Año 2010

Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo, Card. Jorge M. Bergoglio S.J. en la Misa de Nochebuena. 24 de diciembre de 2010 Iglesia Catedral de Buenos Aires (24/12/2010)

Homilía Del Sr. Arzobispo en la Misa de apertura de la  100 Asamblea de la Conferencia Episcopal (08/11/2010)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo de la Misa de sufragio del Dr. Néstor Kirchner (27/10/2010)

Conferencia del Sr. Arzobispo en la XIII Jornada  Arquidiocesana de Pastoral Social - HACIA UN BICENTENARIO  EN JUSTICIA Y SOLIDARIDAD 2010-2016  NOSOTROS COMO CIUDADANOS,  NOSOTROS COMO PUEBLO (16/10/2010)

Homilía del Sr. Arzobispo en la XXXVI Peregrinación Juvenil al Santuario de Luján (03/10/2010)

Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de la Arquidiócesis (21/08/2010)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano (07/08/2010)

Carta del Sr. Arzobispo al Dr. JUSTO CARBAJALES, Director del Departamento de Laicos, por la ley de matrimonio para personas del mismo sexo .

Desgrabación de la Homilía pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Estación Constitución con motivo de la Misa por las Víctimas de la Trata de Personas (12/07/2010)

 Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (05/06/2010)

Charla del Sr. Arzobispo al Clero de San Isidro "EL  SACERDOTE  EN  LA  CIUDAD a la luz del Documento de Aparecida" (18/05/2010)

CELEBRACIÓN DEL BICENTENARIO - LUJÁN, 8 DE MAYO DE 2010

Palabras del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Misa de inicio de la Asamblea Plenaria del Episcopado (19/04/2010)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires  Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación (14/04/2010)

Desgrabación de la Homilía de S.E.R. Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Vigilia Pascual (03/04/2010)

 Misa Crismal (01/04/2010)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en el atrio de la Basílica de San José de Flores con motivo de la Misa Arquidiocesana de Ramos (27/03/2010)

 

Conferencia del Sr. Arzobispo en la conmemoración del 25 aniversario del Seminario “La Encarnación” de la Ciudad de Resistencia.  La formación del presbítero hoy. Dimensiones intelectual, comunitaria, apostólica y espiritual. (25/03/2010)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo del Miércoles de Ceniza (17/02/2010)

Gesto Cuaresmal Solidario 2010 “Y porque somos sus colaboradores, los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios”. ( 2 Cor 6,2)

 Desgrabación de la homilía pronunciada por el Sr. Arzobispo en ocasión de la misa celebrada por las víctimas del terremoto en Haití

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Desgrabación de la homilía pronunciada por el Sr. Arzobispo

en ocasión de la misa celebrada por las víctimas del terremoto en Haití

 

Señor Embajador de la República de Haití Excelentísimo Raymond Mathieu, queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio hoy nos pone frente al primer milagro de Jesús. En esta escena tan alegre, como es la de un casamiento, la gente está entretenida, charlando, festejando, todo lo que se hace en una fiesta. Sin embargo, a escondidas había un problema. Nadie se daba cuenta pero faltaba el vino. Y ya las jarras se estaban acabando y no había con qué llenarlas. Qué papelón, qué problema.

La Virgen se acerca a Jesús y le dice: mirá el problema. Jesús primero le dice que no es el momento pero le hace caso. Creo que Ella lo había educado desde chiquito a mirar la vida de los demás preparando así su corazón humano para ser el hombre que comprende, acompaña, consuela todo dolor y todo problema humano. Y Jesús mira dónde está el problema. Es curioso, después, a lo largo de su vida, siempre encontramos en el Evangelio que Jesús mira a la vera del camino, a los que están al borde del camino, a los que se esconden por vergüenza o por miedo. Los que no se animan a estar con los demás porque tienen problemas o porque son leprosos o porque son ciegos o paralíticos, o son pecadores, son considerados como pecadores porque todos somos pecadores.

            Y Jesús siempre mira al borde del camino y los llama. Es propio de Jesús esa actitud de mirar a aquellos que están en los extremos en los momentos más duros de la existencia, al borde del camino de la existencia y llamarlos.

Y los ayuda, los cura, los consuela, los fortalece, los hace discípulos suyos. Esa actitud de mirar y acercarse, porque es mirar y acercarse a quien está pasando por problemas, Él nos la enseña a nosotros. En aquella parábola del buen samaritano Jesús no alaba al sacerdote que pasó y dio un rodeo para no mirar el problema en que estaba una persona, no alaba al escriba que pasó y dio un rodeo para no mirar a la persona que estaba allí. Sino alaba a quien se acerca a donde hay un problema y le dice a la gente que lo rodea: hagan ustedes lo mismo, acérquense  donde hay un hermano necesitado, acérquense donde hay un problema. Como la Virgen le señaló dónde había un problema, en el casamiento lo hizo acercar.

            ¿Y qué nos dice la Virgen, que le dice la Virgen a los que servían la fiesta y a nosotros? “Hagan todo lo que Él les diga.” Y Jesús nos dice: “acercate”. Donde hay una necesidad ahí hay una presencia mía escondida. Soy yo el que estoy sufriendo en esa necesidad, así nos dice el Señor.

Y hoy en esta misa escuchamos que la Virgen nos dice “hagan lo que Él les diga” y Él nos dice “acercate”. No te distraigas, no te hagas el distraído. Mirá a ese pueblo que está sufriendo, a esos hombres y mujeres haitianos, a esos ancianos, a esos niños. Tantos muertos, tantos heridos, tantos que están sufriendo despojados por este tremendo terremoto.

            No nos conformemos con leer las noticias del diario o ver por televisión alguna cosa. Acercá tu corazón allí.  “Estoy de vacaciones, no puedo…” Un corazón cristiano nunca está de vacaciones. Siempre está abierto al servicio allí donde hay una necesidad, porque sabe que donde hay una necesidad hay un derecho y este pueblo, por ser hermano nuestro, tiene derecho a nuestra atención.

            No sé, cada cual verá cómo acerca su corazón. Dejá alguna diversión, ponete en silencio en oración, hacé alguna penitencia para acompañar el dolor de tu pueblo, private de algo y dalo para que puedan tener alimento, medicina, lo que necesitan. Pero ese pueblo es nuestro hermano. Y mi hermano está allí al borde del camino de la existencia, mi hermano está sufriendo y no me puedo hacer el distraído.

            Le pedimos a la Virgen que se meta en nuestro corazón y haga lo que hizo ese día con Jesús:  “mirá, mirá el problema”. “Y a mí qué me va, yo no me meto”, parece que Jesús le decía y Ella lo empuja.

            Que nos empuje a hacer algo: oración, penitencia, limosna, despojo de algo que nos guste, que tengamos en favor de los demás.

            Con esa caridad que pasa por la mente, el corazón y toca el bolsillo. Miremos a la Virgen que nos mira a nosotros y nos dice “hagan todo lo que Él les dice”. ¿Y qué nos dice Jesús? No des un rodeo para no ver el problema, como hizo el sacerdote y el escriba de la parábola.

 Acercate. Es el dolor de tu hermano, es la llaga de tu hermano. Compartila y llorá con él.

Catedral Metropolitana

Domingo 17 de Enero de 2010

 

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

 

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Gesto cuaresmal solidario 2010 

“Y porque somos sus colaboradores, los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios”. ( 2 Cor 6,2)

Una de las cosas más desgastantes que nos  puede suceder es caer en las garras del acostumbramiento. Tanto a lo bueno como a lo malo. Cuando el esposo o  la esposa se acostumbra al cariño y a la familia, entonces se deja de valorar, de dar gracias y de cuidar delicadamente lo que se tiene. Cuando nos acostumbramos al regalo de la fe,  la vida cristiana se hace rutina, repetición,  no da sentido a la vida, deja de ser fermento. El acostumbramiento es un freno, un callo que aprisiona al corazón, vamos “tirando” y perdemos la capacidad de “mirar bien” y dar respuesta.

¡Estamos en riesgo!. Como sociedad poco a poco nos hemos acostumbrado a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de cada día; y lo que aún es peor, también nos acostumbramos a tocarla y a sentirla a nuestro alrededor sin que nos produzca nada o, a lo sumo, un comentario superficial y descomprometido. La llaga está en la calle, en el barrio, en nuestra casa, sin embargo, como ciegos y sordos convivimos con la violencia que mata, destruye familias y barrios, aviva guerras y conflictos en tantos lugares, y la miramos como una película más. El sufrimiento de tantos inocentes y pacíficos dejó de cachetearnos, el desprecio a los derechos de las  personas y de los pueblos, la  pobreza y la miseria, el imperio de la corrupción, de la droga asesina, de la prostitución obligada e infantil pasaron a ser moneda corriente, y pagamos sin pedir recibo aunque tarde o temprano se nos va a pasar la factura.

Todas estas realidades, y muchas más, no son mudas, nos gritan a cada uno de nosotros y nos hablan de nuestra limitación, de nuestra debilidad, de nuestro pecado… a pesar de que “nos hayamos acostumbrado”.

El acostumbramiento nos dice seductoramente que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que sin embargo sobrevivimos. Por el acostumbramiento, dejamos de resistirnos permitiendo que las cosas “sean lo que son”, o lo que algunos han decidido que “sean”.

La Cuaresma, providencialmente, viene a despabilarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, en nuestro andar por inercia.  Las palabras de Joel son una clara invitación: vuelvan a Dios. ¿Por qué? Porque algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, y necesitamos cambiar, dar un viraje, convertirnos. Sí es posible algo nuevo, sencillamente porque nuestro Dios fiel sigue siendo rico en bondad y misericordia y está siempre dispuesto a perdonar y empezar de nuevo.

Somos invitados a emprender un camino cuaresmal, un camino que incluye la cruz y la renuncia, camino de penitencia real y no superficial, de un ayuno de corazón y no por la ocasión - “Desgarren su corazón y no sus vestiduras” - (Joel 2, 12)

Un camino en el cual,  desafiando el acostumbramiento abramos bien los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón para dejarnos “descolocar” por lo que sucede a nuestro alrededor. Cuando miramos con hondura y no nos damos respuestas prearmadas, la vida de nuestros hermanos con sus angustias y esperanzas nos va descolocando y nos pone en un lugar distinto no exento de riesgos. Pero sólo así,  ahí, cuando su sufrimiento nos toque hiriéndonos y el sentimiento de impotencia se haga más profundo y nos duela, encontraremos nuestro camino real hacia la pascua. – “A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él”- (2 Cor 5,21)

Sólo como un signo de lo que debe ser nuestra actitud vital de discípulos a lo largo de todo el año se inscribe el gesto Solidario de Cuaresma que realizamos en la Arquidiócesis desde hace varios años. Entrenar el corazón para no mutilar nuestra capacidad de asombro y de dolor; para que la realidad no nos sea indiferente y podamos con gestos concretos experimentar que no “hemos recibido en vano la gracia de Dios”.

Así como  lo dije en la Misa por las víctimas del terremoto en Haití, le pedimos a la Virgen que se meta en nuestro corazón, nos señale tantos dolores y nos empuje a hacer oración, penitencia, limosna, despojo de algo que nos guste o que tengamos en favor de Jesús en los demás.

Y recemos unos por otros para que el ejercicio del amor al prójimo nos haga crecer en el amor a Dios, a quien buscamos desde nuestro corazón, a quien adoramos y con quien queremos encontrarnos.

Afectuosamente,                                  

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

Buenos Aires, 17 fe febrero de 2010

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.,

con motivo del Miércoles de Ceniza 

Llama la atención la bondad con que la Iglesia hoy golpea nuestro corazón. La ternura de madre: Volvé a Dios, dejate reconciliar con Dios, no endurezcás tu corazón, escuchá la voz del Señor. Mostrate como sos en la presencia de Dios: pecador… y vaciá tu corazón, hacé lugar para que entre el Señor. Nos habla como madre la Iglesia  y quiere que iniciemos este tiempo de Cuaresma con esa meta, caminar hacia el Señor. Al encuentro del Señor. Ese encuentro que se da en nuestro corazón. Y para eso nos dispone este tiempo: para limpiar nuestro corazón de todas esas cosas que distraigan a ese encuentro, que estorben  a ese encuentro.

            En el Evangelio Jesús nos dice: Miren, no se trata de maquillarse el alma sino de cambiarla… con la limosna… el ayuno… es decir, pensando en actitudes de servicio y de despojo… y con la oración, que es un pedido al Señor. Limosna, ayuno o penitencia y oración. Para hacer lugar en el alma y se produzca el encuentro con el Señor. Pero ojo! No hagan esto para aparentar porque el enemigo del cristiano es la hipocresía; Jesús nos quiere con el corazón abierto, El no puede encontrarse con actitudes hipócritas y por eso nos dice: -“Mirá, limpiá tu  corazón de malezas” -Y como Señor? -“Con la oración, la penitencia y la limosna”. Ah… pero cuesta! Y sí… es como arrancar malezas. Así el corazón se prepara para ese encuentro con el Señor.

Vuelvan a Dios, déjense reconciliar con Dios. No endurezcan su corazón, escuchen la voz del Señor. Hagan sitio en el corazón por medio de la oración, la penitencia y la limosna para que venga el Señor. Esa es la invitación de la Iglesia de hoy, al comenzar la Cuaresma; y la cenizas que nos impone la Iglesia nos recuerda la vanidad de toda otra cosa que no sea Jesús, el Señor.

Y nos vamos a acercar a recibir las cenizas con este deseo grande de volver al Señor, de convertirnos al Señor, de no endurecer el corazón, de escuchar la voz del Señor, de hacer sitio en el corazón para encontrarnos al Señor.

 

Buenos Aires, Miércoles 17 de febrero de 2010. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Conferencia del Sr. Arzobispo en la conmemoración del 25 aniversario del Seminario “La Encarnación” de la Ciudad de Resistencia.

 

La formación del presbítero hoy. Dimensiones intelectual,

comunitaria, apostólica y espiritual.

 1. Configurarse con Cristo Buen Pastor

            “Pastores dabo Vobis” nos introduce en la pregunta que hace al fondo de nuestro tema: “¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?” (PdV 10).

No perder la forma

Cuando uno termina de leer los puntos sobre las dificultades y las cosas que ayudan a formar hoy a los jóvenes con vocación (PdV 8 y 9), tiene la impresión de que las dificultades superan a las cosas a favor;  y estas dificultades para formar no sólo se han incrementado en estos 20 años sino que han afectado a los supuestos mismos de la formación. Ya no se trata de apuntalar éste o aquel valor, de despertar tal o cual ideal, de consolidar una u otra virtud, sino que el concepto mismo de formación está en cuestión. La pregunta es cómo “formar” en un medio cultural en el que lo valioso parece ser no precisamente las formas sino la vivencia de experiencias que transgreden las formas, que las mezclan, las disuelven y las transforman incesantemente. De lo que se trata, pues, expresado por medio de una negación, es de “no perder la forma”. No perder el principio vital capaz de configurar un corazón humano a imagen del corazón sacerdotal de Cristo.

 Formación supone proceso –un tiempo asumido como historia personal de salvación-, y el mundo actual vive en un tiempo “puntillar” (en cierta manera ahistórico), en el que todo se arma y se desarma cada tanto. Formación dice a identidad y a pertenencia y el nuestro es un mundo de pertenencias parciales e identidades múltiples. Si identificamos esta “licuefacción de las formas” como problema central para todo tipo de formación, el desafío irá por el lado de acompañar procesos, estando atentos a los momentos cruciales que hay que ayudar a sortear al formando, para que no sea arrastrado por la corriente (externa o interior) que disuelve las formas, de modo tal que la gracia vaya cuajando y el corazón le vaya tomando el gusto a la solidez de la forma. Solidez de esqueleto y no de caparazón, por supuesto.

Confianza en la gracia

La formación de los futuros pastores apunta a que “se configuren con Cristo Buen Pastor”[1] y esto implica un renovar la fe en que Cristo es el que “forma”, renovar la confianza en la gracia, con la certeza de que la forma sacerdotal no depende del mundo sino que es don del Espíritu, aceptado y cultivado con fidelidad. Esto vale para todos los tiempos, más allá de que la sociedad y el ambiente cultural en el que nos movamos tenga claro el concepto mismo de formación o éste se encuentre en crisis. Se trata pues, en primer lugar, de no perder la “forma”, de no perder la fe en la validez de la forma que Cristo imprime en los corazones de sus discípulos, no perder la esperanza en que esa forma tiene poder configurador eficaz que va modelando el corazón a imagen del Corazón del Buen Pastor, de no perder el amor y la alegría con que esa tarea de formación debe ser encarada[2].

 2. Discernimiento evangélico

            Esta manera de formular las cosas mediante una negación es fruto de un discernimiento evangélico, que siempre supone una elección y una renuncia. El desdibujamiento de los límites de la cultura actual hace necesario poner algunos “no”, que contengan el pensamiento y lo encaucen de manera positiva.

“Pastores dabo vobis” toma nota de que también los diagnósticos que hacemos se ven afectados por la disolución de las formas. Si nuestra mirada se guía sólo  por las luces de las ciencias –de la sicología y la sociología, p.ej. - se convierte en parte del problema. Por eso el Papa dice que se necesita ir a un nivel más profundo que el del mero conocimiento de la situación. Hay que ir a la interpretación de la situación y al “discernimiento evangélico”. El discernimiento evangélico  se funda en la confianza en el amor de Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida a su Iglesia (Ef 5, 29).

PdV se explaya en lo que significa “hacer un discernimiento evangélico”:

“No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la formación de los sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los factores positivos y constatar abiertamente los negativos. Se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y llevado a su plena verdad” (PdV 10).

Yendo más a fondo, PdV nos dice es que los datos no deben ser leídos asépticamente (como meros datos) sino dramáticamente, como un desafío a nuestra libertad responsable:

“El discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes y circunstancias no un simple «dato», que hay que registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un «deber», un reto a la libertad responsable, tanto de la persona como de la comunidad” (PdV 10).

El discernimiento evangélico se “alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo, que suscita por todas partes y en toda circunstancia la obediencia de la fe, el valor gozoso del seguimiento de Jesús, el don de la sabiduría que lo juzga todo y no es juzgada por nadie y se apoya en la fidelidad del Padre a sus promesas” (PdV 10)[3]. Con esta fe, es posible hablar de “formación sacerdotal”. Esta fe, esta adhesión de confianza total en el Señor es la cara positiva del discernimiento que implica no sólo sentir e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo sino, y esto es lo decisivo, elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo. Aquí radica la importancia de los “no”, que encauzan los “sí” y les permiten crecer y hacer un proceso en el que la pertenencia se va afianzando y  la identidad sacerdotal va tomando rasgos claros. 

Como vemos, el punto de partida es evangélico, espiritual, no sociológico ni psicológico.  Sociológica y psicológicamente no estamos en una buena época para “formar”, al menos tal como se venía formando secularmente. Pero si partimos de la convicción de que el Espíritu sigue suscitando vocaciones, entonces podemos “volver a echar las redes” en nombre del Señor, aunque haga mucho que no pescamos nada.

 Los “no” del discernimiento evangélico pueden verse en acción ya al comienzo de Pastores dabo Vobis. En los primeros párrafos se destacan tres “no” que enmarcan sólidamente la gracia de la Fe. Dice la Exhortación: “Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: «Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas» (Jer  23, 4)” (PdV 1).

“Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia” (PdV 1).

“Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar” (PdV 1).

El Señor no puede faltar a su promesa de no dejar a la Iglesia privada de los pastores sin los cuales no podría vivir ni realizar su misión. Este triple “no” asegura la confianza en que es posible formar bien a los sacerdotes en cualquier época y situación. A la luz de esta fe sugeriremos algunos puntos de referencia a tener en cuenta en la formación. 

 3. Los protagonistas de la formación sacerdotal

            Si prestamos atención a esta clave de lectura “dramática”, en sentido balthasariano, los protagonistas del drama se iluminan de manera especial, son más importantes que las dimensiones y los ambientes. 

Al tratar la “Formación de los candidatos al sacerdocio”, Pastores dabo vobis estructura su reflexión poniendo primero las “Dimensiones de la formación sacerdotal” –humana, espiritual, intelectual y pastoral-; segundo, los “Ambientes propios de la formación sacerdotal” y en tercer lugar, habla de los “Protagonistas de la formación sacerdotal”. Este último punto no lo desarrolla mucho en extensión; sin embargo resuena en él la profundidad mayor de la Exhortación. El Papa Juan Pablo solía poner lo central de su pensamiento precisamente en el centro de sus escritos. Pues bien, en el corazón del esquema de Pastores dabo Vobis  se encuentra el punto 33 –“Renueva en sus corazones el espíritu de santidad” - en el cual se señala como “el gran protagonista” de la vida espiritual sacerdotal al mismo Espíritu Santo:

“Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida espiritual. El crea el «corazón nuevo», lo anima y lo guía con la «ley nueva» de la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del don infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las dificultades, en las tentaciones, en las debilidades con que puede encontrarse en el camino espiritual” (PdV 33). 

“La conciencia del don”, de lo que el sacerdote es por gracia, está en el núcleo de la vocación, de la formación y de la vida sacerdotal. Esta conciencia carismática –no sicológica ni moral- es a la vez don gratuito y mandato de responsabilidad. A acoger este don, a incrementar la conciencia que de él se tiene y colaborar para que dé frutos que permanezcan, debe apuntar todo lo que se haga en la formación[4]. Esta conciencia es la que nos hace, gracias al Espíritu, “co-protagonistas” del único Sacerdote, Jesucristo. 

Por lo tanto, será clave en la formación todo lo que despierte, clarifique y consolide esta conciencia de lo que somos por gracia. Esto supone un “no” a todo lo que ponga entre paréntesis la gracia, a todo lo que la relativice, a todo lo que la someta al juicio y a los métodos de las ciencias humanas, las cuales, cuando no se utilizan con mucha discreción, si bien suelen ayudar en puntos secundarios, debilitan la gracia principal.  

Dar importancia central a las personas como protagonistas de la formación supone también un “no” al anonimato de una estructura funcionalista que forme por inercia. En una cultura en que los ambientes de la formación están expuestos a todo tipo de invasión virtual y dadas las dificultades para que las dimensiones de la formación puedan llevarse adelante mediante un proceso previsible y progresivo (primero una sólida formación humana, luego una formación intelectual para luego salir al apostolado…), adquieren un valor insustituible los protagonistas de la formación. Protagonistas que, como dijimos, son co-protagonistas, ya que el Espíritu es el Protagonista principal. Esto ya nos está diciendo que, entre las así llamadas dimensiones de la formación, la primacía la tendrá la dimensión espiritual, que es la que abre las demás a la conducción del Espíritu que profundiza la santidad personal al mismo tiempo que impulsa a la misión universal.  

4. Las dimensiones de la formación[5]

4.1. Primacía de la dimensión espiritual (“no” a la relativización cientificista)

 Jesús vino a formar en Persona

            En esta época los referentes personales, que viven y actúan como comunidad formadora, son insustituibles. Como dice un proverbio africano que “para formar a un niño hace falta una Aldea” y, decimos nosotros, para formar a un seminarista hace falta la Iglesia entera. Esto es una gracia profundamente cristiana. No hay estructura que forme automáticamente; se requieren personas. Y en el Cristianismo todo es una cuestión personal. Jesús vino en persona a formar a sus discípulos. Vino a comunicarnos personalmente el Espíritu de una  ley que por sí sola no bastaba. Más bien, como dirá Pablo, se había convertido en ocasión de pecado. ¿Por qué desilusionarnos entonces si vemos que para formar sacerdotes necesitamos dedicar a nuestros mejores sacerdotes, para que “estén con los seminaristas”, vivan con ellos, los acompañen y los hagan partícipes de su vida apostólica?

