Año 2011

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Noche Buena (24/12/2011)

El espíritu de la Navidad, Por Cardenal Jorge M. Bergoglio, S.J. | Para LA NACION (23/12/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de inicio de la 103 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (07/11/2011)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la 37ª Peregrinación Juvenil a Pie a Luján. (02/10/2011)

Desgrabación de la homilía pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en Plaza Constitución con motivo de la 4ta Misa por las Víctimas de la Trata y Tráfico de Personas. (23/09/2011).

Palabras iniciales del Sr. Arzobispo en el Primer Congreso Regional de Pastoral Urbana - DIOS VIVE EN LA CIUDAD (25/08/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano (07/08/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi (25/06/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en el Tedeum del 25 de Mayo (25/05/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de apertura de la 102 Asamblea de la Conferencia Episcopal (09/05/2011)

Homilía del Arzobispo de Buenos Aires en la Misa de Clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia (08/05/2011)

Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglios.j., motivo de la Misa de Acción de Gracias por la beatificación de Juan Pablo II en la Catedral Metropolitana.(01/05/2011)

Homilía del Sr. Arzobispo en la Vigilia Pascual (23/04/2011)

 Misa Crismal (21/04/2011)

Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo de la Misa en memoria de las víctimas del trabajo esclavo a los 5 años del incendio del taller clandestino de Luis Viale 1269 (27/03/2011).

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo de la Misa por la Vida (25/03/2011)

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo del Miércoles de Ceniza (09/03/2011)

Gesto solidario de Cuaresma 2011 - El ayuno que Dios quiere  (09/03/2011)

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo del Miércoles de Ceniza

             La práctica de la Cuaresma empieza con este rito de la imposición de la ceniza, recordándonos lo que fuimos: tierra… barro… Dios nos creó de ahí. Y lo que vamos a ser: ceniza. Pero sería muy triste considerar que eso es todo. Fuimos tierra tomada por manos amorosas y un Dios que nos sopló y nos dio vida; y al soplarnos puso su esperanza en nosotros porque Dios espera de nosotros. Y seremos ceniza pero ceniza que lleva huellas del amor que nosotros hayamos dado en la tierra. Entonces la Cuaresma, encuadrada con este principio, nos habla del amor con que fuimos creados y del amor que tenemos que llevarnos y dejar al final.

            La penitencia más la oración, el ayuno. El despojo de manera de limosna que hagamos en la Cuaresma no es un masoquismo (“Señor, soy malo y me pellizco para ser mas bueno”) sino es desarrugarnos el corazón que el egoísmo nos va achicando, por eso todos los años la Iglesia nos dice: “Mirá mas allá, mirá al horizonte, Dios no te hizo para que tengas un corazón mas arrugado, Dios no te hizo para el egoísmo ni para vos sólo sino que te hizo para el amor”. Y por eso San Pablo empieza este sermón tan lindo, que es como el lema de la Cuaresma, diciendo: “Por eso les suplicamos en nombre de Cristo, déjense reconciliar con Dios”… es como el clamor cuaresmal… dejate reconciliar con Dios.

            “Padre, pero yo  no estoy peleado con Dios”… No, pero por ahí tenés el corazón arrugado porque al igual que los hipócritas a los que Jesús se refería en el Evangelio, quizá te estés mirando demasiado a vos mismo centrado en tus comodidades, en tus cosas y entonces Dios queda apartado… Dejate reconciliar con Dios! O el otro llamado tan lindo del profeta Joel que le dice a su pueblo: ”Dice el Señor, vuelvan a mí de todo corazón. Desgarren su corazón y no sus vestiduras. Vuelvan al Señor su Dios”. Es decir, éste es como el lema de la Cuaresma: Dejémonos reconciliar con Dios, es Jesús el que nos reconcilia ¡! Démosle lugar a Jesús para que nos reconcilie y volvamos al Señor con todo el corazón.           Esto por medio de una conducta un poco más acentuada que nos despegue del egoísmo, que nos desarruge el corazón, que nos abra el horizonte!. La Cuaresma no es para estar triste, con cara de lánguida (como dice Jesús en el Evangelio) sino es para mirar ese horizonte de amor y abrir nuestro corazón, dejar que surjan esas ansias de algo grande…

 Hace un tiempo leí una parábola que escribió un monje y que me ilumina mucho sobre que es esto de arrugar el corazón y como a veces el mundo tiende a reprimirnos sobre nosotros mismos. La parábola dice así: Unos chicos subiendo una montaña encontraron un nido de águila con un huevo y lo bajaron. Después se preguntaron que hacer con el huevo y uno de los chicos propuso que lo llevaran a su casa ya que tenía una pava que estaba empollando. Y pusieron el huevo con los que la pava estaba empollando. Nacieron los pichones… todos iguales… fueron creciendo… pero el pichoncito de águila se comportaba distinto a los demás y cuando los pichones de la pava caminaban mirando el suelo, él miraba al cielo y sentía algo… y su vida que era para volar alto, como no tuvo quien le enseñara a volar, pasó en la pavada, entre los pavos…

Junto a este llamado de “Dejate reconciliar con Dios” y “Volvé a Dios con todo tu corazón” también podemos hacernos esta pregunta (que los porteños entendemos bien): Estoy en la pavada o tengo ansias de volar alto? Estoy atado a un rebaño que va ciego haciendo lo que todo el mundo hace, buscando solamente la propia satisfacción, concentrado en mí mismo o miro mas arriba para volar alto? Te aseguro que si en esta Cuaresma mirás más arriba, orando más, despojándote más de cosas que te entretienen mal, es decir ese ayuno de cosas que te permiten aprovechar ese tiempo para hacer una obra buena como visitar un enfermo, acompañar a los chicos, escuchar a tu papá o a tu abuelo que siempre repite lo mismo… Despojate del egoísmo y mirá a tu alrededor para ver de que te podés despojar para ayudar al que necesita la limosna. Si hacés esto en esta Cuaresma tu corazón va a mirar más arriba y te vas a encontrar con una gran sorpresa al final.

Que tu corazón arrugado, que ya prácticamente era una tumba, va a sentir como esa tumba fue testigo de alguien que resucitó para salvarte; te vas a encontrar con Jesús vivo. Así que iniciemos la Cuaresma con este sano optimismo, con  esta gran esperanza: Dejate reconciliar con Dios, volvé al Señor con todo tu corazón, dejate desarrugar el corazón y mirá hacia arriba. El resto lo hace El. Tené confianza.     

Buenos Aires, Miércoles 9 de marzo de 2011. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j. 

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Gesto solidario de Cuaresma 2011

Buenos Aires 9 de marzo de 2011

 El ayuno que Dios quiere

     Los criterios inmediatistas y eficientistas poco a poco han invadido nuestra cultura. El máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo, la inmolación del esfuerzo, del tiempo, de valores profundos y hasta de afectos vitales en vistas a un objetivo de corta duración que se presenta como plenificante en lo social o económico. De esta filosofía de vida, casi aceptada universalmente, no está exenta la vida de fe de los cristianos. Si bien la fe del discípulo se afianza y crece en el encuentro con Jesús vivo, que llega a todos los rincones de la vida y se nutre en la experiencia de ponerse de cara al evangelio para vivirlo como buena noticia que ilumina el andar cotidiano, podemos correr el riesgo de mirarlo de “reojo” y quedarnos sólo con una parte.  

Hace algunos domingos, después de pronunciar el Sermón del monte, Jesús nos dijo “para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos”. Frente a esta palabra tan determinante podemos conformarnos con hacer algunas buenas obras y darnos por satisfechos. La propuesta del Señor es más ambiciosa. Nos propone un obrar “desde la bondad” que tiene su raíz en la fuerza del Espíritu que se derrama dinámicamente como don de amor para todo nuestro vivir. No se trata solamente de hacer obras buenas, se trata de obrar con bondad. Estamos en la puerta de la cuaresma y la tentación que podemos tener es la de reducirla a ciertas buenas prácticas que finalizan en la pascua, desperdiciando el caudal de gracia que puede significar este tiempo de conversión para toda nuestra vida. 

Nuestro ayuno  cuaresmal puede ser rutinario y llegar a ser un gesto maniqueo más que profético consistente en «cerrar la boca», porque la materia y los alimentos son impuros:  cuando el ayuno que Dios quiere es partir el propio pan con el hambriento; privarnos no sólo de lo superfluo, sino aún de lo necesario para ayudar al los que tienen menos; dar trabajo al que no lo tiene curar a los que están enfermos en su cuerpo o en su espíritu; hacernos cargo de los que sufren el azote de la droga o ayudar a prevenir la caída de tantos; el denunciar toda injusticia; el trabajar para que tantos, especialmente chicos en la calle, dejen de ser el paisaje habitual; el dar amor al que está solo y no sólo al  que se nos acerca. 

No creamos que es el comer o el ayunar lo que importa. Lo que hace verdadero el ayuno es el espíritu con que se come o se ayuna. Si pasar hambre fuera una bendición, serían benditos todos los hambrientos de la tierra y no tendríamos porque preocuparnos. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande».San Juan Crisóstomo 

Jesús ayunó según la tradición de su pueblo pero también compartió la mesa de ricos y pobres, de los justos y pecadores. (Mt. ll,l9).  

Ayunemos desde la solidaridad concreta como manifestación visible de la caridad de Cristo en nuestra vida. Así tiene sentido nuestro ayuno como gesto profético y acción eficaz. Así cobra sentido nuestro ayunar para que otros no ayunen. Ayunar es amar. 

Necesitamos vivir la profundidad de no darle tanta importancia a la comida de la que nos privamos sino a  la comida que posibilitamos a un hambriento con nuestras privaciones. Que nuestro ayuno voluntario sea el que  impida tantos ayunos obligados de los pobres. Ayunar para que nadie tenga que ayunar a la fuerza. 

Iniciando la cuaresma, benditos sean estos cuarenta días  si nos entrenan el corazón en la actitud permanente de partir y repartir nuestro pan y nuestra vida con los más necesitados. Nuestro ayuno no puede ser dádiva ocasional sino una invitación a crecer en la libertad por la cual experimentamos que no es más feliz el que más tiene, sino el que más comparte porque ha entrado en la dinámica del amor gratuito de Dios.  

Estamos en un tiempo marcado por la misión, no como gesto extraordinario sino como un modo de ser Iglesia en Buenos Aires. Cada gesto pastoral deseamos que no se agote en sí mismo sino que marque una brecha, genere una actitud que permanezca. En esta línea, queremos que el gesto solidario de cuaresma que realizamos desde hace ya varios años, nos permita rubricar el anuncio de la buena noticia, de que por el bautismo somos una familia que siente y vive como propias las angustias y dolores de todos, y  todos los días del año. 

Quiero agradecerles todo lo que se ha podido realizar a través de los gestos solidarios de los años anteriores y los animo a que la caridad viva sea el signo que acredite nuestras palabras de anuncio del Reino. 

Que Dios los bendiga y le regale una Santa Cuaresma vivida den el amor de Dios por su pueblo 

Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo de la Misa por la Vida.

 Alguien me decía una vez que el día de hoy es el día mas luminoso del año porque conmemoramos el día en que Dios comenzó a caminar con nosotros. Dios es recibido por María; el seno de María se transforma en un santuario cubierto por el Espíritu Santo, cubierto por la sombra de Dios y de ahí en más María comienza un camino, un camino de acompañamiento a la vida que acaba de concebir, a la vida de Jesús. Lo  espera, como toda madre espera a un hijo, con mucha ilusión pero antes de nacer empiezan las dificultades; y ella sigue acompañando esa vida de dificultades. En el momento prácticamente de dar a luz tiene que emprender un viaje para cumplir con la ley, la ley civil de los romanos, y cumple. Va a cumplir con la ley. Y allí nace el chico sin ninguna comodidad y ella acompaña eso, Jesús prácticamente nació en situación de calle… en un pesebre… en un  corral… no había lugar para Él y ella acompaña. 

Después del inmenso gozo que siente al recibir a los pastores, a los magos y ese reconocimiento universal a Jesús, viene la amenaza de muerte y el exilio… Y María acompaña el exilio. Después acompaña el regreso, la educación del niño y su crecimiento… va acompañando esa vida que crece, con las dificultades que tiene, las persecuciones, acompaña la cruz, acompaña su soledad esa noche en que lo torturaron justamente toda la noche… al pie de la cruz está ella… acompaña la vida de su hijo y acompaña su muerte. Y en su profunda soledad no pierde la esperanza y acompaña su resurrección plena de gozo! Pero ahí no termina su trabajo porque Jesús le encomienda la Iglesia naciente y desde entonces acompaña a la Iglesia naciente, acompaña la vida.

María, la mujer que recibe y acompaña la vida… hasta el final; con todos los problemas que se puedan presentar y todas las alegrías que la vida también nos da. María la mujer que en un día como hoy recibe la vida y la acompaña hasta su plenitud y todavía no terminó porque nos sigue acompañando a nosotros en la vida de la Iglesia para que vaya adelante. La mujer del silencio, de la paciencia, que soporta el dolor, que enfrenta las dificultades y que sabe alegrarse profundamente con las alegrías de su hijo.  

El Papa Benedicto XVI ha querido que este año fuera el año de la vida. Y un día como hoy en que la vida de Dios  se inaugura en la tierra, este año de la vida tiene como su inicio, su peso más fuerte, en esa vida traída por María y acompañada por María. Y en este año de la vida creo que nos hará bien preguntarnos a nosotros como recibimos la vida… como la acompañamos… porque a veces no nos damos cuenta de lo que es la fragilidad de una vida. Quizá no caigamos en la cuenta de los peligros que la vida de una persona desde niño, desde su concepción hasta su muerte, tiene que atravesar. Entonces la pregunta que yo quisiera hacerles hoy, mirando a María que acompaña la vida, es: Sabemos acompañar la vida? La vida de nuestros chicos, de nuestros hijos y de los que no los son…Sabemos ponerle a los chicos alicientes en su crecimiento? Sabemos ponerles límites en su educación? Y los chicos que no son nuestros, aquellos que –y perdonen la expresión- parecen los “chicos de nadie”… me preocupan a mí también? Son vida! Es hálito de Dios! O me preocupa más cuidar a mi mascota, la que como no tiene libertad con su instinto me va a devolver lo que yo creo es cariño. Alguna vez pensé que lo que gasto en cuidar una mascota podría ser alimento y educación de otro chico que no lo tiene? Cuido la vida de los chicos cuando crecen? Me preocupo por sus compañías? ¿Me preocupo para que crezcan maduros y libres? Sé educar en la libertad a mis hijos? Me preocupo de sus diversiones?... A veces cuando vemos los programas de ciertos viajes de egresados uno se pregunta si esto es cuidar la vida o es preparar el camino para que quemen todos los cartuchos que puedan. Yo cuido eso? Y la vida sigue creciendo… y María la sigue acompañando… y yo como María la acompaño? Que tal tus padres? Que tal tus abuelos? Que tal tus suegros? Los acompañás? Te preocupás por ellos? Los visitás? A veces es muy doloroso pero no queda más remedio que estén en un geriátrico por las situaciones de salud o de la misma familia… pero, cuando están ahí, desgasto un sábado o domingo para estar con ellos? Cuidás esa vida que se está apagando y te dio la vida a vos?? 

En este año de la vida el Papa quiere que veamos todo el curso de la vida, en cada paso está María aquí. La que cuidó la vida desde el principio y la sigue cuidando en nosotros como Iglesia que está caminando. Lo peor que nos puede pasar es que carezcamos de amor para cuidar la vida y María es la mujer del amor. Si no hay amor no hay lugar para la vida. Sin amor hay egoísmo y uno se enrosca para acariciarse a sí mismo. Amor le pedimos hoy a María para cuidar la vida. Amor y coraje! Alguno me podrá decir: “Pero Padre, en esta civilización mundial que parece apocalíptica como podremos llevar el amor en medio de tantas contradicciones y cuidar la vida hasta sus últimas consecuencias…?” El gran Papa Pío XI dijo una frase muy dura: “Lo peor que nos pasa no son los factores negativos de la civilización sino lo peor que nos pasa es la somnolencia de los buenos”.  

