Año 2008

Homilía en la Misa de Apertura de la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (10/11/2008)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la XXXIV Peregrinación Juvenil a Pie a Luján (05/10/2008)

El mensaje de Aparecida a los Presbíteros (11/09/2008)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en el Santuario Ntra. Sra. Madre de los Emigrantes con motivo de la celebración Eucarística del Día del Migrante 07/09/2008)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano (07/08/2008)

Catequesis del Sr. Arzobispo en el 49º Congreso Eucarístico Internacional - Québec (18/06/2008)

       La Eucaristía y la Iglesia, misterio de la alianza

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (24/05/2008)

Mensaje del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación (23/04/2008)

 Palabras del Arzobispo, Cardenal Jorge Bergoglio en la primera reunión del Consejo Presbiteral  2008 (15/04/2008)

 Homilía en la Misa de apertura de la Asamblea Episcopal (07/04/2008)

 Vigilia Pascual - (22/03/2008)

 Misa Crismal (20/03/2008)

 Desgrabación de la Homilía del Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio con motivo de la celebración de Domingo de Ramos en la Basílica de San José de Flores (15/03/2008)

 " Religiosidad Popular como inculturación de la Fe" 19/01/2008)

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cultura y Religiosidad popular  

 

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.


Religiosidad popular como inculturación de la fe

En el espíritu de Aparecida

La V Conferencia del CELAM efectuada en mayo en el santuario brasileño de Aparecida, ha sido un acontecimiento eclesial. Una mirada aguda de la realidad latinoamericana está reclamando a la Iglesia el cumplimiento de su misión evangelizadora.

No es algo nuevo que la Iglesia proponga como meta de su accionar la evangelización, existe un impulso originario y fundante en el cristianismo por anunciar la salvación a todos los pueblos (Mt 28, 19).

Pero la necesidad urgente de misionar que propone Aparecida habla de la percepción de un desgaste en el catolicismo latinoamericano. A lo largo de más de quinientos años la fe cristiana ha penetrado la cultura del continente y ha ofrecido una religiosidad que alimenta la vida personal y de nuestros pueblos cuando ésta es acogida con sinceridad. Sin embargo, aunque los católicos siguen siendo mayoría, algo está cambiando. El Papa Benedicto dijo al inicio de la Conferencia: “se percibe (…) un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudoreligiosas” (DA. 2).

Estamos en una nueva época, con cambios profundos y acelerados. Esta realidad genera incertidumbre, confusión y miedo en el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En el contexto latinoamericano y caribeño esto se torna más complejo y dramático porque nuestros pueblos viven una realidad donde la pobreza y exclusión se incrementa, la corrupción institucionalizada se arraiga, la violencia de todo género se expande a medida que se consolida la pérdida de la propia identidad.

Esta situación se ha ido gestando en cambios divisados por el Concilio Vaticano II (GS 4-10) hace ya cuarenta años. Esas transformaciones se han agudizado y el cambio de época exige una nueva manera de ubicarnos en la historia que cambió y seguirá cambiando. Cosas que pensamos que nunca iban a pasar o que no las íbamos a ver las estamos viviendo y el futuro nos  resulta incierto.

Los fenómenos surgidos en la post modernidad, los efectos de la globalización y tantos otros procesos no podemos devaluarlos pensando que son una crisis pasajera ante la cual tenemos que esperar que pase para que todo vuelva a ser como antes. La irreversibilidad de la globalización —tan injusta en muchos sentidos— en su dimensión positiva como “un entramado de relaciones a nivel planetario… como un logro de la gran familia humana y una señal de su profunda aspiración a la unidad” (Benedicto XVI, Discurso Inaugural, 2) es, sin embargo, una oportunidad novedosa para que la  evangelización llegue a todo el mundo y para que la Iglesia pueda trabajar la unidad en los continentes y entre los pueblos; para hacer más efectiva la colaboración y la credibilidad de los cristianos.

La convicción fuerte de la Conferencia es que el cristiano no puede no ser misionero y, por otra parte, esta exigencia no se puede vivir en profundidad y verdad sin una actitud discipular: un encuentro personal y comunitario con Jesucristo. Los cristianos somos discípulos del Maestro por lo tanto no podemos mirar la realidad más que en términos de misión.

No somos observadores imparciales, sino hombres y mujeres deseosos de impregnar todas las estructuras de la sociedad de un amor que hemos conocido y que en el encuentro con la realidad es capaz de transformarla en vida abundante.

El Papa en el Discurso Inaugural dijo que eso es “lo mejor que nos pasó en la  vida” y “es lo que tenemos para ofrecer al mundo y contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la solidaridad, es un imperativo que nos toca a todos”. (DA 480)

De manera concreta, con apertura crítica, sapiencial y profética, con identidad y con discernimiento, la Iglesia en América Latina y el Caribe quiere ponerse en estado de “discipulado misionero”, para “dar vida a nuestros pueblos”, en Cristo.

Lo propio del discípulo es el discernimiento: la “mirada humilde” (DA 36), la escucha con atención (DA 366). El discípulo no sabe qué es ni lo que tiene que hacer porque no es Maestro.Escucha, atiende, no tiene respuesta. Ésa es la Iglesia de Aparecida: una comunidad de discípulos misioneros que quieren escuchar al Señor. La escucha del Señor también se hace en la escucha de la realidad con espíritu humilde para discernir qué es lo que hay que ser y hacer.

América Latina experimenta, como el resto del mundo, una transformación cultural;  “la V Conferencia busca establecer criterios de cómo evangelizar la cultura, y sobre cómo la Buena Nueva se puede hacer llegar a la población desde la cultura de cada pueblo”. (Cardenal Paul Pouppard)

El camino recorrido

Cuando nos planteamos la realidad de la Evangelización en el hoy de América latina nos resulta imposible hacerlo sin tener en cuenta ciertos términos tales como: cultura, inculturación, religiosidad popular, piedad popular. Sin embargo las realidades que se esconden detrás de cada una de estas palabras han sido objeto de estudio, de análisis, pero, sobre todo, hoy son el resultado de una experiencia amasada a lo largo de la historia; y la historia misma, con sus constantes fluctuaciones, ha ido determinando su sentido y el lugar que ocupan.

En el documento final de la V Conferencia aparece la palabra “cultura” cerca de 70 veces, y lo que con en ella se quiere expresar difiere totalmente de lo que en la década del 50 se entendía cuando se realizó la Primera Asamblea del Episcopado Latinoamericano. Asimismo la realidad de la religiosidad popular tiene una incidencia y una resonancia positiva que difiere mucho con la que se podía percibir cuando este mismo término asomaba en los primeros escritos de la Iglesia latinoamericana.

No podemos llegar a una acabada comprensión si no los leemos a la luz de la historia que los fue fraguando, dándoles la dimensión que hoy tienen. No se puede comprender la evolución de la Iglesia de América latina sin tener en cuenta los cambios sociales y políticos que se produjeron allí a partir de la década de los sesenta.

A final del concilio de Trento en 1563, América ya había recibido centenares de misioneros, asistiendo a la gran controversia suscitada por Bartolomé de las Casas sobre los métodos de evangelización y de conversión; contaba con cerca de treinta diócesis y había celebrado varios concilios locales y provinciales para discutir el proyecto misionero americano.

Esos cuatro siglos fueron cerrados por el Vaticano II. Se puso en evidencia la diversidad de situaciones y culturas en que vivían las diversas iglesias tales como cristiandades europeas anquilosadas, iglesias orientales, comunidades en la India, Japón y China, iglesias jóvenes del África y los catolicismos populares de América latina entre otros.

Por primera vez, estos temas entraban “por la puerta grande” y dieron a nuestras iglesias particulares una nueva luz para enfrentar viejos problemas e iniciar un diálogo cultural, hacia dentro de sí misma y hacia fuera. “Con prudencia y amor, a través del diálogo y de la colaboración con los seguidores de otras religiones, testimoniando siempre la fe y la vida cristiana, reconozcan, mantengan y desenvuelvan los bienes espirituales y morales, como también los valores socioculturales que en ellos se encuentran” (Nostra Aetate 2).

Desde otro lugar, el Vaticano II redescubre la importancia de los carismas en el interior de la Iglesia (Lumen Gentium, 12), y también exhorta a discernir los signos de los tiempos (Gaudium et Spes, 4; 11; 44). El Concilio representa una apertura al diálogo con el mundo contemporáneo, una cierta reconciliación con la modernidad ilustrada y una recuperación de la dimensión profética de la Iglesia hacia la sociedad. Con esta luz que aporta el Concilio se puede comprender lo que ha sucedido y vivido la Iglesia en América latina en estas últimas décadas.  

a) Medellín

A pesar de quedar planteado un abanico de temas, la pobreza y la necesidad de libertad fueron los que captaron la atención para América latina y en el Caribe en el post Concilio.

La revolución cubana de Fidel Castro, el intento de implantación del desarrollismo, movimientos sociales populares en Perú, Chile, Bolivia, México comenzaron a cambiar el panorama de América latina junto al intento fallido del “Che” Guevara de extender la revolución a toda América latina desde Bolivia son el contexto en que se celebra en 1968 la II Conferencia Latinoamericana de Obispos. Medellín no fue sólo una aplicación del Concilio a América latina sino una relectura creativa del Vaticano II desde un mundo de pobreza injusta, con estructuras económicas y sociales de pecado. La Iglesia en América latina comienza a tratar de entenderse y descubrir su misión desde el clamor de sus pobres, el sufrimiento del pueblo, de indígenas, mujeres, obreros, campesinos, niños.

Si bien la cuestión cultural no fue nunca tratada directamente en Medellín, todas las reflexiones estaban teñidas con el color que la realidad social le iba dando a la cultura.

La II Conferencia del Episcopado latinoamericano optó por la enorme masa de los desheredados de este continente e invirtió gran parte de sus energías en la constitución de una “Iglesia que nace del pueblo”, un espacio de reunión de los más pobres en torno a la escucha y comprensión de la palabra de Dios a la luz de la concientización sobre la realidad cotidiana. 

Fue a través de la opción por los más pobres como las iglesias particulares llegaron a un contacto más directo con la plurifacética realidad religioso-cultural de este continente. Al dar espacio para que los pobres tuvieran su lugar y tomaran la palabra, se redescubre una iglesia escondida, compuesta por reminiscencias de más de 2.600 pueblos nativos, con sus innumerables lenguas y tradiciones, además de dos millones de descendientes de africanos. Fue inevitable que las expresiones culturales de esos enormes segmentos de población no se introdujeran en las liturgias. 

Fue tan importante Medellín para América Latina y aún para la Iglesia universal, que cuando en 1974 el presidente del CELAM, Eduardo Pironio, viajó a Roma para el Sínodo sobre Evangelización, llevó tres sugerencias pastorales que tuvieron una marcada influencia después en la famosa exhortación apóstólica de Pablo VI, la "Evangelii Nuntiandi". Las tres sugerencias eran: las comunidades eclesiales de base, el tema de la liberación y la religiosidad popular. 

b) Puebla

La conferencia de Puebla encuentra en plena ebullición ese proceso de “devolución de la palabra” a los pobres. Las Comunidades Eclesiales de Base y los movimientos populares de liberación consideraban que sólo sería posible un cambio social asumido por las masas y que supiese hablar su lenguaje. Esta concepción, con sus luces y sus sombras, contribuyó al reencuentro de la Iglesia con las culturas indígenas autóctonas y con las afroamericanas de un modo más explícito.

En Puebla, el tema cultural entró por la puerta de la religiosidad popular y se instaló, en las temáticas con motivo de las conmemoraciones de los 500 años que culminaron en Santo Domingo. Puebla se dedica ampliamente a la reflexión acerca de  la religiosidad popular. Pero sólo consigue contemplar tal religiosidad como una realización imperfecta del “radical sustrato católico” de este continente.

Desde 1989 el panorama social y eclesial cambia mucho. La caída del socialismo del Este, el neoliberalismo se presenta como único camino de salvación, el surgimiento de la corriente cultural de la postmodernidad, marca un cambio de horizonte en la conciencia social y eclesial de América latina. 

c) Santo Domingo

Se lleva a cabo la IV Conferencia Latinoamericana de Obispos, en Santo Domingo en 1992; se cuestiona el caminar de la Iglesia de América latina. El desafío de inculturar el Evangelio en la sociedad pide evitar que los laicos reduzcan su acción de ámbito intraeclesial, impulsándolos a “penetrar los ambientes socio-culturales y hacer en ellos protagonistas de la transformación de la sociedad a la luz del Evangelio”. Los laicos deben dejar de ser “cristianos de sacristía” en cada una de sus parroquias y  deben asumir su compromiso en la construcción de la sociedad política, económica, laboral, cultural y ambiental.

Con este marco de fondo, sin embargo, ya estaban dadas las condiciones para una visión menos estrecha de la realidad de las culturas latinoamericanas. Se discutió la “Unidad y pluralidad de las culturas indígenas, afroamericanas y mestizas” y se dieron pasos en esa dirección al reconocer nuestro “continente multiétnico y pluricultural”, con una “cosmovisión de cada pueblo”, “que buscan, sin embargo, una unidad a partir de la identidad católica” (SD 244).  Se acepta, por tanto, la pluralidad cultural y social siempre que ésta no implique una pluralidad religiosa.

Las conclusiones de Santo Domingo descubren una llaga que permanece abierta en las relaciones de las iglesias cristianas con las tradiciones ancestrales de los pueblos americanos: la búsqueda y la preservación de la “identidad católica” parecen entrar en conflicto con el desafío del diálogo ecuménico y del diálogo interreligioso. La comisión 26, reunida a lo largo del encuentro, afirma la “ininterrumpida acción de Dios a través de su Espíritu, en todas las culturas” (225-1), entendiendo la inculturación como “un proceso conducido a partir del interior de cada pueblo y comunidad” (225-2).

En la versión definitiva del documento se admite “promover una inculturación de la liturgia, acogiendo con aprecio sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el claro sentido de la fe, manteniendo el valor de los símbolos universales y en armonía con la disciplina general de la Iglesia” (SD 248). 

CULTURA en Aparecida

 No hay duda de que el nuevo acercamiento a la realidad latinoamericana utilizado en Aparecida, ha privilegiado el concepto de cultura como una clave interpretativa importante. Se realizó un acercamiento muy variado al tema pero no aparece una definición concisa del término, sino que encontramos unos rasgos particulares de este concepto, determinados por la lectura que se ha hecho de la realidad.

[…] En medio de la realidad de cambio cultural emergen nuevos sujetos, con nuevos estilos de vida, maneras de pensar, de sentir, de percibir y con nuevas formas de relacionarse. Son productores y actores de la nueva cultura. (51)

Se trata de un concepto dinámico que presupone hablar de sujetos, que la producen y actúan, así como de sus maneras de comportarse y las representaciones que hacen de lo que les rodea. Este tipo de vinculación provoca un constante cambio en la sociedad. Los elementos producidos en la cultura se afectan unos con otros, desarrollando así nuevas formas de expresión y decisión en los individuos.

Aparecida pone de relieve que el fenómeno social se manifiesta con una gran complejidad. Hay situaciones que se reconocen indignas del ser humano, y se hace necesario descubrir cómo interactúa el cristianismo con este fenómeno. La Iglesia ya no se concibe al margen de la producción de sentido, sino como uno de los actores dentro de este proceso. No se ubica desde una posición crítica, sino como un participante activo en lo que determina la configuración de los espacios colectivos. Esta ubicación evita la tentación de que la Iglesia se considere una realidad que está fuera de la sociedad y sus contradicciones. La Iglesia es productora de cultura, es decir, de comportamientos humanos y promotora de procesos. Es sólo una parte del gran espectro, no es el único actor. La capacidad de influencia que posee está desafiada por el reto que significa convencer de la actualidad y posibilidad del proyecto cristiano, como un proyecto que realiza integralmente al hombre y la historia concreta en que cada día se desenvuelve.

Uno de los trasfondos de Aparecida es la conciencia de la responsabilidad que tenemos de mostrar que la Buena Noticia de Jesús es un camino efectivo de salvación. Esto tiene como contrapartida la necesidad de descubrir y reconocer qué papel ha jugado y debe jugar la Iglesia frente a realidades dolorosas e injustas que afectan a gran parte de la sociedad. Aparecida constató un divorcio entre la fe y la práctica social concreta de los creyentes, a pesar de que muchos creyentes han hecho opciones solidarias de gran envergadura. Es el mundo laical el que tiene como tarea principal testimoniar la presencia de Dios en el compromiso por transformar las estructuras sociales.

“La avidez del mercado descontrola el deseo de niños, jóvenes y adultos. La publicidad conduce ilusoriamente a mundos lejanos y maravillosos, donde todo deseo puede ser satisfecho por los productos que tienen un carácter eficaz, efímero y hasta mesiánico. Se legitima que los deseos se vuelvan felicidad. Como sólo se necesita lo inmediato, la felicidad se pretende alcanzar con bienestar económico y satisfacción hedonista.” (DA 50)

La causa fundamental de este quiebre es una percepción de la realidad vinculada absolutamente con la satisfacción particular. Esto, ciertamente es estimulado por medios de comunicación social cuando se manejan de acuerdo con las exigencias del mercado. La  concepción de la felicidad como la satisfacción del deseo es colocada en el centro de las necesidades humanas. No es más que la autorreferencialidad de un narcisismo básico. Esto contrarresta con las variadas situaciones de marginación y sufrimiento que se dan en el continente. Las nuevas generaciones, que crecen en la lógica del individualismo pragmático y ególatra, son las más afectadas por estos cambios. Para ellas el pasado no es algo añorado y el futuro es incierto. Lograr el máximo de satisfacción es el punto de referencia de su realidad presente y lo que les permite olvidar, momentáneamente, los grandes conflictos e inseguridades que sufren. Se vive en un mundo donde las condiciones de mayor abundancia han permitido generar un sistema de comportamiento despreocupado por lo social.

Sin embargo, la raíz de esta despreocupación acerca de la vida social se encuentra marcada por la fuerza del desencanto a lo que hay que sumarle el fenómeno de la globalización, sobre todo en su vertiente económica, que afecta a todos los sectores poniendo en riesgo los medios de subsistencia de muchas personas y, al mismo tiempo, se abre a la influencia de nuevos usos y costumbres que generan ideas sincréticas y comportamientos ambiguos, que chocan con las formas de ver y sentir de las personas que crecieron en un ámbito cultural distinto. Estos choques han sido estructuradores de la nueva sociedad, que ha hecho del cambio una realidad permanente.

Todo esto nos ayuda a  comprender que la vida eclesial se encuentra frente a una serie de retos importantes, ante los cuales el documento, apuesta por una vida de fe, en la que se haga evidente la riqueza humana de la propuesta evangélica. La comunidad de fe —que vincula a las personas de manera nueva y, por ende, se convierte en un espacio contracultural— se opone a una concepción de la vida social que coloca, en su centro, el consumo como camino cierto y seguro de acceso a la felicidad. Desde hace tiempo asistimos a una suerte de “colonización cultural por la imposición de culturas artificiales, que desprecian las culturas locales y que buscan imponer una cultura homogeneizada que se caracteriza por conducir a la indiferencia por el otro, “a quien no se necesita, ni del que tampoco se siente alguna responsabilidad” (DA 46). La afirmación exacerbada de los derechos individuales y subjetivos, va de la mano de la ausencia de trabajo responsable por los derechos sociales y culturales solidarios, quedando desdibujada la dignidad de todos, en especial de los más pobres y necesitados. En esta situación cultural, el reto mayor consiste en dialogar empáticamente con los distintos componentes de la cultura para que resulte un vehículo eficaz para acercarse a Jesús. La carencia de reflexión crítica y discernimiento puede llevar a un subjetivismo religioso fundamentalista o a un sincretismo de cristianos superficiales y lavados. En este sentido la Asamblea de Aparecida ha marcado con decisión la necesidad de una formación para todos los fieles, pero no como adoctrinamiento, sino como profundización en el camino de la fe, que necesariamente tiene que ir de la mano con el proceso humano de crecimiento personal.

CULTURA e inculturación

Apoyándonos en el Concilio, un concepto subjetivo de la cultura comprende todo cultivo personal del hombre, en sus cualidades espirituales y corporales (GS 53). Un concepto objetivo de cultura comprende el cultivo de tres relaciones básicas del hombre: relación con la naturaleza, para modificarla, dominarla y sacar de ella bienes de consumo y de servicio; relación con el hombre, para hacer más humana la convivencia, mediante el perfeccionamiento de las costumbres e instituciones; relación con Dios, mediante la práctica religiosa (GS 53): es esencial a toda cultura la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios, por los valores o antivalores que ello entraña (Puebla 386, 389).

Un concepto sociológico (etnológico) descubre una pluralidad de culturas en la historia, diversos estilos de vida común (GS 53), con diferentes escalas de valores, distinto modo de trabajar, de usar las cosas, de expresarse, de practicar la religión, de establecer leyes e instituciones jurídicas, de crear arte y cultivar la belleza. Que esta cultura sea patrimonio de cada comunidad quedará explicito en las reflexiones de Puebla (Puebla 387).

EVANGELIZAR LA CULTURA

En el recorrido realizado, un momento decisivo es el  Sínodo de Obispos sobre Evangelización, que en 1974 se celebró en Roma y que culminó con la Exhortación Apostólica "Evangelii Nuntiandi" de Pablo VI (8 diciembre 1975). Este documento fue el que guió todos los trabajos de la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano celebrado en Puebla, en febrero de 1979.

Si bien por primera vez en la historia, el tema de la cultura entró en la enseñanza formal del Magisterio de la Iglesia en los documentos del Vaticano II con la afirmación de “Gaudium et Spes” que sostiene que el hombre no alcanza niveles de realización si no es mediante la cultura (GS 53), que tiene un valor propio y una legítima autonomía (GS 55:AA7), sólo en “Evangelii Nuntiandi” aparece el tema de la Evangelización de la Cultura y las Culturas, ante el drama de nuestro tiempo, afirmando la innegable ruptura entre Evangelio y Cultura (EN 20).

El Papa y Puebla enseñan que evangelizar es evangelizar las Culturas, pues “la Buena Nueva debe llegar a todos los ámbitos y transformar desde el interior la conciencia personal y colectiva del hombre (EN 18), los valores y modelos de vida de la humanidad que no estuvieron acordes con el designio de salvación de Dios (EN 19). Lo que importa es evangelizar la cultura y las culturas del hombre, partiendo de la persona considerada en sí misma y en sus relaciones con los demás y con Dios” (EN 20).

Puebla dedica amplio espacio a este tema (n. 388-56) afirmando que evangelizar es llegar a las raíces de las Culturas, transformar estructuras y el ambiente social, fortalecer los valores auténticos de las culturas, contribuir al desarrollo de los "semina verbi", purificar los desvalores, apartar las idolatrías y valores absolutizados, corregir las falsas concepciones de Dios y las manipulaciones del hombre por el hombre.

Como punto específico de la evangelización de la cultura en Latinoamérica debe señalarse el purificar y dinamizar por el Evangelio el "Catolicismo popular" (Puebla 457), así como la promoción de la persona humana según la doctrina social de la Iglesia, para liberar de la servidumbre del pecado personal y social, y lograr una convivencia digna de los hijos de Dios (472-506).

Puebla desarrolla la reflexión sobre cultura de “Gaudium et Spes”, asimila la propuesta de “Evangelii Nuntiandi” sobre la evangelización de la cultura y la transforma en programa pastoral para la Iglesia en América latina: el Evangelio debe penetrar los valores y criterios que inspiran nuestras culturas (Puebla 395).

Hay en toda América latina “un sustrato católico” (n. 7) “de una cultura impregnada de fe que se manifiesta en las actitudes religiosas del pueblo” (n. 413). La “religiosidad popular contiene un acerbo de valores que responden con sabiduría a los grandes interrogantes de la existencia (n. 448), pero hoy está amenazada por la urbanización, el secularismo y los estructuras de injusticia que se le han impuesto” (n. 37).

La importancia que da Puebla a las estructuras socioeconómicas como elemento de la cultura y objeto de evangelización, constituyen un gran aporte y un avance al concepto de cultura de GS y a los retos a la evangelización que señala “Evangelii Nuntiandi”.

INCULTURACIÓN DE LA FE

Desde una perspectiva sociológica la expresión "inculturación" designa "el proceso de transmisión y comunicación a través de códigos, tanto lingüísticos como icónicos, de valores, normas de vida y pautas de comportamiento de un determinado grupo socio-cultural a las nuevas generaciones que surgen. Se trata del proceso a través del cual el individuo recibe, asimila, reinterpreta y asume activamente la cultura en la cual nace o de la cual efectivamente comienza a formar parte” (A. Do Carmo Cheuiche, Marco de referencia actual sobre la problemática de la inculturación, en Medellín 60).

La inculturación ha sido siempre ejercida por la Iglesia desde sus comienzos, en su labor misionera. San Pablo la puso en práctica en el mundo griego y romano (“me hice todo a todos con tal de anunciar la buena noticia1ª Cor 9,22-23). La labor de los grandes misioneros de todos lo tiempos ha estado enmarcada por el proceso de inculturación. Los hermanos Cirilo y Metodio llevaron la luz del Evangelio a los pueblos eslavos y les prepararon los textos litúrgicos de acuerdo con la mentalidad y en la lengua eslava: “Sirviéndose del conocimiento de la propia lengua griega y de la propia cultura para esta obra ardua y singular, se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos, interpretando fielmente las aspiraciones y valores humanos que en ellos subsistían y se expresaban. “(Encíclica Slavorum Apostol, del 2 de junio de 1985). Los jesuitas apóstoles de China Matteo Ricci y Martino Martini en el siglo XVII pudieron incorporar ritos chinos y malabares a la liturgia católica. En la región del Paraguay durante al primera Evangelización el franciscano Luis Bolaños redactó la primera gramática, el primer diccionario y un libro de oraciones en guaraní; luego Beato José de Anchieta de la Compañía de Jesús estudió el idioma Tupí y compuso la primera gramática de este idioma, junto con un catecismo, poesías e himnos para la evangelización.

Cuando Puebla señala algunos criterios para asumir las culturas, habla de una encarnación (n. 400), pero no desarrolla el problema de la inculturación del Evangelio. Fue Juan Pablo II quien recogió oficialmente en la carta apostólica Catechesi tradendae de 1979 el término "inculturación” y lo consagró determinando su sentido y dándole alcance universal. Éste será uno de los temas que tratará más frecuentemente al abordar la Evangelización, puntualizándolo como un aspecto importante de ella. Ya, a los pocos meses de su iniciar su Pontificado; el 27 de Abril de 1979 exponía que "la inculturación es un componente de la Encarnación": es decir, que la inculturación de la fe y del Evangelio son una consecuencia práctica de la Encarnación del Hijo de Dios, que salvando todo y sólo aquello que asume ("quod non est assumptum non est redemptum", San Ireneo) debe asumir en la Iglesia todas las culturas, purificando o eliminando lo que es contrario a su espíritu, pero por ello mismo preservándolo de toda autodestrucción. La inculturación es la penetración del mensaje evangélico en las culturas, a la manera como la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Juan 1, 14).

