogas o libros, si los números cierran. Si la medida del valor es un número, todo da lo mismo mientras el número no varíe. La medida de cada ser humano es Dios, no el Dinero. Eso es lo que quiere decir “dignidad trascendente”. Las personas no se pueden “contar” ni “contabilizar”. No hay reducción posible de la persona a un denominador común (numérico o como se quiera) entre sí y con otras cosas del mundo.

Cada uno es único. Todos importan totalmente y singularmente. Todos nos deben importar. Ni una sola violación a la dignidad de una mujer o un hombre puede justificarse en nombre de ninguna cosa o idea. De ninguna.

¿Hace falta decir que tomarse en serio esto sería el inicio de una completa revolución en la cultura, en la sociedad, en la economía, en la política, en la misma religión? ¿Hace falta nombrar algunas de las prácticas normalmente aceptadas en las sociedades modernas que quedarían privadas de toda justificación si realmente se pusiera la dignidad trascendente de la persona por encima de cualquier otra consideración? 

IV. DIGNIDAD TRASCENDENTE: EL HOMBRE COMO PARTE Y CULMEN DE LA CREACIÓN 

En primer lugar, la trascendencia de la persona humana se da con respecto a la naturaleza.

¿Qué significa esto?

Las personas tenemos una relación compleja con el mundo en que vivimos, precisamente por nuestra doble condición de hijos de la tierra e hijos de Dios. Somos parte de la naturaleza; nos atraviesan los mismos dinamismos físicos, químicos, biológicos, que a los demás seres que comparten el mundo con nosotros. Aunque se trate de una afirmación banalizada y tantas veces mal entendida, “somos parte del todo”, un elemento del admirable equilibrio de la Creación.

La tierra es nuestra casa. La tierra es nuestro cuerpo. También nosotros somos la tierra. Sin embargo, para la civilización moderna, el hombre está disociado armónicamente del mundo. La naturaleza ha terminado convirtiéndose en una mera cantera para el dominio, para la explotación económica. Y así nuestra casa, nuestro cuerpo, algo de nosotros, se degrada. La civilización moderna conlleva en sí una dimensión biodegradable.

¿A qué se debe esto? En línea de lo que venimos meditando, esta ruptura (que sin duda nos va a costar y ya nos está costando mucho sufrimiento, poniendo incluso un signo de pregunta sobre nuestra misma supervivencia) esta ruptura, digo, puede entenderse como una suerte de “trascendencia desnaturalizada”. Como si la trascendencia del hombre respecto de la naturaleza y del mundo implicara separación. Nos pusimos frente a la naturaleza, nos enfrentamos a ella, y en ello ciframos nuestra trascendencia, nuestra humanidad. Y así nos fue.

Porque trascendencia respecto de la naturaleza no significa que podamos romper gratuitamente con su dinámica. Que seamos libres y que podamos investigar, comprender y modificar el mundo en que vivimos no significa que todo valga. No hemos puesto nosotros sus “leyes”, ni las vamos a ignorar sin serias consecuencias. Esto es válido también para las leyes intrínsecas que rigen nuestro propio ser en el mundo. Los humanos podemos levantar nuestra cabeza por encima de los determinismos naturales... pero para comprender su riqueza y su sentido y liberarlos de sus falencias, no para ignorarlos; para reducir el azar, no para pisotear las finalidades que se fueron ajustando durante cientos de miles de años. Esa es la función de la ciencia y la técnica, que no pueden tener lugar disociadas de las profundas corrientes de la vida. Libres, pero no disociados de la naturaleza que nos fue dada. La ciencia y la técnica se mueven en una dimensión creativa: desde la primera incultura primordial y por medio de la inteligencia y el trabajo, crean cultura. La primera forma de incultura se transforma en cultura. Pero si no se respetan las leyes que la naturaleza lleva en sí, entonces la actividad humana es destructiva, produce caos; es decir se da una segunda forma de incultura, un nuevo caos capaz de destruir al mundo y a la humanidad.

Cito al Papa hablándoles a los participantes de un Congreso hace sólo dos meses: “no todo lo que es científicamente factible es también éticamente lícito. ...Fiarse ciegamente de la técnica como única garante de progreso, sin ofrecer al mismo tiempo un código ético que hunda sus raíces en la misma realidad que se estudia y desarrolla, equivaldría a hacer violencia a la naturaleza humana, con consecuencias devastadoras para todos”.

Precisamente porque no somos sólo “naturaleza” en el sentido moderno del término, porque no somos sólo física, química, biología, es que podemos interrogarnos por el sentido y estructura de nuestro ser natural y ubicarnos en continuidad con ello. Es decir, con sabiduría, y no con arbitrariedad, creando “cosmos” y no “caos”.

Pensemos las múltiples ramificaciones que tiene esta idea. Como educadores, tendrán que asumir el desafío de contribuir a una nueva sabiduría ecológica que entienda el lugar del hombre en el mundo y que respete al mismo hombre que es parte del mundo. El sentido de la ciencia y la técnica, de la producción y el consumo, del cuerpo y de la sexualidad, de los medios por los cuales somos partícipes de la creación y transformación del mundo dado por Dios, merece una rigurosa meditación en nuestras comunidades y en nuestras aulas; meditación que no excluye una conversión de la mente y el corazón para ir más allá de la dictadura del consumismo, de la imagen y de la irresponsabilidad. Y conste que no me estoy refiriendo a acciones espectaculares: ¿por qué, por ejemplo, no hacer de nuestras escuelas el lugar donde se pueda lleva a cabo un replanteo de nuestros hábitos de consumo? ¿No podríamos ponernos a imaginar, junto con las familias de nuestras comunidades educativas, nuevas y mejores formas de alimentarnos, de festejar, de descansar, de elegir los objetos que acompañarán nuestros pasos en el mundo? Revalorizar lo gratuito en vez de lo que sólo vale si cuesta, revalorizar lo que implica tiempo y trabajo compartido en vez de lo “ya hecho” para el rápido descarte. Revalorizar asimismo la belleza plural y diversa de las personas en vez de someternos a la dictadura de los cuerpos estandarizados o de las diferencias entendidas como motivos de discriminación.

Un humanismo trascendente nos invita, entonces, a replantear el modo en que somos parte de la “naturaleza” sin reducirnos a ella. Pero hay más.

V. DIGNIDAD TRASCENDENTE: LA TRASCENDENCIA DEL AMOR 

La dignidad trascendente de la persona también implica la trascendencia respecto del propio egoísmo, la apertura constitutiva hacia el otro.

La concepción cristiana de “persona humana” no tiene mucho que ver con la posmoderna entronización del individuo como único sujeto de la vida social. Algunos autores han denominado “individualismo competitivo” a la ideología que, luego de la “caída de las certezas de la modernidad”, se ha adueñado de las sociedades occidentales. La vida social y sus instituciones tendrían como única finalidad la consecución de un campo lo más ilimitado posible para la libertad de los individuos.

Pero, como les decía en un mensaje anterior, la libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay nada, sino que se ordena a la vida más plena de la persona, de todo el hombre y todos los hombres. Ahora bien: una vida más plena es una vida más feliz. Todo lo que podamos imaginar como parte de una “vida feliz” incluye a mis semejantes. No hay humanismo realista y verdadero si no incluye la afirmación plena del amor como vínculo entre los seres humanos; en las distintas formas en que ese vínculo se realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales, etc.

Esta afirmación podría parecer obvia. ¡Pero no lo es! La relación primordial del hombre con su semejante ha sido formulada de otras maneras en la historia del pensamiento y de la política. Recordemos algunas definiciones: “el hombre es lobo para hombre”; “antes de toda regulación estatal la sociedad es una guerra de todos contra todos”; “el lucro es el motor principal de toda actividad humana…” Desde algunas de esas perspectivas, el hombre (el individuo humano) es libre sobre todo para adueñarse de los bienes de la tierra y así satisfacer sus deseos. Como cae de maduro, considerará al otro (que también quiere esos bienes) como un límite para su libertad. Ya conocemos la máxima: “tu libertad termina donde empieza la de los demás”. Es decir: “si los demás no estuvieran, vos serías más libre”… Es la exaltación del individuo “contra” los demás; la herencia de Caín: si es de él, no es mío; si es mío no puede ser de él.

Esta definición “negativa” de la libertad termina siendo la única posible si partimos del absolutismo del individuo; pero no lo es si consideramos que todo ser humano está esencialmente referido a su semejante y a su comunidad. En efecto: si es verdad que la palabra, uno de los rasgos principales distintivos de la persona, no nace exclusivamente en nuestro interior sino que se amasa en las palabras que me han sido transmitidas y me han convertido en lo que soy (la “lengua materna”, lengua y madre); si es verdad que no hay humanidad sin historia y sin comunidad (porque nadie “se hizo solo”, como les gusta farfullar a las ideologías de la depredación y la competencia); si nuestro hablar siempre es respuesta a una voz que nos habló primero (y, en última instancia, a la Voz que nos puso en el ser), ¿qué otro sentido puede tener la libertad que no sea abrirme la posibilidad de “ser con otros”? ¿Para qué quiero ser libre si no tengo ni un perro que me ladre? ¿Para qué quiero construir un mundo si en él voy a estar solo en una cárcel de lujo? La libertad, desde este punto de vista, no “termina”, sino que “empieza” donde empieza la de los demás. Como todo bien espiritual, es mayor cuanto más compartida sea.

Pero vivir esta libertad “positiva” implica también, como se señala más arriba, una completa “revolución” de características imprevisibles, otra forma de entender la persona y la sociedad. Una forma que no se centre en objetos a poseer, sino en personas a quienes promover y amar.

Porque suceden ciertas cosas que deberían provocarnos alarma: por ejemplo ¿qué clase de locura es aquélla por la cual un adulto puede llegar a denunciar a la Justicia a un niño de cinco años porque le sacó un juguete a su hijo en el jardín, como efectivamente pasó entre nosotros hace un par de años? Ni más ni menos que la locura en que estamos sumergidos todos, en mayor o menor medida: la locura de juzgar toda nuestra vida, personal y social, por los objetos que poseemos o no poseemos. La lógica según la cual un hombre vale lo que tiene o lo que puede llegar a tener. La lógica de lo que me puede dar (siempre hablando materialmente) o, si queremos ser más crueles, lo que le puedo arrebatar. La lógica basada en la idea de que la vida humana, personal y social, no se rige por la condición de persona de cada uno de nosotros, por nuestra dignidad y a través de nuestra responsabilidad (nuestra capacidad de responder a la palabra que nos convoca), sino por relaciones centradas en objetos inertes. Es decir, ¡la intrascendencia de la persona respecto a la mera pulsión de apoderarse de cosas! Fíjense cómo, por otro camino, llegamos a la misma idea con que empezó esta reflexión.

Esta antropología de la intrascendencia encuentra su excusa y su caldo de cultivo en la hiperinflación que en las últimas décadas ha tenido el concepto de “Mercado”. Insistencia (en muchos casos, prácticamente absolutización) que desde una perspectiva cristiana no se ha dudado en denominar idolatría.

Aclaremos un poco las cosas. No estamos demonizando el Mercado como una cierta forma de organizar nuestros intercambios y pensar el mundo de la economía. Pero el problema es que la idea de “Mercado”, casi en su origen, no alude a otra cosa que a muchísima gente comprando y vendiendo. Todo lo que no sea comprar o vender, no forma parte de él. El problema radica en que no todo se compra ni todo se vende. Algunas cosas, porque “no tienen precio”, por ejemplo, los bienes que llamamos “espirituales”: el amor, la alegría, la compasión, la verdad, la paciencia, el coraje, etc.; pero otras, simplemente porque el que debería comprarlas para su utilidad y necesidad no puede hacerlo, porque no tiene dinero, capacidad, salud, etc.

Esto aporta toda una nueva serie de problemas, a los cuales no es la primera vez que me refiero: como por ejemplo para “ser alguien” (es decir, para “existir” en el mundo como Mercado) hay que “tener” cosas, si yo no puedo tenerlas “por las buenas” (es decir, por poseer algo que el Mercado considere valioso para ofrecer), no me quedará otra que aceptar que “no existo”, que no hay para mí ningún lugar, ni siquiera el último... o intentar tenerlas “por las malas”. Y como el mundo de la economía no se rige tanto por las necesidades reales sino por lo que es más rentable (aunque sea superfluo), habrá muchísimos que “no tienen” pero querrán “seguir siendo”. De modo que los que “sí tienen” deberán redoblar sus cuidados y multiplicar sus rejas a fin de que aquellos que fueron expulsados no traten de entrar por las ventanas…las de la sociedad... y también las de sus casas. ¿Historia conocida? Exclusión por un lado, autoreclusión por el otro, son las consecuencias de la lógica interna del reduccionismo economicista. ¿Aceptaremos que estos son “los tristes laureles que supimos conseguir”? ¿O nos decidiremos a sacudirnos el lastre de intrascendencia e individualismo que se nos ha ido acumulando, para imaginar y poner en práctica otra antropología?

¿Cuál será la clave para esta otra antropología? Conciencia de ciudadanos, dirán algunos. Solidaridad. Conciencia de pueblo. ¿Por qué no reconducirla hacia su fuente, aunque parezca débil o romántica, y llamarla amor? Porque ésa, verdaderamente, es una de las claves de la dignidad trascendente de la persona. 

VI. DIGNIDAD TRASCENDENTE DE LOS HIJOS DE DIOS 

Llegamos así a la dimensión última de la trascendencia humana. No basta con reconocer y vivir una nueva conciencia ecológica que supere toda reducción determinista a lo natural-biológico, y una nueva conciencia humanística y solidaria que se oponga a la bruma del egoísmo individualista y economicista. Las mujeres y hombres que vivimos en la tierra soñamos con un mundo nuevo que en su plenitud probablemente no veremos con nuestros ojos, pero lo queremos, lo buscamos, lo soñamos. Un escritor latinoamericano decía que tenemos dos ojos: uno de carne y otro de vidrio. Con el de carne miramos lo que vemos, con el de vidrio miramos lo que soñamos. Pobre una mujer o un hombre, pobre un pueblo, que clausura la posibilidad de soñar, que se cierra a las utopías. Por ello, es parte de la dignidad trascendente del hombre su apertura a la esperanza.