“Estar con El”

El capítulo V de PdV, si bien comienza con las dimensiones de la formación, lleva como título: “Instituyó doce para que estuvieran con él”.

El “estar con El” se refracta en las cuatro dimensiones de la formación: es un estar “espiritual”, que integra la dimensión intelectual y afectiva (personal y comunitaria) y que se proyecta apostólicamente.

En una reciente Audiencia General, el Papa reafirma esta intuición de PdV hablando de la formación como tiempo de “estar con él”. Entre el llamado y la misión, Marcos habla de “estar con Jesús”.

También hoy se experimenta la necesidad de que los sacerdotes den testimonio de la misericordia infinita de Dios con una vida totalmente "conquistada" por Cristo, y aprendan esto desde los años de su formación en los seminarios. Los cimientos puestos en la formación del seminario constituyen el insustituible "humus spirituale" en el que se puede "aprender a Cristo", dejándose configurar progresivamente a él, único Sumo Sacerdote y Buen Pastor. Por lo tanto, el tiempo del seminario se debe ver como la actualización del momento en el que el Señor Jesús, después de llamar a los Apóstoles y antes de enviarlos a predicar, les pide que estén con él (cf. Mc 3, 14). Cuando san Marcos narra la vocación de los doce Apóstoles, nos dice que Jesús tenía un doble objetivo: el primero era que estuvieran con él; y el segundo, enviarlos a predicar. Pero yendo siempre con él, realmente anuncian a Cristo y llevan la realidad del Evangelio al mundo” (Benedicto XVI , San Juan Eudes y la formación del clero, Audiencia Gral 19 de Agosto 2009). 

Qué iluminador discernimiento espiritual de lo que constituye el “humus spirituale” de la formación: “actualización del momento en que el Señor hace que los suyos ‘estén con Él’”: tiempo de formación, entre la vocación y la misión. En ese “estar con la Persona de Jesús” se juega la calidad y el poder formativo de lo que llamamos “dimensiones” -espiritual, comunitaria, intelectual y pastoral- de la formación. 

Así pues, este es el sencillo discernimiento que hacemos: Así como Jesús vino a formar personalmente, ahora, para formar a nuestros jóvenes, hacen falta sacerdotes que entreguen su vida entera a la tarea de “estar con ellos”. No se puede formar “part time”, ni individualmente: hace falta una comunidad formadora a tiempo pleno, en la que los formadores vivan con los formandos y viceversa, integrándolos a la comunidad, al estudio y a la tarea pastoral. El modo de vivir el tiempo de nuestros jóvenes, exige que todas las dimensiones estén presentes al mismo tiempo, y moderar esto sólo lo puede hacer una comunidad de gente madura y formada que puede hacer de interlocutor directo y cotidiano a los cuestionamientos que se van suscitando en los jóvenes. El tiempo virtual toca zonas reales del corazón de los jóvenes que necesitan ser atendidas en tiempo real. Así como se licuan los valores, también los problemas. Por tanto no se trata de tener respuesta para todo, pero sí estar presentes para lo que se necesita cada día. Se tratará de una formación más “eucarística” y más “providencialista”. Más fijada en el día a día y más esperanzada en el futuro escatológico[6], sin tanto poder de control sobre el mediano plazo. Lo cual puede ser muy esperanzador, evangélicamente mirado. Se tratará de una formación abierta a la conducción del Espíritu: “Es el Espíritu quien nos da la iluminación superior para discernir los signos de los tiempos que permiten formar sacerdotes para el mundo de hoy” (PdV 5).

Formación espiritual

Como vemos, la dimensión espiritual es decisiva desde el comienzo y en cada momento de la formación. Como dice Aparecida: “Ya, desde el principio, los discípulos habían sido formados por Jesús en el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 2); el Espíritu es, en la Iglesia, el Maestro interior que conduce al conocimiento de la verdad total, formando discípulos y misioneros” (Ap 152).

Los “contenidos” de la vida espiritual están magistralmente señalados en el nº 8 de la Optatam Totius, que PdV medita prolijamente. Se trata de buscar a Jesús en la Oración, en los Sacramentos y de buscarlo en los hombres (PdV 49).

“¿Qué significa, en la vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde encontrarlo? «Maestro, ¿dónde vives?» El decreto conciliar Optatam totius parece indicar un triple camino: la meditación fiel de la palabra de Dios, la participación activa en los sagrados misterios de la Iglesia, el servicio de la caridad a los «más pequeños». Se trata de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan ulteriormente el contenido de la formación espiritual del candidato al sacerdocio” (PdV 46). 

Pero el problema es más de odres nuevos que de vino nuevo, más de recipiente que de contenido. La que está agujerada es la conciencia espiritual. Relativizada como dependiente del paradigma de moda, viviseccionada con los métodos de introspección sicológica, cuantificada estadísticamente, sospechada de “espiritualismo ingenuo”… 

Creo que la intuición de Aparecida con su fórmula bi-polar “discípulos misioneros” crea un ámbito de tensión sana en el que se puede formar el corazón y la conciencia sacerdotal sin que la gracia se disperse ni se ahogue. Es el mismo Espíritu el que nos hace “estar con Jesús” y  “salir a apacentar” al pueblo fiel y a predicar a todas las naciones. Es el mismo Espíritu el que nos forma como discípulos misioneros. Al decir “espiritual” decimos santidad personal y misión universal. La vida espiritual es “vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad” (PdV 19). El don espiritual del sacerdocio abre al sacerdote a la misión universal de la Iglesia (PdV 18).

La doble referencia, hacia el interior y el exterior, hacia lo más personal y lo más comunitario, hacia Dios y hacia los hombres, tensiona el corazón y la mente de manera tal que hace madurar al formando de manera integral, con una Vida plena. Esto es lo que significa “configurarse con Cristo Cabeza y Pastor” y “obrar In Persona Christi como instrumentos suyos, en servicio del pueblo fiel de Dios animados por la Caridad pastoral que implica el Don total de sí” (PdV 22). En esta matriz formativa –discípulos misioneros- se forja esa “Espiritualidad concreta que ama a la Iglesia universal en la particular” (PdV 23); la “Consagración y la misión están unificadas por el sello del Espíritu” (PdV 24); y se conjugan la gracia y la libertad responsable (PdV 25).

4.2. Una formación apostólica apacentadora (“no” a la impaciencia funcionalista)

            Inmediatamente luego de hablar de la primacía de lo espiritual, como lo que da la “forma” específica a las otras dimensiones, paso a considerar la dimensión apostólica, que obra en la formación a manera de causa final[7]

“Todos los aspectos de la formación, el espiritual, el intelectual y el disciplinar, han de ordenarse conjuntamente a este fin pastoral: a que se formen verdaderos pastores de almas, a imagen de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor (Optatam Totius 4).

En el mismo sentido nos dice Aparecida:

“Es necesario un proyecto formativo del Seminario que ofrezca a los seminaristas un verdadero proceso integral: humano, espiritual, intelectual y pastoral, centrado en Jesucristo Buen Pastor” (Ap 319). 

La imagen del Buen Pastor es, pues, el analogatum princeps de toda la formación. Al hablar del fin pastoral como fin último, tanto el Concilio como Aparecida están entendiendo “pastoral” en sentido eminente, no en cuanto se distingue de otros aspectos de la formación sino en cuanto los incluye a todos. Los incluye en la Caridad del Buen Pastor, dado que la Caridad “es la forma de todas las virtudes”, como dice Santo Tomás siguiendo a San Ambrosio[8].  Y como dice Agustín: “Sit amoris officium pascere dominicum gregem” (PdV 24). 

Esto significa que la dimensión apostólica no es una acción externa, no es un trabajo de gestión del reino, sino que es ayudar a que Cristo se forme en los otros como se ha formado en el sacerdote. Esto supone una formación permanente, en la que siempre somos discípulos misioneros ya que, al mismo tiempo que nos configuramos con Cristo Buen Pastor como discípulos, nos volvemos capaces de ir comunicando esa forma como misioneros. Este sentido fuerte de formación es el que expresa Pablo  cuando dice: “Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en ustedes” (Gal 4, 19). 

Una formación apostólica apacentadora

Podemos sintetizar estas cualidades que menciona Aparecida hablando de una “formación apostólica apacentadora”[9]. Sacerdotes que se formen para apacentar. Apacentar nos habla de fortaleza y paciencia, de buen humor, de constancia, de ternura y compasión. Apacentar requiere tiempo, acompañamiento de procesos, tarea cotidiana de madre que nutre y de padre que abre caminos y conduce.

Formar para apacentar requiere que el que se prepara para el sacerdocio esté de entrada en contacto con el Pueblo fiel de Dios. Respetando los tiempos principales que debe dedicar a su propia formación –especialmente el tiempo que lleva el estudio como tarea específica- el formando necesita nutrirse de la vida parroquial de la gente. El sacerdocio es para el pueblo de Dios y el pueblo de Dios sabe acoger y formar a los que serán sus pastores. El pueblo enseña a apacentar apacentando a los jóvenes que comparten su vida parroquial mientras estudian. 

La formación apostólica, por tanto, requiere que se discierna bien el lugar donde se formará el pastor. Tiene que ser lugar real de pastoreo. Lugar de contacto con el rebaño entero, no lugares demasiado selectos para que no se termine formando un peinador de ovejas, ni lugares demasiado expuestos y demandantes, que no dejan tiempo para “estar con el Señor” y para la misión principal del estudio. Es bueno que cada formando vaya viendo algún aspecto especial para el cual se siente llamado, pero ese apostolado especial debe estar en relación fuerte y constante con el apostolado común, el de apacentar a todos en conjunto apacentando al que venga: niños, ancianos, jóvenes, familias…  

¿Cuál sería el “no” que consolida esta virtud apacentadora que discernimos como central dentro de la dimensión apostólica? El “no” es no a la impaciencia funcionalista. Nuestro mundo se caracteriza por la “impaciencia del tener”. Las cosas tecnológicas “impacientan”, el dinero “impacienta”, las estadísticas “impacientan”. Y no con “la divina impaciencia” del celo apostólico, que transmite la paz al rostro y la dulzura al corazón de aquel que está inquieto por ganar corazones para Cristo. La impaciencia del mundo endurece el rostro y agría el corazón. Al apacentar del Buen Pastor se opone la impaciencia del “clérigo de estado”, del funcionario, del mercenario.  

Formar el corazón en esta virtud apacentadora requiere que los formandos tengan tareas pastorales en las que el mismo pueblo fiel de Dios los vaya apacentando a ellos. Tareas de largo aliento (integración a una comunidad parroquial), de contacto con procesos (catecismo a los niños, acompañamiento de jóvenes –retiros y campamentos…-), tareas gratuitas y no cuantificables (comunión a los enfermos, visitas a los ancianos…). Menos trabajo de computadora (en la que uno es “omnipotente”) y más trabajo con las almas (en el que somos siempre “servidores inútiles”). 

4.3. Carácter mariano de la formación afectivo-comunitaria (“no” a la dureza farisaica)

            Para hablar de la formación en la vida comunitaria, en la que se juega la formación afectiva y la relación interpersonal, me gustaría citar un texto del Papa sobre la relación del Sacerdote con María: el Papa destaca que Juan la recibió “en la profundidad íntima de su ser”, introduciendo a María en el dinamismo de la propia existencia y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado.

“Jesús dice a María: ‘Madre, ahí tienes a tu hijo’ (Jn 19, 26). Es una especie de testamento: encomienda a su Madre al cuidado del hijo, del discípulo. Pero también dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’ (Jn 19, 27). El Evangelio nos dice que desde ese momento san Juan, el hijo predilecto, acogió a la madre María "en su casa". Así dice la traducción italiana, pero el texto griego es mucho más profundo, mucho más rico. Podríamos traducir: acogió a María en lo íntimo de su vida, de su ser, «eis tà ìdia», en la profundidad de su ser. Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia —no es algo exterior— y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado. Me parece que se comprende, por lo tanto, que la peculiar relación de maternidad que existe entre María y los presbíteros es la fuente primaria, el motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” (Benedicto XVI, María Madre de los sacerdotes, Audiencia Gral Miércoles 12 de agosto de 2009). 

Es mucho lo que hay escrito y lo que puede decirse de la vida comunitaria del sacerdote. Pero este punto mariano está en el centro, es el corazón que nuclea todo los aspectos de la comunidad. Recibiendo a María en su casa, en lo íntimo de su vida, el sacerdote-discípulo, a imagen del discípulo amado, centra su vida comunitaria en la que sintetiza en su persona todo lo que es la Iglesia. María armoniza todos los aspectos de la vida comunitaria: la vida de la sagrada familia en Nazareth y la vida de la comunidad apostólica en Pentecostés. El sello mariano permite pasar de la pequeña comunidad a la comunidad grande del pueblo fiel sin reduccionismos intimistas ni dispersión funcionalista. En María todo es personal y comunitario en un dinamismo en el que cada dimensión se enriquece con la otra. En María la alabanza y el servicio se alimentan mutuamente como vemos que sucede en la Visitación. La relación íntima y única con su Hijo no se opone a una relación de discípula común al lado de los demás discípulos. Todos nos centramos en Ella y Ella se descentra en todos sin ruido ni competencia. 

En María se armonizan todos los aspectos de un alma eclesial: ella es hija, esposa, madre y amiga. Abuela siempre joven, joven siempre madura.

Lo mariano será el criterio de discernimiento para evaluar la calidad de vida afectiva, personal y comunitaria, de los formandos. María abierta a todos y a la vez sellada sólo para Dios. María esposa y madre en su pequeña familia y corazón de la Iglesia, esposa y madre universal. 

¿Cuál sería el “no” que consolida este carácter mariano de la dimensión comunitaria?  Evidentemente, un “no” a María nos sacaría de una formación católica y es difícil que un sacerdote o un formando excluya explícitamente lo mariano de su vida. Pero puede hacer bien expresar enfáticamente un “no” a todo lo que ponga a María en un lugar meramente decorativo, por decirlo de alguna manera. “No” a todo lo que la aparte de estar en el centro de la formación sacerdotal[10]. El carácter mariano de la Iglesia es lo que tensiona fecundamente al carácter petrino, impidiendo que se fariseíse y se endurezca. La dimensión mariana hace que la dimensión espiritual tome carne y la dimensión pastoral no pierda la ternura.

4.4. Discreta solidez de la formación intelectual (“no” al sincretismo)

            La dimensión intelectual y el aspecto académico de la formación ya lo desrrollé en otro artículo[11], algunos de cuyos temas sintetizo ahora. Allí se hacía hincapié en la doctrina sólida que deben tener y comunicar los formadores que:

“Han de elegirse de entre los mejores y han de prepararse diligentemente con doctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una singular formación espiritual y pedagógica (Optatam Totius 5). 

La solidez de la que hablo es una propiedad trascendental de la Verdad. Doctrina sólida del Buen Pastor es la que alimenta a sus ovejas con manjar sólido, con Palabras de Vida eterna. Dentro de la mentalidad hebrea, la verdad es “emeth”, que significa ser sólido, seguro, fiel, digno de fe. La verdad de Cristo no gira en primer lugar en torno a la “revelación” o “desocultamiento” intelectual, más propio de la mentalidad griega, sino más bien en torno a la adhesión de la fe; una adhesión a la Persona de Cristo que implica todo nuestro ser –corazón, mente y alma-. Esta solidez es apertura al misterio de Cristo, apertura fiel, firme y permanente a la verdad siempre mayor del Misterio íntegro de Cristo, del que fluye la vida plena. 

No se trata, pues, para nada de cierta rigidez doctrinal que parece cerrar filas sólo para defenderse a sí misma y puede terminar excluyendo a los hombres de la vida. Es lo que el Señor les reprocha a los fariseos cuando les dice: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas (…) guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello” (Mt 23, 23-24). Muy por el contrario, la solidez que buscamos para nuestros sacerdotes es una solidez humana y cristiana que abra las mentes a Dios y a los hombres.  

La solidez de la Palabra proviene del juego constante que se da en el corazón del discípulo misionero entre la interiorización y la puesta en práctica de lo revelado. Si no se pone en práctica, la palabra no se consolida –es como casa edificada sobre arena-. Lo paradójico es que la solidez se juega en el riesgo, en negociar el talento, en el salir de sí hacia las periferias existenciales… No es la solidez del museo ni de la auto-preservación. Por ello es que resulta imprescindible que la formación académica tenga la dimensión de bajada, de siembra y de fermento de la realidad y que suba desde ella con la cosecha de todo lo humano que puede ser elevado y perfeccionado por la gracia. 

En la solidez de la formación humanística y filosófica es quizás donde se encuentra el nudo del problema de la formación actual: el contacto con la realidad, como evangelización de la cultura e inculturación del evangelio, requiere un trabajo de discernimiento sólido. Contra la tentación del mundo actual de “sincretismos” de todo tipo, que se van por las ramas en cuestiones disputadas estériles o mezclan saberes inmezclables, la solidez de la formación de los pastores debe apuntar a la “discreción” espiritual, que sabe probar todo y quedarse con lo bueno. 

El “no” que consolida la formación intelectual es un “no” al sincretismo. “Discretio” vs “sincretismo”, como dice E. Przywara[12]: allí donde el “syn” del sincretismo es confusión de elementos incompatibles e irreconciliables, el “dis” de la discreción pone separación y claridad”. Formación sólida implica “caridad discreta”,  discreción del Buen Pastor que sabe llevar a sus ovejas a los pastos abundantes y a las fuentes de agua viva al mismo tiempo que las defiende del lobo y de los falsos pastores. 

Conclusión 

            Quisiera concluir con ese texto tan hermoso de Aparecida en el que describe el corazón sacerdotal configurado con el Corazón del Buen Pastor desde la perspectiva de los anhelos del Pueblo fiel de Dios:

“El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros; movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación. Todo esto requiere que las diócesis y las Conferencias Episcopales desarrollen una pastoral presbiteral que privilegie la espiritualidad específica y la formación permanente e integral de los sacerdotes. La Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis enfatiza que: ‘La formación permanente, precisamente porque es «permanente», debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se les confíen’[13]” (Ap 199-200).

Formación permanente quiere decir “no perder la forma”. Conservar e incrementar esa forma vital –Vida Plena-  con la que el Espíritu configura el corazón sacerdotal a imagen del Corazón de Cristo, Buen Pastor. No dejar que se disuelva ni que se mezcle (sincretismo). No dejar que quede relativizada entre los paréntesis de la ciencia. Cincelarla a mano, sabiendo que formar es tarea personal, no fruto de ninguna estructura anónima y que funcione automáticamente. No perder la forma apacentadora por impaciencia. No permitir que se endurezca farisaicamente. No perder la forma sólida de la doctrina que da vida ni por indiscreción ni por infidelidad. Que el Señor nos conceda permanecer en esta forma y comunicarla a los demás.   

Resistencia, 25 de marzo de 2010 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 


[1]Es necesario un proyecto formativo del Seminario que ofrezca a los seminaristas un verdadero proceso integral: humano, espiritual, intelectual y pastoral, centrado en Jesucristo Buen Pastor. Es fundamental que, durante los años de formación, los seminaristas sean auténticos discípulos, llegando a realizar un verdadero encuentro personal con Jesucristo en la oración con la Palabra, para que establezcan con Él relaciones de amistad y amor, asegurando un auténtico proceso de iniciación espiritual” (Ap 319).

[2]El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz. El Señor despertaba las aspiraciones profundas de sus discípulos y los atraía a sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo, a quien reconoce como el maestro que lo conduce y acompaña” (Ap 277).

[3] Cfr. Homilía de Benedicto XVI el 13 de Mayo de 2007 en la Explanada de Aparecida, donde propone “el discernimiento comunitario” como “método con que se actúa en la Iglesia tanto en las pequeñas asambleas como en las grandes”.

[4] “Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro” (Ap 145).

[5] Cfr. Aparecida 280.

[6] El futuro y la alegría de la Eucaristía apuntan también a lo espiritual: lo escatológico adelantado en la Eucaristía es fuente de alegría. El sacerdote es el hombre del futuro: es aquel que se ha tomado en serio las palabras de san Pablo: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba" (Col 3, 1). Videomensaje del santo Padre Benedicto XVI al retiro sacerdotal internacional en Ars, 28 de septiembre de 2009. 

[7] Lo dos párrafos que siguen están tomados de J. M. Bergoglio, Significado e importancia de la formación académica, Ponencia del Sr. Arzobispo en la Plenaria de la Pontificia, Comisión para América Latina, Roma, 18/02/2009. Publicado en Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Buenos Aires. febrero-marzo 2009. pp 51 ss

[8] “... Ambrosius dicit, quod caritas est forma et mater virtutum”  (S.T., De Virtutibus 2, 3 sed contra); “Caritas dicitur forma omnium virtutum, in quantum scilicet omnes actus omnium virtutum ordinantur in summum bonum amatum” (corpus).

[9] “Reunida y alimentada por la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y se manifiesta en cada Iglesia particular, en comunión con el Obispo de Roma. Esta es, como lo afirma el Concilio, ‘una porción del pueblo de Dios confiada a un obispo para que la apaciente con su presbiterio’” (Ap 165).

[10] “Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia. Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una sólida y tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la imitación de sus virtudes y con la oración frecuente” (PdV 82).

[11] J. M. Bergoglio, Significado e importancia de la formación académica… (Cfr. nota 7).

[12] E. Przywara, Criterios católicos, San Sebastián, 1962, págs. 103 ss.

[13] PDV 76

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.,

pronunciada en el atrio de la Basílica de San José de Flores

con motivo de la Misa Arquidiocesana de Ramos            

            La Oración al comienzo de la misa la dirigíamos a Dios, al Padre y le decíamos: “Tú que nos has mostrado la humildad de tu Hijo”. Jesucristo es el camino de la humildad de Dios, de la humillación de Dios. Se abajó. Siendo Dios se abajó a ser uno como nosotros. No sólo compartió nuestra vida sino que cargó nuestros pecados para vencer la muerte del pecado con su muerte y resurrección. Y hoy, Domingo de Ramos, que un poco hay algo de festivo pero con un horizonte negro del destino que le espera al Señor, como acabamos de escuchar en la Lectura de la Pasión, lo vemos entrar montado en un burro, la gente contenta porque lo quería mucho porque se pasó haciendo el bien, enseñando y sanando a todos. Pero ya se estaba tejiendo toda la trama para su humillación definitiva.

            Jesús entra en Jerusalén. Pero podemos decir que entra en paciencia. Entra a padecer. No va a abrir la boca. Dicen “como cordero llevado al matadero”. Calla. Mansedumbre total mientras el demonio manda a todos los suyos para cometer las atrocidades mas grandes: la mentira, la calumnia, la injusticia de un juicio en el que se lavan las manos… y bueno, que el delincuente quede suelto y al justo lo condenamos. Era cuestión de no perder el puesto: es sacrificado a las ambiciones de un gobernador. Las burlas… le escupen en la cara… una noche torturado en un calabozo… los latigazos… la corona de espinas y después… llevar el palo de la cruz. Y Jesús seguía en paciencia. Es nuestro Dios, el Señor de la Paciencia. Nuestro Dios que vino para hacerse paciente por mis pecados, para salvarme a mí. Cada uno de nosotros, con toda verdad, hoy puede decir que no le es indiferente a Jesús. Jesús se involucró en la vida de cada uno de nosotros! No con la vida de todos nosotros al voleo! Sino de cada uno con nombre y apellido! Jesús sabe lo que me pasa a mí! Jesús sabe lo que pasa en tu corazón! Y en el de cada uno de ustedes… Jesús pagó por mí! Y por cada uno de ustedes…

            Jesús entro en paciencia. Y nosotros cómo nos impacientamos… con que soberbia a veces pretendemos que se nos trate como justos cuando al justo se lo trató como pecador. Les propongo que en esta Semana miremos al Señor, a ese Señor de la paciencia, a ese Señor que me tuvo paciencia! Que me tiene paciencia! Y que todos los años me hace celebrar la Semana Santa y la Pascua; me espera cada año y me sigue esperando. Miremos a Jesús que más que a Jerusalén entra en paciencia a padecer.