En la Encíclica Redemptor Hominis de 1979 inicia el Papa su discurso antropológico sobre el hombre. El hombre, en la plenitud de su ser personal y a la vez comunitario y social, es el camino obligado que debe recorrer la Iglesia en el cumplimiento de su misión... camino trazado por Cristo mismo, que invariablemente lleva la senda de la Encarnación y de la Redención (n. l4). Hablando a la UNESCO en París en 1980, expone que "hay que afirmar al hombre por él mismo", "no por otro motivo o razón, únicamente por él mismo". Y continúa exponiendo: "el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura": por ella el hombre en cuanto hombre se hace más hombre. En una alocución a unos fieles de Bérgamo, en 1982, hablando sobre cultura cristiana y evangelización de la cultura, el Papa señala como ejes fundamentales que guiarán todo su Magisterio: un sano concepto antropológico de cultura  y un concepto teológico de inculturación del Evangelio.

Es a través de la cultura como el Evangelio puede aproximarse al hombre, a este hombre que es principio, medio y fin de la cultura. "La cultura hace al hombre y el hombre hace la cultura” (Juan Pablo II en la Universidad de Coimbra, Portugal).

Entre cristianismo y cultura hay una conexión inseparable, armónica, como siempre ha existido entre religión y cultura. Para que el Evangelio se aproxime a la cultura y, a través de ella al hombre, el Evangelio debe conocer el lenguaje y las categorías mentales de la cultura a la que se encuentra, sus formas de vida, sus valores. Así podrá integrarlos en la fe cristiana y transformarlos progresivamente, hasta llegar a una encarnación vital en esa cultura. Inculturación es, por tanto, el proceso por el cual la fe se hace cultura.

En tal proceso se hace indispensable la fidelidad a la experiencia histórica de Dios en el contexto de una determinada cultura particular, fidelidad a la tradición apostólica y fidelidad a la comunión eclesial universal. La inculturación nunca puede ser reducida a uno de los términos de esta triple de fidelidad. Muchas veces por falta de claridad se dieron casos de imposición o de adaptaciones superficiales, cuyos  resultados negativos fueron lamentados por Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi” (20). De estos modos concretos, impuestos y epidérmicos de anuncio evangelizador no nacieron Iglesias locales capaces de transformar sus ambientes socio-culturales ni de ser misioneras en su dinámica; más bien el resultado han sido casos de una cristianización superficial o se ha provocado una suerte de sincretismos.

La Iglesia, en su deseo de promover la auténtica evangelización desde una sana inculturación del Evangelio en una pluralidad de culturas, enfrenta el desafío de idear sabia y creativamente nuevas herramientas y estructuras de comprensión de la realidad, de diálogo intercultural, de reflexión y formación teológicas, y de comunión colegial para salvaguardar y activar cada uno de los términos de esta acción.

La salvación debe llegar todos los hombre y a todo el hombre en su existencia diaria y concreta, por ello el Evangelio cuando entra en contacto con las Culturas, incorpora sus auténticos valores y acaba creando cultura: "Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida” decía el Papa en Roma, en 1988. La fe incorpora hombres concretos al pueblo de Dios, y esto debe hacerlo sin desarraigarlos de su propio pueblo y cultura. Toda la acción de la Iglesia tiende a acoger en su seno a aquellos que quieren ser discípulos de Jesucristo y los debe acompañar por el camino de la vida que hacen día a día con todo su bagaje cultural vivido en la comunidad. Hay una constante reciprocidad entre evangelización de un pueblo e inculturación del Evangelio; pero para que este enlace sea fecundo, se hace imprescindible hacer capaz, a esa cultura, de expresar manifiestamente los signos de la fe, y de animarse a entrar en el proceso de purificación de las tradiciones y formas que sean incompatibles con el Evangelio. A la Iglesia le cabe asimismo hacerse capaz de asimilar los valores de ese pueblo y de comprender cómo se ve desde allí el Evangelio. En este justo equilibrio, lo que no significa que haya fluctuaciones, será posible comunicar el mensaje evangélico a un pueblo con toda la autenticidad y fuerza de la palabra de Dios, pero también con toda la autenticidad y fuerza de la realidad cultural y del mismo ser de ese pueblo.

Otro momento importante para la evolución de este pensamiento tendrá lugar a partir de la celebración de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano donde el eje será el tema "Nueva Evangelización promoción humana-cultura-cristiana". En el capítulo III de la 2a parte del documento de Santo Domingo se trató el tema de la Cultura Cristiana y allí se abunda sobre la inculturación (n. 230) y la evangelización inculturada (n. 248). Aparece como alarmante la crisis de la desaparición de valores humanos y cristianos, y un medio para atacar ese desafío es la lnculturación del Evangelio, a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: Navidad (Encarnación), Pascua (sufrimiento redentor) y Pentecostés (acción del Espíritu que lleva a entender en la propia lengua las maravillas de Dios). Debe ofrecerse una evangelización inculturada a los hermanos indígenas, respetando sus expresiones culturales, aprendiendo su cosmovisión que, de la globalidad Dios-hombre-mundo, hace una unidad que empapa todas las relaciones humanas, espirituales y trascendentes. Se debe recibir con estima sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el genuino sentido de la fe (n. 248). La cultura moderna (n. 252-254) y la ciudad exigen una Pastoral nueva (255 ss).

En la Encíclica "Redemptoris Missio" Juan Pablo II muestra que en las proximidades del tercer milenio, se hace todavía más urgente la necesidad de llevar el Evangelio a todos los pueblos. Desde el final del Vaticano II y apenas a los 25 años del Decreto conciliar "Ad gentes” casi se ha duplicado la muchedumbre de los que no conocen a Cristo. En la Exhortación  Apostólica "Ecclesia in Africa" de 1994 dice que los caminos de la Misión serán: el testimonio de vida cristiana, el kerygma o anuncio de Cristo crucificado, muerto y resucitado, la conversión y el bautismo, la formación de comunidades cristianas, la inculturación o proceso de inserción en las culturas de los pueblos (n. 52-54), el diálogo con otras religiones, la educación de las conciencias para promover el desarrollo. Todo ese programa deberá estar movido por el amor.

Inculturar es transformar íntimamente los auténticos valores culturales en valores cristianos, integrándolos en la misma visión de vida, y a su vez enraizar el cristianismo en las diversas culturas desde la reflexión y la praxis. No es un proceso fácil, pues no debe en ningún modo diluir las características y la integralidad del mensaje cristiano. Inculturar es encarnar el Evangelio en las diversas culturas, transmitir valores, reconocer valores de las diversas culturas, purificarlos, evitar sincretismos. Ello requiere de períodos de preparación, de cuidado prudencial pero sobre todo de escucha sapiencial de las voces de la Iglesia Universal, de todo el pueblo cristiano. Es a través de la reflexión y la experiencia del pueblo cristiano como se alcanza el genuino sentido de la fe. En esa labor participan pastores y fieles, todo el pueblo de Dios (Cfr. Lumen Gentiun 12).

Por eso la inculturación de la fe o evangelización de la cultura se enmarca en la lógica del misterio de la encarnación, muerte y resurrección. Se inicia con un esfuerzo de expresar la fe en las categorías y modo propios de esa cultura, en un intento de encarnación. En el segundo paso el Evangelio realiza un discernimiento de esa cultura para que logre despojarse de lo que se contrapone con él. De la muerte de elementos no compatibles y por lo tanto no asimilables, resucita una nueva cultura original cristiana. Toda cultura es producto del hombre, en consecuencia, estará marcada por el pecado: también la cultura debe ser purificada, elevada, perfeccionada (Enciclica Redemptoris Missio 54).

En 1994, en la Carta Apostólica "Tertio millenio adveniente" el Papa Juan Pablo II (n. 38) anuncia dos Sínodos continentales: uno para las Américas, tan distintas por su historia y por su situación social, y otro para Asia, en donde resalta el encuentro del cristianismo con las más antiguas culturas y religiones locales.

La Iglesia existe para evangelizar (EN 14) y la evangelización tiene por objeto "transformar desde dentro renovar a la misma humanidad”. La inculturación es propuesta como una prioridad y una exigencia de la evangelización, un camino hacia la plena evangelización, el gran desafío a las puertas del tercer milenio (EA 59).

La inculturación prepara al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su ser personal, cultural, político, económico, santificado por la acción del Espíritu (EA 62). No es una mera adaptación del kerygma o de la liturgia, o una táctica para hacer atractivo el cristianismo aun a costa de mutilar la Revelación. Es una catequesis paciente y una búsqueda amorosa de aquellas "semillas del Verbo” que, cuando maduren, producirán frutos de una civilización del amor. Engloba los ámbitos de la vida de la Iglesia: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia en su doble dimensión, la de transformar los auténticos valores culturales integrándolos en el cristianismo, y la de la enraizar el cristianismo en las diversas culturas humanas (Redemptoris Missio 52).

Un aspecto importante de la evangelización inculturada es descubrir al hombre en el sentido de la dignidad humana restaurada. Dios devuelve al hombre su dignidad inalienable de persona y de hijo de Dios mediante la Encarnación de su Hijo único. Este ministerio de evangelización en el campo social, que denuncia y combate todo lo que envilece y destruye al hombre es parte de la inculturación del Evangelio (EA 7O).

INCULTURACION COMO Acción de Espíritu Santo

"Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro" (RM 52).

 “La inculturación constituye un camino hacia una plena evangelización para que todo hombre pueda acoger a Jesucristo en la integridad de su ser personal, cultural, económico y político, de cara a su plena y total unión con Dios Padre y de una vida santa bajo la acción del Espíritu Santo" (EA 62).

Para penetrar y hacer fermentar con la levadura del Evangelio los modos de pensar, de sentir y de actuar de otras culturas, es necesaria e imprescindible la acción del Espíritu Santo: Él es quien anima la historia y quien la puede conducir hasta la "nueva creación" (Apoc. 21,5).

Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas” (RM 29).

La inculturación se encuentra también vinculada de un modo profundo con el misterio de Pentecostés gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica dones y talentos. Todos los pueblos de la Tierra, al entrar en la Iglesia, viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento de toda la verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace "sponsa ornata monilibus suis", "la novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61, 10. Iglesia en África 61).

“El acontecimiento de ese día fue ciertamente misterioso, pero también muy significativo.” En él podemos descubrir un signo de la universalidad del cristianismo y del carácter misionero de la Iglesia: el hagiógrafo nos la presenta consciente de que el mensaje está destinado a los hombres de “todas las naciones”, y de que, además, es el Espíritu Santo quien interviene para hacer que cada uno entienda al menos algo en su propia lengua: “les oímos en nuestra propia lengua nativa” (Hch 2, 8). Hoy hablaríamos de una adaptación a las condiciones lingüísticas y culturales de cada uno. Por tanto se puede ver en todo esto una primera forma de “inculturación”, realizada por obra del Espíritu Santo. Audiencia General - Miércoles 20 de septiembre de 1989.

La revelación de Dios no puede no ser inculturada, pero las culturas son diferentes y cambiantes como el hombre a través de su historia;  por eso la Buena Noticia sólo será viva, bajo la acción del Espíritu que hace que la Palabra de Dios resuene con fuerza salvadora, sea interpelante y anunciada en lenguaje apropiado para el que hombre pueda acogerla en las circunstancias que le toca vivir. El Espíritu es el que asiste para que se puedan respetar la pluralidad de expresiones de la fe. Bajo la acción del Espíritu la autocomunicación de Dios se va iluminando con las cambiantes circunstancias. Es obvio que las diversas transculturaciones del mensaje van enriqueciendo su comprensión progresivamente. Además va creciendo la intelección del misterio revelado, transmitido y experimentado, conduciéndonos el Espíritu a la verdad plena. 

Inculturación y religiosidad popular

La inculturación de la fe es una de las cuestiones prioritarias en la Iglesia hoy en día. “La síntesis entre cultura y fe no sólo es una exigencia de la cultura, sino de la fe. Una fe que no se hace cultura, es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada ni fielmente vivida” (Juan Pablo II. Carta con la que instituye el Consejo Pontificio de la Cultura). La fe no es una idea, una filosofía o una ideología. La fe procede de un encuentro personal con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne. La persona que descubre el amor de Dios en su vida no es la misma que antes. Y un pueblo que cree en el Dios vivo y verdadero, Jesucristo, y lo sigue, es un pueblo singular. Por ello, la religiosidad popular es la fe del pueblo sencillo, que se hace vida y cultura, es el modo peculiar que tiene el pueblo de vivir y expresar su relación con Dios, con la Virgen y con los santos, en el ambiente privado e íntimo y también en comunidad de un modo especial.

Para valorar positivamente la religiosidad popular, tenemos que partir de una antropología radicalmente esperanzada. El hombre tiene que ser definido, por su apertura a lo trascendente. Debemos partir de una antropología que considere al hombre como una unidad de cuerpo-espíritu, abierto al infinito. El hombre descubre a Dios, a partir de lo que es y hace en su realidad concreta de vida. El Dios de la revelación cristiana se manifiesta en estas realizaciones, abriéndolas siempre hacia su destino trascendente.

En Puebla se nos hablaba de antropologías insuficientes y que no son compatibles con la dimensión religiosa del hombre: el determinismo, el  psicologismo, el economicismo, el estatismo, el cientificismo...

La valoración de la religiosidad popular parte de una concepción del hombre como el ser de lo trascendente, de lo sagrado. El hombre es la única creatura capaz de adorar, y manifiesta su inteligencia si ésta llega a una confesión adorante de la fe. Una antropología cristiana parte del supuesto de la dignidad del hombre y todas sus manifestaciones, dentro de las que se encuentran también todas las expresiones de la religiosidad popular.

La religiosidad popular es simplemente la religiosidad de la gente creyente que no puede menos que expresar públicamente, con sincera y sencilla espontaneidad, su fe cristiana, recibida de generación en generación, y que ha ido configurando la vida y las costumbres de todo su pueblo.

La Iglesia Católica en Latinoamérica, especialmente desde el Vaticano II, en su proceso de identificación histórica y de vuelta a sus raíces redescubre de modo positivo la religiosidad que creció con ella desde el mismo siglo XVI.

Pero no ha sido sólo la vigencia de la religiosidad popular en la vida de los pueblos lo que ha obligado a los intelectuales a revalorizarla. Ha sido también su historia, en la que se ha revelado como un depósito  efectivo de la síntesis cultural fundante de América latina, producida en los siglos XVI y XVII, que guarda celosamente la variedad e interconexión de los sustratos indios, negros y europeos.

Revalorizar la religiosidad popular es revalorizar el propio pasado de la Iglesia como también su continuidad histórica entre los hombres del pueblo latinoamericano.

Desde esta perspectiva puede considerarse a la religiosidad popular como una de las pocas expresiones, sin descartar otras, de la síntesis cultural latinoamericana que atraviesa todas sus épocas y que cubre, a la vez, todas sus dimensiones: el trabajo y la producción, los lugares de asentamiento, los estilos de vida, el lenguaje y la expresión artística, la organización política, la vida cotidiana. Y justamente en su papel de depósito de la identidad cultural ha soportado los intentos de la modernidad por subordinar las culturas particulares a los dictados de la razón.

Esta religiosidad popular está presente en el catolicismo desde sus primeros momentos. En América latina, la doctrina que trajeron los misioneros se sincretizó con formas africanas o indígenas, y dando lugar en algunos casos a formas mixtas muy bien integradas.

Con el correr del tiempo y con las migraciones a zonas urbanas la religiosidad popular que era propia del campo se extendió a las ciudades.

El florecimiento en las grandes urbes de las distintas expresiones de religiosidad popular responde a la necesidad del hombre recuperar sus raíces socio-religiosas, la apertura natural a lo trascendente y la búsqueda de valores espirituales. Ante la modernización, más aún la "postmodernidad", ha sido una forma comunitaria de resistencia, un "grito profético" del hombre que no quiere negar el misterio y lo trascendente en el horizonte de su vida. El hombre del campo convertido en ciudadano se siente arrancado de su tierra y tradiciones, y arrojado al mundo en que sólo cuenta el logro personal, el trabajo especializado. Su tendencia natural sería volver a su lugar de origen pero, no pudiendo hacerlo de un modo real, se refugia en aquello que simboliza su esencia, su tierra, sus tradiciones. Surgiría entonces, la religiosidad popular urbana, proporcionando un puente para unir lo aparentemente imposible. Desde ella y con toda su carga emotiva, si bien no cambia su situación real, se vuelve a vincular con su ser más intimo. Entre los santos, devociones, la fiesta, se encuentra con los suyos y con aquello que lo identifica más profundamente, pudiendo hacer de este lugar adverso, su casa.

La piedad popular como manifestación visible y sensible de la religiosidad popular es un modelo de la encarnación de la fe en las realidades culturales, que las impregna y al mismo tiempo se enriquece con ellas; es decir, es un modelo de inculturación de la fe. Es sensible, emocional; no es abstracta ni racional. Se expresa en una variada tipología de prácticas devocionales en las que por medio de símbolos se vivencian valores religiosos y específicamente cristianos que se vinculan con distintos universos culturales transformándose en un medio de autoevangelización. Sólo podremos comprender bien la religiosidad popular si reconocemos la cultura como un todo relacionado entre sí.

La experiencia de fe propia de la religiosidad popular brota de la misma vivencia real del hombre y se vincula con la expresión de símbolos, cuentos, mitos, creencias, sueños. “Más que la palabra y el análisis, privilegia el símbolo, la acción, el rito, lo mítico, el movimiento, el beso, el canto, la música, los silencios elocuentes, los bailes, las velas y las flores, etc.” (Víctor Manuel Fernández. Una interpretación de la religiosidad popular.)

Puebla ve la religiosidad popular en América latina como “una manifestación sapiencial integradora de cultura y fe: es un acerbo de valores que responden con sabiduría cristiana; es sapiencia popular católica; asimila creadoramente lo divino y lo humano; es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo, y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Para el pueblo es  un principio y un instinto evangélico de discernimiento” (Puebla 448).

La Religiosidad  Popular tiene un hondo sentido de la trascendencia y, a la vez, es experiencia real de la cercanía de Dios, posee la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos con rasgos contemplativos, que definen la relación con la naturaleza y con los demás hombres, le brinda un sentido al trabajo, a las fiestas, a la solidaridad, a la amistad, a la familia, y un sentimiento de gozo en su propia dignidad, que no se siente socavada a pesar de la vida de pobreza y sencillez en la que se encuentran.

El modo propio de la  religiosidad popular está marcado por el corazón, la fe se encuentra determinada por los sentimientos. Si bien algunos no aceptan este tipo de religiosidad argumentando que no compromete a la persona, sin embargo los sentimientos del corazón llevan a la fe a expresarse en gestos y delicadezas, con el Señor y con los hermanos. Lo sensible no es contradictorio con las experiencias más profundas del espíritu. Y para eso no hay más que referirse a los grandes místicos de la Iglesia Católica, como San Juan de la Cruz, Santa Teresa o San Ignacio de Loyola quienes nos muestran esta dimensión sensible de la fe. Éste sería uno de los grandes valores que, en un intercambio sano y enriquecedor, aporta la religiosidad  popular a la Iglesia, muchas veces tentada de racionalizar y quedarse en meros pensamientos o formulaciones que no comprometen la vida.

Las expresiones de la religiosidad popular son el "signo del enraizarse de la fe en el corazón de los diversos pueblos y de su entrada en el ámbito de lo cotidiano”. En este sentido, la religiosidad popular es la primera y fundamental forma de inculturación de la fe" (Víctor Manuel Fernández. Hundir mi camino en esta tierra. Y quedarme. Vida pastoral, 2002). Esa fe hecha cultura se vive espontáneamente, como parte inseparable de la propia vida, y por eso es más que una serie de nociones: fecunda la fe desde el corazón; configura un modo peculiar de vivir y expresar el dinamismo del Espíritu. No son solamente las manifestaciones masivas de piedad, sino también aquellas expresiones religiosas que de modo capilar pasan a formar parte de lo cotidiano, del lenguaje espontáneo y familiar, y que la mayoría siente como algo ligado a su identidad. Eso que cada uno tiene en común con el pueblo creyente en general, pero que es muy personal al mismo tiempo. (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. 91).

La experiencia de la fe manifestada en gestos cotidianos y vivida comunitariamente conduce al amor de Dios y de los hombres, y ayuda a las personas, y a los pueblos a tomar conciencia de su responsabilidad en la construcción de la historia y la realización de su propio destino. La religiosidad popular encierra una serie de valores humanos y religiosos muy importantes: “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo cuando se trata  de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos de Dios: la paternidad,  la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: ‘paciencia, sentido de la cruz en la vida cristiana, desapego, aceptación de los demás,  devoción’, una  sed de Dios que sólo pueden conocer los sencillos y los pobres” (EN 48). Desde el  punto de vista antropológico, la religiosidad popular manifiesta los sentimientos más profundos, “alborales” según M. Eliade que son: cercanía a la naturaleza, contacto con la vida y la muerte, y la necesidad de sentirse seguro e integrado en la compleja realidad. Este modo de situarse las personas manifiesta, al mismo tiempo la necesidad de salvación en medio de las amenazas de la existencia y la de dar unidad a la vida por medio de símbolos y narraciones.

En Latinoamérica la religiosidad popular configura la identidad histórica: es la decantación de una historia de evangelización que integra de modo más o menos consciente una multitud de elementos culturales y religiosos de muchos pueblos, razas y culturas. En el sustrato de la religiosidad popular están las aportaciones indígenas (ritmos, vestidos, música, comidas, etc.), la cultura afroamerindia teñida por la experiencia de esclavitud, la nostalgia de los orígenes con sus ritos de trance y sanación, las aportaciones del ámbito rural y la influencia de las capas sociales urbanas marginadas que se reagrupan para mantener sus valores.

De ahí “la importancia de la piedad popular para la vida de fe del pueblo de Dios, para la conservación de la misma fe…La religiosidad popular ha sido un instrumento providencial para la conservación de la fe allí donde los cristianos se veían privados de atención pastoral” (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia). En este sentido cabe destacar la importancia de los signos cristianos que impregnan la cultura de sectores populares, creando en millones de personas una sensibilidad favorable hacia Dios, y produciendo una transmisión espontánea de la espiritualidad cristiana. Esta religiosidad entrañable de los pobres se ha convertido muchas veces en un camino utilizado por el Espíritu para llegar al corazón e iniciar el regreso de muchos alejados a la vida en amistad con Dios. En otros casos ha sostenido una silenciosa pero recia adhesión a la fe cristiana brindando un sentido de identidad y pertenencia.

En esta transmisión el pueblo no es una masa anónima y pasiva sino que es sujeto activo. Durante mucho tiempo no se reconoció a la mayoría del pueblo pobre como sujeto cultural. Por este motivo la religiosidad latinoamericana, desde supuestos cargados de prejuicios que desvalorizaban al pueblo, fue considerada como algo arcaico, fetichista propio de los ignorantes. “En las manifestaciones más auténticas de la piedad popular, de hecho, el mensaje cristiano, por una parte asimila los modos de expresión de la cultura del pueblo, y por otra infunde los contenidos evangélicos en la concepción de dicho pueblo sobre la vida y la muerte, la libertad, la misión y el destino del hombre. Así pues, la transmisión de padres a hijos, de una generación a otra, de las expresiones culturales, conlleva la transmisión de los principios cristianos. En algunos casos la unión es tan profunda que elementos propios de la fe cristiana se ha convertido en componentes de la identidad cultural de un pueblo. Como ejemplo puede tomarse la piedad hacia la Madre del Señor. (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. 63) Aparecida llega a denominarla “mística popular” (nº 262).

Varios son los desafíos ante los que se encuentra la Iglesia. Hoy más que nunca se encuentra sobre el tapete, a la hora de proponernos un trabajo evangelizador, el tema de la vida. Claramente está en la conciencia de toda la Iglesia que lo que se encuentra en juego es “la vida” y desde ella “la vida en abundancia” que nos trae Jesucristo. De ahí la necesidad de concentrar en esa perspectiva todos los esfuerzos. Aparecida pone ante nuestros ojos la realidad de una cultura de muerte, algunos de cuyos signos más evidentes son: aumento de la pobreza y de la extrema pobreza, concentración de la riqueza, falta de equidad, ley de mercado, neoliberalismo, paraísos de las finanzas, crisis de la democracia, corrupción, migración, discriminación social, terrorismo, contaminación ambiental, crisis de la familia, aborto, eutanasia, subjetivismo,  consumismo, imposición de la cultura moderna y desprecio de las culturas ancestrales, individualismo, crisis de valores, relativismo moral, distanciamiento entre la fe y la vida.

Es una dura constatación para Iglesia que, después de haber animado la vida y la cultura latinoamericana por más de cinco siglos, el sentido religioso del pueblo se haya erosionado (DA 38), la fe no se transmite de generación en generación con la misma fluidez (DA 39). Aparecida, lejos de de recostarse en lamento o la condena de la situación, reconoce humildemente que no tiene las respuestas a los problemas y que es una invitación a discernir con la luz del Espíritu Santo para ponerse al servicio del Reino en esta realidad (DA 33).

Se hace imprescindible “que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada”  (DA 41). Los discípulos misioneros están llamados a ser creativos en los ámbitos de la cultura, política, opinión pública, arte y ciencia; lugares que han sido frecuentemente abandonados. “Asumiendo con nueva fuerza esta opción por los pobres” (399). “Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres, la renueva (DA 397, 398, 399). El compromiso con la realidad, nace del amor apasionado a Cristo, que acompaña al Pueblo de Dios en la misión de inculturar el Evangelio en la historia, con su caridad samaritana ardiente e infatigable.

La Iglesia para asumir el gran proyecto del Reino, según el estilo de Jesús, tendrá que renovar los modos de acercamiento, de relacionalidad y de interacción, así como redescubrir dentro de la cultura existente los puntos de anclaje.

La evangelización de la actual cultura posmoderna está reclamando en el interior de la Iglesia y fuera de ella, un trabajo pastoral que tenga en cuenta la palabra, las acciones, los signos y los símbolos, un imaginario que exprese la opción por la verdad sobre Dios y sobre el hombre.

Eso implica la creación de un nuevo paradigma cultural, como verdadera alternativa al pensamiento único dominante, que tenga en cuenta las mayores preocupaciones y polos de interés de los hombres de hoy: la realidad social, el pensamiento ecológico, la cosmología moderna, las etnias, la paz, la ética del cuidado, la misericordia y la compasión.

La piedad popular es, en esta búsqueda, recogiendo las afirmaciones más importantes que nos brinda Aparecida, un camino privilegiado. Ella es en el pueblo latinoamericano expresión de la fe católica, contiene la dimensión más valiosa de la cultura latinoamericana, penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel y aunque también se vive en una multitud, puede ser profundizada y penetrar cada vez mejor la forma de vivir de nuestros pueblos, es un imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda, contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal, es una manera legítima de vivir la fe, expresión de sabiduría sobrenatural, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros, es una poderosa confesión del Dios vivo que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe. (Aparecida 258, 259, 261, 262, 263, 264)

La religiosidad desde sus distintas expresiones tan vivas y significativas puede salir al rescate del hombre, de su identidad y de su vocación a la vida. En ella, según las palabras del Papa “aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”, es “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina” y “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer”. El pueblo sencillo ha generado y trasmitido a lo largo de muchos siglos manifestaciones que son las formas que tiene para celebrar la vida. La religiosidad popular tiene espacios de especial expresión de la fe a través de los santuarios, repartidos a lo largo de toda la América latina y el Caribe. El santuario tiene en la historia de la fe cristiana en América un rol papel preponderante. Resultaría muy difícil para la Iglesia entablar un acercamiento a los grandes grupos humanos que se identifican con la fe católica —aunque no siempre lo hacen en formas expresivas  formales— sin la presencia y acción pastoral de los santuarios. Por su piedad, el pueblo sencillo acude al santuario y recuerda que su origen está en el Señor y también que el Dios que nos amó una vez no deja nunca de amarnos y que hoy, en el momento concreto de la historia en que se encuentra, frente a las contradicciones y a los sufrimientos del presente, Él está acompañando el camino de la vida. Así como el Antiguo y el Nuevo Testamento atestiguan de forma unánime que el Templo es el lugar del recuerdo de un pasado salvífico y el ambiente de la experiencia presente de la gracia.