Tenés coraje para asumir este camino que asumió María de cuidar la vida desde el principio hasta el final? O estas somnoliento? Y si lo estás… que es lo que te anestesia? Porque María no concedía anestesias al amor! Y hoy le pedimos a ella: “Madre, que amemos en serio, que no seamos somnolientos, y que no nos refugiemos en las mil y una anestesia que nos presenta esta civilización decadente”. Que así sea.  

Buenos Aires, 25 de marzo de 2011. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio , s.j. 

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., con motivo de la Misa en memoria de las víctimas del trabajo esclavo a los 5 años

del incendio del taller clandestino de Luis Viale 1269. 

Después de haber escuchado la Palabra de Dios hagamos un instante de silencio en nuestro corazón para recordar a siete personas, que trabajaban aquí en un régimen de esclavitud hace cinco años. Harry Rodríguez Palma tenia 5 años; Wilfredo Quispe Mendoza 15 años; Juana Vilma Quispe 25 años y un hijo que llevaba en el vientre cuyo nombre solo Dios conoce; Elías Carabajal Quispe 10 años; Rodrigo Quispe Carabajal 4 años y Luis Quispe 4 años. Esos chicos que tenían toda una vida por delante, chicos como algunos que están sentados aquí. Ellos vieron truncada la vida por una conducta que se repitió siempre a lo largo de la historia y que en la Biblia aparece manifestada por un señor muy poderoso que se llamaba Herodes, a quien no le importa matar a los chicos con tal de lograr su cometido. Esos chicos mueren en este incendio en una casa clandestina de trabajo esclavo. Dios le dijo una vez a Caín: “La sangre de tu hermano clama justicia…”. Esa frase de Dios la repetimos hoy: ”La sangre de estos siete hermanos nuestros clama justicia”. Se ha degenerado el sentido del trabajo porque el trabajo es lo que te da dignidad. 

La dignidad la tenemos por el trabajo, porque nos ganamos el pan, y eso nos hace mantener la frente alta. Pero cuando el trabajo no es lo primero sino que lo primero es la ganancia, la acumulación de dinero, ahí empieza una catarata descendente de degradación moral. Y termina esta catarata en la explotación de quien trabaja. Esta frase no es mía, la dijo ayer el Papa en una audiencia. Cuando se revierte el verdadero fin del trabajo el centro del trabajo que es la persona empieza a crecer el afán de dinero insaciable y ahí todos los medios para terminar en la esclavitud.

Una vez dije en Constitución, en una anterior misa por las víctimas de la esclavitud y exclusión, que lo que nos enseñaban en el colegio sobre que la asamblea del año 13 había abolido la esclavitud eran cuentos chinos… a los más está en un escrito. Pero en esta Buenos Aires tan vanidosa, tan orgullosa, sigue habiendo esclavos! Sigue habiendo esclavitud! Todo se arregla… Buenos aires es coimera y lo es de alma, y el recurso a la coima tapa todo. Los corazones se endurecen.  

Hoy rezábamos el Salmo 24: “…Cuando escuchen la voz del Señor no endurezcan el corazón...“haciendo referencia a la escena de la roca dura que Moisés golpea y sale agua. La voz del Señor clama por estos siete hijos muertos, y muertos en esclavitud. La voz del Señor golpea con su Palabra tantos corazones de piedra, y hoy venimos a rezar para que esos corazones dejen brotar aguas de lágrimas, de arrepentimiento, de cambio de vida… Para que esos corazones no piensen que esto no se paga, seducidos por la costumbre del “como arreglamos”. Se paga aquí o allá pero se paga!. Pero sobre todo venimos a pedirle al Señor que nuestros corazones crezcan en conciencia, que no tengamos miedo de luchar por esta justicia que, hoy podemos repetir otra vez, es tan largamente esperada. 

Justicia por estos hombres y mujeres sometidos a la trata de personas en cualquiera de los rubros… talleres clandestinos, prostitución, chicos sometidos en trabajos de granjas y los cartoneros que no han podido todavía unificarse, como algunos de ustedes lo han podido hacer gracias a Dios, por los que viven de las migajas que caen de la mesa de los satisfechos. Estos no pueden sentir a Dios. Porque el endurecimiento de los satisfechos es algo muy duro difícil de explicar, tienen el corazón empachado de los valores que ellos creen que valen y no dejan entrar a la Palabra de Dios. Por eso Señor te pedimos que cuando les golpees el corazón a ellos que no se endurezcan, que abran el corazón. 

Rezamos también por todos ustedes, por nosotros, por tantos que no conocemos y están en esta situación. Y de una manera especial quiero rezar por los que están aquí y que tienen coraje! Y que arriesgan la vida a cada instante para luchar por la justicia y denunciar que en Buenos Aires todavía hay mucho trabajo esclavo!. Que Dios los fortalezca, que Dios los mantenga allí en esa lucha por el hermano, por la justicia, una lucha por el amor de Dios. La gran ilusión de Jesús es que estuviéramos hermanados, pero el otro proyecto, el contrario, es muy fuerte, es muy fuerte. Y somos víctimas de la compra y venta. Compra y venta de cariño, de amor, de personas, de trabajo… 

A los responsables de la muerte de esta gente, de estos chicos sobre todo, a los Herodes que todavía viven en Buenos Aires y que se enriquecen con la sangre de los chicos, que se enriquecen con la sangre de los pobres, que Dios les toque el corazón y los convierta. Y a nosotros que nos toque el corazón para seguir luchando por justicia. Que así sea. 

Buenos Aires, 27 de marzo de 2011. 

Cardenal Jorge M. Bergoglio , s.j.

 

 

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 Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

Cada Jueves Santo, en la Misa Crismal, regresamos al eterno presente de esta escena, en la que Lucas resume simbólicamente todo el ministerio de nuestro Señor. Como en torno a una fuente nos reunimos para escuchar al Señor que nos dice: Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy.

El Señor hace suyo el texto de Isaías para iluminarnos acerca de su persona y su misión. Tiene la humildad de no utilizar palabras propias; simplemente asume lo que profetiza este hermosísimo texto que es continuación del libro de la Consolación.

Nosotros como sacerdotes participamos de la misma misión que el Padre encomendó a su Hijo y por eso, en cada misa Crismal, venimos a renovar la misión, a reavivar en nuestros corazones la gracia del Espíritu de Santidad que nuestra Madre la Iglesia nos comunicó por la imposición de las manos. Es el mismo Espíritu que se posaba sobre Jesús, el Sumo Sacerdote e Hijo amado, y que hoy se posa sobre todos los sacerdotes del mundo y nos envía y misiona en medio del pueblo fiel de Dios.  

En el Nombre de Jesús somos enviados a predicar la Verdad, a hacer el Bien a todos y a alegrar la vida de nuestro pueblo. La misión se desplega simultáneamente en estos tres ámbitos. En los dos primeros es claro: todo anuncio del Evangelio se traduce siempre en algún gesto concreto de enseñanza, de misericordia y de justicia. Y esto no sólo como una acción imperativa que vendría después de la reflexión. En la matriz misma de la verdad evangélica lo que ilumina es el amor, y la verdad que brilla más en las parábolas del Señor es la verdad de la misericordia de un Padre que espera a su hijo pródigo, es la verdad que impulsa a salir de sí al corazón compasivo de un Buen Pastor, la verdad que hace el bien. El tercer ámbito, el de la alegría, el de la Gloria que es la belleza de Dios, merece que le dediquemos un momento de reflexión para “sentir y gustar” la Belleza de la misión. Lucas resume la belleza de la misión del Siervo con la imagen de poder vivir un “año de gracia”. Imaginemos un momento lo que significaría para un pueblo, conmocionado incesantemente por la violencia y la inequidad, poder vivir un año tranquilo, un año de celebración y de armonía. El profeta Isaías desarrolla la belleza de la misión con tres imágenes hermosas que giran en torno a la palabra “consolar”. Somos enviados a “consolar a los afligidos, a los afligidos de nuestro pueblo”. Y la consolación consiste en cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza. El profeta habla de “gloria” en vez de “cenizas”, de “óleo de júbilo” y de “palio de alegría” en vez de “espíritu de acedia” o espíritu sombrío (cfr. Is. 61: 1-3).  

La alegría y la consolación son el fruto (y por lo tanto el signo evangélico) de que la verdad y la caridad no son verso sino que están presentes y operativas en nuestro corazón de pastores y en el corazón del pueblo al que somos enviados. Cuando hay alegría en el corazón del Pastor es señal de que sus movimientos provienen del Espíritu. Cuando hay alegría en el pueblo es señal de que lo que le llegó –como Don y como Anuncio- fue del Espíritu. Porque el Espíritu que nos envía es Espíritu de consolación, no de acedia. 

Sintamos y gustemos un instante estas imágenes de Isaías. Imaginemos a la gente como en los días de fiesta, bien vestida con su mejor ropa, con los ojos contagiados del brillo de las flores con que adorna la imagen de nuestra Señora y de los Santos, cantando y bendiciendo con unción y júbilo interior. ¡Qué bien pintan estas escenas el Espíritu con que Jesús da señales de que habita en medio de su pueblo! No son meramente decorativas. Hacen a la esencia de la misión, a la “dulce y confortadora alegría de evangelizar” que mencionaba Pablo VI, para que “el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos (el espíritu de la acedia), sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Aparecida 552). 

No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa y nuestra acción pastoral eficaz. Sin la alegría de la belleza, la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la Verdad de Cristo, que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día.

Sin la alegría de la belleza, el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados. Pareciera que andan revistiendo de luto estadístico la realidad en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones, uno a uno, desde adentro.  

El espíritu amargado y ensombrecido por la acedia, resume la actitud opuesta al Espíritu de la consolación del Señor. El mal espíritu de la acedia avinagra con el mismo vinagre tanto a los embalsamadores del pasado como a los virtualistas del futuro. Es una y la misma acedia, y se discierne porque trata de robarnos la alegría del presente: la alegría pobre del que se deja contener por lo que el Señor le da cada día, la alegría fraterna del que goza compartiendo lo que tiene, la alegría paciente del servicio sencillo y oculto, la alegría esperanzada del que se deja conducir por el Señor en la Iglesia de hoy. Cuando Jesús afirma “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir” está invitando a la alegría  y a la consolación del hoy de Dios. Y fíjense que de hecho es lo primero que acontece como gracia en el corazón de los presentes quienes, como dice Lucas, daban testimonio y estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero la consolación no es una emoción pasajera sino una opción de vida. Y los paisanos de Jesús optaron por la acedia: “Habla bien pero por qué no hace aquí entre nosotros lo que dicen que hizo en Cafarnaúm”. Y vemos la misión universal del Siervo rebajada a una interna entre Nazareth y Cafarnaúm. Las internas eclesiales son hijas de la tristeza y siempre generan tristeza.  

Cuando digo que la consolación es una opción de vida hay que entender bien que es una opción de pobres y de pequeños, no de vanidosos ni de agrandados. Opción del pastor que se confía en el Señor y sale a anunciar el evangelio sin bastones ni sandalias de más y que sigue a la paz –esa forma estable y constante de la alegría- dondequiera que el Señor la haga descender. 

Este Espíritu de consolación no sólo está en el “antes de salir a misionar”. También nos espera, con su alegría abundante, en medio de la misión, en el corazón del pueblo de Dios. Y si sabemos mirar bien, en el ámbito de la alegría, es más lo que tenemos para recibir que lo que tenemos para dar. Y cuánto alegra a nuestro pueblo fiel poder alegrar a sus pastores. Cómo se alegra nuestra gente cuando nos alegramos con ella, y esto simplemente porque necesita pastores consolados y que se dejan consolar para que conduzcan no en la queja ni en la ansiedad sino en la alabanza y la serenidad; no en la crispación sino en la paciencia que da la unción del Espíritu. 

La Virgen, quien recibe en abundancia las consolaciones de nuestra gente –que como Isabel, constantemente le está diciendo “¡feliz de Ti que has creído”, y “bendita entre las mujeres” “bendito el fruto de tu vientre, Jesús!”- nos haga participar de este Espíritu de Consolación para que nuestro Anuncio de la Verdad sea alegre y nuestras obras de Misericordia estén ungidas con óleo de júbilo. 

Buenos Aires, 21 de abril 2011 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Vigilia Pascual 

Amanecía el domingo cuando estas mujeres que amaban tanto a Jesús fueron a visitar el sepulcro. Ese sepulcro frente al cual habían estado sentadas (cfr. Mt. 27: 61) el viernes anterior y contemplaron la sepultura del Señor; ese sepulcro del cual se alejaron porque comenzaba el descanso sabático prescripto por la Ley (cfr. Ju. 19: 42). Ese sepulcro clausurado por aquella piedra que José de Arimatea hizo rodar y a la cual la inquietud de una mala conciencia mandó asegurar y sellar (Mt. 27:66). Esa piedra clausuraba definitivamente las expectativas de salvación que habían creado la vida y la predicación de Jesús. Esa piedra, asegurada, sellada y custodiada por los guardias constituía un “mentís” a tantas promesas. Esa piedra proclamaba un fracaso contundente y esas debilitadas mujeres caminaban , tristes hacia ese monumento al fracaso. 

Y luego Dios dice ¡Basta!, viene el terremoto y el Ángel del Señor con la fuerza relampagueante de una verdad nueva hace rodar la piedra en sentido inverso; se abre ese sepulcro ya vacío. Y le dice el Ángel a las mujeres: “no está aquí porque ha resucitado como lo había dicho”… entonces ellas recordaron, recordaron aquella chispita de esperanza a la que no le habían dado lugar en el corazón. De aquí en más, los seguidores de Jesús sabemos que más allá de un sepulcro siempre hay esperanza. Lo que no pudo la piedra de nuestra autosuficiencia lo sembró el poder de Dios en la carne escarnecida y renovada de su Hijo Jesús. Habían querido “asegurar” la muerte y –sin saberlo ni creerlo- aseguraron la vida a toda la humanidad. 

Se dan distintos sentimientos ante esta piedra removida hacia atrás. Los guardias tiemblan de espanto y quedan “paralizados, como muertos”. Las mujeres están aterrorizadas pero el anuncio del Ángel las llena de alegría y “se alejan rápidamente del sepulcro”. A los guardias los paraliza su adhesión a la muerte; a ellas el anuncio de vida le colma la esperanza y les regala la alegría, esa alegría que las impele a salir corriendo para dar la noticia. La muerte paraliza, la vida impulsa a comunicarla. 

Ellas son portadoras de una noticia: Jesús no había mentido, estaba vivo y lo habían visto. Los guardias, petrificados en su estrechez existencial, solo atinan andar el camino hacia la protección fugaz y coyuntural de la coima. Así continúa el texto bíblico: “Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: Digan así: sus discípulos vinieron durante la noche y robaron el cuerpo mientras dormíamos. Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a Ustedes cualquier contratiempo. Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna (Mt: 28: 11-15). 

Contemplando los sentimientos opuestos que tenían las mujeres y los guardias, nos cabe la pregunta sobre nosotros, que estamos hoy aquí celebrando la Vida nueva, la que Jesús Resucitado nos ofrece y regala. ¿Qué nos atrae más: la seguridad clausurada del sepulcro o esa alegre inseguridad del anuncio? ¿Dónde está nuestro corazón: en la certeza que nos ofrecen las cosas muertas, sin futuro, o en esa alegría en esperanza de quien es portador de una noticia de vida? ¿Corremos en pos de la Vida con la promesa de hallarla  en esa Galilea del encuentro o preferimos la coima existencial que nos asegura cualquier piedra que clausura y anula nuestro corazón? ¿Prefiero la tristeza o un simple contento paralizante, o me animo a transitar la alegría, ese camino de alegría que nace del convencimiento de que mi Redentor vive? 