Hace algunos años les decía que la esperanza no es un “consuelo espiritual”, una distracción de las tareas serias que requieren nuestra atención, sino una dinámica que nos hace libres de todo determinismo y de todo obstáculo para construir un mundo de libertad, para liberar a esta historia de las consabidas cadenas de egoísmo, inercia e injusticia en las cuales tiende a caer con tanta facilidad. Es una determinación de apertura al futuro. Nos dice que siempre hay un futuro posible. Nos permite descubrir que las derrotas de hoy no son completas ni definitivas, liberándonos así del desaliento; y que los éxitos que podemos obtener tampoco lo son, salvándonos de la esclerosis y el conformismo. Nos revela nuestra condición de seres no terminados, siempre abiertos a algo más, en camino. Y nos agrega la conciencia creyente, la certeza de un Dios que se mete en nuestra vida y nos auxilia en ese camino.

Esta conciencia de trascendencia como apertura es imprescindible para ustedes, queridos educadores. Sabemos que educar es apostar al futuro. Y el futuro es regido por la esperanza.

Pero la antropología cristiana no se queda ahí. Esa apertura no es, para el creyente, solamente una especie de indeterminación difusa respecto de los fines y sentidos de la historia personal y colectiva. Porque también es posible y sumamente peligroso superar el desánimo y el conformismo... para caer en una especie de relativismo que pierde toda capacidad de evaluar, preferir y optar. No se trata sólo de construir sin garantías ni raíces memoriosas. Se trata de poder fundar esa construcción en un sentido que no quede librado al azar de las inspiraciones momentáneas o de los resultados, a la suerte de las coincidencias o, finalmente, a la voz que logra gritar más fuerte e imponerse sobre las demás.

La trascendencia que nos revela la fe nos dice además, que esta historia tiene un sentido y un término. La acción de Dios que comenzó con una Creación en cuya cima está la creatura que podía responderle como imagen y semejanza suya, con la cual él entabla una relación de amor y que alcanzó su punto maduro con la Encarnación del Hijo, tiene que culminar en una plena realización de esa comunión de un modo universal. Todo lo creado debe ingresar en esa comunión definitiva con Dios iniciada en Cristo Resucitado. Es decir: caminamos hacia un término que es cumplimiento, acabamiento positivo de la obra amorosa de Dios. Un término que no es resultado inmediato o directo de la acción humana, sino que es una acción salvadora de Dios, el broche final de la obra de arte que él mismo inició y en la cual quiso asociarnos como colaboradores libres; y el último sentido de nuestra existencia se resuelve en el encuentro personal y comunitario con el Dios-Amor, más allá incluso de la muerte.

Los cristianos creemos que no todo es lo mismo. No vamos a cualquier lado. No estamos solos en el universo. Y esto, que a primera vista puede parecer tan “espiritual”, puede también ser absolutamente decisivo y dar lugar a un vuelco radical en nuestra forma de vivir, en los proyectos que imaginamos y tratamos de desarrollar, en los sentidos y valores que sostenemos y transmitimos.

Es verdad que no todos comparten nuestras creencias acerca del sentido teológico de la historia humana. Pero eso no tiene por qué cambiar un milímetro el significado que aporta a nuestra acción. Aún cuando muchos hermanos nuestros no profesen nuestro Credo, sigue siendo fundamental que nosotros sí lo hagamos. Fundamental para nosotros y también para ellos, aunque no puedan verlo, en la condición de que por ese camino, estaremos colaborando en la llegada del Reino para todos, aun para los que no han podido reconocerlo en los signos eclesiales.

La certeza en la acción escatológica de Dios que instaurará su Reino en el fin de los tiempos tiene un efecto directo sobre nuestra forma de vivir y de actuar en medio de la sociedad. Nos prohíbe cualquier tipo de conformismo, nos quita excusas para las medias tintas, deja sin justificación toda componenda o “agachada”. Sabemos que hay un Juicio, y ese Juicio es el triunfo de la justicia, el amor, la fraternidad y la dignidad de cada uno de los seres humanos, empezando por los más pequeños y humillados; entonces no tenemos forma de hacernos los distraídos. Sabemos de qué lado tenemos que estar entre las alternativas que se nos plantean, entre cumplir las leyes o esquivarlas con viveza criolla, entre decir la verdad o manipularla para nuestra conveniencia, entre dar respuesta al necesitado que encontramos en la vida o cerrarle la puerta en la cara, entre buscar y ocupar el lugar que nos corresponde en la lucha por la justicia y el bien común según la posibilidades y competencias de cada uno o “borrarnos olímpicamente” construyéndonos nuestra propia burbuja, entre una y otra opción en cada encrucijada cotidiana, sabemos de qué lado tenemos que estar. Y esto, en los tiempos que corren, no es poca cosa. 

VII. UNA NUEVA HUMANIDAD QUE PUEDE EMPEZAR EN CADA ESCUELA 

Profesar una creencia y sostener una determinada manera de ver a la persona y de querer ser seres humanos no es una actitud con mucha prensa en estos tiempos de relativismo y caída de las certezas. A río revuelto ganancia de pescadores: cuanto menos certezas, más lugar para que nos convenzan de que lo único sólido y cierto es lo que los eslóganes del consumo y la imagen nos proponen.

Pero lo último que debemos hacer es atrincherarnos defensivamente y lamentarnos amargamente por el estado del mundo. No nos es lícito convertirnos en unos desconfiadores a priori (que no es lo mismo que tener pensamiento crítico, sino su versión obtusa) y felicitarnos entre nosotros, en nuestro mundillo clausurado, por nuestra claridad doctrinal y nuestra insobornable defensa de las verdades... defensas que sólo terminan sirviendo para nuestra propia satisfacción. Se trata de otra cosa: de hacer aportes positivos. Se trata de anunciar, de empezar a vivir en plenitud de otra manera, convirtiéndonos en testigos y constructores de otra forma de ser humanos, lo cual no va a darse, convenzámonos, con miradas hoscas y temples de criticones. Se trata de implementar nuestra vocación más profunda no enterrando el denario, sino de salir convencido no sólo de que las cosas se pueden cambiar sino que hay que cambiarlas y que las podemos cambiar.

Jonás es una figura de la Biblia que nos puede inspirar en tiempos de cambio e incertidumbre; es un personaje que puede estar espejando actitudes de nosotros, en muchos casos educadores con experiencia acumulada, con estilos y formas aquilatadas de proceder. Él vivía tranquilo y ordenado, con ideas muy claras sobre el bien y el mal, sobre cómo actúa Dios y qué es lo que quiere en cada momento; sobre quiénes son fieles a la alianza y quiénes no. Tanto orden lo llevó a encuadrar con demasiada rigidez los lugares donde había que desplegar su misión de profetizar. Jonás tenía la receta y las condiciones para ser un buen profeta y continuar la tradición profética en la línea de “lo que siempre se había hecho”.

De pronto, Dios desbarató su orden irrumpiendo en su vida como un torrente, quitándole todo tipo de seguridades y comodidades para enviarlo a la gran ciudad a proclamar lo que Él mismo le dirá. Era una invitación a asomarse más allá del borde de sus límites, ir a la periferia. Lo envía a Nínive, «la gran ciudad», símbolo de todos los separados, alejados y perdidos. Jonás experimentó que se le confiaba la misión de recordar a toda aquella gente, tan perdida, que los brazos de Dios estaban abiertos y esperando que volvieran para curarlos con su perdón y alimentarlos con su ternura. Pero esto casi no entraba en todo lo que Jonás podía comprender, y se escapó. Dios lo mandaba a Nínive, y él se marchó en dirección contraria, a Tarsis, para el lado de España.

Las huidas nunca son buenas. El apuro nos hace no estar demasiado atentos y todo puede volverse un obstáculo. Embarcado hacia Tarsis se produce una tempestad y los marineros lo tiran al agua porque confiesa que él tiene la culpa. Estando en el agua un pez se lo traga. Jonás, que siempre había sido tan claro, tan cumplidor y ordenado, no había tenido en cuenta que el Dios de la alianza no se retracta de lo que juró, y es machaconamente insistidor cuando se trata del bien de sus hijos. Por eso, cuando a nosotros se nos acaba la paciencia, Él comienza a esperar haciendo resonar muy suavemente su palabra entrañable de Padre.

Lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de Nínive, a aceptar el riesgo de protagonizar una nueva educación, fruto del encuentro con Dios que siempre es novedad y que nos empuja a romper, partir y desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras, allí donde está la humanidad más herida y donde los chicos y chicas, por debajo de la apariencia de la superficialidad y conformismo, siguen buscando la repuesta a la pregunta por el sentido de la vida. En la ayuda para que nuestros hermanos encuentren una respuesta también nosotros encontraremos renovadamente el sentido de toda nuestra acción y el gozo de nuestra vocación, el lugar de toda nuestra oración y el valor de toda nuestra entrega.

Permítanme terminar mi mensaje, como otros años, con algunas propuestas que junto a otras que a Ustedes se les ocurran, puede que ayuden a llevar adelante estos deseos y propósitos. Lo haré en forma de preguntas:

* ¿Por qué no intentamos vivir y transmitir la prioridad de los valores no cuantificables: la amistad (¡tan cara, esta vez en el mejor sentido de la palabra, a nuestros adolescentes!), la capacidad de festejar y disfrutar simplemente de los buenos momentos (¡aunque unas cuantas hormigas cuchicheen contra el violín de la cigarra!), la sinceridad, ésa que produce paz y confianza y la confianza que alienta la sinceridad? Fácil decirlo, tan poético como suena... pero sumamente exigente vivirlo, ya que implica arrancarnos de mucho tiempo de eficientismo y materialismo enquistado en nuestras más arraigadas creencias...arrancamos del sometimiento y adoración al dios “gestión exitosa”.

* ¿Por qué no inventamos nuevas formas de encuentro entre nosotros, sin segundas intenciones? ¿Por qué no buscamos la forma de que el espacio del que disponemos en nuestros colegios pueda multiplicar sus potencialidades, imaginando formas de recibir colaboración e ideas de muchos, haciendo de nuestras casas lugares de inclusión y encuentro de las familias, los jóvenes, las personas mayores y los niños? No será fácil: exige tener en cuenta y resolver multitud de cuestiones prácticas. Pero tener que resolverlas es eso: resolverlas, no renunciar a tratar de hacerlo.

* ¿Por qué no nos atrevemos a incorporar en nuestras clases más testimonios de cristianos y personas de buena voluntad que han soñado con una humanidad distinta, sin pretender una exhaustiva correspondencia con alguna norma preestablecida, cualquiera fuera? Sabemos que ese tipo de figuras tienen una fuerza enorme como símbolos de la utopía y la esperanza, más que como modelos para seguir a la letra. ¿Por qué no alegrarnos de que la humanidad haya dado hijos suyos que permitieron mantener la cabeza en alto a generaciones enteras? Recordar y celebrar, según el estilo, la cultura y la historia de cada comunidad, a mujeres y hombres que han brillado no por sus millones o por las luces “truchas” con que los han iluminado, sino por la fuerza misma de su virtud y su alegría, por la calidad desbordante de su dignidad trascendente... Claro, venimos de una historia de desconfianzas, exclusiones, sospechas mutuas, descalificaciones... ¿No será ya hora de darnos cuenta de que lo peor que nos puede pasar no es despertar sueños y esperanzas que luego podrán ser maduradas y sostenidas, sino quedarnos en una chatura mortal en la cual nada tiene relevancia, nada tiene trascendencia; quedarnos en la cultura de la pavada?

* Por último, ¿por qué no ponernos a buscar la forma de que cada persona recupere y ya no pierda aquello que le es más propio, aquello que es el signo por excelencia de su espíritu, aquello que arraiga en su ser mundano pero lo trasciende hasta el punto de ubicarlo en posición de dialogar con su Creador? No hace falta aclararlo demasiado: me refiero al don de la palabra. Don que exige muchas cosas de nuestra parte: responsabilidad, creatividad, coherencia... Exigencias que no nos eximen de animarnos a tomar la palabra y sobre todo, queridos educadores, de darla. Tomar y dar la palabra generando el espacio para que esa palabra, en labios de nuestros chicos y jóvenes, crezca, se fortalezca, eche raíces, se eleve. Acogiendo esa palabra, que a veces podrá ser molesta, cuestionadora, quizás alguna vez hasta hiriente, pero también creativa, purificadora, nueva...

Palabra humana que adquiere tal relevancia cuando se hace diálogo con el mismo Dios, que nos hace grandes en nuestra pequeñez, que nos hace libres frente a cualquier poder porque nos torna habitual el trato con Él que es quien más puede, que desarrolla en nosotros una sensibilidad especial a la vez que ensancha horizontes, que nos deslumbra y enamora. Esa posibilidad entrañable de orar, es un derecho que cada chico y cada joven está en condiciones de ejercer. Y entonces, ¿si oramos? ¿si enseñamos a orar a nuestros chicos y jóvenes?

Ensayemos estos y otros intentos. Veremos que una nueva humanidad se irá manifestando, más allá de los reduccionismos que achicaron el tamaño de nuestra esperanza. No basta con constatar lo que falta, lo que se perdió: es preciso que aprendamos a construir lo que la cultura no da por sí misma, que nos animemos a encarnarlo, aunque sea a tientas y sin plenas seguridades. Eso es lo que debe poder encontrase en nuestras escuelas católicas ¿Pedimos milagros? ¿Y por qué no?