            Que cada uno reaccione frente a ese Jesús según lo que siente. Es difícil el camino de estar en paciencia con Jesús. Es difícil contemplarlo con esa paciencia que me tiene. Miren, no olvidemos que en la vida cristiana, cuando tenemos que andar un camino seguro, hay una sola mano: agarrate de la mano de la Madre. Ella lo acompañó en este camino del Calvario y se quedó al pie de la Cruz. Agarrate fuerte de la mano de María y pedile: “Madre, enséñanos a contemplar cómo tu Hijo entra en paciencia por mí”. Y ella, si se lo pedimos, nos dará esa gracia.      

Buenos Aires, sábado 27 de marzo de 2010.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción

 1.-  Queridos hermanos sacerdotes: el año pasado en esta misma Eucaristía, reflexionamos acerca del Fin del ministerio sacerdotal: “ungidos para ungir”. El sacerdocio es para el Pueblo fiel, para todos los hombres que necesitan ser ungidos con la misericordia y la caridad de nuestro Padre Dios. Necesitamos de esa unción del Espíritu que nos hace acompañar al pueblo de Dios en la confesión de Jesucristo como nuestro único Salvador y Señor, y lo necesitamos  de manera muy especial en estos tiempos de tanta pobreza material y de tanto asedio a la fe.  

            Hoy quiero invitarlos a contemplar la Fuente de la que brota la Unción, a poner los ojos en el Espíritu que reposa sobre Cristo Sacerdote, Espíritu de Santidad en el cual fuimos consagrados por la unción sacerdotal.  Contemplamos al Padre, Fuente de toda santidad, que envía al Espíritu sobre su Hijo amado. El Espíritu impregna con el sello de la Unción la Cabeza, el Corazón y las Manos de Jesucristo y lo consagra Sacerdote para siempre. En esa misma Fuente tiene su origen nuestro ministerio sacerdotal. El mismo Espíritu que ungió al Señor nos ha consagrado a nosotros sacerdotes por la unción.

            Ponemos los ojos de la fe en Cristo Ungido por el Espíritu, en Cristo Pastor pastoreado por el Espíritu, en Cristo Conductor conducido por el Espíritu que el Padre hace descender sobre Él y que lo acompaña a lo largo de toda su vida, ungiendo todas sus acciones y a los que Él elige para enviar.   

2.  Este Espíritu que está sobre el Señor y al cual Él obedece dejándose conducir, está también sobre nosotros, guiándonos y conduciéndonos internamente.  No es la carne ni la sangre lo que guía nuestro caminar de pastores. No es la prudencia humana ni el interés propio lo que nos mueve a ir de aquí para allá. El Espíritu es quien  inspira nuestras acciones y lo hace para alabanza y gloria del Padre y para el bien del pueblo fiel de Dios. 

            Este Espíritu imprimió carácter en nuestro espíritu cuando el Obispo nos impuso las manos y rezó pidiendo: “renueva en sus corazones el Espíritu de Santidad”. Con Él nos unimos en cada Eucaristía cuando extendemos nuestras manos sobre la ofrenda de pan y de vino y decimos al Padre Santo, fuente de toda santidad: “te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu”.  A este Espíritu invocamos para que a través nuestro comunique la gracia del Bautismo a los niños, perdone los pecados de los que se confiesan y unja el sufrimiento de los enfermos. 

3.  Con Cristo, por El y en El podemos repetir: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”.  

            Consuela salmodiar estas palabras, como salmo de la fe, poniendo la atención en la fuente de la gracia y no sólo en el fin. Cuando miramos a aquellos a quienes somos enviados, si bien consuela todo el bien que reciben por nuestro ministerio, lo que prima es la fatiga pastoral: la mies es mucha y los obreros somos pocos. El bien siempre está por hacer, siempre falta más, siempre se nos presenta la Cruz en el horizonte del trabajo cotidiano. Al mirar, en cambio, a la fuente de donde proviene la gracia del ministerio, al mirar al Donante más que a los destinatarios del don, brota gratuito y sobreabundante el Consuelo. No se agota el Agua viva de la fuente a la que acudimos por agua, no se apaga el Fuego de su Amor ni se extingue el Soplo de sus inspiraciones que iluminan la mente y ponen en movimiento evangélico nuestros pies y nuestras manos. 

4.  ¿De dónde proviene la energía infatigable de los Apóstoles, de los santos y de los mártires? ¿Dónde se alimenta su celo apostólico y su paciencia inagotable para sufrirlo todo y esperarlo todo? Brotan de la Paciencia y de la Mansedumbre de Cristo, forma distintiva de su sacerdocio santo, ajeno a todo cansancio malo, a toda agresión y a toda crispación. ¿Y dónde se alimenta esta dulzura pastoral de Cristo, esta prautes, esta hypomoné, que se contagia a sus sacerdotes apenas le tendemos la mano, apenas nos recostamos en su Costado al inclinarnos un poco para consagrar? La paciencia, la dulzura, la mansedumbre y el aguante sacerdotal se alimentan del Espíritu y de su Unción. Ungimos cuando nos dejamos Ungir por el Espíritu de Cristo manso y humilde de Corazón, cuando nos sumergimos en Él y dejamos impregnar nuestras heridas pastorales, las que cansaron nuestras mentes y estresaron nuestros nervios. 

            Estamos llamados a ser piedras, es verdad. Pero piedras ungidas. Duros como la piedra por fuera, para edificar y sostener, para proteger al rebaño y cobijarlo, pero no duros ni crispados por dentro. Por dentro el sacerdote tiene que ser  como el aceite en el frasco, como el fuego en la antorcha, como el viento en las velas, como la miga del pan.

            Para ungir debemos buscar diligentemente y recibir con prolijidad la Unción del Espíritu en todos los rincones de nuestra alma, para que la gracia llegue a lo hondo,  sobreabunde y pueda derramarse en los demás.

            Somos pobres sacerdotes en el Gran Sacerdote, pequeños pastorcitos en el Gran Pastor, la gracia que pasa a través de nuestros labios y de nuestras manos es infinitamente mayor de lo que podemos imaginar y el aceite de la Unción es lo que nos hace buenos conductores. Conductores conducidos. 

5. La señal de ser conductores conducidos es el crecimiento en la mansedumbre sacerdotal. La unción comporta la apropiación mansa que el Espíritu va haciendo de todo nuestro ser para ungir a los demás. Tenemos la imagen linda de esta gracia en los “Cristos de la Paciencia” que tanto quiere nuestro Pueblo. Nuestro Pueblo fiel está cansado de un mundo que agrede, que enfrenta a hermanos contra hermanos, que destruye y calumnia. Nuestro pueblo no quiere sacerdotes crispados. Y la crispación viene de pretender controlar el propio poder. Precisamente lo contrario del saberse-conducido propio del buen pastor. Nuestro pueblo fiel nos pide paciencia y mansedumbre

            La mansedumbre sacerdotal es propia del corazón que se sabe guiado y conducido: “tu vara y tu cayado me sosiegan”. La mansedumbre y la paciencia sacerdotal son propias del corazón que se sabe bendecido, defendido, consolado, enviado en medio de su pueblo para hacer Alianza, ungido por el mismo Espíritu que ungió al Hijo predilecto, al único Sacerdote y Buen Pastor de las ovejas. 

            Cercanos ya a concluir este Año Sacerdotal, que el mejor homenaje a nuestro sacerdocio para los demás sea dejar que el Espíritu renueve en lo más íntimo de nuestra alma la unción, plena y sobreabundantemente, de manera tal que sin apartar los ojos de aquellos para servicio de los cuales hemos sido ungidos, nos regocijemos de corazón, gratuitamente, en Aquel que se nos dona a sí mismo en su Don.  

            Buenos Aires, 1º de abril de 2010 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana

con motivo de la Vigilia Pascual

 Escuchamos este pasaje del Evangelio de Lucas y vemos que hay un cúmulo de sentimientos entreverados en esa mañana del domingo: las mujeres estaban desconcertadas porque vieron el sepulcro abierto, estaban llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo. Cuando regresan del sepulcro, le cuentan esto a los once y ellos pensaban que deliraban. No les creyeron. Pedro va y vuelve lleno de admiración. Desconcierto, temor, delirio… todos son sentimientos encontrados que acabamos de escuchar en la narración de este Evangelio. Estaban como colgados de una situación que no entendían! Que no podían interpretar! Que no sabían que significado tenía… y de yapa un ángel que les dice: “Porque buscan entre los muertos al que está vivo?”. Y el Angel les tiene que explicar: “Recuerden lo que les decía cuando aún estaba en Galilea: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”. Las mujeres entonces recordaron sus palabras.

Estas mujeres y los discípulos estaban aprisionados porque habían “olvidado”…Habían “olvidado” la Palabra del Señor y les hacía falta que un Angel las sopapeara y les dijera: Recuerden la promesa y tengan esperanza!. Las mujeres y estos discípulos son los primeros cristianos sin esperanza que aparecen en la historia. Habían  perdido la esperanza en su Señor porque habían olvidado su profecía, habían olvidado su promesa…entonces quedan enredados en la dinámica de la coyuntura. Es tan fácil caer en esta trampa, es tan fácil ser cristiano sin esperanza: soy cristiano, voy a misa los domingos pero… crees que Jesús está vivo en medio tuyo? En medio de tu familia? En tu vida? Caminás junto al Señor vivo? Ah... bueno… si, claro… sepultamos todo y seguimos caminando como si el Señor estuviera sepultado y con la piedra del sepulcro bien fija. Y la voz del Angel, que también nos sopapea a nosotros: “Porque buscan entre los muertos al que está vivo?”. Por este camino no vas a llegar a ningún lado! Si no recordás la profecía, sino tenés memoria  de lo que el mismo Jesús te dijo, no vas a tener esperanza y vas a ser prisionero o prisionera de la coyuntura, del susto del momento, de la conveniencia del momento, del temor, de la incredulidad del momento. San Pedro le decía a los primeros cristianos que estuvieran preparados para dar razón de su esperanza, que tuvieran ese coraje de decir: “Yo camino así porque espero! Espero que este Señor que está vivo caminando conmigo llegue a la plenitud de mi vida y de todo el mundo cuando venga por segunda vez. Yo camino así, me comporto así porque sé que el Señor vendrá! Y quiero que me encuentre velando, vigilando en la esperanza. Esta esperanza que se fundamenta en la memoria de la promesa de Jesús: “Yo voy a resucitar y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Creo eso?

Les deseo que esta Pascua les renueve la memoria, nos renueve la memoria a todos. La memoria de lo que Jesús anunció de sí mismo, y en esa memoria radiquemos la esperanza y caminemos en esperanza, que no es lo mismo que caminar en optimismo. El optimismo es una actitud psicológica; la esperanza es un don de Dios, esa virtud que Dios te mete en el corazón y que radicada en la promesa de Dios no te hace perder el rumbo. La esperanza es esa ancla que se tira a las orillas de la plenitud de los tiempos y nos agarramos de la soga de esa ancla para no desorientarnos en medio de las diversas propuestas desesperanzadoras, pesimistas o simplemente neutras que la vida nos va poniendo en el corazón y que no nos satisfacen en el fondo y nos dejan tristes como quien camina a la deriva.

Agarrados de esta soga de la esperanza, con la memoria de lo que Jesús nos prometió, vayamos adelante y recordemos lo que nos dice el Angel: ”No busqués entre los muertos al que está vivo.”

 Que así sea.

Buenos Aires, 3 de abril de 2010.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires

 Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana

con motivo de la Misa por la Educación.

 En la tarde de ese primer día de la semana, el cual nos narraba el Evangelio recién, había mucha desorientación: la mayoría estaba triste, encerrados por miedo al ataque de los mismos que habían matado a Jesús, por miedo que les pasara a ellos lo que les había pasado al Señor. Tenían miedo, dice el Evangelio. Tenían las puertas cerradas y entre ellos conversaban: “Que pena que se murió”… “No, fijate que unas mujeres fueron a la mañana y lo vieron”… o “vieron unos ángeles”… Y el comentario era confuso: “están mal de la cabeza”, “vieron visiones”, “no es verdad” y así se iban enredando ellos en ese microclima de miedo, susto, frustración y desesperanza. Los apóstoles, esa tarde, constituyeron la primera comunidad de cristianos sin esperanza hasta que aparece el Señor y con su presencia disipa todo ese mundillo de dudas, miedos y chimentos, y pone las cosas en su sitio. Esto a mi me plantea una pregunta que se me ocurrió esta mañana al hablar con ustedes: Estamos educando en la esperanza? Estamos educando para la esperanza? O repetimos el microclima de esa mañana, de esa tarde dentro de la casa donde estaban los discípulos? Sabemos educar en esperanza? Y me pregunto también, en vísperas de estos 6 años que vamos a celebrar el Bicentenario de nuestra independencia: Sabemos que significa para la Patria que sus chicos, sus jovenes, sus universitarios, sean educados en esperanza?

Muchas veces la coyuntura nos tapa, los problemas del momento nos desbordan como a estos apóstoles a quienes la muerte de Cristo los superó, los desbordó y nos quitan horizontes. Y educar para la esperanza es lograr que un chico, un joven tenga horizontes! Abrir horizontes, hacia delante y hacia atrás. Educar para la esperanza en la Patria es hacer consciente que ese chico tiene un horizonte hacia el pasado que es lo que recibió como patrimonio de los que nos precedieron, de los que hicieron la Patria; y enseñarle a ese chico, a esos jóvenes que la Patria no empezó hoy porque tenemos una herencia que recibir, que custodiar pero también una herencia que trabajar en el presente para proyectarla en las utopías del futuro. Lo que hemos recibido de nuestros padres, si hay educacion para la esperanza, lo tenemos que transmitir, enriquecido, a nuestros hijos. Ese es el desafío que hoy nos planteamos en la Misa de la Educación: el chico sabe reconocer el patrimonio que recibió? Sabe que hubo 200 años de hombres y mujeres que mal o bien amasaron la Patria y nos dieron algo? O ese chico se ha “aguachado” por las coyunturas del momento y no sabe reconocer en ese horizonte lo que ha recibido, viviendo como si no hubiera recibido nada? Pero por otro lado, eso que recibió no es para que lo guarde enlatado, en conserva, ¡sino para que lo trabaje hoy! Ese chico, esos jóvenes, saben trabajar hoy lo que han recibido? Saben asumir ese patrimonio? Son patriotas? Les enseñamos a asumir el patrimonio? A proyectarlo hacia delante? Esos chicos tienen utopías? Tienen sueños,?

Educar en esperanza son esas tres cosas: Memoria del patrimonio recibido y asumido; Trabajo de ese patrimonio para que no sea el talento encerrado; y Proyección a través de las utopías y los sueños hacia el futuro. Creo que se nos impone un examen de conciencia sobre esto… Trabajamos en esperanza? Algunos dicen que la educación es la parienta pobre de nuestra estructura social… Bueno, eso depende como se lo mire. Cuando uno mira el desgaste de los docentes en un pacto educativo roto sin el apoyo de los padres, con sueldos mal pagos que los obligan a tener dos trabajos, con aulas más llenas de lo que sería necesario, entonces uno se da cuenta de que realmente allí hay algo que solucionar, hay una pobreza. Tenemos que reconocer ese trabajo cotidiano de estos hombres y mujeres que se desgastan en el aula en situaciones a veces insuficientes y precarias. La Vicaría de Educación los va a distinguir hoy con una medalla. Sepan ver en esa medalla el reconocimiento a ese trabajo callado, desgastante, que muchas veces les hace pedir licencia por estar pasados de stress. Todos les decimos: Gracias por lo que hacen.

Miramos a los chicos. Y el examen de conciencia nos tiene que llevar a la pregunta: estos chicos, que están llamados a ser educados en la esperanza, saben recibir, los preparamos para recibir la semilla de la esperanza? O les damos 3 ó 4 cosas que terminan fracasando en la esquina con el que viene a venderles “merca”? Nuestros chicos salen de la escuela y en la esquina la pueden comprar… Esa responsabilidad recae sobre nuestra conciencia. Los preparamos para grandes horizontes o para el horizonte de la esquina en donde por unos pesos pueden comprarse la pasta base o lo que sea. Esto sucede en esta Ciudad y no solo en los barrios periféricos sino en el centro de la Ciudad.

A los chicos les queremos pedir perdón porque no siempre los tomamos en serio. Porque no siempre ponemos los medios para que su horizonte no termine en la esquina, porque muchas veces no acertamos a entusiasmarlos con horizontes más grandes que le hagan valorar lo que recibieron y tienen que transmitir ¡porque muchas veces no supimos hacerlos soñar! Me gusta mucho una expresión de un autor americano que dice que Dios nos dio dos ojos, uno de carne y otro de vidrio. Con el ojo de carne vemos lo que miramos; con el ojo de vidrio vemos lo que soñamos. Le enseñamos a nuestros chicos a ver la vida con estos dos ojos? Nuestros chicos salen con la capacidad de soñar o salen apurados para poder llegar a la esquina y poder tener el papelito? Así que a los chicos les pedimos perdón por nuestra incapacidad de hacerlos soñar, de ponerles horizontes grandes.

Y después estamos nosotros los dirigentes. Los responsables. A nosotros se nos pide esencialmente que seamos patriotas en sentido superlativo. A nosotros los dirigentes se nos pide que recibamos con veneración la herencia de nuestros padres, la trabajemos en el presente y la proyectemos hacia el futuro. A nosotros los dirigentes se nos pide testimonio. Nunca podremos enseñarle a un chico el horizonte de grandeza de la Patria, el que recibieron y el que tienen que proyectar, si usamos nuestra dirigencia como escalón de nuestras ambiciones personales, para nuestro trepar cotidiano, para nuestros mezquinos intereses, para abultar la caja o para promover los amigos que nos sostienen. Se nos pide otro tipo de testimonio. Y cuando nuestros chicos nos ven a nosotros dirigentes que les damos este testimonio de bajeza, no se animan a soñar… no se animan a crecer...

Hoy la Patria nos pide a los dirigentes mucho trabajo. Trabajar en lo que hemos recibido! para hacerla crecer y proyectarla hacia el futuro. Si no damos testimonio de esta capacidad de horizonte y de trabajo, nuestra vida terminará en un rincón de la existencia llorando la milonga de nuestro fracaso como educadores, como hombres y como mujeres.

Le pido al Señor hoy que haga lo mismo que hizo esa tarde con ese conventillo que se había armado en la casa de los discípulos, con esas internas mezquinas de miedo,  desorientación y nos sopapee con la luz de la grandeza. La grandeza que nos dio El y la grandeza de la Patria!. La grandeza de una Patria que hemos recibido hecha con trabajo, lucha, sangre, equivocaciones y mil cosas! Pero la recibimos! Y que no tenemos derecho a cambiarle la identidad y la orientación! La grandeza del envío a trabajar para que esa Patria crezca y la grandeza de proyectarla hacia el futuro en una utopía que sea continuidad con lo que nos fue dado. Que el Señor nos sopapee de esta manera y nos dé esta gracia.

Que así sea.

 Buenos Aires, miércoles 14 de abril de 2010.

 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Palabras del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

en la Misa de inicio de la Asamblea Plenaria del Episcopado 

            Quisimos comenzar la Asamblea en esta Catedral, a pocos metros del Cabildo, para rezar por la Patria en el comienzo de estos seis años de conmemoración del bicentenario de la Independencia. 

Oramos por la Patria para que la reconozcamos y asumamos como un don; un don que hemos recibido, que debemos hacerlo crecer según su identidad y dejarlo como herencia a los que nos siguen; un don que nos llega del pasado y que, con nuestra vida y nuestro trabajo, asumimos como tarea un don a entregar, acrecentado, en su identidad fundante. 

Oramos para que este don no se estanque en recuerdos estáticos ni tampoco para que, en utopías que nada tienen que ver con lo que hemos recibido, termine siendo una Patria sin raíces. Ni un pasado clausurado, ni un presente sin conexión con él, ni un futuro desarraigado. 

Orar por la Patria supone una dimensión religiosa: toca a la virtud de la piedad para con nuestros mayores y nuestros hijos. Por ello, en esta oración, pensamos en nuestros ancianos y en nuestros niños de hoy. Ambos constituyen el futuro de un pueblo. Los niños porque son quienes llevarán adelante la historia; los ancianos porque nos transmiten la sabiduría de nuestra identidad. 

Niños y ancianos a quienes una concepción errada de la Patria como don, deja de lado. 

Hoy, al recordar el don que hemos recibido, que hemos de hacer crecer en el presente y proyectarlo al futuro, vemos con dolor que niños y ancianos no son suficientemente cuidados, respetados; son dejados de lado... porque nos tienta el funcionalismo y la eficacia de un presente sin pasado ni futuro. 

Hoy, al rezar por la Patria, pedimos la gracia de saber cuidar a nuestros ancianos y a nuestros niños para que el eficientismo, el consumismo, el hedonismo no los transforme en material de experimento y de descarte de un presente egoísta. Que la Patria se sienta más Patria reconociéndoles dignidad y fomentando sus derechos. 

A ella, a la Madre de Luján, se los encomendamos con filial ternura. Que los cuide porque cuidándolos a ellos cuida la herencia, el don de la Patria, lo consolida en el presente y lo hace crecer en el futuro. 

 Buenos Aires, 19 de abril de 2010 

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.  

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CELEBRACIÓN DEL BICENTENARIO

LUJÁN, 8 DE MAYO DE 2010 

Aquí en Luján hubo un gesto de la Virgen y nos hace bien recordarlo: en 1630 una pequeña imagen de la Pura y Limpia Concepción, se quedó. Iba a otra parte la caravana, pero la Virgen provocó la parada. 

Desde ese momento en este lugar hubo visitas, peregrinaciones, encuentros con la Virgen. Desde ese momento la Patria tuvo madre. La imagen, al principio, estaba en una taperita, después una iglesia...  y hoy la Basílica tan linda y tan cuidada. 

Aquí aprendimos a detenernos y recibir vida. Aquí junto a la Madre de Jesús venimos a descansar, a confiarle la vida de otros, la vida que muchos fueron cargando en la peregrinación, en el silencio y la oración por el camino. Aquí el pueblo sencillo y creyente de nuestra patria fue creciendo también en algo tan característico del lugar: la solidaridad y la fraternidad. Y con este modo simple, de encuentro y silencio armó nuestra Madre el santuario: esta es la Casa de los argentinos. La Patria, aquí,  creció con la Virgen; la Patria aquí tiene a su madre.  

¡En esta su Casa de Luján cuántos vinieron a recibir la fe en el bautismo, a cumplirle promesas o a confiarle su necesidad, sus dolores o sus problemas! Por el templo anterior a esta Basílica, cuando la Patria empezaba, pasaron  San Martín y Belgrano al principio y al final de sus campañas. Pasaron ellos, como muchos, en medio de la gloria, y cuando quedaron solos y olvidados, le confiaron su tristeza. Sabían que la Patria tenía Madre. 