Moisés, antes de morir, reunió al pueblo y les dijo: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad (o) la muerte y la desdicha” (Deut. 30:15). Hoy también, en esta celebración litúrgica junto a Jesús Resucitado realmente presente en el altar, la Iglesia nos propone algo similar: o creemos en la contundencia del sepulcro clausurado por la piedra, la adoptamos como forma de vida y alimentamos nuestro corazón con la tristeza, o nos animamos a recibir el anuncio del Ángel: “No está aquí, ha resucitado” y asumimos la alegría, esa “dulce y confortadora alegría de evangelizar” que nos abre el camino a proclamar que Él está vivo y nos espera, en todo momento, en la Galilea del encuentro con cada uno.

Que el Espíritu Santo nos enseñe y ayude a elegir bien. 

Buenos Aires, 23 de abril de 2011 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglios.j.,

motivo de la Misa de Acción de Gracias por la beatificación de Juan Pablo II en la Catedral Metropolitana. 

Este pasaje del Evangelio que la Iglesia pone para este primer domingo después de Pascua, nos trae la formulación de un nuevo credo, del credo pascual. Ese acto de fe tan chiquito y tan denso que el espíritu Santo inspira al corazón incrédulo de Tomás:”Señor mío y Dios mío”. Un credo sencillo pero hondo. Un credo que involucra toda la vida de Jesús, su pasión, su muerte y su resurrección: “Señor mío y Dios mío”.

Un credo que hoy les pido lo proclamen en el momento de la elevación, haciéndonos eco de este misterio gozoso de la Pascua y diciéndole al Señor, que compartió su vida con nosotros y nuestra muerte, que El es el Señor y el Dios: “Señor mío y Dios mío”. Todo el tiempo que sigue a la Resurrección del Señor lo ocupa El y sus ángeles en pacificar, en aquietar los corazones, en abrir las mentes, y el saludo pascual de los ángeles es un saludo de esperanza y de coraje: “No tengan miedo”. Lo primero que le dicen los ángeles a las mujeres: “No se espanten, no tengan miedo” porque el miedo era lo que se apoderó de los discípulos cuando el sepulcro estaba vació, cuando ven esos ángeles, o también cuando se aparece el Señor, creen que es un fantasma y El les tiene que decir: “Un fantasma no tiene cuerpo, tóquenme.” Y san Lucas tiene una frase muy bella sobre esto.

El miedo a la alegría. Era tal la alegría que tenían que se resistían a creer!! Porque tenían miedo que les pasara los que les sucedió con la primera alegría que terminó en frustración. El miedo a la alegría. Y Jesús dice: “No tengan miedo a la muerte porque le gané, la vencí.” No tengan miedo a los fantasmas porque yo estoy entre ustedes. No tengan miedo a la alegría, a la alegría de ese triunfo que ya poseemos… Y el acto de fe que la primera comunidad pone en boca de Tomás encierra todo esto: “Señor mío y Dios mío.”

El beato Juan Pablo nos dijo, repetidas veces ya desde el comienzo: “No tengan miedo” porque vivía contemplando a su Señor resucitado, él sabía que su Redentor vivía, él sabía que esas llagas abrevaban su corazón de pastor, que en esas llagas encontraba refugio y coraje, y nos lo quiso transmitir de entrada: “No tengan miedo”… Hace unos días, en una bellísima expresión, el arzobispo de Cracovia, Cardenal Dziwisz, refiriéndose a esta frase dijo: “aquel no tengan miedo (que pronunció el Papa) derribó dictaduras.” El coraje, la firmeza, que nos da la resurrección de Cristo, la serenidad de ser perdonados por la misericordia que encontramos en sus llagas, nos quitan el miedo.

Que hoy siga resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón esa frase de Jesús, de los ángeles y del beato Juan Pablo: “No tengan miedo”. Y que como respuesta nuestra, con el corazón de rodillas, le digamos a este Señor resucitado: “Señor mío y Dios mío.” Que así sea.

  

Buenos Aires, 1 de mayo de 2011 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Arzobispo de Buenos Aires en la Misa de

Clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia

 

Entonces, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: “Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido.  

Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. En efecto, refiriéndose a él dijo David:

Veía sin cesar al Señor delante de mí,

porque él está a mi derecha

                               para que yo no vacile.

    Por eso se alegra mi corazón

y mi lengua canta llena de gozo.

   También mi cuerpo descansará

  en la esperanza,

porque tú no entregarás mi alma

  al Abismo,

ni dejarás que tu servidor sufra

  la corrupción.

Tú me has hecho conocer

Los caminos de la vida

y me llenarás de gozo en tu presencia.

 

   Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen. (Hech. 2:14,  22-33)

 

 

    Y ya que ustedes llaman Padre a aquel que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras estan de paso en este mundo. Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes, Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios. ( Pedro 1: 17-21)

 

 

    Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: “¿Que comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!” “¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quién librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.

    Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, como les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

    Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos.

    Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.

    En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc. 24: 13-35) 

                       

1.   Las lecturas que la Iglesia nos propone este domingo, marcadamente pascuales, proclaman la realidad contundente de nuestra fe: Cristo está vivo; él se hizo hombre, dio su vida por nuestra salvación, en sus llagas fuimos curados, murió, fue sepultado y resucitó al tercer día. En este clima pascual concluye el Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, la cual no es un simple código de mandatos y conductas o una postura partidista sino la consecuencia, en la vida social, del anuncio de este hecho de salvación.

 

Se trata de un diálogo entre Cristo Resucitado y nuestro mundo. Miramos al Señor en el Evangelio y nos preguntamos: ¿Qué esperaba Jesús de cada persona que venía a su encuentro? Ciertamente su fe, esa fe capaz de confiar, de esperarlo todo de Él y de expresarse en gestos de caridad.

 

Y si miramos a nuestro mundo actual y nos preguntamos ¿en qué actitud espiritual ha venido a desembocar esta civilización? la palabra que se escucha, resonando, detrás de todas las otras, ¿no es acaso “desencanto”? [1]

 

Diálogo entre Cristo salvador y sus propuestas de justicia y amor, con un mundo desencantado.

 

2.   Los síntomas del desencanto son variados pero quizás el más claro sea el de los “encantamientos a medida”: el encantamiento de la técnica que promete siempre cosas mejores, el encantamiento de una economía que ofrece posibilidades casi ilimitadas en todos los aspectos de la vida a los que logran estar incluidos en el sistema, el encantamiento de las propuestas religiosas menores, a medida de cada necesidad [2]. El desencanto tiene una dimensión  escatológica. Ataca indirectamente, poniendo entre paréntesis toda actitud definitiva y, en su lugar, propone esos pequeños encantamientos que hacen de “islas” o de “tregua” frente a la falta de esperanza ante la marcha del mundo en general. De ahí que la única actitud humana para romper encantamientos y desencantos es situarnos ante las cosas últimas y preguntarnos: en esperanza ¿vamos de bien en mejor subiendo o de mal en peor bajando? Y surge entonces la duda. ¿Podemos responder? ¿Tenemos, como cristianos, la palabra y los gestos que marquen el rumbo de la esperanza para nuestro mundo? ¿O, como los discípulos de Emaús y los que quedaron en el cenáculo, somos los primeros que necesitamos ayuda?

 

Necesitamos de una buena dosis de humildad para responder a estos planteos. Y, con esta humildad, volver al Evangelio con la sed de un odre nuevo. El desencanto del mundo moderno –que en esa tercera parte de la humanidad que vive y muere en la miseria más espantosa no es sólo desencanto sino desesperación, en algunos rabiosa, en otros resignada- nos recuerda esos dos pasajes del Evangelio que hablan de la direccionalidad [3] hacia la que se orienta la vida: la de los discípulos que se alejaban (bajaban) de Jerusalén hacia Emaús y la del hombre asaltado por los ladrones que bajaba de Jerusalén a Jericó.

 

3.   Las dos situaciones son similares. Tanto en el dolor del hombre herido que yace semiconsciente sin posibilidad de salvarse dando la impresión de que no se puede hacer nada efectivo por él, como en el desencanto auto-consciente y lleno de razones de Cleofás, late la misma falta de esperanza. Y eso es precisamente lo que conmueve las entrañas misericordiosas de Jesús, que emprende el camino descendente que llevan ellos y se abaja, se hace compañero y se oculta lleno de ternura en esos pequeños gestos, gestos de projimidad, donde toda la palabra está hecha carne: carne que se acerca y abraza, manos que tocan y vendan, que ungen con aceite y restañan con vino las heridas… carne que se acerca y acompaña, que escucha… manos que parten el pan.

 

            La cercanía del Señor resucitado que camina –desconocido- con los pequeños del pueblo, que suscita en tantos corazones la compasión del buen Samaritano, es lo único que puede lograr encender en muchos corazones el fuego de la primera caridad, para volver a la sociedad con el entusiasmo final de los discípulos de Emaús y salir a proclamar la alegría del Evangelio. Se trata del encuentro con Jesucristo vivo; pero tenemos que redescubrir su modo de acercarse para curar al herido, para desbaratar desencantos, para ofrecer la alegría de la dignidad humana salvada. Allí encontraremos respuesta a la pregunta que repetidamente nos hacemos: ¿cómo podemos favorecer que se manifieste y se proteja, cada vez más, esa dignidad humana tantas veces pisoteada, explotada, disminuida, esclavizada?

 

4.   La categoría clave es la de “projimidad”. Y la projimidad es de ida y vuelta. El Señor  que se nos aproxima cuando estamos mal y nos carga sobre sí hasta la posada es el mismo que, luego en Emaús, hace ademán de seguir de largo. Tantas veces nos ha socorrido y nuestros ojos no lo han reconocido porque no tuvimos tiempo de invitarlo a quedarse con nosotros, a compartir el pan. Y la promesa de volver a pagarnos “lo que hayamos gastado de más” sólo vale para los que hayan recibido y cuidado a sus heridos. A los otros les dirá “no los conozco” y ese temible “aléjense de mí” que es la esclerotización definitiva de la anti-projimidad.

 

            La “projimidad” es el ámbito necesario para que pueda anunciarse la Palabra, la justicia, el amor, de modo tal  que encuentre una respuesta de fe. Encuentro, conversión, comunión, y solidaridad son categorías que explicitan la “projimidad” como criterio evangélico concreto que se opone a las pautas de una ética abstracta o meramente espiritual. “La projimidad” es tan perfecta entre el Padre y el Hijo que de ella procede el Espíritu.

 

            Es al Espíritu a quien pedimos  despierte en nosotros esa particular sensibilidad que nos hace descubrir a Jesús en la carne de nuestros hermanos más pobres, más necesitados, más injustamente tratados porque, cuando nos aproximamos a la carne sufriente de Cristo, cuando nos hacemos cargo de ella, recién entonces puede brillar en nuestros corazones la esperanza, esa esperanza que nuestro mundo desencantado nos pide a los cristianos.

 

5.  No queremos ser esa Iglesia temerosa que está encerrada en el cenáculo, queremos ser la Iglesia solidaria que se anima a bajar de Jerusalén a Jericó, sin dar rodeos; la Iglesia que se anima a acercarse a los más pobres, a curarlos y a recibirlos. No queremos ser esa Iglesia desilusionada, que abandona la unidad de los apóstoles y se vuelve a su Emaús, queremos ser la Iglesia convertida que, después de recibir y reconocer a Jesús como compañero de camino de cada uno, emprende el retorno al cenáculo, vuelve llena de alegría a la cercanía con Pedro, acepta integrar con los otros la propia experiencia de projimidad y persevera en la comunión.

 

6.  Podemos decir que la medida de la esperanza está proporcionalmente relacionada con el grado de projimidad que se da entre nosotros. En una Argentina abierta, en la que conviven mejor que en otros sitios hombres de tantas razas y credos, el terreno está bien dispuesto para que crezca esa projimidad en todo su esplendor y calidad.  

 

Rosario, 8 de mayo de 2011.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 


[1] En lo económico puede verse una cierta “resignación” ante lo que parecen ser consecuencias inevitables de una economía globalizada para lo cual no hay alternativas. Este pensamiento económico influye en la política, haciendo que la participación en ella pierda connotaciones éticas y todo pase por un fatalista estar incluido o excluido del sistema. También en la Iglesia aparece mucho la palabra desencanto cuando se habla por ej: de lo que se esperaba “del concilio” o, en América Latina . “lo que se esperaba” de los cambios sociales. La pérdida del sentido general de la vida y la resignación ante lo dado se traducen en este desencanto, que, visto evangélicamente, nos recuerda al de los discípulos de Emaús. Ese “nosotros esperábamos… pero… ya van tres días…” bien podría ser la expresión de lo que siente el corazón de muchos hombres que se van alejando de una Iglesia desolada

 

[2] Lo que llamamos mundo occidental, que se configuró en diálogo con el cristianismo, en la misma medida en que se globaliza en economía y tecnología, contagia su desencanto. Las religiones antiguas no resisten el avance de la modernidad y se encierran en fundamentalismos o en fugas hacia lo esotérico (interior), pero no tienen respuesta global a los problemas de la humanidad. Es aquí donde la Iglesia no debe confundir su papel. Aunque se ha mostrado capaz de responder con cierta gallardía los embates del pensamiento moderno y contemporáneo –  volverse a los pobres sin caer en el marxismo, incorporar la tecnología sin caer en el funcionalismo…- corre el riesgo de perder el sentido de su misión propia.

 

[3] cfr. Lc. 24: 13-35 y Lc. 10: 29-37

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de apertura de la

102 Asamblea de la Conferencia Episcopal 

Los Apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer el día sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, Hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María la madre Jesús, y de sus hermanos.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. (Hechos 1: 12-1;  2: 1-4)

 Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en Cristo

Con toda clase de bienes espirituales en el cielo,

y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo,

para que fuéramos santos

e irreprochables en su presencia, por el amor.

El nos predestinó a ser sus  hijos adoptivos

por medio de Jesucristo,

conforme al beneplácito de su voluntad,

para alabanza de la gloria de su gracia,

que nos dio en su Hijo muy querido.

En él hemos sido redimidos por su sangre

y hemos recibido el perdón de los pecados,

según la riqueza de su gracia,

que Dios derramo sobre nosotros,

dándonos toda sabiduría y entendimiento.

El nos hizo conocer el misterio de su voluntad,

conforme al designio misericordioso

que estableció de antemano en Cristo,

para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos:

reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,

bajo un solo jefe, que es Cristo.

En él hemos sido constituidos herederos,

y destinados de antemano –según el previo designio

del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-

a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo,

para alabanza de su gloria.

En él, ustedes,

los que escucharon la Palabra de la verdad,

la Buena Noticia de la salvación,

y creyeron en ella,

también han sido marcados con un sello

por el Espíritu Santo prometido.

Ese Espíritu es el anticipo de nuestra herencia

y prepara la redención del pueblo

que Dios adquirió para si,

para alabanza de su gloria.

 (Efesios 1: 3-14)

 

 Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quién él amaba. Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. (Jn. 19: 25-27) 

María, la mujer que “está”. Está junto a la cruz de Jesús, (Ju. 19:25), está en medio de los discípulos en el cenáculo (Hech. 1: 14), así nos la presenta hoy la Iglesia como “la mujer que está”. Estuvo presente a lo largo de toda la vida de Jesús y se nos muestra ahora en el inicio mismo de la Iglesia. Los discípulos llegan al cenáculo junto a Ella e, íntimamente unidos, se dedican a la oración esperando la promesa del Padre, tal como Jesús se lo había indicado: “La promesa que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hech. 1: 4-5). La promesa que los hará adultos y les dará fuerza para ser testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra (cfr. Hech 1: 8). La promesa del Paráclito que estará siempre con ellos (cfr. Jn. 14:16), “el Espíritu de la Verdad a quien el mundo no puede recibir” (Ju: 14: 17), “el Paráclito que… les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Ju 14: 26). 

