Año 2009

Desgrabación de la Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en ocasión de misa celebrada por 5º aniversario de la tragedia de Cromagnon (30/12/2009)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Apertura de la 98º Asamblea de la Conferencia Episcopal (09/11/2009)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la XXXV Peregrinación Juvenil a Pie a Luján (04/10/2009)

Conferencia inaugural del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., en el Seminario sobre “Las Deudas Sociales”, organizado por EPOCA (30/09/2009).

  Desgrabación de la ponencia del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., en la XII Jornada de Pastoral Social realizada en el Santuario de San Cayetano de Liniers (19/09/2009).

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en Plaza Constitución (04/09/2009)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano (07/08/2009)

 Propuesta de Aparecida para la Pastoral de la Iglesia en Argentina (15/06/2009)

 Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (13/06/2009)

 Carta del Sr. Arzobispo a los Sacerdotes - Solemnidad de Pentecostés (31/05/2009)

 Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Apertura de la 97º Asamblea Episcopal (11/05/2009)

 Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en el atrio de la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación. (22/04/2009)

Desgrabación de la Homilía de S.E.R. Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Vigilia Pascual (11/04/2009)

 Misa Crismal (09/04/2009)

Mensaje de S.E.R. Card. Jorge Mario Bergoglio, Presidente de la Conferencia  Episcopal Argentina, a Su Santidad el Papa Benedicto XVI, con motivo de la Visita ad límina del primer grupo de obispos argentinos (14/03/2009).

 Mensaje del Sr. Arzobispo con motivo del inicio de la Cuaresma (25/02/2009)

 Ponencia del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Pontificia, Comisión para América Latina - Significado e importancia de la formación académica- (Roma, 18/02/2009)

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Ponencia del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Pontificia

Comisión para América Latina

Significado e importancia de la formación académica

Fin pastoral de toda la formación: a imagen del Buen Pastor

            El número cuatro de la Optatam Totius nos da el fin desde el cual, conjunta y armónicamente, debe ordenarse toda la formación sacerdotal:

“Todos los aspectos de la formación, el espiritual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjuntamente a este fin pastoral (“consociata actione ad hunc finem pastoralem ordinentur”): a que se formen verdaderos pastores de almas, a imagen de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor (Optatam Totius 4).

En el mismo sentido nos dice Aparecida:

“Es necesario un proyecto formativo del Seminario que ofrezca a los seminaristas un verdadero proceso integral: humano, espiritual, intelectual y pastoral, centrado en Jesucristo Buen Pastor” (Ap 319).

La imagen del Buen Pastor es, pues, el analogatum princeps de toda la formación. Al hablar del fin pastoral como fin último, tanto el Concilio como Aparecida están entendiendo “pastoral” en sentido eminente, no en cuanto se distingue de otros aspectos de la formación sino en cuanto los incluye a todos. Los incluye en la Caridad del Buen Pastor, dado que la Caridad “es la forma de todas las virtudes”, como dice Santo Tomás siguiendo a San Ambrosio[1].

En sentido fuerte, pues, “formación” implica “que Cristo sea formado en nosotros”, que recibamos la forma de la Caridad de Cristo. Esto supone una formación permanente, en la que siempre somos discípulos misioneros ya, que al mismo tiempo que nos configuramos con Cristo Buen Pastor como discípulos, nos volvemos capaces de ir comunicando esa forma como misioneros. Este sentido fuerte de formación es el que expresa Pablo  cuando dice: “Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en ustedes” (Gal 4, 19) [2].

Formación para la vida plena

Toda la formación se ordena, pues, a formar buenos pastores que comuniquen la Vida Plena de Jesucristo a nuestros pueblos, como quiere Aparecida:

“El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros; movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación” (Ap 199).

Aparecida formula estas características de la identidad sacerdotal con un estilo literario que apela a los “reclamos del pueblo de Dios a sus presbíteros”. Nuestro pueblo fiel desea “pastores de pueblo” y no “clérigos de estado”[3], “maestros de vida” que dan doctrina sólida que salva y no “diletantes” ocupados por defender su propia fama discutiendo cuestiones secundarias. Para poder ser buenos pastores y maestros, que comuniquen vida, se requiere desde el comienzo de la formación una “sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y docilidad a la acción del Espíritu”[4]:

La formación de pastores maestros

Apacentar en comunión con Cristo Pastor no sólo es cuidar y conducir sino también nutrir y alimentar, corregir y curar. Por eso es que el título de Pastor incluye al de Maestro, que nutre a su rebaño enseñándole el camino verdadero de la vida y corrigiéndolo de sus errores. El Maestro Bueno (Mt 19, 16) no enseña desde la lejanía de la cátedra sino que enseña como quien pastorea: estando cerca, haciéndose prójimo, nutriendo de manera tal que selecciona lo que alimenta y descarta lo nocivo mientras va de camino compartiendo la vida con su rebaño.

Lo pastoral pone su sello también a lo académico

En el lenguaje del Concilio y de Aparecida, “pastoral” no se opone a “doctrinal” sino que lo incluye. Tampoco es lo pastoral una mera “aplicación práctica contingente de la teología”. Por el contrario, la Revelación misma –y por ende toda la teología- es pastoral, en el sentido de que es Palabra de salvación, Palabra de Dios para la Vida del mundo. Como dice Crispino Valenziano: “No se trata de ajustar una pastoral a la doctrina sino que se trata de no arruinar de la doctrina el constitutivo sello pastoral de origen. El ‘giro antropológico’ que hay que seguir en teología sin dudas o perplejidad es aquel que va paralelo a la doctrina ‘pastoral’: los hombres recibimos la revelación y la salvación percibiendo el conocimiento que Dios tiene de nuestra naturaleza y su condescendencia de Pastor con cada una de sus ovejitas”[5].

Esta concepción integradora de doctrina y pastoral (que llevó a llamar ‘Constitución’ –documento en el que se da una doctrina permanente- no sólo a la dogmática Lumen Gentium sino también a la pastoral Gaudium et Spes), se refleja muy claramente en el Decreto sobre la formación sacerdotal. El Decreto insiste en la importancia de formar pastores de almas. Pastores que, unidos al único Pastor Bueno y Hermoso (hermoso en cuanto que conduce atrayendo, no imponiendo), “apacienten sus ovejas” (cfr. Jn 21, 15-17). 

Formación académica sólida

En cuanto a lo específico de la formación académica, quisiera detenerme a reflexionar un momento en torno a una característica que siempre sale al hablar de formación: la solidez.

La Optatam Totius hace hincapié en la solidez de la formación en general y en cada una de sus dimensiones[6]. Pero de manera especial habla de la doctrina sólida que deben tener y comunicar los formadores que:

“Han de elegirse de entre los mejores y han de prepararse diligentemente con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una singular formación espiritual y pedagógica (OT 5).

Aparecida cita a “Pastores dabo vobis” donde Juan Pablo II hace alusión a la “seriedad y solidez de la formación”. Solidez que lleva a los presbíteros a “comprender y vivir la singular riqueza del “don” de Dios –el sacerdocio- y a “desarrollar sus potencialidades” insertándose en la comunión presbiteral”[7].

La solidez de la que se habla es la de la doctrina sólida del Buen Pastor, que alimenta a sus ovejas con manjar sólido, con Palabras de Vida eterna.

La solidez como propiedad de la Verdad

Lo que no siempre se advierte en su debida profundidad es que la solidez es una propiedad trascendental de la verdad. Dentro de la mentalidad hebrea, la verdad es “emeth”, que significa ser sólido, seguro, fiel, digno de fe. La verdad de Cristo no gira en primer lugar en torno a la “revelación” o “desocultamiento” intelectual, más propio de la mentalidad griega. Este desocultamiento será pleno cuando “lo veamos tal cual es” (1Jn 3, 2), ya que ahora “vemos como en un espejo, en enigma” (1 Cor 13, 12). La verdad de Cristo gira más bien en torno a la adhesión de la fe; una adhesión que implica todo nuestro ser –corazón, mente y alma-. Esta adhesión es adhesión a la Persona de Jesucristo, “el Amén, el Testigo fiel y veraz” (Apoc 3, 14), en quien nos podemos confiar y apoyar porque nos da su Espíritu, que nos guía a la “Verdad completa”[8] y nos permite discernir entre el bien y el mal. Como dice la Carta a los Hebreos:

“Aunque ya es tiempo de que sean maestros, ustedes necesitan que se les enseñen nuevamente los rudimentos de la Palabra de Dios: han vuelto a tener necesidad de leche, en lugar de comida sólida. Ahora bien, el que se alimenta de leche no puede entender la doctrina de la justicia porque no es más que un niño. El alimento sólido es propio de los adultos, de aquellos que, por la práctica tienen la sensibilidad adiestrada para discernir entre el bien y el mal” (Hb 5, 12-14).

La solidez de la que hablamos es, pues, participación en el Sacerdocio de Jesucristo “Quien debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo” (Hb 2, 17).

Por ello, si al escuchar hablar de doctrina sólida alguno piensa en formulaciones abstractas o en silogismos irrebatibles, está pensando dentro de un paradigma racionalista distinto de la solidez de la Verdad de Cristo, que es la de la Misericordia y la de la Fidelidad que salvan.

Solidez como apertura al misterio de Cristo

Si leemos bien la Optatam Totius vemos que al hablar de doctrina sólida se dice que hay que “coordinar” las disciplinas filosóficas y teológicas en orden a que las mentes “se abran al misterio de Cristo”:

“En la revisión de los estudios eclesiásticos se ha de atender, sobre todo, a coordinar más adecuadamente las disciplinas filosóficas y teológicas, para que concurran armoniosamente a abrir más y más las mentes de los alumnos al Misterio de Cristo, que se refiere a toda la historia del género humano, influye constantemente en la Iglesia y opera, sobre todo, mediante el ministerio sacerdotal (OT 14).

Solidez dice, pues, a apertura: una sólida apertura, una apertura fiel y firme, estable y permanente, al misterio íntegro de Cristo. Apertura de la mente para que fluya la Vida plena: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)[9].

No se trata, pues, para nada de cierta rigidez doctrinal que parece cerrar filas sólo para defenderse a sí misma y puede terminar excluyendo a los hombres de la vida. Es lo que el Señor les reprocha a los fariseos cuando les dice: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas (…) guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello” (Mt 23, 23-24). Muy por el contrario, la solidez que buscamos para nuestros sacerdotes es una solidez humana y cristiana que abra las mentes a Dios y a los hombres.

Una característica de la verdad sólida es que siempre abre a más verdad, siempre abre a la Verdad trascendente de manera más amplia y profunda y sabe luego traducirla pastoralmente de manera que se establezca el diálogo con cada hombre y cada cultura[10].

Solidez que se arriesga para poner en juego la Palabra

El corazón de esta solidez gira en torno a la Palabra de Dios[11], ya que “la Sagrada Escritura debe ser como el alma de toda la teología[12]” (OT 16):

“Prepárense, por consiguiente, para el ministerio de la palabra: que entiendan cada vez mejor la palabra revelada de Dios, que la posean con la meditación y la expresen en su lenguaje y sus costumbres (OT 4).

Rápidamente vemos cómo la formación en torno a la Palabra no se limita a su comprensión intelectual. El Concilio hace hincapié al mismo tiempo en la meditación –ya que es Palabra viva que debe ser contemplada con espíritu de alabanza y adoración- y en la expresión de la Palabra, tanto por medio del lenguaje como por medio del testimonio de vida.

La solidez de la Palabra proviene del juego constante que se da en el corazón del discípulo misionero entre la interiorización y la puesta en práctica de lo revelado. Si no se pone en práctica la palabra no se consolida –es como casa edificada sobre arena-. Lo paradójico es que la solidez se juega en el riesgo, en negociar el talento, en el salir de sí hacia las periferias existenciales… No es la solidez del museo ni de la auto-preservación. Por ello es que resulta imprescindible que la formación académica tenga la dimensión de bajada, de siembra y de fermento de la realidad y que suba desde ella con la cosecha de todo lo humano que puede ser elevado y perfeccionado por la gracia.

Solidez de la formación humanística y filosófica

Es quizás en este punto donde se encuentra el nudo del problema de la formación actual: el contacto con la realidad, como evangelización de la cultura e inculturación del evangelio, requiere un trabajo de discernimiento sólido.

Es necesario que los futuros pastores entren en contacto con el corazón de las culturas de los pueblos a los que van a servir, y no con la mera superficie o con fragmentos de una realidad mediada y modificada por las ciencias positivas. Estas ciencias se fundan en paradigmas operativos que no buscan llegar al ser profundo de las cosas sino que trabajan sobre su modo de operar. La imagen que ofrecen de la realidad es proyección de un deseo de dominio fragmentario y multiplicado.

En cambio, para entrar en contacto con la realidad viva del corazón de los hombres y de los pueblos es necesaria una sólida formación en las ciencias humanas, haciendo especial hincapié en todo lo que permite una visión histórica, simbólica y ética, que enmarque las dimensiones más analíticas del saber científico.

En lo humanístico me animaría a decir que la piedra de toque está en que el formando se vaya convirtiendo en un pastor que aprecia cada vez más la sabiduría de los pueblos, allí donde ésta se conecta, simbólica y místicamente, con la unidad de la naturaleza y con el misterio trascendente de Dios, expresado en el respeto por la sagrado y en la devoción por lo Santo y por los santos. Este camino de inculturación del Evangelio y de evangelización de la cultura implica un caminar junto con el pueblo fiel, aprendiendo de él a rezar y a amar al Dios Vivo y Verdadero. Es camino de discipulado en comunión siempre más incluyente; todo lo contrario de esas búsquedas intelectuales de círculos elitistas y auto-referenciales, que se complacen en discutir “cuestiones disputadas” en vez de alimentar al rebaño con comida sólida[13].

Al mismo tiempo, para que las ciencias enriquezcan la formación y puedan aportar sus saberes específicos –que hoy en día han crecido y se han especializado tanto- es necesaria una sólida formación filosófica, que abra las mentes al misterio del Ser y de sus propiedades trascendentales.

Solidez filosófica como apertura al misterio del ser

Así como la solidez de la apertura a la Revelación tiene como objeto el Misterio de Cristo, que nos abre al Misterio del Dios Trino y Uno, así, la solidez de la apertura filosófica tiene como objeto el misterio del ser y de cada una de sus propiedades trascendentales. Por eso, en lo filosófico es necesaria una formación que abra a los formandos a las propiedades trascendentales del ser, allí donde la verdad, el bien y la belleza, en su unidad, están siempre abiertas al Bien, a la Verdad y a la Belleza divinas. Es necesario buscar el fundamento trascendente de la realidad, allí donde las preguntas últimas del hombre no chocan en la oposición de los distintos sistemas categoriales, siempre en pugna unos con otros, sino que permiten el diálogo fecundo con todos los pensamientos que buscan auténticamente la verdad. A esto se refiere la Optatam Totius cuando habla de un “conocimiento sólido del hombre, del mundo y de Dios”[14].

Como dice Von Balthasar:

“Se puede decir en general, que la relación habitual entre filosofía y teología, considerada durante mucho tiempo en la Iglesia católica como preparación para la teología, se ha modificado últimamente luego de un vasto declinar de la filosofía escolástica. En la actualidad, la teología busca más bien enraizarse, de modos variados, en alguna de las teologías así llamadas “fundamentales”. O si no, presupone las “ciencias humanas”, muchas de las cuales, sin embargo, carecen por completo de medios para introducir a la teología. (…) De aquí resulta un positivismo (teológico) difuso, que alcanza también, un poco por todos lados, a la pastoral. Se ofrece, entonces, al pueblo fiel consideraciones de origen sociológico que son en realidad de un nivel inferior a su piedad “no iluminada”, mientras que los predicadores “iluminados” piensan que han superado desde hace mucho tiempo esas “viejas ideologías” y naturalmente no pueden reprimirse y no meter su nueva sabiduría en la catequesis de los jóvenes y también de los adultos”[15].