 

En la Pascua del Señor de 2007
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires

 

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Homilía del Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.,

al comenzar la Asamblea del Episcopado 

“Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada “de los Libertos”, como también otros, originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. Entonces presentaron falsos testigos que declararon: “Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha trasmitido Moisés”. En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel. 

Hech. 6: 8-15. Texto correspondiente al 23 de abril, lunes de la 3ª Semana de Pascua. 

1.  San Lucas describe el asesinato de Esteban sobre las huellas del de Jesús. Se evidencia su intencionalidad de señalar, en este primer mártir, el camino del creyente. “El discípulo no es más que su maestro” (Mt. 10:24) había dicho Jesús; el camino del discípulo es el de su Señor; sería impensable un discipulado que no se ajustase al más fiel seguimiento. En esta realidad se enraiza la dimensión martirial de la existencia cristiana, ese “dar testimonio” como lo dio el Señor, y estar dispuesto a afrontar las consecuencias que exija la fidelidad al llamado. 

2.   Los apóstoles abandonaron al Maestro (Mt. 26:56),  Pedro lo negó por miedo (Mt. 26: 69-75) ... todavía no habían sido confirmados por la Resurrección y la fuerza del Espíritu Santo. En Esteban, en cambio,  se muestra ya el discípulo maduro, configurado por esa confirmación; en él la Palabra de Dios nos muestra el perfil acabado del discípulo que da testimonio,  del discípulo que “lleno de gracia y poder hacía grandes prodigios y signos en medio del pueblo” (Hech. 6:8). Esteban no era un milagrero ambulante. La fuerza le venía de la gracia, del poder del Espíritu Santo... y esto molestaba. 

3.   La escena se enmarca en una disputa. Los miembros de la sinagoga de los Libertos “se presentaron para discutir con él” (Hech. 6:9), evocación de tantas discusiones de Jesús con fariseos, saduceos, esenios y zelotes, alternativas humanas a la radicalidad del Reino. Sin embargo, la contundencia de la historia del pueblo elegido y la fuerza de las Bienaventuranzas se imponía a toda argumentación y casuística. Se trataba del choque entre la Verdad y el sofisma ilustrado, ese equilibrismo nominalista para aceptar una formulación de la verdad negando su real incidencia en la vida. Estos sofistas “no encontraban argumentos frente a la sabiduría  y al espíritu que se manifestaba en su palabra” (Hech. 6:10). Entonces recurren a diversas formas de violencia: al soborno (Hech. 6:11) como otrora los fariseos con los soldados testigos de la Resurrección (Mt. 28: 11-15), como el Sanedrín  para con el mismo Jesús... y del soborno a “excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas” (Hech. 6:12)  al igual que hicieron con  Jesús (Mt. 27:20);  y también como a Jesús llegan de improviso, lo arrestan  y llevan ante el Sanedrín (ibid) y presentan testigos falsos (cfr. Mt. 26: 59-61). Los mismos métodos, el mismo camino recorrido hasta la muerte. Un último detalle: en el momento de su sacrificio el discípulo repetirá las palabras  de perdón del Maestro (Hech. 7:59-60) y dará signos de su entrada triunfal en la vida: “En ese momento los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel” (Hech. 6:15 y 7:55-56). 

4.   Así se consuma la vida del que la Iglesia nos propone como el primer discípulo mártir y, en su persona, nos señala el camino a seguir: dar testimonio hasta el fin. A lo largo de los siglos el discipulado cristiano brilló con innumerables hombres y mujeres que no escondieron la fe que guardaban  en sus corazones; a ellos el Espíritu Santo les dictaba lo que tenían  que decir en los tribunales (cfr. Mc. 13:11) e iban valerosos  y transfigurados al martirio: el fuerte Policarpo que permaneció firme en el poste sin querer ser clavado y cuyo cuerpo se transfiguró, en medio de la hoguera, como si fuera pan cocido en el velamen de un barco. Felicitas, valiente con sus hijos. Águeda que “contenta  y alegre se dirigía a la cárcel, como invitada a bodas, y encomendaba al Señor su combate”. Los veintiséis  japoneses en la colina de Nagasaki, orando, cantando salmos, animándose mutuamente. La serenidad de Maximiliano Kolbe al tomar el sitio de otro;  el abandono  en el Señor de Edith Stein quien repetía litánicamente: “no sé qué tiene dispuesto hacer Dios conmigo,  pero no tengo porque preocuparme de ello”. Y así tantos otros, aun en tiempos cercanos. Todos ellos siguen el camino testimonial de Esteban  y reeditan en su martirio también  la transformación de su rostro que parecía el de un ángel. Ellos habían asumido en su corazón la Bienaventuranza del Señor. “¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!” (Lc. 6:22). Hombres y mujeres que no se avergonzaron de Jesucristo e, imitándolo en la cruz, llevaron adelante la vida de la Iglesia. 

5.   Porque la Iglesia fue, es y será perseguida. El Señor ya nos lo advirtió (cfr. Mt. 24:4-14; Mc. 13:9-13; Lc. 21:12-19) para que estuviésemos preparados. Será perseguida no precisamente en sus hijos mediocres que pactan  con el mundo como lo hicieron aquellos renegados de los que nos habla el libro de los Macabeos (cfr. 1Mac. 1:11-15): ésos nunca son perseguidos; sino en los otros  hijos que, en medio de la nube de tantos testigos, optan por tener los ojos fijos en Jesús (cfr. Hebr. 12: 1-2) y seguir  sus pasos cualquiera sea el precio.  La Iglesia será perseguida en la medida en que mantenga su fidelidad al Evangelio. El testimonio de esta fidelidad molesta al mundo, lo enfurece  y le rechinan los dientes (cfr. Hech. 7:54),  mata y destruye, como sucedió con Esteban. La persecución es un acontecimiento eclesial de fidelidad; a veces es frontal y directa; otras veces hay que saberla reconocer en medio de las envolturas “culturosas”  con que se presenta en cada época, escondida en la mundana “racionalidad” de un cierto autodefinido “sentido común” de normalidad y civilidad. Las formas son muchas y variadas pero aquello que siempre provoca la persecución es la locura del Evangelio, el escándalo de la Cruz de Cristo, el fermento  de la Bienaventuranzas. Luego, como en el caso de Jesús, de Esteban y de esa gran “nube de testigos”, los métodos fueron y son los mismos: la desinformación, la difamación, la calumnia... para convencer, poner en marcha y –como toda obra del Demonio- hacer que la persecución crezca, se contagie y se justifique (parezca razonable y no precisamente persecución). 

6.   En cambio la tentación para la Iglesia fue y será siempre la misma: eludir la cruz (cfr. Mt. 16:22), negociar la verdad, atenuar la fuerza redentora de la Cruz de Cristo para evitar la la persecución. ¡Pobre la Iglesia tibia que rehuye y evita la cruz! No será fecunda, se “sociabilizará educadamente” en su  esterilidad con ribetes de cultura aceptable. Éste es, en definitiva, el precio que se paga, y lo paga el pueblo de Dios, por avergonzarse del Evangelio, por ceder al miedo de dar testimonio. 

7.   Al comenzar esta Asamblea podemos pedirle al discípulo del Señor, este primer hermano nuestro que dio testimonio de Jesucristo y del Evangelio, nos conceda la gracia de no avergonzarnos de la Cruz de Cristo, de no ceder a la tentación de que, por miedo, conveniencia o comodidad, negociemos la estrategia del Reino que entraña pobreza, humillaciones y humildad; y pedirle también la gracia de recordar todos los días las palabras de San Pablo: “No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios”. (2 Tim. 1:8). 

Pilar, 23 de abril de 2007.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.                     

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Ponencia del Sr. Arzobispo en la V Conferencia del C.E.L.A.M

Aparecida 2007

 

Argentina: una mirada general 

El marco social 

Lo primero que cabe señalar es que nuestro país y por lo tanto nuestra Iglesia entra,  en mayor o en menor medida,  dentro de las generales de la ley de lo que vive nuestro continente latinoamericano.  Estamos dejando atrás una época y comenzando una nueva en la historia de la humanidad.  Este cambio epocal se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus aplicaciones muy rápidas y variadas en distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos en la era del conocimiento y la información. Quien posea y maneje estos dos elementos es dueño del poder.

Esta nueva realidad de las ciencias y tecnologías de información e intercomunicación cibernética favorece el desarrollo globalizado del universo financiero, de la economía, de la producción y del mercado, principalmente dentro del nuevo orden económico mundial, de perfil neoliberal, de mercado libre y abierto. Esta globalización,  como ideología económica y social, ha afectado negativamente a nuestros sectores más pobres. Las injusticias y desigualdades son cada vez mayores y más profundas. Todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, en el que el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas. 

Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son “explotados”  sino “sobrantes”.

Se ha generado una cultura dualista donde lo que parece más moderno y progresista convive al lado de lo más antiguo y miserable. Esta cultura tiene como horizonte una visión individualista y un afán consumista en el que predomina una preocupación económica. Por consiguiente, somos testigos de una profunda crisis de valores y de las instituciones tradicionales. Esto trae como consecuencia el hecho de que en estos últimos años observamos un fortalecimiento de algunas expresiones de sub-culturas minoritarias que, copiando modelos del primer mundo, reclaman públicamente el reconocimiento de sus derechos.  

En la cultura predominante de corte neoliberal, lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial ocupan el primer lugar y lo real cede el lugar a la apariencia.

La globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de las tendencias pertenecientes a otros ethos culturales manifestada en el tipo de música, negocios de comida, centros comerciales, medios de comunicación, etc.

Por todo esto, con dolor no dejamos de preguntarnos si de verdad aún existe una identidad y solidaridad como pueblo que vaya más allá de ciertas ideologías “ocasionalistas”. 

También resulta preocupante la ausencia de ideas, ya que se busca más bien una asimilación de lo ya establecido globalmente y ajeno a la propia idiosincrasia para superar la falta de creatividad y de visiones.

La situación de la Iglesia en nuestro país 

El substrato católico de nuestra cultura es una realidad viva. Encontramos en amplios sectores de nuestro pueblo, sobre todo en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo manifestados en la solidaridad, la reciprocidad, la participación ofreciendo verdaderos espacios de vida comunitaria. No podemos sin embargo desconocer también sus debilidades: el machismo, el alcoholismo, el excesivo temor al castigo divino, la superstición,  la creencia en la mala suerte y en el fatalismo que incluso hace recurrir a la brujería.

La tradición católica de nuestro pueblo se enfrenta hoy con el desafío del pluralismo religioso y de la proliferación de movimientos religiosos. La multiplicación de estos movimientos es, por una parte el resultado de una reacción del sentimiento religioso frente a la sociedad materialista, consumista e individualista; y por otra parte un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, de aquellos que se encuentran en medio de dolores humanos grandes y buscan soluciones inmediatas para estas necesidades. Estos movimientos religiosos se caracterizan por su sutil penetración viniendo a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Esta “espiritualidad” está centrada en la búsqueda de un bienestar individual, que niega el sufrimiento como parte de la vida, recurre a la autoayuda o al seudo milagro para alcanzar sus metas, sin un ulterior compromiso con la sociedad.

Es necesario que reconozcamos que si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia se debe, en muchos casos, a una evangelización superficial de gran parte de la población, un catolicismo de tradición sin catequesis ni vida sacramental; y también por la existencia de estructuras y clima poco acogedor en algunas de nuestras parroquias y comunidades; y, en algunos sitios, de una liturgia eminentemente intelectual y verbal y una actitud burocrática para dar respuesta a  los problemas complejos de la vida de los hombres de nuestro pueblo.

La secularización 

El proceso de secularización tiende a reducir a la fe y a la Iglesia Católica al ámbito de lo privado y de lo íntimo. El secularismo, al negar toda trascendencia ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido de pecado personal y social, un progresivo aumento del relativismo moral que ocasionan una desorientación generalizada, especialmente en la etapa de la adolescencia y juventud tan vulnerable a los cambios.

Los obispos en el año 1990 en el documento “Líneas pastorales para la nueva Evangelización” señalábamos dos grandes desafíos: “el secularismo como un fenómeno que “afecta directamente a la fe y a la religión al dejar de lado a Dios” y “una justicia largamente esperada”. Esto tiene una consecuencia para la vida social: “Al prescindir de Dios se despoja al hombre de su referente último y los valores pierden su carácter de tales, convirtiéndose en ídolos que terminan degradándolo y esclavizándolo”. En el segundo, el tema central era la justicia: “a los argentinos se nos presenta el desafío de superar la injusticia, construyendo una patria de hermanos mediante la solidaridad y el sacrificio compartidos”.

Trece años después la situación se tornó más grave y los obispos presentamos en el documento “Navega mar adentro” un solo desafío: la crisis de la civilización y la cultura. De éste se siguen otros cuatro relacionados con dicha crisis: “la búsqueda de Dios”, “el escándalo de la pobreza y la exclusión social”, “la crisis del matrimonio y la familia” y “la necesidad de una mayor comunión”.

Para los obispos esto no significa que los desafíos anteriores hayan desaparecido. En efecto, “el secularismo” está planteado en el punto “la búsqueda de Dios”; y la “justicia largamente esperada” está presente en “el escándalo de la pobreza y la exclusión”. El desafío radical y englobante  que se nos presenta es  la profunda crisis de valores de la cultura”.

 

A pesar de toda esta corriente secularista en nuestra patria, la Iglesia Católica goza ante la opinión pública de ser una institución creíble, confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados de todo tipo.

Son esperanzadoras las experiencias de dialogo y labor ecuménicas con las Iglesias históricas y las comunidades evangélicas serias, en vistas al sostén y acompañamiento del pueblo en momentos críticos que, partiendo del plano económico, han tenido repercusiones en el social y en la convivencia ciudadana. Durante la crisis que afectó al país a partir del año 2001 la Iglesia Católica tuvo gran importancia como creadora y moderadora del dialogo ciudadano. Esto pone de manifiesto la confiabilidad que muestra, fruto de la libertad frente a todo tipo de partidismo o ideología.  