Mientras esa primera comunidad cristiana recordaba y esperaba esta promesa de Jesús reconfortándose unos a otros por la fe que tenían en común (cfr. Rom. 1: 12), María –en su corazón- no podía dejar de evocar aquella otra promesa acaecida décadas atrás: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 11: 35) y esa memoria cimentaba la esperanza; el Espíritu Santo, así como lo hizo con ella, lo haría con la Iglesia naciente, la fecundaría para que Cristo fuera dado a luz en cada hombre y mujer que dijese “sí” a la promesa del Señor.

Porque existe una misteriosa relación entre María, la Iglesia y cada alma fiel. María y la Iglesia ambas son madres, ambas conciben virginalmente del Espíritu Santo, ambas dan a luz para Dios Padre una descendencia sin pecado. Y también puede decirse de cada alma fiel. La Sabiduría de Dios lo que dice universalmente de la Iglesia lo dice de modo especial de la Virgen e individualmente de cada alma fiel. (cfr. Isaac del Monasterio de Stella, Sermón 51, PL 194, 1865). 

La mujer “que está” señala el camino a la Iglesia y a cada alma para que sean una Iglesia y unas almas “que estén” en espera, abiertas a la venida del Espíritu que defiende, enseña, recuerda, consuela. Ese Espíritu manifiesta la consolación tan esperada por Israel, que ansiaba el corazón de Simeón y de Ana (cfr. Lc. 1: 25) y los condujo hacia el encuentro con Jesús y a su ulterior reconocimiento (Lc. 1: 26) como la salvación, la luz y la gloria.  

El Espíritu, anticipo de nuestra herencia (Ef. 1: 14), nos marca con un sello (Ef. 1: 13) y nos unge (cfr. 2 Cor. 1: 21-22). El sello y la unción del Espíritu animan y configuran una Iglesia consolada, un alma consolada. No siempre caemos en la cuenta de que ésta ha de ser nuestra manera habitual de vivir: en consolación espiritual. Aun en los momentos de tribulación no falta, a quien está sellado y ungido por el Espíritu, la honda paz del alma, que es el primer grado de consolación. Los mártires dan testimonio de esto y el mismo Jesús se refirió a esta realidad: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”. (Mt. 5: 11). María, sellada y ungida por el Espíritu Santo, desborda en consolación y alaba al Señor recorriendo la gesta de Dios a través de la historia (cfr. Lc.1: 46-55) y, en su silencio doloroso al pie de la cruz, en la dolorosa paz interior de su paciencia, sigue repitiendo esta gesta de Dios en la historia que, para ella, es fundamento de esperanza. 

Me pregunto si, como pastores, estamos acostumbrados a conducir al pueblo de Dios desde la consolación espiritual, aunque estemos desorientados o desolados por situaciones difíciles o contradictorias (cfr. 2 Cor. 1:3-5) Si, como María, le damos lugar en nuestro corazón al Espíritu, que es Paráclito, fuente de consolación, o nos turbamos como le sucedió aquella vez al pueblo de Israel y se estremece nuestro corazón como se estremecen por el viento los árboles del bosque (cfr.. Is. 7: 2). Si nos animamos a abrirnos al consuelo prometido del Señor: “Mantente alerta y no pierdas la calma; no temas y que tu corazón no se intimide” (Is.7: 4). ¡Cuanta fuerza recibe el pueblo fiel de Dios cuando siente que sus pastores lo guían desde la consolación espiritual! Ése es el espíritu que ponía María en medio de los discípulos y los preparaba así a la venida del Espíritu Santo.  

María, “la mujer que está,” figura primigenia de la Iglesia y del alma fiel. La mujer que está engendrando a Cristo por la fuerza del Espíritu. La mujer de la paz en medio del dolor y de la tribulación. La mujer que “elevada a la gloria de los cielos, acompaña a la Iglesia peregrina con amor maternal, y con bondad protege sus pasos hacia la patria del cielo, hasta que llegue el día glorioso del Señor” (Prefacio de la Misa de Santa María, Madre de la Iglesia). Así está en Luján, callada, transmitiendo paz y consuelo. Así la vive y la quiere nuestro pueblo fiel que, al mirarla, llora desde su corazón pacificado. Ese pueblo que deja que el Espíritu le marque la ruta hacia Cristo; pueblo sencillo, pobre y humilde que pone su esperanza en el Señor; pueblo que quiere bautizar a sus hijos a los pies de la Madre, pueblo incomprendido por la elites ilustradas, pueblo que para las izquierdas ateas es alienado y para las derechas descreídas, supersticioso; pero para Ella es hijo pecador y fiel, capaz de permitir que el Espíritu Santo le enseñe y recuerde el camino de Jesús. 

Y así queremos mirarla nosotros, obispos, en ésta su fiesta: Madre “que está”, y metiéndonos en medio de su pueblo fiel, pedirle la gracia de poder vivir en consolación espiritual, aun en medio de las tribulaciones y, desde ese espíritu de consolación espiritual, conducir al santo pueblo fiel de Dios.

 

Pilar, 9 de mayo de 2011. 

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

 

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HOMILÍA  del Sr. ARZOBISPO en el TEDEUM del 25 de MAYO

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.  Sí, Padre, porque así lo has querido.  Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.  Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mat. 11: 25-30)

 1. Este pasaje del Evangelio nos sorprende con la íntima expresión orante, casi litúrgica, de Jesús que se empequeñece ante nuestros ojos a la vez que se abre al infinito de Dios en su calidez de Padre. Jesús descansa en su centro más profundo: el de sentirse Hijo amado, y hermanado en aquellos mismos pequeños que recibieron de sus manos ese amor del Padre.

Ese amor alivia, suaviza, apacienta y en él la vida deja de ser una carga. La solidaridad fraternal que crea quita el agobio y ese peso desmedido con el que nuestra propia presunción y obstinación ahogan el alma.

Dios nos hermana en Jesucristo, para que su amor cuidadoso, paciente, estimulante, nos libere de la ceguera y coraza del propio orgullo y vanidad, revelándonos que, en ese Amor, una vida distinta es posible.

Hoy queremos dejarnos iluminar por ese amor de Dios  para avivar el sueño memorable que nos acerca la historia de quienes nos precedieron, los que gastaron su vida para que pudiéramos estar aquí. Los que nos hermanaron en su amor a la Patria con su trabajo y lucha por ella, los que se dejaron inspirar en su fe para tener generosidad grande, entrega sin medida.

 2. El pasaje evangélico nos habla de la humildad. La humildad revela, a la pequeñez humana autoconsciente, los potenciales que tiene en sí misma. En efecto, cuanto más conscientes de nuestros dones y límites, las dos cosas juntas, seremos más libres de la ceguera de la soberbia. Y así como Jesús alaba al Padre por esta revelación a los pequeños, deberíamos también alabar al Padre por haber hecho salir el sol de mayo en quienes confiaron en el don de la libertad, esa libertad que hizo brotar en el corazón de aquel pueblo que apostó a la grandeza sin perder conciencia de su pequeñez.

Intereses y tendencias distintas no ahogaron la semilla que fue creciendo en sacrificio, heroísmo y entrega amorosa al deseo de construir la patria.

La memoria de mayo nos señala el arrojo de quienes se fortalecieron en su humilde condición y no escatimaron sacrificios, renuncias, despojos y muerte para el largo camino de construir un hogar para todos los de buena voluntad que poblaron este suelo.

No cimentaron la patria en delirios de grandezas desafiantes y poco creíbles, sino en el cotidiano construir, luchar, equivocarse y rectificarse.

Basta recorrer estos doscientos años para ver que hubo, como habrá siempre, intereses mezquinos, ambiciones personales y de grupo; pero sólo  perduró lo que fue construido para todos, para el Bien Común de todos.

3. Elevando como Jesús nuestra mirada al Padre, reconoceremos a aquéllos que desde lo humilde, y sólo desde lo humilde, hoy como aquel entonces, pueden aportar y compartir. Aquéllos que pudieron y pueden liberarse del peso de todo lo desmedido que podría haber en sus ambiciones, y cobran vuelo en iniciativas, creatividad y entrega a lo más noble.

En esa memoria nos re-descubrimos, se nos revela verdaderamente que el cariño de nuestro Padre Dios nos acompaña desde siempre en la grandeza humilde de muchos.

Pero sabemos también que nuestro buen Padre no se entromete en nuestra libertad, no interfiere ni cercena nuestras opciones. Si nosotros elegimos dormir el sueño de la autosuficiencia, si abandonamos la riqueza de lo humilde por creernos algo que no somos, dormiremos la pesadilla de un país que abandona su destino, y será nuestra culpa y sólo nuestra.

 4. Nos sentimos llamados a pedir la gracia de renovar nuestro espíritu, despertar a nuestra verdad que, por dura que parezca, no deja de ser esperanzadora, ya que el que se encuentra consigo mismo, con los demás y con Dios, se encuentra con la verdad, y sólo la Verdad nos hace libres (Jn 8: 33)

Con aquel aliento de Dios que inspiró la vida al crearnos con sus manos, y que nos vuelve al sentirnos reconocidos como hijos en El, pedimos para nuestro espíritu la capacidad y prontitud de escuchar, pensar y sentir para actuar de acuerdo a nuestro horizonte y anhelo de grandeza, pero con los pies en la tierra.

Escuchar a lo alto como El escuchaba, ser oyentes (ob-audientes) para que se revele la verdad en la medida que se devela nuestro orgullo. Escuchar al Señor que inspira cosas grandes en el silencio del corazón propio y del hermano, del amigo y del compañero. Ir reconstruyendo ese vínculo social desde lo consistente de la búsqueda común.

5. Así es como crece y se despliega la sabiduría de nuestro pueblo, silencioso y trabajador, sin otra condición social más que la de ser humildes.

La sabiduría de los que cargan la cruz del sufrimiento, de la injusticia, de las condiciones de vida con que se enfrentan al levantarse todas las mañanas para sacrificarse por los propios.

La sabiduría de los que cargan la cruz de su enfermedad, de sus dolencias y pérdidas poniendo el hombro como Cristo.

La sabiduría de “miles de mujeres y de hombres que  hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar la casa…  Miles y miles de niños con sus guardapolvos desfilan por pasillos y calles en  ida y vuelta de casa a la escuela, y de ésta a casa. Mientras tanto los abuelos, quienes atesoran la sabiduría popular, se reúnen a compartir y a contar anécdotas”.

Pasarán las crisis y los manipuleos; el desprecio de los poderosos los arrinconarán con miseria, les ofrecerán el suicidio de la droga, el descontrol y la violencia; los tentarán con el odio del resentimiento vengativo. Pero ellos, los humildes, cualquiera sea su posición y condición social, apelarán a la sabiduría del  que se siente hijo de un Dios que no es distante, que los acompaña con la Cruz y los anima con la Resurrección en esos milagros, los logros cotidianos, que los animan a disfrutar de las alegrías del compartir y celebrar.

6. Los que saborean esta mística, los sabios de lo pequeño, ellos son los que recurren a Aquél que los alivia, al abrazo tierno de Dios en el perdón o en la entrega solidaria de muchos que, en distintas actividades, dan de la riqueza de sí.

Porque la Palabra llena de amor, aunque sea en un gesto, libera. Libera del yugo que nos imponemos cuando nos proponemos lo imposible, nos castigamos con lo irrealizable, nos atosigamos hasta deprimirnos con nuestras ambiciones y necesidad de ser reconocidos, de resaltar, o con nuestra mendicidad de afecto: no es otra cosa el acumular poder y riqueza. La sabiduría del humilde no las necesita, sabe que él vale por sí mismo, se siente amado por su Padre y Creador, aun ante el desprecio, el abandono, la humillación.

Así nos lo enseñó el Maestro de la humildad, el que llevó ligero su Cruz a la Pasión.

 7. Por eso, y desde el camino de 200 años, el día de hoy nos invita a despertar, una vez más, a la humildad; a la humildad de aceptar lo que podemos y somos, a tener la grandeza de compartir sin engaños ni apariencias; porque las ambiciones desmedidas sólo lograrán que el supuesto vencedor sea el rey de un desierto, de una tierra arrasada, o el capataz de una propiedad foránea.

Los maquillajes y vestidos del poder y la reivindicación  rencorosa son cáscara de almas que llenan su vacío triste y, sobre todo, su incapacidad de brindar caminos creativos que inspiren confianza. Es el vaciamiento consecuente de lo compulsivo de la soberbia en su manifestación más torpe, que es la veleidad.

El veleidoso, o vanidoso, es el que confunde pactos de contubernio con organización; escaramuzas con lucha; ventajismo con horizonte de grandeza. Como no se soporta a sí mismo necesita atemorizar a los demás y llena de palabras contradicentes lo que los hechos evidencian. Como carece de propuestas sólo enuncia reivindicaciones. Vive cuestionando, relativizando o trasgrediendo, porque sobrevive eternizando su adolescencia

Ninguno de nosotros está libre de la veleidad, es posiblemente un mal argentino, y tiene su castigo en la incapacidad para amar y recibir amor, escuchar al otro desde sí, hacerse cargo, com-padecer, ser solidario, acompañar, llevar los límites y diferencias, aceptar los límites y roles.

 El veleidoso está solo. Aunque esté acompañado, aunque obligue a la reverencia y someta o quiera seducir o impactar con su actuación y discurso.

¿No es acaso la inseguridad veleidosa y mediocre lo que nos hace construir murallas ya sea de riqueza o poder o violencia e impunidad?  Pues bien, la humildad de Jesús nos aligera, nos quita el yugo de nuestra vanidad e inseguridad, nos invita a confiar, a compartir para incluir.

 8. Queridos hermanos, la invitación de Jesús es a aligerarnos del peso de nosotros mismos, de  esas simulaciones, falsas creencias y recetas rápidas que tanto nos gusta ensayar a todos, y retomar la confianza del trabajo fraterno, mancomunado, de largo plazo quizás.

Como lo aprendieron los humildes de nuestro pueblo, héroes conocidos y anónimos, que se sintieron hijos de Dios y de esta tierra.

Como Él mismo nos sugiere, confiar como hijos al igual que Él, que no escatimó esfuerzos y entrega aun sin ver los resultados.

La fraternidad en el amor como la vivió Jesús nos alivia, hace el yugo suave. No se trata de ser impecables pues nadie que se compromete deja de embarrarse, sino que se nos invita a no quedarnos en el chiquero que corrompe, porque Dios nos perdona siempre y nos eleva. Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón.

Desde la soberbia del “sálvese quien pueda,” o el aprovechar el desconcierto para acumular poder ocasional, se provoca la desintegración. Desde los desprendimientos que implica el saberse pequeños pero confiados, nace el gozo del construir juntos la grandeza de la patria.  

 Rezamos desde el corazón

Jesucristo Señor de la historia, danos la gracia de saber gozar de nuestra hermandad y amistad humilde que nos motive a construir juntos, porque nos sentimos hijos de tu Padre y Padre nuestro. Despierta nuestro corazón dormido en rivalidades y mezquindades, antes que sea tarde. Que no escuchemos con soberbia y ambición los miedos que nos vacían y ahuecan, sino que carguemos el yugo suave del compartir sin manipular, porque es un deber de justicia con nuestros hermanos, con nosotros mismos, y contigo.

 María de Luján, que te quedaste como Madre en nuestra tierra para que la sintamos como un don, y transmites la ternura de Dios con tu presencia, tus manos, tu silencio; escucha el gemido de tu pueblo por una “justicia largamente esperada”. Escucha el lamento silencioso de los que se destruyen porque no sienten la esperanza, de los que se esfuerzan a diario y les pagamos con sobras, de los que ya no tienen memoria de la “alegría de ser”.

Tu rostro nos dice que no hay agobio que nos hunda, porque mirando a tu hijo Jesús como tú lo miras, encontramos la paz hasta en los momentos más duros.

