Año 2012

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Pie a Luján. (06/10/2012)

Carta del Sr. Arzobispo a los sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos de la Arquidióceis (01/10/2012)

Desgrabación de la Homilia pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Plaza Constitución con motivo de la 5º Misa por las Víctimas de Trata y Tráfico de Personas (25/09/2012)

Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo en ocasión de la misa de clausura del Encuentro 2012 de Pastoral Urbana Región Buenos Aires(02/09/2012)

Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de la Arquidióceis (21/08/2012)

Homilia del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano (07/08/2012)

Homilia del Sr. Arzobispo durante la Misa de Corpus Christi (09/06/2012)

Homilia del Sr. Arzobispo pronunciada durante el "TE DEUM" en la Catedral Metropolitana (25/05/2012)

Desgrabación de la Homilia del Sr. Arzobispo pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación  (18/04/2012)

Homilia del Sr. Arzobispo en la Vigilia Pascual (07/04/2012)

Homilia del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal (05/04/2012)

Desgrabación de la Homilia del Sr. Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Misa en la Catedral Metropolitana, a un mes de la tragedia ferroviaria de Once (23/03/2012)

Desgrabación de la Homilia del Sr. Cardenal en el Encuentro Arquidiocesano de Catequistas 2012 (10/03/2012)

Mensaje Cuaresmal del Sr. Arzobispo Jorge Mario Bergoglio s.j. - Miercoles de Ceniza (22/02/2012)

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Mensaje Cuaresmal del Sr. Arzobispo

“Recibieron gratuitamente,
den también gratuitamente”

Queridos hermanos y hermanas:

Uno de los peligros más grandes que nos acechan es el “acostumbramiento”. Nos vamos acostumbrando tanto a la vida y a todo lo que hay en ella que ya nada nos asombra; ni lo bueno para dar gracias, ni lo malo para entristecernos verdaderamente. Me causó asombro y perplejidad preguntarle a un conocido como estaba y que me respondiera: “mal pero acostumbrado”.

Nos acostumbramos a levantarnos cada día como si no pudiera ser de otra manera, nos acostumbramos a la violencia como algo infaltable en las noticias, nos acostumbramos al paisaje habitual de pobreza y de la miseria caminando por las calles de nuestra ciudad, nos acostumbramos a la tracción a sangre de los chicos y las mujeres en las noches del centro cargando lo que otros tiran. Nos acostumbramos a vivir en una ciudad paganizada en la que los chicos no salen a rezar ni hacerse la señal de la cruz.

El acostumbramiento nos anestesia el corazón, no hay capacidad para ese asombro que nos renueva en la esperanza, no hay lugar para el reconocimiento del mal y poder para luchar contra él.

Por otra parte suele suceder que sobrevienen momentos tan fuertes que, como un shock, nos sacan del acostumbramiento malsano y nos ponen en la brecha de la realidad que siempre nos desafía a un poco más: por ejemplo, cuando perdimos a alguien o algo muy querido solemos valorar y agradecer lo que tenemos y que, hasta un momento antes, no lo habíamos valorado lo suficiente. En el camino de la vida del discípulo la Cuaresma se presenta como ese momento fuerte, ese punto de inflexión para sacar el corazón de la rutina y de la pereza del acostumbramiento.

Cuaresma, que para ser auténtica y dar sus frutos, lejos de ser un tiempo de cumplimiento es tiempo de conversión, de volver a las raíces de nuestra vida en Dios. Conversión que brota de la acción de gracias por todo lo que Dios nos ha regalado, por todo lo que obra y seguirá obrando en el mundo, en la historia y en nuestra vida personal.

Acción de gracias, como la de María, que a pesar de los sinsabores por los que tuvo que pasar, no se quedó en la mirada derrotista sino supo cantar a las grandezas de Señor.

La acción de gracias y la conversión caminan juntas. “Conviértanse porque el Reino de Dios está cerca” proclamaba Jesús al inicio de su vida pública. Sólo la belleza y la gratuidad del Reino enamoran el corazón y lo mueven verdaderamente al cambio. Acción de gracias y conversión como la de todos los que recibieron gratuitamente de manos de Jesús la salud, el perdón y la vida.

Jesús al enviar a sus discípulos a anunciar ese Reino les dice: “den también gratuitamente”. El Señor quiere que su Reino se propague mediante gestos de amor gratuito. Así los hombres reconocieron a los primeros cristianos portadores de un mensaje que los desbordaba. “Recibieron gratuitamente, den también gratuitamente”. Quisiera estas palabras del Evangelio se graben de un modo muy fuerte en nuestro corazón cuaresmal. La Iglesia crece por atracción, por testimonio, no por proselitismo.

Nuestra conversión cristiana ha de ser una respuesta agradecida al maravilloso misterio del amor de Dios que obra a través de la muerte y resurrección de su Hijo y se nos hace presente en cada nacimiento a la vida de la fe, en cada perdón que nos renueva y sana, en cada Eucaristía que siembra en nosotros los mismos sentimientos de Cristo.

En la cuaresma, por la conversión, volvemos a las raíces de la fe al contemplar el don sin medida de la Redención, y nos damos cuenta que todo nos fue dado por iniciativa gratuita de nuestro Dios. La fe es don de Dios que no puede no llevarnos a la acción de gracias y dar su fruto en el amor.

El amor hace común todo lo que tiene, se revela en la comunicación. No hay fe verdadera que no se manifieste en el amor, y el amor no es cristiano si no es generoso y concreto. Un amor decididamente generoso es un signo y una invitación a la fe. Cuando nos hacemos cargo de las necesidades de nuestros hermanos, como lo hizo el buen samaritano, estamos anunciando y haciendo presente el Reino.

Acción de gracias, conversión, fe, amor generoso, misión son palabras claves para rezar en este tiempo, al mismo tiempo que vamos encarnándolas a través del Gesto Solidario Cuaresmal que tanto ha edificado durante estos últimos años a nuestra Iglesia porteña. Les deseo una santa Cuaresma. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, les pido que recen por mí.

                        Fraternalmente,

 

Buenos Aires, 22 de febrero de 2012

Miércoles de Ceniza

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Encuentro Arquidiocesano de Catequistas 2012

Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo

 

Evangelio: el Padre misericordioso, San Lucas 15,1-3.11-32.

El lema de este día “De manos de María, acompañamos la vida”. Acompañar la vida para que crezca, contener la vida para protegerla, recibir la vida como lo hizo Jesús. Uno no puede tomar una actitud selectiva frente a la vida que se nos acerca, como la tenían estos publicanos y pecadores que murmuraban contra Jesús; los criticones… “porque come con los pecadores, recibe a los pecadores”. Jesús recibía la vida cómo venía, no con envase de lujo.

La vida es èsta y yo la recibo, decía Jesús. Como en el futbol: los penales tenés que atajarlos donde te los tiran, no podés elegir dónde te los van a patear. La vida viene así y la tenés que recibir así aunque no te guste.

Ese padre que había dado vida a ese hijo, ese padre que lo había visto crecer, que había amasado una gran fortuna para dejarles; un día frente a un capricho, a un desvío de este hijo, deja que el hijo protagonice. Ya le había dado los consejos, no le hizo caso; y destruye sus posesiones para dividirlas y dársela a este hijo. Él sabía que la iba a malgastar pero la vida vino así. Seguramente le habló y lo aconsejó pero dejó. Y el hijo se fue.

Y el padre, dice el Evangelio, lo vió venir de lejos. Lo vio venir de lejos porque subía a cada rato a la terraza, lo estaba esperando. Al hijo sinvergüenza, ladrón, que le costó bien caro y que moralmente estaba arrastrado por el barro. El protagonismo del padre fue esperar la vida como viniera… derrotada, sucia, pecadora, destruida … como viniera. Él tenía que esperar esa vida y acogerla en ese abrazo.

A veces nos defendemos poniendo distancias de exquisitez como los escribas y los fariseos: “hasta que no esté purificada la vida no la recibo”.  Y se lavaban mil veces las manos  antes de comer y oras abluciones… pero Jesús se los echa en cara porque su corazón estaba lejos de lo que Dios quería. Ese Dios que manda a su hijo  que se mezcle con nosotros, con lo peorcito de nosotros.

Esos eran los amigos de Jesús: lo peorcito. Pero la vida la tomaba como venía. Dejaba que cada hombre y cada mujer protagonizara su vida y Él la acompañaba con cariño, con ternura, con doctrina, con consejos. No la imponía.

La vida no se impone, la vida se siembra y se riega, no se impone. Cada uno es protagonista de la suya. Y eso Dios lo respeta. Acompañemos la vida como Dios lo hace.

Ese padre que lo vio venir y se conmovió profundamente; que tiene capacidad de conmoverse frente a ese despojo humano que era su hijo: un linyera existencial hecho jirones el alma y el cuerpo, con hambre.  En el fondo se podía preguntar “este atorrante que se fue con toda la plata, que la malgastó y ahora viene; viene porque tiene hambre? ... ¡no! que lo atienda el mayordomo, que haga penitencia y después veré si le doy audiencia” … podría haber hecho eso. El padre no acompaña la vida así sino que se conmueve y sale corriendo a abrazarlo. Y cuando el hijo le quiere pedir perdón le tapa la boca con su abrazo.

Acompañar la vida con corazón de padre y de hermano. “No sé lo que hiciste, no sé cómo remataste tu vida pero sé que sos mi hermano y te tengo que dar el mensaje de Jesús”.

El otro hijo reedita la postura de los criticones, los escribas y fariseos, “yo soy puro, yo estuve siempre en la Iglesia, soy de la Acción Católica, de Caritas o de catequesis…te doy gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente, no soy como esta gentuza” Y el hijo cierra su corazón y prefiere protagonizar un purismo hipócrita a dejarse conmover por la ternura que le enseñó su Padre. No sabe acompañar la vida. Probablemente este hombre lo más que pueda dar es una vida biológica pero nunca una vida desde el corazón.

Y se armó la fiesta. La vida y el encuentro es fiesta. Acompañar la vida es animarme a encontrar al otro como está, como viene o como lo voy a buscar. Es encuentro y ese encuentro es festivo. Ya lo dijo Jesús: va a haber mucha fiesta por cada uno de estos que ustedes dejan de lado y se acerca y vuelve a la casa… encontrarse.

Pregunto, entre ustedes catequistas, ¿hay fiesta, hay encuentro; o está el gesto adusto del  dedito con un “no” adelante como la maestra en tiempos de Yrigoyen. ¿Hay eso o hay fiesta, hay encuentro? ¿saben lo que es fiesta o son una momia? Catequistas – momias, una momia anclada solamente en formulación de verdades, preceptos; sin ternura, sin capacidad de encuentro.

Yo quisiera que entre ustedes no haya lugar para momias apostólicas, ¡por favor no!, vayan a un museo que van a lucir mejor. Sino que haya corazones que se conmueven con la vida desde donde se la pateen, que saben abrazar la vida y decirle a esa vida quién es Jesús.

Y para que no se equivoquen y momifiquen sus entrañas…”de la mano de María” la Madre de la ternura… acompañemos la vida de la mano de María.

 

 

Buenos Aires, 10 de marzo de 2012

 

 Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Misa en la Catedral Metropolitana,

a un mes de la tragedia ferroviaria de Once.

En la primera lectura se habla de los pensamientos de los impíos, de los necios, de esos que tienen explicación para todo y que saben manejar la vida de tal manera que ensamble bien. Empezaba así el pasaje del Libro de la Sabiduría que leímos:“Los impíos dicen entre sí razonando equivocadamente...” Todo aquel que quiera explicar esto que pasa ahora, el misterio del dolor, el misterio del sufrimiento y de la muerte, razona equivocadamente. El pasaje terminaba con esta frase:“No conocen los secretos de Dios.” Y tengo ganas de decirle a nuestro Padre del cielo, hoy que estamos reunidos a los treinta días de esta tragedia: Cuáles son tus secretos, Padre? Por qué tantas vidas segadas?… cincuenta y dos vidas, una de las cuales todavía no había nacido… explicanos Padre como se entiende… por qué Padre…? Por qué?