En los últimos años se han implementado mayores estructuras de comunión y participación mediante los planes pastorales de conjunto, asambleas pastorales y sínodos diocesanos.  A pesar de la irreligiosidad reinante las parroquias, las capillas en las zonas periféricas, las comunidades eclesiales de base atendidas por diáconos permanentes, religiosas y religiosos o laicos siguen manteniéndose como espacio de comunión, participación, socialización, auténtica evangelización y catequesis, y práctica de los ministerios laicales.  

Los laicos 

Sin lugar a dudas ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia.  Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la misión, la catequesis y el apostolado. Pero, la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que arranca del bautismo no se manifiesta de la misma manera en todas partes; en algunos casos porque no se encuentran debidamente preparados para asumir responsabilidades; en otros porque no encuentran espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones y de una participación más activa.

Si bien es cierto que hay una mayor participación de muchos laicos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico, sino que se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la vida y transformación de la sociedad.

La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un verdadero desafío pastoral prioritario y urgente. La evangelización de los nuevos grupos emergentes de la modernidad y en situación urbana presentan un contexto novedoso porque la gran parte de ellos no han cambiado ni abandonado a la Iglesia sino nacieron fuera de ella. 

La pastoral juvenil 

La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a llevarla adelante ha sufrido el embate de los cambios sociales, y los jóvenes, en las estructuras habituales, muchas veces no encuentran respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemática y heridas. La proliferación y crecimiento de asociaciones y movimientos con características predominantemente juveniles pueden ser interpretados como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas de espiritualidad profunda y de sentido de pertenencia más concreto.  Se hace necesario, sin embargo,  ahondar en la participación de éstos en la pastoral de conjunto de la Iglesia, así como a una mayor comunión entre ellos y una mayor coordinación de la acción.

Si bien es difícil abordar a los jóvenes, se está creciendo en dos aspectos: la conciencia de que es toda la comunidad la que los evangeliza y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor que les permita valorar y descubrir el sentido de sus vidas.

Prueba de ello es la participación que tienen los jóvenes en grupos de servicio y de misión y en diversas experiencias misioneras en las diócesis propias como también de colaboración con otras diócesis. 

Las vocaciones 

Las vocaciones sacerdotales han decrecido y las que hay son, a veces, síntoma de una sociedad cambiante y superficial. También influye la falta de espacio interior de muchos jóvenes para buscar la propia vocación por la necesidad de encontrar salidas inmediatas que los lleven a solucionar problemas económicos apremiantes.  En otros casos la ausencia de fervor apostólico en las comunidades no siempre entusiasman para suscitar vocaciones.

Pero, a pesar de la escasez vocacional, se tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los candidatos al sacerdocio. Se han creado instancias eclesiales para la promoción, acompañamiento y formación de las vocaciones, como así también para el sostenimiento espiritual y la formación permanente durante los primero años del ministerio. En las últimas generaciones se comprueba una fragilidad y una falta de consistencia, que lleva en algunos casos a la deserción del ministerio al poco tiempo de ordenados. 

El clero diocesano y los religiosos 

En la formación sacerdotal inicial, y en la permanente, se está haciendo mayor hincapié en el campo afectivo para que, con la madurez humana y cristiana, se viva con equilibrio, alegría y con un sentido de donación el celibato sacerdotal. Advertimos como una luz en esta realidad, entre los miembros del clero diocesano y de la vida religiosa, el deseo de vivir una espiritualidad más radical en el servicio pastoral, y también generosidad para la inserción y la elección de trabajos en situaciones pobres o difíciles.

La escasez de ministros ordenados en amplias zonas de nuestro país pone de manifiesto la generosidad y el trabajo arduo y abnegado de muchos sacerdotes y religiosos.

Es de valorar el celo evangelizador, caracterizado por la creatividad pastoral, el espíritu misionero y la cercanía a los más alejados. Se crece en la valoración de la fraternidad sacerdotal, de la vida en austeridad y la preocupación por los más pobres. A diferencia de otros momentos de nuestra historia, no hay excesivas acentuaciones ideológicas ya sea de izquierda como de derecha y existe un extendido respeto y fidelidad al Magisterio de la Iglesia.

Las sombras se manifiestan en el aislamiento en el que muchos se envuelven, en la búsqueda de realizaciones personales a través de la Iglesia y en el sedentarismo y aburguesamiento de otros. Si bien no es lo más general, en algunos lugares hay pocos que hacen mucho y muchos que hacen poco.

La inestabilidad y falta de permanencia de muchos religiosos y religiosas tiende a constituir un problema pastoral. También se ve la necesidad de una mejor articulación con los institutos y congregaciones dedicados a la educación en el trabajo pastoral diocesano.

Esto nos llama a seguir trabajando para lograr la colaboración de todos en la pastoral de conjunto que supere protagonismos, individualismos  y los efectos de la falta de estabilidad.   El diaconado permanente es una realidad en constante expansión en algunas diócesis y se estima su significativa contribución, aunque se reconocen todavía algunas dificultades para una adecuada y equilibrada ubicación  pastoral en el quehacer de la Iglesia. 

La conferencia Episcopal 

Con una extensión territorial tan vasta como la que posee la Argentina con tipos culturales tan diversos no resulta fácil la implementación de políticas pastorales que concilien lo diverso. Sin embargo la Conferencia Episcopal ha ido creciendo como referente real y promotora concreta de la pastoral  a nivel nacional a través de grandes líneas evangelizadoras. También ha acentuado su presencia desde una labor de iluminación y orientación en los problemas sociales y morales por los que atraviesa nuestra sociedad. En repetidas ocasiones ha servido de mediadora en favor de la solución de problemas que afectan la paz, la concordia, la tierra, la defensa de la vida, los derechos humanos, los derechos cívicos etc..

La parroquia 

La parroquia, sigue siendo la referencia pastoral concreta y actual. Se descubre su necesidad de organicidad y comunión en la labor pastoral junto con otras instancias pastorales. En las parroquias se observa una búsqueda de la vivencia del sentido comunitario de la Iglesia. La organización de las regiones pastorales, vicarías, decanatos han ayudado mucho para llevar adelante planes orgánicos de pastoral. Pero no se puede dejar de reconocer que, en algunos casos en el ámbito parroquial, se sigue dando el predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como la sacramentalización sin evangelización. 

Pastoral familiar 

La familia atraviesa una crisis profunda y la respuesta de la pastoral familiar, conyugal y prematrimonial, resulta insuficiente. En la sociedad el matrimonio como sacramento ha perdido mucho valor. Un desafío para los pastores y los agentes de pastoral es el de algunas situaciones matrimoniales impedidas de recibir el sacramento del matrimonio y de la Eucaristía: ayudarlos participar de la vida de la Iglesia. Otras veces, que pudiendo recibirlo  y no lo han recibido, animarlos y acogerlos en la parroquia para que puedan hacerlo. La catequesis familiar ha sido un aporte muy importante en la vinculación de las familias a la vida de la Iglesia, pero está en crisis. 

Catequesis

La pastoral de catequesis sigue siendo un medio privilegiado para transmitir y vigorizar la fe de la comunidad. La catequesis en nuestro país es uno de los pilares de la acción pastoral y se experimenta como momento esencial del proceso evangelizador. Los intentos y trabajos de los últimos años tratan de no limitarse a fomentar el modelo tradicional del «buen cristiano» o del «fiel practicante», sino que van en la búsqueda de la promoción de  verdaderos creyentes, de fe personalizada, suscitando la opción por el Evangelio, evangelizados y evangelizadores. En este proceso se le ha dado a la acción y vinculación con la familia un lugar preponderante. Hoy se tiende a  una catequesis que esté vitalmente inserta en la globalidad del proyecto pastoral de la comunidad cristiana.

Se notan esfuerzos por una catequesis más bíblica, vivencial y comprometida, aunque hace falta mejor y mayor preparación bíblica y teológica tanto en los agentes de pastoral como en los catequistas.

La pastoral bíblica está abriendo espacios para una amplia formación y crecimiento espiritual del pueblo de Dios.  

La pastoral social 

Muchos cristianos viven aún una separación entre fe y vida que se manifiesta particularmente en la falta de un claro testimonio de los valores evangélicos en su vida personal, familiar y social. Si bien en la misma sociedad y entre los fieles de la Iglesia existe una brecha grande entre pobres y ricos que tiende a aumentar, hay que notar el crecimiento de la solidaridad y de la conciencia del deber de la caridad. Esto queda de manifiesto en que, si bien en muchos ámbitos ha crecido la pobreza y la miseria, también se han multiplicado las iniciativas, muchas de ellas laicales, de solidaridad y ayuda generosa.

La pastoral social se encuentra en todo el contexto eclesial como animadora de una dimensión de la fe que no es solamente un servicio asistencial, que siempre será necesario, sino también en acciones de promoción y en la formación de una conciencia solidaria. En los últimos años han crecido en variedad e intensidad gestos y signos solidarios concretos.

En algunos colegios católicos se da un franco descuido de la formación de la fe y su incidencia en lo social.

Piedad popular 

La piedad popular está arraigada en el corazón y en la vida del pueblo, a tal punto que muchas de las tradiciones religiosas que perviven dan identidad al pueblo en sitios y situaciones concretas. Los Santuarios en nuestro país además de ser los grandes lugares de expresión de la fe popular se han convertido en lugares privilegiados de conversión y evangelización. También es cierto que muchas veces el acento se ha puesto más en las formas exteriores de tradiciones y devociones que en los contenidos de la fe de las mismas. Descubrimos en esta piedad popular un punto de anclaje que necesitamos comprender, respetar y evangelizar. Si bien por una parte aparece a veces un cristianismo de devociones, junto a una vivencia individual de la fe, sentimental; también encontramos valores que pueden ser el punto fuerte para construir una sociedad más justa: la solidaridad con la persona que sufre, la sensibilidad social por el necesitado, el querer ayudar a quien no tiene, la fortaleza de la fe que se expresa sobre todo en los momentos de crisis y de desesperación recurriendo a Dios para encontrar consuelo y esperanza, la acogida al extraño, y la capacidad de compartir. Es urgente una fuerte catequesis en la piedad popular.

Conclusión 

Iniciado en el documento del episcopado argentino mencionado al comienzo: “Líneas pastorales para la nueva evangelización” del año 1990 y continuando en el documento “Navega Mar adentro” nuestra Iglesia en Argentina se encuentra transitando un camino de conversión pastoral en clave evangelizadora que implica una dinámica profundamente eclesial, misionera e inculturada con el intento de llegar a los bautizados alejados y no bautizados. La dimensión misionera hoy no se concibe como una actividad al margen o paralela a las otras actividades pastorales, sino que está en el corazón de su misma vitalidad evangelizadora.

Haciendo un apretado resumen desde la óptica del Documento de Síntesis podemos decir: Los tres macrodesafíos que se interpenetran recíprocamente, asumen de forma sintética los cambios epocales descriptos en la Síntesis de Aportes recibidos (DSIN 49-79) y los cinco desafíos que la Conferencia Episcopal Argentina expresó en “Navega mar adentro” (NMA 21-48). El primero se refiere a la relación de la persona y del pueblo de Dios en la Iglesia (religión); el segundo a la relación de los hombres entre sí en la sociedad (justicia); el tercero afecta de forma transversal  a las distintas comunidades sociales y los diversos órdenes de la cultura (comunión) 

  1. En el orden religioso: la ruptura en la trasmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Afirmamos la vigencia de la piedad popular católica como forma viva de la inculturación y la comunicación de la fe, pero en la últimas décadas notamos un cierta desidentificación con la tradición católica, la falta de su trasmisión a las nuevas generaciones y el éxodo hacia otras comunidades (en los más pobres hacia el evangelismo pentecostal y algunas sectas nuevas) y experiencias (en las clases medias y altas hacia vivencias espirituales alternativas) ajenas al sentido de la Iglesia y su compromiso social.  Algunas causas son la crisis del dialogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo del mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural: Se agrava el diagnóstico de Puebla: la fe y la religión popular están en una “situación de urgencia” sometidas a una  “crisis decisiva” (DP 460). Hay que generar un mayor fervor discipular y apostólico que asuma nuestra sensibilidad religiosa y encuentre nuevos caminos para comunicar la fe.

2. En la dimensión social: Una inequidad escandalosa que lesiona la dignidad personal y la justicia social.  Participamos en general de la situación de América Latina. Entre los años 2002 y 2006  en Argentina crecieron al 8,7 % los índices de medición de la indigencia; hay un 26,9 % en el nivel de la pobreza y estamos en la región aparentemente más desigual de mundo, la que más creció y menos redujo la miseria. Persiste la injusta distribución de los bienes, lo cual configura una situación de pecado social que clama al cielo y que excluye de las posibilidades de una vida más plena a muchos hermanos. Poderes políticos y planes económicos de diversos signos no dan muestras de producir modificaciones significativas para “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial” (Bnedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático, 8/1/2207). En Argentina urge animar una conducta justa, coherente con la fe que promueva la dignidad humana, el bien común, la inclusión integral, la ciudadanía plena y los derechos de los pobres. 

3.                  En toda la cultura: La crisis de los vínculos familiares y sociales fundantes de los pueblos. Hay una reserva de valores religiosos, éticos y culturales de nuestro pueblo pero el individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas que forman comunidades y las comunidades formadas por personas. Se notan en los conflictos de la familia, los desgarramientos de la Nación y la desintegración del continente.

La acción pastoral debe mostrar que la relación con nuestro Padre exige el desarrollo de la unión entre los hermanos. En esta línea el núcleo del contenido evangelizador (NMA 50-51) busca fortalecer una mayor comunión con la Trinidad en el Espíritu de Cristo que sane, promueva y afiance los vínculos personales en las nuevas  expresiones de amor, amistad y comunión a  nivel familiar, social y eclesial. Aquí se sitúan tanto la necesidad de una intensa comunión eclesial ad intra que aliente la renovada pastoral orgánica diocesana y nacional, como la exigencia de un servicio ad extra para que la comunión de la Iglesia anime una mayor integración latinoamericana.