Para abrirse a la totalidad del misterio de Cristo es necesario superar ese positivismo difuso que campea muchas veces en la teología (y que en ALyC a veces está incluso desfasado en el tiempo, ya que se reeditan ideologías ya superados en otras partes como si fueran una gran novedad). Para ello es necesario “volver a ganar una filosofía cristiana a partir de la teología”.

Solidez como discreción

La solidez no sólo es la de un cuerpo doctrinal íntegro, que incluye la revelación entera en diálogo con la sabiduría de todos los hombres de todas las culturas, sino que es también la solidez de la espada bien templada: esa espada de doble filo que discierne la verdad. Por eso, contra la tentación del mundo actual de “sincretismos” de todo tipo, que se van por las ramas en cuestiones disputadas estériles o mezclan saberes inmezclables, la solidez de la formación de los pastores debe apuntar a la “discreción” espiritual, que sabe probar todo y quedarse con lo bueno.

“Discretio” vs “sincretismo”, como dice E. Przywara[16]: allí donde el “syn” del sincretismo es confusión de elementos incompatibles e irreconciliables, el “dis” de la discreción pone separación y claridad”.

Como dice San Antonio: “la discreción es la madre, guardiana y maestra de todas las virtudes”[17]

Formación sólida dice pues a “caridad discreta”, a la discreción del Buen Pastor que sabe llevar a sus ovejas a los pastos abundantes y a las fuentes de agua viva al mismo tiempo que las defiende del lobo y de los falsos pastores, de los mercenarios.

 Roma, 18 de febrero de 2009. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. 


[1] “... Ambrosius dicit, quod caritas est forma et mater virtutum”  (S.T., De Virtutibus 2, 3 sed contra); “Caritas dicitur forma omnium virtutum, in quantum scilicet omnes actus omnium virtutum ordinantur in summum bonum amatum” (corpus).

[2] El término “formación” tal como lo utiliza Pablo habla más del don de Dios que del esfuerzo nuestro, nos centra en lo totalmente positivo y gratuito que significa este formarse Cristo en nosotros. Los términos comunes para hablar de educación y formación son “musar”, en hebreo y “paideia” en griego). “Musar” significa la educación de los hijos, que es a la vez “instrucción “ (don de sabiduría) y corrección. Dios es el Educador por excelencia que va formando a su pueblo a través de la ley y de las pruebas. El concepto griego de “paideia” tiene otros matices: tiende a despertar la personalidad del individuo dentro de un horizonte terrestre bien delimitado. Hoy respondería a una formación que tiene en cuenta los desafíos del mundo actual, una formación que responde al paradigma del mundo moderno.

[3] J. M. Card. Bergoglio, El mensaje de Aparecida a los presbíteros, Brochero, 11 de Setiembre de 2008, 18 y 19.

[4] “Un espacio privilegiado, escuela y casa para la formación de discípulos y misioneros, lo constituyen sin duda los seminarios y las casas de formación. El tiempo de la primera formación es una etapa donde los futuros presbíteros comparten la vida a ejemplo de la comunidad apostólica en torno a Cristo Resucitado (…) preparándose así para vivir una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y docilidad a la acción del Espíritu, convirtiéndose en signo personal y atractivo de Cristo en el mundo, según el camino de santidad propio del ministerio sacerdotal” (Ap 316).

[5] C. Valenziano, Vegliando sul gregge, Magnano, 1994, pág. 16.

[6] “Hay que apreciar la disciplina de la vida del Seminario no sólo como defensa eficaz de la vida común y de la caridad, sino como elemento necesario de toda la formación para adquirir el dominio de sí mismo, para procurar la sólida madurez de la persona y formar las demás disposiciones del alma que sirven sobremanera a la actuación ordenada y fructuosa de la Iglesia” (OT 11). “A fin de que la formación espiritual tenga fundamento verdaderamente sólido, y los alumnos abracen su vocación con una elección maduramente deliberada, podrán los Obispos establecer un intervalo conveniente de tiempo que se dedique a formación espiritual más intensa” (OT 12).

[7] Cfr. Ap. 326 (PDV 76).

[8] “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13)

[9] Como decía Juan Pablo II recordando su formación: “’Labia sacerdotum scientiam custodiant...’ (cf. Ml 2, 7). Me gusta recordar estas palabras del profeta Malaquías, citadas en las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima, porque tienen una especie de valor programático para quien está llamado a ser ministro de la Palabra. Este debe ser verdaderamente hombre de ciencia en el sentido más alto y religioso del término. Debe poseer y transmitir la ‘ciencia de Dios’ que no es sólo un depósito de verdades doctrinales, sino experiencia personal y viva del Misterio, en el sentido indicado por el Evangelio de Juan en la gran oración sacerdotal: ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo’ (17, 3)” (Juan Pablo II, Don y Misterio, IX.).

[10] Seguimos aquí a von Balthasar que habla del arte de la “apertura” de todas las verdades humanas a la unidad de la Verdad del misterio de Cristo, mostrando que todas las palabras son, en el fondo, una sola Palabra. Y también habla del arte de la “transposición aclaradora” que traduce la única Palabra en muchas, estableciendo relaciones horizontales entre los sistemas de pensamiento y entre las verdades humanas. Esta  "reducción" de todas las verdades al misterio de Cristo no es ningún sincretismo reductivo y decadente sino una verdadera mirada recapituladora que participa de la tarea de Cristo de recapitular todas las cosas en sí (Cfr. H. U. von Balthasar, Von den Aufgaben der katholischen Philosophie in der Zeit, en: Annalen der Philosophischen Gesellschaft der Innerschweiz 3 (1946-47) págs. 1-38).

[11] “Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad” (Jn 17, 17).

[12] "(Nadie) crea que le basta la lectura [cátedra: explicación] sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la observación sin la alegría, la actividad sin el celo divino, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la divina gracia, el conocimiento reflejado sin la sabiduría divinamente inspirada". Hemos traducido "speculum" por "conocimiento reflejado", conforme a la teoría del Itinerarium” (OT 16. Cf. S. Bonaventura, Itinerarium mentis in Deum prol., n. 4: 296).

[13] “Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo y no sabe nada; sino que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la piedad es un negocio” (1 Tm 6, 3-5).

[14] “Las disciplinas filosóficas se han de enseñar de suerte que los alumnos se vean como llevados de la mano, ante todo, a un conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios, apoyados en el patrimonio filosófico perennemente válido teniendo también en cuenta las investigaciones filosóficas de los tiempos modernos, sobre todo las que más influyen en la propia nación, y el progreso más reciente de las ciencias, de forma que los alumnos, conociendo bien la índole de la época presente, se preparen oportunamente para el diálogo con los hombres de su tiempo (OT 15).

[15] H. U. von Balthasar, Regagner une philosophie a partir de la theologie, en: Pour une philosophie Chretienne, Lethielleux, Paris, 1983 págs. 175 ss.

[16] E. Przywara, Criterios católicos, San Sebastián, 1962, págs. 103 ss.

[17] “Unde Antonius dicit, quod discretio quae ad prudentiam pertinet, est genitrix et custos et moderatrix virtutum” (S.T. In III Sententiarum, Dist. 33, Quaest. 2 Art. 5 CO) en E. Przywara, Criterios..., pág. 104. Cfr. Juan Casiano, Colaciones I, Conf. II, IV.

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"AYUNAR ES AMAR"  

Hay algunos paisajes a los que nos terminamos acostumbrando de tanto verlos. El gran riesgo del acostumbramiento es la indiferencia: ya nada nos causa asombro, nos estremece, nos alegra, nos golpea, nos cuestiona. Algo así puede pasarnos con el triste paisaje que asoma cada vez con más fuerza en nuestras calles. Nos acostumbramos a ver hombre y mujeres de toda edad pidiendo o revolviendo la basura, a muchos ancianos durmiendo en las esquinas o en los umbrales de los negocios, a muchos chicos durante el invierno acostados sobre las rejillas de los tragaluces de los subtes para que les suba algo de calor. Con el acostumbramiento viene la indiferencia: no nos interesan sus vidas, sus historias, sus necesidades ni su futuro. Cuántas veces sus miradas reclamadoras nos hicieron bajar las nuestras para poder seguir de largo. Sin embargo es el paisaje que nos rodea y nosotros, queramos verlo o no, formamos parte de él.

 

A este corazón acostumbrado viene a despertarlo y rescatarlo del mal de la indiferencia “la trompeta que invita a hacer sonar el profeta” con la que se inicia este tiempo de cuaresma. Y a palabra del Dios que ama con desmesura a todos sus hijos nos dice con ternura “Vuelve a mí de todo tu corazón”. Ese es el deseo de Dios: que nosotros, que a veces nos encontramos y vivimos lejos de él, volvamos no por obligación, no de mala gana, no por miedo…sino de “todo corazón”.

 

Es lo esencial de este tiempo que iniciamos: aceptar la invitación a entrar más y más en la intimidad del Señor. Es una palabra de amor a nosotros, hombres que tenemos la tendencia de poner siempre el acento en los “cumplimientos”. Por eso Dios continúa diciéndonos: “Desgarren sus corazones, y no sus vestidos”. Nuestros gestos, nuestras mortificaciones, nuestros sacrificios, sólo tienen valor si proceden del corazón, si expresan un amor.

 

Uno de los pilares de nuestro camino de preparación cuaresmal es el ayuno; pero éste debe partir del amor y llevarnos a un amor más grande. El ayuno que Dios quiere sigue siendo “partir nuestro pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no dar la espalda al hermano”.

 

Ayunar desde la solidaridad. Hoy sólo se puede ayunar trabajando para que otros no ayunen. Hoy sólo se puede celebrar el ayuno asumiendo el dolor y la impotencia de millones de hambrientos.

 

Quien no ayuna por el pobre engaña a Dios. Ayunar es amar. Nuestro ayuno voluntario debe ayudar a impedir los ayunos obligados de los pobres. Ayunemos para que nadie tenga que ayunar.

 

Este miércoles de Ceniza iniciamos, como Iglesia en Buenos Aires, una vez más “El Gesto solidario de cuaresma”. Y deseamos que sea la respuesta de una comunidad de discípulos que se preparan a seguir un camino de conversión para “hacer ayuno” de verdad. Un ayuno que sea signo de solidaridad con los que ayunan involuntariamente, un signo de justicia en un mundo cruel donde a unos se le hincha el estómago de comer y a otros el vientre de no comer; un ayuno que es no una imposición, sino la necesidad de manifestar la gratitud por el amor entregado de Jesús que nos dio la Vida, y continúa dándola.

 

 

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

25 de febrero de 2009 – Miércoles de ceniza

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Mensaje de S.E.R. Card. Jorge Mario Bergoglio, Presidente de  la Conferencia Episcopal Argentina,a Su Santidad el Papa Benedicto XVI, con motivo de la Visita ad límina del primer grupo de obispos argentinos. 

Santidad:

              Este primer grupo de Obispos Argentinos con gozo viene a su “Visita ad Limina”. Gracias por recibirnos, escuchar nuestras inquietudes y problemas, compartir nuestros proyectos pastorales y –sobre todo- gracias por confirmarnos en la fe y en el servicio pastoral. 

             Nuestra patria es grande en extensión y en corazón. Posee un rico patrimonio cultural y espiritual. Tiene un alma creyente. En nombre de los fieles de nuestras Diócesis le expresamos los sentimientos de respeto y amor filial como asímismo la gratitud por su magisterio que afirma nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia. Nos estamos preparando para celebrar el bicentenario de nuestra independencia (2010-2016) y queremos que esta fecha sea ocasión de renovación espiritual y fortalecimiento de nuestro patrimonio cultural y católico. 

             En nuestra acción pastoral procuramos seguir los lineamientos “Navega mar adentro” elaborados por la Conferencia Episcopal y aprobados en la Asamblea del 31 de mayo de 2003 y también los del Documento de la 5ª Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida. “Con oído atento y sensibilidad pastoral queremos mirar desde la fe la compleja realidad del mundo que nos toca vivir para discernir los signos de los tiempos como reclamos de evangelización” (NMA, 21) 

             Somos conscientes de que el drama de nuestro tiempo es la ruptura entre Evangelio y cultura. Las familias, las instituciones y la sociedad en general, no encuentran nuevos cauces para sostenerse y creer. En nuestro país la pérdida de los valores que fundan la identidad como pueblo nos sitúa ante el riesgo de la descomposición del tejido social (cfr. NMA 24-25).

              El desafío radical que hemos de asumir en Argentina es precisamente esta profunda crisis de valores de la cultura en la que toman fuerza otros graves problemas: el escándalo de la pobreza y la exclusión social, la crisis del matrimonio y la familia, la necesidad de mayor comunión. En la raíz misma del estado actual de la sociedad percibimos la fragmentación que cuestiona y debilita los vínculos del hombre con Dios, con la familia, con la sociedad y con la Iglesia (cfr. NMA 23). 

             Sin embargo, con la esperanza que nos infunde el Espíritu Santo, vemos en esta crisis una ocasión providencial  para escuchar la llamada de Jesús a crecer como Nación. A pesar del desgaste social, en nuestra patria subsisten reservas de valores fundamentales: la lucha por la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la defensa de la dignidad humana, el aprecio por la libertad, la constancia y preocupación por los reclamos ante la justicia, el esfuerzo por educar bien a los hijos, el aprecio por la familia, la amistad y los afectos, el sentido de la fiesta y el ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente situaciones difíciles en la vida cotidiana (cfr. NMA, 28). Todos estos son signos de esperanza que nos alientan al anuncio de Jesucristo, a la búsqueda de nuevos modos en la transmisión de la fe transmisión tan vapuleada y hasta resquebrajada por la crisis arriba descriptas. Nuestro pueblo ama a la Virgen María y la venera en sus múltiples advocaciones, peregrina a sus Santuarios, reza el Rosario y habitualmente lleva al cuello una medalla con su imagen. Nuestras Iglesias particulares se sienten llamadas a renovarse en el camino de la santidad comunitaria y misionera que anime la actividad pastoral ordinaria en forma más creativa y orgánica. (cfr. NMA 81). Queremos que nuestras Iglesias particulares sean casa y escuela de comunión y promover una espiritualidad de comunión entre nosotros obispos y con nuestros fieles (cfr. NMA 83-84), que nos haga crecer en el sentido de pertenencia a la Iglesia universal. 

             Santo Padre, con estas reflexiones y sentimientos nos acercamos hoy, filial y fraternalmente, y una vez más le pedimos a V. S. Que nos confirme en la fe y en el servicio al santo pueblo fiel de Dios.  

Ciudad del Vaticano

14 de marzo de 2009

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. 

NMA:  Navega Mar Adentro

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

  1. El Señor entra una vez más en la Sinagoga de Nazareth y con el señorío sereno que lo caracteriza define la verdad de su misión: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Se presenta como ungido y enviado: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres ...” Ungido y enviado, ungido para ungir. Esta realeza ha querido participarla con nosotros y hoy celebramos la Eucaristía, la Memoria de su Pasión y Resurrección, reconociéndonos ungidos y enviados, ungidos para ungir.

En la Consagración del Crisma pediremos a Dios Padre Todopoderoso que se digne bendecir y santificar el ungüento –mezcla de aceite y perfume- para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él “sientan interiormente la unción de la bondad divina”.  

2.  La unción de la bondad divina... Cuando somos ungidos, en el Bautismo, en la Confirmación y en el Sacerdocio, lo que el Espíritu nos hace sentir y gustar en nuestra propia carne es la caricia de la bondad del Padre rico en Misericordia y de Jesucristo su Hijo, nuestro Buen Pastor y Amigo.

Al ser ungidos por esta Bondad nos convertimos en ungidores. Somos ungidos para ungir. Ungidos para ungir al pueblo fiel de Dios. Ungidos para hacer sentir la Bondad y la Ternura de Dios a toda persona que viene a este mundo, a todos los hombres que ama el Señor… Ya que el Padre no quiere que se pierda ─ que se quede sin sentir su Bondad ─ ni uno solo de sus pequeñitos.