El santuario es el signo de la presencia divina, el lugar de la actualización siempre nueva de la alianza de los hombres con el Eterno y entre sí. Al ir al santuario, el israelita piadoso redescubría la fidelidad del Dios de la promesa en cada "hoy" de la historia. El Templo es la morada santa del Arca de la alianza, el lugar en donde se actualiza el pacto con el Dios vivo y el pueblo de Dios tiene la conciencia de constituir la comunidad de los creyentes, “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa” (1 P 2,9).  El santuario es el lugar del Espíritu, porque es el lugar en el cual la fidelidad de Dios llega a los hombres y los transforma. Al santuario se va ante todo para invocar y acoger la gracia del Espíritu, y para llevarla luego a todas las acciones de la vida. El santuario es, por excelencia, el lugar de la Palabra, lugar privilegiado de perdón, reconciliación y acción de gracias. En él, el fiel a través de los sacramentos realiza el encuentro de los vivos con Aquel que da continuamente y alimenta con vida siempre nueva, en el consuelo y la esperanza, a cuantos acuden hambrientos y sedientos. Al santuario se llega como al templo del Dios vivo, al lugar de la alianza viva con Él, para que la gracia de los Sacramentos libere a los peregrinos del pecado y les dé la fuerza de volver a comenzar con nuevo brío y con nueva alegría en el corazón, para ser entre los hombres testigos transparentes del Eterno. Esta fidelidad de Dios es provocadora de alianzas que son las “promesas” del peregrino.

En el santuario se aprende a abrir el corazón a todos, en particular a los que son distintos de nosotros: el huésped, el extranjero, el inmigrante, el refugiado, el que profesa otra religión y el no creyente. Así, el santuario, además de presentarse como espacio de experiencia de Iglesia, se convierte en lugar de convocatoria abierta a toda la humanidad.

“La experiencia de la piedad popular constituye un modo especial de acercarse al pueblo sencillo, que tantas veces está distante de las formas más tradicionales de pastoral. Se convierte en una posibilidad de comunicación del Evangelio, expresadas, vividas y contextualizadas en la simbología y ritmo propio de la realidad del pueblo creyente”. (Declaración final de IV Congreso de Rectores de Santuarios de América Latina y el Caribe)

La peregrinación es otra expresión de la religiosidad popular ligada al santuario. Posee una profunda expresión simbólica que manifiesta hondamente las búsquedas humanas de sentido y de encuentro con el otro en la experiencia de la plenitud, de aquello que nos trasciende y que está más allá de toda posibilidad, diferencia y tiempo. La peregrinación ayuda a que la experiencia de búsqueda y apertura se socialicen en caminar con otros peregrinos y recale en el corazón, en sentimientos de profunda solidaridad.

La fiesta ocupa otro lugar importante, aparece como el cierre, el cumplimiento, la gratitud puesta en alegría, canto y baile. En la fiesta intervienen todos los sentidos corporales, en un clima de gozo y alegría. El tiempo viene regulado por un ritmo alternativo de concentración y de inactividad, de actos religiosos y de actos profanos. No es una puesta en escena con espectadores y protagonistas. Hasta los espectadores se transforman en protagonistas. La presencia de otros, hasta de los desconocidos intensifica el carácter de lo que se celebra, dado que los celebrantes se sienten en la obligación de mostrar lo que se celebra. La fiesta, además, identifica al pueblo, porque la celebración reúne a todos los vecinos y a los que emigraron, y atrae incluso a los nuevos.

La devoción mariana fuertemente arraigada en la fe de nuestro pueblo constituye una de los principales signos de identidad, como lo fue para Israel la alianza con Yahvé. Israel tenía conciencia de pueblo elegido, depositario de la ley y los profetas. Por sus relaciones con un Dios cercano, era consciente de su singularidad. Por analogía, el pueblo cristiano capta que la protección de Dios le viene por la invocación a una imagen de María, personalizada y singular, y que, por ello, María personaliza y singulariza a ese pueblo.

 El pueblo se siente identificado con la imagen de María, porque a ella acudieron sus padres y a ella acuden hoy en sus problemas. Admirando las virtudes personales de María, la piedad popular se vale de sus atributos para llegar hasta Dios. La acción milagrosa de María es el signo principal de protección individualizada sobre un lugar y desde un lugar. La súplica y petición de favores son una manifestación de la alianza materno-filial, de las relaciones interpersonales, del compromiso mutuo. Aunque sean personas de escasa práctica sacramental, reaccionan ante la enfermedad o el sufrimiento haciendo una promesa. Puede consistir en ir caminando al santuario, hacer el camino en silencio, recorrer la ermita de rodillas, con los brazos en cruz, llevar velas o donaciones, pero la mayor parte de las promesas quedan anónimas y su motivación queda en la intimidad de la persona o de la familia.

En las manifestaciones de piedad popular mariana puede palparse la ley de la Encarnación. La inculturación de la fe no significa únicamente que la fe se vuelca en moldes culturales preexistentes, sino que la fe crea signos de identidad y moldes de convivencia social, los expresa, los llena de vida y expresa la vida. “El pueblo es como el agua. Su curso es como el de los ríos, los cuales inevitablemente peregrinan. A veces, como ríos de montaña, que impetuosos y turbulentos caen verticalmente hasta el valle. Otras veces, como nuestros ríos pampeanos, mansos y panchorrientos y ‘vuelteros’, que,  a través de rodeos juguetones, acaban por desembocar en el océano. Otras veces, por fin, como nuestro Paraná, que bordea San Nicolás, el cual, cuando está bajo es aparentemente manso, pero oculta en sí la fuerza de un torrente insospechable. El pueblo es como el agua de los ríos que, peregrinos, siempre desembocan en el océano. Porque peregrinos y no meramente errantes, tienen ellos su propio rumbo y meta. Viniendo desde la montaña van hacia el océano; viniendo de lo Alto, van hacia lo Infinito. Ser río, ser pueblo, consiste precisamente en la conciencia de tener un origen común y en la corazonada de darse un destino común. Y esta convicción se afianza en los pueblos cuando, como gotas de agua, se mezclan, por la fe cristiana, con la sangre de Cristo. Porque también la sangre, es decir la vida, la de Cristo y, en Cristo, la nuestra, viene desde un Origen y, peregrinando a través de la muerte, desemboca en Resurrección. Ésta es la fe de nuestro pueblo. Pero un pueblo, el pueblo creyente que peregrina en esta tierra, que es agua y sangre, siempre es torrente. Torrente de río; torrente sanguíneo. Torrente que pone de manifiesto su vitalidad, en la fuerza con que busca la verdad, en la fuerza de su amor y en la que le dan sus ideales. Todas estas fuerzas se le concentran regularmente en la pasión y en la fantasía.

El torrente es la fantasía del pueblo, que arrastra consigo todo lo que encuentra y lo que inventa, mezclando, indiscriminado. La fantasía es invención. La fantasía del pueblo no es sólo la capacidad de inventar cuentos, sino la de encontrar verdades. Verdades que están detrás de los cuentos, las anécdotas, las leyendas; núcleos sustanciales de verdad revestidos de adornos exuberantes por la misma tendencia juguetona de la fantasía. El nacer y el morir, el encuentro del varón o de la mujer, el amor y la soledad, el trabajo y la enfermedad, el hecho de hacer el bien y de introducir el mal, proponen el interrogante de la verdad que encierra la vida en forma de enigma y misterio. Tientas a dar respuestas en forma de intuiciones adivinatorias. Desde el momento que ella encierra en sí algo divino, la vida se torna adivinanza. En su apremiante búsqueda de la verdad, el pueblo tantea la verdad adelantándose con su fantasía. Por eso a él le es más fácil aceptar la palabra de verdad, que le revela Dios en Cristo. Y a la vez, proseguirá rodeando a la verdad revelada con la exuberancia de su fantasía.” (El pueblo es como el agua. Escritos teológicos pastorales de Lucio Gera)

La propuesta de Aparecida es una llamada a vivir este momento de nuestra historia como un acontecimiento salvífico y eclesial. Bajo esta luz, la misión de la Iglesia se presenta como el infatigable esfuerzo de unir en un único mensaje lo trascendente con lo inmanente, lo eterno con lo cotidiano, y en esto la religiosidad popular como expresión cierta y sensible de la fe, nacida a la sombra de muchos dolores, tiene mucho que decirnos. "La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza” (Ernesto Sábato. Antes del fin. Memorias).  Los hombres, desde el Antiguo Testamento hasta hoy, en cada momento de la historia en que experimentamos la sensación del fracaso total y la caída nos hemos salvado por la parte más indefensa de la humanidad. La misión de la Iglesia se presenta como un servicio a la vida plena, digna y feliz en Cristo y no puede prescindir del pueblo pobre y sencillo que en medio de las dificultades de cada día ha tratado de encarnar esa propuesta.

Como Pueblo de Dios peregrino en América latina y El Caribe, los discípulos misioneros nos confiamos a la ternura, belleza y alegría del amor de Dios manifestado el rostro mestizo de la Madre de Dios, de la Virgen de Guadalupe. Ella lleva a su pueblo en la pupila de sus ojos y lo cobija en el hueco de su manto. Sus manos en plegaria nos alientan a echar las redes para acercar a todos a Jesús, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), porque Él quiere que todos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

19 de Enero de 2008

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio con motivo de la celebración de Domingo de Ramos en la Basílica de San José de Flores

Al comienzo, en la bendición de los ramos, escuchamos el relato del Evangelio cuando Jesús entra en la ciudad, entra en Jerusalén. La gente sale a recibirlo. Lo querían mucho al Señor. Sale a recibirlo porque entra triunfalmente pero a la vez humildemente. La fiesta se la hace la gente, no se la organiza Él. Eso es propio de Jesús: él nunca se organiza una fiesta para sí mismo. Él va. Él entra en las casas, entra en los pueblos, en las ciudades y es la gente la que lo busca, lo festeja. Por ahí, gente que no pensaba que lo iba a ver y se lo encuentra en el camino y ahí nomás lo festeja. Y un día como hoy, cuando los fariseos le dicen que haga callar a los chicos que cantaban -y a los grandes también- “bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna al Señor”, Él les dice: Miren, si estos se callan van a gritar las piedras. Así era el Señor: sencillo, humilde y provocaba gozo, entusiasmo, paz en los corazones.

Hoy nosotros quisimos, como cristianos, hacer algo parecido. No solo la ceremonia aquí sino que Jesús simbólicamente entrara en la ciudad. Una columna desde Once, otra desde Liniers, venía entrando a la ciudad en esos camiones que ven ahí, con su burrico… y la gente se paraba, la gente los saludaba y la gente pedía la bendición. La bendición del Señor. Jesús sale al encuentro, no espera que lo vayan a buscar. Sale al encuentro. Hoy es el día en que Jesús sale al encuentro y entra en la ciudad. Muchos cristianos hoy también han salido, en nombre de Jesús, al encuentro de los cristianos enfermos en los hospitales… la Iglesia se vuelca a la calle porque hoy Jesús es el rey de la calle como lo fue aquel Domingo de Ramos en Jerusalén. El lugar de culto de Jesús hoy, más que el templo, es la calle. Ahí fue aclamado, ahí fue bendecido, ahí fue reconocido como Señor. En la calle. Después el viernes, en los conciliábulos de poder, en los grupos de influencia, fue negociado. Pero donde está el pueblo fiel, el pueblo creyente, en la calle, fue aclamado.

Y hoy acá en Buenos Aires, como en Jerusalén aquel día, la calle le abrió paso a Jesús. Lo recibió bien. La gente se paraba, pedía la bendición, la bendición de su familia, la bendición de los negocios, de las casas, de los autos… Bendición, qué quiere decir? Que Jesús “diga bien!” Que se acerque! Que se meta en las familias, en los corazones, en las casas, en los autos, en los negocios… Jesús en la calle, metido con toda la gente… Allí. La pretensión de Él es que también, como se le abrieron las puertas de la ciudad, se le abran las puertas del corazón. Todas las Semanas Santas nos pide lo mismo: Abrime el corazón. No te vengo a verdugear! No te vengo a dominar! No te vengo a quitar nada… te vengo a dar todo. Quiero hacerte feliz. Eso es lo que nos dice. Y si le cerramos la puerta de nuestro corazón en la cara, Él sufre. Aunque está acostumbrado, Él sufre. Y nosotros perdemos la oportunidad de que nos haga feliz.

Decimos que hoy la Iglesia se volcó a la calle para imitar aquel Domingo de Ramos, pero también para afirmar que hoy, de una manera especial, pero por extensión el lugar de Cristo es la calle. Los Evangelios nos narran que iba al templo, que iba a la sinagoga, pero también cuenta que siempre estaba metido en los caminos, en los pueblos, en las calles. Hoy el lugar de Cristo es la calle; el lugar del cristiano es la calle. El Señor nos quiere como Él: con el corazón abierto, callejeando Buenos Aires. Nos quiere callejeando Buenos Aires y llevando su mensaje! Como Él, por los caminos y por la calle. No quiere que nos guardemos su palabra para nosotros solos, encerrados en nuestro corazón, en nuestra casa, en el templo sino que volquemos su palabra en la calle. Nos quiere callejeando.  

Miramos a Jesús, a quién le dimos la bienvenida hoy en esta ciudad y que vamos a acompañar durante toda esta semana hasta su resurrección gloriosa, y le pedimos: Jesús, enseñame a abrir el corazón. Jesús, enviá tu Espíritu Santo para que me abra el corazón. Enviá tu Espíritu Santo a esta ciudad para que te abra sus calles, sus casas, sus familias. Jesús, enseñame a salir a la calle y a gritar como aquellos, aquel día en Jerusalén: Bendito sos vos que venís a salvarnos en el nombre de Dios. Que así sea.

15 de Marzo de 2008

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Misa Crismal 

Fijemos la mirada durante unos instantes en esta imagen: Jesús de Nazareth que abre y cierra el Libro y lee la Palabra. Nos detenemos en ese silencio del Señor que, luego de enrollar el Libro, se sienta y sella la escena de manera solemne, le pone la firma, diríamos nosotros, con estas palabras: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. El contenido de la escena nos habla de unción, los gestos del Señor y su valoración de lo acontecido nos hablan de sello. Unción y sello: palabras benditas para nuestros corazones sacerdotales. 

Lucas nos dice que Jesús “encontró” el pasaje del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado”. El Señor no tiene ojos sino para la misión. El Señor “pesca” en la Escritura como en la vida. Así como encuentra el pasaje justo en la Biblia, también en la vida cotidiana su mirada encuentra siempre al vulnerable, sus oídos escuchan la voz del que lo llama…, su celo apostólico llega hasta sentir con los flecos de su manto la necesidad del pueblo al que fue enviado. Este fervor misionero de Jesús siempre nos consuela y nos moviliza en toda nuestra tarea pastoral. Año tras año los que hemos sido ungidos, sellados  y enviados volvemos a esta misma escena para renovar esa unción que nos hace conscientes de las fragilidades de nuestro pueblo, nos impele a salir de nosotros mismos y nos envía a todas las periferias existenciales para sanar, para liberar y anunciar la Buena Nueva. 

Si seguimos en esta línea la inspiración de Aparecida (lo paradigmático de su tono, porque Aparecida es más un paradigma que un programa pastoral), si seguimos la inspiración, digo, de unir discipulado y misión, lo más iluminador en esta escena del evangelio es ese sentirse Buen Discípulo del Padre que experimenta Jesús. La referencia constante al Padre que lo unge con su Espíritu es lo que hace que el Señor “encuentre” a todos los que el Padre le atrae para que salve sin que ninguno se pierda. El Señor es el Mejor Pastor porque es el Mejor Discípulo: el que escucha siempre la palabra del Padre y sabe que el Padre lo escucha a él. De la certeza del agrado del Padre Jesús saca las fuerzas para cumplir su misión hasta el extremo de la Cruz. Ser Buen Discípulo, la obediencia atenta y amorosa a la voz del Padre, constituye la identidad más honda de Jesucristo. Esa obediencia unifica la escucha y la práctica de la Palabra, unifica persona (identidad) y misión. De allí que el Señor, luego de leer el contenido del plan salvador de Dios tomándolo de Isaías, haya sellado la escena apartando los ojos del libro y atrayendo todas las miradas hacia su Persona. Es como si los ojos del Señor se hubieran bebido la Escritura entera de manera tal que lo que era letra pasó a ser en Él Palabra viva, Palabra Viva hecha carne. 

Así, el Señor mismo es ahora el Libro viviente, el Libro que “contiene el sentido de la existencia y del porvenir”. Libro escrito en el anverso y el reverso, porque el Señor se revela “venido en carne”, no sólo con sus palabras sino con sus gestos y toda su existencia. Libro sellado, al que no se le puede añadir ni quitar nada (Ap 22,18-19).  

¿Qué quiere decir que esa Palabra se cumple hoy en nuestros oídos? Quiere decir, por una parte, que esa Palabra se encarna, se interioriza íntegra en nosotros por la unción y nos sella dándonos identidad y, por otra parte, que esa Palabra tiene una fuerza expansiva que nos abre a la misión, nos hace salir de nosotros mismos para comunicarla a los demás. Unción, sello y misión

El sello de la Carne del Señor –con todo lo que una verdad encarnada implica de humanidad, de sentimientos, de historia y de cultura compartida- nos libra de la seducción de adherirnos a esas verdades abstractas (gnósticas) que deslumbran con sus slogans y al poco tiempo desencantan, ya que no encuentran arraigo en el corazón de carne de nuestros pueblos, que han gustado una Palabra viva y encarnada y no se conforman con menos.

Este sello que se imprime ungiéndonos –como una tinta que impregna el papel- hace que la Palabra quede escrita en nuestro corazón de carne e impregne todo lo que hacemos en Nombre de Cristo, el Ungido. Nos convierte en libros vivientes, en libros de carne y hueso que testimonian a Cristo con su propia existencia. El testimonio de Pablo “Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” es modelo de lo que significa “no predicarnos a nosotros mismos”, no trabajar por nuestros propios intereses sino por los del Señor. El sello de la unción que interioriza la Palabra hace que el envío no sea a “hacer cosas”, a “gestionar” el Reino, sino a darnos como personas y a compartir la vida de nuestros pueblos.  

Nuestra identidad sacerdotal ha recibido la unción y el sello: “Es Dios el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con un sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu” (2 Co. 1: 21s). Nuestra identidad sacerdotal, ungida y sellada, que no se toca ni se negocia, no es para mantener un integrismo enlatado y en conserva sino todo lo contrario: la Iglesia cuida la integridad del Don para poder darlo y comunicarlo entero a todos los hombres a lo largo de todas las generaciones. No es identidad autorreferencial sino identidad de amor que nos empuja hacia la periferia, conciencia de lo que somos por gracia, identidad que todo lo refiere a Cristo. Identidad enviada, identidad en misión

El sello es la firma de Dios. Y así como el Padre ha puesto su firma sobre todo lo que ha hecho y hace Jesús, su Hijo amado (Jn 6, 27), así también Jesús  pone su firma sobre nuestro corazón sacerdotal y sobre todo aquello que realizamos en su Nombre. El certificado de que hemos obrado en Cristo serán los corazones ungidos y sellados del mismo pueblo fiel de Dios a quien hemos sido enviados a ungir y sellar: “ustedes son el sello de mi apostolado en el Señor” (1 Cor 9, 2) dice San Pablo. 

En el marco de estas reflexiones le pedimos a San José que sabe de “tomar consigo” y recibir íntegro lo que el Espíritu ha sellado –el Verbo venido en la carne de María- que nos obtenga esa gracia que pide Aparecida para los sacerdotes: “El sacerdote no puede caer en la tentación de considerarse solamente un mero delegado o sólo un representante de la comunidad, sino un don para ella por la unción del Espíritu y por su especial unión con Cristo cabeza” (Ap 193). Y esta gracia la pedimos con mucho fervor para que la unción y el sello del Espíritu nos salven de la idolatría de concebir el ministerio como gestión, de la ilusión de todo gnosticismo espiritualoide y de la autoreferencialidad vanidosa que, de célibes, nos vuelve “solteros” y estériles. La pedimos con mucho fervor para que la unción y el sello del Espíritu nos transformen en don para el santo pueblo fiel de Dios, don que se hace ardorosa y desgastante misión apostólica. Que así sea.

 Buenos Aires, 20 de marzo de 2008. Jueves Santo.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

  

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Vigilia Pascual

1.   En las penumbras del Templo hemos seguido los hitos de un largo camino. Dios escoge a un pueblo y lo pone en camino. Comienza con Abrám: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre y ve al país que yo te mostraré, y yo haré de ti una gran nación” (Gen 12:1-2).  Abrám partió, y fue padre de un pueblo que hizo historia en el camino, un pueblo caminante hacia la promesa. También nosotros recién hacíamos camino escuchando esta historia de andar a través de tierras y siglos, con los ojos fijos en el Cirio pascual, la Promesa definitiva hecha realidad, Cristo Vivo, vencedor de la muerte, resucitado. La vida en Dios no es quieta, es una vida en camino... y hasta el mismo Dios quiso ponerse en camino, en búsqueda del hombre... y se hizo hombre. En esta noche hemos recorrido los dos caminos: el del pueblo, el del hombre, a Dios y el de Dios al hombre, ambos caminos para dar lugar al encuentro. El ansia hacia Dios sembrada en nuestro corazón humano, esa ansia de Dios entregada como promesa a Abrám y, por otra parte, el ansia del corazón de Dios, su amor desmesurado por nosotros, se encuentran hoy aquí, ante este cirio pascual, figura de Cristo Resucitado que resuelve en sí las búsquedas y las ansias, los deseos y los amores; Cristo Resucitado meta y triunfo de ambos caminos que se encuentran. Ésta es la noche del encuentro... del “Encuentro” con mayúscula. 

2.   Llama la atención cómo el Evangelio que acabamos de escuchar describe el Encuentro de Jesucristo Victorioso con las mujeres. Nadie está quieto... todos están en movimiento, en camino: se habla de que las mujeres fueron, de que la tierra tiembla fuertemente; el Ángel bajó del cielo, hizo rodar la piedra, los guardias tiemblan. Luego la invitación: Él irá a Galilea, que todos vayan a Galilea. Las mujeres , con esa mezcla de temor y de alegría  -es decir, con el corazón en movimiento- se alejan rápidamente y corren a dar la noticia. Se encuentran con Jesús y se acercan a Él y le abrazan sus pies. Movimiento de las mujeres hacia Cristo, movimiento de Cristo hacia ellas. En este movimiento se da el encuentro

3.    El anuncio evangélico no queda relegado a una historia lejana que sucedió hace dos mil años... es una realidad que se sigue dando cada vez que nos ponemos en camino hacia Dios y nos dejamos encontrar por Él. El Evangelio plasma un hecho de encuentro, de  encuentro victorioso entre Dios fiel, apasionado por su pueblo, y nosotros, pecadores, pero sedientos de amor y de búsqueda, que hemos aceptado ponernos en camino... ponernos en camino para encontrarlo... para dejarnos encontrar por Él. En ese instante, existencial y temporal, experimentamos lo de las mujeres: temor y alegría a la vez; experimentamos ese estupor del encuentro con Jesucristo que colma nuestros deseos pero que nunca dice “quédense”, sino “vayan”. El encuentro nos remansa, nos fortalece la identidad y nos reenvía; nos vuelve a poner en camino para que, de encuentro en encuentro, lleguemos al encuentro definitivo. 

4. Señalaba recién que, en medio de las penumbras, nuestras miradas se centraban en el Cirio Pascual, Cristo, realidad y esperanza a la vez; realidad de un encuentro hoy y esperanza del gran encuentro final. Esto nos hace bien porque diariamente respiramos desencuentros; nos hemos acostumbrado a vivir en la cultura del desencuentro, en la que nuestras pasiones, nuestras desorientaciones, enemistades y conflictos nos enfrentan, nos deshermanan, nos aíslan,  nos cristalizan en ese individualismo estéril que se nos propone como camino de vida todos los días. Las mujeres, esa mañana, eran víctimas de un doloroso desencuentro: le habían quitado a su Señor. Se hallaban en soledad delante de un sepulcro. Así nos quiere la propuesta cultural del paganismo actual en el mundo y en nuestra ciudad: solos, quietos, al final de un camino de ilusión que se transforma en sepulcro, muertos en nuestra frustración y egoísmo estériles,. Hoy necesitamos que la fuerza de Dios nos conmueva,  que haya un gran temblor de tierra, que un Ángel haga rodar la piedra en nuestro corazón, esa piedra que impide el camino, que haya relámpago y mucha luz. Hoy necesitamos que nos sacudan el alma, que nos digan que la idolatría del quietismo culturoso y posesivo no da vida. Hoy necesitamos que, después de ser sacudidos por tantas frustraciones, lo volvamos a encontrar a Él y nos diga “No teman” , pónganse de nuevo en camino, vuelvan a la Galilea del primer amor. Necesitamos reanudar la marcha que comenzó nuestro padre Abraham y que nos señala este Cirio Pascual. Hoy necesitamos encontrarnos con Él; que lo encontremos y Él nos encuentre. Hermanos, las “felices pascuas” que les deseo es que hoy algún Ángel haga rodar la piedra y nos dejemos encontrar con  Él. Que así sea.

 Buenos Aires, 22 de marzo de 2008.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

 

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Homilía en la Misa de apertura de la Asamblea Episcopal 

“Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada “de los Libertos”, como también otros originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que le dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron  excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. Entonces presentaron falsos testigos, que declararon: “Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés”. En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel.” (Hech 6: 8-15). 

“Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿Cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro  que ustedes me buscan, no porque vieron signos sino porque han comido pan hasta saciarse Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús le respondió: “La obra de Dios es que Ustedes crean en aquel que él ha enviado”. (Jn. 6: 22-29).

Lunes de la 3ª Semana de Pascua. 

1.    En medio de una crónica prieta Juan sitúa un diálogo entre Jesús y su pueblo. Con pinceladas rápidas recuerda que el Señor alimentó a cinco mil hombres, que sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua, que al día siguiente la multitud se percata que Jesús no había partido con sus discípulos, que –mientras tanto- unas barcas de Tiberíades atracan en el lugar de la multiplicación de los panes y –al constatar que Jesús no está allí- vuelven a embarcar y van a Cafarnaun a buscar a Jesús y allí lo encuentran. Tal es la crónica. Y, en este marco, el diálogo con Jesús: “Maestro, ¿Cuándo llegaste?”, “les aseguro que Ustedes me buscan no porque vieron signos sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn.6:25-26). 

