FRAY CRISTOBAL DE LA MANCHA Y VELASCO (1645-1673)

El tercer obispo de Buenos Aires, había nacido en Lima, Perú en 1599, hijo del capitán del mismo nombre y de doña María de Contreras. Ingresó a la orden de los predicadores en su ciudad natal y alcanzó la graduación en teología. Fue director de estudios de la casa de formación de los predicadores en esta ciudad y durante doce años enseñó también en el convento de los dominicos del Cuzco. Había viajado a España y Roma en donde le ofrecieron ocupar la secretaría del padre general de la orden, cargo que no aceptó. Volvió a Sudamérica, para encargarse de la visita de los conventos de la orden en la provincia de Chile, durante la cual recibió la comunicación de su nombramiento como obispo en el Río de la Plata.
Fue creado obispo por Urbano VIII el 13 de enero de 1642. Tomó posesión de la sede a través de un apoderado, el 9 de julio de 1645, y poco después fue consagrado en su ciudad natal, el 30 de noviembre de 1645 por el arzobispo Villagomez.
Llegó a Buenos Aires, después de la larga travesía desde Lima, el 6 de octubre de 1646.
Las primeras impresiones que los oficiales de hacienda tuvieron del obispo eran inmejorables: “el diocesano, con buen celo y mucha capacidad da muestras de procurar el bien de las almas, el servicio de Su Majestad y la paz y quietud de su república ”, y agregaba más adelante: “el obispo marcha muy de conformidad con el gobernador, cosa que para todos es de mucho consuelo, y que anda en trámites para reedificar la catedral que se encuentra en ruinas, y para fundar un seminario”
 

No duraron por mucho tiempo las buenas relaciones ya que el gobernador Jacinto de Lariz recelaba las actividades pastorales del obispos por considerarlas contrarias a su voluntad un tanto despótica.
A pesar de estas circunstancias, en 1647 inició la visita pastoral a la diócesis, que se extendió hasta el año siguiente. Comenzó su extenso itinerario por la ciudad, encontrando propicia la ocasión para erigir la parroquia de San Juan Bautista de los naturales, para la mejor atención espiritual de los indígenas que habitaban en las inmediaciones de la villa. La capilla estaba ubicada donde hoy se encuentra el templo del mismo nombre, en el cruce de las calles actuales Alsina y Piedras.
Su recorrida siguió luego, por las provincias de Santa Fe, Corrientes y los pueblos-reducciones jesuíticos del Paraná y el Uruguay. En todos los pueblos administró los sacramentos, sobre todo la confirmación sumando la cantidad de 30.407 personas.
Como consecuencia de esta visita, se delimitó definitivamente los límites del obispado, a través del auto del5 de noviembre de 1648, separándolo del Paraguay y quedando bajo el de Buenos Aires los pueblos situados al sur del río Paraná.
Se recordó siempre en Buenos Aires su devoción al Santísimo Sacramento y su costumbre de visitar a los enfermos de la ciudad confortándolos el Santo Viático.
De profunda piedad, propagó con entusiasmo el culto a la Purísima Concepción de la Virgen , el rezo del Santo Rosario y el culto al Patriarca San José. Dicen las crónicas que acostumbraba, durante las procesiones a llevar en sus manos un crucifijo y el catecismo en la otra.
Deseoso de aplicar las normas del Concilio de Trento, el obispo planeó fundar el Seminario diocesano a fin de preparar clérigos aptos para el ministerio, sin embargo la estrechez económica de la región y las trabas que encontró de parte del gobernador Lariz, impidieron su con creación.
Durante la peste que asoló a Buenos Aires, en la cual murieron más de 1.500 personas, desde marzo de 1652 hasta los comienzos del siguiente, el obispo asistió personalmente a los enfermos y caídos relatando las crónicas del momento que “no quedó ninguno sin los sacramentos”. Ayudaron mucho durante aquel flagelo los religiosos franciscanos, dominicos y jesuitas que “sin perdonar trabajo, ni lluvias ni lodos, ni soles, con caridad ardiente se expusieron a todo” .
La pobreza de Buenos Aires por aquellos años era notoria, tanto el Obispo como las demás autoridades civiles informaban constantemente a la corona de las extremas carencias de la ciudad. El obispo en 1648 aconsejaba inclusive, volver a unir la diócesis porteña con la de Asunción.
Se sabe que poseía una gran generosidad y desprendimiento, vendía muchas veces sus bienes personales cuando debía socorrer a los pobres.
Convocó al 1º sínodo diocesano a celebrarse en 1655 con la participación de todos los agentes pastorales incluso a los padres de la Compañía de Jesús que no vieron con buenos ojos el interés del prelado en convertir a sus pueblos reducciones en parroquias o curatos que, según el proyecto sinodal, debían quedar en adelante en posesión de los sacerdotes seculares.
La corona sin embargo, oída la queja de los jesuitas envió una Real Cédula que llegó a Buenos Aires después de terminado el sínodo, por la que hizo revocar la disposición sinodal impulsada por el obispo. De esta manera las disposiciones del sínodo quedaron sin aprobación real y ni ejecución pastoral.
La década que se extendió entre 1653 y 1663, salvo el episodio fallido de la celebración del sínodo diocesano se caracterizó por la paz con que gobernó el obispo Mancha donde pudo alentar la reconstrucción de la Catedral realizar el pedido a la corona para que fueran enviados más clérigos desde España ya que la diócesis contaba con pocos operarios y tratar de remediar sus necesidades más elementales para poder subsistir.
Durante los últimos diez años de su gobierno, (1663-1673), mantuvo por lo que sabemos un gobierno pacífico. Realizó una segunda visita a sus diócesis en noviembre de 1668 en donde mejoró algunas disposiciones de la vida de las parroquias.
Tuvo singular empeño en difundir la devoción mariana en toda la región del Plata, sobre todo con la decisión de trasladar solemnemente la imagen de la Virgen de Luján a la hacienda de Doña Ana de Matos cercano al actual santuario.
Junto al gobernador José Martínez de Salazar y los miembros de los cabildos eclesiástico y civil, a fines de 1671 se organizó la procesión que llevó en andas a la milagrosa imagen.
Después de 27 años de conducción pastoral, fallecía santamente el 3º obispo de Buenos Aires el 7 de abril de 1673 z la edad de 74 años.
Durante la sede vacante ejerció como provisor, el Deán Valentín Escobar y Becerra (1673-1677)