La fuerza del Espíritu Santo, con la que fueron ungidos los sacerdotes, los reyes, los profetas y los mártires, no es otra fuerza que la de la Bondad. Bondad pobre en poder tal como lo concibe el mundo, pero todopoderosa para el que cree en la Cruz de Cristo, que es “una necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 18). 

3. Este bálsamo de la Bondad divina no es para que lo enterremos, como el que enterró su denario, ni para que lo guardemos enfrascado. Los frascos que serán bendecidos son para distribuirlos en todas las iglesias, en todos los crismeros de cada uno de los curas para salir a tocar la carne vulnerable del pueblo fiel de Dios, que necesita el bálsamo de la bondad divina para continuar su duro peregrinar por esta vida. Roto el frasco del óleo perfumado, como roto quedó el frasco de perfume de nardo con que María ungió los pies de Jesús, el perfume de la Bondad de Dios debe alcanzar con su caricia y su fragancia a todo el pueblo de Dios (que se llene “toda la casa con el olor del perfume” como dice Juan), comenzando por los más pequeños y frágiles, que tanto lo anhelan, hasta alcanzar a todos. Somos ungidos para ungir con esta bondad a nuestra ciudad, de las mil maneras que lo necesita, que lo exige y que lo anhela.

4. El espacio físico de nuestra ciudad necesita ser ungido como se ungen las Iglesias nuevas y los altares. Nuestra ciudad necesita ser ungida allí donde la bondad se vive naturalmente, en sus casas de familia, en sus escuelas, en los hospitales maternales, donde la vida nueva empieza y también en los que la vida sufre y termina. Necesita ser ungida para que esa bondad se consolide y se expanda en nuestra sociedad.

Nuestra ciudad también necesita ser ungida en los lugares donde la bondad está en lucha, en esos espacios que a veces son tierra de nadie y pasan a ser ocupados por el interés egoísta. Me refiero a los espacios de injusticia social y económica, en los que la bondad ─ el bien común ─ debe reinar. Este deseo lo tenemos todos, está escrito como ley natural en el corazón de todo hombre y de toda mujer. 

Pero también y de manera especial, nuestra ciudad necesita ser ungida en los lugares donde se concentra el mal: la agresión y la violencia, el descontrol y la corrupción, la mentira y el robo.

Nuestra ciudad necesita ser ungida en todos sus habitantes. Signados nuestros niños con la pertenencia a Cristo, signados nuestros jóvenes con el sello del Espíritu, sello que anhelan inconscientemente en todos sus tatuajes, esas marcas que no sacian la sed de identidad profunda que ellos tienen. Nuestros jóvenes anhelan más que la vida ese sello del Espíritu que hace que se vuelva visible el Nombre de Cristo que está sellado en su corazón de carne y que busca mil maneras de manifestarse. Necesitan y reclaman a gritos que alguien los unja y les revele que pertenecen a Cristo, que sus dueños no son ni la marihuana, ni el paco, ni la cerveza, sino que es Cristo su Señor, el que los puede convocar y plenificar, misionar y acompañar. 

5. Nuestro pueblo necesita sacerdotes ungidores, sacerdotes que sepan salir de su autocomplacencia y eficientismo y se den con simples gestos de bondad. Sacerdotes salidores que saben aproximarse al otro, acoger cordialmente, darse tiempo para hacer sentir a la gente que Dios tiene tiempo para ellos, ganas de atenderlos, de bendecirlos, de perdonarlos y de sanarlos.

Sacerdotes que ungen sin mesianismos ni funcionalismos. Sacerdotes que no guardan el frasco sin romper. Sacerdotes salidores y que están cerca del Sagrario, que vuelven al Sagrario para cargar de aceite sus lámparas antes de volver a salir. 

6. ¿Cuál es la señal de que no se ha acabado el aceite, de que no se ha secado la unción que recibimos? El óleo con que fue ungido Jesús es óleo de alegría. La señal de que nuestro corazón reboza de aceite perfumado es la alegría espiritual. La alegría mansa que se experimenta luego de haberse desgastado con bondad y no por imagen (autocomplacencia) o por deber (el eficientismo del dios gestión). Esa alegría mezclada con el cansancio del Cristo de la paciencia, del Cristo bueno, que se compadece de sus ovejitas que andan sin pastor y se queda enseñándoles largo rato.

La bondad cansa pero no agota, cansa porque es trabajadora y requiere repetición de gestos personales, esos que pide con insistencia nuestro pueblo fiel: que le bauticemos a sus bebés, que le unjamos a sus enfermos, que le demos la bendición a sus cosas, a sus estampitas y a sus botellitas de agua, que visitemos sus casas y escuchemos sus confesiones, que les demos la comunión… La unción hace que los pequeños gestos de bondad sacerdotal estén cargados de alegría y de eficacia apostólica. Al fin y al cabo, el poder y la fuerza salvadora de Jesús se encarnó y arraigó en gestos de bondad muy sencillos: bendecir el pan, imponer las manos y tocar a los enfermos, enseñarle a los humildes las parábolas de la bondad del Padre misericordioso… 

7. En este día renovamos nuestra unción sacerdotal. Sintamos sobre nosotros la mano del Señor que nos unge una vez más. Sintamos la fuerza y la ternura de su mirada que nuevamente nos llama a seguirlo de cerca. Y, como niños, le pedimos a nuestra Madre, la Virgen, que nos dé la gracia de reconocernos ungidos como ella, por la mirada bondadosa del Padre, mirados en nuestra pequeñez, para poder ver también y ungir con bondad y misericordia a los pequeños de nuestro pueblo fiel.  

Buenos Aires, 9 de abril de 2009

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía de S.E.R. Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Vigilia Pascual

Estas buenas mujeres se levantaron tempranito para ir a ungir el cuerpo de Jesús muerto. Lo querían mucho. Estaban convencidas: está muerto. Se acabó. Se acabó la historia. Se acabó una linda ilusión. Pongamos rostro a la vida y sigamos como podamos… pero el amor las llevaba a eso. Y estaban ahí preocupadas sobre quien les iba a abrir el sepulcro: una piedra redonda que se hacía girar para tapar la puerta del sepulcro. Les preocupaba eso. Iban charlando… “¿Quién nos mueve esta piedra?” Escuchamos que el Evangelio dice: Era una piedra muy grande. Lo demás lo sabemos: encontraron la piedra removida, el anuncio del Ángel que Jesús estaba vivo y después salieron corriendo temblando, sin decir nada a nadie, porque estaban muertas de miedo.

Yo pensaba, cuando escuchaba el Evangelio, en los siglos de la historia que hoy hemos revivido aquí, con las lecturas de la historia de salvación, del pueblo judío, del pueblo de Dios… todos esos siglos de historia se estrellan y fracasan frente a una piedra que parece que nadie la puede mover. Todas las promesas de los profetas, las ilusiones, las esperanzas, terminan ahí, estrelladas en una piedra. Y pensaba que de siglos de historia podíamos pasar a nuestra vida. Nuestras vidas. Todos tenemos nuestra historia. No de siglos. Años y años de historias. Con sus pros y sus contras, sus buenas y sus malas pero todos tenemos la nuestra. Y todos tenemos la Fe en Jesús.

Pero me pregunto: ¿Cuántas veces nuestra vida cristiana, nuestra vida de seguimiento de Jesús, no es más que andar preocupándonos sobre quien nos va a mover una piedra? Y así pasamos la vida! Que si esto se puede, que si esto no se puede, que como puedo ser mas bueno, como puedo ser mejor, o como puedo arreglar este asunto o aquel otro… siempre frente a una piedra! Que me doy cuenta que yo no puedo mover! Y eso nos ata, nos quita libertad, no nos deja volar! No nos deja ser nosotros! Y hasta me atrevería a decir que nos “borronea” el nombre! … Cuantas veces horas, días, semanas, meses y años pensando en quien me va a remover la piedra… Eso es un fracaso.

Cuando nos dicen: “Mirá que la piedra está removida, mirá que lo que vos estás buscando está vivo al lado tuyo”… ahí nos agarra miedo y salimos disparando! Y preferimos la seguridad que nos da la cavilación nuestra sobre quien nos va a mover la piedra, preferimos eso, a la inseguridad de tenerlo vivo al lado! Que nos inspira en cada momento una cosa nueva, audaz, creativa! que nos inspira la vida del Resucitado.

Hoy, mirando la cavilación de estas mujeres, preguntémonos sobre las cavilaciones de nuestra vida. Preguntémonos si estamos convencidos de que a la piedra ya la rodaron y adentro no hay nadie. “Si Padre, estamos todos convencidos”, entonces ¿si estás convencido, decime, porque perder tiempo cavilando sobre quien te va a quitar la dificultad? Lo tenés vivo al lado! Él resucitó! Él está vivo! Él está con nosotros! Que en vez de sentir la tristeza de la cavilación sobre quien te va a mover la piedra de la dificultad, sientas el estupor del encuentro con Él, ese estupor que te transforma, ese estupor que te cambia la vida! 

Y esta noche le pedimos a Jesús, cada uno por sí mismo y por todos los que estamos aquí: “Señor, que sienta el estupor del encuentro con vos, que no me enrede la vida en cuestiones secundarias, en que si esto, aquello, si podré si no podré… que sienta la alegría, la admiración, el gozo, el estupor, de saberte resucitado, vivo, al lado mío y esto no es una ficción.

Nos quedan dos caminos: o creemos en la piedra que está tapando el sepulcro y nos preguntamos quien me la va a mover o creemos que Él ya salió del sepulcro y nos está acompañando. Lo que celebramos hoy es esto segundo: Él está vivo. Que nos encontremos con Él. Que nos dejemos encontrar con Él para que así nos cambie la vida.

Que así sea.

                                                                                      Buenos Aires, 11 de abril de 2009.

                                                                                      Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en el atrio de la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación.

En el pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar hay una frase muy sugestiva, cuando el Angel le abre la prisión a los Apóstoles. Les dice: “Vayan al templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta vida nueva”. Anuncien esta propuesta, esta propuesta que vienen predicando. Un mandato que sigue a lo largo de los siglos y que no es otra cosa que el eco de Jesús: “Vayan, anuncien, enseñen, bauticen”. “Vayan al templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva vida”. Y qué es lo que se refiere a esta nueva vida?  Muy sencillo. Que Dios nos amó tanto que entregó a su Hijo para salvarnos. Lo escuchamos en el Evangelio que se acaba de proclamar. Y Jesús, cuando explica esto, dice que “la luz vino al mundo, Dios envió la luz al mundo”.

Pero hay hombres que prefieren las tinieblas y el Señor marca esa división secular, no ya de buenos contra malos, de este color contra este otro color sino de una opción interior: yo prefiero la luz, yo prefiero las tinieblas… y esa opción sigue cobrando fuerzas en nuestros días. Y Jesús avanza en su explicación: porque todo el que obra mal “odia la luz y no se acerca a ella por temor de que sus obras sean descubiertas”. Todo el que tiene mala conciencia se esconde de la luz, se esconde de la evidencia, en las mil maneras de esconderse que hay, pero no se deja iluminar por esa luz mansa de la verdad; en cambio, sigue Jesús, el “que obra conforme a la Verdad se acerca a la luz para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas por Dios”. El que tiene la conciencia tranquila, el que siempre busca el bien se abre a la luz y por ahí la luz le hace ver  que está equivocado acá y acá, y lo reconoce! Porque tiene buena intención. Este modo de vida que el Angel nos manda a anunciar es que optemos por la luz.

En este día, en que damos oficialmente como inaugurado, así de manera espiritualmente, este año lectivo, en oración, nos viene bien recordar a quienes estamos encargados de educar, a todos los que trabajan en una comunidad educativa y a los padres también porque ellos trabajan en la comunidad educativa, nuestra única opción es llevar a los chicos y a las chicas por el camino de la luz.

Esto hoy no es fácil! Lo saben todos ustedes! Lo sabemos todos! Las propuestas de las tinieblas están al alcance de la mano… las tinieblas de la media verdad; la tiniebla gnóstica de la experimentación con los chicos… (experimentemos este método a ver como sale y el chico tiene una educación de probeta y si salió mal, pobrecito, fracasó!) Eso es tiniebla: con los chicos no se experimenta. La tiniebla del abandono: cuantos chicos y chicas “abandónicos” recibimos en nuestras aulas! Abandonados de cariño, diálogo, alegría y que no saben lo que es jugar con papá y mamá. La propuesta del atajo fácil, de la satisfacción al alcance de la mano, la propuesta del alcohol, la propuesta de la droga… y eso es tiniebla. La propuesta de la droga… no tienen idea de lo grave que es esta propuesta tenebrosa, esta corrupción que llega incluso a repartirse en las esquinas de las escuelas.

Una veintena de sacerdotes de esta Arquidiócesis acaba de hacer público una reflexión, un documento sobre este gravísimo problema: la droga. Pero esto no es una cuestión de estos sacerdotes; es cuestión  de todos nosotros; es cuestión mía y de todos los obispos auxiliares que apoyamos esa declaración! Porque tenemos que defender la “cría” (perdonen la palabra) y a veces este mundo de las tinieblas nos hace olvidar de ese instinto de defender la cría.

Y como esas tinieblas son poderosas, en el día de ayer uno de los sacerdotes firmantes de ese comunicado fue amenazado. Sabemos que estas amenazas no son chaucha y palitos…. No sabemos en que van a terminar. Pero vos hablás! Denunciás una tiniebla que es ofrecida por los mercaderes de las tinieblas en las puertas mismas de los lugares donde están los chicos  y te viene la amenaza! Todavía hay hombres y mujeres que se consocian para llevar adelante la tiniebla como felicidad fácil, como felicidad al alcance de la mano.

Hoy a ustedes que trabajan en Educación, rodeados de estos chicos y chicas sobre los cuales tenemos responsabilidad, les digo como el Angel a los Apóstoles: “Salgan del encierro y vayan y anuncien este modo de vida”. Este modo de vida en que la luz es la que vence; este modo en que no se negocia la luz por un farolito así nomás que deja a su costado espacios de tiniebla. Anuncien este modo de vida en que la tiniebla no tiene lugar y luchen contra ese cansancio tan habitual que los caracteriza en su vocación para que cada chico y cada chica abra su corazón a la luz y no le tengan miedo a la luz aunque les pueda costar algunas dificultades.

A ustedes, chicas y chicos, simplemente les digo: Caminen por la luz, no se dejen seducir por los mercaderes de las tinieblas; abran su corazón a la luz aunque cueste. No se dejen encadenar por esas promesas que parecen de libertad y son de opresión; las promesas del gozo fatuo, las promesas de las tinieblas. Sigan adelante. El mundo es de ustedes. Vívanlo en la luz. Y vívanlo con alegría porque el que camina en la luz tiene un corazón alegre. Y esto es lo que les deseo a todos ustedes. 

  

 

Buenos Aires, miércoles 22 de abril de 2009.

 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Apertura de la 97º Asamblea Episcopal

“Pero como los paganos y los judíos, dirigidos por sus jefes, intentaron maltratar y apedrear a los Apóstoles, éstos, al enterarse, huyeron a Listra y a Derbe, ciudades de Licaonia, y a sus alrededores; y allí anunciaron la Buena Noticia. 

Había en Listra un hombre que tenía las piernas paralizadas. Como era tullido de nacimiento, nunca había podido caminar, y sentado, escuchaba hablar a Pablo. Este, mirándolo fijamente, vio que tenía la fe necesaria para ser curado, y le dijo en voz alta: “Levántate, y permanece erguido sobre tus pies”. El se levantó de un salto y comenzó a caminar. Al ver lo que Pablo acababa de hacer, la multitud comenzó a gritar en dialecto licaonio: “Los dioses han descendido hasta nosotros en forma humana”, y daban a Bernabé el nombre de Júpiter, y a Pablo el de Mercurio porque era el que llevaba la palabra. El sacerdote del templo de Júpiter que estaba a la entrada de la ciudad, trajo al atrio unos toros adornados de guirnaldas y, junto con la multitud, se disponía a sacrificarlos. Cuando Pablo y Bernabé se enteraron de esto, rasgaron sus vestiduras y se precipitaron en medio de la muchedumbre, gritando: “Amigos ¿que están haciendo? Nosotros somos seres humanos como ustedes, y hemos venido a anunciarles que deben abandonar esos ídolos para convertirse al Dios viviente que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En los tiempos pasados, él permitió que las naciones siguieran sus propios caminos. Sin embargo, nunca dejó de dar testimonio de sí mismo, prodigando sus beneficios, enviando desde el cielo lluvias y estaciones fecundas, dando el alimento y llenando de alegría los corazones”. Pero a pesar de todo lo que dijeron, les costó mucho impedir que la multitud les ofreciera un sacrificio” (Hech. 14: 5-18) 

“El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.