2.    Jesús hace notar un cambio de actitud en el corazón de ese pueblo que, antes del milagro de los panes, lo seguía “al ver los signos que hacía curando a los enfermos” (Jn.6:2) y luego se maravilla por el signo de alimentar a la multitud y confiesa con fe y entusiasmo: “Este es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo” (Jn. 6: 14). Finalmente quiere apoderarse de él para hacerlo Rey (Jn. 6:15). Los sentimientos del corazón de esa gente se deslizan imperceptiblemente de la confesión mesiánica al deseo de fundar el reino temporal. De ahí todo ese  movimiento y la pregunta, casi reproche, al Señor en el momento del encuentro: “Maestro, ¿cuándo llegaste?” (Jn. 6:25). El cambio de actitud de la gente no es algo nuevo ni será ésta la última ocasión que pase. Había sucedido en la Sinagoga de Nazareth (Lc. 4: 16-30) y se repetirá luego en forma de desilusión o temor o cansancio o debilidad (Jn. 6: 66-67). Después del Domingo de Ramos sucederá el Viernes Santo ante Pilato: el “Hosanna” se convierte en “Crucifícalo”. Sus mismos discípulos, tan adheridos a él, en el momento de la prueba huyen espantados y la mañana de la Resurrección tienden a optar por la seguridad del escepticismo, la duda, y hasta tomar distancia de Jerusalén. 

3.   Existe un momento en la experiencia de la relación con Jesús, en el cual el estupor que produce el encuentro con Él, todo encuentro con Él,  hace tambalear la seguridad humana, y el corazón teme dilatarse en el gozo de ese encuentro, se asusta y retrocede refugiándose en  lo que podríamos llamar el autocontrol, el tomar las riendas de la relación con el Señor, acomodándola a los parámetros de cierta sensatez y sentido común meramente humanos. Lucas describe genialmente esta experiencia en la aparición del Señor Resucitado a los discípulos: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc. 24: 41). Miedo a la alegría, miedo a la autodonación de sí que supone el encuentro con Jesucristo, miedo a dejarse conducir por el Espíritu. 

4.   Sucede entonces algo así como una reacción de nuestra autonomía. El señorío que nos fue dado en la creación (Gen. 1: 28)  reclama sus derechos: el hombre quiere conducir y controlar él la relación con Dios, pero se olvida que su señorío está  herido por el pecado. De ahí el reduccionismo de la experiencia religiosa al ámbito de lo controlable. En esta dirección apunta la advertencia de Jesús a sus interlocutores: “Trabajen no por el alimento perecedero, sino por el que permanece  hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque es a él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello” (Jn. 6: 27). Jesús siembra una nueva levadura en este señorío herido, y nos recuerda que la tarea consiste en  realizar las obras de Dios que es creer en Aquél que él ha enviado (cfr. Jn. 6: 28-29). En medio de esa vacilación de querer refugiarnos en nuestro señorío enfermo el Señor planta la bandera de la fe, como lo hizo la mañana de la Resurrección (cfr. Lc. 24: 39-40). Juan, años más tarde y en medio de las persecuciones, glosará estas palabras del Señor: “La victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (I Jn. 5: 4-5) 

5.   Nuestra vida de hombres, de cristianos y de pastores estará siempre tironeada en esta tensión. Por una parte ejercer nuestro señorío humano con las cualidades y medios que el Señor nos da y, por otra, no caer en la seducción de quedarnos allí, en los emprendimientos y las realizaciones, satisfechos sólo con “ese pan”. El Espíritu nos empuja a buscar más allá de los logros y satisfacciones inmanentes; nos llama al encuentro con Jesucristo a “quien Dios, el Padre, marcó con su sello” (Jn. 6: 27); a tender a ese encuentro que nos descoloca y nos unge con la fuerza de Dios, ese encuentro al que no podemos controlar en la experiencia del estupor y la alegría. El Espíritu nos conduce a vivir no para nosotros mismos sino para el Señor, a pertenecer al Señor (cfr. Rom. 14: 7-8). Las propuestas mundanas o inmanentes –en cambio-  nos colman  a medias y nos dejan  a mitad de camino en el seguimiento de Jesucristo. Las tentaciones contra la libertad y el gozo del encuentro con el Señor serán siempre las mismas: ese reduccionismo de todo al ámbito de nuestro mundo humano (cfr. Hech. 1: 6), ese querer domesticar al Señor con alternativas clausuradas en el límite de lo que Jesús llama “el alimento perecedero” (Jn. 6: 27) como lo pretendió Pedro (Mt. 16:22 ss.) o el mismo Satanás en el desierto (Mt. 4: 1-11); también puede darse la tentación de idolatría en la pretensión de reducir el ministerio a mera gestión, o la tentación de superficialidad que nos ofrece el refugio “prêt à porter” de teologías o espiritualidades gnósticas que despojan al Señor de su soberanía y satisfacen sólo a medias y por un tiempo; y también la tentación de pretender o buscar en nuestra tarea  una Iglesia similar a la mujer encorvada del Evangelio (cfr. Lc. 13: 11), Iglesia autoreferencial que, a la larga, no puede salir de sí hacia el anuncio y, en su psicología clausurada, pierde el gozo de ser la Esposa fiel y fecunda en hijos de Dios. 

6.   En medio de esta tensión que cada uno de nosotros experimenta tantas veces, la Iglesia hoy nos propone el ejemplo de Esteban, su opción por el alimento de la vida eterna, su opción por la obra de Dios, la fe en aquél que el Padre ha enviado, Jesucristo, (cfr. Jn..6:29) opción hasta el martirio. Esteban no vivió para sí ni murió para sí, sino para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte perteneció al Señor (cfr. Rom. 14: 7-8). Asumió su momento histórico y lo hizo en un acto de confesión de la soberanía y señorío supremo de Jesucristo sobre su personal señorío humano; entregó su espíritu en adoración a Jesucristo y servicio a él en la persona de los demás dando testimonio y pidiendo perdón por ellos. Contemplando su rostro transfigurado dejemos plantar la bandera de la fe en nuestra vida de todos los días, adoremos en esta Misa a Jesucristo y dispongamos nuestro corazón sacerdotal al servicio del prójimo. Y pienso que, mirando a nuestro pueblo,  nos hará bien recordar el llamado de Pablo a los Romanos: “Hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: éste es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto” (Rom. 12: 1-2). Que así sea.

 Buenos Aires, 7 de abril de 2008.

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. 

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Palabras del Arzobispo, Cardenal Jorge Bergoglio

en la primera reunión del Consejo Presbiteral  2008

El camino recorrido

Hace  cinco años el encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias,  nos interpeló a buscar “cómo ser hoy Iglesia en Buenos Aires”.  La Asamblea se presentó como  momento eclesial de encuentro en el Señor; un espacio de afirmación de nuestra identidad y de toma de conciencia de nuestra misión en un ámbito de comunión y participación. La vivencia de la Asamblea tenía que reflejar la realidad de la Iglesia en Buenos Aires para ponerla en común y, juntos, encontrar los caminos para seguir andando el sendero iniciado con el Plan de Pastoral Orgánico Arquidiocesano, descubriendo nuevas expresiones de evangelización[1].

Esperábamos y buscábamos, en lo que luego se llamó el estado de asamblea[2], un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Señor nos fue  llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre el santo pueblo de Dios: y ahí reconocimos experiencialmente sus heridas y fragilidades[3] que son también son las nuestras. En la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y sentimos el hondón de sus heridas pudimos mirar el rostro de Cristo, ir a su  Evangelio para rezar, pensar y discernir lo que necesita. No buscando soluciones rápidas y prearmadas, sino dejándonos  iluminar y trasformar por la oración y la confrontación con los otros, permitiendo que sea Dios el que hable y no las recetas ya experimentadas. 

Por las heridas y fragilidades Dios nos habló pidiéndonos la ternura del Padre que sólo podemos brindar en la medida que se renueva y crece nuestro fervor apostólico[4]   siendo testimonio vivo del amor de Aquel “que nos amó y nos salvó”. 

La pluralidad de exigencias nos llamó y nos llama a reforzar una identidad eclesial que brote de una mayor comunión que se haga palpable en un estilo común[5],“sean uno para que el mundo crea”, procurando el modo de acoger a todos haciendo de nuestras parroquias, geografías  pastorales, y muy especialmente de las “periferias existenciales nuestra ciudad[6], santuarios[7] donde se experimenta la presencia de Dios que es ternura[8] que vino a nosotros, nos amó y nos salvó[9] y continúa pasando  por nuestra vida y derramando su bendición[10].

La mano providente de Dios quiso que este camino que fuimos haciendo como Iglesia en Buenos Aires nos fuera preparando el corazón para que la respuesta a esa pregunta madrugadora: -¿Cómo ser iglesia en nuestra ciudad?, que en definitiva es descubrir cómo responder a nuestra misión de bautizados, de hijos de Dios- viniera también de la mano de la Iglesia en Aparecida. Nuestro lugar y nuestra tarea son los de discípulos misioneros.

En las inquietudes y búsquedas de Aparecida nos encontramos totalmente identificados, en sintonía y confirmados en el camino.

 

La luz que nos trajo Aparecida

 

La Iglesia Latinoamericana que se reúne en Aparecida es una Iglesia  consciente de que tiene muchos problemas. Muchos de ellos se repiten y lo descubrimos en nuestra realidad pastoral cotidiana: el crecimiento de los bautizados no acompaña el crecimiento demográfico, año a año muchos fieles abandonan la Iglesia, muchos se van a otros grupos religiosos, nuestras comunidades están lejos de los pobres, hay pocos cristianos en los lugares donde se toman las decisiones que marcan la vida de nuestros países, empobrecimiento y exclusión.

 

 

Cambio de época

 

Es un tiempo de cambios[11]que tienen un alcance global[12] con consecuencias en todas las dimensiones de la vida de nuestros pueblos: lo cultural, lo socio-político, lo económico, las ciencias,  la educación… y naturalmente también lo religioso.

Muchas veces al hablar de “época de cambios” decíamos que vivíamos cambios: algunos fuertes, en algunas esferas de la vida de las personas y de los pueblos, pero la matriz social y cultural, los puntos de referencia, permanecían.

En Aparecida la  Iglesia toma conciencia de lo que se venía anunciando desde hace varios años. Lo que estamos viviendo es un “cambio epocal”, lo que está aconteciendo es que cambia  precisamente esa matriz. Los  cambios “no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que  existe[13].

Lo propio del “cambio de época” es que ya las  cosas no están en su sitio. Lo que antes servía para  explicar el mundo, las relaciones, el bien y el mal, ya parece que no funciona más. La manera de ubicarnos en la historia cambió. Cosas que pensamos que nunca iban a pasar, o que por lo menos  no las íbamos a ver, las estamos viviendo y delante del futuro no nos  animamos ni siquiera a pensar. Probablemente lo que nos parecía normal de la familia, la Iglesia, la sociedad y el mundo, parecería que ya no volverá a ser de ese modo. Lo que vivimos no es algo que ilusoriamente tenemos que esperar que pase para que las cosas vuelvan  a ser como siempre fueron.

Con gran dolor se constata que  la fe, que por más de cinco siglos ha animado  la Iglesia  en  Latinoamérica, ha erosionado[14]. Ya no se transmite de generación en generación con la misma fluidez[15]. Pero lejos del lamento o la condena de la situación, Aparecida reconoce que no tiene las respuestas a los problemas y por eso es una invitación a discernir con la luz del Espíritu Santo de que manera  ponerse al servicio del Reino en esta realidad[16]. Es un acto de profunda humildad el reconocimiento público de no  saber qué es con precisión lo que hay que hacer.

 

La respuesta de Aparecida

 

Aparecida no nos trae recetas sino unas claves, unos criterios, unas pequeñas grandes certezas para iluminar y sobre todo “encender” el deseo profundo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a esa actitud que plantó la fe en los comienzos de la Iglesia y después hizo de nuestro continente la tierra de la esperanza. Ante la pregunta: ¿qué es lo que hay que hacer? Aparecida responde: Ser discípulos misioneros en el hoy de nuestro continente. Eso es, en definitiva, el gran objetivo de Aparecida, y lo que nuestro mundo necesita de nosotros. Lo propio del discípulo: la “mirada humilde” y aprendedora[17], la escucha silenciosa y atenta[18]. El discípulo  no es Maestro  por eso no sabe lo que tiene que hacer, no tiene respuestas.[19] La Iglesia de Aparecida es comunidad de discípulos  misioneros que quieren escuchar al Señor y escuchar la realidad con humildad para discernir qué es  lo que hay que ser y hacer: “necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad  y la plenitud de la vida”.

Y necesitamos al mismo  tiempo que arda en nosotros el celo apostólico para llevar al corazón de la cultura  de nuestro tiempo “aquel sentido unitario y completo de la vida humana” que sólo Cristo puede dar[20].

La escucha del Señor también se hace en la escucha  de la realidad con espíritu profético. Ello significa “poner luz sobre modelos antropológicos incompatibles con la  naturaleza y dignidad del hombre” y “presentar la persona humana como el centro de toda la vida social y cultural”: En nuestros días, hacer este anuncio integralmente exige espíritu profético y coraje.

La realidad se presenta complicada y desconcertante, pero los cristianos tenemos que vivirla como discípulos del Maestro. No podemos ser observadores asépticos e imparciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar todas las estructuras de la sociedad de una Vida, un Amor que hemos conocido.

Ese Amor nos hace vivir  abundantemente, como dijo el Papa en el Discurso Inaugural: es “lo mejor que nos pasó en la  vida”, es lo que tenemos para  ofrecer al mundo y contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la vida y la solidaridad[21]. Por eso, no podemos mirar la realidad más que en términos de misión.  

La Misión como propuesta y desafío.

            La misión vocación, definitiva de la Iglesia de Jesucristo, es el corazón de Aparecida. No podemos quedarnos en espera pasiva en nuestros templos[22].

Benedicto XVI reafirmó reiteradas veces esta comprensión de la misión como luz de la pastoral ordinaria diciendo que “los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del Pueblo de Dios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones” [23]. “…los Apóstoles, transformados interiormente el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. Por consiguiente, toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios, que es Amor[24].” Se trata efectivamente de no ahorrar esfuerzos en la búsqueda de los católicos apartados y de aquellos que poco o nada conocen sobre Jesucristo, a través de una pastoral de acogida”[25].

Al abordar el tema de la Misión permanente y la Misión continental debemos evitar caer en un reduccionismo que lleve a la realización de una Misión programática en la que se concentran durante un tiempo determinado todos los esfuerzos y los mejores recursos en una salida misionera, de modo que cuando concluye todo vuelve a ser igual.

La propuesta de Aparecida es más audaz, va más allá de una misión  programática  aunque no la excluye. La Misión que propone Aparecida no está limitada en el tiempo, sino pensada de forma tal que después que se inicie siga sola, que sea una misión permanente. No se trata de programar una serie de acciones, aunque no lo descarta, sino el comienzo de algo con proyección indeterminada. Podemos entonces, hablar de la Misión permanente y la Misión continental que propone Aparecida como una “Misión paradigmática”. Esto significa tener la misión como una clave de interpretación de toda la acción pastoral, es impulsar fuertemente un proceso pastoral que tiene como característica la dimensión misionera en los ámbitos de la pastoral ordinaria. No es acción misionera ad extra sino ad intra y ad extra continua y permanente.

La misión se convierte en el paradigma de toda acción evangelizadora. “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, sacerdotes, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos, y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta. ” [26]

            El párroco “debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración”[27]. El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida. “La vocación especial de los misioneros ad vitam  conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes”[28].

Esta clave de interpretación, por ejemplo, hace que no se piense solamente en misionar para que se acerquen más personas a la catequesis o a los sacramentos sino que nos desafía a repensar la realidad catequística y sacramental desde una perspectiva misionera.

En el espíritu de Aparecida implicará también encaminar todo el quehacer evangelizador de nuestra Iglesia en el marco de una Pastoral de Conjunto donde obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, organismos y asociaciones trabajemos corresponsablemente en la formación de comunidades discipulares misioneras y servidoras comprometidas a llevar  con pasión el anuncio del Evangelio a todos los hombres.

La propuesta de una pastoral en clave Misionera  surge de la necesidad de una nueva relación con los que están "fuera", es decir, los no creyentes, los alejados, los no practicantes, las nuevas culturas, etc. que constituyen el lugar prioritario de la misión. Hombres y mujeres que muchas veces comparten las mismas celebraciones, viven en un mismo barrio, trabajan en un mismo lugar y caminan por una misma ciudad.

Esta realidad designa no sólo a  los no bautizados o a aquellos que no han recibido todavía el misterio del Reino, sino que incluye, de hecho, a todos aquellos para los que los misterios del Reino de Dios y la Iglesia son todavía algo exterior, en los que no se participa desde dentro, con los que no se identifica hasta el punto de que todo parece lejano, desconocido o sin valor, “caminar juntos, contar persona a persona, cuerpo a cuerpo, con la voz, con las manos y con el corazón, que Jesucristo es el Señor”[29].

Una pastoral en clave de Misión pretende sencillamente abandonar el cómodo criterio pastoral del "siempre se ha hecho así ", salir de la repetición mecánica, superar la improvisación y la rutina, dejar de dar respuestas estereotipadas a preguntas que nadie se hace, construir un proyecto válido de misión permanente, ordenando en función de este proyecto las actividades de los agentes de pastoral, partiendo de la realidad, valorando los recursos humanos y materiales y teniendo muy en cuenta la medida del tiempo para proponerse objetivos concretos a corto, mediano y largo plazo.

Por lo tanto, el sentido misionero deberá  animar todas las programaciones pastorales y acciones de la pastoral ordinaria intentando seriamente llegar a todos en sus propios lugares y en su estilo de vida. 

Conversión pastoral

         Para promover una pastoral en clave misionera es necesario estar dispuestos a una conversión pastoral que implica un cambio de mentalidad, de actitudes y de conductas; para lo cual es necesaria una perseverante docilidad al Espíritu que transforma los corazones y convierte a las comunidades en signos elocuentes de una forma diferente de pensar y de vivir. “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera […] haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera[30].

El complejo fenómeno de la globalización, los cambios culturales acelerados, la gran influencia de los medios de comunicación y los múltiples retos que afronta la sociedad en todos los ámbitos, son un desafío a su creatividad pastoral, a su sensibilidad de creyentes y a su espíritu misionero. Por eso se siente la urgencia de un giro decidido hacia una nueva orientación pastoral, animada por una verdadera conversión pastoral.

La experiencia de conversión está en el centro de la vida y espiritualidad cristiana.  Es una experiencia: teórica que compromete nuestra inteligencia, relacional porque involucra nuestra vida afectiva, práctica porque nos da una fisonomía moral determinada y espiritual porque hace a nuestra relación con Jesucristo. Una transformación de la acción pastoral y una consecuente acción pastoral transformadora sólo podrá producirse cuando haya sido mediada por la transformación interior de los agentes de pastoral y miembros de la comunidad que la componen.

La conversión pastoral se vive cuando las “transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace  la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales.”[31]. Todas las estructuras de comunión de la Iglesia requieren esa conversión, desde las pequeñas comunidades y las parroquias a las diócesis y sus estructuras pastorales. Y además todos los lugares donde se puede dar el encuentro con el Señor: familias, movimientos, colegios y universidades.  “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.[32]”.

La conversión pastoral es un proceso pascual de muerte y resurrección, de fe incondicional  y esperanza inquebrantable en el Dios de Vida. Donde hay conversión podemos tener la certeza que Espíritu está animando la marcha de la Iglesia que, con audacia, se hace capaz de cambiar su rumbo para ir asumiendo las opciones que permiten una experiencia y vivencia cada vez más profunda del Reino de Dios. “Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos […] No hemos de dar nada por presupuesto y descontado. Todos los bautizados estamos llamados a ‘recomenzar desde Cristo’, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos”[33]. Porque “el seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena”[34].

Que todos nos sintamos fascinados, atraídos y apremiados por el amor de Cristo[35] y podamos decir con San Pablo ¡”Ay de mí si no evangelizo”! [36]. La Madre del Señor, que experimentó la peculiar fatiga del corazón[37], nos acompañe y sostenga en nuestras fatigas cotidianas y nos obtenga la gracia de la audacia evangelizadora, el fervor apostólico y la constancia misionera.

 

Buenos Aires, 15 de abril de 2008

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

[1] Año 2004

[2] Año 2005

[3] Año 2003

[4] Año 2004

[5] Año 2006

[6] Año 2006

[7] Año 2006

[8] Años 2005/06/07

[9] Años 2006/07/08

[10] Año 2008

[11] DA 33

[12] DA 34

[13]DA 37

[14] DA 38

[15] DA 39

[16] DA 33

[17] DA 36

[18] DA 36

[19] hay que dejar que la realidad surja del pueblo fiel de Dios, tanto en la preparación como en la elección del método no habrá condicionamientos previos. Se irán recogiendo los diversos aportes que inspire el Espíritu a las personas, a los diversos grupos parroquiales, movimientos apostólicos, y bautizados que no pertenecen a ninguna institución. Y el servicio del obispo consistirá en armonizar esos aportes. Armonizar con la fuerza del Espíritu Santo, no con pre-concepciones funcionales, sino con el Espíritu, puesto que “Ipse est harmonia”  J. Bergoglio  2004

[20] DA 41

[21] DA 480

[22] DA 548

[23] Benedicto XVI, Discurso a las Obras Misionales Pontificias del 05/05/2007.

[24] Mensaje del S.S. Benedicto XVI para la jornada mundial de las misiones. "La caridad, alma de la misión”

[24] Encuentro del Pontífice con la comunidad católica de Brasil. 

[26] DA 366

[27] DA 201

[28] Redemptoris missio, 66

[29] J. Bergoglio: Jornada preasamblea Junio 2005

[30] DA 370

[31] DA 367

[32] DA 365

[33] DA 549

[34] DA 277

[35] 2 Cor. 5, 14

[36] 1 Cor. 9, 16

[37] Redempt. Mater. 17

Apéndice

 

Algunas pistas que podemos tener en cuenta

 

”Una Iglesia en clave misionera vive una constante conversión pastoral que lleva a asumir nuevas actitudes y formas de evangelización.

 

·        Vive la pasión por el Reino como centro de la vida y acción eclesial.

·        Evangeliza y es evangelizada constantemente desde el anuncio del Kerigma.

·        Se sostiene por Palabra y apunta al encuentro con  Jesús que lleva al cambio personal y a la creación de certezas profundas que iluminan tanto la vida personal como social.

·        Anuncia de modo directo y directo a Jesús

·        Reformula las estructuras eclesiales y los planes pastorales de acuerdo a esta nueva clave de interpretación.

·        Ofrece antes de exigir,  no condiciona sino que presenta creativamente nuevas posibilidades y opciones.

·        Discierne los signos de los tiempos y no da nada por supuesto.

·        Supera la desesperanza del “siempre se hizo así” y del “no se puede hacer nada”.

·        Asume la realidad tal como se presenta sin pruritos ni prejuicios.

·        Vive la acción pastoral con corazón samaritano que va al encuentro del hermano necesitado, del que se ha ido, del que no está.

·        Crea servicios que lleguen a los excluidos para hacer de la Iglesia “Casa y escuela de Comunión”.

·        Tiende por todos los medios a una ser un  Iglesia de puertas abiertas.

·        La identidad de sus miembros se verifica con el discipulado y la misión.

·        Realiza un proceso que lleva a la parroquia a ubicarse como comunidad de comunidades y porción de una Iglesia más amplia.

·        Experimenta la Misión como tarea de todos y expresión viva de la fe.

 

Esta nueva perspectiva supone una mística, certezas y opciones

·        Evangelizar es “hacer discípulos” no adherentes.

·        El discípulo vive una relación profunda con el Maestro, no sólo formal. 

·        Esta relación lleva a seguir a Jesús haciendo nuestro su estilo de vida.

·        La escucha orante de la Palabra alimenta el seguimiento de Jesús.

·        La oración es el lugar de la intimidad con Jesús y de encuentro intercesor por los hermanos.

·        La Misión es la razón de ser del discípulo.

·        La parroquia es “casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad”. 

·        La parroquia se convierte en lugar de misión que afecta a toda la vida social de barrio.

  

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Mensaje del Sr. Arzobispo en la Misa por la Educación

Queridos educadores: 

Como todos los años, me dirijo a ustedes para alentarlos en esta tarea grande, a la que han sido llamados y convocados. Mis palabras de pastor intentan acompañarlos, animarlos en su quehacer cotidiano, y fortalecer todo brote de vida proyectado como crecimiento para este año 2008 que comienza.

Educar es una de las artes más apasionantes de la existencia, y requiere  permanentemente ampliar horizontes, recomenzar y ponerse en camino de modo renovado. Además nos cuestionan todos los días las necesidades de un mundo cambiante y acelerado. Hay que vencer el cansancio, superar malestares, medir las fuerzas ante el desgaste del trabajo. Necesitamos el bálsamo de la esperanza para continuar; y la unción de la sabiduría, para restaurarnos en una novedad que asuma lo mejor de nuestra tradición, y para saber reconocer aquello que hay que cambiar, que merece ser criticado o abandonado.

El tiempo nos hace humildes, pero también sabios, si nos abrimos al don de integrar pasado, presente y futuro en un servicio común a nuestros chicos.  Espero, yo también, que estas palabras cumplan con ese objetivo.

 I- SE ASUME EL CAMINO AL ANDAR

 Homo viator

La humanidad siempre concibió la vida como un camino; al hombre como un caminante que, cuando nace se pone en marcha y, a lo largo de su existencia, se encuentra con personas o situaciones que lo vuelven a poner en camino (a veces con una misión, otras con una crisis). En la Biblia esta realidad es constante: Abraham es llamado a permanecer en el camino “sin saber adonde iba”; el pueblo de Dios se pone en camino para liberarse de los egipcios. Así también en la historia o la mitología de otros pueblos: Eneas, ante la destrucción de Troya, supera la tentación de quedarse a reconstruir la ciudad y, tomando a su padre a babuchas, emprende la subida al monte cuyo fin será la fundación de Roma. Otros relatos mitológicos muestran el camino humano como el retorno al hogar, a la pertenencia primigenia. Así el caso de Ulises o lo expresado tan poéticamente por Hölderlin en su Oda sobre el retorno al hogar. Tolkien, en la literatura contemporánea, retoma en Bilbo y en Frodo la imagen del hombre que es llamado a caminar y sus héroes conocen y actúan, caminando, el drama que se libra entre el bien y el mal. El “hombre en camino” conlleva una dimensión de esperanza; “entrar” en esperanza.  En toda historia y mitología humana se subraya el hecho de que el hombre no es un ser quieto, estancado, sino “en camino”, llamado, “vocado” -de aquí el término vocación- y cuando no entra en esta dinámica entonces se anula como persona o se corrompe. Más aún, el ponerse en camino se enraiza en una inquietud interior que impulsa al hombre a “salir de sí”, a experimentar el “éxodo de sí mismo”. Hay algo fuera de y en nosotros que nos llama a realizar el camino. Salir, andar, llevar a cabo, aceptar la intemperie y renunciar al cobijo… éste es el camino. 

Caminar es ya, de alguna manera, “entrar” en una esperanza viva. Así como la verdad, la esperanza es algo en lo que debemos aprender a hospedarnos, un don que nos mueve a caminar, y que más allá de todo desaliento ante tanto mal en el mundo, nos invita a creer que cada día traerá el pan necesario para la subsistencia.  

Caminar en esperanza es tener certeza de que el Padre nos dará lo necesario. Es la confianza en el don, más allá de toda calamidad o desgracia. Jesús, en la oración del Padre Nuestro, expresa esta confianza primordial, que encuentra su representación en los lirios del campo y en los pájaros del cielo.  Caminar y esperar se convierten así, de algún modo, en sinónimos. Podemos caminar porque tenemos esperanza. El hacer camino se vuelve la imagen visible del hombre que ha aprendido a esperar en su corazón. Caminar, sin detenerse o extraviarse, es el fruto tangible de la esperanza. No por nada el Papa nos invita, en su última encíclica Spe Salvi, a colocarnos de nuevo ante la pregunta ¿Qué podemos esperar? y esto, según nos advierte Benedicto, “hace necesaria una autocrítica de la edad moderna en el diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza. En este diálogo, los cristianos, en el contexto de sus conocimientos y experiencias, tienen que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecer” (cf. 22). 