Aparecida, mayo 2007.

 

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

 

 

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DESGRABACIÓN DE LA HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO,

 DURANTE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN APARECIDA

 

 

A la hora de pasar de este mundo al Padre, es decir, en un ambiente de despedida, Jesús hace todas estas recomendaciones que nos gusta tanto saborear y repetir y que, de alguna manera, las traspolamos en este tiempo pos-pascual: entre la Pascua y Pentecostés.

 

Y empieza Jesús en el pasaje de hoy  haciendo una advertencia: tengo muchas cosas que decirles pero ahora no las van a entender.

 

Habían convivido con Jesús estos días post pascuales y, sin embargo , todavía no entendían. En el momento mismo de la Ascensión le preguntarán si ya va a instaurar el Reino aquí, y el Señor  les reprocha su incredulidad. Hay algo que impide entender. Pero el Señor les dice: cuando venga el Espíritu ahí sí. El será el encargado de enseñarles todas estas cosas que yo ahora, por más que se las diga, no las pueden entender.

 

Y llama la atención la expresión: cuando venga el Espíritu de la verdad, él os introducirá en toda la verdad. Es decir, el Espíritu es  aquel que nos introduce en la verdad, aquel que nos abre camino. Es propio del Espíritu abrir camino, y el primer camino que nos abre es hacia el misterio. El espíritu de Jesús nos introduce en el misterio y nos va llevando a esa sapiencialidad cognoscitiva que destruye toda pretensión gnóstica en la Iglesia.

El Espíritu que nos lleva al misterio para que su pueblo, su Iglesia, sea una iglesia adoradora, orante ante el misterio de Dios. Nos abre camino hacia el misterio de Dios. Y por otro lado el mismo Espíritu es el que de alguna manera va a provocar  la dispersión de ese pequeño  grupo. O a través de esa fuerte persecución en Jerusalén, o a través de inspiraciones: o sea Felipe andate al camino de Gaza porque por ahí va a pasar un ministro de Economía de la reina de  etiopia que hay que bautizar y  evangelizar, o a Pedro con Cornelio, o a  Pablo con el macedonio, o a Pablo inspirándole encontrar las semillas del verbo en este templo de Atenas, o a Pablo dándole el coraje de encararlo a Pedro cuando cae en la tentación del respeto humano. El mismo Espíritu es quien va suscitando todas estas cosas en esta Iglesia que se extiende, más aun el espíritu la empuja: Mándame a Silas y a Timoteo, no entres en Bitinia, así le va marcando, es decir la  proyecta hacia las periferias, no sólo las periferias geográficas, no sólo las periferias del mundo conocido de la cultura,  sino las periferias existenciales. El Espíritu es el que nos conduce, también nos lleva por el camino hacia toda periferia humana: la del no conocimiento de Dios de tanta gente, la de la injusticia, la del dolor, la de la soledad, la del sin sentido de la vida, tantas periferias existenciales que debemos evangelizar, pero es el Espíritu el que nos ha de llevar allí. Por lo tanto este mismo Espíritu  nos introduce por un lado en el misterio de Dios para que su Iglesia sea adoradora y orante y por otro lado nos dispersa hacia toda periferia existencial para que su Iglesia  sea  evangelizadora. Este Espíritu es el creador de la diversidad de la Iglesia y va sembrando carismas a uno una cosa, al otro la otra y a la comunidad la va haciendo lo más diversa posible y mientras siembra la diversidad, amasa la unidad en la armonía porque Él es la armonía. Esto es lo que nos promete Jesús, esto es lo que nos va a mandar, este Espíritu. Un Espíritu que nos libra de la suficiencia del propio conocimiento la que nos lleva a la gnosis. Un Espíritu que, al empujarnos a la evangelización, nos libra de constituirnos en una Iglesia autorreferencial, como la mujer encorvada del evangelio que no hace más que mirarse a sí misma, y el pueblo de Dios por allá. Y, en esa tensión entre estas dos trascendencias, el misterio de Dios y las periferias humanas, se mueve nuestra vida de discípulos y de bautizados. Así caminamos en la Iglesia, todos,  todos  somos discípulos desde el bautismo. El Señor, de este pueblo de Dios, saca algunos, los  separa pero no los excluye, para que sean pastores, separados pero no excluidos, incluidos en el pueblo y es el espíritu el que va  fomentando ese dialogo tan hermoso entre el pueblo y su pastor. Hoy estamos aquí, todos bautizados algunos de nosotros segregados pero no excluidos de este mismo pueblo para ser pastores, todos juntos junto a María la Madre del Señor pidiendo ser fortalecidos en el Espíritu. Porque no queremos ser una Iglesia autorreferencial sino misionera,  no queremos ser una Iglesia gnóstica sino adoradora y orante. Pueblo y pastores constituyendo este santo pueblo fiel de Dios que goza de la infalibilitas in credendo,  todos juntos con el Papa, Pueblo y Pastores dialogamos según el Espíritu nos lo inspire, y oramos juntos y construimos la Iglesia juntos, mejor dicho somos instrumentos del Espíritu que la construye.  Le pido al Señor Jesús,  que al vernos aquí reunidos junto a María, la Madre del Señor, nos envíe este Espíritu que nos abra camino hacia el misterio y hacia la dispersión evangelizadora y que fomente en nosotros ese hermoso dialogo entre el pueblo y su pastor. Quiero terminar con una imagen de este dialogo, una tierna imagen; ese gran Pastor que, de 22 años de episcopado, 18 los pasó fuera de su ciudad recorriendo por tres veces su territorio, Santo Toribio, dialogando con  su pueblo,  y porque nunca se apartó de su pueblo, porque si bien estaba segregado  pero nunca se sintió excluido sino incluido, pudo hacer lo que hizo en América. Y de ese dialogo de 18 años largos recorriendo, rescato la imagen: una escena que nos queda en la memoria de ese dialogo fogoso, hermoso: rescato el acorde final,  el pastor entregando su alma a Dios junto a un aborigen que le tocaba la chirimía para que el alma de su pastor se sintiera en paz. Ojala podamos vivir estas cosas. Que el Señor nos las conceda.

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

 

Aparecida, 16 de mayo de 2007

 

 

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo durante la Misa

con los miembros de la Renovación Carismática. 2 de junio 2007. 

     ¡Pobre Jesús! Quería enseñarle los discípulos, pero tenían un techo, ¡no entendían! Hasta el mismo día de la Ascensión le preguntan: “Señor, ¿ahora vas a hacer el Reino?” No entendían. Entendían un poquitito así… Como los de Emaús, ¿se acuerdan? Cuando iban caminando, se habían escapado del lío de la mañana de la Resurrección y Jesús les dice: ¡Son duros de cabeza ustedes! ¡No entienden! Les iba explicando las Escrituras, pero así y todo no entendían. Y el día que Jesús sube al cielo, dice el Evangelio que les reprocha su incredulidad. Ven, tocan y no entienden. Jesús les dice: “Por más que Yo les hable, ustedes ahora no pueden comprender. Tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender todavía.”


    Y les dice esta linda promesa. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, El los va a introducir en toda la Verdad. Ése es el primer trabajo entre los tantos trabajos que el Espíritu hace en nosotros: nos mete de dentro al Misterio de Dios. Nos introduce en el Misterio de Dios. Ninguno de nosotros ni siquiera puede decir el nombre de Jesús con fe si no nos mueve el Espíritu Santo. Él es el que nos mete en el Misterio de Dios, del Amor de Dios. Él es que nos hace sentir desde adentro que estamos salvados. Pase lo que nos pase, estamos salvados. Y eso es una gracia del Espíritu. En esperanza, estamos salvados.

 
     Escuchamos recién que la esperanza no defrauda. Pero claro, tenemos que seguir caminando en medio de mil problemas de todos los días: problemas de familia, problemas de trabajo, problemas de acá, problemas de allá… Tenemos que seguir caminando en medio –y esto es lo más peligroso- de las seducciones del demonio, que siempre nos propone ésta: “Hacela fácil”. En vez de ir por el camino, nos presenta el atajo, el sendero. Nos seduce, nos quiere arrancar la esperanza, esa que no defrauda. Si ustedes me permiten la palabra, ¿saben lo que hace el demonio? Nos soba el lomo. Nos dice: “No, por aquí. No hagas caso, vení, vos valés mucho, vení por acá, juntá un poco más de plata”... Y la plata, claro, te trae la vanidad, y la vanidad te trae el orgullo. Y entonces, por el camino ése, él es el rey ahí. Nos soba el lomo para que no estemos en la esperanza. 

 ¿Y qué es la esperanza que nos da el Espíritu, este Espíritu que nos mete en el Misterio de Dios? Miren, cuando uno está en el río en una canoa y quiere acercarse a la costa y ya está muy cerca de ella, saca el ancla, la tira, y el ancla se clava en el barro de la costa, pero bien anclada, y entonces uno va tirando de la soga y la canoa se va acercando. ¡La esperanza es como eso! Es el ancla que ya tenemos allá. ¡En la esperanza estamos salvados! El asunto es que no soltemos la soga… La soga que nos une allá, a ese misterio de Dios. ¡En esperanza estamos salvados! En esperanza nos vamos a encontrar con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En esperanza vamos a gozar de las cosas de Dios…


     Pero ya, ahora, tenemos que llevar a la Ciudad, tenemos que llevar a nuestras casas, nuestro barrio, al trabajo, a todos, la certeza de esta Salvación. Tenemos, con nuestra vida y con las palabras, tenemos que decir a los que están cerca de nosotros que están salvados: “¡No desesperes, estás salvado! ¡Creé en el Señor Jesús! ¡Cree que Él vino y te salvó! ¡Déjate guiar por el Espíritu en el misterio de Dios!”

 
     Esto es lo que hoy les pido a ustedes: Movidos por el Espíritu Santo metan a todos los que están cerca de ustedes en el Misterio de Dios. Háganlos entrar al Misterio de Dios. Ustedes no, el Espíritu Santo. Pero ustedes sean el conducto del Espíritu Santo para que esta sociedad, todos, hermanos nuestros, que recibieron el santo Bautismo, la mayoría que tiene el sello del Espíritu, la Unción del Espíritu, que ellos reconozcan que el camino es por el Misterio de Dios. Peleando, no ganamos nada. Hagámoslo al estilo del Espíritu Santo.

 
     ¿Y cómo nos introduce el Espíritu Santo en el Misterio de Dios? ¿A empujones? No, con dulzura, con mansedumbre. La unción del Espíritu Santo es caridad, dulzura, mansedumbre, amor. Eso les pido hoy: con dulzura, mansedumbre, amor, llevemos a nuestros hermanos para que el Espíritu Santo los introduzca en el Misterio de Dios.


     Esto es lo que necesita esta Ciudad ahora. Esto es lo que necesita esta Patria hoy, es lo que necesita el mundo hoy frente a tantas propuestas: “dale que va”, “hacé lo que quieras, total, todo vale…”, las propuestas que en el mundo, hoy día, están de moda.

 
      El Espíritu Santo, siempre con su mansedumbre, con su Unción, nos va introduciendo en el Espíritu de Dios. Y nosotros, sintiendo el misterio de la salvación dentro, nos agarramos a la soga de esa ancla que es la esperanza y en la que estamos salvados.

 
     Siembren esperanza la Ciudad. Eso les pido, siembren de esperanza la Ciudad. Que sean ustedes canales, instrumentos, para que el Espíritu Santo vaya introduciendo a cada hombre, a cada mujer, a cada chico, a cada chica, en el misterio de Dios. Nuestra Ciudad lo necesita. Nuestro barrio lo necesita. Nuestras familias lo necesitan. Nuestros círculos de trabajo lo necesitan. Todos necesitamos eso. Y bueno, ésta es la tarea para la casa, los deberes para este año”.


     ¿Se van a animar a hacerlos? Acuérdense de la soga: bien agarrados a la soga de la esperanza. Acuérdense de la mansedumbre y la bondad, de la unción el Espíritu Santo,… No insulten a nadie. En el mundo de hoy está de moda el insulto. No insulten a nadie. Devuelvan bien por mal. No olviden, mansedumbre y, segundo, la soga, y hacer lugar para que el Espíritu Santo, a cada uno de nosotros –y a todos los que están cerca- nos vaya introduciendo en el Misterio de Dios. Y, por supuesto, una vez que nos introduce, nos empuja hacia afuera. Nos empuja a proclamar su Palabra. Que el Espíritu Santo hoy descienda sobre nosotros como un nuevo Pentecostés y nos dé la Fe de aferrarnos a la soga, el Amor de la mansedumbre y la bondad y la Esperanza de ir abriendo caminos para que El pueda actuar e introducir a todo el santo Pueblo fiel de Dios en el misterio de Dios. Que así sea.+

 Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi 

1.  La liturgia hoy nos habla de bendición. Jesús, tomando los cinco panes y los dos peces, (que le había ofrecido aquel niño quizá vendedor ambulante) alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Esta bendición, esta palabra buena tuvo un efecto multiplicador: el pan bendito alcanzó para todos. Tiempo después, en la primera Eucaristía, la misma bendición del Señor sobre el pan y el vino tendría un efecto transformador. Desde aquella noche, el pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Pan de vida y Cáliz de bendición que compartimos (Cfr. 1 Cor 10, 16). 