El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. (Ju. 14: 21-26)

1  En el clima de despedida que precede a la Pasión Jesús anuncia “la promesa del Padre” (Hech. 1: 4) “Yo les digo estas cosas mientras permanezco con Ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jo 14: 26); les promete “el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con Ustedes y estará con Ustedes” (Ju.14:17). Y antes de partir al cielo les recomienda no moverse de Jerusalén y esperar allí al Espíritu Santo, pues serán bautizados en Él y recibirán su fuerza que los hará testigos suyos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra (cfr. Hech. 1: 4-8). 

Estas palabras de Jesús las recibimos con corazón abierto y disponible. Queremos que nuestro Ministerio episcopal esté conducido por la unción del Espíritu Santo y esto lo pedimos unos por otros, de modo especial en esta Eucaristía. 

2   Jesús llama al Espíritu Santo “Espíritu de Verdad”; su presencia en nuestro corazón disipa la tiniebla de la mentira y la nebulosa de esas pseudoverdades, verdades a mitad de camino, expresiones de cumplimiento (cumplo y miento), expresiones de compromiso con el mundo, que “no lo puede recibir (al Espíritu Santo), porque no lo ve ni lo conoce” (Ju. 14: 17); expresiones generadas en el espíritu de mundanidad espiritual, “el mayor peligro, la tentación más pérfida, la que siempre renace  -insidiosamente- cuando todas las demás han sido vencidas y cobra nuevo vigor con estas mismas victorias... Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara para corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad  simplemente moral. Peor aún que aquella lepra infame que, en ciertos momentos de la historia, desfiguró tan cruelmente a la Esposa bienamada, cuando la religión parecía instalar el escándalo en el mismo santuario”. (cfr. De Lubac, Meditaciones sobre la Iglesia, Descléc, Pamplona 2ª ed. pg. 367-368).

“La mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud antropocéntrica... un humanismo sutil enemigo del Dios Viviente – y, en secreto, no menos enemigo del hombre- que puede instalarse en nosotros por mil subterfugios” (ibid). Cuando un sacerdote negocia con esta actitud deja de ser pastor de pueblo para convertirse en clérigo de estado, en funcionario. 

El Espíritu Santo nos sitúa más allá y nos rescata de este espíritu del mundo, del espíritu de  ese “mundo” del cual es más peligroso ser amigo que enemigo. Nos libera de esta trampa que tiende a mundanizar nuestro Ministerio. Él desde dentro nuestro, nos conduce y nos impulsa en dos direcciones diferentes: una hacia dentro pues nos introduce en el Misterio y otra hacia afuera que nos da la fuerza del testimonio. 

3   Jesús nos envía desde el Padre el Espíritu de Verdad. Nos dice que él nos enseñará todo y nos recordará lo que el mismo Señor nos ha enseñado. Memoria y docencia. La unción del Espíritu nos recuerda la doctrina y nos la sigue enseñando, develando, a lo largo de la Vida. Nos empuja hacia el Misterio, nos introduce en el Misterio. No nos deja a mitad de camino, nos defiende de las confusiones, nos conduce hacia la plenitud y la madurez de la fe. De esta manera, como comunidad de creyentes, nos salva de pertenecer a una Iglesia gnóstica porque el conocimiento que nos infunde es sapiencial y preñado de amor, es un conocimiento que nos unge discípulos de Jesucristo y no meros conocedores de una filosofía o de una doctrina. 

4   Pero su trabajo en nosotros no es sólo éste sino también empujarnos al mundo, a ese mundo que no quiso recibir al Señor, ese mundo que odió al Señor y nos odiará también a nosotros (cfr. Jo. 15: 18-19). Nos conduce allí para ser testigos de la resurrección de Jesús. No recibimos al Espíritu Santo para nosotros solos de manera que fomentemos una espiritualidad de autocomplacencia. No lo recibimos para que nuestras comunidades sólo posean y recuerden la Verdad. El Espíritu va más allá y nos envía, desde el Misterio en el que nos introdujo, hacia afuera. Nos salva de una Iglesia autorreferencial. Nos hace misioneros. 

5   Jesús les pide a sus discípulos que no se muevan de Jerusalén hasta que venga el Don del Padre. A nosotros nos pide también que no nos movamos ni hacia el Misterio, que nos unge discípulos, ni hacia el mundo para llevar la Buena Noticia como testigos misioneros, si no es conducidos por la Unción del Espíritu Santo. Saber discernir los caminos por donde nos lleva el Espíritu y ser dóciles a ellos es una gracia que, cotidianamente, hemos de suplicar para nuestro servicio ministerial.

 6   Nuestra Señora comprendió esto. sobre Ella había venido el Espíritu Santo (Lc. 1: 35) y a la luz de su unción conservaba y meditaba todos los acontecimientos en su corazón (Lc. 2: 19; 2: 33; 2:51); no perdió nunca la capacidad de admirarse con ese estupor que provoca la presencia del Espíritu, no se quedó a mitad camino y llegó, perseverando, hasta el final. Tampoco Pablo se quedó a mitad camino buscando una componenda con los licaonios de Listra, un compromiso que le permitiera aceptar el honor mundano y, a la vez, anunciar a Jesucristo. Llegó hasta el final porque lo impulsaba el Espíritu de la Verdad. Y si miramos a Juan Bautista encontramos la misma actitud: no negociar con la mundana vanagloria del momento. (Ju. 1: 19-27). Ellos, en su vida, nos dan testimonio de que el Espíritu impulsa y conduce hacia la plenitud y consumación de su obra. El mismo Jesús tuvo que soportar el zarandeo que le proponía una redención “a medida mundana” a través de la riqueza, la vanidad y el poder (cfr. Mt. 4: 1-11). Él, que fue ungido Señor de todos, nos marca el rumbo; quiso pasar por la tentación de la componenda y vencerla con la fuerza de la Palabra de Dios. Y esto lo hizo porque “fue llevado por el Espíritu” (Mt. 4: 1, Mc. 1:12), porque estaba “lleno del Espíritu Santo” y “fue conducido por el Espíritu (Lc. 4: 1) 

7   Comenzamos esta Asamblea fortalecidos por la promesa de Jesús: “el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”. Y pedimos que esta presencia del Espíritu sea aceptada y acogida plenamente en nuestro corazón. Que nos dejemos introducir por Él en el Misterio y nos dejemos enviar por Él como testigos, de tal manera que no configuremos una Iglesia gnóstica o una Iglesia autorreferencial. Y que por este camino lleguemos hasta el final sin quedarnos en atajos negociando con la “prudencia”del mundo, prudencia nacida de compromisos con la riqueza, la vanidad y la soberbia. Nuestro pueblo fiel nos reclama pastores, testigos del Misterio, enviados a anunciar a Jesucristo.

 Pilar, 11 de mayo de 2009 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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A los Presbíteros de la Arquidiócesis

Buenos Aires, 31 de mayo de 2009

Solemnidad de Pentecostés

Queridos hermanos:

En estos días, desde la Ascención a Pentecostés, reflexioné mucho sobre la dispersión de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo. En el momento de subir al Padre Jesús se lo había anunciado: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hech. 1: 8). Poco antes “los Apóstoles que había elegido” (Hech. 1: 2) le habían hecho una pregunta autorreferencial: “Señor ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” (Hech. 1: 6), y el Señor los ubica en la realidad (“los baja de un hondazo” diríamos en Buenos Aires): “No les corresponde a Ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad” (Hech. 1: 7) Este modo de ubicar en la realidad concreta es muy propio de Jesús. Recordemos como lo pone en su sitio a Pedro cuando intenta curiosear sobre la vida de Juan: “Si yo quiero que él quede hasta mi venida, qué te importa?” (Ju. 21: 22). Los Apóstoles finalmente fueron fieles y se dejaron conducir por el Espíritu Santo a todas partes, leyendo los signos de Dios en las circunstancias más diversas; basta recorrer con atención el libro de los Hechos.

Cuando, durante estos días entre la Asunción y Pentecostés se me imponía interiormente el hecho de la dispersión de los Apóstoles, me percaté que venía “cargado” por el diálogo fraternal con los Obispos del país una semana antes, en la Asamblea. Escuchando sus exposiciones, conversando sobre la realidad de sus respectivas Diócesis, caí en la cuenta, una vez más, de tantas dificultades que nosotros aquí en la Capital no conocemos. La principal: la falta de sacerdotes para atender a las comunidades. Diócesis extensas con sólo el 10 ó 15% de presbíteros que la nuestra. No es cosa rara, más bien diría es habitual, la situación de un párroco con varios pueblos a su cuidado, y no precisamente uno al lado del otro. No hay que ir muy lejos de Buenos Aires (bastan pocos kilómetros) para encontrar esta situación.

Un ejemplo: el pasado 22 de enero el Obispo de Comodoro Rivadavia nos escribía una carta mostrando esta realidad de su Diócesis (cfr. Boletín Eclesiástico, n. 504, febrero-marzo 2009, pp. 73-74. Durante la Asamblea de la Conferencia Episcopal hablé con él y quedé impresionado ante tanta pobreza de clero. Solamente menciono el caso de dos ciudades. En Comodoro Rivadavia la parroquia Cristo Trabajador atiende, además del territorio propio, tres Capillas y tres barrios de los más pobres, y sólo con un sacerdote de 83 años, enfermo desde abril de 2008; las Parroquias Santa María Goretti y San Jorge quedarán sin sacerdote a partir de julio de 2009 y las Parroquias San José Obrero y San Cayetano y el Barrio Mons. Moure están sin sacerdote desde inicio de marzo. En lo que se refiere a la ciudad de Puerto Madryn (con más de 80.000 habitantes y en continuo crecimiento por la migración de bolivianos) hay tres parroquias. La parroquia de Cristo Resucitado tiene un sólo sacerdote de 82 años; la parroquia Sagrada Familia recién en estos meses tendrá un párroco; la parroquia Sagrado Corazón está sin sacerdote. Además hay varios Barrios Nuevos y algunos asentamientos de entre los más pobres. Deberían ser una próxima parroquia. Desde allí se atiende también Puerto Pirámides.

Al compartir con ustedes esta reflexión y estos sentimientos simplemente quisiera pedirles que tomen en cuenta este “Signo de los tiempos” de nuestra Patria. El Señor nos une en un Cuerpo y —de alguna manera- nos toca también la preocupación por todas las Iglesias. Quisiera pedirles con sencillez y buen espíritu, que cada uno de Ustedes deje crecer la generosidad apostólica y, con amor de discípulo, se anime a preguntarle al Señor: ¿qué querés que haga?. Es cuestión de abrir el corazón, dejarnos mirar por Jesús y pedirle la gracia de ver esa gran muchedumbre, como ovejas sin pastor (cfr. Mc. 6: 34) y compadecemos como lo hizo él... y entonces preguntarle ¿qué querés que haga? Es posible que, al hacerle la pregunta, pueda plantearse como tentación, algún punto autorreferencial. Dejen que sea el mismo Señor quien lo disipe como lo hizo con Pedro y con los Apóstoles, que sea El quien envíe a sus Ángeles como lo hizo el día de la Ascensión y les diga: “¿por qué siguen mirando al cielo?” (Hech. 1: 11) y podamos luego volver a mirar a ese pueblo “como ovejas sin pastor”.-

Les pido perdón por esta intromisión en la vida de cada uno de Ustedes, pero tengan la certeza de que lo hago desde el corazón “movido” durante esta semana pasada y con deseo de servir a la Iglesia. Desde ya les agradezco a cada uno la oración fervorosa y las mortificaciones suplicantes que ofrezcan por estas Iglesias hermanas necesitadas de clero, y también la disponibilidad con que se pondrán ante el Señor, y ojalá que algunos sientan el llamado del Señor a seguirlo hacia esos lugares.

Por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Fraternalmente,

Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

              La lectura del libro del Exodo nos narra este diálogo litúrgico entre Moisés y el pueblo. Moisés lee la Ley de Dios y el pueblo va respondiendo y se compromete diciendo: “Estamos dispuestos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor”. Queda sellada la Alianza entre Dios y el pueblo.

Nosotros, en los Sacramentos, retomamos muchas veces este diálogo de Alianza, de compromiso verdadero. El día de nuestro Bautismo, el sacerdote le preguntó a nuestros padres: “¿Están dispuestos a educar a su hijo en la fe?”. Y ellos respondieron: “Sí, estamos dispuestos”. En el sacramento del Matrimonio se le preguntó a todos ustedes, esposos y esposas cristianos: “¿Están dispuestos a ser fieles?” Y ustedes respondieron: “Sí, estamos dispuestos”. En nuestra Ordenación se nos preguntó a nosotros sacerdotes “¿Están dispuestos a presidir fielmente la Eucaristía para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano?” y respondimos: “Sí, estamos dispuestos”.  

Detrás de estos compromisos de Alianza reconocemos el estilo de Jesús que permaneció grabado en la memoria de la liturgia: esa manera tan suya de entrar en nuestra vida pidiendo permiso, preguntando si lo queremos recibir. El Señor siempre dice: “Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos”. Jesús no invade nuestra vida, Él siempre pregunta: “¿Quieren andar conmigo”, “¿Están dispuestos a dar un paso más?”.

Frente a tantas realidades que o nos seducen “o nos amenazan”, Jesús apela siempre, una y otra vez, a nuestra libertad. Cuando a muchos les parecía duro su lenguaje sobre la Eucaristía, Jesús mismo le pregunta a sus amigos: “¿Y ustedes? ¿También ustedes quieren dejarme?”. Y Pedro en nombre de todos le dice “No. Señor. ¡A quién iremos!” 

En la Eucaristía, que Jesús ha “deseado ardientemente” compartir con nosotros, este diálogo de Alianza cobra toda su fuerza en la humildad del ofrecimiento del Señor. Cuando escuchamos que dice: “Tomen y coman”, el tono es: “¿Quieren comer mi carne y beber mi sangre?”. Cuando dice: “Hagan esto en memoria mía”, nos está preguntando: “¿Están dispuestos a hacer esto en memoria mía?”. Este gesto tan sencillo de ofrecerse como Pan, es un gesto de amor sin condiciones. Un gesto que pide ser recibido humildemente por otro amor también sin condiciones.

De ahí que la Eucaristía, aunque a veces la dejemos de lado por un tiempo, renace siempre en los momentos importantes de nuestra vida. El Señor nos acompaña por el camino, aun sin darnos cuenta, y siempre hay un momento en el que, al partir el pan, se nos abren los ojos y recuperamos la memoria de su Amor. Eso es celebrar la Eucaristía: ¡recuperar la memoria de su Amor

Jesús anticipó en la Eucaristía el Don de sí que iba a realizar en la Cruz. Anticipó y concentró en la Eucaristía todo su Amor. Por eso la Eucaristía tiene esta virtud de abrir los ojos, de hacernos “recordar”, de inundar de Amor la memoria de nuestro corazón. La Eucaristía nos vuelve contemporáneos con el misterio de la Cruz y de la Resurrección de Jesús, nos mantiene en Alianza de Amor con el Señor, hasta que vuelva.