La tentación es una invitación a detener la marcha, a des-esperar. ¿Cómo no caer, cuando ya han caído tantas y tantas utopías en este postmoderno comenzar de un siglo de más guerra y más desigualdad? La tentación es seria, y su posibilidad real la conoce todo aquel que valientemente ha volcado su corazón y  emprendido un actuar decidido en la búsqueda de una verdad o de una justicia. Sólo éste sabe lo arduo y profundamente problemático de su anhelo y conoce el tristemente dulce y persistente canto de las sirenas del desaliento, que invitan a la huída cobarde de nuestra responsabilidad histórica. Todo educador, muchas veces siente que debe enfrentar cada día una doble desautorización: la de una sociedad que no lo respalda ni lo jerarquiza socialmente –negándole, muchas veces por falta de insumos o por dilapidar lo con esfuerzo construye en el aula, la posibilidad real de educar-, y la de unos padres que no le otorgan el debido aval ni reconocimiento a su tarea primordial –llegando a desautorizarlo frente a los hijos-, todo educador, repito, está particularmente tentado a desesperar. 

Por eso los invito nuevamente, queridos docentes, como ya lo hice en el año 2000, a permanecer firmes en la esperanza a la que han sido llamados en su tarea educativa fundamental y fundante. En aquel momento les recordaba la preeminencia y urgencia del tema. Los invitaba a reflexionar sobre la esperanza, “pero no sobre una esperanza “light” o desvitalizada, separada del drama de la existencia humana”. “Interroguemos a la esperanza” –les decía- “a partir de los problemas más hondos que nos aquejan y que constituyen nuestra lucha cotidiana, en nuestra tarea educativa, en nuestra convivencia y en nuestra misma interioridad”. Hoy, ocho años después, estoy todavía más convencido de que es ella, “la pequeña esperanza”, la que nos aportará “sentido y sustancia a nuestros compromisos y emprendimientos para afrontar la responsabilidad de educar a las jóvenes generaciones, y de asumir aun aquello que llevamos con dificultad, casi como una cruz”. 

II- CON EL CORAZÓN INQUIETO

En la experiencia pedagógica cotidiana constatamos que los “chicos son inquietos”. Esta expresión entraña diversos significados. En un plano más superficial la asimilamos a lo disciplinar: los chicos hacen lío y entonces pensamos en medidas que encorseten la espontaneidad vital de los alumnos. Hay que poner límites, todos estamos de acuerdo, pero que no sean impedimento para el desarrollo de aquella otra inquietud que pone en camino, ahogando la esperanza.  

Lo disciplinar es un medio, un re-medio necesario al servicio de la educación integral, pero no puede convertirse en una mutilación del deseo, así como lo entiende San Agustín, no como tendencia a la posesión, sino como el que “hace espacio”. El deseo se contrapone a la necesidad. Ésta cesa al ser colmada la carencia; el deseo –en cambio- es presencia de un bien positivo y siempre se acrecienta, se instrumenta, pone en movimiento a “más”. El deseo de la verdad procede “de encuentro en encuentro”, lo disciplinar no debe cortar las alas de la imaginación, de la sana fantasía o de la creatividad. Planteo el problema: ¿Cómo integrar disciplina con inquietud interior? ¿Cómo hacer para que la disciplina sea límite constructivo del camino que tiene que emprender un niño y no un muro que lo anule o una dimensión de la educación que lo castre? Queremos chicos “quietos” puede decir un educador behavorista… pero yo los quiero “inquietos” en su ansia, en sus planteos, responderá un humanista. Un chico “inquieto” en este último sentido es un chico sensible a los estímulos del mundo y de la sociedad, uno que se abre a las crisis a las que la vida lo va sometiendo, uno que se rebela contra los límites pero, por otro lado, los reclama y los acepta (no sin dolor) si son justos. Uno no conformista con los clichés culturales que le propone la sociedad mundana; un chico que quiere aprender a discutir… y así podríamos seguir.  

Queridos educadores, para que la disciplina adquiera este sello de la libertad es necesario un docente que sepa leer la inquietud como lenguaje, desde la búsqueda que implica el movimiento físico, el no estarse nunca quieto, pasando por la del preguntar permanente, hasta la del adolescente que todo lo cuestiona y replica, inquieto por otra respuesta. 

Este hecho pedagógico nos hace volver al planteo original: el hombre en camino, esperanzado y amasando su destino, y el drama del hombre quieto, el “instalado”. Es interesante pensar que esta palabra deriva del latín “stabulum”, establo, lugar donde están los animales. Los sistemas mundanos buscan “aquietar” al hombre, anestesiarle el ansia de ponerse en camino, con propuestas de posesión y consumo; un consumo abierto permanentemente a últimas novedades que parecen indispensables y, de esta manera, lo aliena de la posibilidad de reconocer y orientarse por el ansia más fontal del corazón. Llama la atención la gran cantidad de “alibis” que re-elaboran el ansia interior de ponerse en marcha y ofrecen una paz aparente. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, describe estos “alibi” como estados del alma que privan de la libertad, que esclavizan, y los denomina “pecados capitales”: gula, lujuria, avaricia, ira, envidia, tristeza, acedia, vanagloria, soberbia. Se trata de cepos del alma que impiden caminar hacia horizontes de libertad, que someten al corazón y le ofrecen un cierto bienestar quietista, tranquilo o, a veces, de intranquilidad controlable. Cuando estos “alibi” se enraízan en el corazón le van quitando libertad, lo hacen conformista o lo enredan en problemáticas existenciales de superficie. Son trabas a la búsqueda interior. Tales “alibi” supletorios, que se repiten y multiplican de manera tan persistente, ciertamente son una coartada, un refugio que esconde otra cosa: el miedo a la libertad, el miedo a perseverar en el camino. En esta realidad de los “alibi” me llama la atención cómo, a lo largo de la historia y también actualmente, se multiplican los fundamentalismos. En el fondo se trata de sistemas de pensamiento y de conducta bien ensamblados, que sirven de refugio. El fundamentalismo se organiza por la rigidez de un pensamiento único, en el que la persona queda protegida de planteos desestabilizadores (y de crisis) a cambio de cierto quietismo existencial. El fundamentalismo no admite matices o replanteos simplemente porque tiene miedo, y –en concreto- tiene miedo a la verdad. Quien se refugia en el fundamentalismo es una persona que tiene miedo de ponerse en camino para buscar la verdad. Ya “tiene” la verdad, ya la adquirió y la instrumentaliza como defensa, pues llega a vivir cualquier cuestionamiento como agresión a su persona. 

Nuestra relación con la verdad no es estática pues la Verdad Suma es infinita y siempre se la puede conocer más, siempre hemos de adentrarnos en ella. A los cristianos, el Apóstol Pedro nos pide que sepamos “dar razón” de nuestra esperanza; es que la verdad en la que andamos nuestra existencia debe abrirse al diálogo, a la recepción de las dificultades que, sobre ella, tengan los demás o nos planteen las circunstancias. La verdad siempre es “razonable” aunque yo no lo sea, y el desafío consiste en mantenerse abierto al punto de vista del otro, y a no hacer del nuestro afincada totalidad. Diálogo no significa relativismo sino que es un “logos” que se comparte, es razón que se sirve en el amor, para juntos construir una realidad cada vez más liberadora. En este círculo enriquecedor, el diálogo devela la verdad, y la verdad se nutre del diálogo. La escucha atenta, el silencio respetuoso, la empatía sincera, la auténtica puesta a disposición de lo extraño y ajeno, son virtudes esenciales a desarrollar y transmitir en el mundo de hoy. Dios mismo nos invita al diálogo, nos llama y convoca a través de su Palabra, ésa que abandonó todo nido y guarida, al hacerse hombre.  

Aparecen aquí tres dimensiones que se interrelacionan, una dialogal entre la persona y Dios –ésa que los cristianos llamamos oración-, otra con las personas y las circunstancias y una tercera, dialogal con nosotros mismos. A través de estas tres dimensiones la verdad crece, se consolida y se dilata en el tiempo. Entrar en este proceso implica no tener miedo a buscar la verdad.  

Frente a tantos cobertizos y refugios sociales y culturales que cobijan y paralizan en la búsqueda de la Verdad y camuflan el temor a buscar la verdad en un “modus vivendi”, uno pregunta: ¿Cómo enseñar a nuestros alumnos a no temer la búsqueda de la verdad? ¿cómo educarlos en la libertad, a veces dolorosa, del camino de la humanidad que busca la Verdad y, encomendarles, desde allí, seguir caminando para seguir buscándola? ¿Cómo formar hombres y mujeres libres en el camino de la existencia, que no terminen atrapados en las mil y una formas de conformismos paralizantes, o cautivados por predicadores de pensamientos cerrados, únicos, propios del fundamentalismo? ¿Cómo lograr que nuestros chicos “inquietos” en la indisciplina terminen siendo “inquietos” en la búsqueda? ¿Cómo ayudarlos a entrar en la esperanza y, sobre todo, a permanecer en ella?. 

III LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES

Y es aquí donde debemos preguntarnos: ¿Qué entendemos por verdad? Buscar la verdad difiere de encontrar formulaciones que pueda poseer y manejar a mi antojo. En este camino de búsqueda se empeña toda la personalidad, la existencia; es un camino que fundamentalmente entraña humildad. En el convencimiento de que uno no se basta a sí mismo y que resulta deshumanizante usar a los demás para bastarse, la búsqueda de la verdad emprende ese laborioso camino, tantas veces artesanal, del corazón humilde que no acepta saciar su sed con aguas estancadas. La “posesión” de la verdad de tipo fundamentalista carece de humildad: pretende imponerse a los demás en un gesto que, en sí mismo, es autodefensivo. La búsqueda de la verdad no aplaca la sed que despierta. La conciencia de la “sabia ignorancia” va recomenzando continuamente el camino. “Sabia ignorancia” que, con la experiencia de la vida, se volverá “docta”. Podemos afirmar a esta altura sin temor que a la verdad no se la tiene, no se la posee… se la encuentra. Para poder ser aquella que anhela, la deseada, debe dejar de ser aquella que se puede poseer. La verdad se abre, se devela a quien –a su vez- se abre a ella. Verdad, precisamente, en su acepción griega, -aletheia- tiene que ver con lo que se manifiesta, lo que se devela, lo que se hace patente por su aparición milagrosa y gratuita. La acepción hebrea, por el contrario, con su vocablo “emet”, une el sentido de lo verdadero con lo cierto, lo firme, lo que no engaña ni defrauda. La verdad, entonces,  tiene ese doble componente, es la manifestación de la esencia de las cosas y las personas, que al abrir su intimidad nos regalan la certeza de su verdad, la confiable evidencia que nos invita a creer en ellas. Esta certidumbre es humilde, porque simplemente “deja ser” al otro en su manifestación, y no lo somete a propias exigencias o imposiciones. Esta es la primera justicia que debemos a los demás y a nosotros mismos, aceptar la verdad de lo que somos, decir la verdad de lo que pensamos. Y, además, es un acto de amor. Nada se construye sobre el silenciamiento o la negación de la verdad.  Nuestra dolorosa historia política ha pretendido muchas veces este acallamiento. El uso de eufemismos verbales muchas veces nos ha anestesiado o adormecido frente a ella.  Pero ya es tiempo de volver a hermanar, de religar una verdad que debe ser proféticamente proclamada con una justicia auténticamente restablecida. La justicia sólo amanece cuando se ha puesto nombre, a aquellos hechos en los cuales nos hemos engañado y traicionado en nuestro destino histórico. Y al hacerlo legamos uno de los principales servicios de responsabilidad para con las próximas generaciones.  

Tengamos en cuenta que a la verdad no se la encuentra sola. Junto a ella están la bondad y la belleza. O mejor dicho, la Verdad es buena y bella. “Una verdad no del todo buena esconde siempre una bondad no verdadera” decía un pensador argentino. Insisto en que las tres van juntas y no es posible buscarlas ni encontrarlas a la una sin las otras. Realidad bien distinta de la suficiente “posesión de la verdad” pretendida por los fundamentalismos: allí valen las formulaciones por sí mismas, vacías de bondad y belleza, que incluso llegan a imponerse a los demás con agresividad y violencia, haciendo daño y conspirando contra la vida misma. ¿Cómo hacer que nuestros alumnos busquen y encuentren la Verdad en la Bondad y la Belleza? ¿Cómo fundar la esperanza en el bien que el conocimiento de la verdad nos acarrea, sabiendo que hay verdades que convocan al hombre entero, no sólo a su intelecto? ¿Cómo enseñar a percibir la belleza, a hacer experiencias auténticamente estéticas, ésas que marcan hitos revelando sentido en nuestra vida? ¿Cómo enseñar a recibir la bondad que el ser derrocha sin miedo y a descubrir el amor en su gratuidad? 

La ilusión enciclopedista puede, todavía, jugarnos una mala pasada, cuando confundimos la búsqueda de la Verdad con el esfuerzo por “saber cosas”. La simple información roza apenas la superficie de las cosas y la del alma. Es parecida a ese “alibi” que los primeros cristianos describían como la parte activa de la pereza: mucho movimiento en la superficie pero no se mueve ni conmueve la profundidad del pensamiento. En esta ilusión enciclopedista radica la dimensión funcionalista de la acción que, en vez de transformar las estructuras, se conforma con ordenarlas. Es la fantasía de los solos organigramas. Recuerdo la repetida historia de nuestras reformas educativas que nunca se preguntan por lo esencial y en consecuencia, nada cambian. La realidad, desde esta perspectiva, a lo más, sufre ser ordenada. La bondad y la belleza entonces sólo se expresan en el diseño de la funcionalidad. El equilibrio gnóstico subyacente es fascinante, a veces sólo un equilibrio conceptual, otras, también formal. El enciclopedismo cree que basta con construir y explicar los contenidos, los conceptos y las disciplinas, es cultor de considerar a éstos como suficientes en su desenvolvimiento y en su autointerpretación, cae en la ingenuidad de soñar con una hermenéutica aséptica. Y ésta no existe. El “contenido” de un concepto está en íntima relación con la expresión que lo contiene, con el “continente”. Ya aquí hay hermenéutica.  

Así como verdad, bondad y belleza van juntas y nuestro encuentro con ellas siempre será insuficiente e inaugural, lo mismo sucede en el proceso educativo: no bastan los contenidos solos sino que han de ser asimilados junto con valoraciones y hábitos, junto al deslumbramiento ante ciertas experiencias. En el diálogo con el educando el contenido resplandece y así provoca o transmite un valor y finalmente crea un hábito. Por ello, caminar en la búsqueda de la verdad supone una armonía relacional de contenidos, hábitos, valoraciones, percepciones, que van más allá del mero “acumular información” o, si desplazamos el eje central, más allá de la absolutización del solo valor o de la reducción al hábito (en estos últimos casos podría darse lugar a las diversas formas de esteticismos o conductismos). 

La belleza –no como lo lindo o lo simplemente atractivo, sino como aquello que en su figura sensible nos entrega un fondo maravilloso en su misterio- presta aquí un servicio inigualable. Al resplandecer en la belleza, la verdad nos regala en esta luz su claridad lógica. El bien que aparece como bello trae aparejado consigo la evidencia de su deber ser realizado. ¡Cuántos racionalismos abstractos, y moralismos extrinsecistas verían aquí la posibilidad de su curación si se abrieran a pensar la realidad primero como bella, y sólo después como buena y verdadera! No me canso de advertir lo que ya les dije más arriba: las tres van juntas, y separarlas solo ha traído como consecuencia una falta de unidad entre los contenidos, actitudes y procedimientos en los cuales muchas veces nos perdemos.

IV- TESTIGOS DE LA VERDAD   

Educar en la búsqueda de la verdad, entonces, exige un esfuerzo de armonización entre contenidos, hábitos, y valoraciones; un entramado que crece y se condiciona juntamente, dando forma a la propia vida. Para lograr tal armonía no basta la información o la explicación. Lo meramente descriptivo o explicativo aquí no lo dice todo, si está solo se esfuma. Es necesario ofrecer, mostrar, una síntesis vital de ellos… Y eso sólo lo hace el testimonio. Entramos así en una de las dimensiones más hondas y bellas del educador: la testimonial. El testimonio es lo que unge “maestro” al educador y lo hace compañero de camino en la búsqueda de la verdad. El testigo, que con su ejemplo nos desafía, anima, acompaña, deja caminar, equivocarse y aun repetir el error, para crecer.  

Educar en la búsqueda de la verdad exigirá de ustedes, queridos docentes, aquella actitud a la que me referí más arriba: “saber dar razón”, pero no sólo con explicaciones conceptuales, con contenidos, sino conjuntamente con hábitos y valoraciones encarnadas. Será maestro quien pueda sostener con su propia vida las palabras dichas. Esta dimensión de alguna manera estética de la transmisión de la verdad, -estética y no superficialmente esteticista-, transforma al maestro en un ícono viviente de la verdad que enseña. Aquí belleza y verdad convergen. Todo se vuelve interesante, atractivo, y suenan por fin las campanas que despiertan  la sana “inquietud” en el corazón de los chicos. 

 El caso paradigmático del maestro-testigo lo constituye el mismo Jesús. Él es el “Testigo fiel” por excelencia (Ap 1,5; 3,14), aquél que vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Da testimonio de lo que ha “visto y oído” al lado del Padre (Jn 3,11.32s). Y da testimonio de lo que Él mismo es (Jn 8,13). Su confesión delante de Pilato es un “testimonio supremo” (1 Tim 6,13) que pone de manifiesto el plan divino de salvación. Este testimonio de Jesús, que hay que aceptar para no transformar a Dios en mentiroso (1 Jn 5,9), lo convierte en el maestro autorizado para enseñarnos acerca de Dios (Mt 7,29). De aquí que Jesús se dé a sí mismo (Jn 13, 13-14), y le den reiteradamente, el título de “Rabbí”, maestro  (Jn 3, 2; Mt 8,19, etc.). Por eso, por ejemplo, puede decirnos con autoridad: “ustedes, pues, recen así…” (Mt 6,9), de esta manera y no de otra.  

Es notable y maravilloso, descubrir cómo toda la enseñanza de Jesús nunca divide contenidos de percepciones, ni de valoraciones y hábitos. Como buen maestro, Jesús le habla al hombre entero y sus palabras nunca son meramente explicativas. No viene a traernos una nueva versión de la ley, o una explicación novedosa  -por genial que esta pueda ser- de la misma. No, lo absolutamente novedoso de la pretensión de Jesús es ser él mismo la Palabra, el Logos del Padre, así como lo testimonia Juan en su Prólogo. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida, y por eso sólo Él devuelve al hombre la unidad perdida por causa del pecado, y restaura su integridad. Veamos un ejemplo. Cuando Jesús nos quiere transmitir su actitud íntima ante la oración, la  actitud filial, la describe así: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque el que pide recibe; el que busca encuentra; y se abrirá la puerta al que llama” (Mt 7,7-8).  

Para el mundo bíblico, lejos de las abstracciones de la antigua Grecia, el hombre estaba constituido por tres aspectos concretos y dinámicos: el corazón, principio de la vida psíquica profunda, que designa todo el ámbito del deseo humano, y la intimidad del hombre que es el lugar de sus decisiones libres –unido muchas veces en dupla con los ojos-; la lengua, que designa el órgano de la boca, pero también y sobre todo el lenguaje humano, todo el mundo del pensamiento, con sus posibilidades de verdad y mentira, muchas veces unida en la Escritura complementariamente a los oídos; y las manos, que sintetizan en su concreción todos los gestos de la acción humana, funcionales o simbólicos, muchas veces unidas a los pies, que representan la dirección de la acción humana. El hombre aparece expresado unitariamente, en tres aspectos que siempre mencionan al hombre entero, y que desde su concreción se implican y se referencian mutuamente. Podemos sintetizar la tríada así: Corazón-ojos (todo el mundo del desear humano); Lengua- oídos (todo el mundo de la “ortodoxia”, del habla y del logos humano); y Manos- pies (todo el universo de la “ortopraxis”, como actuar significativo por el cual el hombre busca transformar el mundo). Volvamos ahora al texto antes citado. Allí el hombre entero, es aludido por Jesús, e invitado a entrar como totalidad en el diálogo con Dios. “Pidan” hace referencia al reino del hablar, del decir, la ortodoxia; “Busquen” habla más bien acerca del corazón, que es el que se abre o no para realizar tal búsqueda; “llamen” dice de las manos que tocan a la puerta, del actuar humano que en su ortopraxis general siempre tiende hacia un sentido.  La invitación es a pedir al Padre con todo nuestro ser, la de rezar con toda nuestra persona, unificando todos nuestros deseos, pensamientos, acciones, en pos de la confianza básica del niño con su padre, de que le dará todo lo necesario. Sólo cuando alcanzamos esta integración, nuestra oración se hace auténtica, y cumple la voluntad del Maestro: que toda nuestra persona, sin reservas, se entregue en la oración. Que nada en el hombre quede fuera del encuentro con Dios, que se unan los más profundos deseos con el pedir de nuestros labios, y que todos nuestros actos apunten en la misma dirección. ¡Cuánta sabiduría la del Maestro, que con una sencilla frase es capaz de dar toda una imagen del hombre tal como lo pensó Dios, su Padre! Aquí no queda espacio para contenidos vacíos, para valoraciones distorsionadas o malos hábitos. Todo brilla en la simplicidad de su Persona, que es una con lo que dice, que lleva su testimonio hasta el extremo, amándonos hasta la muerte, y sella con esa entrega el signo de la autenticidad de toda su vida. Y el Padre refrendará esta palabra al resucitarlo al tercer día. De esto somos testigos, y allí radica nuestra esperanza, la que queremos anunciar al mundo para su salvación.  

El educador, al acompañar en la búsqueda, ofrece un marco de contención que, sin quitar la libertad, despeja el miedo y alienta en el camino.  Él también, como Jesús, debe unir la verdad que enseña, cualquiera sea el ámbito en que se mueva, con el testimonio de su vida, en íntima relación al saber que enseña. Sólo así el discípulo puede aprender a escuchar, ponderar, valorar, responder… aprender la difícil ciencia y sabiduría del diálogo. Dialogar es cosa de los caminantes. El quieto no dialoga. Dialogar es cosa de valientes. Dialogar es cosa de magnánimos. En el diálogo se confronta pero no se agrede, se propone y no se impone. Dialogar es compartir el camino de búsqueda de la verdad. Supone entrar en el crisol del tiempo que purifica, ilumina, sapiencializa. ¡Cuántos fracasos y guerras por falta de diálogo, por no buscar juntos la verdad! El diálogo acerca. Una cosa es una simple entrevista y otra hacer camino juntos. Lo que se le pide a un educador es que haga camino con el educando, y en este largo hacer camino se fragua la cercanía, la proximidad. Ésta es otra dimensión fundamental en la búsqueda de la verdad: no temer la cercanía, tan distante de la distancia cortés y de la promiscuidad. La distancia deforma las pupilas porque nos vuelve miopes en la captación de la realidad. Sólo la cercanía es portadora de esa objetividad que se abre a una mayor y mejor comprensión. En el trato personal la cercanía es proximidad: la persona que está al lado es “prójimo” y pide que nos hagamos “prójimo”. El educador que “enseña” a no tener miedo en la búsqueda de la verdad es, en definitiva, un maestro, testigo de cómo se camina, compañero de ruta, cercano, alguien que se hace prójimo. 

En este camino de búsqueda de la verdad hay que guardarse de creer que todo es un tiro al infinito, un incesante andar y que todo es camino. No es tal. Se trata de un camino que progresa en etapas, se consolida en encuentros que, de alguna manera, van pautando la ruta. La experiencia del encuentro con la verdad en el camino es total y parcial a la vez. Parcial porque aún tenemos que seguir caminando;  total, porque en las realidades auténticamente humanas y divinas, en cada parte está el todo. Por ello ese doble sentimiento de “plenitud inacabada” que conlleva todo encuentro. Hacer gustar el encuentro es una de las dimensiones de este camino de búsqueda de la verdad, que armoniza contenidos, hábitos, valoraciones, experiencias. Hacer aceptar lo incompleto del mismo nos hace maduros, y dilata la esperanza hacia el más allá de lo eterno. El resplandor del encuentro produce ese “estupor” metafísico propio de la revelación humana y divina.   

Varias veces me referí al temor de iniciar el camino de búsqueda de la verdad. Podemos preguntarnos ¿Por qué temor? Simplemente porque es uno de los sentimientos primarios que se dan en la experiencia del éxodo de sí mismo. Salir de sí, ponerse en camino, implica una dimensión de inseguridad, y eso da miedo. De ahí ese natural aferrarnos a los lugares existenciales de estancamiento, a los “alibi” confortantes y engañosos, para no seguir adelante. Algunos místicos hablan de afincarse en las posadas y no seguir el camino. Da cierto miedo seguir andando, y el miedo ensordece la inquietud, detiene la marcha de la esperanza.  

Hace unos meses el Papa no pudo hablar en una Universidad porque un grupo ínfimo de profesores y alumnos así lo impusieron violentamente. Esto me hizo pensar en lo que un autor del siglo II le dice a Herodes acerca de su violencia: obras así “quia te necat timor in corde” (porque a ti te mata el temor en el corazón). Toda cerrazón, agresión, violencia constituye un andamiaje externo que soporta un temor del alma. Es una coartada. Nuestros chicos ¿son intolerantes? ¿Los educamos para que se abran a compartir el camino de la existencia desde una identidad cristiana que sepa descargar el peso de la intolerancia? Se nos plantea así un verdadero desafío: educar para que no teman, educar en la apertura del diálogo, buscar la verdad.  

Pero este camino no será fácil de transitar ni estará libre de escollos; el miedo al otro, la xenofobia de lo diferente, es el principal enemigo del diálogo. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra, ya que se parte de la sospecha de sus intenciones, tornando las relaciones en algo inseguro, amenazante. ¿Cómo dialogar en un mundo donde nos tememos los unos a los otros? ¿Cómo exorcizar el miedo y permitir el paso a una confianza no ingenua pero sí lúcida y abierta?  ¿Cómo educar en el diálogo cuando simultáneamente tenemos un lenguaje cultural cargado de discriminaciones inconscientes y segregantes? Hay muchas maneras de ser fundamentalistas, aunque no nos inscribamos en sectas o ideologías de tipo clausurado. 

Los invito a reflexionar juntos y hacernos uno en la idea de que sólo quien enseña con pasión puede esperar que sus alumnos aprendan con placer. Sólo quien se muestra deslumbrado ante la belleza puede iniciar a sus alumnos en el contemplar. Sólo quien cree en la verdad que enseña puede pedir interpretaciones veraces. Sólo quien vive en el bien –que es justicia, paciencia, respeto por la diferencia en el quehacer docente- puede aspirar a modelar el corazón de las personas que le han sido confiadas. El encuentro con la belleza, el bien, la verdad, plenifican y producen un cierto éxtasis en sí mismo. Lo que fascina nos expropia y arrebata. La verdad así encontrada, o que más bien nos sale al encuentro, nos hace libres. 