 Desde allí queremos recuperar la humildad que Él tanto nos enseñó, y que nos reaviva la confianza.

Que así sea.

 Buenos Aires, 25 de mayo de 2011                                                                                                  

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi

 Ne dissolvamini, manducate vinculum vestrum; ne vobis viles videamini, bibite pretium vestrum. (San Agustin, Sermo 228 B. In Sollemnitate Sanctissimi Corporis et Sanguinis Christi, ad Officium lectionis).

 Dice el Señor en el Evangelio que acabamos de escuchar: “Les aseguro que si no comen mi carne y no beben mi sangre no tienen vida en ustedes”. Y, en el Oficio de Lecturas del Corpus, hay una antífona muy hermosa que nos puede ayudar a meditar esta frase del Señor. Es de San Agustín y dice así: “Coman el vínculo que los mantiene unidos, no sea que se disgreguen; beban el precio de su redención, no sea que se desvaloricen” (Sermón 228 B).

 Fíjense lo que dice Agustín: el Cuerpo de Cristo es el vínculo que nos mantiene unidos, la Sangre de Cristo, el precio que pagó para salvarnos, es el signo de lo valioso que somos. Por eso: comamos el Pan de Vida que nos mantiene unidos como hermanos, como Iglesia, como pueblo fiel de Dios. Bebamos la Sangre con la que el Señor nos mostró cuánto nos quiere. Y así mantengámonos en comunión con Jesucristo, no sea que nos disgreguemos, no sea que nos desvaloricemos, que nos despreciemos.

 Esta invitación también señala un hecho real de nuestros corazones porque cuando una persona o una sociedad sufren la disgregación y la desvalorización, seguro que en el fondo de su corazón les falta paz y alegría, más bien anida la tristeza. La desunión y el menosprecio son hijos de la tristeza.

La tristeza, es un mal propio del  espíritu del mundo, y el remedio es la alegría. Esa alegría que sólo el Espíritu de Jesús da y que da de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.

Jesús alegra el corazón de las personas: ése fue el anuncio de los ángeles a los pastores: “No teman, porque les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12).

 La salvación que trae Jesús consiste en el perdón de los pecados, pero no es un perdón acotado hasta ahí nomás; va más allá: se trata de la alegría del perdón, porque “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15, 7). El perdón no termina en el olvido ni en la reparación sino en el derroche de amor de la fiesta que el Padre Misericordioso hace para recibir a su hijo que regresa.

Y las relaciones sociales que brotan de esta alegría son relaciones de justicia y de paz; no de una justicia vengativa del ojo por ojo que aplaca el odio pero deja el alma vacía y muerta e impide seguir caminando por la vida. La justicia del Reino brota de un corazón que ha sabido “recibir al Señor con alegría” como Zaqueo y desde esa plenitud decide devolver lo robado y compensar a todo aquél con el que ha sido injusto.

 La presencia de Jesús siempre contagia alegría. Si miramos la alegría que se apodera de los discípulos al ver al Señor Resucitado vemos que es tan grande que “les impedía creer” y entonces el Señor les pide algo de comer (Lc 24, 41): centra esa alegría en la comunión de la mesa, en el compartir. El Papa tiene una reflexión muy linda y dice que Lucas utiliza una palabra especial para hablar de cómo Jesús resucitado congrega a los suyos: los junta “comiendo con ellos la sal”. En el Antiguo Testamento juntarse a comer en común pan y sal, o también sólo sal, sirve para sellar sólidas alianzas (Nm 18, 19). La sal es garantía de durabilidad. El comer la sal de Jesús Resucitado es signo de la Vida incorruptible que nos trae. Esa sal de la Vida, esa sal que es pan consagrado compartido en la Eucaristía es símbolo de la alegría de la Resurrección. Los cristianos compartimos la “Sal de la Vida” del Resucitado y esa sal impide que nos corrompamos, impide que nos disgreguemos y que nos desvaloricemos. Pero si la sal pierde su sabor ¿con qué se la volverá a salar?

¡La alegría del Evangelio, la alegría del perdón, la alegría de la justicia, la alegría de ser comensales del Resucitado! Cuando dejamos que el Espíritu nos reúna junto a la mesa del altar, su alegría cala hondo en nuestro corazón y los frutos de la unidad y del aprecio entre hermanos brotan espontáneamente y de mil maneras creativas.

 ¡Comamos el Pan de Vida: es nuestro vínculo de unión, comámoslo, no sea que nos disolvamos, que nos desvinculemos…

Bebamos la Sangre de Cristo que es nuestro precio, no sea que nos desvaloricemos, nos depreciemos!

¡Qué hermosa manera de sentir y gustar la Eucaristía! La sangre de Cristo, la que derramó por nosotros, nos hace ver cuánto valemos. Como porteños, a veces nos valoramos mal, primero nos creemos los mejores del mundo y luego pasamos a despreciarnos, a sentir que en este país no se puede, y así vamos de un lado a otro. La sangre de Cristo nos da la verdadera autoestima, la autoestima en la fe: valemos mucho a los ojos de Jesucristo. No porque seamos más o menos que otros pueblos, sino que valemos porque hemos sido y somos muy amados.

También es una tentación muy nuestra la de desunirnos, la de hacer internas de todo tipo, la de cortarnos solos… Pero a la vez late fuerte en nuestro corazón un anhelo muy grande de unión, el deseo de ser un solo pueblo, abierto a todas las razas y a todos los hombres de buena voluntad. La unidad se enraiza  en nuestro corazón y cuando la cultivamos con el diálogo, con la justicia y la solidaridad, es fuente de mucha alegría. La Eucaristía es fuente de unidad. Comamos este Pan, no sea que nos disgreguemos, que nos anarquicemos, que vivamos enfrentados en mil grupitos distintos.

 Le pedimos a María que nos guarde de las plagas de la dispersión y del  desprecio: son frutos agrios de corazones tristes. Le pedimos a nuestra Madre, Causa de nuestra alegría, como dice una de sus Letanías más lindas, que nos haga saborear el Pan de la Alianza, el Cuerpo de su Hijo, para que nos mantenga unidos en la fe, cohesionados en la fidelidad, unificados en una misma esperanza. Le pedimos a nuestra Madre que le recuerde a Jesús las veces que “no tenemos vino”, para que la alegría de Caná inunde los corazones de nuestra ciudad haciéndonos sentir cuánto valemos, cuán preciosos somos a los ojos de Dios que no dudó en pagar el precio altísimo de su Sangre derramada para salvarnos de todas las tristezas, de todos los males y ser así, para los que lo amamos, fuente de perenne alegría.

 Buenos Aires, 25 de junio de 2011

  

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano

Is. 58: 9-11

Lc. 19: 1-10

 

“Junto con San Cayetano rezamos por la paz, el pan y el trabajo”

El evangelio nos dice que Zaqueo bajó enseguida del árbol al que se había subido y recibió a Jesús en su casa con mucha alegría.

Una alegría que comenzó al salir a la calle, se incrementó al bajarse del árbol, lo acompañó todo el tiempo mientras preparaba la casa, estalló cuando  entró Jesús y se consolidó cuando Zaqueo manifestó públicamente su decisión de cambiar de vida.

Todo empezó cuando Zaqueo  escuchó que Jesús había entrado en su ciudad, Jericó, y el pensamiento “sería lindo salir a verlo pasar” le dio alegría. Una alegría pequeñita pero fuerte que le hizo cerrar el negocio y salir a la calle. Igual nos pasó a nosotros cuando sentimos que sería lindo venir a San Cayetano. Le hicimos caso a esa alegría y aquí estamos: en la calle, haciendo fila, rezando con todo el pueblo fiel.

La alegría de Zaqueo creció cuando Jesús se detuvo justito debajo del árbol  donde se había subido, lo miró a los ojos y lo llamó por su nombre: “Zaqueo, bajá pronto que tengo que hospedarme en tu casa”. Jesús pasaba por las calles de Jericó y una multitud de gente lo seguía y se encimaba para verlo. Zaqueo, como era petiso, se había trepado a un sicomoro. Quería ver a Jesús. Pero cuando Jesús lo miró a él y le habló, Zaqueo dejó de ser un espectador y pasó a ser actor, protagonista de su propia vida. Aquí creció su alegría porque no estamos hechos para ser consumidores de espectáculos ajenos sino para ser, cada uno, protagonistas de su propia vida.

Esto pasó en medio de la calle. Por eso la escena de Zaqueo se parece a lo que nos pasa cuando venimos a San Cayetano, porque el encuentro con Jesús comienza en la calle, mientras uno hace la cola, en medio de la gente que va pensando en Jesús. En algún momento sentimos que Jesús nos mira. Él siempre nos hace sentir que sabe que estamos y nos promete un encuentro más hondo, en el que somos protagonistas de la amistad con Él. En la amistad uno siempre es protagonista.

La alegría acompañó a Zaqueo mientras preparaba su casa y le inundó el corazón cuando Jesús entró y él lo saludó y lo hizo sentar a la mesa. Podemos imaginar la emoción y la sonrisa de Zaqueo al ver entrar a Jesús. Esta alegría compañera es la que sentimos mientras estamos en la cola y se va incrementando a medida que nos acercamos al templo. Es una alegría que nos llena de emoción al quedar frente al santo Patrono y poner nuestra mano sobre el vidrio que cubre su imagen, al mirarlo a los ojos y expresarle nuestra devoción, al mirar al Niño Jesús y hablarle cada uno de las cosas que le salen del corazón. Cuando Zaqueo sintió que le estallaba el corazón de alegría al tener ahí sentado al Maestro en su casa no aguantó más,  se puso de pie y  manifestó públicamente su decisión de cambiar de vida. Como vemos, es una decisión motivada por la alegría, no por alguna imposición externa. Jesús no le dijo: “tenés que cambiar de vida”, simplemente fue a hospedarse en su casa y eso bastó para que Zaqueo supiera lo que tenía que hacer. Es lo que Jesús hace en la Eucaristía: simplemente nos dice: quiero ir a hospedarme en tu corazón, te pido que me recibas en la Eucaristía. Y eso tiene que bastar.

La alegría de Zaqueo se consolidó cuando se comprometió públicamente a cambiar. Zaqueo pasó de ser un coimero a ser un tipo solidario. Como dice Isaías: dejó de maltratar y de acusar con el dedo a los demás y pasó a compartir su pan con el hambriento y a ayudar a los que sufren. “Voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo y si he robado algo devolveré cuatro veces esa cantidad”. La alegría se consolida cuando ponemos manos a la obra, cuando damos frutos y “hacemos todo lo que Jesús nos dice”.

La fuente de la alegría está en esa frase de Jesús:  “Zaqueo, bajá rápido que hoy tengo que ir a hospedarme en tu casa”. Tenemos un Dios que quiere venir a hospedarse en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestra ciudad.

San Cayetano es una de esas “casas” en las que sabemos que Jesús “ha querido hospedarse”. Nuestras iglesias nacen de “una visita” de Jesús a cada ciudad, del deseo que Él tiene de hospedarse entre nosotros. Así es en Luján, por ejemplo. La basílica de nuestra Madre nace del deseo de la Virgen de quedarse allí, en Luján, para estar con nosotros, como Madre del Dios con nosotros. Así también sucede en San Cayetano, que se parece en algo a la casa de Zaqueo, porque San Cayetano es la casa del Pan y del Trabajo y bien podríamos decir que, cuando Jesús se hospedó en lo de Zaqueo y le cambió la vida, Zaqueo pasó a ser un hombre de trabajo. Dejó de ser ñoqui y vividor para ser un trabajador honrado, justo y solidario.

Nuestro lema de este año dice: Junto a San Cayetano rezamos por la paz, el pan y el trabajo.

Al entrar en esta casa pedimos la gracia de salir cambiados como Zaqueo, pedimos la alegría que da dejar cada uno sus maltratos y salir convertido en hombres y mujeres de paz, que ponen paz en medio de una ciudad agresiva y violenta.

Junto a San Cayetano rezamos y pedimos la gracia de dejar cada uno sus avivadas y ser  hombres y mujeres con sed de justicia, con esa alegría que da pensar cómo ser más justos en nuestras relaciones. En vez de andar pensando en lo que nos deben salimos pensando en lo que debemos nosotros a los demás. Eso hace a la dignidad de una persona: el justo medita cómo ser más justo. Sin que nadie lo obligue, lo hace por el propio honor y el propio gusto que da ser justo, de devolver lo que no es nuestro, de compensar al que hemos despojado.

Junto a san Cayetano rezamos y pedimos la gracia de tomarle el gusto al Pan de Dios, la gracia de sentir la alegría que brota del estar en comunión con Cristo. Ese pan que, como decíamos en la misa del Corpus, es nuestro vínculo de unión: comamos de ese pan, no sea que nos desvinculemos, que nos disgreguemos. Al ser patrono del Pan, San Cayetano es patrono de la unidad de nuestra patria.

Que el Señor los bendiga a todos con mucha alegría. Que vuelvan distintos a su casa después de haber cumplido la promesa y visitado al santo. Que vuelvan con ganas de prepararle un lugar en su vida a este Jesús que quiere hospedarse en sus hogares.

Que vuelvan bendecidos, sintiendo esas ganas de andar en paz con la familia y con todos, esas ganas de compartir la alegría interior que nos regala Dios. Que la Virgen y San Cayetano cuiden y acrecienten esta alegría del encuentro con Jesús, nuestro Salvador.

 

Buenos Aires, 7 de agosto de 2011

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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PALABRAS INICIALES DEL SR. ARZOBISPO EN EL PRIMER CONGRESO REGIONAL DE PASTORAL URBANA

 DIOS VIVE EN LA CIUDAD

 Con mirada de creyente y de pastor

 Cuando rezo por la ciudad de Buenos Aires agradezco el hecho de que sea la ciudad en que nací. El cariño que brota de tal familiaridad ayuda a encarnar la universalidad de la fe que abraza a todos los hombres de toda ciudad. Ser ciudadano de una gran ciudad es algo muy complejo hoy en día, ya que los vínculos de raza, historia y cultura no son homogéneos y los derechos civiles tampoco son plenamente compartidos por todos los habitantes. En la ciudad hay muchísimos “no-ciudadanos”, “ciudadanos a medias” y “sobrantes”: o porque no tienen plenos derechos –los excluidos, los extranjeros, las personas indocumentadas, los chicos no escolarizados, los ancianos y enfermos sin cobertura social-; o porque no cumplen con sus deberes. En este sentido la mirada trascendente de la fe que lleva al respeto y al amor al prójimo ayuda a “elegir” ser ciudadano de una ciudad concreta y a poner en práctica actitudes y comportamientos que crean ciudadanía.

 La mirada que quiero compartir con ustedes es la de un pastor que busca profundizar en su experiencia de creyente, de hombre que cree que “Dios vive en su ciudad”[1]. En su “Sermón sobre los pastores”, San Agustín distinguía dos cosas distintas: la primera –decía- es que somos cristianos y la segunda, que somos obispos. Al situarnos ante la ciudad moderna, con sus imaginarios sociales tan diversos, puede ayudar este ejercicio de distinguir miradas. No para dejar de mirar como pastor al rebaño que nos fue encomendado sino para ahondar en esa mirada de fe simple que tanto le agradaba encontrar al Señor sin que le importaran raza, cultura o religión. Porque la mirada de fe descubre y crea ciudad.