Me viene una imagen por la que todos pasamos cuando éramos chicos y después con los chicos que conocimos: la edad de los “por qué”. Si observamos bien, el chico empieza a preguntar a su papá o a su mamá el “porqué” de las cosas que no entiende y algunas de las cuales lo amenazan. Y hoy de alguna manera somos como esos chicos delante del padre… pero si observamos bien vemos que esos chicos no escuchan la respuesta del padre sino que cuando el papá esta hablando vuelven a preguntar el “porqué”  de otra cosa… simplemente quieren atraer la mirada del padre. Y hoy al preguntar “por qué”, todos sabemos que no vamos a tener una explicación completa… Quizá vamos a tener explicaciones de las mediaciones humanas que han fallado, de las irresponsabilidades, de los errores, pero del misterio por qué una vida es segada no tenemos explicaciones, solamente nos queda que con nuestro “por qué” de hoy, aquí dolientes, fraternal y unidos, atraigamos la mirada del Padre para que entre en nuestro corazón y nos consuele.

Rezábamos en el Salmo: El Señor está cerca del que sufre. Señor, si vos estás cerca de nosotros hacelo sentir! Señor, queremos que se haga justicia! Sabemos que detrás de esto hay responsables irresponsables, gente que no ha cumplido con su deber, no queremos pegarle por pegarle pero sí corregir su corazón porque su irresponsabilidad cuesta tan caro, no hay precio que pague una vida. Sabemos que en medio de todo esto hay angustia y búsqueda, sabemos que en medio del dolor hay recuerdos de momentos vividos con los que se fueron, y pedimos la gracia de llorar en esta Ciudad, que como dije en otra ocasión, todavía no aprendió a llorar. No sabe llorar. Todo lo arregla con anestesia, todo lo arregla buscando como componer situaciones que no se arreglan sino sacando todo a la luz. Pedimos la gracia Padre, vos que estás cerca del que sufre, la gracia de llorar. Pedimos la gracia de llorar. Esas lágrimas que limpiarán nuestros ojos y que nos harán ver “mas allá del dolor” como dijo uno de ustedes, nos harán ver y celebrar la vida feliz de un hijo que se nos fue. Pero para eso hay que llorar mucho.

Miranos Padre. Aquí no hay ningún gurú que nos pueda explicar el misterio humano: nadie nos puede decir  que esto será así o así y estaremos bien…Tenemos que optar: el dolor o la anestesia, o el llanto o la hipocresía, el reclamo sereno de justicia o tapar las cosas. Y con este deseo de reclamar serenamente la justicia, también miramos al cielo, a este Padre que consuela, y le pedimos consuelo para tantas familias; consuelo para tantos corazones; consuelo para la sociedad que se hace cargo de esto y sufre por tantas vidas sesgadas…

Casi la totalidad de ellos venían a ganarse el pan! Dignamente! Que no nos acostumbremos Padre a que para ganarse el pan hay que viajar como ganado. Que no nos acostumbremos Padre a que en esta Ciudad no se llora nada, todo se arregla y todo se acomoda. Que no nos acostumbremos Padre a la mano fácil que se sacude y dice “Gracias a Dios a mi no me tocó”, y se aliena en otra cosa. Hoy la solidaridad es más, somos hermanos en el dolor y como hermanos miremos al cielo… Padre, por qué? Y cada uno de nosotros abra su corazón. Y siga preguntado por qué. Yo no puedo darles una respuesta, ni ningún obispo, ni el Papa pero El los va a consolar. El es capaz de venir y en la armonía de su presencia paternal hacernos sentir que el misterio de la vida y de la muerte tienen un sentido aún cuando venga de manos irresponsables.

Esta es la oración de hoy: “Padre, vos estás cerca del que sufre. Padre, no queremos ser de los que no conocen tus secretos. Padre, entrá en nuestro corazón y manifestanos la ternura de tu paternidad.”

 

Buenos Aires, viernes 23 de marzo de 2012.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

 Permanecer en la unción

El Salmo 88 que recién hemos rezado nos habla del “para siempre” de la unción: “Ungí a David mi servidor con el óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él”.  La unción del Señor es “fidelidad y amor que nos acompañan” a lo largo de nuestra vida sacerdotal. Quizá sea San Juan quien mejor expresa este carácter permanente de la unción: “La unción que recibieron de Él permanece en ustedes y no necesitan que nadie les enseñe”(1 Jn 2, 27).

La unción permanece en nosotros, nos imprime carácter;  se trata de que nosotros permanezcamos en ella: “Ya que esa unción los instruye en todo y ella es verdadera y no miente, permanezcan en Él, como ella les enseña”. Permanecer en la unción…, que nos enseña interiormente cómo permanecer en la amistad con Jesús.

 Nos hará bien preguntarnos: ¿Qué nos ayuda a permanecer en la unción? ¿Cómo experimentar su alegría, como sentir que nos fortalece, haciendo suave y llevadera la Cruz, cómo vivirla como escudo ante las tentaciones y como bálsamo en las heridas? ¿Qué nos ayuda a no depotenciarla, a no perder la sal, a mantener ardiente el fervor…? ¿Cómo evitar engrosar la lista de aquellos que terminaron mal y no permanecieron en la unción: Saúl, Esaú, Salomón…? A modo de respuesta, un poco antes, en la misma carta, Juan da la clave: “El que dice que permanece en Él, debe andar como Él” (1 Jn 2, 6).

 Permanecer en la unción entonces no significa poner cara de estampita ni mantener una postura estática; significa “andar” y el andar del que habla Juan (periepatesen) es el de todos los paralíticos curados del evangelio, que se levantaban de un salto y andaban con su camilla a cuestas y seguían al Señor; es el andar de Pedro hacia Jesús, caminando sobre las aguas, símbolo del hombre que camina en la fe, que “abandona toda seguridad y avanza al encuentro de lo que sólo se alcanza por la gracia” (von Balthasar). Así es: para permanecer en la unción hay que caminar, hay que salir y andar como Cristo anduvo.

 La unción del Espíritu permaneció sobre el Señor que “pasó haciendo el bien”, derramando la misericordia del Padre sobre todos los que lo necesitaban en cada ocasión, hasta consumar su Pascua y el Éxodo de sí en la apertura total de su Corazón traspasado en la Cruz. Y permanecer en la unción es pasar haciendo el bien; un bien que no es una posesión constatable sino que se difunde como el perfume de nardo puro con el que María ungió al Señor. Esto es lo que irritó a Judas, que había perdido la unción y ya no podía gozar de la fragancia que perfumaba toda la casa. La intangibilidad de la unción del Espíritu suele reemplazarse, cuando se la pierde, con la tangibilidad contante y sonante del dinero. Pensemos en la autoreferencialidad contable de tantas personas e instituciones de Iglesia. ¿Qué tal su permanencia en la unción? Cuando, en el desierto, el pueblo se cansó de la unción, se fabricó un becerro de oro (Ex. 32: 1-6)

 La permanencia en la unción se define en el caminar y en el hacer. Un hacer  que no sólo son hechos sino un estilo que busca y desea poder participar del estilo de Jesús. El “hacerse todo a todos para ganar a algunos para Cristo” va por este lado. Como ungidos se trata de participar de esa unción, la que le da el latir manso y humilde al Corazón del Señor; participar de esa unción que lo llena de gozo cuando ve cómo el Padre lo hace todo bien y le revela sus cosas a los pequeños;  participar de esa unción que cubre todo su Cuerpo en la pasión haciendo que sus llagas, untadas con el remedio de la caridad, se conviertan en llagas sanadoras; participar de esa unción con el óleo de la alegría de la resurrección, que se trasunta en el oficio de consolar a los amigos…

 Pero es precisamente en el modo de anunciar y de defender la verdad donde mejor podemos contemplar el estilo del Ungido y su modo de proceder. Aquí resalta sobremanera la paciencia que el Señor tenía para enseñar. La paciencia con la gente (los evangelistas nos hacen notar cómo Jesús se pasaba horas enseñando y charlando con la gente, aunque estuviera cansado); y la paciencia con los discípulos (cómo les explicaba las parábolas cuando se quedaban a solas, con cuánto buen humor les hacía confesar que habían estado charlando acerca de quién era el más importante…, cómo los fue preparando para su cruz y para que lo supieran reconocer luego en la increíble alegría de la resurrección). La imagen más linda, quizá, de esta unción para enseñar es la del Peregrino de Emaús. Ellos le hablan y le hablan y Él los escucha pacientemente mientras los va haciendo sentir  y gustar internamente lo bueno que es andar en su compañía, de modo tal que cuando hace ademán de seguir de largo sienten que no quieren que se vaya y les nace invitarlo a pasar. Entonces “se le abren los ojos” y lo reconocen al partir el pan. ¡La unción con que el Señor partía el pan y se lo daba! Es la unción al celebrar la Eucaristía que quedó grabada en la memoria de la Iglesia y de la cual cada uno de nosotros, sacerdotes, participamos. En la fórmula común de la Iglesia cada uno pone lo más especial de su corazón al consagrar, y suele ser gracia participada de  algún otro sacerdote que le hizo sentir la unción del Señor. Permanecer en la unción, permanecer en la escucha de la Palabra como quien comparte el pan…

 Dejemos de lado, por el momento, la agudeza y la chispa del Señor para sacar enseñanza de todo lo cotidiano y también en la elaboración magistral de las parábolas, que son a prueba de ilustrados, y contemplemos cómo se manifiesta la unción del Señor para combatir el error y las insidias de sus enemigos. Nunca se fue de boca el Señor. Y eso que tenía capacidad y motivos para ser irónico, o para mostrarse despechado o ser mordaz… Su no dialogar con el demonio (porque con el demonio no se debe dialogar), su dominio de la lengua con los escribas y fariseos, su silencio ante los poderosos, su no desquitarse con los débiles que se contagiaban y hacían leña del árbol caído… nos hablan de este modo de proceder del Ungido del cual se nos invita a participar. Toda esta parte, “negativa”, si se quiere, de dominio de sí, es la contra-cara necesaria de esa palabra buena que sembraba hondo en el corazón de los humildes. El Ungido a quien seguimos no se impone con arranques prepotentes ni maltrato a los fieles. El que es la Palabra unge penetrando mansamente en el interior del que tiene buena voluntad y blindando el corazón para que ninguna palabra pueda ser mal usada por el enemigo.

 Hoy día, quizá más que nunca, necesitamos esta gracia de la unción de la Palabra. Necesitamos escuchar palabras ungidas que nos permitan interiorizar la verdad de manera tal que no tengamos temor a perder libertad por obedecer palabras del Señor o de la Iglesia: la palabra ungida nos enseña desde adentro. Necesitamos también escuchar palabras ungidas que nos tornen alérgicos a toda mala palabra, esas que dejan mal gusto en la boca y agrian el corazón. Nuestro pueblo fiel necesita que le prediquemos palabras ungidas, que le lleguen al corazón y se lo hagan arder como las palabras del Señor hicieron arder el corazón de los discípulos de Emaús, palabras ungidas que le defiendan el corazón para que no lo penetre tanta mala palabra, tanto chisme y chabacanería, tanta mentira y tanta palabra interesada. Estos modos de hablar, que hoy se escuchan por todos lados y todo el tiempo son los que atacan y muchas veces hacen perder la unción.

 Ungidos en el Ungido miremos hoy a nuestra Madre y pidámosle que cuide la unción en nuestro corazón. Y que la cuide también en nuestra mirada y en nuestras manos. Que con ese modo suyo de proceder, tan de su Hijo, modo de proceder que ella primero le inculcó y luego, como discípula, aprendió de Él, nos hable la verdad y lo haga –como buena macabea- en aquel lenguaje materno (cfr. 2 Mac. 7:21,27) que nos lleva irresistiblemente a permanecer en Jesús. Que su bondad nos ayude a comprender que la unción no se manifiesta en una pose hierática y artificiosa en nuestro modo de ser, sino en el andar como Él anduvo; nos ayude a guardar la palabra con unción y con unción miremos y trabajemos. Y de manera especial le pedimos que no salga de nuestra boca palabra que no sea edificante sino que, guardando y rumiando las cosas de su Hijo en nuestro corazón, nos broten palabras que alegren al Santo Pueblo fiel de Dios, según  los pasos del Ungido que vino para anunciarle la Buena Nueva.