V- CAMINAR EN ESPERANZA

Para no caer en abstracciones y poder asistir a esa verdad que nos encaminará inexorablemente a la libertad, debemos hallar la “dracma perdida”, el tesoro oculto que nos permita liberar el rayo de luz ante tanto dolor del mundo, ante tantas heridas abiertas, ante la torpe deformación del rostro de la verdad que nos llega de la mano de fundamentalismos, liberalismos individualistas o nihilismos muchas veces bestiales e indiferentes.  

Por ello busco, y los invito a buscar conmigo, nuevamente, aquel bien ausente y necesario como el pan y el vino, aquel bien que nos hace recomenzar cada mañana con un aliento nuevo, y que nos permite entrever que la vida es bella, sí, bella a pesar de todo -de tanto horror y de tanto mal-, y que merece la pena ser vivida. Busco aquella esperanza que nos una nuevamente como pueblo, y que bajo la tutela de su estrella nos empuje de nuevo a caminar.   

Es a ustedes, queridos educadores, a quienes invito de modo apremiante y renovado a volver el rostro a la “niña esperanza”, a esa pequeña virtud que parece arrastrar hacia adelante, en su humilde persistencia y en su actuar casi como una “nada”, a sus hermanas mayores, la fe y la caridad. La pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores y no se la toma en cuenta. Pero sólo ella es la que siempre comienza, porque es infatigable como los niños, esos alumnos que día a día nos encontramos, infatigables como la niña esperanza. 

Educar es en sí mismo un acto de esperanza, no sólo porque se educa para construir un futuro, apostando a él, sino porque el hecho mismo de educar está atravesado por ella. Los maestros deberían tener siempre presente el enorme aporte que hacen a la sociedad en este sentido -al entregarnos todos los días en su quehacer con nuestros niños adolescentes y jóvenes argentinos- esta indicación fundamental, esta señal redentora y salvadora, la de la esperanza, con la que, todos los días, reparten el pan de la verdad, invitándonos a todos a seguir la marcha, a retomar el camino.  

Precisamente esta imagen, la del camino, fue la contraseña que nos permitió adentrarnos en el terreno de la belleza perseguida desinteresadamente, de la gratuidad de la bondad, y del carácter sinfónico de una verdad que sólo florece en el diálogo. La humildad que nos da el sabernos caminantes, comprendernos como tales, nos libera de todo fundamentalismo y de todo intento de hacer de la verdad un arma para autoafirmarnos o para defendernos. Queridos educadores, en este tiempo pascual les deseo que la inquietud, imagen del deseo que mueve la existencia toda del hombre, se abra y se dilate en aquella esperanza que no defrauda. Y que, como educadores se transformen en testigos auténticos, cercanos en su projimidad a todos, en especial a los más postergados, a los que más sufren.  María, Madre y Educadora de Jesús, se digne ser para nosotros la Estrella de la Esperanza, para que podamos dejar atrás toda división y todo desaliento. 

Quiera Dios que como maestros, podamos cumplir nuestra tarea en el espíritu de lo expresado por San Juan: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos, acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna (1 de Jn 1, 1-2). Aquí vuelve a aparecer la tríada antes enunciada en el ver, oír, tocar. Es que la tarea docente nos reclama enteros, tan alta es su dignidad. Quizás así en la educación de nuestros chicos podamos lograr que ellos, ante la Verdad puedan exclamar como Job: “antes te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos”. Esa será la mejor satisfacción que tendremos como educadores.   

 

En la Pascua del Señor de 2008

 

Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi 

 En la Solemnidad del Corpus Christi, renovamos el deseo más hondo de Jesús para con sus discípulos: “Permanezcan en mi amor”. Este deseo de Jesús es fuente de Vida, porque así como Él tiene vida por el Padre, de la misma manera el que permanece en su amor.  Jesús quiere que todos tengamos vida en Él. Por eso se hace Pan Vivo, Pan que vivifica, Pan de Vida.  

Renovamos también el deseo de Moisés para con su Pueblo. Moisés exhortaba al Pueblo a tener buena memoria del Amor de Dios. Con cariño de padre le decía: “Acuérdate del largo camino que el Señor tu Dios te hizo recorrer por el desierto durante todos estos años. No te olvides del Señor tu Dios que te dio de beber y te alimentó en el desierto”.

La memoria, esa facultad tan linda que Dios nos ha regalado, nos permite permanecer en el amor, traer cerca a los que amamos, re-cordar, es decir, sentirnos en comunión con ellos en nuestro corazón. A la Eucaristía la llamamos “el Memorial de la pasión y resurrección del Señor”; la memoria se fija en los gestos (estamos hablando de una memoria amorosa, no de cosas abstractas), y el acto supremo del amor de Jesús, su entrega, quedó fijado para siempre en la memoria de nuestro corazón. En el gesto de partir el pan nos acordamos de la cruz y en el gesto de compartirlo y comulgar, nos acordamos de su resurrección. Al saborear el pan de la Eucaristía el Espíritu Santo nos hace recordar todas las Palabras y gestos de Jesús, que son fuente de vida, fuente de amor.  

Y como la vida no está quieta hay que caminarla. Para permanecer en el amor de Jesús, salimos a caminar las calles de nuestra ciudad, sacamos la Eucaristía a la calle, haciendo memoria de todo el largo camino que el Señor ha hecho en medio de nosotros. Salimos a caminar para recordar cómo Jesús nos ha cuidado. Salimos a caminar con la certeza alegre de que Él camina a nuestro lado y con la Esperanza humilde del encuentro. 

La procesión del Corpus es una memoria viva y caminante que la Iglesia, pueblo fiel de Dios, realiza con todo el corazón: caminando adoramos a Jesucristo y recordamos los pasos del amor del Señor por nuestra vida. Nosotros somos su pueblo y queremos permanecer en él, queremos –le decimos - “experimentar siempre en nosotros los frutos de su redención”. Y él nos responde diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.  

Permanecer, recordar, caminar… Como vemos, las lecturas de hoy nos hablan de amor. De un amor para permanecer en el cual hace falta recordar sus gestos mientras caminamos. Nos ponemos en camino pero sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos: caminar en memoria, caminar recordando. Porque a veces nos puede pasar que no caminamos sino que “andamos” de aquí para allá, corriendo sin saber a dónde vamos, desvinculados, ensimismados… solitarios, fragmentados. La memoria del amor del Señor, en cambio, nos hace caminar juntos como peregrinos, con el corazón rebosante de alegría, sintiéndonos pueblo fiel de Dios; vinculados con los demás, atentos al que necesita, llenos de proyectos creativos y fecundos para el bien de la familia y de la patria.

Así caminaba María: ella, apenas recibido el anuncio del Ángel, se levantó y se puso en camino para ir a servir a su prima. Ella, la que guardaba todas las cosas de Jesús en su corazón. Ella, la que acompañó a su Hijo en el camino de la Cruz y acompaña a la Iglesia peregrina hacia la casa del Padre. Ella la que permanece en el amor, la memoriosa de las gestas de Dios, la que siempre se pone en camino.  Jesús mismo es el que le enseñó a ella y nos enseña a nosotros a caminar así, Él nos envía a caminar en el Amor. Él es el Amor y por eso siempre está en camino, Él anda por la calle, en medio de la gente, metido en la vida cotidiana; de ahí que, para encontrárselo, hay que ponerse en camino; para poder estar con él, hay que salir a la calle. La Eucaristía es viático, (de “vía”, “camino”): pan para el camino, pan de caminantes. 

A medida que uno camina, que sale de sí hacia los demás, se le abren los ojos y su corazón se re-conecta con las maravillas de Dios. No podemos hacer memoria de Jesús quedándonos instalados en nuestro propio yo, encerrados en nuestro mundito particular, en nuestros mezquinos intereses. El cristiano es peregrino, caminante, callejero. Jesús nos dijo que Él es el Camino y para permanecer en un Camino hay que caminarlo. No “se permanece” estando quieto. Pero tampoco yendo a mil, chocando y atropellando. Jesús no nos quiere ni quietos ni atropelladores, ni “dormidos sobre los laureles” ni crispados... Nos quiere mansos, con esa mansedumbre con que nos unge la “esperanza que no defrauda”. Nos quiere pacíficamente laboriosos en el camino. Él nos marca el ritmo. Jesús es un Camino por el que vamos juntos, como en la procesión. Vamos despacito, sintiendo la presencia de los demás, cantando, mirando a los de adelante, mirando al cielo, rezando por los que no están… Como lo hace Jesús, que es el amor y por eso se acuerda de los que ama y está siempre intercediendo por nosotros ante el Padre. 

¡Qué lindo es caminar así por Buenos Aires! Qué distinta se siente nuestra Ciudad, esta misma avenida, que en la semana adquiere un ritmo febril. Queremos marcar nuestros pasos en el asfalto para que se pacifique toda persona que luego pase por aquí. Queremos dejar grabadas nuestras huellas, las de los pies hermosos de los mensajeros de la paz.  

Como Abraham, que caminó como si fuera un extranjero por la tierra prometida, así nosotros cotidianamente caminamos como extranjeros por nuestra misma ciudad. Hoy en cambio la caminamos como ciudadanos del Reino. Con la presencia real del Señor en la Eucaristía estas calles suman un nombre nuevo, son calles del Reino, camino Real de la Ciudad Santa. Y caminándolas así establecemos vínculos nuevos, hacemos memoria de nuestros mayores, que las caminaron en la esperanza de que nosotros fuéramos mejores. Y miramos hacia delante y las caminamos avizorando a nuestros hijos y nietos, deseando que las transiten en paz y justicia, en fraternidad y solidaridad. Caminamos con sentido del tiempo cristiano, que es tiempo de amor, tiempo que vincula, tiempo que no levanta muros sino que tiende puentes entre las generaciones y entre los corazones, tiempo en el que se privilegia la unidad al conflicto. Caminamos en compañía del Señor, que al caminar con sus hermanos se siente a gusto, ya que él tomó nuestra carne y puso su tienda de campaña entre nosotros. Caminar así, haciendo memoria prolija del Amor del Señor, nos vuelve fecundos, creativos. La memoria del Amor de Jesús se hace comulgando con su carne y con su sangre. Yendo a comulgar y volviendo de comulgar. Y al estar saboreando este amor, mientras masticamos el Pan de vida, se nos abren los ojos y vemos distinta la realidad. Entonces las calles se transfiguran y se vuelven lugar de projimidad, lugar de encuentro, lugar de solidaridad.  Ésta es la memoria que une, el camino que aglutina a un pueblo que quiere permanecer sin disgregarse, que quiere permanecer en el amor y no despreciarse mutuamente.  Ne dissolvamini, manducate vinculum vestrum; ne vobis viles videamini, bibite pretium vestrum (In Sollemnitate Sanctissimi Corporis et Sanguinis Christi, ad Officium lectionis)  

Buenos Aires, 24 de mayo de 2008. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Catequesis del Sr. Arzobispo en el 49º Congreso Eucarístico Internacional

Québec 2008  

 

La Eucaristía y la Iglesia, misterio de la alianza

            La Eucaristía: don de Dios para la vida del mundo". El tema elegido por el Papa para este 49º Congreso Eucarístico internacional proviene del evangelio de Juan, del pasaje en que Jesús nuestro Señor proclama: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo (…). El pan que yo les voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

La Eucaristía, don de Dios que quiere dar vida a todos, es un tema central de la Encíclica “Sacramentum Caritatis”. En la primera parte –“Eucaristía, misterio que se ha de creer”-, el Papa nos exhorta a la adoración de la Eucaristía como “Don gratuito de la Santísima Trinidad para la vida del mundo[1]. Y, al final, en la tercera parte –“Eucaristía, misterio que se ha de vivir”-, nos exhorta a ofrecernos eucarísticamente a todos, junto con el Señor, ya que “la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo[2]. La Eucaristía, pues, don y tarea, don de vida que se recibe y don de vida que se da a todos.  

Esta vida en Jesucristo, “para que nuestros pueblos en El tengan vida”, es también lo que late en el corazón del Documento de Aparecida, con tono de alabanza agradecida y con fervor misionero, ya que: “La vida es regalo de Dios, don y tarea…”[3].

“La Eucaristía es el centro vital del universo, capaz de saciar el hambre de vida y felicidad: “El que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). En ese banquete feliz participamos de la vida eterna y, así, nuestra existencia cotidiana se convierte en una Misa prolongada”[4] (como decía San Alberto Hurtado).

En el medio, entre el don y la misión, la Iglesia es el motivo central de esta catequesis de hoy: La Eucaristía y la Iglesia, misterio de la alianza

De manera sencilla, les propongo tres pasos para hacer esta catequesis como una “lectio divina”.  El primer paso es una breve meditación sobre la Alianza. El segundo paso deseo que sea una síntesis contemplativa en la que nos quedemos mirando y gustando con los ojos del corazón algunas imágenes de la Virgen, nuestra Señora, “mujer eucarística”. Y el tercer paso consistirá en sacar algunas conclusiones pastorales que nos ayuden en nuestra vida personal y en nuestra vida eclesial.  

1. La dimensión eclesial y nupcial de la Eucaristía             

            “La Eucaristía y la Iglesia, misterio de la alianza”. Con la palabra “alianza” se quiere poner de relieve la dimensión eclesial y nupcial del don de la Eucaristía, don con el cual el Señor quiere llegar a todos los hombres. La Eucaristía es pan vivo entregado para la vida del mundo y sangre de la alianza derramada para el perdón de los pecados de todos los hombres. Teniendo, pues, firme el corazón en la gratuidad del don y en su dinamismo misionero universal[5], nos detenemos en el misterio de Alianza.  

La Alianza que nada ni nadie puede romper 

            “¡Quien podrá separarnos del amor de Cristo!” (Rm 8, 35)[6]. Lo primero que nos conmueve de la Eucaristía es que se trata de una Alianza “nueva y eterna”, como dijo el Señor en la última cena. Lo expresa muy bien la Liturgia en la Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación: “Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza, pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper”.

El anhelo de una Alianza que nada ni nadie pueda romper, el Señor lo fue amasando a lo largo de siglos en el corazón de Israel[7], y Jesús colma este deseo y lo perfecciona de manera tal que no deja resquicio para ninguna ruptura.

En esta solidez de la Alianza juega un papel central su institución antes de la Pasión. Al adelantar su entrega en la ultima cena, el Señor transforma el momento y el lugar en que las alianzas se rompen (el momento de la traición de Judas) en el kairós –de tiempo y espacio santos- donde esta Alianza nueva se sella para siempre. 

La anticipación eucarística 

            Para meditar en este misterio tomemos como guía algunas intuiciones de Juan Pablo II que nos ayudarán a ver la importancia de esta “anticipación” Eucarística. Decía Juan Pablo que el deseo más vivo de su Encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía” era suscitar “el asombro eucarístico”[8]. Y que el Señor haya instituido la Eucaristía antes de la Pasión era y es motivo principal de asombro. Leemos algunas líneas “con los ojos del alma”, como dice Juan Pablo:

“Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial (…). Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y «su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22, 44). La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención[9].

 Un poco más adelante, Juan Pablo nos revela de dónde surgió el título de esta encíclica:

“‘¡Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe!’. Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!’. Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia”[10].

Y pone aquí tres características espacio-temporales que hacen de la Eucaristía el núcleo más íntimo de la vida (como don y tarea) de la Iglesia:

“Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y «concentrado» para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa «contemporaneidad» entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos”[11].

El fundamento y la fuente de la Iglesia está “incluido, anticipado y concentrado” en la Eucaristía, y con este don el Señor “instituyó una misteriosa ‘contemporaneidad’ entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos”.

Juan Pablo finaliza este parágrafo asombrándose y asombrándonos con la “capacidad redentora” (en la que entra “toda la historia”, es decir: toda la vida del mundo) de este acontecimiento:

“Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una «capacidad» verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención” [12].

Incluido-anticipado-concentrado 

            La intuición de Juan Pablo II es muy original y la formulación consiste en una síntesis apretada. ¿Cómo sacar provecho sin depotenciarla? Se me ocurre que podemos ir por el lado pedagógico. El Señor muestra una intención pedagógica en el lavatorio de los pies, cuando dice: “Si yo que soy el Señor y Maestro (…) les he dado ejemplo…” (Jn 13, 13-15). Por tanto, podemos preguntarnos ¿qué valor pedagógico contiene esta “inclusión-anticipación y concentración” del Triduo Pascual en el Don Eucarístico? Me animaría a decir que la intención del Señor apunta a disponer y acondicionar el “recipiente” del Don: el corazón de los discípulos en su dimensión personal y eclesial.  

Al anticipar su entrega incluyendo a sus amigos en la comunión de la última cena y  concentrando todo su amor en el don Eucarístico, el Señor logra que, cuando se vayan dando cuenta (cada uno a su tiempo) de lo que Él ofreció en la Pasión, caigan también en la cuenta de que ya lo habían recibido, de que ya habían sido hechos partícipes de ese sacrificio redentor. El deseo de Alianza del Señor, su entregarse sin reservas al expirar en la Cruz, se les vuelve manifiesto no como hecho aislado y terminal, sino inundando la memoria de los que lo contemplan –de María, de Juan y de las santas mujeres, y luego de toda la Iglesia- con todos y cada uno de los gestos de entrega del Señor (que pasó haciendo el bien) y de manera especialísima, llenando la memoria de los creyentes con su entrega eucarística en la última Cena. De no ser así, el gesto final nos lo hubiera alejado. Hubiera sido un gesto total pero unilateral de Dios, sin que hubiera recipiente capaz de recibirlo. El vino nuevo hubiera roto los odres viejos…

Pero no, el gesto de entrega total del Señor en la Cruz cae en el odre nuevo de los corazones que ya lo han recibido y pregustado en la Eucaristía. Una Eucaristía que “concentra” la Pasión dándole una “proporción adecuada” a nuestra capacidad, si puede hablarse así. Por eso toda la pasión pudo y puede ser contemplada como salvadora, porque los que la contemplan ya están “incluidos”, en comunión con el amor salvador que late en el Señor que la padece. En esta dirección podemos contemplar el lavatorio de los pies como gesto de purificación en lo pequeño que hace de contrapeso a la efusión de sangre redentora en la Cruz. La tensión entre lo pequeño y lo grande, entre lo cotidiano y lo excepcional concentra el Amor del Señor y lo pone a disposición de nuestra fe, evitando que su comprensión se fugue hacia lo demasiado extraordinario o se diluya en lo muy ordinario. 

Hay una similitud profunda con esto en la fórmula del sacramento del matrimonio cristiano, en el que los esposos se entregan mutuamente y se prometen fidelidad abrazando –incluyendo, anticipando y concentrando en su sí- todo lo que ocurrirá en la vida: salud y enfermedad, prosperidad y adversidad. A imagen de la Alianza de Cristo que se adelanta en la Eucaristía, los esposos adelantan su amor y lo hacen extensivo a todo, de manera tal que la Alianza sea irrompible.

Odres nuevos 

            Dios es Don. Y para poder darse, el Señor va conformando el recipiente adecuado al don, el recipiente que no se rompa, el odre nuevo. Recipiente que es fruto de una alianza entre gracia y libertad. Desde esta perspectiva del “recipiente” contemplamos también  “el misterio de la alianza entre la Eucaristía y Iglesia”.

Fijamos nuestra atención en este punto: en la Eucaristía nos transformamos en lo que comemos, como dice Lumen Gentium citando a San León Magno: 'La participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos'[13]. Al comer  el Cuerpo de Cristo el Señor, aunque se hace a nuestra medida no se “reduce”. El milagro de la Eucaristía consiste en que el recipiente “de barro” se va asimilando al “tesoro”, al revés de lo que sucede en la naturaleza. Al recibir la Eucaristía, somos nosotros los asimilados a Cristo. De esta manera, mediante su darse a comer como Pan de vida, el Señor va haciendo a la Iglesia. La va transformando en su Cuerpo –en un proceso de asimilación misterioso y escondido como el que se da en todo proceso de alimentación-. Y al mismo tiempo, en cuanto que este proceso cuenta con el sí libre de la Iglesia, que asiente en la fe a la Alianza que le ofrece su Esposo, la transforma en su Esposa.  

2. Imágenes de María, mujer Eucarística 

            Para contemplar bien este misterio de la Alianza nos tenemos que centrar en María. De nuevo nos ayudamos con la mirada de Juan Pablo II, que nos invita a entrar “En la Escuela de María, mujer Eucarística”:

Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia (…) Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él”[14].

A la manera de las muñecas rusas en las que la imagen mayor incluye en sí otras más pequeñas pero esencialmente idénticas, vamos a ir directo a la “más pequeñita”, a nuestra Señora, para ver cómo lo que se da en ella –el misterio de la alianza que hace que el Don de Dios sea aceptado y comunicado para la vida del mundo- se da en la Iglesia universal y en cada alma. Seguimos esa regla de los Padres según la cual, con distintos matices, “lo que se dice universalmente de la Iglesia, se dice de modo especial de María e individualmente de cada alma fiel[15].

En la relación de María con la Eucaristía contemplamos tres imágenes que nos revelan características de la Alianza que podemos luego aplicar a la Iglesia universal y a nuestra alma en particular. 

La Alianza como compañía

            La primera imagen Eucarística de María nos la muestra “incluida” en la Iglesia, a la que sin embargo, misteriosamente, ella incluye en su pequeñez. El Papa hace notar la “participación” de María en las Eucaristías de la primera comunidad:

“Estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2, 42)”[16].

La comunidad de los Apóstoles persevera en la oración con un mismo espíritu “en compañía” de María:

“Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1, 13-14). 

El misterio de la Alianza entre Dios y los hombres es misterio de “compañía”, de compartir el pan, de “estar con” los otros, en familia, a la mesa, misterio de projimidad continuado. Esta compañía es propia de la pedagogía del Señor, que va transformando a cada persona como hizo con los discípulos de Emaús, mientras los acompaña por el camino. 

La Alianza como confianza

            La segunda imagen eucarística de María nos la muestra como la Esposa que pone toda su confianza en su Esposo. Juan Pablo II acentúa la “actitud eucarística interior” con que María vive toda su vida[17], actitud que define como de “abandono a la Palabra”[18]. María concentra en sí todo “hacer” con respecto a la Palabra. El abandono implica un “dejar hacer”, propio de quien se dispone para recibir plenamente un don –el “hágase en mí según tu Palabra”-. El abandono implica también un “hacer”, propio de quien se dona sin cálculos ni medida y exhorta a los otros a donarse de igual manera –“hagan todo lo que Él les diga”-. Para la Iglesia y para cada uno de nosotros:

“Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan – a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella”[19].

La confianza total y la obediencia de la fe hacen que el Corazón de María sea el recipiente perfecto para que la Palabra se encarne y la transforme a su medida plenamente.  

La Alianza como esperanza 

            La tercera imagen eucarística de María nos muestra algo muy propio de la alianza que consiste en vivir por anticipado –en esperanza- lo que es promesa. Juan Pablo hace referencia al misterio de la “anticipación”, cuando dice:

“Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período pospascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión”[20]

Deseo y ofrecimiento son las dos actitudes anticipatorias que convierten también a la Iglesia y a cada alma fiel en “odres nuevos”. Por el deseo y el ofrecimiento nos convertimos como María en recipientes disponibles para que la Palabra se haga carne en nosotros. La presencia humilde y oculta del Señor en María, en la Iglesia y en cada alma, irradia luz y esperanza al mundo. Juan Pablo lo expresa bellamente, hablando de la Visitación:  

 “’Feliz la que ha creído’ (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia – donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de María[21]

María, pues, modelo de la Alianza, entre el Señor y su Esposa la Iglesia, entre Dios y cada hombre. Modelo de una Alianza que es compañía de amor, abandono confiado y fecundo y esperanza plena que irradia alegría. Todas estas virtudes se convierten en canto en el Magnificat del cual Juan Pablo II nos regala una hermosa visión eucarística:

“En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se «derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a los humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su "diseño" programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!”[22]

Juan Pablo nos invitó a entrar en “la escuela de María, mujer Eucarística”. Ahora nos muestra cómo en el Magnificat está activo y presente el “fin” o programa de esta escuela. Fin que se anticipa –esta es la alegre buena nueva- en la Eucaristía, vivida como un canto de glorificación y agradecimiento. Así como María “anticipa” el “programa de Dios” para la historia, su plan de salvación, y lo vive como presente profético en el gozo que inunda su visión de fe; así también la Eucaristía anticipa “en su pobreza”, dice Juan Pablo, la creación de la nueva historia.  

Esto mismo lo ha expresado profundísimamente Benedicto XVI en su Encíclica sobre la Esperanza, cuando hace ver que la esperanza cristiana nos “da” algo sustancial[23] en nuestro presente, nos anticipa la salvación no sólo proporcionando información sobre el futuro sino “performando” nuestra vida presente:

“Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una “buena noticia”, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida[24]. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva”[25]

Lo que la Eucaristía realiza –en la pobreza sacramental- María lo canta en el Magnificat y al cantarlo la Iglesia –y cada uno de nosotros en ella- nos volvemos “contemporáneos” con nuestra Señora y vivimos de su espiritualidad, que es vida en el Espíritu:

La Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida ‘según el Espíritu’ (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16. 25)”[26]

Termino con una cita de la homilía de Juan Pablo II con ocasión de los 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada en la cual califica a María como “Icono escatológico de la Iglesia”, como la que pronuncia el primer “sí” de la Alianza entre Dios y la humanidad y precede al pueblo de Dios en su camino al cielo y la Iglesia ve en ella “anticipada” su salvación:

“Ella, la primera redimida por su Hijo, participa en plenitud de su santidad, ya es lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es el icono escatológico de la Iglesia. Por eso la Inmaculada, que es "comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura" (Prefacio), precede siempre al pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el reino de los cielos[27]. En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua. En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente unidos al Hijo y a la Madre:  ‘Al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer "fiat" de la nueva alianza[28], prefigura su condición de esposa y madre’”[29]

3. Consecuencias pastorales concretas 

Consecuencias personales 

            En el transcurso mismo de esta catequesis, al contemplar el misterio de la Alianza en María, se nos han ido revelando las riquezas de la Eucaristía y de la Iglesia. En nuestra Madre todo se vuelve concreto y “posible”. En su escuela los misterios inefables de Dios toman rostro y tono de voz maternos y se hacen comprensibles para la fe llena de amor que, como pueblo fiel de Dios, profesamos a María. Las conclusiones para la vida espiritual personal creo que cada uno debe elegirlas de entre aquellas en las que encuentre más gusto, como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales. Unir la Eucaristía y la comunión sacramental con María es algo que intuitivamente hacemos, y profundizar en esto a todos nos hace bien. Por ello podemos pedir la gracia de recibir la Comunión como María recibió al Verbo y dejar que se haga carne nuevamente en mí; la gracia recibir la Eucaristía de manos de la Iglesia poniendo las nuestras como patena (que quiere decir pesebre), sintiendo que es nuestra Señora la que lo recuesta allí y nos lo confía; la gracia de cantar con María el Magnificat en ese momento de silencio que sucede a la comunión; la gracia de anticipar en la Eucaristía todo lo que será nuestro día o semana, con todo lo bueno y positivo, ofrecido junto con el pan, y todo lo que sea sufrimiento y pasión ofrecido junto con el vino; la gracia de creer y poner con amor toda nuestra esperanza en esa primicia y prenda de salvación que tenemos ya en cada Eucaristía, para luego conformar nuestra vida a imagen de lo que recibimos.  Así, cada uno puede ir sacando provecho a lo que hemos meditado. 