2.  El Antiguo Testamento nos cuenta que la bendición de Dios viene de lejos: Melquisedec bendijo a Abraham, compartiendo el pan y el vino. La escena de Melquisedec bendiciendo a Abraham es muy linda; nos recuerda que en Abraham serían “bendecidas todas las naciones. Todos los que viven de la fe son bendecidos con Abraham el creyente” (Gal 3, 8-9), como nos dice Pablo. Esta bendición la compartimos con todos los creyentes, con todas las personas de fe y con toda la gente de buena voluntad, que cree en Dios (a quien no vemos) y cree en el prójimo (a quien sí vemos) y lo demuestra con actitudes de oración, de apertura al misterio de lo trascendente y con obras de respeto, de justicia, de paz, de solidaridad y de diálogo.  La bendición en Abraham nos une a la inmensa mayoría de la humanidad y nos divide de los pocos que, en vez de bendecir, maldicen con palabras y con gestos de violencia, de exclusión, de injusticia y de mentira. 

3.  Bendecir se compone de dos palabras: “bien” y “decir”: Decir bien a otro. La bendición es tanto Palabra como Don. Es decir bien dando de verdad; las dos cosas juntas. La bendición no es “palabras lindas”. Es una palabra que se dice con amor, a veces imponiendo las manos sobre la cabeza, signando la frente con la cruz, dando un bien. La bendición transforma las cosas y nos abre los ojos al sentido profundo que tienen: cuando uno bendice el pan se da cuenta de que no es sólo un producto de consumo, es el fruto del trabajo que se comparte con cariño de familia, tanto en la mesa de la cocina o en el comedor, como en la mesa del altar cuando se convierte en el Cuerpo de Cristo.

La bendición es palabra llena de buenos deseos para el otro y también para adelante y para atrás: palabra llena de buenos deseos para el futuro y de agradecimiento por lo recibido y compartido. Por eso bendice el que da, para que el don le llegue al otro multiplicado y transfigurado por ese buen deseo que llena de amor lo que se dona. Por eso bendice el que recibe, expresando su agradecimiento por el don recibido y compartido. Palabra y don van juntas. Se pueden decir macanas y dar cosas truchas pero, cuando nos animamos a poner una  bendición de por medio, el Espíritu se adueña de las situaciones y les da su sello de autenticidad. Por ello es tan lindo el gesto de bendecir. Nuestro pueblo fiel ama las bendiciones. Las bendiciones grandes y duraderas como la del Bautismo y la de los anillos matrimoniales… y las bendiciones “pequeñas” si se las puede llamar así,  para el agua, el rosario, las imágenes y las estampitas. 

4.  Bendecir es algo que nos anda haciendo falta en nuestra vida como comunidad. Decirnos bien las cosas buenas que nos damos. El no decirnos bien las cosas en público es quizás uno de nuestros defectos. Porque en ámbitos más personales o más de amistad y de familia, solemos tener buen diálogo. En cambio nos cuesta el diálogo público: el decirnos bien las cosas institucionalmente, delante de todos, para bien de todos. 

También nos hace falta decirnos bien las cosas que nos dieron nuestros mayores: bendecir nuestro pasado, no maldecirlo. Lo que fue pecado e injusticia también necesita ser bendecido con el perdón, el arrepentimiento y la reparación. Y lo que fue bueno, necesita ser bendecido con el reconocimiento y la acción de gracias que sabe valorar la vida que se nos dio, la tierra que recibimos. Bendecir el pasado es hablar bien de Dios, de nuestros padres y de nuestros abuelos. Agradecer lo que nos dieron aun con sus imperfecciones y pecados es ser bien nacidos. Pero es mucho lo recibido. El que maldice para atrás es porque seguramente está planeando sacar una ventaja en el presente o en el futuro, una ventaja que no será bendición para otros.

Nos hace falta también bendecir el presente, hablar bien unos de otros. No para adularnos, sino buscando lo que construye, lo que une, lo bueno que compartimos y que supera las distintas perspectivas y es bien común.

Nos hace falta bendecir el futuro, bendecirlo con gestos de trabajo cuyo fruto no será para nosotros, sino para nuestros hijos. Eso fue lo que hizo nuestro padre Abraham que supo saludar las promesas desde lejos y se alegró pensando en el día de Jesús, el Bendito que centraría en sí todas las bendiciones antiguas y se convertiría en la fuente de todas las bendiciones nuevas. 

5.  Miremos a la Virgen María. Es Madre y dice bien las cosas tanto a su Hijo como a nosotros, sus otros hijos, su pueblo fiel. A Jesús le dice bien nuestras necesidades, que no tenemos vino, como en Caná;  a nosotros nos dice bien que hagamos todo lo que Jesús nos diga. Y así, por sus labios bendecidores, crece nuestra unión con Jesús y el Señor hace milagros con las cosas, transforma el agua en vino y multiplica el pan. Le rogamos hoy a nuestra Señora que esté presente en esta Eucaristía del Corpus, ayudando en ese diálogo bendito entre Jesús y su pueblo para que entremos en comunión y en él tengamos Vida. Y que esta comunión con Él y esta Vida que Él nos da nos impulse a abrir el corazón para heredar la bendición de Dios, nuestro Padre, y para poder –a su vez- bendecirnos mutuamente como hermanos. 

Buenos Aires, 9 de junio de 2007.

                                                

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Buenos Aires, 29 de julio de 2007. 

A los Sacerdotes, Consagrados y Consagradas de la Arquidiócesis 

Queridos hermanos y hermanas:

                                                   La meditación de las lecturas de este domingo[1] me movieron a escribirles esta carta. No sé bien el por qué pero sentí un fuerte impulso a hacerlo. Al comienzo fue una pregunta: ¿rezo? que se extendió luego: los sacerdotes, los consagrados y las consagradas de la Arquidiócesis ¿rezamos?, ¿rezamos lo suficiente, lo necesario? Tuve que darme la respuesta sobre mi mismo. Al ofrecerles ahora la pregunta mi deseo es que cada uno de Ustedes también pueda responderse desde el fondo del corazón. 

                                                    La cantidad y calidad de los problemas con que nos enfrentamos cada día nos llevan a la acción: aportar soluciones, idear caminos, construir... Esto nos colma gran parte del día. Somos trabajadores, operarios del Reino y llegamos a la noche cansados por la actividad desplegada. Creo que, con objetividad, podemos afirmar que no somos vagos. En la Arquidiócesis se trabaja mucho. La sucesión de reclamos, la urgencia de los servicios que debemos prestar, nos desgastan y así vamos desovillando nuestra vida en el servicio al Señor en la Iglesia. Por otra parte también sentimos el peso, cuando no la angustia, de una civilización pagana que pregona sus principios y sus sedicentes “valores” con tal desfachatez y seguridad de sí misma que nos hace tambalear en nuestras convicciones, en la constancia apostólica y hasta en nuestra real y concreta fe en el Señor viviente y actuante en medio de la historia de los hombres, en medio de la Iglesia. Al final de día algunas veces solemos llegar maltrechos y, sin darnos cuenta, se nos filtra en el corazón un cierto pesimismo difuso que nos abroquela en “cuarteles de retirada” y nos unge con una psicología de derrotados que nos reduce a un repliegue defensivo. Allí se nos arruga el alma y asoma la pusilanimidad. 

                                                    Y así, entre el intenso y desgastante trabajo apostólico por un lado y la cultura agresivamente pagana por otro, nuestro corazón se encoge en esa impotencia práctica que nos conduce a una actitud minimalista de sobrevivir en el intento de conservar la fe. Sin embargo no somos tontos y nos damos cuenta de que algo falta en este planteo, que el horizonte se acercó demasiado hasta convertirse en cerco, que algo hace que nuestra agresividad apostólica en la proclamación del Reino quede acotada. ¿No será que pretendemos hacer nosotros solos todas las cosas y nos sentimos desenfocadamente responsables de las soluciones a aportar? Sabemos que solos no podemos. Aquí cabe la pregunta: ¿le damos espacio al Señor? ¿le dejo tiempo en mi jornada para que Él actúe?, ¿o estoy tan ocupado en hacer yo las cosas que no me acuerdo de dejarlo entrar? 

                                                       Me imagino que el pobre Abraham se asustó mucho cuando Dios le dijo que iba a destruir a Sodoma.  Pensó en sus parientes de allí por cierto, pero fue más allá: ¿no cabría la posibilidad de salvar a esa pobre gente? Y comienza el regateo. Pese al santo temor religioso que le producía estar en presencia de Dios, a Abraham se le impuso la responsabilidad. Se sintió responsable. No se queda tranquilo con un pedido, siente que debe interceder para salvar la situación, percibe que ha de luchar con Dios, entrar en una pulseada palmo a palmo. Ya no le interesan sólo sus parientes sino todo ese pueblo... y se juega en la intercesión. Se involucra en ese mano a mano con Dios. Podría haberse quedado tranquilo con su conciencia después del primer intento gozando de la promesa del hijo que se le acababa de hacer (Gen. 18:9) pero sigue y sigue. Quizás inconscientemente ya sienta a ese pueblo pecador como hijo suyo, no sé, pero decide jugarse por él. Su intercesión es corajuda aun a riesgo de irritar al Señor. Es el coraje de la verdadera intercesión. 

                                                    Varias veces hablé de la parresía, del coraje y fervor en nuestra acción apostólica. La misma actitud ha de darse en la oración: orar con parresía. No quedarnos tranquilos con haber pedido una vez; la intercesión cristiana carga con toda nuestra insistencia hasta el límite. Así oraba David cuando pedía por el hijo moribundo (2 Sam. 12:15-18), así oró Moisés por el pueblo rebelde (Ex. 32:11-14; Num. 4:10-19; Deut. 9:18-20) dejando de lado su comodidad y provecho personal y la posibilidad de convertirse en líder de una gran nación (Ex.32:10): no cambió de “partido”, no negoció a su pueblo sino que la peleó hasta el final. Nuestra conciencia de ser elegidos por el Señor para la consagración o el ministerio nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier comodidad o interés personal en la lucha en favor de ese pueblo del que nos sacaron y al que somos enviados a servir. Como Abraham hemos de regatearle a Dios su salvación con verdadero coraje... y esto cansa como se cansaban los brazos de Moisés  cuando oraba en medio de la batalla (cfr. Ex.17:11-13). La intercesión no es para flojos. No rezamos para “cumplir” y quedar bien con nuestra conciencia o para gozar de una armonía interior meramente estética. Cuando oramos estamos luchando por nuestro pueblo. ¿Así oro yo? ¿O me canso, me aburro y procuro no meterme en ese lío y que mis cosas anden tranquilas? ¿Soy como Abraham en el coraje de la intercesión o termino en aquella mezquindad de Jonás lamentándome de una gotera en el techo y no de esos hombres y mujeres “que no saben distinguir el bien del mal” (Jon.4:11), víctimas de una cultura pagana? 

                                                    En el Evangelio Jesús es claro: “pidan y se les dará”, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” y, para que entendamos bien, nos pone el ejemplo de ese hombre pegado al timbre del vecino a medianoche para que le dé tres panes, sin importarle pasar por maleducado: sólo le interesaba conseguir la comida para su huésped. Y si de inoportunidad se trata miremos a aquella cananea (Mt.15:21-28) que se arriesga a que la saquen corriendo los discípulos (v.23) y a que le digan “perra” (v.27) con tal de lograr lo que quiere: la curación de su hija. Esa mujer sí que sabía pelear corajudamente en la oración. 

                                                    A esta constancia e insistencia en la oración el Señor promete la certeza del éxito: “Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”; y nos explica el por qué del éxito: Dios es Padre. “¿Hay entre Ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si Ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos ¿cuánto más el Padre del Cielo dará al Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan!” La promesa del Señor a la confianza y constancia en nuestra oración va mucho más allá de lo que imaginamos: además de lo que pedimos nos dará al Espíritu Santo. Cuando Jesús nos exhorta a orar con insistencia nos lanza al seno mismo de la Trinidad y, a través de su  santa humanidad, nos conduce al Padre y promete el Espíritu Santo.  

                                                    Vuelvo a la imagen de Abraham y a la ciudad que quería salvar. Todos somos conscientes de la dimensión pagana de la cultura que vivimos, una cosmovisión que debilita nuestras certezas y nuestra fe. Diariamente somos testigos del intento de los poderes de este mundo para desterrar al Dios Vivo y suplirlo con los ídolos de moda. Vemos cómo la abundancia de vida que nos ofrece el Padre en la creación y Jesucristo en la redención (cfr.2ª. lectura) es suplida por la justamente llamada “cultura de la muerte”. Constatamos también como se deforma y manipula la imagen de la Iglesia por la desinformación, la difamación y la calumnia y cómo a los pecados y falencias de sus hijos se los ventila con preferencia en los medios de comunicación como prueba de que Ella nada bueno tiene que ofrecer. Para los medios de comunicación la santidad no es noticia, sí –en cambio- el escándalo y el pecado. ¿Quién puede pelear de igual a igual con esto? ¿Alguno de nosotros puede ilusionarse que con medios meramente humanos, con la armadura de Saúl, podrá hacer algo? (cfr.1 Sam.17:38-39).  

                                                    Cuidado: nuestra lucha no es contra poderes humanos sino contra el poder de las tinieblas (cfr. Ef.6:12). Como pasó con Jesús (cfr. Mt.4:1-11) Satanás buscará seducirnos, desorientarnos, ofrecer “alternativas viables” No podemos darnos el lujo de ser confiados o suficientes. Es verdad, debemos dialogar con todas las personas, pero con la tentación no se dialoga. Allí sólo nos queda refugiarnos en la fuerza de la Palabra de Dios como el Señor en el desierto y recurrir a la mendicidad de la oración: la oración del niño, del pobre y del sencillo; de quien sabiéndose hijo pide auxilio al Padre; la oración del humilde, del pobre sin recursos. Los humildes no tienen nada que perder; más aún, a ellos se le revela el camino (Mt. 11:25-26). Nos hará bien decirnos que no es tiempo de censo, de triunfo y de cosecha, que en nuestra cultura el enemigo sembró cizaña junto al trigo del Señor y que ambos crecen juntos. Es hora no de acostumbrarnos a esto sino de agacharse y recoger las cinco piedras para la honda de David (cfr.1Sam.17:40). Es hora de oración. 