Hoy es su fiesta, al celebrarla a Ella que recoge las visitas y las oraciones de los hijos, le pedimos aprender a ser como el Negro Manuel, silenciosos observadores de la vida y el camino de esta Patria, y a rezar por ella con la fidelidad del pueblo que intuye esta presencia de madre y por eso confía. Somos parte de esta historia del milagro que continúa y se sigue escribiendo. A ella también le pedimos la gracia de saber trabajar por la Patria, hacerla crecer en la paz y concordia que nos da el sentirnos hermanos, desterrando todo odio y rencor entre nosotros. 

En este lugar tan santo, lleno de fe y esperanza, pedimos hoy a la Madre que cuide a nuestra Patria. En particular a aquellos que son los más olvidados, pero que saben que aquí siempre hay lugar para ellos. Así fue desde el principio: la Virgen cuidó desde muy adentro del corazón a esta Patria, comenzando desde los más pobres, los que para los suficientes no cuentan... pero aquí sí que son tenidos en cuenta. Por ello a los hijos de la Virgen de estas tierras nunca les falta la protección de nuestra Madre. 

En Luján hay un signo para nuestra Patria: todos tienen lugar, todos comparten la esperanza y todos son reconocidos hijos. Hoy vinimos a rezar en esta fiesta de la Virgen, en este año Bicentenario, porque aquí crecimos y aquí nuestra Patria siempre tuvo una bendición, porque tiene una madre. No tenemos derecho a aguacharnos, a bajar los brazos llevados por la desesperanza. Recuperemos la memoria de esta Patria que tiene madre, recuperemos la memoria de nuestra Madre.  Miremos a la Virgen y pidámosle que no nos suelte de su mano. Gracias Madre por quedarte con nosotros.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Charla del Sr. Arzobispo al Clero de San Isidro 

EL  SACERDOTE  EN  LA  CIUDAD

a la luz del Documento de Aparecida

 

I N D I C E

 

I.                   Método: contemplar – discernir – proponer  (Ap. 19)

II.                Textos específicos

III:      Centralidad de la problemática de la cultura en la inserción del  

            sacerdote  en la ciudad para desarrollar una pastoral urbana

 

      1. Discernimiento del cambio de relación entre sujeto cristiano,  

          cultura (Ap. 509)

     2. Las grandes urbes como lugar de transformación  multicultural.                           

    3. Impacto que sufre el pastor y tensiones que lo desafían.

    4. Discernimiento de fondo: Dios habita en la ciudad.

    5. Misión del sacerdote en la ciudad: que el Buen Pastor nos use como      

        fermento del Reino. 

                            5.1  La ciudad como lugar donde se mete el fermento porque allí 

                          se juega la vida cultural de nuestros pueblos (Ap. 13 y 477)       

                            5.2  Características de un buen pastor que es fermento.

             Conclusión

 

 Presupuestos iniciales

I  Método: Contemplar-discernir-proponer (Ap. 19).

Como método sugiero la propuesta metodológica del P. Scheinig que explicita el método ver-juzgar-actuar haciendo hincapié en un ver en la fe que es contemplar con mirada de discípulos misioneros,  de un juzgar que es discernir y de un actuar que implica proponer y recomendar. Si uno lee atentamente el parágrafo 19 de Aparecida estas características están presentes: 

“En continuidad con las anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, este documento hace uso del método ver, juzgar y actuar. Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Palabra revelada y el contacto vivificante de los Sacramentos, a fin de que, en la vida cotidiana, veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la juzguemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento universal de salvación, en la propagación del reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo. Muchas voces, venidas de todo el Continente, ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia: ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y, en general, ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente. Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con sentido crítico; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la eficacia de este método 1 (Ap. 19). 

II. Textos específicos:

Como textos específicos de referencia se pueden tomar, fundamentalmente, dos:

a) Ap. 10.6, nn 509-519, acerca de la pastoral urbana y b)  Ap. 5.3.2., nn 191-204 sobre los Presbíteros, imagen de Jesucristo Buen Pastor,

Y como referencia previa tengo en cuenta los esquemas de “Propuestas de Aparecida para la Pastoral de la Iglesia Argentina” (Pilar, 15 de junio de 2009) y “El mensaje de Aparecida a los Presbíteros” (Brochero, 11 de septiembre de 2008) 

Sobre el primer escrito se toma el título del cap. 7: “La misión de los discípulos al servicio de la Vida Plena” (de la ciudad) como una síntesis pastoral. Aquí la categoría de encuentro es la categoría central. Ilumina lo que se quiere decir con Vida Plena como fin de la tarea pastoral (Ap. nn. 4, 11, 12, 13, 14). La Vida Plena se da, crece en el encuentro interpersonal, no en otro tipo de relaciones (funcionalistas, excluyentes). Cuanto más plenas e inclusivas sean las relaciones interpersonales y comunitarias, más plena es la vida.

Por eso:

“Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo… No podemos quedarnos tranquilos … en nuestro templos… somos testigos y misioneros, en las grandes ciudades… y en los areópagos de la vida pública… (Ap. 548). 

También se toma el capitulo 10: nuestros pueblos y la cultura:  Allí se toca el tema de la Pastoral Urbana y Aparecida concluye con la propuesta de una cultura del encuentro, del compartir, para poder llegar a los más necesitados (Ap. 540). 

Sobre el segundo escrito:

“Qué le dice Aparecida a los Sacerdotes” se destaca cómo Aparecida liga al sacerdote con la Imagen del Buen Pastor:  discípulos enamorados y ardorosos misioneros (Ap 201). 

Entre los desafíos de la identidad y de la vida de los presbíteros, está como central el  desafío de la “inserción en la cultura” (Ap. 192), que hace a la identidad (hoy en crisis, por estar licuados los valores) y a los problemas existenciales. 

La categoría de Encuentro atrae también como un centro todas las actitudes pastorales de un buen pastor:

Encuentro personal con Cristo, en el cual somos lugar de encuentro con Dios y entre nosotros (Ap. 193)

Salir a buscar a los alejados (Ap. 201)

Ser hombre cercano a su pueblo, con misericordia y compasión (Ap 198-199).

Y se destaca algo propio del encuentro del sacerdote buen pastor con su pueblo: no se trata de encuentros ocasionales sino de una actitud de salir al encuentro permanente. Aquí, entonces, la categoría central es acompañamiento: Acompañamiento de personas y comunidades, lo cual implica procesos: acompañar procesos inculturándose y exhortando al crecimiento y la promoción en la que el otro sea sujeto de su historia (Ap 394). 

III. Centralidad de la problemática de la cultura en la inserción del sacerdote en la ciudad para desarrollar una pastoral urbana  

Quedan así discernidos los temas que más nos resuenan en el corazón al reflexionar sobre el sacerdote en la ciudad.

Cristo Buen Pastor nos urge a salir al encuentro de nuestro pueblo, de cada persona, familia, comunidad, y también de las así llamadas “ciudades invisibles” que coexisten en las grandes ciudades. Salir al encuentro para dar vida plena implica procesos de“inculturación” y “evangelización” (con la palabra, los sacramentos y las obras de justicia y caridad). Para que los encuentros perduren deben transformarse en cultura. 

Es de importancia notar que, con respecto a la incidencia de la cultura en la vida del sacerdote (de todo discípulo misionero), Aparecida discierne un cambio de paradigma: como sujetos, ya no estamos en la primera línea de producción cultural sino que más bien sufrimos los impactos de las culturas que tienen en las ciudades sus laboratorios.

Dos textos son aquí centrales:

1. Discernimiento del cambio de relación entre sujeto cristiano y cultura (Ap 509)

Al hablar de la pastoral urbana, de entrada nomás,  se discierne un cambio grande en la relación ente el cristiano y la cultura: el cristiano ha pasado de ser “productor de cultura” a ser “sujeto que recibe la influencia y los impactos de la cultura actual”. 

“El cristiano de hoy no se encuentra más en la primera línea de la producción cultural, sino que recibe su influencia y sus impactos. Las grandes ciudades son laboratorios de esa cultura contemporánea compleja y plural” (Ap. 509).

Esta frase, con la precariedad de su formulación, encierra una intuición profunda. Hace pensar en un cambio grande. Que un sujeto cristiano haya estado en la primera línea de la producción cultural nos habla de una cultura que tenía sus fundamentos y sus fines en una visión teológica y filosófica de la vida que se fue va plasmando lentamente en la historia de los pueblos. El modo de evangelizar en una cultura cristiana o de inculturarse, a partir de allí,  en una cultura totalmente pagana, es muy distinto al modo de evangelizar e inculturarse en una cultura global compleja –híbrida, dinámica y cambiante- como la actual.

2. La grandes urbes como lugar de transformación multicultural

Y como las grandes ciudades son el lugar de transformación multicultural, podemos ver la importancia del tema: El sacerdote en la ciudad. Veamos dos textos que señalan la Contemplación de la cultura en la ciudad (Ap 58, 510)

“La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores  y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en los cinturones de miseria. En estas culturas, los problemas de identidad y pertenencia, relación, espacio vital y hogar son cada vez más complejos” (Ap. 58).

“La ciudad se ha convertido en el lugar propio de nuevas culturas que se están gestando e imponiendo con un nuevo lenguaje y una nueva simbología. Esta mentalidad urbana se extiende también al mismo mundo rural. En definitiva, la ciudad trata de armonizar la necesidad del desarrollo con el desarrollo de las necesidades, fracasando frecuentemente en este propósito” (Ap. 510). 

3. Teniendo en cuenta estas reflexiones Aparecida aborda la problemática del  impacto que sufre el pastor y tensiones que lo desafían (Ap. 510-511)

 “En el mundo urbano, acontecen complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida. Está compuesto de ciudades satélites y de barrios periféricos” (Ap. 511).

“En la ciudad, conviven diferentes categorías sociales tales como las élites económicas, sociales y políticas; la clase media con sus diferentes niveles y la gran multitud de los pobres. En ella coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión, personalización-despersonalización, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo” (Ap. 512).

La primera impresión al “ver” las transformaciones culturales de la ciudad actual es que el impacto y las tensiones son demasiado fuertes para una tarea pastoral. Y es verdad si el sacerdote quiere mantener un status de poder y eficacia que corresponden al otro paradigma. En cambio si despojándose de todo poder se queda sólo con el título de pastor y de sembrador (aunque no le toque cosechar) –discípulo misionero del Único Buen Pastor-Sembrador- el desafío se vuelve esperanzador (Cfr. Ap. 194). 

4. En base a estas reflexiones se plantea  un  discernimiento de fondo: Dios habita en la ciudad (Aparecida 513-515)

Aparecida no se queda en un ver sociológico, que analiza tensiones que nos sobrepasan, sino que contempla la realidad desde la fe y descubre como signo de los tiempos a un Dios que habita en la ciudad. Discierne la realidad desde las realidades últimas, escatológicas, y sabe descubrir a la Ciudad Santa que baja del Cielo y es fermento del Reino en medio de la ciudad secular.

 “La Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse. Por eso, podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad actual. Ante la nueva realidad de la ciudad se realizan en la Iglesia nuevas experiencias, tales como la renovación de las parroquias, sectorización, nuevos ministerios, nuevas asociaciones, grupos, comunidades y movimientos. Pero se notan actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencias a encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura, de sentimientos de impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades” (Ap. 513).

“La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos. Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él”. (Ap. 514)

El proyecto de Dios es “la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén”, que baja del cielo, junto a Dios, “engalanada como una novia que se adorna para su esposo”, que es “la tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres. Acampará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido” (Ap. 21, 2-4). Este proyecto en su plenitud es futuro, pero ya está realizándose en Jesucristo, “el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin” (21, 6), que nos dice “Yo hago nuevas todas las cosas” (21, 5). (Ap. 515).

El discernimiento de fondo afirma que Dios vive en la ciudad. Y se rescata la imagen de la Ciudad Santa que baja del cielo cuyo fermento está activo en la ciudad actual.

La pastoral de la Iglesia consiste en ser “fermento del Reino”, que va transformando en Cristo la ciudad actual, mediante el servicio a los más pobres, la proclamación del evangelio y la celebración de los sacramentos. En este ser fermento aparece más acentuada la dimensión escatológica.

5.  Misión del sacerdote en la ciudad: que el Buen Pastor nos use como fermento del Reino

De esta mirada contemplativa y de este discernimiento surge la misión. El número 516 plantea el espíritu y el tono:  el servicio de ser fermento del Reino nos habla de humildad, de no protagonismo, de dejarnos conducir, de jugar al tiempo, de ir a lo esencial… La tensión escatológica fortalece la esperanza tanto en su realidad presente (“solamente en esperanza estamos salvados”, cfr. Rom.8; 24) como en su tensión hacia el futuro.

“La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa, a través de la proclamación y vivencia de la Palabra, de la celebración de la Liturgia, de la comunión fraterna y del servicio, especialmente, a los más pobres y a los que más sufren, y así va transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual” (Ap 516).

5.1. La ciudad como lugar donde se mete el fermento porque allí se juega la vida cultural de nuestros pueblos (Ap. 13 y  477)

Aparecida marca claramente que el destinatario de la acción evangelizadora es comunitario: los pueblos y sus culturas. La vida es vida plena cuando sus dimensiones personal, familiar y social (política y religiosa)” se vuelven cultura: es decir vida heredable y transmisible de generación en generación y en fecundo intercambio con otras culturas.  

“Caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna, son aquellos abiertos por la fe que conducen a la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural" 2. Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el amor que da la vida" 3. Estos caminos de vida fructifican en los dones de verdad y de amor que nos han sido dados en Cristo en la comunión de los discípulos y misioneros del Señor, para que América Latina y El Caribe sean efectivamente un continente en el cual la fe, la esperanza y el amor renueven la vida de las personas y transformen las culturas de los pueblos (Ap. 13).

Por ello la Iglesia debe procurar que la fe penetre “profundamente en el sustrato cultural del pueblo” (Ap. 477).

En esta Ciudad donde se mete el fermento, el presbítero es operario de este fermento; él mismo con su testimonio va “fermentando” la ciudad. No sólo es hombre de encuentro y de acompañamiento, sino también de fermento. 

5.2. Características de un buen pastor que es fermento

a) Tiene una mirada capaz de ver lo íntegro en lo fragmentado

La conexión de temas como sacerdote, buen pastor, ciudad y culturas, es fruto de una mirada contemplativa y creativa porque está  imbuida de caridad discreta. Se trata de una mirada de fe que obra por la caridad.

Una mirada que siente en su corazón a sus ovejas (a cada una y al pueblo entero) en la situación (los campos de pastoreo) en que se encuentran y discierne dónde está el alimento que da vida y dónde los pastos que envenenan.

La cultura –los problemas culturales- hacen a la Vida Plena de los pueblos. Y estos problemas tienen su centro de fusión y difusión en las ciudades.

El impacto de la fragmentación cultural, de la hibridación, de la velocidad con que se transforman las tensiones que coexisten en la ciudad, la rapidación, nos desafía como pastores a contemplar a cada persona y al pueblo no fragmentados sino íntegros desde la Vida Plena como don que les ofrece Jesucristo.

Esta mirada de fe que contempla a personas y pueblos como sujetos de una Vida Plena que les ha sido regalada y, desde allí, los acompaña en sus procesos, es una mirada esperanzadora. El Espíritu gime y sufre dolores de parto porque está íntegro en una creación fragmentada, como expresa  Aparecida hablando de las familias en las parroquias: “El Espíritu que todo lo hace nuevo, actúa aun dentro de situaciones irregulares…” (Ap 204) 

También se puede contemplar esta integralidad de la Vida Plena en nuestro pueblo fiel cuando peregrina a los Santuarios:  cuando el pueblo peregrina  desarma la estructura funcionalista y fragmentada  de la ciudad, poniéndose en movimiento, se revelan (los santuarios) como el verdadero centro espiritual de la cultura. Es verdad que esta gracia profunda luego no se traduce inmediatamente en la manera de habitar la ciudad en lo cotidiano. La ciudad está diseñada para el negocio y el negocio tiene otras maneras de centrar la vida y de movilizarla. Pero esa Vida Plena está presente como fermento del Reino.

b) Tiene un modo de actuar más bien propositivo que impositivo

Aparecida eligió un tono propositivo y no impositivo. El punto 517 es una larga lista de recomendaciones. En la primera redacción se decía “optamos por” una pastoral urbana que…  Luego se cambió en un tono más propositivo: la Conferencia “propone y recomienda” una nueva pastoral urbana. Este tono que agradece lo ya hecho y que propone cosas nuevas brota del deseo de ser fermento y no producto enlatado.

“Reconociendo y agradeciendo el trabajo renovador que ya se realiza en muchos centros urbanos, la V Conferencia propone y recomienda una nueva pastoral urbana que:

a)      Responda a los grandes desafíos de la creciente urbanización.

b)      Sea capaz de atender a las variadas y complejas categorías sociales, económicas, políticas y culturales: pobres, clase media y élites.

Estos dos primeros puntos, con su deseo de responder a todos los desafíos y de ser capaces de atender a todos, sólo es posible si uno se mete como fermento en la masa. De lo contrario, habría que optar por “algunos desafíos” y por atender también a “los posibles”. Del deseo de ser Pastores de todos brota el tercer punto:

c)      Desarrolle una espiritualidad de la gratitud, de la misericordia, de la solidaridad fraterna, actitudes propias de quien ama desinteresadamente y sin pedir recompensa.

Ser fermento implica olvido de sí y pérdida de sí. Olvido y pérdida que “abren, transforman y mueven a un magis”, como expresan los tres puntos siguientes:

d)      Se abra a nuevas experiencias, estilos, lenguajes que puedan encarnar el Evangelio en la ciudad.

e)      Transforme a las parroquias cada vez más en  comunidades de comunidades.

f)        Apueste más intensamente a la experiencia de comunidades ambientales, integradas en nivel supraparroquial y diocesano.

El fermento es un principio integrador, y eso se pide del pastor:

g)      Integre los elementos propios de la vida cristiana: la Palabra, la Liturgia, la comunión fraterna y el servicio, especialmente, a los que sufren pobreza económica y nuevas formas de pobreza. 

Nuevamente se insiste en una palabra que se siembra y se inserta en los diferentes ambientes:

h)      Difunda la Palabra de Dios, la anuncie con alegría y valentía y realice la formación de los laicos de tal modo que puedan responder las grandes preguntas y aspiraciones de hoy e insertarse en los diferentes ambientes, estructuras y centros de decisión de la vida urbana.

Ser fermento implica capacidad de acoger (asumir) al otro, de salir a buscarlo, de cuidar de modo especial lo más frágil y vulnerable, de extender la presencia y la cercanía a todos .

i)        Fomente la pastoral de la acogida a los que llegan a la ciudad y a los que ya viven en ella, pasando de un pasivo esperar a un  activo buscar y llegar a los que están lejos con nuevas estrategias tales como visitas a las casas, el uso de los nuevos medios de comunicación social, y la constante cercanía a lo que constituye para cada persona su cotidianidad.

j)        Brinde atención especial al mundo del sufrimiento urbano, es decir, que cuide de los caídos a lo largo del camino y a los que se encuentran en los hospitales, encarcelados, excluidos, adictos a las drogas, habitantes de las nuevas periferias, en las nuevas urbanizaciones, y a las familias que, desintegradas, conviven de hecho.

k)      Procure la presencia de la Iglesia, por medio de nuevas parroquias y capillas, comunidades cristianas y centros de pastoral, en las nuevas concentraciones humanas que crecen aceleradamente en las periferias urbanas de las grandes ciudades por efectos de migraciones internas y situaciones de exclusión (Ap 517).

Así, las características del fermento iluminan la nueva pastoral urbana que modela el corazón de los pastores. 

En el segundo punto (518), la primera redacción decía: “esta pastoral exige” los siguientes puntos. El documento final expresa: “sentimos la urgencia de que los agentes de pastoral, en cuanto discípulos misioneros se esfuercen en desarrollar” los siguientes puntos. Aparecida personaliza “la pastoral” e insiste en los sujetos que tienen que llevarla adelante. Sujetos con distintas cualidades pero que son considerados todos como Discípulos misioneros. Sujetos que tienen que llegar a todos los habitantes de los centros urbanos, creyentes y no creyentes…

“Para que los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en Cristo la plenitud de vida, sentimos la urgencia de que los agentes de pastoral en cuanto discípulos y misioneros se esfuercen en desarrollar:

(El estilo y el plan orgánico apuntan a la totalidad de los que habitan en la ciudad.)

a)      Un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana con atención especial al lenguaje, a las estructuras y prácticas pastorales así como a los horarios.

b)      Un plan de pastoral orgánico y articulado que integre en un proyecto común a las parroquias, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades, movimientos e instituciones que inciden en la ciudad y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad. En los casos de grandes ciudades en las que existen varias Diócesis se hace necesario un plan interdiocesano.

Los siguientes puntos que hablan de sectorización, procesos graduales, servicios especializados, estrategias de acercamiento etc… deben leerse teniendo en cuenta este deseo de ser pastores de todos .

c)      Una sectorización de las parroquias en unidades más pequeñas que permitan la cercanía y un servicio más eficaz.

d)      Un proceso de iniciación cristiana y de formación permanente que retroalimente la fe de los discípulos del Señor integrando el conocimiento, el sentimiento y el comportamiento.

e)      Servicios de atención, acogida personal, dirección espiritual y del sacramento de la reconciliación, respondiendo a la soledad, a las grandes heridas sicológicas que sufren muchos en las ciudades, teniendo en cuenta las relaciones interpersonales.

f)        Una atención especializada a los laicos en sus diferentes categorías: profesionales, empresariales y trabajadores.

g)      Procesos graduales de formación cristiana con la realización de grandes eventos de multitudes, que movilicen la ciudad, que hagan sentir que la ciudad es un conjunto, es un todo, que sepan responder a la afectividad de sus ciudadanos y en un lenguaje simbólico sepan transmitir el Evangelio a todas las personas que viven en la ciudad.

h)      Estrategias para llegar a los lugares cerrados de las ciudades como urbanizaciones, condominios, torres residenciales o aquellos ubicados en los así llamados tugurios y favelas.

i)        La presencia profética que sepa levantar la voz en relación a cuestiones de valores y principios del Reino de Dios, aunque contradiga todas las opiniones, provoque ataques y se quede sola en su anuncio. Es decir, que sea farol de luz, ciudad colocada en lo alto para iluminar.

j)        Una mayor presencia en los centros de decisión de la ciudad tanto en las estructuras administrativas como en las organizaciones comunitarias, profesionales y de todo tipo de asociación para velar por el bien común y promover los valores del Reino.

k)      La formación y acompañamiento de laicos y laicas que, influyendo en los centros de opinión, se organicen entre sí y puedan ser asesores para toda la acción eclesial.

l)        Una pastoral que tenga en cuenta la belleza en el anuncio de la Palabra y en las diversas iniciativas ayudando a descubrir la plena belleza que es Dios.

m)    Servicios especiales que respondan a las diferentes actividades propias de la ciudad: trabajo, ocio, deportes, turismo, arte, etc.

n)      Una descentralización de los servicios eclesiales de modo que sean muchos más los agentes de pastoral que se integren a esta misión, teniendo en cuenta las categorías profesionales.

o)      Una formación pastoral de los futuros presbíteros y agentes de pastoral capaz de responder a los nuevos retos de la cultura urbana (Ap. 518).

Todo lo anteriormente dicho no quita importancia, sin embargo, a una renovada pastoral rural que fortalezca a los habitantes del campo y su desarrollo económico y social, contrarrestando las migraciones. A ellos se les debe anunciar la Buena Nueva para que enriquezcan sus propias culturas y las relaciones comunitarias y sociales (519).