 

 

Buenos Aires, 5 de abril de 2012

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo en la Vigilia Pascual

            A la madrugada salieron de su casa hacia el sepulcro. Antes habían comprado los perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. Preparando todo, prácticamente habían pasado la noche en vela hasta que hubiera luz suficiente para ir apenas salido el sol. Nosotros también esta noche estamos en vela, no preparándonos para ungir el cuerpo del Señor sino recordando las maravillas de Dios en la historia de la humanidad. Principalmente recordamos que Él aquella misma noche de la gran maravilla la pasó en vela: “El Señor veló durante aquella noche para hacerlos salir de Egipto” (Ex. 12:42) Esta vigilia responde a un mandato de gratitud: “por eso todos los israelitas deberán velar esa misma noche en honor del Señor a lo largo de las generaciones” (ibid).

 Igual que a los Israelitas es posible que nuestros hijos, nuestros conocidos, nos pregunten el porqué de esta vigilia. La respuesta ha de surgir de lo más hondo de nuestra memoria de pueblo elegido del Señor: “con el poder de su mano el Señor nos sacó de Egipto, donde fuimos esclavos” (Ex. 13: 13:14). Así es; “ésta es la noche en que el Señor sacó de Egipto a nuestros Padres, los hijos de Israel, y los hizo pasar a pie por el mar Rojo”; “la noche que disipó las tinieblas de los pecados con el resplandor de una columna de fuego” (cfr. Ex. 13:21); la noche en que nosotros, pecadores, somos restituidos a la gracia; “la noche en que Cristo rompió las ataduras de la muerte y surgió victorioso de los abismos”. Esta es la noche en la que se consolida la libertad. Por eso “esta noche es clara como el día”

 Con la luz de lo que celebramos en esta vigilia seguirá adelante nuestra vida y, como les pasó a nuestros Padres en el desierto, nos sucederá también a nosotros. Muchas veces las dificultades, las distracciones del camino, los dolores y penas, obnubilarán el gozo e incluso la certeza de esta libertad regalada, y podremos llegar hasta la añoranza de las “cosas lindas” que tenía la esclavitud, los ajos y la cebollas de Egipto (cfr. Num.11: 4-6); incluso puede dominarnos la impaciencia y llevarnos a optar por la coyuntural inmediatez de los ídolos (cfr. Ex. 32: 1-6). En esos momentos pareciera que el sol se esconde, vuelve la noche y la libertad regalada entra en eclipse. A María Magdalena, a María de Santiago y a Salomé, con el día ya amanecido, se les vino encima otra noche, la noche del miedo, y “salieron corriendo del sepulcro” (Mc. 16: 8).

Salieron corriendo sin decir nada a nadie. El miedo les hizo olvidar lo que acababan de escuchar: “Ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí”. El miedo las enmudeció para que no pudieran proclamar la noticia. El miedo les paralizó el corazón y se acaracolaron en la seguridad de un fracaso seguro en vez de dar lugar a la esperanza, ésa que les decía: vayan a Galilea, allí lo verán. Y así también nos sucede a nosotros: como ellas le tenemos miedo a la esperanza y preferimos acovacharnos en nuestros límites, mezquindades y pecados, en las dudas y negaciones que, bien o mal, nos prometemos poder manejar. Ellas venían en son de duelo, venían a ungir un cadáver… y se quedan en eso; así como los discípulos de Emaús se encapsulan en la desilusión (cfr. Lc. 24: 13-24). En el fondo, le tenían miedo a la alegría. (cfr. Lc. 24; 41).

 Y la historia se repite. En esas noches nuestras, noches de miedo, noches de tentación y prueba, noches en que quiere reinstalarse la esclavitud vencida, el Señor sigue velando como lo hizo aquella noche en Egipto; y con palabras dulces y paternales nos dice: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean” (Lc. 24: 39) o, a veces con un poco más de energía: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en la gloria?” (Lc. 24: 25-26). El Señor Resucitado siempre está vivo a nuestro lado.

 Cada vez que Dios se manifestaba a un israelita procuraba disiparle el miedo: “No temas”, le decía. Lo mismo hace Jesús: “no temas”, “no tengas miedo”. Es lo que el Ángel les dice a estas tres mujeres a las que el miedo las impelía a optar por el velorio.  Esta noche de vigilia digámosnoslo unos a otros: no tengas miedo, no temamos; no esquivemos la certeza que se nos impone, no rechacemos la esperanza. No optemos por la seguridad del sepulcro, en este caso no vacío sino lleno de la inmundicia rebelde de nuestros pecados y egoísmo. Abrámosnos al don de la esperanza. No temamos la alegría de la Resurrección de Cristo.

 Esa noche también Ella, la Madre, estaba en vela. Sus entrañas le hacían intuir la cercanía de esa vida que concibiera en Nazareth y su fe consolidaba la intuición. A Ella le pedimos que, como primera discípula, nos enseñe a perseverar en la vigilia, nos acompañe en la paciencia, nos fortalezca en la esperanza; le pedimos que nos lleve hacia el encuentro con su Hijo Resucitado; le pedimos que nos libre del miedo, de tal manera que podamos escuchar el anuncio del Ángel y también salir corriendo… pero no de susto sino para anunciarlo a otros en esta Buenos Aires que tanto lo necesita.

Buenos Aires, 7 de abril de 2012

 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación.

La primera lectura nos describía como era la vida de los primeros cristianos, y la pincelada del apóstol es muy sencilla: “la multitud de los creyentes tenia un solo corazón y una sola alma”, es decir, vivían en armonía. Las primeras comunidades cristianas habían comprendido que el mensaje de Jesús, vivido maduramente, los llevaba a una vida de armonía; y aunque había conflictos, los superaban para salvaguardar esta armonía. Cuando vi el texto antes de la misa me quedé pensando en este modo de vivir de aquellas primeras comunidades cristianas y la misa de hoy… Y pensé si nuestro trabajo educativo no tendría que ir por este camino de lograr la armonía: la armonía en todos los chicos y chicas que nos han confiado, la armonía interior, la de su personalidad. Es trabajando artesanalmente, imitando a Dios, `alfarereando´ la vida de esos chicos, como podremos  lograr la armonía. Y rescatarlos de las disonancias que son siempre oscuras; en cambio, la armonía es luminosa, clara, es la luz. La armonía de un corazón que crece y que nosotros acompañamos en este camino educativo es el que hay que lograr.  

 Una armonía que tiene dos puntos referenciales clave: se forma en la conjugación entre el límite y el horizonte; una educación solamente enfocada en un límite anula las personalidades, quita la libertad, apoca a la persona, no se puede educar a puro límite, a puro “no.. no se puede”, “no se puede”, “no se puede” o “hacelo así!”... No! Esto no deja crecer y, si crece, lo hace mal. Tampoco con una armonía que sea puro horizonte, puro disparo al futuro sin ningún punto de apoyo, eso no es armonía sino que es una educación que termina en la desorientación total del vale todo, en el relativismo existencial que es uno de los flagelos más grandes que están recibiendo los chicos como oferta. Muchas veces pienso, cuando veo este existencialismo tan relativo que se le propone a los chicos en todos lados y que no tiene punto de referencia, en nuestro profeta porteño:”Dale que va… todo es igual… total en el horno se vamo a encontrar” Entonces estos chicos, que no tienen una contención de límites y están disparados al futuro, están en el horno! Ahora! Y nos vamos a encontrar en el horno! Y en el futuro tendremos hombres y mujeres en el horno!

 Las dos cosas: saber conducir a la armonía, saber alfarerear el corazón joven entre los límites y los horizontes… Un educador que sabe moverse entre estas dos puntas hace crecer, un educador que se mueve en la tensión entre estos dos puntos es un educador que hace madurar. Mas aún, moverse entre estas dos puntas es confiar en los chicos, saber que hay material humano grande! Solamente hay que incentivarlos! Y de esos somos testigos acá: ahí está el olivo plantado hace diez años después de una Carpa de la Paz, eso lo hicieron los chicos porque se los incentivó a trabajar por la paz! En el 2007 los mismos chicos trabajaron en el proyecto Ciudad Educativa que fue llevado a la Legislatura y fue aprobado… lo hicieron ellos! Son capaces de eso! Y ahora, en este trabajo de Escuela de Vecinos, con chicos de escuelas de gestión estatal y de gestión privada, todos juntos y de diferentes credos, todos juntos están mostrando la capacidad creativa que tienen nuestros chicos; y Buenos Aires está creando conciencia, nos están pidiendo el trabajo de la Escuela de Vecinos en otras localidades del país. Y menciono tres cosas nomás que hicieron nuestros chicos pero podría mencionar más! Y las hicieron porque fueron conducidos entre el límite y el horizonte. Este es nuestro desafío hoy: crear armonía entre el límite y el horizonte.

 Estos chicos son los que van a recibir a nuestra generación. Y nos queda la pregunta sobre como van a estar cuando nos reciban a nosotros…Tendrán la suficiente armonía interior? Tendrán el suficiente basamento interior del límite y la suficiente esperanza en el horizonte para recibirnos como aquellos que los precedieron en la vida, que hicieron el camino de la sabiduría? O estarán en la pavada y nos dejarán en un geriátrico maloliente, más parecido a un volquete que a una casa de personas? Sabremos rescatar a esta juventud de la cultura del volquete que se está instalando? Y ahora que estamos tan sensibles, y está bien que así sea, de todo lo que sea colonización de nuestra soberanía, ¿Somos sensibles también de cualquier colonización exacerbada que aliena a nuestros de chicos de cualquier armonía y que después de usarlos los dejan tirados al borde del camino? ¿Somos sensibles a esta colonización conducida por las drogas, el alcohol, la falta de límites?

Estos chicos son los que nos recibirán a nosotros. Les vamos entregar la bandera: una pregunta, como la llevamos nosotros… ¿Bien alta? ¿Y ellos como serán capaces de recibirla? Serán hombres y mujeres que solamente tendrán mística de bandera a media asta y de ahí no suben? O serán hombres y mujeres preparados en armonía y con el horizonte certero que llevarán la bandera hasta lo mas alto del mástil? Eso es lo que vamos a pedir hoy: La gracia de saber educar en la armonía. De saber amasar estos corazones jóvenes para que vivan en libertad, lejos de toda opción esclavizante, colonizante y que quita la libertad. 

Buenos Aires, Miércoles 18 de abril de 2012.

Cardenal Jorge M. Bergoglio, s.j.

 

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Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., pronunciada en el Te Deum en la Catedral Metropolitana

“Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó. “”¿Cuál es el primero de los mandamientos?”. Jesús respondió: “El primero es: Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor, y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos.” El escriba le dijo. “Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que El, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.”Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” (Mc. 12: 28-34)

La celebración de mayo de 1810, en este sexenio del bicentenario de la Patria, nos remite una y otra vez a los fundamentos de nuestro convivir diario familiar y social y, por tanto, sociopolítico también. Aquellos primeros movimientos y acuerdos básicos dieron comienzo a un proceso, a un torbellino de sucesos que generaron la independencia posterior de la Nación en la que hoy habitamos y en la que queremos ser ciudadanos protagonistas.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos acerca a una situación de repentina pero profunda comunión de sentimientos justo en momentos en los que en torno a Jesús comenzaron a darse muchos desacuerdos en su contra: los del poder de turno, los de los religiosos y de una parte de la multitud que empieza a distanciarse o serle indiferente.

Un escriba, por tanto alguien poco propenso a acordar con el Maestro de Nazareth, se le acerca con curiosidad, más intelectual e inquisidora, a probar su solidez doctrinal. Pero se lleva una sorpresa: no sólo se encuentra con un compatriota que conoce la justicia de Dios sino que además tiene un corazón noble. Se encuentra con alguien que lo invita a la plenitud: “no estás lejos del Reino de los cielos”. El potencial antagónico se ve enaltecido al mismo nivel de hermandad por pura invitación y estima de aquel corazón noble de Jesús el Maestro, quien le ofrece la comunidad del Reino para su plenitud. Sólo la nobleza de corazón, de un corazón que no puede dejar de amar, tal como lo anuncia el mandamiento sobre el que dialogan, puede tender puentes y vínculos. Sólo el amor es plenamente confiable o, al decir de la Doctora del amor, Santa Teresita, “es la confianza y sólo la confianza la que deberá conducirnos al amor”.

Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades de los hombres, nuestros padres de Mayo, con sus muchas diferencias y errores, apostaron a la confianza mutua que es raíz y fruto del amor. La confianza de poder poner las bases para conducir nuestro propio destino y todo lo que simbolizamos como Patria y Nación. Y sin enunciados previos, un verdadero amor social se fue dando en el sacrificio diario de la construcción de esta Nación. Sangre y trabajo, renuncias y destierros llenan las páginas de nuestra historia. Aun oponiéndose el odio fratricida y las ambiciones particulares que traban y atrasan, no hacen sino confirmar que el amor a aquel proyecto fundante iba llevando a cabo este sueño de ser argentino. Inconcluso o truncado, herido o debilitado, el sueño está ahí para seguir siendo realizado y el Evangelio que hoy nos ilumina nos recuerda el amor fundante.

Un amor que exige “todo tu corazón y tu alma, tu espíritu y tus fuerzas” porque Jesús sabe, como lo sabían los sabios de Israel, que quien ama así a Dios no teme hacerlo con los demás, le sale solo y ligero. Los que aman con todo su ser, aun llenos de debilidades y límites, son los que vuelan con ligereza, libres de influencias y presiones. Quien no ama de “corazón y espíritu” se arrastra pesadamente entre sus especulaciones y miedos, se siente perseguido y amenazado, necesita reforzar su poder sin parar ni medir las consecuencias.

Jesús no da sólo un mandamiento en el sentido más común de la palabra sino que proclama la única forma de fundar un vínculo y una comunidad que sea humanizadora: el amor gratuito, sin reclamos, que es consistente por convicciones, que siente y piensa a los otros como prójimos, es decir como a sí mismo. Es cierto que resulta difícil encontrar un ser humano que no sienta la necesidad, la carencia o el deseo dirigido al amor, pero también es verdad que nuestras limitadas condiciones siempre lo estrechan y repliegan a los propios intereses. El amor que propone Jesús es gratuito e ilimitado y por ello muchos lo consideran, a El y su enseñanza, un delirio, una locura y prefieren conformarse con la mediocridad ambigua… sin críticas ni desafíos. Y esos mismos predicadores de la mediocridad cultural y social reclaman, cuando sus intereses se ven afectados, actitudes éticas  por parte de los demás y de las autoridades. Pero ¿en qué se puede fundar una ética sino en el interés que “el otro” y “los otros” me despiertan desde el amor como convicción y actitud fundamental?, es decir desde esta “locura” que Jesús propone.

Esta “locura” del mandamiento del amor que propone el Señor y nos defiende en nuestro ser aleja también las otras “locuras” tan cotidianas que mienten y dañan y terminan impidiendo la realización del proyecto de Nación: la del relativismo y la del poder como ideología única. El relativismo que, con la excusa del respeto de las diferencias, homogeiniza en la transgresión y en la demagogia; todo lo permite para no asumir la contrariedad que exige el coraje maduro de sostener valores y principios. El relativismo es, curiosamente, absolutista y totalitario, no permite diferir del propio relativismo, en nada difiere con el “cállese” o “no te metas”.

El poder como ideología única es otra mentira. Si los prejuicios ideológicos deforman la mirada sobre el prójimo y la sociedad según las propias seguridades y miedos, el poder hecho ideología única acentúa el foco persecutorio y prejuicioso de que “todas las posturas son esquemas de poder” y “todos buscan dominar sobre los otros”. De esta manera se erosiona la confianza social que, como señalé, es raíz y fruto del amor.

Jesús, en cambio,  manifestó el poder del amor como servicio. Por más que se lo destruya el poder del amor como servicio siempre resucita. Su fuente está más allá de toda indicación humana; es la paternidad amorosa de Dios, fuente inalcanzable e incuestionable. El amor procurado por uno al otro hace que éste no sea manipulado ni malintepretado. Sólo lo superior, el amor de Dios, afianza el poder de Jesús.

Nosotros somos invitados a refundarnos en la soberanía del amor simple y profundo, del amor que hoy escuchamos en el Evangelio, mandamiento que anuda el amor de Cristo y de Dios Padre en los vínculos y la dignidad de los otros amados como “a nosotros mismos”. Pero, en cambio, cuando se utiliza el nombre de Dios para someter y violentar, o a cualquier otra entidad real o ideológica para lo mismo, se cae en pura idolatría y, cuando lo hacemos, no obramos como El obra con nosotros.

Esta fecha patria es un momento propicio para detenernos y preguntarnos por “el corazón, el alma, el espíritu y las fuerzas” de nuestro amor ciudadano y familiar. Ese amor que nos enseña a vivir bien y ayudar en el crecimiento de los otros, que son como nosotros, que merecen el amor como nosotros por ser personas y compatriotas. Ningún sistema o ideología asegura por sí mismo este cuidadoso y justo trabajo político del bien de los otros, de todos nosotros. Para ello hace falta vivir el amor como don preciado e invocado, que inspira la ética y el sacrificio, la prudencia y la decisión. Entonces, ante este mandamiento que pide todas nuestras fuerzas, ante este don que ayuda a fundar nuestra conciencia cívica y política más honda y que, sobre todo, pide un corazón noble, nos hará bien hoy, con coraje genuino, hacer un examen de conciencia y preguntarnos en concreto sobre una realidad cotidiana que precisamente es lo contrario al amor, es consecuencia del desamor: ¿qué nos lleva a ser cómplices, con nuestra indiferencia, de las manifestaciones de abandono y desprecio hacia los más débiles de la sociedad?.

Porque en la voracidad insaciable de poder, consumismo y falsa eterna - juventud, los extremos débiles son descartados como material desechable de una sociedad que se torna hipócrita, entretenida en saciar su “vivir como se quiere” (como si eso fuera posible), con el único criterio de los caprichos adolescentes no resueltos. Parecería que el bien público y común poco importa mientras sintamos el “ego” satisfecho. Nos escandalizamos cuando los medios muestran ciertas realidades sociales… pero luego volvemos al caparazón y nada nos mueve hacia esa consecuencia política que está llamada a ser la más alta expresión de la caridad. Los extremos débiles son descartados: los niños y los ancianos.

A veces se me ocurre que, con los niños y los jóvenes, somos como adultos abandónicos que prescindimos de los pequeños porque nos enrostran nuestra amargura y vejez no aceptada. Los abandonamos al arbitrio de la calle, al “sálvese quien pueda” de los lugares de diversión o al anonimato pasivo y frío de las tecnologías. Dejamos todo a su cuidado y los imitamos porque no queremos aceptar nuestro lugar de adultos, no entendemos que la exigencia del mandamiento del amor es cuidar, poner límites y abrir horizontes, dar testimonio con la propia vida. Y, como siempre, los más pobres encarnan lo más trágico del filicidio social: violencia y desprotección, tráfico, abusos y explotación de menores.

Y también los ancianos son abandonados, y no sólo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapacidad de aceptar sus limitaciones que reflejan las nuestras, en los numerosos escollos que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no los deja participar, opinar ni ser referentes según el modelo consumista de “sólo la juventud es aprovechable y puede gozar”. Esos ancianos que deberían ser, para la sociedad toda, la reserva sapiencial de nuestro pueblo.

¡Con qué facilidad, cuando no hay amor, se adormece la conciencia! Tal adormecimiento señala cierta narcosis del espíritu y de la vida. Entregamos nuestras vidas y, mucho peor, las de nuestros niños y jóvenes, a las soluciones mágicas y destructivas de las drogas (legales e ilegales), del juego legalizado, de la medicación fácil, de la  banalización hueca del espectáculo, del cuidado fetichista del cuerpo. Las encapsulamos en el encierro narcisista y consumista. Y, a nuestros ancianos, que para este narcisismo y consumismo son material descartable, los tiramos al volquete existencial. Y así, la falta de amor instaura la “cultura del volquete”. Lo que no sirve, se tira.

Esta exclusión, verdadera anestesia social, se refuerza, por una parte, con las representaciones identitarias del discurso mediático  de denigración de todo lo que no responda a la ideología de la moda y, por otra parte, con la confusa difusión del modelo del “vínculo líquido”  sin compromiso como nuevo núcleo familiar, para que siga produciendo sujetos que traen al mundo hijos que continúen sintiendo la desorientación de adultos que no saben amar. Abandonan y desamparan reproduciendo así, trágicamente en su descendencia, sus propios vacíos interiores. No nos debe extrañar, entonces, que se expanda la violencia contra los niños e indefensos, debe más bien alarmarnos nuestra capacidad de  mirar hacia otro lado y de hacernos los distraídos, nuestra cobardía.

El vacío de amor, su vulgarización y bastardeo permanente, aun desde algunos discursos pseudoreligiosos, no sólo nos deshumaniza sino que, por ende, nos despolitiza. El amor, en cambio, impulsa al cuidado de lo común y sobre todo del Bien común que potencia y beneficia los bienes particulares. Una política sin mística para los demás, sin pasión por el bien, termina siendo un racionalismo de la negociación o un devorarlo todo para permanecer por el solo goce del poder. Aquí no hay ética posible simplemente porque el otro no despierta interés.

Contemplar la forma en que Jesús vivió y transmitió su mandamiento del amor me inspira una reflexión: daría la impresión de que resulta débil para las pretensiones de potencialidad sin límites del hombre de hoy, quien parece mostrar una sed de poder que huye de toda sensación de debilidad. No soportamos vernos débiles. El diálogo y la búsqueda de las verdades que nos llevan a construir un proyecto común implican escucha, renuncias, reconocimiento de los errores, aceptación de los fracasos y equivocaciones… implican aceptar debilidad. Pero da la impresión de que siempre caemos en lo contrario: los errores son cometidos por “otros” y seguramente en “otro lado”. Crímenes, tragedias, pesadas deudas que debemos pagar por hechos de corrupción…pero, “nadie fue”. Nadie se hace cargo de lo que hay que hacer y de lo hecho. Parecería un juego inconsciente: “nadie fue” es, en definitiva, una verdad y quizás hemos logrado ser y sentirnos “nadie”.

Y respecto del poder: el ejercicio de buscar poder acumulativo como adrenalina es sensación de plenitud artificial hoy y autodestrucción mañana. El verdadero poder es el amor; el que potencia a los demás, el que despierta iniciativas, el que ninguna cadena puede frenar porque hasta en la cruz o en el lecho de muerte se puede amar. No necesita belleza juvenil, ni reconocimiento o aprobación, ni dinero o prestigio. Simplemente brota… y es imparable; y si lo calumnian o destruyen más reconocimiento incuestionable adquiere. El Jesús débil e insignificante a los ojos de los politólogos y poderosos de la tierra revolucionó el mundo.

El mandamiento del amor apunta a que sintamos el llamado a trabajar nuestra capacidad de amar. No es, sin más, un impulso puro de la naturaleza, sino un don que, desde nuestro natural y desde la iniciativa de Dios, nos consolida como personas si le damos cabida y cultivo. En cambio, sin amor el alma se marchita y endurece, se vuelve fácilmente cruel. No por nada nuestros antiguos tomaron el término castizo de “desalmado” para quien no tiene compasión ni consideración al otro. El amor inspira la nobleza en el escriba y en Jesús a pesar de pensar distinto. Y “nobleza obliga”. Jesús abre la puerta a construir el Reino; la confianza mutua, basada en la confianza en lo superior, nos facilita no sólo la convivencia sino el construir común de una comunidad nacional que nos beneficie.

El amor hoy nos invita a proceder sin cortoplacismos, ocupándonos de las generaciones que vienen y no entregándolas a tendencias facilistas. Nos invita a proceder sin relativismos inmaduros, displicentes y cobardes. Nos invita a proceder sin narcotizarnos frente a la realidad y sin psicología de avestruz escondiendo la cabeza ante fracasos y errores. El amor nos invita a aceptar que, en la misma debilidad, está toda la potencialidad de reconstruirnos, reconciliarnos y crecer.

Lejos de ser un sentimentalismo común, y una mera impulsividad, el amor es una tarea fundamental, sublime e irreemplazable que hoy se torna una necesidad para ser propuesta a una sociedad deshumanizada. Lo ha señalado en dos de sus Encíclicas el Papa Benedicto XVI quien nos recuerda que todo el ascenso de la maravillosa fuerza vitalizadora del amor de deseo del hombre no se completa ni ennoblece ni encuentra su real sentido último sin el Amor como Don que proviene de Dios. Sólo así viviremos nuestros esfuerzos, logros y fracasos con un sentido sólido y refundante, aunque sean mezclados y conflictivos como los de mayo de 1810. Ya conocemos hacia donde nos llevan las pretensiones voraces de poder, la imposición de lo propio como absoluto y la denostación del que opina diferente: al adormecimiento de las conciencias y al abandono. Sólo la mística simple del mandamiento del amor, constante, humilde y sin pretensiones de vanidad pero con firmeza en sus convicciones y en su entrega a los demás podrá salvarnos.

