FRAY SEBASTIAN JERÓNIMO MALVAR Y PINTO (1779-1784)

El sucesor de De la Torre había nacido en San Martín de Salcedo, Pontevedra, en noviembre de 1730. Fueron sus padres Don Santiago Malvar y Doña Inés maría de Pinto.
 
Ingresó a los frailes menores y a los 17 años vistió el hábito de San Francisco. Cursó filosofía en el convento menor de Avilés, y teología, en el de Salamanca.
 
Como sacerdote enseñó en el colegio de Alba de Tormes y en la misma Universidad de Salamanca donde se doctoró en teología en diciembre de 1763. Diez años más tarde ganó la cátedra de teología de prima en la misma Universidad. Estaba conceptuado como un buen religioso y gran predicador.
 
Antes de ser nombrado en Buenos Aires, ya había corrido su nombre como candidato para la diócesis de Quito.
 
No obstante, el Papa Pío VI le concedió la provisión canónica como undécimo obispo de Buenos Aires el 15 de diciembre de 1777 . Como no podía hacerse cargo inmediatamente, le dio poder al Deán Andujar y al arcediano Miguel de Riglos para que en su nombre, gobernaran la diócesis hasta tanto se diera su llegada.
 
Fue consagrado el 19 de abril de 1778 por obispo de Salamanca don Felipe Beltrán, en la iglesia de San Gil de los frailes menores. Partió para América, desde el puerto de La Coruña el 20 de octubre del año corriente. En los últimos días de diciembre ya se hallaba en Montevideo donde desembarcó y fue muy bien recibido por el gobernador y el vecindario. A los pocos días de su llegada, inició su visita pastoral en la pequeña villa y luego pasó a Colonia del Sacramento. El itinerario siguió más tarde a la reducción de indios de Santo Domingo de Soriano. Ya en territorio de la actual provincia de Entre Ríos visitó Gualeguaychú y en marzo de 1779 avisaba al Virrey que visitaría los pueblos de Misiones, Corrientes y Santa Fe, valiéndose de las escoltas que había dispuesto para él, el gobernador de Montevideo. Después de haberlos recorrido por entero, desde Santa Fe, pasó a San Nicolás de los Arroyos, en donde debido a una fuerte enfermedad, tuvo que detenerse, ingresando recién a su sede en octubre de 1779 .
 
Después de tomar posesión, siguió la visita a las reducciones de los indios pampas, y según sus informes al monarca, para el 25 de enero del año siguiente, ya la tenía concluida. En ella pudo corroborar el penoso estado espiritual en que se hallaba su feligresía. Como las distancias entre uno y otro poblado era inmensas, dispuso la creación de nuevos curatos para su mayor atención espiritual. En el territorio actual de la ciudad de Buenos Aires, los vecinos del alto de San Pedro pidieron la creación de un nuevo curato con sede en la iglesia del antiguo colegio jesuítico de Belén, pero ello quedó sin ejecución hasta más adelante.
 
Como fue costumbre en esta etapa, tuvo que enfrentar numerosos litigios con el Virrey Vértiz casi desde su llegada a Buenos Aires, pero en lo que atañe a su ministerio pastoral fue muy fecundo.
Con un firme plan de organización diocesana que inició con su visita, pidió a todos los párrocos de la diócesis que le enviaran la lista de clérigos que actuaban en cada curato. Además aconsejó la predicación del precepto pascual y bregó por la extirpación de los vicios y los juegos clandestinos en la sociedad porteña.
 
Fomentó y apoyó la predicación en la ciudad de los ejercicios espirituales de San Ignacio, que había comenzado a promover la laica Maria Antonia de la Paz y Figueroa, que después venir peregrinando desde Santiago del Estero, se había instalado en la ciudad con intención de construir una casa apropiada. Después de probar la nobleza de sus ideales, no solo alentó sino que también costeó los alquileres de la casa donde se hacían antes de la construcción de la casa de retiros. Este solar, todavía hoy subsiste en Buenos Aires en la Av. Independencia y Salta.
 
Se interesó también por continuar la obra de la Catedral que todavía se hallaba a medio concluir, para ello pidió permiso al rey para que pudiese nombrar peritos que estudiaran la forma como proseguir con la obra de la iglesia donde el obispo ejercía su cátedra.
 
Teniendo en cuenta el monarca, el estado difícil en el que se encontraban las relaciones del obispo con el virrey, las autoridades de la metrópoli, resolvieron descomprimir la situación, trasladando a Malvar y Pinto al arzobispado de Santiago de Compostela, en Galicia. Previa a su partida, todavía tuvo que enfrentar un último altercado con el cabildo eclesiástico, quien apenas conocida la noticia de su traslado, proclamó sede vacante adelantándose a los acontecimientos y negándose a seguir reconociendo la autoridad de Malvar. El prelado esgrimió sus derechos haciendo saber que él seguía siendo obispo de Buenos Aires hasta tanto no recibiera las bulas como Arzobispo de Santiago de Compostela.
 
Se alejó de Buenos Aires el 6 de febrero de 1784 rumbo a Montevideo desde donde un mes más tarde se embarcó para Cádiz. Murió en Santiago de Compostela el 25 de setiembre de 1795.