 Jesús en la ciudad

Las imágenes del evangelio que más me gustan son las que muestran lo que suscita Jesús en la gente cuando se encuentra con ella en la calle. La imagen de Zaqueo quien, al enterarse de que Jesús ha entrado en su ciudad, siente que se le despierta el deseo de verlo y corre a subirse al árbol. La fe hará que Zaqueo deje de ser un vendepatrias al servicio propio y del imperio y pase a ser ciudadano de Jericó, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad con sus conciudadanos. La imagen de Bartimeo, que cuando el Señor le concede la gracia que desea –“Señor, que yo vea”-, lo sigue por el camino. Por la fe Bartimeo deja de ser un marginal tirado al borde del camino y se convierte en protagonista de su propia historia, caminando con Jesús y el pueblo que lo seguía. La imagen de la hemorroisa, que toca su manto en medio de una multitud que apretuja al Señor por todos lados y atrae su mirada respetuosa y llena de cariño. Por la fe la hemorroisa se incluye en una sociedad que discriminaba a la gente por ciertas enfermedades consideradas impuras.

Son imágenes de encuentros fecundos. El Señor simplemente “pasa haciendo el bien”. Y uno se maravilla al ver lo que hay en el corazón de tantas personas que, excluidas para la sociedad e ignoradas por muchos, al entrar en contacto con el Señor se llenan de vida plena y esta vida crece integralmente, mejorando la vida de la ciudad. 

 En sintonía con el evangelio, la afirmación feliz de Aparecida que dice “La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad” es una respuesta de fe ante el desafío inmenso que representan las ciudades actuales. Nos lleva a querer “recomenzar desde el encuentro con Cristo”[2] y no desde posturas eticistas o ilustradas. Como decía en “El sacerdote y la ciudad”[3], Aparecida constata un cambio de paradigma en la relación entre el sujeto cristiano y las culturas que se elaboran en esos grandes laboratorios que son las mega polis modernas: “El cristiano de hoy no se encuentra más en la primera línea de la producción cultural, sino que recibe su influencia y sus impactos”[4]. Las tensiones que el análisis de las ciencias nos pone ante los ojos pueden causar miedo y sentimientos de impotencia pastoral. Sin embargo, la certeza de que Dios vive en la ciudad nos llena de confianza y la esperanza de la Ciudad santa que baja del cielo[5] nos infunde coraje apostólico. Como a Zaqueo, la buena noticia de que el Señor ha entrado en la ciudad, nos dinamiza y nos hace salir a la calle.

 El tono de Aparecida para mirar “La pastoral urbana”

El apartado sobre La pastoral urbana es un buen ejemplo del esfuerzo de Aparecida por encontrar el tono evangélico para mirar la realidad. Si uno relee los cinco primeros puntos se nota un intento de mirada más sociológica, por decirlo así. Resuenan primero el cambio de paradigma y la complejidad de la cultura plural (509), los nuevos lenguajes (510), las complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas (511), las diferencias sociales, las tensiones desafiantes: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión…etc. (512). Pero sucede algo curioso: el desarrollo de este lenguaje tiene un punto de inflexión en el parágrafo siguiente. Es como si se tratara de tomar aire ante tanta complejidad: se valora, entonces, el pasado (“la Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse”) y se señalan experiencias de renovación. Pero la impresión es que estas son “poca cosa” ante la magnitud de los cambios descriptos anteriormente. El texto quiere invitar a la alegría y a la valentía pero surge la palabra “miedo a la pastoral urbana”: tendencias a encerrarse, a estar a la defensiva, sentimientos de impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades” (513).

Vienen entonces los tres puntos siguientes en los que el tono del lenguaje cambia notablemente. El punto 514 es un pequeño himno de fe, una especie de Salmo en el que la ciudad brilla como lugar de encuentro. Escuchemos cómo suena:

La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad,

en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas,

como también en sus dolores y sufrimientos.

Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades,

violencia, pobreza, individualismo y exclusión,

no pueden impedirnos que busquemos

y contemplemos al Dios de la vida

también en los ambientes urbanos.

Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad…

En ellas las personas tienen la posibilidad  de conocer a más personas,

de interactuar y convivir con ellas…

En las ciudades es posible experimentar

vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad.

En ellas el ser humano está llamado a caminar

siempre más al encuentro del otro,

convivir con el diferente,

aceptarlo y ser aceptado por él.

El tono ha cambiado. Y hace que cambie la mirada. Resuena aquí la pregunta que se hacía y nos hacía el Papa en su discurso inaugural: “¿qué es la realidad sin Dios?”[6]. La misma pregunta nos la podemos hacer con respecto a la ciudad: ¿Qué es la ciudad sin Dios? Sin un punto de referencia fundante y absoluto (al menos buscado) la realidad de la ciudad se fragmenta y se diluye en mil particularidades sin historia y sin identidad. ¿En qué termina una mirada sobre la ciudad si no se centra en una fe abierta a lo trascendente? Para ver la realidad hace falta una mirada de fe, una mirada creyente. Si no, la realidad se fragmenta.

 Aparecida asumió este desafío al privilegiar una “mirada de discípulos misioneros sobre la realidad” (I parte. Cap.1 Nros. 19-32) que centrara todas las demás miradas: “Necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo (y la cultura late y se elabora en las ciudades), aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cfr. 1 Cor 1, 30), la cultura (y cada ciudad) puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada” (Ap 41).

El parágrafo siguiente es un canto a la esperanza. La mirada puesta en la Ciudad santa que baja del Cielo instala la idea de cercanía y de acompañamiento. Nuestro Dios es un Dios que ha instalado su tienda de campaña entre nosotros (515).

El último párrafo es un esbozo de himno a la caridad, en el que el servicio de la Iglesia es fermento que transforma y realiza la Ciudad Santa en la ciudad actual (516).

De esta manera, los puntos 517-518, que son una larga lista de concreciones pastorales se hace en un lenguaje de tono propositivo y de recomendación. Explícitamente se cambió el tono ya que en la primera redacción se decía “optamos por” una pastoral urbana que… Y en la redacción  final quedó: “la conferencia “propone y recomienda” una nueva pastoral urbana que… salga al encuentro, acompañe, sea fermento.

Imaginario teológico cristiano para la ciudad

En este tono de consolación surgieron las categorías de encuentro, acompañamiento y fermento que Aparecida nos propone para salir a las calles de la ciudad actual. Las consecuencias pastorales ad extra de estas actitudes y de otras saldrán en las distintas ponencias de este congreso. Más bien quisiera ahora dar un paso hacia adentro –en una especie de repliegue existencial y espiritual- para ahondar en el efecto que estas actitudes producen en nuestra mirada, en nuestro imaginario teológico. Si es verdad que se ha pasado de un sujeto cristiano cuya mirada estaba “por encima” de la ciudad, modelándola, a un sujeto que está inmerso en la coctelera de la hibridación cultural y sufre sus influencias e impactos, es necesario reconectarnos con lo “específico cristiano” para poder dialogar con todas las culturas: con una cultura cristiana, inspirada en la fe, cuya  estructura de valores nos hace sentir como en casa; con una cultura pagana, cuyos valores se pueden discernir con cierta claridad; y con una cultura hibrida y múltiple como la que se gesta ahora, que requiere más discernimiento.

 Ser pueblo y construir ciudades van de la mano. Y ser pueblo de Dios y habitar en la ciudad de Dios, también. En este sentido el imaginario teológico puede ser levadura para todo imaginario social.

Ya en el Éxodo, en el pueblo peregrino y en formación, cada acampada tiene en sí el germen de una ciudad;  y la promesa de la tierra que mana leche y miel se concreta en el Apocalipsis, escatológicamente, en la Ciudad santa, la Jerusalén celeste que baja de cielo.

Las imágenes reveladas de la ciudad prometida (la tierra prometida) y de la ciudad regalada (que baja del cielo como una novia) responden y dinamizan a los anhelos que están siempre operantes en todo imaginario social humano, operante en la construcción de la ciudad.

También las imágenes del sueño truncado de Babel –la ciudad autosuficiente que llega al cielo- y de la anticiudad consolidada que se extiende en la tierra –Babilonia- expresan (y si uno quiere ayudan a exorcizar) los miedos y angustias del hombre al sentir que participa en la construcción de la anticiudad que lo devora.

Las imágenes más fecundas que el imaginario evangélico ofrece a todo imaginario social son las imágenes del Reino de los Cielos. Sus ciudadanos no lo defienden con armas (como le dice Jesús a Pilato); al vivirlo como puro don (como tesoro en medio de un campo) comparten con todos sus beneficios (las ramas del árbol que fue un pequeño granito de mostaza cobijan a todos los pájaros del cielo y la invitación al banquete de bodas se hace extensiva a los pobres y excluidos); el trabajo en la viña dignifica a todos por igual y las relaciones de perdón de deudas y de producir cada uno lo mejor de sí (parábola de los talentos) fecundan los anhelos ciudadanos más profundos.

            En este punto estoy convencido de que profundizar en el imaginario evangélico de la ciudad, para proponerlo en toda su riqueza a la ciudad actual, es un servicio que hacemos y que puede ensanchar la esperanza común que compartimos con todos los que habitan nuestra ciudad y motivar un actuar común presidido por la caridad.

Miradas que iluminan y miradas que oscurecen la ciudad

Como se ve, ya desde el punto de partida se concibe “lo específico cristiano” como “levadura que ya está leudando la masa”. Y esto es lo mismo que sentirnos “apremiados” por un Dios que ya está viviendo en la ciudad, mezclado vitalmente con todos y con todo. Es una reflexión que nos sorprende siempre ya con las manos en la masa, comprometidos con la situación del hombre concreto tal como se da, involucrados con todos los hombres en una única historia de salvación.

Nada, por tanto, de propuestas ilustradas, rupturistas, asépticas, que parten de cero, que toman distancia para “pensar” cómo habría que hacer para que Dios viviera en una ciudad sin dios. Dios ya vive en nuestra ciudad y nos urge –mientras reflexionamos- salir a su encuentro, para descubrirlo, para construir relaciones de cercanía, para acompañarlo en su crecimiento y encarnar el fermento de su Palabra en obras concretas. La mirada de fe crece cada vez que ponemos en práctica la Palabra. La contemplación mejora en medio de la acción. Actuar como buenos ciudadanos –en cualquier ciudad- mejora la fe. Pablo recomendaba desde el comienzo “ser buenos ciudadanos” (Cfr. Rm 13, 1). Es la intuición del valor de la inculturación: vivir a fondo lo humano, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad (le gana el corazón).

El pastor que mira a su ciudad con la luz de la fe combate la tentación de la “no mirada”, del “no ver”. El no ver, que el Señor reprocha con tanta insistencia en el evangelio, tiene muchas formas: la de la ceguera pertinaz de los escribas y fariseos, la del encandilamiento no sólo de “las luces del centro”, como dice el tango[7], sino de la misma revelación con la que se tientan los apóstoles “bajo apariencia de bien”[8]; también está el no mirar de los que “pasan de largo”… Pero hay un nivel más básico de esta “no mirada”. Es difícil de categorizar pero se puede describir. En algunos discursos se entrevé que la perspectiva brota de una especie de “nivelación de miradas”, si se me permite hablar así. La mirada de fe no se valora existencialmente como don de Dios al hombre que se sitúa en la frontera de la existencia para ser mirado y mirar al Dios vivo, sino que se considera la mirada de fe en cuanto “resultado”, por decirlo de alguna manera, en cuanto “lo que ya se ha dicho sobre algún tema en algún documento”. Esta mirada de fe se pone al lado de las miradas de la ciencia o de los medios y casi inmediatamente se cataloga de “anticuada” o “no puesta al día” ante la mirada de alguna ciencia que muestra cosas novedosas. En esta mirada el que habla o escribe se ubica a sí mismo en una suerte de lugar privilegiado desde donde “objetiva” la postura tradicional y el nuevo paradigma.

Es verdad que todo mirar y reflexionar tiene un carácter comparativo, pero el punto clave es si hay voluntad de “ruptura” o como dice Benedicto XVI hablando de las interpretaciones del Concilio Vaticano II, voluntad de “renovación en la continuidad de un único sujeto que crece y se desarrolla permaneciendo siempre el mismo” [9].

En términos de vida podríamos decir que la “no mirada” es la de un sujeto “abstracto” (no vivo) que mira cosas abstractas desde paradigmas abstractos. En cambio la mirada de fe es la de un sujeto vivo –el pueblo de Dios en camino, como dice el Papa -, que mira eclesialmente realidades vivientes en medio de las cuales Dios vive también.

Lo que quiero decir es que las “no-miradas” son de “no-sujetos” y la ciudad, al igual que la Iglesia, necesita mirada de sujetos (eclesiales y ciudadanos, según el caso).

 ¿Cómo podemos estar seguros de que la mirada de fe no cae en lo mismo que criticamos? Creo que esta mirada no se puede valorar a priori sino que se justifica por sus frutos. Carece del impacto mediático de las hermenéuticas rupturistas pero da fruto a largo plazo. ¿Qué frutos?

En primer lugar, los actos de fe acrecientan y mejoran la propia fe. Al mismo tiempo ayudan a discernir y rechazar varias tentaciones.

            Se puede decir que la mirada de fe nos lleva a salir cada día y siempre más al encuentro del prójimo que habita en la ciudad. Nos lleva a salir al encuentro porque esta mirada se alimenta en la cercanía. No tolera la distancia, pues siente que la distancia desdibuja lo que desea ver; y la fe quiere ver para servir y amar, no para constatar o dominar. Al salir a la calle la fe limita la avidez de la mirada dominadora y cada prójimo concreto al que mira con deseos de servir le ayuda a focalizar mejor a su “objeto propio y amado”, que es Jesucristo venido en carne. El que dice que cree en Dios y “no ve” a su hermano, se engaña.

             Las mejoras en la fe en ese Dios que vive en la ciudad, renuevan la esperanza de nuevos encuentros. La esperanza nos libra de esa fuerza centrípeta que lleva al ciudadano actual a vivir aislado dentro de la gran ciudad, esperando el delivery y conectado sólo virtualmente. El creyente que mira con la luz de la esperanza combate la tentación de no mirar que se da o por vivir amurallado en los bastiones de la propia nostalgia o por la sed de curiosear. La suya no es la mirada ávida del “a ver qué pasó hoy” de los noticieros. La mirada esperanzada es como la del Padre misericordioso que sale todas las mañanas y las tardes a la terraza de su casa a ver si regresa su hijo pródigo y apenas lo ve de lejos, corre a su encuentro y lo abraza. En este sentido, la mirada de fe, a la vez que se alimenta de cercanía y no tolera la distancia, tampoco se sacia con lo momentáneo y coyuntural y por eso, para ver bien, se involucra en los procesos que son propios de todo lo vital. La mirada de fe, al involucrarse, actúa como fermento. Y, como los procesos vitales requieren tiempo, acompaña. Nos salva así de la tentación de vivir en ese tiempo”puntillar” propio de la postmodernidad.

 Si partimos de la constatación de que la anticiudad crece con la no mirada, que la mayor exclusión consiste en ni siquiera “ver” al excluido –el que duerme en la calle no se ve como persona sino como parte de la suciedad y abandono del paisaje urbano, de la cultura del descarte, del “volquete”- la ciudad humana crece con la mirada que “ve” al otro como conciudadano. En este sentido la mirada de fe es fermento para una mirada ciudadana. Por eso podemos hablar de un “servicio de la fe”: de un servicio existencial, testimonial, pastoral.

Mirada que incluye sin relativizar

¿Estoy diciendo que la fe, por sí sola, mejora la ciudad? Sí, en el sentido de que sólo la fe nos libera de las generalizaciones y abstracciones de una mirada ilustrada que sólo da como frutos más ilustraciones. La cercanía, el “involucramiento” y el sentir cómo el fermento hace crecer la masa, llevan a la fe a desear mejorar lo suyo propio, lo específico cristiano: para poder ver indivise et inconfuse al otro, al prójimo, la fe desea “ver a Jesús”. Es una mirada que, para incluir, se limita y se clarifica a sí misma.

 Si nos situamos en el ámbito de la caridad, podemos decir que esta mirada nos salva de tener que relativizar la verdad para poder incluir. 