María de Luján, modelo de amor, de amor silencioso y paciente, no dejará de acompañarnos y bendecirnos al pie de nuestra cruz  y en la luz de la esperanza.

Buenos Aires, 25 de mayo de 2012

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. 

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Homilía del Sr. Arzobispo durante la Misa de Corpus Christi

     El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”  

    Él envió a dos de sus discípulos , diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

    Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

    Mientras comían, Jesús tomó el pan , pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”.

    Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Ésta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. (Mc 14,12-16.22-26).

 

La pregunta de los discípulos «¿Dónde quieres que vayamos a preparar la cena de la pascua?» suscita una particular respuesta del Señor –“vayan a la ciudad, se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua, síganlo, donde entre digan al dueño: El Maestro dice ‘dónde está mi sala en la que voy a comer la Pascua con mis discípulos’…”-. ¡Y pasó tal cual! El Señor ya lo había pensado y preparado cuidadosamente. Para celebrar la cena de Pascua quiso elegir esta sala grande, alfombrada y con todo dispuesto”.

¡Cómo el Señor preparaba las cosas! Y cómo los hizo participar a sus discípulos de la preparación de ese acontecimiento tan sagrado y tan especial como fue la Última Cena.

La Eucaristía es la vida de la Iglesia, es nuestra vida. Pensemos en la Comunión que nos une con Jesús al recibir su Cuerpo y su Sangre. Pensemos en su sacrificio redentor (porque lo que comemos es su “Carne entregada por nosotros” y lo que bebemos es su “Sangre derramada para el perdón de los pecados”). De toda esta riqueza de amor de la Eucaristía hoy miramos especialmente su preparación.

Jesús le dio mucha importancia a esto de preparar. Es una de las tareas que se reserva para sí en el Cielo: “Voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo lugar, vendré otra vez y los tomaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Juan 14, 4 ss.). En esta dinámica de “estar preparándonos un lugar en el Cielo”,  la Eucaristía es ya un anticipo de ese lugar, una prenda de la Gloria futura: cada vez que nos reunimos para comer el Cuerpo de Cristo, el lugar en el que celebramos se convierte por un rato en nuestro lugar en el cielo, Él nos toma consigo y estamos con Él.  Todo lugar en el que se celebra la Eucaristía –sea una Basílica, una humilde capillita o una catacumba- es anticipo de nuestro lugar definitivo, anticipo del Cielo que es la comunión plena de todos los redimidos con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Así nos sentimos aquí, esta tarde, en la fiesta del Corpus: nos sentimos en nuestro lugar común, reunidos donde Él está. Y su manera de estar es la del Resucitado que prepara la comida para los discípulos que habían pasado toda la noche sin pescar nada.  Juan nos dice que apenas bajaron a tierra los discípulos vieron preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan (cfr. Jn 21, 9). Esa es la imagen verdadera de quién es Jesús para nosotros: El que cada día nos prepara la Eucaristía. Y en esta tarea estamos todos invitados a participar con nuestras buenas obras. A esto se refieren las parábolas del Señor que nos urgen a “estar preparados” para su venida. Preparados como “el servidor fiel y prudente que distribuye a cada uno la comida a su tiempo” (Mt 24, 45).

Así como es lindo después de comulgar, pensar nuestra vida como una Misa prolongada en la que llevamos el fruto de la presencia del Señor al mundo de la familia, del barrio, del estudio y del trabajo, así también nos hace bien pensar nuestra vida cotidiana como preparación para la Eucaristía, en la que el Señor toma todo lo nuestro y lo ofrece al Padre.

Como los discípulos le podemos preguntar hoy de nuevo a Jesús ¿dónde quieres que te preparemos la Eucaristía? Y él nos hará sentir que también hoy Él tiene todo preparado. Hay muchos cenáculos en nuestra ciudad donde el Señor ya comparte su pan con los hambrientos, hay muchos lugares bien dispuestos donde está encendida la luz de su Palabra, en torno a la cual se juntan sus discípulos. Hay mucha gente que camina con sus cántaros de agua viva y va dando de beber la palabra del evangelio a nuestra sociedad sedienta de espíritu y de verdad. Hoy muchos jóvenes han recorrido un camino para llegar desde nuestras parroquias a la Catedral,  vienen con las ofrendas y peticiones que han preparado y recogido en su peregrinación  para ofrecerlas con el Señor a Dios nuestro Padre. Vemos cómo la Misa tiene otro sentido cuando nos hemos preparado y hemos caminado para llegar a ella.

Aquí es precisamente donde la procesión del Corpus por las calles de nuestra Ciudad, alrededor de nuestra Plaza de Mayo, lugar de reunión de nuestro Pueblo, tiene un sentido hondo y se constituye en un verdadero llamado. Jesús nos prepara un lugar para estar con nosotros pero no se trata de un lugar estático y cerrado sino dinámico y abierto, como la orilla del lago en la mañana de la pesca milagrosa. El lugar en el que el Señor quiere que preparemos su Eucaristía es todo el suelo de nuestra patria y de nuestra ciudad, simbolizada en esta Plaza. Por eso preparamos la Eucaristía caminando, como señal de inclusión, abriendo lugar para que entremos todos, saliendo hacia todas las orillas existenciales. En esta sociedad de tantos lugares cerrados, de tantos cotos de poder, de sitios exclusivos y  excluyentes, queremos preparar para el Señor una “sala grande” como esta Plaza, grande como nuestra Ciudad, como nuestra Patria y como el mundo entero, en la que haya lugar para todos. Porque así son los banquetes del Señor. Fiesta en las que la sala, a la que muchos invitados despreciaron, se llena de invitados humildes que quieren participar con alegría de la Acción de Gracias del Señor.

Caminando con el Señor y rodeando de amor esta plaza, abrazamos a nuestra Patria entera con nuestra fe y nuestra esperanza, y pedimos a Dios con deseo ardiente que se transforme en lugar para la Eucaristía: donde todos damos gracias, todos estamos invitados a participar del Pan de Vida, todos podemos compartir y dar lo mejor de nosotros mismos para bien común de todos, especialmente de los más frágiles y desamparados. Y le preguntamos:

¿Dónde quieres Señor que te preparemos hoy tu Eucaristía?

¿Dónde quieres que caminemos en actitud de adoración y de servicio?

¿Dónde quieres que te abramos la puerta para que nos partas el Pan?

¿A quiénes quieres que sigamos, portadores de Agua viva, maestros de la verdad?

¿A quiénes quieres que salgamos a invitar –pobres y enfermos, justos y pecadores- en los cruces de caminos?

Con estas preguntas en el corazón y en los labios, después de comulgar con el Señor, saldremos a caminar acompañando a Jesús Sacramentado, pidiendo a María, esa prontitud para ponerse en camino e ir a servir que le imprimió su Hijo, apenas encarnado en su seno virginal. Nadie mejor que ella para enseñarnos a preparar una linda Eucaristía, en la que haya pan para todos y no falte la alegría, el vino del Espíritu, como en Caná.

Buenos Aires, 9 de junio de 2012

 

                                                                             Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Cayetano

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (Mt 14, 13-21). 

San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos.

Como todos los años, estamos de nuevo hoy aquí, para tener nuestro encuentro con el Santo amigo de Jesús y de su pueblo. Un encuentro de cercanía, de agradecimiento, de petición… ¡tantas cosas que traemos en el corazón! Y la petición que hacemos juntos este año es algo especial. No pedimos directamente “por favor, danos pan y trabajo”, sino “bendecinos con estos dones”. El pedido principal es una bendición: San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos.

A alguno quizá le parezca poca cosa hacer una cola tan larga para pedir sólo una bendición; y más todavía si el pedido es que nos bendiga con pan y trabajo. Es verdad que el trabajo está duro, cuesta conseguirlo;  y el pan está caro (el más barato como a $7 el kilo). Pero hay algo más: si se fijan bien la bendición se agranda al comienzo y al final del pedido: donde decimos “nuestra patria” y “para todos”.

Así que venimos con un encargo importante, venimos en representación de todos a pedir la bendición grande que necesita nuestra patria. Hay gente que maldice “este país” o porque no le gustan algunas cosas o algunos de sus compatriotas. Nosotros no maldecimos. Puede ser que protestemos o que discutamos, pero no sólo no maldecimos sino que, como sentimos que nuestra bendición no basta, venimos a pedir la bendición de  Dios: que bendiga nuestra Patria, en todos sus habitantes, en toda su historia y su geografía. Y a San Cayetano, que la bendiga con la bendición tan necesaria para una vida digna: con la bendición del pan y del trabajo para todos.

Para todos… El evangelio dice que Jesús alzó los ojos al Cielo, bendijo los cinco pancitos y los pescados, los partió, los repartieron y “todos comieron hasta saciarse”. Que el Padre nos dé el pan nuestro y el trabajo de cada día es una bendición. Pero no sólo es una bendición cuando lo tenemos en la mano; ya desearlo para todos es una bendición. Abrir el corazón y sentir presentes a todos, como hermanos, es una bendición.

 Indignarnos contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos es una parte de la bendición. Colaborar con otros, partiendo y repartiendo nuestro pan, es la otra parte de la bendición que pedimos.

 San Cayetano, bendecí nuestra Patria con pan y trabajo para todos. ¿Y saben por qué es una bendición desear y luchar para que haya pan y trabajo para todos? ¿Saben por qué? Porque este buen deseo y esta lucha le hacen bien al corazón, lo alegran, lo ensanchan, lo hacen latir con felicidad. Jesús lo decía así: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.

La justicia es la que alegra el corazón: cuando hay para todos, cuando uno ve que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo. Cuando uno ve que alcanza para todos, si es bien nacido, siente una felicidad especial en el corazón. Ahí se agranda el corazón de cada uno y se funde con el de los otros y nos hace sentir la Patria. La Patria florece cuando vemos “en el trono a la noble igualdad”, como bien dice nuestro himno nacional. La injusticia en cambio lo ensombrece todo. Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no.

 Nuestro pueblo tiene en el corazón esta bendición del todo, que es la que nos hace patria. Esa bendición se ve incluso en la humildad para mantener el todo aunque sea en un restito, como cuando decimos “si no alcanza para todos, al menos que alcance para todos los chicos” y colaboramos en el comedor infantil…  Decir “todos los chicos” es decir todo el futuro. Decir “todos los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos “pan y trabajo para todos”. Qué despreciable en cambio el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca ví un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: “la mortaja no tiene bolsillos”.

 Jesús nos enseñó que cuando no nos sacamos el problema de encima y mandamos a cada uno a su casa, como querían los Apóstoles, sino que invitamos a que se sienten todos y partimos nuestro pan, nuestro Padre del cielo siempre nos bendice con el milagro de la multiplicación y alcanza para todos. Por eso venimos a pedir hoy esta bendición tan especial para nuestra patria. La necesitamos porque en la vida hay muchos que tiran cada uno para su lado, como si uno pudiera tener una bendición para él solo o para un grupo. Eso no es una bendición sino una maldición. Y fíjense qué curioso, el que tira para su lado y no para el bien común suele ser una persona que maldice: que maldice a los otros y que mal-dice las cosas: las dice mal, miente, inventa, dice la mitad…

 Mientras caminamos en la fila, ensanchemos el alma con esta petición: “para todos”. Abramos el corazón para pedirla cuando toquemos al Santo y nos hagamos la señal de la cruz. Que San Cayetano nos convierta en personas que desean el bien para todos, personas que luchan y colaboran con Jesús para que esta bendición se haga realidad. Como los apóstoles, que se animaron a ensanchar el corazón  cuando al principio querían que cada uno se fuera a su casa, y después colaboraron con el Señor en la tarea de repartir el pan y juntar lo que sobraba.

 Le agradecemos a Jesús el haber traído esta bendición a nuestra tierra: él fue el primero en “desear el bien para todos”, sin exclusión de nadie. Fue el primero y asoció a muchos que hoy son nuestros santos, como San Cayetano, como nuestro Cura Brochero, santos porque no recortaron la bendición, gente de esa que “hace sentarse a todos” y “bendice y parte y reparte”. Que linda imagen: ser personas que bendicen y que parten y reparten. Y no ser de los que maldicen y juntan y juntan, y  después no se van a poder llevar nada. Sólamente nos llevamos lo que dimos,  lo que repartimos, lo que compartimos.