La categoría de fermento es plástica. Y es específicamente cristiana. La semilla da más o menos fruto según el terreno y la levadura fermenta la masa de diversa calidad según la harina. El sacerdote en la ciudad buscará ser fermento para las distintas Ciudades invisibles, siendo capaz de “hablar” distintos lenguajes y siguiendo con cada persona o grupo distintos modelos; por ejemplo:

el modelo sacramental: bautismal para la mayoría del pueblo fiel y eucarístico para los más practicantes; el modelo creyente: para los que buscan una espiritualidad sin mucha estructura; el modelo social: de asistencia y promoción para los más pobres y excluidos. Y así adecuando los modelos a las diversas realidades. 

Conclusión

            Siguiendo el Documento de Aparecida sobresalen tres categorías a tener en cuenta para la vida y el trabajo del sacerdote en la ciudad: encuentro, acompañamiento, y fermento. El presbítero, hombre que sale al encuentro, que acompaña y que es fermento (con sus cualidades de ver lo íntegro en lo fragmentado y de un modo de actuar más propositivo que impositivo).

               Las tres categorías suponen cercanía, projimidad, salir de sí ... dicho en lenguaje simplificado: salir a la calle, salir al encuentro; lo cual no quita la necesidad del repliegue existencial y espiritual hacia el otro encuentro, el que está en la base, el encuentro con Jesucristo para discipularse, dejarse acompañar y recibir del Espíritu la gracia de dejarse integrar en la Iglesia.  

San Isidro, 18 de mayo de 2010 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 


1 Cf. CELAM, Síntesis de los aportes recibidos para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 34-35.

2DI 4

3 Benedicto XVI, Homilía en la Eucaristía de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 13 de mayo de 2007, Aparecida, Brasil.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

1.     Acabamos de escuchar el evangelio: nos dice que en aquel tiempo Jesús se puso a hablar a la gente acerca del Reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía ya la tarde y los discípulos se le acercaron para pedirle que despidiera a la gente como diciendo: ya se terminó el trabajo, es hora de irse a casa. Pero Jesús sentía otra cosa. Jesús se daba cuenta de que la gente lo seguía porque quería estar con Él

A todos nos conmueve cuando alguien quiere estar con nosotros simplemente porque nos quiere. A Jesús también le conmueve que la gente se quiera quedar con Él. El pueblo sencillo intuye que esto es lo más profundo del corazón de Dios: Jesús es el Dios con nosotros, el Dios que vino para quedarse en nuestra historia: “todos los días estoy con ustedes, hasta el fin del mundo”. Jesús se alegra de que la gente tenga ganas de estar con Él porque siente que es el Padre el que alimenta este deseo en el corazón de los hombres: “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae. Y yo no rechazo a ninguno de los que Él me da”.  

Es verdad que la gente le pedía que sanara a los enfermos y que a todos les gustaba que les contara parábolas y les hablara del Reino, pero más que nada a la gente le gustaba estar cerca de Jesús, quedarse ratos largos con Él. La gente intuía con su Fe que Él ya entonces era el Pan Vivo, el Pan del Cielo que el Padre nos da; y estar cerca de ese Pan da Vida, Vida Plena. Como dice el Buen Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Y Yo les doy Vida eterna” (Jn. 10, 27-28). 

2.    Esto acontece también hoy. La gente sigue a Jesús. Aunque no siempre venga a las ceremonias a las que invita la Iglesia, porque la cultura pagana que nos invade tiende a desvalorizar nuestras tradiciones y busca reemplazarlas, pero el pueblo fiel de Dios continúa escuchando la voz de su Buen Pastor y lo sigue. Me gusta pensar que las peticiones del pan, del trabajo, de la salud… y las promesas con que nuestro pueblo acude al Señor además de constituir necesidades verdaderas, son como excusas lindas que tiene nuestra gente para estar cerca de Jesús. El pueblo fiel de Dios sigue deseando con hambre verdadera a Aquel que es su Pan de vida. Lo vemos porque cuando alguien habla con el pan de la verdad, como Jesús, dando testimonio con su vida, nuestro pueblo le cree.

Cuando alguien obra al estilo de Jesús, con el pan de la mansedumbre y la santidad, nuestro pueblo se le arrima con devoción, como vemos que pasa con nuestros santos: Ceferino, el cura Brochero, don Zatti, la Mamá Antula…

Cuando alguien pone en práctica los gestos de Jesús y comparte el pan de la misericordia y el pan de la solidaridad, nuestro pueblo lo reconoce y le ofrece su colaboración, como vemos que sucede en torno a la gente buena que ayuda a los demás.  

Y donde están los signos del Pan – la Casa y la Madre-, los signos de que Dios quiso quedarse con nosotros, como en Lujan, nuestro pueblo acude masiva y mansamente. Como decíamos el día de la Virgen: en Luján María se quedó con nosotros, para que sintamos que nuestra Patria tiene una Madre y que el Santuario es la Casa de los argentinos. 

3.    Seguimos a Jesús allí donde es más Pan, allí donde nos muestra que quiere “estar con nosotros”. La Eucaristía es el Signo mayor de ese deseo ardiente del Señor de alimentarnos, de darnos Vida, de entrar en comunión con los hombres. Por eso es el Sacramento de nuestra fe, la prueba de su amor. Nosotros, que tenemos la gracia de vivir en esta tierra bendita y que sabemos discernir lo que es un buen pan, no podemos reemplazar esa hambre del Pan verdadero. Como pueblo Argentino, que sabe lo que es el verdadero pan,

le decimos al Pan de Vida –Jesucristo- y le decimos que no las sustancias de la muerte;

le decimos al Pan de la Verdad, y le decimos que no al palabrerío de los discursos huecos y banales;

le decimos al Pan del Bien común, y le decimos que no a toda exclusión y a toda inequidad;

le decimos al Pan de la Gloria que parte para nosotros Jesús resucitado y le decimos que no a la chabacanería pagana que deja vacío el corazón. 

4.    Nosotros sabemos que sólo Jesús es el Pan de Vida. El Padre nos lo ha dado. Hay un solo Pan vivo y verdadero que nació en Belén, creció en Nazareth, murió en el Calvario y resucitó el domingo: Jesucristo, nuestro Señor.

Y queremos hacernos cargo de que ese pan, así como es un regalo de Dios es también un trabajo para nosotros.

El Señor nos pide que lo ayudemos a repartirse como Pan, quiere estar cerca de la gente que lo necesita a través de nuestras manos.

Jesucristo, Pan de vida quiere que lo ayudemos a darse, a partirse para estar, a ser pan para alimentar y a repartirse para unir, para unirnos a todos en torno a sí: a nuestras familias y a nuestro pueblo argentino.  

El Señor no sólo tiene el amor de darse sino la delicadeza de hacernos participar en la dulce tarea de repartirlo. Y al repartirlo nos hacemos Comunidad. Porque el Pan crea vínculos, hace que nos quedemos, que trabajemos juntos para prepararlo y luego hagamos sobremesa para agradecerlo. Es tan especial la comunión que el Señor gesta con la Eucaristía, que quiso dejar en su Iglesia a personas que consagran su vida entera al servicio del Pan. Los sacerdotes hacemos que el Pan de Vida esté siempre al alcance del Pueblo de Dios. Rezamos hoy especialmente por ellos, por nuestros curas, en este fin del año sacerdotal. Les damos las gracias por hacer presente a Jesús en medio de nuestra vida cotidiana, en cada perdón, en cada unción, en cada Eucaristía.  

5.    ¡Alabado sea el santísimo Pan del Cielo, que nuestro Padre nos da!

Acerquémonos a recibir el Pan de vida, roguémosle al Señor que se quede con nosotros. Pidámosle de corazón: Señor, danos siempre de este Pan.

Recibamos y compartamos con todo nuestro amor el Pan de Vida en esta fiesta del Corpus. Pan recibido, Pan compartido. Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos guarden para la vida eterna. 

Buenos Aires, 5 de junio de 2010

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j

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Desgrabación de la Homilía pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Estación Constitución

con motivo de la Misa por las Víctimas de la Trata de Personas.

 Cuando Jesús quiere explicar cuál es el Mandamiento más grande, nos dice:“Amar a Dios sobre todas las cosas, con toda tu vida, todo tu corazón, toda tu existencia y al prójimo como a vos mismo”. Van juntos, van muy juntos. Entonces, uno de los que lo escuchaba y que era el que le había preguntado le dice: “Y quién es mi prójimo?” Y Jesús cuenta ésta parábola: este hombre que en el camino lo asaltan, lo apalean, “lo dejan medio muerto” dice el Evangelio, y tirado al borde del camino… Y después esa historia tan lamentable al principio y tan feliz al final: pasa un sacerdote y no le da bolilla; pasa un abogado que parece que era porteño porque se dijo “no te metás”  y siguió de largo; y finalmente pasa un hombre considerado muy pecador  que se para, lo cura y lo atiende. Muchas veces yo les dije que en esta Ciudad pasan cosas muy raras. Hay gente a la que se la saca, se la descarta pero no sólo por que no se le da cabida sino porque se la explota de tal manera que se le quita la libertad : son esclavos.  

En esta Ciudad hay muchos esclavos! Esto lo dije el año pasado y el anteaño y lo vuelvo a decir éste. Y hay esclavos que los fabrican estos señores que tienen en sus manos el manejo de la trata de los talleres clandestinos, el manejo de la trata de las chicas en situación de prostitución, el manejo de la trata de los cartoneros… son verdaderas mafias!  Que agarran a los sencillos, a los que no conocen la Ciudad, a los menores y los meten en esta picadora de carne… para muchos nuestra Ciudad es una picadora de carne que los hace bolsa porque destroza sus vidas y les quiebra la voluntad. Anteanoche una pobre chica sacada de un prostíbulo en el que se la obligaba a someterse, fue internada en terapia intensiva en uno de nuestros hospitales porque para quebrarle la voluntad la emborracharon y le dieron  psicofármacos y entró en estado de coma…. Eso pasa en ésta Ciudad! Esto hacen estas grandes mafias de señores muy elegantes! Que quizá comen en restaurantes de Puerto Madero pero su dinero está manchado con la sangre, con la carne del hermano! Son los esclavizadores!  

Y cuando leemos las historias de civilizaciones antiguas que en cultos paganos se hacían sacrificios humanos, se mataba a la gente y a los chicos , nos horrorizamos…. En esta Ciudad se hacen sacrificios humanos, se mata la dignidad de estos hombres y mujeres, de estos chicos y chicas  sometidos a la trata, a la esclavitud. No podemos quedarnos tranquilos. Esta Ciudad está llena de hombres y mujeres, de chicos y chicas apaleados al borde del camino, apaleados por esta organización u organizaciones que los van corrompiendo, quitando la voluntad, destrozando incluso con la droga., y después los dejan tirados al borde del camino.  

            Por eso digo que esta Ciudad es una fábrica de esclavos y picadora de carne; por eso digo que en esta Ciudad se ofrecen sacrificios humanos en honor del bienestar de pocos que nunca dan la cara y que siempre salvan el pellejo… quizá por esa receta tan porteña y tan nuestra que se llama la “coima”. A fin del año pasado califiqué a la Ciudad como “coimera” porque si no existiera ésta no se podrían encubrir estas mafias que sacrifican vidas humanas y que someten a la esclavitud, quitándoles la voluntad a sus hombres, sacrificando a sus hijos…. 

Hoy vinimos acá a pedir a Dios compasión de sus hijos y a pedir por nosotros para que no nos hagamos los distraídos!! Somos campeones en mirar para otro lado y dar un rodeo cuando no nos conviene! No te metás! No nos hagamos los distraídos y señalemos donde están los focos de sometimiento, de esclavitud, de corrupción, donde están las picadoras de carne, los altares donde se ofrecen esos sacrificios  humanos y se les quiebra la voluntad a las personas.  

No demos rodeos como dice el Evangelio que dieron el abogado y el sacerdote. No! Somos pecadores: yo el primero! Acerquémonos a tanto dolor y cada uno de nosotros haga lo que pueda pero por favor no nos lavemos las manos porque si no somos cómplices de esta esclavitud.  

Vamos a pedirle al Señor por nuestra Ciudad para que llore por estos pecados de sometimiento, por esta Ciudad para que cambie su corazón de piedra por uno de carne, para que esta Ciudad tenga conciencia de estos esclavos que esta generando y trabaje para liberarlos.

 Que así sea.

 Buenos Aires, 12 de julio de 2010

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j   

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Prot. Nº   529/10

 

Buenos Aires, 5 de Julio de 2010

 

 

Al Sr.

Dr. JUSTO CARBAJALES

Director del Departamento de Laicos

Conferencia Episcopal Argentina

Suipacha 1032

1008 – BUENOS AIRES

 

 

Querido Justo:

 

                        La comisión Episcopal de Laicos de la CEA, en su carácter de ciudadanos, tuvo la iniciativa de realizar una manifestación ante la posible sanción de la ley de matrimonio para personas del mismo sexo, reafirmando –a la vez- la necesidad de que los niños tengan derecho a tener padre y madre para su crianza y educación. Por medio de estas líneas deseo brindar mi apoyo a esta expresión de responsabilidad del laicado.

 

                        Sé, porque me lo has expresado, que no será un acto contra nadie, dado que no queremos juzgar a quienes piensan y sienten de un modo distinto. Sin embargo, más que nunca, de cara al bicentenario y con la certeza de construir una Nación que incluya la pluralidad y la diversidad de sus ciudadanos, sostenemos claramente que no se puede igualar lo que es diverso; en una convivencia social es necesaria la aceptación de las diferencias.

 

                        No se trata de una cuestión de mera terminología o de convenciones formales de una relación privada, sino de un vínculo de naturaleza antropológica. La esencia del ser humano tiende a la unión del hombre y de la mujer como recíproca realización, atención y cuidado, y como el camino natural para la procreación. Esto confiere al matrimonio trascendencia social y carácter público. El matrimonio precede al Estado, es base de la familia, célula de la sociedad, anterior a toda legislación y anterior a la misma Iglesia. De ahí que la aprobación del proyecto de ley en ciernes significaría un real y grave retroceso antropológico.

 

                        No es lo mismo el matrimonio (conformado por varón y mujer) que la unión de dos personas del mismo sexo. Distinguir no es discriminar sino respetar; diferenciar para discernir es valorar con propiedad, no discriminar. En un tiempo en que ponemos énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad cultural y social, resulta una contradicción minimizar las diferencias humanas fundamentales. No es lo mismo un padre que una madre. No podemos enseñar a las futuras generaciones que es igual prepararse para desplegar un proyecto de familia asumiendo el compromiso de una relación estable entre varón y mujer que convivir con una persona del mismo sexo.

 

                        Tengamos cuidado de que, tratando anteponer y velar por un pretendido derecho de los adultos dejemos de lado el prioritario derecho de los niños (que deben ser los únicos privilegiados) a contar con modelos de padre y madre, a tener papá y mamá.

 

                        Te encargo que, de  parte de  Ustedes, tanto  en el  lenguaje  como en el corazón, no haya muestras de agresividad ni de violencia hacia ningún hermano. Los cristianos actuamos como servidores de una verdad y no como sus dueños. Ruego al Señor que, con su mansedumbre, esa mansedumbre que nos pide a todos nosotros, los acompañe en el acto.

 

                        Te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí. Que Jesús te bendiga y la Virgen santa te cuide.

 

                        Fraternalmente,

 

   

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

              

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano

San Cayetano: caminamos con fe pidiendo tu protección

El lema de este año es muy especial. Como siempre, fue el más elegido por los peregrinos. Es bien directo y con un pedido concreto. Le pedimos a nuestro querido San Cayetano que nos proteja: es que somos peregrinos, gente que va de camino, y ya sabemos que el que sale a la calle necesita protección.

Por eso le decimos: “San Cayetano, caminamos con fe pidiendo tu protección”.  

Es linda la primera afirmación: San Cayetano, caminamos con fe. Lo nombramos primero al santo para que nos mire, como diciendo “San Cayetano mirá que caminamos con fe”. Nos alegra y enorgullece que nos veas aquí, haciendo la fila, caminando en la fe de la Iglesia.

La fe la tenemos. Nuestro pueblo tiene fe. Creemos en Dios nuestro Padre. Creemos en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor. Creemos en Dios Espíritu Santo, Señor y dador de Vida. Creemos en nuestra Madre la Iglesia, creemos en la Comunión de los Santos, que nos hace venir a vos, junto con todos nuestros hermanos y hermanas, a pedirte que, junto con la Virgen y todos los santos del cielo, intercedan por nosotros que necesitamos protección.  

La protección que pedimos es para todas las necesidades de nuestra vida: la salud, el pan, el trabajo… También pedimos protección ante la inseguridad que produce tanta violencia desatada en nuestra sociedad. Pero junto con estas cosas pedimos de manera especial protección para nuestra fe. Te pedimos que protejas, conserves y aumentes nuestra fe. 

 Porque vivimos en medio de una cultura cada vez más pagana. Una cosa es ser pagano si uno nació en una cultura que no conoce aún  la verdad del Evangelio y la bondad de Jesucristo. Pero para nosotros, hacer como si Jesucristo no hubiera venido a salvarnos, es dar un paso muy atrás. Es como negar a nuestros padres y a nuestros abuelos. Es como querer no tener historia. Es como si eligiéramos ser huérfanos, gente desamparada, que tiene que empezar de cero sin contar con el tesoro de la sabiduría de nuestros mayores. Al hacer como si Jesucristo no existiera, al relegarlo a la sacristía y no querer que se meta en la vida pública, negamos tantas cosas buenas que el cristianismo aportó a nuestra cultura, haciéndola más sabia y justa; a nuestras costumbres, haciéndolas más alegres y dignas… 

Si somos personas de bien no debemos desconocer tantas gracias recibidas. Nosotros hemos escuchado el anuncio del Evangelio, somos gente bautizada en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, gente que ha vivido cuidada con el amor infinito de la providencia de nuestro Padre Dios y amparada bajo el manto de ternura de la Virgen María. Nosotros hemos sido marcados con el signo de la cruz y le pertenecemos a Jesús que nos compró con su Sangre. Si en algo fallan nuestros valores es porque no los vivimos a fondo. No es que tengamos que remplazarlos por otros sino que tenemos que arrepentirnos de no haberlos guardado bien y comenzar a vivirlos en toda su plenitud.   

Y mientras caminamos con fe pedimos tu protección para nuestro amor. Te pedimos que cuides, conserves y acrecientes nuestro amor. Creemos con todo el corazón que es verdad lo que dice el Evangelio: que el que recibe los mandamientos de Jesús y los cumple, ése lo ama y el que ama a Jesús es amado por el Padre, que lo cuida y lo protege como a su hijo querido.

Te pedimos San Cayetano que cuides este amor en el corazón de nuestro pueblo, en cada familia, en cada institución. Que nos cuides el amor misericordioso para compadecernos de los que sufren y ayudarlos como hizo el buen Samaritano. Te pedimos San Cayetano que nos cuides nuestro amor de caridad, ese amor gratuito que nos hace alegres en todo lo que sea positivo y creativo, en busca de un bien siempre mayor. Te pedimos San Cayetano que cuides nuestro amor familiar: el amor con que se aman los esposos, el amor que hace que los hijos honren a sus padres y que los padres tengan paciencia con sus hijos y los alienten. Te pedimos San Cayetano que protejas en nosotros nuestro amor de amistad, que establece vínculos de igualdad entre las personas de toda condición y es la base de las relaciones sociales. 

Y mientras caminamos con fe y amor, te pedimos también que protejas nuestra esperanza. Nosotros somos conscientes de que hemos recibido una bendición y que esa bendición es al mismo tiempo una promesa. Queremos transmitir esta bendición-promesa a nuestros hijos. Decirles: “Que el Señor te bendiga y te proteja…” –como dice tan lindo la primera lectura-. “Que el Señor haga brillar su rostro sobre vos y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro de Padre bueno y te conceda la paz”. San Cayetano, cuidá nuestra esperanza. Protegela de los males que la amenazan: el bajar los brazos, el tirar la toalla, el apagar la mirada pensando que no vale la pena, que en este país no se puede… ¡Nada de eso! Con tu ayuda levantamos los brazos, para bendecir al Cielo y para trabajar la tierra. Con tu ayuda nos ceñimos la toalla, como hizo Jesús en la última cena y le lavamos los pies a nuestros hermanos. Con tu ayuda encendemos la mirada y contemplamos el futuro con esperanza: ¡cuánto nos ha dado el Señor! ¡Cómo no soñar con todo lo que tiene para darle a nuestros hijos!

“San Cayetano: caminamos con fe pidiendo tu protección”.

 

Buenos Aires, 7 de agosto de 2010.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de la Arquidiócesis

  

 

Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió

y preguntaban: “¿Quién es éste?”. Y la gente respondía:

“Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea”.

(Mt 21,10-11)

  

Querido catequista:

 

La festividad de San Pío X y la celebración del día del Catequista son una ocasión propicia para hacerte llegar mi sentimiento de gratitud por tu entrega silenciosa y comprometida en el ministerio de la Catequesis.

 

La Catequesis en la Argentina atraviesa un momento muy especial ya que, como sabrás, en el año 2013 tendrá lugar en Morón el IIIer. Congreso Nacional de Catequesis. Su lema “Anticipar la aurora, construir la esperanza” nos pone en  sintonía con aquello que tan hermosamente nos dice Aparecida: “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias…. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas o de quienes pretender cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros…” (DA 11)

 

Al agradecerte todo lo que hacés por la Catequesis, le pido de corazón al Señor que te rejuvenezca con su gracia, ya que la renovación de la pastoral y de la catequesis no dependerá “de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino.” (DA 11)

 

En nuestra tarea evangelizadora Dios nos pide que acompañemos a un pueblo que camina en la fe. Por eso el Señor nos regala rostros, historias y búsquedas... Y siempre nos hace bien recordar que ese niño, joven o adulto que Dios pone en nuestro camino, no son vasijas que demos llenar de contenidos o personas que  debemos conquistar. El Señor ya habita en sus corazones, ya que El siempre nos precede, nos “primerea”.

Nuestra tarea será simplemente ¡y nada menos! ayudar a develar, a explicitar la Presencia de Aquél que ya está y tiene el poder de hacer plena toda vida. Misión hermosa, ministerio de la Palabra que los catequistas realizan ininterrumpidamente desde hace casi dos mil años. Servicio eclesial que reconoce muchas formas y diversos lugares. Por todo esto, ¡gracias y ánimo! Y no dejen de estar al servicio del santo pueblo fiel de Dios…

 

Un pueblo que necesita de testigos antes que maestros. Hagan que la catequesis sea transversalmente kerygmática, para que el proceso y maduración de la fe tengan la frescura del encuentro con Aquél que, a través de la Iniciación Cristiana, te consolida como discípulo misionero.

 

Un pueblo del cual ustedes y yo formamos parte y con el cual, gracias al Bautismo, nos reconocemos familia y nos descubrimos hermanados en Jesús y sanados de toda herida de orfandad.

Un pueblo cuya vida transcurre en esta querida ciudad que habitamos, cuyo río muchas veces no supimos cuidar pero nos da identidad de “porteños”. Ciudad de Buenos Aires, autónoma y dependiente al mismo tiempo, con mucho de Corinto en sus luces y en sus sombras.

Un pueblo y una ciudad que tienen fe y se palpa en su diario caminar. Rica en sus numerosos santuarios y en esos altarcitos familiares que, paradójicamente, son más frecuentes en los barrios para algunos mirados simplonamente como marginales o descartables.

Un pueblo y una ciudad necesitados de cercanía, para que “lo macro” y el anonimato no maten la historia mínima que, por ser humana y cristiana, se hace historia y tierra sagrada.

 

Un pueblo y una ciudad amenazados como nunca por una cultura cada vez más pagana, que se enorgullece de su amnesia y nos pretende imponer a un Dios destilado, trascendente pero dentro de los límites de la inmanencia… siempre a nuestra mano para ser usado como un instrumento más del consumismo que nos agobia.