Consecuencias Eclesiales 

            Sin embargo, puede hacernos bien sacar también algunas conclusiones, a la luz de la riqueza que hemos contemplado, que nos ayuden en nuestra vida eclesial. El cariño y la veneración que todos sentimos casi “espontáneamente” por la Virgen y ante la Eucaristía debemos cultivarlo para con la Iglesia. Deben ser los mismos, ya que como hemos visto, María e Iglesia son “recipientes” transformados íntegramente por aquel que quiso “habitar” en ellas. El efecto de tal encarnación proviene de que estos “odres” se transformen plenamente en la realidad más alta que los asume. Así como el Verbo al tomar la carne de María la santifica totalmente (incluso lo hace anticipadamente a la Eucaristía, en la Inmaculada Concepción), así también la Iglesia es toda santa y santificante por la Alianza que el Señor quiso hacer con ella. Por eso el cristiano al mirar a la Iglesia, la ve toda santa, limpia y sin arruga, como a María, Esposa y Madre. El cristiano ve a la Iglesia como Cuerpo de Cristo, como el recipiente que guarda íntegro el depósito de la fe, como la Esposa fiel que comunica sin mengua ni falta todo lo que Cristo le dejó como encargo. En los Sacramentos la Iglesia nos comunica la Vida plena que vino a traer el Señor. Aunque sus hijos a veces rompamos nuestra alianza con el Señor a nivel individual, la Iglesia es el lugar donde esa Alianza –que se nos dio para siempre en el Bautismo- permanece intacta y podemos recuperarla con la reconciliación.

De esta mirada integral –católica en sentido pleno (“universal concreta”)-, que considera a la Iglesia como recipiente cuya calidad y magnitud se conmensuran desde Aquel que la inhabita y mantiene incólume su Alianza con ella, brotan luego las otras miradas, que pueden intentar mejorar, corregir o expresar explicitamente aspectos parciales, coyunturales, históricos y culturales de la Iglesia. Pero siempre con este espíritu de Alianza que no se rompe, como en un buen matrimonio en el que todo se puede dialogar y mejorar con tal que vaya en la dirección vital del amor que mantiene la Alianza.  

Confesar a Cristo venido en carne es confesar que toda la realidad humana quedó “salvada” y santificada en Cristo. Por ello el Señor hasta quiso estar muerto tres días y, más aún, descender a los infiernos, al lugar más apartado de Dios al que la existencia humana pueda llegar. La Iglesia como realidad “santificada” plenamente y capaz de recibir y de comunicar -sin errores ni carencias, desde su propia pobreza y aun con sus pecados- toda la santidad de Dios, no es un “complemento” o un “agregado institucional” a Jesucristo, sino participación plena de su Encarnación, de su Vida, de su Pasión, muerte y Resurrección. Sin estos “odres nuevos” que son la Iglesia y María – en una universalidad concreta sin parangón, cuya relación es paradigma de todo lo demás- la venida del Verbo eterno al mundo y a la carne, su Palabra en nuestros oídos y su Vida en nuestra historia, no podrían ser recibidos adecuadamente.

De ahí que para contemplar el misterio de la alianza entre Dios y la humanidad –alianza que viene del Antiguo Testamento y que se quiere extender a todos los hombres de buena voluntad-, lo primero es situar en el medio este misterio de la Iglesia contemplada como “recipiente todo santificado y santificante”, igual que María, de donde brota el Don de Dios para la vida del mundo. Como dice el Papa, citando al Concilio Vaticano II[30]

Contemplemos, pues, a la lglesia-María que tienen su centro en la Eucaristía: la Iglesia-María que vive de la Eucaristía y nos hace vivir gracias a la Eucaristía.

Contemplemos a la Iglesia-María que reciben de su Esposo la totalidad del Don del Pan de vida junto con la misión de distribuirlo a todos, para la vida del mundo.

En ellas la Alianza de Dios con la humanidad se da y es recibida y comunicada sin fisuras ni carencias. La entrega hasta el fin del Esposo hace a la Esposa –María-Iglesia- toda santa, la purifica y la recrea siempre nuevamente en la fe y en la caridad y las puertas del infierno no prevalecen contra ella. 

Termino diciendo que este aseguramiento de la santidad de la Iglesia, no es una cuestión de privilegio personal o social sino que está ordenada al servicio. Me explico. Como la Iglesia siempre defiende su integridad –y como siempre hubo y hay quien se aprovecha mal de la fortaleza de una institución (lo cual es patético por lo reductivo de usar algo tan benéfico como la Vida eterna para goces de vida pasajera), al mundo le da la impresión de que la Iglesia siempre defiende su poder. Y esto no es  así. Al defender su pureza, su indefectibilidad, su santidad de Esposa, la Iglesia está defendiendo el “lugar” por donde pasa el Don la Vida de Dios al mundo y el don de la vida del mundo a Dios. Este don –cuya expresión más plena es la Eucaristía- no es un don más entre otros[31] sino del don total de la Vida más íntima de la Trinidad que se derrama para la vida del mundo y la vida del mundo asumida por el Hijo que se ofrece al Padre[32].

Como dice Balthasar:

“El acto de donación, por el que el Padre derrama al Hijo a través de todo el espacio y tiempo de la creación, es la apertura definitiva del acto trinitario en que las “Personas” son “relaciones” de Dios, formas, podemos decir, de donación y entrega absoluta y de fluidez amorosa”[33].

Es la inconmensurabilidad sin vuelta atrás del don que se nos transmite lo que obliga al Señor a santificar de manera indefectible a la Iglesia, como hizo con su Madre, de manera tal que quede asegurado el que este don pueda recibirse y transmitirse “para la vida del mundo”. El misterio de la Alianza que hace toda santa a la Iglesia es un misterio de servicio y de Vida.

Nunca debe de dejar de asombrarnos que esta apertura definitiva de la vida trinitaria misma se entregue y se derrame no sólo para algunos sino para la vida del mundo. Esto es así aunque no todos lo sepan ni todos lo aprovechen. Es fruto de la Libertad incomprensible del Dios Uno y Trino el que su donación sea total y para todos[34].

“Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en «sacramento» para la humanidad,[35] signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos[36]. La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo”[37].

Québec, 18 de junio de 2008.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

[1] Sacramentum Caritatis (SC) 7 y 8.

[2] Sacramentum Caritatis (S C) 88.

[3] Aparecida (Ap) 464. Cfr. también 251.

[4] Ap 354. Cfr. Ap 191: ‘¡Mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada!’ (Hurtado, Alberto, Un fuego que enciende otros fuegos, pp. 69-70).

[5] “La Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: ‘Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera’. Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana” (S C 84).

[6] La doctrina de Pablo en el cap. 11 de su Carta a los Romanos, nos muestra que “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” “el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles” (Rm 11, 25-29).

[7] “Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad (…) de modo que mi alianza esté en vuestra  carne como alianza eterna” (Gn 17, 7-13). “Voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David” (Is 55, 3). “Les pactaré alianza eterna - que no revocaré después de ellos - de hacerles bien, y pondré mi temor en sus corazones, de modo que no se aparten de junto a mí; me dedicaré a hacerles bien, y los plantaré en esta tierra firmemente, con todo mi corazón y con toda mi alma” (Jr 32, 40).

[8] Ecclesia de Eucharistia (EdE) 6.

[9] EdE 3.

[10] EdE 5.

[11] EdE 5.

[12] EdE 5.

[13] Lumen Gentium (L G) 26. Cfr. San León Magno, Sermón 63, 7; San Agustín, Sermón 57, 7 y Confesiones, 7, 10: “…tú te convertirás en mí”.

[14] EdE 53.

[15] Cfr. Beato Isaac de Stella, Sermón 51 (PL 194, 1862-1863. 1865). “Por eso en las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la virgen María, y lo que se entiende de modo especial de María, virgen y madre, se entiende de modo general de la Iglesia… También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda. Todo lo cual la misma Sabiduría de Dios, que es la Palabra del Padre, lo dice universalmente de la Iglesia, de modo especial de la virgen María, e individualmente de cada alma fiel”.

[16] EdE 53.

[17] EdE 53.

[18] EdE 54.

[19] EdE 57.

[20] EdE 56.

[21] EdE 55.

[22] EdE 58.

[23] “La fe es la “sustancia” de lo que se espera; prueba de lo que no se ve. Tomás de Aquino, usando la terminología de la tradición filosófica en la que se hallaba, explica esto de la siguiente manera: la fe es un habitus, es decir, una constante disposición del ánimo, gracias a la cual comienza en nosotros la vida eterna y la razón se siente inclinada a aceptar lo que ella misma no ve. Así pues, el concepto de “sustancia” queda modificado en el sentido de que por la fe, de manera incipiente, podríamos decir “en germen” –por tanto según la “sustancia”– ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el todo, la vida verdadera. Y precisamente porque la realidad misma ya está presente, esta presencia de lo que vendrá genera también certeza: esta “realidad” que ha de venir no es visible aún en el mundo externo (no “aparece”), pero debido a que, como realidad inicial y dinámica, la llevamos dentro de nosotros, nace ya ahora una cierta percepción de la misma” (Spe Salvi  (SS) 7).

[24] “Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo” (S S 4).

[25] S S 2.

[26] S C 77.

[27] Cfr. L G 58; Redemptoris Mater, 2.

[28] Cfr. Redemptoris Mater 1.

[29] Juan Pablo II, Homilía en el 150º aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, Miércoles 8 de diciembre de 2004.

[30] “Mediante la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez más profundamente su ser «en Cristo como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1)” (EdE 24).

[31] “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación” (EdE 11).

[32] “El don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: «sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección»” (EdE 13).

[33] Hans Urs von Balthasar, El misterio de la Eucaristía, en: Puntos centrales de la fe, BAC, Madrid, 1985 pág. 150.

[34]El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación común en la misma mesa eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple experiencia convival humana. Mediante la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez más profundamente su ser «en Cristo como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»” (EdE 24).

[35] L G 1.

[36] L G 9.

[37] EdE 22.

 

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 Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano 

 

Primera Lectura

 “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.

El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre las naciones. Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor.

Y se dirá en aquel día: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. (Is. 25, 6-9)

 

Evangelio

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio,; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos y la sala nupcial se llenó de convidados. (Mt. 22, 1-10) 

1. Con San Cayetano buscamos construir “un lugar” para todos es el lema que nos convoca este año; nos ilumina el corazón porque orienta nuestras búsquedas: “Construir juntos, con San Cayetano, un lugar para todos”.

¿Y cómo se construye un lugar para todos? No es un trabajo fácil. Sin embargo, el Santuario mismo de San Cayetano nos da la clave: un lugar para todos es un lugar como el de este Santuario y el de tantos otros. Es un lugar de peregrinación, porque uno pasa y el que viene atrás nos moviliza, sin apuros pero sin pausa. Y cuando uno  entra en este lugar santo se siente en casa; algo de nosotros se queda –en la ofrenda que dejamos- y algo de aquí uno se lo lleva dentro, espiritualmente –el corazón ensanchado, para hacer lugar al prójimo-.

El Santuario es lugar para todos porque es Casa de Dios y aquí todos nos sentimos en casa como hijos y hermanos.  

2. En la primera lectura Isaías expresa este sentimiento, de que el lugar de Dios es para todos sus hijos, con una imagen hermosísima: la de la invitación al banquete que Dios hace a todos los pueblos en su monte santo. Isaías utiliza dos palabras muy nuestras para describir este sentirnos todos en Casa: “Ahí tienen”. Los que se acercan al Monte Santo de Dios se dicen entre sí: “Ahí tienen a nuestro Dios, éste es el Señor en quien esperábamos. Nos alegramos y regocijamos por su salvación”.

Cuando uno viene a San Cayetano y empieza a ver a toda la gente; cuando uno se va acercando al santo y llega ante su imagen bendita, uno siente ese “Ahí tenés”. Ahí lo tenés. Es tuyo y de todos. Uno siente que en Jesús, Dios se ha hecho nuestro, cercano. Está a nuestra disposición, deja que lo tengamos si lo queremos invocar. Y uno renueva la fe y la esperanza una vez más. ¿Vos creías que estabas lejos? ¿Vos dudabas de si había lugar para vos? Nada de eso: entrá; ahí lo tenés. Estás en tu casa. Junto con todos sos parte del pueblo fiel de Dios. Tomá gracia de San Cayetano. Volcá en él tus penas, contale tus sueños, encomendale tu familia, tu pan y tu trabajo, rogá por todos, confesale tu amor, pedile perdón, dale gracias… Ahí lo tenés. Aquí estás en Casa.

 3. En el Evangelio Jesús cuenta la parábola del Rey que invitó al casamiento de su hijo. Es la parábola de la Fiesta en la que hubo lugar para todos –buenos y malos-se anima a decir Mateo. Algunos tenían lugar reservado, una invitación especial, y no quisieron ir… Pusieron excusas: tenían cosas más importantes que hacer aquel día. Y además insultaron, les pegaron y mataron a los mensajeros que llevaban la invitación. ¿Cuál fue la conclusión? ¿Se arruinó la fiesta de casamiento? ¿Se cerró la Casa? No señor, de ninguna manera! “La fiesta está preparada y se hace igual” –dijo el Rey-. Los invitados que se excluyeron solos, que no aceptaron la invitación de Dios a participar de su alegría y de su fiesta, no eran dignos. Entonces el Rey manda a sus servidores a que salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren. “Y los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales”.

 Y no les pagaron para que fueran e hicieran número. Fueron porque querían. Fijémonos que en la fiesta les daban también el vestido nuevo –signo de alegría sincera- y al que no se lo quiso poner el Rey lo echó. Es decir: la fiesta era para los que de verdad querían festejar y participar de la alegría de los novios. El ejemplo de Jesús está bien elegido porque las fiestas de casamiento son especiales. Los novios están contentos igual, con o sin fiesta, porque se quieren entre ellos, y se van antes que termine la fiesta… La fiesta es un regalo para los invitados, y se les manda la participación, como se llama: queremos que participen de nuestra alegría. Así es nuestro Dios: quiere que todos sus hijos participemos todos de su alegría

 4. En las fiestas humanas siempre hay algo de compromiso, de obligación, de quedar bien… Pero en las fiestas de Dios no. Se incluye a todo el que quiere si es que quiere estar de corazón. Dios es lo único gratuito. Gratuito de verdad. Por eso es el único que puede convocar a construir un lugar para todos. Aquí, en San Cayetano, se demuestra, como también, en Luján y en nuestros santuarios marianos. Estas son Casa de todos. Lugar sagrado en el que, al mismo tiempo que estamos todos juntos, cada uno está haciendo su alianza a solas con el Señor. Y San Cayetano hace de intercesor, de ayudante de Jesús que es el que recibe todas las peticiones y hace la gran intercesión ante el Padre, intercesión que es la Eucaristía.

 5. Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la fe. Con las piedras vivas de la fe sencilla de cada uno de nosotros.

 Aquí hay lugar para todos. Un lugar construido con la mirada limpia, sin egoísmo, mirada de esperanza sólo puesta en Dios.

 Éste es un lugar para todos. Un lugar construido con el trabajo lleno de amor de todos los trabajadores y trabajadoras de nuestra patria, los que se levantan cada día y trabajan; los que no roban sino que trabajan; los que no se pasan de vivos y viven de lo que produce el trabajo de otros, sino que trabajan.

 Éste es un lugar para todos. Un lugar que se construye compartiendo, en el que se comparte el pan y con el pan se comparte la vida. Aquí, en este terrenito pequeño del Santuario, en este terrenito que extiende sus brazos a la calle, hacia las filas de fieles que vienen, nuestra patria es “lugar para todos”: sin exclusiones ni discusiones.

 6. Aquí confesamos que necesitamos a Dios. Necesitamos a Dios porque sólo en torno a él se puede construir un lugar para todos. Si lo excluimos a él, el único gratuito, todo lo demás se convierte en objeto de compraventa. Sin Dios ni aun la patria es lugar para todos. En cambio con él todo se transforma en Casa, en lugar para todos. Queremos que nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra patria sea un lugar de todos, un lugar para todos. Por eso aquí, con San Cayetano, rezamos juntos:

 “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos…

Nos sentimos heridos y agobiados.

Precisamos tu alivio y fortaleza.

Queremos ser nación,

una nación cuya identidad

sea la pasión por la verdad

y el compromiso por el bien común.

Danos la valentía de la libertad

de los hijos de Dios

para amar a todos sin excluir a nadie,

privilegiando a los pobres

y perdonando a los que nos ofenden,

aborreciendo el odio y construyendo la paz.

Concédenos la sabiduría del diálogo

y la alegría de la esperanza que no defrauda.

Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,

cercanos a María, que desde Luján nos dice:

¡Argentina! ¡Canta y camina!

Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.

Amén.

 Buenos Aires, 7 de agosto de 2008.

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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El mensaje de Aparecida a los Presbíteros

Nota preliminar

El siguiente escrito no es un artículo sino una guía de exposición de diversos aspectos sobre el tema “La concepción del presbítero que presenta Aparecida”. Además de las cosas explícitas que el Documento dice sobre el presbítero se recurre, para explicarlo mejor, a categorías válidas para todos los discípulos misioneros.  

1. Dentro de una comunidad de discípulos y misioneros (203, 316, 324) Aparecida busca lo específico (200-285) de la espiritualidad sacerdotal en orden a la vida en J.C. para nuestros pueblos (vida desafiada en su identidad, en su cultura, en sus estructuras, en sus procesos de formación y vínculos cfr. 192-195; 197). No deja de llamar la atención esta referencia a los desafíos, que desarrolla ampliamente; significa que lo específico del presbítero “está en tensión”. En otras palabras, Aparecida renuncia a una descripción estática de la especificidad presbiteral. Esta existencia tensionada excluye desde el vamos cualquier concepción del presbiterado como “carrera eclesiástica” con sus pautas de progreso, escalafón, retribuciones etc.

2. Sobre este trasfondo define la IDENTIDAD del PRESBÍTERO respecto a la comunidad con dos rasgos. En primer lugar como don (193,326) en contraposición a delegado o representante (193). En segundo lugar destaca la fidelidad en la invitación del Maestro contraponiéndola a la gestión (372). La iniciativa viene siempre de Dios: la unción del Espíritu Santo, la especial unión con Cristo cabeza, invitación a la imitación del Maestro. El hecho de subrayar la iniciativa divina coloca al presbítero en la dimensión de elegido-enviado, es decir dentro de un horizonte, permítaseme la palabra, “pasivo”, en el cual el protagonista principal es el Señor. En este sentido también se condiciona tanto la autonomía personal como su actividad pues, al ser un elegido-enviado, su identidad en la actividad será la de un “pastor conducido” o, dicho de un modo más plástico, la de un “conductor conducido”. 

3. Conviene no olvidar que IDENTIDAD dice a PERTENENCIA; se es en la medida en que se pertenece. El presbítero pertenece al pueblo de Dios, del que fue sacado y al que es enviado y del que forma parte. Aparecida subraya esta pertenencia eclesial para todos los discípulos misioneros en el n. 156, que es clave en este sentido: se habla de CON-VOCACIÓN a la comunión en la Iglesia, y se afirma que “la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica”. Y señala la situación existencial de quien no entra en esta pertenencia comunional: el aislamiento del yo. La conciencia aislada de la marcha del pueblo de Dios es uno de los mayores daños a la persona del presbítero porque afecta a su identidad en cuanto está disminuida parcial o selectivamente su pertenencia a ese pueblo. Se podrían buscar, en el texto de Aparecida, ejemplos de situaciones de conciencia aislada que, en los hechos, niegan la afirmación comunional del n. 156, pero aquí la clave es: “una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de loa apóstoles y con el Papa”. Nótese que dice “comunidad concreta”, es decir Iglesia particular o comunidades más acotadas dentro de la Iglesia particular (p.ej. la parroquia) y no una comunidad “espiritualizada” sin raigambre concreto. Lo que en definitiva le confiere identidad al presbítero es su pertenencia al pueblo de Dios concreto, y lo que le quita o confunde su identidad es precisamente el aislamiento de su conciencia respecto de ese pueblo y su pertenencia a cualquier convocatoria de tipo gnóstico o abstracto, es decir la tentación de ser cristiano sin Iglesia. “El ministerio sacerdotal que brota del Orden Sagrado tiene una “radical forma comunitaria” (195)

 4. Al hablar del celibato también el Documento de Aparecida se refiere a esta dimensión comunitaria en la base misma: “el celibato pide asumir con madurez la propia afectividad y sexualidad, viviéndolas con serenidad y alegría en un camino comunitario” (196, y cfr. también 195).

 5. El realizador de esta comunión y, por tanto, de esta pertenencia comunional del presbítero al pueblo de Dios es el Espíritu Santo. Dado que él “impregna y motiva todas las áreas de la existencia, entonces también penetra y configura la vocación específica de cada uno. Así se forma y desarrolla la espiritualidad propia de presbíteros, de religiosos y religiosas, de padres de familia, de empresarios, de catequistas, etc. Cada una de las vocaciones tiene un modo concreto y distintivo de vivir la espiritualidad, que da profundidad y entusiasmo al ejercicio concreto de sus tareas (285). Es decir, el Espíritu Santo es el autor de las diferencias en la Iglesia, y la vida presbiteral es una de las realidades de esta variedad... pero no se trata de una variedad estática porque es el mismo Espíritu quien impulsa y armoniza todo: él  no nos cierra “en una intimidad cómoda sino que nos convierte en personas generosas y creativas, felices en el anuncio y el servicio misionero” (285) Y va más allá todavía la acción del Espíritu: “nos vuelve comprometidos con los reclamos de la realidad y capaces de encontrarle un profundo significado a todo lo que nos toca hacer por la Iglesia y por el mundo” (285). Resumiendo: la comunión eclesial de la que participa el presbítero está realizada por el Espíritu Santo quien, por su parte, crea las diferencias y, por otra las “vocaciona”, i.e. las pone en movimiento al servicio del anuncio misionero, las sensibiliza y compromete a los reclamos de la realidad. El Espíritu diferencia y armoniza, en esta armonía se da la vocación presbiteral, la identidad presbiteral (armonía de diferencias, pero armonía comunional). Nada que ver con la conciencia aislada de la autopertenencia solitaria o de grupos selectivos (la “intimidad cómoda” la llama el Documento) (285). El Espíritu Santo, además nos introduce en el Misterio (cfr. Ju. 16:13) y será también quien impulse a la misión (cfr. Hech. 2: 1-36). En este sentido protege la integridad de la Iglesia y la salva de dos caricaturas. Sin el Espíritu Santo corremos el riesgo de desorientarnos  en la comprensión de la fe y termina en una propuesta gnóstica; y también corremos el riesgo de no ser “enviados” sino de “salir por las nuestras” y terminar desorientados en mil y una formas de autorreferencialidad. Al introducirnos en el Misterio, Él nos salva de una Iglesia gnóstica; al enviarnos en misión nos salva de una Iglesia autorreferencial.  

La imagen del Buen Pastor

6. En la identidad del presbítero el Documento de Aparecida subraya la imagen del Buen Pastor. Refiriéndose al párroco y a los sacerdotes que están al servicio de las parroquias les pide “actitudes nuevas” (201). “ La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque solo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (201). Aquí aparece nuevamente la antinomia don-gestión: al concebir el ministerio como un don se supera el planteo del funcionalismo, exitista o no, y se concibe el trabajo apostólico, en este caso la parroquia, desde la óptica discípulo- misionero. 

7. De esta proposición tomo solamente dos aspectos: la imagen del Buen Pastor ad intra implica discípulos enamorados y ad extra apunta a ardorosos misioneros (201), servidores de la vida (199).

- Discípulos enamorados: se destaca la fidelidad (dentro de una vida espiritual centrada en la escucha de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía: mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada” (S. Alberto Hurtado) (191).

Para configurarse con el Maestro (199) es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor (138). “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas  del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo:  su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (139). (Recuerdo que la fidelidad sacerdotal está subrayada también en el Mensaje final y en el Discurso del Papa al final del rezo del Rosario, punto 3). 

-Ardorosos misioneros (201) servidores de la vida (199). Ya se mencionó el n. 195 y la plenitud de vida afectiva en la caridad pastoral que expresa. Este aspecto de ardoroso misionero comprende nutrir a las ovejas por medio de la Eucaristía (176-177), la Palabra y la formación. Al respecto nótese que la formación es concebida como acompañamiento de los discípulos (cfr. 6.2.2.4). Sobre esta categoría de acompañamiento habría que volver más adelante. Además de nutrir las ovejas se habla de curarlas: la reconciliación (177), misericordia y caridad pastoral especialmente con la vida vulnerable y vulnerada; violencia e inseguridad (197). 

Ardorosos misioneros  

8. Continuando con este aspecto (el ardor misionero) los adjetivos que califican la misión son fuertes: “ardorosos misioneros” (199), “entrega apasionada a su misión pastoral” (195) “sacerdote enamorado del Señor” (2001). Evidentemente que se quiere subrayar algo más que un buen trabajo de anuncio. Hay un compromiso afectivo- existencial en esta misión, que lleva a “cuidar” del rebaño a ellos confiado” (199). La acción de cuidar implica dedicación esforzada y ternura; también entraña una valoración personal y situacional del rebaño: se cuida lo que es frágil, lo que es valioso, lo que puede estar en peligro... Y el origen de este cuidar ardoroso y apasionado nace y echa raíces en la misma “conciencia de pertenencia a Cristo” (145). Cuando ésta crece “en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad y de la Iglesia a todos los continentes del mundo” (145) 

9. Ligado al tema del sacerdote ardoroso misionero Aparecida invita a “la conversión pastoral” la cual “exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (370) Por razones de tiempo no voy a extenderme más en el tema de la conversión pastoral aunque en el Documento de Aparecida tenga una importancia capital. Baste aquí señalar que la conversión pastoral está íntimamente unida al ardor misionero, al celo apostólico. 

10. Este ardor misionero es obra del Espíritu Santo; “se basa en la docilidad al impulso del Espíritu, a su potencia de vida que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia. No es una experiencia que se limita a los espacios privados de la devoción, sino que busca penetrarlo todo con su fuego y su vida. El discípulo y misionero, movido por el impulso y el ardor que proviene del Espíritu, aprende a expresarlo en el trabajo, en el diálogo, en el servicio, en la misión cotidiana” (284) Ya, en el umbral de la exhortación final, el Documento vuelve a señalar el protagonismo misionero del Espíritu Santo: “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (551). 

11. Para concluir este punto del ardor misionero quiero referirme a la exhortación final (552). Llama la atención que, en su redacción, Aparecida allí pegue un salto treinta años atrás hacia uno de los más bellos y vigorosos Documentos del Magisterio: la Evangelii Nuntiandi, y su última frase sea “Recobremos el valor y la audacia apostólicos”. En la cita de Evangelii Nuntiandi se destacan dos cosas: 1) la descripción del fervor espiritual como dulce y confortadora alegría de evangelizar, como ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir y 2) la idiosincrasia del apóstol en sentido negativo y positivo: “no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”. La connotación negativa en la personalidad del apóstol se refiere a lo que, en el inicio del mismo número 80 de la Evangelii Nuntiandi, Pablo VI señalaba como “obstáculos” a la Evangelización que perduran en nuestro tiempo: “la falta de fervor tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y esperanza”. 

Servidores y llenos de misericordia 

12. La actitud de servicio es una de las características que Aparecida pide a los sacerdotes. Nace de la doble dimensión: discípulos enamorados y ardorosos misioneros, y -de manera especial– se subraya para con los más débiles y necesitados. Cuando, en el n. 199, dice que el Pueblo de Dios siente necesidad presbíteros-discípulos configurados con el corazón del Buen Pastor y de presbíteros-misioneros, señala el principal trabajo de estos presbíteros: “cuidar del rebaño a ellos confiados y buscar a los más alejados”; pide que sean “presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la esfera de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para celebrar el sacramento de la reconciliación”.