 San Cayetano, bendice nuestra patria con pan y trabajo para todos.

Se lo pedimos también a la Virgen. Virgencita, bendecí nuestra patria con pan y trabajo para todos. Ella se da cuenta cuando falta algo. ¿Se acuerdan del casamiento en Caná?

Se lo pedimos a nuestro Padre del Cielo: Padre, danos hoy a todos nuestro pan de cada día y que todos aceptemos la invitación a trabajar en esta viña tuya que es nuestra querida Patria Argentina.

Buenos Aires, 7 de agosto de 2012

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Carta del Sr. Arzobispo a los Catequistas de la  Arquidiócesis

 

“En aquellos días, María partió y fue sin demora
a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel…”
(Lc. 1, 39)

Queridos catequistas:

 

Ya es costumbre de muchos años que, ante la proximidad de la fiesta de San Pío X, les escriba una carta.  Por medio  de ella quiero saludarlos en su día, agradecerles el trabajo silencioso y fiel de cada semana, la capacidad de hacerse samaritanos que hospedan desde la fe, siendo rostros cercanos y corazones hermanos que permiten trasformar, de alguna manera, el anonimato de la gran ciudad. 

Este año, el día del catequista nos encuentra ante un acontecimiento de gracia que ya empezamos a gustar. Dentro de dos meses comenzará el Año de la Fe que nuestro Papa Benedicto XVI ha convocado para “iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo…” (Carta Apostólica Porta Fidei, PF 2)

Será ciertamente un año jubilar. De ahí la invitación que el mismo Papa nos hace a atravesar la “Puerta de la Fe ”. Atravesar esta puerta es un camino que dura toda la vida pero que en este tiempo de gracia todos estamos llamados a renovar.  Por esto me nace en este año exhortarlos,  como pastor y como hermano, a que se animen a transitar el tiempo presente con la fuerza transformadora de este acontecimiento.  

Todos recordamos la invitación tantas veces repetidas del Beato Juan Pablo II: “Abran las puertas al Redentor”. Dios nos exhorta nuevamente: Abran las puertas al Señor: la puerta del corazón, las puertas de la mente, las puertas de la catequesis, de nuestras comunidades… todas las puertas a la Fe.  

En este abrir la puerta de la fe hay siempre un sí, personal y libre. Un sí que es respuesta a Dios que toma la iniciativa y se acerca al hombre para entablar con él un diálogo, en que el don y el misterio se hacen siempre presentes.

Un sí que la Virgen Madre supo dar en la plenitud de los tiempos, en aquella  humilde aldea de Nazareth, para que se empezara a entretejer la alianza nueva y definitiva que Dios tenía preparada, en Jesús, para la humanidad toda.

Siempre nos hace bien volver nuestra mirada a la Virgen. Más a quienes, de una u otra manera, se nos confía la tarea de acompañar la vida de muchos hermanos, y así juntos, poder decirle sí a la invitación de creer. 

Pero la catequesis se vería seriamente comprometida si la experiencia de la fe nos dejara encerrados y anclados en nuestro mundo intimista o en las estructuras y espacios que con los años hemos ido creando. Creer en el Señor es atravesar siempre la puerta de la fe que nos hace salir, ponernos en camino, desinstalarnos... No hay que olvidar que la primera iniciación cristiana que se dio en el tiempo y en la historia culminó en misión...  que tuvo las características de visitación. Con toda claridad nos dice el relato de Lucas: María se puso en camino con rapidez y llena del Espíritu.  

La experiencia de la Fe nos ubica en Experiencia del Espíritu signada por la capacidad  de ponerse en camino... No hay nada más opuesto al Espíritu que instalarse, encerrarse.  Cuando no se transita por la puerta de la  Fe, la puerta se cierra, la Iglesia se encierra, el corazón se repliega y el miedo y el mal espíritu “avinagran” la Buena Noticia. Cuando el Crisma de la Fe se reseca y se pone rancio el evangelizador ya no contagia sino que  ha perdido su fragancia, constituyéndose muchas veces en causa de escándalo y de alejamiento para muchos.

El que cree es receptor de aquella bienaventuranza que atraviesa todo el Evangelio y que resuena a lo largo de la historia, ya en labios de Isabel: “Feliz de ti por haber creído”, ya dirigida por el mismo Jesús a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!” 

Es bueno tomar conciencia de que hoy, más que nunca, el acto de creer tiene que trasparentar la alegría de la Fe.  Como en aquel gozoso encuentro de María e Isabel, el Catequista debe impregnar toda su persona y su ministerio con la alegría de la Fe. Permítanme que les comparta algo de lo que los Obispos de la Argentina escribimos hace unos meses en un documento en el que bosquejamos algunas orientaciones pastorales comunes para el trienio 2012-2015: 

“La alegría es la puerta para el anuncio de la Buena Noticia y también la consecuencia de vivir en la fe. Es la expresión que abre el camino para recibir el amor de Dios que es Padre de todos. Así lo notamos en el Anuncio del ángel a la Virgen María que, antes de decirle lo que en ella va a suceder, la invita a llenarse de alegría. Y es también el mensaje de Jesús para invitar a la confianza y al encuentro con Dios Padre: alégrense. Esta alegría cristiana es un don de Dios que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él”   

Por eso me animo a exhortarlos con el Apóstol Pablo: Alégrense, alégrense siempre en el Señor…  Que la catequesis a la cual sirven con tanto amor esté signada por esa alegría, fruto de la cercanía del Señor Resucitado (“los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor”, Jn. 20,20), que permite también descubrir la bondad de ustedes y la disponibilidad al llamado del Señor…

Y no dejen nunca que el mal espíritu estropee la obra a la cual han sido convocados. Mal espíritu que tiene manifestaciones bien concretas, fáciles de descubrir: el enojo, el mal trato, el encierro, el desprecio, el ninguneo, la rutina, la murmuración, el chismerío… 

La Virgen María en la visitación nos enseña otra actitud que debemos imitar y encarnar: la cercanía.

Ella literalmente se puso en camino para acortar distancias. No se quedó en la noticia de que su parienta Isabel estaba embarazada. Supo escuchar con el corazón y por eso conmoverse con ese misterio de vida. La cercanía de María hacia su prima implicó un desinstalarse, no quedarse centrada en ella, sino todo lo contrario. El sí de Nazaret, propio de toda actitud de fe, se transformó en un sí que se correspondió en su actuar… Y la que por obra del Espíritu Santo fue constituida Madre del Hijo, movida por ese mismo Espíritu se transformó en servidora de todos por amor a su Hijo. Una fe fecunda en caridad, capaz de incomodarse para encarnar la pedagogía de Dios que sabe  hacer de la cercanía su identidad, su nombre, su misión: “y lo llamará con el nombre de Emanuel”

 

“El Dios de Jesús se revela como un Dios cercano y amigo del hombre. El estilo de Jesús se distingue por la cercanía cordial. Los cristianos aprendemos ese estilo en el encuentro personal con Jesucristo vivo, encuentro que ha de ser permanente empeño de todo discípulo misionero.  Desbordado de gozo por ese encuentro, el discípulo busca acercarse a todos para compartir su alegría. La misión es relación y por eso se despliega a través de la cercanía, de la creación de vínculos personales sostenidos en el tiempo. El amigo de Jesús se hace cercano a todos, sale al encuentro generando relaciones interpersonales que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad. De la amistad con Jesucristo surge un nuevo modo de relación con el prójimo, a quien se ve siempre como hermano. (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)

 

Cercanía que, me consta, se hace presente muchas veces en los encuentros catequísticos de Ustedes, en la diversas edades en que les toca acompañar los procesos de fe (niños-jóvenes-adultos). Pero siempre se nos puede filtrar el profesionalismo distante, la desubicación de creernos los “maestros que saben”, el cansancio y fatiga que nos baja las defensas y nos endurece el corazón...  Recordemos aquello tan hermoso de la 1° Carta de Pablo a los cristianos de Tesalónica: “…fuimos tan condescendientes con ustedes, como una madre que alimenta y cuida a sus hijos. Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos entregarles, no solamente la buena noticia de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos.” (1Tes. 2, 7-8)

 

Pero además, les pido que, no vean reducido su campo evangelizador a los catequizandos. Ustedes son privilegiados para contagiar la alegría y belleza de la Fe a las familias de ellos. Háganse eco en su pastoral catequística de esta Iglesia de Buenos Aires que quiere vivir en estado de misión.

Miren una y mil veces a la Virgen María. Que ella interceda ante su Hijo para que les inspire el gesto y la palabra oportuna, que les permita hacer de la Catequesis una Buena Noticia para todos, teniendo siempre presente que la “Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción”. 

Soy consciente de las dificultades. Estamos en un momento muy particular de nuestra historia, incluso del país. El reciente Congreso Catequístico Nacional realizado en Morón fue muy realista en señalar las dificultades en la transmisión de la fe en estos tiempos de tantos cambios culturales. Quizás en más de una oportunidad el cansancio los venza, la incertidumbre los confunda e incluso lleguen a pensar que hoy no se puede proponer la fe, sino solamente contentarse con transmitir valores…

Por eso mismo, nuestro Papa Benedicto XVI nos invita a atravesar juntos la puerta de la Fe. Para renovar nuestro creer y en el creer de la Iglesia seguir haciendo lo que ella sabe hacer, en medio de luces y sombras. Tarea que no tiene origen en una estrategia de conservación, sino que es raíz de un mandato del Señor que nos da identidad, pertenencia y sentido. La misión surge de una certeza de la fe. De esa certeza que, en forma de Kerygma, la Iglesia ha venido trasmitiendo a los hombres a lo largo de dos mil años.

Certeza de la fe  que convive con mil preguntas del peregrino. Certeza de la fe  que no es ideología, moralismo, seguridades existenciales… sino el encuentro vivo e intransferible con una persona, con una acontecimiento, con la presencia viva de Jesús de Nazareth. 

Por eso, me animo a exhortarlos: vivan este ministerio con pasión, con entusiasmo.

  La palabra entusiasmo (ενθουσιασμός) tiene su raíz en el griego “en-theos”, es decir: “que lleva un dios adentro.” Este término indica que, cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, una inspiración divina entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse. El entusiasmo es la experiencia de un “Dios activo dentro de mí” para ser guiado por su fuerza y sabiduría. Implica también la exaltación del ánimo por algo que causa interés, alegría y admiración, provocado por una fuerte motivación interior. Se expresa como apasionamiento, fervor, audacia y empeño. Se opone al desaliento, al desinterés, a la apatía, a la frialdad y a la desilusión.

El “Dios activo dentro” de nosotros es el regalo que nos hizo Jesús en Pentecostés, el Espíritu Santo: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.” (Lc 24, 49). Se realiza así lo anunciado por los profetas, “les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes.” (Ez. 36, 26) (CEA, Orientaciones pastorales para el trienio 2012-2015)

           El entusiasmo, el fervor al cual nos llama el Señor, bien sabemos que  no puede ser el resultado de un movimiento de voluntad o un simple cambio de ánimo. Es gracia... renovación interior, transformación profunda que se fundamenta y apoya en una Presencia, que un día nos llamó a seguirlo y que hoy, una vez más, se hace camino con nosotros, para transformar nuestros miedos en ardor, nuestra tristeza en alegría, nuestros encierros en nuevas visitaciones…

 

Al darte gracias de corazón por todo tu camino de catequista, por tu tiempo y tu vida entregada, le pido al Señor que te dé una mente abierta para recrear el diálogo y el encuentro entre quienes Dios te confía y un corazón creyente para seguir gritando que El está vivo y nos ama como nadie. Hay una estampa de María Auxiliadora que dice: “Vos que creíste, ayudame!” Que Ella nos ayude a seguir siendo fieles al llamado del Señor…

 

No dejes de rezar por mí para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen Santa te cuide. Afectuosamente

 Buenos Aires, 21 de Agosto de 2012

 

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

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Desgrabación de la homilía del Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en ocasión de la misa de clausura del Encuentro 2012 de Pastoral Urbana Región Buenos Aires

Los textos de la misa corresponden al domingo 22.

 La escucha de la Palabra me hizo sentir tres cosas: cercanía, hipocresía y mundanidad.