La ciudad actual es relativista: todo es válido, y puede que caigamos en la tentación de que para no discriminar, para incluir a todos, a veces sintamos que es necesario “relativizar” la verdad. No es así. El Dios nuestro que vive en la ciudad y se involucra en su vida cotidiana no discrimina ni relativiza. Su verdad es la del encuentro que descubre rostros y cada rostro es único. Incluir personas con rostro y nombre propios no implica relativizar valores ni justificar antivalores, sino que no discriminar y no relativizar implica tener fortaleza para acompañar procesos y la paciencia del fermento que ayuda a crecer. La verdad del que acompaña es la de mostrar caminos hacia adelante más que juzgar encierros pasados.

La mirada del amor no discrimina ni relativiza porque es misericordiosa. Y la misericordia crea la mayor cercanía, que es la de los rostros, y como quiere ayudar de verdad busca la verdad que más duele -la del pecado-, pero para encontrar el remedio verdadero. Esta mirada es personal y comunitaria. Se traduce en la agenda, marca tiempos más lentos que los de las cosas (acercarse a un enfermo requiere tiempo), y crea estructuras acogedoras y no expulsivas, cosa que requiere también tiempo.

La mirada de amor no discrimina ni relativiza porque es mirada de amistad. Y a los amigos se los acepta como son y se les dice la verdad. Es también una mirada comunitaria. Lleva a acompañar, a sumar, a ser uno más al lado de los otros ciudadanos. Esta mirada es la base de la amistad social, del respeto de las diferencias, no sólo económicas sino también las ideológicas. Es también la base de todo el trabajo del voluntariado. No se puede ayudar al que está excluido si no se crean comunidades inclusivas.  

La mirada del amor no discrimina ni relativiza porque es creativa. El amor gratuito es fermento que dinamiza todo lo bueno y lo mejora y transforma el mal en bien, los problemas en oportunidades. El pastor que mira con mirada de agape descubre las potencialidades que están activas en la ciudad y empatiza con ellas, fermentándolas con el evangelio.

 Estas tres propiedades de la mirada y del actuar del pastor no son fruto de una descripción piadosa sino de un discernimiento que proviene del “objeto” (si se nos permite hablar así, ya que el Señor resucitado es mucho más que un objeto) que contemplamos y de la persona a quien servimos. Un Dios vivo en medio de la ciudad requiere profundizar en el camino de esta mirada que proponemos.

No es un mirarse al ombligo como lo es el “mirar cómo miramos”. Porque la ciudad, como los desiertos, produce espejismos. Y con la mejor intención puede ser que nos engañemos. La fe siempre se ve desafiada a superar espejismos. Nos hemos desengañado (algunos quizás demasiado) del espejismo de las ideologías políticas, de mirar no sólo las ciudades sino todo el Continente desde ideologías que proponían caminos rápidos para lograr la justicia. El precio fue la violencia y una desvalorización de la política que recién hace poco está comenzando a revertirse.

Hoy hay otros espejismos. Quizá por contraposición temporal se puede discernir su raíz. Si los espejismos políticos exigían un paso rápido a la acción, los espejismos ilustrados más bien “retardan”. El punto  aquí es si la teoría se vuelve tan complicada que en vez de suscitar “salidas apostólicas” suscita “discusiones sobre planes apostólicos”.

 Conclusión

Dios vive en la ciudad y la Iglesia vive en la ciudad. La misión no se opone a tener que aprender de la ciudad –de sus culturas y de sus cambios- al mismo tiempo que salimos a predicarle el evangelio. Y esto es fruto del evangelio mismo, que interactúa con el terreno en el que cae como semilla. No sólo la ciudad moderna es un desafío sino que lo ha sido, lo es y lo será toda ciudad, toda cultura, toda mentalidad y todo corazón humano.

 La contemplación de la Encarnación, que San Ignacio presenta en los Ejercicios Espirituales, es un buen ejemplo de la mirada que aquí se propone[10]. Una mirada que no se queda empantanada en ese dualismo que va y vuelve constantemente de los diagnósticos a la planificación, sino que se involucra dramáticamente en la realidad de la ciudad y se compromete con ella en la acción. El evangelio es un kerygma aceptado y que impulsa a transmitirlo. Las mediaciones se van elaborando mientras vivimos y convivimos.

En la contemplación de la Encarnación, San Ignacio nos hace “mirar cómo mira” al mundo la Santísima Trinidad. La mirada que propone Ignacio no es la que asciende del tiempo a la eternidad en busca de la visión beatífica definitiva para luego “deducir” un orden temporal ideal. Ignacio propone una mirada que le permita al Señor “nuevamente encarnarse” (EE 109) en el mundo tal como está. La mirada de las tres personas es una mirada “que se involucra”. La Trinidad mira todo: “toda la planicie o redondez del mundo y a todos los hombres”, y hace su diagnóstico y su plan pastoral. “Viendo” cómo los hombres se pierden la Vida plena (“descienden al infierno”), “se determina en su eternidad (Ignacio penetra en el deseo más íntimo y definitivo del corazón de Dios, la voluntad salvífica de que todos los hombres vivan y se salven) que la segunda Persona se haga hombre para salvar al género humano” (EE 102). Esta mirada universal se vuelve concreta inmediatamente. Ignacio nos hace mirar “particularmente la casa y aposentos de Nuestra Señora, en la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea” (EE 103).

La dinámica es la misma de Juan en el lavatorio de los pies: la conciencia lúcida y omniabarcativa del Señor (sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos) lo lleva a ceñirse la toalla y lavar los pies a sus discípulos. La visión más honda y más alta no lleva a nuevas visiones sino a la acción más humilde, situada y concreta.

 Teniendo en cuenta estas reflexiones, y para concluir, podemos decir que la mirada del creyente sobre la ciudad, se resuelve en tres actitudes concretas:

El salir de sí al encuentro del otro se resuelve en cercanía, en actitudes de projimidad. Nuestra mirada siempre tiene que ser salidora y cercana. No autorreferencial sino trascendente.

El fermento y la semilla de la fe se resuelve en el testimonio (si sabiendo estas cosas las ponen en práctica, serán felices). Dimensión martirial de la fe.

Y el acompañamiento se resuelve en la paciencia, en la hypomoné, que acompaña procesos sin maltratar los límites.

Por este lado me parece va el servicio que, como hombres y mujeres creyentes, podemos brindar a nuestra ciudad.

 

Buenos Aires, 25 de agosto de 2011

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


[1] Aparecida 514.

[2] Cfr. Aparecida 12.

[3] Cfr. J. M. Bergoglio s.j., El sacerdote en la ciudad a la luz del Documento de Aparecida, San Isidro, 18.05.10

[4] Aparecida 509.

[5] Aparecida 515.

[6] Benedicto XVI, Discurso Inaugural 3.

[7] Un día lejano/ se fue mi esperanza! /Las luces del centro,/ imán de locuras, / llevaron sus ansias por mil desventuras!/ Tal vez una noche detenga su marcha / el tren de las once, y vuelva mi amor! (El tren de las once).

[8] Pedro retando al Señor luego de haberlo confesado como Mesías, los hermanos hijos del trueno queriendo que llueva fuego sobre la ciudad que no recibe al Señor…

[9] “Todo depende de la justa interpretación del Concilio –o como diríamos hoy- de su justa hermenéutica, de la justa clave de la lectura y de la aplicación. Los problemas de la recepción han nacido del hecho de que dos hermenéuticas contrarias se han encontrado y confrontado y litigado entre ellas. Una ha causado confusión, la otra, silenciosamente, pero siempre más visiblemente, ha dado frutos. Por un lado existe una interpretación que quisiera llamar “hermenéutica de la discontinuidad o ruptura”; ella no raramente ha sido avalada por la simpatía de los mass-media y también por una parte de la teología moderna. Por otro lado está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación de la continuidad del único sujeto de la iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla permaneciendo sin embargo siempre el mismo, único sujeto del Pueblo de Dios en camino”. Como dice Scola, el Papa no opone “discontinuidad-continuidad” o “ruptura-continuidad” sino que habla de discontinuidad y ruptura vs hermenéutica de la reforma” o renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia, especificado como “pueblo de Dios en camino”.  A. Scola, Credo Ecclesiam, en Communio, ed. Argentina, nº 1 otoño 2011, págs. 5 ss.

10 “El primer punto es ver las personas, las unas y las otras; y primero las de la haz de la tierra en tanta diversidad, así de trages como en gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos nasciendo y otros muriendo, etc. 2º Ver y considerar las tres personas divinas, como en el su solio real o throno de la su divina majestad, como miran toda la haz y redondez de la tierra y todas las gentes en tanta ceguedad, y como mueren y descienden al infierno. 3ª ver a Nuestra Señora y al ángel que la saluda, y refletio para sacar provecho de la tal visita (EE.106).

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Desgrabación de la homilía pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en Plaza Constitución con motivo de la 4ta Misa por las Víctimas de la Trata y Tráfico de Personas.

 Jesús iba por las calles de los pueblos enseñando a la gente, curando a los enfermos, consolando a los afligidos, y la gente decía: “Este es un gran hombre”. Se preguntaban quién era él. Y Jesús, que sabía eso, les hace esta pregunta a los apóstoles. Ellos le comentan lo que la gente decía de él y entonces los mira a los ojos y les dice: “Y ustedes quién dicen que soy yo?” Pedro, en nombre de todos, le responde:”Sos el Mesías, el Hijo de Dios”. Pero para evitar que creyeran que era alguien que no estaba en órbita, que no tenía nada que ver con lo que les pasaba, Jesús los baja de un hondazo y les dice: “Sepan que voy a tener que sufrir mucho, que voy a ser entregado y que me van a matar”. Jesús, Dios, el hijo de Dios que se involucra tanto en nuestra vida, en nuestra existencia que se deja matar por nosotros. Jesús, Dios, que se involucra tanto en nuestra existencia que quiere estar compartiendo nuestros dolores. Jesús, Dios, que nos viene a dar una verdadera libertad, pero no la predica desde un teatro o desde un palco sino que la predica con la “carne en el asador” en medio de aquellos que no tienen libertad.

 Y por eso hoy Jesús viene aquí; y no viene a proponer una teoría de la libertad o a decir como hacer las cosas sino que viene a decir que está con estos hermanos y hermanas nuestros que en esta ciudad de Buenos Aires viven esclavizados. Ustedes me podrán decir: “Pero Padre, usted siempre dice lo mismo” … Y sí, mientras en Buenos Aires haya esclavos voy a  decir lo mismo! En el colegio nos enseñaron que la esclavitud estaba abolida pero saben que es eso? Un cuento chino! Porque en esta ciudad de Buenos Aires la esclavitud no está abolida; en esta ciudad la esclavitud está a la orden del día bajo diversas formas; en esta ciudad se explota a trabajadores en talleres clandestinos y si son inmigrantes se les priva de la posibilidad de salir de ahí; en esta ciudad hay chicos en situación de calle desde años! No sé si hay más o menos pero hay muchos, y esta ciudad fracasó y sigue fracasando de liberarlos de esta esclavitud estructural que es la situación de calle. En esta ciudad esta prohibida la tracción a sangre … pero todas las noches veo en Plaza de Mayo carritos cargados con cartones y tirados por chicos…Eso no es tracción a sangre?? Es esclavitud que explota. En esta ciudad se rapta a mujeres y chicas y se las somete al uso y abuso de su cuerpo, se las destruye en su dignidad. En esta ciudad hay hombres que lucran y se ceban con la carne del hermano, la carne de todos esos esclavos y esclavas; la carne que asumió Jesús y por la cual murió vale menos que la carne de una mascota y esto pasa en esta ciudad!!! Se cuida mejor a un perro que a estos esclavos nuestros! Que se los patea! Se los deshace! La gran ciudad de Buenos Aires… y Jesús esta hoy aquí para decirnos: “Mirá a tu hermano… mirá a tu hermana…”

 Hace un par de horas estuve reunido con la mama de Marita Verón, que fue robada por los tratantes y sometida a trabajo en prostíbulos. Logró liberar a otras 129 chicas pero a su hija todavía no la encontró. En esta ciudad hay muchas chicas que dejan de jugar con muñecas para entrar en el tugurio de un prostíbulo porque fueron robadas, fueron vendidas, fueron traicionadas…

 Hoy venimos a pedir por las victimas de trata de personas, la trata del trabajo esclavo, la trata de la prostitución; en esta plaza del barrio de Maria Cash venimos a pedirle a Jesús que él, que es Dios y tomó nuestra carne, nos haga llorar por la carne de tantos hermanas y hermanos nuestros que son sometidos. Le venimos a pedir a Jesús que aprendamos a cuidar a estos hermanos nuestros sometidos a la esclavitud con la ternura que merecen y que no gastemos nuestra ternura en cuidar y en atender mascotas dejando de lado el hambre de nuestros chicos…

 Ciudad pecadora… Ciudad sufriente… Ciudad que no sabe llorar… Buenos Aires necesita llorar: llorar por la esclavitud de sus hijos, de tantos hijos e hijas que pasaron por el volquete y quedaron en el volquete… en Buenos Aires se ha instalado la cultura del volquete porque se dan por desperdicio a hombres y mujeres que cayeron en la trata de personas. Alguno podrá preguntar: “Padre, como puede ser esto?” Lo dije las dos últimas veces: Hay una anestesia cotidiana que esta ciudad sabe usar muy bien y se llama coima y con esta anestesia se adormecen las conciencias. Buenos Aires es una ciudad coimera! Jesús esta acá con nosotros! Jesús:  enseñanos a pensar en tantos hermanos y hermanas nuestros que son esclavos, enseñanos a meternos en su carne, enseñanos a llorar por esta esclavitud de Buenos Aires, enseñanos a ser más solidarios, y a luchar para que esta ciudad no tenga más esclavos.

 Y a la Virgen, Madre de todos nosotros, le pedimos que nos contagie ternura materna para sentir que esos hombres y mujeres, chicos y chicas, sometidos a la esclavitud en esta ciudad, son hijos de ella e hijos nuestros. Que Dios bendiga a todos los que en este momentos están sufriendo, siendo explotados; que Jesús los acaricie. Hoy Jesús está en Plaza Constitución, no para hacer política ni para dar una conferencia sino para llorar con su Pueblo.

 Que así sea.

 

Buenos Aires, Viernes 23 de septiembre de 2011.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la 37ª Peregrinación Juvenil a Pie a Luján

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, escuchamos recién. Y ahí estaba: cuidando la vida. De pie junto a la cruz estaba y sigue estando junto a las cruces de los que están con dolores en sus vidas. Ahí  donde hay una cruz, en el corazón de cada hijo suyo, está nuestra Madre. El Evangelio nos presenta ese momento con pocas palabras pero con miradas profundas. Miradas de la Virgen que contempla a su hijo; mirada del hijo que la mira y la deja como Madre de todos nosotros. Jesús entrega su vida y busca en su madre quien siga cuidando tantas vidas, las nuestras, que necesitan protección. En ese momento en que Jesús le habla a su madre, cuando él está en la mas completa soledad, en el mas grande abandono; solamente tiene el afecto y la mirada comprensiva de ella, y  a ella le encomienda que derrame ese afecto y esa mirada comprensiva de Madre a cada uno de nosotros en los momentos mas difíciles. Ahí está la Madre y está con el hijo: ella lo conoció desde que lo llevó en su vientre, lo sintió desde ese momento  y también creyó en él desde el anuncio del ángel, esperaba esa vida como la esperaba todo el pueblo creyente. Por eso cuidó ese tesoro también en su corazón.