 

Un pueblo y una ciudad que te necesitan más que nunca para que en Buenos Aires la trasmisión de la fe siga provocando encuentro y fiesta.

Para que la frescura del niño rezando a la noche y el tesoro de sabiduría de nuestros mayores le den a nuestra ciudad “buenos aires”, aires de trascendencia que provienen del cielo pero hacen habitable la tierra. Porque sin trascendencia, seremos dominados por lo intrascendente. No ha de extrañarnos que, contaminados los aires, también la naturaleza humana se torne biodegradable en nuestra ciudad.

 

Justamente por esto tu pueblo y tu ciudad te necesitan más que nunca catequista.

Alegre, comprometido, renovado en tu fervor… Haciendo presente ese estilo de Iglesia misionera que sabe de fragilidades -propias y ajenas- y por eso sale, escucha, abraza, acompaña.

¡No te canses de sembrar! Y en este año del Bicentenario, me animo a proponerte que te acerques como peregrino a la Parroquia de Nuestra Señora de la Piedad. Y ante la tumba de la Madre Antula, pedile para vos, para mí y para cada uno de los catequistas de esta bendita ciudad, su grandeza y su fortaleza. Suplicale la gracia de poder acompañar y cuidar la fe de nuestro pueblo fiel como ella lo supo hacer tres siglos atrás, en circunstancias también difíciles como las actuales. 

Será una manera de “anticipar la aurora, y construir la esperanza”.

Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Afectuosamente.

 

Buenos Aires, 21 de agosto de 2010

 

                                                              Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la XXXVI Peregrinación Juvenil al Santuario de Luján

“Madre, queremos una Patria para todos”

“Ahí está tu hijo”, ¡aquí están tus hijos Madre! Tu pueblo peregrino viene a tu Casa desde muchos años, siglos…  

En el corazón de los hijos está arraigado ese momento que nos cuenta el evangelio, y aquí cada peregrino, cada uno de nosotros que vinimos ayer y hoy, así lo vivimos.  Jesús en la cruz nos miró en el apóstol y nos dejó el mejor regalo: su Madre,  que es nuestra Madre. 

Hermanos y hermanas: en Luján creció fuerte esta presencia de la Virgen, nuestra Madre. Hoy, también en mayo y en diciembre, muchos venimos para estar cerca de la Madre. Venimos porque nos hace falta este lugar de confianza y de descanso. Venimos a contarle a la Virgen como anda nuestra vida y nos llevamos su mirada que es aliento para seguir el camino. Esto no se suele publicar mucho, pero es lo que los hijos viven con mucha fe y son muchos los que aquí han instalado su lugar de encuentro y bendición. Aquí venimos porque nos hace falta seguir confiando y seguir alimentando lo más nuestro, lo que da sentido a nuestras vidas. 

Este año la Casa de la Virgen en Luján, tiene, para nuestra Patria, un gran significado. Igual que nosotros hoy, muchos vinieron durante siglos hasta este lugar reconociendo en las palabras del evangelio una pertenencia, una pertenencia de hijos.  

Aquí como hijos renovamos la dignidad de personas, porque la Virgen Madre nos lleva a Jesús que nos enseña con su Palabra y nos entrega su vida.

Y aquí generaciones de hijos, conocidos o anónimos peregrinos de la Virgen , han hecho crecer la Patria y nos han dejado esta Casa que se fue edificando con amor. Todos ellos recibieron la bendición de la Virgen y ella nos animó también a recibir la fe que, de padres a hijos, aquí continúa creciendo. 

Como hijos de esta querida Patria queremos seguir cuidados por la Virgen. Que nada ni nadie nos confunda. Aquí Nuestra Señora de Luján se quiso quedar como “La primera fundadora de esta Villa”. Y si nuestros mayores nos enseñaron a confiar porque visitaron a la Virgen en la gloria y en la tristeza, nos confirman ellos también lo que el pueblo argentino siempre hizo en este sitio: confiar en quien prometió cuidarlos. En este año de comienzo del Bicentenario miramos a nuestra Madre y le expresamos nuestro deseo hecho oración: “Madre queremos una Patria para todos”. Que todos tengan cabida. Que no haya “sobrantes”, excluidos ni explotados. Que esta Patria para todos nos consolide como hermanos en la herencia patriótica de nuestros mayores. Que nadie sea despreciado. Que no crezca el odio entre nosostros. Que el rencor, ese yuyo amargo que mata, no eche raíces en nuestro corazón (cfr. Hebr. 12:15  ). Madre queremos una Patria renovada en la fraternidad; Madre, queremos una Patria para todos.

Y  como en tantos otros años te pedimos: no nos sueltes de tu mano, sabemos en quien pusimos nuestra confianza. 

 

Luján, 3 de octubre de 2010. 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Conferencia del Sr. Arzobispo en la XIII Jornada Arquidiocesana de Pastoral Social

 

HACIA UN BICENTENARIO

EN JUSTICIA Y SOLIDARIDAD

2010-2016 

NOSOTROS COMO CIUDADANOS,

NOSOTROS COMO PUEBLO 

C O N T E N I D O

HACIA UN BICENTENARIO EN JUSTICIA Y SOLIDARIDAD 2010-2016 NOSOTROS COMO CIUDADANOS, NOSOTROS COMO PUEBLO

 

1. INTRODUCCION

 

     1.1.    Bicentenarios: herencia e inventario

1.2.    Reconciliación y proyecto

 

2. ¿POR QUÉ COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO?

 

     2.1.    ¿La primacía del individuo o el hombre como un ser en relación?

2.2.    Dimensión social y construcción histórica

 

3. CIUDADANOS Y PUEBLO

 

3.1.    Citados al bien común

3.2.    La pertenencia a un pueblo

3.3.    Ciudadano y vocación política

3.4     Dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza

3.5.    Ciudadanos en el seno de un pueblo

3.6.    ¿Qué conspira contra ello?

 

4. PRINCIPIOS PARA ILUMINAR NUESTRO SER COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO

 

4.1.     Primera tensión bipolar: la tensión entre plenitud y límite

4.1.1. Primer principio: el tiempo es superior al espacio

4.1.2. Segundo  principio: la unidad es superior al conflicto

 

4.2.     Segunda tensión bipolar: la tensión entre idea y realidad

4.2.1. Tercer principio: la realidad es superior a la idea

 

4.3.    Tercera tensión bipolar: la tensión entre globalización y localización

4.3.1. Cuarto principio: el todo es superior a la parte

 

5. CONDICIONES FAVORABLES PARA LA REALIZACIÓN DE CIUDADANIA EN UNA EXPERIENCIA SIGNIFICATIVA DE PUEBLO EN LOS BICENTENARIOS

 

5.1.    Tiempo de proyecto

5.2.    El pueblo como sujeto

 

6. PERSPECTIVAS DE FUTURO

 

6.1.     Dos prioridades:

6.1.1.  Erradicación de la pobreza

6.1.2.  Desarrollo integral de todos

 

6.2.    Bicentenarios y futuro

 

7. CONCLUSIÓN

 "El amor cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre, a ofrecer su propia contribución" [1]

 

1. INTRODUCCION 

      1.1. Bicentenarios: herencia e inventario 

Este segundo centenario de la Patria, este tiempo de aniversario y de celebración, es una ocasión inmejorable para reflexionar acerca de nosotros mismos, como ciudadanos y como pueblo y comprometernos en la acción.

Aquellos hombres de hace doscientos años deseaban construir una Nación  independiente y soberana. Ese fue su legado para la historia.   

Doscientos años han pasado durante los cuales los hombres y mujeres que nos precedieron construyeron, con aciertos y errores, una herencia que nos pertenece y de la cual nos debemos hacer cargo con todos sus logros y todas sus imperfecciones, porque ese es precisamente el punto de partida desde el que nosotros debemos hacer nuestro aporte para el futuro. 

La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan. Por eso, cada esfuerzo individual, -por mas valioso que sea-, cada etapa de gobierno que se sucede, -por más significativa que haya sido- y los acontecimientos y procesos históricos  que va forjando un pueblo con historia, -portador de vida y cultura-, no son más que partes de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: un pueblo que lucha por una significación, que lucha  por un destino, que lucha por vivir con dignidad.  

La Argentina de este segundo centenario se encuentra en condiciones diferentes a la del primero: tenemos democracia, libertades, derechos sociales, se han desarrollado intensos procesos de inclusión política y social a lo largo del siglo XX, en los últimos años se han ido profundizando procesos de integración en nuestra región geocultural y geoestratégica que es América Latina. 

Tenemos también heridas,  cuestiones irresueltas y deudas que saldar. La historia nos marca y, muchas veces, nos deja sin aliento. Hemos pasado momentos duros y difíciles. Inestabilidad crónica y enfrentamientos, dictaduras militares, guerra perdida, hiperinflaciones y ajustes, etc. La crisis y la depresión del 2001/2002 no son datos que podamos obviar en el momento de tomar conciencia de la realidad que nos toca vivir. 

Tenemos que partir del inventario, de lo que tenemos, de lo que logramos, de la plataforma que construimos para dar unos pasos más y llevar adelante un proyecto de país que nos permita a todos vivir con dignidad. 

“En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Esos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina” [2]

En ese inventario no pueden imponerse visiones decadentistas, que perciben la realidad como una continúa degradación partiendo de un paraíso perdido, ni visiones triunfalistas acríticas, que no perciben las problemáticas que tenemos aún por resolver. 

Necesitamos un análisis sereno, reflexivo, profundo, de dónde estamos y hacia dónde nos proponemos ir. 

1.2. Reconciliación y proyecto 

La Argentina de este segundo centenario se encuentra frente a grandes desafíos y también frente a una extraordinaria oportunidad. Ello aumenta la responsabilidad de los dirigentes y de la ciudadanía frente a la ocasión y al  reto.  No podemos segmentarnos en espacios. Más bien tenemos que privilegiar el tiempo al espacio; la unidad al conflicto; el todo a la parte y la realidad a la idea. 

El sistema democrático es el marco y estilo de vida que hemos elegido tener y en él tenemos que dirimir nuestras diferencias y encontrar nuestros consensos.

Con la recuperación de la democracia tuvimos la ilusión y pensamos que nuestra Patria podría, finalmente, lograr una convivencia y un proyecto común. Creíamos que podíamos resolver nuestras diferencias y las tensiones internas a través de las herramientas que nos brinda la política, que es el “espacio del compromiso y la misión para superar las confrontaciones que impiden el bien común”. [3] Sin embargo, todavía nos cuesta encontrar y aceptar los puntos de unión y los lugares que nos permitan una convivencia fraterna.  

Hay un párrafo en el Documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, de los obispos argentinos de mayo de 1981, que nos caracteriza hasta hoy: “… cada sector ha exaltado los valores que representa y los intereses que defiende, excluyendo a los otros grupos. Así, en nuestra historia se vuelve difícil el diálogo político. Esta división, este desencuentro de los argentinos, ese no querer perdonarse mutuamente, hace difícil el reconocimiento de los errores propios y, por lo tanto, la reconciliación. No podemos dividir el país, de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas” [4].

Tenemos entonces un déficit de política, entendida en un sentido amplio como “la forma específica que tenemos para relacionarnos en sociedad. Lo político nos comprende a todos y es responsabilidad de todos, aunque no estemos directamente involucrados en actividades políticas” [5]

Esta situación interpela de modo vivo a quienes están directamente involucrados en la actividad política, a quienes tienen la responsabilidad de dirigir, de conducir los diferentes ámbitos que tienen mayor incidencia en la realidad.  

Es hora de hacernos cargo y aceptar con valentía que como dirigentes no hemos estado muchas veces la altura de los desafíos que nos ha tocado enfrentar.  

El diagnóstico de divorcio entre dirigencia-pueblo, elite-pueblo ha figurado en la mayoría de los trabajos de análisis sobre nuestra evolución histórica y  por tan repetido nos lo olvidamos. La dirigencia, muchas veces,  suele formarse en ambientes y perspectivas ajenas al sentir popular y a esta diferenciación “cultural” se le ha sumado el factor económico que ha cooptado el poder dirigente. 

Nuestra política no ha estado, muchas veces, decididamente al servicio del bien común, se ha convertido en una herramienta de lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; de posicionamientos y ocupación de espacios, más que de conducción de procesos y no ha sabido, no ha querido o no ha podido poner límites, contrapesos, equilibrios al capital y de ese modo erradicar la desigualdad y la pobreza que son los flagelos más graves del tiempo presente.

En este punto no hay oficialismos ni oposiciones, hay un fracaso colectivo. Este es un sayo que nos cabe a todos.

Muchos podrán explicar lo difícil que es dirigir un país en un tiempo de grandes mutaciones y en un contexto global en el cual muchas de las decisiones quedan fuera del alcance de nuestras dirigencias. Pero en lo que nos toca a nosotros fronteras adentro, corresponde dejar de señalar al de al lado, o al de atrás, porque lo que hemos terminado dejando al lado y atrás, y finalmente afuera de todo, es a una importante porción de nuestros hermanos. 

No podemos reconciliarnos con la idea de una democracia de baja intensidad, de niveles de pobreza como los que aún tenemos, de la falta de definición de un proyecto estratégico de desarrollo y de inserción internacional, de un rasgo de nuestra cultura política que juega al “todo o nada” en cada tema, que coloca cuestiones que son del orden de lo opinable, discutible, negociable, modificable en el límite, como si en ellas se jugara la existencia misma de la Nación, y  así se coloca en grave riesgo la convivencia, la estabilidad, la gobernabilidad, la necesaria tranquilidad de la vida en democracia y lo que es más grave aún, poniendo en riesgo lo que nos costó tanto conseguir: el crecimiento económico, el incremento del empleo registrado, el alivio relativo de la pobreza, una serie de medidas positivas como la asignación “universal” y la integración en la región, por dar sólo algunos ejemplos. 

Es en ese marco que la dirigencia tiene un papel fundamental para jugar, para favorecer escenarios que contribuyan al desenvolvimiento de una democracia participativa y cada vez más social. 

 2. ¿POR QUÉ COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO?     

      2.1. ¿La primacía del individuo o el hombre        como un ser en relación? 

En la vida actual existe una tendencia cada vez más acentuada a exaltar al individuo.  

Es la primacía del individuo y sus derechos, sobre la dimensión que mira al hombre como un ser en relación. Es la individualización de la referencia: es el reinado del “yo pienso”, “yo opino”, “yo creo”, por encima de la realidad misma, de los parámetros morales, de las referencias normativas, sin hablar de  preceptos de orden religioso. Es la primacía de la razón sobre la inteligencia, ratio sobre intellectio.

Esto ha sido calificado como nuevo individualismo contemporáneo. Puede rastrearse e inscribirse, genealógicamente, en el individualismo posesivo del liberalismo decimonónico.  

Puede  también responder a las miradas psicologistas de principios del siglo XX que absolutizaron el inconsciente como fuente de explicación y destino de los hombres. Puede relacionarse, también genealógicamente, con el individualismo consumista del capitalismo de posguerra. 

Un amigo querido recientemente fallecido, Alberto Methol Ferré,  decía que se trataba de un individualismo libertino, hedonista, amoral, consumista, que no tenía horizonte ético ni moral. Se trataba, para él, del nuevo reto para la sociedad y para la Iglesia en América Latina. Ese individualismo asocial y amoral muchas veces tiñe el comportamiento de sectores o fragmentos de nuestra sociedad que no se reconocen en un marco mayor, en un todo. 

Por eso, al referirnos a los compromisos político-sociales actuales tenemos que hacer el esfuerzo de recuperar esa dimensión individual, personal, importantísima y destacada de manera significativa en nuestra tradición de pensamiento para ponerla a jugar con la dimensión social, colectiva, estructural de la vida comunitaria

A ello obedece el titulo de la convocatoria: “nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo”; como ciudadanos en el seno de un pueblo.  

2.2. Dimensión social y construcción histórica

Ciudadanos es una categoría lógica. Pueblo es una categoría histórica y mítica. Vivimos en sociedad, y esto todos lo entendemos y explicitamos lógicamente. Pueblo no puede explicarse solamente de manera lógica. Cuenta con un plus de sentido que se nos escapa si no acudimos a otros modos de comprensión, a otras lógicas y hermenéuticas.

El desafío de ser ciudadano comprende vivir y explicitarse en las dos categorías de pertenencia: de pertenencia a la sociedad y de pertenencia a un pueblo. Se vive en sociedad y se depende de un pueblo… 

Es real y cierto que en nuestra condición de pueblo nuevo en la historia, nuestra identidad no está del todo perfilada y definida.  En nuestra situación ser parte del pueblo, formar parte de una identidad común, para algunos sectores, no es automático. No resulta natural ni orgánico tampoco para quienes tienen referencias externas más fuertes que las internas o hacen de la autodenigración un deporte. No resulta natural ni orgánico para quienes han perdido todo lazo social y cultural con sus compatriotas, sin sentido de pertenencia a un destino colectivo.

Por eso decía que no era automático. Se trata de un proceso, de un hacerse pueblo. De una integración. De un trabajo lento, arduo, muchas veces doloroso por el cual nuestra sociedad ha luchado.

Somos un pueblo nuevo, una “patria niña…” al decir de Leopoldo Marechal.

América Latina irrumpe en la historia universal hace 500 años portando la riqueza de los pueblos originarios y la mestización del barroco de indias.

Vamos cumpliendo 200 años como reza el canon patriótico que recibimos del liberalismo y nos enseñaron en los actos escolares, aunque nuestras raíces se hunden en el período hispano-criollo con el mestizaje que nos da color y originalidad y la fe que nos distingue de otras matrices culturales.

Luego vinieron las inmigraciones que se acriollaron, que se unieron y fueron configurando nuestro rostro actual.

Esa raigambre histórico-cultural, esa continuidad histórica, ese modo de ser, ese ethos, esos legados, esas transmisiones son las que resultan difíciles y dolorosas de integrar, unir, sintetizar entre nosotros.

La puja de tradiciones (ilustrada-popular, dos Argentinas), de relatos (liberal-revisionista), de controversias (agrario o industrial), de enfrentamientos (unitarios-federales; régimen-causa; peronistas-antiperonistas) hace dramática la pertenencia a ese pueblo que queremos más unido, libre y protagonista.

Sí, nuestra historia es dramática y llena de contradicciones, muchas veces, violentas. Hemos crecido más por agregación que por síntesis superadora. Tenemos que leer nuestro pasado y superarnos. No volver a caer como en un sino trágico en sus derroteros y huellas, como si nos porfiáramos en repetir situaciones y confrontaciones que nos han hecho daño.

Se nos impone la tarea de mirar nuestro pasado con más cariño, con otras claves y anclajes, recuperando aquello que nos ayuda a vivir juntos, aquello que nos potencia, aquellos elementos que pueden darnos pistas para hacer crecer y consolidar una cultura del encuentro y un horizonte utópico compartido

3.1. CIUDADANOS Y PUEBLO 

3.1. Citados al bien común

Es necesario que cada uno recupere cada vez más la propia identidad personal como ciudadano, pero orientado hacia el bien común. Etimológicamente, ciudadano viene del "citatorium" latino. El ciudadano es el citado, citado al bien común, citado para asociarse hacia el bien común. Ciudadano no es el sujeto tomado individualmente como lo presentaban los liberales clásicos ni un grupo de personas amontonadas, lo que en filosofía se llama "la unidad de acumulación". Se trata de personas convocadas hacia una unidad que tiende al bien común, de cierta manera ordenada; es lo que se llama "la unidad de orden". El ciudadano entra en un ordenamiento armónico, a veces disarmónico por las crisis y los conflictos, pero ordenamiento al fin, que tiende hacia el bien común.

Para formar comunidad cada uno tiene un “munus”, un oficio, una tarea, una obligación, un darse, un entregarse, un donarse para el resto. Estas categorías que nos vienen del patrimonio histórico-cultural han quedado “olvidadas”, “tapadas”, frente a la exigencia del “individualismo consumista” que sólo pide, exige, demanda, critica, moraliza, y centrado en sí mismo, no pone,  no apuesta,  ni arriesga o “se juega” por los demás. 

3.2. La pertenencia a un pueblo

Para ser ciudadano pleno no basta la pertenencia a la sociedad, para tener la total identidad de ciudadano no basta, aunque ya es un gran paso, pertenecer a una sociedad. Estar en una sociedad y tener pertenencia de ciudadano, en el sentido de orden, es un gran paso de funcionalidad. Pero la persona social adquiere su más cabal identidad como ciudadano en la pertenencia a un pueblo. Esto es clave, porque identidad es pertenencia. No hay identidad sin pertenencia. El desafío de la identidad de una persona como ciudadano se da directamente proporcional a la medida en que él viva su pertenencia. ¿A quién? Al pueblo del que nace y vive.

Como decía con anterioridad, en esta pertenencia al pueblo convergen dos tipos de categorizaciones: la categorización lógica y la categorización histórico/mítica. Y las dos hay que usarlas.  

Entonces, cuando hablamos de ciudadano lo contraponemos a masa de gente. El ciudadano no es el montón, no es el rejunte. Existe una diferencia sustancial y cualitativa entre masa y pueblo. Pueblo es la ciudadanía comprometida, reflexiva, consciente y unida tras un objetivo o proyecto común. 

3.3. Ciudadano y vocación política 

En esta perspectiva, la reflexión sobre el ciudadano, la reflexión existencial y ética, culmina siempre en vocación política, en la vocación de construir con otros un pueblo-nación, una experiencia de vida en común en torno a valores y principios, historia, costumbres, idioma, fe, causas, sueños compartidos… 

Entonces, si el ciudadano es alguien que está citado y obligado a dar para el bien común, ya está haciendo política, que es una forma alta de la caridad, según los documentos pontificios.  

El desafío de ser ciudadano, además de ser un hecho antropológico, se encuadra en el marco de lo político. Porque se trata del llamado y del dinamismo de la bondad que se despliega hacia la amistad social.  

Y no se trata de una idea abstracta de bondad, teórica, que funda el eticismo, sino la que se despliega en el dinamismo de lo bueno en el núcleo mismo de la persona, en las actitudes. Son dos cosas distintas. Lo que a uno lo hace ciudadano es el despliegue del dinamismo de la bondad hacía la amistad social. No la reflexión sobre la bondad que crea pautas éticas que -en última instancia- pueden llevar a actitudes que no despliegan nuestra total bondad. Una cosa es la bondad y otra cosa es el eticismo. También puede darse un eticismo sin bondad. Es propio del "medio pelo existencial" la inteligencia sin talento y el eticismo sin bondad.

3.4 Dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza

En nuestra historia muchas veces estas disociaciones generaron graves conflictos y enfrentamientos: la razón abstracta del formalismo o del moralismo versus el dinamismo vital expresado y comprometido situacionalmente.

La reflexión abstracta corre el riesgo de elucubrar sobre objetos abstractos o abstraídos, encandilada en una aséptica búsqueda de la verdad, y se olvida de que el objetivo de toda reflexión humana es el ser real como tal y, por lo tanto, uno, de donde no se pueden desgajar esas tres pautas fundamentales del ser, que los filósofos llaman los trascendentales: la verdad, la bondad y la belleza. Van juntos. Lo que tiene que desarrollarse en el ciudadano es esa dinámica de la verdad, con la bondad y la belleza. Si falta alguno el ser se fractura, se idealiza, pasa a la idea, no es real. Tienen que ir juntos, no desgajarse.