 En la primera lectura Moisés dice: “¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ellos como el Señor nuestro Dios está cerca de nosotros?”.

Nuestro Dios es un Dios que se aproxima. Un Dios que se hace cercano. Un Dios que empezó a caminar con su pueblo y luego se hizo uno de su pueblo en Jesucristo para hacerse cercano. Pero no con una cercanía metafísica sino con esa cercanía que describe Lucas cuando va a curar a la hija de Jairo, que la gente lo apretujaba hasta sofocarlo mientras la pobre vieja de atrás le quería tocar el borde del manto. Con esa cercanía de la multitud que quería hacer callar en la entrada de Jericó al ciego que a los gritos pretendía hacerse oír. Con esa cercanía que dio ánimo a esos diez leprosos para pedirle que los limpiara. Jesús estaba metido en la cosa. Nadie se quería perder esa cercanía, incluso el petiso que se subía al sicómoro para verlo.

Nuestro Dios es un Dios cercano. Y es curioso: Él curaba, hacía el bien. San Pedro lo dice clarito: “Pasó haciendo el bien y sanando”. Jesús no hizo proselitismo: acompañó. Y las conversiones que lograba eran precisamente por esa actitud suya de acompañar, enseñar, escuchar, hasta tal punto que su condición de no ser un proselitista lo lleva a decir: “si ustedes también se quieren ir váyanse ahora, no pierdan tiempo. Vos tenés palabra de vida eterna, nos quedamos”. El Dios cercano, cercano con nuestra carne. El Dios del encuentro que sale al encuentro de su pueblo. El Dios que —voy a usar una palabra linda de la diócesis de San Justo—: el Dios que pone a su pueblo en situación de encuentro.

Y con esa cercanía, con ese caminar, crea esa cultura del encuentro que nos hace hermanos, nos hace hijos, y no socios de una ONG o prosélitos de una multinacional. Cercanía. Esa es la propuesta.

 La segunda palabra es hipocresía. Me llama la atención que San Marcos, siempre es tan conciso, tan breve, que le haya dedicado tanto a este episodio —y conste que en esta versión litúrgica está recortado y es más largo todavía— parece que se ensaña con los que se hacen lejanos, con aquellos que el mensaje de la cercanía de ese Dios, que viene caminando con su pueblo, que se hizo hombre para ser uno más y caminar, han tomado esa realidad, la han destilado a lo largo de las tradiciones de ellos, la han hecho idea, la han hecho puro precepto y la han alejado a la gente.

Jesús sí que los va a acusar de prosélitos a éstos, de hacer proselitismo. Ustedes recorren medio mundo para buscar un prosélito y después lo matan con todo esto. Alejaron a la gente.

 Los que se escandalizaban cuando Jesús iba a comer con los pecadores, con los publicanos, a éstos Jesús les dice: “los publicanos y las prostitutas los van a preceder a ustedes”… que era lo peorcito de la época. Jesús no los banca. Son los que han clericalizado —por usar una palabra que se entienda— a la Iglesia del Señor. La llenan de preceptos y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio. (aplausos)

Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen.

A éstos que buscan prosélitos, los clericales, los que clericalizan el mensaje, Jesús les señala el corazón, les dice “del corazón de ustedes salen las malas intenciones, las fornicaciones,  los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino…”. Flor de piropo, ¿eh? Así les pasa la mano de bleque. Los denuncia. 

Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica. La Iglesia del “vengan adentro que les vamos a dar las pautas acá adentro y lo que no entra no está” es fariseísmo.

Jesús nos enseña el otro camino: salir. Salir a dar testimonio, salir a interesarse por el hermano, salir a compartir, salir a preguntar. Encarnarse.

Contra el gnosticismo hipócrita de los fariseos, Jesús vuelve a mostrarse en medio de la gente entre publicanos y pecadores.

 La tercera palabra que me tocó es el final de la carta de Santiago: no contaminarse con el mundo. Porque si bien el fariseísmo, este “clericalismo” entre comillas nos hace daño, también la mundanidad es uno de los males que carcomen nuestra conciencia cristiana. Esto lo dice Santiago: no se contaminen con el mundo. Jesús en su despedida, después de la cena, le pide al Padre que lo salve del espíritu del mundo. Es la mundanidad espiritual. El peor daño que puede pasar a la Iglesia: caer en la mundanidad espiritual. En esto estoy citando al cardenal De Lubac. El peor daño que puede pasar a la Iglesia incluso peor que el de los papas libertinos de una época. Esa mundanidad espiritual de hacer lo que queda bien, de ser como los demás, de esa burguesía del espíritu, de los horarios, de pasarla bien, del estatus: “Soy cristiano, soy consagrado, consagrada, soy clérigo”. No se contaminen con el mundo, dice Santiago.

 No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual.

Porque esto es demostrar que uno es más empresario que hombre o mujer de evangelio.

Sí a la cercanía. A caminar con el pueblo de Dios. A tener ternura especialmente con los pecadores, con los que están más alejados, y saber que Dios vive en medio de ellos.

 Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios.

 Que así sea. 

Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j.

Buenos Aires, 2 de septiembre de 2012

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Desgrabación de la Homilía pronunciada por el Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. en la Plaza Constitución con motivo de la 5° Misa por las Víctimas de Trata y Tráfico de Personas.

 Hoy en esta Ciudad queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Donde está tu hermano? Que esa pregunta de Dios recorra todos los barrios de la Ciudad, recorra nuestro corazón y sobre todo que entre también en el corazón de los “caínes” modernos. Quizá alguno pregunte: ¿Qué hermano? ¿¿Dónde está tu hermano esclavo!?! ¿¿El que estás matando todos los días en el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás para mendicidad, para “campana” de distribución de droga, para rapiña y para prostituirlos…? ¿Dónde está tu hermano el que tiene que trabajar casi de escondidas de cartonero porque todavía no ha sido formalizado…. ¿Dónde está tu hermano…? Y frente a esa pregunta podemos hacer, como hizo el sacerdote que pasó al lado del herido, hacernos los distraídos; como hizo el levita, mirar para otro lado porque no es para mí la pregunta sino que es para otro. ¡La pregunta es para todos! ¡Porque en esta Ciudad está instalado el sistema de trata de personas, ese crimen mafioso y aberrante (como tan acertadamente lo definió hace pocos días un funcionario): crimen mafioso y aberrante!

 ¿Dónde está tu hermano? Y vos que estás mirando, que te hacés el distraído, no dejás lugar en tu corazón a que entre la pregunta; que decís esa no es para mi… ¿Cual!?!? ¡¡El esclavo!!! El que en esta Ciudad sufre estas formas de  esclavitud que mencioné recién porque esta Ciudad es una “Ciudad abierta”, aquí entran todos: los que quieren esclavizar, los que quieren despojar… así como cuando se rinde una Ciudad se declara “Ciudad abierta” para que la saqueen, aquí nos están saqueando la vida de nuestros jóvenes! La vida de nuestros trabajadores! La vida de nuestras familias! Estos tratantes… no, no los insultemos sino recemos por ellos también para que escuchen la voz de Dios: ¿Dónde está tu hermano?

 A vos tratante, hoy te decimos: ¿Para que hacés esto? No te vas a  llevar nada, te vas a llevar las manos preñadas de sangre por el mal que hiciste. Y hablando de sangre, por ahí te vas a ir del balazo de un competidor. Las mafias son así. ¿Dónde está tu hermano, tratante!?!? ¡¡Es tu hermano !! ¡¡Es tu carne !! Tomemos conciencia que esa carne esclava es mi carne, la misma que asumió el hijo de Dios.

 La gracia mas linda que podemos recibir hoy es la de llorar en nuestro corazón. Señor mirá esto: Cambiales el corazón a estos esclavistas, cambiáselo. Estos que entran a esta “Ciudad abierta” a ver qué pueden saquear, que vida pueden anular, que familia pueden destruir, que niños pueden vender, que mujer pueden explotar. Nosotros no venimos aquí a protestar, venimos a rezar públicamente, en la plaza, en una Ciudad que es “Ciudad abierta” donde cualquiera puede entrar a esclavizar.

 Todos los que estamos aquí rezando también le vamos a pedir a Jesús la gracia de no hacernos los distraídos… “Pero Padre, ¿que puedo hacer yo por una mafia?” … ¡Rezar! Golpeá el corazón de Dios… Si sabés algo contalo pero no mires para otro lado porque puede ser tu hijo o tu hija a quien de un día para el otro conviertan en esclavo, o podés ser vos. Hace un tiempo tuve la alegría de bautizar a dos nenas, hijas de un matrimonio rescatado de un taller esclavista. Señor, así como nos diste esta gracia, hacé que se multiplique, que podamos rescatar a muchos, que podamos devolver a la sociedad a todos aquellos que tienen encerrados como esclavos y explotados como esclavos.

 Señor, que podamos ver, convertidos hacia ti, el corazón de esos hombres y mujeres que explotan y esclavizan a sus hermanos. Eso es lo que pedimos hoy para esta “Ciudad abierta” donde se esclaviza a tanta gente. A nosotros, que sabemos que es así, danos la gracia de no engrosar el ejército de los distraídos; y a ellos, los que esclavizan, someten y matan la ilusión de tanta gente cambiales el corazón.

                                                 Que así sea.

 

Buenos Aires, 25 de septiembre de 2012

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

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A LOS SACERDOTES, CONSAGRADOS, CONSAGRADAS  y FIELES LAICOS de la ARQUIDIÓCESIS

Queridos hermanos:

Entre las experiencias más fuertes de las últimas décadas está la de encontrar puertas cerradas. La creciente inseguridad fue llevando, poco a poco, a trabar puertas, poner medios de vigilancia, cámaras de seguridad, desconfiar del extraño que llama a nuestra puerta. Sin embargo, todavía en algunos pueblos hay puertas que están abiertas. La puerta cerrada es todo un símbolo de este hoy. Es algo más que un simple dato sociológico; es una  realidad existencial que va marcando un estilo de vida, un modo de pararse frente a la realidad, frente a los otros, frente al futuro. La puerta cerrada de mi casa, que es el lugar de mi intimidad, de mis sueños, mis esperanzas y sufrimientos así como de mis alegrías, está cerrada para los otros. Y no se trata sólo de mi casa material, es también el recinto de mi vida, mi corazón.  Son cada vez menos los que pueden atravesar ese umbral. La seguridad de unas puertas blindadas custodia la inseguridad de una vida que se hace más frágil y menos permeable a las riquezas de la vida y del amor de los demás.

La imagen de una puerta abierta ha sido siempre el símbolo de luz, amistad, alegría, libertad, confianza. ¡Cuánto necesitamos recuperarlas! La puerta cerrada nos daña, nos anquilosa, nos separa.

Iniciamos el Año de la fe y paradójicamente la imagen que propone el Papa es la de la puerta, una puerta que hay que cruzar para poder encontrar lo que tanto nos falta. La Iglesia, a través de la voz y el corazón de Pastor de Benedicto XVI, nos invita a cruzar el umbral, a dar un paso de decisión interna y libre: animarnos a entrar a una nueva vida.

La puerta de la fe nos remite a los Hechos de los Apóstoles: “Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hechos 14,27).  Dios siempre toma la iniciativa y no quiere que nadie quede excluido. Dios  llama a la puerta de nuestros corazones: Mira, estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap. 3, 20). La fe es una gracia, un regalo de Dios. “La fe sólo crece y se fortalece creyendo; en un abandono continuo  en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios”

Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida mientras avanzamos delante de tantas puertas que hoy en día se nos abren, muchas de ellas puertas falsas, puertas que invitan de manera muy atractiva pero mentirosa a tomar camino, que prometen una felicidad vacía, narcisista y con fecha de vencimiento; puertas que nos llevan a encrucijadas en las que, cualquiera sea la opción que sigamos, provocarán a corto o largo plazo angustia y desconcierto, puertas autorreferenciales que se agotan en sí mismas y sin garantía de futuro. Mientras las puertas de las casas están cerradas, las puertas de los shoppings están siempre abiertas. Se atraviesa la puerta de la fe, se cruza ese umbral, cuando la Palabra de Dios es anunciada y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Una gracia que lleva un nombre concreto, y ese nombre es Jesús. Jesús es la puerta.  (Juan 10:9)  “Él, y Él solo, es, y siempre será, la puerta. Nadie va al Padre sino por Él. (Jn. 14.6)” Si no hay Cristo, no hay camino a Dios. Como puerta nos abre el camino a Dios y como Buen Pastor  es el Único que cuida de nosotros al costo de su propia vida.