Y hoy es un día muy especial para que renovemos nuestra Alianza, para que sintamos cómo el Señor mismo nos pregunta humildemente: “¿Están dispuestos a revivir una vez más la memoria de mi Amor?” y respondamos juntos de todo corazón: ¡Sí, estamos dispuestos! Hagámoslo de corazón 

El Señor nos mandó que permanezcamos en su amor, y la memoria agradecida es una manera de permanecer en su amor.  ¿Están dispuestos a no dejar que caiga en el olvido la memoria de este Amor, están dispuestos a permanecer en el Amor de Jesús?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor nos mandó que nos perdonemos unos a otros, y compartir la Eucaristía implica perdonarnos y  aceptarnos. ¿Están dispuestos a perdonar y a dejarse perdonar?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor nos mandó que diéramos de comer al hambriento. Recibir el Cuerpo de Cristo supone el compromiso de extender este compartir el pan a todos  los hermanos y en todas las dimensiones de la vida. ¿Están dispuestos a compartir?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor, en el lavatorio de los pies, nos mandó que no le pusiéramos distancia a su misericordia. ¿Están dispuestos a dejar que el Señor se les acerque y los toque con su misericordia, les lave los pies y los purifique?

¡Sí, estamos dispuestos! 

El Señor, por el camino de Emaús, les reprochó a los discípulos que anduvieran encerrados en sus pensamientos de tristeza, faltos de fe, con la conciencia aislada y separados de la Comunidad. ¿Están dispuestos a dejar que el Señor les encienda de nuevo la Esperanza en el corazón y les haga decir como un solo pueblo: “Jesucristo, Señor de la Historia, ¡te necesitamos!”?

¡Sí, estamos dispuestos!

¿Están dispuestos a no bajar los brazos y a remar mar adentro una vez más, cada mañana, y a echar las redes en su Nombre aunque hasta ahora parezca que no han pescado nada, seguros de que Él los espera en la orilla con las brasas encendidas y el pescado asado y el Pan calentito que confortan luego de la dura tarea?

¡Sí, estamos dispuestos! 

Con estos deseos, con el tono consolador de este diálogo de amor y de Nueva Alianza, nos acercaremos hoy a comulgar con devoción. Dejemos que la memoria Viva del Señor nos gane el corazón, unja de agradecimiento y esperanza todos los rincones de nuestra vida, especialmente aquellos donde no nos animamos a que entre su luz y la calidez perdonadora de su misericordia.

Así alimentados por este pan bendito y ungidos por la sangre salvadora saldremos a ungir todos los lugares de nuestra ciudad. El nos envía como envió a los primeros setenta y dos misioneros y misioneras, de dos en dos, a los lugares a donde luego debía ir Él. Y vamos para anunciar que viene, para que lo precedamos y le preparemos sitio. El quiere comulgar con nuestra vida, tiene sed de todo lo nuestro, de todo lo humano, especialmente de nuestros pecados para perdonarlos. El tiene hambre de todo lo que nos pasa, hambre de nuestro amor. El Señor se hace Eucaristía porque quiere entrar en comunión con nosotros. Comunión de amor. Comunión de amistad. 

No perdamos la memoria de esta Alianza; permanezcamos en la memoria del amor a Jesús, desestimando toda propuesta de resentimiento, odio, desunión, egoísmo y rencor. Permanezcamos en el Amor y digamos, desde el fondo de nuestro corazón, que preferimos este camino, que estamos dispuestos a caminar en esta alianza de amor. Que así sea. 

Buenos Aires, 13 de junio de 2009

                                                                             Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

             

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Propuesta de Aparecida para la Pastoral de la Iglesia en Argentina 

Comunicación del Sr. Arzobispo en el encuentro de la

Sociedad Argentina de Liturgia S.A.L

Las tres partes del Documento de Aparecida giran en torno a la Vida Plena: 1) La Vida Plena de nuestros pueblos hoy, 2) la vida de Jesucristo en los discípulos misioneros, 3) La vida de Jesucristo para nuestros pueblos. En esta tercera parte es central el punto 7: “La misión de los discípulos al servicio de la Vida Plena” y me atrevería a decir que este título es como la síntesis pastoral de Aparecida. En torno a esto iré desarrollando algunas afirmaciones del Documento. 

I.    Una pastoral al servicio de la Vida Plena 

En primer lugar cabe la afirmación de que el modelo pastoral de los discípulos misioneros es el Buen Pastor (cfr, 7.1.1): “Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida” (353).

Este enfoque referencial subraya el hecho de que la pastoral será, pues, tarea de pastores que se dejan pastorear y salen a pastorear (discípulos y misioneros, conductores conducidos): de obispos que pastorean (186, 297), presbíteros discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor (191- 204, clave el 201), formación de pastores a imagen del Buen Pastor con su estilo y su tono de misericordia y compasión, cercano (198-199, 319, 363) con seriedad y solidez (326)

Ya desde este enfoque inicial queda descartado cualquier enfoque pastoral de tipo funcionalista. Es el Buen Pastor quien marca el estilo

II.   La Vida Plena que propone Aparecida se ilumina desde la categoría de Encuentro. 

La quiero destacar por dos razones: en primer lugar porque creo que es la categoría antropológica más utilizada en el Documento. En segundo lugar porque nuestro pecado principal como pueblo argentino es el de los “desencuentros”[1]  

La Vida Plena brota del Encuentro con Jesucristo. El texto de Juan 10: 10 sobre la Vida Plena atrajo como un imán todos los temas de Aparecida y los centró en sí. En ese texto el Señor define su misión pastoral: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (33, 112, 355). 

La memoria del encuentro fundante de nuestra fe aparece desde el comienzo y llega hasta el final del Documento. “Del Encuentro de la fe con las etnias originales ha nacido la rica cultura cristiana de este continente”. “Para los pueblos de América Latina y El Caribe aceptar la fe cristiana ha significado conocer y acoger a Cristo... Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas... sino que están abiertas, más aún, buscan un encuentro con otras culturas... porque sólo la verdad unifica y su prueba es el amor” (Benedicto XVI, Discurso Inaugural). Cfr. Ap. 13. En nuestras tierras se ha dado un “dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas” (4) cuya síntesis se da en Nuestra Señora de Guadalupe (4). En nuestra patria también es María la que nos lleva a encontrarnos entre distintos. 

En cuanto a esta categoría del encuentro el Documento de Aparecida nos propone también una honda reflexión sobre la espiritualidad trinitaria del encuentro con Jesucristo (240-247).

Finalmente quisiera subrayar que lo opuesto al encuentro es la conciencia aislada de la cual el encuentro con Jesucristo nos rescata “por desborde de gratitud y alegría”. “Sólo gracias a este encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar” (549). 

La conciencia aislada provoca y fortalece los desencuentros. Quien aísla su conciencia de la marcha del pueblo fiel de Dios sufre una metamorfosis de distancia y de involución. Quisiera mencionar solamente tres aspectos de este encuentro que nos propone Aparecida y sus contrarios en la conciencia aislada. 

a) La esperanza de encuentros personales (Jesús salió al encuentro y sigue saliendo, 147) y comunitarios (154, 167) nos salva de una de las formas del aislamiento de la conciencia: los programas funcionalistas (11, 14, 145).

Frente a este peligro “se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que suscite discípulos misioneros” (11), y se nos pide asumir el desafío de ser continente del amor y, como buenos samaritanos, ir al encuentro de las necesidades de los pobres (537, 548) 

b) La Vida Plena requiere que el Encuentro se establezca y perdure, superando las rupturas generacionales. Es esencial al Encuentro el “estar”, el “quedarse”. De ahí el final de Aparecida: “Oh Buen Pastor, quédate con nosotros (554). La Vida Plena nos pide trabajar por instaurar una cultura del encuentro: “Los discípulos y misioneros de Cristo promueven una cultura de compartir en todos los niveles en contraposición de la cultura dominante de acumulación egoísta, asumiendo con seriedad la virtud de la pobreza como estilo de vida sobrio para ir al encuentro y ayudar a las necesidades de los hermanos que viven en la indigencia” (540) 

Quisiera aquí mencionar la importancia de la piedad popular como ámbito del Encuentro. (cfr. 6.1.3; 258, 259, 263), María (270, 364), Santos 273, 350). Este tópico merece de por sí un tratamiento especial. Aquí simplemente lo menciono. 

c) La Vida Plena requiere una Pastoral de “Salir al Encuentro” (168, 226 d) que nos salva de esa forma de aislar la conciencia constituidas por las autoreferencias, las autocomplacencias, los clericalismos, las ideologías elitistas que excluyen, etc. 

Sobre este último punto, Aparecida pone el acento en acciones, gestos, actitudes y procesos que hacen a este “salir al Encuentro” que da vida: el agradecimiento, el acompañamiento de los procesos, la inclusión, la escucha y la conversión. Los trato someramente.

-         el agradecimiento: porque la Vida es don, se recibe y se da gratuitamente. (6): Acción de gracias a Dios para -desde allí- contemplar la realidad (23 – 27). Propuestas para que los discípulos misioneros den gracias por la vida (469).

-         el acompañamiento de los procesos: porque la Vida tanto personal como comunitaria es proceso, y hacerse cargo de ella implica acompañamiento. El acompañamiento es lo que más necesita (212), pide (282) y valora nuestro pueblo fiel. En la educación el acompañamiento es central (280, 337); en la opción por los pobres el acompañamiento implica paridad, reconocer al otro como sujeto de su historia (394, 397, 402). En todos los rostros que nos duelen se habla de acompañamiento (413, 414, 426, 437 j, 448). Y cuando describe las sombras que existen en la Iglesia constata “el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en su tarea de servicio a la sociedad” (100 c). Al señalar el acompañamiento de los procesos tengamos en cuenta los diversos aspectos del proceso: encuentro, conversión, discipulado, comunión y misión (cfr. 6. 2. 1) 

-         la inclusión contra cualquier forma de exclusión. (cfr. 8. 3: opción preferencial        por los pobres y excluídos). Jesús enfrenta la exclusión incluyendo en la vida digna (112) porque “los excluídos no son solamente  `explotados´ sino `sobrantes´ y `desechables´ (65). La inclusión acoge, nos pone en situación de projimidad, de “entrar en la dinámica del Buen Samaritano” (135), en situación de cercanía.  

-         la escucha. Necesitamos anunciar y también escuchar el kerigma (348). El discípulo escucha a Jesús el Buen Pastor y la Palabra de Vida (132, 103, 191, 364), escucha a los otros (363), a los pobres (397, 454). María es modelo de la escucha (271) 

-         la conversión: la escucha lleva a la conversión (366).


III    La conversión

Para salir al Encuentro es necesaria una conversión personal y pastoral: “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap. 2:29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (366). El primer fruto del Encuentro con Jesucristo es la conversión (254). 

-         la conversión no sólo es ética y moral sino también “espiritual”: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (12). Necesitamos la gracia de la conversión que nos da el Espíritu Santo (100 h) 

-         es una conversión integral de toda nuestra experiencia religiosa, de nuestra mentalidad y de nuestros criterios pastorales (226 a). 

-         es conversión “de una pastoral de conservación a una pastoral decididamente misionera... con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (370). Aquí aparece, desde el aspecto de la conversión, la dimensión de misión paradigmática.

En Aparecida, la conversión pastoral está íntimamente unida al ardor misionero, al celo apostólico (cfr. 552): así concluye el Documento, en esta clave de parresía. “Una Iglesia en clave misionera vive una constante conversión pastoral que lleva a asumir nuevas actitudes y formas de evangelización.[2]

En esta dimensión de pastoral decididamente misionera podemos preguntarnos por “a quiénes salimos”. Salimos a los que están en las periferias existenciales donde la vida (las personas) está más vulnerada (65, 78, 417), periferias más hondas de la existencia (517 j. k., 518, 550). Se nos pide no ser peinadores de ovejas seleccionadas sino pastores del Rebaño grande (todas las dimensiones de la vida y vida plena para todos 355 – 359) 

-         conversión de una pastoral autoreferente (46) y autocomplaciente (110) a una pastoral que lleva a Cristo, una pastoral de amor de donación que atrae (357), una pastoral de motivos personales de Encuentro y no por motivos funcionalistas (159: atracción de amor vs. proselitismo). El Buen Pastor nos salió al encuentro, nos buscó como a la oveja perdida, nos llamó y nos perdonó, nos hizo “discípulos” suyos, y nos envió como “misioneros”. Por eso salimos a buscar a otros. 

-         conversión de una pastoral de “recetas y programas” a una pastoral de escucha humilde, atenta y de discernimiento de lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta, (366). Esto afecta al modo como salimos. Lo hacemos en un tono de discípulos misioneros: del que está aprendiendo de Otro y sale en nombre de Otro y que tiene una doctrina y misión de Otro. Con humildad. Escucha atenta. Actitudes del Buen Pastor que busca a quien más necesita, se acerca a las fragilidades de su pueblo, a lo más vulnerable.

Este modo de salir está preñado de alegría evangélica totalmente contraria a los tonos exitistas o quejosos o temerosos; es contrario a cualquier tono moralizante o ideológico.  Conlleva un coraje apostólico respetuoso: agresividad convocante del mensaje y respeto a los distintos. 

-         conversión de una pastoral de tonos triunfalistas a una pastoral de audacia profética y de coraje apostólico en la fe (552).

Salida con audacia profética (11, 251), adelantarse a lo que va a venir a nuestro    pueblo (la Cruz presente en nuevas formas de la pobreza, exclusión y muerte (522). Anticipar también la resurrección final. Actitud proactiva.

Esto nos hace pensar en con quiénes salimos. Salida comunitaria, comunidad de discípulos misioneros: aprender –acompañar- formar comunidad con nuestro pueblo fiel (203, 364). Con María (364) 

-         conversión de una pastoral selectiva de prioridades a una pastoral que apunta a la Vida Plena en todas sus dimensiones. Para qué salimos: para que nuestros pueblos tengan Vida Plena en Jesucristo. Conocer a Jesús es el tesoro más grande (6, 13, 14, 18, 28, 95); para dar vida en nuestras obras (386). 

Pilar, 15 de junio de 2009 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


[1]  Refundar con esperanza nuestros vínculos sociales!: esto no es un frío postulado eticista y racionalista. No se trata de una nueva utopía irrealizable ni mucho menos de un pragmatismo desafectado y expoliador. Es la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir con justicia sus bienes, sus intereses, su vida social en paz. Tampoco se trata solamente de una gestión administrativa o técnica, de un plan, sino que es la convicción constante que se expresa en gestos, en el acercamiento personal, en un sello distintivo, donde se exprese esta voluntad de cambiar nuestra manera de vincularnos amasando, en esperanza, una nueva cultura del encuentro, de la projimidad; donde el privilegio no sea ya un poder inexpugnable e irreductible, donde la explotación y el abuso no sean más una manera habitual de sobrevivir. En esta línea de fomentar un acercamiento, una cultura de esperanza que cree nuevos vínculos, los invito a ganar voluntades, a serenar y convencer. ( J.M. Bergoglio, Homilía en el Tedeum, año 2000)

Y en lo que hace al encuentro y convivencia entre los hombres no caben medias tintas. Somos pueblo. Somos con otros y por otros, somos pueblo y nada menos que pueblo. Somos hombres y mujeres con capacidad de infinito, con conciencia crítica, con hambre de justicia y fraternidad. Con deseos de saber para no ser manipulados, con gusto por la fiesta, la amistad y la belleza. Somos un pueblo que camina, que canta y alaba. Somos un pueblo herido y un pueblo de brazos abiertos, que marcha con esperanza, con aguante en la mala y a veces un poco rápido para gastar a cuenta en la buena. Somos un pueblo con vocación de grandeza. (J.M.Bergoglio, Mensaje a las Comunidades Educativas, año 2006) 

[2]      Vive la pasión por el Reino como centro de la vida y acción eclesial

-          Evangeliza y es evangelizada constantemente desde el anuncio del Kerigma.

-          Se sostiene por Palabra y apunta al encuentro con Jesús que lleva al cambio personal y a la creación de certezas profundas que iluminan tanto la vida personal como social

-          Anuncia de modo directo a Jesús

-          Reformula las estructuras eclesiales y los planes pastorales de acuerdo a esta nueva clave de interpretación.

-          Ofrece antes de exigir, no condiciona sino que presenta creativamente nuevas posibilidades y opciones.

-          Discierne los signos de los tiempos y no da nada por supuesto.

-          Supera la desesperanza del "siempre se hizo así" y del "no se puede hacer nada".