                                                    A alguno se le podrá ocurrir que este obispo se volvió apocalíptico o le agarró un ataque de maniqueísmo. Lo del Apocalipsis lo aceptaría porque es el libro de la vida cotidiana de la Iglesia y en cada actitud nuestra se va plasmando la escatología. Lo de maniqueo no lo veo porque estoy convencido de que no es tarea nuestra andar separando el trigo de la cizaña (eso lo harán los ángeles el día de la cosecha) sí discernirlos para que no nos confundamos y poder así defender el trigo. Pienso en María ¿cómo viviría las contradicciones cotidianas y como oraría sobre ellas? ¿Qué pasaba por su corazón cuando regresaba de Ain Karim y ya eran evidentes los signos de su maternidad? ¿Qué le iba a decir a José? O ¿cómo hablaría con Dios en el viaje de Nazareth a Belén o en la huída a Egipto, o cuando Simeón y Ana espontáneamente armaron esa liturgia de alabanza, o aquel día en que su hijo se quedó en el Templo, o al pie de la Cruz? Ante estas contradicciones y tantas otras ella oraba y su corazón se fatigaba en la presencia del Padre pidiendo poder leer y entender los signos de los tiempos y poder cuidar el trigo. Hablando de esta actitud Juan Pablo II dice que a María le sobrevenía cierta “peculiar fatiga del corazón” (Redempt. Mater n.17). Esta fatiga de la oración nada tiene que ver con el cansancio y aburrimiento al que me referí más arriba.  

                                                    Así también podemos decir que la oración, si bien nos da paz y confianza, también nos fatiga el corazón. Se trata de la fatiga de quien no se engaña a sí mismo, de quien maduramente se hace cargo de su responsabilidad pastoral, de quien se sabe minoría en “esta generación perversa y adúltera”, de quien acepta luchar día a día con Dios para que salve a su pueblo. Cabe aquí la pregunta: ¿tengo yo el corazón fatigado en el coraje de la intercesión y –a la vez- siento en medio de tanta lucha la serena paz de alma de quien se mueve en la familiaridad con Dios? Fatiga y paz van juntas en el corazón que ora. ¿Pude experimentar lo que significa tomar en serio y hacerme cargo de tantas situaciones del quehacer pastoral y –mientras hago todo lo humanamente posible para ayudar- intercedo por ellas en la oración? ¿He podido saborear la sencilla experiencia de poder arrojar las preocupaciones en el Señor (cfr. Salmo 54:23) en la oración? Qué bueno sería si lográramos entender y seguir el consejo de San Pablo: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Filip. 4:6-7).

                                                    Estas son más o menos las cosas que sentí al meditar las tres lecturas de este domingo y también siento que debo compartirlas con Ustedes, con quienes trabajo en el cuidado del pueblo fiel de Dios. Pido al Señor que nos haga más orantes como lo era Él cuando vivía entre nosotros; que nos haga insistentemente pedigüeños ante el Padre. Pido al Espíritu Santo que nos introduzca en el Misterio del Dios Vivo y que ore en nuestros corazones. Tenemos ya el triunfo, como nos lo proclama la segunda lectura. Bien parados allí, afirmados en esta victoria, les pido que sigamos adelante (cfr.Hebr. 10:39) en nuestro trabajo apostólico adentrándonos más y más en esa familiaridad con Dios que vivimos en la oración. Les pido que hagamos crecer la parresía tanto en la acción como en la oración. Hombres y mujeres adultos en Cristo y niños en nuestro abandono. Hombres y mujeres trabajadores hasta el límite y, a la vez, con el corazón fatigado en la oración. Así nos quiere Jesús que nos llamó. Que Él nos conceda la gracia de comprender que nuestro trabajo apostólico, nuestras dificultades, nuestras luchas no son cosas meramente humanas que comienzan y terminan en nosotros. No se trata de una pelea nuestra sino que es “guerra de Dios” (2 Cron. 20:15); y esto nos mueva a dar diariamente más tiempo a la oración. 

                                                     Y, por favor, no dejen de rezar por mí pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosa y fraternalmente, 

Jorge Mario Bergoglio s.j.


[1] Génesis 18: 20-32; Colos. 2:12-14; Luc.11:1-13

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 Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano 

Ez. 37: 1-14; Jn. 21: 4-14 

1. A San Cayetano, como familia le pedimos paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo… En el centro del lema de este año se encuentra la palabra “dignidad”. La pronunciamos con veneración y respeto porque es una palabra hermosa y de valor absoluto. Los huesos secos que Dios hace revivir con su Espíritu son una hermosa imagen de la dignidad; y cuando nosotros mismos reconocemos nuestra dignidad es como que renacemos. Basta reconocerle a alguien su dignidad para que reviva, si está caído. Eso es lo que hacía y hace Jesús con cada persona, especialmente con los pecadores y también con los excluidos de la sociedad: los miraba de tal manera que se sentían reconocidos en su dignidad y se convertían, se sanaban, quedaban incluidos y se transformaban en sus discípulos. Como ellos:

“Los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida” (Aparecida 41). 

2. Si un hombre o un pueblo cuida y cultiva su dignidad, todo lo que le acontece, todo lo que hace y produce, incluso todo lo que padece y sufre, tiene sentido. En cambio cuando una persona o un pueblo vende su dignidad, o la negocia, o permite que sea menoscabada, todo lo demás pierde consistencia, deja de tener valor. La dignidad se dice de las cosas absolutas porque dignidad significa que alguien o algo es valioso por sí mismo, más allá de sus funciones o de su utilidad para otras cosas. De allí que hablemos de la dignidad de la persona, de cada persona, más allá de que su vida física sea apenas un frágil comienzo o esté a punto de apagarse como una velita. Por eso hablamos de la dignidad de la persona en todas las etapas y dimensiones de su vida. La persona, cuánto más frágiles y vulnerables sean sus condiciones de vida, es más digna de ser reconocida como valiosa. Y ha de ser ayudada, querida, defendida y promovida en su dignidad. Y esto no se negocia. 

La dignidad de tener un valor absoluto como personas nos la dio Dios junto con la vida misma. Por eso no le pedimos que nos dé dignidad –ya hemos sido hechos dignos por la Sangre de Cristo- sino que “Bendecimos a Dios porque nos creó a su imagen y semejanza” y nos hizo hijos en su Hijo. Y le pedimos, eso sí, la gracia de que este Don se convierta en Tarea: la tarea de todos de “proteger, cultivar y promover la dignidad que nuestro Padre nos regaló” (cfr. Aparecida 104). 

3. La dignidad de la persona es lo mismo que su vida plena: por eso la sentimos tan unida a la familia, a la paz y al trabajo.

La familia es condición necesaria para que una persona tome conciencia y valore su dignidad: en nuestra familia se nos trajo a la vida, se nos aceptó como valiosos por nosotros mismos, en la familia se nos quiere como somos, se valora nuestra felicidad y vocación personal más allá de todo interés. Sin la familia, que reconoce la dignidad de la persona por sí misma, la sociedad no logra “percibir” este valor en las situaciones límites. Sólo una mamá y un papá pueden decir con alegría, con orgullo y responsabilidad: vamos a ser padres, hemos concebido a nuestro hijo. La ciencia mira esto como desde afuera y hace disquisiciones acerca de la persona que no parten del centro: de su dignidad. La mirada cristiana, en cambio, mira el corazón de las cosas.  

4. La paz también hace a la dignidad, porque supone que la unidad es superior al conflicto. Mantenerse en paz y mantener la paz en medio de las situaciones tensas y problemáticas de la vida significa apostar a las personas por sobre las situaciones y las cosas. Sólo quien reconoce la infinita dignidad del otro es capaz de dar la vida en vez de quitarla. Ése es el evangelio de Jesús, la buena noticia de la dignidad humana. Tan valiosos somos a los ojos de Dios que fue capaz de enviarnos a su Hijo y que diera su vida a cambio de la nuestra. Por eso bendecimos a Dios:

“Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relación permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable. Si el pecado ha deteriorado la imagen de Dios en el hombre y ha herido su condición, la buena nueva, que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia (cf. Rm 5, 12-21)” (Aparecida 104). 

5. El trabajo, como afirma Juan Pablo II, “garantiza la dignidad y la libertad del hombre”, y por eso es “la clave esencial de toda la cuestión social” (Laborem Excercens 3). El trabajo es lo que nos permite realizarnos como personas y ganarnos la vida, mantenernos dignamente y mantener a nuestra familia. Cuando una sociedad basa el reparto de los bienes no en el trabajo sino en la dádiva o en los privilegios pierde el sentido de su dignidad y rápidamente se vuelve injusta la distribución de los bienes, y las personas son transformadas en esclavos o en clientes. 

6. El evangelio que acabamos de escuchar es una escena de trabajo. De trabajo conjunto entre Jesús y los apóstoles. Esta aparición del Señor resucitado acontece en ambiente de trabajo. Así, sin decirlo, el Señor dignifica el mundo del trabajo, haciéndose presente y colaborando con sus amigos, compartiendo la pesca y el pan con ellos.

La escena es reconfortante. Nos habla de un grupo de amigos que, habiendo experimentado la más alta dignidad a que puede aspirar el ser humano -ser discípulos de Cristo, el Camino verdadero que nos lleva a la vida-, vuelven a meterse en el mundo cotidiano del trabajo, en el lago de Tiberíades donde el Señor los llamó y en medio del cual navegó con ellos en sus barcas.

El evangelio nos habla también de la fatiga del trabajo, del sudor y los disgustos cuando los esfuerzos parecen estériles, nos habla del compañerismo que se gesta en esos momentos de dureza compartida.

La intuición de hacerle caso a esa voz amiga que les dice dónde echar las redes y  esa mirada que sabe reconocer al Señor como el Valioso y Digno de amor y seguimiento incondicional, en medio de la pesca milagrosa, nos hablan también de qué es lo que estos pescadores habían aprendido a valorar junto al Maestro. La persona de Jesús por encima de todas las cosas es lo que los une y motiva. Y tanto en el trabajo como en la comida fraterna que goza de sus frutos, los ojos de los discípulos están fijos en Jesús el “Cristo, Señor de la vida, en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra vocación humana” (Aparecida 43). 

En la imagen de San Cayetano, en la mirada que se cruzan el Niño y el Santo, vemos expresados los valores acerca de los cuales hoy hemos reflexionado: el cariño de familia, la espiga en las manos del Niño, fruto del trabajo, la paz del amor que ambos se demuestran. Como pueblo fiel de Dios nos sentimos representados en esta imagen bendita. También nosotros, como nuestro Santo Patrono, queremos tener a Jesús en nuestros brazos, queremos reconocerlo y que nos reconozca, queremos que él tenga en sus manos la espiga, el fruto de nuestros trabajos. Y en esto de tener a Jesús en brazos, le pedimos a nuestra Madre que nos enseñe y ayude a tenerlo bien y a no soltarnos de su mano. A Ella, que “ha contribuido a hacernos más conscientes de nuestra común condición de hijos de Dios y de nuestra común dignidad ante sus ojos, no obstante nuestras diferencias” (Aparecida 37), le pedimos que con San Cayetano, como familia, nos conceda de su Hijo paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo

Buenos Aires, 7 de agosto de 2007. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas

 

El llama a cada una por su nombre,

y las hace salir...”

(Jn 10, 3)

Queridos Catequistas: 

Como todos los años la Fiesta de San Pío X es ocasión para que juntos demos gracias a Dios por este hermoso ministerio eclesial en el que la Palabra se vuelve comprensible y significativa para la vida de tantos niños, jóvenes y adultos. Lo hago en el marco siempre actual del camino que estamos recorriendo como Iglesia diocesana en estado de asamblea, a fin de encontrar las actitudes propias que hagan posible una evangelización orientada hacia las periferias para que todos y no simplemente algunos tengan vida en plenitud. 

Les escribo consciente de las enormes dificultades que presenta la tarea de ustedes. La transmisión de la fe nunca ha sido labor sencilla pero en estos tiempos de cambios epocales el desafío todavía es mayor: “... Nuestras tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de las expresiones culturales, alcanzando aun hasta la misma familia que, como lugar del diálogo y de la solidaridad intergeneracional, había sido uno de los vehículos más importantes de la transmisión de la fe “ (Aparecida ,  39). De ahí que necesitamos “...recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido” (Aparecida, 41). Sólo poniendo la mirada en el Señor podremos cumplir su misión y adoptar sus actitudes. 

Uno de los aportes más lúcidos de la reciente Asamblea de Aparecida  ha sido tomar conciencia de que quizás  el peligro mayor de la Iglesia no haya que buscarlo afuera sino dentro mismo de sus hijos;  en la eterna y sutil tentación del abroquelamiento y encierro para estar protegidos y seguros: 

 La Iglesia“... no puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.

No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”[1]. A todos nos toca “recomenzar desde Cristo”[2], reconociendo que  “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[3]. (Aparecida, 11-12) 

Este centrarnos en Cristo paradójicamente nos tiene que descentralizar. Porque donde hay verdadera vida en Cristo hay salida en nombre de Cristo. ¡Esto es auténticamente recomenzar en Cristo! Es reconocernos llamados por Él a estar con Él, a ser sus discípulos pero para experimentar la gracia del envío, para salir a anunciar,  para ir al encuentro del otro (Cf. Mc 3, 14). Recomenzar  desde Cristo es mirar al Maestro Bueno que nos invita a salirnos de nuestro camino habitual para hacer de lo que acontece junto al camino, al borde, en la periferia, experiencia de projimidad y verdadero encuentro con el amor que nos hace libres y plenos. 

Recuerdo lo que compartía con ustedes en el uno de los primeros EAC, hace muchos años atrás: “...Una cosa que hay que tener en cuenta para orientar la catequesis es que lo recibido debe ser anunciado (cf.1 Cor, 15:3). El corazón del catequista se somete a este doble movimiento: centrípeto y centrífugo (recibir y dar). Centrípeto en cuanto "recibe" el kerigma como don, lo acoge en el centro de su corazón. Centrífugo, en cuanto lo anuncia con una necesidad existencial (ay de mí si no evangelizo"). El regalo del kerigma es misionante: en esta tensión se mueve el corazón del catequista. Se trata de un corazón eclesial que "escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con coraje"  (VAT II, Dei Verbum),3.