 

Y a la vida, nos enseña María, se la cuida siempre. Pero se la cuida con la ternura con que la cuidó ella: desde el momento en que se la espera hasta el último aliento del camino. Cuidar la vida entraña sembrar esperanza! Un pueblo que cuida la vida es un sembrador de esperanza! Cuidar la vida de los niños y de los ancianos, las dos puntas de la vida. Un pueblo que no cuida a sus niños y a sus ancianos comenzó a ser un pueblo en decadencia; cuidar a los niños y a los ancianos porque en ellos está el futuro de un pueblo: los niños porque son la fuerza que va a llevar adelante la Patria; los ancianos, porque son el tesoro de sabiduría que se vuelca sobre esa fuerza. Fuerza y sabiduría… Cuidar la vida es sembrar esperanza. María cuidó a Jesús desde chico y nos cuida a nosotros, que somos sus hijos, también desde chicos. Y esto que ocurre en el Evangelio, cuando Jesús le dice “cuidámelos a todos estos”, lo estamos viviendo en este lugar santo ahora. Aquí recibimos los cuidados de nuestra Madre. Ella nos espera. Y hoy por razones de la reparación del Templo, quiso salir a la puerta a esperarnos. Quiso estar con nosotros también. Este es el lugar elegido por nuestro pueblo para venir a consagrar la vida, a traer a los hijos así como José y María fueron al templo a llevar al niño; hasta acá vienen los papás en peregrinación familiar para presentar a los hijos, para consagrarlos y para bautizarlos porque quieren que la Virgen esté presente cuidando la vida de sus hijos. Por eso el lema de esta peregrinación que trae en su oración, en su intención, a los mas chicos y a los mas grandes; aquellos que la Virgen por siglos fue recibiendo y cuidando; ella estuvo de rodillas en el pesebre y estuvo de pie ante la cruz; está cuidando y acompañando toda vida y en especial a los que están mas desprotegidos. Y hoy, cuando le pidamos que nos enseñe a cuidar la vida, que nos enseñe a cuidar la vida de aquellos que tienen menos protección, que están mas desprotegidos.

 

Madre querida de Luján: tus cuidados los intuyen tus hijos. Los conocemos todos. Estos hijos que han venido caminando hasta tu casa, Madre. Algunos no pudieron pero están con el corazón aquí; es la ocasión y es el sentido que nos hace sentir a todos como pueblo que vos nos protegés. Madre querida: te pedimos por todos los que vinieron, los que han peregrinado desde ayer a la mañana y seguirán peregrinando hasta mañana a la mañana; que no queden solos y abandonados, Madre; que en tu casa encuentren siempre un lugar; por eso Madre te quedaste para cuidar la vida de tu pueblo; vos te quedaste para cuidar la vida de éste tu pueblo! Te pedimos que nosotros sepamos estar para prolongarnos también en estos cuidados tuyos y que como hijos te imitemos cuidando toda vida.  Que aprendamos a estar en silencio para contemplar como vos, a tus hijos que son nuestros hermanos. Que al estar aquí en tu casa volvamos a consagrarnos para que no nos falte tu amor, el amor que cuida la vida.

 

Madre, ayudanos a cuidar la vida. Vinimos hasta tu casa porque necesitamos pedirlo. Aquí estás presente recibiéndonos ante el santuario, con la alegría de este encuentro nos consagramos otra vez y te pedimos que cuides a tus hijos, que cuides a tu pueblo que peregrina para recibir  siempre tu protección. Madre, no nos olvides. No nos sueltes de tu mano. Y todos juntos, por tres veces, te vamos a pedir: “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”;

“Madre, ayúdanos a cuidar la vida”;

 “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”.

 

 Ciudad de Luján, 2 de octubre de 2011

 

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de inicio de la  103 Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal

 “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios”. (Gal.4: 4-7)

 “Ozías, por su parte, dijo a Judit:

“Que el Dios Altísimo te bendiga, hija mía,

más que a todas las mujeres de la tierra; y bendito sea el Señor Dios,

 creador del cielo y de la tierra,

que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos.

 Nunca olvidarán los hombres

la confianza que has demostrado

 y siempre recordarán el poder de Dios.

 Que Dios te exalte para siempre,  favoreciéndote con sus bienes.

Porque no vacilaste en exponer tu vida,

al ver la humillación de nuestro pueblo,   

 sino que has conjurado nuestra ruina,

  procediendo resueltamente delante de nuestro Dios”. (Jdt. 13: 18-20)

 “Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía”. Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga”. Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: “Llenen de agua estas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. “Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”. Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: “Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”.

Este fue el primero de los signos de jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. (Jn. 2: 1-11)

 La liturgia de hoy tiene un decidido acento temporal: el tiempo establecido, la plenitud de los tiempos, tres días, la hora… Nos lleva desde el “eterno tiempo” de Dios hasta el momento más pequeño de los hombres; es el estilo propio de Dios o, dicho con un poco de lenguaje ilustrado, el “eterno-temporal divino” que, a lo largo de nuestra historia, plasma el “eterno-temporal católico”: “non coerceri a maximo contineri tamen a mimimo divinum est” (Cfr. S.Th. III, q.1, art.1, obj.4). Estas lecturas que hemos escuchado configuran un compendio de historia de salvación, desde lo más grande a lo más pequeño, en la que aparecen las maravillas de la redención: el envío del Hijo eterno pero nacido de mujer y en la pequeña Belén (Cfr. Miq. 5: 4), el tiempo en plenitud pero contenido en ese momento, aquellas tinajas que eran usadas para los ritos de purificación pasan a contener el vino nuevo, realidad y, a la vez, promesa del otro vino; litros de agua que, como dice el  poeta, al contemplar el rostro de su Dios enrojecieron de pudor.

 A la vez todo es concreto: desde el Verbo, eterno como el Padre, concebido en el seno de una Virgen, hasta la fiesta de casamiento con el primer signo de Jesús, cambiar el  agua en vino. No hay lugar para ningún tipo de gnosticismo ni de pelagianismos “heroicos”. Todo es gracia, gracia tangible derramada por amor. Todo es concreto: hay una madre, está el Hijo eterno nacido de mujer, hay amigos y discípulos. La madre indica, intercede y finalmente dispone pero en referencia al Hijo: “hagan lo que Él les diga”. Deja lugar a que, en el espacio de Caná, la Palabra eterna pronuncie la palabra del momento. Y aquella Palabra en la que fueron creadas todas las cosas (cfr. Colos. 1: 16), en la que todo subsiste (id. 17),  se ocupa de seis tinajas, y confiere entidad de colaboradores del signo de salvación a los sirvientes del banquete. Lo grande y lo pequeño junto… y la mediación de esa mujer madre que posibilita el diálogo entre ambos, lo eterno y lo temporal, para que Dios continúe involuncrándose en nuestro andar.

 Porque Dios tenía una carencia para poder meterse humanamente en nuestra historia: necesitaba madre, y nos la pidió a nosotros. Esa es la Madre a quién miramos hoy, la hija de nuestro pueblo, la servidora, la pura, la sola de Dios; la discreta que hace el espacio para que el Hijo realice el signo, la que siempre está posibilitando esta realidad pero no como dueña ni incluso como protagonista, sino como servidora; la estrella que sabe apagarse para que el Sol se manifieste. Así es la mediación de María a la que nos referimos hoy. Mediación de mujer que no reniega de su maternidad, la asume desde el principio; maternidad con doble parto, uno en Belén y otro en el Calvario; maternidad que contiene y acompaña a los amigos de su Hijo el cual es la única referencia hasta el fin de los días.

 Y así María sigue entre nosotros, “situada en el centro mismo de esa ‘enemistad’ del protoevangelio, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad” (Cfr. Redempt: Mater 11). Madre que posibilita espacios para que llegue la Gracia. Esa Gracia que revoluciona y transforma nuestra existencia y nuestra identidad: el Espíritu Santo que nos hace hijos adoptivos, nos libera de toda esclavitud y, en una posesión real y mística, nos entrega el don de la libertad y clama, desde dentro de nosotros, la invocación de la nueva pertenencia: ¡Padre!

 A ella hoy la veneramos como Madre y Servidora, la que precede a Cristo en el horizonte de la historia de la salvación (Cfr. Redempt. Mater, 3), la que acompaña a la Iglesia que, confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos, hacia el encuentro del Señor y, en este camino, procede recorriendo de nuevo el itinerario recorrido por la Virgen María, que avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión de su Hijo hasta la cruz (cfr. id, 2). A ella le pedimos que, como buena Madre que sabe componer las cosas, haga espacios en nuestro corazón para que, en medio de la abundancia de pecado, sobreabunde la gracia del Espíritu que nos hace libres e hijos.

 Reflexionando y contemplando estas realidades que nos fortalecen y consuelan, en este día en que comenzamos el mes dedicado a Ella, la Causa de nuestra alegría, permitámosnos, con audacia y familiaridad propia de hijos, piropearla tomando las palabras de la Escritura: “Que el Dios Altísimo te bendiga más que a todas las mujeres de la tierra. Nunca olvidarán los hombres la confianza que has demostrado y siempre recordarán el poder de Dios. Que Dios te exalte para siempre. Porque no vacilaste en exponer tu vida, al ver la humillación  de nuestro pueblo, sino que has conjurado nuestra ruina, procediendo resueltamente delante de nuestro Dios” (Cfr. Judith 13: 18-20).

 Pilar, 7 de noviembre de 2011

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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El espíritu de la Navidad

Por Cardenal Jorge M. Bergoglio, S.J. | Para LA NACION

 

En una viñeta publicada recientemente, una nena le contaba a su amiga que, para esta Navidad, les había pedido a sus padres que no le regalaran juguetes sino "espíritu navideño", y que sus padres quedaron desconcertados, sin entender ni saber qué hacer. El mensaje me pareció muy agudo y ciertamente nos plantea la pregunta: ¿qué es el espíritu navideño?

Da la impresión de que para responder habría que emprender una carrera de obstáculos a través de muchos impedimentos, entre otros, los que nos impone el acelerado consumismo de fin de año. Pero la pregunta está ahí. A lo largo de los tiempos el arte procuró expresarlo de mil maneras y logró acercarnos bastante al significado de ese espíritu navideño. ¡Cuántos cuentos de Navidad nos ofrecen historias que nos aproximan a él! Los bellísimos relatos de Andersen, Tillich, Lenz, Böll, Dickens, Gorki, Hamsun, Hesse, Mann y tantos otros lograron abrir horizontes de significación que nos adentran por este camino de comprensión del misterio, pero, con todo, no resultan suficientes.

Y, sin embargo, es precisamente un relato, un relato histórico, el que nos abre las puertas al real significado del "espíritu navideño". Un relato simple y preciso. Dice así: "En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue" (Lc. 2:1-7).

Se trata de un relato histórico, sencillo y con marcada referencia al camino andado por el pueblo de Israel. Cuando Dios eligió a su pueblo y comenzó a caminar con él le hizo una promesa; no les vendió ilusiones sino que, en sus corazones, sembró la esperanza; esa esperanza en El, Dios que se mantiene fiel pues no puede desdecirse a sí mismo; les dio esa esperanza que no defrauda. Basados en el relato transcripto más arriba, los cristianos sostenemos que esa esperanza se ha consolidado. Se consolida y nos lanza hacia adelante, hacia el momento del reencuentro definitivo. Así se manifiesta el "espíritu navideño": promesa que genera esperanza, se consolida en Jesús y se proyecta, también en esperanza, hacia la segunda venida del Señor.

El relato citado continúa narrando la escena de los pastores, la aparición de los ángeles y el cántico que es mensaje para todos: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él". La esperanza consolidada no sólo apunta al futuro, sino que también se desborda en el mismo presente y se expresa en deseos de paz y fraternidad universal que, para convertirse en realidad, se han de enraizar en cada corazón nuestro.

Cada vez que leo el relato y contemplo la escena adentrándome en este espíritu de esperanza y de paz pienso en todos los hombres y las mujeres, creyentes o no creyentes, que andan el camino de la vida y senderean tantas búsquedas en esperanza o en desesperanza, y me brota el deseo de acercarme, de augurar paz, mucha paz y también de recibirla; paz de hermanos, pues todos lo somos, paz que construye. Augurar y recibir esa paz que definitivamente posibilita que, en medio de tantas neblinas y noches, podamos reconocernos y reencontrarnos como hermanos, reconocernos en nuestro rostro que nos refleja creados a imagen de Dios. ¿Será esto parte del espíritu navideño que aquella nena de la viñeta reclamaba a sus padres?

El autor es arzobispo de Buenos Aires

© La Nacion

Viernes 23 de diciembre de 2011

 

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Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo en la Misa de Nochebuena

  En el anuncio del ángel le da a los pastores la contraseña para encontrar a este chico: “esto le servirá de señal, encontrarán a un niño, recién nacido, envuelto en pañales y recostado en un pesebre.” La sencillez, lo simple, lo evidente por sí mismo, ésa es la señal, y todo el relato de este pasaje del Evangelio tiene este ritmo de serenidad,  de sencillez, de pacificación, este ritmo de mansedumbre; qué cosa con más mansedumbre que un chico recién nacido y recostado allí, en esa cuna, estaba muy cómodo,  con buen pastito, era un buen colchón,   ahí estaba, con serenidad y mansedumbre y llamando a esa actitud.  

Es lo que vale y todos aquellos que son convocados, son convocados a esto: a participar de la paz que se entona en el cántico evangélico, a participar de la unidad y a participar de la mansedumbre, porque este chico después cuando se hizo hombre y predicaba le dirá a la gente: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Un mensaje que después de veinte siglos sigue teniendo vigencia ante la petulancia,  la prepotencia, la suficiencia, la agresión, el insulto, la crispación, la guerra, la desinformación que desorienta, la difamación y la calumnia. La mansedumbre y la unidad... es todo una coherencia que nace desde aquí, desde este primer signo. “Esto les servirá de señal”, esa es la contraseña que se nos viene a enseñar. 

Otra cosa que llama la atención es que los que son convocados son aquellos que están en cierta marginalidad de la existencia.  Los pastores que eran una barra difícil de aquella época, casi se podría decir una mafia, y todo el mundo les tenía miedo, no dejaban las cosas a mano de ellos porque tenían mala fama; no son los pastorcitos de película con la ovejita, estos se las traían, y ellos son invitados a la mansedumbre, son invitados a la unidad.  

También unos intelectuales de Oriente, honestos y coherentes, son invitados y caminan desde lejos, desde muy lejos hasta llegar. Este niño, un poco más adelante, cuando predique, va a decir: “Vengan a mí todos los que están agobiados y afligidos, Yo los voy a aliviar”.

 Desde el principio de su predicación va a invitar a aquellos que se sienten marginados. Pero la gran trampa que nos hará la propia suficiencia será llevarnos a creer que somos algo por nosotros mismos, la trampa de no sentir la propia marginalidad. Si no nos sentimos marginados desde nosotros mismos no somos invitados.

 Este chico, después cuando sea grande, va a contar un cuento que dice que aquellos que se la creyeron y se dieron el lujo de rechazar la invitación a las bodas fueron después ignorados y la fiesta fue colmada por hombres y mujeres buscados y encontrados en los cruces de los caminos.

 Éste es el signo, ésta es la contraseña, ésta es la señal: un chico recién nacido acostado en un pesebre que convoca a todo aquel que está marginado. Y nadie puede decir que no está marginado. Abrí tu corazón, mirá adentro y preguntate: ¿en qué estoy marginado yo, en qué me automarginé del amor, de la concordia, de la colaboración mutua, de la solidaridad, de sentirme un ser social?

 Él nos convoca a la mansedumbre, a la paz, a la solidaridad, a la armonía;  por eso a esta noche se la llama la noche de la armonía, la noche de la paz, la noche del amor.

 Junto al pesebre, hacé dos cosas: primero, sentite invitado a la belleza de la humildad, de la mansedumbre, de la sencillez;  segundo,  buscá en tu corazón en que punto estás en out side, en qué estás marginado y dejá que Jesús te convoque desde esa carencia tuya, desde ese límite tuyo, desde ese egoísmo tuyo. Dejate acariciar por Dios, y vas a entender más lo que es la sencillez, la mansedumbre y la unidad.

 

24 de Diciembre de 2011

 Card. Jorge M. Bergoglio s.j.

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