-          Asume la realidad tal como se presenta sin pruritos ni prejuicios.

-          Vive la acción pastoral con corazón samaritano que va al encuentro del hermano necesitado, del que se ha ido, del que no está.

-          Crea servicios que lleguen a los excluidos para hacer de la Iglesia “Casa y escuela de Comunión”.

-          Tiende por todos los medios a ser una Iglesia de puertas abiertas.

-          La identidad de sus miembros se verifica con el discipulado y la misión.

-          Realiza un proceso que lleva a la parroquia a ubicarse como comunidad de comunidades y porción de una Iglesia más amplia.

-          Experimenta la Misión como tarea de todos y expresión viva de la fe. 

   Esta nueva perspectiva supone una mística, certezas y opciones:

-          Evangelizar es “hacer discípulos” no adherentes.

-          El discípulo vive una relación profunda con el Maestro, no solo formal.

-          Esta relación lleva a seguir a Jesús haciendo nuestro estilo de vida.

-          La escucha orante de la Palabra alimenta el seguimiento de Jesús.

-          La oración es el lugar de la intimidad con Jesús y de encuentro intercesor por los hermanos.

-          La Misión es la razón de ser del discípulo.

-          La parroquia es "casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad".

-          La parroquia se convierte en lugar de misión que afecta a toda la vida social del barrio.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano

 

El lema de este año es “Con San Cayetano buscamos justicia, pan y trabajo”. Decimos  “con” San Cayetano. Buscamos la justicia, el pan y el trabajo con el Santo. No buscamos solos. San Cayetano está con Jesús. Con el Niño Jesús en brazos. Y Jesús está con nosotros. Es el Dios con nosotros. Para buscar juntos la justicia, el pan y el trabajo estamos todos juntos, compartimos la vida, los sentimientos: “Tengan los sentimientos de Jesús”, nos dice la primera lectura.

 

En el evangelio escuchamos que Juan el Bautista mandó a sus discípulos a preguntarle personalmente a Jesús: “¿Sos Vos el que ha de venir a salvarnos o debemos esperar a otro?” Ellos salieron a buscar a Jesús y ¿dónde lo encontraron? Lo encontraron con  la gente. Jesús no estaba en un lugar inaccesible, sino metido entre la gente, bendiciendo, curando, conversando, llamando a cada uno por su nombre… El está con todos, pero especialmente con los que están con los demás, como San Cayetano. Jesús está con los que son solidarios: donde hay un pesebre –donde alguien levanta una casillita humilde para estar con su familia- allí está Jesús; donde hay alguien acompañando al que carga con una cruz, una persona enferma o necesitada, allí está Jesús; donde hay alguien sirviendo a los demás, multiplicando el pan, compartiendo el abrigo, allí está Jesús; donde están la Virgen y los Santos, que nos juntan como pueblo para rezar, allí está Jesús.

 

El Señor y sus Santos están con nosotros. Y están de verdad. Quiero decir que se juegan por nosotros, que nos conocen. Jesús conoce el rostro de cada uno de los peregrinos y peregrinas que estamos aquí, buscando, con San Cayetano, justicia, pan y trabajo.

 

Mientras hacemos la cola recordamos los rostros de nuestros seres queridos, mientras vamos agradeciendo y pidiendo, es bueno que le preguntemos a Jesús: ¿Sos Vos, Señor, nuestro único Salvador o debemos esperar a otros? Lo que pasa es que vivimos situaciones de pobreza, de falta de trabajo…, o estas enfermedades que nos afectan masivamente, la gripe, el dengue…, y que pegan más duro por la falta de justicia. Todo esto nos lleva a que le preguntemos al Señor: “Señor, ¿estás de verdad en medio de tu pueblo? ¿ Es verdad que caminás con tu pueblo? Mirá que hay gente que opina que no se puede esperar nada de nadie. Hay gente que ni siquiera se pregunta, que ya tiró la toalla. Pero es bueno hacer estas preguntas. Fijando la mirada en San Cayetano, mirando a la gente que nos acompaña, es bueno preguntarle a Jesús.

 

Si leemos bien el evangelio nos damos cuenta de que Jesús no respondió inmediatamente a los enviados de Juan. Se tomó su tiempo; se puso a curar a mucha gente de sus dolencias del cuerpo y también de las enfermedades del alma. Jesús devolvió la vista a muchos ciegos y la fe a muchos que andaban medio desencantados. Recién entonces, después de atender personalmente a cada uno, les respondió a los enviados de Juan: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”.

 

Como siempre, Jesús responde con hechos más que con palabras: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído”. ¿Y qué han visto y oído? Han visto y oído a la gente. Jesús les hace mirar Rostros: la cara de alivio de la gente que ha sido curada, los rostros alegres de los que han recibido su Palabra, los ojos admirados de los que recuperaron la vista, la mirada digna de los que se pusieron de pie… Esos rostros valen más que mil palabras. En el rostro de esa gente ya se vislumbra la respuesta a la pregunta de Quién es Jesús. “A Jesús lo vemos en el rostro de la gente que lo quiere y que da testimonio de que Él es el que la ha confortado y salvado” (Aparecida 14). A Jesús “lo encontramos de un modo especial” en el rostro de “los pobres, afligidos y enfermos (…), de nuestros hermanos queridos que nos dan testimonio de fe, de paciencia en el sufrimiento y de constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los más pobres y los que más sufren son realmente los que nos evangelizan!” (Aparecida 257). Cuando nos animamos a mirar bien a fondo el rostro de los que sufren se produce un milagro: aparece el Rostro de Jesús. Por eso les digo: ¡No tengan miedo de mirar los ojos de los que sufren!, verán el Rostro de Jesús y Él les transmitirá su fuerza y su paz, los confortará a ustedes al mismo tiempo que ustedes confortan a los demás; pero los rostros hay que verlos de cerca, estando con los otros. “Cuanto hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40)”. Mirando rostros el corazón se nos llena “de los sentimientos de Jesús”, como dice San Pablo. Y entonces comenzamos a buscar la justicia, el pan y el trabajo con hambre y sed de verdaderos cristianos. Porque el mundo de hoy es muy cruel: primero excluye borrando los rostros de la gente para luego no sentir nada cuando los desprecia y desecha como sobrantes (cfr. Aparecida 65). En nuestra ciudad hay gente que tiene sitio, que tiene cabida y gente que “sobra” ... y que son dejados de lado como “descarte” en verdaderos volquetes existenciales. El mundo de hoy borra los rostros reales haciendo que los veamos sólo por la TV. No es lo mismo. En la TV hay imágenes que pasan a mil. Uno ve todo y no ve a nadie. Uno ve pero no siente! Aquí en cambio, ¡qué distinto! Nos miramos a la cara. Nosotros pasamos delante de San Cayetano para que nos vea la cara. Nosotros queremos  contemplar un momento su rostro y el del Niño. Esperamos horas y horas sólo para ver sus rostros y que ellos nos vean un instante a nosotros. Parece poco. Pero esta gracia nos basta. Con esta cercanía del Señor y de nuestro Santo Patrono salimos reconfortados.

Salimos llenos de fe, salimos a buscar, con San Cayetano, justicia, pan y trabajo. Salimos a buscarlo juntos y para todos. A buscarlo poniendo especial atención en aquellos “rostros sufrientes que nos duelen”, porque es una injusticia que, en nuestra Patria bendita, a tantos les falte el trabajo y el pan. No puede ser.

 

Quisiera que terminemos rezando aquella Oración tan linda que rezamos en la Novena del 2002:

 

Necesitamos ver tu rostro,

guardar las palabras de tu boca,

hablarte al oído.

Dejarnos mirar por tus ojos

y al besarte, Cristo, encontrar en ti los rasgos de tu Madre,

de tus Santos, de tu pueblo sufrido.

Queremos ver tu rostro

Dios amigo

Compañero de camino.

Amén

 

Buenos Aires, 7 de agosto de 2009.

                                                                  Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en Plaza Constitución

     La Palabra de Dios es fuerte. Es Dios el que nos dice:“Grita con fuerza y sin miedo. Grita con fuerza y sin miedo. Levanta tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus maldades”. No tener miedo. No tener miedo a decirnos la Verdad aunque la Verdad duela. Aunque nos de vergüenza, hoy nos juntamos para reconocernos unos a otros. Para mirarnos a la cara y decirnos: “Vos tenés dignidad, y a vos te la quieren quitar”. Y gritar. Hoy nos juntamos para sentirnos mas fuertes porque en esta ciudad en la que vivimos nos quieren debilitar, nos quieren quitar la fuerza, nos quieren robar la dignidad.

     El año pasado, en una misa similar a ésta que tuvimos en una iglesia de La Boca, me salió del corazón decir que en esta ciudad de Buenos Aires tan linda, tan nuestra, hay esclavos. Hoy lo voy a repetir de nuevo. Y hoy nos vinimos a mirar a la cara para decirnos mutuamente: “Si vos luchas, si yo lucho con vos, si nos miramos y luchamos juntos, habrá menos esclavos”. El año pasado yo les decía que en esta ciudad de Buenos Aires, con mucho dolor lo digo, están los que “caben” en este sistema que se hizo y los que “sobran”, los que no caben, para los que no hay trabajo, ni pan ni dignidad. Y esos que “sobran” son el material de descarte porque también en esta ciudad de Buenos Aires se “descarta” a las personas y estamos llenos de “volquetes existenciales”, de hombres y mujeres que son despreciados...

     “Nada mas Padre tiene que decir?”... Sí. Algo peor todavía: estos hombres y mujeres, chicos y chicas, que no caben, que son material de descarte, que son despreciados, se los trata como mercadería. Son objeto de trata. Y hoy podemos decir que en esta ciudad los talleres clandestinos, con los cartoneros, en el mundo de la droga, en el mundo de la prostitución, existe la trata de personas. Por eso la Palabra de Dios nos dice:“Grita con fuerza y sin miedo” y yo hoy digo:”Gritemos con fuerza y sin miedo”. No a la esclavitud. No a los que sobran. No a los chicos, hombres y mujeres como material de descarte. Es nuestra carne la que está en juego! Es nuestra carne la que se vende! La misma carne que tengo yo, que tenés vos, está en venta! Y no te vas a conmover por la carne de tu hermano? “No, es que no es igual que yo”... Es tu hermano, es tu carne.

Hoy Dios nos dice lo mismo que le decía a Caín! “Caín: donde está tu hermano?” (lo había matado). Y Caín con un gran cinismo, le contesta: “Que se yo! Acaso soy yo el custodio de mi hermano?” Esta gran ciudad de Buenos Aires contesta así muchas veces! “Que me importa, acaso yo me tengo que ocupar de todo???” Es tu hermano, es tu carne, es tu sangre¡!!... Nos hemos endurecido, hemos perdido el corazón. Buenos Aires se olvidó de llorar porque vende a sus hijos, Buenos Aires se olvidó de llorar porque excluye a sus hijos, Buenos Aires se olvidó de llorar porque esclaviza a sus hijos... Y hoy nos miramos la cara. Alguno podrá decir: Bueno, el cura nos va a decir que recemos. Lo único que les digo hoy es mirémonos las caras, reconozcamos en nuestro hermano la dignidad y luchemos para que esa dignidad sobreviva. Y abramos el corazón al llanto, a ese llanto que pide perdón por ese crimen de la trata de personas. Y no estoy inventando cosas porque estuve escuchando lo que me han contado: los talleres clandestinos, sometimiento de menores en la prostitución, tráfico de drogas... Todo ese mundo de la coima que cubre y hace lícito que esto sea posible.

      Entonces hermanos y hermanas, estemos juntos unos a otros. Todos tenemos algo que darnos unos a otros. Juntos luchemos para que esta ciudad reconozca donde ha caído... y llore, y se corrija ... y haya justicia. Juntos digámonos que vale la pena luchar para que en Buenos Aires no haya mas esclavitud... hay mucha esclavitud. Porque eso es lo que Dios nos pide hoy:“Grita con fuerza y sin miedo. Levanta tu voz como una trompeta”. Y echemos en cara a todo aquel que inventa esa infernal máquina de exclusión, esa infernal máquina de descarte de gente e imprequemosle su conducta y pidamos que Dios les cambie el corazón.

     Y a quienes queremos luchar por esto, que Dios nos siga dando fuerza y valentía para que Buenos Aires llore su injusticia, llore su mundaneidad, llore el que se haya convertido en madre de esclavos. Que Dios nos conceda la gracia de esta conciencia y de la luz. Que así sea.

     Buenos Aires, viernes 4 de septiembre de 2009. Cardenal Jorge M. Bergoglio, sj.

 

 

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Desgrabación de la ponencia del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.,

en la XII Jornada de Pastoral Social realizada en el Santuario de San Cayetano de Liniers.

 Una vez escuché al cardenal Quarracino decir que, en una reunión que había tenido con pensadores, uno de ellos (no recuerdo qué pensador argentino era) había dicho que “la Argentina era el país de las oportunidades perdidas”. Y me quedó eso. Los sociólogos, los politicólogos nos dirán si es así o no, pero la frase me vino para introducir otra con forma de interrogante. Pues me preocupa no saber responderme: la Argentina ¿es un país de desencuentros? Si hubiera un Premio Nobel al desencuentro, ¿lo ganamos? Esa pregunta no la sé responder y me lleva a la convicción de que urge construir e instalar la cultura del encuentro; urge recuperar la alteridad y liberarnos de los autismos que clausuran la memoria histórica, que clausuran el compromiso comunitario del presente y que clausuran la capacidad de utopías hacia el futuro. Esos autismos aprisionan y nos llevan a los desencuentros. ¿Somos el país de los desencuentros? Me gusta distinguir entre País, Nación y Patria: simplificando, el país es la configuración geográfica; la nación es toda la institución legal ya sea constitucional, jurídica; es decir, todo lo que da fuerza constitucional y legal, y la patria es el vivir la herencia de los padres. Patria viene de padres. Yo diría que no se nos pide ser tanto “paisistas” ni “nacionalistas” sino “patriotas”. El país, como tantos países de otros continentes, si sufre una amputación o pierde una guerra, es capaz de rehacerse. Una nación que pasa por crisis institucionales es capaz de reconstruirse, pero si se pierde la patria es muy difícil recuperarse. El compromiso de patriotas que nos exige recuperar la alteridad en esta cultura del encuentro apunta a no perder la herencia recibida de la patria.  

Me voy a permitir leer una poesía de una autor norteño, nuestro. Se llama “Se nos murió la Patria”. Creo que la escribió hace unos 30 años.  

Se nos murió la Patria, hace ya tiempo,

en la pequeña aldea,

Era una patria casi adolescente.

Era una niña apenas.

 

 La velamos muy pocos: un grupito

De chicos de la escuela.

Para la mayoría de la gente

Era un día cualquiera. 

 

Pusimos sobre el blanco guardapolvo

Las renegridas trenzas,

La Virgen de Luján y una redonda

Y azul escarapela 

 

Unos hombres muy sabios opinaban:

“Fue mejor que muriera”

“Era solo una patria” nos decía

la gente de la aldea. 

 

Pero estábamos tristes. Esa patria

Era la patria nuestra,

Es muy triste ser huérfano de patria.

Luego nos dimos cuenta. 

Es muy triste ser huérfano de Patria. Y el proceso de esta orfandad no es coyuntural, no es de ahora. Es un proceso que lleva décadas y va minando esa capacidad de encontrarnos; nos va encapsulando en esta orfandad. De a poco vamos perdiendo la referencia de los padres que nos es dada para hacerla crecer y llevarla adelante en utopías nuevas.  

Recuperar el encuentro. Y el instrumento quizás mas apto para esto es el diálogo. Despertar la capacidad de diálogo. Cuando uno recupera la alteridad en el encuentro, empieza a dialogar, y dialogar supone no solo oír sino escuchar. Recuperar esa capacidad de escucha. El otro, aunque ideológicamente, políticamente o socialmente esté en la vereda de enfrente, siempre tiene algo bueno que dar y yo algo bueno que darle. En ese encuentro que saco cosas buenas se construye una síntesis creativa y fecunda. El diálogo es fundamentalmente fecundidad. Los monólogos se pierden. Uno de los grandes pensadores que tiene la Argentina, a mi juicio de los mejores y lo voy a nombrar: Santiago Kovadloff, hablaba hace muy poco del peligro, del riesgo, de homogeneizar la palabra, pero detrás de eso está el peor riesgo, la peor enfermedad que es homogeneizar el pensamiento. 