Permítanme que insista sobre esto con ustedes quienes, por ser catequistas, por acompañar el proceso de crecimiento de  la fe,  por estar comprometidos en la enseñanza, puede el “tentador” hacerles creer que su ámbito de acción se reduce a lo intraeclesial, y los lleve a estar demasiado en torno al templo y al atrio. Eso suele acontecer... Cuando nuestras palabras, nuestro horizonte, tienen la perspectiva del encierro y del pequeño mundo, no ha de asombrarnos que nuestra catequesis pierda la fuerza del Kerigma y se trasforme en enseñanza  insípida de doctrina, en transmisión frustrante de normas morales, en experiencia agotadora de estar sembrando inutilmente. 

Por eso, “recomenzar desde Cristo” es concretamente imitar al Maestro Bueno, al único  que tiene Palabra de Vida Eterna y salir una y mil veces a los caminos, en busca de la persona en sus más diversas situaciones. 

“Recomenzar desde Cristo” es mirar al Maestro Bueno; al que supo diferenciarse de los rabinos de su tiempo porque su enseñanza y su ministerio no quedaban localizados en la explanada del templo sino que   fue capaz de “hacerse camino”, porque salió al encuentro de la vida de su pueblo para hacerlos partícipes  de las primicias del Reino. (Lc 9, 57, 62).

“Recomenzar desde Cristo” es cuidar la oración en medio de una cultura agresivamente pagana, para que el alma no se arrugue, el corazón no pierda su  calor y la acción no se deje invadir por la pusilanimidad. 

“Recomenzar desde Cristo”  es sentirse interpelados por su palabra, por su envío y no ceder a la tentación minimalista de contentarse con sólo conservar la fe, y darse por satisfecho de que alguno siga viniendo a la catequesis.  

“Recomenzar desde Cristo” entraña emprender continuamente la peregrinación hacia la periferia. Como Abraham,  modelo del peregrino incansable,  lleno de libertad, sin miedo, porque confiaba en Señor. Él era su fuerza y su seguridad, por eso supo no detenerse en su caminar, porque lo hacía en la presencia del Señor (Cf. Gn 17, 1).  

Además en la vida de todo cristiano de todo discípulo, de todo catequista, no falta la experiencia del desierto, de la purificación interior, de la noche oscura, de la obediencia de la fe,  como la que vivió nuestro padre Abraham.  Pero ahí también está la raíz del discipulado. Los cansancios del camino no pueden acobardar y detener  nuestros pasos porque equivaldría a paralizar la vida. Recomenzar desde Cristo es dejarse desinstalar para no aferrarse a lo ya adquirido, a lo seguro, a lo de siempre. Y porque sólo en Dios descansa  mi alma, por eso salgo al encuentro de las almas.  

“Recomenzar desde Cristo” supone no tenerle miedo a la periferia. Aprendamos de  Jonás a quien hemos mirado en más de una oportunidad en este año. Su figura es paradigmática en este tiempo de tantos cambios e incertidumbre. Es un hombre piadoso, que tiene una vida tranquila y ordenada. Pero justamente, como a veces este tipo de espiritualidad puede traernos tanto orden, tanta claridad en el modo de vivir la religión, lo lleva a encuadrar rígidamente los lugares de su misión, a dejarse tentar por la seguridad de lo que “siempre se había hecho”. Y para el asustadizo Jonás el envío a Nínive trajo crisis, desconcierto, miedo. Resultaba una invitación a asomarse a lo desconocido, a lo que no tiene respuesta, a la periferia de su mundo eclesial. Y por eso el discípulo quiso escapar de la misión, prefirió huir... 

Las huidas no son buenas. Muchas esconden traiciones, renuncias. Y suelen tener semblantes tristes y conversaciones amargas (Cf. Lc 24, 17-18). En la vida de todo cristiano, de todo discípulo, de todo catequista tendrá que estar el animarse a la periferia, el salir de sus esquemas;  de lo contrario  no podrá hoy ser testigo del Maestro; es más, seguramente se convertirá en piedra y escándalo  para los demás (Cf. Mt 16,23). 

“Recomenzar desde Cristo” es tener en todo momento la experiencia de que Él es nuestro único pastor, nuestro único centro. Por eso centrarnos en Cristo significa “salir con Cristo”. Y así, nuestra salida a la periferia no será alejarnos del centro, sino permanecer en la vid y dar de esta manera verdadero fruto en su amor (Jn 15, 4). La paradoja cristiana exige  que el itinerario del corazón del discípulo necesite salir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel.

Por ello, desde aquella bendita madrugada del domingo de la historia, resuenan en el tiempo y el espacio las palabras del ángel que acompaña el anuncio de la resurrección: “Vayan, digan a sus discípulos y a Pedro, que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán” (Mc 16, 7). El Maestro siempre nos precede, Él va adelante (Lc 19,28) y, por eso, nos pone en camino, nos enseña a no quedarnos quietos, Si hay algo más opuesto al acontecimiento pascual es el decir: «estamos aquí, que vengan». El verdadero discípulo sabe y cuida un mandato que le da identidad, sentido y belleza a su creer: “Vayan...” (Mt, 28,19). Entonces sí el anuncio será kerygma;   la religión, vida plena; el discípulo, auténtico cristiano.  

Sin embargo la tentación del encierro, del miedo paralizante  acompañó también los primeros pasos de los seguidores de Jesús: “... estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos  por temor...” (Jn 20, 19-20). Hoy como ayer podemos tener miedo. Hoy también muchas veces estamos con las puertas cerradas. Reconozcamos que estamos en deuda. 

Hoy, al darte gracias por toda tu entrega, querido catequista,  me animo una vez más a pedirte:  salí, dejá la cueva, abrí puertas, animate a transitar caminos nuevos. La fidelidad no es repetición. Buenos Aires necesita que no dejes de pedir al Señor  la creatividad y audacia para atravesar murallas y esquemas que posibiliten, como en aquella gesta de Pablo y Bernabé, la alegría de muchos hermanos (Cf. Hc 15.3). 

Te invito a que una vez más volvamos nuestra mirada y oración a la Virgen de Luján. Pidámosle que  transforme nuestro corazón vacilante y temeroso  para que como San Pablo  hagamos realidad una Iglesia fiel, que conoce de heridas, peligros  y sufrimientos por haber descubierto que, cuando el amor nos apremia, todo es poco para  que suene en la periferia  la Buena Noticia de Jesús (Cf. 2 Co 11,26).

Te pido, por favor, que reces por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Afectuosamente,

 

Buenos Aires, 21 de agosto de 2007.

  Jorge Mario Bergoglio, s.j.


[1] RATZINGER, J., Situación actual de la fe y la teología, Conferencia pronunciada en el encuentro de Presidentes de Comisiones Episcopales de América Latina para la Doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara, México (1996), Publicado en L’Osservatore Romano, el 1 de noviembre de 1996.

[2] Cf. NMI 28-29.

[3] DCE 1.  

 

 

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 Homilía en la Misa de Apertura de la 94ª Asamblea Plenaria 

Rom. 11: 29-36; Lc. 14: 1,12-14 

1. La primera lectura comienza con una afirmación contundente, un verdadero dogma de fe, “los dones y el llamado de Dios son irrevocables” (v.29), afirmación que nos adentra en lo íntimo del ser de Dios: su firmeza que es fidelidad aun en medio de nuestros vaivenes, debilidades y pecados: “si somos infieles él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo” (2 Tim. 2: 13). Dios fiel en el amor, Dios fiel en la promesa. Esta fidelidad, en el texto que acabamos de escuchar, se expresa en términos de misericordia. En  sólo 3 versículos repite cuatro veces la palabra y la coloca en medio del conflictivo comportarse humano ante la promesa de Dios. Para demostrar su profundo ser fiel Dios actúa con misericordia, en misericordia. 

2. La misericordia de Dios no puede concebirse como un atributo más de su comportamiento para con nosotros sino que constituye el ámbito mismo de su encuentro con cada uno, con todos nosotros, con su pueblo. Es el modo más genuino en que se expresa su fidelidad y la mayor manifestación de su poder, como nos lo recuerda la Iglesia: “Dios, que manifiestas tu poder sobre todo en la misericordia y el perdón”[1], un poder aun más grande que el de la creación porque esa misericordia lo llevará a hacerse creatura a sí mismo, al abajamiento y anonadamiento máximo, (cfr. Filip. 2: 6-11), para dar lugar al encuentro de amor con su pueblo,  con cada uno de sus hijos. 

3. No resulta fácil comprender en teoría en qué consista tal fidelidad amorosa que se expresa en misericordia, este “designio misericordioso” (Ef. 1:9); más aún: es imposible “¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! ¿Quién penetró en el pensamiento del Señor?” (Rom.11:33). No podremos entenderla con la fortaleza de nuestro entendimiento. Sólo se la puede contemplar en la flaqueza de la carne, porque esta fidelidad amorosa precisamente es venida en carne para poder aflorar en misericordia. “No presuman de ustedes mismos” Se nos dice unos versículos más arriba (v. 25). A la misericordia más que entenderla se la encuentra desde nuestra propia nada, nuestras miserias, nuestros pecados. Pablo es elocuente al respecto: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia...” (Tim. 1: 12-13). Desde su hedionda bajeza siente que es tratado con misericordia, se siente acariciado por la fidelidad de Dios que lo busca, lo espera y hace fiesta en su encuentro. 

4. Sí, en el evangelio Dios se manifiesta haciendo fiesta precisamente en el encuentro con lo que estaba perdido, apartado, con aquel que se había autoexcluído: la oveja, la dracma, el hijo (cfr. Lc. 15). Allí es él mismo, desde su corazón fiel, quien organiza el festejo en la figura del hombre que abre un vinito para festejar con sus amigos el encuentro de la oveja, en la figura de la señora que llama a las vecinas, no para sacarle el cuero a la ausente, sino para contarles que –después de revolver la casa- encontró la moneda, en la figura del padre que a su hijo “lo vio venir de lejos” precisamente porque a cada rato se subía a la terraza a esperarlo, ese padre que con un abrazo le hace callar el libreto con que el hijo venía preparado: nada de palabras, sólo la ternura y la fiesta de Dios. Cuando Pablo nos dice “fui tratado con misericordia” se refiere a todo este desborde de amor y fidelidad festivos que se dan en el encuentro del Señor con nuestro pecado. El corazón de María entiende esto y proclama la grandeza de la fidelidad de Dios que “miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1: 48). La que no supo de pecado se hace muy pequeña y con candor de niño escudriña el misterio y nos anuncia que “Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc. 1:50). 

5. En la oración mencionada más arriba la Iglesia proclama que Dios manifiesta su poder más en el perdón y la misericordia que en la creación. La Biblia nos dice que en la creación Dios nos amasó con sus manos desde el barro de la tierra; en el perdón –en cambio- nos amasa desde el barro de nuestros pecados y lo hace con su corazón fiel al amor que no puede desdecirse porque precisamente tiene hipotecado su corazón en la fidelidad. Se manifiesta más poderoso en redimir que en crear. En su perdón podemos atisbar otro aspecto de su misericordia que no siempre tenemos en cuenta: su paciencia. Como al hijo de la parábola Dios nos espera con paciencia renovadamente cotidiana . Y es también San Pablo quien nos revela este misterio: “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia...” (1 Tim. 15: 15-16). La paciencia de Dios esperando el encuentro, atrayéndonos “con lazos de amor” (Os. 11:4), amasando nuestro ser desde el barro de nuestros pecados, dándonos forma y nombre desde allí con la fuerza de su misericordia: creándonos de nuevo y, si es permitido forzar el idioma, misericordiándonos (miserando). 

6. Así, misericordiando, miró el Señor a Mateo, a Zaqueo, al leproso, al ciego, al paralítico de la piscina (38 años lo esperó con paciencia),  a la Samaritana, a Pedro después de la triple negación. Así es la misericordia de Dios que se hace paciencia, se hace carne en Cristo y en él se manifiesta finalmente en mansedumbre, pues el idioma eminentemente pastoral de la misericordia y la paciencia de Dios es la mansedumbre. 

7. Durante estos días tendremos ratos de diálogo y ratos de oración; buscaremos la Voluntad de Dios para nuestro actuar como pastores. Pienso que nos hará bien a nosotros, obispos pecadores, adentrarnos en este misterio de la fidelidad divina; nos hará bien confesar al Padre nuestra propia debilidad, pecado, miserias y –desde allí- atisbar el derroche creador de su misericordia (cfr. Ef. 1: 7-8), los siglos de paciencia condensados sobre cada uno de nosotros. Nos hará bien dejarnos amasar, re-formar, por su misericordia; dejarnos “misericordiar” por su ternura fiel. Nos hará bien cargar nuestros ojos de contemplación ante la mansedumbre silenciosa de su Hijo en medio de la burla, la desinformación, el ultraje y la calumnia (cfr. Mt. 26:63; Mc. 15:16; Lc. 23:9; Ju. 19:8). La imagen del “Señor de la Paciencia” conlleva en sí toda la misericordia divina y se hace mansedumbre pastoral para con nosotros y –en nosotros- para con nuestros fieles. Que en la contemplación de este “Señor de la Paciencia” comprendamos qué significa “Misericordia quiero y no sacrificio” (Os. 6: 6) y nos animemos a que todo nuestro pastoreo episcopal encarne un “cantar eternamente las misericordias del Señor” (Sal. 89:1). 

Pilar, 5 de noviembre de 2007. 

Jorge Mario Bergoglio s.j.

 [1] Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo máxime et miserando manifestas (colecta del domingo 26 per annum).

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