13. Que la opción por los pobres es “preferencial” significa que “debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales” (396). Iglesia “compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio” (396). Se invita a hacerse amigos de los pobres” (257), a una “cercanía que nos hace amigos” (398), ya que hoy “defendemos demasiado nuestros espacios de privacidad y disfrute, y nos dejamos contagiar fácilmente por el consumo individualista. Por eso, nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo sin verdadera incidencia en nuestros compartimientos y en nuestras decisiones” (397). Con sano realismo Aparecida reclama “dedicar tiempo a los pobres” (397). Así se dibuja el perfil de un sacerdote que “sale” hacia las periferias abandonadas reconociendo en cada persona “una dignidad infinita” (388). Esta opción por volverse cercano no  tiene el sentido de “procurar éxitos pastorales, sino de la fidelidad en la imitación del Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos, deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra” (372) 

14. Junto a este acercarse a y comprometerse con los pobres en todas las periferias de la existencia, Aparecida señala la experiencia espiritual de la misericordia como necesaria en el presbítero. La misericordia del Dios de la Alianza rico en misericordia (23). “Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios...” (100 h) y necesitados de abrirnos a “la misericordia del Padre” (249). Esta conciencia de pecador es fundamental en el discípulo y más si es presbítero. Nos salva de ese peligroso deslizarse hacia una habitual (y hasta diría normal) situación de pecado, aceptada, acomodada al ambiente, que no es otra cosa sino corrupción. Presbítero pecador sí, corrupto no.

 15. Al considerarse vivencialmente como pecador el presbítero se hace, “a imagen del Buen Pastor,... hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos” (198): crece en “el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia” (384). Aparecida le pide al presbítero “una espiritualidad de la gratitud, de la misericordia, de la solidaridad fraterna” (517) y que tenga, como Jesús, una particular misericordia con los pecadores (451) y entrañas de misericordia en la administración del sacramento de la reconciliación (177). La postura del sacerdote en este sacramento y en general ante la persona pecadora ha de ser precisamente ésta: la de entrañas de misericordia. Suele suceder que muchas veces nuestros fieles, en la confesión, se encuentran con sacerdotes laxistas o sacerdotes rigoristas. Ninguno de los dos logra ser testigo del amor de misericordia que nos enseñó y nos pide el Señor porque ninguno de los dos se hace cargo de la persona; ambos –elegantemente- se los sacan de encima. El rigorista lo remite a la frialdad de la ley, el laxista no lo toma en serio y procura adormecer la conciencia de pecado. Sólo el misericordioso se hace cargo de la persona, se le hace prójimo, cercano, y lo acompaña en el camino de la reconciliación. Los otros no saben de projimidad y prefieren sacarle el cuerpo a la situación, como lo hicieron el sacerdote y el levita con el apaleado por los ladrones en el camino de Jerusalén a Jericó. 

Sacerdotes enamorados del Señor

 16. En el párrafo 7 decía que la imagen del Buen Pastor suponía, para Aparecida, dos dimensiones: una ad intra, la de los discípulos enamorados del Señor y otra ad extra, la de ardorosos misioneros. Si bien ambas van juntas, desde el punto de vista lógico la dimensión misionera nace de la experiencia interior del amor a Jesucristo. Retomo, pues, esta dimensión de discípulos enamorados que solamente había esbozado en el n. 7. En la base de la experiencia de discípulo misionero aparece, como indispensable, el encuentro con Jesucristo: “Hoy, también el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera” (154). La categoría de encuentro (n.21,28) es probablemente la categoría antropológica más utilizada y referenciada en Aparecida (cfr. indice temático, p.261). Ser cristiano no es el fruto de una idea sino del encuentro con una persona viva. Ya en el discurso inaugural del Papa aparece fuertemente y señala una real prioridad sobre la misión: “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él...”, y se cuestiona: “Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida ‘en él’, formulada en el título de esta V Conferencia, podría también surgir otra cuestión: Esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales, políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?” (n.3). Luego de una enjundiosa explicación, concluye: “Discipulado y misión” son como dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cfr. Hch. 4:12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor,  no hay futuro” (ibid). 

17. El presbítero, como discípulo, se “encuentra” con Jesucristo, da testimonio de que “no sigue a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas” (Benedicto XVI, Discurso inaugural, 4). El presbítero, en sí mismo, es un receptor del kerigma y –por ello- tiene “una profunda experiencia de Dios” (199) y en su vida “el kerigma es el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo (278 a), un proceso que lleva al presbítero a “cultivar una vida espiritual que estimula a los demás presbíteros” (191), a “ser un hombre de oración, maduro en su elección de vida por Dios, que hace uso de los medios de perseverancia, como el Sacramento de la confesión, la devoción a la Santísima Virgen, la mortificación y la entrega apasionada a su misión pastoral” (195). 

Desafíos al presbítero y reclamos del pueblo de Dios

18.  Como dije en el n. 1, Aparecida se refiere a situaciones que afectan y desafían la vida y el ministerio de nuestros presbíteros (192). Entre otras, menciona la identidad teológica del ministerio presbiteral, su inserción en la cultura actual y situaciones que inciden en su existencia. Las desarrolla en los párrafos anteriores. Las podemos leer allí. Aquí quiero detenerme en los reclamos del pueblo de Dios a sus presbíteros tal como los enumera el n. 199. Son 5 rasgos: a) que tengan profunda experiencia de Dios configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración b) que sean misioneros movidos por la caridad pastoral que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados... c) en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, d) servidores de la vida, que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad, e) llenos de misericordia, disponibles para administrar el Sacramento de la reconciliación. Para conservar y hacer crecer esta identidad presbiteral se pide “una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes” (200). 

19. Detrás de estos reclamos explícitos está el ansia implícita que tiene nuestro pueblo fiel: nos quiere pastores de pueblo  y no clérigos de Estado, funcionarios. Hombres que no se olviden que los sacaron de “detrás del rebaño”, que no se olviden “de su madre y de su abuela” (2Tim. 1:5), que se defiendan de la herrumbre de la “mundanidad espiritual” que constituye “el mayor peligro, la tentación más pérfida, la que siempre renace –insidiosamente- cuando todas las demás han sido vencidas y cobra nuevo vigor con estas mismas victorias...” “Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral. Peor aun que aquella lepra infame que, en ciertos momentos de la historia, desfiguró tan cruelmente a la Esposa bienamada, cuando la religión parecía instalar el escándalo en el mismo santuario y, representada por un Papa libertino, ocultaba la faz de Jesucristo bajo piedras preciosas, afeites y espías... La mundanidad  espiritual “es aquello que prácticamente se presenta como un desprendimiento de la otra mundanidad, pero cuyo ideal moral, y aun espiritual, sería en lugar de la gloria del Señor, el hombre y su perfeccionamiento. La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud antropocéntrica... Un humanismo sutil enemigo del Dios Viviente –y, en secreto, no menos enemigo del hombre- puede instalarse en nosotros por mil subterfugios” (De Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia, Desclée, Pamplona 2ª. ed., pp.367-368). 

20. El pueblo fiel de Dios, al que pertenecemos, del que nos sacaron y al que nos enviaron tiene un especial olfato originado en el sensus fidei para detectar cuando un pastor de pueblo se va convirtiendo en clérigo de Estado, en funcionario. No es lo mismo que el caso del presbítero pecador: todos lo somos y seguimos en el rebaño. En cambio el presbítero mundano entra en un proceso distinto, un proceso –permítaseme la palabra- de corrupción espiritual que atenta contra su misma naturaleza de pastor, lo desnaturaliza, y le da un status diferenciado del santo pueblo de Dios. Tanto el Profeta Ezequiel como San Agustín en su “De Pastoribus” lo describe en la figura del que se aprovecha del rebaño: usufructúa su leche y su lana. Aparecida en todo su mensaje a los presbíteros, apunta a esa identidad genuina de “pastor de pueblo” y no a la adulterada de “clérigo de Estado”. 

Brochero, 11 de septiembre de 2008.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en el Santuario Ntra. Sra. Madre de los Emigrantes con motivo de la celebración Eucarística del Día del Migrante

El pasaje de la carta de San Pablo a los romanos comenzaba con esta frase: “que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo” (Rom 13, 8). Es decir, todos tenemos una deuda con los demás: Amar. Amar no es un deporte o solamente una virtud que unos pueden tener y otros no. No es un modo de proceder solamente, es una deuda. Una deuda existencial, de la misma existencia humana.  

El que no ama no honra su deuda de persona. Quien no tiene su corazón abierto al hermano de cualquier raza, de cualquier nación, no cumple con su deber, y su vida termina siendo como un pagaré impago y es muy triste terminar la vida sin haber honrado la deuda existencial que todos tenemos como personas. El amor es algo concreto. Los conceptos no se aman, las palabras no se aman, se aman las personas.  

El amor, al ser concreto, fija un trabajo concreto en favor de la persona. A favor del otro. Un trabajo, de acercarme al otro, abrir mi corazón al otro. Un trabajo de proximidad, un trabajo de condescendencia al camino del otro. Un trabajo mutuo de los ideales, de los puntos de vista. Es un gran respeto al Amor. 

El respeto, es el trato considerado mas hondo a la dignidad de la persona. Hoy, día del migrante, miremos un poco a aquellos que no nacieron en esta tierra. Que vinieron. ¡Que sorpresa! Como el papá o la mamá de alguno de los que estamos aquí. Como mi papá. Vinieron por mucha razones, por necesidad de trabajo, o por persecución ideológica. 

Tantas personas vinieron. Hoy debemos preguntarnos como honramos la deuda para con ellos. La deuda del amor, ¿qué hacemos por ellos? Y más en estos días donde la Iglesia quiere mirar al migrante, al migrante joven. Esa multitud de chicos y chicas que se desarraigan de su tierra para echar raíces en la nuestra. Les decimos “Trabajemos juntos para hacer un mundo posible”, (mensaje del Santo Padre Benedicto XVI por la jornada mundial del Emigrado y el refugiado 2008).  Un mundo mejor que sea posible, un mundo de confidencia y de amor. 

Ojalá pudiera detener aquí mi homilía. Pero la primera lectura del Profeta Ezequiel (Ez 33, 7 – 9), nos dice: “yo te he puesto como centinela”, es decir, a todos nos pone como centinela. Y como centinela tenemos que avisar cuando hay peligro. Antiguamente los centinelas que estaban en las ciudades, veían cuando había un peligro de vida. Para mí hoy corre peligro el cristiano, pues todo cristiano es centinela. Y hoy como cristiano tenemos que decir ¡cuidado! Cuidado que no te quiten la vida. Que no se creen situaciones de xenofobias entre nosotros. Todos sabemos que la xenofobia así se da.

Aquí parece que nadie odia al migrante. Pero está la xenofobia sutil, la que quizás, elaborada por nuestra viveza criolla, nos lleva a preguntarnos: ¿cómo los puedo usar mejor?, ¿cómo me puedo aprovechar de ésta o de éste que no tiene documento?, que entró de contrabando, que no se sabe el idioma, o que es menor de edad y no tiene quien lo proteja. 

Si somos sinceros tenemos que reconocer que entre nosotros se da esa sutil forma de xenofobia que es la explotación del migrante. No se en otros lugares del país, no me gusta hablar de lo que no vi o sé. Pero en esta ciudad hay explotación de migrantes y de migrantes jóvenes. Más aun, hay otro escalón, hay trata de migrante jóvenes. Chicas y chicos que son sometidos a la trata o a la esclavitud, del trabajo a presión por dos pesos. A la esclavitud de convertirlos en mulita para transportar droga, a la esclavitud de la prostitución de jóvenes, que no tienen la mayoría de edad. ¡Esto se da en esta ciudad! 

Algunos me dicen: “Sí Padre. Es que también los funcionarios no hacen nada”. ¡Vos que haces? Si no haces nada, ¡Chillale!, Reclamales, ¿pero vos que haces? Además de reclamar como hay que reclamar. ¿Pero que haces vos? ¿Cómo saldás la deuda del amor permitiendo que delante a tus ojos estén explotando estos tratantes de migrantes, y mas aun tratantes de jóvenes? Esto se da cerca. ¡Que no vengan con cuentos chinos! ¡Esto se da acá! Yo les confieso: cuando medito en esto, cuando lo veo, perdonen pero lloro. Lloro de impotencia. ¿Que le pasa a mi pueblo, que tenía los brazos abiertos para recibir a tantos migrantes y ahora los va cerrando y ha engendrado en su seno delincuentes que los explota, y los somete a la trata? ¿Qué le pasa a mi pueblo!? Hoy más que nunca necesitamos de centinelas, para que quitemos esto. 

No solo no pagamos la deuda del amor, sino que de alguna manera los que no hacemos nada, entre comillas, somos cómplices de este delito tan, tan nefasto como es la explotación, la esclavitud, y la trata en nuestra ciudad. Somos cómplices por nuestro silencio, por nuestro no hacer nada, por nuestro no reclamo a quienes el pueblo ha ungido como responsable para solucionar. Por nuestra apatía.  

Esta misa diremos sí a la multitud de jóvenes migrantes. Abramos el corazón, y abramos las entrañas de las manos. Recordemos que hay explotadores explícitos e implícitos. Los que callan y miran para otro lado, son explotadores implícitos. Recordemos que también nosotros, todos somos migrantes por que nadie se queda aquí para siempre y sería muy triste que cuando tenga que mostrar el pasaporte, te digan: “¡debe la deuda de su existencia!”.  

Debe la deuda de ser hombre o mujer de bien. Debe la deuda del amor. Por que delante de sus ojos tu hermano era explotado y vos te callaste. Tu hermano era sometido a la trata y vos te callaste, tu hermano era esclavizado y ¡vos te callaste! 

La misa es en acción de gracias. Demos gracias a Dios porque nos da su palabra. Pidamos que esa palabra nos mueva. A no ser menos pasivos frente a esta delincuencia que se ha instalado en nuestra ciudad y que mete a nuestros hermanos migrantes, menores de edad, en la picadora de carne. 

Que así sea. 

Buenos Aires, 07 de septiembre de 2008. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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 Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la XXXIV Peregrinación Juvenil a Pie a Luján

            Este pasaje del Evangelio que siempre leemos, que siempre escuchamos, nos resulta, a la vez, cada vez nuevo. Una escena tan sencilla y tan llena de amor. Jesús le dice algo a la Virgen y ella lo miraba; ella podría haber estado encerrada en sí misma, en su dolor y sin embargo escuchaba y escuchó que le dijo: “Ahí tenés a tu Hijo”…Hoy, de nuevo ella, escucha que Jesús, señalándole esta plaza le dice: “Ahí tenés a tus hijos” y ella, al escuchar, nos mira como madre. Ella aprendió a escuchar a Jesús. Lo había llevado en su vientre, lo había seguido durante toda su vida. Fue la primera discípula de Jesús, la que lo siguió mas de cerca, la que lo imitó mejor y eso porque lo supo escuchar. Nunca cerró su corazón a la palabra de Jesús. María, la mujer que supo escuchar… y escuchando, cada día, fue aprendiendo a escuchar más y escuchando a Jesus aprendió también cómo escuchar a sus hijos.

Y entre nosotros podemos decir: “Que difícil que es aprender a escuchar”, no es cierto? Es difícil. Cuántos de nosotros a veces vivimos momentos que necesitamos que alguien  nos escuche y no lo encontramos. A todos nos ha pasado, no es cierto? Andar carenciados de “oreja”, que alguien nos ponga “la oreja”, o cuántos otros se acercan a nosotros pidiendo que le pongamos “la oreja” y por ahí estamos ocupados, en mil cosas y no nos damos cuenta. Escuchar y ser escuchados… como la Virgen. Por eso el lema de este año, de esta peregrinación es: “Madre, enseñanos a escuchar”.

Que ella nos enseñe como se escucha. Como se escucha a Dios, como se escucha al prójimo. Que ella nos meta en esta ciencia tan difícil de saber escuchar; por eso nos hace bien venir aquí y creer realmente que ella nos escucha. Sentirlo y después… cuántas veces después de mirarla pasamos y, en un confesionario, le pedimos prestado al cura el oído de Jesús para que Jesús nos escuche y descargar nuestra conciencia, y qué bien nos sentimos cuando somos escuchados por alguien que nos recibe con cariño.

Cuántos problemas se nos ahorrarían en la vida si aprendemos a escuchar, si aprendemos a escucharnos. Porque escuchar a otro es detenerme un poquito en su vida, en su corazón y no pasar de lado como si no me interesase. Y la vida nos va acostumbrando a pasar de largo, a no interesarnos en la vida del otro, en lo que el otro me quiere decir o a contestarle antes de que termine de hablar. Si en los ambientes en que vivimos aprendiéramos a escuchar… como cambiarían las cosas, como cambiarían las cosas en la familia si marido, mujer, padres, hijos, hermanos aprendieran a escucharse… pero enseguida tendemos a contestar antes de saber qué me quiere decir el otro. ¿Tenemos miedo a escuchar? Cuántas cosas cambiarían en el trabajo si nos escucháramos. Cuántas cosas cambiarían en el barrio. Cuántas cosas cambiarían en nuestra Patria si aprendiéramos como pueblo a escucharnos.

Que es lo que nos impide escuchar? Es querer imponer lo que yo siento, lo que yo creo, lo que yo quiero. Es querer como… dominar a otro o prescindir del otro o, simplemente, estar tan centrado en uno mismo que no me interesa el otro, y entonces vamos como borrando al otro de mi panorama y el mundo termina en nuestra piel. No dejamos entrar a otro.

Madre, enseñanos a escuchar. Somos un pueblo que necesita aprender a escuchar y somos un pueblo que necesita ser escuchado. Madre, enseñanos a escuchar. Y ella nos enseña a escuchar. Si hoy se lo pedimos nos va a enseñar. Ella, calladita al pie de la cruz,  escuchó lo mas importante de su vida: “Ahí tenés a tu hijo”…. “Acá tenés a tus hijos”! Y de ahí en más empezó a cuidar del Pueblo de Dios. A escuchar al Pueblo de Dios. Ella guardaba todas las cosas en su corazón, las cosas que escuchaba y así nos fue juntando como pueblo, como cristianos, como hermanos. Era una maestra la Virgen, una maestra en este arte de aprender a escuchar! Que nos enseña a escuchar!. Que nos enseña a escuchar desde el corazón. Por eso Madre, hoy aquí todos juntos, te pedimos que nos ayudes a querer escuchar, primero, y después a escuchar.

Madre, te pedimos que podamos vencer dentro de nosotros lo que no ayuda a que sintamos lo que sienten los demás. Madre, te pedimos que nos enseñes a callarnos para poder recibir a los que necesitan contarnos sus vidas, muchas veces llenas de dolor. Madre, te pedimos que como tu Hijo seamos pacientes, seamos compasivos, al escuchar las vidas que pasan entre nosotros. Madre, éste tu pueblo, al que vos quisiste, al que vos viniste a cuidar, en medio del cual te quisiste quedar, hoy te pide que le enseñes a escuchar. Madre, enseñá al pueblo argentino a escuchar. Que nos escuchemos unos a otros. Y se lo vamos a decir tres veces, todos juntos, “Madre, enseñanos a escuchar”:

            …“Madre, enseñanos a escuchar”  

            …“Madre, enseñanos a escuchar”  

            …“Madre, enseñanos a escuchar”  

                                                                     Que así sea.

 Basílica de Luján, 5 de octubre de 2008.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Homilía en la Misa de Apertura de la 96ª

Asamblea Plenaria de laConferencia Episcopal

“Carta de Pablo, servidor de Dios y Apóstol de Dios y Apóstol de Jesucristo para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al conocimiento de la verdadera piedad, con la esperanza de la Vida eterna. Esta vida que ha sido prometida antes de todos los siglos por el Dios que no miente, y a su debido tiempo, él manifestó su Palabra, mediante la proclamación de un mensaje que me fue confiado por mandato de Dios, nuestro Salvador. A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, le deseo la gracia y la paz que proceden de Dios, el Padre, y de Cristo Jesús nuestro Salvador.

Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones. Todos ellos deben ser irreprochables, no haberse casado sino una sola vez y tener hijos creyentes, a los que no se pueda acusar de mala conducta o rebeldía. Porque el que preside la comunidad, en su calidad de administrador de Dios, tiene que ser irreprochable. No debe ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni ávido de ganancias deshonestas, sino hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí. También debe estar firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen.” (Tit. 1: 1-9) 

Después dijo a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo”.

Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Lc. 17: 1-6).   

1.- La primera lectura es una correspondencia entre pastores. San Pablo, que dejó a Tito en Creta “para organizarlo todo y establecer presbíteros en cada ciudad” (v.5), le recuerda cuál ha de ser el perfil del pastor, de aquel que está puesto para presidir una comunidad, no a la manera de referente o jefe sino “en calidad de administrador de Dios” (v.7). Desde le inicio de su carta quiere dejar bien claro que el pastor administra en nombre de Dios, administra las cosas de Dios. Porque no se trata de una gestión meramente humana: presidir una comunidad es una acción íntimamente ligada a Dios. Es Él quien elige y quien envía, es Él quien determina las pautas del trabajo. Cada uno de los miembros de la comunidad entra en relación con el pastor como con alguien venido de Dios y puesto en las cosas que atañen a Dios. La reverencia y el respeto que el santo pueblo fiel de Dios siente hacia el pastor lo trasciende a él mismo y se dirige al Señor, que es quien congrega a su Iglesia. De ahí que la sana y verdadera relación entre el pastor y su pueblo no pueda prescindir de este ámbito religioso que, sin afectar la normal relación humana, refiere siempre al Señor de todos, que convoca a todos y envía a todos. 

2. Al pastor, San Pablo le pide que sea “irreprochable”. En esta palabra se condensa no sólo la ausencia de culpabilidad sino también la presencia de virtudes que hacen al modo original que el Señor quiso en la conducción de su Iglesia. En concreto le dice que ha de ser “hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí” (v.8). En pocas palabras le señala a Tito un modo de comportarse y de encarar la conducción pastoral que se enraiza en esa gran virtud que sólo se comprende desde la contemplación de la persona del Señor (cfr. Mt. 11:29): la mansedumbre sacerdotal. Actitud que congrega, que se hace acogedora, que atrae, pacifica, armoniza, deja crecer, sabe esperar los tiempos de Dios para cada uno. Actitud que se expresa en gestos de misericordia, en convicción de misericordia y se encarna en hombres con entrañas de misericordia. Actitud que sólo puede originarse y crecer en el corazón humilde, ése que es consciente de que fue y es salvado gratis por la sola misericordia del Señor. 

3.- La mansedumbre que le pide San Pablo al sacerdote no se confunde con una permisividad indolente que se transforma en laissez-faire soberano; no es la búsqueda de la paz a cualquier precio, pues el corazón irenista que procede así está lleno de ansiedades y miedos, es cobarde; tampoco se trata de timidez natural o temperamental que se acoquina en un aura de “beatitud psicológica” no haciéndose cargo de las tormentas que debe enfrentar para defender y hacer crecer el rebaño. Al contrario, la mansedumbre sacerdotal es fuerte, no negocia la verdad, no mistifica el corazón del pastor, es valiente y entrañablemente conductora. El pastor conduce con y a través de su mansedumbre, y –precisamente desde esta virtud- también fortalece la doctrina y corrige los errores, porque la mansedumbre lo custodia “firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que la contradicen” (v.9). 

4. La mansedumbre sacerdotal se forja y se manifiesta, fundamentalmente, en las contradicciones que debe soportar y sufrir el pastor y en la constancia con que las sobrelleva. Allí aparece su grandeza y fortaleza de alma pues, con su corazón en tensión por las persecuciones de fuera y las angustias por dentro, descubre que cuando es débil entonces es fuerte (cfr. 2 Cor. 12:10). Pablo explicita ampliamente esta experiencia de tensión interior y manifestación de la mansedumbre sacerdotal “para que no se desprestigie nuestro ministerio” (2 Cor. 6: 3) y dice: “Siempre nos comportamos como corresponde a ministros de Dios, con una gran constancia: en las tribulaciones, en las adversidades, en las angustias, al soportar los golpes, en la cárcel, en las revueltas, en las fatigas, en la falta de sueño, en el hambre. Nosotros obramos con integridad, con inteligencia, con paciencia, con benignidad, con docilidad al Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios...” (2 Cor. 6: 4-7). 

5. La mansedumbre sacerdotal expresa y acentúa aún más el trabajo de mediador propio del sacerdote. Hay algo, en la figura del mediador, que llama la atención: siempre pierde. En esto se diferencia del intermediario, que siempre gana o procura ganar. El intermediario medra a costilla de las partes: es un “minorista” que gana con la transferencia de bienes, un comisionista. En cambio el mediador se entrega a sí mismo, se desgasta a sí mismo, para unir a las partes, para consolidar el cuerpo de la Iglesia. 

Y, porque es mediador, se hace intercesor: reedita en sí la figura de aquellos grandes Patriarcas intercesores, juega su fe en la certeza de que el grano de mostaza será un arbusto grande, y soporta sobre sus espaldas ese cansancio (hypomoné) propio de la intercesión. El pastor manso acrisola su existencia en la intercesión. Sabe de tener las manos alzadas en alto mientras dura la batalla de su pueblo y no tiene vergüenza de llorar en la presencia del Señor por la salvación de su gente. Porque sabe de lágrimas y dolores en la soledad de la intercesión, puede agigantarse en esa mansedumbre que comprende, recibe, espera.

 6. En las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización de 1990 este Episcopado subrayaba una actitud pastoral de profunda mansedumbre: la acogida cordial. Allí convergen humildad, despojo, mediación, intercesión, valentía, hospitalidad, piedad, dominio de sí (cfr. v. 9). Se nos pedía a los pastores esta apertura de corazón despojante y servidora... y esto nos refiere a la primera actitud de acogida cordial del Nuevo Testamento: la de María respecto al Verbo de Dios. Lo recibe sin condiciones, sin precios, en medio de una tensión interior que no sabe cómo se va a resolver... pero lo recibe mansamente y, por el Espíritu Santo, es ungida madre. Allí comienza su fecundidad que llega hasta nuestros días. Nosotros hemos sido ungidos pastores, con lo que ello conlleva de paternidad. Apostamos a ser fecundos desde y con nuestra acogida cordial, nuestra mansedumbre pastoral, apacentando el rebaño de Dios que nos ha sido confiado; velando por él, no forzada sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que nos han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el Rebaño (cfr. 1 Petr. 5; 2-3). 

7 En estas Asambleas del Episcopado nos encontramos para comunicarnos algún don del Espíritu que nos fortalezca y reconfortarnos unos a otros por la fe que tenemos en común (cfr. Rom. 1: 11-12). Hoy la Iglesia, al proponernos la figura de San León Magno, nos hace reflexionar sobre este pasaje de la carta de Pablo a Tito. Ellos se reconfortaban y fortalecían en la comunicación de la común fe. En esta celebración eucarística intercedamos unos por otros para que arraigue en nuestro corazón sacerdotal la humilde mansedumbre que nos unge padres, nos hace fecundos, pacientes y despojados intercesores, con las manos en alto orando por nuestro pueblo y el corazón abierto para la acogida cordial. 

Pilar, 10 de noviembre de 2008.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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