            El autismo del intelecto. El autismo del sentimiento que me lleva a concebir las cosas dentro de una burbuja, por eso es fundamental recuperar la alteridad y el diálogo. En ese momento sin diálogo, vamos a terminar diciendo:”Es muy triste ser huérfano de Patria. Luego nos dimos cuenta” O quizá, tarde nos dimos cuenta. El diálogo es, en este momento, el instrumento privilegiado para romper todo aquello que nos abroquela; para romper las ideologías clausuradas y para abrir horizontes a través de la pequeña trascendencia que supone escuchar al otro y que el otro nos escuche. Dialogar es trascender la coyuntura hacia la historia, dialogar es poner cimientos de historia para el futuro; dialogar es tener capacidad de dejar herencia; dialogar, en última instancia, es imitar a Dios a que abrió su diálogo con nosotros enseñándonos el camino de la convivencia.  

            En el diálogo recuperamos la memoria de nuestros padres, el legado recibido, no para guardarlo en conserva; recibimos un legado para que crezca con nosotros, pero recuperamos esa memoria. Por el diálogo nos comprometemos con los desafíos del presente, juntos, haciendo que esa memoria se encarne en las realidades del presente y dé una respuesta a todo desafío del presente. Por el diálogo nos animamos porque ya no soy yo, somos muchos; cuando dialogamos, se da el coraje de lanzar esa herencia comprometida con el presente hacía las utopías del futuro y cumplir con nuestro deber de hacer crecer la herencia recibida a través de compromisos fecundos en utopías futuras.  

¿País de desencuentros? No sé. ¿Cultura del encuentro? Urge, a través del instrumento del diálogo porque es muy triste ser huérfanos de Patria. No la perdamos. No la malversemos. No la tiremos a la marchanta. No desperdiciemos la herencia recibida ni la enterremos. Hagámosla crecer. Eso es la Patria. Si eso se pierde, vamos a estar muy tristes y tarde nos daremos cuenta. Sigan trabajando en esto! Y gracias por todo lo que han hecho y lo que van a hacer! 

Buenos Aires, 19 de septiembre de 2009. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

 

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Conferencia inaugural del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., en el Seminario sobre “Las Deudas Sociales”, organizado por EPOCA.

En esta exposición procuraré dar una visión de conjunto sobre la doctrina de la iglesia acerca de la “Deuda Social”.

 

Los obispos argentinos, en noviembre de 2008, afirmaban que la “deuda social” es la  gran deuda de los argentinos. Nos interpela y  saldarla no admite postergación.[1] . De ahí la necesidad de cultivar la conciencia de la deuda que tenemos con la  sociedad  en la que estamos insertos. Y por ello hacernos cargo de la insistencia de la Doctrina Social de la Iglesia sobre el tema de la deuda social.

 

No se trata solamente de un problema económico o estadístico. Es primariamente un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial. [2]

 

“La deuda social se compone de privaciones que ponen en grave riesgo el sostenimiento de la vida, la dignidad de las personas y las oportunidades de florecimiento humano”.[3]

 

La “deuda social”  es también una deuda existencial de crisis del sentido de la vida. La conformación de un sentido de vida pleno va de la mano con el sentido de pertenencia que tenga el individuo con las actividades que realice en su día a día y con los grupos sociales en los cuales la realiza y comparta la vida con ellos; de ahí que el origen del vacío existencial remite, tal como el mismo Durkheim comentó[4], a una desvinculación del individuo del medio social; es decir a una carencia de sentido de pertenencia, lo cual desfigura la identidad. “Tener identidad” entraña fundamentalmente el “pertenecer”.

 

Por eso para superar esta deuda social es necesario reconstruir el tejido social y los vínculos sociales.

 

El barómetro de la UCA define la “deuda social” como una acumulación de privaciones y carencias en distintas dimensiones que hacen a las necesidades del ser personal y social. En otros términos, como una violación al derecho a desarrollar una vida plena, activa y digna en un  contexto de libertad, igualdad de oportunidades y progreso social.

 

El fundamento ético a partir del cual se ha de juzgar la deuda social como inmoral, injusta e ilegítima radica en el reconocimiento social que se tiene acerca del grave daño que sus consecuencias generan sobre la vida, el valor de la vida y –por tanto- sobre la dignidad humana.

 

Su mayor inmoralidad, dicen los obispos argentinos,  reside en el hecho de que ello ocurre en una nación que tiene condiciones objetivas para evitar o corregir tales daños, pero que lamentablemente pareciera optar por agravar aún más las desigualdades”.[5]

 

Esta deuda queda entablada entre quienes tienen la responsabilidad moral o política de tutelar y promover la dignidad de las personas y sus derechos, y aquellas partes de la sociedad que ven vulnerados sus derechos.

 

Los derechos humanos, como dice el Documento de Santo Domingo: “se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y de estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”.[6]

 

 

La Deuda Social como Cuestión Antropológica

 

El principio fundamental que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) nos ofrece para reconocer esta deuda social es la inviolable dignidad de la persona y sus derechos. Dignidad de la que todos participamos y que reconocemos en los pobres y excluidos.[7]

 

De él deriva este otro principio que orienta la actividad humana: el hombre es el sujeto, principio y fin de toda la actividad política, económica, social[8]; cada hombre, todo el hombre y todos los hombres como nos dicen Pablo VI y Juan Pablo II

 

Por esto, no podemos responder con verdad al desafío de erradicar la exclusión y la pobreza, si los pobres siguen siendo objetos, destinatarios de la acción del Estado y de otras organizaciones en un sentido paternalista y asistencialista, y no sujetos, donde el Estado y la sociedad generan las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus derechos y les permitan ser constructores de su propio destino.

 

En la encíclica Centesimus Annus, Juan Pablo II advirtió sobre la necesidad de “abandonar una mentalidad que considera a los pobres –personas y pueblos- como un fardo, o como molestos e inoportunos, ávidos de consumir lo que los otros han producido”. “Los pobres –escribe- exigen el derecho de participar y gozar de los bienes materiales y de hacer fructificar su capacidad de trabajo. Creando así un mundo más justo y más próspero para todos”[9].

 

Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social –deuda social- se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica.[10]

 

Porque, por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas en que se mueve el mercado,  existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad [11]

 

En este sentido, “es un deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos”.[12]

 

 

Causas del crecimiento de la pobreza y la exclusión

 

Con la exclusión social queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos –con quienes tenemos la deuda- no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” [13]

 

La cultura actual [14]tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano. El impacto dominante de los ídolos de poder, la riqueza y el placer efímero se ha transformado, por encima del valor de la persona, en la norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social.

 

La crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tiene sus causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias y las leyes de mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad de las personas y de los pueblos. En este contexto, reiteramos la convicción de que la pérdida del sentido de la justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y nos han llevado a una situación de inequidad.[15]

 

La consecuencia de todo esto es la concentración de las riquezas físicas, monetarias y de información en manos de unos pocos, lo cual lleva al aumento de la desigualdad y a la exclusión.[16]

 

Al analizar más a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya otras causas de la miseria [17]

 

Esta pobreza, nos decía Juan Pablo II, en nuestros países encuentra en muchos casos su origen y causas en mecanismos que, por encontrarse impregnadas no de un auténtico humanismo, sino de materialismo, producen, a nivel internacional, ricos más ricos a costa de pobres cada vez más pobres[18]

 

Esta realidad exige conversión personal y cambios profundos de las estructuras, que responden a las legítimas aspiraciones del pueblo hacia una verdadera justicia social [19]

 

 

Deuda Social y Justicia Social

 

El Concilio Vaticano II nos decía que “las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre miembros de nuestra sociedad, en nuestro pueblo, son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional”[20]

 

Desde la primera mitad del siglo XX, la noción de justicia social se fue instalando en la reflexión del Magisterio Social de la Iglesia. Afirma que ella (la justicia social) constituye un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, en estrecha vinculación con la cuestión social y que concierne a los aspectos sociales, políticos, económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones correspondientes (cfr. CDSI, 201). Benedicto XVI, en Deus Caritas Est, afirma que “la justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política” [21]

 

La justicia social prohíbe que una clase excluya a la otra en la participación de los beneficios. Exige que las riquezas, que se van aumentando constantemente merced al desarrollo económico social, se distribuyan entre cada una de las personas y clases de hombres, de modo que quede a salvo esa común utilidad de todos, tan alabada por León XIII o, con otras palabras, que se conserve inmune al bien común de toda la sociedad [22]

 

La justicia social apunta al bien común el cual, en la actualidad, consiste principalmente en la defensa de los derechos humanos los cuales, según el CDSI, (388-398), constituyen una norma objetiva, fundamento del derecho positivo, y deben ser reconocidos, respetados y promovidos por la autoridad por cuanto son anteriores al Estado, son innatos a la persona humana. Y esto –teniendo como referencia al problema de la deuda social- apunta a la dimensión comunitaria: “La visión cristiana de la sociedad política otorga la máxima importancia al valor de la comunidad, ya sea como modelo organizativo de la convivencia, ya sea como estilo de vida cotidiana” (CDSI, 392)

 

 

Actividad político- económica, desarrollo integral y deuda social

 

La pobreza nos exige tomar conciencia de su “dimensión social y económica[23]. Porque ante todo es un problema humano. Tiene nombres y apellidos, espíritus y rostros. Acostumbrarnos a vivir con excluidos y sin equidad social, es una grave falta moral que deteriora la dignidad del hombre y compromete la armonía y la paz social[24]

 

Existe una relación inversa entre desarrollo humano y deuda social. No se trata de una noción de desarrollo limitada a los aspectos económicos, sino de desarrollo integral que implica la expansión de todas las capacidades de la persona. A menos desarrollo más deuda social. Por tanto desarrollo y equidad deben encararse conjunta y no separadamente, y cuando la inequidad se convierte en lugar común o en atmósfera de vida política cotidiana entonces se aleja del campo político la lucha de igualdad de oportunidades, nivelando hacia abajo, hacia la mera lucha por la supervivencia.

 

La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

 

La Doctrina Social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y reciprocidad, también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después»  de ella. El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano ni antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente[25]

 

El Papa Pablo VI refiriéndose al uso del capital invitaba a valorar seriamente el daño que la transferencia de capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede ocasionar a la propia nación [26] Juan Pablo II advertía que dadas ciertas  condiciones económicas y de estabilidad política absolutamente imprescindibles, la decisión de invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar valor al propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud de querer ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual muestra las cualidades humanas de quien decide.

 

El Papa Benedicto XVI en su Carta Social Caritas in Veritate reiteraba que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en vez de en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas el que no se emplee en los lugares donde se ha generado.

 

Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo.

 

Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar particulares condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y social, factor imprescindible para un desarrollo estable[27]. El capital también tiene patria, podríamos decir.

 

“En este sentido, la necesidad de un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente que promueva políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos.

 

Ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres (DA, 396) que brota de nuestra fe en Jesucristo (Cf. DI, 3; DA, 393-394), «requiere que socorramos las necesidades urgentes y al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas. Igualmente se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia”[28]

 

 

Conclusión

 

La “deuda social” exige la realización de la justicia social. Juntas, nos interpelan a todos los actores sociales, en particular al Estado, a la dirigencia política, al capital financiero, los empresarios, agropecuarios e industriales, sindicatos, las Iglesias y demás organizaciones sociales.

 

Pensemos que, según distintas fuentes, hay aproximadamente  ciento cincuenta mil millones de dólares de argentinos en el exterior, sin contar los que están en el país fuera del circuito financiero, y que además los medios de comunicación nos informan que se van del país aproximadamente dos mil millones de dólares más por mes.

 

Me pregunto, les pregunto: ¿qué podemos hacer para que estos recursos sean puestos al servicio del país en orden a saldar la “deuda social” y  generar las condiciones para un desarrollo integral para todos?

 

En nuestro caso, la “deuda social” son millones de argentinas y argentinos, la mayoría  niños y jóvenes, que exigen de nosotros una respuesta ética, cultural y solidaria. Esto nos obliga a trabajar para cambiar las causas estructurales y las actitudes personales o corporativas  que generan esta situación; y a través del diálogo lograr los acuerdos que nos permitan transformar esta realidad dolorosa a la que nos referimos al hablar de la “deuda social”.

 

La Iglesia al reconocer y hablar de la “deuda Social”, pone de manifiesto una vez más su amor y opción preferencial por los pobres y marginados[29] con quienes Jesucristo se identificó especialmente (Mt. 25, 40). Lo hace a  la luz del primado de la caridad, atestiguado por la tradición cristiana,  comenzando por la Iglesia peregrina” (Cfr. Hech 4,32; 1 Co. 16,1; 2 Co. 8-9; Ga. 2,10)[30], y siguiendo la tradición profética (Is. 1, 11-17, Jer 7, 4-7; Am 5, 21-25).

 

Para la Iglesia es esencial tratar el problema de la deuda social porque el hombre, y en particular los pobres, son precisamente el camino de la Iglesia porque fue el camino de Jesucristo.

 

 

Buenos Aires, 30 de septiembre de 2009.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Alvear Palace Hotel, Buenos Aires

 


[1] Cf. Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5. Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, Pilar, 14/11/2008.

[2] Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5. Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, Pilar, 14/11/2008.

[3] Cf. Para profundizar la pastoral social 4. Carta del  Episcopado en el marco de la 88ª Asamblea Plenaria, San Miguel, 11/11/2004.

[4] "[cuando el individuo] se individualiza más allá de cierto punto, si se separa demasiado radicalmente de los demás seres, hombres o cosas, se encuentra incomunicada con las fuentes mismas de las que normalmente debería alimentarse, ya no tiene nada a que poder aplicarse. Al hacer el vacío a su alrededor, ha hecho el vacío dentro de sí misma y no le queda nada más para reflexionar más que su propia miseria. Ya no tiene como objeto de meditación otra cosa que la nada que está en ella y la tristeza que es su consecuencia".[4] Una vida sin sentido implica una vida sin arraigo social. DURKHEIM, Emil, El Suicidio, Shapire Editor, Buenos Aires 1971, p 225

[5] Cf. Para profundizar la pastoral social 4. Carta del  Episcopado en el marco de la 88ª Asamblea Plenaria, San Miguel, 11/11/2004.

[6]  DSD 167. IV Conferencia general del Episcopado Latinoamericano. Documento de Santo Domingo. 12-28 de Octubre del 1992

[7] Cfr. CDSI 153 Pontificio Consejo «Justicia y Paz» Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. 2005

[8] MM 219. SS. Juan XXIII: Mater et Magistra. Carta encíclica sobre los recientes desarrollos de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana. 14/05/1961

[9] CA 28  SS. Juan Pablo II: Centesimus Annus” Carta Encíclica en el centenario de la Rerum Novarum. 05/01/1991

[10] CV 75  SS. Benedicto  XVI, Caritas in Veritate, Carta encíclica sobre el desarrollo humano  integral en la caridad y en la verdad. 29/06/09

[11] CA 34 SS. Juan Pablo II: Centesimus Annus” Carta Encíclica en el centenario de la Rerum Novarum. 05/01/1991

[12] Ib.

[13] DA 65. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. DOCUMENTO CONCLUSIVO, Aparecida, 13 1l 31 de Mayo de 2007.

[14] (JP II, 16 nov. 1980)

[15] NMA,34. Navega mar Adentro. Documento de los obispos al término la 85ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, San Miguel, 31/5/2003)

[16] DA 22. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. DOCUMENTO CONCLUSIVO, Aparecida, 13 al 31 de Mayo de 2007.

[17] DP29. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. DOCUMENTO CONCLUSIVO, Puebla, 1979.