Jesús es la puerta y llama a nuestra puerta para que lo dejemos atravesar el umbral de nuestra vida. No tengan miedo… abran de par en par las puertas a Cristo nos decía el Beato Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Abrir las puertas del corazón como lo hicieron los discípulos de Emaús, pidiéndole que se quede con nosotros para que podamos traspasar las puertas de la fe y el mismo Señor nos lleve a comprender las razones por las que se cree, para después salir a anunciarlo. La fe supone decidirse a estar con el Señor para vivir con él y compartirlo con los hermanos.

Damos gracias a Dios por esta oportunidad de valorar nuestra vida de hijos de Dios, por  este  camino de fe que empezó en nuestra vida con las aguas del bautismo, el inagotable y fecundo rocío que nos hace hijos de Dios y miembros hermanos en la Iglesia. La meta, el destino o fin es el encuentro con Dios con quien ya hemos entrado en comunión y que quiere restaurarnos, purificarnos, elevarnos, santificarnos, y darnos la felicidad que anhela nuestro corazón.

Queremos dar gracias a Dios porque sembró en el corazón de nuestra Iglesia Arquidiocesana el deseo de contagiar y dar a manos abiertas este don del Bautismo. Este es el fruto de un largo camino iniciado con la pregunta ¿Cómo ser Iglesia en Buenos Aires? transitado por el camino del Estado de Asamblea para enraizarse en el Estado de Misión como opción pastoral permanente.

Iniciar este año de la fe es una nueva  llamada a ahondar en nuestra vida esa fe recibida. Profesar la fe con la boca implica vivirla en el corazón y mostrarla con las obras: un testimonio y un compromiso público. El discípulo de Cristo, hijo de la Iglesia, no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. Desafío importante y fuerte para cada día, persuadidos de que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día, de  Jesucristo. (Fil.1:6) Mirando nuestra realidad, como discípulos misioneros, nos preguntamos: ¿a qué nos desafía cruzar el umbral de la fe?

Cruzar el umbral de la fe nos desafía a descubrir que si bien hoy parece que reina la muerte en sus variadas formas y que la historia se rige por la ley del más fuerte o astuto y si el odio y la ambición funcionan como motores de tantas luchas humanas, también estamos absolutamente convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, decididamente porque “si Dios está con nosotros ¿quién podrá contra nosotros? (Rom. 8:31,37)

Cruzar el umbral de la fe supone  no sentir vergüenza de tener un corazón de niño que, porque todavía cree en los imposibles, puede vivir en la esperanza: lo único capaz de dar sentido y transformar la historia. Es pedir sin cesar, orar sin desfallecer y adorar para que se nos transfigure la mirada.

Cruzar el umbral de la fe nos lleva a implorar para cada uno “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp. 2, 5) experimentando así una manera nueva de pensar, de comunicarnos, de mirarnos, de respetarnos, de estar en familia, de plantearnos el futuro, de vivir el amor, y la vocación.

Cruzar el umbral de la fe es actuar, confiar en la fuerza del Espíritu Santo presente en la Iglesia y que también se manifiesta en los signos de los tiempos, es acompañar el constante movimiento de la vida y de la historia sin caer en el derrotismo paralizante de que todo tiempo pasado fue mejor; es urgencia por pensar de nuevo, aportar de nuevo, crear de nuevo, amasando la vida con “la nueva levadura de la  justicia y la santidad”. (1 Cor 5:8)

Cruzar el umbral de la fe implica tener ojos de asombro y un corazón no perezosamente acostumbrado, capaz de reconocer que cada vez que una mujer da a luz se sigue apostando a la vida y al futuro, que cuando cuidamos la inocencia de los chicos garantizamos la verdad de un mañana y cuando mimamos la vida entregada de un anciano hacemos un acto de justicia y acariciamos nuestras raíces.

Cruzar el umbral de la fe es el trabajo vivido con dignidad y vocación de servicio, con la abnegación del que vuelve una y otra vez a empezar sin aflojarle a la vida, como si todo lo ya hecho fuera sólo un paso en el camino hacia el reino,  plenitud de vida. Es la silenciosa espera después de la siembra cotidiana, contemplar el fruto recogido dando gracias al Señor porque es bueno y pidiendo que no abandone la obra de sus manos. (Sal 137)

Cruzar el umbral de la fe exige  luchar por la libertad y la convivencia aunque el entorno claudique, en la certeza de que el Señor nos pide practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con nuestro Dios. ( Miqueas 6:8)

Cruzar el umbral de la fe entraña la permanente conversión de nuestras actitudes, los modos y los tonos con los que vivimos; reformular y no emparchar o barnizar, dar la nueva forma que imprime Jesucristo a aquello que es tocado por su mano y su evangelio de vida, animarnos a hacer algo inédito por la sociedad y por la Iglesia; porque “El que está en Cristo es una nueva criatura”. (2 Cor 5,17-21)

Cruzar el umbral de la fe nos lleva a  perdonar y saber arrancar una sonrisa, es acercarse a todo aquel que vive en la periferia existencial y llamarlo por su nombre, es cuidar las fragilidades de los más débiles y sostener sus rodillas vacilantes con la certeza de que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos al mismo Jesús lo estamos haciendo. (Mt. 25, 40)

Cruzar el umbral de la fe supone celebrar la vida, dejarnos transformar porque nos hemos hecho uno con Jesús en la mesa de la eucaristía celebrada en comunidad, y de allí estar con  las manos y el corazón ocupados trabajando en el gran proyecto del Reino: todo lo demás nos será dado por añadidura. (Mt. 6.33)

Cruzar el umbral de la fe es vivir en el espíritu del Concilio y de Aparecida, Iglesia de puertas abiertas no sólo para recibir sino fundamentalmente para salir y llenar de evangelio la calle y la vida de los hombres de nuestros tiempo.

Cruzar el umbral de la fe para nuestra Iglesia Arquidiocesana, supone  sentirnos confirmados en la Misión de ser una Iglesia que vive, reza y trabaja en clave misionera.

Cruzar el umbral de la fe es, en definitiva, aceptar la novedad de la vida del Resucitado en nuestra pobre carne para hacerla signo de la vida nueva.

 Meditando todas estas cosas miremos a María, Que Ella, la Virgen Madre, nos acompañe en este cruzar el umbral de la fe y traiga sobre nuestra Iglesia en Buenos Aires el Espíritu Santo, como en Nazaret, para que igual que ella adoremos al Señor y salgamos a anunciar las maravillas que ha hecho en nosotros.

 

1 de Octubre de 2012

Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

 

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Desgrabación de la Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j. con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.

“Madre enséñanos a trabajar por la Justicia”

 Del Evangelio Según San Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

 Hoy terminamos esta peregrinación a la Casa de la Virgen y como hacemos en cada visita, nos quedamos en silencio ante su Imagen. La tenemos cerca, nos recibe en la entrada de su Casa este año, ésta Casa que están terminando de poner linda. Por eso estamos tan agradecidos a todos aquellos que han puesto su esfuerzo para esto. Pero lo más importante es que tenemos esta necesidad de rezar y contarle a nuestra Madre todo lo que compartimos en nuestra vida, y lo que compartimos con tantos peregrinos en el camino. Ahora, al escuchar el Evangelio que nos cuenta ese momento sagrado en el que Jesús nos deja a su Madre para que nos proteja, miramos la cruz y nos aferramos a su compañía, la compañía de la Virgen y la de Jesús. Nuestros caminos están protegidos por ellos dos. Nuestra fe está en ellos, nuestra fe está aquí, esta es la Casa de la fe de nuestra Patria! Por eso ahora rezamos y sentimos como late nuestro corazón porque estamos en la Casa de nuestra Madre, en la Casa de la fe de nuestra Patria. 

 Y hoy, en la Casa de nuestra Madre le venimos a hacer un pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia. ¿Saben ustedes a quién se le ocurrió hacer este pedido? A ustedes mismos. Sí, porque en las oraciones que escriben cuando visitan Luján fue apareciendo esta oración que hoy es el lema: “Madre, enseñanos a trabajar por la justicia”. Es un lema que late en el corazón de los peregrinos de la Virgen y que se ha hecho oración. Peregrinos que somos los hijos de esta querida patria nuestra. Luján es la Casa de todos los hijos de la Virgen y por eso estamos haciéndole este pedido: que nos enseñe a trabajar por la justicia,  y que nos enseñe a trabajar por ser personas justas en la vida.

Posiblemente este pedido, hecho aquí en Luján, haya surgido del corazón de tantos peregrinos después de haber sido recibidos y escuchados. Porque aquí en Luján, a cada peregrino se lo recibe y se lo escucha. Y ser recibidos y escuchados es un gran acto de justicia; y gracias a esto estamos en paz, rezando y nos brotan cosas muy sinceras en el corazón, en la oración con la Virgen. Y por eso surge esta necesidad de ser más hermanos, ocuparnos más y mejor unos de otros. Esto ya es ser justos. Aquí en Luján aprendemos a ser personas justas, porque con el corazón sereno y perdonado, nos llenamos  del amor de Dios, por eso la mirada es mucho más profunda. Es mirar la vida desde Dios, es mirar la vida con Dios, que es El justo, el gran Justo.

 Cuánto bien nos hace venir a Luján para aprender a ser buenos hijos, buenos hermanos, que se ocupan por el bien de los otros. Por eso aquí hacemos este pedido para todos nosotros, para toda nuestra Patria. Es el mejor lugar para hacerlo. Que aprendamos todos a trabajar por la justicia y para esto, que siempre tengamos el corazón abierto, el corazón grande que nos anime a hacer este pedido.

 Que a nadie le falte esa actitud del corazón, la de tener que aprender cada día  a ser más justos en la vida. Que se nos enseñe dónde habrá que poner una mirada más abierta y disponible, menos egoísta o interesada, que se nos enseñe a que no hagamos la nuestra, a que no se diga de cada uno de nosotros: “Este hace la suya”, sino hacer una mirada, una gran mirada que nos haga hermanos, que nos preocupemos siempre por los demás.  

 ¿Y cómo puede ayudar la Virgen a trabajar por la justicia? Lo vamos a pensar juntos durante esta Misa y mirándola a Ella, en la puerta de la Basílica o mirando la Basílica. Ustedes vinieron en peregrinación ofreciendo sus vidas por los otros, rezando por tantas necesidades, las de ustedes o esas que les pidieron que “trajeran” en el corazón hasta aquí los amigos, los vecinos, los familiares… Ya que vas a Lujan, llevá una intención mía, pedile a la Virgen por esto… Al llegar al Santuario vivimos esto tan lindo de ser recibidos, y esto es lo que nos llena el corazón, nos da esperanza y así es como podemos continuar la vida: con la bendición de Jesús y de su Madre.

 Y de esta manera, con Jesús y con su Madre, es como podemos trabajar por la justicia. Porque cuando nos reconocemos hijos y hermanos, es cuando en nuestro corazón nace esa actitud generosa por la vida y es cuando buscamos lo mejor y más grande para los otros. Jesús en la Cruz nos entrega su vida y le pide a la Virgen que nos cuide. Jesús llegó a la Cruz para que ese gesto fuera reconciliador, hablara de justicia a todos. ¡El nos hizo justos, El nos justificó con su vida, con su muerte y su resurrección…!  ¡Y si hoy podemos tener la frente alta, la frente de ser bautizados, la frente de decir “somos hijos de Dios” es porque El nos justificó, El nos hizo justos, El no se miró así mismo sino que nos miró a nosotros!. Hagamos lo mismo: miremos a los demás y ayudémonos a crecer por la justicia.

 A la Virgen le pedimos fuerza para trabajar por la justicia. Le pedimos serenidad cuando haya dificultades. Le pedimos que seamos hermanos para poder compartir el camino. Y le pedimos a ella, que es Madre, que no nos falte el silencio de la oración: no vamos a poder ser justos si no lo rezamos, que no vamos a poder ser justos si no lo pedimos. Por eso le pedimos que no nos falte el silencio de la oración y las ganas de peregrinar para ofrecer la vida por los otros. Que ella nos conceda ésta gracia.

 Que así sea.

 Luján, 7 de octubre de 2012

  

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

 

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