En este desgajamiento metafísico se enraíza toda deformación en la concepción del ser ciudadano; se da el reduccionismo del bien común al bien particular, se busca una bondad que, al no tener al lado la verdad y la belleza, va a terminar por convertirse en un bien propio para mí en particular o para mi sector. Pero no el bien universal, el bien común, el bien que como ciudadano debo buscar. Entonces, un desafío de ciudadano es juntar esta bondad, esta verdad, esta belleza, lo cual da unidad, sin desgajarse, en pos de una experiencia de pueblo, de un nosotros como pueblo.

Recuperar la vigencia de la actitud ciudadana, del ciudadano como persona con identidad y pertenencia, entraña recuperar el horizonte de síntesis y de unidad de una comunidad.  

3.5. Ciudadanos en el seno de un pueblo

Recuperar la vigencia de lo ciudadano desde esta proyección, el transformarme de habitante a ciudadano como perteneciente a un pueblo con sus valores, significa aire de familia, projimidad en la comunidad, experiencia histórica de pueblo.

Para Alberdi en la segunda mitad del siglo XIX debíamos pasar de habitantes a ciudadanos. Habitantes haciendo ejercicio de los derechos civiles enunciados en el famoso artículo 14 de la Constitución Nacional de 1853. Ciudadanos ejerciendo los derechos políticos, una vez que la inmigración transformara de cuajo la sociedad preexistente. La república de abundantes libertades civiles era para Alberdi la “República Posible”. La república con libertades políticas era la “República Verdadera” que es la que se consolida con la ley Saenz Peña, en la que se cumple ese objetivo, aunque no en la línea que soñaba Alberdi y el liberalismo elitista.

Necesitamos constituirnos ciudadanos en el seno de un pueblo. Marchar hacia un concepto de ciudadanía integral.

La Argentina llegó a constituir una sociedad con movilidad social ascendente, bastante homogénea, con derechos sociales extendidos, de pleno empleo y alto consumo, con participación política electoral casi total, con una activa movilización. Sin caer en nostalgias  -ni las del Centenario, ni las de mitad de siglo XX- como generación no podemos estar a menor altura que esos proyectos.  

3.6. ¿Qué conspira contra ello?

La primacía de lo individual y de lo sectorial por encima de todo y todos. El primado del interés individual, ese individualismo arribista, mezquino, que no debemos confundir con el esfuerzo individual que muchas de nuestras familias hicieron para tener casa, garantizar educación a los hijos, etc. La presencia del sectorialismo, el reinado del fragmento, la exaltación de la parte, la absolutización de la lógica y el interés del sector ha impedido la maduración de un proyecto colectivo y de mediano y largo plazo.

El coyunturalismo o el cortoplacismo ha instalado el presente como única dimensión del tiempo, que no permite visión y mirada estratégica y que coloca  la ocupación de espacios como fin último de la actividad política, social y económica.

Este coyunturalismo, ese inmediatismo tacticista, ese “estar en el juego”, “ese ocupar el espacio sin finalidades trascendentes” se une al afán de ganancia rápida que constituye un rasgo trágico de  los sectores de poder económico que no se han reconciliado con la idea del esfuerzo sostenido, del desprendimiento y el ceder, de la abstención de consumo suntuario en aras de un escenario económico más previsible y estable.

La presencia mediática. La irrupción de la “civilización de la imagen” es un hecho datado de hace más de cinco décadas. La reducción de la política a espectáculo o pura imagen es un hecho más reciente que habilita a figuras carentes de contenidos y propuestas, sin capacidad de gestión ni solvencia para enfrentar situaciones complejas como las que les tocan vivir a las sociedades contemporáneas. No se trata de una cuestión local. No hace falta dar ejemplos para considerar la emergencia de liderazgos efímeros producidos por una campaña publicitaria o por la complicidad mediática.

Con anterioridad enfaticé  el papel de la dirigencia en la formulación de un proyecto  de desarrollo integral e inclusivo de país. Esta se  ve limitada  por  los condicionamientos con los que opera y la debilidad en poder poner reglas de juego claras y eficaces para reconstituir el vínculo y el tejido social argentino.

Se da así la incapacidad para realizar acuerdos y generar proyectos de desarrollo de mediano y largo plazo, identificando los problemas y situaciones sociales a resolver. Una cultura política de confrontación, no de acuerdo, no de cultura del encuentro, donde el conflicto es más importante que el acuerdo, que la búsqueda de la unidad.

Nuestra patria merece un proyecto integrador. Un proyecto en torno a definiciones de valores y a objetivos concretos en las distintas áreas de la economía, la política, lo social, lo cultural. Un proyecto de desarrollo integral para todos. Ese proyecto integrador excede los tiempos de cualquier gobierno porque necesita una mirada de mediano y largo plazo y por lo tanto requiere continuidad, la cual sólo puede ser garantizada mediante el compromiso de las distintas fuerzas políticas y sociales.  

Nos preguntamos: 

¿Es posible en la Argentina de 2010 un proyecto de este tipo?

¿Es posible elevar un poco la mirada de la coyuntura que nos consume, y soñar un país que quizá sólo dé frutos a nuestros hijos y nietos?

¿Podemos los argentinos ponernos de acuerdo en cierto mínimo común denominador de ideas y políticas y respetarlas a través del tiempo?

¿Podemos construir una cultura política que tenga como norte el encuentro y no la confrontación estéril?

 

Ese es quizás, en estos tiempos de bicentenarios, nuestro mayor desafío como pueblo. 

4. PRINCIPIOS PARA ILUMINAR NUESTRO SER COMO CIUDADANOS Y COMO PUEBLO 

Enunciaría cuatro principios fundamentales: El tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto, la realidad superior a la idea, el todo es superior a la parte.

Llegar a construir un proyecto común supone en la vida de un pueblo el manejo y la resolución de tres tensiones bipolares, que si uno las utiliza de manera madura ayudan a resolver el desafío de ser ciudadano, la pertenencia lógica a una sociedad y la dependencia histórico/mítica a un pueblo. Ellas son: Plenitud y límite. Idea y realidad. Global y local. 

4.1.  Primera tensión bipolar: la tensión entre plenitud y límite

La plenitud es las ganas de poseerlo todo, y el límite la pared que se te pone adelante. La plenitud es la utopía como percepción, es decir: hay que ir más allá. Un ciudadano necesariamente tiene que vivir con utopías para el bien común. La utopía como "camino hacia", o como dirían los escolásticos la utopía como "causa final", lo que te atrae; aquello a lo cual tenés que llegar, al bien común.

La utopía no es la fuga. A veces usamos así la palabra: este es un utópico, en el sentido de fuga, en forma peyorativa. Aquí en sentido positivo, como causa final, como telos typo. La plenitud es esa atracción que Dios pone en el corazón de cada uno para que vayamos hacia aquello que nos hace más libres; y el límite, que va junto con la plenitud que nos atrae, en cambio nos tira para atrás: es la coyuntura o la crisis como quehacer, diría como quehacer cotidiano. Esto hay que resolverlo. La plenitud y el límite están en tensión. No hay que negar ninguna de las dos. Que una no absorba a la otra. Vivir esa tensión continua entre la plenitud y el límite ayuda al camino de los ciudadanos. También, el límite tiene su caricatura en la negación de la coyuntura como tal o en el coyunturalismo como horizonte socio-político, cuando se vive de la coyuntura y no se mira más allá.

Si lo traducimos un poquito vemos que aquí van el tiempo y el momento juntos. El tiempo hacia la plenitud como expresión del horizonte y el momento como expresión del límite. El ciudadano tiene que vivir en tensión entre la coyuntura del momento leída a la luz del tiempo, del horizonte. No puede quedar aprisionado en ninguno de los dos. El ciudadano es custodio de esta tensión bipolar. Esto es clave, porque uno puede crecer si procesa esa tensión dialógica.  

4.1.1. Primer principio: el tiempo es superior al espacio

 

De ahí salen dos principios, de los cuatro que enuncié al comienzo. Primero: el tiempo es superior al espacio. El tiempo inicia procesos y el espacio los cristaliza. Por eso cuando la madre de los hijos de Zebedeo le dice a Jesús: Mirá, te quiero pedir un favor: que mis dos hijos estén uno a la derecha y el otro esté a la izquierda, o sea, que en el reparto les de un pedazo grande de la pizza -uno a uno y otro al otro-, le está pidiendo un espacio. Y el Señor le responde: No, el tiempo. ¿Van a poder llegar donde yo llegué, van a poder sufrir lo que yo sufrí?[6] Es decir, le marca el tiempo. El tiempo siempre es superior al espacio. Y en la actividad ciudadana, en la actividad política, en la actividad social es el tiempo el que va rigiendo los espacios, los va iluminando y los transforma en eslabones de una cadena, de un proceso. Por eso, el tiempo es superior al espacio. Uno de los pecados que a veces hay en la actividad socio-política es privilegiar los espacios de poder sobre los tiempos de los procesos. Creo que quizá nos haga bien a los argentinos pensar si no es el momento de iniciar procesos más que poseer espacios.

 

4.1.2. Segundo  principio: la unidad es superior al conflicto

Si uno se queda en lo conflictivo de la coyuntura pierde el sentido de la unidad. El conflicto hay que asumirlo, hay que vivirlo, pero hay diversas maneras de asumir el conflicto. Una es la que hicieron el cura y el abogado frente al pobre hombre en el camino de Jerusalén a Jericó[7]. Ver el conflicto y pegar la vuelta, obviarlo. Alguien que obvia el conflicto no puede ser ciudadano, porque no lo asume, no le da vida. Es habitante, que se lava las manos de los conflictos cotidianos. La segunda es meterse en el conflicto y quedar aprisionado. Entonces la contribución al bien común se daría sólo desde el conflicto, encerrado en él, sin horizonte, sin camino hacia la unidad. Ahí nace el anarquismo o esa actitud de proyectar en lo institucional las propias confusiones. La tercera es meterse en el conflicto, sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en  el eslabón de una cadena, en un proceso.

Hasta aquí los dos principios que ayudan a ser ciudadano: el tiempo es superior al espacio y la unidad es superior al conflicto.  

4.2.  Segunda tensión bipolar: la tensión entre idea y realidad

La realidad es. La idea se elabora, se induce. Es instrumental en función de la comprensión, captación y conducción de la realidad. Ha de haber un diálogo entre ambas: entre la realidad y la explicitación que hago de esa realidad. Eso constituye otra tensión bipolar, y se contrapone a la autonomía de la idea y de la palabra sobre la realidad, donde la idea es lo que manda, ahí se dan los idealismos y los nominalismos. Los nominalismos no convocan nunca. A lo sumo clasifican, citan, definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento, por la idea, por la captación intuitiva por parte de ellos.

Aquí se plantea el problema de lo estético y la retórica. Fíjense que en la actividad del ciudadano estamos padeciendo, y esto no es sólo en el orden nacional sino también en el orden mundial, (me estoy refiriendo a fenómenos mundiales que inciden siempre en lo nacional, pero fenómenos mundiales) estamos padeciendo un deslizamiento de la acción socio-política desde la realidad expresada con ideas hacia lo estético, es decir hacia las ideas y los nominalismos. Entonces se vive en el reino de la imagen, de la sola palabra, del sofisma. Analicen en las convenciones internacionales o en lo cotidiano cómo el sofisma es en general el recurso de pensamiento que más se usa. Eso anula como ciudadano porque trampea, trampea la verdad porque no se ve la realidad explicitada con una idea.

Pero esto es tan viejo como el mundo. Platón, en el Georgias, hablando de los sofistas, que habían desplazado la reflexión de la realidad a través de la idea para llegar a una síntesis y la habían suplido por la estética y la retórica, dice esto: "la retórica es a la política lo que el gourmet al médico o la cosmética a la gimnasia”[8]. La idea queda aprisionada por el sofisma en vez de recurrir a la persuasión. Se trata entonces de seducir en vez de persuadir. Seduciendo perdemos nuestro aporte como ciudadanos. Persuadiendo confrontamos ideas, pulimos las aristas y progresamos juntos.  

4.2.1.  Tercer principio: la realidad es superior a la idea

Sin embargo, entre realidad e idea: ¿qué está primero? La realidad. Por eso la realidad es superior a la idea. Este es el tercer principio que hace que un ciudadano vaya tomando conciencia de sí mismo, unidos a los dos que mencioné antes: el tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto.  

 

4.3. Tercera tensión bipolar: la tensión entre globalización y localización

 

Como ciudadanos estamos sometidos también a la  tensión bipolar entre globalización y localización. Hay que mirar lo global, porque siempre nos rescata de la mezquindad cotidiana, de la mezquindad casera. Cuando la casa ya no es hogar, sino que es encierro, calabozo, lo global nos va rescatando porque está en la misma línea de esa causa final que nos atraía hacia la plenitud. Al mismo tiempo, hay que asumir lo local, porque lo local tiene algo que lo global no tiene, que es ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos de subsidiaridad. Para ser ciudadano no hay que vivir ni en un universalismo globalizante ni en un localismo folklórico o anárquico. Ninguna de las dos cosas. Ni la esfera global que anula, ni la parcialidad aislada que castra. Ninguna de las dos. En la esfera global que anula, todos son iguales, cada punto es equidistante del centro de la esfera. No hay diferencia entre cada punto de la esfera. Esa globalización no la queremos, anula. Esa globalización no deja crecer. ¿Cuál es el modelo? ¿Recluirnos en lo local y cerramos a lo global? No, porque te vas al otro punto de la tensión bipolar. El modelo es el poliedro. El poliedro, que es la unión de todas las parcialidades que en la unidad conservan la originalidad de su parcialidad. Es, por ejemplo, la unión de los pueblos que, en el orden universal, conservan su peculiaridad como pueblo; es la unión de las personas en una sociedad que busca el bien común.

 

Un ciudadano que conserva su peculiaridad personal, su idea personal, pero unido a una comunidad, ya no se anula como en  la esfera sino que conserva las diversas partes del poliedro. Esto es lo que fundamenta algo que dije al principio como característica fundamental de ser ciudadano que es la projimidad. Al buscar en lo universal la unión de lo local y, a la vez, conservar la peculiaridad, construyo puentes y no abismos, construyo una cercanía movilizante. Hay que actuar en lo pequeño, lo próximo, pero con la perspectiva global, mediado por lo provincial, lo nacional, lo regional…. Esto lleva a un cuarto principio. 

 

4.3.1. Cuarto principio: el todo es superior a la parte

El "todo" del poliedro, no el "todo" esférico. Este (el esférico) no es superior a la parte, la anula. Para crecer como ciudadano he de elaborar, en la confluencia de las categorías lógicas de sociedad y míticas de pueblo, estos cuatro principios. El tiempo es superior al espacio, la unidad es superior al conflicto, la realidad es superior a la idea, y el todo es superior a la parte.

Así abordé las tres tensiones bipolares entre plenitud y límite, entre idea y realidad, y entre globalización y localización, para facilitar nuestro caminar como pueblo y como ciudadanos.

Ser ciudadano significa ser citado a una opción, ser convocado a una lucha, a esta lucha de pertenencia a una sociedad y a un pueblo. Dejar de ser montón, dejar de ser gente masa, para ser persona, para ser sociedad, para ser pueblo. Esto supone una lucha. En la buena resolución de estas tensiones bipolares hay lucha, una construcción agónica.

La lucha tiene dos enemigos: el menefreguismo, me lavo las manos frente al problema y no hago nada, entonces no soy ciudadano. O la queja, eso que Jesús le decía a las personas de su época: A estos no los entiendo. Son como los chicos que cuando les tocan danzas alegres no bailan y cuando les tocan canciones de entierro no lloran[9]. Que viven quejándose. Hacen de su vida una palinodia continua.  

5. CONDICIONES FAVORABLES PARA LA REALIZACIÓN DE CIUDADANIA EN UNA EXPERIENCIA SIGNIFICATIVA DE PUEBLO EN LOS BICENTENARIOS 

5.1. Tiempo de proyecto

Lograda la estabilidad política democrática, no sufriendo la región latinoamericana el impacto arrollador de la crisis económica actual como en otros países, con un horizonte de crecimiento para los próximos años, contamos con un escenario privilegiado para lograr un acuerdo de desarrollo, un proyecto de país, más inclusivo.

Nos falta como pueblo esa proyección: una definición de desarrollo que incluya a todas las personas en todas sus dimensiones, lo cual es más fácil de acordar en un horizonte expansivo que en una situación de restricciones. El tiempo juega a favor. El tiempo ayuda a acomodar las cargas en el espacio. Si se abren horizontes y nuevos espacios es posible otra proyección.

La realización de un proyecto de desarrollo integral para todos que privilegie la lucha contra la desigualdad y la pobreza es un tema que conviene abordar en estos tiempos de bicentenarios y en estos escenarios favorables.

El logro de una cultura del encuentro que privilegie el diálogo como método, la búsqueda compartida de consensos, de acuerdos, de aquello que une en lugar de lo que divide y enfrenta es un camino que tenemos que transitar.

Para ello debemos privilegiar el tiempo al espacio, el todo a la parte, la realidad a la idea abstracta y la unidad al conflicto.

Reitero: es una ocasión propicia para la reflexión, para la elaboración y acuerdo entre todos de un nuevo proyecto histórico de Nación, para que vivamos como ciudadanos en un pueblo más justo y solidario, más homogéneo e integrado, sin exclusiones ni confrontaciones agudas. 

5.2. El pueblo como sujeto

Esa definición debe tener como actor a un sujeto histórico que es el pueblo y su cultura, no una clase, fracción, grupo, o elite. El proyecto debe reflejar los propósitos estratégicos, lo que es posible realizar y lo que el pueblo vívidamente desea.

“No se puede determinar un sistema prescindiendo del hombre para luego forzarlo a entrar en él.  Sería vano proyectar minuciosamente una organización cuyo propósito, en el mejor de los casos, no fuera más que el de lograr un ordenamiento formal, mecánico y abstracto que no sirviera a las exigencias perennes de la naturaleza humana ni recogiera los auténticos rasgos del hombre, históricamente incorporados a nuestra propia nacionalidad ” [10].

No sirve un proyecto de pocos y para pocos, de una minoría iluminada o testimonial, que se apropia de un sentido colectivo. Es un acuerdo de vivir juntos. Es la voluntad expresa de querer ser pueblo-nación en lo contemporáneo. Es una experiencia de pueblo en marcha en la historia, con las dificultades y los contratiempos, con los gozos y las penas, con los dolores y las alegrías.

6. PERSPECTIVAS DE FUTURO

En el Documento de la CEA “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)”[11] -que no es de coyuntura, sino programático- señalábamos una serie de cuestiones que sintetizo para concluir con esta intervención: 

6.1.  Dos prioridades:

6.1.1.  Erradicación de la pobreza

La argentina de 2010 tiene demasiados pobres y excluidos, los cuente quien los contare, que supimos generar durante las últimas décadas. Lo que hay detrás de los números son personas, hombres y mujeres, ancianos,  jóvenes y niños.

No se trata sólo de un problema económico o estadístico. “Es primariamente un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial”[12]  porque “El hombre es el sujeto, principio y fin de toda la actividad política, económica, social” [13] y  quien le da razón de ser. Cada hombre, todo el hombre, y todos los hombres, como nos dice Pablo VI.

Al analizar más a fondo la cuestión de la pobreza nos viene a la memoria el “Documento de Puebla” cuando dice que “esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya otras causas de la miseria” [14].

Debemos agregar que esas situaciones y estructuras también requirieron  de decisiones  económicas y políticas. Hay argentinos que se encuentran en situación de pobreza y exclusión, que debemos tratar como sujetos y artífices de su propio destino, y no como destinatarios de acciones paternalistas y asistencialistas por parte del Estado, como desde la sociedad civil.

Afirmar los derechos humanos también supone la lucha por cambiar esas estructuras injustas para que todos los argentinos tengan una vida digna en la que se puedan desarrollar plenamente como personas.

Las personas  son sujetos históricos, es decir ciudadanos e integrantes de un pueblo. El Estado y la sociedad deben generar las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus derechos y les permitan ser constructores de su propio destino.

No podemos admitir que se consolide una sociedad dual. “Más allá de los esfuerzos que se realizan, debemos reconocer que somos una sociedad injusta e insolidaria que ha permitido, o al menos consentido, que un pueblo otrora con altos índices de equidad sea hoy uno de los más desiguales e injustos de la región” [15].

Esta deuda social exige la realización de la justicia social.

“La justicia es el objeto y la medida de toda política”[16]. “Debemos recuperar la misión fundamental del Estado de asegurar la justicia y un orden social justo a fin de garantizar a cada uno su parte en los bienes comunes, respetando el principio de subsidiariedad y el de solidaridad que, como lo definiera Juan Pablo II, es la “determinación firme y perseverante por el bien común y que requiere ser llevada a cabo mediante formas de participación social y política”[17].

Existe consenso en reconocer una presencia más efectiva del Estado en la cuestión social. El Estado y la sociedad deben trabajar juntos para hacer posible estas transformaciones y modificar de raíz las problemáticas de desigualdad y distribución.

Por todo esto los invito a “establecer una cultura del encuentro, que implica estimular procesos de diseño de consensos y acuerdos que preserven las diferencias, convergiendo en los valores que hacen a la dignidad de la vida humana, la equidad y la libertad. Sólo así podremos renovar la confianza en nosotros mismos como sociedad y en nuestra dirigencia política, social, académica, religiosa, empresaria, sindical y de las organizaciones sociales, para corregir el rumbo del individualismo hedonista y la desaprensión por una realidad social que nos interpela de modo creciente” [18].

6.1.2.  Desarrollo integral de todos.

Un proyecto de desarrollo integral, para ser auténtico debe alcanzar y dar posibilidad a todos. En ello juega un rol central la redistribución de la riqueza que produce el conjunto social. Para muchos analistas esto se relaciona con el origen de la deuda social que nos aqueja.

Su importancia es proporcional a su complejidad. Para ser tratado se requiere buscar consenso y tener presente un proyecto para toda la comunidad. Sólo de esta manera se puede avanzar en una matriz distributiva más justa. De otra manera sólo habrá una puja de intereses sectoriales, acusaciones cruzadas, etc. El todo es superior a la parte.

La educación y el trabajo son claves  tanto para el desarrollo y la justa distribución de los bienes como para lograr la justicia social.

El trabajo es fuente de dignidad y constituye un eje vertebrador de la identidad personal y social. La dimensión subjetiva del trabajo constituye un eje principalísimo en el reconocimiento y valoración del aporte de las personas al proceso productivo y a la construcción de la Nación.

La educación contribuye al desarrollo de la subjetividad de la persona, al ejercicio ciudadano responsable, a la empleabilidad, a conformar una identidad nacional abierta a la región, a la mirada universal.

El  Estado como sujeto activo, eficaz y eficiente, como promotor y responsable primario del bien común, basado en los principios de subsidiariedad y solidaridad, tiene un rol fundamental e indelegable en la búsqueda del desarrollo integral, como articulador de intereses de los distintos sectores y actores sociales, fijando las reglas de juego que promuevan la cohesión social.

Se puede proponer un método:

Participación, diálogo, consensos, fijación de políticas públicas de Estado, definición de un proyecto país.

Pensar en un proyecto nacional de desarrollo integral acordado entre los diferentes sectores y actores, desde la perspectiva que abre el sexenio propuesto por la CEA supone un ejercicio colectivo de largo aliento, e invita a pensar el escenario de los próximos años.

El nivel de actividad económica que se proyecta, el aumento de la capacidad exportadora, la creciente demanda de alimentos a nivel mundial y los precios de esos productos, la diversificación creciente de la estructura productiva, la estabilidad política democrática, etc. parecen constituir un horizonte positivo en el cual inscribir el debate y la reflexión sobre las características que debe asumir un nuevo proyecto nacional de desarrollo.