[18]  DI III 4. SS. Juan Pablo II, Discurso Inaugural en el Seminario Palafoxiano de Puebla de los Ángeles, México. 28/01/1979

[19] DP29 Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. DOCUMENTO CONCLUSIVO, Puebla, 1979

[20] GS 29.  Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes. Sobre La Iglesia en el mundo actual. 07/12/1965.

[21] DCE 28. SS BENEDICTO XVI, Deus caritas est, Carta encíclica sobre el amor cristiano. 25/12/2005.

[22] QA57. SS. PÍO XI, Quadragesimo anno, Carta encíclica  sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica al celebrarse el 40º aniversario de la encíclica "Rerum novarum" de León XIII. 15/03/31

[23] Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5. Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, Pilar, 14/11/ 2008.

[24] Afrontar con grandeza la situación actual 6b. Los Obispos de la Argentina, San Miguel, 11/11/2000.

[25] CV 36, a y c. SS. Benedicto  XVI, Caritas in Veritate, Carta encíclica sobre el desarrollo humano  integral en la caridad y en la verdad. 29/06/09

[26] PP 24. SS. Pablo VI, Populorum Progressio Carta encíclica  sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos. 26/03/1967

[27] Cf CV 40b

[28]  Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 18b. Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, Pilar, 14 /11/2008.

[29] SS. Benedicto XVI, Combatir la pobreza, construir la paz. Mensaje para la celebración de la  Jornada Mundial de la paz. 01/01/2009.

[30] Ib.                                                                                                                                                  

 

 

 

 

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la XXXV Peregrinación Juvenil a Pie a Luján

 “Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”. Así se lo venimos repitiendo durante todo el camino; y ella, con su mirada, nos mira a todos nosotros como le prometió Jesús al discípulo cuando le dijo: “Ahí tenés a tu madre”. También a nosotros nos dice: “Ahí tenés a tu madre”. Es la madre que vela por los hijos, estos hijos que caminan por la vida muchas veces cansados, necesitados, pero queriendo que la luz de la esperanza no se apague. Eso es lo que queremos: que la luz de la esperanza no se apague. Por eso le decimos todos juntos: “Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”. Mira nuestra Madre, a este pueblo peregrino, pueblo querido por ella, pueblo sufrido, que viene a Luján haciendo silencio en el corazón aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones, distracciones pero es un pueblo solidario que viene cargado con la vida de otros hermanos; y en ese corazón silencioso lleva la vida de los otros hermanos. Un pueblo que camina trayendo esa ofrenda que es la oración, que van a poner ante su imagen por eso hace tanto bien tenerla así cerca. Los ojos se confunden en una mirada de fe y de confianza; y con sus ojos tiernos nuestra Madre mira a los hijos que después de pasar emocionados ante su altar, descansan y duermen en su casa para retornar después a sus casas, a sus trabajos, a sus familias. El momento del encuentro con la Madre se prolonga, es un encuentro que no tiene tiempo. Y a todos nosotros, tus hijos Madre querida, al sabernos mirados con tus ojos serenos, nos brota ese deseo de estar juntos como hijos, como hermanos; aquí solemos venir a descubrir que siendo mas hermanos vamos a fortalecer la esperanza y te pedimos la que renueves, no queremos perder este valor tan grande de la vida y acá lo venimos a renovar pero te pedimos que lo renueves vos.  

Por eso te pedimos que nos ayudes a borrar del corazón todo lo que nos pueda llegar a confundir. Lo que ande trabando todo lo bueno de Dios y tuyo, y esto es lo que ninguno de nosotros tiene que tocar: ser hijos tuyos y ser hermanos entre nosotros. Madre: que tu mirada nos defienda para que no nos roben la esperanza. Nuestra Madre nos mira a todos sin exclusión pero se viene ocupando desde hace mucho tiempo de los hijos mas pobres; los hijos que en las sumas y en las restas de los cálculos van quedando al borde del camino. Los hijos del descarte, que los usaron  o les probaron mal la vida. Esos hijos que tienen nombre: son  los hijos de la Virgen. Mira Madre a tantos descartados, son tus hijos. Míralos y fortaléceles el corazón con la esperanza. Y aquí estamos Madre, tus hijos peregrinos: estamos aquí porque desde hace años en Luján nos proteges como hijos y como pueblo y cada año volvemos solos o con nuestras familias para que las mires también y las bendigas. Esta  tu casa Madre, es el lugar donde nos encontramos y podemos decir que es tu mirada la que renueva nuestra esperanza por eso te pedimos Madre que nos protejas, que nos fortalezcas, para que no nos roben la esperanza y aquí en Lujan, los hijos de ésta querida Patria, tus hijos Madre, jóvenes que desde hace años peregrinan saben que no están solos: saben que vos estás aquí para recibirlos, para fortalecerlos, para renovarles la esperanza. Hasta aquí vienen peregrinando con muchos cansancios y no solo el cansancio de los pies… pero aquí nos recuperamos porque Luján, tu casa Madre, es la casa de todos.  

Madre, fortalecenos la esperanza. Que no nos roben la esperanza. Madre querida: no nos sueltes de tu mano. Te lo pide todo éste tu pueblo: no nos sueltes de tu mano. Mira a tus hijos que caminan hasta vos: Miralos y acompañalos. Ayudalos a seguir los pasos de tu Hijo para que juntos podamos construir esta Patria de hermanos. Madre, ayúdanos. Todos estamos en tu mano. Que no nos roben la esperanza! Que tu mirada fortalezca la esperanza! Todos juntos:

“Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”.

“Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”.

“Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza”.

 

Ciudad de Luján, 4 de octubre de 2009

 

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Apertura de la 98º Asamblea de la Conferencia Episcopal 

“El hombre me hizo volver a la entrada de la Casa, y vi que salía agua por  debajo del umbral de la Casa, en dirección al oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho de la Casa al sur del altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un  camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Entonces me dijo: ‘Estas aguas fluyen  hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas partes adonde llegue el torrente.  Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio”. (Ez. 47:1-2, 8-9,12) 

“Se acercaba la pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados en sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: “Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo de tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: ¿Qué signo nos das para obrar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. Los judíos le dijeron: “Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado”. (Jn. 2: 13-22) 

1. La Iglesia, en esta conmemoración de la Catedral Primada, nos introduce en la contemplación del Templo como lugar de la presencia de Dios, fuente de bendiciones y fecundidad en la fe. En la primera lectura, utilizando la figura del agua que surge del Templo, nos habla de vida y de abundancia como efecto de la fuerza del Señor aceptada por su pueblo: “al borde del torrente, sobre sus orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio” (Ez. 47:12). El profeta Jeremías llamará bendito al hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza (17: 7) y dirá de él que “es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto” (17: 8). La misma bendición la encontramos en el Salmo 1 (v. 3) y está dirigida al “hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche” (vv. 1-2). 

2. La bendición nos refiere al hombre que se abre a Dios, que sólo se planta decididamente en el agua vivificante que sale del Templo, la aceptación de la ley, y la custodia en su corazón; al hombre que confía en el Señor y por ello es liberado de temor e inquietud en la canícula y la sequía; al hombre que no necesita reaseguros de otro tipo, alejados de Dios, que lo llevan a confiar en el hombre y buscar su apoyo en la carne.  La Palabra de Dios nos dice, sencillamente, que al contrario del primer tipo de personas, estas otras son “malditas”. Bendición y maldición en referencia a la relación que tengamos con el Templo, como lugar de la presencia de Dios, como sitio del encuentro con Dios. Jesús va a decir que es “casa de oración” (Mt. 21:13), es decir casa de diálogo con Dios, casa de encuentro con el Señor. 

3. El camino del pueblo de Dios, en su relación con el Templo a lo largo de la historia, se ha movido entre estos dos polos de bendición y maldición. Los profetas denunciarán muchas veces el culto superficial  y hasta supersticioso, gestos vacíos de rectitud de intención: “¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios? Dice el Señor.” (Is. 1: 11) y se quejan de los malos sacerdotes que han bastardeado el servicio divino y profanado el Templo: “muchos pastores han arrasado mi viña, han pisoteado mi parcela” (Jer. 12:10). Es dura la palabra de Dios cuando describe la corrupción de sus sacerdotes en el servicio del Templo; los hijos de Elí son un ejemplo de tal estado de vida: “Los hijos de Elí eran unos canallas que no reconocían al Señor ni respetaban los deberes de los sacerdotes para con el pueblo” (1 Sam. 2: 12). Por el mal ministerio de ellos, el Templo del Señor se va profanando en toda clase de corruptelas que, en el fondo, constituyen idolatría. De ahí el llamado de la conciencia del israelita fiel para purificar el Templo, porque el Santuario estaba desolado, abandonado de la gloria del Señor. 

4.  Jesús, en el pasaje que nos anuncia el evangelio de hoy, se hace cargo de toda esta tradición de purificación del Templo y la asume en un gesto definitivo y profético. No se trata sólo de palabras sino de hechos concretos y hasta diría artesanales: “hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Jn. 2: 15-16). Con su gesto y sus palabras proclama que la Casa de su Padre es lugar de encuentro de Dios con su pueblo y la limpia de todo tipo de comercio material y espiritual. En otros momentos condenará, con el adjetivo de hipócritas, a los ministros que adulteran sofisticadamente la pureza de la casa de Dios. A ellos les echará en cara que “cargan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente” (Mt. 23: 4-7). Les dirá claramente que son instrumento de desencuentro del pueblo con Dios porque “cierran a los hombres el Reino de los cielos. Ni entran Ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran” (Mt. 23: 13); “que pagan el diezmo de la menta y del comino y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad” (Mt. 23: 23). A latigazos Jesús los echa porque profanan el Templo e impiden, con su clerical hipocresía, el encuentro del pueblo con su Señor. No son hombres de Dios, sencillamente son mundanos. 

5. A nosotros, pastores, se nos pide fomentar y custodiar este encuentro. Se nos pide ser hombres de oración y penitencia para que nuestro pueblo fiel pueda encontrarse con Dios; hombres de convocatoria con actitudes de humildad y servicio. Y hoy, al comenzar esta Asamblea, lo pedimos juntos unos por otros. Nuestro pueblo nos quiere pastores y dedicados a esta tarea de provocar y cuidar el encuentro con Dios y bien sabemos que, en este trabajo por el Reino, estamos asediados por tantas tentaciones de mundanidad. Me estremece, cada vez que la leo, la autocrítica de San Gregorio Magno hablando del ministerio pastoral: “Hay otra cosa, en la vida de los pastores, que me aflige mucho; pero a fin de que lo que voy a decir no parezca injurioso para algunos, empiezo por acusarme a mí mismo de que, aun sin desearlo, he caído en este defecto, arrastrado por el ambiente de este calamitoso tiempo en que vivimos. Me refiero a que nos vemos como arrastrados a vivir de una manera mundana, buscando el honor del ministerio episcopal y abandonando, en cambio, las obligaciones de este ministerio. Descuidamos fácilmente el ministerio de la predicación y, para vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que da este nombre pero, en cambio, no poseemos la virtud que este nombre exige. Así, contemplamos plácidamente como los que están bajo nuestro cuidado abandonan a Dios, y nosotros no decimos nada; se hunden en el pecado, y nosotros nada hacemos para darle la mano y sacarlos del abismo” (Homilía 17, 14; PL 76, 1146). Cuando leemos esto, si el sayo nos cabe, tratamos de arrepentirnos y deseamos que no haya cerca ninguna soga con la que Jesús pueda hacer un látigo. Si bien todos nos sabemos pecadores, estamos sinceramente deseosos de servir al Señor y a su santo pueblo fiel. Somos débiles pero queremos, todos los días, abrir nuestro corazón a la misericordia del Señor para servir mejor y ayudar al encuentro de Dios con su pueblo, para esforzarnos por mantener abiertas las puertas del Templo del que fluye el agua vivificante y salvadora. 

6. Aparecida nos pide que nos encontremos con Jesucristo Vivo y sirvamos a nuestro pueblo fiel en ese encuentro. Ésta ha de ser fundamentalmente nuestra conversión pastoral que nos lleva a alejar de nosotros actitudes caducas que impiden la entrada al Templo. Jesús nos llama a ser pastores de pueblo y, si se lo pedimos, nos librará de la tentación de convertirnos en mundanos, en clérigos de estado. Él camina con nosotros, entra al Templo con nosotros; en su compañía tenemos la certeza de que no nos va a echar. Y, junto a Él, está su madre. A ella le pedimos “que nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a la promesa” (Aparecida 553). Que así sea. 

Pilar, 9 de noviembre de 2009.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Desgrabación de la Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en ocasión de misa celebrada por

5º aniversario de la tragedia de Cromagnon.  

Estos días que rodean la celebración de la Navidad el tono es precisamente el de esta mujer anciana, de 84 años. Le hablaba acerca del Niño a todos en Israel. Esta mujer movida por el Espíritu Santo, que había visto cosas en la vida. Que había visto triunfos y derrotas, noblezas e hipocresías. Esta mujer que sabía lo que era el dolor y el sufrimiento, sale de sí y reconoce que ese Niño es la promesa de su pueblo, que ese Niño es el que trae la paz, el consuelo, la fortaleza el triunfo definitivo. 

Nosotros que hoy venimos a orar en el 5º aniversario de esta tragedia, necesitamos que se nos hable de lo único que puede dar sentido a un sinsentido como el que hemos vivido. Necesitamos de la sabiduría de tantos hombres y  mujeres de nuestro pueblo que, como la profetisa Ana, nos digan “éste es el que te va a dar el sentido definitivo a tu sufrimiento, tu dolor”. 

Venimos a llorar, llorar por más que esos 194. A llorar por nuestra ciudad que no llora todavía. Nuestra ciudad que no tiene lágrimas de madre para esos hijos que hoy recordamos y para tantos otros que ella abandonó. 

Esta ciudad vanidosa, casquivana, orgullosa, coimera. Esta ciudad que maquilla las heridas de sus hijos para que no la hagan sufrir. No las cura, las maquilla.  Esta ciudad que esconde a sus ancianos mal alimentados, los arrincona porque no quiere ver el sufrimiento de los que nos dieron la vida. 

Ciudad que abandona a sus chicos, que elegantemente los llama “chicos en situación de calle”. Se desprende de ellos y los tira a la calle.  

Esta ciudad no llora y porque esta ciudad no sabe llorar no es madre y nosotros hoy venimos aquí a llorar para que esta ciudad sea más madre. Para que esta ciudad en vez de matar, aprenda a parir. Para que esta ciudad sea promesa de vida. LLoramos recordando estos jóvenes que han muerto y le decimos a esta ciudad “mirá, la mayoría de ellos murieron entrando y saliendo para salvar a otros, no se escaparon para salvar el pellejo”. Le decimos a esta ciudad que sea madre solidaria como lo fueron estos chicos que dieron testimonio entrando y saliendo hasta no poder salir más. 

El dolor no se va, camina con nosotros. Lo peor que podemos hacer es la receta  del espíritu mundano que es anestesiarlos con otras noticias, con otras atenciones, con otras distracciones. El dolor hay que asumirlo como ustedes lo asumen. Ustedes están más cercanos, nosotros los que estamos más lejos, también queremos asumir a aquellos que están muertos, lo tratamos de hacer. Hay que asumirlos y dejar que se añejen en nuestro corazón y se transformen en semilla de fecundidad. 

Esta viejita de 84 años que decía “éste es, éste es” se lo decía delante de su madre a la cual un ratito antes le habían dicho que ese chico iba a ocasionarle un dolor muy grande, una espada le iba a traspasar el corazón.

Hoy les digo a ustedes: miremos al Niño. Es el único que puede hacer añejar el dolor en nuestro corazón y transformarlo en sabiduría. Y en el Niño miremos a nuestros niños, los que se fueron y a los adultos que los acompañaron. Y miremos a la Madre. Pidámosle a la Madre que sabe lo que es sufrir que haga madre a esta ciudad compadrita, superficial y que le cuesta dar vida. 

Que así sea.

Catedral Metropolitana,

Ciudad de Buenos Aires,

30 de diciembre de 2009.

 

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