6.2. Bicentenarios y futuro

Los bicentenarios de nuestra Revolución de Mayo y de la Independencia parecen constituirse en un tiempo especial que el Señor nos pone a disposición para proyectarnos, para soñar, que puede contribuir a deponer posiciones intransigentes, a abandonar comportamientos corporativistas o individualistas que tienen como único horizonte el ahora y el ya del beneficio cortoplacista. 

Es una ocasión privilegiada, un kairós, que no debemos dejar pasar.

Este tiempo abre una gran oportunidad: es la oportunidad de identificar las cuestiones irresueltas, entre las que la erradicación de la pobreza y la desigualdad resultan la tarea prioritaria. También lo que refiere en particular a los jóvenes que no encuentran oportunidades de educación y trabajo digno y suficiente.

 Es la oportunidad de fijar políticas de Estado en temas que deben sustraerse al coyunturalismo  y la puja política como son la educación, la salud, el trabajo y la seguridad, que nos devuelvan homogeneidad como sociedad y reconstituyan el tejido y el vínculo social de los argentinos.

Es la oportunidad de definir con qué producciones, qué nivel de valor agregado,  etc. participaremos en el mercado mundial.

Es la oportunidad de insertamos cada vez más valientemente en Latinoamérica, lo que supone serios esfuerzos de adecuación y reformulación de una identidad nacional vinculada a la región, desde una perspectiva universalista.

Es la oportunidad de sostener una política de derechos humanos que ayude a la construcción de una identidad basada en la memoria, la verdad y la justicia.

 

Es la oportunidad de releer la historia con claves de esperanza.

 

Es la oportunidad de movilizar las energías sociales en torno a un proyecto más generoso, amplio, que ponga en valor todas nuestras potencialidades.

Esta idea de proyecto, que recorre varias etapas de nuestra propia historia, se presenta como utopía, como algo distinto a plan o incluso a modelo. Proyecto es cualitativamente superior y transformador. Proyectar es dar lugar a la utopía, es mirar al futuro, escribirlo, construirlo día a día con decisiones y acciones en diálogo armónico con el don recibido. El proyecto es nuestra intención y esperanza, es como buscar anticipar la historia. Requiere fijar estrategias con acuerdos sustanciales y plurales para ir paso a paso, creciendo progresivamente y, a la vez, sin  negar las raigambres de nuestra identidad.

7. CONCLUSIÓN

Este pueblo, en el que somos ciudadanos, sabe y tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, hablamos de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia histórica que se ha ido moldeando en hitos significativos.

Nuestro pueblo sabe que la única salida es el camino silencioso, pero constante y firme. El de proyectos claros, previsibles, que exigen continuidad y compromiso con todos los actores de la sociedad y con todos los argentinos.

El Bicentenario es tiempo de proyecto, desafío, entrega. Es la oportunidad de gestar nuevos estilos de liderazgo centrados en el servicio al prójimo y al Bien Común[19].

El liderazgo es un arte… que se puede aprender. Es también una ciencia… que se puede estudiar. Es un trabajo… exige dedicación, esfuerzo y tenacidad. Pero es ante todo un misterio… no siempre puede ser explicado desde la racionalidad lógica.

El liderazgo centrado en el servicio es la respuesta a la incertidumbre de un país dañado por los privilegios, por los que utilizan el poder en su provecho, por quienes exigen sacrificios incalculables mientras evaden responsabilidad social y lavan las riquezas que el esfuerzo de todos producen.

El verdadero liderazgo y la fuente de su autoridad es una experiencia fuertemente existencial. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente, ha de ser ante todo un testigo. Es la ejemplaridad de la vida personal y el testimonio de la coherencia existencial. Es la representación, la aptitud de ir progresivamente interpretando al pueblo, desde el llano, y la estrategia de asumir el desafío de su representación, de expresar sus anhelos, sus dolores, su vitalidad, su identidad.

Roguemos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, en su advocación de Luján, patrona de nuestra patria, que nos acompañe y aliente a nosotros como ciudadanos y como pueblo en esta celebración de los Bicentenarios.

 

Buenos Aires, 16 de octubre de 2010

 

Card. Jorge Mario Bergoglio S.J.


[1] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, 2005.  n° 6

[2] Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016). Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. Pilar, 14 de noviembre de 2008. nº 10.

[3] Hacia una cultura del encuentro: La política, mediadora del bien común. Democracia -  Desarrollo – Justicia Social. DOCUMENTO DE TRABAJO, Xª Jornada de Pastoral Social, 15/09/2007. nº 39.

[4] Iglesia y Comunidad Nacional Documento de los obispos al término la 42ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. San Miguel 4 - 9 de mayo de 1981.  nº 31.

[5] Hacia una cultura del encuentro: La política, mediadora del bien común. Democracia -  Desarrollo – Justicia Social. DOCUMENTO DE TRABAJO, Xª Jornada de Pastoral Social, 15/09/2007. nº 40.

 

[6] Cf. Mc.10, 35-40; Mt. 20, 20-23

[7] Cf. Lc. 10, 31-32

[8] Cf. "Gorgias o la retorica" , Platón, edición Edimat, Madrid,  España, 2003.T/P Francisco Márques, p69

[9] Cf. Mt. 11, 16-17Lc. 7, 32.

[10] Cf. Iglesia y Comunidad Nacional Documento de los obispos al término la 42ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. San Miguel 4 - 9 de mayo de 1981, 38.

[11] Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016). Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA). Pilar, 14 de noviembre de 2008.

[12] Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016). Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. Pilar, 14 de noviembre de 2008. nº 5.

[13] Cf. Mater et Magistra. Carta encíclica de su santidad Juan XXIII, sobre el reciente desarrollo de la cuestión social
a la luz de la doctrina cristiana
nº 219.

[14] Documento de Puebla. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Documento Conclusivo, Puebla, 1979. nº 29.

[15] Hacia una cultura del encuentro: La política, mediadora del bien común. Democracia -  Desarrollo – Justicia Social. DOCUMENTO DE TRABAJO, Xª Jornada de Pastoral Social, 15/09/2007. nº 25.

[16] DEUS CARITAS EST. Carta encíclica del sumo pontífice Benedicto XVI a los obispos a los presbíteros y diáconos a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre el amor cristiano. nº 28 a) 1.

[17] Hacia una cultura del encuentro: La política, mediadora del bien común. Democracia -  Desarrollo – Justicia Social. DOCUMENTO DE TRABAJO, Xª Jornada de Pastoral Social, 15/09/2007. nº 84.

[18] Hacia una cultura del encuentro: La política, mediadora del bien común. Democracia -  Desarrollo – Justicia Social. DOCUMENTO DE TRABAJO, Xª Jornada de Pastoral Social, 15/09/2007. 23.

[19] Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016). Documento de los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA). Pilar, 14 de noviembre de 2008. nº 20-23.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.,

con motivo de la Misa de sufragio del Dr. Néstor Kirchner 

El Libro de la Sabiduría que leímos en primer lugar sigue diciendo que las almas de los que mueren están en las manos de Dios. Una imagen que nos habla de la realidad de la muerte, pasar a las manos de Dios, y Jesús mismo, el Justo, en el momento de morir, quizás recordando esta frase del Libro de la Sabiduría reza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Las manos de Dios son manos de Padre, manos de misericordia. Y cuando nos visita el acontecimiento de la muerte, cuando se instala en nuestra vida diaria, en nuestra familia, en nuestro corazón la muerte, se nos invita sabiamente a pensar en esas manos. Manos de padre, manos de misericordia o, si vemos las de Jesús, manos llagadas por amor. Esas son las manos que nos reciben! Morir es precisamente arrojarse en esas manos. Es un empezar de nuevo… sí y no, porque esas manos nos acompañaron toda la vida aunque a veces no nos hemos dado cuenta pero es la revelación de esas manos que iban acompañando, que nunca nos dejaron, las que ahora nos reciben. Eso es la muerte.  

Y hoy, que venimos a rezar por un hermano nuestro que murió, pensemos en esas manos. Son las manos que lo acompañaron, son las manos que lo amaron, que acariciaron su vida y que lo recibieron. Si bien el momento de la muerte es de profunda soledad porque uno muere solo, están esas manos; pero también están junto a él hombres y mujeres que lo acompañaron en su vida: hay una familia, su mujer, sus hijos, hay amor de familia… y ellos quedan acongojados. Uno no puede olvidar a aquellos que más íntimamente lo acompañaron en su vida y, en este momento, pedir al Señor por su familia, por su mujer, sus hijos, por sus amigos, y por sus compañeros de militancia que están doloridos… veo aquí varios compañeros de militancia del Movimiento Justicialista, de la Confederación General del Trabajo… tantos otros y también aquellos que en el trabajo político (porque es un trabajo) fueron sus opositores. Porque es necesario ese trabajo de conjunto. Y todos ellos participan de alguna manera de esta muerte. Todos ellos son despojados. Los que más estuvieron cerca de él en su familia, en su militancia, en su trabajo.

Y este muerto no es solamente un hombre que se enfrenta a esas manos de Dios y se deja recibir, y que hasta ahí lo acompaña este entorno de amigos y de familia sino que este hombre cargó sobre su corazón, sobre sus hombros y sobre su conciencia la unción de un pueblo. Un pueblo que le pidió que lo condujera. Sería una ingratitud muy grande que ese pueblo, esté de acuerdo o no con él, olvidara que éste hombre fue ungido por la voluntad popular. Todo el pueblo, en este momento, tiene que unirse a la oración por quien asumió la responsabilidad de conducir. Las banderías claudican frente a la contundencia de la muerte y las banderías dejan su lugar a las manos misericordiosas del Padre. Los que lo acompañaron más de cerca como su familia, sus amigos, y sus compañeros de militancia también sienten el desgarrón de su soledad y rezan por él; pero es precisamente el pueblo quien tiene que claudicar de todo tipo de postura antagónica para orar frente a la muerte de un ungido por la voluntad popular… durante cuatro años fue ungido para conducir los destinos del país. Se claudica de todo y se reza. Y hoy estamos aquí para rezar por un hombre que se llama Néstor, que fue recibido por las manos de Dios y que en su momento fue ungido por su pueblo. Hagámoslo todos juntos.      

Buenos Aires, 27 de Octubre de 2010. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

 

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Homilía Del Sr. Arzobispo en la Misa de apertura de la

100 Asamblea de la Conferencia Episcopal

 Carta de Pablo, servidor de Dios y Apóstol de Jesucristo para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al conocimiento de la verdadera piedad, con la esperanza de la Vida eterna. Esta Vida ha sido prometida antes de todos los siglos por el Dios que no miente, y a su debido tiempo, él manifestó su Palabra, mediante la proclamación de un mensaje que me fue confiado por mandato de Dios, nuestro Salvador. A Tito mi verdadero hijo en nuestra fe común, le deseo la gracia y la paz que proceden de Dios, el Padre, y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

 Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones. Todos ellos deben ser irreprochables, no haberse casado sino una sola vez y tener hijos creyentes, a los que no se puede acusar de mala conducta o rebeldía. Porque el que preside la comunidad, en su calidad de administrador de Dios, tiene que ser irreprochable. No debe ser arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni ávido de ganancias deshonestas, sino hospitalario, amigo de hacer el bien, moderado, justo, piadoso, dueño de sí. También debe estar firmemente adherido a la enseñanza cierta, la que está conforme a la norma de la fe, para ser capaz de exhortar en la sana doctrina y refutar a los que nos contradicen. (Tito 1: 1-9) 

Después dijo a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo”

                  Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería. (Lc. 17: 1-6) 

1-   La palabra de Jesús sobre el escándalo está ligada, en los Sinópticos, a la mención de los pequeños del Reino. En este texto que escuchamos recién la palabra “pequeños” señala al pueblo fiel de Dios; en la versión de San Mateo (Mt. 18: 6-7) también se relaciona con el pueblo de Dios: “los pequeños que creen en mí” (18:6) y se origina en la pregunta de los discípulos acerca de quién es el más grande en el Reino de los Cielos (18:1) y Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les aseguró que si no se hacían como niños no entrarían en el Reino, y “el que se hace pequeño como este niño será el más grande en el Reino de los cielos” (18:4). Marcos, al mencionar la misma palabra de Jesús (9:42) añade un significativo “pequeños que tienen fe”. Sin forzar el sentido podemos entender que Jesús se refiere al trato y al mal trato (el escándalo) que se puede tener para con los creyentes sencillos, como niños, a quienes el Señor pone como modelo de grandeza en el seguimiento. 

Estas palabras de Jesús me evocan aquella esperanzadora promesa en medio del terrible “dies irae” de Sofonías (1: 14-18): “Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor (3: 12). Ese pueblo, ciertamente pecador pero de corazón arrepentido y humilde, es precisamente el pueblo que forman los pequeños, los que se hacen como niños que claudican de toda pretensión y suficiencia y ponen su fuerza y esperanza en el Señor, y en los que confían en Él y se abandonan “como un niño en brazos de su madre” (Salmo 131: 2). 

2. Existe, pues, una fortaleza peculiar en esta pequeñez que nos pide el Señor, la fortaleza de la confianza en el poder de Dios sobre toda otra posibilidad. A veces este abandono persistente y confiado puede parecer ridículo y hasta poco culto. Ana que, angustiada pedía un hijo, fue considerada borracha por el Sacerdote Elí (1Sam. 1:14) pero ella bien sabía en quién se confiaba y la fuerza de su cultura religiosa era precisamente el Señor fiel a su pueblo en el cual se abandonaba. No se trata de personas con una fe aniñada (que el mismo San Pablo condena cfr 1Cor. 3:1-3;  14: 20) sino de niños, es decir conscientes de su debilidad expresada en humildad, que se tornan fuertes en el Señor. Estos son los más grandes del Reino y escandalizarlos abre un camino de muerte: pues a quien lo hace “más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar” (Lc. 17:2) 

3. Por pura gracia todos nosotros fuimos introducidos por el bautismo en este pueblo fiel de Dios e invitados por la fe y la continua inspiración del Espíritu Santo a vivir como niños, a caminar en la presencia de Dios y ser irreprochables (cfr. Gen. 17:1) tal como nos lo pide S. Pablo en la primera lectura (Tit. 1:6-7) , a confiar en su fuerza y protección. Pero, además, de alguna manera fuimos separados para servir a ese pueblo, fuimos elegidos para ayudar a nuestros hermanos a que – junto a nosotros- sean un pueblo pobre y humilde que se refugie en el nombre del Señor (cfr. Sofon. 3: 12). En el ejercicio de esta elección del Señor para conducir, santificar y enseñar, se nos pide que tengamos cuidado de no desgajarnos de él, de no escandalizarlo, de no convertirnos en jefes y patrones extraños a ese pueblo fiel, al estilo de los que denuncia el Profeta: “jefes (que) son leones rugientes… jueces (que son) lobos nocturnos que no dejan nada para roer a la mañana; profetas fanfarrones, hombres traicioneros; sacerdotes que han profanado las cosas santas y han violado la ley; injustos que no conocen la vergüenza (Sofon. 3: 3-5). En la medida en que mantengamos nuestra pertenencia a ese pueblo fiel que camina confiado  abandonado en Dios, no caeremos en estas actitudes que son, precisamente, las que escandalizan. Pertenecemos al mismo pueblo del que fuimos segregados para ser, luego, enviados a él. 

4. Este modo de proceder que se nos pide nos refiere a la virtud de la mansedumbre pastoral. Esa mansedumbre no es una mera actitud psicológica sino un fruto del Espíritu Santo (cfr. Gal. 5: 23) y ha de ser un rasgo propio de los pastores. San Pablo se la recomendaba a Timoteo: el pastor no debe tomar parte en las querellas. Por el contrario… tiene que ser amable con todos, apto para enseñar y paciente con las pruebas. Debe reprender con dulzura…”(2 Tim. 2: 24-25). Los pastores que aman a su pueblo, como buenos cristianos, muestran siempre una serena mansedumbre en su constancia y fortaleza: San Pablo les recomienda a sus discípulos “que no injurien a nadie y sean amantes de la paz, que sean benévolos y muestren una gran humildad con todos los hombres” (Tit. 3:2) y “que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres” (Filip. 4:5) 

            San Ignacio de Antioquía les dice a los fieles de Tralia que “la mansedumbre es una fuerza” y se la propone a sí mismo como arma de lucha contra el Demonio: “Por ello necesito adquirir una gran mansedumbre pues ella desbaratará al príncipe de este mundo” (Cap. 7: 1-8). Este pastor sabía que la suficiencia y el imponerse con mal trato, el verduguear al pueblo de Dios a él confiado dispersaba el rebaño, escandalizaba y los dejaba en las garras del lobo.  

5. Con ocasión de esta centésima Asamblea del Episcopado bien podemos pedirle al Señor para cada uno de nosotros crecer y consolidarnos en nuestro servicio al pueblo de Dios con un corazón manso; y pedirla con esa fe capaz de arrancar la morera (cfr. Lc.17,1-6). Pedirle la mansedumbre que no agrede ni menosprecia a ninguno de los pequeños del Reino, la mansedumbre que, como hija de la caridad, es paciente, es servicial… no es envidiosa, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, sino que se regocija con la verdad; todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cfr. 1Cor.13:4-7). Pedirle la mansedumbre de María al pie de la Cruz; la de los ojos de Jesús cuando miraron a Pedro la noche del jueves (cfr. Lc.22:61) o cuando invitaron a Tomás, el incrédulo, a meter su mano cerca del Corazón (cfr. Ju.20:27). Allí, en ese Corazón está la fuente de la mansedumbre pastoral (cfr. Mt.11:29).

 Pilar, 8 de noviembre de 2010

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo, Card. Jorge M. Bergoglio S.J.

en la Misa de Nochebuena. 24 de diciembre de 2010 

Iglesia Catedral de Buenos Aires.

 

 

Llama la atención, al escuchar este pasaje del Evangelio, la precisión con que el evangelista Lucas ubica el lugar del nacimiento: el emperador Augusto, un censo, Quirino era el gobernador de Siria, cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. Marca exactamente un momento de la historia, ese momento de la historia es el momento que Dios irrumpe en la historia. Ya lo había hecho antes de otra manera, con llamados como con Abraham; con leyes; con liberación como en Egipto con Moisés o como  en Babilonia por los profetas. Lo había hecho por su palabra, ahora irrumpe por su real Palabra, la Palabra que es Jesucristo, Jesucristo que es la Palabra de Dios. Irrumpe y El que nos venía acompañando en nuestro caminar, por primera vez se metió en medio de nuestro andar. Y lo que El había prometido antes por los profetas se hace ahora realidad. El, el todopoderoso, el creador, el trascendente, se transforma en el Dios con nosotros. Y de aquí en más este Dios será un Dios cercano, que no tenés que ir a buscarlo en la órbita de los astros sino que lo tenés a tu lado. Esa es la primera vez que Cristo llegó y empezó a caminar con nosotros. Va a venir una segunda vez, también histórica, no sabemos el tiempo, Dios lo sabe. En aquel momento no sabía la humanidad el tiempo en que iba a ocurrir la primera. Va a venir una segunda vez, va a aparecer una segunda vez ya definitiva. Una segunda vez definitiva para cada uno de nosotros cuando nos venga a buscar y nos lleve junto a El. Y una segunda vez definitiva para toda la humanidad cuando transforme la tierra en su gloria en su eterno paraíso. Vino una primera vez y va a avenir una segunda vez y en el medio de estas dos venidas caminamos nosotros porque El viene una tercera vez: viene cada año a recordarnos que vino y que vendrá.

 

La fiesta de Navidad es un sonoro recuerdo de la historia, un sonoro recuerdo de la revelación de Dios que nos viene a decir que El está, como lo dice tan bellamente el libro del Apocalipsis: “El está a la puerta y llama”. El está a la puerta del tu corazón y te está llamando. Dios está viniendo. La Navidad nos recuerda que vino una vez que va a venir otra vez y nos invita a que lo recibamos todos los días. Nos invita a que todos los días nos encontremos con El. Navidad es la fiesta del encuentro, del encuentro de la primera vez, de la esperanza del encuentro de la última vez y del encuentro cotidiano. Del encuentro con Jesús. Navidad es encontrar a Jesús. En esta noche santa se nos invita a que nos preguntemos como puedo encontrar a Jesús, si estoy dispuesto a encontrar a Jesús o me dejo llevar por la vida como si ya estuviera todo jugado. No, Jesús está golpeando tu corazón, Jesús te dice lo mismo que le dice el ángel a los pastores: te ha nacido un Redentor. Simplemente te pide que lo escuches, o más, te pide que lo busques. Hoy se nos invita a buscar.

 

Y donde lo voy a buscar. La señal que les da a los pastores es la de siempre. Como a ellos vuelve a repetirte: buscálo en un pesebre, en un corralón, la señal es la misma buscá donde nadie busca. No busqués entre las luces de las grandes ciudades, no busqués en la apariencia. No busqués en todo ese armazón pagano que se nos ofrece a cada rato. Buscá en lo insólito en lo que te sorprende. Buscá como esos pastores a quienes mandaron a buscar a un chico recién nacido recostado en un pesebre. Buscá allí. Remové la hojalastra y debajo buscá los brotes de vida. En la sencillez, en la pequeñez. Ustedes saben que en la gruta de Belén actualmente para entrar al lugar donde nació Jesús hay que agacharse, hay que abajarse, para encontrar a Jesús hay que hacerse pequeño. Despojate de toda pretensión. Despojate de toda ilusión efímera andá a lo esencial, a lo que te promete vida, a lo que te da dignidad. Abajate no le tengas miedo a la humildad, no le tengas miedo a la mansedumbre. Hoy se nos dice que cuanto más alta tenés la nariz sos más importante. No. Hoy se nos dice que cuanto más vanidoso aparezcas vas a tener más fuerza. No, no va por ahí la cosa. Hoy se nos dice que cuanto más grités y cuanto más te peliés, cuanto más discordia siembres te va a ir mejor. No, no es así. Abajate, usa la mansedumbre. Escuchá conviví. Reconocé la dignidad tuya y de los demás. Amá y déjate amar.

 

Esta es la noche de las sorpresas. Alguno me dirá, como podemos en esta Ciudad buscar las sorpresas. Anteanoche pasó algo que a mí me conmovió. Estaban en el Obelisco los chicos en situación de calle, organizados por el Arzobispado, haciendo un pesebre viviente, y ahí en la otra esquina del Obelisco estaba un Papá Noel que saludaba y recibía cartas y en un momento cruzó y le dijo al que dirigía el pesebre viviente: dejame sentar acá porque quiero sentir el espíritu navideño. Se abajó, dejó su disfraz y asumió la realidad. No te encubras ni de soberbio, ni de orgulloso ni de gritón, ni de dominador. No eso no te lleva a ganar. Abajate, jugá a la mansedumbre, jugá a la bondad revolvé entre la hojalastra de la vida y allí vas a encontrar eso que nadie entendía un niño recostado en un pesebre y envuelto en pañales. Así se encuentra a Jesús todos los días. ¿Lo sé buscar, se abajarme para encontrarlo o me mareo en las mil y una propuesta de esta ciudad pagana? Porque realmente esta es una ciudad pagana. Y vos sabés que no te cobran entrada para encontrar a Jesús. Si querés entrá, simplemente, El necesita de tu libertad y que asumas la gratuidad de la salvación. Porque no hay otra explicación para este misterio de la Navidad que la gratuidad con la que Dios sale a nuestro encuentro.

 

Animate salí a buscar y si no mirála a ella la Madre, simple sencilla, plena de mansedumbre y pedile que te lleve de la mano a buscar al Niño que no está en la soberbia y en el orgullo sino en la sencillez de todo lo que sea amor, mansedumbre y bondad. Que así sea.

 

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2010.

  

Card. Jorge M. Bergoglio S.J.

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